Cada vez tenemos menos excusas

17 Oct

Hoy voy a salir de la escuela. Pero para ver lo que sucede en la escuela. Para ver la repercusión de lo que hacemos en ella. Para comprobar qué es lo que estamos consiguiendo con este modo de entender la tarea educativa. Este va a ser un artículo sobre las instituciones educativas pero preguntándome lo que pasa cuando quienes han sido educados durante largo tiempo tienen que tomar decisiones.

Si la imagen del pequeño Aylan, ahogado y yacente en la playa, no sacude nuestras conciencias es que no tenemos conciencia.

Voy a centrarme en un conflicto que está interpelando las conciencias de los ciudadanos y ciudadanas de Europa. Podría haber elegido otra causa, otro problema, otra herida. Cualquiera de ellas nos lleva a esta cuestión que pretendo plantear hoy y que, en definitiva, nos remite a esta pregunta de gran calado: ¿para qué sirve la escuela?, ¿para qué sirve la educación?

La crisis de los refugiados y refugiadas nos está poniendo contra las cuerdas. ¿Cómo se pueden cerrar las puertas a familias enteras que huyen del terror? ¿Cómo podemos dejar abandonados y abandonadas a su suerte (a su mala suerte) a tantos niños y a tantas niñas que se han quedado sin hogar porque les ha echado del suyo el terror? ¿Cómo podemos mirar para otra parte viendo a esas riadas de personas que buscan cobijo, trabajo y futuro? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes son? ¿De quién es la tierra?

Y no se trata solo de ayuda material. ¿Alguien puede meterse en la cabeza de un niño o de una niña que huye de la mano de sus padres (a veces solos) para saber lo que piensan? ¿Alguien puede entrar en su corazón para saber lo que sienten? Se trata, pues, también de ayuda psicológica. ¿Qué pueden comprender de tanta desolación? Les han retirado el horizonte, les han arrancado el presente, les han destruido la infancia.

Si la imagen del pequeño Aylan, ahogado y yacente en la playa, no sacude nuestras conciencias es que no tenemos conciencia. Pero hay muchos niños y niñas como él. Unos muertos físicamente, otros psicológicamente. ¿De quién es la responsabilidad? ¿Quién responde a esta interpelación de la historia? ¿Qué mundo estamos construyendo en el que un niño como Aylan acaba muerto en la playa?

Me pregunto para qué nos ha servido la escuela, para qué nos ha servido la educación. Si no se nos remueven las entrañas ante tanto dolor, tanto desamparo, tanta miseria, tantas personas sin techo, sin comida, sin raíces, no podemos decir que estamos educados.

Muchas veces me planteo esta pregunta: Si los grandes triunfadores del sistema educativo, que son quienes gobiernan los pueblos, no son capaces de atender problemas como éste, ¿por qué hablamos de éxito del sistema educativo?

La educación es una acción ética. Puede hacerse, puede no hacerse o puede hacerse de manera equivocada. Es decir que las acciones pueden tener excelencia moral o ser injustas. Las entrañas éticas de la acción educativa exigen respuestas morales a los problemas que surgen en el mundo. La enseñanza es un compromiso ético-político.

La educación es una interpelación por el rostro del otro. La epifanía del rostro del otro nos interpela, nos sitúa ante la acción ética. La hospitalidad es la acogida del otro en cuanto otro. Hospitalidad es la cualidad de acoger y agasajar con amabilidad y generosidad a los invitados o a los extraños. “Hospitalidad” se traduce del griego fi‧lo‧xe‧ní‧a, que significa literalmente “amor (afecto o bondad) a los extraños”. Si no tenemos hospitalidad, ¿qué hemos enseñado en la escuela?

En el año 2001 Philipe Perrenoud escribió un artículo titulado “L´école ne sert à rien!”. Una página y media solamente, pero sustanciales. Dice que la escuela no tiene más que estos dos objetivos básicos: “Desarrollar la solidaridad y el respeto al otro sin los cuales no se puede vivir juntos ni construir un orden mundial equitativo y construir herramientas para hacer el mundo inteligible y ayudar a comprender las causas y las consecuencias de la acción, tanto individual como colectiva”.

Se pregunta Perrenoud: “¿Para qué les ha servido la escuela a los americanos si la emoción y el nacionalismo asfixian el juico de tantas personas instruidas?”. Respecto a Europa, dice: “La gente lleva y mantiene en el poder a partidos que sostienen a los responsables de sus males. Ahora bien, todos los europeos han acudido a la escuela durante mucho tiempo”.

