El desafío de la complejidad

25 Mar

Para entender de forma cabal el fenómeno educativo es preciso pasar de un paradigma asentado en la simplicidad a otro que se fundamente en la complejidad. Dice Edgar Morin que tenemos que enfrentarnos, de manera inevitable, a los desafíos de la complejidad: “El conocimiento pertinente debe enfrentar la complejidad. Complexus significa lo que está tejido junto; en efecto, hay complejidad cuando son inseparables los elementos diferentes que constituyen un todo (como el sociológico, el afectivo, el mitológico) y existe un tejido independiente, interactivo e inter-retroactivo entre el objeto de conocimiento y su contexto, las partes y el todo, el todo y las partes, las partes entre ellas”.

Otra razón es pensar que la enseñanza causa el aprendizaje de forma automática. No es cierto. Para que se produzcan aprendizajes significativos y relevantes hace falta que los nuevos saberes tengan una lógica interna y, además, que conecten con los aprendizajes previamente adquiridos. Y, por supuesto una disposición emocional hacia el aprendizaje.

Me pregunto por qué diablos se piensa que la tarea de enseñar es sencilla. La perspectiva simplista está compartida por muchos políticos, por familiares que tienen a sus hijos en la escuela, por ciudadanos de a pie e, incluso, por los propios docentes. Algunos desprecian de forma torpe y ridícula la atención a la diversidad, la creatividad, la motivación, la participación y hasta la misma pedagogía. Son partidarios de la clase magistral, del contenido puro y duro, de la jerarquía autoritaria, del palo y tente tieso. Y el que no aprenda, que arree. Qué simplismo.

Agruparé algunas razones bajo sus respectivos epígrafes, aunque sé que existen muchas más que el espacio no me permite ni siquiera citar.

La naturaleza de la tarea educativa: La tarea de educar es radicalmente paradójica. Lo que dicen los alumnos y alumnas a sus profesores y profesoras es: “Ayúdame a hacerlo solo”. Es decir, que ellos tienen que aprender a pensar por sí mismos, a decidir por sí mismos, a aprender por sí mismos.

Holderlin dice que los “educadores forman a su educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose”. Es más fácil anegar la tierra que separarse para que la tierra emerja. La metáfora pone de manifiesto la necesidad de enseñar a que los alumnos lleguen a ser aprendices crónicos y autónomos.

La tarea que realiza el profesor es de naturaleza problemática. En educación no sucede que si A, entonces B. Lo que realmente sucede es que si A, entonces B, quizás.

La naturaleza de la enseñanza es problemática porque el acto de apropiación intelectual es complejo y está integrado por un sinnúmero de variables inasibles. Tradicionalmente se ha puesto el foco de análisis en la enseñanza cuando debería situarse en el aprendizaje. De lo contrario haríamos válida aquella exclamación del comerciante: “Yo vendo, pero no compran”.

Los “materiales” de la educación: Los “materiales” con los que trabaja el educador son enormemente complejos: capacidades,  sentimientos, ideas, motivaciones, voluntad, expectativas, actitudes, valores… En cualquier otra profesión se considera buen profesional al que sabe manipular bien los materiales, pero en ésta el mejor profesional es el que más pronto y mejor los libera.

Los “materials” que trabaja cualquier profesional (arquitectos, químicos, veterinarios, banqueros…) son más sencillos que aquellos que maneja el profesor. Porque obedecen a leyes.

Todos esos “materiales” están conectados entre sí y se relacionan de manera diferente en cada persona. Son “materiales” de difícil conocimiento y de compleja manipulación.

La diversidad infinita del alumnado: Las personas tenemos diferencias en numerosos ámbitos de la configuración personal. Cada una nos define en interacción dinámica y evolutiva con las otras. ¿Alguien ha visto a dos personas idénticas? Ni siquiera los gemelos homocigóticos, pasados unos días de vida, reaccionan igual ante los mismos estímulos. Atender la diversidad es una exigencia tan importante como compleja.

Los ámbitos que marcan la diferencia entre las personas son múltiples, por no decir infinitos. Todos ellos tienen importancia en uno u otro sentido.

Las circunstanias adversas: La educación no se realiza en la estratosfera, en una campana de cristal, en un lugar vacío. Se desarrolla en un contexto que hoy es adverso a los principios esenciales de la educación. La cultura neoliberal gira sobre ejes que contradicen los principios auténticamente educativos: individualismo, competitividad, obsesión por los resultados, relativismo moral, olvido de los desfavorecidos, capitalismo salvaje, imperio de las leyes del mercado, hipertrofia de la imagen, reificación del conocimiento… Los alumnos y las alumnas tienen importantes distractores para realizar el aprendizaje: medios de comunoicación quees ofrecen modelos por la vía de la seducción frente a los modelos que ofrece la escuela por la vía de la argumentación.

El contexto institucional es también adverso hoy en día. Han emperorado las condicions laborales del profesorado, se han reducido sus sueldos, han aumentado sus horas de trabajo, ha aumentado el número y la poblmática del alumnado en las aulas, cada vez hay más presión social…

Todo ello hace que la tarea docente sea de una gran complejidad. Para ser un buen docente hay que saber, saber hacer y saber ser. Nada fácil.

