El desafío de la complejidad

25 Mar

Para entender de forma cabal el fenómeno educativo es preciso pasar de un paradigma asentado en la simplicidad a otro que se fundamente en la complejidad. Dice Edgar Morin que tenemos que enfrentarnos, de manera inevitable, a los desafíos de la complejidad: “El conocimiento pertinente debe enfrentar la complejidad. Complexus significa lo que está tejido junto; en efecto, hay complejidad cuando son inseparables los elementos diferentes que constituyen un todo (como el sociológico, el afectivo, el mitológico) y existe un tejido independiente, interactivo e inter-retroactivo entre el objeto de conocimiento y su contexto, las partes y el todo, el todo y las partes, las partes entre ellas”.

Otra razón es pensar que la enseñanza causa el aprendizaje de forma automática. No es cierto. Para que se produzcan aprendizajes significativos y relevantes hace falta que los nuevos saberes tengan una lógica interna y, además, que conecten con los aprendizajes previamente adquiridos. Y, por supuesto una disposición emocional hacia el aprendizaje.

Me pregunto por qué diablos se piensa que la tarea de enseñar es sencilla. La perspectiva simplista está compartida por muchos políticos, por familiares que tienen a sus hijos en la escuela, por ciudadanos de a pie e, incluso, por los propios docentes. Algunos desprecian de forma torpe y ridícula la atención a la diversidad, la creatividad, la motivación, la participación y hasta la misma pedagogía. Son partidarios de la clase magistral, del contenido puro y duro, de la jerarquía autoritaria, del palo y tente tieso. Y el que no aprenda, que arree. Qué simplismo.

Agruparé algunas razones bajo sus respectivos epígrafes, aunque sé que existen muchas más que el espacio no me permite ni siquiera citar.

La naturaleza de la tarea educativa: La tarea de educar es radicalmente paradójica. Lo que dicen los alumnos y alumnas a sus profesores y profesoras es: “Ayúdame a hacerlo solo”. Es decir, que ellos tienen que aprender a pensar por sí mismos, a decidir por sí mismos, a aprender por sí mismos.

Holderlin dice que los “educadores forman a su educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose”. Es más fácil anegar la tierra que separarse para que la tierra emerja. La metáfora pone de manifiesto la necesidad de enseñar a que los alumnos lleguen a ser aprendices crónicos y autónomos.

La tarea que realiza el profesor es de naturaleza problemática. En educación no sucede que si A, entonces B. Lo que realmente sucede es que si A, entonces B, quizás.

La naturaleza de la enseñanza es problemática porque el acto de apropiación intelectual es complejo y está integrado por un sinnúmero de variables inasibles. Tradicionalmente se ha puesto el foco de análisis en la enseñanza cuando debería situarse en el aprendizaje. De lo contrario haríamos válida aquella exclamación del comerciante: “Yo vendo, pero no compran”.

Los “materiales” de la educación: Los “materiales” con los que trabaja el educador son enormemente complejos: capacidades,  sentimientos, ideas, motivaciones, voluntad, expectativas, actitudes, valores… En cualquier otra profesión se considera buen profesional al que sabe manipular bien los materiales, pero en ésta el mejor profesional es el que más pronto y mejor los libera.

Los “materials” que trabaja cualquier profesional (arquitectos, químicos, veterinarios, banqueros…) son más sencillos que aquellos que maneja el profesor. Porque obedecen a leyes.

Todos esos “materiales” están conectados entre sí y se relacionan de manera diferente en cada persona. Son “materiales” de difícil conocimiento y de compleja manipulación.

La diversidad infinita del alumnado: Las personas tenemos diferencias en numerosos ámbitos de la configuración personal. Cada una nos define en interacción dinámica y evolutiva con las otras. ¿Alguien ha visto a dos personas idénticas? Ni siquiera los gemelos homocigóticos, pasados unos días de vida, reaccionan igual ante los mismos estímulos. Atender la diversidad es una exigencia tan importante como compleja.

Los ámbitos que marcan la diferencia entre las personas son múltiples, por no decir infinitos. Todos ellos tienen importancia en uno u otro sentido.

Las circunstanias adversas: La educación no se realiza en la estratosfera, en una campana de cristal, en un lugar vacío. Se desarrolla en un contexto que hoy es adverso a los principios esenciales de la educación. La cultura neoliberal gira sobre ejes que contradicen los principios auténticamente educativos: individualismo, competitividad, obsesión por los resultados, relativismo moral, olvido de los desfavorecidos, capitalismo salvaje, imperio de las leyes del mercado, hipertrofia de la imagen, reificación del conocimiento… Los alumnos y las alumnas tienen importantes distractores para realizar el aprendizaje: medios de comunoicación quees ofrecen modelos por la vía de la seducción frente a los modelos que ofrece la escuela por la vía de la argumentación.