Perrenoud invita a los docentes a recordar que “ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma ” y que “la acumulación de saberes fragmentarios no garantiza una cabeza bien amueblada”.

El otro que llega tiene que poder mantenerse en su mismidad, no tenemos que robarle su cultura y obligarle a que renuncie a sus valores, a sus creencias, a sus, a su cultura, a sus costumbres. No debe renunciar a ser él mismo, obligado por las exigencias de los anfitriones.

– Heme aquí, dice el refugiado, no me violentes, no pretendas reducirme a tu mismidad.

Los refugiados y refugiadas no vienen a hacer turismo, no vienen a pasar el fin de semana (no vienen a dejar dinero). Vienen a lanzar un SOS vital, a buscar un refugio para poder seguir viviendo. ¿Por qué cerrarles las puertas? Y, si las abrimos, ¿por qué hacerles pagar el tributo de renunciar a su identidad?

Hemos levantado fronteras que solo sirven para hacer la guerra y no para abrir las puertas, que solo sirven para decir al otro: tú no puedes entrar. Las fronteras, que son las cicatrices de la tierra, se están poniendo al servicio de la exclusión.

La lentitud y la pasividad de quienes tienen poder constituyen una crueldad inusitada. Porque mientras los que mandan se ponen de acuerdo, las víctimas siguen siendo víctimas. Mientras se aplazan las soluciones, las personas siguen teniendo como techo el cielo y como casa la intemperie.

La Europa de los valores se ha convertido en la Europa del mercado, del dinero, de los banco, de los intereses, del egoísmo colectivo. Solo se ve al otro como una fuente de ingresos. Se le busca para explotarle, no para ayudarle.

– No puede entrar aquí, porque nos va a quitar el trabajo, la educación, la salud…
– No podemos abrirle las puertas porque ya somos muchos y ustedes nos van a quitar lo que tenemos…
– No podemos dejarle entrar porque lo que tenemos es nuestro y no queremos compartirlo…

No podemos vivir a la defensiva. No podemos cerrar las puertas a quien viene para poder seguir viviendo porque la guerra y el terror los han le han arrojado de sus hogares.

El cuidado del otro es lo que nos hace responsables. Ser responsable es ser capaz de dar respuesta. Tenemos que responder porque el otro está llamando a la puerta. Podemos responder abriéndola o dándole con la puerta en las narices. Entonces no seríamos responsables. Todo depende de nosotros. Ya no podemos echarle la culpa a los dioses, ya no podemos echarle la culpa al destino o al azar. “Cada vez tenemos menos excusas”, dijo hace ya muchos años Paul Ricoeur, filósofo y antropólogo francés. Creo que hoy ya no tenemos ninguna.

El síndrome de Caperucita Roja

26 Sep

En este verano tan caluroso en el que los árboles casi han tenido que correr detrás de los perros, he leído, entre otros, el libro “Sé dónde estás”, opera prima de la escritora californiana Claire Kendal, educada en Inglaterra y actualmente profesora de  literatura inglesa y escritura creativa en el sureste del país. La novela cuenta una historia de obsesión patológica y de acoso sobre Clarissa, una hermosa joven que trabaja como administrativa en la Universidad de Bath. Se trata de un interesante thriler psicológico que te tiene sobrecogido de principio a fin.

A las mujeres se les inculca la idea de que siempre puede salir el lobo en el bosque de la vida. No deben llegar tarde a casa, no deben caminar solas por la noche, no deben estar en lugares de riesgo.

Cuando llego a la última página, tengo a mi hija al lado y vuelvo a pensar en la violencia tremenda de la que son todavía víctimas las mujeres en las sociedades androcéntricas como la nuestra. No hay día, no hay hora, no hay segundo en  los que no se produzcan hechos y no se conozcan noticias que ponen de manifiesto la discriminación. Desde muertes crueles a bromas soeces. Desde palizas horribles a desprecios cotidianos. Pero me quiero ceñir en este artículo de hoy a la violencia soterrada que le hace la vida más cuesta arriba a las mujeres

Francesco Tonucci y Amparo Tomé han publicado en Graó un hermoso libro titulado “Con ojos de niña”. Tonucci había publicado en solitario, treinta años antes, otra obra titulada “Con ojos de niño”. En este último se dice, citando a G. Belli: “Los hombres sangran por las guerras. Nosotras sangramos todos los meses por la vida”. Qué gran verdad.