La tarea de los docentes: Una de las razones en que se basa la concepción simplista es pensar que quien se dedica a esta tarea “nace y no se hace”. Es decir que para ser buen docente hace falta vocación, pero no formación, hace falta haber nacido, no haberse preparado. No se piensa lo mismo de otras profesiones, como la medicina o la arquitectura. Basta ver los tiempos de preparación que se exigen para su ejercicio. Para ser veterinario se necesitan  más tiempo de preparación que para ser docente. ¿Es más sencillo lo que hace el maestro? ¿Es menos importante?

Hace tiempo leí una novela de Muriel Barbery titulada “La elegancia del erizo”. En ella se hace referencia a esa generalizada opinión que viene a decir que quien no vale para otra cosa vale para ser docente. Dice en una de las primeras páginas:  “El que sabe hacer algo, lo hace; el que no sabe, enseña; el que no sabe enseñar, enseña a los que enseñan y el que no sabe enseñar a los que enseñan se mete en  política”.

Otra razón es pensar que la enseñanza causa el aprendizaje de forma automática. No es cierto. Para que se produzcan aprendizajes significativos y relevantes hace falta que los nuevos saberes tengan una lógica interna y, además, que conecten con los aprendizajes previamente adquiridos. Y, por supuesto una disposición emocional hacia el aprendizaje. ¿Es fácil conseguir esa disposición? ¿Es fácil despertar el deseo de saber? ¿Es fácil enseñar que sólo es útil el conocimiento que nos hace mejores personas?

Una tercera es creer que para enseñar basta tener conocimientos sobre una determinada materia. Está claro que una cosa es saber y otra saber enseñar, que una cosa es tener conocimientos y otra despertar el deseo de que otros los adquieran.

Una cuarta, dentro de este epígrafe, es el hecho de que el docente realiza  su tarea de forma colegiada. Su trabajo exige coordinción permanente. Es más sencillo el trabajo del francotirador, que actúa en solitario.

La complejidad es todo es un desafío. Y más en una situación tan cr No es tan sencillolros,  etente Castillo.estra influencia es tan grande que nos considera capaces de destruir en ERspaña etenteítica. Lean, para comprobarlo, el libro que acaba de publicar Mariano Fernández Enguita, “La educación en la encrucijada”.

El puñetazo

19 Dic

Me han llamado hoy del periódico El Español para pulsar mi opinión sobre el puñetazo que un joven de 17 años le propinó al Presidente del Gobierno en una calle de Pontevedra, en plena campaña electoral.

No hay justificación alguna para el hecho. Máxime si se tiene en cuenta que estaba fríamente calculado y programado. Máxime si, después del puñetazo, el joven dice de forma arrogante: “Estoy muy contento de lo que he hecho”. En una foto se le ve esposado haciendo con las manos gestos de victoria.

Y esa llamada es ya un primer motivo de análisis. ¿Por qué se convierte en una noticia de tanta magnitud un hecho aislado que dura un segundo y que tiene como protagonista a un muchacho hasta ese momento completamente desconocido? ¿Por qué se convierte ese bofetón en la noticia más importante del día para algunos periódicos, radios y televisiones? Yo mismo me veo inmerso en esa dinámica al dedicar el artículo de hoy a este hecho, descartando el que ya tenía preparado.

Esta primera idea me lleva a plantear la cuestión de qué es lo que se selecciona de la inabarcable realidad de los hechos para convertirlo en noticia. Habría que convenir que no es siempre lo más importante sino lo más llamativo, lo más escandaloso, lo más banal.

Eso sí, si un hecho prende en la hoguera de la noticia, no hay medio de comunicación que se abstenga de informar sobre él, de comentarlo y de exhibirlo bajo múltiples perspectivas. De hecho, el puñetazo a Rajoy no ha faltado en ningún medio.

Vaya en segundo lugar mi rechazo a ese tipo de comportamientos agresivos. El golpe se puede dar en las urnas, se puede dar con la argumentación, con el diálogo, con el compromiso político de otro signo. Pero no con el puño.No causando un daño físico.

No hay justificación alguna para el hecho. Máxime si se tiene en cuenta que estaba fríamente calculado y programado. Máxime si, después del puñetazo, el joven dice de forma arrogante: “Estoy muy contento de lo que he hecho”. En una foto se le ve esposado haciendo con las manos gestos de victoria. Para colmo el joven fue después jaleado por sus compinches. No me gustan los mensajes que circulan por la red: “se lo merece”, “tenía que haberle dado más”, “es lo que mucha gente deseaba hacer”, “es poco para lo que se merece”… Me han gustado, por contra, las condenas de los demás líderes políticos, las muestras de solidaridad y la preocupación por el estado del Presidente.

Me preocupa el hecho en sí. Me preocupa esa forma de reacción para criticar o condenar o castigar a quien no piensa o actúa como deseamos Parece ser que el joven ha dicho que le pegó “porque él cobra dos sueldos y yo ninguno”. Da igual el motivo. Nada justifica la acción. No me preocupa tanto que el destinatario de la acción sea una autoridad. En los antiguos catecismos se decía que había que respetar a los mayores en edad, dignidad y gobierno. Lo curioso era que quien esto había prescito pertenecía al grupo de mayores en edad, dignidad y gobierno.

