Los cerezos de Junín y de Luján

15 Oct

He vivido en la provincia de Mendoza (Argentina) dos experiencias emocionantes. Una en la ciudad de Junín, otra en Luján de Cuyo. He recibido el nombramiento de Padrino Pedagógico en la escuela rural 1-178 Francisco Javier Moyano de la Municipalidad de Junín y en el Colegio privado P235 El Nogal, propiedad de una Fundación que lleva el mismo nombre, en la ciudad de Luján de Cuyo. El primero, el día 5 de octubre de 2016, Día Mundial del Docente, y el segundo el día 6 de octubre, en una mañana fría de primavera que nunca olvidaré. Dos escuelas pequeñas, con menos de doscientos alumnos y alumnas, inspiradas y alentadas por sus dos entusiastas directoras.

Pienso que la educación, como la primavera hace con el cerezo, crea las condiciones para que la persona se desarrolle, para que florezca y de frutos.

En ambas escuelas he plantado un cerezo. No es un árbol elegido al azar. Neruda, en su  libro “20 poemas de amor y una canción desesperada” dice que “el amor hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”.  Pensé hace tiempo que la metáfora le convenía especialmente a la educación: “la educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”. No creo que Neruda se hubiera sentido molesto por haberle usurpado la idea. La metáfora que, como siempre, ilumina una parte de la realidad y deja en oscuras otras, es excelente. De ahí el título de un libro que publiqué en Santiago de Chile (Editorial Santillana): “Vivir en primavera. El valor de la educación”.

Pienso que la educación, como la primavera hace con el cerezo, crea las condiciones para que la persona se desarrolle, para que florezca y de frutos. La primavera no injerta, no estira, no poda, no obliga al cerezo. La primavera hace posible que el cerezo en ciernes se haga un árbol florecido y luego cargado de frutos maduros. El protagonista de la historia es el cerezo. Es quien crece y se desarrolla. La primavera hace posible su crecimiento. Es una metáfora hermosa y potente de lo que, a mi juicio, es la educación.

Repito: no es lo esencial la primavera. Lo esencial es el cerezo. La primavera facilita, permite, hace posible, genera las condiciones para que el cerezo pueda ser un cerezo en toda su esencia y potencialidad. La primavera aporta el clima adecuado, las condiciones necesarias para el arraigo y el crecimiento.

Fue emocionante ver, en ambos centros, a toda la comunidad educativa (supervisoras, directivos, docentes, alumnado, familias, personal de administración y servicios, exalumnos) participar en la ceremonia de bienvenida y de plantación del árbol. Un árbol todavía joven que necesitará de  los cuidados de la comunidad  para no agostarse y malograrse. No termina la historia con la plantación. Ahí precisamente comienza. Será el símbolo de la tarea que se realiza dentro de las aulas, dentro de la escuela.

El cerezo será un símbolo vivo que servirá de recuerdo y acicate para que la tarea educativa llegue a buen fin. Los educadores y las educadoras hacen viable el desarrollo. Y los alumnos y alumnas cumplen con la tarea de crecer y dar frutos de conocimiento y de solidaridad.

La metáfora del árbol que crece hacia arriba y hacia abajo, que echa raíces en la tierra y expande las ramas hacia el aire, siempre me ha parecido hermosa. De hecho, la he utilizado en varias ocasiones para reflexionar sobre la tarea educativa. En la Editorial Profediçoes de Portugal, publiqué hace años un libro titulado “El árbol de la democracia” y en Homo Sapiens, otro titulado “Arte y parte. Desarrollar la democracia en la escuela”, uno de cuyos capítulos se titula “La participación es un árbol”.

Importa conocer la naturaleza del árbol, saber cuándo y dónde ha de ser plantado, disponer de una tierra fértil en la que pueda echar raíces, regarlo con frecuencia y esmero, protegerlo de tormentas, plagas y heladas… Y , sobre todo, evitar que leñadores insensibles lo talen sin piedad.

El árbol dará sombra, albergará pájaros de diversa especie, dará flores y proveerá de ricos frutos. (En la escuela rural de Junín elaboraron con mimo para los asistentes dos cerezas rojas de lana con cintas verdes que podían prenderse en la solapa con un pequeño imperdible, acompañadas de un pequeño rectángulo de papel con la fecha y el motivo de la visita). El árbol no solo florece y crece para sí. El árbol ofrece los frutos a la sociedad. Por eso les dije que allí tenían que educar no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo.

