El whatsapp de las mamás

1 Oct

Cómo no valorar las ventajas que nos ofrecen las tecnologías, cómo no aprovecharlas, cómo no sacarles el mayor y mejor partido. Sería estúpido que los riesgos que acarrea el mal uso, nos alejase de la adecuada utilización. Sería como tirar todos los cuchillos a la basura porque nos podemos cortar con ellos.

Sin embargo, no podemos dejarnos arrastrar como papanatas por experiencias novedosas sin discernir lo que tienen de bueno y de malo. Una gallina que con su pico se conectase a internet seguiría siendo una gallina. No se haría más inteligente ni más sociable por el hecho de estar conectada.

Sin embargo, no podemos dejarnos arrastrar como papanatas  por experiencias novedosas sin discernir lo que tienen de bueno y de malo. Una gallina que con su pico se conectase a internet seguiría siendo una gallina. No se haría más inteligente ni más sociable por el hecho de estar conectada.

Está claro que los grupos de whatsapp ofrecen la ventaja de estar conectados de forma rápida y simultánea a un colectivo de personas a quienes podemos ofrecer y de quienes podemos recibir información y entretenimiento. Pero encierra peligros. Comentaré algunos  que vengo observando desde hace tiempo en los grupos de whatsapp que forman las madres de los niños  y niñas  de una clase en los colegios  (o institutos) públicos y privados. La estupidez no tiene barreras.

Lo primero que quiero hacer notar es que esos grupos suelen ser exclusivamente de madres. No sé si porque disponen de más tiempo, porque tienen más apertura a la comunicación o porque están más cercanas a todo lo relacionado con la educación de los hijos e hijas. O por todos estos motivos y algún otro que desconozco.

No pasaré de puntillas sobre esta cuestión porque considero que es importante. El que sean las madres las únicas ocupadas y preocupadas por la relación con el Colegio dice mucho y bueno a favor de las madres y mucho y malo respecto al papel de la educación. Porque parecería deducirse de este hecho que si el asunto fuese verdaderamente importante serían los padres quienes estarían pendientes.

No quiero decir con esto que debería haber grupos de whatsapp formados por padres. Digo que los grupos podrían ser mixtos y digo que los padres no deberían estar al margen de los asuntos del Colegio. Si se feminiza un fenómeno, se devalúa. Y viceversa. No porque la mujer valga menos sino porque seguimos habitando una sociedad androcéntrica, sexista y patriarcal.

Creo que hay personas que utilizan el whatsapp con una dependencia enfermiza. Tienen siempre el móvil a mano  y miran la pantalla con obsesiva frecuencia. Los mensajes  pueden ser tan persistentes que no permiten hacer otra cosa. Esa actitud genera una servidumbre nociva.

Hay una dependencia desmedida del grupo de whatsapp de clase en otro sentido. Me refiero ahora  no a la frecuencia sino al poder. Sin que el grupo de su visto bueno, algunas mamás se sienten inseguras. Una noticia es veraz cuando circula por el wathsapp de forma generalizada.  Es más importante lo que dicen los integrantes del grupo que lo que dice el profesor.

– Así me quedo más tranquila, es la exclamación que genera estar al tanto a través del whatsapp.

No hay horario para el envío de mensajes. Puede sonar el aviso a las 2 de la mañana para preguntar si alguien sabe si los niños tienen que llevar una visera o un sombrero a la excursión de mañana. Y solo cuando la respuesta es visera, se produce la tranquilidad de estar en lo cierto. Es más importante lo que transmite el mensaje que lo que el niño prefiere.  Puede llegar un mensaje a las 6.30 de la mañana para preguntar si ese día hay clase.

En relación a los profesores y profesoras hay también algunos problemas. Una madre le pide a la tutora que se incorpore al grupo. Lo docente piensa que es lo único que le faltaba: acabar a una hora su trabajo y seguir conectada durante horas incluso de la noche. Otra madre le insta a la tutora de su hijos a que mande  información para dinamizar el grupo, ya que está poco activo.

Siempre hay una gurú que presume de estar al tanto de todo. Procura enterarse la primera de todas las novedades, presume de estar al tanto de las novedades y tiene canales rápidos y fa reconocida del grupo. Se siente con la responsabilidad de ras.era de todas las novedades, presume de estar al tanto de todo y áciles con las fuentes. Es una guía reconocida del grupo. Se siente con la responsabilidad de tener respuesta para todo. Si hay alguna duda ella se encarga de hacer la consulta y de difundir la respuesta. Así va ganando autoridad informativa.

– La que tiene que saber eso es fulanita, se dicen unas a otras.

También existen las que nunca se enteran de nada. El grupo es quien en este caso actúa como secretaria particular de esas mamás despistadas. Por no saber no saben ni cuando empieza el curso ni cuando termina ni cuando dan las notas, ni qué horas tienen de tutoría, ni qué día tienen ir disfrazados. Una buena amiga llevó a su hijo disfrazado de troglodita y lo tuvo al pobre todo el día en esa situación mientras el resto vestía su habitual uniforme…

– Hay que avisar a fulanita, que nunca se entera de nada, dicen las mamás.

