El dogmatismo de lo banal

25 Jun

Una mamá ve que su hija tiene dos hermosas manzanas, una en cada mano. Como en ese momento le apetece comer una manzana, le pregunta a la niña:

–        ¿Me quieres dar una, cariño?

La pequeña reacciona de una manera que a la mamá le sorprende y entristece: da un mordisco a una de las manzanas, saborea el bocado e, inmediatamente, da un mordisco a la otra y repite  el mismo gesto de lento paladeo.

Lo malo de esa acusación es que se produce en nombre de la ética. Es decir, que se pretende denunciar una actitud racista en nombre de la tolerancia cuando, lo que se está haciendo precisamente es un acto agresivo de intolerancia.

La mamá piensa, apenada, que su hija se está comportando de forma insolente, caprichosa y egoísta. No suele comportarse así. Pero se queda asombrada cuando ve que la niña le tiende una de las manzanas diciendo:

–    Toma, mamá, esta es la más dulce.

¿Cuántas veces se producen procesos atributivos de esta índole, radicalmente equivocados, al interpretar el comportamiento del prójimo? Por torpeza, precipitación, error, influencia de estereotipos, intereses larvados o mala voluntad, se pone en la acción del otro una intención  que nunca tuvo.

Los protagonistas tienen las claves del significado de lo que hacen. El proceso explicativo o atributivo que hace el observador, se apoya unas veces en las evidencias más palmarias, otras en meras conjeturas y, las más, en los intereses, deseos, filias y  fobias o, quizás,  maldad del intérprete. Sucede con loss hechos y sucede, no menos veces, con las palabras.

Hemos visto preocupantes hechos de este tipo en la campaña electoral que hoy termina. Se han realizado interpretaciones de hechos y palabras con mala intención, rompiendo las exigencias más elementales de la lógica y de la ética con el claro propósito de hacer daño al adversario político. El caso más escandaloso, a mi juicio, ha sido la acusación de racismo que se ha hecho al candidato socialista Pedro Sánchez a través de un torpe e interesado mecanismo causal entre dos gestos suyos: dar la mano a un niño y a una señora de raza negra y, posteriormente, sacudir una mano contra la otra.

Hay tan poco rigor en la interpretación como mala voluntad. Supongamos que el nexo causal existe. Supongamos que el candidato hubiese dado la mano al niño  y a la señora de raza negra y que después hubiese hecho el gesto de limpiárselas.  ¿Y si las personas negras hubieran tenido las manos sucias o mojadas o pegajosas? A veces los niños –blancos y negros- tienen las manos sucias, o mojadas o pegajosas. Y los adultos. Pedro Sánchez podría haberse limpiado las manos por la suciedad, no por el rechazo racial.

He visto varias veces el vídeo. ¿Por qué ese gesto tiene que asociarse al acto de limpiarse las manos? Para limpiarse se utiliza agua y jabón o se hace uso de papel o de un pañuelo. Si una persona se pasa una mano sobre otra una sola vez, ¿se está limpiando? ¿Se está limpiando qué? Primer nexo gratuito.  Y lo más grave: se limpia para eliminar una suciedad física o psicológica. Suciedad que se asocia a la condición racial de las personas a quienes ha saludado.  Segundo nexo gratuito y malintencionado.

He leído comentarios de una maldad rayana en la vileza. Se han utilizado adjetivos descalificadores sobre el gesto del candidato como “vergonzoso”, “repugnante”, “indecente”. Yo creo que esos adjetivos se los merecen los malintencionados exégetas.

Supongo que los críticos, después de saludar a algunas personas de raza negra no volverán a lavarse las manos nunca. Para que no se entienda que se están limpiando de aquel contacto. ¿Cuántas horas tienen que pasar para que se pueda romper la conexión causa-efecto?

Lo cierto es que se han publicado titulares denunciando el racismo de Pedro Sánchez. Por ese simple hecho, por esa retorcida interpretación. Y lo han hecho sus adversarios políticos de forma pública y reiterada. El vídeo se ha hecho viral. Y ese fenómeno también merece alguna consideración. Vivimos en la cultura de los titulares. Ese enunciado lapidario: “Pedro Sánchez, racista”, se propaga como la pólvora. Y es imposible detener su propagación.

Por lo que he leído, ese gesto es un tic de Pedro Sánchez que repite de forma más o menos inconsciente o mecánica. ¿Es un gesto racista? Si realmente fuera racista el autor, se hubiera abstenido de dar la mano a esas personas. ¿Podría acusársele de xenófobo si repite el gesto después de haber dado la mano a un inmigrante o de misógino si lo hace inmediatamente después de haber dado la mano a una mujer, o de homófobo si sucede después de haber saludado a un homosexual?