El contexto institucional es también adverso hoy en día. Han emperorado las condicions laborales del profesorado, se han reducido sus sueldos, han aumentado sus horas de trabajo, ha aumentado el número y la poblmática del alumnado en las aulas, cada vez hay más presión social…

Todo ello hace que la tarea docente sea de una gran complejidad. Para ser un buen docente hay que saber, saber hacer y saber ser. Nada fácil.

La tarea de los docentes: Una de las razones en que se basa la concepción simplista es pensar que quien se dedica a esta tarea “nace y no se hace”. Es decir que para ser buen docente hace falta vocación, pero no formación, hace falta haber nacido, no haberse preparado. No se piensa lo mismo de otras profesiones, como la medicina o la arquitectura. Basta ver los tiempos de preparación que se exigen para su ejercicio. Para ser veterinario se necesitan  más tiempo de preparación que para ser docente. ¿Es más sencillo lo que hace el maestro? ¿Es menos importante?

Hace tiempo leí una novela de Muriel Barbery titulada “La elegancia del erizo”. En ella se hace referencia a esa generalizada opinión que viene a decir que quien no vale para otra cosa vale para ser docente. Dice en una de las primeras páginas:  “El que sabe hacer algo, lo hace; el que no sabe, enseña; el que no sabe enseñar, enseña a los que enseñan y el que no sabe enseñar a los que enseñan se mete en  política”.

Otra razón es pensar que la enseñanza causa el aprendizaje de forma automática. No es cierto. Para que se produzcan aprendizajes significativos y relevantes hace falta que los nuevos saberes tengan una lógica interna y, además, que conecten con los aprendizajes previamente adquiridos. Y, por supuesto una disposición emocional hacia el aprendizaje. ¿Es fácil conseguir esa disposición? ¿Es fácil despertar el deseo de saber? ¿Es fácil enseñar que sólo es útil el conocimiento que nos hace mejores personas?

Una tercera es creer que para enseñar basta tener conocimientos sobre una determinada materia. Está claro que una cosa es saber y otra saber enseñar, que una cosa es tener conocimientos y otra despertar el deseo de que otros los adquieran.

Una cuarta, dentro de este epígrafe, es el hecho de que el docente realiza  su tarea de forma colegiada. Su trabajo exige coordinción permanente. Es más sencillo el trabajo del francotirador, que actúa en solitario.

La complejidad es todo es un desafío. Y más en una situación tan cr No es tan sencillolros,  etente Castillo.estra influencia es tan grande que nos considera capaces de destruir en ERspaña etenteítica. Lean, para comprobarlo, el libro que acaba de publicar Mariano Fernández Enguita, “La educación en la encrucijada”.

Déjame que te cuente

19 Mar

Los organizadores de las IX  Jornadas d´Educació Infantil de Menorca  tuvieron la gentileza de invitarnos a mi hija Carla y a mí a impartir, al alimón, la conferencia de Clausura de las mismas el pasado sábado día 12 de marzo, en la ciudad de Mahón.

Lo primero que hicimos fue plantear, de forma sucinta, los ejes de la narración: cinco tomos en los que se recogen las relatos que voy haciendo, a pie quebrado libre y a página por relato, desde su nacimiento hasta la fecha.

Las Jornadas tenían por título “Hi havia una vegada…”, algo así como “Había una vez…”, “Érase que se era…” y se centraban en el estudio de la narrativa. En el programa había enfoques teóricos y experiencias prácticas de diverso tipo, individuales y colectivas.

ºswMe presentaron. Carla se presentó e iniciamos la exposición. Lo primero que hicimos fue plantear, de forma sucinta,  los ejes de la narración: cinco tomos en los que se recogen las relatos que voy haciendo, a pie quebrado libre y a página por relato,  desde su nacimiento hasta la fecha.

Escribo en el libro sin borrador previo, a mano, sin tachadura alguna. No. todos los días, claro., aunque le llame diario. Y, por el contrario, algún día puedo escribir varios textos. Carla contó que, algunas veces, me sugiere que incorpore alguna anécdota que acaba de suceder:

– Papá, esto lo tienes que escribir en mi libro.

Se me preguntará por qué escribo el diario a pie quebrado libre, sin  utilizar ningún tipo de métrica. Ya lo hice así cuando escribí “Yo te educo, tú me educas”, libro traducido al portugués con el título “Uma pedagogia da libertaçao. Crónica sentimental de uma experiência”. Es la narración de mi primer año como Director de un Colegio en Madrid. La única respuesta que tengo a esta pregunta es decir que los sentimientos y el pensamiento me fluyen así, que me sale así, que es así como espontáneamente me expreso en esos casos.

