Contra la pobreza infantil

26 Dic

Termina el año. Y la pobreza sigue. Llega la Navidad. Y la pobreza infantil se hace más patente. Por eso quiero compartir con mis lectores y lectoras una interesante experiencia que se está celebrando en nuestro país para combatir esta lacra social. Me refiero a la Gira “España por la infancia”. Una gira por 52 provincias, impulsada por el Consejo Independiente de Protección de la Infancia, que ha comenzado en Huelva el 20 de noviembre y finalizará el 29 de abril de 2016. Una gira en la que se pretende interpelar a los políticos, a las ONGs, a la escuela, a los sistemas de protección de la infancia, a las empresas, a los medios de comunicación, a las redes sociales y, en último término, a las familias, sobre ese terrible problema que es la pobreza infantil.

Me refiero a la Gira “España por la infancia”. Una gira por 52 provincias, impulsada por el Consejo Independiente de Protección de la Infancia, que ha comenzado en Huelva el 20 de noviembre y finalizará el 29 de abril de 2016.

Para inspirar y guiar la Gira, Antonio Salvador Jiménez, profesor de la Universidad de Huelva, presidente del Consejo y alma de la iniciativa, ha escrito un libro titulado “España, un país de niños pobres” que, amablemente, me ha invitado a prologar. No se puede olvidar que España es el segundo país de la Unión Europea en pobreza infantil, después de Rumanía.
La pobreza es una lacra social. Sobre todo por sus devastadores efectos sobre la vida de los niños y de las niñas. La pobreza les deja sin presente y sin futuro. Una persona sin infancia es una persona con el futuro truncado, con la vida rota. Deberíamos velar para que todos los niños y las niñas puedan serlo de verdad, no solo cronológicamente. Deberíamos luchar por la dignidad de la infancia, de la adolescencia y de la juventud. Por lógica. Por ética. Por amor.
Robar la infancia es un horrible delito ante el que nadie puede quedar indiferente. Niños maltratados, secuestrados, hambrientos, enfermos, explotados, torturados, militarizados, vendidos, sodomizados… Niños y niñas. No debemos olvidar que las niñas tienen un suplemento gratuito de dolor.
Salvar la infancia es salvar el mundo. Salvar el mundo es salvar la infancia. Tener infancia no es arrastrar los años por el barro de la pobreza, del dolor, de la enfermedad, de la ignorancia, del hambre, de la miseria, de la muerte… Tener infancia no es recorrer en la amargura de la soledad los años primeros de la existencia.
Tener infancia es tener no solo comida, cobijo y vestido. Es tener amor, seguridad, conocimiento, ternura y esperanzas de futuro. Tener infancia es tener el relato de cuentos antes de dormir, juguetes para entretenerse, besos para disfrutar, familia para compartir, manos que te acaricien, escuelas para aprender, hospitales para curarse.
Nadie pidió permiso a los niños para plantarlos en este mundo y convertirlos en víctimas desde el mismo día del nacimiento. Nadie les preguntó si preferían la nada a este calvario que les lleva en poco tiempo de la miseria a la muerte. Los niños y las niñas son inocentes. No han hecho daño a nadie, no han causado ningún mal, no han cometido ningún delito. Nacen con toda la dignidad y ninguno merece pasar por las calamidades que pasa.
¿Cómo podemos soportar tanta injusticia, tanta maldad, tanta indiferencia? ¿Cómo puede seguir dando vueltas este planeta y soportar tanto oprobio en la mente y en el cuerpo de tantos niños y de tantas niñas? ¿De tantos adolescentes y jóvenes?
Hay dos formas de medir la pobreza y la desigualdad económica. La pobreza objetiva absoluta que se define como la situación en la que no están cubiertas las necesidades básicas de la persona, es decir, que existe carencia de bienes y servicios básicos relacionados con la alimentación, la vivienda y el vestido. La pobreza objetiva relativa sitúa el fenómeno de la pobreza en la sociedad objeto de estudio. Desde esta perspectiva se considera que una persona es pobre cuando se encuentra en una situación de desventaja respecto a las personas de su entorno. Esta segunda noción está muy ligada al concepto de desigualdad. La pobreza subjetiva es la opinión que los propios individuos o familiares tienen de su posición económica.
Entiendo que las carencias no son solo de naturaleza material, como decía más arriba Se puede tener carencia de alimento, cobijo o vestido. Pero también se puede carecer de afecto, de seguridad, de esperanza y de futuro. Cuando hablamos de pobreza infantil nos estamos refiriendo a privaciones básicas o dificultades para el acceso a bienes y servicios fundamentales que sufren los niños y las niñas y las familias de las que forman parte, tanto en la dimensión material como en la psicológica.
Hablamos de pobreza de los niños y niñas. Y de pobreza de las familias, nicho en el que nacen y crecen los niños y las niñas. Más de 2,5 millones de niños y niñas en España se encuentran en situación de pobreza en nuestro país.
Hay colectivos sociales en los que los niños y las niñas tienen un riesgo de pobreza elevadísimo. Lamentablemente en los últimos años, como efecto de la crisis, este riesgo ha tenido una tendencia creciente. Hijos e hijas de familias con los dos progenitores en paro, de familias que viven en suburbios, de familias con padres y madres enfermos o discapacitados, de familias inmigrantes, de familias sin cobertura de necesidades básicas (impago de hipotecas, hacinamiento, dificultades para el pago de alquiler, luz , gas y agua…).
Las condiciones de vida de los niños y niñas de estas familias vulnerables hacen pedazos los derechos de las personas (los derechos de niños y de niñas, tanta veces proclamados, tantas veces destruidos) y les dejan sin educación, sin salud y sin futuro.
Hay que romper el silencio sobre las atrocidades que se cometen con los niños y las niñas. Hay que levantar la voz. Y nosotros debemos ser la voz de quienes no la tienen.
Hay que tomar conciencia sobre la responsabilidad de todos y de todas en este tremendo fracaso de la humanidad. Nadie puede lavarse las manos como si la situación no tuviese nada que ver con él.
Hay que actuar. Porque las víctimas siguen sufriendo, siguen muriendo, siguen atropelladas por el tren de la vida que no se detiene. Las autoridades no pueden mirar ni un minuto más para otro lado. Esos niños y esas niñas sufrientes no nos tienen que dejar dormir. Cuando los cimientos fallan, todo el edificio está en peligro.
¿Para qué y por qué los traemos al mundo si no hay sitio para ellos y para ellas? ¿Cuándo nos entrará la cordura necesaria para tratarlos como se merecen? ¿Cuándo desarrollaremos la ética necesaria para proporcionarles una la vida digna y el disfrute de los derechos que les corresponden por el simple hecho de ser personas?
Todos y todas somos interpelados por esta Gira. Es un aldabonazo a las conciencias para luchar por la dignidad de la infancia. Si ni nos importan los niños y las niñas, carecemos de futuro porque la infancia es el gran patrimonio de la humanidad. Esta Gira interpela a los políticos, tantas veces despistados, a los educadores y educadoras, a empresarios y profesionales de los medios de comunicación, a los padres y a las madres de hoy y de mañana. Os brindo este lema interpelante: “Que la infancia de este país sea mejor porque yo estoy viviendo en él”-

