¿Cuántas patas tiene un artrópodo?

2 Feb

Las escuelas se me asemejan a barcos en alta mar con toda la tripulación extenuada en los diversos trabajos que exige la navegación. Pero sería preocupante que si alguien preguntase hacia dónde va el barco, hasta el capitán se encogiese de hombros diciendo que no hay tiempo para pensarlo porque las tareas son apremiantes. Pues bien, no hay viento favorable para un barco que va a la deriva o, dicho de manera más lapidaria: no hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada.

Ay, señorita, ya me gustaría a mí tener los problemas que usted tiene.

¿Para qué sirve la escuela? ¿Qué pretende enseñar? ¿Qué importancia tiene para los alumnos todo aquello que aprenden o que se les pretende enseñar? ¿Cómo se diseña el currículo? ¿Cómo se seleccionan los contenidos, se fijan las competencias y se proponen los objetivos? ¿Qué papel desempeñan en la respuesta a todas esas transcendentales preguntas los alumnos y las alumnas?

Preguntas importantes, sin duda. Preguntas que no siempre tienen una respuesta clara, pensada y coherente. Luego vendrán otras cuestiones igualmente importantes. ¿Cómo se adquieren esas competencias, se dominan esos contenidos y se consiguen los objetivos planteados?

Una maestra le pregunta a una alumna, un tanto abstraída en sus propios pensamientos:

– Dígame, ¿cuántas patas tiene un artrópodo?

La alumna, exhalando un hondo suspiro, responde:

– Ay, señorita, ya me gustaría a mí tener los problemas que usted tiene.

Este breve diálogo entre maestra y alumna pone sobre el tapete un interrogante de fondo: ¿responde la escuela a las necesidades, los problemas, los intereses, las inquietudes y las preocupaciones de los y las escolares? ¿No se preguntan los alumnos y alumnas cada mañana, cuando se dirigen a la escuela, ¿para qué me sirve lo que aprendo?

Ya sé que la utilidad no es una cuestión sobre la que se pueda pasar de puntillas. ¿Qué es la utilidad? ¿Qué es lo que realmente sirve? ¿En qué aspectos y con qué plazos? ¿Quién lo decide? ¿Desde qué punto de vista?

Me gustaría presentar a profesores y profesoras, padres y madres, alumnos y alumnas, políticos y políticas y, en general, a ciudadanos y ciudadanas esta lista de finalidades de la escuela (excluyo las de carácter negativo como “para perder tiempo”, “para sufrir”, “para aprender a obedecer”, “para aprender a competir”, “para aprender cosas inútiles”, “para que los padres puedan trabajar”, “para aparcar a los niños y a las niñas”…) con la petición de que eligiesen las tres que consideran más importantes y, después, las que consideran más conseguidas en la práctica. Me gustaría comparar las respuestas de los diferentes estamentos para ver qué diferentes presentan

Sirve para ser feliz
Sirve para enseñar a pensar
Sirve para ganar dinero
Sirve para encontrar trabajo
Sirve para descubrir el mundo
Sirve para aprender a convivir
Sirve para aprender solidaridad
Sirve para aprender compasión
Sirve para adquirir hábitos de disciplina
Sirve para aprender a relacionarse
Sirve para aprender a ser mejores
Sirve para aprender valores

Hay finalidades a corto y largo plazo, superficiales y profundas, evidentes y camufladas, explícitas e implícitas, importantes y secundarias, buenas y malas, complejas y sencillas, propias y ajenas, impuestas y autónomas…

Saber cuántas patas tiene un artrópodo no le va a solucionar los problemas a esa adolescente ensimismada de nuestra historia.

Pero ya digo que hay finalidades explícitas e implícitas. Aprender el número de patas que tiene artrópodo no es la finalidad esencial de la escuela. Pero, aprender esa respuesta y otras similares le va a permitir a los alumnos y alumnas desarrollar la capacidad de atención y de la memoria, el aprendizaje del respeto a quien enseña y a los compañeros que aprenden, la consideración hacia los demás, el interés por la naturaleza, la búsqueda de información, el levantarse temprano, la capacidad de esfuerzo, el interés por la naturaleza…