Las niñas son víctimas especializadas en sufrir violencia. Hay muchas mujeres muertas a manos de sus parejas y muchas otras enterradas en vida. Sabido es que, durante siglos y aun hoy en algunos países, tener una hija es un castigo divino. El varón viene investido de un prestigio y de unos privilegios de los que carece la niña. Pero, vamos al grano: ¿cuáles son las formas subrepticias de discriminación a las que hacía referencia más arriba?  Veamos algunas, elegidas entre miles.

–       El síndrome de Caperucita Roja

A las mujeres se les inculca la idea de que siempre puede salir el lobo en el bosque de la vida. No deben llegar tarde a casa, no deben caminar solas por la noche, no deben estar en lugares de riesgo.

Se les explica que siempre están en peligro y que los espacios que ocupan siempre están amenazados por presencias hostiles. Las pueden robar, violar, secuestrar o matar. Nunca pueden estar seguras y tranquilas.

–       La esclavitud de la belleza

¿Quién no ha visto a muchas mujeres sometidas a la exigencia de ser atractivas, de estar delgadas, de mostrarse hermosas? A nadie se le oculta la cantidad de sacrificios que ese fin exige. Sacrificios en la alimentación, gastos en cosméticos, sometimiento a operaciones, compra de vestidos y joyas, tiempo dedicado al cuidado y al cultivo de su apariencia externa.

Las mujeres tienen que estar atractivas, tienen que mostrar una presencia deslumbrante. Para agradar, para ser valoradas y elogiadas. Es una servidumbre que no acaba nunca. Sobre todo, cuando hacen suya la exigencia. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido  (en este caso, la oprimida) mete en su cabeza los esquemas del opresor.

–        Expectativas recortadas

Hay menores expectativas de las familias respecto al porvenir de las niñas. Las oportunidades de las mujeres se recortan porque se formulan sobre ellas muchas profecías de autocumplimiento. Las carreras a las que se les  encamina tienen menor prestigio social, menor proyección y menor sueldo. Pienso en cómo todavía hay más enfermeras que enfermeros y más médicos que médicas, más maestras que catedráticos, más hombres que mujeres  pilotando un avión y más azafatos que azafatos sirviendo a los pasajeros

Sin embargo, cuando se han escolarizado en las mismas condiciones los niños y las niñas, éstas han conseguido mejores resultados. Pero luego se las traga la falla del sexismo.

Felicitaciones por perder

Hace unos años dirigí una tesis doctoral sobre el aprendizaje del género por parte de las niñas en una Escuela Infantil. La doctoranda (tristemente fallecida) pudo comprobar que las niñas eran felicitadas por ser perdedoras).  Cuenta en su investigación (publicada en Graó con el significativo título “Triunfantes perdedoras”) que un día estaban jugando niños y niñas al juego de las sillas. Todo el mundo lo conoce. Un número de niños y niñas dan vueltas alrededor de un número inferior de  sillas. Al interrumpirse la música, tienen que sentarse cada uno en una silla. Y, en una ocasión, se sientan en la misma silla un niño y una niña. Ella analiza la situación, cede su asiento y se va. La maestra le dice:

– Muy bien, las niñas ceden.

No es justo que feliciten a esa niña por perder. Podría muy bien haber dicho la profesora: “las personas ceden”, pero, ¿por qué las niñas? Las está educando para perder.

–        Mayores exigencias

Se les exigen a las mujeres mayores obligaciones familiares, unas respecto a la casa y otras respecto a los hijos e hijas. También respecto a los padres y a las madres. Son las madres quienes se dedican a cuidar a los hijos en el hogar y a los padres cuando se hacen mayores.

Se dirá que lo hacen por amor y que eso enriquece a las madres y a las hijas pero, si tan beneficiosa es esa actitud, ¿por qué no la adoptan también los vaones?

–        Doble moral

Se sigue aplicando una doble moral al comportamiento de hombres y mujeres. Baste ver cómo es calificada una infidelidad conyugal  según sea de la mujer o del hombre. O las múltiples conquistas amorosas y sexuales de unos y de otras.

Todavía siguen los jóvenes buscando parejas vírgenes mientras alardean de conquistas y experiencias sexuales.

Entre los jóvenes persiste esa perniciosa idea de que los varones tienen derecho a ejercer un control   y una vigilancia estrechos sobre sus parejas. Actitud que se entiende incluso como una tramposa señal de amor.