Comentamos cuáles eran los ingredientes y las finalidades de esas narraciones: Pretenden ser una biografía sentimental para Carla en la que encuentre explicada y vivida toda su infancia: fechas especiales, caída de dientes, cumpleaños, fiestas, viajes, enfermedades, expresiones… Hay mucho humor y mucho ingenio en las páginas ya que son fruto de la espontaneidad de una niña que  crece felizmente…

En las páginas de estos libros (como objetos son preciosos y distintos) voy pegando fotos, billetes de avión, entradas a museos, invitaciones de cumpleaños, dibujos de Carla… Pero lo más importante es el texto.

Pensé en hacer una exposición aglutinada sobre ejes temáticos: lenguaje, escuela, viajes, fiestas, cumpleaños, familias, animales… Y luego me decidí por utilizar un orden cronológico que permitiera ver más claramente la  evolución psicológica…

Las historias sobre lenguaje son siempre sugerentes: Carla dice, por ejemplo,  que no endulza más el cola-cao porque se va a poner “azucaroso”; mientras muevo la mecedora, me dice que soy el mejor “mecerista” del mundo; expresa el deseo de yo me muera de “viejedad”;  le dice a su madre que prefiere que se ponga sentimental y no “argumental”; en una Primera Comunión habla de la “comunionera”…  Los relatos de animales son siempre entrañables: dice que su perrita Miluca es muy andaluza porque come pan con aceite, les habla en inglés a unos caballos irlandeses “porque no son españoles”…

De los 720 textos escritos elegimos  45, dos, tres o cuatro por año, de 2005 a 2016. Carla y yo fuimos alternando la lectura con pequeños comentarios y algunas proyecciones sobre pantalla.

Luego hicimos referencia a ocho textos especiales (no cronológicos), ocho relatos de  relevancia  singular por un motivo  u otro.  Haré mención a tres de ellos. El primero se refiere a la historia que inventamos para quitarle el chupete. El relato se titula El hada de los chupetes.  Anunciamos en días previos que iba a venir el Hada de los Chupetes a pedir que se lo entregara. Hinchamos varios globos con helio en el jardín, atamos al extremo del manojo sus chupetes y ella soltó el manojo que se perdió en el cielo. El Hada de los chupetes lo recogería allí.  Como recompensa a esa generosidad, el Hada dejó sobre su cama un hermoso patinete. No hubo más problema que su pregunta al acostarse:

-¿Mi chupete?

– Se lo has regalado al Hada, ¿recuerdas? ¿Quieres devolverle el patinete?

– No, eso no.

Una médica de familia, amiga nuestra, tiene en la puerta de su consulta el texto “El Hada de los chupetes”, que  fue publicado hace años en este mismo espacio. Ella lo ofrece como una estrategia para que los niños y las niñas abandonen sus chupetes con facilidad y con un poquito de magia.

El segundo relato se refiere a la carta que le escribe a Carla un grupo de profesores chilenos. Había iniciado el viaje (ella tenia siete años) con una severa admonición:

– Papá, tus viajes me van a arruinar la vida.

Se lo conté en una comida a mis colegas chilenos y alguien decidió escribir una carta a Carla en la que le pide que les deje compartir el corazón y la sabiduría de su papá ya que – dicen- va a repartirles el polvillo de hadas que se les ha perdido y que necesitan para dar las clases. Una hermosa carta que conservo con cariño.  Carla les contesta:

–        He visto que mi papá es importante para vosotros, pero es más importante para mí. Por eso la próxima vez irá dos días pero no ocho.

El tercer relato es una pequeña historia sobre la que el pedagogo y dibujante Francesco Tonucci (FRATO) ha hecho y publicado una simpática viñeta. Cuando Carla tenía cinco años, camino del cole, me dijo:

–           Papá, yo no quiero tener las tetas grandes.

.      ¿Por  qué,  Carla?

–           Porque se da peor la voltereta.

Terminó nuestra exposición entre aplausos, que agradecimos, emocionados.

Quiero cerrar el artículo con algunas breves reflexiones sobre la importancia de la narración.

–            En este tipo de relatos, tiene importancia plasmar los sentimientos y no quedarse solamente en la descripción aséptica de lo hechos.

– Es interesante que los hijos y alumnos nos vean escribir, porque los niños que ven a sus padres y maestros escribiendo, verán la escritura como algo importante y se sentirán invitados a imitarlos.

–        Hay que amar la escritura, hay que disfrutar escribiendo. Escribo para ella, pero también escribo para mí. Escribo dialogando con ella. Me la imagino muchas veces, ya de adulta, rememorando su infancia a través del tamiz de mis sentimientos.