Otro problema que se está generando es que las madres se están convirtiendo en las secretarias de los hijos. Ellas son las que piden una foto de la tarea que hay que hacer o de las páginas que hay que leer o del trabajo que hay que entregar.

– Mamá, llama a la mamá de fulanito para que te mande los ejercicios de mates.

El niño se despreocupa porque su madre le pondrá al tanto si olvida en el Colegio la libreta de las tareas. De esta manera no se responsabiliza de sus obligaciones. Su madre le sacará las castañas del fuego.

Cito en ocasiones a Holderlin cuando dice que los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes: retirándose. Para que el continente aparezca las aguas tienen que retroceder. Lo que nos dicen los hijos a los padres y  a las madres es: Ayúdame a hacerlo solo.

Hay mamás obsesivas con algunas cuestiones: los piojos, la comida que se sirve en el comedor, la seguridad en el patio, la salud de su hijo. Los mensajes se multiplican de manera exponencial cuando aparece una información inquietante. Si el niño de una de esas mamás tiene fiebre, lanza en el whatsapp mensajes reiterados para ver si es su hijo solo el que está enfermo  o si se trata de una epidemia.  Se quedará más tranquila si no le ha pasado a su niño solo.

Otro asunto que acapara centenares de mensajes es la organización de los cumpleaños, sobre todo cuando se generaliza la costumbre de invitar a todos los niños y niñas de la clase. Invitaciones, regalos, citaciones… Un cumpleaños se convierte en una montaña de interacciones casi tan estresante  como las de una boda.

Sé que no todos los grupos son iguales y que no todas las personas dentro del grupo  actúan y reaccionan de la misma manera. Estoy  hablando de problemas genéricos que se extienden de forma imperceptible. Hay otras peculiaridades en los grupos de whatsapp dependiendo de la edad de los hijos y de las hijas. No sucede lo mismo en un grupo de infantil que otro de Secundaria.  Y ni nos imaginamos un grupo de madres de alumnos y alumnas universitarios.

Los rumores se generan a través de los whatsapp y corren como la pólvora. Si el tutor o un profesor cualquiera ha cometido un fallo, la velocidad y la intensidad de la comunicación es extraordinaria creando un clima adverso que es difícil desmontar. Algún profesor  ha  salido hecho puré de la trituradora del whatsapp.  Ojo: existen algunos peligros. Hay que evitarlos.

Para que el alma no pene

17 Sep

Dediqué el pasado artículo a la necesidad de crear en las aulas un clima propicio para el florecimiento de las preguntas. Vuelvo al tema movido por los  numerosos comentarios suscitados entre los lectores y lectoras a raíz de aquel texto que llevaba por título “Que florezcan las preguntas”.

Es importante saber preguntar: elegir el lugar, el momento y la formulación oportunas. Existen un arte y una ciencia de las preguntas. Hay que cultivarlos y hay que ayudar a que otros lo hagan. Amén.

Diré, para comenzar hoy, que es más importante saber lo que realmente se pregunta que lo que hay que responder. Resulta crucial conocer qué es lo que quiere saber el que formula la cuestión. Ilustraré la idea con un ejemplo:

Un niño le pregunta a su mamá, provocando una reacción de sorpresa y cierto sofoco:

–        Mamá, ¿qué es pene?

La mamá, improvisando como puede, le ofrece algunas explicaciones al niño acerca del miembro viril (la anécdota me remite ahora al curioso libro “El pincel del amor. Vida y obra del pene”, de Bo Coolsaet). Para sobreponerse a la sorpresa y al nerviosismo, le pregunta al niño por qué  ha hecho esa pregunta. El niño, un tanto desconcertado ante la respuesta que ha recibido de su mamá, responde:

–        Es que he leído en un libro de religión “para que el alma no pene”.

Está claro que el niño no preguntaba por aquello que pensó la mamá. Ella respondió a lo que creía que le preguntaba su hijo. Pero no era eso lo que él quería saber. Mientras más extensa hubiese sido la explicación, menos se hubiese acercado la respuesta a lo deseado por quien había formulado la pregunta.

Las preguntas darán lugar a respuestas y estas a nuevas preguntas.  Lo he dicho no hace mucho en un tribunal de tesis: Todas las tesis deberían llevar un subtítulo: Preguntas y respuestas y peguntas…  Las tesis, los libros, las clases, las conversaciones, la vida… obedecen a este lema: preguntas y respuestas y preguntas.  Nunca se puede poner el punto final. En este terreno solo hay puntos suspensivos.