– Más dificultades, peores condiciones

En muchas culturas, las niñas tienen más dificultades para alcanzar el éxito en la sociedad. Bien se sabe que algunas hasta niegan a las niñas el derecho a la escolaridad. Y una vez que consiguen trabajo (de menor categoría casi siempre que el de los varones) cobran menos  que ellos por las mismas ocupaciones.

La novela que he leído me ha hecho sentir la angustia de muchas mujeres atenazadas por la presión  injusta de quienes las consideran simples objetos de deseo. Y  he  temido por mi hija Carla, por todas las niñas que conozco y también por todas las niñas del mundo.

Las mujeres han de ser las protagonistas de su liberación. Los demás, podemos echar una mano. Avivar el espíritu crítico, desenmascarar la falsedad, comprometerse con quienes por ser niñas están desfavorecidas, combinar políticas eficaces de distribución y de reconocimiento como plantea Nancy Fraser, potenciar la verdadera coeducación que ayuda a pensar y a convivir… Ese es el camino. Pues nada, a caminar.

Haced algo, por favor

19 Sep

El comedor escolar es un aula. En ella se pueden impartir y recibir muchas lecciones, se pueden aprender muchas cosas. O desaprender, claro, si no hay sensibilidad pedagógica  por parte de los docentes. Los comensales pueden  comportarse de forma grosera e imitar todo lo malo que hacen los demás.

El comedor escolar es un aula. En ella se pueden impartir y recibir muchas lecciones, se pueden aprender muchas cosas.

Además de tener una función social, el comedor de una escuela es un escenario más de los aprendizajes. En efecto, hay aprendizajes subrepticios y persistentes que se  instalan en el curriculum oculto de la institución. Se puede aprender muy eficazmente que hay personas de diferentes categorías cuando los docentes comen en lugares más cómodos, más limpios y más espaciosos que los de los alumnos. Y cuando degustan un menú de superior calidad. ¿De qué sirve que luego estudien en la asignatura de ética que todas las personas tienen igual dignidad? Me decía hace tiempo una niña:

– Qué suerte tengo. Hoy he comido filete de profesor en el cole.

El comedor  debe ser un espacio confortable y estético. Porque es un escenario de convivencia y no un simple “comedero”. Hay otros aprendizajes explícitos que se pueden realizar de forma sistemática e intencional en el comedor escolar. Se pueden aprender muchas cosas que son necesarias para una convivencia basada en el respeto mutuo.

La comida es un acto social que comparten los niños y las niñas con sus profesores y profesoras en las escuelas. Y lo primero que quiero decir es que alumnado y profesorado deberían disfrutar (que no padecer) el mismo menú. No entenderíamos una familia en la que los hijos y los padres tuviesen un menú de diferente calidad, en detrimento de los más pequeños. Segundo: los niños deben saber que esos alimentos que tiene ante sí en la mesa son el fruto del trabajo de muchas personas que los han cultivado, transportado, elaborado, cocinado y servido para ellos. Tienen que saber que no caen del cielo como sucedía con el maná. Lo tercero es que se laven las manos antes de la comida, porque la higiene es una exigencia de primer orden. Para ellos y para quienes les rodean. Lo cuarto es que tienen que ser conscientes de que poder comer es un derecho que no todos los niños y las niñas del mundo pueden ejercer. No desperdiciar los alimentos es una deber de lesa humanidad.  Hay muchas personas que mueren cada día de hambre en el mundo. Lo quinto es que los niños y las niñas deben conocer el nombre de la cocinera o cocinero que prepara la comida. En mi libro “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” he incluido una carta dirigida a la cocinera (o cocinero) de un comedor escolar.  Me emocionó verla reproducida en la puerta del comedor de una escuela argentina. ¿Por qué han de saberse el nombre de quien alimenta sus mentes y no el de quien alimenta sus cuerpos?  Y lo sexto (no necesariamente en este orden) es que el menú tiene que estar confeccionado con criterios dietéticos y no solamente con criterios económicos. No se puede ahorrar en la comida de la infancia.

En algunas escuelas del mundo los niños van a  la a estudiar pero, antes de todo, a comer. Esas escuelas son instituciones asistenciales más que educativas. Sin esas comidas escolares no es que no podrían estudiar (por cierto, no podrían), es que no podrían vivir. Las ayudas para los comedores son imprescindibles.

