El desertor

8 Ago

El señor Ignacio Werz, ex ministro de Educación, Cultura y Deporte, ha abandonado el Gobierno por su propia iniciativa y, al parecer, “por motivos personales”. Cuando se hizo cargo de su cartera, se apresuró a eliminar la asignatura de Educación para la Ciudadanía y a elaborar sin la menor negociación una ley que no recibió en el parlamento ni un solo voto de la oposición. Ni uno solo. Un modelo de diálogo, de consenso y de participación ciudadana. A nadie le gusta esta ley. Ni al profesorado, ni a las familias, ni a los estudiantes (hablo de mayorías, no de la totalidad, claro está). Creo que tampoco les gusta a muchos militantes y simpatizantes del gobierno conservador.

Y unos meses antes de acabar la legislatura pide largarse del Gobierno (esa es la expresión más ajustada a la realidad). Porque otra cosa es que lo hubiesen echado con cajas destempladas, como merecía por su gestión de la educación, la cultura y el deporte. No. El se va. Deja el pastel de olor insoportable sobre la mesa y se va. Se va incluso del país. Que otros se hagan cargo de la aplicación. Que otros saquen el carro del atolladero.

Cuando el país clama por el pacto en la educación, cuando todo el mundo sabe que es necesario llegar a unos acuerdos mínimos en cuestiones esenciales como es ésta, cuando hay una preocupación creciente por la conjunción de fuerzas que nos saquen de las evidentes limitaciones que tiene nuestro sistema educativo, se aplica la ley del rodillo y se impone un texto que es duramente criticado por expertos y profesionales. Participé en la elaboración y firmé el Manifiesto de Sevilla contra el primer borrador de la ley. Se tituló así: “Por otra política educativa” (puede consultarse en internet y  en la Editorial Morata). Hubo muchas otras manifestaciones en contra. Ni un solo cambio sustancial. Y, ahora, va el autor del desaguisado  y se nos larga.

El argumento de que puesto que hay problemas en el sistema educativo algo hay que hacer no puede ser más engañoso. Es como si dijéramos que puesto que el paciente tiene dificultades para respirar hay que hacer algo y decidimos cortarle las piernas. Algo había que hacer, sí. Pero no eso que usted hizo.

No debería ser necesario explicarle que no todo cambio es una mejora. Hay cambios que son claros empeoramientos. Más valdría no hacer nada que empeorar. Creo que es necesario hacer una crítica rigurosa sobre el sistema educativo. Creo que los profesionales de la educación deberíamos ser más autocríticos y exigentes. Se saben hoy muchas cosas sobre educación. Hay evidencias nacidas de la investigación a las que debiéramos sestar más atentos.  Hay experiencias aleccionadoras en otros países. No se trata de hacer por hacer, de cambiar por cambiar, de poner en marcha leyes impulsadas por la revancha ideológica o el prurito partidista.

El ex Ministro hizo una ley que paradójicamente se llama Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Educación (LOMCE). Digo paradójicamente porque pocos textos legales han atentado de manera más directa y negativa contra la calidad del sistema educativo.

En primer lugar porque quien impulsa la ley es el mismo Ministro que aumenta el número de alumnos por aula, establece reválidas, pone zancadillas a los desfavorecidos,  potencia la enseñanza privada, incluye la asignatura de religión en el curriculum con carácter evaluable, disminuye la participación de las familias en el Consejo Escolar, jerarquiza la dirección escolar, bendice la discriminación…

La contradicción no puede ser más flagrante. Una ley para mejorar la calidad que se convierte en un atentado contra la calidad. Porque no hay calidad sin equidad y no hay equidad sin atención a la diversidad. Y esta ley, que en alguna ocasión he calificado de cruel, acaba favoreciendo a quienes eran ya los favorecidos en la sociedad.

Como estaba obsesionado por la evaluación (aparece más de cien veces la palabra en el texto de la ley) quiero recordar al ex Ministro que más importante que pesar al pollo es engordarlo. Y que no es muy  ético tirar a la basura a los pollitos que no hayan dado el peso. Porque esos pollitos son los que no tienen en casa nada para comer.

Y unos meses antes de acabar la legislatura pide largarse del Gobierno (esa es la expresión más ajustada a la realidad). Porque otra cosa es que lo hubiesen echado con cajas destempladas, como merecía por su gestión de la educación, la cultura y el deporte. No. El se va. Deja el pastel de olor insoportable sobre la mesa y se va. Se va incluso del país. Que otros se hagan cargo de la aplicación. Que otros saquen el carro del atolladero.

