Cumplimiento

7 Nov

Uno de los profesores que más me ha influido, siendo yo alumno de la Universidad Complutense, fue el catedrático de Didáctica y Organización Escolar Miguel Fernández Pérez. Él repetía, con la sorna que el asunto requiere, que quienes alardean del mero cumplimiento de las obligaciones docentes, lo que en realidad sostienen es el siguiente lema: yo cumplo y miento.

¿Cuál es la solución? No los incrementos económicos o los descuentos por tarea bien o mal realizada. Este sería un aliciente para los más avaros, no para los más necesitados. Un sistema lleno de trampas. Me preocupa la concepción de escuela que subyace a esas propuestas que hoy están circulando por el sistema educativo como un reguero de pólvora.

Comparto su diagnóstico. Me estoy refiriendo a esos profesionales que aman la ley del mínimo esfuerzo, que miran el reloj con un alarde de precisión para entrar y para salir, que se limitan a cumplir lo establecido, más en letra que en espíritu. Se saben de memoria la ley. Y tratan de no quebrantarla. Ni un poco más, ni un poco menos. Lo estrictamente ordenado. Un cumplimiento sin alma.

No llegan nunca tarde, pero nunca prolongan ni en un segundo el trabajo reglamentado. Si un padre se acerca al Colegio sin haber pedido cita, aunque pueda atenderlo, le dirá que vuelva otro día ya que ha terminado la jornada laboral. Si un alumno formula una cuestión o plantea un problema después de tocar el timbre, prefiere aplazar la contestación al día siguiente. Si se plantea una reunión fuera del horario escolar, alegará cualquier tipo de quehaceres y obligaciones para no asistir.

– Para esto me pagan y esto hago.

Unos dicen que para lo que les pagan bastante hacen y otros que para lo que hacen bastante les pagan. Círculo perverso que hay que romper.

Los devotos del cumplimiento (instalados en la “tristeza cómoda de la mediocridad”) Imparten sus clases, examinan a sus alumnos y manejan el componente de atribución explicando el fracaso de los aprendices por causas que nunca les atañen directamente: los alumnos son torpes, son vagos, están desmotivados, no tienen técnicas de estudio, no están preparados, tienen problemas, están absorbidos por las redes sociales, viven en el seno de familias desaprensivas, están distraídos …

Los argumentos en que basan este planteamiento tan estricto es que nadie te va a pagar el trabajo extra que realices y nadie te va a agradecer el esfuerzo suplementario. También argumentan que no es bueno acostumbrar a superiores y a los súbditos a esa generosidad gratuita. Porque luego se convierte en una obligación.

– Si luego no lo haces, te lo echan en cara, dicen.

Piensan que hacer más de la cuenta se convierte en una trampa, porque luego no encuentras el límite preciso. Como si la costumbre de hacer regalos te convirtiese en un imbécil. “Era tan tonto, tan tonto, que parecía bueno”, lleva por título una obra de teatro que está en las tablas en estos días.

¿Por qué hablar de pasión, de compromiso, de entusiasmo, de generosidad, de alegría en el trabajo? Se trata de conceptos engañosos cuando se pretende cumplir con las obligaciones profesionales.

Tomarse las cosas muy a pecho, llevar trabajo para casa, convertir en preocupaciones lo que han de ser meras ocupaciones, son estrategias equivocadas que acaban llevando al profesional a tener una vida cargada de ansiedad y de estrés.

– Las cosas hay que tomarlas con calma, porque nadie te va a dar un premio por vivir ajetreado.

Esa postura se convierte en críticas irónicas respecto a aquellos profesionales que se dejan el pellejo por hacer que las cosas funciones en la institución. Y dedican dardos afilados a quien tiene otra forma de comportamiento:

– ¿Vas a heredar la escuela?, ¿te van a poner tu nombre a una calle?. ¿te van a hacer un monumento a la entrada?, ¿te van a dar la tiza de otro?…

No les gustan quienes se entregan en cuerpo y alma. Porque les dejan en evidencia. Y les achacan ambición y deseos de sobresalir. Como no ven explicaciones razonables para el esfuerzo de sus colegas, les atribuyen intenciones torcidas:

– Quiere sobresalir, quiere adular a sus jefes, quiere que le llamen para concederle un cargo…

Si la edad de la persona apasionada es corta, el amante del cumplimiento (del cumplo y miento) dirá que ese joven está muy verde, que no se ha enterado y que ya le irá abriendo los ojos la dura realidad. Si la edad es elevada, el adocenado dirá que es tan tonto como cuando era joven y qué parece mentira que, con los años que tiene, no haya aprendido a ejercer la profesión de manera inteligente.

