Poner orden

16 Dic

Y llegado un momento los catecismos fueron sustituidos por manuales de autoayuda. Porque, por lo general, es imposible que la criatura humana pueda soportar esta vida puñetera sin que le asista algún apoyo espiritual. O sea, que si renuncia a una fe, al cabo la sustituye por otra, pues, entre otras cosas, el ateismo a palo seco, a medida que se van cumpliendo años, es bastante descorazonador.

En estas, llegaron los manuales de autoayuda con su fondo de religiosidad oriental para consolar al hombre de occidente, sobre todo si dicho hombre se había psicoanalizado ya a objeto de purgarse de ciertos traumas de la infancia, fermentados en la opresión, el fanatismo, la ubicua acechanza del pecado y el consecuente sentimiento de culpa. Una educación religiosa mal enfocada puede dar mucho de sí. De eso dan cuenta gran parte de la literatura y la cinematografía del siglo XX, pero no todos pueden ejercer la terapia creativa para exorcizar sus propios demonios. De modo que lo que quedaba era curar las heridas con el bálsamo de otras espiritualidades más vitalistas, más incruentas y vegetarianas; aromatizar la casa con velas perfumadas y solazarse con la figurilla oronda del Buda de apacible sonrisa y, en las malas, un poquito de homeopatía y acupuntura.

Resultaba que después de tantos años de flagelarse con la humildad, las nuevas corrientes nos devolvían la autoestima con la consigna de querernos primero a nosotros mismos para poder querer luego a los demás. Lástima que algunos se quedaron en el primer episodio y el egoísmo empezó a ponerse de moda- es que realizarse lleva muchísimo tiempo-.

Sin embargo, a la larga, las nuevas religiosidades demostraron fallar como las antiguas en cuestiones básicas. Por ejemplo; explicarnos, a veces, por qué nos viene un marrón. Cierto es que en ocasiones nos buscamos el marrón nosotros solos, ¿pero qué hay de los marrones que, ajenos a nuestra buena voluntad, nos llegan por causas externas? ¿Los atraemos con nuestras energías negativas? Me temo que eso de las energías negativas es un concepto tan inasible como el pecado original. Una estrategia para que encima nos sintamos culpables de todo lo que nos pasa.

Si sufrimos es porque no sabemos ser “positivos” y no aplicamos “la actitud”. O sea, porque nos da la gana. Tal vez esto se lo podían haber explicado a los judíos hacinados en los campos de concentración de Auschwitz. Quizás, siendo positivos y con la actitud adecuada, no lo hubiesen pasado tan mal cuando les afeitaban la cabeza para llevarlos a la cámara de gas ¿No lo hizo Roberto Benigni en “La vita è bella”? Pues igual si te desahucian, te despiden o te calumnian. Hala, a ser felices.

Para eso están los manuales de autoayuda, para echarnos una mano, aunque sea al cuello. Y si no, esos aforismos orientalistas tan propagados en las redes sociales, esas fábulas sabias tan propias del Pachatantra. La felicidad la tenemos en bandeja. Más aún ahora que la vende una japonesa en un manual, que se ha hecho de oro. Según la autora, Marie Kondo, el secreto de la felicidad está en ordenar tu casa. “Una vez que ordenas tu hogar, empiezas una nueva vida”, asegura. Claro que eso tiene su ritual. Dicen que Marie Kondo, antes de ordenar una casa, se arrodilla y reza. En eso estamos a la par, yo cada vez que intento encontrar algo en mi casa, invoco a San Cucufato, aunque con la fórmula occidental de amenazarlo con atarle los testículos. Supongo que no es una actitud muy positiva, porque no se da por aludido.

En fin, me consuela saber que también a Rosa Montero le pasa igual. Que los objetos en su casa tienen vida propia y le desaparecen por temporadas. Y es que, como dice la japonesa, es cierto que los objetos tienen su espíritu particular y hay que hablarles con cariño como a las macetas.

Decirles, por ejemplo, “querido y viejo jersey, tú ya has cumplido tu función, así que por mucho que te valore, te tiro al contenedor ahora mismo”.

