Pedagogía terciaria

5 Abr

Le preguntaron a un profesor, aquejado de problemas de disciplina y aprendizaje en el aula, cuál era su forma de afrontar la compleja situación a la que diariamente se encontraba. Sin mucha espera, sin la menor reflexión, contestó:
– Aplico la pedagogía terciaria.
– ¿En qué consiste la pedagogía terciaria?, inquirió el interlocutor.
– Muy sencillo. Consiste en que cuando tengo problemas hago lo que se tercie.

Quiero decir con estas líneas que hay que acabar en este país con la nefasta idea de que quien no sirve para otra cosa, vale para la enseñanza.

Lo que quería decir este profesor es que, cuando existían dificultades en el aula, actuaba como Dios le daba a entender, como se le ocurría. Es decir, al tuntún, de cualquier manera. Sin mediar investigación alguna, sin el rigor de la lógica, sin la ayuda de lecturas o consultas y, claro está, sin la menor aplicación de competencias profesionales contrastadas.

No es solo este profesor. Hay muchos profesionales de la educación y muchas personas que piensan así. Que no es necesario un conocimiento especializado, que no hace falta más que la intuición o la buena voluntad.

Existe el mito muy arraigado en nuestra sociedad de que para ser profesor no hace falta mucha preparación especializada. De hecho, para ser profesor universitario nada se pide o se exige referido a las competencias específicas de la enseñanza. Basta acreditar que se poseen conocimientos suficientes y que se han hecho investigaciones y publicaciones en la materia que se va a enseñar.

Poco más se hace en la preparación de profesores y profesoras de Secundaria. Hasta no hace mucho bastaba seguir un Curso de Aptitud Pedagógica que se solía realizar de forma apresurada, masificada y escasamente exigente. Ahora es preciso realizar un Master que ha mejorado en algo la situación, pero que considero todavía insuficiente en duración, estructura y exigencia.

En la formación de maestros y maestras se han elevado a rango de Grado los estudios que antes eran solo Diplomaturas. Pero todavía queda mucho camino por recorrer, ya que la masificación es alarmante y la vertiente práctica insuficiente.

Un problema añadido es que llegan a las Facultades de Educación alumnos y alumnas que no han podido acceder a sus estudios preferidos, de modo que se encuentran realizando estudios de Magisterio personas que no solo no deseaban hacerlos sino que rechazan con fuerza su futura condición de docentes.

¿Qué decir de los procesos de selección? Acaba de terminar su tesis doctoral, bajo mi dirección, Marcos Antonio Ruiz Valle, un maestro de cuerpo y alma. Ha hecho un excelente trabajo analizando el proceso de adquisición de la condición de funcionarios de los maestros y maestras de Infantil y Primaria. Que yo recuerde, ni uno solo de los informantes (Inspectores, Directores, Profesores de Academias, Presidentes y miembros de tribunales, candidatos evaluados… considera adecuado y justo el sistema de acceso a la profesión docente.

El profesor Xavier Melgarejo ha escrito un libro titulado “Gracias, Finlandia”. Y, hablando del proceso de selección de profesores de este país dice algo tan obvio como esto: “El proceso de selección del profesorado parte de la base de que para realizar su función el profesor debe tener unas cualidades individuales que permitan el desarrollo de su función docente”. ¿Cuáles son esas cualidades? Fundamentalmente dos: capacidad educativa y sensibilidad social.

La selección se produce antes de entrar en los estudios de Formación de profesorado, no después, como hacemos nosotros. De esa manera se ofrecen las plazas que se necesitan y por eso el desempleo de profesorado es mínimo. Para acceder a los estudios de Magisterio se pide una media superior a 9 en el promedio de Bachillerato y reválida. Es decir, los mejores estudiantes tienen que dedicarse a esta tarea tan importante. Y el candidato debe demostrar su sensibilidad social por lo que se valora mucho el haber participado en actividades sociales. Concluye el profesor Melgarejo: “Los finlandeses consideran que si la persona en cuestión no muestra esos rasgos esenciales, se puede dedicar a cualquier cosa, pero no a la educación de sus hijos”.

Una vez superada esta fase, cada Facultad organiza una segunda selección de los candidatos consistente en una entrevista, el resumen de la lectura de un libro, una explicación de un tema ante una clase reducida y la demostración de habilidades artísticas. Desde la década de los 90 se añadieron dos pruebas más: una de matemáticas y otra de Tecnología de la Información.