Y ahí tenemos a las autonomías pidiendo el aplazamiento de la aplicación, negociando la implantación sin el menor entusiasmo. Y el señor ex Ministro en París disfrutando de la vida y de un premio por su nefasta gestión: embajador en la O.C.D.E.  Ironías de cierta política.

Tenían que haberle obligado a hacerse cargo del desarrollo de una ley que impuso contra el criterio de casi todos los agentes educativos (sindicatos, asociaciones de docentes, asociaciones de alumnos…), contra las manifestaciones reiteradas de la marea verde que defendía la escuela publica, contra manifiestos de intelectuales que empezaron a proliferar desde la aparición del primer borrador…

Este señor es un auténtico prófugo. O, mejor dicho, es un desertor. Porque él estaba ya en la causa. Él era la causa. Un prófugo o fugitivo es una persona que está huyendo, generalmente de la acción de la justicia, de alguna medida del gobierno u otra autoridad. Del mismo modo se denomina a la persona que elude un proceso de reclutamiento para el servicio militar.

En este último sentido, al contrario que los objetores de conciencia, los prófugos realizan una acción para eludir el reclutamiento, por lo cual su comportamiento suele considerarse delictivo; así mismo resulta perjudicial para la moral de los demás reclutas por la posibilidad de sentirse menospreciados si la conducta quedara impune.

Es para desanimar a sus correligionarios. Quien impulsa la ley, quien actúa como timonel de un barco que va a realizar una singladura, abandona la nave y se va a tierra firme. A petición propia. Ahí os quedaís.

Mientras todo el sistema educativo afronta el curso escolar 2015-2016 desde la incertidumbre, la resistencia o la indignación, el señor Wertz se pasea por el mundo como si no hubiera roto un plato. La permanencia en el cargo tendría muchas justificaciones, algunas lógicas, otras psicológicas.

–        Usted que lo ha ideado, póngalo en marcha.

–        Usted que nos metió en este lío, sáquenos de él.

–        Usted que creó el problema, resuélvalo.

Porque he de decirle que no he visto a nadie que defienda sus postulados y que se muestre entusiasmado con esta ley.  Por eso no le digo:

–        Usted que puso tanto empeño en crear la ley, disfrute  con nosotros poniéndola en marcha.

Un grupo de colegas ha trabajado intensamente en la elaboración de la bases para una nueva ley de educación, para una ley que parta de otros presupuestos, de otras finalidades, de otras concepciones, de otras actitudes ante la sociedad, ante la persona y ante la educación. Y que empiece por la discusión pública de lo que es público. Puede verse en el “Documento de bases par una nueva Ley de Educación. Acuerdo social y político educativo”.

Ahora que usted se ha nos ha fugado, ahora que usted ha desertado, acaso sea el momento para que todos nos pongamos de acuerdo en lo que es esencial para la mejora de la calidad de la educación en el país. No me gusta su ley. No me gusta tampoco esta huida  cuando todo lo que usted propuso está todavía sin hacer. Aunque, bien pensado, quédese donde está. Yo no le voy a echar de menos.

El eco de la montaña

14 Mar

Me preocupa mucho el desarrollo profesional de los profesores y de las profesoras. El comienzo, el desarrollo y la jubilación pueden ser motivo de alegría o de desesperación. Algunos disfrutan hasta la saciedad y otros sufren lo indecible. Es curioso y, a la vez, inquietante. Hay mucha diferencia entre vivir feliz y vivir amargado. La diferencia esencial.

La montaña es como la escuela. Ella devuelve a los profesores lo que los profesores le dan. A quien dice cada día cada día amargura le devuelve su amargura. A quien dice cada día felicidad le devuelve repetidamente felicidad.

¿De qué depende? Porque llama la atención que con las mismas o parecidas condiciones, el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, los mismos compañeros y parecidos alumnos, haya un profesor feliz que hace felices a quienes mira y otro desgraciado que contagia tristeza a quienes le conocen.

Hay quien comienza por motivos pedagógicamente pobres y quien empieza por motivos ¡pedagógicamente ricos.  Ese hecho condiciona el ejercicio profesional. Quien se hace docente solo porque es un modo de ganar dinero para sobrevivir, es difícil que pueda disfrutar con lo que hace. Quien decide ser profesor porque con su trabajo puede ganar la vida de los demás, es probable que  se sienta feliz con lo que hace. Claro que se puede empezar por motivos miserables y luego enriquecerlos y, a la inversa, se puede comenzar por motivos nobles y acabar degradándolos.