El efecto Kuleshov

12 Dic

Hace ya muchos años cursé una Diplomatura en cinematografía en la Universidad de Valladolid. Me preocupaba entonces (preocupación que, lejos de aminorarse o desaparecer, se ha seguido acrecentando) el hecho de que las personas recibamos la mayoría de los mensajes a través de los medios de comunicación sin conocer el código de los lenguajes en que se transmiten. Un pequeño grupo de expertos fabrican los contenidos y un sinnúmero de analfabetos audiovisuales los consumimos. Por eso somos presas fáciles de la manipulación.

Este experimento, realizado a través del montaje, se basó en la yuxtaposición de un mismo primer plano del actor Iván Mozzhujin con planos de un plato de sopa, una niña en un ataúd y una mujer en un diván.

Y además, al no dominar los códigos de ese lenguaje, tenemos dificultades para discernir si los mensajes que nos presentan tienen calidad o son pura basura.

Recuerdo de aquellos cursos la explicación en las clases de montaje, del llamado efecto Kuleshov. Lev Vladimirovivh Kuleshov fue uno de los pioneros del cine soviético. Nació en 1889 y falleció en 1970. Creó la primera Escuela de Cine del mundo de la que luego fue destacado profesor. Como cineasta y teórico, se hizo famoso por su experimentos en torno al montaje. Es de todos conocido el llamado efecto Kuleshov.

En él se reconoció, una vez más, la enorme importancia del montaje y se demostró la tendencia a leer textos yuxtapuestos como uno solo, construyendo una historia.

Este experimento, realizado a través del montaje, se basó en la yuxtaposición de un mismo primer plano del actor Iván Mozzhujin con planos de un plato de sopa, una niña en un ataúd y una mujer en un diván. Las tres breves secuencias hacían al espectador reconocer en la impasible cara del actor las sensaciones de hambre (primer montaje), dolor (segundo montaje) y lujuria (tercer montaje).