Si el conocimiento que se  adquiere en las escuelas sirviera para dominar, explotar, engañar y  destruir mejor al prójimo, más nos valdría cerrarlas. Cuando digo que la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educción y la catástrofe me refiero, sobre todo, a esta dimensión social de la institución educativa. No es solo un lugar para que las personas se socialicen mejor y  tengan éxito en su trabajo sino que es el lugar donde se adquiere el compromiso de la mejora de la sociedad, de la solidaridad humana y de la compasión con quienes sufren.

Las dos ceremonias fueron una fiesta. Una fiesta cargada de emoción y de hermosos detalles. La celebración de la importancia de una tarea que no tiene parangón en la sociedad. Una fiesta en primavera sobre la primavera de la educación.

En Junín hubo canciones, bailes, discursos, regalos, pensamientos enmarcados y reproducción de portadas de libros. En Luján  tuvo presencia la bandera española solicitada al consulado, los niños y las niñas llevaban en carteles con algunas ideas de mis artículos, de mis libros, de mis conferencias. Discursos y regalos. En ambas escuelas, lo más emocionante fue ver cómo los alumnos y las alumnas  escuchaban las historias que les relataba, las palabras que les dirigía, cómo  vivían el ambiente festivo y con qué seriedad contemplaban  la plantación del cerezo.

A una niña que lloraba en El Nogal le  preguntó una profesora:

–        ¿Por qué lloras?

–        No lo sé, contestó.

No era fácil explicarlo. Allí estaba un señor del que decían que había venido de muy lejos, que había escrito muchos libros y que había dedicado su vida a la educación.  Un señor que les había sacado de las aulas a los patios y al que vieron, sorprendidos, plantar un cerezo. Un señor que les decía que la escuela era como El Arca de Noé. Fuera de ella nadie se salva del diluvio de  la ignorancia, la injusticia y la insolidaridad.

En Junín, al lado del cerezo, un artesano local había preparado un hermoso pedestal que, escrito en la madera, dejaba constancia del acto que habíamos celebrado en los jardines de la escuela.

Era hermoso ver a los niños dándote la mano, pidiendo una foto, mostrando un afecto que no había ganado. Los ahijados y ahijadas manifestaban una cercanía a quien les decían que iba a ser su padrino.

En las dos escuelas brindé a los miembros de la comunidad un lema que a mí me ha servido en la vida: “Que tu escuela sea mejor porque tú estás trabajando en ella”. Enseñando, estudiando, cocinando, limpiando, dirigiendo…   Desde estas líneas quiero agradecer a las comunidades educativas de ambas escuelas, la distinción recibida, la emoción de las ceremonias y el afecto que me mostraron. Sinceramente, gracias.

La Escuela de los cien años

14 Jun

El día 4 de junio de 2014 la vida me hizo un singular regalo. Conocí y apadriné la Escuela de los 100 años, enclavada en la ciudad de Venado Tuerto, sita en el Departamento General López de la Provincia de Santa Fe (Argentina). Esta ciudad, fundada el 26 de abril de 1884 por Eduardo Casey, es conocida como “La Esmeralda del Sur” por su importancia y riqueza. En 1994 cumplió un siglo. Y, para celebrarlo, la ciudad tuvo la hermosa y comprometida idea de fundar una escuela.

En 1994 cumplió un siglo. Y, para celebrarlo, la ciudad tuvo la hermosa y comprometida idea de fundar una escuela.

Sé que a muchos lectores y lectoras les resultará chocante el nombre de esta localidad santafesina. Aunque varias leyendas tratan de explicarlo, el origen del nombre se pierde en los pliegues de la historia. La versión que sigue es la que se considera la elegida por el fundador para dar nombre al pueblo. Se trata de una leyenda de contenido folklórico y no exenta de cierta ternura. Dice lo siguiente: “Por los parajes del Hinojo solía pastar un venadito al que le faltaba un ojo, perdido en un ataque sufrido ante los indígenas. Desde entonces, cada vez que aparecía en el fortín, era aviso seguro de la proximidad del malón, hecho que permitía a los soldados refugiarse y defenderse del ataque. En épocas de sequía, conducía a las tropas por buenos pastos y aguas, lo que le valió el reconocimiento de aquellos hombres”.

Aquella tarde de invierno me recibió amablemente la comunidad educativa. Tuve el placer de dirigirme a los alumnos y alumnas del turno de tarde que, con sus guardapolvos blancos, me escucharon en un silencio y con una atención extraordinarias. Aquel señor desconocido que venía de España iba a convertirse en el padrino de la escuela.