Hay finalidades impuestas y autónomas. Los alumnos (y los propios profesores) deberían participar más activamente en el debate sobre las finalidades de la escuela. No pueden ser meros destinatarios unos y meros ejecutores otros de los planteamientos que hacen personas que no permanecen en la escuela

Hay finalidades a corto y largo plazo. La escuela tiene que replantearse constantemente las finalidades que la justifican. Porque algunas de las que tenía pueden cambiar. Cuando el conocimiento que había que adquirir estaba sólo en la escuela era muy importante poner todo el esfuerzo en seleccionarlo y transmitirlo con rigor. Hoy es más importante ayudarle a descubrir dónde puede encontrar el conocimiento y facilitarle criterios para que sepa discernir si el conocimiento es preciso o está adulterado por intereses comerciales, políticos o religiosos. Porque pueden aparecer otras nuevas. Por ejemplo, la escuela no puede permanecer de espaldas a las nuevas tecnologías, a ese avance que tiene un ritmo cada vez más acelerado.

Hay finalidades superficiales y profundas. No es igual saber que vajilla se escribe con uve, jota y doble ele, que aprender que los seres humanos tienen una dignidad fundamental que les hace acreedores de todos los derechos. No es igual saber quién fue el sucesor de Felipe II que comprender por qué los seres humanos son dueños de su destino y pueden elegir la forma de gobierno más justa y racional que deseen. “Sólo es útil el conocimiento que nos hace mejores”, se dice en el precioso libro de Malba Tahan titulado “El Hombre que calculaba”.

Hay finalidades buenas y malas. Nadie garantiza que las finalidades que asume la escuela tengan bondad per se. Algunas pueden estar equivocadas y ser nocivas. Cuando se enseña a competir, a buscar por encima de todo el éxito, a discriminar a quienes son pobres, o negros o inmigrantes o discapacitados se están persiguiendo finalidades perversas (acaso bajo excusas más o menos elaboradas….).

La educación prohibida

5 Ene

Hace tiempo que quería dedicarle un artículo a este sabroso e inquietante largometraje argentino independiente que lleva por título “La educación prohibida” y que está dirigido por Juan Vautista. Es un documental sobre la escuela o, mejor dicho sobre la no escuela. Véanlo en Youtube. Les ayudará a pensar sobre el sentido de esta noble y determinante institución.

El amor está en la base del aprendizaje. Los alumnos aprenden al calor de los afectos. No se puede aprender nada significativo desde el desamor.

Un grupo de profesionales de la educación, amantes todos ellos de su trabajo y apasionados de la teoría y de la práctica educativa, reflexionan en voz alta sobre la tarea de la escuela y sobre el cometido de educar. Es sabido que el lenguaje nos ayuda a entendernos, pero también a confundirnos. Todos decimos que es necesaria una “buena escuela”. El problema es qué entiende cada uno por “buena” y por “escuela”. Cuando unos padres dicen que quieren llevar a su hijo a un centro en el que no se mezcle con gente de baja ralea, en la que haya mucha exigencia, mucho control y en la que no estén juntos niños y niñas, chocarían con el criterio de otros padres que eligiesen para sus hijos una de las escuelas que aparecen en esta película.

La obra es un severo varapalo a la escuela tradicional, homogeneizadora, autoritaria, repetitiva, triste y rutinaria. Sobre todo porque muestra de forma palpable que existe, que es real, que no es una mera entelequia.

Algunos objetan que los niños que estudian en este tipo de escuelas van a tener problemas cuando se incorporen a una escuela de otro corte, con otra filosofía, con otros docentes. No lo creo. Porque estos alumnos y alumnas se están formando para la complejidad, están adquiriendo un bagaje cultural que les hace adaptarse con facilidad a otras realidades.

Quienes se manifiestan en la película son personas que creen lo que dicen y que tratan de llevarlo a la práctica. Muchos de sus postulados pedagógicos son compartidos por los legisladores, los teóricos y los maestros de a pie. Pero pocas veces se llevan a la práctica. Esa es la gran aportación de la película. No solo hacen una crítica dura y fundada a la escuela tradicional sino que llevan a la práctica sus postulados en escuelas progresistas e innovadoras. No es solo teoría. Es la confirmación de que esas teorías son viables, de que funcionan cuando de verdad se cree en ellas.