Explica a quien quiera oírle que no hay que regalar horas a la Administración. Si quieren más horas, que las paguen. No piensa que son horas para los niños y las niñas, casi siempre para lo más necesitados de ayuda.

Los amantes del mero cumplimiento son calculadores de extraordinaria precisión. Saben las horas y minutos exactos de su dedicación, conocen al dedillo todos sus compromisos profesionales. Y los cumplen con precisión matemática, pero sin alma.

Donde creo que estos personajes son más cicateros es en la entrega de entusiasmo, de ilusión, de pasión, de afectos. Eso no está prescrito. Eso no tiene contador. Estoy describiendo a los profesores mercenarios, es decir, aquellos que ponen en una balanza las horas estrictas de dedicación y esperan que aparezca en la otra el sueldo correspondiente al final de mes. Horas por dinero, eso es todo.

Puede ser que estos docentes hayan comenzado así su trayectoria. Quizás se encontraron en la profesión por azar o por necesidad, no por decisión elaborada y querida. También puede ser que hayan comenzado de manera entusiasta y apasionada pero que la realidad les haya derribado de manera brusca o paulatina. Contextos adversos, directores tóxicos, dificultades imprevistas, fracasos dolorosos, rutinas desmotivadoras, leyes perversas, burocracia estúpida… Y, al final, el desaliento, el adocenamiento, el mercenariado.

No creo que sean muy felices. O eso supongo. Porque esa forma de vivir la profesión no es gratificante. Es una forma de ganarse la vida, no una forma de ganar la vida de los otros. Es casi imposible que esa actitud que rehúye el esfuerzo, que mata el sentimiento, que destruye la ilusión sea una fuente de alegría. Es triste, no se puede negar. Porque esa actitud cicatera no lleva al abandono de la profesión sino qye obliga a arrastrarla penosamente. Es como matar la alegría a fuerza de pasividad, destruir la ilusión a golpes de pereza, acabar con el optimismo a base de tedio. El problema es que esta profesión no se puede ejercer dignamente sin pasión, sin ese estado enardecido del ánimo que nos hace sentir y disfrutar.

Que nadie piense que estoy describiendo en estas líneas al docente común. (Estimado José Antonio, el diplodocus está muy despierto, como tú mismo reconoces en tantas experiencias de las que hablas en tu tu libro). Estoy hablando (así lo creo) de casos excepcionales. Y lo hago no para desprestigiar al gremio sino para tratar de dignificarlo. Porque esos profesionales no solo se hacen daño a si mismos y a los alumnos y alumnas, se lo hace a la profesión.

¿Cuál es la solución? No los incrementos económicos o los descuentos por tarea bien o mal realizada. Este sería un aliciente para los más avaros, no para los más necesitados. Un sistema lleno de trampas. Me preocupa la concepción de escuela que subyace a esas propuestas que hoy están circulando por el sistema educativo como un reguero de pólvora. La solución está en la buena selección, en la buena formación, en la dignificación de la profesión, en la mejora de las condiciones y (para quienes ya están) en el trabajo en equipo, en el compromiso de toda la comunidad (familias, profesorado, alumnado, directivos, sociedad…) y en una evaluación conducente a la mejora y no a la entrega de premios y castigos.

La edad de la ira

12 Jul

Acabo de leer una novela que había buscado insistentemente (después de escuchar al autor en una entrevista emitida por TVE internacional) y que una buena amiga, con quien intercambio libros como una forma estupenda de diálogo, me regaló amablemente.

En cuanto a la trama, el autor nos tiende, a mi juicio, una pequeña trampa que nace en la misma portada (título e ilustración) y se consolida durante el desarrollo de la investigación ,

Se trata de “La edad de la ira”, una novela escrita por Fernando J. López, profesor de Literatura de Secundaria, escritor y bloguero (imagino que por este orden). La acción se sitúa en un Instituto de Secundaria localizado en Madrid y describe con perspicacia la micropolítica de la institución (relaciones entre los diferentes miembros de la comunidad educativa, conflictos, quehaceres, amores…) mientras un periodista, exalumno de ese centro, busca explicaciones a un terrible asesinato. Se refleja muy bien en la novela la dinámica institucional, el entorno inmediato en el que se halla enclavado el centro y la vida de los adolescentes de hoy con sus crisis, emociones y sueños… En esa coctelera encontramos violencia, acoso cibernético, trapicheos con drogas y videos en youtube con humillaciones diversas. Y, cómo no, la vida de los docentes, sus afanes y sus limitaciones.