La entrevista permite explorar aspectos que no pueden apreciarse a través de ejercicios escritos. Pienso en la capacidad de comunicación, en la actitud social y en la empatía, tan importantes en el ejercicio de la profesión docente. También permite detectar a personas con trastornos psicológicos (el margen de error, según algunos estudios es del 0.025%). El Estado se asegura así (téngase en cuenta que la enseñanza pública supera el 90% en Finlandia) que no entren en la enseñanza personas con problemas emocionales o mentales.

¿Qué decir de la selección de los formadores en las Facultades de Educación y en las Escuelas de Prácticas? “Si la nota de entrada a las Facultades debe ser superior a 9 y solo consiguen acceder estudiantes tremendamente motivados, nos podemos imaginar la calidad de los profesores de estas facultades que deben enseñar a una élite estudiantil”, dice Xavier Melgarejo.

Algo parecido sucede en Cuba. Visité el país durante un mes hace ya muchos años para estudiar su sistema educativo, que tiene luces y sombras. Pero en esta cuestión los criterios son muy razonables. Quienes, por ejemplo, desean estudiar Química y hacerse químicos, ingresan en la Facultad de Química y quienes quieren dar clase de Química van al Instituto Pedagógico de Química. Para ingresar en la Facultad de Química hacen falta, pongamos por caso, 92 puntos sobre 100. Para ingresar en el Instituto Pedagógico de Química hacen falta 98 sobre 100. Es decir, los mejores, a la enseñanza.

Quiero decir con estas líneas que hay que acabar en este país con la nefasta idea de que quien no sirve para otra cosa, vale para la enseñanza. Quiero decir también que si la tarea de la educación es importante hay que destinar a ella a los ciudadanos mejores y más capacitados del país. Y quiero decir que la sociedad tiene que manifestar a los docentes el aprecio y el respeto que merece la trascendental tarea que realizan.

Además de saber, además de tener la competencia, es preciso querer hacerlo bien. Y para eso están los sistemas de dirección y de evaluación que permiten acreditar que el profesor está desempeñado bien la tarea. Y luego hay que poder hacerlo bien. Es decir, que tiene que haber buenas condiciones para realizar el trabajo. En Finlandia, por ejemplo, cuando en una aula hay un alumno con necesidades educativas especiales, no puede haber más de 10 alumnos.

Desde mi punto de vista, la piedra angular de la mejora del sistema educativo, es el docente. Si no está bien seleccionado y bien formado, si no tiene unas buenas condiciones de trabajo y si no goza del prestigio social que se merece, estaremos abocados al desarrollo progresivo de la pedagogía terciaria.

Yo, muslo

1 Feb

Es proverbial en mi familia una anécdota que tuvo lugar hace años. Un sobrino de corta edad fue invitado a comer a la casa de un amigo. Estaban sentados a la mesa los miembros de la familia, entre ellos varios niños, hijos del matrimonio, y su pequeño invitado. Cuando se sirvió una fuente con tajadas de pollo, el padre de familia dijo de forma rápida e imperativa:

– ¡Yo muslo!

Cuando se sirvió una fuente con tajadas de pollo, el padre de familia dijo de forma rápida e imperativa: ¡Yo, muslo!

Nadie discutió la decisión. El padre se sirvió en primer lugar la tajada que había elegido. Al parecer, esa era la costumbre. Mi sobrino volvió a casa escandalizado. ¿Cómo era posible que el padre exigiese la mejor tajada? ¿Cómo podía suceder que los niños no eligiesen primero? Acostumbrado a ver a su padre conformarse con lo que nadie quería, habituado a ver en su casa que los hijos elegían en primer lugar y después lo hacían los padres, no daba crédito a lo que había visto y oído. Aquel hombre le pareció un padre desnaturalizado.

La expresión se convirtió en un lema que criticaba el autoritarismo de algunos padres, el abuso de poder de los adultos, el egoísmo de la gente. “Lo mejor y lo primero, para mí, compañero”, es el lema del egoísta.

El aforismo castellano de “cuando seas padre comerás huevos” se había transformado en la casa de mi sobrino en una antigualla. Y los hijos sabían que ellos tenían prioridad cuando había que repartir. No es que ellos lo exigieran. Era lo que se solía hacer y lo veían natural. Por eso lo llamativo de la imposición paterna de la que fue testigo mi sobrino.

Todo lo que decimos y hacemos los adultos es, al parecer, por el bien de los hijos y de los alumnos. Pero solo los adultos decidimos qué es su bien. Y, en ocasiones, su bien casualmente coincide con nuestra tranquilidad o con nuestro egoísmo. Lo dijo Perich de forma magistral: La educación es un asunto de mucha paciencia, sobre todo por parte de los niños.