La escuela tradicional contradice en su estructura y funcionamiento la mayoría de los presupuestos que defienden estos magníficos profesionales. He aquí algunos de ellos:

El hecho de aprender es apasionante. El ser humano está hecho para aprender. Por eso, cuando rechaza el aprendizaje, hay que preguntarse qué es lo que no se está planteando bien en la institución escolar.

El fin de la educación es la felicidad. Se puede disfrutar aprendiendo. Y el aprendizaje ha de perseguir la felicidad, no el sufrimiento o la dureza. Eso no quiere decir que la escuela no prepare para las dificultades de la vida. “Si no eres feliz, no estás educado”, se dice en la película.

El aprendizaje ha de ser cooperativo. Ha de ser el fruto de las aportaciones de todos y de todas. Todo lo aprendemos entre todos.

Solo aprende el que quiere. Por eso resulta decisivo despertar el amor al conocimiento. No se impone el curriculum, sino que se construye y se desarrolla libremente.

Cada persona tiene su ritmo y su estilo de aprendizaje. No se acepta esa aprendizaje pretendidamente uniforme. Todos, todos a la vez, todos lo mismo, todos de la misma forma.

El amor está en la base del aprendizaje. Los alumnos aprenden al calor de los afectos. No se puede aprender nada significativo desde el desamor.

El curriculum ha de ser comprensivo. La fragmentación del curriculum es negativa para el aprendizaje, ya que la realidad es multifacética y solo se puede comprender de forma holística.

Hay que enseñar a decidir libremente. Hay que hacer elecciones libres para aprender a decidir. Resulta obvio decir que a decidir se aprende decidiendo.

Es muy importante hacer y hacerse preguntas. Hacer preguntas, interrogarse, encadenar la admiración con la interrogación y la indagación: ese es el camino para el aprendizaje.

La capacidad de investigación es inherente al ser humano. Desde las primeras etapas, todas las personas tratan de explorar, de buscar, de descubrir el mundo.

La creatividad es un valor esencial. En una escuela cooperativa, libre, favorecedora del desarrollo integral del individuo, hay que cultivar la creación, no la mera repetición.

No hay educación sin valores. En la escuela se trabaja el conocimiento pero, sobre todo, se practica y se aprende la convivencia.

Desde el punto de vista técnico, la película va construyendo un tapiz de hilos, colores y texturas muy diversas. Veamos alguno de estos hilos: la historia de unos alumnos y alumnas que quieren leer un discurso muy crítico sobre la escuela y que se encuentran con la oposición de la dirección y de un sector del profesorado, el testimonio de un grupo de educadores y educadoras de diferentes países (España, Argentina, Uruguay, México, Chile Colombia, Alemania y Ecuador, que yo recuerde) en un total de noventa entrevistas. Imágenes de escuelas y de alumnos que viven y trabajan en ellas de forma cooperativa. Treinta secuencias de animación y presentación de 45 experiencias de escuelas diversas, todas ellas asentadas en los ideales y principios de la escuela activa.

La película, que arranca con unas sugerentes reflexiones sobre el mito de la caverna, está dedicada “a todos los niños y jóvenes que quieren ser libres”.

Como puntos y seguidos de ese interesante discurso actúan citas bien elegidas de autores y pensadores relevantes: Maturana, Neill, Einstein, Montessori, Khrisnamurti… Sirva de ejemplo esta cita de María Montessori: “No me sigan a mí; sigan al niño”. O esta de Einstein: “”Si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo”.

La película es un espejo donde pueden mirarse todas las escuelas y poner en entredicho muchas de sus concepciones, de sus prácticas, de sus rutinas. Una buena ocasión para la reflexión y para el debate.

El niño del globo

15 Dic

Hace unos días impartí una conferencia en Totana (Murcia) con ocasión del aniversario de la creación de tres Centros educativos. Dos de ellos celebraban el 75 aniversario de su apertura y otro el 25. Magnífica idea la de conmemorar la extensa experiencia educativa de estas instituciones. Fue estupenda también la iniciativa de que los tres se unieran para la efemérides. ¿Por qué no emprenden los centros educativos más iniciativas compartidas?

Exploté el globo porque había mucho jaleo en la clase y yo quería que se callasen.