Igual con los libros, que desordenan lo suyo, ¿para qué más de cincuenta?, se pregunta Kondo ¿es que te vas a leer más?

-No, Kondo, no ¿a quién se le ocurre? Quiero ver la luz y poseer el secreto de la felicidad.

Iluminada por tus palabras, descubro ahora por qué los intelectuales han sufrido tantas zozobras; es que no ordenaban su casa. Los bohemios, por ejemplo, la tenían manga por hombro y los existencialistas, para qué decir. Si Sartre hubiese leído tu manual no escribe “La náusea”. Y qué digo, Sartre, si cualquier escritor lee a Kondo, se dedica a plegar la ropa en vertical, a meter los objetos en cajas de cartón y clasificarlos y, entre unas cosas y otras, no escribe una hostia. Total ¿para qué quiere el mundo esos libros tan depresivos?

Pues bien, me alegro de que Marie Kondo no haya intervenido en la polémica del Museo de la Aduana. Si ella ve que los cuadros llevan empaquetados sin uso desde hace veinte años, igual los hubiera tirado ya al contenedor. Con mucho cariño.

Cuando muere un fantasma

8 Dic

 

Hubo asombro por la reciente muerte de Fidel Castro. Más que nada, porque muchos pensaban que ya estaba muerto.

Como Gabriel García Márquez, Fidel pasó sus últimos años en un espacio tan incierto y remoto que parecía más propio de los difuntos que de las criaturas vivas. Siendo que hasta los epitafios escritos para la ocasión llevaban dos décadas amarilleando en el polvoriento cajón donde habita el olvido.

Hoy por hoy, esos viejos panegíricos que, en ocasiones, han sobrevivido a sus propios autores, han salido a la luz sin perder en vigencia, porque lo que hubiese que elogiar de Castro era ya algo muy antiguo y concluso. Unas hazañas que, como él mismo, pertenecían al pasado; a los libros de historia y a los museos. La Revolución cubana era ya materia de añejo santuario y cabía en el pomposo edificio de La Habana, donde se podían contemplar las sagradas reliquias de José Martí y las del Ché al ritmo de atronadores himnos marciales. Se llamaba Museo de la Revolución, nunca mejor dicho, y recordaba al Alcázar de Toledo por su minuciosidad necrofílica. Había camisas ensangrentadas en tal o cual batalla, dientes de éste o del otro y maniquís de los líderes en tamaño real con mesiánicos ojos de vidrio.

Entonces ya era todo un recuerdo; las bonitas canciones de la nueva trova cubana, envejecidas en las cintas de casete que amenizaron las veladas de los pisos de estudiante, cuando los porros, la clandestinidad y todo eso. Sin embargo, Franco y Fidel no se llevaban tan mal después de todo y, pasados unos años, Fraga, exministro del Caudillo y el prócer revolucionario, intercambiarían semblanzas, copas y piropos en un homenaje celebrado en Láncara, el pueblo natal del padre de los Castro. Todos eran gallegos, al fin y al cabo.

Entonces ya la Revolución era un bonito motivo ornamental; el estampado del rostro del Ché Guevara en una camiseta; un Jesucristo comunista con el mismo carisma rebelde y juvenil de Jim Morrison. Ese guerrillero que prestaba su imagen espiritual al Régimen de Fidel como José Antonio al de Franco. No hay que olvidar que los extremos se tocan, que en cualquier dictadura hay santones y presos políticos y exiliados; represión y censura.

Fidel ha muerto y el pueblo cubano, que sigue viviendo en Cuba, expresa su condolencia, ¿qué, si no? ¿Acaso la libertad de expresión es una pauta en la isla?

Los cubanos en Cuba dicen que Fidel era para ellos como un padre o un abuelo. Lo mismo dijeron en entrevistas callejeras muchos españoles recién muerto Franco y luego lo olvidaron para ser demócratas de toda la vida. Muy otra cosa es lo que hacen los cubanos en Miami, que celebran la muerte por las calles. También vivió este país fiestas, si bien más discretas en domicilios particulares aquel 20 de noviembre de 1975.