Y luego viene el ejercicio profesional, que puede tener dificultades, contratiempos y fracasos. Pero la actitud con la que se afronta es fundamental para la vivencia feliz o desgraciada. No es igual ir al lugar de trabajo como quien va a una fiesta que ir como aquel condenado a muerte iba un lunes camino del patíbulo diciendo: mal empiezo la semana.

Cuando llega la jubilación, unos se lamentan de que haya pasado el tiempo tan rápido y otros maldicen el interminable camino que han tenido que recorrer. Unos querrían seguir y otros piden a gritos la jubilación anticipada.

Ejemplificaré esta doble actitud con un cuento de Cristina Gutiérrez Lestón que he leído en su libro “Entrénalo para la vida”.  Ella dice que los cuentos se explican para que los niños se duerman y para que los adultos despierten. El cuento dice así, de forma resumida.

Una madre salió de excursión con su hija Emma (diez años) y con su hijo Pablo (doce). Fueron a Santa Fe de Montseny. Emma iba muy contenta. Las actividades familiares le encantaban y más aun en la naturaleza, donde podía dejar volar su imaginación y convertirse en una exploradora intrépida. Pablo, en cambio, estaba enfadado. Este era un estado cada vez más habitual en él. La mamá y la hermana oyeron sus quejas durante todo el trayecto en coche.

Empezaron a caminar por aquel paisaje con los árboles rebosantes de hojas verdes y todo lleno de flores. Llegaron a un lago que estaba rodeado por unas montañas imponentes. Pablo vio un movimiento extraño en el agua  y se acercó a mirar pero el agua estaba tan oscura que no pudo ver nada. En aquel instante buscó a su madre y la vio muy lejos, a punto de desparecer por un recodo del camino. Emma a su lado. Giró y empezó a correr hacia ellas, enfadado porque no le esperaban. Estaba tan ofuscado que no vio una piedra que le hizo caer y darse un buen trompazo. Gritó enfurecido:

– ¡Te odio, te odio!

Su ira fue en aumento al ver que estaba solo, que su madre y su hermana habían desaparecido y que, además, la montaña le decía con eco que le odiaba. Se levantó y con una fuerza que le salió del estómago bramó:

–       ¡Todo es una mierda!

Y al momento la montaña contestó impertérrita para desesperación de Pablo:

– ¡ Mierda, mierda!

Pablo empezó a llorar. Se sentía solo, como en muchos momentos.  Debido a la caída tenía rasguños en las manos y en las rodillas, así que se acercó al agua para limpiarse. En ese momento se oyó un ruido. Se asustó un poco, pero cuando vio que provenía de un pequeño pajarito de color rojizo se le acercó y le dijo:

– La montaña es como la vida, ella te devuelve lo que tú le das.

Pablo sabía que los pájaros no hablaban, así que no podía creerse lo que acababa de pasar. Pero el pájaro rojizo seguía allí, observándolo fijamente y el niño lo miraba  con la boca y los ojos abiertos como platos.

Entonces oyó de nuevo el eco de la montaña.  La montaña decía:

– ¡Te quiero, te quiero!

Pablo miró hacia la curva del camino. Su madre y su hermana estaban ahí gritando tan fuerte como `podían:

– ¡Te quiero, te quiero!

Y la montaña no se cansaba de repetir aquel mensaje. Se levantó y corrió como nunca había hecho antes, para ir a abrazar a su madre y a su hermana.

Hasta aquí la historia, reproducida con cierta libertad Y ahora la evidente moraleja. La montaña es como la escuela. Ella devuelve a los profesores lo que los profesores le dan. A quien dice cada día cada día amargura le devuelve su amargura. A quien dice cada día felicidad le devuelve repetidamente felicidad.

Por eso me parece tan importante preguntarnos por lo que llevamos cada día a la escuela. ¿Llevamos ilusión, optimismo, esfuerzo, esperanza, compromiso? Pues la escuela nos los devolverá multiplicados. ¿Llevamos desilusión, pesimismo, pereza, desesperanza y desinterés? Pues la escuela responderá como la montaña: multiplicando el eco de nuestras actitudes.

No depende tanto la felicidad de las circunstancias. Porque ya se ve que, con las mismas condiciones, las vivencias de los docentes son diametralmente opuestas. Diré más: las dificultades espolean a los buenos profesionales y hunden a los malos. Si en un país aparece una inesperada epidemia, los buenos médicos se sentirán invitados a trabajar más, a investigar, a esforzarse para superar la crisis. Los malos médicos dirán que ellos quieren trabajar solo con los sanos, que eso no lo estudiaron en la Facultad y que bastante hacen para lo que les pagan.