La novela es de 2011 y ha visto su edición de bolsillo en 2014. Habla de los adolescentes de hoy. No sé si la adolescencia puede calificarse como la edad de la ira, en su acepción más precisa. Podría ser también la edad de la responsabilidad, de los retos, de la transformación, de la identidad, de los proyectos, de la cristalización sexual… Dejémoslo así. No es un mal título.

Me han gustado de ella varias cosas y no me han gustado otras. Me ha gustado que se explore en el microcosmos que es un centro de enseñanza Secundaria. Se nota que el autor es un docente y que conoce bien el entramado complejo de relaciones que se produce en una institución de este tipo. Me ha gustado, porque yo también soy un docente, leer lo que sucede en patios y clases, lo que siente y dice la Jefa de estudios, el profesor de Literatura, la Orientadora del Centro, la profesora de Inglés, el Director del Instituto, los alumnos y alumnas que estudian en él, los padres y madres de familia… Me ha gustado la trama que va adentrándose en la exploración de los motivos de un asesinato, me ha gustado que se profundice en el diagnóstico de una etapa tan peculiar como la adolescencia, me ha gustado la estrategia narrativa…. Y, sobre todo, el deseo de hacer visible la homosexualidad en la escuela.

Digo esto último porque creo que la novela plantea, de forma certera e insistente, esta cuestión: ¿qué pasa con los homosexuales y las lesbianas (más con los primeros) en las instituciones educativas? Hasta ahora han sido invisibles. Entre los personajes de la novela aparecen tres homosexuales: un profesor, un camarero del bar y un alumno que es el protagonista de la novela.

En el desarrollo de la trama se habla de una manifestación que se organiza para conquistar la visibilidad de la homosexualidad en las escuelas, pero también se habla de su fracaso, dado el escaso apoyo de la dirección y del profesorado a la misma.

Un profesor heterosexual, con apariencia de persona respetable, resulta ser un monstruo que acosa cibernéticamente a las alumnas y acaba con sus huesos en la cárcel, a raíz del suicidio de una estudiante del centro. Es decir, que no coloca la perversidad del lado de la homosexualidad sino en la esfera casi siempre puesta a salvo de la heterosexualidad.

El padre de Marcos, el adolescente protagonista, un hombre de firmes principios (algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones) reacciona así al enterarse de la opción sexual de su hijo: “Su padre decidió que aquello era una enfermedad que había que erradicar”.

En mi libro “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” (Homo Sapiens. Rosario) dedico una de las cartas a un profesor homosexual. Y le digo: “Algunas veces te habrás planteado salir del armario. Lo pensaste mientras se lanzaba aquella campaña que llevaba por lema “Una escuela sin armarios”. Pero pensaste también: ¿Qué voy a ganar con ello? Acaso un poco más de aislamiento y un mucho de rechazo. Todavía siguen vigentes en nuestra cultura muchos resabios de homofobia. Han sido largos los siglos de persecución, de condena, de rechazo y de burla”.

La homosexualidad en la escuela es una cuestión que no digo que esté sin resolver, sino que está sin plantear. Es una cuestión tabú. Está cubierta de silencio y sumida en aguas turbias. Por eso me gustó que, en la valoración gráfica y escrita que hicimos de una experiencia de master en mi Facultad de Educación, un alumno se atreviera a escribir de forma entusiasta: “Profe, soy gay y soy feliz”.

No me ha gustado, por más que pueda tener apoyo en la realidad, la visión negativa que presenta del profesorado. Salvo algunas excepciones, como es el caso de Sonia, la Jefa de Estudios, presenta a los docentes como mercenarios, personas poco comprometidas y con actitudes racistas más que reprobables. Para colmo, esa magnífica profesional que es Sonio tiene que pedir una baja por depresión. Tampoco la dirección queda bien parada. Gerardo, el Director, es una persona turbia, distante, rígida, autoritaria y que carece de las cualidades comunicativas más elementales.