En realidad, no se celebra tanto la muerte de una persona como la evaporación definitiva de un fantasma, pues ya antes de su retiro, Fidel no era una presencia demasiado tangible en su país. Comparecía sólo de vez en cuando para dar larguísimos discursos televisados en su canal oficial como un Gran Hermano ubicuo, que, sin embargo, da que dudar sobre su propia existencia.

Sobre su vida privada se especulaba en terrenos hipotéticos y legendarios. Se decía que ocultaba a todos el lugar donde dormía por temor a un atentado del FBI –y quien sabe si también de los suyos- y que el resto del día lo ocupaba en placeres exquisitos; banquetes epicúreos y hasta pantagruélicos, sobremesas con espiritosos de importación y buenos cohíbas y consecuente solaz a manos de bellas mujeres; preferentemente rubias y de piel muy blanca.

Como en toda leyenda, puede haber algo de exageración, pero lo cierto es que su ausencia era lo más notorio de su gestión -o su falta de ella-. Cualquiera que pasease por las calles de La Habana, veía a un pueblo abandonado a una suerte desesperada que, impulsados por el hambre y la miseria, perseguían el dólar del turista a costa de su propia dignidad. Los niños y los ancianos pedían limosna, bolígrafos y medicinas y jóvenes y adolescentes se ofrecían como jineteras y jineteros a la puerta de los hoteles. Era el paraíso de cualquier pervertido. Había tipejos que se llevaban a su habitación las chicas a puñados y ancianos que se acostaban con menores.

Un joven que nos sirvió unos bocadillos en la playa de Varadero nos contó que los turistas alemanes eran muy aficionados a hacer comer a las muchachas sus excrementos.

La educación, claro, funcionaba bien. Había médicos muy cualificados que ofrecían su coche como taxi pirata porque ganaban sólo diez dólares al mes.

Y, en fin, dicho lo dicho, si Fidel tiene el mérito de no haberse rendido nunca explícitamente al capitalismo, lo cierto es que lo llevaba haciendo hace décadas por la puerta de atrás y que su comportamiento era idéntico al que noveló Miguel Ángel Asturias en “El señor Presidente”.

El retrato robot de un dictador vale para todos los dictadores. No existen dictadores de izquierdas ni de derechas; todos son igualmente fascistas.

La Casa Blanca, más blanca que nunca

11 Nov

La paradoja ha desteñido. Se quedó vieja aquella ocurrencia, tan celebrada en otro tiempo, de que un negro ocupase la Casa Blanca. Ha ganado las elecciones Donald Trump y la Casa Blanca será más blanca que nunca. Trump planea un gobierno donde los blancos hagan valer su estatus superior ante las demás etnias invasoras. Expulsará de EEUU a los inmigrantes sin papeles y cerrará las fronteras al mestizaje. El sueño americano será privilegio exclusivo de los americanos de toda la vida, de los descendientes del Séptimo de Caballería que exterminando a casi todos los apaches, confinaron a los restantes a las reservas. La historia, que funciona por ciclos, no siempre progresa, sino que, a cierto punto, regresa para volver a instalarse en tiempos pretéritos. Ahora esos tiempos añejos que regresan son incluso anteriores a la guerra de secesión y al nacimiento de Abraham Lincoln. Los inmigrantes, con situación debidamente reglamentada, podrán quedarse a condición de trabajar sin descanso por levantar el país donde viven de prestado. No es cierto que se vayan todos. Alguien tiene que encargarse de hacer los trabajos que los demás no quieren y ahí está su oportunidad en la tierra de las oportunidades. Claro que, a cambio, tendrán que costearse la sanidad y la educación de sus hijos, quienes no serán del todo americanos por el simple hecho de haber nacido en América; o sea, en EEUU. A quien pueda y quiera quedarse, por lo que promete Trump, no le faltará el empleo de muchísimas horas y apenas derechos. La esclavitud, que se llama y vendrá hasta nosotros como última tendencia de Yanquilandia, si bien no es moda que ya no hubiese dado en nuestros propios lares sus avances. La xenofobia, la anti-globalización y el conservadurismo más rancio han hecho una gran mella en la política europea de los últimos tiempos, que contempla la proliferación de los partidos de ultraderecha y el éxito del Brexit. Los nacionalismos con sus apologías de la defensa del territorio y la pureza de la raza suplantan al anterior espíritu cosmopolita. La Ilustración cede de nuevo ante el Romanticismo y sus asuntos de las fortalezas inexpugnables y las jerarquías medievales. O, más atrás aún, porque viendo las maneras de Trump, jaleadas por los bramidos de su jauría de simpatizantes, nos retrotraemos a la Edad de Piedra.

