Las collejas de (a) Rajoy

5 Dic

El señor presidente del gobierno, que elude los debates políticos (ha rechazado recientemente participar en un debate a cuatro con Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias) se prodiga en programas de radio y de televisión. Acudirá pronto al programa de Teresa Campos y al de Bertín Osborne, “En tu casa o en la mía”. Hace unos días estuvo con su hijo Juan en un programa deportivo al que seguidamente haré alusión.

Presencia de los líderes políticos en los medios, sí. Una como obligación, que son los debates y otra como devoción que es el entretenimiento. Pero, en todas ellas, con la ejemplaridad de los dichos y los hechos. Porque la pantalla o la antena se convierten en esos momentos en un aula.

A mí no me parece mal que los políticos se den a conocer en los aspectos más humanos, más íntimos, más cercanos. Siempre y cuando no hurten a la ciudadanía lo que principalmente tiene que saber: qué ideas, qué estrategias, qué programas electorales van a votar. Es decir, no me parece mal que el presidente del Gobierno acepte realizar una entrevista sobre su vida pública y privada. Lo que me parece mal es que se niegue al debate político, porque esa es una obligación.

No sé si esa presencia dará votos o no. Ni me importa. Lo que digo, aunque me esté repitiendo, es que la obligación de un político es debatir sus programas con claridad, transparencia y objetividad, contrastando sus propuestas con las de otros candidatos. El gobernante tiene unas responsabilidades ineludibles y urgentes. No puede estar todo el día en la televisión. Pero no puede eliminar, en tiempo electoral, la propuesta y el contraste de sus ideas.

Creo que debería haber menos mítines y más debates. Estos deberían ser obligados y, si se puede, frecuentes. Debería exigirse, además, una altura mínima, humana y política, en los mismos. Los electores deben votar con conocimiento de causa y, una manera de hacerlo, es saber qué es lo que piensan y lo que piensan hacer quienes desean gobernar, que para eso se presentan. El debate facilita el diálogo, la argumentación, el contraste, la réplica, las preguntas. En los mítines quien suele salir reforzado es el candidato, al son de la música, el agitar de las banderas y los gritos del convencido auditorio. Los discursos de los mítines son meras proclamas, que pretenden enardecer el sentimiento de los asistentes (y del líder) y no dar solidez a los argumentos del voto.

Voy a otro asunto. El pasado miércoles, día 25 de noviembre, el presidente del gobierno acudió a un programa de radio en la cadena COPE para comentar el partido de la Champions entre el Shakhtar Donetks y el Real Madrid que se jugaba en Ucrania. El programa se retransmitía desde Madrid, en la sede de la cadena. Acudió Don Mariano con su hijo Juan, de 10 años. La hora de la transmisión del partido, como es habitual en esa competicion, era las 20.45. Es decir que la presencia del niño durante la retransmisión obligaba a un regreso tardío al domicilio familiar un día laborable. Primera cuestión. Ya sé que se tratará, probablemente, de una excepción. Pero lo cierto, es que esa excepción se exhibe ante todo el país y se puede convertir en una propuesta de acción. No es ese un buen proceder.

Durante la retransmisión, el periodista Paco González, director del programa “Tiempo de juego”, aprovechando la presencia del pequeño Juan, le preguntó por su opinión sobre los comentarios del FIFA 2015, donde Paco González hace comentarios junto a otro conocido periodista, Manolo Lama.

– ¿Qué te parecen los comentarios del FIFA?

El niño, de forma espontánea, se acerca al micrófono y dice:

– Me parecen bastante mejorables…, por no decir que son una basura.

El presidente hace un gesto de asombro abriendo mucho la boca y, volviéndose al niño, le propina dos suaves collejas. Las collejas de Mariano se han hecho famosas. Tildar esa actuación de maltrato fisco es una exageración descabellada. Porque las collejas se dan con una sonrisa y un abierto sentido humorístico. Es un acto reflejo del presidente que no se puede calificar de violento. Sin embargo, yo me muestro muy contario a esa espontaneidad de la corrección teniendo en cuenta quién lo realiza y dónde tiene lugar. Una reconvención hablada hubiera sido más edificante.

No me gustan las collejas. No me gustan esos comentarios que afirman que un cachete dado a tiempo es muy eficaz. Nunca son eficaces los golpes, aunque sean leves.

