Evaluar con el corazón

25 Jun

Me he encontrado en este final de curso con dos casos de docentes, uno de ellos de Universidad, que me han hecho pensar y que, a la vez, me han producido dolor.

PROFESOR

Hay que evaluar con la cabeza, pero también con el corazón. Porque, detrás de ese boletín de notas hay una persona, una familia, una historia que pueden saltar por los aires.

Permítaseme decir, antes de continuar, que no se mina la autoridad de los docentes cuestionando su labor sino respaldándola de forma incondicional, aunque sea discutible. No se pierde la autoridad reconociendo los errores sino defendiéndolos a capa y espada.

En los dos casos a los que hago referencia el sufrimiento es el denominador común. El sufrimiento de los evaluados, claro. Se piensa pocas veces en la esfera del sentimiento. Se diría que hay máquinas de enseñar y máquinas de aprender, aparatos para evaluar y aparatos que son evaluados. Y, claro, ni las máquinas ni los aparatos sufren.

Puede existir sufrimiento en la actividad de la evaluación por parte de quien la realiza, claro. Y a ese respecto he de decir que nunca he entendido muy bien a quienes suspenden mucho, pero menos a quienes disfrutan cuando lo hacen. Es como si un cirujano estuviese más contento mientras más cadáveres salen del quirófano. Le consideraría un incompetente y, además, un desalmado.

Y, ¿por qué encierran tanto dolor estos casos? Porque en los dos existe una preocupante actitud de dureza de los respectivos evaluadores. Los docentes se han mostrado inflexibles en sus decisiones de suspender, a pesar de las demandas de los alumnos, de los colegas y, en un caso, de la familia. Y, además, porque las consecuencias de los resultados acarrean unos daños gravísimos para los evaluados y para sus familias.

Los dos casos claman al cielo. Un alumno que no puede obtener el título de Graduado en Educación Secundaria porque le falta el aprobado en una sola materia, a pesar de que ha trabajado con esfuerzo e interés en ella y a pesar de que ha hecho avances evidentes (a juicio de otros docentes). Otro alumno que agota las convocatorias y que tiene que ir a examinarse a otra Universidad o dejar de estudiar porque carece de medios y condiciones para desplazarse. ¿Por qué solo son malos estudiantes con esos profesores?

Es curioso que sean siempre los mismos. Es decir, que esa actitud de pretendida exigencia, de aparente rigor, de estricta defensa de la justicia, parece ser un atributo exclusivo suyo. Los demás profesionales parecen ser blandos, condescendientes y poco rigurosos. Es decir, irresponsables.

No sé lo que sucedería si a algunos docentes se les retirase el poder de evaluar. No sé cuántos alumnos y alumnas tendrían si se pudiera acudir a ellos solo por el interés que suscita su enseñanza y por la cercanía que genera su amor a lo que enseñan y a los que enseñan.

Me pregunto cuáles son los motivos que se esconden detrás de esa rigidez: ¿Se consideran más importantes por ser únicos? ¿Piensan que son mejores docentes porque exigen más y mejor que los demás? ¿Se creen más protagonistas porque tienen detrás una cohorte de suplicantes formada por padres, profesores y alumnos? ¿Consideran que con este proceder su asignatura, y por consiguiente ellos mismos, tienen más categoría? ¿Piensan que de esta forma se afianza su autoridad? No quiero pensar, por el debido respeto a esos profesionales que, detrás de su comportamiento, se esconde un tipo de actitud malintencionada.

No voy a entrar en el análisis de las prácticas profesionales de estos docentes, pero pienso que no les gustaría que les juzgasen con el mismo rigor, con la misma intransigencia, de la misma forma inapelable. En algunas ocasiones, la calidad de la enseñanza de estos que quieren hacerse pasar por “el hueso de la institución” deja mucho que desear. Cuántas veces producen el efecto secundario en sus alumnos y alumnas de acabar odiando la asignatura y el aprendizaje de por vida.

Justicia no es dar a todos por igual sino dar a cada uno lo que se merece. Al decir esto no estoy abogando por una avaluación sin exigencia, sin cumplimiento de mínimos, sin rigor alguno.

Hay que pensar en el contexto del alumno, en sus circunstancias, en sus capacidades, en su historia, en su proceso de aprendizaje.

Hay posibilidades de hacer tareas complementarias, de proponer nuevos trabajos, de realizar nuevas pruebas por el mismo o por otros evaluadores. Hay investigaciones que muestran que para que haya un mínimo de objetividad en la corrección de ejercicios de ciencias harían falta al menos doce correctores.