La expresión del rostro era idéntica en los tres casos pero, al estar vinculada en el primero a un plato de sopa, el espectador veía en el rostro del actor la sensación de hambre, al vincularse al cadáver de la niña en el ataúd la sensación atribuida por el espectador fue de dolor y al contemplar el rostro asociado a la mujer recostada en un diván, se despertaba la actitud de deseo.

El espectador proyecta sus sensaciones y las sitúa en la expresión del actor, tiñéndolas de un sentimiento u otro, según lo que él ha percibido. Está mas que claro en este caso que el espectador ve las cosas no como son (el actor está impasible en las tres secuencias) sino como él las quiere ver.

Esta diferencia de percepción ante el mismo rostro tiene que ver con lo denotativo y lo connotativo. La denotación es el significado objetivo que nos trasmiten una palabra, una imagen o un hecho. Lo connotativo es su dimensión subjetiva, lo que nosotros les hacemos decir a las palabras, a las imágenes o a los hechos.

Y así sucede, en general, con la forma de ver las cosas y de ver el mundo. Si no nos andamos con cuidado, si no analizamos con rigor, tenderemos a ver la realidad con el color del cristal que las miramos. “No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos”, dice Anais Nin.

El espectador es, de alguna manera, “engañado” por el montaje. No es cierto que el actor del experimento esté viviendo esos sentimientos que el espectador percibe. Es el montaje el que le induce a interpretarlo así.

Se me viene a la mente la expresión española “menudo montaje” para explicar que alguien está dando una explicación o actuando de una manera que pretende conseguir un efecto determinado en el destinatario. En efecto, una acepción de la palabra montaje es “situación preparada para hacer verdadero lo que es falso”. Y así se dice, por ejemplo, que el asesino intentó demostrar que todas las pruebas eran un montaje de la policía. Manejan la percepción

Y hay gente que se dedica a hacer montajes para que los demás pensemos y reaccionemos de una determinada manera. Con la intención de conseguir un fin concreto: que el receptor acabe pensando algo o que acabe haciendo algo. Sucede con la publicidad. Nos presentan montajes destinados a la compra. Así sucede con la política en tiempos electorales: nos ofrecen montajes tendentes a captar el voto. Así sucede con los proselitistas: elaboran montajes para captar seguidores. Así sucede con las relaciones. Nos hacemos montajes para conseguir determinadas reacciones de los otros.

Baste ver las portadas de los periódicos de un día cualquiera o los telediarios que ofrecen una visión de la actualidad. La realidad que pretenden contar ha sido la misma para todos. Pero cada periódico o cadena ofrece en portada un titular que contiene un sesgo subjetivo, a veces, descarado. Nos ofrecen a los lectores y espectadores una realidad pasada por el filtro de su connotación, de su ideología o de su interés. Nos hacen un montaje que es al que nosotros accedemos para ver y juzgar la realidad.

Hay otro nivel de manipulación previo, que es la selección de los contenidos. ¿Por qué estos y no otros? De modo que la manipulación puede venir por el modo en que se cuenta la realidad y también, por la selección de aquello que se decide contar.

Lo que pretendo decir con estas líneas es que no hay que dejarse engañar. Es preciso saber discernir, sabe analizar con rigor. Hay que ser capaces de descubrir las trampas. Tenemos que estar muy despiertos. A veces nos engañamos solos, consciente o inconscientemente, ya lo sé. Muchas veces somos engañados por quienes manejan la información. Una de las causas es la ingenuidad, la credulidad. Otra es la falta de formación, la falta de herramientas elaboradas para hacer el análisis.

El espíritu crítico nos debe acompañar siempre. Hemos de tener ojo avizor. En realidad, en eso consiste la educación, en ayudarnos a pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica, como decía Paulo Freire. Educar es ayudar a que la mosca pueda escapar del cazamoscas.

La realidad es una pero la forma de verla tiene muchas perspectivas. Estamos en plena campaña electoral. Los partidos políticos ofrecen visiones de los mismos hechos, de los mismos datos, de las mismas realidades. Parecería que están describiendo y analizando hechos diferentes. Cada partido tiene una perspectiva peculiar.

Esta peliaguda cuestión de la comunicación tiene, como es lógico, una doble cara. La del emisor que pretende engañar al receptor mediante diversos tipos de montajes y la del receptor que se deja engañar por el emisor cuando los recibe de forma ingenua, acrítica y estúpida.