Se produce un fenómeno curioso: quienes más trabajan, quienes más concienzudamente se esfuerzan, quienes más se comprometen, suele piensan, dicen y hacen “pudiendo no hacer nada, ¿por qué vamos a hacer algo?”, suelen estar decepcionados y amargados.

¿Qué sucede cuando llega el momento de la jubilación. Algunos se vuelven hacia atrás y ven un reguero de dolor, una estela de frustraciones. Otros ven con nostalgia el recuerdo de muchos momentos felices.  Unos lamentan que llegue tan tarde la hora de abandonar el suplicio. Otros lamentan tener que dejar tan pronto una tarea llena de ilusión. Me emociona recibir, después de alguna conferencia o algún curso, la confidencia de algunos asistentes más que veteranos:

– Me jubilé hace dos años, pero mantengo la ilusión de  seguir aprendiendo.

En uno de los  libros titulados Vidas Maestras, que escribían los docentes en la anterior legislatura cántabra, a instancias de la Consejera socialista de Educación Rosa Eva Díaz Tezanos, una maestra que se jubilaba escribió: ¡Ojalá que los jóvenes maestros que empiezan lo hagan con la mitad de la ilusión con la que yo termino!”. Qué suerte ser así. Qué suerte para sus alumnos y alumnas tener una profesora así.

La escuela rural de Olba

7 Feb

La escuela rural es invisible. Basta comprobar lo poquito que se habla de ella, lo poquito que se la tiene en cuenta, el poquito ruido que hace. Como es invisible parece que no existe. Como es pública, parece que no vale. Y, como es invisible y pública , no hay nada que hacer por ella. Cuando se promulgan las leyes sobre educación apenas si se piensa en la escuela rural. Cuando se estudia la organización escolar, ocupa un lugar insignificante. Cuando se forma a los futuros maestros y maestras, aunque muchos van a pasar por esa modalidad de escuela, apenas si se dedica tiempo a sus peculiaridades y exigencias. Sin embargo, es importante que la tengamos en cuenta, que la conozcamos, que la queramos y que la apoyemos.

La escuela rural de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional.

Hace ya algunos años escribí un artículo titulado “Mi querida escuela rural”. Lo escribí porque que en dos comunidades autónomas españolas existía, una especie de plan de exterminio de las escuelas rurales. Afortunadamente se paralizó gracias a la oposición de AMPAS, sindicatos y profesores…  Aunque las Consejerías manejaban argumentos sobre las carencias y limitaciones de las escuelas rurales,  todos sabíamos que detrás solo había criterios económicos Digo querida en el título porque ese fue el tipo de escuela en el que hice mis primeros aprendizajes. Fui a la escuela para niños (las niñas iban a otra escuela) y en ella di mis primeros pasos en el camino del aprendizaje. Cuando ahora paso por delante de los edificios, me asalta una enorme emoción. Querida también porque creo que es la institución que le abre el horizonte en mi país a los niños y a las niñas de las pequeñas localidades.

Cuando se elimina la escuela de un pueblo se extiende el certificado de defunción del mismo. Un pueblo sin escuela está condenado a muerte.  Si desaparecen los niños y las niñas de un pueblo, con ellos se va el futuro.

He visitado hace unos días la escuela de Olba, un pequeño pueblo  situado en la comarca Gúdar-Javalambre, en la provincia de Teruel. Una escuela con 26 niños y niñas  y con  dos aulas multigrado, guiadas amorosa y sabiamente por las maestras Delfi Ruiz y Rosa Pérez. Pasé una mañana con los niños y las niñas, espontáneos y afectuosos. Cuentos, canciones, trucos de magia (todo es magia para los peques) y preguntas. Esas preguntas que hacen los niños, cargadas de curiosidad y de ingenio. Luego comimos una estupenda paella (¡qué mano, Manuel!) con los maestros y maestras del CRA (Colegio Rural Agrupado, que integra las escuelas de 7 pequeños pueblos)e la comarca, al solecito del mediodía en el patio de la escuela  (¡Teruel en enero, qué suerte de tiempo!).

La escuela de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional. Las familias que cultivan el huerto con ayuda de los niños y niñas, están tratando de ampliar los terrenos del huerto y se encuentran en procesos de negociación con vecinos del pueblo y haciendo gestiones con el Obispado y la parroquia para la cesión de terrenos colindantes. ¿Cómo no facilitar el crecimiento de la escuela, que es el corazón del pueblo?

