El whatsapp de las mamás

1 Oct

Cómo no valorar las ventajas que nos ofrecen las tecnologías, cómo no aprovecharlas, cómo no sacarles el mayor y mejor partido. Sería estúpido que los riesgos que acarrea el mal uso, nos alejase de la adecuada utilización. Sería como tirar todos los cuchillos a la basura porque nos podemos cortar con ellos.

Sin embargo, no podemos dejarnos arrastrar como papanatas por experiencias novedosas sin discernir lo que tienen de bueno y de malo. Una gallina que con su pico se conectase a internet seguiría siendo una gallina. No se haría más inteligente ni más sociable por el hecho de estar conectada.

Sin embargo, no podemos dejarnos arrastrar como papanatas  por experiencias novedosas sin discernir lo que tienen de bueno y de malo. Una gallina que con su pico se conectase a internet seguiría siendo una gallina. No se haría más inteligente ni más sociable por el hecho de estar conectada.

Está claro que los grupos de whatsapp ofrecen la ventaja de estar conectados de forma rápida y simultánea a un colectivo de personas a quienes podemos ofrecer y de quienes podemos recibir información y entretenimiento. Pero encierra peligros. Comentaré algunos  que vengo observando desde hace tiempo en los grupos de whatsapp que forman las madres de los niños  y niñas  de una clase en los colegios  (o institutos) públicos y privados. La estupidez no tiene barreras.

Lo primero que quiero hacer notar es que esos grupos suelen ser exclusivamente de madres. No sé si porque disponen de más tiempo, porque tienen más apertura a la comunicación o porque están más cercanas a todo lo relacionado con la educación de los hijos e hijas. O por todos estos motivos y algún otro que desconozco.

No pasaré de puntillas sobre esta cuestión porque considero que es importante. El que sean las madres las únicas ocupadas y preocupadas por la relación con el Colegio dice mucho y bueno a favor de las madres y mucho y malo respecto al papel de la educación. Porque parecería deducirse de este hecho que si el asunto fuese verdaderamente importante serían los padres quienes estarían pendientes.

No quiero decir con esto que debería haber grupos de whatsapp formados por padres. Digo que los grupos podrían ser mixtos y digo que los padres no deberían estar al margen de los asuntos del Colegio. Si se feminiza un fenómeno, se devalúa. Y viceversa. No porque la mujer valga menos sino porque seguimos habitando una sociedad androcéntrica, sexista y patriarcal.

Creo que hay personas que utilizan el whatsapp con una dependencia enfermiza. Tienen siempre el móvil a mano  y miran la pantalla con obsesiva frecuencia. Los mensajes  pueden ser tan persistentes que no permiten hacer otra cosa. Esa actitud genera una servidumbre nociva.

Hay una dependencia desmedida del grupo de whatsapp de clase en otro sentido. Me refiero ahora  no a la frecuencia sino al poder. Sin que el grupo de su visto bueno, algunas mamás se sienten inseguras. Una noticia es veraz cuando circula por el wathsapp de forma generalizada.  Es más importante lo que dicen los integrantes del grupo que lo que dice el profesor.

– Así me quedo más tranquila, es la exclamación que genera estar al tanto a través del whatsapp.

No hay horario para el envío de mensajes. Puede sonar el aviso a las 2 de la mañana para preguntar si alguien sabe si los niños tienen que llevar una visera o un sombrero a la excursión de mañana. Y solo cuando la respuesta es visera, se produce la tranquilidad de estar en lo cierto. Es más importante lo que transmite el mensaje que lo que el niño prefiere.  Puede llegar un mensaje a las 6.30 de la mañana para preguntar si ese día hay clase.

En relación a los profesores y profesoras hay también algunos problemas. Una madre le pide a la tutora que se incorpore al grupo. Lo docente piensa que es lo único que le faltaba: acabar a una hora su trabajo y seguir conectada durante horas incluso de la noche. Otra madre le insta a la tutora de su hijos a que mande  información para dinamizar el grupo, ya que está poco activo.

Siempre hay una gurú que presume de estar al tanto de todo. Procura enterarse la primera de todas las novedades, presume de estar al tanto de las novedades y tiene canales rápidos y fa reconocida del grupo. Se siente con la responsabilidad de ras.era de todas las novedades, presume de estar al tanto de todo y áciles con las fuentes. Es una guía reconocida del grupo. Se siente con la responsabilidad de tener respuesta para todo. Si hay alguna duda ella se encarga de hacer la consulta y de difundir la respuesta. Así va ganando autoridad informativa.

– La que tiene que saber eso es fulanita, se dicen unas a otras.