Una comunicación sincera evita los engaños intencionados. Una comunicación inteligente, descubre las trampas de la comunicación. Ambas formas de proceder se adquieren y afianzan a través de la educación. Porque la educación, como atinadamente apunta Philippe Perrenoud, ayuda a construir las herramientas necesarias para hacer el mundo inteligible y a comprender las causas y las consecuencias de la acción.

Ir a la raíz

28 Nov

El pasado 25 de noviembre se celebró el Día Internacional contra la violencia de género. En el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, celebrado en Bogotá en julio de 1981, surge la propuesta de hacer el 25 de noviembre un día de reflexión y denuncia contra las diferentes formas de violencia que sufren las mujeres. En esa fecha de 1960, en la República Dominicana, las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, opositoras al dictador Rafael Leónidas Trujillo, habían sido vilmente asesinadas.

Lo importante es avivar el espíritu crítico para descubrirlas y la determinación ética para acabar con ellas.

Cuando me entero de un hecho luctuoso en el que muere una mujer a manos de su pareja, cuando conozco un caso de maltrato, cuando veo una mujer destruida por el sexismo, pienso en las causas que alimentan a ese monstruo que no deja de devorar a sus víctimas. Solo yendo a las causas se podrán evitar los efectos. Sólo destruyendo las raíces podridas se podrán evitar los frutos envenenados.

Las causas se confunden con las consecuencias y las consecuencias con las causas. No sabemos con precisión si la doble moral que se aplica a los comportamientos de hombres y mujeres es la causa o la consecuencia del sexismo. No sabemos si el lenguaje sexista es la causa o el efecto de una concepción androcéntrica de la vida. Y es que probablemente se retroalimentan las causas y los efectos.

En cualquier caso, hay que tratar de cegar las fuentes y de acabar con las manifestaciones de la discriminación. No hay ninguna que pueda considerarse poco importante. He escuchado muchas este argumento que considero una trampa:

– Habiendo cuestiones tan importantes en la violencia de género, eso de decir todos y todas me parece una tontería.

Pues no. No estoy de acuerdo con esa tesis. Porque todo es importante. Quienes son sensibles a esas cuestiones que algunos consideran insignificantes e incluso ridículas, lo son en mayor medida a las demás. Por el contrario, quienes no valoran esas cuestiones, es probable que tampoco valoren las de mayor transcendencia.

Enumeraré algunas causas de la violencia, sin la pretensión de agotarlas, de jerarquizarlas o de extenderme en su análisis.

– Lenguaje sexista

El lenguaje sigue siendo sexista, esconde a la mujer. Lo que no se nombra, no existe. Hay muchas palabras cargadas de connotaciones negativas por su género femenino. El lenguaje sobre la mujer y el lenguaje de la mujer han cultivado una discriminación que luego se extiende a las facetas de la vida.

Me molestan las bromas y las consabidas ironías sobre el lenguaje sexista. Me irritan los chascarrillos sobre una cuestión que, mucho o poco, contribuye a generar, a mantener o a potenciar la discriminación. No comparto las objeciones que se hacen sobre la vulneración de la economía del lenguaje. No lo comparto porque las normas sobre la gramática y la sintaxis estuvieron gestadas por hombres. Y porque, cuando chocan dos principios de diferente naturaleza (en este caso uno lingüístico y otro ético) tiene que prevalecer, a mi juicio, el de rango superior. Es decir, el de carácter ético.

– Religiones androcéntricas

Las religiones siguen practicando un sexismo aberrante. En la religión católica, Dios es Padre, el Salvador es un hombre, el modelo de mujer es una Virgen recatada y humilde. las mujeres no pueden acceder al poder ni al sacerdocio… Qué decir del islam, a cuyos mártires se les prometen 72 huríes mientras que a las mujeres se les asegura la unión definitiva con su marido.

No hay Asociación cultural, deportiva, musical, benéfica a la que se permitiese hoy en los Estatutos establecer que las mujeres, por el hecho de serlo, no podían acceder a la Junta Directiva. ¿Por qué se le permite a la Iglesia? ¿Por qué no se somete esta institución a las normas de la ética más elemental que condena cualquier tipo de discriminación? ¿Cómo puede tolerarse esta situación un solo minutos más? ¿Por qué no se denuncia?

La argumentación de que el Fundador eligió mujeres para el sacerdocio es tan endeble que casi haría reír si el problema no fuera tan grave. También eligió casados para el sacerdocio. ¿Y qué? Los sacerdotes hoy no se casan.