Los niños y niñas venden en el mercadillo los productos que  se cosechan. Productos que llevan el logo de la escuela. Saben qué, cómo y cuándo se siembra, saben cómo se cosecha y aprender a comercializar los productos.

Tengo delante de mí un detallado informe sobre el Huerto Ecológico.  El Informe se cierra con estas hermosas palabras: “Con el Huerto Escolar Ecológico de Olba pretendemos que los niños aprendan de forma práctica, que cuiden su entorno y su alimentación, que crezcan sanos y libres y que tengan unas herramientas para crear su futuro, un futuro Al final del mismo aparecen testimonios de los niños  basado en unas empresas respetosas, ecológicas, sostenibles y locales. Que sus aulas no tengan paredes y puedan recibir también conocimientos de las personas que tienen alrededor, que la escuela sea una comunidad de aprendizaje real para nuestros niñ@s”.

Me llamó poderosa y positivamente la atención el hecho de que las familias tengan una gran importancia en el proyecto educativo de la escuela y del Huerto Ecológico. La participación de los padres y de las madres en la escuela es verdaderamente esencial. Lo he dicho muchas veces:   Sin la familia, imposible.

Mi presencia fue el fruto de una vertiginosa iniciativa de María Niubó, madre que lleva a sus hijas Marina e Iria a esa escuela (y que está viviendo en el pueblo por la calidad que descubrió en su proyecto educativo y en el ideario pedagógico de las maestras). María, en un tiempo record, organizó dos conferencias que se celebraron en la Universidad de Teruel. Con tiempo frío, en dos días laborables consiguieron llenar el salón de actos de la Facultad de Educación. Como para que no haya optimismo en la educación de nuestro país. Ese empeño denodado, ese esfuerzo generoso, ese interés por mejorar la escuela, son el mejor testimonio de que vamos por el buen camino.

Me alojé en la casa de María y Clemente, vecinos de Olba. Me contaron que han viajado por toda España en busca de una escuela en la que sus hijas aprendan y sean felices. Es admirable que una familia haga un costoso peregrinaje en busca de proyectos educativos de calidad. Conocían de cerca todas las experiencias por las que le preguntaba: O Pelouro de Galicia, El Roure de Barcelona, pedagogía Waldorf, Comunidades de Aprendizaje, método Freinet, modelo Montesory… Hacen la elección de localidad en función de la escuela que quieren para sus dos hijas…  Y ellos se integran en el proyecto para mejorar no solo la educación de sus hijas sino la de todos los que  acuden a esa escuela. Eso es: la educación en el epicentro de la vida.

¿Por qué  me parece importante la escuela rural? Porque no arranca a los niños y niñas de su medio sino que los mantiene arraigados en su hábitat, porque no los aleja de su familia en viajes llenos de peligros y de sueño, porque los padres pueden acercarse fácilmente a la escuela, porque los maestros conocen bien el contexto… Desde la casa de María casi se toca la escuela con la mano. El segundo día de mi estancia bajé de la mano a Iria a la escuela, en un trayecto de manos de un minuto. Cuánto tiempo ganado a la vida.

El problema de la escuela rural es la continuidad en los estudios. El problema es el paso al Instituto, que ya tiene su problemática en cualquier entorno, como ha estudiado mi amigo y colega José Gimeno en el libro “El paso a Secundaria”.

Estas líneas son un canto a la escuela rural, a su condición de escuela pública, a sus valores, a los maestros y maestras que eligen esa modalidad de escuela, al servicio que prestan a las familias que trabajan y viven en ese medio. ¡Ay, mi querida escuela rural!

NOTA: Mientras escribía este artículo, ha fallecido Marina, la hija mayor de María y Clemente. No me lo puedo creer. Estoy profundamente conmovido. La muerte es algo tan natural como excesivo. Decía Saint Just que a la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. ¿Cómo puede albergar tanto dolor el corazón humano?   Adiós, querida niña. Un gran abrazo para la familia de Marina, para su escuela rural que tanto la quería y para todo el pueblo de Olba.

Violencia sutil contra la infancia (II)

2 Ago

Nuestra cultura ha estado marcada por planteamientos inmolatorios de la infancia. Los niños y las niñas han sido considerados como propiedad de los padres/madres para Dios, la patria, la producción, la sociedad, el cielo… El sacrificio de la prole al dios de turno (especialmente de los primogénitos) para aplacar su ira, evitar catástrofes o conseguir favores, ha sido una constante en la historia humana.

