El síndrome de Caperucita Roja

26 Sep

En este verano tan caluroso en el que los árboles casi han tenido que correr detrás de los perros, he leído, entre otros, el libro “Sé dónde estás”, opera prima de la escritora californiana Claire Kendal, educada en Inglaterra y actualmente profesora de  literatura inglesa y escritura creativa en el sureste del país. La novela cuenta una historia de obsesión patológica y de acoso sobre Clarissa, una hermosa joven que trabaja como administrativa en la Universidad de Bath. Se trata de un interesante thriler psicológico que te tiene sobrecogido de principio a fin.

A las mujeres se les inculca la idea de que siempre puede salir el lobo en el bosque de la vida. No deben llegar tarde a casa, no deben caminar solas por la noche, no deben estar en lugares de riesgo.

Cuando llego a la última página, tengo a mi hija al lado y vuelvo a pensar en la violencia tremenda de la que son todavía víctimas las mujeres en las sociedades androcéntricas como la nuestra. No hay día, no hay hora, no hay segundo en  los que no se produzcan hechos y no se conozcan noticias que ponen de manifiesto la discriminación. Desde muertes crueles a bromas soeces. Desde palizas horribles a desprecios cotidianos. Pero me quiero ceñir en este artículo de hoy a la violencia soterrada que le hace la vida más cuesta arriba a las mujeres

Francesco Tonucci y Amparo Tomé han publicado en Graó un hermoso libro titulado “Con ojos de niña”. Tonucci había publicado en solitario, treinta años antes, otra obra titulada “Con ojos de niño”. En este último se dice, citando a G. Belli: “Los hombres sangran por las guerras. Nosotras sangramos todos los meses por la vida”. Qué gran verdad.

Las niñas son víctimas especializadas en sufrir violencia. Hay muchas mujeres muertas a manos de sus parejas y muchas otras enterradas en vida. Sabido es que, durante siglos y aun hoy en algunos países, tener una hija es un castigo divino. El varón viene investido de un prestigio y de unos privilegios de los que carece la niña. Pero, vamos al grano: ¿cuáles son las formas subrepticias de discriminación a las que hacía referencia más arriba?  Veamos algunas, elegidas entre miles.

–       El síndrome de Caperucita Roja

A las mujeres se les inculca la idea de que siempre puede salir el lobo en el bosque de la vida. No deben llegar tarde a casa, no deben caminar solas por la noche, no deben estar en lugares de riesgo.

Se les explica que siempre están en peligro y que los espacios que ocupan siempre están amenazados por presencias hostiles. Las pueden robar, violar, secuestrar o matar. Nunca pueden estar seguras y tranquilas.

–       La esclavitud de la belleza

¿Quién no ha visto a muchas mujeres sometidas a la exigencia de ser atractivas, de estar delgadas, de mostrarse hermosas? A nadie se le oculta la cantidad de sacrificios que ese fin exige. Sacrificios en la alimentación, gastos en cosméticos, sometimiento a operaciones, compra de vestidos y joyas, tiempo dedicado al cuidado y al cultivo de su apariencia externa.

Las mujeres tienen que estar atractivas, tienen que mostrar una presencia deslumbrante. Para agradar, para ser valoradas y elogiadas. Es una servidumbre que no acaba nunca. Sobre todo, cuando hacen suya la exigencia. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido  (en este caso, la oprimida) mete en su cabeza los esquemas del opresor.

–        Expectativas recortadas

Hay menores expectativas de las familias respecto al porvenir de las niñas. Las oportunidades de las mujeres se recortan porque se formulan sobre ellas muchas profecías de autocumplimiento. Las carreras a las que se les  encamina tienen menor prestigio social, menor proyección y menor sueldo. Pienso en cómo todavía hay más enfermeras que enfermeros y más médicos que médicas, más maestras que catedráticos, más hombres que mujeres  pilotando un avión y más azafatos que azafatos sirviendo a los pasajeros

Sin embargo, cuando se han escolarizado en las mismas condiciones los niños y las niñas, éstas han conseguido mejores resultados. Pero luego se las traga la falla del sexismo.