Hay que pensar en las consecuencias de una calificación que corta el camino, que rompe los sueños, que cierra el horizonte.

Hay que pensar en los daños que produce una evaluación que se convierte en un juicio inapelable, en una sentencia brutal.

Se me dirá que el alumno ha tenido tiempo de pensar en todo esto. Claro que sí. No hablo de regalar nada, de bajar el nivel, de aprobar porque sí. Pero, en los casos que comento diré que lo han tenido en cuenta. Que han trabajado, que se han esforzado. Que han hecho todo lo posible.

Leí, en el hermoso libro de Ken Bain, “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, un pensamiento revelador: “Nunca atribuyen a sus alumnos las dificultades que encuentran en el aprendizaje”. Solo así pueden ser mejores docentes. Pero si solo se explican el fracaso aludiendo a la torpeza, a la vagancia, al desinterés o a la desvergüenza del aprendiz, nunca podrán mejorar.

Me pregunto en el caso de estos severísimos jueces si nunca se preguntan si eso que les ha faltado a sus alumnos no se debe a su incompetencia, a su falta de compromiso o a su falta de entusiasmo. Digo esto desde el respeto más profundo y desde la más sincera admiración a la tarea que realiza el profesorado.

La cuna de la democracia

14 May
Voting

Los deberes democráticos se inician con el voto, no concluyen con él.

Se suele decir que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Eso es verdad en las democracias ya que son los electores y electoras quienes deciden quiénes han de ser los gobernantes.

Uno de los compromisos que tenemos con la democracia es la responsabilidad de elegir a los políticos y políticas que nos tienen que gobernar. Ninguna excusa me parece válida: “todos son iguales”, “todos son ineptos y corruptos”, “estoy decepcionado”, “da igual votar que no hacerlo”, “mi abstención es un castigo por la mala gestión”, “no cumplieron una promesa electoral”… Excusas.

No me gustan esos personajes (podría citar aquí varios nombres de sobra conocidos) que alardean en público de no haber votado nunca. Algunos lo cuentan como quien hace una gracia, otros como quien imparte una lección. Creo que constituyen un mal ejemplo. Porque, si todos hiciesen lo mismo, ¿quién gobernaría? No sé si esos personajes preferirían una dictadura, un régimen en el que no hiciera falta ir a las urnas.

Hay que votar. Una y otra vez. Con responsabilidad. Conscientes de que ese hecho nos va a dotar a todos del mejor gobierno posible. ¿Qué sucedería si todos y todas hiciesen lo que yo hago?, me pregunto muchas veces. No sé qué pensarán al respecto quienes no votan, quienes deciden que sean otros los que tengan la iniciativa. ¿O piensan que lo ideal sería que nadie fuese a votar? ¿Qué sucedería entonces?

Hay que aceptar el nombramiento de presidente o de vocal de las mesas electorales. Alguien lo tiene que hacer. No me gustan las trampas y las mentiras. Es más cómodo desfrutar de un domingo de mayo que estar todo el día presidiendo una mesa electoral. Pero, ¿qué sucedería so todos rechazasen el nombramiento?

Otro deber ciudadano es informarse. Hay que saber a quién se vota. No me explico cómo pueden ir en las listas candidatos que están imputados en casos de corrupción. Y menos que haya votantes que depositen su confianza en ellos. Dice poco de una democracia esa ley del todo vale, tanto para quienes se presentan como para quienes votan.

Hay más de cien imputados en las listas de las próximas municipales. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede votar alguien una lista con un solo imputado? Decía hace poco un político socialista que había listas del PP que eran como una cremallera: un imputado, uno que no lo es, otro imputado, otro que no lo es… Otro decía que las listas del PP son paritarias, porque tienen igual número de imputados que de no imputados… Y, a su vez, el PP achaca al partido socialista que lleve en sus listas a personas bajo sospecha.

Resulta inadmisible que un político vea mal lo que hace el partido adversario, mientras el mismo comportamiento sea considerado, de manera inverosímil, como positivo en el suyo. No es admisible que otro partido lleve en sus listas imputados, pero los que ellos llevan se justifican porque hay que respetar el principio de la presunción de inocencia.

No me gusta la descalificación que se hace de todos los políticos. Creo que se trata de una forma torpe de minar la democracia. Ni todos los políticos son malos ni todos son iguales. Para ejercer el derecho de votar hace falta estar bien informado. No ayudan mucho las campañas electorales, que se articulan sobre mítines en los que se explica poco y se agrede mucho. Si estuviera en mis manos, prohibiría los mítines y haría obligatorios los debates entre candidatos.