Pero, claro, ahí sigue la asignatura de religión en la enseñanza pública, ahí sigue la catequesis, ahí sigue el Concordato en España, ahí siguen los obispos impartiendo doctrina en los púlpitos y en las televisiones…

– El mito de la excepción

Existe un mito peligroso que consiste en afirmar que si una mujer ha llegado, todas las demás pueden llegar. El mito, la falacia, el error, no se encuentra en la condicional (no se puede negar que algunas mujeres llegan a triunfar) sino en la oración principal. No es verdad que todas puedan llegar y no es verdad que las que lleguen lo hagan en condiciones de igualdad con los hombres.
Para llegar las mujeres tienen que hacer más esfuerzo y superar más dificultades. ¿Por qué?

– Explicación del fracaso

Si fracasan las mujeres en el trabajo, es fácil que la explicación que se de, sea su condición femenina. Lo he visto muchas veces. Si una ministra del gobierno hace una gestión deficiente se atribuye el fracaso al hecho de ser mujer. Si fracasa un ministro varón se atribuye el desastre a su torpeza o a su pereza.

– Educación sexista

Todavía persisten muchos elementos discriminadores en la educación de niños y de niñas. Hace unos años dirigí la tesis a mi amiga Gloria Arenas, hoy lamentablemente fallecida, sobre cómo aprenden el género los niños y las niñas en la Educación Infantil. Ese trabajo dio lugar al libro Triunfantes perdedoras, publicado en la Editorial Graó. El título hace referencia a uno de los ejes de aquellos descubrimientos. Muchas niñas eran felicitadas por perder.

En una ocasión estaban practicando el juego de las sillas que todo el mundo conoce. Varias sillas y un jugar más para que, a la señal convenida, cada uno se siente en una de ellas. En uno de los juegos un niño y una niña se sientan en la misma silla. La niña, consciente del problema, se ausenta voluntariamente y la profesora la felicita:

– Muy bien, las niñas ceden.

No. Las niñas, no tienen que ceder por el simple hecho de serlo. Tienen que ceder las personas.

– Un curriculum escolar sexista

En un libro que coordiné en 2001 titulado “El harén pedagógico. Perspectivas de género en la organización escolar”, la profesora Nieves Blanco escribió un capítulo sobre el sexismo en los textos escolares de la ESO. A él me remito y de él reproduzco este párrafo:

“En casi 5000 páginas solo encontramos 255 mujeres identificadas en su individualidad, frente a 2468 hombres e la misma categoría. No hay un reconocimiento de la contribución de las mujeres al conocimiento y al progreso de la humanidad desde los diversos ámbitos en que han intervenido…”.

Podríamos seguir enumerando causas. Hay muchas. Quizás infinitas. Porque las causas del sexismo se esconden en todos los resquicios de la vida. Lo importante es avivar el espíritu crítico para descubrirlas y la determinación ética para acabar con ellas.

Cumplimiento

7 Nov

Uno de los profesores que más me ha influido, siendo yo alumno de la Universidad Complutense, fue el catedrático de Didáctica y Organización Escolar Miguel Fernández Pérez. Él repetía, con la sorna que el asunto requiere, que quienes alardean del mero cumplimiento de las obligaciones docentes, lo que en realidad sostienen es el siguiente lema: yo cumplo y miento.

¿Cuál es la solución? No los incrementos económicos o los descuentos por tarea bien o mal realizada. Este sería un aliciente para los más avaros, no para los más necesitados. Un sistema lleno de trampas. Me preocupa la concepción de escuela que subyace a esas propuestas que hoy están circulando por el sistema educativo como un reguero de pólvora.

Comparto su diagnóstico. Me estoy refiriendo a esos profesionales que aman la ley del mínimo esfuerzo, que miran el reloj con un alarde de precisión para entrar y para salir, que se limitan a cumplir lo establecido, más en letra que en espíritu. Se saben de memoria la ley. Y tratan de no quebrantarla. Ni un poco más, ni un poco menos. Lo estrictamente ordenado. Un cumplimiento sin alma.

No llegan nunca tarde, pero nunca prolongan ni en un segundo el trabajo reglamentado. Si un padre se acerca al Colegio sin haber pedido cita, aunque pueda atenderlo, le dirá que vuelva otro día ya que ha terminado la jornada laboral. Si un alumno formula una cuestión o plantea un problema después de tocar el timbre, prefiere aplazar la contestación al día siguiente. Si se plantea una reunión fuera del horario escolar, alegará cualquier tipo de quehaceres y obligaciones para no asistir.