¿Quién no ha oído como niño y pronunciado como adulto alguna de estas frases?

– Cállate, que están hablando los mayores
– Cambia de canal, que quiero ver el partido
– Come eso y cállate
– Vete a ver la tele y déjame en paz
– Porque lo he dicho yo y punto
– No me repliques
– He dicho que no y es que no
– Ahora mismo te vas a la cama
– No vuelvas a decir eso
– No te he dado permiso para hablar
– No te levantes de la mesa sin permiso
– Deja eso y ponte a estudiar
– El domingo no sales
– Te voy a dar una torta que te vas a enterar
– Te pones esos pantalones y no se habla más
– A esa excursión no vas
– Ese amigo no me gusta para ti
– He leído tu diario y me vas a tener que explicar algunas cosas
– Mi deber es controlarte

“Vete a ver lo que hace el niño y prohíbeselo”, decía el padre a su esposa con voz destemplada. Hay quien todavía es partidario del cachete o del pellizco, e incluso de la zapatilla o del cinturón. Pero hay que decir tajantemente que el fin no justifica los medios. No me gustan las bromas al respecto. Me molesta oír a los adultos decir que un cachete dado a tiempo soluciona los problemas y es una lección que no se olvida. Pues no. Lo que aprende el niño golpeado es odio y desamor.

Yo no digo que los niños se tengan que convertir en los reyezuelos que dictan normas e imponen voluntades. No digo que lo mejor y lo primero ha de ser para ellos. Tienen que saber que les corresponden algunos derechos pero que también tienen obligaciones. Tienen que saber que hay otras personas en la familia que también tienen deseos, gustos y necesidades. Explica muy bien Javier Urra los riesgos de un comportamiento excesivamente complaciente que convierte a los hijos en tiranos. Lean su libro “El pequeño dictador”, que tiene un subtítulo esclarecedor: “De hijos mimados adolescentes tiranos”..

Si el padre quiere ver el telediario no puede imponer siempre el niño su voluntad de ver dibujos animados. Pero tampoco puede quedarse siempre relegado a un segundo plano por el hecho de ser niño.

No es casual que quienes escribieron los antiguos catecismos y dijeron que “hay que respetar a los mayores en edad, dignidad y gobierno” (como yo estudiaba de niño), eran casualmente los mayores en edad, dignidad y gobierno. Por cierto, ¿por qué tenían mayor dignidad? Habría que redactar el texto del siguiente tenor: “hay que respetar a todos y a todas, en especial a los menores en edad, dignidad y gobierno” Entre otras cosas porque tienen menos medios para hacerse respetar. No hay que insistir tanto en que el soldado tiene que respetar al general como en que el general tiene que respetar al soldado.

Los padres tenemos el deber de dar ejemplo a los hijos, de enseñarles a comportarse, a relacionarse, a vivir teniendo en cuenta la esencial dignidad de los seres humanos. Tenemos también que exigirles, ponerles límites, corregirles, imponerles las reglas de la convivencia solidaria.

He leído recientemente la última novela de John Boyne, autor de “El niño con el pijama de rayas” y de la también excelente “La casa del propósito especial”. Se titula “Quedaos en la trinchera y luego corred”. Tomo de ella un párrafo en el que el hijo comprueba lo generosa que ha sido con él su madre en una situación de penuria impuesta por la guerra: “Alfie (el hijo de 14 años) se preguntó si su madre había tomado la mermelada o si se la había dejado toda a él. Se levantó, fue al fregadero… Miró el cuchillo. Estaba casi limpio. Se lo acercó a la nariz. No olía a mantequilla ni tenía restos de mermelada. Si Margie (su madre) hubiera tomado, quedaría algún rastro. Se la había dejado toda a él”.

Alfie percibe en ese detalle todo el amor de su madre. La jerarquía de la familia es la del afecto, no la del poder. La jerarquía familiar se basa en el sacrificio, no en el egoísmo; en la comprensión, no en la humillación; en el servicio, no en la explotación.

Lo que digo para la familia lo digo también para la escuela. La educación no puede asentarse en los privilegios. No debería suceder que haya en las escuelas wáteres para profesorado con papel toalla y jabón (con una cerradura que impide el paso a los intrusos) y wáteres para los alumnos que carecen de todo. No debería haber en la escuela un menú de dos categorías, una de primera para el profesorado y otra peor para los alumnos.