Soy presidente de la Asociación  de Padres y Madres del Colegio de nuestra hija. Pienso que no es posible desarrollar un buen proyecto escolar sin la participación de las familias. Está claro que familia y escuela tienen que remar en la misma dirección. En el comedor de la escuela tiene que haber preocupación por el aprendizaje de los buenos hábitos y en la familia tiene que existir esa misma preocupación. Me da igual a quién de las dos se la considera instancia subsidiaria. Lo que no es de recibo, como he visto algunas veces, es que las familias reprochen a la escuela la falta de cuidado en la observación de normas de urbanidad en el comedor mientras no tienen la mínima preocupación en las  casas. De la misma manera, no es aceptable que la escuela diga que esas son tareas de exclusiva competencia de la familia.

Como sucede en todos los Colegios, los padres y madres se preocupan por el buen funcionamiento del comedor. A los padres y madres les preocupa la calidad, variedad, cantidad y presencia de los alimentos y, a la vez, el modo de comportarse de los pequeños comensales.

El Colegio de mi hija Carla utiliza como  monitores y monitoras a chicos mayores para que cuiden  de los más pequeños. Ella se siente orgullosa de que la hayan nombrado monitora este año. Es una buena estrategia para que se ayuden y se responsabilicen. Hay además, adultos responsables  del buen funcionamiento del comedor. Un papá  y amigo me cuenta que el monitor de su hijo Fernando le escribió hace dos años una nota y se la envió a través de la mochila del pequeño. La  reproduzco a continuación.

“Fernando come pero a veces es pesado. Le cuesta comer y tiene mucha ansia sobre todo a las verduras.

Le tenemos que decir lo que tiene que comer y eso es muy cansino. Haced algo,  por favor. Gracias”.

Decía que el comedor es un aula. ¿Qué se puede aprender?  Se pueden aprender muchos comportamientos que son necesarios para la vida en común, para la salud de cada uno y para la higiene personal y colectiva.

A comer de todo, de forma sana y de manera   tranquila y ordenada.

A comer con la  boca cerrada, teniendo en cuenta que los otros nos están mirando.

A estar bien sentado, a tener buena postura,  a no apoyar los codos en la mesa.

A no gritar, a hablar con los otros de forma respetuosa y ordenada.

A no desperdiciar la comida porque hay mucha gente que se muere de hambre en el mundo.

A comer sin ansiedad y a comer de manera  tranquila y reposada.

A no hacer ruidos al comer, al sorber o al  masticar.

A no eternizarse en la comida, porque hay muchas más cosas que hacer. Y porque se come con los demás.

A no dejar nada en el plato porque la comida está cara.

A no manchar la mesa, a dejarlo todo de manera presentable.

A limpiarse la boca antes y después de beber agua.

A no hablar con la boca llena, de manera que se nos entienda con perfección.

Ni qué decir tiene que el ejemplo  de los docentes es esencial en estos aprendizajes. No es muy eficaz corregir a los niños porque  comen con la boca abierta mientras se ve la glotis de quien plantea esta exigencia a los alumnos. O decir que tengan una postura correcta mientras quien se lo exige está sentado de cualquier manera.

Una de las finalidades de la escuela ha de ser el aprendizaje de la convivencia. Enseñar a convivir no exige solamente saber normas, saber leyes, saber prescripciones. Exige, sobre todo, práctica. Exige  la capacidad de llevar a la realidad aquellas exigencias que hacen la vida más fácil, más agradable.

Los pequeños detalles son importantes en la convivencia democrática. La vida no suele exigir comportamientos heroicos sino un modo de proceder respetuoso basado en pequeños gestos. La educación es inversamente proporcional al nivel de grosería en las relaciones con nuestros semejantes.

Si me muero, yo no aguanto

12 Sep

Esta es la expresión de un niño al reflexionar sobre su propia muerte. Piensa  que, una vez amortajado, no va a ser capaz de estar mucho tiempo inmóvil, con las manos cruzadas delante del pecho y completamente tumbado boca arriba.  Como si eso de morirse consistiese en quedarse quieto un buen rato. Y, luego, después de aguantar todo  lo posible,  a vivir…

He leído hace poco una novela en la que se cuenta que un profesor llevaba a sus alumnos a los cementerios para que estudiasen el contenido de los epitafios. Uno de ellos decía: “Ocupado”.

Me lo contaba ayer  su madre, antigua alumna mía y ahora amiga, después de impartir una conferencia organizada por el Centro de Profesorado de Orcera (Jaén) para asesores y asesoras de la provincia. Qué buena gente. Esa expresión del niño me ha hecho pensar en la concepción de la muerte que se tiene a esas edades. Y, sobre todo, en la tarea de la escuela y de la familia para ayudar a que los pequeños sepan qué es lo que sucede con todos los seres humanos cuando acaba, natural o artificialmente, su ciclo vital.