– Para esto me pagan y esto hago.

Unos dicen que para lo que les pagan bastante hacen y otros que para lo que hacen bastante les pagan. Círculo perverso que hay que romper.

Los devotos del cumplimiento (instalados en la “tristeza cómoda de la mediocridad”) Imparten sus clases, examinan a sus alumnos y manejan el componente de atribución explicando el fracaso de los aprendices por causas que nunca les atañen directamente: los alumnos son torpes, son vagos, están desmotivados, no tienen técnicas de estudio, no están preparados, tienen problemas, están absorbidos por las redes sociales, viven en el seno de familias desaprensivas, están distraídos …

Los argumentos en que basan este planteamiento tan estricto es que nadie te va a pagar el trabajo extra que realices y nadie te va a agradecer el esfuerzo suplementario. También argumentan que no es bueno acostumbrar a superiores y a los súbditos a esa generosidad gratuita. Porque luego se convierte en una obligación.

– Si luego no lo haces, te lo echan en cara, dicen.

Piensan que hacer más de la cuenta se convierte en una trampa, porque luego no encuentras el límite preciso. Como si la costumbre de hacer regalos te convirtiese en un imbécil. “Era tan tonto, tan tonto, que parecía bueno”, lleva por título una obra de teatro que está en las tablas en estos días.

¿Por qué hablar de pasión, de compromiso, de entusiasmo, de generosidad, de alegría en el trabajo? Se trata de conceptos engañosos cuando se pretende cumplir con las obligaciones profesionales.

Tomarse las cosas muy a pecho, llevar trabajo para casa, convertir en preocupaciones lo que han de ser meras ocupaciones, son estrategias equivocadas que acaban llevando al profesional a tener una vida cargada de ansiedad y de estrés.

– Las cosas hay que tomarlas con calma, porque nadie te va a dar un premio por vivir ajetreado.

Esa postura se convierte en críticas irónicas respecto a aquellos profesionales que se dejan el pellejo por hacer que las cosas funciones en la institución. Y dedican dardos afilados a quien tiene otra forma de comportamiento:

– ¿Vas a heredar la escuela?, ¿te van a poner tu nombre a una calle?. ¿te van a hacer un monumento a la entrada?, ¿te van a dar la tiza de otro?…

No les gustan quienes se entregan en cuerpo y alma. Porque les dejan en evidencia. Y les achacan ambición y deseos de sobresalir. Como no ven explicaciones razonables para el esfuerzo de sus colegas, les atribuyen intenciones torcidas:

– Quiere sobresalir, quiere adular a sus jefes, quiere que le llamen para concederle un cargo…

Si la edad de la persona apasionada es corta, el amante del cumplimiento (del cumplo y miento) dirá que ese joven está muy verde, que no se ha enterado y que ya le irá abriendo los ojos la dura realidad. Si la edad es elevada, el adocenado dirá que es tan tonto como cuando era joven y qué parece mentira que, con los años que tiene, no haya aprendido a ejercer la profesión de manera inteligente.

Explica a quien quiera oírle que no hay que regalar horas a la Administración. Si quieren más horas, que las paguen. No piensa que son horas para los niños y las niñas, casi siempre para lo más necesitados de ayuda.

Los amantes del mero cumplimiento son calculadores de extraordinaria precisión. Saben las horas y minutos exactos de su dedicación, conocen al dedillo todos sus compromisos profesionales. Y los cumplen con precisión matemática, pero sin alma.

Donde creo que estos personajes son más cicateros es en la entrega de entusiasmo, de ilusión, de pasión, de afectos. Eso no está prescrito. Eso no tiene contador. Estoy describiendo a los profesores mercenarios, es decir, aquellos que ponen en una balanza las horas estrictas de dedicación y esperan que aparezca en la otra el sueldo correspondiente al final de mes. Horas por dinero, eso es todo.

Puede ser que estos docentes hayan comenzado así su trayectoria. Quizás se encontraron en la profesión por azar o por necesidad, no por decisión elaborada y querida. También puede ser que hayan comenzado de manera entusiasta y apasionada pero que la realidad les haya derribado de manera brusca o paulatina. Contextos adversos, directores tóxicos, dificultades imprevistas, fracasos dolorosos, rutinas desmotivadoras, leyes perversas, burocracia estúpida… Y, al final, el desaliento, el adocenamiento, el mercenariado.