Pero, sobre todo, me quiero referir a la condena de la espontaneidad. Si el niño dice la verdad, si dice lo que piensa, ¿por qué la reconvención? ¿Qué le está tratando de decir su padre con las collejas?

– Hijo, no seas sincero, no digas lo que piensas si es negativo. No digas la verdad.

He criticado varias veces en el blog esta forma de proceder. Esta invitación a dar la opinión, pero a reprenderla cuando no es del agrado de quien la solicita o del que la escucha, como en este caso.

Y ahora voy a lo que realmente quería decir en este artículo. La ejemplaridad de la que tienen que hacer gala los responsables políticos. Y especialmente cuando actúan en público. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Esta actuación del presidente se ha criticado justamente. No hay, sin embargo, que exagerar. No hay que extralimitar los juicios de reprobación sobre el presidente. Porque lo que estaríamos haciendo es dándole a él unas collejas psicológicas que no se corresponden con la importancia de la acción.

Su actuación no fue buena, pero no es como para mandarle a la hoguera. Lo que sí permite la exégesis de su acción es reflexionar sobre la forma de reconvenir a los hijos. No hay que hacerlo cuando no se lo han merecido. Como es el caso. El niño ha respondido con sinceridad a una pregunta. ¿Qué ha hecho mal?

No estoy diciendo que no haya que corregir. No estoy diciendo que los padres y las madres no tengan que decirle a los hijos que tienen que hacer las cosas de una forma correcta y respetuosa. No es este un texto que cuestione o pretenda minar la autoridad educativa. Porque es necesaria la corrección, la imposición de límites. Es obligado ayudar a discernir qué es bueno y qué es malo. No √ale todo. Pero esto es cierto para los hijos e hijas y para los padres y las madres.

Si lo que ha dicho el niño no es correcto (si ha merecido la recriminación) es porque no se le advirtió previamente, como muchas veces se hace de forma subrepticia:

– Ten cuidado con lo que dices. Tienes que dar una respuesta que sea del agrado de quien pregunta, aunque sea insincera, hipócrita, artificial, falsa.

De lo contario le has metido al niño en una trampa. Le has preguntado por lo que piensa pero, en realidad, no lo puede decir sinceramente.

Concluyo. Presencia de los líderes políticos en los medios, sí. Una como obligación, que son los debates y otra como devoción que es el entretenimiento. Pero, en todas ellas, con la ejemplaridad de los dichos y los hechos. Porque la pantalla o la antena se convierten en esos momentos en un aula.

La hidra del fanatismo

21 Nov

Todos somos víctimas del terrorismo. Los verdugos porque se envilecen, las víctimas porque mueren o resultan mutiladas física y psíquicamente, las familias de las víctimas porque quedan destruidas, los testigos porque contemplan horrorizados la maldad… Se piensa poco en los efectos psicológicos de estas atrocidades. En el miedo, el pesimismo, la tristeza, la inseguridad, el pánico, la psicosis, la angustia, las pesadillas…Todo es dolor. Todo es destrucción.

Creo que la hidra del fanatismo solo puede ser derrotada por la educación. Aprender a pensar y aprender a convivir son los únicos venenos mortales para ella.

¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué tipo de ciudadanos y ciudadanas estamos formando? ¿Hacia dónde nos dirigimos por estos caminos de irracionalidad y de perversión? Me preocupa el mundo que dejamos a nuestros hijos. Me preocupa también el tipo de hijos que estamos educando para el mundo. “Que el hombre no se muestre indiferente ante el terrorismo es la razón de la existencia”, dice en estos días aciagos Juan Luis Arsuaga.

¿Por qué se repiten estos actos con una frecuencia tan desesperante? ¿Por qué hace acto de presencia el horror de esta forma tan despiadada? ¿Por qué corre la sangre de inocentes a raudales en escuelas, calles y lugares de ocio y diversión? ¿Por qué esta dolorosa cadena de 129 muertos inocentes que han llenado de oscuridad la Ciudad de la Luz? Hay muchas causas y razones, seguramente. Una de ellas es el fanatismo. Los animales no son fanáticos. La única especie que tiene fanatismo es la nuestra.. El campo de expresión genuino del fanatismo es la religión. Fascislamistas, llama a estos desalmados Bernard-Henry Lévy en su contundente artículo publicado en El País el pasado día 16 con el título “La guerra, manual de Instrucciones”.