“Esos (dice Raúl, un alumno, refiriéndose a los profesores en tono despectivo) con leernos el libro de texto y repetirnos todos los días lo idiotas y lo incultos que somos ya tienen suficiente. ¿Por qué no te vienes con una grabadora a alguna clase? Alucinarías…”.

Pero no solo muestra una visión negativa del cuerpo de profesores en lo relativo a la docencia. También lo hace en lo relacionado con la educación. Una madre de un alumno inmigrante, dice: “En los cuadernos y en libros de mi hijo Ahmed he visto todo tipo de insultos escritos por algunos de sus compañeros. Insultos ante los que ningún profesor reacciona nunca. Pero lo peor no es que hayan tolerado todo eso fingiendo no verlo, lo peor es que se han cebado con él culpándolo de conflictos en los que era la víctima…”.

Esta madre es aún más dura cuando dice poco después : “Solo estoy diciendo que han convertido a mi hijo en un salvaje. En alguien que no es. Alguien a quien han conducido hasta la violencia más extrema un puñado de racistas que no deberían estar, bajo ningún concepto, trabajando al frente de una clase”.

En cuanto a la trama, el autor nos tiende, a mi juicio, una pequeña trampa que nace en la misma portada (título e ilustración), se consolida durante el desarrollo de la investigación y se cierra en el texto de contraportada cuando dice: “Marcos, un adolescente de clase media, asesina a su padre y deja malherido a uno de sus cuatro (debería decir tres) hermanos”. Espero que el lector pueda encontrarla por si mismo. Digo esto, sin añadir más datos, porque no quiero desvelar el desenlace antes de que el lector abra la primera página. Como hizo aquel acomodador de un cine cuando, para vengarse de la escasa propina que había recibido de un espectador, se acercó a su butaca y le susurró al oído: “el asesino es el sheriff”.

Un obsceno baile de cifras

27 Jul

Resulta vergonzoso ver, en plena crisis, las cifras mareantes que se están barajando por el fichaje de jugadores de fútbol. En el mercado estival, cada año, la prensa deportiva nos ofrece diariamente noticias con números escandalosos. Se tiene uno que frotar los ojos para comprobar que está leyendo bien. 70 millones de euros por Bale, 40 millones de euros por Higuaín, 80 millones de euros por Neymar…

Resulta vergonzoso ver, en plena crisis, las cifras mareantes que se están barajando por el fichaje de jugadores de fútbol.

No hay dinero para generar trabajo, para ayudar a los necesitados, para evitar el hambre, para mejorar la educación, para perfeccionar el sistema sanitario…, pero hay dinero casi ilimitado para fichajes. Ya sé que el fútbol genera dinero y que quien paga sabe que va a recuperarlo con los derechos televisivos y de imagen, con las entradas, con los premios… Ya lo sé. Todo es mercado. Pero en este capítulo se han roto todos los límites… ¿Cómo puede pedirse por el fichaje de un jugador más 100 millones de euros?

He tratado de hacer cálculos con esas cifras, para ver a cuántos mileuristas les salvarían la vida y durante cuánto tiempo. Cuando me puse a hacer números descubrí comparaciones insultantes. No quiero reproducir los cálculos. Son sangrantes.

Y luego vienen los salarios de estos jugadores, que también te dejan con la boca abierta y el corazón arrebatado: 10 millones de euros al año, 8 millones de euros al año, 5 millones de euros al año… ¿Cuánto cobra un jugador cada minuto? Juegue o no, lo haga bien o mal, sienta amor a su equipo o no…

Los mismos jugadores se convierten en mercenarios. Quien más pague, merecerá el esfuerzo y los goles. Si al año siguiente le paga más el equipo rival, por tanto dinero (¡por tanto dinero!), el jugador celebrará con la misma pasión los goles que ahora le endose al equipo anterior. Mercenarios del fútbol. La pasión es el dinero, no los colores.

Los medios de comunicación plantean todo este negocio con un lenguaje envenenado. Parece que son las personas las que tienen precio. Este vale tanto, este vale tanto menos o tanto más.

¿En qué sociedad estamos? ¿Qué valores presiden nuestra vida? Porque no se trata solo de una cuestión económica. Veamos algunas consecuencias de este desvarío, de esta afrenta a las personas que están en verdadera necesidad para poder alimentar a los hijos. En una sociedad mercantil, se valora aquello que tiene un precio alto. Y el precio desorbitado lo tienen quienes practican un deporte cuya esencia es dar patadas a un balón con el pie, no la acción generosa o el trabajo esforzado de las clases, por ejemplo.