Después planté con ellos un cerezo en el patio de la Escuela. Algunos docentes habían leído algo que escribí en diversos lugares y que dije en numerosas ocasiones: la educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos.

El 17 de mayo de 1983 la Comisión Central de Festejos de la ciudad, presidida por Bruno “Pocho” Brun, decide que el monumento conmemorativo de la centuria será una escuela. La escuela nació, pues, como un regalo que se hizo la ciudad en tan significativa fecha. La celebración del pasado se hace con la institución que representa mejor el futuro. La recuperación de las raíces se proyecta hacia las ramas frondosas del árbol de la historia.

Se salieron de lo trillado, de lo que hubieran hecho casi todos, de lo que se suele hacer casi siempre: un asado, un baile, una misa, una fiesta, una placa, un monumento… Más sencillo, menos arriesgado, menos comprometido, menos largo, más barato…

Los gestos están llenos de significado, los hechos tienen representaciones, las cosas hablan de lo que sentimos y pensamos. Fundar una escuela significa que se cree en el valor del conocimiento, en el sentido de la democracia, en la importancia de la solidaridad y de la justicia. Porque hablamos de una escuela pública, de una escuela de todos y de todas, para todos y para todas. Una escuela pública es el símbolo más preciso de la equidad.

Se crea en ese momento una Sub Comisión que será la encargada de gestionar todo lo necesario para la construcción: desde la adquisición de terrenos (2000 metros cuadrados), hasta la consecución de dinero y de medios. Esfuerzos todos surgidos de la generosidad y del entusiasmo: rifas, bonos, espectáculos, donaciones, certificados de colaboración… Era más fácil y más cómodo decir: si hacen falta escuelas, que las construya el gobierno que esa es su obligación. Pero era más hermoso decir: nosotros tenemos un sueño y vamos a convertirlo en realidad.

Tengo delante de mí el libro que me obsequiaron y que lleva por título “Venado Tuerto. La escuela de los 100 años. El pueblo que se regaló una escuela”. El libro se escribe como una segunda celebración: la de las bodas de plata de la creación de esta escuela monumento, es decir la de la conmemoración de sus primeros 25 años de vida.

He leído el libro con atención. He podido descubrir a través de sus páginas que un grupo de personas hoy casi centenarias, algunas ya fallecidas (en 1996 se plantaron cien rosales en el cementerio), pusieron todo su empeño en la apertura de una nueva escuela que conmemorase el primer centenario del nacimiento de la ciudad.

Parecía una quimera. En el libro puede verse un cartel sostenido por dos palos fijados al suelo en un terreno completamente inhóspito: “Aquí se construye la Escuela de los 100 años. Colabore. Usted puede”. Ese “aquí” es un descampado. No hay todavía barrio al que ofrecer un la escuela. Surge con ella como epicentro. Es la escuela la que aglutina a una población que sin ella no tendría ni presente ni futuro.

El 3 de mayo de 1986 metieron en una caja documentos, fotografías, objetos y grabaciones de diverso tipo. Esa caja se abrirá en 2034, cuando se cumplan cincuenta años de su clausura. Me llamó la atención leer que, con la sensata sospecha de que, cuando se abra la caja, no existirán aparatos para reproducir las cintas con las grabaciones, se incluyó un reproductor de la época.

La idea de fundar la escuela surge no solo como una iniciativa popular sino como fruto de sus donativos y de sus esfuerzos. No es una institución venida de arriba hacia abajo sino surgida de abajo hacia arriba, encarnando la esencia de la democracia. Las fotos del libro dan fe de cómo, ladrillo a ladrillo, se va levantando el edificio. Es la crónica de una pacífica gesta democrática.

Hubo dificultades de diverso tipo. “Primero se barajaron presupuestariamente unos números para empezar los trabajos pero prontamente, la inflación de aquellos años, desbarató nuestros pensamientos”, dice uno de los entrevistados en el libro. Pero ellos no cejaron en su empeño. Las dificultades estimulan a los verdaderos emprendedores. Algunas dificultades fueron especialmente dolorosas. Es muy duro que, mientras entregas tu tiempo, tu energía, tu dinero a una causa común, algunos pongan su empeño en destruirte. Es muy triste que, como respuesta a una carrera de fondo, algunos se dediquen a poner zancadillas. Es una tragedia cavar una trinchera muy larga y muy profunda para defender una causa y que te detengan como desertor. Pero el espíritu optimista de los impulsores y el apoyo de la población hicieron viable la superación de esos obstáculos sobrevenidos.