Porque la muerte se ha convertido en el tabú del siglo. No se habla de ella, no se la ve de cerca (se suele ocultar su presencia), no se dan explicaciones claras  y precisas cuando los niños y las niñas preguntan sobre ella.

Cuando yo era niño, la cultura en la que estábamos inmersos en mi pequeño pueblo de León, Grajal de Campos, nos hablaba de la vida y de la muerte de manera clara y natural. Tocaban las campanas de la iglesia y, en su lenguaje sonoro, nos decían que alguien había muerto, y si ese alguien era un niño o un adulto. El entierro transformaba la fisonomía del pueblo, el cadáver permanecía en la casa… Como monaguillo que era, vi muchos cadáveres (yo creía que solo el sacerdote era inmortal, ya que llevaba al cementerio a todos quienes fallecían). Sin embargo, en una ciudad de hoy la muerte es casi invisible. A duras penas se puede distinguir un coche fúnebre en una caravana . Pienso en la importancia de la cultura al respecto. Y no puedo evitar referirme a la cultura mexicana de la muerte.

Las muertes de las que se habla en la televisión se nos muestran tan fugazmente que resultan camufladas. Son lejanas, no nos afectan y desaparecen al segundo. Relatos de muertes en guerras, en accidentes, en asesinatos, en catástrofes naturales… Las personas mueren pero todo sigue igual a nuestro alrededor. Se ve un centenar de muertes en el telediario y es igual que si se vieran durante la proyección de una película. Todo contribuye a una sensación de irrealidad.

Preparamos para la vida, pero no para la muerte. Ni la propia ni la de los seres queridos. Ni la de quienes nos rodean ni la de quienes están lejos. La muerte,  más inexorable que imprevisible, es un hecho al que tarde o temprano tendremos que enfrentarnos. Decirlo no es convertirse en aguafiestas sino asumir una responsabilidad insoslayable. Si hay algo cierto en la vida es que todos y todas tenemos que morir. Sabemos que un día el mundo seguirá girando  sin nosotros.

Muchas veces eludimos las preguntas de los niños y de las niñas. Cambiamos de tema, contestamos de cualquier manera o mentimos con una facilidad asombrosa…

–    ¿Te morirás algunas vez, papá?

–    ¿Yo también me tengo que morir?

–    ¿Por qué tenemos que morir?

–    ¿Qué hay después de la  muerte?

Recomendaré este libro una vez más: “Heidegger y un hipopótamo can al cielo”.  Sus autores son dos sabios profesores alemanes: Thomas C.athcart y Daniel Klein. El subtítulo es muy clarificador: “La vida, la muerte y el más allá estudiados con filosofía y mucho humor”. Los autores dicen en la introducción: “Podemos captar la idea de la muerte en general hasta cierto punto, pero ¿y en particular? Somos como el escritor armenio norteamericano William Saroya, que escribió una carta para los que le sobreviviesen en la que decía: Todos tenemos que morir, pero siempre pensé que en mi caso podría darse una excepción”.

Y añaden: “Por mucho que tratemos de hundir los pensamientos sobre nuestra mortalidad, salen otra vez a la superficie como un corcho. Una y otra vez. Debe ser porque la muerte es un hecho inmutable de la vida humana”.

Lo cierto es que somos las únicas criaturas que sabemos que vamos a morir y también las únicas que podemos imaginar una vida eterna. Esta combinación resulta sorprendente e inquietante. Thomas C.athcart y Daniel Klein  hablan de afrontar la muerte con humor y, en el libro, nos cuentan diversas historias cargadas de ingenio y simpatía.   Hacen un saludable humor negro.  Sirvan estas dos historias como botones de muestra. Una sobre la fase anterior ante la muerte. Otra sobre la posterior., su marido

“Millie acompañó a su marido Maurice a la consulta del médico. Después de hacerle un reconocimiento completo, el médico se llevó a parte a Millie y le dijo:

–    Maurice sufre una enfermedad grave producida por un stress muy intenso; si no hace lo que le voy a decir, su marido morirá. Todas las mañanas debe despertarlo suavemente con un beso amoroso y luego prepararle un desayuno saludable. Sea amable con él en todo momento y procure que esté siempre de buen humor. Prepárele solo sus platos favoritos y déjelo reposar después de las comidas. No le encomiende ninguna tarea y no le transmita sus problemas. No discuta con él, aunque la critique o se burle de usted. Trate de relajarlo por la tarde dándole masajes. Anímelo para ver por televisión todos los deportes que le apetezcan aunque eso signifique para usted perderse sus programas favoritos. Y lo más importante de todo, todas las noches después de cenar haga todo lo que sea necesario para satisfacer todos sus caprichos. Si puede hacer lo que le digo, día tras fía, durante seis meses, creo que Maurice recuperará por completo la salud.