No me gustan los mítines. Sirven para persuadir a los ya persuadidos, para hinchar el ego de los líderes, para descalificar sin réplica a dos adversarios y para brindar unos titulares enj las cabeceras de telediarios y periódicos. En el libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, de Thomas Cathcart y Daniel Klein, subtitulado “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”, se puede observar una imagen en la que varios políticos están preparando un mitin. Uno de ellos le dice al otro:

– Es un buen discurso… solo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión.

Por otra parte, en tiempos de crisis, resulta indecoroso dilapidar el dinero sin ton ni son. Hay otras necesidades más perentorias.

Los políticos tienen también deberes. El primero es acceder al poder sin mentiras y falsas promesas. Hay quien, en época de elecciones, promete lo que sabe que no va a poder cumplir. Hay quien promete hacer un puente en un lugar que no existe un río.

Es vergonzoso el aluvión de inauguraciones que tiene lugar en vísperas de la campaña electoral. Se inaugura un tramo de carretera de cinco kilómetros o un trozo minúsculo de la red ferroviaria…

Resulta un tanto repugnante comprobar lo importante que es el pueblo para los políticos en época de elecciones. Prometen, escuchan, preguntan, adulan. Recorren el camino de las instituciones a la calle para hablar y para escuchar. Pero, una vez que ganan, se olvidan de que el pueblo sigue ahí, de que sigue hablando, de que sigue gritando.

Tienen que explicar lo que hacen y por qué lo hacen. No deben olvidar que están ahí por mandato de sus electores. La esencia de la democracia es que el poder está radicado en el pueblo. No son los políticos quienes mandan sino quienes obedecen al pueblo.

Resulta detestable la corrupción política. Es un abuso verdaderamente repugnante. Un abuso de confianza inadmisible. Porque quien ha sido nombrado por el pueblo se convierte en su enemigo, en su verdugo, en su destructor.

Después de votar no se acaba la democracia. Ni para los votados, que tienen que empezar a trabajar por la ciudadanía y a cumplir las promesas formuladas. Ni para los votantes que tienen que seguir participando, opinando, colaborando y exigiendo. Los deberes democráticos se inician con el voto, no concluyen con él. Las urnas son la cuna y no el ataúd de la democracia.

Los dientes del Sultán

7 May

Me llama la atención la facilidad con la que algunas personas perciben el lado bueno de las cosas. Y, por el contrario, la dificultad que encuentran otras en descubrir las dimensiones positivas de la realidad.

Palace of present King Gorphade in Sandur near Hampi.

La actitud positiva pone a las personas en el camino del éxito mientras que la negativa nos sitúa en el del fracaso.

Cuánto daríamos al día siguiente de recibir un diagnóstico fatal por volver al día anterior y disfrutar de la alegría de sentirse sano. Pero resulta que ese día estuvimos malhumorados por una pequeña contrariedad que ahora nos hace sonreír. ¿Cómo no vimos ese día todo lo que ahora nos parece una maravilla deslumbrante? ¿Cómo nos pudo cegar ese pequeño contratiempo?

Javier Urra ha escrito un nuevo libro, que está prologado por el ministro de educación Ángel Gabilondo, Se titula “¿Qué se le puede pedir a la vida?”. El autor pretende ofrecer, como muy bien explica el prologuista, “un conjunto de diminutas partituras para nuestra propia interpretación, como muestras de un jazz que hemos de improvisar sobre la base del legado que recibimos”.

Una de esas minúsculas partituras cuenta que un sultán soñó que se le caían todos los dientes, por lo que llamó a un sabio para que interpretara lo soñado. El sabio, consternado, le dijo: “Gran desgracia, mi señor, pues cada diente representa la pérdida de un familiar de vuestra majestad”.

El sultán se enfureció por su insolencia y mandó castigarlo.

Ordenó que fuera puesto ante él otro sabio que al escuchar el sueño exclamó: “Gran felicidad os ha sido dada, excelso señor, pues significa que sobrevivirá a todos sus parientes”.

El sultán asintió y, agradecido, ordenó que le dieran cien monedas de otro.

Un cortesano preguntó a este verdaderamente sabio cómo era posible que, habiendo realizado la misma interpretación del sueño, un sabio recibiera un castigo y él cien monedas de otro. Contestó sabiamente: “Todo depende de la forma en que se dice; los seres humanos deberían aprender a comunicarse, pues de las palabras depende en gran medida la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad es como una piedra preciosa: si la lanzas, puede herir; por el contrario, si la envuelves con delicadeza y la ofreces con ternura, será aceptada y agradecida”.