Si a un chico se le pregunta como quién quiere ser, es probable que nos diga el nombre de algún futbolista. No dirá, con seguridad, el nombre de su maestro al que ve trabajar concienzudamente cada día por un módico salario.

(Un sacerdote le preguntó a un niño de primera comunión, antes de comenzar la catequesis:

– Hijo, tú quieres ser Cristiano?
Y el niño, cuya filiación azulgrana era muy determinada, contestó.

– No, padre. Yo quiero ser Messi).

La sociedad propone estos modelos por la vía de la seducción. Presenta en la portada de los periódicos la imagen de los futbolistas de éxito sin hablar nunca de todos aquellos que se quedaron en la cuneta porque no tuvieron suerte. Es la cultura del éxito. Ofrecen los relatos de las jugadas de mayor éxito en los programas televisivos, sin mostrar nunca la angustia del jugador que teme fracasar en un partido decisivo ante millones de espectadores. Informan de los fichajes estrella, pero no hablan nunca de la soledad en la que dejan los jugadores a sus familias en sus frecuentes desplazamientos.

La escuela y la familia ofrecen, por el contrario, modelos por la vía de la argumentación. Pero, claro, esa vía no es tan persuasiva, no es tan atractiva, no es tan seductora.

Ruego al lector o lectora que tome un bolígrafo y que ponga una cruz sobre los nombres que conoce de esta lista: Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Iker Casillas, Andrés lniesta y Sergio Ramos. Le ruego que, a continuación, ponga una cruz sobre los nombres conocidos de la siguiente lista: Javier Cercas, Luis Landero, Javier Sádaba, Manuel Rivas y Julio Llamazares.

Me gustaría hacer una estadística con las contestaciones, no solo de quienes leen este artículo, sino de las personas que están en los bares, que compran en los supermercados y que pasean por la calle. Me apuesto lo que sea a que hay más cruces en los nombres de la primera lista que en los de la segunda.

Mientras escribo tengo al lado un sobrino de 11 años. Le he leído las dos listas. Casi se ofende al preguntarle si conoce los cinco nombres de la primera lista. Y se sorprende mucho cuando le digo que los de la segunda lista, de la que no conoce ninguno, son escritores españoles famosos.

– Creí que también eran futbolistas, pero de otros equipos, me dice.

Qué decir de alguna de estas famosas estrellas que alardean públicamente de que nunca han leído un libro o de que les repugna el estudio.

Este fenómeno tiene otra consecuencia nefasta. Las grandes estrellas del fútbol, los ídolos de la era digital, los millonarios de la sociedad son todos varones. Hay fútbol femenino, pero ninguna de las jugadoras alcanza esa fama y cobra esos sueldos. Así se refuerza, de forma imperceptible si se quiere, el sexismo. Son varones los envidiados semidioses de nuestro mundo.

Existe otra vertiente inquietante. Y es el uso del fútbol como adormidera. Mientas se habla de fútbol no se habla de otras cosas. Mientras la gente sueña con los éxitos del fútbol no tiene en cuenta las situación dramática que atraviesa. Pan y circo. Bueno, en este caso, solo circo. Nos ha pasado en España. El hecho de ser campeones mundiales en Sudáfrica y de haber conquistado dos eurocopas consecutivas nos ha hecho pensar que no estamos tan mal como se dice o como se piensa. Triste consuelo.

Y en esta cuestión los varones tenemos una especial responsabilidad. Se diría que el fútbol está en los genes. No sé dónde vi una viñeta en la que está un marido ante el televisor en el momento de iniciarse el primer partido de un Campeonato Mundial de Fútbol. Con tono enfático le dice a su mujer, antes de pulsar la tecla del mando:

– Si tienes algo que decir, hazlo antes de que comience la competición, éste es el último momento para escucharte.

La cuestión fundamental es cómo se soluciona este asunto, no lamentar que exista. La clave es saber, querer y poder deshacer esta madeja que cada vez se enmaraña más. Cada año se disparan las cantidades como si el mundo del fútbol perteneciese a otra galaxia. Aquí no hay crisis. Aquí no hay restricciones. El fútbol es un valor en alza.