Las religiones anteponen su moral a la ética. Si tuviesen en cuenta la ética, en lugar de aplicar su moral particular, no se habría quemado vivos a los herejes, ni se hubiesen bendecido las guerras (cínicamente llamadas santas), ni ahora padeceríamos este gran horror al grito de “Alá es el más grande”. Si se tuviera en cuenta la ética, nadie podría sostener que morir matando infieles es conquistar el Paraíso donde esperan al suicida 72 bellas huríes. (Por cierto, ¿qué premio tienen las mujeres cuando se inmolan? Al parecer, garantizan la unión con su marido para siempre).

El término fanático procede de fanum: templo. El término fanáticus se asignaba a los sacerdotes presos de un delirio sagrado. Designa una actitud de defensa exaltada y excluyente de una causa, así como el empleo de todos los medios para imponerla. El fanatismo no permite el término medio y divide a los hombres en amigos y adversarios, fieles o infieles.

“La religiosidad monoteísta occidental, comparada con la espiritualidad oriental, es tierra abonada mucho más fecunda para el fanatismo: frente a los libros sagrados de los hindúes o budistas, que predican la paz interior y prohíben matar animales, las religiones hebrea, cristiana y mahometana son cuna y escuela de violencia”, dice Jorge Vigil en su “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”. No quiero con esto decir que el islam tenga afinidad alguna con el mal. Existe un islam manso, misericordioso, apasionado por la tolerancia y la paz. Es para congratularse que aparezcan muchos musulmanes diciendo: “No en mi nombre”. Parece que los imanes de las mezquitas de París condenarán los atentados. Es hora de que desde dentro del islam se condenen los atentados y de que los yihadistas sean calificados -desde dentro, repito- como terroristas.

Nietzsche, en el marco de la crítica a la moral de la resignación afirma que “el fanatismo es la única fuerza de voluntad de que son capaces los débiles”. Para Voltaire, el fanatismo es “efecto de una conciencia falsa, que sujeta la religión a los caprichos de la fantasía y el desconcierto de las pasiones”.

El mismo Voltaire, en El filósofo ignorante, dice: “Veo que hoy, en este siglo que es la aurora de la razón, algunas cabezas de esa hidra del fanatismo vuelven a renacer… Por lo que a mí respecta, creo que la verdad no debe ocultarse ante esos monstruos, lo mismo que no debemos abstenernos de tomar alimentos por temor a ser envenenados”.

Me pregunto qué les enseñó la escuela a los terroristas, cómo ha sido posible que su mente evolucione hasta esos extremos de crueldad y de irracionalidad. Me pregunto por los caminos que ha recorrido el corazón de esos fanáticos para llegar a esos extremos de maldad y de insensibilidad ante el dolor ajeno. Me pregunto por la fuerza y la estrategia de los proselitistas que captan para una causa de tan marcada crueldad a personas que en la infancia estaban cargadas de inocencia. Me pregunto por su fe, como sentimiento irracional. ¿Por qué derroteros llevan los “formadores” a esas personas a planificar, organizar y perpetrar estas masacres? ¿Quién les ha metido esas ideas en la cabeza? ¿En nombre de qué Dios se puede matar así de cruelmente? ¿En nombre de qué causa?

Hoy hemos salido, profesores, alumnos y personal de administración y servicios, a las puertas de las Facultades de Ciencias de la Educación y Psicología de la Universidad Málaga para manifestar nuestra repulsa hacia el terrorismo y nuestra solidaridad con las víctimas. Mientras ese mágico minuto transcurría en el silencio compungido, me preguntaba por las medidas que se toman para evitar futuros atentados (o para castigar los cometidos). Muchas de ellas de carácter inmediato y violento. Bombardeos, acciones de guerra, misiones destructivas… Una espiral de violencia que no tendrá fin. Uno de los terroristas gritó en la discoteca Bataclan que se trabaja de una venganza por lo que estaban haciendo con ellos en Siria. Respuestas inducidas por las vísceras, por la venganza, por la rabia, por el dolor…Hollande dice que “no se trata de contener sino de destruir el Estado Islámico”. Así de sencillo y de claro: de aniquilarlo. Pero luego llegarán nuevos atentados. Es la guerra. ¿Dónde se cierra esta espiral maldita, este círculo vicioso? ¿Cuándo la hidra dejará de multiplicar sus cabezas? El perdón es de Dios, dicen algunos, nuestro deber es mandar a los terroristas con Él.