Una niña me dijo hace tiempo con evidente tono entusiasta:

– Hoy he comido filete de profesor en la escuela.

Por lo visto se había terminado el menú infantil y le había correspondido un plato de mayor calidad. ¿Cómo pueden considerar la escuela un lugar suyo, querido, acogedor?

Creo que el peligro es aplicar la ley del péndulo. Pasar de un autoritarismo inadmisible a una permisividad dañina. O a la inversa. Por eso aconsejo la lectura del libro de José Antonio Marina titulado “La recuperación de la autoridad. Crítica de la educación permisiva y de la educación autoritaria”.

La solución es el tacto, la sensatez, la generosidad. Y, sobre todo, el amor. Porque la autoridad se gana con el ejemplo, con la paciencia y con el amor. Nadie ha dicho que educar sea siempre una tarea fácil, cómoda y placentera. El amor es exigente. Está lleno de trampas. Y nos obliga a pensar. Nos exige coherencia. Y nos impulsa a la comprensión, a la ternura y a la generosidad, Es decir, a no decir siempre de forma autoritaria: ¡el muslo es mío!

El taxista de Granada

16 Nov

Tenía que ir en taxi desde el aeropuerto de Granada a la Facultad de Políticas. Me esperaba un grupo de profesores universitarios para empezar un curso denominado “La evaluación como aprendizaje”. Nunca hubiera imaginado al subir al taxi que, quien me iba dar a mi una buena lección, era el taxista que amablemente colocó mi equipaje en el maletero.

Joaquín es un estudiante profesional y un taxista amateur.

No acababa de sentarme cuando, al oír la dirección de mi destino, me empezó a decir, con un entusiasmo desbordante, que tenía 55 años y que se había convertido a los 50 en un estudiante universitario entusiasta. Se le veía con ganas de contar la maravillosa experiencia que estaba viviendo al aprender. Literalmente me dijo:

– Mire usted, el conocimiento me da satisfacción, seguridad e ilusión.

Empecé a tomar notas como un colegial aplicado. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Joaquín López Maestro. Su segundo apellido daba justificación a la clase que me estaba dando en aquel taxi que se había convertido en un aula rodante. Una clase particular en dos sentidos: porque se la daba un maestro a un solo alumno y porque era original en el espacio y en el tiempo.

Me contó que tuvo que dejar la escuela a los 11 años para ponerse a trabajar. ¡A los 11 años!. No había vuelto a estudiar hasta que un día, cuando ya frisaba el medio siglo, recogió a un pasajero que le invitó a hacer el Graduado Escolar y, una vez conseguido, a seguir estudiando. Le hizo caso y aquella decisión le tiene atrapado sin remedio.

No sé quién fue aquel pasajero misterioso. Pero sí sé que a Joaquín le cambió la vida. No me dijo si le había vuelto a ver o solo se conocieron durante el fugaz encuentro que suele ser un desplazamiento en taxi. Y eso me hizo pensar en cómo influimos en los demás, en cómo les condicionamos la vida. A veces para bien, a veces para mal.

Fue una pena que mi viaje no fuera más largo, porque le hubiera preguntado a Joaquín cuáles fueron los convincentes argumentos que utilizó aquel curioso individuo, argumentos que antes nadie le había formulado o había formulado sin éxito. Le hubiera preguntado quién era, a qué se dedicaba y qué aspecto tenía. La curiosidad me hubiera hecho preguntarle incluso de dónde hasta dónde le llevó. Es admirable que en un viaje consiguiera lo que otros no podemos alcanzar con algunos alumnos en mucho tiempo y con muchos esfuerzos.

Claro que esa semilla que arrojó aquel pasajero cayó en una tierra preparada para recibirla. Y allí arraigó y dio esos frutos excelentes que ahora podemos admirar en el árbol frondoso del saber que se ha convertido este taxista de Granada.

A raíz del encuentro fortuito y de aquella conversación motivadora, Joaquín empezó a interesarse por la novela histórica. Luego hizo el Graduado Escolar, cursó el bachillerato, hizo el examen de ingreso para mayores de 25 años en la Universidad y comenzó sus estudios universitarios en la UNED, ya que el trabajo le impedía seguir estudios presenciales.

Me enseña una bolsa de libros que tiene en el asiento del copiloto. La levante como si alzase un tesoro, como si en esos libros estuviese contenida la clave de la felicidad.