– Finalmente, este tipo de historias puede escribirse respecto a los hijos, a la pareja, a los alumnos, a los amigos, a los compañeros… En definitiva, respecto a las vivencias que tenemos con otras personas. Hay que poner la vida por escrito. Hay que invitar a escribir. Porque a escribir se aprende escribiendo.

¿Para qué saber tanto?

20 Feb

Nos está abrumando la corrupción. Nos está  destruyendo como pueblo. Está generando un clima perverso de desconfianza y de malos ejemplos. Es como si el que no se aprovechase (en la escala correspondiente) de la situación de beneficiarse ilegalmente fuese un imbécil.

El juez le entrega un cheque de cinco mil dólares a Alan y dice: ahora estáis a la par, por lo que en este caso voy a decidir con ecuanimidad.

No voy a decir nada sobre esa tremenda competición que se establece entre los partidos políticos: cuál tiene más número de implicados, imputados y condenados, qué casos tienen más gravedad, si el de los unos o el de los otros, qué tipo de responsabilidad institucional existe en los de un color y otro… Lo que se ha dado en llamar el “y tú más”. No voy a ir por ahí. Recuerde el lector aquella vieja definición de ética: “ética es aquello de lo que los demás carecen”.

Quiero plantear hoy una cuestión que afecta a todos los casos. Y es la siguiente: cómo y por qué se pone  el conocimiento al servicio del enriquecimiento ilícito, del engaño a los otros, del abuso de poder para propio beneficio, del imperio del mal…

No digo que cuanto más se sepa, haya más corrupción. Digo que hay mayores posibilidades de que la haya si uno no tiene en cuenta la esfera de los valores, si uno no se pregunta para qué ha de servir el conocimiento…

Y esa idea tiene un rizo que la hace todavía más inquietante. El que sabe hacer esas fechorías, suele saber también cómo ocultarlas, cómo conseguir que nadie las descubra. Lo cual lleva a una desconfianza enorme: ¿qué, cuánto y desde cuándo hay corrupción escondida? Porque muchos de esos casos los destapa un delator, un denunciante, un traidor… Y, ¿cuando no lo hay?

Las operaciones que han llevado a cabo los Rato, los Pujol, los Urdangarín, los Bárcenas, los Roca… no las puede poner en marcha un analfabeto.  Esos delincuentes saben más, han estudiado más, han ido a la Universidad, son más cultos, son más listos que la mayoría de quienes les rodean…  Pero en su propio interés. Utilizan el saber para engañar a quienes saben menos, a quienes no ven más allá, a quienes son más confiados,  más ingenuos, más honestos.

Lo cual me lleva al peliagudo tema de qué es la educación. Saber mucho no es estar bien educado. Tener mucha información no es sinónimo de ética en el comportamiento.

Voy a poner tres ejemplos que encontré hace tiempo en un libro que he citado varias veces y que me parece un compendio de sabiduría: “Platón y un ornitorrinco entraron en un bar”, del que son autores los filósofos alemanes Thomas McCathcart y Daniel Klein (Editorial Planeta).

Un hombre gana 100.000 dólares (respeto la moneda que los autores utilizan en su relato) en Las Vegas y, como no quiere que lo sepa nadie, se los lleva a casa y los entierra en el patio. Al día siguiente regresa y se encuentra un agujero vacío donde había colocado el dinero. Ve huellas que se dirigen a la casa de al lado donde vive un sordomudo. Decide pedirle a un profesor que vive en la misma calle y conoce el lenguaje de signos que le acompañe a hablar con el vecino. El hombre empuña la pistola y él y el profesor llaman a la puerta del vecino.

Cuando el vecino contesta el hombre agita la pistola ante su cara y le dice al profesor:

–        Dile a este tipo que, si no me devuelve mis cien dólares, le pego un tiro aquí mismo.

El profesor le transmite el mensaje al vecino, quien responde que ha escondido el dinero en su jardín, bajo un cerezo.

El profesor le transmite el mensaje al vecino, quien responde que ha escondido el dinero en su jardín, al lado del cerezo.

El profesor se vuelve hacia el hombre y le dice:

–        Se niega a decirlo, die que antes muerto.

El profesor usa el saber para engañar al prójimo y quedarse con el dinero. El conocimiento que tiene le sirve  no para ayudar sino para extorsionar. Conocer el lenguaje de signos le ha servido para enriquecerse a costa del que no lo conoce.