Pensaba en otras medidas de más largo plazo y de mayor eficacia de las que pocos hablan. Pensaba en la erradicación del discurso del odio y de la exclusión. En la superación del fanatismo. Pensaba en la educación. En la educación, no en el adoctrinamiento que han sufrido los fanáticos. Una educación para la tolerancia, para la paz, para la solidaridad, para la compasión, para el respeto a la dignidad de todos los seres humanos. Creo que la hidra del fanatismo solo puede ser derrotada por la educación. Aprender a pensar y aprender a convivir son los únicos venenos mortales para ella.

No quiero montar más a caballo

24 Oct

Creo que nadie duda de la importancia que tienen los docentes en la actitud de los alumnos y alumnas hacia el estudio. He visto a pésimos estudiantes transformados como por arte de magia en aprendices entusiastas al cambiar de profesor y, otras veces, he visto cómo un estudiante aplicado se ha vuelto perezoso e indisciplinado al encontrarse con un docente autoritario, torpe, frío y displicente.

Hanna reinició las suyas con un profesor irritable, duro, despectivo y exigente. Un profesor que reprendía y gritaba, un profesor que, lejos de animar, provocó el abandono de las clases y el rechazo de las mismas. Nunca quiso volver. Ni siquiera con otro profesor.

No quiero decir con esto que el estudiante sea una marioneta, manipulada por fuerzas externas. No quiero decir que no hay ninguna responsabilidad en las actitudes de quienes aprenden. Lo que quiero subrayar en estas líneas es la innegable influencia de quienes enseñan sobre las actitudes de los alumnos hacia el aprendizaje. ¿Cuántas veces hemos visto y oído decir que la influencia de un profesor creó un interés inusitado por una disciplina o por una profesión?

Voy a poner tres ejemplos. Tres malos ejemplos. Se puede decir qué es un buen profesor poniendo de manifiesto lo que sucede con quienes no lo son.

Un buen profesor (estas dos palabras deberían constituir una redundancia) es aquella persona que motiva, anima a estudiar y despierta el deseo de aprender. Cuando los niños y las niñas, que tienen una curiosidad innata, no quieren ir a la escuela, algo pasa, algo o alguien falla.

Primer ejemplo: Una niña amiga de mi hija Carla, una preciosa criatura llamada Hanna (desde aquí, querida niña, te mando un beso enorme en estos días difíciles), era una magnífica amazona. Las clases de equitación despertaban en ella un enorme atractivo. Cuando la veía sobre el caballo con su casco, su fusta y su chaleco, perfectamente sentada en la silla, grácil y elegante como una modelo, yo pensaba que era una niña que había nacido para montar a caballo.

Recuerdo que cuando, los viernes por la tarde, las llevábamos a las clases de hípica (a ella y a Carla), se salían del coche antes de que éste se hubiese detenido completamente.

– Niñas, por favor, esperad, tened cuidado…

Como entonces vivíamos en Galway (Irlanda) las clases se impartían en un espacio cubierto, ya que la lluvia hubiera impedido muchos días la celebración de las clases. (Qué hermosos recuerdos, qué entretenidas conversaciones, querida Raquel, mientras veíamos a nuestras hijas sobre los caballos).

Las clases tenían tanto atractivo que esperaban impacientes la tarde del viernes para practicar trotes y saltos, para recibir las instrucciones de su querida profesora…

Terminó nuestra estancia en Irlanda y la familia de Hanna regresó a su ciudad alemana mientras nosotros volvimos a Málaga. Carla reanudó sus clases con un excelente profesor, amable, competente y respetuoso. Hanna reinició las suyas con un profesor irritable, duro, despectivo y exigente. Un profesor que reprendía y gritaba, un profesor que, lejos de animar, provocó el abandono de las clases y el rechazo de las mismas. Nunca quiso volver. Ni siquiera con otro profesor.

Segundo ejemplo: Otra amiga de mi hija, esta española, es una magnífica pianistxa. Disfrutaba de sus clases y tocaba cada día con agrado y buena disposición. Hasta que se ha topado con un profesor de piano que le ha hecho salir llorando de las clases.

No quiere volver al centro de estudios, no desea practicar, no disfruta haciendo lo que hacía. Lo que con otros docentes era atractivo, este nuevo profesor se lo ha hecho aborrecer. Lo que era agradable, hermoso y placentero, lo hizo odioso con su actitud el nuevo profesor.