El contenido del sueño del sultán era el mismo para los dos sabios. A los dos se les ofreció la misma narración de lo soñado, pero cada uno tuvo una interpretación diferente. Uno de ellos vio la parte positiva del sueño. Y la explicó con palabras amables y alentadoras. El otro vio, con torpeza, la parte oscura y negativa.

¿Por qué obstinarnos en ver solo los agujeros en el queso? Claro que los tiene, pero no solo tiene agujeros. No ver el queso es un signo de torpeza.

Lo que estoy argumentando tiene una especial vigencia en el mundo de la educación. El ser humano está diseñado para el aprendizaje. ¿Por qué empecinarse en ver solo su incapacidad, su desgana, su desmotivación? ¿Por qué centrarse solo en los agujeros del queso?

No sé si el lector ha leído esta ya vieja historia. Dos empresas de calzado enviaron un representante a realizar un estudio de mercado a la misma zona de África. Uno de ellos, después de realizar la correspondiente exploración, mandó a su empresa un Informe exhaustivo que concluía con estas palabras: “En definitiva, el futuro de la venta de calzado en la zona no puede ser más negativo. No se venderá ni un par de zapatos en muchos años. La razón es muy simple: aquí todo el mundo ande descalzo”. El representante de la otra empresa mandó, después de hacer el correspondiente estudio, envió también un Informe sobre la misma zona. Que concluía de esta manera: “El futuro de la venta de calzado en la zona no puede ser más prometedor. Se vendrá todo el calzado imaginable y aún más. La razón fundamental es que aquí todo el mundo anda descalzo”.

La zona era la mima, pero la actitud de los representantes era diametralmente opuesta. Lo cual significa no solo que tenían una visión discrepante de las posibilidades de vender sino de sí mismos como vendedores. Uno se consideraba incapaz de persuadir a un descalzo de que se comprara unos zapatos y otro se veía sumamente capaz de persuadir a quien va descalzo de que es más rentable comprarse unos zapatos que hacer una alfombra de taño universal.

Y eso sucede al entrar en un aula. Uno puede lamentarse del horrible panorama que tienen delante: No van a aprender nada porque están desmotivados, porque son torpes y no tienen conocimientos previos mientras otro puede ver en aquel grupo unas infinitas potencialidades de aprendizaje.

Lo que resulta más significativo es que la actitud positiva pone a las personas en el camino del éxito mientras que la negativa nos sitúa en el del fracaso. Es muy probable que el profesor que considera a ese grupo de alumnos y alumnas capaz de aprender consiga que acaben haciéndolo. Mientras que el que piensa que van a ser incapaces esté abocándolos al fracaso.

Qué decir de la alegría o la tristeza que se deriva de una forma u otra de ver las cosas. El sultán de la historia que contaba más arriba recibió un doloroso impacto cuando el primer sabio interpretó su sueño. Y una enorme alegría cuando el segundo sabio le dio su interpretación positiva.

A ese grupo de alumnos les llena de alegría y de estímulo el profesor que les considera dignos y capaces de descubrir el mundo, mientras que quien les dice que son una calamidad y que nunca alcanzarán el éxito les llena de tristeza y desesperación.

Es cuestión de perspectiva. Es cuestión de actitud. Los mismos hechos pueden ser interpretados de manera muy diferente. Para leerlos de forma inteligente hay que iluminarlos de forma clara pero, sobre todo, hay que iluminar el corazón.

La piedra en el camino

22 Abr
Camino (Rhijnauwen, Utrecht, Países Bajos)

Somos nosotros quienes vamos a fraguar nuestra actitud radical ante la vida y ante los demás.

Hay personas que pasan por la vida sin pensar más que en sí mismas. Pretenden que todo el mundo orbite sobre su ombligo. Creen que las personas y las cosas están ahí para su gloria y servicio. ¿En qué medida le puedo sacar partido?, se preguntan ante cualquier situación. No se plantean qué puedo hacer yo para mejorar lo que ya existe sino cómo me puede beneficiar a mí eso que está pasando.

Recuerdo que, cuando yo estudiaba bachillerato, un profesor escribía en el encerado una máxima cada lunes con el fin de que nos sirviese de objeto de reflexión durante la semana. Una de esas máximas decía: “Lo mejor y lo primero, para mí compañero”. Un avispado colega tuvo la ingeniosa idea de cambiar la coma de lugar y de modificar el sentido de la sentencia. Lo que se pudo leer a partir del martes fue lo siguiente: “Lo mejor y lo primero para mí, compañero”. Las dos frases sintetizan posturas antagónicas hacia la vida y hacia las personas. Hay quien se preocupa por los demás y hay quien sólo se preocupa de sí mismo. En esa coma danzarina se esconden dos planteamientos antitéticos.