También existen las que nunca se enteran de nada. El grupo es quien en este caso actúa como secretaria particular de esas mamás despistadas. Por no saber no saben ni cuando empieza el curso ni cuando termina ni cuando dan las notas, ni qué horas tienen de tutoría, ni qué día tienen ir disfrazados. Una buena amiga llevó a su hijo disfrazado de troglodita y lo tuvo al pobre todo el día en esa situación mientras el resto vestía su habitual uniforme…

– Hay que avisar a fulanita, que nunca se entera de nada, dicen las mamás.

Otro problema que se está generando es que las madres se están convirtiendo en las secretarias de los hijos. Ellas son las que piden una foto de la tarea que hay que hacer o de las páginas que hay que leer o del trabajo que hay que entregar.

– Mamá, llama a la mamá de fulanito para que te mande los ejercicios de mates.

El niño se despreocupa porque su madre le pondrá al tanto si olvida en el Colegio la libreta de las tareas. De esta manera no se responsabiliza de sus obligaciones. Su madre le sacará las castañas del fuego.

Cito en ocasiones a Holderlin cuando dice que los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes: retirándose. Para que el continente aparezca las aguas tienen que retroceder. Lo que nos dicen los hijos a los padres y  a las madres es: Ayúdame a hacerlo solo.

Hay mamás obsesivas con algunas cuestiones: los piojos, la comida que se sirve en el comedor, la seguridad en el patio, la salud de su hijo. Los mensajes se multiplican de manera exponencial cuando aparece una información inquietante. Si el niño de una de esas mamás tiene fiebre, lanza en el whatsapp mensajes reiterados para ver si es su hijo solo el que está enfermo  o si se trata de una epidemia.  Se quedará más tranquila si no le ha pasado a su niño solo.

Otro asunto que acapara centenares de mensajes es la organización de los cumpleaños, sobre todo cuando se generaliza la costumbre de invitar a todos los niños y niñas de la clase. Invitaciones, regalos, citaciones… Un cumpleaños se convierte en una montaña de interacciones casi tan estresante  como las de una boda.

Sé que no todos los grupos son iguales y que no todas las personas dentro del grupo  actúan y reaccionan de la misma manera. Estoy  hablando de problemas genéricos que se extienden de forma imperceptible. Hay otras peculiaridades en los grupos de whatsapp dependiendo de la edad de los hijos y de las hijas. No sucede lo mismo en un grupo de infantil que otro de Secundaria.  Y ni nos imaginamos un grupo de madres de alumnos y alumnas universitarios.

Los rumores se generan a través de los whatsapp y corren como la pólvora. Si el tutor o un profesor cualquiera ha cometido un fallo, la velocidad y la intensidad de la comunicación es extraordinaria creando un clima adverso que es difícil desmontar. Algún profesor  ha  salido hecho puré de la trituradora del whatsapp.  Ojo: existen algunos peligros. Hay que evitarlos.

Fiesta de Curso Nuevo

3 Sep

En septiembre se abren en España las puertas de un nuevo curso escolar. Propongo en este artículo que haya una Fiesta de Curso Nuevo igual que existe la Fiesta de Año Nuevo el día uno de enero.

Propongo en este artículo que haya una Fiesta de Curso Nuevo igual que existe la Fiesta de Año Nuevo el día uno de enero.

Lamentablemente para mí ya no tengo que estar de preparativos y afanado en la renovación de ilusiones. Después de muchos años cerré mi experiencia académica en el sistema educativo.  Ya digo, una gran pena para mí.  Pero la vida sigue. Y el nuevo curso llega otra vez. Un curso peculiar regido lamentablemente por la LOMCE, que es la ley en vigor. Una ley que pocos aceptan y muchos denuestan. Una ley cuyo impulsor (el infortunado para mí y afortunado para él, señor Wert) está disfrutando del premio que le concedió el partido por haber producido este lamentable engendro.

Es curioso observar cómo hay niños que desean durante las vacaciones que comiencen las clases y cómo hay otros que viven con angustia creciente la llegada de la apertura. Me gusta preguntar a los niños y a las niñas con los que me encuentro en  el verano si desean volver al colegio.

–  Sí, porque quiero volver a encontrarme con mis amigos, dicen unos.

– No, porque en el cole me aburro mucho, contestan otros.

Lo mismo sucede con los profesores. Algunos sienten deseos irrefrenables de volver a las aulas y otros lamentan que llegue el comienzo de curso y el fin de las vacaciones.

Es una fortuna inmensa que podamos afrontar un nuevo curso con normalidad. Lo hemos asimilado de tal manera que nos parece tan normal como la llegada del verano o del invierno. Sin embargo, poner en marcha la enorme maquinaria del sistema educativo supone un esfuerzo económico y personal enorme. No me puedo imaginar la vida y la sociedad sin el sistema educativo en acción. No solemos valorar de forma suficiente esta gran fortuna de abrir un nuevo curso. Acostumbrados a fijarnos en las limitaciones, las carencias y los errores, no somos capaces de situarnos en la hermosa realidad que tenemos.