Tercer ejemplo: Una alumna mía me cuenta que, desde pequeña, sin saber por qué, tenía la ilusión de aprender francés. Quería conocer el idioma, la cultura, la historia, la literatura, la pintura francesa…

Cuando me está describiendo esta enorme ilusión que lo invadía todo, se interrumpe y me pregunta:

– ¿Sabes hasta cuándo me duró la ilusión?
– ¿Hasta cuándo?, pregunté.
– Hasta que me topé con una pésima profesora de francés…

Una cosa es no enseñar nada y otra, más grave, es matar el deseo de aprender. Una cosa es tener escasa habilidad para la enseñanza y otra, más negativa, es destruir las ilusiones de los alumnos y de las alumnas.

Es decir, que la persona que tenía que animarla a satisfacer aquellos deseos de saber, es la que los ha destruido. La que estaba pagada por la sociedad para ayudarla, es la que la ha destruido.

Estos efectos nocivos de una forma de proceder incompetente, nunca se tienen en cuenta. Cuando se habla de la evaluación de los aprendizajes solo se tienen en cuenta los conocimientos adquiridos pero no los efectos secundarios que algunas veces son tan importantes como devastadores.

No quiero, con estos ejemplos, hacer un juicio a los docentes. Sé que la inmensa mayoría desempeñan su tarea con profesionalidad y acierto.

Son muchos más los docentes que motivan, ayudan, animan y quieren a sus alumnos y alumnas. Los efectos que produce la acción docente son enormemente positivos no solo en los aprendizajes sino, sobre todo, en el deseo de aprender.

Esto es lo quiero subrayar en este artículo: la responsabilidad del docente, las repercusiones de su actitud y de su saber hacer en la disposición de sus alumnos y alumnas hacia el aprendizaje. La influencia es patente cuando el aprendiz se motiva y entusiasma. Y no lo es menos cuando se desalienta y se desespera.

Podría poner ejemplos innumerables del buen hacer de los docentes. Si he elegido los tres casos anteriores para abrir estas reflexiones es por el dolor que me han producido al conocer personalmente a las víctimas de la agresividad y de la incompetencia de estos profesionales. Uno puede cometer errores. ¿Quién no los comete? Otra cosa es mantener una actitud destructiva, día tras día, trimestre a trimestre, curso a curso.

Los padres y las madres no pueden asistir impasibles a este desastre. No pueden ver con indiferencia este proceder. Porque después de sus hijos vendrán otros. La dirección de los centros, sabedora muchas veces de estos hechos, no puede mirar para otra parte. No puede aceptar este tipo de comportamientos. Los inspectores/as no pueden cruzarse de brazos. Hay muchos profesionales en paro que realizarían encantados esta actividad. ¿Por qué mantener en su puesto a quien hace tanto daño un año tras otro?

A los dos tipos de profesores y profesoras se les paga igual. Los dos tienen, a través de lo que hacen, un modus vivendi. Pero no se me negará que en uno de los casos se trata de un sueldo dilapidado y en el otro de un dinero rentable.

No debería ser igual. No debería tener la misma recompensa hacerlo bien que hacerlo mal. Esforzarse o no esforzarse. Hacer bien que hacer daño.

Daniel Pennac, en el estupendo libro “Mal de escuela” dice algo que refleja muy bien esta idea. “A mí me salvaron la vida tres profesores que tenían una característica común: nunca soltaban a su presa”. No dice que le salvaron la asignatura, ni el curso. Dice que le salvaron la vida. La influencia no pudo ser más decisiva, más beneficiosa, más trascendental. Es triste que suceda lo contrario.

Enseñar es un ejercicio inmortalidad

10 Oct

El pasado día 5 de octubre se celebró el Día Mundial de los Docentes. Interesante iniciativa de la UNESCO,  con tal de que celebrar el día no nos lleve a pensar que, pasado el 5,  ya se acabó  todo el reconocimiento y todo el apoyo a los docentes y las docentes hasta el próximo año.

En cualquier profesión, el mejor profesional es el que más y mejor manipula los materiales, en ésta es quien más y mejor los libera.

Es necesario reconocer el extraordinario papel que desempeñan los docentes. En una sociedad en la que todo el mundo sabe que tener conocimiento es tener poder, los docentes son profesionales que, por oficio, se dedican a compartir el conocimiento que poseen. En cualquier profesión, el mejor profesional es el que más y mejor manipula los materiales, en ésta es quien más y mejor los  libera.