El comandante de un vuelo de Santiago de Chile  a Madrid me llamó a la cabina hace unos meses, dada mi condición de viajero preferente de la compañía Iberia.  Conversamos durante unos minutos. Sobre algunas anécdotas de vuelo. Me contó que conocía el caso de tres viajeros de raza negra, hijos de un mandatario africano, que subieron a  primera clase del avión expeliendo un olor tan repugnante que pronto los pasajeros colindantes empezaron a protestar. Avisaron al sobrecargo y este al comandante. Ambos comprobaron que el olor era insoportable. Les exigieron que bajaran del avión. Tuvieron que hacerlo. Inmediatamente ellos pusieron al comandante una denuncia por racismo. El comandante, en las alegaciones que escribió en su defensa, explicó que les había expulsado del avión no por su negritud sino por su pestilencia.  Afortunadamente pudo demostrar  de manera fehaciente que no era una persona racista: estaba casado con una mujer  de raza negra. Como es lógico y justo, lo exculparon de la acusación.

Vuelvo al caso que me ocupa para decir que no todo vale en política. Ni en política ni en ninguna otra parcela de la convivencia humana. Porque este mecanismo atributivo no solo se da en política sino en cualquier tipo de relación interpersonal. Se puede interpretar para entender y se puede interpretar para herir.

Muchos cultivan el dogmatismo de lo banal. No entran en el contenido profundo de las cosas, en la interpretación rigurosa de los hechos Solo  atienden a las apariencias y las utilizan de forma que les sean rentables.

Lo malo de esa acusación es que se produce en nombre de la ética. Es decir, que se pretende denunciar una actitud racista en nombre de la tolerancia cuando, lo que se está haciendo precisamente es un acto  agresivo de intolerancia.

Después de haberse explicado amplia y reiteradamente el aludido, después de haber dicho que los hechos no tenían la explicación que les habían dado, los detractores y detractoras no han tenido la valentía y la honradez de llamarle para pedirle disculpas.

–    Perdón, me equivoqué, deberían haberle dicho.

Y también deberían haberse dirigido a quienes antes lo habían hecho tratando de hacer una descalificación de naturaleza moral tan grave:

–    Tengo que rectificar, fue un craso error.

La ansiedad por denunciar la corrupción y por mostrarse honrados está adquiriendo unos visos  preocupantes. Hay en ese comportamiento tanta hipocresía y tanto cinismo que lleva a la incredulidad. Ya se sabe que ética es aquello de lo que los demás carecen.

En nombre de la ética se está emprendiendo la caza y captura del indecente. Y uno duda, con fundamento,  si la caza obedece al deseo de erradicar la corrupción o al de almacenar más votos con su denuncia. Uno se pregunta por lo que sucedería si lo que diese votos seguros fuese el hecho de ser más corrupto que los demás. ¿Se denunciaría tanto?

El Hitler de quinto curso

11 Jun

Hay muchas películas que tratan sobre la escuela, sobre la vida de los docentes y sobre la compleja tarea de la educación. Algunas admirables: Los cuatrocientos golpes, Ser o tener, Hoy empieza todo, Los chicos del coro, El club de los poetas muertos, La clase, La lengua de las mariposas, Ni uno menos, La Ola, La profesora de historia, Al frente de la clase, Detrás de la pizarra, Hijos de un dios menor, El profesor Holland, Esperando a Supemrman, Descubrirdo a Forrester, Profesor Lahzar, Una mente maravillosa, La sonrisa de la Mona Lisa…  Las he citado sin orden ni concierto. Sin orden cronológico y sin concierto temático. Mientras continúo escribiendo me siguen viniendo otras a la memoria: Adios, Mr. Cjips, Unidos para triunfar, Diarios de la calle, Odio en las aulas, Un lugar en el mundo… No seguiré añadiendo títulos porque no quiero convertir el artículo en un catálogo fílmico.

“Ahora, lo siento. Lo siento porque creo que me he mericido el epíteto deHitler de quinto curso. Lo siento porque no he consegudio darles lo que tienen derecho a exigir de mi como su profesor: compasión, ánimo, humanidad...".

El cine es un buen instrumento para abordar cuestiones de tanto calado y de tanta importancia en una sociedad. Ya pasó el tiempo en que los intelectuales denostaban al cine como un espectáculo de barraca, incapaz de meterse en grandes profundidades, como afortunadamente sucedía con la palabra.