La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

La filosofía griega presenta frecuentes acontecimientos filicidas. Urano y Cronos mataban a sus hijos al nacer. Tántalo ofrecía a los dioses en banquete la carne de su hijo. Edipo, condenado a morir por sus padres, que lo han abandonado, descendía de una estirpe familiar que se caracterizaba por el asesinato de los hijos. En Roma, la “patria potestas” significaba el poder absoluto, legalmente reconocido, del padre en relación de la vida de los hijos. Hasta el año 318 no se consideraba un crimen la muerte del hijo ocasionada por el padre. Y hasta el año 374 no se consideró homicidio su muerte provocada.

La Historia Sagrada nos ofrece también ejemplos al respecto. Moisés abandonado en las aguas del Nilo, Abraham que entrega s su hijo al sacrificio, el abandono de Ismael en el desierto… La Historia de España llama Guzmán el Bueno a quien entregó la vida de su hijo por la patria…

Pero me ocupan en los cuatro artículos de esta serie las formas sutiles de violencia contra la infancia. En la semana pasada me centré en la familia, hoy lo haré en la escuela. La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

– La obligatoriedad cotidiana

La escuela es una institución de reclutamiento forzoso. No es igual acudir a una institución o a una actividad de forma voluntaria que de manera forzosa. He sido testigo del desgarro de muchos niños y niñas los primeros días de escolarización. Resulta casi traumático obligarles a despegarse del padre o la madre que los conducen a la escuela.

No digo que no deban ir a la escuela. Para muchos es el único medio de que disponen para poder tener una vida digna. Voy publicar en México dentro de unos meses un libro que se titulará “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. Sólo estoy diciendo que, si la forma de concebir la escuela no lo remedia, la asistencia obligada puede convertirse en un sufrimiento.

– La imposición indiscutida e indiscutible de normas, objetivos, metodología y evaluación

Poco es lo que deciden los alumnos y alumnas en la escuela. Por no decir que nada. Le oí decir en cierta ocasión a Francesco Tonucci que la escuela es una institución ilegal porque quebranta sistemáticamente la ley que exige que los niños y niñas sean consultados sobre aquellas cuestiones que les conciernen. Y la escuela les concierne. Pero no les consulta. Y concluía Tonucci con cierta contundencia: como son ilegales habría que cerrarlas. Yo no voy tan lejos porque creo que la escuela puede ser un camino hacia la libertad a través del conocimiento y de la convivencia.

Casi todo es impuesto en la escuela. Violenta o sutilmente impuesto. El alumno del que se dice que es “protagonista” del proceso educativo no interviene en ninguna de las decisiones esenciales de la institución.

– La comparación como eje del rendimiento

Las calificaciones se suelen establecer a través de unos baremos taxonomizados. El ”más que tú”, “menos que tú” se convertirán en referencias decisivas. Y no se considerará el punto de partida y las condiciones personales, familiares y sociales. Alguna vez he dicho que la gallina no es un águila defectuosa, pero la escuela sigue siendo una institución homogeneizadora y competitiva.

El fracaso escolar se convierte en una lacra del sistema educativo. El porcentaje de abandonos y de sujetos que siguen pagando tributos superiores a los logros es cada día mayor. Y hasta se puede pensar que es precisamente ese nivel de fracaso el éxito institucionalizado del sistema.

– La transmisión de mitos sociales

La escuela ha sido considerada durante mucho tiempo como la transmisora de los bienes culturales. El mito del progreso, el mito de la igualdad de oportunidades, el mito de la libertad, el mito del bien común…

No se trata de aprender por cuenta propia sino de ser enseñado. Los niños y niñas aprenden que lo que se enseña es lo que vale la pena y, paralelamente, que si hay algo que importa debe haber alguna escuela que lo enseñe.

– La imposición de castigos irracionales e injustos

Se han impuesto desde el poder institucional muchos castigos arbitrarios. Porque se ha confundido autoridad con poder. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

El poder controla, silencia, castiga, humilla y aplasta. Quien tiene autoridad educativa, por el contra, ayuda a crecer. Pues bien, se ha ejercido, a veces, un poder indiscriminado que ha impuesto sin diálogo y sin posibilidad réplica, castigos absurdos como ponerse de rodillas, copiar cientos de veces frases ridículas, quedarse sin recreo o sin escuela…

– Un curriculum oculto potente y pernicioso

A través curriculum no explícito, que actúa de forma persistente, omnímoda y subrepticia la escuela enseña muchas cosas mientras enseña: que hay que repetir, que hay que estar sentados, que hay que callarse, que hay que obedecer, que no se puede decir lo que se piensa, que solo se estudia cuando hay examen, que solo se estudia lo que entra en el examen…

Muchos de estos aprendizajes son más importantes que los que adquieren en el curriculum reglado de la escuela. Ya lo decía Kant: lo principal que aprenden los niños en las escuelas es a estar sentados.