El camino hacia la solución de los problemas  personales y sociales está en la educación, entendida ésta no como una simple acumulación de ideas inertes sino como el desarrollo de la capacidad de pensar y de la voluntad de convivir de forma justa, solidaria  y pacífica.

Para realizar esa tarea tan importante y, a la vez, tan compleja  hacen falta profesionales  competentes y comprometidos con la tarea. Y estructuras adecuadas para realizarla eficazmente. Será posible alcanzar esta meta si se satisfacen estas cinco exigencias.

Primera exigencia. Hay que seleccionar para esta tarea a las mejores personas del país. Entiendo por mejores a las personas  más inteligentes y más sensibles. No es de recibo cantar las excelencias de la educación y destinar luego a ella a las personas que no valen para otra cosa.

Hay países que marcan unos niveles para el acceso a  la docencia muy superiores a los de cualquier otra profesión. Una cosa es ser químico y otra profesor de química. Una cosa es ser matemático y otra profesor de matemáticas. Una cosa es ser especialista en literatura y otra profesor de lengua.  El profesor tiene que dominar la disciplina pero, además, tiene que tener otras cualidades, actitudes y valores específicos. Téngase en cuenta, además, que se trata de una tarea que se desarrolla en un equipo de profesionales con un proyecto compartido.

Segunda exigencia. Esos profesionales tienen que tener una formación rigurosa teórica y práctica, que no se puede realizar en instituciones masificadas, en tiempos breves,  con escasez de medios y con profesionales mediocres.

Hace años escribí un artículo titulado  “El curriculum del nadador”. Decía en él que no se puede enseñar a nadar a un aprendiz con un curriculum teórico compuesto por asignaturas como Química del Agua, Historia de la Navegación, Biografía de los Campeones Olímpicos de Natación, Sociología de la Natación, Filosofía de la Natación, Marcas Olímpicas, Economía de la Natación… Y con un curriculum práctico compuesto por materias como Observación de Nadadores Célebres, Entrevista a Grandes Nadadores, Recopilación de lo dicho en Medios  de Comunicación sobre las Olimpíadas, Análisis de Videos de Marc Spitz… Todo sentado y todo en seco.  Sabemos a ciencia cierta lo que sucedería si a ese aprendiz, con matrícula en todas las asignaturas, lo arrojamos a un mar agitado con olas de cinco metros…

Es necesario, pues, mejorar la formación inicial. Y analizar lo que sucede cuando los aprendices terminan los estudios y se incorporan a las escuelas. Volviendo a la metáfora, esa institución que prepara a los estudiantes para nadar tiene que cerciorarse de si, cuando se tiran al agua, saben nadar, bracean con torpeza o se ahogan sin remedio…

Tercera exigencia. Hay que organizar la docencia dentro del sistema educativo y de las escuelas con más racionalidad, agilidad, y autonomía. Las plantillas tienen que formarse con criterios pedagógicos y no por aluvión, los directores tienen que estar bien formados y seleccionados, las condiciones laborales tienen que ser más favorables, los sueldos tienen que ser mejores, los medios tienen que multiplicarse, los alumnos por aula tienen que reducirse…

No hay suficiente autonomía en las escuelas. Las instituciones educativas tienen el mayor nivel de prescripciones  del país. Todo está decidido. Se le ha llamado a la escuela institución paralítica ya que no puede moverse sin los andadores legislativos.

Cuarta exigencia. La formación permanente tiene que mejorarse de forma sustancial. No puede quedar al albur de los deseos  de los interesados o del capricho de las autoridades. Nadie se hace maestro de una vez para siempre.

Cambian los conocimientos (se multiplican, profundizan y diversifican…), cambian los alumnos y las alumnas (su psicología, sus intereses, sus expectativas, sus actitudes…), cambian  las necesidades sociales (nuevas profesiones, nuevos contextos, nuevos  movimientos sociales…), cambian los saberes pedagógicos (nuevos métodos, nuevas teorías, nuevos modelos…).

La formación debe tener carácter individual e institucional. No solo tiene que perfeccionarse el docente. Lo tiene que hacer también la institución.