Hay en el libro muchos nombres y muchas fotografías de las personas que protagonizaron la gestación y el desarrollo de la iniciativa. Y muchas entrevistas en las que expresan sus ideas, comparten los recuerdos y hacen públicos sus sentimientos.

Cuando veía a los niños y a las niñas transitar por los pasillos y por el patio, pensé que su futuro echaba raíces en la historia. Y que su proceso de aprendizaje era el fruto del entusiasmo, del trabajo y del tesón de un puñado de soñadores. Y de un pueblo que supo elevar los sueños a la categoría de realidad a través del trabajo abnegado de una legión de excelentes maestras y maestros. Gracias, ánimo y enhorabuena.

La cestita de caramelos

29 Mar

Tengo en mi mesa de despacho de la Facultad de Ciencias de la Educación una cestita de caramelos que no se ha vaciado en muchos años. No porque sigan en ella los mismos caramelos que deposité el primer día sino porque los he ido renovando a medida que iban desapareciendo en las manos (luego en la boca) de mis alumnos, compañeros y visitantes.

Tengo en mi mesa de despacho de la Facultad de Ciencias de la Educación una cestita de caramelos que no se ha vaciado en muchos años.

Un pequeño detalle que solo pretende poner un poquito de dulzura en las muchas veces desabrida cotidianidad universitaria. A veces, cuando la espera de los alumnos y alumnas ante algunos despachos de la planta se prolonga, salgo del mío con la cestita y ofrezco un caramelo a los pacientes alumnos.

– ¿Un caramelo?

No todos aceptan. Algunas veces van diciendo que no hasta que uno, más decidido, se anima:

– Voy a coger este de limón.

Y los que habían dicho que no, ahora se deciden y comienza la ronda. Lo que siempre vi, aunque no aceptasen la invitación es qu, ante el gesto de la cestita, se les venía a la cara una sonrisa.

– Muchas gracias.

Traigo aquí este minúsculo detalle porque quiero hacer algunas reflexiones sobre la cultura de los pequeños gestos, de las ingeniosas manifestaciones que hacen la vida más llevadera. Me gustaría elaborar un Manual de hermosos detalles docentes. Porque estoy seguro de que los hay. En todos los niveles del sistema educativo. En todos los centros. En todas las aulas. Unos que tienen que ver con el aprendizaje, otros con los afectos, otros con la creación de un buen clima en la escuela y en el aula.

A continuación voy a compartir con los lectores y lectoras algunas iniciativas que conozco y que, a bote pronto, se asoman a las teclas del ordenador

– Pienso en el profesor que hace un pequeño regalo todos los días a sus alumnos. El regalo de un pensamiento, de un poema, de una canción, de un cuento, de una anécdota… Los alumnos esperan con ilusión cada día el momento del regalo. Y se sienten respetados y queridos. Se sienten dignos de una atención especial.

– Conocí un profesor que les daba dos caramelos a cada uno de los niños de su aula. Siempre con la misma cantinela que ellos se sabían de memoria: “Toma, el de hoy y el de mañana. Y mañana otra vez”. Era una hermosa forma de decirles que nunca les faltaría ese detalle, ese minúsculo gesto de afecto.

– En una artículo de hace años comenté la historia de una profesora que les pidió a los alumnos que escribieran la idea más hermosa respecto a cada uno de los compañeros de la clase. Ella, en el fin de semana, confeccionó la lista de todas las frases hermosas que le habían escrito a cada uno todos los compañeros. Conté en aquel breve texto que uno de los alumnos de aquella clase conservó esa lista hasta la muerte.

– Mi amigo Horacio Muros, director de una escuela en la provincia de Mendoza (Argentina) confeccionó unas tiras con el texto: “Vale por una sonrisa”. Alumnos, padres y profesores de la escuela distribuyeron las pequeñas tiras intercambiándolas por sonrisas. La escuela se convirtió en un hermoso lugar en el que el lenguaje de la sonrisa se hizo presente en la comunicación de todas las personas de la comunidad.

– Este Director, que tuvo la amabilidad de proponerme como Padrino Pedagógico de su escuela, recibe todos los días con un saludo a la entrada a los alumnos y a los profesores y profesoras, dándoles los buenos días y deseándoles una feliz jornada. En otra ocasión, colocó en la sala de profesorado un Probador de Imagen, es decir un espejo que tenía dibujada en la parte alta una sonrisa. Cuando alguno se miraba en el espejo veía reflejada la sonrisa en su rostro.