Por algo patán Donald no ha hecho ninguna alusión ni a la educación ni a la cultura en su programa ¿Educación para qué? Si él ha llegado a ser millonario sin ninguna.

El secreto de esa prosperidad que pretende extender, como presidente, a EEUU será el ahorro; tanto en buenos modales como en política social o medidas medioambientales. Por supuesto, lo más barato contra el cambio climático es negarlo como hace él.

Por no gastar, “Dólar Trump” hasta ha asegurado que no intervendrá en los conflictos internacionales ¿pero querrá el resto del mundo dejarlo en paz? ¿Respetarán también los yihadistas esa armonía en la que piensa desarrollar su mandato?

Él parece creer que sí y, en esta seguridad, está la clave de su éxito. No es la primera vez que un megalómano prepotente cautiva a las masas con su exceso de autoestima chabacana, o sea, campechana. Trump es el tipo de “hombre fuerte”, de macho alfa que, de repente, un país cree que necesita. Un Berlusconi redivido con las mismas dotes para el histrionismo y la vulgaridad. Y, a base de dichas “cualidades”,  ha logrado desbancar a la primera mujer que iba a ser presidenta de los EEUU. Paradójico ¿o qué?

Desde luego, resultaba una presunción bastante simplista la de adjudicar a Hillary Clinton todo el voto femenino. No se veía nada claro que todas las mujeres de EEUU fuesen a votar a Clinton sólo por ser mujer, independientemente de su signo ideológico.

¿Votaron todas las mujeres de España a Rosa Díez? ¿Hubiesen votado en masa a Esperanza Aguirre si se hubiera presentado como candidata a la presidencia?

Hay sobradas razones para pensar que, independientemente de su sexo, Clinton no despierta demasiadas simpatías entre los americanos. Aunque no hay que descartar que el género también influya. Hay quien leyó en el triunfo súbito de Obama sobre Hillary que los prejuicios raciales son siempre menores que el sexismo. Por descontado, no hay que obviar tampoco a ese porcentaje de mujeres que están siempre más dispuestas a confiar en un hombre que en una propia congénere. Una causa fundamental de que el feminismo no prospere es el machismo de muchas mujeres y la tendencia mayor a la rivalidad que a la solidaridad. Por algo no pierde actualidad, el juicio de Paris o “La casa de Bernarda Alba”.

Y, si lo que ha sucedido, es que se temía que Bill Clinton volviese a gobernar a través de su mujer, ¿hubiese tenido más éxito la candidata de haberse divorciado en su momento y presentarse en solitario a las elecciones? Si es así ¿De qué le ha servido aguantar tanto tiempo a un marido tan estúpido?  ¿Es que la paciencia y la perseverancia no merecen, al menos, un premio de consolación?

Ya no es sólo perder las elecciones, sino además el hacerlo frente a un rival tan impresentable como Trump. Más que derrota parece un castigo divino. Y no sólo para Hillary.

Dylan nos entretiene

21 Oct

Bob Dylan

Los premios, que son típicos frutos del otoño, suelen levantar grandes suspicacias. Sobre todo, si se trata del Nobel, pues sólo es una persona quien lo gana en el mundo, mientras lo pierde el resto de la humanidad; los que fueron candidatos y, más aún, los que no lo fueron y nunca lo serán. El Nobel es, por tanto, como fruto, una anticipada calabaza de Halloween de resonancias mundiales, un cate generalizado, el súmmum de los agravios comparativos que saca filo a los rencores colectivos y universales.