¿Cuál es entonces el papel del conocimiento? ¿Para qué sirve?, ¿para qué ha de servir?,  ¿al servicio de quién se pone?  Estas cuestiones me llevan a preguntarme por el papel de la educación. ¿Consiste solo en trasmitir conocimientos, en ayudar a buscarlos, en saber  dominarlos y aplicarlos con soltura y eficacia? ¿No es cierto que hay que cultivar esa segunda dimensión que tiene relación con la ética y que se pregunta por el destino de los mismos, por la finalidad de  su adquisición?

Mientras más sepas, vivirás mejor, les dicen los padres a sus hijos y a sus hijas. No dicen: mientras más sepas, viviremos todos mejor porque haremos un  mundo mejor, un mundo en el que quepamos todos. Porque el conocimiento no se pone al servicio de la solidaridad sino del egoísmo.

Lo mismo diré de la inteligencia, de la capacidad de actuar en situaciones problemáticas, de la habilidad para convertir los conflictos en trampas que llevan al beneficio propio. Y aquí traigo a colación el segundo relato.

Un juez llama a los dos abogados enfrentados a su despacho y les dice:

– La razón por la que os he llamado es porque me  habéis sobornado los dos.

Ambos abogados se mueven, inquietos, en sus butacas.

– Tú, Alan, me has dado quince mil dólares. Phil, tú me diste diez mil.

El juez le entrega un cheque de cinco mil dólares a Alan y dice:

–        Ahora estáis a la par, por lo que en este caso voy a decidir con ecuanimidad.

Y luego está la picaresca. Ese arte y esa ciencia en la que el pueblo español es tan ducho, casi por inercia, casi por tradición. Es la forma de darle vueltas al intelecto para encontrar el modo de beneficiarse de la situación y del prójimo.

Pondré el tercer ejemplo: Un hombre entra en el banco y pide un préstamo de doscientos dólares durante seis meses. El agente le pregunta qué bienes pueden avalarle. El hombre responde:

– Tengo un Rolls Royce. Aquí tiene las llaves. Quédeselas hasta que acabe de devolver el préstamo.

Seis meses después el hombre regresa al banco, paga los doscientos dólares más diez dólares de intereses y recupera su Rolls.

El agente bancario le dice:

Señor, si no es indiscreción, ¿cómo es posible  que un hombre que conduce un Rolls necesite un préstamo de doscientos dólares?

El hombre responde:

– Tuve que irme a Europa durante seis meses y, ¿dónde, sino aquí, podía guardar el Rolls por solo diez dólares?

No se puede colegir de estas palabras y estos ejemplos que mientras menos conocimientos tengamos, más posibilidades hay de que respetemos la ética. Lo que trato de decir es que hay que distinguir instrucción de educación. La instrucción es la simple acumulación de conocimientos. La educación tiene un soporte ético insoslayable. Y esa diferencia nos pone a los educadores contra las cuerdas de la reflexión y de la acción. ¿Qué es lo que tenemos que hacer?, ¿cómo lo estamos haciendo?, ¿qué estamos consiguiendo con la forma de hacerlo?

Ya sé que, más allá de la acción de las escuelas están otras influencias sobre los individuos. Otras influencias que provienen de muchas otras fuentes, institucionales o no. Y sé también, que además de todas las influencias externas que configuran la identidad moral de las personas, está su libérrima voluntad y su responsabilidad personal. Lo que no quiero es que el reconocimiento de todo ello nos sirva para lavarnos una y otra vez las manos.

El suicidio de Diego

30 Ene

La noticia sacude los cimientos del sistema educativo el 14 de octubre de 2015. Un niño de 11 años llamado Diego González se suicida en Madrid arrojándose por la ventana de un quinto piso, atribuyendo en una carta su decisión al rechazo insuperable a ir al Colegio.

Un niño de 11 años llamado Diego González se suicida en Madrid arrojándose por la ventana de un quinto piso, atribuyendo en una carta su decisión al rechazo insuperable a ir al Colegio.

La policía descarta, en una primera investigación, que se trate de un caso de bullying escolar y la juez de instrucción del Juzgado nº 1 de Leganés archiva la causa. El hecho ha recobrado actualidad al publicar el periódico El Mundo (20 de enero de 2016) la carta manuscrita que Diego dejó a su familia y al entrevistarse los padres del niño con la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, pidiendo la reapertura del caso. Los padres dicen que quieren “que se sepa la verdad”.

El niño dejó sobre el alféizar de la ventana por la que se arrojó al vacío un mensaje para sus padres: “Mirad en Lucho”. Lucho era su muñeco fetiche de los Lunnis. En él había depositado la conmovedora carta que transcribo a continuación y que debería ser de lectura obligatoria en las aulas.