– Mi querido amigo Manolo Alcalá, ya jubilado, cuando era Director del IES Puerta de la Axarquía, regalaba el primer día de curso a cada uno de los docentes, una ramita de romero o de otra planta (recogida del jardín mitológico-aromático que cuidaba en el Instituto) acompañada de un poema de bienvenida y de buenos deseos.

– El día de su cumpleaños un maestro invita a todos sus alumnos y compañeros a un aperitivo antes de la comida o a una sencilla merienda por la tarde. Una forma de compartir la experiencia de la vida.

– Una profesora celebra el cumpleaños de los alumnos, se sabe la fecha, les hace un regalo, canta en la clase el “Cumpleaños feliz” y comparte la alegría de una celebración que no solo ha de ser familiar. ¿Por qué no en la escuela? ¿Por qué no compartir la alegría de

– Un profesor escribe todos los años una carta de despedida a sus alumnos y alumnas. Repasa en ella lo que ha sido el curso, les desea felices vacaciones y le algunas sugerencias para el futuro.

– Una profesora universitaria, mi querida amiga Lourdes de la Rosa, ha dejado constancia en un escrito de las iniciativas que pone en marcha para crear un clima positivo en el aula. Dice textualmente: “Desde hace varios años, el primer contacto que tenemos el alumnado y yo es la presentación inicial de todos y cada uno de nosotros y nosotras. En esta presentación se propone que cada cual comente algo sobre la asignatura (por ejemplo sus expectativas, lo que el piensa que puede aportar a la misma, etc.) y, por otro lado, se anima a que cada cual exprese algo de sí mismo/a, alguna particularidad que constituya una marca de identidad, algo que lo caracterice. Para evitar la contaminación entre los propios compañeros se pide que esto se realice, en primer lugar, de manera sucinta por escrito y, posteriormente, se comunica en alta voz al resto de la clase. Por la misma razón, mi presentación pasa a ser la última de todos los y las presentes”.

No tengo más espacio. La relación sería casi infinita. La pedagogía de los detalles crea un clima afectivo en el que es fácil aprender y es maravilloso convivir. No se trata de actos heroicos, de gestos sublimes sino de pequeñas acciones que tienen cabida en cualquier momento de la vida de la escuela y del aula.

Hay que poner la creatividad al servicio de la convivencia. Tomar iniciativas que ayuden a mejorar la comunicación. Creo que cada uno debe preguntarse en qué medida su actuación hace mejor la vida en común de las instituciones.

No se trata solo de mejorar la convivencia y de mostrar respeto y afecto sino de generar una disposición abierta al aprendizaje. Esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y por el amor a quienes se enseña. Hay quien podría pensar que estas cuestiones no tienen que ver con el aprendizaje. No es así. Cuando el constructivismo plantea las exigencias necesarias para que se produzca aprendizaje significativo habla de la estructura lógica interna del conocimiento, de la estructura lógica externa (que case con lo que el aprendiz ya sabe) y habla también de la disposición emocional hacia el aprendizaje. La cultura de los detalles genera esa disposición emocional. No se pierde el tiempo cuando se dedica a crear un clima armonioso, cuando se procura despertar en quienes aprenden y en quienes enseñan un estado emocional equilibrado y satisfactorio.

Padrinazgo en Barreal

26 Oct

Me hice eco la semana pasada en este mismo espacio del emotivo acto de nombramiento de padrino pedagógico que tuvo lugar en la desde entonces querida Escuela Pública Experimental Desconcentrada Doctor Carlos Juan Rodríguez de la ciudad de San Luis (Argentina).

Después procedimos a plantar un naranjo en la entrada de la escuela. Un árbol que dará flores de azahar, sabrosos frutos dorados, sombra a quien tenga calor y cobijo a los pájaros…

Dos días después, el viernes 19 de octubre, llegué a Barreal, una localidad argentina que se encuentra a los pies de la precordillera de los Andes, en el frontera con Chile, para ser honrado con un nombramiento similar. Barreal es un lugar paradisíaco que ha merecido justamente la denominación de Terraza del Cielo. Dice el poeta Antonio de la Torre en su hermoso poema “Atardecer en Calingasta”: “Bajo los cielos absortos/ brincos de cumbres nevadas./ El río traza sus curvas/ hablando con la distancia”. Calinganta es un Departamento de la Provincia de San Juan en el que está enclavada la ciudad de Barreal. Después de recorrer casi doscientos kilómetros bordeando montañas de colores tan maravillosos como variados, llegamos a la humilde escuela Saturnino Aráoz. Una escuela rural de apenas doscientos escolares. Por lo que pronto pude ver, una escuela con alma.