Nos han encasquetado la envidia como pecado nacional, pero lo cierto es que, en todas partes, cuecen habas, si se piensa que las mitologías básicas de casi todas las religiones arrancan con la leyenda de un hermano que mata a otro por ojeriza y hasta las epopeyas de Homero con sus interminables batallitas y naufragios tienen su origen en el implacable despecho de dos diosas que perdieron un concurso de belleza.

Que haya un agraciado, supone que haya otros desgraciados; es lo que tienen los premios. El otro día gané un premio de cien euros al comprar un pack de cerveza Victoria y hubo alguna gente que me miró mal en el supermercado, qué no sería si hubiese ganado el Nobel. Menos mal.

Si el Nobel de Literatura- de los demás ni se habla- siempre ha sido un asunto polémico, en estos últimos tiempos en los que quien no es escritor, está planeando serlo, ha tocado el techo de las virulencias. No es sólo que, como otras veces, el fallo de la academia sueca no se haya descrito como un “fallo”, sino que además ha cundido en las redes incendiarias como disparate por ser el beneficiario, Bob Dylan; “que encima es un intruso, un cantante que, para colmo, canta mal”. Una acusación baldía si se piensa que no es lo mismo un cantante- o sea, un intérprete- que un cantautor. Normalmente un poeta, bueno o malo, que acompaña sus poemas con música. Concepto, la verdad tan antiguo como el albor de la literatura, considerando que el género de la lírica recibe este nombre porque los primeros poetas recitaban al son de la lira.

Una que ya saca como una batallita de vez en cuando su tesis inconclusa sobre cantautores anda un poco consternada por la confusión de los términos. Lo discutible en todo caso, no sería que a un cantautor le den el Nobel por sus letras, sino si esas letras, esa poesía, tiene la calidad suficiente como para merecer un Nobel. En este caso y, después de haber estudiado la obra de Dylan y otros, creo, personalmente, que el premio se lo merecería más Leonard Cohen. Pero hay que tener en cuenta que, en las decisiones de la academia sueca, hace tiempo que sobre los valores literarios, priman otros más simbólicos o estratégicos. Premiar a Dylan es premiar a uno de los líderes espirituales de la contracultura, fenómeno que, desde los EEUU, alimentó a nivel mundial el ánimo de tantas generaciones y sus actitudes estéticas. Esto es historia, aunque a mí no me hace ninguna gracia. Me cabrea que también la rebeldía nos las hayan tenido que vender los yanquis, cuando la habíamos inventado mucho antes los europeos con los poetas malditos y que se llame Alan Ginsberg, Jack Kerouac o Bukowski; diosecillos de autores romances que han inspirado sus escritos en versos y prosas del inglés americano, en ocasiones, deficitarias y hasta mal traducidas. Creo, positivamente, que se piensa peor en inglés americano que con nuestro florido vocabulario, nuestros subjuntivos y nuestros complejos periodos subordinados.

Quien piensa en inglés americano es capaz de simpatizar con Donald Trump, hacerlo su presidente, y hasta tener un rifle en su casa.

Si yo fuese la academia sueca y quisiera premiar a un cantautor rebelde, resucitaría ahora mismo a George Brassens para darle el Nobel, pues nadie le ganaba en rebeldía ni en la calidad de las letras. Pero hay que reconocer que Bob Dylan nos tiene muy entretenidos. Haga lo que haga, tenemos conversación. Si lo acepta, se le reprochará que un antisistema renuncie a sus principios por codicia y si no lo acepta, se le echará en cara su soberbia.

Igual la academia sueca quería también hacer recortes y le concedió el Nobel para que lo rechazase. Si esto fuese como el Eurojackpot, se haría bote y Murakami el año que viene, si le toca por fin, cobraría el doble. No hay nada mejor para hacer caja que la paciencia oriental.