Un avispado comentarista del artículo anterior dice que situar las preguntas solo de la parte de los alumnos y alumnas responde a un modelo de enseñanza tradicional en el que el docente explica y el alumno comprende o no comprende lo explicado. Es verdad. Yo también abogo por un modelo de enseñanza participativo, cooperativo, dialogante, exploratorio y multiidireccional… Un modelo en el que todos puedan preguntar y aprender. El profesor puede utilizar las preguntas como una estrategia didáctica. El método socrático  tiene en las peguntas su esencia.

Se trata de crear un ambiente en el que surjan de forma fácil las preguntas de los alumnos al profesor, del profesor a los alumnos y de unos compañeros a otros. Se trata de  “abrir el espacio y la sensibilidad para la interrogación por el valor y el sentido. Se trata de transmitir la pregunta, la inquietud, la disconformidad, la insatisfacción, la apertura”, como dice Jorge Larrosa.

Heidegger sostenía que “toda pregunta es una búsqueda”. La búsqueda parte del deseo de saber y de la conciencia de que algo no se sabe. Solo los necios creen que lo saben todo. Los sabios son siempre humildes porque tienen conciencia de lo mucho que desconoce. Es la tesis de la docta ignorancia que sostenía Nicolás de Cusa.

El profesor tiene que hacer preguntas, pero no solo cuando realiza la evaluación. Porque esas preguntas no nacen de la curiosidad por saber sino de la duda de que otros hayan aprendido. Son preguntas encaminadas no a aumentar el aprendizaje sino a comprobar el aprendizaje ajeno.

Cuando termino de impartir una conferencia es casi inexorable que los organizadores digan:

–        Y ahora se abre un turno de preguntas.

Suelo hacer una breve observación en los siguientes términos:

–         No. No se trata solo de hacer preguntas. Porque eso daría pie a pensar que aquí solo hay uno que sabe y los demás que no saben y tienen que aprender del que sabe. No. Todos sabemos  y todos podemos aprender. Se pueden plantear opiniones, sugerencias, críticas, discrepancias, nuevas ideas, sentimientos vividos…

Esa actitud está tan arraigada que, a veces se reparten hojas blancas para la formulación de preguntas durante la exposición.  Se pretende evitar (y así se dice) que los asistentes aprovechen el momento de la pregunta para emitir opiniones.

Existen muchos tipos de preguntas. Infinito tipo de preguntas. Dependen del contexto, de la intención, de la relación entre los interlocutores, del momento, de la historia, de la ironía, de la mordacidad, de la maldad o de la bondad, del conocimiento, de las emociones que las embargan…

Algunas preguntas se contestan, a veces, con otras preguntas. Cuenta Manuel Alcántara que cuando un periodista le preguntó a Bernard Shaw si creía que esa fecha y día atraían la mala suerte,  él le contestó con otra pregunta: ¿por qué los martes y 13 van a ser una excepción?

Hay preguntas que contienen una carga tremenda de dinamita. Me cuenta la mamá de una amiga de mi hija Carla cuyo marido trabaja en una compañía de seguros, que un buen día invitó al jefe de su pareja a una cena familiar. Y en plena cena el niño, que entonces tenía cinco años, le preguntó al invitado:

–           ¿Tú eres el que explota a mi padre?

En mi libro “Hacer visible lo cotidiano”, presento una tipología de las preguntas que se pueden utilizar cuando se quiere saber algo. Veamos algunas.

Preguntas que buscan el control de contradicciones, las exageraciones, las faltas de racionalidad: ¿no ha dicho usted hace un momento…?, ¿por qué no?, ¿cómo puede ser si…?, ¿qué sentido tiene entonces…?, ¿todos  y siempre hacen eso?

Preguntas que demandan una explicación de otro tipo, más amplia o más concreta: ¿me puede poner un ejemplo?, ¿en qué sentido?

Preguntas que buscan la opinión, no la mera descripción: ¿qué piensa sobre estos hechos…?, ¿qué opinión le merece…?

Preguntas que piden comparaciones: ¿cómo se relaciona esto con la política…?, ¿qué tiene que ver esto con lo que dicen otros autores…?

Preguntas que pretenden perseguir la lógica: ¿hay que deducir que…?, según esa teoría, ¿habría que deducir…?

Preguntas hipotéticas: ¿qué pasaría si…?, ¿qué sucedería en el caso…?

Preguntas que expresan sorpresa o incredulidad: ¿en todos los casos?, ¿realmente?, ¿está usted seguro de que…?…

Preguntas en la posición de abogado del diablo: ¿qué respondería usted a la objeción…?, ¿no niega esa afirmación todo lo que se sabe al respecto…?, ¿no es lógico el argumento contrario si…?

Preguntas que buscan la confirmación de la pregunta: ¿Me quiere decir que no vio el coche que circulaba delante…?, ¿a que está claro que…?

Preguntas que exigen ampliación respecto a lo que se ha dicho: ¿quiere añadir algo más…?,  ¿alguna cosa más?, ¿eso es todo?

Preguntas que solicitan la confirmación de que se ha entendido:   ¿lo que usted quiere decir  entonces es…?,  ¿sería correcto deducir…?