Debería ser lo contrario. Porque los que no tienen edad, dignidad y gobierno disponen de menos medios para protegerse antes de que el bofetón se propine y para castigarlo cuando ya se ha propinado. Todas las personas tienen la dignidad esencial de ser personas. Todas merecen el máximo respeto.

He leído comentarios y conclusiones que aprovechan ese hecho singular para llevar el agua al molino de sus intereses y teorías.

– Como el cara a cara entre Rajoy y Sánchez tuvo tintes de violencia, ahora se produce este efecto que tiene su origen en aquella causa.
Si eso fuese así, todos lo que vieron el debate hubieran propinado algún guantazo a quien tuvieran cerca y perteneciera a otra esfera política.

– Al ser el joven de izquierdas, alguien ha concluido que esa facción política se caracteriza por su tendencia a cometer actos agresivos.

– Al tratarse de un joven de 17 años hay quien ha clamado por la juventud actual y ha lanzado preocupantes soflamas sobre la educación y el libertinaje.

– Puesto que el chico pertenece al grupo radical de fútbol Mocidade Granate del Pontevedra, alguien podría ponerles la etiqueta de violentos a los seguidores.

– Como estuvo viviendo varios años en régimen de internado, algunos pueden concluir que esa es la causa de su comportamiento agresivo.

Es curioso observar que, cuando se producen ese tipo de argumentaciones, siempre surgen de un interés más o menos camuflado. Los argumentos se utilizan con escaso rigor. Los nexos causales se tienden de forma interesada y tramposa.

Alguna vez utilicé la historia del saltamontes para ejemplificar este mecanismo intelectual torticero.

Tengo un saltamontes en la mano y le digo:
– Saltamontes, salta.
El saltamontes lo hace con rapidez y perfección. Cuando está en la otra mano, le vuelvo a decir:
– Saltamontes, salta.
Y el saltamontes se coloca de un salto elegante en la otra mano.
Cuando está en ella, le corto todas las patas (ojo, es una metáfora solamente) y le vuelvo a decir:
– Saltamontes, salta.
El saltamontes no salta. Hecho del que deduzco esta conclusión:
– Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

No es fácil explicar por qué ha actuado así este joven. Habrá que conocer su historia, su contexto, las influencias recibidas (especialmente las de los líderes a los que sigue y los amigos que le rodean…), sus principios, sus motivaciones… Solo después de hacer un diagnóstico riguroso se podrá hacer una intervención efectiva. Una intervención efectiva para la mejora de sus formas de entender la realidad y de intervenir en ella.

No me puedo resistir a hacer una última reflexión sobre la educación recibida en la familia y en la escuela. Es indudable que se ha producido un fracaso respecto a las pretensiones que tuvieron sus familiares y educadores.

La verdadera educación tiene un soporte ético imprescindible. La educación no consiste en llenar la cabeza de datos, las manos de destrezas y los bolsillos de dinero. La educación tiene que ver con los valores. De lo contrario es mera instrucción.

La educación para la convivencia es fundamental en la escuela. Es evidente que este joven no lo aprendió. Y, si lo aprendió, lo ha olvidado pronto. ¿Para qué sirve la educación si no permite construir un mundo habitable?

¿Cómo ha aprendido a razonar y a vivir este joven? ¿Dónde, cuándo y por qué se ha producido el fracaso? El fracaso no hay que buscarlo solo en la familia y en la escuela. Digo esto porque no se puede olvidar que el ser humano tiene la responsabilidad de los hechos que realiza. La libertad encierra esos riesgos. La educación pudo ser excelente y la persona decidió, en el ejercicio de su libre albedrío, tirar todos los principios por la borda.

Aunque así fuera, aunque todo se pusiera en el debe del joven gallego, el deber de la sociedad es preocuparse por tener unas instituciones educativas, unas organizaciones sociales, unos mecanismos de prevención, de protección y de recuperación cada vez más ambiciosos y eficaces. Un solo caso es inquietante. Ojalá nos sirva el puñetazo para pensar, para incrementar los esfuerzos y para mejorar la tarea de la educación.

Haced algo, por favor

19 Sep

El comedor escolar es un aula. En ella se pueden impartir y recibir muchas lecciones, se pueden aprender muchas cosas. O desaprender, claro, si no hay sensibilidad pedagógica  por parte de los docentes. Los comensales pueden  comportarse de forma grosera e imitar todo lo malo que hacen los demás.

El comedor escolar es un aula. En ella se pueden impartir y recibir muchas lecciones, se pueden aprender muchas cosas.

Además de tener una función social, el comedor de una escuela es un escenario más de los aprendizajes. En efecto, hay aprendizajes subrepticios y persistentes que se  instalan en el curriculum oculto de la institución. Se puede aprender muy eficazmente que hay personas de diferentes categorías cuando los docentes comen en lugares más cómodos, más limpios y más espaciosos que los de los alumnos. Y cuando degustan un menú de superior calidad. ¿De qué sirve que luego estudien en la asignatura de ética que todas las personas tienen igual dignidad? Me decía hace tiempo una niña:

– Qué suerte tengo. Hoy he comido filete de profesor en el cole.