El coaching

17 Jun

Que los seres humanos somos animales insaciables de cariño, ya es una certeza que han sabido explotar los yanquis con fines, por supuesto, económicos. La publicidad, ciencia en la que son auténticos maestros, es una estrategia destinada a ganarse a los consumidores desde el plano emocional y afectivo, que es el más indefenso de nuestros flancos, como bien saben esos gabinetes de sociólogos y psicólogos, que hay en la plantilla de cada una de sus empresas.
La cuestión, según estos gabinetes hechiceros, con sus campañas, no es vender solamente un producto útil con argumentos racionales, eso está tirado, sino vender uno, tal vez, perfectamente inútil y hacérnoslo del todo imprescindible hasta convencernos de que su posesión nos dará la felicidad. Como la felicidad no tiene precio, la gracia es que sea carísimo. No compramos un objeto sino una utopía. El montaje fotográfico de una isla desierta, cuyas aguas turquesas y cristalinas, lamen con calma chicha las blancas arenas, que ha diseñado un sugestivo programa informático. El mismo que crea ojos seductores de colores imposibles, cuerpos perfectos sin adiposidades que malogren sus curvas ni porosidades que ofendan la lustrosidad homogénea y broncínea de sus pieles.
El consumidor no compra una crema, sino la eterna juventud, no compra un reloj sino a la chica de sus sueños. Tampoco un paquete de cereales ni un zumo de paquete sino la armonía familiar de un desayuno sin gritos ni discusiones sobre las miserias cotidianas.
Las familias de los anuncios tienen cocinas amplias con vistas al jardín, papás y mamás muy guapos que se adoran, chiquillos adorables que no dan ni un disgusto. Un ambiente idílico donde nunca se habla del paro, del pago de la hipoteca, ni de ese boletín de notas que llega de nuevo, cargado de suspensos. ¿Quién no quiere participar de esas escenas? ¿Quién no termina encandilado con las adulaciones que los publicistas nos tributan?
Para ti, que eres tan exclusivo, para ti, que eres tan especial, para ti, que eres, en fin, la pera limonera. El piropo, el halago ¿quién no pierde la cabeza por ellos?
¿Qué es esa compulsión de hacerse selfies y colgarlos en las redes, sino una imperiosa necesidad de que a uno lo llamen guapo? Estamos sedientos de ser felicitados; por la cara, porque fuimos aquí y allí, o, simplemente, porque nos quedamos en casa e hicimos una paella. La falta de autoestima es un campo abonado para que los especuladores se forren y la manipulación campe por sus fueros.
En estas, llega el coaching, cómo no de EEUU, y empieza a arrasar. Se trata de que un líder, el director de la empresa, estimula a sus trabajadores, piropeándolos y festejando sus actuaciones. La cosa funciona, pues ya no se trabaja por dinero, sino por amor que es una razón mucho más poderosa. Y, entre todos los empleados, se crea un clima de felicitación continua. No sólo de lunes a viernes, sino incluso de lunes a domingo, pues el intercambio de felicitaciones crea tal adición que dejan de lado la vida privada. Así la empresa se convierte en una secta donde los iniciados viven por y sólo la felicitación.
Un método barato para el líder que ve, como por la vía afectiva, cada uno de sus trabajadores trabaja por cuatro y multiplica rendimientos sin pagar horas extra.
Una estrategia que, sin embargo, da que pensar. Si un trabajador trabaja por cuatro ¿no le está privando del trabajo a otros tres que están en paro? Y, en tanto, que se parte los cuernos por acumular vanaglorias y beneplácitos ¿no estará descuidando a su familia?
El trabajo es un apartado más en la vida del ser humano, digamos saludable. Y pongamos que en este apartado se puede ser muy eficiente, sin por supuesto perder la olla. Cuando las empresas empiezan a parecerse una secta, rayan en la peligrosidad. Aún no se sabe de ninguna secta que no haya acabado con el delirio colectivo de sus integrantes.
Pero no hay estrategia publicitaria que no haga normal, lo delirante. Pienso, por ejemplo, en “Cincuentas sombras de Grey”, que decían que era una novela erótica para las amas de casa.
Bonita cosa. Si antes a Gerardo le ponían las copas de pegón, Mari llamaba a la policía, pero ahora con Grey en alza, le grita, ay Gerard, Gerard, pégame, qué experiencia esta tan sexy.
Me dirán antigua, pero a mí el coaching me parece otra manera de ver lo blanco negro. Una explotación que basa sus maniobras en atacar al indefenso lado afectivo que tenemos los humanos.
Para mí lo humano, son ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho durmiendo. Lo demás me suena a reforma laboral camuflada y esclavitud, disfrazada de modernidad. A golpe bajo.