Está cursando en la UNED Geografía e Historia. Me dice con evidente entusiasmo:

– Estoy estudiando antropología, geografía humana, desarrollo de los pueblos…

Y me lo dice como si estuviera descubriendo tesoros insospechados, realizando aventuras increíbles, encontrándose con seres humanos admirables… Me habla de algunos personajes de la historia con la pasión de un neófito. Se trata de un aprendiz que lo es por convencimiento y no por obligación, por gusto y no por sacrificio.

No hay que hablarle de esfuerzo a Joaquín, porque el estudio para él es un placer, el tiempo de disfrutar, de satisfacer la curiosidad, de descubrir el mundo…

Se desplaza 70 kilómetros hasta Motril, donde la Universidad a Distancia tiene la sede, para asistir a las tutorías (otras las hace on-line). Y, cuando le pregunto que cuándo y dónde estudia, me dice que el taxi es su escuela, que aprovecha las horas de espera para leer y estudiar.

Resulta aleccionador lo que me dice respecto a sus dos hijos, chico y chica. El joven había repetido tres veces primero de Bachillerato, pero el ejemplo de su padre le ha despertado y le ha seducido.

– Con mi modo de actuar les genero una gran presión, me dice.

La chica se siente espoleada por el entusiasmo que muestra su progenitor. Se está esforzando cada día más, según me cuenta el estudiante taxista (creo que se le puede definir así, mejor que como el taxista estudiante). Joaquín es un estudiante profesional y un taxista amateur.

El esfuerzo del padre, las notas que consigue, se convierten para los hijos en el más eficaz de los consejos. Lo he dicho muchas veces: No hay forma más y más eficaz de autoridad que el ejemplo.

Me cuenta también que se ha reencontrado no hace mucho con un viejo amigo que tiene dos años más que él. Le ha preguntado qué es lo que está haciendo. Y el amigo le ha contestado que no está trabajando y que pasa los días en la casa sin hacer nada. Me dice con una convicción admirable:

– Este tío es tonto.

Él no se explica cómo una persona que dispone de tanto tiempo, no lo aprovecha para acercarse a los libros, para aprender, para disfrutar leyendo.

– Eso, me dice, sin contar con los beneficios pragmáticos que produce tener un título. Porque con un título puedes llamar a un millón de puertas y, sin él, solo a cincuenta.

Estábamos llegando. Quería que ese hombre sabio y ejemplar me siguiera contando su experiencia. Me dieron ganas de decirle:

– Mira, Joaquín, llévame al aeropuerto y tráeme de nuevo.

Le pagué, me despedí, le prometí que escribiría algo sobre su emocionante historia. Cuando caminaba hacia la Facultad iba pensando en lo privilegiados que son muchos de nuestros alumnos y alumnas. Disponen de todo el día para estudiar. Se dedican solo a eso. Sus padres hacen lo posible para que no les falta nada. Y choca ver a algunos con actitudes renuentes al esfuerzo, aburridos y displicentes. Ajenos a su suerte. Insensibles al esfuerzo de los demás. Inconscientes del dinero que cuesta su puesto de estudio.

Pensaba también que este era un ejemplo de aprendizaje durante toda la vida. Porque muchos piensan que el estudio y la educación son solo incumbencia de niños y jóvenes. Está claro que Joaquín es un estudiante que trata de recuperar el tiempo que considera perdido. Es un estudiante de 55 años que cada día ve ampliarse el horizonte de su aprendizaje. Un aprendiz crónico.

Me confirma este encuentro que aprender es un proceso apasionante, que el ser humano está hecho para descubrir el mundo, la historia y la vida. Lo que pasa es que algunas veces la forma de enseñar es poco motivadora. Estas palabras de Winston Churchill constituyen una severa admonición para quienes nos dedicamos a la docencia: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”.

Lo ideal y lo real

5 Oct

En un viaje que he realizado no hace mucho a un país extranjero (mantendré por cortesía el anonimato) una profesor me entregó un largo documento con la relación de los colegios de ese país, ordenados según su calidad educativa.

Pregunté que cómo se había elaborado el ranking y la profesora me contestó que a través de un proceso de assessment.

Pregunté que cómo se había elaborado el ranking y la profesora me contestó que a través de un proceso de assessment. Es decir, a través de pruebas estandarizadas (iguales, pues, para todos) que se habían aplicado a los alumnos y alumnas de los colegios. Se habían comparado los resultados y se había hecho la clasificación.

Repasé detenidamente la lista y reparé en un hecho que me llamó la atención, ya que conocía uno de los cinco primeros Colegios de la lista. Ese Colegiose Colegio (privado, privadísimo) practica la xenofobia en el proceso de admisión de los alumnos: no admite etnias como la gitana. Es un Colegio elitista, al que no pueden acceder los hijos de familias pobres, ya que no pueden pagar ni la matrícula ni las mensualidades. Sé también que los alumnos y alumnas que no van bien, son instados a abandonarlo. “Por su bien” y “para no perjudicar a los demás”.