A la salida de la consulta, Maurice preguntó a Millie:

–    ¿Qué te dijo el médico?

–    Dijo que te vas a morir”.

La segunda historia se refiere a la actitud de quienes sobreviven.

“Ole murió y su esposa Lena fue al periódico local a poner una esquela. El caballero que la atendió en el mostrador, después de darle el pésame, preguntó a Lena qué le gustaría decir de Ole. Lena respondió:

–    Ponga solo: Murió Ole.

–    Asombrado, el hombre dijo:

–  ¿Eso es todo? Tiene que haber algo que a usted le guste decir sobre Ole. Vivieron juntos cincuenta años, tienen hijos y nietos. Además, si lo que le preocupa es el dinero, le diré que las cinco primeras palabras son gratis.

–    De acuerdo, dijo Lena, Escriba: “Murió Ole. Se vende barca”.

El profesor Agustín de la Herrán y la profesora  Mar Cortina escribieron hace años un libro titulado “La muerte y su didáctica”. Se trata de una propuesta de inspiración innovadora, laica y secuenciada para trabajar en la etapa infantil, en primaria y en secundaria. Ambos docentes pertenecen a un equipo que está investigando desde hace más de quince años esta importante cuestión. No podemos dar la espalda a la muerte en la educación.

Hay que evitar el silencio, el miedo y el engaño. He leído hace poco una novela en  la que se cuenta que un profesor llevaba a sus alumnos a los cementerios para que estudiasen el contenido de los epitafios. Uno de ellos decía: “Ocupado”. Interesante ejercicio didáctico. Hace tiempo comenté en un artículo este otro: “Te dije que estaba enfermo”. Cuánto ingenio.

La naranja irrepetible

29 Ago

En la escuela se dan cita todo tipo de alumnos y de alumnas. Se encuentran en ella ricos y pobres, niños y niñas, inmigrantes y autóctonos, creyentes y ateos, listos y torpes, cultos e incultos… Todos ellos (todas ellas, no lo olvidemos) tienen derecho no sólo a la escolarización, sino a conseguir el éxito en la escolarización. Los niños tienen derecho a la hospitalización cuando están enfermos pero, deberíamos decir, más bien, que tienen derecho a la salud. Es decir, a tener éxito en la hospitalización. Porque, si al ir al Hospital se encuentran con un mal diagnóstico, una intervención equivocada o un trato inhumano, más les valdría no ser hospitalizados.

Si esto pasa con naranjas, ¿qué sucederá con personas que tienen sentimientos, valores, expectativas, inteligencia, relaciones, consciencia e historia?

 

Como la escuela es una institución tradicionalmente homogeneizadora, ha de buscar respuestas a las insistentes preguntas que encierra  la infinita diversidad de su alumnado. Cuando se habla de diversidad se reconoce la identidad de cada persona. Si, por el contrario, se establece un prototipo, todas las variaciones respecto al mismo se convierten en deficiencias

Cada uno es cada uno. No hay dos personas iguales. Estas afirmaciones que parecen obviedades están frecuentemente negadas cuando, en la escuela, tratamos a los niños y a las niñas como si fuesen iguales, o cuando los tratamos como diferentes pero comparándolos con  un prototipo. Quienes se alejan de ese modelo, de ese arquetipo, parece que tienen alguna tara. Son, por consiguiente, defectuosos. Así, una niña sería un niño defectuoso. Un niño ateo, sería un niño creyente defectuoso. Un niño gitano sería un niño payo defectuoso. Un niño magrebí sería un niño autóctono defectuoso.

El prototipo escolar lo constituye el varón, blanco, sano, inteligente, autóctono, creyente, payo, vidente, ágil, oyente, castellanoparlante… Los demás son “anormales” o, lo que es peor, “subnormales”. La institución escolar alberga problemáticas muy diversas, no sólo debidas a las infinitas diferencias individuales sino a las diferencias grupales (étnicas, lingüísticas, culturales, religiosas, económicas, de género…). Hay que caminar hacia una escuela inclusiva. Lo cual exige hacerse permanentemente esta pregunta: ¿a quién excluye la escuela?, ¿a quién pone trabas para una integración plena?, ¿a quién beneficia o privilegia?