El comedor  debe ser un espacio confortable y estético. Porque es un escenario de convivencia y no un simple “comedero”. Hay otros aprendizajes explícitos que se pueden realizar de forma sistemática e intencional en el comedor escolar. Se pueden aprender muchas cosas que son necesarias para una convivencia basada en el respeto mutuo.

La comida es un acto social que comparten los niños y las niñas con sus profesores y profesoras en las escuelas. Y lo primero que quiero decir es que alumnado y profesorado deberían disfrutar (que no padecer) el mismo menú. No entenderíamos una familia en la que los hijos y los padres tuviesen un menú de diferente calidad, en detrimento de los más pequeños. Segundo: los niños deben saber que esos alimentos que tiene ante sí en la mesa son el fruto del trabajo de muchas personas que los han cultivado, transportado, elaborado, cocinado y servido para ellos. Tienen que saber que no caen del cielo como sucedía con el maná. Lo tercero es que se laven las manos antes de la comida, porque la higiene es una exigencia de primer orden. Para ellos y para quienes les rodean. Lo cuarto es que tienen que ser conscientes de que poder comer es un derecho que no todos los niños y las niñas del mundo pueden ejercer. No desperdiciar los alimentos es una deber de lesa humanidad.  Hay muchas personas que mueren cada día de hambre en el mundo. Lo quinto es que los niños y las niñas deben conocer el nombre de la cocinera o cocinero que prepara la comida. En mi libro “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” he incluido una carta dirigida a la cocinera (o cocinero) de un comedor escolar.  Me emocionó verla reproducida en la puerta del comedor de una escuela argentina. ¿Por qué han de saberse el nombre de quien alimenta sus mentes y no el de quien alimenta sus cuerpos?  Y lo sexto (no necesariamente en este orden) es que el menú tiene que estar confeccionado con criterios dietéticos y no solamente con criterios económicos. No se puede ahorrar en la comida de la infancia.

En algunas escuelas del mundo los niños van a  la a estudiar pero, antes de todo, a comer. Esas escuelas son instituciones asistenciales más que educativas. Sin esas comidas escolares no es que no podrían estudiar (por cierto, no podrían), es que no podrían vivir. Las ayudas para los comedores son imprescindibles.

Soy presidente de la Asociación  de Padres y Madres del Colegio de nuestra hija. Pienso que no es posible desarrollar un buen proyecto escolar sin la participación de las familias. Está claro que familia y escuela tienen que remar en la misma dirección. En el comedor de la escuela tiene que haber preocupación por el aprendizaje de los buenos hábitos y en la familia tiene que existir esa misma preocupación. Me da igual a quién de las dos se la considera instancia subsidiaria. Lo que no es de recibo, como he visto algunas veces, es que las familias reprochen a la escuela la falta de cuidado en la observación de normas de urbanidad en el comedor mientras no tienen la mínima preocupación en las  casas. De la misma manera, no es aceptable que la escuela diga que esas son tareas de exclusiva competencia de la familia.

Como sucede en todos los Colegios, los padres y madres se preocupan por el buen funcionamiento del comedor. A los padres y madres les preocupa la calidad, variedad, cantidad y presencia de los alimentos y, a la vez, el modo de comportarse de los pequeños comensales.

El Colegio de mi hija Carla utiliza como  monitores y monitoras a chicos mayores para que cuiden  de los más pequeños. Ella se siente orgullosa de que la hayan nombrado monitora este año. Es una buena estrategia para que se ayuden y se responsabilicen. Hay además, adultos responsables  del buen funcionamiento del comedor. Un papá  y amigo me cuenta que el monitor de su hijo Fernando le escribió hace dos años una nota y se la envió a través de la mochila del pequeño. La  reproduzco a continuación.

“Fernando come pero a veces es pesado. Le cuesta comer y tiene mucha ansia sobre todo a las verduras.

Le tenemos que decir lo que tiene que comer y eso es muy cansino. Haced algo,  por favor. Gracias”.

Decía que el comedor es un aula. ¿Qué se puede aprender?  Se pueden aprender muchos comportamientos que son necesarios para la vida en común, para la salud de cada uno y para la higiene personal y colectiva.

A comer de todo, de forma sana y de manera   tranquila y ordenada.

A comer con la  boca cerrada, teniendo en cuenta que los otros nos están mirando.

A estar bien sentado, a tener buena postura,  a no apoyar los codos en la mesa.

A no gritar, a hablar con los otros de forma respetuosa y ordenada.

A no desperdiciar la comida porque hay mucha gente que se muere de hambre en el mundo.

A comer sin ansiedad y a comer de manera  tranquila y reposada.

A no hacer ruidos al comer, al sorber o al  masticar.

A no eternizarse en la comida, porque hay muchas más cosas que hacer. Y porque se come con los demás.

A no dejar nada en el plato porque la comida está cara.

A no manchar la mesa, a dejarlo todo de manera presentable.

A limpiarse la boca antes y después de beber agua.

A no hablar con la boca llena, de manera que se nos entienda con perfección.