Siendo Director del Departamento de Didáctica  y Organización Escolar creé una filmoteca que ha ido enroiqueciéndose sin cesar. Hoy es frecuentemente utilizada, como ha mostrado fehecientemente en su tesis mi querido amigo y excelente docorando Rául Rojano. El cine puede ser un excelne recurso didáctico.

No es un tema fácil la educación. Por no decir que es un tema difícil, muy propenso a los tópicos, a las  simplificaciones y a la superficialidad.

Viene todo este largo preámbulo a introducir las reflexiones que quiero hacer sobre una película que he vuelto a recuperar hace unos días. Me refiero a  “La versión Browning”, dirigida por Mike Figgis en 1994, segunda adaptación cinematográfica de la obra homónima de Terence Rattigan. La primera adaptación, en blanco y negro, se hizo en la fecha ya lejana de 1951.

Traigo a colcación esta película por el impacto que me causó el discurso con el que que el profesor Andrew Crocker-Harris (excelente Albert Finney) cierra una triste trayectoria profesional.

Andrew Crocker-Harris, profesor de Lenguas clásicas en la Abbey School, un internado para chicos, se ve obligado a jubilarse. Durante más de dos décadas ha intentado, sin demasiado éxito, inculcar en sus alumnos la sensibilidad para valorar a los clásicos. Su estado de ánimo oscila entre la rigidez y el abatimiento que le produce saber que su rector le ha puesto el mote de “El  Hitler de quinto curso”. Por otra parte, su vida personal tampoco marcha bien, ya que su esposa (Greta Scacchi), una mujer mucho más joven que él, le engaña con otro profesor del mismo centro y le ridiculiza en público  siempre que puede..

Su rigidez, casi enfermiza, recibe una burla final demoledora ya que, al jubilarse prematuramente por una dolencia cardíaca, pierde sus derechos y queda en la indigencia. Digamos que el destino le acaba aplicando una buena dosis de la medicina que él ha repartido con creces.

En la solenidad del acto de despedida, el profesor Crocker-Harris empieza a pronunciar un discurso  de corte académico:

“El estudio de los clásicos, en mi opinión, es la base de nuestra cultura. Y la cultura no es más que la expresión de lo mejor que hay en la sociedad. La filosofía, un gobierno honrado, la justicia, el arte, el idoima… Nuestxra herencia clásica ya no se valora suficientemente. ¿C Nunca ha conseguido el afecto de sus alumnos. Solamente uno de ellos se muestra cercano y afectuoso.l mode pde perdonarme por hómo ayudaremos a moldear seres humanos civvilizados si ya no creemos en ola civilización?”.

De pronto se interrumpe, deja las hojas que tiene entre las manos, baja las escalaras entre la expectación de loa asistentes y da rienda suelta a los sentimientos que le invaden:

“Ahora, lo siento. Lo siento porque creo que me he mericido el epíteto deHitler de quinto curso. Lo siento porque no he consegudio darles lo que tienen derecho  a exigir de mi como su profesor: compasión, ánimo, humanidad.

He degradado la llamada más noble qiue puede seguir una persona: el cuidado y la formación de los jóvenes.

Cuando llegué a este colegio aun creía en mi vocación docente. Sabía lo que quería hacer y, sin embargo, no lo hice. No puedo dar ninguna excusa. He fracasado miserablemente.

Y solo puedo esperar que encuenctren en sus corazones, ustedes y los alumnos que les han precedido, el modo de perdonarme por haberles fallado. Ne me será fácil perdonarme a mí mismo”.

El reconocimiento público y sincero de su fracaso arranca el aplauso de los asistentes al acto de su despedida. Su sinceridad, la autenticidad de sus palabras, su visible desgarro, su desolación, consiguen lo que no ha podido alcanzar en años de trabajo.

Un profesor exigente, rígido, amargado, sádico… Nunca ha conseguido el afecto de sus alumnos. Solamente uno de ellos (¿es suficiente?) se muestra cercano y afectuoso. Este chico le dice un día en la clase a un compañero que el profesor le da pena. Cuando el docente enuncia un latinajo que nadie entiende, el compasivo alumno ríe. Solo el él. El profesor le pide que salga y que le explique qué es lo que ha entendido.

–       Nada, responde el alumno.

–   Por qué te has reído?

–       Por cortesía.

El profesor le ridiculiza delante de la toda la clase. Al volver al puesto el compañero, le interpela:

– ¿Te da pena ahora?

La fidelidad del alumno John Taplow a su profesor es admirable. De hecho, el regalo que le hace en su despedida de la obra “Agamenón” en la versión Browning será su único consuelo. ¿Basta uno para jusificar la profesión?, vuelvo a preguntar.