Resulta emocionante saber que durante toda su historia estas instituciones han conseguido que muchos ciudadanos y ciudadanas de Totana se hayan hecho personas más sabias, más justas, más felices y más solidarias, gracias al trabajo de abnegados profesionales de la educación. No hay otra tarea más noble. La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe, dice Herbert Wells. Ellos y ellas han estado del lado de la educación, han contribuido a superar la catástrofe de la ignorancia, de la opresión y de la brutalidad.

Desde aquí quiero rendir un homenaje de gratitud, de admiración y de respeto a todos los profesionales que han trabajado y trabajan en esos centros.

Mientras compartíamos unas estupendas tapas de la región, una directora me cuenta que, en cierta ocasión, le llega al despacho un niño.

– Me ha dicho la profesora X que venga a verla.
– ¿ Por qué?, ¿qué ha pasado?
– Es que he reventado un globo en la clase.
– Y a ti, eso, ¿qué te parece?, ¿por qué lo hiciste?
– Me parece bien. Porque había mucho jaleo en la clase y yo quería que se callasen.
Es decir, que la profesora de ese aula, incapaz de poner orden, incapaz de crear un clima de trabajo y de respeto, manda a la dirección a un niño que trata de echar una mano para que aquello funcione. El niño, harto de soportar el barullo y los gritos, pretende conseguir que haya orden y silencio.

Me preocupa la dificultad de algunos docentes para conseguir un clima en el que se haga posible el trabajo y en el que impere el respeto. Sé que para ellos puede ser una tortura porque ese clima de alboroto hace imposible llevar a cabo cualquier iniciativa. Sé también que, en algunos casos, es difícil conseguir que un alumno o un grupo que no quiere hacer nada y desea que nadie lo haga, mantenga una actitud favorable al mantenimiento del buen clima en el aula. Sobre todo cuando la familia no colabora,

El tema de la disciplina en los centros escolares tiene muchas vertientes. En primer lugar, deberíamos definir qué es disciplina y debatir sobre la finalidad de la misma. Desde mi punto de vista, la finalidad de la disciplina es crear un clima de trabajo, de aprendizaje, de convivencia y de respeto. No tiene un fin en sí misma.

En segundo lugar, hay que saber cómo crear ese clima en el que sea posible escucharse, hablar, estudiar, aprender y compartir. En algunos casos no resulta fácil, pero para eso están el conocimiento, el tacto, el buen hacer y la cercanía emocional.

La participación es esencial. Si los alumnos y alumnas crean las normas, es más fácil que las respeten. Cuando éstas son irracionales, interesadas e impuestas por la fuerza, es más difícil.

Otro problema es qué hacer cuando no se consigue la disciplina. Uno de los recursos que algunos profesores utilizan es enviar a los niños al despacho del Director. Como si éste, que no está en el aula, que no conoce lo sucedido ni al alumno infractor, tuviera la varita mágica de las soluciones.

El Director de una escuela argentina, sita en San Rafael, provincia de Mendoza, de la que soy padrino, tiene sobre su mesa del despacho un cartel con este texto: “No me las sé todas”.

¿Cómo va a resolver la Directora el incidente del globo? ¿Qué espera la profesora? ¿No se da cuenta que al desviar el caso hacia instancias superiores, ella se está declarando incompetente para resolver el problema? ¿Cuál es, a juicio de la profesora, el papel del Director? Ese proceder desvela una concepción sancionadora, controladora e irracionalmente autoritaria de la dirección.

La Directora que, de manera razonable, le pregunta al niño por qué ha hecho lo que ha hecho y recibe esa respuesta, debería felicitar al niño por intentar restablecer el orden y el silencio en la clase.

Cuando fui Director de un Colegio en Madrid eran los alumnos y alumnas quienes decían a sus profesores ante comportamientos inaceptables de éstos:

– Que se lo digo al Director.

He visto que algunos profesores y profesoras, cuando el Director resuelve el conflicto a favor del alumnos o no toma medidas drásticas es acusado de quitarle autoridad al profesor. Como si la autoridad se construyese sobre cimientos de irracionalidad y de dureza de los castigos.