Ni qué decir tiene que el ejemplo  de los docentes es esencial en estos aprendizajes. No es muy eficaz corregir a los niños porque  comen con la boca abierta mientras se ve la glotis de quien plantea esta exigencia a los alumnos. O decir que tengan una postura correcta mientras quien se lo exige está sentado de cualquier manera.

Una de las finalidades de la escuela ha de ser el aprendizaje de la convivencia. Enseñar a convivir no exige solamente saber normas, saber leyes, saber prescripciones. Exige, sobre todo, práctica. Exige  la capacidad de llevar a la realidad aquellas exigencias que hacen la vida más fácil, más agradable.

Los pequeños detalles son importantes en la convivencia democrática. La vida no suele exigir comportamientos heroicos sino un modo de proceder respetuoso basado en pequeños gestos. La educación es inversamente proporcional al nivel de grosería en las relaciones con nuestros semejantes.

La naranja irrepetible

29 Ago

En la escuela se dan cita todo tipo de alumnos y de alumnas. Se encuentran en ella ricos y pobres, niños y niñas, inmigrantes y autóctonos, creyentes y ateos, listos y torpes, cultos e incultos… Todos ellos (todas ellas, no lo olvidemos) tienen derecho no sólo a la escolarización, sino a conseguir el éxito en la escolarización. Los niños tienen derecho a la hospitalización cuando están enfermos pero, deberíamos decir, más bien, que tienen derecho a la salud. Es decir, a tener éxito en la hospitalización. Porque, si al ir al Hospital se encuentran con un mal diagnóstico, una intervención equivocada o un trato inhumano, más les valdría no ser hospitalizados.

Si esto pasa con naranjas, ¿qué sucederá con personas que tienen sentimientos, valores, expectativas, inteligencia, relaciones, consciencia e historia?

Como la escuela es una institución tradicionalmente homogeneizadora, ha de buscar respuestas a las insistentes preguntas que encierra  la infinita diversidad de su alumnado. Cuando se habla de diversidad se reconoce la identidad de cada persona. Si, por el contrario, se establece un prototipo, todas las variaciones respecto al mismo se convierten en deficiencias

Cada uno es cada uno. No hay dos personas iguales. Estas afirmaciones que parecen obviedades están frecuentemente negadas cuando, en la escuela, tratamos a los niños y a las niñas como si fuesen iguales, o cuando los tratamos como diferentes pero comparándolos con  un prototipo. Quienes se alejan de ese modelo, de ese arquetipo, parece que tienen alguna tara. Son, por consiguiente, defectuosos. Así, una niña sería un niño defectuoso. Un niño ateo, sería un niño creyente defectuoso. Un niño gitano sería un niño payo defectuoso. Un niño magrebí sería un niño autóctono defectuoso.

El prototipo escolar lo constituye el varón, blanco, sano, inteligente, autóctono, creyente, payo, vidente, ágil, oyente, castellanoparlante… Los demás son “anormales” o, lo que es peor, “subnormales”. La institución escolar alberga problemáticas muy diversas, no sólo debidas a las infinitas diferencias individuales sino a las diferencias grupales (étnicas, lingüísticas, culturales, religiosas, económicas, de género…). Hay que caminar hacia una escuela inclusiva. Lo cual exige hacerse permanentemente esta pregunta: ¿a quién excluye la escuela?, ¿a quién pone trabas para una integración plena?, ¿a quién beneficia o privilegia?

Si un centímetro cuadrado de piel (las huellas digitales) nos hace diferentes a miles de millones de individuos, ¿qué no sucederá con toda la piel, con todo lo que ésta tiene dentro, con la historia y las vivencias y las emociones y las expectativas…? No hay un niño exactamente igual a otro. Ni siquiera dos gemelos univitelinos pueden considerarse idénticos. Su historia es distinta, sus vivencias son diferentes e intransferibles. Hay dos tipos de niños en las escuelas: los inclasificables y los de difícil clasificación. Cada individuo es único, irrepetible, irreemplazable, complejo y dinámico.

La diferencias de las personas pueden ser entendidas y vividas como una riqueza o como una carga. Si esas diferencias se respetan y se comparten son un tesoro; si se utilizan para discriminar, excluir y dominar se convierten en una lacra.

No hay educación si no se produce un ajuste de la propuesta a las características del educando. Sólo hay educación cuando un individuo concreto crece y se desarrolla al máximo según sus posibilidades. La psicología dice que es preciso acomodar la enseñanza a los conocimientos previos de los alumnos. ¿Cómo puede hacerse en un grupo actuando como si todos tuviesen los mismos datos en la cabeza, los mismos deseos e intereses en el corazón, la misma capacidad de aprendiaje?

Como en la escuela la actuación se dirige hacia un alumno tipo, los que no responden a él, se encuentran con dificultades de adaptación. No es la escuela la que se adapta a los niños sino éstos los que tienen que ajustarse al modelo que se propone o se impone en la escuela

Si la filosofía de la diversidad llega a la escuela, teórica y prácticamente, se habrá ganado en la dimensión ética, mejorará la convivencia, y los aprendizajes serán más relevantes y significativos para todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas.  Ellos y ellas tienen que hacerse también conscientes de la diversidad sin que unos entiendan que son más o menos que los otros por ser como son.