Preguntas capciosas: ¿le pega usted con frecuencia a su pareja?, ¿en qué situaciones miente con. más facilidad…?

Esta lista no se agotaría nunca. Porque  existen infinidad de situaciones, de personas, de ideas, de intereses, de actitudes, de sentimientos…Es importante saber preguntar: elegir el lugar, el momento y  la formulación oportunas. Existen un arte y una ciencia de las preguntas. Hay que cultivarlos y hay que ayudar a que otros lo hagan. Amén.

Una escuela para la paz

13 Ago

Escribo desde la hermosa ciudad de Pereira (Colombia) donde participo con dos conferencias en el XVII Encuentro Nacional de Docentes Directivos de la Escuela Oficial Colombiana. Lo organiza ASODIC, una Asociación de Directivos que, atenta al momento crucial de pos-conflicto  (algunos prefieren hablar de pos-acuerdo) que vive el país, ha decidido con acierto que el tema central del evento sea “Una escuela para la paz”.

Hay que hacer un mundo en el que quepamos todos y todas, que no sea el jardín de recreo de una pocos a costa del dolor gratuito y de la muerte prematura de los demás.Éxito en este apasionante reto para Colombia. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

Todo el mundo sabe que el gobierno  colombiano está inmerso en un proceso de negociación con la guerrilla que, casi con toda seguridad, acabará con acuerdos definitivos para la abolición de la violencia armada. Mi aliento y mi aplauso. Hay que acabar con el horror. Recuerdo que, hace dos años estuve en la ciudad de Florencia (estado de Caquetá) donde me hablaron, todavía conmocionados, del secuestro de dos equipos de fútbol cuyos jóvenes jugadores aparecieron luego muertos disfrazados de guerrilleros, siendo declarado el hecho como un “falso positivo”. Aterrador. Los docentes cuentan atrocidades casi increíbles. Una directora me contó anoche durante la cena que su marido fue abatido con dieciocho disparos de los paramilitares. Dos hijos pequeños sin padre para siempre. Un infierno. En esta situación, todos acaban siendo víctimas del terror: los violentos que se envilecen, las víctimas que sufren y los testigos que aprenden miedo y dolor. De hecho, la escuela ha sido un testigo mudo del terror. El miedo ha tendido un manto de silencio sobre el conflicto, que no ha podido ser objeto de análisis en el curriculum. Qué decir de los niños y las niñas, atropellados por tanto odio, con los ojos inundados de imágenes horribles y los oídos llenos de historias de muerte.

El Gobierno, decía más arriba, está empeñado en cerrar las negociaciones de paz en las mesas de dialogo que se están celebrando en La Habana. Después de que se alcancen los acuerdos, que parecen inevitables, se celebrará un plebiscito sometiendo a la población el hecho y los contenidos de los acuerdos. No quiero ni pensar en que gane el no. Hay una encarnizada y poderosa  oposición a los acuerdos de paz encabezada por el anterior presidente Álvaro Uribe.

Recuerdo que hace años, cuando el presidente Zapatero inició, previa autorización del Congreso, la negociación con ETA, escribí un artículo que alguien amablemente le entregó, titulado “Adelante, señor Presidente”. Decía allí que ojalá pudiéramos contarle a nuestros hijos y nietos que lo que no consiguieron las armas lo había logrado la palabra, que lo que no se había alcanzado en el campo de batalla se había podido conseguir en la mesa de negociaciones. Decía también que nadie tiene más respeto a la víctimas que aquel que consigue hablar con los verdugos para que no haya ni una sola víctima más. Sin embargo, todos recuerdan las terribles críticas que la oposición dedicó al proceso de negociación que fue abortado por el atentado de Barajas.

Ya sé que se trata de casos distintos. Pero en todos estos procesos de negociación para alcanzar la paz, digo con el poeta: Malditas armas si no son las palabras. Por eso me parece que el momento que vive el país colombiano es de una extraordinaria importancia. Los docentes y los directivos van a tener un protagonismo decisivo en los tiempos de gestión del pos-conflicto (o del pos-acuerdo), en los tiempos de reconstrucción de la paz.

Decía que cada conflicto es diferente. Sus causas, su desarrollo y sus consecuencias. Y sé que el colombiano, que ya lleva desangrando el país más de medio siglo, es uno de los más complejos y virulentos del mundo.  Afortunadamente las conversaciones de La Habana están dando sus frutos y este Encuentro educativo al que asisto es un indicador de la esperanza de reconstruir la paz y acabar con tanto dolor, con tanto odio, con tantos muertos. El reto es formidable.