Gobernados por las máquinas

13 May

Pronto, muy pronto, estaremos gobernados por la superinteligencia artificial. Esto podría ser una buena noticia. Al fin y al cabo, después de tantos siglos, no nos ha ido tan bien gobernados por la estupidez humana. Sin embargo, lo dicen en tono de amenaza, pues se presume que las máquinas, que nos dominarán, tendrán superinteligencia, pero no emociones ni sentimientos. Sólo calcularán rendimientos y beneficios, sin mayores contemplaciones. Pues bien, en eso tampoco es que se diferencien en absoluto de los líderes mundiales en el poder. Con la ventaja añadida de que nos saldrán más baratos. No pedirán salarios abusivos, ni vacaciones costosas, ni jubilaciones a todo tren. Funcionarán, como también los humanos por enchufe, pero con añadirles programas y actualizarlas cada tanto, van que chutan. Eso sí que será un gobierno económico donde los haya y más incorrupto que el brazo de Santa Teresa.
Los robots, emblemas de la inteligencia artificial, no tienen vicios caros que pagarles entre todos. Los mariscos les traen al pairo y los viajes al Caribe igual. Se montan y se desmontan en cualquier sitio y, si no los apagas, siguen currando sin pausa para dormir ni comer. Por lo demás, qué pasa; ¿que son fríos e inexpresivos?, ¿que parecen indiferentes a nuestras cuitas? Pues de acuerdo, cariñosos no son, pero, en suma, no notaremos demasiado la diferencia ¿Es cariñosa la Merkel? ¿Es emotivo Rajoy?
Si un presidente robot nos habla en diferido con mirada impenetrable y maneras de autómata, si no nos escucha, ni se conmueve con nuestras desgracias y súplicas, hasta nos resultará familiar. Oye, que ya eso lo hemos probado.
Pero la cosa es tenernos soliviantados a base de distopías ¿es que ya no tuvimos bastante con la amenaza invasora de los extraterrestres? ¿Con Jiménez del Oso que mantuvo insomne a medio país, viendo ovnis intrusos por todas partes?
Si ponías la tele a una hora tardía de la noche, te salía un camionero alucinado que decía haber visto aparcar un ovni en la misma cima del olivo donde se le apareció la Virgen a Fernando Arrabal y a Pitita Ridruejo. Los principales sospechosos de invasión, entre todos los extraterrestres, eran los marcianos. Unos bichejos de color verde y con antenas que, con su supuesta inteligencia superior, nos iban a someter inminentemente. Lo que creo que era infravalorar bastante la inteligencia humana.
El miedo al marciano, como al extraterrestre en general, distrajo bastante del aburrimiento. En la monotonía de nuestras vidas, siempre es mejor que pase algo terrible a que no pase nada. Pero, con el tiempo, ya familiarizados con el temible invasor, hasta le tomamos cariño. Spielberg creó a E.T., que era un extraterrestre feillo pero muy cuco y se convirtió en una mascota entrañable y Eduardo Mendoza escribió a Gurb; un espía despistado en el planeta Tierra, que contaba sus perplejidades sobre el mundo exterior como Gazel de España en “Las cartas marruecas”. O sea, que ya había un descreimiento bastante generalizado cuando aquella nave espacial llegó a Marte y no halló ni sombra de las terribles criaturas.
Los extraterrestres como amenaza inminente han resultado del todo improbables, pero como el caso es acojonar, ahora nos intentan impresionar con la inminente amenaza de los robots que dominarán el mundo. “Las máquinas someterán a los humanos”, dicen, con su superinteligencia artificial. Y añaden que nos quitarán el trabajo. Según algunos, todos están empeñados en quitarnos el trabajo. Primero, los inmigrantes y luego las máquinas. Y, en realidad, no nos importa que nos quiten el trabajo, el problema es que nos quiten el sueldo.
En el caso de las máquinas, será difícil. Las máquinas no cobran, entonces ¿cuál va a ser el problema? Pues ahí va, las máquinas empezarán a pensar por su cuenta. Normal, si son superinteligentes, desarrollarán un juicio crítico, digo yo.
Sin embargo, no lo termino de ver. Las máquinas son más eficientes cada vez, no cabe duda, pero tienen una tendencia fatal a “escacharrarse”. He ido a más de un acto cultural que iba a ser ilustrado con el apoyo de las nuevas tecnologías supuestamente, que ha sido boicoteado por un ordenador muy torpe o, diría el propio ordenador, por un intelectual muy torpe que no sabía comprender su superinteligencia. Sea de una manera o de otra, la intelectualidad de la máquina y la del intelectual, se llevan fatal, pues, llegado un momento, el aparato se pone en huelga y el acto prosigue sin su apoyo. Sé lo que es eso; el público esperando y aquello que no va.
Por el momento, pongo en duda la superinteligencia de las máquinas y, más aún, si tomo por ejemplo las que tengo en casa. Esta fría primavera les ha venido alérgica y enfermiza y no hacen más que contagiarse de virus. Es pinchar un mensaje y saltar la alerta.
Ayer mismo, al abrir uno de estos mensajes en el móvil recién comprado, empezó a parpadear la pantalla con la imagen de un marciano verde como aquellos de la infancia, que decía ser un peligroso troyano y me iba a hackear toda la información del teléfono. Y el aparato, asustadizo, además de torpe, se apagó solo.
El gobierno de las máquinas es tan improbable como la invasión de los extraterrestres. No son infalibles, afortunadamente.