Felicitaciones por perder

Hace unos años dirigí una tesis doctoral sobre el aprendizaje del género por parte de las niñas en una Escuela Infantil. La doctoranda (tristemente fallecida) pudo comprobar que las niñas eran felicitadas por ser perdedoras).  Cuenta en su investigación (publicada en Graó con el significativo título “Triunfantes perdedoras”) que un día estaban jugando niños y niñas al juego de las sillas. Todo el mundo lo conoce. Un número de niños y niñas dan vueltas alrededor de un número inferior de  sillas. Al interrumpirse la música, tienen que sentarse cada uno en una silla. Y, en una ocasión, se sientan en la misma silla un niño y una niña. Ella analiza la situación, cede su asiento y se va. La maestra le dice:

– Muy bien, las niñas ceden.

No es justo que feliciten a esa niña por perder. Podría muy bien haber dicho la profesora: “las personas ceden”, pero, ¿por qué las niñas? Las está educando para perder.

–        Mayores exigencias

Se les exigen a las mujeres mayores obligaciones familiares, unas respecto a la casa y otras respecto a los hijos e hijas. También respecto a los padres y a las madres. Son las madres quienes se dedican a cuidar a los hijos en el hogar y a los padres cuando se hacen mayores.

Se dirá que lo hacen por amor y que eso enriquece a las madres y a las hijas pero, si tan beneficiosa es esa actitud, ¿por qué no la adoptan también los vaones?

–        Doble moral

Se sigue aplicando una doble moral al comportamiento de hombres y mujeres. Baste ver cómo es calificada una infidelidad conyugal  según sea de la mujer o del hombre. O las múltiples conquistas amorosas y sexuales de unos y de otras.

Todavía siguen los jóvenes buscando parejas vírgenes mientras alardean de conquistas y experiencias sexuales.

Entre los jóvenes persiste esa perniciosa idea de que los varones tienen derecho a ejercer un control   y una vigilancia estrechos sobre sus parejas. Actitud que se entiende incluso como una tramposa señal de amor.

– Más dificultades, peores condiciones

En muchas culturas, las niñas tienen más dificultades para alcanzar el éxito en la sociedad. Bien se sabe que algunas hasta niegan a las niñas el derecho a la escolaridad. Y una vez que consiguen trabajo (de menor categoría casi siempre que el de los varones) cobran menos  que ellos por las mismas ocupaciones.

La novela que he leído me ha hecho sentir la angustia de muchas mujeres atenazadas por la presión  injusta de quienes las consideran simples objetos de deseo. Y  he  temido por mi hija Carla, por todas las niñas que conozco y también por todas las niñas del mundo.

Las mujeres han de ser las protagonistas de su liberación. Los demás, podemos echar una mano. Avivar el espíritu crítico, desenmascarar la falsedad, comprometerse con quienes por ser niñas están desfavorecidas, combinar políticas eficaces de distribución y de reconocimiento como plantea Nancy Fraser, potenciar la verdadera coeducación que ayuda a pensar y a convivir… Ese es el camino. Pues nada, a caminar.

Yo, muslo

1 Feb

Es proverbial en mi familia una anécdota que tuvo lugar hace años. Un sobrino de corta edad fue invitado a comer a la casa de un amigo. Estaban sentados a la mesa los miembros de la familia, entre ellos varios niños, hijos del matrimonio, y su pequeño invitado. Cuando se sirvió una fuente con tajadas de pollo, el padre de familia dijo de forma rápida e imperativa:

– ¡Yo muslo!

Cuando se sirvió una fuente con tajadas de pollo, el padre de familia dijo de forma rápida e imperativa: ¡Yo, muslo!

Nadie discutió la decisión. El padre se sirvió en primer lugar la tajada que había elegido. Al parecer, esa era la costumbre. Mi sobrino volvió a casa escandalizado. ¿Cómo era posible que el padre exigiese la mejor tajada? ¿Cómo podía suceder que los niños no eligiesen primero? Acostumbrado a ver a su padre conformarse con lo que nadie quería, habituado a ver en su casa que los hijos elegían en primer lugar y después lo hacían los padres, no daba crédito a lo que había visto y oído. Aquel hombre le pareció un padre desnaturalizado.

La expresión se convirtió en un lema que criticaba el autoritarismo de algunos padres, el abuso de poder de los adultos, el egoísmo de la gente. “Lo mejor y lo primero, para mí, compañero”, es el lema del egoísta.