Tiene que haber voluntad política para modificar el statu quo. Y tiene que haber también voluntad ciudadana. Hay muchas personas que pagan 100 euros por una entrada a un partido de fútbol pero que no se gastarían 20 euros en comprar un libro. Hay quien se compra una camiseta carísima de un jugador famoso pero que no pagaría 10 euros de cuota para la Asociación de Padres y Madres del Colegio de sus hijos. Y después nos quejamos de cómo van las cosas.

A mis estudiantes de Magisterio

4 Ago

En junio de 2011 despedí a mis alumnos y alumnas de segundo curso de magisterio con un documento especial. Era probablemente mi último curso impartido a futuros maestros y maestras ya que, aunque me parezca increíble, estoy a las puertas de la jubilación. Cada año, al terminar el curso, me despedía de mis estudiantes con un regalo: una carta, un poema, un cuento, un artículo… Ese año, por ser el último, quise dejarles algunas sugerencias para su futuro profesional.

Hay que poner el corazón.

Ahora voy a compartirlas con mis lectores y lectoras, entre los que sé que hay algunos y algunas docentes. Creo que se trata de sugerencias que valen para todos, no solo para noveles. Este es el documento.

“En esta despedida de curso quiero dejaros por escrito algunas ideas que he repetido varias veces en las clases, con el deseo y la esperanza de que os sean útiles en el desempeño de la hermosa y decisiva tarea que vais a realizar.

1. SI NO PODEÍS HACER LO QUE AMÁIS, SÍ PODÉIS AMAR LO QUE HACÉIS. Hay que poner el corazón. No siempre se hace lo que se desea hacer, pero siempre se puede afrontar el trabajo con entusiasmo. Poned alma en la tarea. Vividla apasionadamente. Seréis más felices y vuestros alumnos y alumnas lo agradecerán. Los maestros y maestras aumentan su autoridad a través del amor a lo que enseñan y del amor a quienes enseñan.
2. TODO HABLA EN LA ESCUELA. Prestad oídos. Escuchad. Mantened los ojos abiertos. Tened abierta la mente para poder comprender lo que dicen las cosas y lo que sienten las personas. Aprended de forma constante. Tenéis que ser aprendices crónicos. Ser profesor es desarrollar el oficio de aprender.
3. NO OLVIDÉIS QUE FORMÁIS PARTE DE UNA COMUNIDAD EDUCATIVA. En esa comunidad están las familias. Sin ellas es imposible hacerlo bien. Lo importante es el proyecto de la escuela. El trabajo que se hace en una institución no es el sumatorio de clases particulares que se imparten en las aulas. No hay niño que se resista a diez profesores/as que estén de acuerdo.
4. ENSEÑAD A CONVIVIR. No os limitéis a transmitir conocimientos. Procurad enseñar valores. Porque no hay conocimiento útil si no nos hace mejores personas. Fueron médicos bien preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio, los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial.
5. SED UN EJEMPLO CONSTANTE. Porque el ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos. Enseñamos como somos, no como decimos que tienen que ser. No hay horma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo.
6. LEED INCESANTEMENTE. Con ganas. Con avidez. Pensad que la lectura es un placer, no un castigo. Pensad que el conocimiento avanza sin cesar y que es necesario estar al día. No se hace una persona competente de una vez para siempre. Las personas inteligentes aprenden siempre. Este es un buen lema: Todavía estoy aprendiendo.
7. ESCRIBID Y PUBLICAD. Cuando escribimos, el pensamiento errático y caótico que tenemos sobre la práctica tiene que ser ordenado y estructurado. Si, además, publicáis, otros profesionales podrán beneficiarse e vuestras iniciativas. Es muy importante compartir.
8. ARRIMAOS A QUIENES SE ESFUERZAN Y DESEAN MEJORAR. No os agrupéis con los mercenarios, con quienes no se esfuerzan, con quienes siguen la ley del mínimo esfuerzo. No forméis grupos con quienes solo critican, con quienes siempre están descontentos.
9. APRENDED DE LOS ERRORES. Vais a cometer errores. vais a tener equivocaciones, pero existe un arte en la vida que consiste en manejar adecuadamente dos signos menos para formar un signo más.
10. QUE LA EXPERIENCIA OS HAGA MEJORES. Ojalá que, a medida que vayáis cumpliendo años en la enseñanza, vayáis haciéndoos más humildes, más sabios, más optimistas y más felices. La experiencia os va a dar años, pero no os va a dar, automáticamente, sabiduría.
11. INNOVAD CON CRITERIO. No os entreguéis a la rutina, que es el cáncer de las instituciones y de las personas que trabajan en ellas. Si os hacéis funcionarios, pensad que ese es el comienzo, no el final del esfuerzo.
12. NO OS DESALENTÉIS ANTE LOS FRACASOS. Habrá fallos, pero podéis aprender de ellos, os podéis fortalecer al superar el desaliento que provocan. Así podéis evitar otros fallos que estarán al acecho.
13. HACED AUTOCRÍTICA. De lo contrario estaréis condenados a mantener vuestras rutinas, a repetir vuestros fallos. Estad abiertos a la crítica, humildemente. La que os puedan hacer los colegas, los alumnos y alumnas, las familias.
14. PRESTAD UN ESPECIAL CUIDADO A LOS MÁS NECESITADOS/AS. Son quienes más precisan de vuestra ayuda, de vuestro afecto, de vuestro trabajo. Echad una mano a quienes van retrasados, comprended a quienes sufren alguna discapacidad. Ofreced un suplemento de afecto a quienes no se sienten queridos. Y si, como es probable, llegáis a una escuela rural, integraos en la comunidad.
15. SED POSITIVOS Y OPIMISTAS. Esta tarea es intrínsecamente optimista. Sin optimismo podéis ser buenos domadores, pero no buenos educadores.
16. NO OLVIDÉIS ESTA CONSIGNA: QUE TU ESCUELA SEA MEJOR PORQUE TÚ ESTÁS TRABAJANDO EN ELLA. Ojalá que se note positivamente que estáis ahí, con ilusión, con trabajo, con ideas. Ojalá que las familias y los alumnos se froten las manos de alegría cuando se enteren de que sois vosotros quienes les vais a dar clase.