Sé que la negociación es verdaderamente intrincada porque hay muchas cuestiones entremezcladas de extraordinaria complejidad: la desmovilización de la guerrilla, la entrega de las armas, la reinserción de los guerrilleros en la vida civil y laboral, la redención de los delitos de sangre, la seguridad ciudadana, el respeto a las víctimas, el desarrollo de los acuerdos, la superación del odio…

Uno de los problemas que existe es el relacionado con los conceptos. ¿A qué llamamos paz? Porque la paz no es la simple ausencia de conflictos. En ningún lugar hay más paz que en un cementerio. Allí todo el mundo está en su sitio y nadie molesta a nadie. Pero no tenemos mucha prisa en que instalen allí nuestra morada.

Hay una paz tramposa que es preciso denunciar. Lo decía Galtug, uno de los principales teóricos sobre el tema: “Llamar paz a una situación en que impera la pobreza, la represión o la alineación es una parodia del concepto de paz”.

En versos contundentes lo explicaba Gabriel Celaya: ”Peor que la guerra, ¿qué?/¡La paz, la paz!/ Esa paz que suena a tiro/y que mata sin alarma”.

Hay otra visión empobrecida que es la que asocia la paz a la idea de tranquilidad. Decimos habitualmente cuando alguien nos incordia: “Déjame en paz”. Y cuando alguien muere, escribimos en su lápida: “Descanse en paz”. Parece claro que esa no es verdadera paz. Hay que andar con mucho cuidado con el lenguaje.

La paz no puede consistir solamente en la ausencia de conflictos armados sino que entraña, principalmente, un proceso de progreso, de justicia, de respeto mutuo entre la personas, los grupos y los pueblos. La paz es dinámica, luchadora, inconformista. No podemos hablar de paz mientras haya masacres, genocidios, atentados, sexismo, opresión, ignorancia, hambre, desempleo, trabajo infantil, prostitución, corrupción, abuso de menores, tráfico de órganos, secuestros, discriminación, amargas procesiones de refugiados, personas sin techo, niños y niñas sin educación…

En segundo lugar existe una falsa concepción de la estrategia para alcanzar la paz: no se puede entender que la paz se construya solo en las mesas de las comisiones negociadoras. La paz es una interpelación a cada persona, a cada escuela, a cada familia, a cada grupo humano… Si no  se compromete la ciudadanía, si no participan las personas, si no se siente interpelado cada individuo, no habrá verdadera paz.

En tercer lugar, me parece estupendo que los organizadores del Encuentro hayan puesto el epicentro de las soluciones en la educación. Porque es ahí donde está la clave de la solución de la construcción de una paz justa y verdadera. En la formación de una ciudadanía que sabe de valores, que los respeta y los desarrolla en la sociedad. Una ciudadanía que convierte en su lema de vida estas ideas: justicia, libertad, armonía, equidad, igualdad, dignidad, democracia, solidaridad, compasión, derechos humanos, desarrollo sostenible…Si las guerras nacen en la mente de las personas, es en la mente y en el corazón de las personas donde hay que colocar los baluartes de la paz.

Dice Federico Mayor Zaragoza: “Ganar la paz no significa solamente evitar la confrontación armada sino elaborar, con tesón y prudencia, los instrumentos que permitan erradicar las causas de la violencia individual y colectiva: la injusticia, la opresión, la ignorancia y la miseria, la intolerancia y la discriminación. Para ganar la paz hay que esforzarse por edificar un armazón de valores y de actitudes que modifiquen, a medio y largo plazo, tanto la conducta íntima como la social. Ganar la paz quiere decir consolidar la convivencia democrática en un nuevo empeño de tolerancia y generosidad que es, en última instancia, una tarea de amor”.

Tengo delante de mi el hermoso libro “Educar para la paz” de mi entrañable y ya desaparecido amigo Jesús Jares. Un educador que dedicó la vida a reflexionar y a trabajar por la paz. Ahora leo con emoción la dedicatoria que me hizo de su puño y letra, dedicatoria que me lleva a su amplia sonrisa y a su apasionado corazón de luchador por la paz. Dice en el libro: “La búsqueda de la paz es una tarea inacabada y  seguramente inacabable. Por ello la educación para la paz no es un lujo sino una  necesidad, un derecho-deber del educador”. Y yo añadiría: es un derecho-deber de cada persona.

Creo que es imprescindible que hagamos una transición progresiva de una cultura de guerra a una cultura de paz. Hay que hacer un mundo en el que quepamos todos y todas, que no sea el jardín de recreo de una pocos a costa del dolor  gratuito y de la muerte prematura de los demás. Éxito en este apasionante reto para Colombia. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

El niño en la cima de la montaña

23 Jul

John Boyne es un irlandés de pura cepa, nacido en Dublín en 1971. Se formó en el Trinity College y en la Universidad de East Anglia (Norwich). Conozco desde hace años esta prestigiosa Universidad inglesa donde he pasado algunas temporadas para encontrarme con profesionales tan reconocidos como Barry McDonald, lamentablemente fallecido, John Elliot o Helen Simons.

Ahora ha vuelto a abordar el tema de la infancia y el nazismo en otra novela, que lleva por título “El niño en la cima de la montaña”. No voy a desvelar el desenlace, claro está. Lo que quiero hacer en este articulo es plantear, a raíz de esa lectura, la cuestión sustantiva del concepto de educación.