El aforismo castellano de “cuando seas padre comerás huevos” se había transformado en la casa de mi sobrino en una antigualla. Y los hijos sabían que ellos tenían prioridad cuando había que repartir. No es que ellos lo exigieran. Era lo que se solía hacer y lo veían natural. Por eso lo llamativo de la imposición paterna de la que fue testigo mi sobrino.

Todo lo que decimos y hacemos los adultos es, al parecer, por el bien de los hijos y de los alumnos. Pero solo los adultos decidimos qué es su bien. Y, en ocasiones, su bien casualmente coincide con nuestra tranquilidad o con nuestro egoísmo. Lo dijo Perich de forma magistral: La educación es un asunto de mucha paciencia, sobre todo por parte de los niños.

¿Quién no ha oído como niño y pronunciado como adulto alguna de estas frases?

– Cállate, que están hablando los mayores
– Cambia de canal, que quiero ver el partido
– Come eso y cállate
– Vete a ver la tele y déjame en paz
– Porque lo he dicho yo y punto
– No me repliques
– He dicho que no y es que no
– Ahora mismo te vas a la cama
– No vuelvas a decir eso
– No te he dado permiso para hablar
– No te levantes de la mesa sin permiso
– Deja eso y ponte a estudiar
– El domingo no sales
– Te voy a dar una torta que te vas a enterar
– Te pones esos pantalones y no se habla más
– A esa excursión no vas
– Ese amigo no me gusta para ti
– He leído tu diario y me vas a tener que explicar algunas cosas
– Mi deber es controlarte

“Vete a ver lo que hace el niño y prohíbeselo”, decía el padre a su esposa con voz destemplada. Hay quien todavía es partidario del cachete o del pellizco, e incluso de la zapatilla o del cinturón. Pero hay que decir tajantemente que el fin no justifica los medios. No me gustan las bromas al respecto. Me molesta oír a los adultos decir que un cachete dado a tiempo soluciona los problemas y es una lección que no se olvida. Pues no. Lo que aprende el niño golpeado es odio y desamor.

Yo no digo que los niños se tengan que convertir en los reyezuelos que dictan normas e imponen voluntades. No digo que lo mejor y lo primero ha de ser para ellos. Tienen que saber que les corresponden algunos derechos pero que también tienen obligaciones. Tienen que saber que hay otras personas en la familia que también tienen deseos, gustos y necesidades. Explica muy bien Javier Urra los riesgos de un comportamiento excesivamente complaciente que convierte a los hijos en tiranos. Lean su libro “El pequeño dictador”, que tiene un subtítulo esclarecedor: “De hijos mimados adolescentes tiranos”..

Si el padre quiere ver el telediario no puede imponer siempre el niño su voluntad de ver dibujos animados. Pero tampoco puede quedarse siempre relegado a un segundo plano por el hecho de ser niño.

No es casual que quienes escribieron los antiguos catecismos y dijeron que “hay que respetar a los mayores en edad, dignidad y gobierno” (como yo estudiaba de niño), eran casualmente los mayores en edad, dignidad y gobierno. Por cierto, ¿por qué tenían mayor dignidad? Habría que redactar el texto del siguiente tenor: “hay que respetar a todos y a todas, en especial a los menores en edad, dignidad y gobierno” Entre otras cosas porque tienen menos medios para hacerse respetar. No hay que insistir tanto en que el soldado tiene que respetar al general como en que el general tiene que respetar al soldado.

Los padres tenemos el deber de dar ejemplo a los hijos, de enseñarles a comportarse, a relacionarse, a vivir teniendo en cuenta la esencial dignidad de los seres humanos. Tenemos también que exigirles, ponerles límites, corregirles, imponerles las reglas de la convivencia solidaria.

He leído recientemente la última novela de John Boyne, autor de “El niño con el pijama de rayas” y de la también excelente “La casa del propósito especial”. Se titula “Quedaos en la trinchera y luego corred”. Tomo de ella un párrafo en el que el hijo comprueba lo generosa que ha sido con él su madre en una situación de penuria impuesta por la guerra: “Alfie (el hijo de 14 años) se preguntó si su madre había tomado la mermelada o si se la había dejado toda a él. Se levantó, fue al fregadero… Miró el cuchillo. Estaba casi limpio. Se lo acercó a la nariz. No olía a mantequilla ni tenía restos de mermelada. Si Margie (su madre) hubiera tomado, quedaría algún rastro. Se la había dejado toda a él”.