– Concepción jerárquica de la verdad

Se podría definir verdad como aquello que la autoridad sostiene, sobre todo si se trata de una autoridad evaluadora. Es verdad aquello que dicen los libros, aquello que hay que aprender para el examen.

– La experiencia de aburrimiento

Hay muchos niños que se aburren en la escuela. Sobre todo cuando las prácticas que desarrolla son el fruto de la rutina y de la torpeza. Tener que estar quieto, callado durante mucho tiempo, a edades tempranas, se puede convertir en una tortura.

Un proceso de aprendizaje asentado en la escucha y en la repetición de lo que se ha explicado produce casi inevitablemente aburrimiento y desgana.

– La homogeneización como falso criterio de justicia

No es cierto que haya que tratar a todos por igual cuando, de hecho, son todos y todas tan diferentes. No es bueno que todos tengan que hacer lo mismo, en los mismos tiempos y de la misma forma.

Defiendo la idea de que la escuela debería ser una institución en la que se pudiera trabajar felizmente y, además, que debería estar encaminada a conseguir que los alumnos y alumnas (junto a sus profesores primero y luego ya de forma autónoma) aprendieran a ser felices. Porque aprender a ser felices y a ser buenas personas es el principal logro de la inteligencia. Lo cual no significa que no tengan que haber esfuerzos, tener constancia y desarrollar el espíritu de superación. Pero con un sentido. Por una causa. La causa del bien y de la felicidad.

Segovia es un verbo

31 May

Otra vez estamos metidos en fechas de evaluaciones. Decimos que la evaluación debe ser continua pero el sistema no acaba de romper las viejas rutinas. Así que sigue habiendo tiempos de aprendizaje y tiempos de exámenes. Mal asunto, a mi juicio.

Mientras más simplista y esquemática es la respuesta, más seguridad tiene el evaluador en la corrección.

La lógica de las respuestas a las preguntas de las evaluaciones escolares suele tener una mecánica muy simple. Hay una exigencia básica: las respuestas tienen que acomodarse a las demandas del evaluador. Y las demandas del evaluador están claramente plasmadas en el libro de texto.

Cuando preparas con un escolar un examen, tienes que acudir al libro de texto. En él se encuentran la pregunta y la respuesta. Ésta tiene que reproducir lo que el texto enuncia. Las preguntas se extraen del texto con la misma precisión que han de tener las respuestas que se exigen.

Puede que haya lógica en la contestación del alumno, pero ésta no valdrá si no reproduce exactamente lo que se pide. Ya sé que no sucede siempre. Ya sé que no sucede con todos los profesores. Algunos, para instalarse en estas prácticas, se escudan en el hecho de que en fases superiores del sistema los alumnos van a tener que hacerlo así, mecánicamente. Así van preparados, dicen. Es como si hubiera que practicar la violencia para poder ir a la guerra. En lugar de romper esas prácticas simplistas se acentúan propedéuticamente.

Se suele premiar la repetición y la memorización pero no la creatividad y el ingenio. Sé que hay que ejercitar la memoria, sé que la memoria es una parte esencial del ser humano. Sin memoria no tendríamos conciencia de nosotros mismos. Pero la memorizar sin comprender mata la creatividad y el pensamiento divergente. Mientras más simplista y esquemática es la respuesta, más seguridad tiene el evaluador en la corrección.

Mi querido amigo Marcos, maestro inquieto e investigador incansable, me cuenta que le preguntó no hace mucho a uno de sus alumnos:

– ¿Qué es Segovia?
El niño contestó con aplomo:
– Segovia es un verbo.
– ¿Por qué un verbo?, quiso saber el profesor.
– Pues porque se dice yo me agobio, tú te agobias, él “sagobia”.

La respuesta del niño tiene su lógica, pero será desestimada por un evaluador al uso. Tiene su ingenio, pero está alejada de la ortodoxia de las respuestas. Se le colocará una raya descalificadora. Mal. No será utilizada para la reflexión y el aprendizaje. Por el camino de los errores se puede avanzar de forma expedita hacia el descubrimiento de la verdad.