Quinta exigencia. Tiene que haber un mayor reconocimiento social de la profesión docente. Los políticos tienen que manifestar, de forma inequívoca, su valoración de la educación y de los profesionales que se dedican a ella. No solo en los discursos, no solo en la etapa electoral, no solo en las entrevistas televisivas…  Lo tienen que hacer con hechos. Con presupuestos, con mejora de las condiciones, con testimonios fidedignos, con cercanía emocional…

Las familias tienen que manifestar de forma fehaciente su respeto y su respaldo a los profesores de sus hijos e hijas. Tienen que prestarles ayuda, manifestarles aprecio y secundar su tarea.

La sociedad en general tiene que rendir un tributo de admiración y afecto a estos profesionales que, de forma callada, constante y humilde realizan cotidianamente en las aulas la tarea de enseñar. De enseñar a pensar, de enseñar a convivir, enseñar a ser.

Y, ahora, quiero dirigirme a mis colegas docentes para decirles que nosotros no podemos defraudar a una sociedad que tanto espera y tanto necesita. Nosotros tenemos que esforzarnos cada día por ser mejores profesionales. Exigentes, rigurosos, competentes, humildes, afectuosos y comprometidos. Nosotros tenemos que ganarnos a pulso, cada día, el respeto, la admiración y el afecto de nuestros alumnos y alumnas, de sus familias y de la sociedad entera.  El reconocimiento a la dignidad no se impone. La dignidad se encarna y se conquista con la forma de pensar, de actuar y de ser.

Permítaseme citar a Rubem Alves, un pedagogo brasileño recientemente fallecido, que escribió hace años el hermoso libro “La alegría de enseñar”. En él se dice: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”. Sirvan estas palabras de homenaje a quienes tanto admiro, tanto valoro y tanto aprecio.

El doctor Holguín

3 Oct

En el transcurso de una comida celebrada ayer en Santiago, me cuenta una docente chilena de la Universidad Andrés Bello, la más grande del país,  que a un hijo suyo le preguntó  en cierta ocasión su profesora:

–         ¿Cómo se llama el doctor que cura  el oído, la nariz y la garganta?

El niño respondió con aplomo, sin dudarlo un segundo:

–         Doctor Holguín.

La profesora  consideró que la respuesta no era correcta ya que debería haber dicho: otorrinolaringólogo.

La profesora consideró que la respuesta no era correcta ya que debería haber dicho: otorrinolaringólogo.

Sin embargo el niño había contestado con toda lógica y rigor pronunciando el apellido del doctor al  que le llevaban sus padres para que le curase sus males de oído, de nariz o de garganta: el Doctor Holgupide con excesiva frecuencia laqen el libro de texto.ín.

Esta interesante anécdota me lleva, una vez más, al intrincado tema de la evaluación de los aprendizajes. Creo que se pide con excesiva frecuencia la repetición de los conceptos que aparecen en el libro de texto o en las explicaciones del profesor.

Veo a mi hija Carla preocupada por repetir con fidelidad en los exámenes lo que dice el libro de texto y, cuando le insisto en que utilice sus propias palabras, me contesta que se siente más segura si repite  fielmente lo que ha leído. No es de extrañar esta actitud cuando los profesores insisten más en la repetición que en la comprensión. Recuerdo que una docente les decía a sus alumnos: “Esto es muy importante. Tenéis que aprenderlo de memoria para el examen. Bueno, si alguien no es capaz de decirlo de memoria, lo puede decir con sus propias palabras”.Tendría más sentido el argumento contrario: si alguien no lo puede decir con sus propias palabras, que se  limite a repetirlo como está en el texto.

Con esto no quiero decir que la memoria no sea importante. El ser humano es memoria. Es necesario ejercitarla. Lo que critico es la memorización mecánica, la repetición que está alejada de la comprensión y del sentido.

¿Por qué la profesora considera errónea la contestación del niño que da como respuesta el nombre del doctor que atiende a los miembros de la familia? Está cargada de lógica, responde a la realidad, es coherente con la pregunta planteada. Creo que existe un componente de repetición desmesurado en los procesos de evaluación escolar. Se pide  muchas veces que se repita lo que dice el libro, lo que converge con los parámetros esperables.

Una evaluación pobre da lugar a un proceso de enseñanza y aprendizaje pobre. Un autor llamado Doyle, que conocemos muy bien los didactas, dice que en un aula puede haber actividades intelectuales de diverso tipo: memorísticas, algorítmicas (aprender los pasos), comprensivas, comparativas, analíticas, de opinión, de investigación, de creación… Está muy claro, a mi juicio, que estas actividades están ordenadas de menor a mayor importancia intelectual, de menor a mayor complejidad. Van ganando en dificultad según el orden de la lista.