“Papá, mamá, estos 11 años que llevo con vosotros han sido muy buenos y nunca los olvidaré como no os olvidaré a vosotros.
Papá, tú me has enseñado a ser buena persona y a cumplir las promesas, además, has jugado muchísimo conmigo.
Mamá, tú me has cuidado muchísimo y me has llevado a muchos sitios.
Los dos sois increíbles, pero juntos sois los mejores padres del mundo.

Tata, tú has aguantado muchas cosas por mí y por papá, te estoy muy agradecido y te quiero mucho.
Abuelo, ti siempre has sido muy generosos conmigo y te has preocupado por mí. Te quiero mucho.
Lolo, tú me has ayudado mucho con mis deberes y me has tratado bien. Te deseo suerte para que puedas ver as Eli.
Os digo esto porque yo no aguanto ir al Colegio y no hay otra forma de no ir. Por favor, espero que algún día podáis odiarme un poquito menos.
Os pido que no os separéis papá y mamá., solo viéndoos juntos y felices yo seré feliz.
Os echaré de menos. Y espero que un día podamos volver a vernos en el cielo. Bueno, me despido para siempre.
Firmado Diego. Ah, una cosa, espero que encuentres trabajo muy pronto, Tata.
Diego González”

Un niño, que debería ir a la escuela para encontrar una vida mejor, una vida más justa y más hermosa, encuentra en ella el sendero de la muerte. Las dos finalidades supremas de la escuela, a mi juicio, son enseñar a pensar y enseñar a convivir. ¿Cómo es posible que la convivencia en esa institución, le haya llevado a la muerte?

Uno se imagina al pequeño Diego, inclinado sobre la hoja blanca en la silla donde habitualmente hacía los deberes, escribiendo su despedida y pidiendo perdón por el dolor que iba a causar a sus seres queridos. Se le imagina depositando en Lucho la fatídica noticia y, sobre todo, fraguando antes de dormir la terrible decisión al no encontrar ninguna salida al problema de su miedo y de su angustia.

Imagino también las lágrimas que habrán derramando y que seguirán derramando los miembros de esa familia.: el papá y la mamá (Carmen y Manuel, de 52 y 57 años), la Tata (su hermana), el abuelo, el tío Lolo, Eli… ¿Cómo es posible que no nos diéramos cuenta? ¿Cómo es posible que no nos dijera nada? ¿Cómo es posible que no intuyéramos lo que se cocía en su mente y en su corazón? ¿Cómo es posible que no detectásemos tanta angustia, tanto infortunio, tanto dolor a través de su mirada…?

Imagino la consternación de los educadores de ese Colegio cuando se hayan reprochado la falta de intuición o de observación o de perspicacia… ¿Cómo es posible que nadie haya dicho nada, que no tuviésemos la más leve sospecha, que nadie hubiera observado nada, que no hubiera llegado la menor información…?, ¿cómo no le supimos persuadir para que nos hablara?

Habría que contar el número de personas que han estado mirando hacia otra parte, antes, durante y después del suicidio de Diego

He leído muchas informaciones sobre este caso que no puedo sintetizar aquí. Muchos testimonios de padres y de alumnos que apuntan a la existencia de casos de acoso en el Colegio. Un colegio concertado religioso con un millar de alumnos, dirigido por Padres Mercedarios. Todo apunta a la existencia de acoso escolar, aunque el niño nada diga de ello en la carta y nada hubiese planteado en la familia y en el Colegio al respecto. Todo el mundo conoce las presiones que los verdugos ejercen sobre las víctimas en estos casos: “Como digas algo…”.

– El día antes de morir, el niño salió muy pálido del Colegio, dice la madre, aunque no conseguí sacarle nada.

No me gusta que los responsables de los centros reaccionen, en este tipo de casos, tratando de salvar su imagen. Es comprensible, pero inaceptable. ¿Por qué tanto hermetismo, tanta ocultación, tanto deseo de cuidar la imagen cuando esa imagen mejoraría si hubiera humildad, honestidad, autocrítica y transparencia…? Parece justo y lógico preguntarse por qué se suicidó Diego, sobre todo sabiendo que era un buen estudiante.

Cuando he visto en la televisión o en la prensa el rostro inocente de esa criatura me he quedado sin capacidad de reacción. ¿A quién se le puede pedir cuentas de esta muerte? Quien era víctima de las agresiones de los iguales, se convirtió en la víctima fatal de su propia y última decisión. ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Cómo evitar otro caso como el de Diego?

Nadie puede quedar fuera de la interpelaciones que esta muerte suscita, sea o no un caso probado de bullying (aprovecho la ocasión para aconsejar el libro de Alejandro Castro Santander: “Bullying blando, bullying duro y ciberbullying”). Todos hemos de sentirnos interpelados.

Los responsables políticos que, al reabrirse el caso, se han apresurado a proponer 70 medidas para prevenir, atajar y solucionar el acoso escolar. Una vez más, tarde. Una vez más, con parches y no con medidas estructurales.