Boyne escribió hace algunos años una corta, dura y sobrecogedora novela que todos mis lectores y todas mis lectoras habrán leído: “El niño con el pijama de rayas”. Probablemente habrán visto también la película que lleva el mismo nombre, indudablemente peor que la obra literaria si es que se pueden comparar géneros tan diferentes. Después publicó otra novela que leí con avidez y que se titulaba “La casa del propósito especial”. Una novela con un final sorprendente aunque, si se tiene algún conocimiento de historia, se  puede vislumbrar y el  impacto final se atenúa un poco.

Ahora ha vuelto a abordar el tema de la infancia y el nazismo en otra novela, que lleva por título “El niño en la cima de la montaña”. No voy a desvelar el desenlace, claro está. Lo que quiero hacer en este articulo es plantear, a raíz de esa lectura, la cuestión sustantiva del concepto de educación.

Un niño parisino, llamado Pierrot, ha tenido una infancia similar a la de cualquier niño de su época y ciudad de nacimiento. La guerra que se avecina trastocará el destino de millones de personas. Pierrot tiene un amigo judío llamado Anshel, con el que pasa muchas horas. Nos hallamos en el París de 1935. Al morir los padres de Pierrot comparte la vida con la familia de su amigo. Luego, ante los temores  y las estrecheces, le envían a un orfanato. Y, de pronto, para su dicha y sorpresa, es reclamado por su tía Beatrix que trabaja como ama de llaves  en una mansión imponente situada en la cima de una montaña.  No es una casa cualquiera. Se trata nada más y nada menos que del Berghof, la enorme residencia que Adolf Hitler tiene en Los Alpes de Baviera.

A sus siete años, alojado de manera sorprendente y repentina en el entorno intimo del todopoderoso Führer, Pierrot se verá paulatinamente inmerso en un mundo fascinante y seductor. Hitler, que aceptó de manera displicente la propuesta de su ama de llaves  de acoger a su sobrino, va fraguando con el niño una estrecha relación de intensidad progresiva. La influencia va siendo tan absorbente que el niño va dejando de pensar por sì mismo y va haciendo suyas las ideas de su poderoso mentor. Pronto empieza a militar en las Juventudes Hitlerianas, deslumbrado por su mística y su parafernalia.

El niño que era Pierrot va transformándose en el Pieter que Adolf Hitler va modelando en los encuentros reiterados que se producen en la gran mansión. Unos encuentros envolventes e insidiosos. Aquel niño fiel amigo, generoso compañero, hijo amante y buena persona se va transformando en un monstruo. En un fanático nazi, capaz de las más repugnantes ideas y de las más viles acciones.

–        ¿Qué te ha pasado Pierrot?, le dice Emma, Eras un niño muy dulce cuando llegaste aquí. ¿De verdad es tan fácil que los inocentes se corrompan?

De manera imperceptible se va produciendo un cambio de la personalidad debido a las influencias (¿educativas?) de su líder. Y es en esos interrogantes donde quiero poner el énfasis. Ahí se plantea (o me planteo) la cuestión. ¿Lo que hace Adolf Hitler con ese niño es educación? Es probable que muchos contestemos que no, que es mero adoctrinamiento, una fidelización morbosa y destructiva de los sentimientos y de las ideas más nobles. Pierrot cambia hasta de nombre. Ahora se llamará Pieter. Deja de pensar por sí mismo para pensar como piensa su ¿educador”? Casi repugna ver situada esa palabra en el contexto.

El problema es el siguiente: ¿qué pensaba el dictador?, ¿no creía él que estaba llenando la mente del niño primero y del joven después, de nobles sentimientos por la patria, de ideas magníficas sobre moral y de principios de acción que dignificaban su vida y salvaban del desastre a la humanidad? ¿Pensaba que lo estaba educando o que lo estaba pervirtiendo?

Y se fortalece la cuestión al preguntarnos si Pieter se sentía satisfecho de su transformación, de sus nuevos ideales, de su lealtad  a una causa y a un líder.  Una lealtad que lo justifica todo, hasta la delación y la muerte de seres queridos.

En la misma novela hay personajes que ven con ojos críticos esa labor de captación, de transformación, de seducción, que me resisto a llamar educativa. Hay personas que lamentan la evolución del niño inocente que llegó al Berghof en el joven monstruo que llega a ser.

–           Me da miedo pensar en qué clase de hombre  va a convertirse si esto sigue así –dijo Beatrix-. Hay que hacer algo. No solo por él sino por todos los Pierrots que hay ahí fuera. El Fürher destrozará el país entero si alguien no le detiene. Acabará con Europa entera. Dice estar iluminando las mentes del pueblo alemán… pero en realidad es la encarnación de las tinieblas en el centro del mundo.