Alfie percibe en ese detalle todo el amor de su madre. La jerarquía de la familia es la del afecto, no la del poder. La jerarquía familiar se basa en el sacrificio, no en el egoísmo; en la comprensión, no en la humillación; en el servicio, no en la explotación.

Lo que digo para la familia lo digo también para la escuela. La educación no puede asentarse en los privilegios. No debería suceder que haya en las escuelas wáteres para profesorado con papel toalla y jabón (con una cerradura que impide el paso a los intrusos) y wáteres para los alumnos que carecen de todo. No debería haber en la escuela un menú de dos categorías, una de primera para el profesorado y otra peor para los alumnos.

Una niña me dijo hace tiempo con evidente tono entusiasta:

– Hoy he comido filete de profesor en la escuela.

Por lo visto se había terminado el menú infantil y le había correspondido un plato de mayor calidad. ¿Cómo pueden considerar la escuela un lugar suyo, querido, acogedor?

Creo que el peligro es aplicar la ley del péndulo. Pasar de un autoritarismo inadmisible a una permisividad dañina. O a la inversa. Por eso aconsejo la lectura del libro de José Antonio Marina titulado “La recuperación de la autoridad. Crítica de la educación permisiva y de la educación autoritaria”.

La solución es el tacto, la sensatez, la generosidad. Y, sobre todo, el amor. Porque la autoridad se gana con el ejemplo, con la paciencia y con el amor. Nadie ha dicho que educar sea siempre una tarea fácil, cómoda y placentera. El amor es exigente. Está lleno de trampas. Y nos obliga a pensar. Nos exige coherencia. Y nos impulsa a la comprensión, a la ternura y a la generosidad, Es decir, a no decir siempre de forma autoritaria: ¡el muslo es mío!

Padrinazgo en San Luis

19 Oct

Hoy he vivido en la ciudad de San Luis (Argentina) una emocionante experiencia educativa. He tenido el honor, la satisfacción y la alegría de ser nombrado Padrino Pedagógico de la Escuela Pública Experimental Desconcentrada Doctor Carlos Juan Rodríguez. Una gran escuela enclavada en el barrio Cerro de la Cruz.

Nos intercambiamos regalos y nos dirigimos luego a la entrada de la escuela, donde procedimos a plantar un ciruelo en flor.

Venía de la ciudad de Merlo con el Ministro de Educación, Marcelo Sosa, compartiendo en su coche, por él conducido, experiencias, ideas y sentimientos acerca de la tarea más emocionante, delicada y decisiva que se le ha encomendado al ser humano en toda la historia: trabajar con la mente y con el corazón de los niños y de los jóvenes. En Marlo había sido testigo de una significativa ceremonia en la que 36 nuevos directivos habían jurado su cargo en presencia del Gobernador de la Provincia, Claudio Poggi. Nos habíamos detenido en una pequeña escuela rural en La Petra. Fue una visita sorpresa. La directora y única profesora, alma de aquella hermosa escuela, trabajaba con un puñado de niños y de niñas cuando el Ministro en persona hizo aparición en el aula. Y fue hermoso y significativo el abrazo que se dieron ante la mirada siempre curiosa y entrañable de los niños.

Hablamos con ellos, les contamos un cuento, nos enseñaron la escuela, salieron a despedirnos… La directora nos explicó cómo concebía su tarea en aquella escuela que era como el Arca de Noé de la comarca. Fuera de ella no hay salvación. Nos habló con entusiasmo de su lema: “Sembrando con amor en los surcos de la vida”.

Hay esperanza en el mundo porque existen escuelas, porque hay buenos maestros y maestras, porque las escuelas están llenas de niños y de niñas que quieren aprender… Lo vuelvo a decir: La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe. Y la educación lleva muchos metros de ventaja.