No quiero ser con esto conformista. No digo que todo esté bien y que no haya que aspirar y luchar par mejorar el sistema. No. Lo que quiero es celebrar la llegada del nuevo curso con la alegría que se merece.

Deberíamos celebrar la llegada del Curso Nuevo como lo hacemos con el Año Nuevo. Con ese estallido de gozo  y de entusiasmo. Todo el mundo ha vivido la experiencia de las campanadas que abren el Año Nuevo. En España comemos 12 uvas para celebrarlo, hacemos votos para la nueva etapa y brindamos con champán. Tenemos la ventura de abrir las puertas de una nuevo año natural. Propongo que el comienzo de curso escolar sea una fiesta. Se suele hacer, más bien, la celebración del fin. Tendría más sentido hacer esa fiesta al comienzo. Podríamos comer las 10 uvas de los meses del curso escolar. En septiembre la cosecha de uva nos ofrece ese fruto recién madurado. Ya sé que una costumbre no nace de esta forma, con una propuesta hecha desde el humilde rincón de un artículo. Pero sí puede ser efectiva la idea de la celebración del comienzo.

Propongo, repito, que se instaure la Fiesta del Curso Nuevo como existe la fecha del Año Nuevo. Con más motivo. Porque el Año Nuevo solo nos trae una colección de días que se suceden. El Curso Nuevo, sin embargo, nos trae muchas cosas, muchos bienes, muchas realidades hermosas, muchos proyectos.

¿Qué celebrar?

El tener un sistema educativo en el que todos y todas tienen cabida. El tener profesores y profesoras que afrontan con responsabilidad y competencia su tarea. El que haya equipos directivos dispuestos a dedicar tiempo y esfuerzo a inspirar proyectos de calidad. El  disponer de unos medios didácticos que facilitan el aprendizaje.  El contar con un sistema de transporte escolar eficiente. El tener comedores escolares en los que compartir el pan y la compañía. El tener unas autoridades que velan por la organización y el buen funcionamiento. El tener Departamentos y servicios de psicología y orientación que atienden con eficacia la diversidad . El tener sindicados que velan por los intereses del profesorado. El contar con Asociaciones de Padres y Madres que colaboran activamente con el profesorado. El tener investigadores que buscan con esfuerzo y sabiduría conocer más y mejor el mundo de la educación. El disponer de revistas especializadas y editoriales y libros que profundizan en el significado de la enseñanza. El que se organicen Congresos en los que se ponen en común experiencias, innovaciones y nuevos hallazgos. El que haya Facultades de Educación y Psicología en las que se enseña y se aprende a ser buenos educadores. El que se realicen tesis doctorales e investigaciones con el ánimo de saber  más y de hacerlo mejor. El que haya innovaciones ejemplares que abren nuevos caminos y avivan las mejores ilusiones…

Propongo desde aquí que se celebre en los centros y en la sociedad la Fiesta del Curso Nuevo. Se suele celebrar la Fiesta de Fin de curso, de Fin de carrera, de Fin de Estudios. Se hacen viajes, se organizan actividades, se realizan bailes. Me parece estupendo. La Fiesta de Curso Nuevo  estaría cargada de la ilusión del comienzo para los nuevos y del reencuentro para quienes vuelven a verse. Tendría el sentido de la celebración de  un proyecto que se construye en el marco de la comunidad educativa y estaría cargado de la ilusión y la esperanza de hacer un largo recorrido por las tierras  (o los mares o los cielos) del aprendizaje.

Me gustaría que la Fiesta de Curso Nuevo tuviese una parte académica pero también una parte festiva, de auténtica alegría por participar en una experiencia de tanto calado. He dicho que también debería celebrarse en la sociedad. Porque el hecho educativo no es solamente de sus protagonistas sino de sus testigos. Gracias a que el nuevo curso llega, millones de alumnos y alumnas aprenderán a pensar y a convivir en aras de construir una sociedad mejor. Todos y todas hemos vivido la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, no solo los deportistas que iban a participar en ellos. Todos compartimos la alegría del evento que no solo reparte medallas sino que desarrolla la convivencia y el entendimiento universal a través del deporte.

Habría que avivar el ingenio para que esa Fiesta fuese de interés para todos y para todas, no solo para los que la conciben, diseñan y llevan a cabo. Una Fiesta para todos y para cada uno.

Ya sé que la Fiesta necesita una preparación y que antes de ella están las vacaciones. No necesariamente tendría que hacerse el primer día. Digo esto porque todos podrían participar en su preparación y sentirla suya.