Lo mismo me planteo respecto a otros casos de adoctrinamiento. Pienso ahora, todavía conmovido por la masacre del pasado día 15 en Niza, en el caso tan preocupante de los yihadistas que se convierten en asesinos de inocentesy se inmolan a sí mismos en aras de unos ideales que les han metido en la cabeza a fuerza de enseñanzas perversas. ¿Les han educado o les lavado el cerebro?

Qué pensar de un noviciado de cualquier religión en el que los novicios y novicias tienen que asumir los principios que se imponen (no se exponen, no se proponen) sin poder someterlos siquiera a discusión?

¿Quién decide que es educación? ¿Quién decide que es adoctrinamiento? ¿Sólo los implicados en el proceso? El adoctrinamiento (a veces llamado indoctrinación, por influjo del inglés indoctrination), es el conjunto de medidas y prácticas formativas y de propaganda encaminadas a inculcar determinados valores o formas de pensar en los sujetos a los que van dirigidas.

Ya que me formulo la pregunta, intentaré esbozar una respuesta que incluye cuatro razones. En primer lugar, creo que el problema fundamental es el concepto de libertad. El adoctrinador no deja libertad de opción al adoctrinado. Éste tiene que pensar, sentir y actuar de una determinada manera. De lo contrario estará fuera de la verdad y fuera del bien. El adoctrinador impone los valores, no los propone. Un valor que se impone, deja de serlo.

En segundo lugar, desde la educación es necesario ejercer la crítica, el análisis, la discrepancia. Porque en la educación no se trataría tanto de que piensen como nosotros sino de que aprenda a pensar, de que decidan como nosotros sino que aprendan a decidir por sí mismos, de que tengan nuestra jerarquía de valores sino de que aprendan a elaborar la propia.

En tercer lugar, la educación exige respeto a la autonomía del educando. Frente a la heteronomía que impone el adoctrinador, la educación busca que no dependa del pensamiento de otro.

En cuarto lugar hay que remitirse a la ética universal frente a la moral de sectas, religiones y movimientos políticos. Porque la ética universal tiene valores indiscutibles: libertad, solidaridad, justicia… Lean “Ética para la sociedad civil” de Adela Cortina. Si quieren, claro. Si lo hacen, no se arrepentirán.

Los motes del profesorado

16 Jul

Conozco algunos estudios –no muchos- sobre los motes que los estudiantes dedican a los profesores y profesoras. El fenómeno de los motes es relevante porque los motes o sobrenombres esconden (o desvelan, según se mire) las actitudes de los estudiantes hacia quienes les enseñan. Los apodos desempeñan funciones denominativas y descriptivas de gran interés sociológico y lingüístico.

No me gustan los motes crueles, despectivos, agresivos, groseros… Porque ofenden, hacen sufrir, crean estigmas y, en definitiva, encierran violencia.

¿Por qué surgen? ¿Quién los crea? ¿Qué contenidos semánticos encierran? ¿Quién y cómo los conoce?¿Cómo se difunden? ¿Quién los utiliza? ¿Qué funciones cumplen en el discurso y en la micropolítica escolar? ¿Cómo los aceptan o rechazan los interesados e interesadas? ¿Cómo desaparecen? Todas estas preguntas y muchas otras me asaltan  ante esta singular faceta de la sociología de la comunicación escolar.

No me gustan los motes crueles, despectivos, agresivos, groseros… Porque ofenden, hacen sufrir, crean  estigmas y, en definitiva, encierran violencia. Hay que acabar con esa práctica lesiva de la dignidad. Cuando exploras en la búsqueda de sobrenombres de docentes encuentras expresiones duras y modos de contarlas abiertamente crueles. Me disgusta esa vertiente negativa de la comunicación por la relación fría y dura que muestra entre discentes y docentes.

Me parecen aceptables aquellos que son ingeniosos, simpáticos, afectuosos…  Pero claro, el creador del mote no consulta a nadie y obedece solo a su ingenio o a su torpeza y a su voluntad de agradar o de ofender. En ocasiones, los motes hacen referencia a comportamientos de los docentes y son un castigo a formas de ser duras o despóticas. Son una forma de venganza (hace poco escribí un artículo en este espacio titulado “El Hitler de quinto curso”). Otros tienen que ver con defectos físicos y muestran cierta crueldad por parte de los alumnos (“Espermatozoide” le llamaban a un profesor porque era delgadito y cabezón). Hay motes que reflejan un latiguillo que repite un profesor (“La Vales” le llamaban a profesora que decía cientos de veces ¿vale? en sus explicaciones) o el nombre de un científico o escritor por el que siente una especial devoción (conozco un “Ovidio”, un “Aristóteles” y un  “Einstein”). Otros tienen que ver con el parecido del docente con algún actor o personaje célebre (“Mister Bean” se lleva la palma). Existen también motes sexistas (“La Turrona”, le llamaban a una profesora porque  decían que “estaba muy buena”).

