La tarima de doña Esperanza

17 Oct
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El regreso de la tarima: ¿inútil peana o realce necesario para la autoridad docente?

En la prensa del día 17 de septiembre he podido leer con asombro que “los docentes de Madrid darán clase en tarimas para tener más autoridad”. Doña Esperanza Aguirre, presidente de la Comunidad madrileña, impulsora de esta medida, tiene el singular don de pensar, decir y hacer las cosas que más me horrorizan. En esto y en todo. Digamos que tenemos la curiosa peculiaridad de ser antitéticos.

Ella, preocupada ahora por la autoridad perdida de los profesores y de las profesoras, quiere recuperarla como sea. Y no se le ha ocurrido mejor forma de hacerlo que recuperar la tarima en las aulas. O sea que, según doña Esperanza, cuando los alumnos vean a su profesor encumbrado en ese pedestal, comenzarán a sentir su corazón conmovido por la excelsitud del docente. Y, dentro de esa lógica, una tarima de un metro hará que los profesores recobren el doble de autoridad que si sólo fuera de medio. Además, no se deberán bajar de ella, porque perderían la autoridad que mágicamente confiere. ¿Qué metodología de carácter participativo se puede impulsar desde la tarima? ¿No es cierto que la tarima distancia y dificulta la relación cercana? (más…)

Ninguna herida es un destino

10 Oct
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El ser humano está preparado para superar hasta lo más terrible.

Algunos piensan que están condenados a ser desgraciados de por vida cuando les ha ocurrido una desgracia (maltrato, violación, oprobio) en la infancia o en la juventud.

No hace falta ser muy sagaces para comprobar que hay muchos niños en el mundo (y muchas niñas, sobre todo muchas niñas) que tienen una infancia atroz. Víctimas de la guerra, víctimas de los malos tratos, víctimas de vejaciones, víctimas de abandono, víctimas del desamor… Unos de manera visiblemente aterradora. Otros de manera camuflada, pero no menos cruel. ¿Tienen ya destruida su vida? ¿Están marcados para siempre? No. Hay que poner cerco al fatalismo, al determinismo, a las creencias que forjan destinos inapelables.
Boris Cyrulnik subtitula su obra “Los patitos feos” con una frase que resume su tesis básica: “La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida”. La resiliencia, es “una propiedad que define la resistencia de un material a los choques”. El autor utiliza el concepto como sinónimo de “resistencia al sufrimiento”. Señala tanto la capacidad de resistir las magulladuras de la herida psicológica como el impulso de reparación psíquica que nace de esa resistencia. (más…)

La cerca del león

26 Sep
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Hay personas y leones que siguen sabiendo qué es lo esencial.

¿Qué es lo esencial del proceso educativo? ¿Cuál es la más importante de sus pretensiones? ¿Cómo trabajar por alcanzarla y cómo saber si se ha conseguido? Preguntas fundamentales.

El ajetreo, la prisa, la rutina. y otras trampas que tiende la vida, la sociedad y las organizaciones nos llevan a ocuparnos e incluso a obsesionarnos con cuestiones intrascendentes cuando no perjudiciales.
Lo mismo se debe uno preguntar sobre la vida. ¿Qué es lo más importante? ¿Qué lo esencial? Saber muchas cosas, ganar mucho dinero, disponer de muchas comodidades, comprar todo lo deseable, alcanzar la fama, llegar al poder…, se convierten fácilmente en objetivos prioritarios. ¿Por qué? ¿Para qué?
¿En qué entretenemos el tiempo en la escuela y en la vida? Uno estas dos instancias de manera firme porque sólo entiendo una escuela que ayuda a vivir. No comparto la concepción de una escuela academicista, de espaldas a la realidad, cuyo fin se cierra en sí misma.
Quiero compartir con el lector o lectora una historia que muestra de forma meridiana lo que quiero decir en estas líneas sabatinas. (más…)

El grupo de los olmos

12 Sep
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En educación, hasta los 'olmos' pueden dar fruto.

¿Qué esperamos de nuestros alumnos y alumnas? ¿Creemos que van ser magníficos estudiantes o que ya son y, por consiguiente, que acabarán siendo una total calamidad?

De lo que nosotros esperamos dependerá una buena parte de lo que van a conseguir.
Me cuenta un amigo mientras varios profesores compartimos mesa y mantel que, cuando estudiaba bachillerato en Salamanca, una profesora había dividido la clase en varios grupos. Uno era el grupo de los olmos. Estaban éstos convenientemente numerados: “olmo uno”, “olmo dos”, “olmo tres”… No denominaba a los alumnos y alumnas por sus nombres de pila sino por el número de olmo que le correspondía. Quien lo contaba era precisamente uno de aquellos olmos. La pregunta inevitable surge de uno de los comensales:
– ¿Por qué os llamaba olmos?
– Porque, según decía, no se le puede pedir peras al olmo. (más…)