Alguna vez he realizado en la clase la siguiente experiencia con el fin de mostrar  las evidencias de la diversidad y de reclamar la atención sobre la importancia de atender las peculiaridades de cada aprendiz.

Reparto a cada uno de los asistentes una naranja.. Si el grupo es muy grande se puede entregar la naranja a 10 o 12 asistentes.

Doy a los participantes la siguiente consigna: “Se trata de que contempléis con la mayor atención las características de la naranja que os ha correspondido. Que sintáis su tacto, que percibáis su olor, que observéis sus peculiaridades. Se trata también de que viváis esa naranja como algo vuestro y que, finalmente, anotéis en una hoja las características que la distinguen”.

Realizan la tarea durante cinco minutos, pasados los cuales depositan la naranja  en una mesa o  lugar plano en el que puedan contemplarse todas simultáneamente. Cada uno escribe en una hoja su nombre y se dirige a la mesa para  identificar la naranja que ha tenido en sus manos en la primera parte. Una vez localizada, coloca debajo el papel con su nombre debajo de su naranja y se sienta de nuevo.

Finalizada la tarea de identificación quedan las naranjas sobre el papel correspondiente y se comprueba si las elecciones han sido las adecuadas.

Lo previsible es que todos identifiquen “su” naranja. Se procede entonces a un debate sobre las señales de identidad, la irrepetibilidad de los sujetos, la capacidad de identificarlos, las consecuencias de la diversidad para la educación, etc.

Las naranjas son fácilmente identificadas a pesar de ser seres inertes y de haber sido conocidas solo durante un breve tiempo. Si esto pasa con naranjas, ¿qué sucederá con personas que tienen sentimientos, valores, expectativas, inteligencia, relaciones, consciencia e historia?

Ricardo Moreno, catedrático de Bachillerato, en un libro titulado “De la buena y de la mala educacón” se burla de mis preocupaciones sobre la diversidad. Cito su conclusión: ·Y ante tantas cosas esenciales que comparten mis alumnos, las diferencias que tanto preocupan al señor Santos Guerra, sean psicológicas, culturales, nacioanles o raciales, a mí me parecen accidentales, irrelevantes, insignificantes e irrisorias. Me pasan desapercibidas. No distingo al sueco del zulú”. Pues no. Hay que distinguirlos. Cada uno apende según su capacidad, su estilo, su ritmo y su motivación para el aprendizaje. Al profesor Moreno le parece mejor soltar la lección y el que la capte, estupendo y el que no, peor para él. La resposnabilidad, al parecer, solo será suya.

Las vacaciones del profesorado

22 Ago

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así. Mantener el contacto con un grupo, casi siempre  numeroso de alumnos y alumnas, exige una tensión psicológica extraordinaria. Eso, en el caso de que el grupo esté integrado por escolares dispuestos al aprendizaje, dóciles y bien relacionados. Hay grupos que entrañan unas dificultades complementarias, ya que sus miembros son díscolos, desobedientes, desconsiderados y agresivos. No es fácil enseñar a quien se niega por todos los medios a aprender y a que los demás aprendan.

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así.

Basta que en una clase haya uno o dos que la quieran reventar para que las cosas resulten difíciles, por no decir imposibles. Solo aprende el que quiere aprender. Siempre me he compadecido de aquellos docentes que han tenido dificultades en hacerse con el grupo. Han sorbido sus lágrimas y se han comido su impotencia en soledad. Es muy duro ir a una clase para enseñar lo que se sabe y encontrarse no solo con la desgana y el desdén sino con la más cruda violencia.

En este mismo verano me he encontrado con un amigo de la infancia cuya esposa, hace mas de cinco lustros, enfermó de esquizofrenia por las dificultades insuperables que  tenía para hacerse con la clase. Ahí sigue con su enajenación.

Los contextos actuales son adversos. Los alumnos tienen distractores potentes. La sociedad les ofrece modelos por la vía de la seducción mientras los profesores tienen que presentarles modelos por la vía de argumentación.

La tarea que realizan  los docentes y las docentes tiene una trampa escondida porque su trabajo requiere mucho tiempo además del tiempo presencial de las aulas. Los docentes tienen que preparar sus clases, corregir trabajos, reunirse de múltiples formas, actualizarse de manera constante. Nunca se ha hecho un cálculo del tiempo complementario que dedican los profesores y profesoras a su tarea fuera de la institución.

No se ha profundizado suficientemente en la importancia de la diversidad del alumnado. Conocer a cada uno, pensar en cada uno, adaptarse a las peculiaridades de cada uno, exige un enorme esfuerzo y una gran habilidad. Habilidad que debe incrementarse a medida que aumenta el número de alumnos y alumnas en el aula.

La diversidad existe en el alumnado individualmente considerado  y también en los grupos. Los profesores saben que en 1º A el grupo puede responder de forma entusiasta a la propuesta de aprendizaje que les brinda un profesor y en 1º B puede tener problemas de rechazo y de disciplina… Es el mismo profesor, con la misma actitud, de la misma asignatura… En la enseñanza no sucede que si A, entonces B, lo que sucede es que si A, entonces B, quizás…. Y en ese quizás está la clave de lo que sucede.