Una vez instaurada, se iría enriqueciendo y adornando año tras año a través de la experiencia acumulada y del intercambio con las iniciativas de los centros y lugares. Bienvenida la Fiesta de Curso Nuevo.  Le veo más sentido que la Fiesta de Año Nuevo porque la primera  trae en sus entrañas un proyecto lleno de aprendizajes nuevos y de relaciones cultivadas.

Hago votos por el nuevo curso que contemplaré feliz y añorante desde mi condición de jubilado. Nadie me podrá arrebatar esta alegría, aunque yo no vaya camino de las aulas. Sí podré aplaudir y vivir con gozo el hecho de que millones de niños y niñas y miles de profesores  y profesoras puedan celebrar la Fiesta de Curso Nuevo. Aplaudiré con entusiasmo y me colmará la alegría.

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Una escuela para la paz

13 Ago

Escribo desde la hermosa ciudad de Pereira (Colombia) donde participo con dos conferencias en el XVII Encuentro Nacional de Docentes Directivos de la Escuela Oficial Colombiana. Lo organiza ASODIC, una Asociación de Directivos que, atenta al momento crucial de pos-conflicto  (algunos prefieren hablar de pos-acuerdo) que vive el país, ha decidido con acierto que el tema central del evento sea “Una escuela para la paz”.

Hay que hacer un mundo en el que quepamos todos y todas, que no sea el jardín de recreo de una pocos a costa del dolor gratuito y de la muerte prematura de los demás.Éxito en este apasionante reto para Colombia. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

Todo el mundo sabe que el gobierno  colombiano está inmerso en un proceso de negociación con la guerrilla que, casi con toda seguridad, acabará con acuerdos definitivos para la abolición de la violencia armada. Mi aliento y mi aplauso. Hay que acabar con el horror. Recuerdo que, hace dos años estuve en la ciudad de Florencia (estado de Caquetá) donde me hablaron, todavía conmocionados, del secuestro de dos equipos de fútbol cuyos jóvenes jugadores aparecieron luego muertos disfrazados de guerrilleros, siendo declarado el hecho como un “falso positivo”. Aterrador. Los docentes cuentan atrocidades casi increíbles. Una directora me contó anoche durante la cena que su marido fue abatido con dieciocho disparos de los paramilitares. Dos hijos pequeños sin padre para siempre. Un infierno. En esta situación, todos acaban siendo víctimas del terror: los violentos que se envilecen, las víctimas que sufren y los testigos que aprenden miedo y dolor. De hecho, la escuela ha sido un testigo mudo del terror. El miedo ha tendido un manto de silencio sobre el conflicto, que no ha podido ser objeto de análisis en el curriculum. Qué decir de los niños y las niñas, atropellados por tanto odio, con los ojos inundados de imágenes horribles y los oídos llenos de historias de muerte.

El Gobierno, decía más arriba, está empeñado en cerrar las negociaciones de paz en las mesas de dialogo que se están celebrando en La Habana. Después de que se alcancen los acuerdos, que parecen inevitables, se celebrará un plebiscito sometiendo a la población el hecho y los contenidos de los acuerdos. No quiero ni pensar en que gane el no. Hay una encarnizada y poderosa  oposición a los acuerdos de paz encabezada por el anterior presidente Álvaro Uribe.

Recuerdo que hace años, cuando el presidente Zapatero inició, previa autorización del Congreso, la negociación con ETA, escribí un artículo que alguien amablemente le entregó, titulado “Adelante, señor Presidente”. Decía allí que ojalá pudiéramos contarle a nuestros hijos y nietos que lo que no consiguieron las armas lo había logrado la palabra, que lo que no se había alcanzado en el campo de batalla se había podido conseguir en la mesa de negociaciones. Decía también que nadie tiene más respeto a la víctimas que aquel que consigue hablar con los verdugos para que no haya ni una sola víctima más. Sin embargo, todos recuerdan las terribles críticas que la oposición dedicó al proceso de negociación que fue abortado por el atentado de Barajas.

Ya sé que se trata de casos distintos. Pero en todos estos procesos de negociación para alcanzar la paz, digo con el poeta: Malditas armas si no son las palabras. Por eso me parece que el momento que vive el país colombiano es de una extraordinaria importancia. Los docentes y los directivos van a tener un protagonismo decisivo en los tiempos de gestión del pos-conflicto (o del pos-acuerdo), en los tiempos de reconstrucción de la paz.

Decía que cada conflicto es diferente. Sus causas, su desarrollo y sus consecuencias. Y sé que el colombiano, que ya lleva desangrando el país más de medio siglo, es uno de los más complejos y virulentos del mundo.  Afortunadamente las conversaciones de La Habana están dando sus frutos y este Encuentro educativo al que asisto es un indicador de la esperanza de reconstruir la paz y acabar con tanto dolor, con tanto odio, con tantos muertos. El reto es formidable.