Me puse en contacto con un profesor que conozco y que, muy a su pesar, trabaja en ese Colegio. Le hablé de esa lista y de mis preocupaciones sobre el concepto de calidad que la había inspirado y añadió un poquito más de inquietud a mi desazón inicial. Me contó que la víspera de las pruebas, se había pedido a algunos alumnos y alumnas que al día siguiente no acudieran al Colegio porque iban a realizar unas pruebas para medir la calidad y que ellos podían dañar la imagen del Colegio. De modo que un colegio tramposo, insensible, elitista, racista y xenófobo, ocupaba uno de los mejores puestos en el ranking de calidad. Y, acaso, una escuelita perdida en la montaña, con tres maestras entregadas en cuerpo y alma a los niños y a sus familias, queda relegada por esa evaluación a los últimos lugares de la lista. Qué injusticia.

¿De qué calidad hablamos? En el años 2003 coordiné un libro titulado “Trampas en educación: el discurso sobre la calidad”. El editor me dijo que no fuese tan duro, que no hablase de trampas sino de… controversias. Y, claro está, dije que no. Que quería denunciar trampas, no alimentar discusiones. Que él escribiera, si así lo deseaba, el libro a cerca de las controversias sobre la calidad.

He hecho repetidas veces un ejercicio en mis clases y conferencias para provocar la reflexión sobre el proceso de evaluación del alumnado, de las escuelas, de los programas, de los sistemas educativos… Es decir, de la evaluación educativa, en general. Entrego a los presentes una lista con diferentes funciones posibles de la evaluación. Son funciones de diversa naturaleza. CLASIFICAR, SELECCIONAR, COMPRENDER, MEDIR, DIAGNOSTICAR, MEJORAR… Y así hasta doce. Y les pido que, por favor, indiquen cuál es la función que consideran más importante, más valiosa, más necesaria, más útil, más deseable. Es decir, les pido que digan cuál de las funciones tiene una mayor riqueza conceptual o/y práctica. Les pregunto, pues, por la función ideal.

Casi sin excepción, las funciones más mencionadas en la respuesta a esta pregunta, se encuentran en los siguientes verbos: MEJORAR, COMPRENDER, APRENDER, DIALOGAR, REORIENTAR, COMPROBAR… A continuación les pido que, de la misma lista, elijan la función más real, la más frecuente, la más presente, la que han visto más veces. Y, casi sin excepción, han dicho: CLASIFICAR, COMPARAR, SELECCIONAR, MEDIR, CONTROLAR, JERARQUIZAR …

El debate no se establece, pues, en esta fase. Hay una coincidencia casi plena a la hora de definir cuáles son las funciones más ricas y las más pobres, las ideales y las reales. El problema es posterior y, responde a la siguiente pregunta: ¿por qué no coinciden las reales con las ideales?, ¿por qué no se convierte en real lo que se considera ideal?, ¿por qué no están presentes en la práctica las funciones que todos consideran más importantes…?

Es probable que esta cuestión tenga un desarrollo similar si son políticos los interlocutores. Es decir, aquellas personas que toman las decisiones sobre cómo ha de ser la evaluación. Me cuesta pensar que haya personas dedicadas a la política que consideren ideales, deseables, prioritarias las funciones más pobres pedagógicamente hablando. Téngase en cuenta que una evaluación pobre genera una enseñanza pobre. Porque existe la tendencia de considerar la evaluación como un fin, no como un medio. Y así está sucediendo: que no se pone la evaluación al servicio del aprendizaje sino el aprendizaje al servicio de la evaluación.

Cuando he lanzado la pregunta, los asistentes tratan de ofrecer alguna explicación. Hay quien sugiere que es más fácil, más cómodo, menos comprometido, entregarse a aquellas dimensiones menos acordes con el verdadero sentido de la educación y, por ende, de la evaluación. Es más sencillo dejarse seducir por visiones menos exigentes y menos comprometidas.

Hay quien piensa que ese hecho, por muy irracional que parezca, es la consecuencia lógica de vivir inmersos en una cultura neoliberal. En ella son ejes de las concepciones, de las actitudes y de los comportamientos unos principios que se sustentan en el individualismo, la competitividad, la obsesión por la eficacia, la privatización y dl olvido de los desfavorecidos. Las funciones más pobres de la evaluación se retroalimentas con esos principios. Lo importante es comparar, competir y ganar.