El profesor trabaja con “materiales” de altísima complejidad que no obedecen a leyes como aquellos con los que trabajan los profesionales de otras actividades. Los docentes trabajan con motivaciones, expectativas,  actitudes, capacidades, sentimientos, intereses… Los ladrillos, colocados de una manera determinada, responden a los mismas leyes en Badajoz que en Tarragona. Pero, una clase, no responde de la misma manera un día u otro, en un momento u otro, con un docente u otro… Quien se dedica a esta tarea sabe que un reproche estimula a un niño y el mismo reproche desanima a otro, que un elogio entusiasma a un alumno y a otro le hace reír… En cualquier profesión el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en esta es el que más y mejor los libera.

Téngase en cuenta que los docentes trabajan en una institución con otros colegas. No siempre son fáciles las relaciones. No siempre es bueno el clima. No siempre son posibles los acuerdos. Algunas escuelas, lamentablemente, están gobernadas por jefes tóxicos. Todo ello genera tensión.

Son de sobra conocidos los trabajos del querido y ya fallecido profesor Esteve Zarazaga sobre el malestar docente. Hace ya muchos años escribí un largo artículo titulado “La erosión de la función docente”. En él analizaba las causas que van quebrando el entusiasmo de algunos profesionales de la enseñanza.

La demanda social es más dura cada día sobre la escuela y sus profesionales.. Todo se le exige a la escuela: educación vial, educación para la paz, para el consumo, para el medio ambiente, para la igualdad, para la imagen, para la creatividad, para los valores, para la convivencia, para la sexualidad…  Todo por el mismo o más bajo salario, todo en perores condiciones y con una formación deficiente. Las condiciones laborales de los docentes se han endurecido: más número de alumnos y alumnas, más horas, menos sueldo, más burocracia, más  prescripciones externas…

No es fácil ser docente. El magnífico escritor Manuel Rivas dice en un artículo titulado “Amor y odio en las aulas”: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta Pero si a mi me dan a escoger entre una expedición “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy  al Everest por el lado más duro…”.

Los padres y las madres saben muy bien lo que significa gobernar a uno, dos o tres niños. Y ellos mismos se preguntan cómo se las arreglan los profesores para  trabajar con un grupo de treinta tantas horas. He oído muchas veces, en estos últimos días del verano, decir a los padres y a las madres  con emoción incontenida:

–           ¡Qué ganas tengo de que empiece el cole!

Añádase a las dificultades expuestas que algunas familias entienden que el deber de los docentes, es hacer toda la tarea que ellas no pueden, o no saben, o no quieren hacer en las casas. Por otra parte, algunos padres y madres han perdido el rumbo y se han convertido en jueces, policías, espías y verdugos de los docentes. Hay familias que apoyan a sus vástagos cuando surgen conflictos con el profesorado.

Las vacaciones de los docentes no son como las de un banquero o las de un albañil, que dan la espalda a sus trabajos hasta la fecha de reanudación. El profesor sigue siendo profesor durante las vacaciones: lee, estudia, prepara el nuevo curso, se forma, busca materiales, se esfuerza por saber y por ser. Frente a especuladores, demagogos, mercaderes y tiranos, el docente está permanentemente del lado de la verdad, del amor y de la libertad.

Creo que los profesores y profesoras tienen ganadas a pulso sus vacaciones. Las necesitan desde un punto de vista psicológico. No son solo un derecho laboral, son un requisito indispensable para fortalecerse. Muchos las aprovechan para formarse y seguir creciendo profesionalmente. Muchos tienen en mente durante las vacaciones su actividad profesional y buscan materiales didácticos hasta en los contenedores de basura. Muchos siguen sintiéndose profesores allá donde se encuentren. Y tratan de comportarse como tales. Se es profesor durante todo el año. Durante las veinticuatro horas del día.  Deberían pagar a los profesores las horas de vacaciones como horas extra.

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así. Mantener el contacto con un grupo, casi siempre  numeroso de alumnos y alumnas, exige una tensión psicológica extraordinaria. Eso, en el caso de que el grupo esté integrado por escolares dispuestos al aprendizaje, dóciles y bien relacionados. Hay grupos que entrañan unas dificultades complementarias, ya que sus miembros son díscolos, desobedientes, desconsiderados y agresivos. No es fácil enseñar a quien se niega por todos los medios a aprender y a que los demás aprendan.

Basta que en una clase haya uno o dos que la quieran reventar para que las cosas resulten difíciles, por no decir imposibles. Solo aprende el que quiere aprender. Siempre me he compadecido de aquellos docentes que han tenido dificultades en hacerse con el grupo. Han sorbido sus lágrimas y se han comido su impotencia en soledad. Es muy duro ir a una clase para enseñar lo que se sabe y encontrarse no solo con la desgana y el desdén sino con la más cruda violencia. algunos docentes.

En este mismo verano me he encontrado con un amigo de la infancia cuya esposa, hace mas de cinco lustros, enfermó de esquizofrenia por las dificultades insuperables que  tenía para hacerse con la clase. Ahí sigue con su enajenación.