Traigo a consideración la triste historia que nos cuenta este clásico del cine para trasladar la reflexión  al desarrollo profesional de los docentes. El caso del profesor Andrew Crocker-Harris es altamente preocupante. Llegada la jubilación reconoce  públicamente su fracaso. Ha sido un profesor amargado que ha martirizado a sus alumnos y se ha dañado a sí mismo, en un terrible alarde sadomasoquista. Ha sufrido y ha hecho sufrir.

En la vida de los docentes existe, además de la vertiente profesional o pública otra de carácter personal y privado que no se puede ignorar. En la película, la mujer del amargado profesor de ciencias clásicas tiene una aventura con otro profesor y ridiculiza a su marido en público siempre que puede. Una tortura añadida.

Me preocupa el desarrollo profesional de los docentes. Su actitud ante sí mismos, ante los alumnos, los colegas, las familias y la sociedad. Y todo aquello que en el clima escolar facilita o dificulta el compromiso. Hay ambientes desoladores y frustrantes en los que es difícil desenvolverse con entusiasmo. Hay otros en los que, por contra,  es difícil mostrarse reticentes o desanimados.

Lo que me impresiona del discurso final de este profesor de “La versión Browning” es que formula la decepción demasiado tarde, cuando solo hay tiempo de reconocerla pero no de corregirla. La vida es una obra de teatro que no admite ensayos.

Evaluación verboicónica final

14 May

El proceso de diálogo incesante y diverso que es el desarrollo de una asignatura universitaria tiene una etapa inicial a la que me referí en el pasado artículo, fases intermedias que se van sucediendo en el quehacer cotidiano y una etapa de cierre o de balance al final sobre la que prometí escribir hoy.

Imagen de la experiencia de evaluación verboicónica de mi última clase, celebrada el 5 de mayo de 2015 en el master sobre Políticas y prácticas de innovación educativa.

En el proyecto de la asignatura que diseñaba con el grupo siempre incluíamos una sesión de trabajo a medio camino para ver cómo iban cumpliéndose las expectativas iniciales, tanto suyas como mías: contenidos, metodología, relaciones, prácticas, evaluación… Hacer ese alto resultaba necesario para tomar decisiones. Dejarlo solo para el final, imposibilitaba las rectificaciones sobre la marcha.

Al terminar el curso llegaba el momento de preguntarse: ¿qué ha pasado?, ¿qué hemos aprendido y qué no?, ¿cómo lo hemos pasado y por qué?, ¿qué podíamos haber hecho de otro modo?, ¿qué nos ha faltado?, ¿qué  nos ha sobrado?, ¿qué resultados hemos conseguido?, ¿se cumplido las mutuas expectativas?…

Solicitaba que escribiesen o dibujasen (por eso hablo de análisis verboicónico) lo que habían vivido, aprendido y sentido durante el curso, utilizando el encerado y, a veces, papel continuo que se fijaba a las paredes del aula.  También podían unir, subrayar, poner admiraciones o interrogaciones sobre lo que otros hubieran escrito antes, pero no podían borrar o tachar lo que otro hubiera expresado previamente.  Podían salir una, dos, tres veces… para ir expresando y completando sus ideas y sentimientos. Yo también dibujaba  o escribía cuantas veces deseaba.

Esta primera parte se hacía en silencio y duraba el tiempo que necesitase el grupo para manifestar sus impresiones. Pasado ese tiempo, se interrumpía la fase de manifestaciones escritas y de dibujos.

Procuraba que pudiesen salir varios a la vez para que no se viera quién escribía o dibujaba qué, de modo que la libertad fuese mayor. Nunca he ignorado el temor  que pueden sentir los alumnos y alumnas (por mucho que insistiese en que podían expresarse libremente) a manifestarse críticamente ante la persona que tiene el poder de la calificación o, por el contrario, a manifestar gratitud y elogios al profesor ante compañeros y compañeras displicentes. (“¿Te gusta hacer la pelota?”, pueden decir).

Siempre me ha llamado la atención la enorme creatividad  de los alumnos y alumnas para expresarse de forma espontánea y concatenada. Porque el ingenio se retroalimenta.

Luego había una segunda fase, consistente en interpretar y analizar lo que no se entendía. Y la estimulación en cadena  que supone  convertir el ejercicio en una actividad colectiva.

–    No entiendo lo que ha querido decir el autor de ese dibujo o de esa frase o de ese signo de admiración…

–    ¿Alguien me puede explicar lo que significa la flecha que se ha añadido al texto que escribí en tal parte?

–    ¿Puedo aclarar lo que quise decir con el dibujo de la bombilla?…

Al fotografiar el resultado de todos los añadidos se tenía la radiografía de la evaluación que hacíamos de la experiencia. Conservo documentos de esas evaluaciones que permitían diagnosticar el estado de opinión y de emoción después de la experiencia vivida.