Otros plantean que siempre se ha hecho así y que es el peso de la rutina y de la inercia el que condiciona el proceder. Puede ser más racional y más ético encaminar la evaluación hacia el aprendizaje y la mejora, pero es más cómodo dejarse llevar por lo que siempre se ha hecho.

Algunos dicen, en cuarto lugar, que el pesimismo hace que pensemos que no es posible alcanzar aquello que deberíamos perseguir. Sí, sería deseable, pero no es posible. Porque es difícil y porque nosotros no tenemos la capacidad y la voluntad de alcanzarlo. Hay un poso de fatalismo instalado en nuestros corazones que nos hace desestimar cualquier esfuerzo bajo la sospecha de que será inútil. Decía Paulo Freire que el fatalismo es el principal enemigo de la educación. Porque atenta contra el núcleo esencial de este proceso que consiste en dar por buena la idea de que el ser humano puede aprender, de que el ser humano puede mejorar.

También hablan de la falta valentía cívica, que es una virtud democrática que nos hace ir a causas que, de antemano, sabemos que están perdidas. ¿Por qué digo valentía? Porque muchas de las posiciones negativas están asumidas por el poder. Y es más fácil respaldar al poder que criticarlo y enfrentarse a él.

Yo pienso que, a pesar de todas las inercias habidas y por haber, hay que hacer lo posible (cada uno en su lugar y nivel) por hacer imperar el sentido común, la lógica y la ética. Para que acabe coincidiendo lo ideal con lo real.

La máquina de empequeñecer

23 Feb

He recibido hace unos días un correo inquietante. Lo firma “una madre y maestra desesperada”. Me cuenta que no sabe qué hacer con su hijo o, mejor dicho, que no sabe qué hacer con la institución educativa a la que acude su hijo. El mensaje dice así:

“Los niños contemporáneos, en su mayoría, no fracasan en la escuela por el nivel de dificultad de una exigencia escolar dura, sino por aburrimiento, por ausencia de interés”.

“Soy una madre angustiada por el sistema educativo. También soy maestra de infantil. A mi hijo, que ahora cursa 1º de la ESO, nunca le ha interesado lo que le contaban en la escuela. Tampoco ahora le interesa lo que le cuentan en el instituto. No responde al sistema. En la reunión con el tutor se me dice que se distrae con facilidad, habla con los compañeros, a veces tiene una actitud desafiante, las notas fatal, parece que no le importe suspender, el profesor de dibujo técnico está harto…

En relación al dibujo le comenté que la profesora particular de dibujo me dijo que a mi hijo le interesaba saber para qué le servía dibujar triángulos según el teorema de Pitágoras y ella le explicó lo de la sombra etc. El tutor me respondió con desparpajo: – Ah bueno, eso.-dándome a entender que era una tontería. Por cierto, el profesor de dibujo le castigó a escribir doscientas veces: estoy escribiendo doscientas veces esto porque no me he callado en clase de dibujo. Su padre y yo nos negamos a que lo hiciera y le enviamos una nota al tutor en la que se decía que si el profesor consideraba que debía tener un castigo, éste no debía ser el propuesto. Así que además de ser padres de un pre-adolescente con notas bajas, somos unos irresponsables. Y según ellos, intuyo que precisamente por eso.

Me siento profundamente desamparada porque se está transformando a un niño feliz (es una persona muy positiva) en alguien que no confía en si mismo, que sufre defraudando a los adultos que le rodean, padres, profesores… Y dentro de esta catástrofe en la que siento que de alguna manera participo (“ya sé que no te gusta pero has de hacerlo”), persiste el dolor al ser consciente de que mi cariño no va a solucionar la situación, no va a remediar que se sienta fuera, que se sienta menos que.., que se convierta en un ser infeliz. ¿Cómo es posible que un sistema tan arcaico, con objetivos peligrosamente desfasados, pueda seguir infligiendo tanto daño a niños y jóvenes ? Y eso que todavía no se ha aprobado la ley Wert ¿Cómo pueden unos padres que quieren a su hijo sobrellevar esta tortura e intentar protegerle de esta máquina de empequeñecer y anular la creatividad de los seres humanos?”.

Hasta aquí el correo. Y, al terminar, esta postdata.

P.D. ¿Existe algún instituto o centro educativo donde se trabaje con personas? Vivo en la Comunidad Valenciana, pero estoy considerando irme a cualquier parte.