Sé que la negociación es verdaderamente intrincada porque hay muchas cuestiones entremezcladas de extraordinaria complejidad: la desmovilización de la guerrilla, la entrega de las armas, la reinserción de los guerrilleros en la vida civil y laboral, la redención de los delitos de sangre, la seguridad ciudadana, el respeto a las víctimas, el desarrollo de los acuerdos, la superación del odio…

Uno de los problemas que existe es el relacionado con los conceptos. ¿A qué llamamos paz? Porque la paz no es la simple ausencia de conflictos. En ningún lugar hay más paz que en un cementerio. Allí todo el mundo está en su sitio y nadie molesta a nadie. Pero no tenemos mucha prisa en que instalen allí nuestra morada.

Hay una paz tramposa que es preciso denunciar. Lo decía Galtug, uno de los principales teóricos sobre el tema: “Llamar paz a una situación en que impera la pobreza, la represión o la alineación es una parodia del concepto de paz”.

En versos contundentes lo explicaba Gabriel Celaya: ”Peor que la guerra, ¿qué?/¡La paz, la paz!/ Esa paz que suena a tiro/y que mata sin alarma”.

Hay otra visión empobrecida que es la que asocia la paz a la idea de tranquilidad. Decimos habitualmente cuando alguien nos incordia: “Déjame en paz”. Y cuando alguien muere, escribimos en su lápida: “Descanse en paz”. Parece claro que esa no es verdadera paz. Hay que andar con mucho cuidado con el lenguaje.

La paz no puede consistir solamente en la ausencia de conflictos armados sino que entraña, principalmente, un proceso de progreso, de justicia, de respeto mutuo entre la personas, los grupos y los pueblos. La paz es dinámica, luchadora, inconformista. No podemos hablar de paz mientras haya masacres, genocidios, atentados, sexismo, opresión, ignorancia, hambre, desempleo, trabajo infantil, prostitución, corrupción, abuso de menores, tráfico de órganos, secuestros, discriminación, amargas procesiones de refugiados, personas sin techo, niños y niñas sin educación…

En segundo lugar existe una falsa concepción de la estrategia para alcanzar la paz: no se puede entender que la paz se construya solo en las mesas de las comisiones negociadoras. La paz es una interpelación a cada persona, a cada escuela, a cada familia, a cada grupo humano… Si no  se compromete la ciudadanía, si no participan las personas, si no se siente interpelado cada individuo, no habrá verdadera paz.

En tercer lugar, me parece estupendo que los organizadores del Encuentro hayan puesto el epicentro de las soluciones en la educación. Porque es ahí donde está la clave de la solución de la construcción de una paz justa y verdadera. En la formación de una ciudadanía que sabe de valores, que los respeta y los desarrolla en la sociedad. Una ciudadanía que convierte en su lema de vida estas ideas: justicia, libertad, armonía, equidad, igualdad, dignidad, democracia, solidaridad, compasión, derechos humanos, desarrollo sostenible…Si las guerras nacen en la mente de las personas, es en la mente y en el corazón de las personas donde hay que colocar los baluartes de la paz.

Dice Federico Mayor Zaragoza: “Ganar la paz no significa solamente evitar la confrontación armada sino elaborar, con tesón y prudencia, los instrumentos que permitan erradicar las causas de la violencia individual y colectiva: la injusticia, la opresión, la ignorancia y la miseria, la intolerancia y la discriminación. Para ganar la paz hay que esforzarse por edificar un armazón de valores y de actitudes que modifiquen, a medio y largo plazo, tanto la conducta íntima como la social. Ganar la paz quiere decir consolidar la convivencia democrática en un nuevo empeño de tolerancia y generosidad que es, en última instancia, una tarea de amor”.

Tengo delante de mi el hermoso libro “Educar para la paz” de mi entrañable y ya desaparecido amigo Jesús Jares. Un educador que dedicó la vida a reflexionar y a trabajar por la paz. Ahora leo con emoción la dedicatoria que me hizo de su puño y letra, dedicatoria que me lleva a su amplia sonrisa y a su apasionado corazón de luchador por la paz. Dice en el libro: “La búsqueda de la paz es una tarea inacabada y  seguramente inacabable. Por ello la educación para la paz no es un lujo sino una  necesidad, un derecho-deber del educador”. Y yo añadiría: es un derecho-deber de cada persona.