Por otra parte, ¿qué imagen se genera respecto al Director y a sus funciones? Con esa forma de proceder se alimenta la imagen del Director como ogro, policía o juez. Este tipo de actuaciones se suelen hacer cuando se pretende castigar un comportamiento disruptivo, pero no para reclamar una felicitación, un premio o un elogio. No se suele decir, por ejemplo:

– Niño, vete a ver al Director y dile lo bien que te has portado, la iniciativa que has tenido, las calificaciones que has obtenido, lo mucho que has ayudado a tus compañeros…

¿Cómo va a resolver el Director un problema del que no conoce el origen, si no tiene datos para hacer un diagnóstico certero, si no conoce las consecuencias que ha tenido la acción disruptiva? No se puede entender el texto sin conocer el contexto.

El Director o Directora no están ahí para imponer castigos, están para enseñar a convivir, para dialogar, para razonar, para sacar lo mejor de cada uno. El perro puede acorralar al rebaño, puede controlarlo, pero el rebaño no le sigue. El perro no es un líder. El perro puede conseguir que el rebaño no se desmande, pero no es capaz de hacerle caminar con tino, resolución y entusiasmo.

Viajeros de primera clase

3 Nov

Ya casi aburre hablar de la crisis, pero es necesario seguir haciéndolo porque no se ve el final del túnel y porque hay muchas personas que sufren y que van a seguir sufriendo y otras que probablemente van a empezar a pasarlo mal en un futuro cercano.

Porque la situación es bien curiosa: ellos votan si se gastan nuestro dinero o no en volar más cómodos.

Cuando algunos ven los restaurantes o los aeropuertos o los hoteles llenos, se preguntan: ¿dónde está la crisis? Pues muy sencillo: en otra parte. En la parte de los que tienen menos, de los que pueden menos, de los que saben menos. Cuando hay una riada, los grandes edificios se mantienen en pie, pero desaparecen las chabolas. Si se mira solo a los monumentos se podría pensar que la riada no ha causado daños, pero hay que preguntárselo a quienes han perdido su casa y todos sus bienes.

Muchos ciudadanos, especialmente los más desfavorecidos, están padeciendo en sus carnes las consecuencias de los sucesivos e interminables ajustes: desempleo, bajada de salarios, subida de impuestos, alza de los precios, restricciones en sanidad y educación… ¿Hacia dónde nos encaminamos? ¿A dónde vamos a llegar? Si las medidas son buenas, ¿por qué los resultados son tan malos? “La operación ha ido bien, pero va a perder el ojo”, decía aquel incongruente cirujano

Los políticos no han sabido ni están sabiendo manejar la crisis de manera eficaz. Ni verla venir, ni afrontarla una vez llegada, ni superarla una vez instalada. Piden a los ciudadanos sacrificios y más sacrificios. Bueno, no es que se los pidan, es que se los imponen por la fuerza de la ley. Nosotros no tenemos la posibilidad de decir si los queremos hacer o no. De modo que lo que realmente te dicen es: “Usted va a hacer estos sacrificios quiera o no. Y estese quieto y calladito porque sacrificarse es lo mejor para usted”. Y mi pregunta es: ¿y qué pasa con quien nos imponen estas medidas? Pues sucede que ellos y ellas no los quieren hacer. Y que nosotros no tenemos la fuerza necesaria para obligarles a que los hagan.

Ha llegado a mis oídos (o, mejor, a mis ojos, ya que he sido un texto lo que me ha llegado) que en el Parlamento Europeo, los señores y señoras eurodiputados han decidido en una significativa votación, celebrada el día 6 de abril del presente año, seguir volando en primera. Este fue el resultado de la votación de la enmienda: 38 a favor de seguir volando en bussines, 4 a favor de volar en turista, y 2 abstenciones. Tengo el nombre y el partido de los votantes con el contenido de su decisión.

Un vuelo de Barcelona a Bruselas en bussines class, ida y vuelta, con la compañía Iberia, cuesta 1270 euros. Ese mismo trayecto, en la compañía Vueling, en clase turista, vale 150. Con el vuelo de un eurodiputado en bussines se pueden pagar 20 días de sueldo de un maestro. ¿Qué decir de los vuelos transoceánicos? Pues sencillamente, que un vuelo en primera se disfruta y un vuelo en turista se padece. Ellos prefieren disfrutar a nuestra costa. Los políticos en primera y el pueblo en turista. Muy edificante.

No se me puede tachar de cicatero por tratarse de cantidades pequeñas (para muchos no lo son), ya que el argumento se vuelve en contra de quien lo haga. Si se trata de cantidad pequeña, ¿por qué no la sacan de sus bolsillos? Es decir, ¿por qué no se pagan la diferencia?