En esa hermosa mañana de primavera, llegué a la escuela en la que estaba convocado, una escuela de más de dos mil alumnos y alumnas. Me esperaban las directoras con una espléndida sonrisa y los brazos abiertos de la fraternidad educativa. Y, afortunadamente, la prensa. Digo afortunadamente porque me gusta que los medios de comunicación se hagan eco de lo que sucede en las escuelas. No solo cuando hay conflictos, escándalos, huelgas y calamidades. Si un alumno persigue a un profesor con un cuchillo por los pasillos de una escuela, veremos cómo la noticia abre telediarios y ocupa primeras páginas de periódicos. Pero nunca es noticia el hecho de que millones de estudiantes aprenden cada día en las aulas.

El acto fue sencillo y emotivo. Un nutrido grupo de alumnos y alumnas, que ya ahora son mis queridos ahijados y ahijadas, participaron en la ceremonia dando muestras de comportamiento ejemplar. Atentos, respetuosos, silenciosos, ordenados, afectuosos… Se lo hice notar a la directora, que formuló un comentario revelador:

– Son unos chicos magníficos.

Digo que el comentario fue revelador de cómo eran los chicos pero también de cómo es la directora. Me gustan los profesionales de la educación que hablan bien de los chicos, que los valoran, que los respetan, que los quieren…

El maestro de ceremonias, que manejó con sencillez y soltura los hilos del protocolo, hizo la presentación y dio la palabra a la directora de la escuela, que, de manera breve y emotiva, hizo el nombramiento que acepté encantado.

Después dirigí la palabra a los asistentes para decirles lo honrado y feliz que me sentía al ser su padrino. Les hablé de la importancia de la educación para cada uno de ellos y para toda la sociedad. A través de la historia de la niña del vestido azul, que conté hace tiempo en este mismo espacio, les hice ver cómo la educación podía transformar la vida de las personas y de los pueblos. Y les brindé a todos este lema: “Que mi escuela sea mejor porque yo estoy enseñando (o aprendiendo) en ella”.

Nos intercambiamos regalos y nos dirigimos luego a la entrada de la escuela, donde procedimos a plantar un ciruelo en flor. El árbol es una excelente metáfora de la educación. Crece hacia arriba y hacia abajo. Da flores, da frutos, da sombra. Pero exige cuidados.

Quiero dedicar a mis ahijados y ahijadas de la escuela que hoy apadriné este texto que acabo de recibir de un periodista español al que admiro por las cosas que dice y, también, por la forma que tiene de decirlas. El periodista se llama Manuel Vicent y lleva muchos años escribiendo cada domingo en el periódico El País, de Madrid. El artículo se titula “El tesoro”. Va por ellos y por ellas.

“Está amaneciendo. Es la hora de los pájaros. A los colegios e institutos llegan bandadas de niños y chavales cargados con sus mochilas. Ellos no lo saben, pero todos se dirigen a la isla del tesoro. Puede que ignoren dónde está ese mar y en qué consiste la travesía y qué clase de cofre repleto de monedas de oro les espera realmente. El patio del colegio se transforma, de repente, en un ruidoso embarcadero. Desde ese muelle lleno de mochilas cada alumno abordará su aula respectiva, que, si bien no lo parece, se trata de una nave lista para zarpar cada mañana. En el aula hay una pizarra encerada donde el profesor, que es el timonel de esta aventura, trazará todos los días el mapa de esa isla de la fortuna. Ciencias, matemáticas, historia, lengua, geografía: cada asignatura tiene un rumbo distinto y cada rumbo un enigma que habrá que descifrar. La travesía va a ser larga, azarosa, llena de escollos. Muchos de estos niños y chavales tripulantes nunca avistarán las palmeras, unos por escasez de medios, otros por falta de esfuerzo o mala suerte, pero nadie les puede negar el derecho a arribar felizmente a la isla que señalaron los mapas como final de la travesía. Ese mar está infestado de piratas, que tienen su santuario en la caverna del mal Gobierno. Todas las medidas que un Gobierno adopte contra el derecho de los estudiantes a realizar sus sueños, recortes en la educación, privilegios de clase, fanatismo religioso, serán equivalentes a las acciones brutales de aquellos corsarios que asaltaban las rutas de los navegantes intrépidos, los expoliaban y luego los arrojaban al mar. De aquellos pequeños expedicionarios que embarcaron hacia la isla del tesoro solo los más afortunados llegarán a buen término. Algunos soñarán con cambiar el mundo, otros se conformarán con llevar una vida a ras de la existencia. Cuando recién desembarcados pregunten dónde se halla el cofre del tesoro, el timonel les dirá: estaba ya en la mochila que cargabais al llegar por primera vez al colegio. El tesoro es todo lo que habéis aprendido, los libros que habéis leído, la cultura que hayáis adquirido. Ese tesoro, que lleváis con vosotros, no será detectado por ningún escáner, cruzará libremente todas las aduanas y fronteras, y tampoco ningún pirata os lo podrá nunca arrebatar”.