En su excelente blog Terrear, mi querido amigo portugués José Matías Alves reproduce un cuento de William J. Bennet, que resumo a continuación:

Un rey muy sabio que vivía allende los mares ponía en práctica interesantes lecciones para enseñar a su pueblo. Solía decir que nada bueno le puede sobrevenir a una nación que siempre reclama y espera que otros resuelvan sus problemas y en la que cada uno va a lo suyo.

En cierta ocasión colocó una gran piedra en el camino, justamente delante de su palacio mientras él se escondía detrás de unos arbustos.

Pasó por allí un labrador con un carro cargado de simientes. Al ver la piedra, dijo contrariado, mientras la rodeaba para pasar con su carro:

– ¿Dónde se ha visto semejante descuido? ¿Cómo no han mandado retirar esa enorme piedra?

Horas después pasó por allí un soldado que, ensimismado en sus batallas interiores, chocó contra la piedra y maldijo a quien la había dejado allí y a los gobernantes que no habían ordenado retirarla. Él la sorteó para seguir su camino.

Así transcurrió el día. Todos los que pasaban criticaban a quienes crearon el problema y a quienes no tenían la iniciativa de solucionarlo. Ya casi de noche pasó por allí la hija del molinero. Era muy trabajadora y estaba cansada. Y se dijo: “De noche alguien puede tropezar con la piedra y herirse gravemente. Voy a quitarla de aquí”. La piedra era muy pesada, pero no había nadie más por allí. Empujó y empujó hasta que consiguió moverla y apartarla del camino. Para su sorpresa encontró una caja debajo de la piedra. La caja era muy pesada y tenía una leyenda fuera: “Esta caja pertenece a quien retire la piedra”. La abrió y comprobó que estaba llena de oro.

El labrador, el soldado y todos los que había pasado por allí se enteraron de lo sucedido y acudieron al lugar donde estaba la piedra, y removieron el polvo del camino con la esperanza de encontrar un trozo de oro, pero no encontraron nada.

– Mis queridos amigos, dijo el rey, con frecuencia encontramos obstáculos en el camino. Podemos criticar y lamentarnos por lo que otros han hecho o dejado de hacer, pero también podemos eliminar el obstáculo y dejar expedito el camino para los demás.

Siempre se esconde debajo de la piedra la caja el oro de la recompensa. No una caja material sino la satisfacción de haber hecho el camino más fácil y más hermoso para todas las personas que lo transitan. Dice Sófocles que “la obra humana más bella es ser útil al prójimo”.

La hija del molinero podía haber pasado por allí sin importarle lo que les pasase a los demás. No fue a lo suyo. Quitó la piedra cuando era de noche y nadie la veía. Decía Eduardo Marquina que “hay que dar cantando como la fuente y no chirriando como la noria”.

He visto personas con esas dos actitudes básicas. De las que actúan pensando en el bien de los demás y de las que sólo piensan en el propio beneficio.

Creo que hay pocas dudas de cómo sería el mundo si sólo hubiera personas de uno de los tipos. En el primer caso el mundo sería habitable y hermoso. En el segundo caso sería una selva en la que sólo podrán sobrevivir los más fuertes.

¿Cómo optar por la postura que nos hace convivir de manera más satisfactoria? Va a depender de nosotros mismos. Las circunstancias pueden sernos favorables o adversas, pero somos nosotros quienes vamos a fraguar nuestra actitud radical ante la vida y ante los demás.

No sé dónde he leído esta pequeña historia. Un discípulo le pregunta a su maestro cuál es el principio que habita en las personas y que las hace obrar de manera positiva o negativa.

– En el interior de las personas hay un perro bueno y un perro malo, dijo el maestro.

– ¿Cuál de ellos ganará?, preguntó el discípulo.
– Depende, contestó el maestro. Ganará aquél al que se alimente más.

Influirán la educación recibida en la familia, los amigos y las amigas, la escuela, el contexto… Pero, sobre todo, dependerá de nuestra voluntad, de nuestra experiencia, de nuestra actitud hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia la vida. Nosotros vamos a conseguir cristalizar una actitud solidaria, respetuosa y compasiva o una actitud egoísta, prepotente y agresiva.

De nosotros va a depender que pasemos por la vida colocando piedras que dificulten el paso de los demás por el camino o que actuemos con la generosidad y la diligencia que empleó la molinera del relato.

Ojalá que se pueda colocar sobre nuestra tumba un epitafio que acredite que pasamos por este mundo haciéndolo un poco (o un mucho) más habitable.