La mayoría de los profesores no se entera del mote que le han colgado sus alumnos y no sé por qué prodigios de la sociología, pasan inadvertidos para sus protagonistas. Con frecuencia, conoce el mote todo el mundo menos el interesado. Algunas veces son colegas quienes desvelan el mote a un compañero y otras es el azar quien brinda la información. Algún correveidile puede ser la fuente. También es cierto que algunos docentes ejercen tácticas que obligan a confesar a los más inocentes. Otras veces es una situación cómica o trágica, la que hace llegar el mote a su destinatario.

Pasarse por los baños de los alumnos y leer lo escrito en las puertas y las paredes permite conocer muchos de los motes, ya que allí dan rienda suelta a sus pulsiones políticas, sociales, futbolísticas y escolares.

No sé qué motes me han acompañado durante mi carrera. Solamente uno que me dedicaron los alumnos universitarios del CEU de Madrid, donde impartía las asignaturas de Psicología General I y II. Fue un mote halagador porque era el del protagonista de una serie televisiva en la que aparecía un docente comprometido e innovador: Lucas Tanner. Esos motes, sí. Son un premio. Otros son inaceptables. Porque hieren.

Tengo que reconocer, por ostra parte, que nunca he bautizado a ningún profesor con mote alguno. Quizás por ese rechazo que tengo a los motes hirientes, ofensivos, crueles. Siempre he pensado que hay que evitar las formas gratuitas de sufrimiento ajeno.

Ni qué decir tiene que, en algunos casos, el mote encierra humor e ingenio. En otros, hace falta sentido del humor para encajarlos sin sentirse mal. Teniendo que cuenta que una excesiva repulsa puede provocar el efecto contrario al que se pretende.

Me gustaría explorar esta asunto, conocer los motes, clasificarlos por etapas, género, contenido semántico, aceptación o rechazo… Lo cierto es que el mote puede  marcar la vida de la persona. Confiere a quien se le atribuye un carde lidrrazgo. referencia a su cpaacidad nte llamado por sus alumnos Capiab  lo tenñia merecido.enguas clden, mientras repet Sin ácter o un etiqueta que simplifica su historia y su carácter.

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Voy a comentar algunos que conozco personalmente o que he conocido a través de otros profesores o alumnos. Los he querido destacar por su ingenio, por su toque de humor.

Óxido antimonioso”: se lo coloca un pésimo estudiante a un  buen profesor de química. Quien me lo contó me aseguraba que debía de ser la única fórmula que se sabía el alumno. El profesor tenía un problema de visión y el alumno le llama “Oxido antimonioso” porque la fórmula química es SB2O3, que leído de forma ingeniosa sería “Ese ve dos o tres”.

“Saliva-va”: es el mote que le dedica un alumno a un  profesor que, cuando hablaba en clase soltaba unas partículas de saliva. No hace falta explicitar la referencia al bandido Ala Babá.

“Olla express”: atribuido a una directora bajita y gordita que iba por los pasillos pidiendo silencio e imponiendo orden, mientras repetía: shhhh, shhh, shhh…

Bikini”: Conocí a una profesora a quien así llamaban los alumnos. Ellos me dieron la explicación: “porque enseña todo menos lo principal”.

“Café sin azúcar”: porque el docente estaba siempre  amargado, siempre fe mal humor.

“Moro9”: porque el profesor es un poco más que morocho.

“La Recta”: así llamaban a una profesora que decía que les iba a llevar así de rectos. Y lo decía mostrando un dedo que tenía torcido.

“Sapo”: porque cuando se enfada utiliza el siguiente estribillo  ¿“saaaa…posible”? Esa contracción ha fraguado el sobrenombre.

“Padre Ácido”: cuando conocí este apodo pensé que se debía al mal carácter del sacerdote, pero luego supe que se debía a una explicación más chocante: “le llaman Ácido porque “donde cae, come”.

“El Hijo único”: así llamaban al dueño de una cafería escolar a quien los acreedores reclamaban las deudas que había contraído. Siempre contestaba de la misma manera: “No tengo, hermano”,

“La Venus de Emilio”: cunado yo estudiaba en Oviedo los cursos comunes, el profesor y famoso lingüista Emilio Alarcos (hoy fallecido) se emparejó con una joven profesora, de apariencia muy hermosa.

“Charon Stonne”: a una docente que se llamaba Charo y que cruzaba las piernas como la  famosa actriz.

“Gotelé”: Porque hablaba muy rápido y soltaba partículas de saliva.

En esta pequeña enumeración se ve que hay motes de muy distinto tipo, contenido e intención. Vuelvo a repetir que no me gustan aquellos motes que zahieren, se mofan o se burlan de alguien. Porque me gusta que la relación profesor-alumno esté presidida por el respeto y por el afecto. Me gustaría que no surgieran o que se erradicaran aquellos que puedan tener el más mínimo toque ofensivo para el destinatario. Solo me parecen buenos aquellos que hacen sonreír a quien lo usa y también, y sobre todo,  a la persona a la que se le atribuye.