Ejerceré con responsabilidad y alegría mis tareas de padrino: conocer, alentar, enseñar, aprender, felicitar y querer. Bueno y, como es lógico, la hermosa tarea de hacer algunos regalos.

Viajeros de primera clase

3 Nov

Ya casi aburre hablar de la crisis, pero es necesario seguir haciéndolo porque no se ve el final del túnel y porque hay muchas personas que sufren y que van a seguir sufriendo y otras que probablemente van a empezar a pasarlo mal en un futuro cercano.

Porque la situación es bien curiosa: ellos votan si se gastan nuestro dinero o no en volar más cómodos.

Cuando algunos ven los restaurantes o los aeropuertos o los hoteles llenos, se preguntan: ¿dónde está la crisis? Pues muy sencillo: en otra parte. En la parte de los que tienen menos, de los que pueden menos, de los que saben menos. Cuando hay una riada, los grandes edificios se mantienen en pie, pero desaparecen las chabolas. Si se mira solo a los monumentos se podría pensar que la riada no ha causado daños, pero hay que preguntárselo a quienes han perdido su casa y todos sus bienes.

Muchos ciudadanos, especialmente los más desfavorecidos, están padeciendo en sus carnes las consecuencias de los sucesivos e interminables ajustes: desempleo, bajada de salarios, subida de impuestos, alza de los precios, restricciones en sanidad y educación… ¿Hacia dónde nos encaminamos? ¿A dónde vamos a llegar? Si las medidas son buenas, ¿por qué los resultados son tan malos? “La operación ha ido bien, pero va a perder el ojo”, decía aquel incongruente cirujano

Los políticos no han sabido ni están sabiendo manejar la crisis de manera eficaz. Ni verla venir, ni afrontarla una vez llegada, ni superarla una vez instalada. Piden a los ciudadanos sacrificios y más sacrificios. Bueno, no es que se los pidan, es que se los imponen por la fuerza de la ley. Nosotros no tenemos la posibilidad de decir si los queremos hacer o no. De modo que lo que realmente te dicen es: “Usted va a hacer estos sacrificios quiera o no. Y estese quieto y calladito porque sacrificarse es lo mejor para usted”. Y mi pregunta es: ¿y qué pasa con quien nos imponen estas medidas? Pues sucede que ellos y ellas no los quieren hacer. Y que nosotros no tenemos la fuerza necesaria para obligarles a que los hagan.

Ha llegado a mis oídos (o, mejor, a mis ojos, ya que he sido un texto lo que me ha llegado) que en el Parlamento Europeo, los señores y señoras eurodiputados han decidido en una significativa votación, celebrada el día 6 de abril del presente año, seguir volando en primera. Este fue el resultado de la votación de la enmienda: 38 a favor de seguir volando en bussines, 4 a favor de volar en turista, y 2 abstenciones. Tengo el nombre y el partido de los votantes con el contenido de su decisión.

Un vuelo de Barcelona a Bruselas en bussines class, ida y vuelta, con la compañía Iberia, cuesta 1270 euros. Ese mismo trayecto, en la compañía Vueling, en clase turista, vale 150. Con el vuelo de un eurodiputado en bussines se pueden pagar 20 días de sueldo de un maestro. ¿Qué decir de los vuelos transoceánicos? Pues sencillamente, que un vuelo en primera se disfruta y un vuelo en turista se padece. Ellos prefieren disfrutar a nuestra costa. Los políticos en primera y el pueblo en turista. Muy edificante.