Os deseo lo mejor en vuestra experiencia. Que, a través de ella, seáis felices y ayudéis a que las personas sean mejores y a que la sociedad sea más justa y más hermosa. Con afecto”.

Sólo añado ahora algo que me preocupa mucho: el derrotero que seguirán quienes llegan por primera vez a la escuela con enorme ilusión, con total entrega. ¿Qué será de ellos y de ellas? ¿Les arrastrará la vida a la desilusión, a la tristeza y al pesimismo? ¿O serán capaces de insuflar en sus comunidades un nuevo soplo de ilusión, de creatividad y de amor? Hago votos por lo segundo. Porque la vida es una obra de teatro que no admite ensayos.

La fagocitosis del innovador

22 Oct

La micropolítica de las organizaciones escolares va configurando posiciones y relaciones de los diferentes miembros de la comunidad a lo largo del tiempo. No todos desempeñan el mismo papel.

He descrito la friolera de 25 cuchillos que usan los B para matar a los A.

Simplificando las cosas voy a referirme a un tipo de profesores y profesoras que llamaré tipo A. Son personas comprometidas con la institución, que buscan de forma permanente y esforzada su mejora. Otro tipo, al que llamaré B, no se preocupa excesivamente de mejorar las cosas. Son profesionales del cumplimiento: es decir, del cumplo y miento. Son mercenarios que se ocupan de poner la mano al final del mes, aunque no hayan puesto pasión en la tarea ni les haya importando un comino la suerte que corran sus alumnos/as. Obedecen a una ley: “pudiendo no hacer nada, ¿por qué motivo tengo que hacer algo?”.

Cuando un profesor tipo A, le propone a otro, tipo B, emprender un proyecto para la mejora de la institución, es probable que el B se sienta interpelado y vea puesta en evidencia su desgana y su desaliento. Por eso es fácil que reaccione no sumándose a la causa ni argumentando con rigor sobre la inutilidad de la propuesta sino destruyendo a quien la hace. Muerto el perro, se acabó la rabia. Es decir que, descalificando a quien quiere hacer algo, desmantela también lo que el innovador o innovadora deseaba hacer.

He descrito la friolera de 25 cuchillos que usan los B para matar a los A. Me referiré solamente a seis.

Uno de los cuchillos es el siguiente: “no hagas caso al A, que tiene problemas afectivos. No es que no que quiera estar mucho tiempo en el Colegio, es que no quiere ir a casa. Porque se está separando, porque no tiene hijos, porque vive solo…”. Es decir que, como es un tarado, hará propuestas que estarán también taradas.

Otro cuchillo es de la marca “¿qué es lo que vas a salir ganando?”. Como no ve motivos claros (lo van a pagar, lo van a certificar, va a servir para ascender…) le atribuye al A intenciones torcidas: “con tal de sobresalir es capaz de trabajar más, es un adulador de la dirección, es un trepa…”.