Creo que es imprescindible que hagamos una transición progresiva de una cultura de guerra a una cultura de paz. Hay que hacer un mundo en el que quepamos todos y todas, que no sea el jardín de recreo de una pocos a costa del dolor  gratuito y de la muerte prematura de los demás. Éxito en este apasionante reto para Colombia. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

La institución optimista

2 Jul

Belén Varela escribió hace unos años un hermoso libro titulado “La rebelión de las moscas” (Edebé). El subtítulo nos pone en la pista de su contenido: Principios, pautas y estrategias para las organizasciones optimistas. No es un libro específico sobre la escuela sino sobre cualquier tipo de organizaciones. Siempre había pensado en el optimismo como una actitud psicológica de las personas, pero no como una característica de las organizaciones. La lectura del libro fue muy sugernete para mí y me llevó a  buscar los elementos que definen a la institución escolar como una organización optimista.

Creo que la escuela es la institución optimista por antonomasia.

Creo que la escuela es la institución optimista por antonomasia. ¿Por qué? Pues porque la tarea que se realiza en ella es de cuño intrínsecamente optimista. Enseñar parte del siguiente presupuesto: los seres humanos pueden aprender, los seres hmanos pueden mejorar. La educabilidad se rompe, dice Merieu, en el momento en que pensamos que el otro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo. Es tan consustancial el optimismo a la educación como mojarse para el que va a nadar. Sin optimismo podemos ser buenos domadores pero no buenos educadores.

La escuela es una organización optimisma, por otros motivos, que pasaré a comentar con la brevedad que me exige esgte espcio.

Por ser la gran mezcladora social: en la escuela trabajan alumnos y alumnas de todos los colores, razas, creencias,  capacidades,  procedencias… A ella acuden blancos y negros, niños y niñas, inmigrantes y autóctonos, ricos y pobres, listos y torpes, obedientes y rebeldes, guapos y feos, sociables e insociables, normales y discpacitados… Estudian en las mismas aulas y conviven en los mismos patios, pasillos y recreos. Aprenden a ser diferentes, a valorar y respetar la diversidad.

El conjunto de alumnos y alumnas, tan diversos afortunadamente, trabajan y conviven bajo la guía de profesionales  que saben lo que se traen entre manos. Digo esto porque también hay diversidad casi infinita de personas en la calle, en el campo de fútbol, en el cine, en un concierto, en un parque… Pero allí no siguen un programa de trabajo expresamente preparado para el aprendizaje y la convivencia.

Por ser  el laboratorio de la ciudadanía: en la escuela se aprende a convivir. No solo se estudian matemáticas, ciencias, lengua y geografía. Existen programas de educacion para la paz, de coeducación, de educación para la convivencia… Y, por otra parte, de forma genérica, aprenden a pensar, a respetar, a compartir, a relacionarse, a cumplir las normas en beneficio de todos.

Y aprenden, en la clase de ética o similares, los principios de la convivencia en paz. En la escuela se hacen personas civilizadas.

Por el carácter colegiado de su acción: la escuela es la unidad funcional de planificación, intervención, innovación, evaluación y mejora. El proyecto de la escuela está concebido y desarrollado por la comunidad educativa. Todos tienen un objetivo común y todo ha de ser realizado bajo la perspectiva colegiada. Ese hecho permite que todos aprendan de todos y que todos syuden a todos. Las actitutdes cooperativas son esenciales para consegujir los objetivos comunes.

Por la edad de susbeneficiarios: no es igual una organización geriátrica que una organziación infantil o juvenil. No es igual un hospital que una escuela. La escuela acoge a niños y jóvenes. Sus beneficiarios están en la edad de la esperanzaa, en la edad de las expectativas, en la etapa del desarrollo que busca el futuro.

Casi todo está sin hacer, casi todo está a la espera del crecimiento. Diré que todo se puede convertir en expectativas.

Por las consecuencias de su actividad: las sementeras de la educación dan cosechas a corto o largo plazo. Cosechas de aprendizaje, de desarrollo, de crecimiento  instelectual y humano. No es fácil imaginarse hoy un mundo sin escuelas.

Las reperrcusiones de la actividad docente se expanden en una sucesión interminable de círculos concéntricos.

Millones y millones de testimonios respaldarían el enunciado de este epígrafe. Son innemerables los testimonio s de quienes valoran de forma posituva la tarea de la escuela. Dice Ruben Alves en “La alegría de enseñar”, un hemoso libro que permitse tocar con la mano la dimensión optimista de la instiutución:  “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”.

Por los fines que la inspiran: la escuela tiene la misisón de formar ciudadanos responsables, críticos, solidarios…

Las escuela tiene la pretensión de que los alumnos aprendan a pensar y a convivir. Son finalidades optimistas.

Por la esencia de la autoridad que la guía: la escuela tiene una autoridad que educa. Quien manda en la escuela ayuda a crecer. Por el contrario, quien silencia, machaca, acalla, desrtruye y desanima, tendá poder, pero no autoridad.