Resulta que en un momento en que mucha gente no puede comer, en que no puede viajar, en que si viaja tiene que buscarse las tarifas más económicas, ellos deciden viajar en primera clase con nuestro dinero. Eso significa no querer renunciar a un privilegio. Así que unos se quedan sin derechos y otros deciden mantener los privilegios.

¿Qué decidiría la ciudadanía si tuviera que votar en qué clase deberían viajar los políticos? Porque la situación es bien curiosa: ellos votan si se gastan nuestro dinero o no en volar más cómodos. Y nosotros no podemos decidir si queremos dar nuestro dinero o no para ese fin. Y con toda la caradura del mundo deciden que se lo quieren gastar en viajar más cómodamente. Pero, ¿por qué pueden decir tan ricamente en su beneficio?

Porque viajar en una u otra clase no les va a permitir ni ir más lejos ni llegar antes. Solo les va a facilitar viajar más cómodamente. Ahí está la clave: en la comodidad. Quiero pensar que solo es eso. Porque me resisto a pensar que el motivo del voto sea el no mezclarse con “los de la clase inferior”. Es decir, que les guste ver correr la cortinilla que separa una clase de otra.

Se trata de una cuestión de dinero pero, sobre todo, de un asunto de ejemplaridad, de coherencia, de respeto. Siempre he pensado que los viajes en primera de los políticos constituían un abuso pero, en estos tiempos de crisis en los que se está diciendo que hay que hacer esfuerzos, me parece una indecencia decidir mantener este privilegio a costa del erario público. Hay que tener cara para votar así.

Que no se me diga que es una cuestión menor. Porque la reflexión que me hago después de este hecho es que si esto pasa con este tipo de asuntos, ¿qué nos sucederá con otros?

Suelo hacer más de cien vuelos al año. Me molesta saber que aquellos a quienes he votado para que se preocupen de mi bienestar se preocupen del suyo a mi costa. No hay derecho.

No me gusta descalificar a la clase política, porque esa descalificación indiscriminada me parece antidemocrática, pero no puedo por menos de denunciar sus abusos, sus comportamientos descarados. No me pueden pedir sacrificios en cuestiones esenciales y no querer privarse de algo tan prescindible como es viajar de forma más cómoda. Sé que gozan de otros privilegios más grandes. Y no es uno menor el poder decidir por ellos mismos si prescinden de ellos.

No hay derecho a tener en el país unos poquitos viajeros de primera clase y una inmensa mayoría de segunda. Se olvidan los primeros de que su misión es servir a los segundos y no servirse de ellos para vivir (y viajar) mejor.

La patada en el muro

14 Jul

He vivido un año en Galway (Irlanda), una ciudad de 75.000 habitantes, en la que existe una interesante simbiosis entre los visitantes y la población autóctona. En un reciente libro sobre la ciudad (“Galway. A Sense of Place”), escrito por el arquitecto Roddy Mannion, se dice de ella que es una ciudad “acogedora, atractiva, vibrante, histórica, artística, tradicional, encantadora, dinámica, cosmopolita, bohemia, con atmósfera, llena de colorido, medieval, amante de la diversión, exuberante, antigua y moderna… y cultural”. Aquí he vivido un año inolvidable que se ha pasado volando. Agua, frío, verde, belleza, trabajo y afectos.

Pero lo que tiene de peculiar ese punto, esa pared, es que todos elevan la pierna para dar una patada contra alguna de sus piedras.

Salthill es una hermosa parte de la ciudad en la que hay un paseo marítimo llamado Prom. En ese paseo hay un muro en el que se puede observar algo verdaderamente curioso. Los viandantes pasean a lo largo de la costa y, al llegar a él, dan una patada y se vuelven en la dirección contraria.

El muro corta el camino, cierra el ancho paseo, pone fin a la caminata. Después ya sigue la carretera, no el paseo. De modo que lo suyo, lo lógico, lo obligado, es dar media vuelta y caminar en la dirección contraria. Pero lo que tiene de peculiar ese punto, esa pared, es que todos elevan la pierna para dar una patada contra alguna de sus piedras.