No creo que sean muy felices. O eso supongo. Porque esa forma de vivir la profesión no es gratificante. Es una forma de ganarse la vida, no una forma de ganar la vida de los otros. Es casi imposible que esa actitud que rehúye el esfuerzo, que mata el sentimiento, que destruye la ilusión sea una fuente de alegría. Es triste, no se puede negar. Porque esa actitud cicatera no lleva al abandono de la profesión sino qye obliga a arrastrarla penosamente. Es como matar la alegría a fuerza de pasividad, destruir la ilusión a golpes de pereza, acabar con el optimismo a base de tedio. El problema es que esta profesión no se puede ejercer dignamente sin pasión, sin ese estado enardecido del ánimo que nos hace sentir y disfrutar.

Que nadie piense que estoy describiendo en estas líneas al docente común. (Estimado José Antonio, el diplodocus está muy despierto, como tú mismo reconoces en tantas experiencias de las que hablas en tu tu libro). Estoy hablando (así lo creo) de casos excepcionales. Y lo hago no para desprestigiar al gremio sino para tratar de dignificarlo. Porque esos profesionales no solo se hacen daño a si mismos y a los alumnos y alumnas, se lo hace a la profesión.

¿Cuál es la solución? No los incrementos económicos o los descuentos por tarea bien o mal realizada. Este sería un aliciente para los más avaros, no para los más necesitados. Un sistema lleno de trampas. Me preocupa la concepción de escuela que subyace a esas propuestas que hoy están circulando por el sistema educativo como un reguero de pólvora. La solución está en la buena selección, en la buena formación, en la dignificación de la profesión, en la mejora de las condiciones y (para quienes ya están) en el trabajo en equipo, en el compromiso de toda la comunidad (familias, profesorado, alumnado, directivos, sociedad…) y en una evaluación conducente a la mejora y no a la entrega de premios y castigos.

No quiero montar más a caballo

24 Oct

Creo que nadie duda de la importancia que tienen los docentes en la actitud de los alumnos y alumnas hacia el estudio. He visto a pésimos estudiantes transformados como por arte de magia en aprendices entusiastas al cambiar de profesor y, otras veces, he visto cómo un estudiante aplicado se ha vuelto perezoso e indisciplinado al encontrarse con un docente autoritario, torpe, frío y displicente.

Hanna reinició las suyas con un profesor irritable, duro, despectivo y exigente. Un profesor que reprendía y gritaba, un profesor que, lejos de animar, provocó el abandono de las clases y el rechazo de las mismas. Nunca quiso volver. Ni siquiera con otro profesor.

No quiero decir con esto que el estudiante sea una marioneta, manipulada por fuerzas externas. No quiero decir que no hay ninguna responsabilidad en las actitudes de quienes aprenden. Lo que quiero subrayar en estas líneas es la innegable influencia de quienes enseñan sobre las actitudes de los alumnos hacia el aprendizaje. ¿Cuántas veces hemos visto y oído decir que la influencia de un profesor creó un interés inusitado por una disciplina o por una profesión?

Voy a poner tres ejemplos. Tres malos ejemplos. Se puede decir qué es un buen profesor poniendo de manifiesto lo que sucede con quienes no lo son.

Un buen profesor (estas dos palabras deberían constituir una redundancia) es aquella persona que motiva, anima a estudiar y despierta el deseo de aprender. Cuando los niños y las niñas, que tienen una curiosidad innata, no quieren ir a la escuela, algo pasa, algo o alguien falla.

Primer ejemplo: Una niña amiga de mi hija Carla, una preciosa criatura llamada Hanna (desde aquí, querida niña, te mando un beso enorme en estos días difíciles), era una magnífica amazona. Las clases de equitación despertaban en ella un enorme atractivo. Cuando la veía sobre el caballo con su casco, su fusta y su chaleco, perfectamente sentada en la silla, grácil y elegante como una modelo, yo pensaba que era una niña que había nacido para montar a caballo.

Recuerdo que cuando, los viernes por la tarde, las llevábamos a las clases de hípica (a ella y a Carla), se salían del coche antes de que éste se hubiese detenido completamente.

– Niñas, por favor, esperad, tened cuidado…

Como entonces vivíamos en Galway (Irlanda) las clases se impartían en un espacio cubierto, ya que la lluvia hubiera impedido muchos días la celebración de las clases. (Qué hermosos recuerdos, qué entretenidas conversaciones, querida Raquel, mientras veíamos a nuestras hijas sobre los caballos).