No se me puede tachar de cicatero por tratarse de cantidades pequeñas (para muchos no lo son), ya que el argumento se vuelve en contra de quien lo haga. Si se trata de cantidad pequeña, ¿por qué no la sacan de sus bolsillos? Es decir, ¿por qué no se pagan la diferencia?

Resulta que en un momento en que mucha gente no puede comer, en que no puede viajar, en que si viaja tiene que buscarse las tarifas más económicas, ellos deciden viajar en primera clase con nuestro dinero. Eso significa no querer renunciar a un privilegio. Así que unos se quedan sin derechos y otros deciden mantener los privilegios.

¿Qué decidiría la ciudadanía si tuviera que votar en qué clase deberían viajar los políticos? Porque la situación es bien curiosa: ellos votan si se gastan nuestro dinero o no en volar más cómodos. Y nosotros no podemos decidir si queremos dar nuestro dinero o no para ese fin. Y con toda la caradura del mundo deciden que se lo quieren gastar en viajar más cómodamente. Pero, ¿por qué pueden decir tan ricamente en su beneficio?

Porque viajar en una u otra clase no les va a permitir ni ir más lejos ni llegar antes. Solo les va a facilitar viajar más cómodamente. Ahí está la clave: en la comodidad. Quiero pensar que solo es eso. Porque me resisto a pensar que el motivo del voto sea el no mezclarse con “los de la clase inferior”. Es decir, que les guste ver correr la cortinilla que separa una clase de otra.

Se trata de una cuestión de dinero pero, sobre todo, de un asunto de ejemplaridad, de coherencia, de respeto. Siempre he pensado que los viajes en primera de los políticos constituían un abuso pero, en estos tiempos de crisis en los que se está diciendo que hay que hacer esfuerzos, me parece una indecencia decidir mantener este privilegio a costa del erario público. Hay que tener cara para votar así.

Que no se me diga que es una cuestión menor. Porque la reflexión que me hago después de este hecho es que si esto pasa con este tipo de asuntos, ¿qué nos sucederá con otros?

Suelo hacer más de cien vuelos al año. Me molesta saber que aquellos a quienes he votado para que se preocupen de mi bienestar se preocupen del suyo a mi costa. No hay derecho.

No me gusta descalificar a la clase política, porque esa descalificación indiscriminada me parece antidemocrática, pero no puedo por menos de denunciar sus abusos, sus comportamientos descarados. No me pueden pedir sacrificios en cuestiones esenciales y no querer privarse de algo tan prescindible como es viajar de forma más cómoda. Sé que gozan de otros privilegios más grandes. Y no es uno menor el poder decidir por ellos mismos si prescinden de ellos.

No hay derecho a tener en el país unos poquitos viajeros de primera clase y una inmensa mayoría de segunda. Se olvidan los primeros de que su misión es servir a los segundos y no servirse de ellos para vivir (y viajar) mejor.

Recortes en educación

3 Dic

Comenzaré diciendo que no soy experto en economía. Ni siquiera aficionado. Pero me cuesta creer que, a base de recortes, se pueda reactivar la economía, mejorar la situación de las familias y generar empleo estable. Sin embargo todas las consignas (¿las órdenes?) que reciben los gobiernos exigen que se sigan haciendo recortes, a sabiendas de que los precedentes no nos han alejado del precipicio. Parece que hacer recortes es la idea salvadora, la única solución razonable, el exclusivo camino de la mejora.

Cuando se reducen los presupuestos en educación se hace masoquismo económico

Todavía me parecen más absurdos los recortes en educación. Por dos motivos: en primer lugar porque afectan a una actividad de importancia decisiva y, en segundo lugar, porque perjudican especialmente a los más desfavorecidos.

La inefable Presidenta de la Comunidad de Madrid ya ha puesto en tela de juicio la gratuidad de la enseñanza. Y cuando se reduce o se elimina la gratuidad y, por añadidura, se privatiza la enseñanza, se consigue que solo quien tenga dinero pueda acceder a ella.

No sucede esto solo en España, porque la crisis tiene unas dimensiones planetarias. Quienes atribuían todos los males del país (yo diría que del mundo) al presidente Zapatero podrán ir comprobando que no era él la causa única y tendrán que pensar en nuevos orígenes de las desgracias.

(más…)