Los educadores y educadoras por no afinar más la mirada para detectar las situaciones que se producen ante nuestros ojos y pasan inadvertidas, por no insistir lo suficiente en la necesidad del respeto a la dignidad del otro y en la obligación moral de denunciar el acoso.

Los padres y las madres que no hemos sabido conquistar la confianza de nuestros hijos e hijas para que nos hagan partícipes de sus miedos, de sus temores, de sus golpes, de sus angustias…

Los alumnos y alumnas que machacan a sus compañeros con insultos, con bromas, con violencia, con amenazas que hacen insoportable no solo la vida escolar sino, en general, la vida. Y por callar y encogerse de hombros ante el atropello. Jay Asher escribió hace unos años un interesante libro titulado “Por trece razones”. Un libro que cuenta la historia de un suicidio escolar en el que la víctima escribe a los trece causantes de su decisión de quitarse la vida.

El pequeño Diego González se ha convertido en una lección para quienes tenemos la delicada, difícil y tremenda tarea de educar a los alumnos y alumnas, a los hijos y a las hijas.

Obsesionados a veces por el desarrollo del curriculum, nos olvidamos de que quien va al Colegio, quien estudia y se examina, es una persona que tiene sentimientos, miedos, angustias y terrores. Nadie que no esté en condiciones de aprender podrá hacerlo por más presión que le metamos al sistema. El pequeño Diego ha suspendido el examen de la vida. Consideró que el miedo y el terror eran insuperables. Él lo dice: “Yo no aguanto ir al colegio y no hay otra forma de no ir”. ¿Por qué pensante eso, querido Diego? Por qué no pensaste en hablar con tus padres, en acudir a la dirección del colegio, en contarlo a tus profesores y profesoras, en denunciar a tus verdugos, en contar con algunos testigos y amigos…? Claro que había formas de no ir al Colegio o de no ir ASÍ al Colegio… O no te hablamos de ellas o, si lo hicimos, no fue con la convicción necesaria… Perdónanos.

Contra la pobreza infantil

26 Dic

Termina el año. Y la pobreza sigue. Llega la Navidad. Y la pobreza infantil se hace más patente. Por eso quiero compartir con mis lectores y lectoras una interesante experiencia que se está celebrando en nuestro país para combatir esta lacra social. Me refiero a la Gira “España por la infancia”. Una gira por 52 provincias, impulsada por el Consejo Independiente de Protección de la Infancia, que ha comenzado en Huelva el 20 de noviembre y finalizará el 29 de abril de 2016. Una gira en la que se pretende interpelar a los políticos, a las ONGs, a la escuela, a los sistemas de protección de la infancia, a las empresas, a los medios de comunicación, a las redes sociales y, en último término, a las familias, sobre ese terrible problema que es la pobreza infantil.

Me refiero a la Gira “España por la infancia”. Una gira por 52 provincias, impulsada por el Consejo Independiente de Protección de la Infancia, que ha comenzado en Huelva el 20 de noviembre y finalizará el 29 de abril de 2016.