La palabtra autoridad proviene del verbo latino Auctor, augere, que significa hacer crecer. “El perro con el rebaño, dice Belén Varela,  pero el rebaño no le sigue”.

Por ser el dominio de los afectos: recuerdo el título de un precioso libro de Alexander Neiil, creador de la escuela de Summerhill: “Corazones, no solo cabezas en la escuela”. Tiene fecha de 1978. Ya ha llovido desde entocnes. El rítulo sigue encerrando una gran verdad.

La educación es un proceso relacional. Y la relación que salva está sustentada en el amor. Esta profeión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a lo que se enseña.

Por la innovaciones que exige: la escuela es una isntitución qu está forzada a la innovación. No puede instalarse en las rutina. Porque tiene que educar para el futuro. La escuela tiene que preparar a los ciudadanos para un futuro mejor. Y es una institución que aprende, no solo que enseña. Eso expliqué en mi libro (editado en Morata) que lleva por título “La escuela que aprende”.

Por su capacidad para hacer frente a los problemas: las instituciones optimistas se caracterizan por la capoacidad de hacer frente a las dificultades, problemas y retos nuevos que se plantean. Así lo ha demostrado haciendo frente a las nuevas exigencias que la sociedad le ha ido planreando: inmigración, incorporación de nuevas tecnologías de la información y de la comunicción, cambios sucesivos de prescripciones, presiones sociales cargadas de exigencias…

Todo lo dicho no libra a la escuela de sus limitaciones, de sus lacras, de sus defectos. La escuela es una institución heterónoma (la han llamado institución paralítica porque no se puede mover sin prescripcionesw externas), tiene una enorme presión social, es homogeneizadora, jerárquica, está débilmente articulada… Pero creo que alberga en su seno el fermento de la sociedad ya que tiene la misión de cultivar y transmitir conocimiento y de impulsar la solidaridad, la justicia, la libertad y la paz. Hay pocas cosas terrenales más hermosas  y más perdurables que una escuela.

El dogmatismo de lo banal

25 Jun

Una mamá ve que su hija tiene dos hermosas manzanas, una en cada mano. Como en ese momento le apetece comer una manzana, le pregunta a la niña:

–        ¿Me quieres dar una, cariño?

La pequeña reacciona de una manera que a la mamá le sorprende y entristece: da un mordisco a una de las manzanas, saborea el bocado e, inmediatamente, da un mordisco a la otra y repite  el mismo gesto de lento paladeo.

Lo malo de esa acusación es que se produce en nombre de la ética. Es decir, que se pretende denunciar una actitud racista en nombre de la tolerancia cuando, lo que se está haciendo precisamente es un acto agresivo de intolerancia.

La mamá piensa, apenada, que su hija se está comportando de forma insolente, caprichosa y egoísta. No suele comportarse así. Pero se queda asombrada cuando ve que la niña le tiende una de las manzanas diciendo:

–    Toma, mamá, esta es la más dulce.

¿Cuántas veces se producen procesos atributivos de esta índole, radicalmente equivocados, al interpretar el comportamiento del prójimo? Por torpeza, precipitación, error, influencia de estereotipos, intereses larvados o mala voluntad, se pone en la acción del otro una intención  que nunca tuvo.

Los protagonistas tienen las claves del significado de lo que hacen. El proceso explicativo o atributivo que hace el observador, se apoya unas veces en las evidencias más palmarias, otras en meras conjeturas y, las más, en los intereses, deseos, filias y  fobias o, quizás,  maldad del intérprete. Sucede con loss hechos y sucede, no menos veces, con las palabras.

Hemos visto preocupantes hechos de este tipo en la campaña electoral que hoy termina. Se han realizado interpretaciones de hechos y palabras con mala intención, rompiendo las exigencias más elementales de la lógica y de la ética con el claro propósito de hacer daño al adversario político. El caso más escandaloso, a mi juicio, ha sido la acusación de racismo que se ha hecho al candidato socialista Pedro Sánchez a través de un torpe e interesado mecanismo causal entre dos gestos suyos: dar la mano a un niño y a una señora de raza negra y, posteriormente, sacudir una mano contra la otra.

Hay tan poco rigor en la interpretación como mala voluntad. Supongamos que el nexo causal existe. Supongamos que el candidato hubiese dado la mano al niño  y a la señora de raza negra y que después hubiese hecho el gesto de limpiárselas.  ¿Y si las personas negras hubieran tenido las manos sucias o mojadas o pegajosas? A veces los niños –blancos y negros- tienen las manos sucias, o mojadas o pegajosas. Y los adultos. Pedro Sánchez podría haberse limpiado las manos por la suciedad, no por el rechazo racial.