Finalmente venía la parte más interesante que era el diálogo suscitado, el análisis de lo expresado, las explicaciones, las sugerencias, los comentarios, las ilusiones compartidas.

He vivido emociones muy profundas a raíz de esas experiencias de diálogo realizadas al finalizar un curso.

Citaré, entre las miles que hubo y las muchas que recuerdo, solo tres frases que puedo repetir fielmente  de  memoria.

La primera se refiere a la intensa participación que habían tenido en el desarrollo de la asignatura: “Algunos se dedican a la enseñanza para sentirse importantes. Nosotros tenemos que agradecerte a ti que nos hayas hecho sentirnos importantes a nosotros”.

La segunda alude al uso frecuente que hago de historias, parábolas y metáforas: “Había una vez un profesor que, de tanto contar historias, terminó siendo el protagonista de nuestras historias”.

La tercera tiene que ver con el sentimiento de  gratitud, que aparecía con frecuencia: “Gracias por esta cena entre amigos que ha sido la asignatura. He aprendido mucho, he compartido y lo he pasado bien”.

Voy a referirme ahora a un hecho que, aunque se produjo hace años, sigue teniendo eco hasta el presente. Lo digo porque he recibido días atrás un nuevo y agradecido recordatorio anual de la carta que le envíe a los dos hijos (8 y 10 años) de una maestra que se emocionó al plasmar su opinión en el mural y que manifestó el motivo de sus lágrimas:

– Tengo sentimientos ambivalentes porque me da pena terminar el curso pero, al mismo tiempo, tengo la alegría de poder decirles a mis dos hijos, que me han reprochado que no esté con ellos a la hora del desayuno (la clase comenzaba a las 8 de la mañana),  que ya podré  acompañarles a partir de hoy.

En la carta les decía que tenían una mamá maravillosa y que había sentido no poder estar con ellos en el desayuno. Que, quizás, si su papá no hubiese estado con ellos porque se iba a montar en bicicleta, no se lo habrían reprochado. Y que, como eran niños cariñosos e inteligentes estaba seguro de quele iban a ayudar a mamá a seguir estudiando.

A los  pocos días recibí una carta de los niños en la que me daban las gracias por el consejo “que nos ha ayudado a pensar mucho a mucho a mi hermano y a mí”, decían.  Y me contaban que habían decidido ayudar a mamá a seguir estudiando, que si ella no podía estar con ellos en el desayuno no le iban a decir nada.

Sobre esta historia escribí un relato hace años que se titula “Mamá estudiante”, relato que está incluido en mi libro “La Pedagogía contra Frankenstein” (Editorial Graó).

El curso ya había terminado. Esas reflexiones hacían balance y servirían para orientar (por parte de ellos y mía) nuevas experiencias de aprendizaje.

Esa dinámica de diálogo rompe esa curiosa, nefasta y paradójica creencia de que es el profesor quien tiene interés en que los alumnos aprendan y los alumnos quienes se resisten a realizar aprendizajes.

¿No había observaciones negativas en aquellas evaluaciones verboicónicas? Claro que sí. Había quien demandaba más intervenciones mías, más teoría o más práctica, más trabajo cooperativo…

Creo que los docentes debemos estar abiertos a la crítica y ser críticos y exigentes con nosotros mismos, Solo así podremos mejorar. En el libro de Ken Bain que he citado otras veces en estos artículos, “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, se dice: “Estos excelentes profesores nunca atribuyen a sus alumnos las dificultades que encuentran en el aprendizaje”.

Al finalizar esa sesión les hacía entrega de un sencillo recuerdo, de un pequeño regalo. Unas veces fue un texto mío de este blog (Los adioses, por ejemplo) y otras algún relato o poema de un autor conocido (Viaje a Ítaca, de Kavafis, en alguna ocasión).

Como otra de mis obsesiones es la escritura, con estas impresiones escribía una carta de despedida a mis alumnos y alumnas, una carta en la que les  daba las gracias por lo vivido, les pedía disculpas por los errores y les deseaba suerte para el futuro.

Pequeños amos (y amas) de casa

23 Abr

Cada día me sorprende y me ilusiona más encontrarme con experiencias educativas innovadoras.  Proliferan como hongos.  No hay suficientes sábados en el año para hacerme eco de ellas. Y eso que las que yo conozco son una ínfima parte de las que existen. Como para no ser optimistas. Es admirable el derroche de ingenio, de generosidad, de esfuerzo y de compromiso que hacen muchas personas, dentro y fuera del sistema educativo, para poner en marcha experiencias de formación.