Es curioso observar a la gente. Incluso quienes van conversando, sin dejar de mirarse, hacen ese gesto casi de forma automática. Patadita y media vuelta. Es indefectible: niños, jóvenes, adultos y viejos practican la misma costumbre. Pueden ir deprisa o despacio, solos o en grupo, formal o deportivamente vestidos. Al llegar al muro, dan una patada y se vuelven. Es una patada suave, como es lógico. Nadie se va a hacer daño golpeando su pie contra un muro de piedra.

Me he preguntado muchas veces por el significado de esa costumbre. He procurado informarme sobre su origen y no he sacado mucho en claro. He preguntado a personas de diferente edad y condición. He leído. He buscado. El lector o lectora podrá hacer la correspondiente consulta en la red escribiendo en cualquier buscador “Wall kicking o Kick the vall in Salthill””.

Creo que si se preguntase a los paseantes del Prom por qué le dan la patada al muro, muchos dirían que no lo saben. ¿Por qué lo hacen entonces? Pues porque sí, porque todo el mundo lo hace.

Unos dicen que es un gesto que traerá suerte, otros que se trataba de un modo de deshacerse de la arena que se pegaba a los pies, otros que era un símbolo que pretendía expresar el deseo de ampliar el recorrido del paseo, otros que una tubería subterránea ejercía presión sobre el muro y se trataba de contrarrestarla, otros que es un modo simbólico de desahogarse de los problemas (el dolor, la rabia, el fracaso…). Hasta he oído una curiosa explicación que no tiene fundamento histórico alguno, que dice que el pequeño muro fue construido por los ingleses y que la patada es una forma explícita de expresar la antipatía y la aversión. No lo sé, sinceramente. Las personas a quienes he consultado ofrecen versiones diferentes sobre esta tradición y su origen.

Pero no es de la ciudad y de su tradicional gesto del Prom de lo que quiero hablar, sino del sentido de las tradiciones o, mejor aún, de cómo cada uno y cada una, en su cultura asimila esas tradiciones.

No todo es bueno en la cultura. Hay que tener capacidad para discernir. Hay costumbres buenas y costumbres perniciosas. Es necesario tener los criterios necesarios para emitir un juicio riguroso. Y esos criterios los proporciona la educación. Hacer las cosas porque siempre se han hecho así o porque todo el mundo las hace, no tiene mucho sentido.

La educación se diferencia de la simple socialización por dos rasgos esenciales. El primero es que la persona educada sabe discernir, tiene sentido crítico, no reproduce mecánicamente las costumbres. El segundo es que la persona educada sabe desentrañar el sentido ético de las costumbres. Si ese sentido es ético las sigue, si no lo es, se distancia e incluso lucha para desmontar esas tradiciones inaceptables. La educación permite descubrir la falta de lógica y la falta de ética del comportamiento. Estar educado no es incorporase con éxito a la cultura, es aplicar críticamente criterios de valor a las tradiciones.

Este hecho me ha llevado a pensar en la creación y mantenimiento de muchas de nuestras costumbres. La persona es un animal de costumbres. ¿Por qué comemos las doce uvas en Nochevieja?, ¿por qué decimos buenos días?, ¿por qué se valora de forma diferente la infidelidad en hombres y en mujeres?, ¿por qué nos damos la mano para saludarnos?, ¿por qué los hombres llevan paraguas de color negro?…

Hay muchas costumbres inofensivas, neutras desde el punto de vista ético. Pero hay otras que no solo son estúpidas sino que atentan contra principios que una sociedad culta y democrática debe defender. Arrojar una cabra desde el campanario de la torre del pueblo solo les puede hacer gracia a los imbéciles. Se trata de una costumbre irracional e injusta. Practicar la ablación del clítoris de las niñas es una costumbre, a mi juicio, inmoral e insensata.

Obsérvese que ese argumento de que puesto que lo hacen todos tiene que ser cierto, se ha utilizado durante mucho tiempo como una muestra de la verdad. Durante muchos siglos se pensaba que el sol giraba alrededor de la tierra. Era un error consensuado.

Las tradiciones funcionan así. Se hacen las cosas porque siempre se han hecho y porque todos las hacen. Repasemos la inmensa cantidad de comportamientos que se basan en tradiciones. Y pensemos no solo en asimilar la cultura sino en hacerla mejor.