He visto varias veces el vídeo. ¿Por qué ese gesto tiene que asociarse al acto de limpiarse las manos? Para limpiarse se utiliza agua y jabón o se hace uso de papel o de un pañuelo. Si una persona se pasa una mano sobre otra una sola vez, ¿se está limpiando? ¿Se está limpiando qué? Primer nexo gratuito.  Y lo más grave: se limpia para eliminar una suciedad física o psicológica. Suciedad que se asocia a la condición racial de las personas a quienes ha saludado.  Segundo nexo gratuito y malintencionado.

He leído comentarios de una maldad rayana en la vileza. Se han utilizado adjetivos descalificadores sobre el gesto del candidato como “vergonzoso”, “repugnante”, “indecente”. Yo creo que esos adjetivos se los merecen los malintencionados exégetas.

Supongo que los críticos, después de saludar a algunas personas de raza negra no volverán a lavarse las manos nunca. Para que no se entienda que se están limpiando de aquel contacto. ¿Cuántas horas tienen que pasar para que se pueda romper la conexión causa-efecto?

Lo cierto es que se han publicado titulares denunciando el racismo de Pedro Sánchez. Por ese simple hecho, por esa retorcida interpretación. Y lo han hecho sus adversarios políticos de forma pública y reiterada. El vídeo se ha hecho viral. Y ese fenómeno también merece alguna consideración. Vivimos en la cultura de los titulares. Ese enunciado lapidario: “Pedro Sánchez, racista”, se propaga como la pólvora. Y es imposible detener su propagación.

Por lo que he leído, ese gesto es un tic de Pedro Sánchez que repite de forma más o menos inconsciente o mecánica. ¿Es un gesto racista? Si realmente fuera racista el autor, se hubiera abstenido de dar la mano a esas personas. ¿Podría acusársele de xenófobo si repite el gesto después de haber dado la mano a un inmigrante o de misógino si lo hace inmediatamente después de haber dado la mano a una mujer, o de homófobo si sucede después de haber saludado a un homosexual?

El comandante de un vuelo de Santiago de Chile  a Madrid me llamó a la cabina hace unos meses, dada mi condición de viajero preferente de la compañía Iberia.  Conversamos durante unos minutos. Sobre algunas anécdotas de vuelo. Me contó que conocía el caso de tres viajeros de raza negra, hijos de un mandatario africano, que subieron a  primera clase del avión expeliendo un olor tan repugnante que pronto los pasajeros colindantes empezaron a protestar. Avisaron al sobrecargo y este al comandante. Ambos comprobaron que el olor era insoportable. Les exigieron que bajaran del avión. Tuvieron que hacerlo. Inmediatamente ellos pusieron al comandante una denuncia por racismo. El comandante, en las alegaciones que escribió en su defensa, explicó que les había expulsado del avión no por su negritud sino por su pestilencia.  Afortunadamente pudo demostrar  de manera fehaciente que no era una persona racista: estaba casado con una mujer  de raza negra. Como es lógico y justo, lo exculparon de la acusación.

Vuelvo al caso que me ocupa para decir que no todo vale en política. Ni en política ni en ninguna otra parcela de la convivencia humana. Porque este mecanismo atributivo no solo se da en política sino en cualquier tipo de relación interpersonal. Se puede interpretar para entender y se puede interpretar para herir.

Muchos cultivan el dogmatismo de lo banal. No entran en el contenido profundo de las cosas, en la interpretación rigurosa de los hechos Solo  atienden a las apariencias y las utilizan de forma que les sean rentables.

Lo malo de esa acusación es que se produce en nombre de la ética. Es decir, que se pretende denunciar una actitud racista en nombre de la tolerancia cuando, lo que se está haciendo precisamente es un acto  agresivo de intolerancia.

Después de haberse explicado amplia y reiteradamente el aludido, después de haber dicho que los hechos no tenían la explicación que les habían dado, los detractores y detractoras no han tenido la valentía y la honradez de llamarle para pedirle disculpas.

–    Perdón, me equivoqué, deberían haberle dicho.

Y también deberían haberse dirigido a quienes antes lo habían hecho tratando de hacer una descalificación de naturaleza moral tan grave:

–    Tengo que rectificar, fue un craso error.

La ansiedad por denunciar la corrupción y por mostrarse honrados está adquiriendo unos visos  preocupantes. Hay en ese comportamiento tanta hipocresía y tanto cinismo que lleva a la incredulidad. Ya se sabe que ética es aquello de lo que los demás carecen.

En nombre de la ética se está emprendiendo la caza y captura del indecente. Y uno duda, con fundamento,  si la caza obedece al deseo de erradicar la corrupción o al de almacenar más votos con su denuncia. Uno se pregunta por lo que sucedería si lo que diese votos seguros fuese el hecho de ser más corrupto que los demás. ¿Se denunciaría tanto?