Los contextos actuales son adversos. Los alumnos tienen distractores potentes. La sociedad les ofrece modelos por la vía de la seducción mientras los profesores tienen que presentarles modelos por la vía de argumentación.

La tarea que realizan  los docentes y las docentes tiene una trampa escondida porque su trabajo requiere mucho tiempo además del tiempo presencial de las aulas. Los docentes tienen que preparar sus clases, corregir trabajos, reunirse de múltiples formas, actualizarse de manera constante. Nunca se ha hecho un cálculo del tiempo complementario que dedican los profesores y profesoras a su tarea fuera de la institución.

No se ha profundizado suficientemente en la importancia de la diversidad del alumnado. Conocer a cada uno, pensar en cada uno, adaptarse a las peculiaridades de cada uno, exige un enorme esfuerzo y una gran habilidad. Habilidad que debe incrementarse a medida que aumenta el número de alumnos y alumnas en el aula.

La diversidad existe en el alumnado individualmente considerado  y también en los grupos. Los profesores saben que en 1º A el grupo puede responder de forma entusiasta a la propuesta de aprendizaje que les brinda un profesor y en 1º B puede tener problemas de rechazo y de disciplina… Es el mismo profesor, con la misma actitud, de la misma asignatura… En la enseñanza no sucede que si A, entonces B, lo que sucede es que si A, entonces B, quizás…. Y en ese quizás está la clave de lo que sucede.

El profesor trabaja con “materiales” de altísima complejidad que no obedecen a leyes como aquellos con los que trabajan los profesionales de otras actividades. Los docentes trabajan con motivaciones, expectativas,  actitudes, capacidades, sentimientos, intereses… Los ladrillos, colocados de una manera determinada, responden a los mismas leyes en Badajoz que en Tarragona. Pero, una clase, no responde de la misma manera un día u otro, en un momento u otro, con un docente u otro… Quien se dedica a esta tarea sabe que un reproche estimula a un niño y el mismo reproche desanima a otro, que un elogio entusiasma a un alumno y a otro le hace reír… En cualquier profesión el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en esta es el que más y mejor los libera.

Téngase en cuenta que los docentes trabajan en una institución con otros colegas. No siempre son fáciles las relaciones. No siempre es bueno el clima. No siempre son posibles los acuerdos. Algunas escuelas, lamentablemente, están gobernadas por jefes tóxicos. Todo ello genera tensión.

Son de sobra conocidos los trabajos del querido y ya fallecido profesor Esteve Zarazaga sobre el malestar docente. Hace ya muchos años escribí un largo artículo titulado “La erosión de la función docente”. En él analizaba las causas que van quebrando el entusiasmo de algunos profesionales de la enseñanza.

La demanda social es más dura cada día sobre la escuela y sus profesionales.. Todo se le exige a la escuela: educación vial, educación para la paz, para el consumo, para el medio ambiente, para la igualdad, para la imagen, para la creatividad, para los valores, para la convivencia, para la sexualidad…  Todo por el mismo o más bajo salario, todo en perores condiciones y con una formación deficiente. Las condiciones laborales de los docentes se han endurecido: más número de alumnos y alumnas, más horas, menos sueldo, más burocracia, más  prescripciones externas…

No es fácil ser docente. El magnífico escritor Manuel Rivas dice en un artículo titulado “Amor y odio en las aulas”: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta Pero si a mi me dan a escoger entre una expedición “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy  al Everest por el lado más duro…”.

Los padres y las madres saben muy bien lo que significa gobernar a uno, dos o tres niños. Y ellos mismos se preguntan cómo se las arreglan los profesores para  trabajar con un grupo de treinta tantas horas. He oído muchas veces, en estos últimos días del verano, decir a los padres y a las madres  con emoción incontenida:

–           ¡Qué ganas tengo de que empiece el cole!

Añádase a las dificultades expuestas que algunas familias entienden que el deber de los docentes, es hacer toda la tarea que ellas no pueden, o no saben, o no quieren hacer en las casas. Por otra parte, algunos padres y madres han perdido el rumbo y se han convertido en jueces, policías, espías y verdugos de los docentes. Hay familias que apoyan a sus vástagos cuando surgen conflictos con el profesorado.

Las vacaciones de los docentes no son como las de un banquero o las de un albañil, que dan la espalda a sus trabajos hasta la fecha de reanudación. El profesor sigue siendo profesor durante las vacaciones: lee, estudia, prepara el nuevo curso, se forma, busca materiales, se esfuerza por saber y por ser. Frente a especuladores, demagogos, mercaderes y tiranos, el docente está permanentemente del lado de la verdad, del amor y de la libertad.

Creo que los profesores y profesoras tienen ganadas a pulso sus vacaciones. Las necesitan desde un punto de vista psicológico. No son solo un derecho laboral, son un requisito indispensable para fortalecerse. Muchos las aprovechan para formarse y seguir creciendo profesionalmente. Muchos tienen en mente durante las vacaciones su actividad profesional y buscan materiales didácticos hasta en los contenedores de basura. Muchos siguen sintiéndose profesores allá donde se encuentren. Y tratan de comportarse como tales. Se es profesor durante todo el año. Durante las veinticuatro horas del día.  Deberían pagar a los profesores las horas de vacaciones como horas extra.