Un tercer cuchillo es de la armería del etiquetado. La puñalada consiste en colgar una etiqueta del cuello de quien hace la propuesta: ”no le hagas caso, es de Izquierda Unida, es de UGT es…”. El caso es que esa etiqueta tenga un efecto negativo.

Hay un cuchillo de doble filo que se identifica por la edad. Si quien hace la propuesta es un jovencito (si es una jovencita, la ironía suele ser mayor), el interpelado dice: “¿cuántos años tienes, hijo? Hace falta savia nueva…”. Me preocupa más el cuchillo que representa a la edad adulta. Cuando un veterano tipo A le propone a un joven, tipo B, embarcarse en un proyecto comprometido y el joven dice: “este señor no ha entendido nada, está muy verde, con la edad que tiene se diría que no ha madurado…”.

El quinto cuchillo se refiere a la ironía: “qué, dice el B, ¿te van a hacer un monumento?, ¿vas a heredar la escuela?, ¿te van a hacer un homenaje?, ¿te van a dar la tiza de oro (expresión muy utilizada en Argentina)?…”.

Y finalmente, haré alusión a la invocación de la experiencia con ánimo destructivo. “Eso ya lo intentamos el año pasado y no valió para nada. Bueno, peor que eso, desencadenó un conflicto tremendo. Mejor no hacer nada”.

Ya sé que estoy simplificando. Probablemente no haya personajes que se puedan catalogar de forma tan dicotómica. Quizá en una mañana una persona pueda pasar de A a B y de B a A tres veces. Por otra parte, están por las instituciones otros personajes: el C, el D, el E… Y siempre se plantea la pregunta: ¿quién nos sirve de modelo? El riesgo es responderse que el modelo es el B porque no está tarado, no es un joven iluso, no es de Izquierda Unida, no quiere que le hagan un monumento y ha aprendido de las experiencias anteriores… Si además el Director/a es un B´ y el inspector/a un B´´, el A lo tiene muy difícil.

Le pasa al A que no sólo que no le felicitan por lo que hace ni le agradecen los esfuerzos. Le castigan de muchas formas por su compromiso. Le pasa al A lo que le pasó a aquel soldado del que cuentan que cavó una trinchera tan profunda, tan profunda, que le declararon desertor. De modo que la tentación del A es dejar de serlo. Así de claro, porque si deja de ser generoso y entusiasta será menos feliz.

Hay unos chalecos y pantalones que protegen contra las cuchilladas. Se fabrican con la profesionalidad entusiasta. Y, si alguna se recibe, los mejores docentes y los amigos tienen unas pócimas eficaces para la curación. Se elaboran con solidaridad y buen ejemplo.

José María Cabodevilla contaba que en una oficina de Correos un cartero vio una carta con una dirección sorprendente: San Antonio de Padua. El Cielo. Abren la carta y se encuentran con la petición de un parado que le pide a San Antonio la cantidad de 100 euros porque tiene un hijo enfermo y, con la crisis, no dispone de dinero. El cartero propone que ponga algo cada uno. Juntan 80 euros y se los mandan. Semanas después llega a la oficina de Correos otra carta con la misma dirección. La abren. Es aquel obrero que da a las gracias a San Antonio y le pide que, cuando mande otra vez dinero a sus devotos, no se le ocurra hacerlo a través de las oficinas de correos porque los muy ladrones le han robado veinte euros de los que él le mandó. Los carteros se han quedado sin dinero y se han ganado un insulto. Su tentación consiste en dejar de ser generosos.

He leído en la última novela de Katherine Pancol “Las ardillas de Central Park están tristes los lunes” (que da continuidad a “Los ojos amarillos de los cocodrilos” y “El vals lento de las tortugas”) este pensamiento sobrecogedor que ella sitúa en la Francia del siglo XII: “Dios creó a los profesores y Satán a los colegas”.

Creo que es bueno ser A y jubilarse de A. Porque se es más feliz. Algunos me preguntan, qué es lo que se puede hacer con los B. Siempre digo que hay que invitarles a la fiesta de los A. Porque los A lo pasan mejor. Y si no se dejan invitar siempre se puede hacer con ellos lo que decía Voltaire: “No hay mayor venganza sobre nuestros enemigos que la de que nos vean felices”.