Ana Sancho, la impulsora del proyecto, madre de dos hijos, tuvo esta iniciativa con el fin de impulsar la igualdad, la competencia en la realización de las tareas domésticas, la colaboración, la autonomía, la corresponsabilidad…

Hace poco visité la ciudad de Burgos para participar en el III Congreso de ASIRE (Asesoramiento, Innovación y Renovación Educativa). La Asociación está integrada por un grupo de  profesionales de la enseñanza llenos de entusiasmo y de coraje que luchan contra viento y marea por una educación mejor. Contra el viento de la pasividad y contra la marea de la rutina. Admirables e incansables personas que con el optimismo a flor de piel  buscan y ofrecen caminos de perfeccionamiento. No me detendré en algunas iniciativas que allí conocí y que se  expusieron en forma de talleres y paneles: radio en la Universidad de Burgos, robótica para estimulación temprana, Ingenium para el desarrollo infantil…

Voy a centrarme en una experiencia con la que me encontré de manera fortuita al margen del Congreso. Un  fruto de la serendipidad. Ya sabe el lector que la serendipidad es el hallazgo inesperado y afortunado que se produce cuando se está buscando otra cosa.

Me alojaron las entusiastas organizadores del Congreso en el Hotel Acuarela, un pequeño y coqueto hotel de diseño, sito en el centro de la ciudad de Burgos. Al retirarme para acudir al trabajo, la chica que atendía en recepción, se dirigió a mí solícitamente:

–           ¿Puedo robarle unos minutos?

–           Cómo no, me los regalas, no me los robas.

Apresuradamente me habla de un proyecto para el logro de la igualdad que está llevando a cabo en el Hotel  con escolares de diversos centros. El proyecto se denomina Pequeños Amos de Casa. (¿por qué no “y amas”?, le sugerí). Imagino que la intención al usar el genérico en este caso es de carácter didáctico ya que pretende romper el estereotipo de “amas de casa”, pero creo que sería mejor hacer explícita la idea de que la experiencia está destinada a niños y a niñas, ya que tiene como eje la búsqueda de la igualdad.

Se ha ganado terreno en el asunto de la realización equitativa de las tareas domésticas, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Todavía decimos los hombres que “ayudamos” a nuestras parejas en las tareas de la casa,  que “colaboramos” intensa o mínimamente con  ellas, todavía hay hombres que cierran las ventanas para hacer las camas y todavía hay quien no se ha enterado de la injusticia reinante desde tiempo inmemorial.

El trabajo de la mujer fuera del domicilio, en muchos casos, ha venido a complicar las cosas en el aspecto que nos ocupa. Porque ahora la mujer tiene que desarrollar doble  trabajo: el de la casa y el de fuera de casa. He visto una viñeta en la que el marido se encuentra en un sillón de la casa tomando una copa y le pregunta su mujer que entra en la casa con un maletín de ejecutiva de no menor tamaño que el que se puede ver al lado del sillón.

– Cariño, ¿qué tenemos hoy para cenar’

Ana Sancho, la impulsora del proyecto, madre de dos hijos, tuvo esta iniciativa con el fin de impulsar la igualdad, la competencia en la realización de las tareas domésticas, la colaboración, la autonomía, la corresponsabilidad… Me expuso sus pretensiones, sus líneas de acción y me remitió a la información  que tienen colgada en la red y a la que he acudido para redactar este artículo.  Remito a ella al lector o lectora que esté interesado en la experiencia.

Convoca a escolares de centros en edades comprendidas entre los 8 y los 17 años. Acuden al Hotel en grupo (quiere subrayar la idea de equipo ya que dice que la familia lo ha de ser) y allí pasan tres horas de la mañana realizando tareas diversas. Les explica los objetivos, les propone las actividades, les pone unos petos, les da unas bolsas con confeti para que manchen pasillos y habitaciones,  y entrega una tablet a cada pareja en la que van viendo los vídeos que muestran cómo realizar las tareas.

Hay muchas formas de hacer una cama. Cuidar los detalles es una exigencia del trabajo bien hecho. No se pueden hacer las cosas de cualquier manera. Hay muchas formas de limpiar un lavabo. Hacerlo bien es una forma exigente de afrontar  las obligaciones. Hay muchas formas de planchar una camisa. Con qué mimo y cuidado lo hace Ana Sánchez. He visto algunos vídeos sobre las actividades que realizan los niños y las niñas en esas horas: planchar una camisa, usar la aspiradora, hacer una cama, limpiar un cuarto de baño…

Me ha llamado la atención que el epicentro de la iniciativa no esté en una escuela sino en un Hotel. Lo cual nos permite ver que todas las instancias de la sociedad pueden contribuir a la educación.