Siempre he tenido predilección por las escuelas rurales. Probablemente porque yo fui un niño que dio sus primeros pasos en el sistema educativo en una escuela rural. Nací y fui a la escuela en Grajal de Campos, dentro de la provincia española de León. (Por cierto, la planta de la torre de la iglesia de mi pueblo tiene una forma original: cuenta con cinco esquinas y si se le añadiera otra, solo tendría cuatro. Propongo a mis lectores y lectoras que busquen la solución a este curioso enredo arquitectónico). Todavía recuerdo con emoción el camino de la casa de mis padres a la escuela. Un día que llovía mucho, el maestro me llevó a cuestas desde la escuela a la casa. Aquel corto viaje a hombros del maestro es para mí un símbolo del valor de la educación. Los maestros llevan a sus escolares a lugares remotos a hombros del saber y del amor.

Mi predilección por las escuelas rurales se debe, además, al hecho de considerar que las escuelas rurales desempeñan una misión fundamental en la comunidad. Cuando desaparece la escuela de un pueblo, se puede poner en su estrada: Cerrado por defunción. De ahí el título de un artículo que publiqué hace algunos años: “Mi querida escuela rural”.

Al llegar a Barreal, me esperaba toda la comunidad educativa. Los niños que, acabada su jornada de viernes, esperaban impacientes el fin de semana. La directora y el cuerpo docente, las madres de la Asociación, la abanderada y sus escoltas, el señor intendente, la supervisora, el sacerdote y mi querida amiga Silvia Berrino, representante de la UCA.

Se respiraba emoción, alegría y afecto. ¿Cómo no sentirse honrado, satisfecho y feliz ante tantas y tan generosas muestras de cercanía y amabilidad? ¿Cómo no sentir por otro motivo más que la educación es la terreno de las emociones?

Todo estaba lleno de detalles: hilo musical, carteles de bienvenida y agradecimiento (el agradecimiento en realidad era mío), pensamientos pedagógicos y adornos que embellecían las paredes que circundaban el patio escolar…

Una vez entonado el hermoso y vibrante himno argentino, se inició la ceremonia de nombramiento. Se sucedieron las intervenciones de la Directora, el Intendente, el sacerdote, los niños con textos y canciones… Una niña leyó: “Te vemos venir, padrino/ y con nuestros brazos abiertos/ festejamos tu llegada…”. Sí, aquello era una fiesta. La fiesta de la educación.

Después procedimos a plantar un naranjo en la entrada de la escuela. Un árbol que dará flores de azahar, sabrosos frutos dorados, sombra a quien tenga calor y cobijo a los pájaros… Un árbol que deberá ser regado, cuidado con esmero y protegido de plagas y tempestades para que pueda crecer. La Directora había dicho momentos antes en su discurso que el hecho de plantar un árbol “servirá como eslabón de comunicación y estrechará vínculos con el conocimiento”. Así debería ser. Así será.

En la Editorial Profediçoes de Portugal publiqué en el año 2012 un libro titulado “El árbol de la democracia”. En él hacía referencia a la importancia del terreno donde se planta, a los cuidados que exige y a los frutos que produce. Volveré a utilizar esta metáfora en un libro que se publicará en 2014 (Editorial Laberintos de Buenos Aires) y que se titulará “Vivir en primavera. El valor de la educación”. El título se debe a la hermosa metáfora que Neruda atribuye al amor y que yo aplico a la educación: “La educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”. La educación es una primavera que genera las condiciones para que los alumnos florezcan y den frutos.

Una vez plantado el árbol, continuó la ceremonia con nuevas intervenciones. Y, al final, la profesora que dirigía el acto me concedió la palabra.