Las clases tenían tanto atractivo que esperaban impacientes la tarde del viernes para practicar trotes y saltos, para recibir las instrucciones de su querida profesora…

Terminó nuestra estancia en Irlanda y la familia de Hanna regresó a su ciudad alemana mientras nosotros volvimos a Málaga. Carla reanudó sus clases con un excelente profesor, amable, competente y respetuoso. Hanna reinició las suyas con un profesor irritable, duro, despectivo y exigente. Un profesor que reprendía y gritaba, un profesor que, lejos de animar, provocó el abandono de las clases y el rechazo de las mismas. Nunca quiso volver. Ni siquiera con otro profesor.

Segundo ejemplo: Otra amiga de mi hija, esta española, es una magnífica pianistxa. Disfrutaba de sus clases y tocaba cada día con agrado y buena disposición. Hasta que se ha topado con un profesor de piano que le ha hecho salir llorando de las clases.

No quiere volver al centro de estudios, no desea practicar, no disfruta haciendo lo que hacía. Lo que con otros docentes era atractivo, este nuevo profesor se lo ha hecho aborrecer. Lo que era agradable, hermoso y placentero, lo hizo odioso con su actitud el nuevo profesor.

Tercer ejemplo: Una alumna mía me cuenta que, desde pequeña, sin saber por qué, tenía la ilusión de aprender francés. Quería conocer el idioma, la cultura, la historia, la literatura, la pintura francesa…

Cuando me está describiendo esta enorme ilusión que lo invadía todo, se interrumpe y me pregunta:

– ¿Sabes hasta cuándo me duró la ilusión?
– ¿Hasta cuándo?, pregunté.
– Hasta que me topé con una pésima profesora de francés…

Una cosa es no enseñar nada y otra, más grave, es matar el deseo de aprender. Una cosa es tener escasa habilidad para la enseñanza y otra, más negativa, es destruir las ilusiones de los alumnos y de las alumnas.

Es decir, que la persona que tenía que animarla a satisfacer aquellos deseos de saber, es la que los ha destruido. La que estaba pagada por la sociedad para ayudarla, es la que la ha destruido.

Estos efectos nocivos de una forma de proceder incompetente, nunca se tienen en cuenta. Cuando se habla de la evaluación de los aprendizajes solo se tienen en cuenta los conocimientos adquiridos pero no los efectos secundarios que algunas veces son tan importantes como devastadores.

No quiero, con estos ejemplos, hacer un juicio a los docentes. Sé que la inmensa mayoría desempeñan su tarea con profesionalidad y acierto.

Son muchos más los docentes que motivan, ayudan, animan y quieren a sus alumnos y alumnas. Los efectos que produce la acción docente son enormemente positivos no solo en los aprendizajes sino, sobre todo, en el deseo de aprender.

Esto es lo quiero subrayar en este artículo: la responsabilidad del docente, las repercusiones de su actitud y de su saber hacer en la disposición de sus alumnos y alumnas hacia el aprendizaje. La influencia es patente cuando el aprendiz se motiva y entusiasma. Y no lo es menos cuando se desalienta y se desespera.

Podría poner ejemplos innumerables del buen hacer de los docentes. Si he elegido los tres casos anteriores para abrir estas reflexiones es por el dolor que me han producido al conocer personalmente a las víctimas de la agresividad y de la incompetencia de estos profesionales. Uno puede cometer errores. ¿Quién no los comete? Otra cosa es mantener una actitud destructiva, día tras día, trimestre a trimestre, curso a curso.

Los padres y las madres no pueden asistir impasibles a este desastre. No pueden ver con indiferencia este proceder. Porque después de sus hijos vendrán otros. La dirección de los centros, sabedora muchas veces de estos hechos, no puede mirar para otra parte. No puede aceptar este tipo de comportamientos. Los inspectores/as no pueden cruzarse de brazos. Hay muchos profesionales en paro que realizarían encantados esta actividad. ¿Por qué mantener en su puesto a quien hace tanto daño un año tras otro?

A los dos tipos de profesores y profesoras se les paga igual. Los dos tienen, a través de lo que hacen, un modus vivendi. Pero no se me negará que en uno de los casos se trata de un sueldo dilapidado y en el otro de un dinero rentable.

No debería ser igual. No debería tener la misma recompensa hacerlo bien que hacerlo mal. Esforzarse o no esforzarse. Hacer bien que hacer daño.

Daniel Pennac, en el estupendo libro “Mal de escuela” dice algo que refleja muy bien esta idea. “A mí me salvaron la vida tres profesores que tenían una característica común: nunca soltaban a su presa”. No dice que le salvaron la asignatura, ni el curso. Dice que le salvaron la vida. La influencia no pudo ser más decisiva, más beneficiosa, más trascendental. Es triste que suceda lo contrario.