Ahora bien, si pensamos en la cantidad de tareas de estos tipos que aparecen en la evaluación, podremos comprobar que hay más de las primeras que de las últimas. De esta forma, estaríamos potenciando los aprendizajes de naturaleza intelectual más pobre.

Hago algunas veces esta sencilla prueba en las clases o conferencias sobre evaluación. Presento la lista de tareas de Doyle y pregunto por su jerarquía intelectual. Todos, sin excepción, suelen decir que están ordenadas de menos a más. Pero cuando pregunto a continuación de qué tareas hay más en las evaluaciones, la respuesta es inequívoca: hay más de las más pobres. La pregunta siguiente es casi inevitable: ¿por qué esta incongruencia?

Las explicaciones se asientan en la rutina (siempre lo hemos hecho así, como evaluados y como evaluadores), en la forma de actuar de la mayoría (todos lo hacen así), en las prescripciones (nos piden que lo hagamos así), en las mayor facilidad para responder a las familias (ha respondido mal, ha respondido bien) en la mayor facilidad para la corrección (no es, sí es  la respuesta correcta), en la mayor facilidad para la cuantificación (tantas respuestas correctas, tantos puntos)…

La reproducción memorística, sin comprensión, es una actividad simple frente a otras de carácter más complejo que serían más beneficiosas para el desarrollo intelectual. Pero la evaluación condiciona el aprendizaje ya que se encamina al éxito.

El conocimiento académico tiene valor de uso (a veces, más que discutible) y valor de cambio (incontestable). Es decir, que si demuestras que has adquirido ese conocimiento el sistema  te lo canjea por una buena calificación. Para tener éxito, pues, es necesario responder correctamente a las demandas de la evaluación. Si las demandas son pobres, la preparación que se hace para tener éxito es también pobre.

De ahí tantos esfuerzos baldíos por la reproducción. Se repite lo escuchado o lo leído, aunque no se comprenda bien el contenido. He contado alguna vez la siguiente anécdota, ocurrida en un examen oral de Historia. El evaluador pregunta:

– ¿Por qué fueron expulsados los judíos de la Península?

Después de meditar durante unos segundos, el alumno contesta.

–         Porque no querían dejarse hacer fotos.

El profesor le pide que reconsidere la respuesta, ya que lo            que ha dicho no tiene sentido,. La respuesta encierra, añade, un evidente anacronismo puesto que en aquella época ni siquiera  había cámaras de fotos.

Pero el alumno responde que lo ha leído en el libro y que está seguro de que esa es la respuesta correcta ya que está repitiendo lo que dice el texto.

El profesor le invita a leer de nuevo de forma comprensiva. Le pide que, con atención, revise el contenido. Así lo hace el alumno, que se ratifica en la respuesta y se muestra orgulloso de tener razón.

El profesor le hace ver entonces que lo que realmente dice el texto es lo siguiente: “Los judíos fueron expulsados de la Península porque no querían retractarse”. El alumno se había comido la letra c en la palabra retractar y había leído retratarse. Y, claro, retratarse es hacerse fotos.

Repetir lo que dice el libro se convierte por parte de los alumnos y de las alumnas en una obsesión. Si lo aprenden de memoria se encuentran seguros de que serán bien evaluados. La opinión propia, el análisis, la crítica, la opinión propia, la creación, la aplicación, aunque actividades intelectuales más complejas, generan una mayor incertidumbre. ¿Cómo será valorada la opinión personal ante cualquier cuestión? La incertidumbre aumenta cuando el sistema de evaluación es jerárquico. Porque no habrá posibilidad de explicarse y defenderse. Ahora bien, si los evaluados tienen protagonismo y pueden fijar criterios, discutirlos y poner en tela de juicio su aplicación, la incertidumbre disminuye.

Desde estas líneas quiero instar a convertir la evaluación en una ocasión de aprendizaje y no solo de control, a transformar la evaluación en  un momento de disfrute y no de temor, a  hacer de la evaluación un proceso de creación y no de mera repetición mecánica. Para ello hay que darle más protagonismo a los evaluados y evaluadas, hay que convertirlos en el centro del proceso y no en meros destinatarios de las decisiones  y las demandas jerárquicas.