Un pequeño accidente de coche que sufrimos en la ciudad de San Juan nos había hecho llegar tarde. Por eso mis primeras palabras fueron de disculpa. Si se roba algo de valor material (dinero, joyas, cuadros…), en un gesto de arrepentimiento se puede devolver, pero el tiempo no tiene restitución posible… Luego llegaron palabras de sincera gratitud por el recibimiento. Y, más tarde, las relacionadas con el nombramiento de padrino, con su significado y sus compromisos. Hice ver la importancia de la educación para las personas y las sociedades. Manifesté mi convicción de que la educación va más allá de la mera instrucción. Dije también que la educación era una tarea de toda la sociedad. Recordé el hermoso proverbio africano: “Hace falta un pueblo entero para educar a un niño”. Con sinceridad y afecto, agradecí el nombramiento de padrino pedagógico que se me hacía en aquel atardecer inolvidable.

Nos intercambiamos regalos, nos hicimos fotos y más fotos y departimos una rica merienda en el patio. El ambiente no podía ser más hermoso en aquel atardecer en Calingasta. Era una tarde de verdadera primavera pedagógica.

Los niños y las niñas venían a darme un beso de despedida como si nos conociésemos de toda la vida. Qué delicia de criaturas.

Firmé en el libro de oro de la escuela. Brindé por escrito: “¡Por la maravillosa primavera que es cada día esta escuela! Con mis felicitaciones, agradecimiento y afecto”.

Visité las instalaciones de escuela acompañado de algunas profesoras. El espacio de la escuela está siempre cargado de significados. Todo habla en la escuela. Iba pensando al recorrer la biblioteca, las aulas y los despachos que en esos humildes lugares se celebraba cada día el milagro del aprendizaje, el asombroso hecho de que ese puñado de niños y niñas aprendiese a ver el mundo con nuevos ojos y se ejercitase la convivencia que derriba discriminaciones y prejuicios. Pensé que aquella escuela era la gran mezcladora social de Barreal. Y me fui con el corazón lleno de felicidad y gratitud porque aquella comunidad me había hecho generosamente su padrino.

Padrinazgo en San Luis

19 Oct

Hoy he vivido en la ciudad de San Luis (Argentina) una emocionante experiencia educativa. He tenido el honor, la satisfacción y la alegría de ser nombrado Padrino Pedagógico de la Escuela Pública Experimental Desconcentrada Doctor Carlos Juan Rodríguez. Una gran escuela enclavada en el barrio Cerro de la Cruz.

Nos intercambiamos regalos y nos dirigimos luego a la entrada de la escuela, donde procedimos a plantar un ciruelo en flor.

Venía de la ciudad de Merlo con el Ministro de Educación, Marcelo Sosa, compartiendo en su coche, por él conducido, experiencias, ideas y sentimientos acerca de la tarea más emocionante, delicada y decisiva que se le ha encomendado al ser humano en toda la historia: trabajar con la mente y con el corazón de los niños y de los jóvenes. En Marlo había sido testigo de una significativa ceremonia en la que 36 nuevos directivos habían jurado su cargo en presencia del Gobernador de la Provincia, Claudio Poggi. Nos habíamos detenido en una pequeña escuela rural en La Petra. Fue una visita sorpresa. La directora y única profesora, alma de aquella hermosa escuela, trabajaba con un puñado de niños y de niñas cuando el Ministro en persona hizo aparición en el aula. Y fue hermoso y significativo el abrazo que se dieron ante la mirada siempre curiosa y entrañable de los niños.

Hablamos con ellos, les contamos un cuento, nos enseñaron la escuela, salieron a despedirnos… La directora nos explicó cómo concebía su tarea en aquella escuela que era como el Arca de Noé de la comarca. Fuera de ella no hay salvación. Nos habló con entusiasmo de su lema: “Sembrando con amor en los surcos de la vida”.

Hay esperanza en el mundo porque existen escuelas, porque hay buenos maestros y maestras, porque las escuelas están llenas de niños y de niñas que quieren aprender… Lo vuelvo a decir: La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe. Y la educación lleva muchos metros de ventaja.

En esa hermosa mañana de primavera, llegué a la escuela en la que estaba convocado, una escuela de más de dos mil alumnos y alumnas. Me esperaban las directoras con una espléndida sonrisa y los brazos abiertos de la fraternidad educativa. Y, afortunadamente, la prensa. Digo afortunadamente porque me gusta que los medios de comunicación se hagan eco de lo que sucede en las escuelas. No solo cuando hay conflictos, escándalos, huelgas y calamidades. Si un alumno persigue a un profesor con un cuchillo por los pasillos de una escuela, veremos cómo la noticia abre telediarios y ocupa primeras páginas de periódicos. Pero nunca es noticia el hecho de que millones de estudiantes aprenden cada día en las aulas.