Si un centímetro cuadrado de piel (las huellas digitales) nos hace diferentes a miles de millones de individuos, ¿qué no sucederá con toda la piel, con todo lo que ésta tiene dentro, con la historia y las vivencias y las emociones y las expectativas…? No hay un niño exactamente igual a otro. Ni siquiera dos gemelos univitelinos pueden considerarse idénticos. Su historia es distinta, sus vivencias son diferentes e intransferibles. Hay dos tipos de niños en las escuelas: los inclasificables y los de difícil clasificación. Cada individuo es único, irrepetible, irreemplazable, complejo y dinámico.

La diferencias de las personas pueden ser entendidas y vividas como una riqueza o como una carga. Si esas diferencias se respetan y se comparten son un tesoro; si se utilizan para discriminar, excluir y dominar se convierten en una lacra.

No hay educación si no se produce un ajuste de la propuesta a las características del educando. Sólo hay educación cuando un individuo concreto crece y se desarrolla al máximo según sus posibilidades. La psicología dice que es preciso acomodar la enseñanza a los conocimientos previos de los alumnos. ¿Cómo puede hacerse en un grupo actuando como si todos tuviesen los mismos datos en la cabeza, los mismos deseos e intereses en el corazón, la misma capacidad de aprendiaje?

Como en la escuela la actuación se dirige hacia un alumno tipo, los que no responden a él, se encuentran con dificultades de adaptación. No es la escuela la que se adapta a los niños sino éstos los que tienen que ajustarse al modelo que se propone o se impone en la escuela

Si la filosofía de la diversidad llega a la escuela, teórica y prácticamente, se habrá ganado en la dimensión ética, mejorará la convivencia, y los aprendizajes serán más relevantes y significativos para todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas.  Ellos y ellas tienen que hacerse también conscientes de la diversidad sin que unos entiendan que son más o menos que los otros por ser como son.

Alguna vez he realizado en la clase la siguiente experiencia con el fin de mostrar  las evidencias de la diversidad y de reclamar la atención sobre la importancia de atender las peculiaridades de cada aprendiz.

Reparto a cada uno de los asistentes una naranja.. Si el grupo es muy grande se puede entregar la naranja a 10 o 12 asistentes.

Doy a los participantes la siguiente consigna: “Se trata de que contempléis con la mayor atención las características de la naranja que os ha correspondido. Que sintáis su tacto, que percibáis su olor, que observéis sus peculiaridades. Se trata también de que viváis esa naranja como algo vuestro y que, finalmente, anotéis en una hoja las características que la distinguen”.

Realizan la tarea durante cinco minutos, pasados los cuales depositan la naranja  en una mesa o  lugar plano en el que puedan contemplarse todas simultáneamente. Cada uno escribe en una hoja su nombre y se dirige a la mesa para  identificar la naranja que ha tenido en sus manos en la primera parte. Una vez localizada, coloca debajo el papel con su nombre debajo de su naranja y se sienta de nuevo.

Finalizada la tarea de identificación quedan las naranjas sobre el papel correspondiente y se comprueba si las elecciones han sido las adecuadas.

Lo previsible es que todos identifiquen “su” naranja. Se procede entonces a un debate sobre las señales de identidad, la irrepetibilidad de los sujetos, la capacidad de identificarlos, las consecuencias de la diversidad para la educación, etc.

Las naranjas son fácilmente identificadas a pesar de ser seres inertes y de haber sido conocidas solo durante un breve tiempo. Si esto pasa con naranjas, ¿qué sucederá con personas que tienen sentimientos, valores, expectativas, inteligencia, relaciones, consciencia e historia?

Ricardo Moreno, catedrático de Bachillerato, en un libro titulado “De la buena y de la mala educacón” se burla de mis preocupaciones sobre la diversidad. Cito su conclusión: ·Y ante tantas cosas esenciales que comparten mis alumnos, las diferencias que tanto preocupan al señor Santos Guerra, sean psicológicas, culturales, nacioanles o raciales, a mí me parecen accidentales, irrelevantes, insignificantes e irrisorias. Me pasan desapercibidas. No distingo al sueco del zulú”. Pues no. Hay que distinguirlos. Cada uno apende según su capacidad, su estilo, su ritmo y su motivación para el aprendizaje. Al profesor Moreno le parece mejor soltar la lección y el que la capte, estupendo y el que no, peor para él. La resposnabilidad, al parecer, solo será suya.