No sé lo que habrá pasado con los clientes del Hotel cuando hayan visto a un grupo de 25 escolares transitar por los pasillos y las habitaciones, aunque hayan trabajado de forma ordenada y silenciosa. Hay quien tiene alergia a los niños y a las niñas. Hay también Hoteles que ni siquiera los admiten como clientes. También en eso hay un punto de reflexión interesante. Las pequeñas molestias que puedan ocasionar los visitantes han de darse por bien empleadas si la experiencia acaba propiciando el cultivo de valores en la sociedad que habitamos. Porque la educación es un asunto de todos los ciudadanos y las ciudadanas de un país, no solo de los docentes que trabajan en los centros escolares o de las familias respecto a sus hijos. Los clientes de ese Hotel pueden contribuir a la mejor educación de su país siendo tolerantes y comprensivos, siendo incluso colaboradores con la experiencia. Ya sé que no pagan para eso ni por eso, pero sí pueden incrementar la sensibilidad colectiva  de la sociedad.

Dice Ana Sancho en los vídeos tutoriales que ha elaborado (más de treinta) que existe una inteligencia colectiva de la que surgen las iniciativas y los afanes de la mejora de la sociedad. Yo hablo además, como se ve,  de la sensibilidad colectiva.

La experiencia tiene poco tiempo. Por lo que yo sé empezó hace unos meses. Ya han acudido escolares de  Primaria de algunos centros y, al parecer, la experiencia ha tenido un éxito magnifico.  Están a la espera de recibir grupos de adolescentes. Es importante que en esas edades trabajen de forma práctica los valores de la convivencia.

Me ha gustado escuchar en uno de los vídeos a un profesor que iba a enviar a sus alumnos al Hotel para realizar la experiencia “Pequeños Amos de Casa”. La apertura de los centros escolares a la sociedad es imprescindible para que no se conviertan en guetos sociales.  Si tiene muros, no es una escuela.

Estoy seguro de que, desde una actitud autocrítica y abierta a la crítica de quienes participan y no participan en la experiencia, se podrá ir perfeccionando.. Todas las experiencias son perfectibles. La mejora está en la actitud humilde y en la voluntad denodada de los emprendedores. Las personas inteligentes aprenden siempre, las otras tratan de enseñar a todas horas.

Las cabras del rabino

2 Abr

Todas las personas, todos los grupos humanos, todos los países atraviesan etapas difíciles. A veces, muy difíciles. A veces, muy largas. En la vida y en la historia hay tiempos de bonanza y tiempos de conflicto.  Hay tiempos de tranquilidad y tiempos de crisis. Cuando tenemos etapas prolongadas de bienestar, pensamos que algo malo puede truncarlas.

- Qué tranquilos y felices somos hoy en casa al estar sin cabras. La vida es maravillosa ahora.

¿Cómo superar esas etapas complicadas en que la dificultad se adueña de la vida? ¿Cómo salir de ese túnel en que falta el aire y todo está oscuro? Es en la dificultad donde las personas muestras su fortaleza y su verdadera inteligencia.

Los docentes pueden atravesar etapas complicadas a lo largo de su trayectoria profesional. Se pueden encontrar con políticos incompetentes, directores e inspectores tóxicos, alumnos apáticos o ingobernables, colegas conflictivos, familias hostiles, fracaso en las pretensiones, sensación de incompetencia, desaliento ante las nuevas exigencias, agotamiento sin límites, incipiente o acrisolada depresión…

Me he imaginado muchas veces la sensación de frustración que tiene que sentir un docente que es incapaz de hacerse con la clase,  de mantener el orden y de conseguir una mínima atención de sus alumnos y alumnas… Me lo imagino yendo cada lunes al Colegio o al Instituto arrastrando el alma por el suelo… Como iba aquel condenado a muerte un lunes camino del cadalso diciéndose a sí mismo: “mal empiezo la semana”-¿Cómo sale del túnel si no tiene fuerzas para caminar?  ¿Quién lo ayuda?

He pensado muchas veces en los jóvenes docentes que han llegado a las aulas cargados de ilusiones y de buenas ideas y  que se han estrellado contra grupos que no solo no están dispuestos a aprender sino que tienen como propósito hacer la vida imposible a quien pretende enseñarles.

Imagino el caso de un exitoso opositor que acaba de aprobar las intrincadas pruebas y que, en su primer año, ve cómo el castillo de sus sueños es derribado por el viento huracanado de los desprecios recibidos en el aula, de la hostilidad de las familias y de la indiferencia del claustro. ¿A dónde puede ir si acaba de hacerse funcionario in  saecula saeculorum?