Le contesto a vuelta de correo haciendo algunos comentarios sobre sus preocupaciones y brindándole algunas sugerencias. Y me quedo pensando en esta institución que, ante estas situaciones, suele reaccionar pidiendo a los chicos que se acomoden a sus exigencias, sin preguntarse por la naturaleza de la tarea que realiza hoy, en un momento de la historia que tiene muy poco que ver con lo que pasaba hace solo veinte años. Fue emocionante para mí recibir al poco tiempo otro correo que, al lado del nombre, decía: “madre y maestra reconfortada”.

Tenemos que preguntarnos qué sentido tiene esta escuela, en tantos aspectos obsoleta. Les aconsejo que lean el hermoso libro que acaba de oublicar mi querido amigo y colega Angel Pérez Gómez, catdrático de la Universidad de Málaga. Se titula “Educarse en la era digital”. En una de sus primeras páginas dice: “La escuela que hemos heredado enfatiza la uniformidad, la repetición, el agrupamiento rígido por edades, la división y el encasillamiento disciplinar, la separación de la mente y el cuerpo, la razón y las emociones, los hechos de las interpretaciones, el trabajo intelectual y el trabajo corporal, la lógica de la imaginación, la racionalidad d ela creatividad y el trabajo del ocio”.

Y añade: “Los niños contemporáneos, en su mayoría, no fracasan en la escuela por el nivel de dificultad de una exigencia escolar dura, sino por aburrimiento, por ausencia de interés”.

Cuestiones peliagudas que nos exigen a todos y a todas una reflexión profunda. La rutina es el cáncer de las escuerlas. Hay que conocer cuál es el contexto en que vivimos, cuál la psicología de nuestros escolares y repensar la escuela, reinventarla desde lo más esencial.

Cuenta Francesco Tonucci que un profesor llegó al aula con un cucurucho de boquerones crudos. Repartió uno a cada niño con el fin de que lo observase y lo describiese detenidamente. Cuando uno de los niños tuvo delante su boquerón, lo miró con atención y un poco de repugnancia. Inmediatamente levantó la mano y le preguntó al profesor, temiendo que éste le diera una respuesta afirmativa:

– Profesor, ¿tengo que comerlo?

El profesor contestó, sorprendido por la pregunta:

– No, por favor, no tienes que comerlo, es para estudiarlo. ¿Cómo se te ha ocurrido esa pregunta? ¿Es que tú comes pescado crudo?

El niño, un tanto abrumado por la situación, contestó:

– Yo, no, ¡pero, como estamos en la escuela…!

Preocupante comentario del niño. Piensa que en la escuela pueden tener lugar las experiencia más peregrinas. Nada es de extrañar. Se hace costumbre oír en ella demandas chocantes:

– Silencio, niños, empieza la clase de lengua.

Tenemos que preguntarnos si aquello que hacemos, si la forma en que lo hacemos y el lugar y los tiempos en que lo hacemos es congruente con aquello que buscamos.

No es coherente, por ejemplo, pretender que los alumnos alcancen un alto nivel de participación ciudadana si no ejercitan la participación. Si no pueden opinar, decidir, intervenir como protagonistas y no como simples destinatarios de lo que otros han decidido y pensado que les conviene. No se aprende a montar en bicicleta leyendo un manual con indicaciones precisas. Y mucho menos escuchando las explicaciones sobre los contenidos del manual.

No es coherente pretender que tengan espíritu crítico si cada vez que lo ejercitan son reprendidos o llamados al orden. Si la evaluación consiste más en repetir que en opinar, investigar y crear.

No es lógico que se apasionen por el descubrimiento de la naturaleza, por la riqueza de la biodiversidad, por la importancia de la flora autóctona desde unas clases rutinarias, monótonas y aburridas, consistentes en repetir nombres y memorizar conceptos. Recuerdo una viñeta en la que se ve a un profesor pintando en el encerado una mariposa, mientras un niño “se distrae” mirando cómo vuela sobre el alféizar de la ventana de la clase una hermosa mariposa de llamativos colores.

Hay muchos niños que son considerados hiperactivos en la escuela. Lo que yo creo es que la escuela es hipoactiva. Creo que es necesario repensar la escuela, comprender su nuevas exigencias en la era digital y mejorar su organización, desarrollo y su funcionamiento. Sería terrible que la madre y maestra que me escribe tuviera razón y que la escuela fuese una máquina de empequeñecer, en lugar de un instrumento al servicio del desarrollo integral, del apasionamiento por el saber y del aprendizaje de la convivencia