Para inspirar y guiar la Gira, Antonio Salvador Jiménez, profesor de la Universidad de Huelva, presidente del Consejo y alma de la iniciativa, ha escrito un libro titulado “España, un país de niños pobres” que, amablemente, me ha invitado a prologar. No se puede olvidar que España es el segundo país de la Unión Europea en pobreza infantil, después de Rumanía.
La pobreza es una lacra social. Sobre todo por sus devastadores efectos sobre la vida de los niños y de las niñas. La pobreza les deja sin presente y sin futuro. Una persona sin infancia es una persona con el futuro truncado, con la vida rota. Deberíamos velar para que todos los niños y las niñas puedan serlo de verdad, no solo cronológicamente. Deberíamos luchar por la dignidad de la infancia, de la adolescencia y de la juventud. Por lógica. Por ética. Por amor.
Robar la infancia es un horrible delito ante el que nadie puede quedar indiferente. Niños maltratados, secuestrados, hambrientos, enfermos, explotados, torturados, militarizados, vendidos, sodomizados… Niños y niñas. No debemos olvidar que las niñas tienen un suplemento gratuito de dolor.
Salvar la infancia es salvar el mundo. Salvar el mundo es salvar la infancia. Tener infancia no es arrastrar los años por el barro de la pobreza, del dolor, de la enfermedad, de la ignorancia, del hambre, de la miseria, de la muerte… Tener infancia no es recorrer en la amargura de la soledad los años primeros de la existencia.
Tener infancia es tener no solo comida, cobijo y vestido. Es tener amor, seguridad, conocimiento, ternura y esperanzas de futuro. Tener infancia es tener el relato de cuentos antes de dormir, juguetes para entretenerse, besos para disfrutar, familia para compartir, manos que te acaricien, escuelas para aprender, hospitales para curarse.
Nadie pidió permiso a los niños para plantarlos en este mundo y convertirlos en víctimas desde el mismo día del nacimiento. Nadie les preguntó si preferían la nada a este calvario que les lleva en poco tiempo de la miseria a la muerte. Los niños y las niñas son inocentes. No han hecho daño a nadie, no han causado ningún mal, no han cometido ningún delito. Nacen con toda la dignidad y ninguno merece pasar por las calamidades que pasa.
¿Cómo podemos soportar tanta injusticia, tanta maldad, tanta indiferencia? ¿Cómo puede seguir dando vueltas este planeta y soportar tanto oprobio en la mente y en el cuerpo de tantos niños y de tantas niñas? ¿De tantos adolescentes y jóvenes?
Hay dos formas de medir la pobreza y la desigualdad económica. La pobreza objetiva absoluta que se define como la situación en la que no están cubiertas las necesidades básicas de la persona, es decir, que existe carencia de bienes y servicios básicos relacionados con la alimentación, la vivienda y el vestido. La pobreza objetiva relativa sitúa el fenómeno de la pobreza en la sociedad objeto de estudio. Desde esta perspectiva se considera que una persona es pobre cuando se encuentra en una situación de desventaja respecto a las personas de su entorno. Esta segunda noción está muy ligada al concepto de desigualdad. La pobreza subjetiva es la opinión que los propios individuos o familiares tienen de su posición económica.
Entiendo que las carencias no son solo de naturaleza material, como decía más arriba Se puede tener carencia de alimento, cobijo o vestido. Pero también se puede carecer de afecto, de seguridad, de esperanza y de futuro. Cuando hablamos de pobreza infantil nos estamos refiriendo a privaciones básicas o dificultades para el acceso a bienes y servicios fundamentales que sufren los niños y las niñas y las familias de las que forman parte, tanto en la dimensión material como en la psicológica.
Hablamos de pobreza de los niños y niñas. Y de pobreza de las familias, nicho en el que nacen y crecen los niños y las niñas. Más de 2,5 millones de niños y niñas en España se encuentran en situación de pobreza en nuestro país.
Hay colectivos sociales en los que los niños y las niñas tienen un riesgo de pobreza elevadísimo. Lamentablemente en los últimos años, como efecto de la crisis, este riesgo ha tenido una tendencia creciente. Hijos e hijas de familias con los dos progenitores en paro, de familias que viven en suburbios, de familias con padres y madres enfermos o discapacitados, de familias inmigrantes, de familias sin cobertura de necesidades básicas (impago de hipotecas, hacinamiento, dificultades para el pago de alquiler, luz , gas y agua…).
Las condiciones de vida de los niños y niñas de estas familias vulnerables hacen pedazos los derechos de las personas (los derechos de niños y de niñas, tanta veces proclamados, tantas veces destruidos) y les dejan sin educación, sin salud y sin futuro.
Hay que romper el silencio sobre las atrocidades que se cometen con los niños y las niñas. Hay que levantar la voz. Y nosotros debemos ser la voz de quienes no la tienen.
Hay que tomar conciencia sobre la responsabilidad de todos y de todas en este tremendo fracaso de la humanidad. Nadie puede lavarse las manos como si la situación no tuviese nada que ver con él.
Hay que actuar. Porque las víctimas siguen sufriendo, siguen muriendo, siguen atropelladas por el tren de la vida que no se detiene. Las autoridades no pueden mirar ni un minuto más para otro lado. Esos niños y esas niñas sufrientes no nos tienen que dejar dormir. Cuando los cimientos fallan, todo el edificio está en peligro.
¿Para qué y por qué los traemos al mundo si no hay sitio para ellos y para ellas? ¿Cuándo nos entrará la cordura necesaria para tratarlos como se merecen? ¿Cuándo desarrollaremos la ética necesaria para proporcionarles una la vida digna y el disfrute de los derechos que les corresponden por el simple hecho de ser personas?
Todos y todas somos interpelados por esta Gira. Es un aldabonazo a las conciencias para luchar por la dignidad de la infancia. Si ni nos importan los niños y las niñas, carecemos de futuro porque la infancia es el gran patrimonio de la humanidad. Esta Gira interpela a los políticos, tantas veces despistados, a los educadores y educadoras, a empresarios y profesionales de los medios de comunicación, a los padres y a las madres de hoy y de mañana. Os brindo este lema interpelante: “Que la infancia de este país sea mejor porque yo estoy viviendo en él”-