Una de las estrategias que ayudan a superar la dificultad es pensar que, por muy difícil que sea la situación, siempre podría ser peor. Hay que ser inteligentes para poder dinamitar la tristeza. Una buena dosis de ingenio y de sentido del humor pueden ayudar a salir de los momentos difíciles.

Leí hace tiempo un curioso relato en uno de los numerosos libros de Eduardo. Se titulaba “100 poderosos impulsos positivos par vivir mejor”. Reproduzco  la historia con los inevitables matices de in fidelidad que impone la memoria.

Un campesino judío con muchos hijos, tras sequías repetidas y sin medios económicos, dijo al rabino de su aldea que quería suicidarse parque la vida le resultaba insoportable.

–        ¿Quieres seguir un plan para cambiar de opinión y ser más valiente ante la vida?, le preguntó el rabino.

–         Sí, le prometo hacer cuanto me diga, dijo el campesino.

El rabino, entonces, le aconsejó:

–        Cómprate una cabra y llévala a vivir a tu casa.

–        ¿Cómo puedo convivir con un animal así y exponer a toda mi familia a sus molestias? Además, tengo que gastar un dinero del no dispongo para necesidades apremiantes.

–        Hazlo así y ven a verme la próxima semana.

Así lo hizo el labriego y a la semana siguiente acudió desesperado a ver al rabino.

–        No es posible vivir con un cabra. Todo ha empeorado.

–         No te inquietes, repuso el rabino. Esto es solo una parte del plan. Cómprate otra cabra y haces lo mismo esta semana.

Pidió dinero prestado a sus amigos, compró la segunda cabra y, muy angustiado, volvió una semana después, más resentido  y amargado que nunca.

–        Confía en mí y triunfarás. Haz una cosa. Llévate una tercera cabra a tu casa y la próxima semana ven a verme.

Nuestro hombre, en el límite de su desesperación, volvió dispuesto a decir que no seguiría más esos absurdos consejos. Y el rabino de dijo:

–         Ahora te queda la parte final. Vende una cabra, recupera el dinero  y ven a verme la próxima semana.

Pasado el plazo, informó de que se notaba más paz en su casa con una cabra menos, El rabino le sugirió que se deshiciera de la segunda cabra. Una semana después, el labriego consideró que era más tolerable vivir con una sola cabra y, cuando recibió el consejo de vender la tercera cabra, al volver confesó:

–        Qué tranquilos y felices somos hoy en casa al estar sin cabras. La vida es maravillosa ahora.

El rabino, entonces, dijo:

–        Ninguna contrariedad es tan grande como suponemos al principio. No hemos de desesperar nunca. ¡Siempre hay una situación peor!

Al cantar las excelencias de la profesión docente, no tenemos en cuenta muchas veces que hay profesionales que los pasan mal, que hay personas que sufren en el ejercicio de esa tarea, en sí excelsa pero también compleja.

No es fácil optar por el abandono, dado el alto costo que supone acceder a un puesto de trabajo y, más aún, si tiene esa persona es funcionaria. No es fácil tampoco  reconocer de manera definitiva el fracaso y arrojar la toalla.

Recuerdo la hermosa película de Bertrand Tavernier “Hoy empieza todo”. El título, según manifiestan los guionistas, se debe a la búsqueda de una expresión que fuese lo más alejada de la ficción, lo más opuesta al “Erase que se era…”. La película cuenta la historia de una escuela infantil, situada en los alrededores de París. El Director de la escuela, encarnado por el actor Phillipe Torreton, que pasó seis meses en una escuela infantil para conocer su estructura y su micropolítica, atraviesa una crisis que le lleva a la tentación del abandono.

–  “No puedo más”, es la expresión que utiliza, si mal no recuerdo.

En los brazos de su pareja encuentra las fuerzas y la idea de la superación: “organiza, le dice ella, una fiesta en la escuela que cambie todos sus grises por música y color”. Y así sucede. El Director resurge de las cenizas de su desaliento.

Entregarse a la derrota, capitular ante las adversidades, abandonar el empeño, nos deja instalados en la tristeza y el pesimismo. Creer que se puede superar la crisis,  luchar para salir de esa situación y encontrar el camino de la ilusión y de la alegría resulta fundamental no solo para la persona en crisis sino para los alumnos y las alumnas.

Los túneles, por definición, tienen entrada y salida. El problema es sentarse en el medio lamentando que todo esté tan oscuro y llorando porque no se respira fácilmente.  Creer que se puede salir es la mitad del camino de salida.