La evaluación está más orientada a la repetición que a la comprensión, más preocupada por el dominio de algoritmos que por las estrategias de reflexión, más atenta a lo que hay que reproducir que a lo que hay que descubrir o inventar, más pendiente por reproducir que por aplicar.

Es importante saber qué es lo que piensa el evaluado, qué es lo que tiene en su cabeza, qué es lo quiere saber y qué es lo realmente sabe. Lo explicaré con un ejemplo (espero no incurrir en aquella chocante aclaración: y ahora, para complicarlo más, pondré un ejemplo). Un niño le hace a su mamá esta embarazosa pregunta:

– Mamá, ¿qué significa pene?

De forma improvisada y un tanto aturdida la madre da una respuesta describiendo lo más someramente posible el miembro viril. Y corta de forma brusca la explicación para decirle al niño.

– ¿Por qué me haces esa pregunta?

Ante el asombro de la madre el niño contesta:

Porque he leído en un libro de la asignatura de religión: “Para que el alma no pene”.

La lógica de las respuestas tiene algunos recovecos, que van más de la mecánica simplista de la repetición. Una profesora de la Universidad de Playa Ancha, en Santiago de Chile, contó al terminar una conferencia que impartí sobre evaluación la siguiente anécdota.

– A un niño le preguntaron en clase cuál era la palabra opuesta a claro (compañía de telefonía móvil). El niño, en lugar de decir oscuro, contestó: Entel (la compañía telefónica de la competencia).

La profesora preguntaba por un antónimo y el niño contestó, con cierta lógica, usando otro eje de contraste y oposición distinto al usual.

Valorar el ingenio. Valorar el pensamiento divergente. Pocas veces se hace. No sé dónde leí una anécdota sobre evaluación que enlaza con la línea de argumentación que estoy sosteniendo en estas líneas.

Un profesor le preguntó a un alumno qué haría si estuviese pilotando un avión y el rayo de una tormenta incendiase uno de los motores. El alumno respondió que pondría en marcha el motor de repuesto. Insistió el profesor en lo que haría si se incendiase otro motor a causa de una nueva tormenta. El alumno dijo que sustituiría el motor averiado por uno nuevo. Se lo vuelve a preguntar una y otra vez y el alumno, imperturbable, da la misma respuesta.

Hasta que el profesor, un tanto irritado, dice:

– ¿Se puede saber de dónde saca usted tantos motores?
– Del mismo lugar del que usted saca tantas tormentas, contesta con rigurosa lógica el alumno.

Ingenio muestra este alumno que está siendo examinado de francés y no sabe la respuesta a una pregunta que se le formula.

– ¿Cómo se dice en francés ven aquí?

El alumno contesta con rapidez y precisión:

– Viens içi.

– Dígame ahora como se dice vete allí.

El alumno no conoce la respuesta. Se queda pensativo unos segundos y dice:

– Pues me voy allí y desde allí digo: viens içi.

En algunas ocasiones, lo que hace el evaluador, es buscarle tres pies al gato. Es decir, intentar cazar al alumno en un renuncio. Hay preguntas trampa, hay preguntas capciosas, hay preguntas que tienen la finalidad de no encontrar respuestas. Es más, hay formas de valorar las respuestas que solo tienen que ver con el deseo de sorprender en un renuncio. Es el síndrome del “te pillé”.

Desvela este vicio memorístico del que estoy hablando la siguiente advertencia de un profesor a sus alumnos:

– Esto es muy importante, tenéis que aprenderlo de memoria. Bueno, si alguno no es capaz de aprenderlo de memoria, lo pude decir con sus propias palabras. ¿No será más pertinente decirles que si no son capaces de decirlo con sus propias palabras se limiten a repetir de memoria lo que dice el libro?

En un aula, dice Doyle, pueden realizarse tareas de diverso tipo: memorizar, aprender algoritmos, comprender, analizar, comparar, dar opinión, investigar, crear. Todo el mundo pensará que esta relación de actividades está ordenada de menor a mayor complejidad intelectual. Pero, si tenemos en cuenta la frecuencia con la que estas actividades están presentes en las evaluaciones, es probable que piensen que la jerarquía se presenta en orden inverso, es decir de más a menos.

La evaluación es un fenómeno complejo. Ojalá lo utilicemos para aprender y no solo para comprobar, clasificar y seleccionar. Hace años titulé así uno de mis libros: “Una flecha en la diana. La evaluación como aprendizaje”. Aprendizaje para quien enseña y para quien aprende. La evaluación de los alumnos y alumnas puede ser un excelente medio de aprendizaje para el profesorado. Que así sea.