El acto fue sencillo y emotivo. Un nutrido grupo de alumnos y alumnas, que ya ahora son mis queridos ahijados y ahijadas, participaron en la ceremonia dando muestras de comportamiento ejemplar. Atentos, respetuosos, silenciosos, ordenados, afectuosos… Se lo hice notar a la directora, que formuló un comentario revelador:

– Son unos chicos magníficos.

Digo que el comentario fue revelador de cómo eran los chicos pero también de cómo es la directora. Me gustan los profesionales de la educación que hablan bien de los chicos, que los valoran, que los respetan, que los quieren…

El maestro de ceremonias, que manejó con sencillez y soltura los hilos del protocolo, hizo la presentación y dio la palabra a la directora de la escuela, que, de manera breve y emotiva, hizo el nombramiento que acepté encantado.

Después dirigí la palabra a los asistentes para decirles lo honrado y feliz que me sentía al ser su padrino. Les hablé de la importancia de la educación para cada uno de ellos y para toda la sociedad. A través de la historia de la niña del vestido azul, que conté hace tiempo en este mismo espacio, les hice ver cómo la educación podía transformar la vida de las personas y de los pueblos. Y les brindé a todos este lema: “Que mi escuela sea mejor porque yo estoy enseñando (o aprendiendo) en ella”.

Nos intercambiamos regalos y nos dirigimos luego a la entrada de la escuela, donde procedimos a plantar un ciruelo en flor. El árbol es una excelente metáfora de la educación. Crece hacia arriba y hacia abajo. Da flores, da frutos, da sombra. Pero exige cuidados.

Quiero dedicar a mis ahijados y ahijadas de la escuela que hoy apadriné este texto que acabo de recibir de un periodista español al que admiro por las cosas que dice y, también, por la forma que tiene de decirlas. El periodista se llama Manuel Vicent y lleva muchos años escribiendo cada domingo en el periódico El País, de Madrid. El artículo se titula “El tesoro”. Va por ellos y por ellas.

“Está amaneciendo. Es la hora de los pájaros. A los colegios e institutos llegan bandadas de niños y chavales cargados con sus mochilas. Ellos no lo saben, pero todos se dirigen a la isla del tesoro. Puede que ignoren dónde está ese mar y en qué consiste la travesía y qué clase de cofre repleto de monedas de oro les espera realmente. El patio del colegio se transforma, de repente, en un ruidoso embarcadero. Desde ese muelle lleno de mochilas cada alumno abordará su aula respectiva, que, si bien no lo parece, se trata de una nave lista para zarpar cada mañana. En el aula hay una pizarra encerada donde el profesor, que es el timonel de esta aventura, trazará todos los días el mapa de esa isla de la fortuna. Ciencias, matemáticas, historia, lengua, geografía: cada asignatura tiene un rumbo distinto y cada rumbo un enigma que habrá que descifrar. La travesía va a ser larga, azarosa, llena de escollos. Muchos de estos niños y chavales tripulantes nunca avistarán las palmeras, unos por escasez de medios, otros por falta de esfuerzo o mala suerte, pero nadie les puede negar el derecho a arribar felizmente a la isla que señalaron los mapas como final de la travesía. Ese mar está infestado de piratas, que tienen su santuario en la caverna del mal Gobierno. Todas las medidas que un Gobierno adopte contra el derecho de los estudiantes a realizar sus sueños, recortes en la educación, privilegios de clase, fanatismo religioso, serán equivalentes a las acciones brutales de aquellos corsarios que asaltaban las rutas de los navegantes intrépidos, los expoliaban y luego los arrojaban al mar. De aquellos pequeños expedicionarios que embarcaron hacia la isla del tesoro solo los más afortunados llegarán a buen término. Algunos soñarán con cambiar el mundo, otros se conformarán con llevar una vida a ras de la existencia. Cuando recién desembarcados pregunten dónde se halla el cofre del tesoro, el timonel les dirá: estaba ya en la mochila que cargabais al llegar por primera vez al colegio. El tesoro es todo lo que habéis aprendido, los libros que habéis leído, la cultura que hayáis adquirido. Ese tesoro, que lleváis con vosotros, no será detectado por ningún escáner, cruzará libremente todas las aduanas y fronteras, y tampoco ningún pirata os lo podrá nunca arrebatar”.

Ejerceré con responsabilidad y alegría mis tareas de padrino: conocer, alentar, enseñar, aprender, felicitar y querer. Bueno y, como es lógico, la hermosa tarea de hacer algunos regalos.