Feminismos de peluche

11 Mar

Esta semana me han felicitado mucho por el Día de la Mujer y eso me ha mosqueado bastante. Si yo fuese hombre, me encantaría celebrar el Día de la Mujer y tal vez viceversa. Pero así no.
Siendo mujer, en el Día de la Mujer, me siento como un osito koala al que acogen en el regazo y le dicen cuchi-cuchi; una mascota muy cuca a la que las instituciones, en plan familia guay, adoptan generosamente y le ponen un cascabel. Como una Cenicienta a la que viene el príncipe azul, desde las alturas de su caballo blanco, a probarle el zapatito. Los demás días del año una vive tan a gusto con la autoestima, más o menos a flote, pero el Día de la Mujer, te recuerdan que eres mujer y lo hacen con tanta conmiseración que te parece que das pena y eso te baja bastante la moral, porque dar pena es el peor sentimiento que a cualquiera se le ocurre que pueda despertar; dar tanta pena que hasta sientas pena de ti misma. Más que un día de fiesta parece un día de luto, un rosario de minutos de silencio por las víctimas, un entierro lleno de plañideras. Y plañideros, que ésa es otra. Hay tantos hombres, ese día, que lloran por nuestras desgracias que es imposible imaginar que, en cualquier parte del mundo, quede algún insensible que las provoque. Se ve que ese día se lo tomarán de descanso.
Lo cierto es que, por esas fechas, nos salen al paso la tira de paladines, dispuestos a reivindicar nuestros derechos, como si una fuese Andrómeda encadenada a las rocas por el monstruo y viniese a rescatarla Perseo a lomos de su alado Pegaso y gritase; ay Dios, por ahí viene mi héroe, menos mal, si no, la palmo.
Y, a lo mejor, el problema también es ese; que encontramos muchos héroes y muy pocos compañeros, que es lo que se necesita para establecer una verdadera relación de igualdad.
Si la historia hubiese sido al revés y hubiese un Día del Hombre, creo, en cambio, que lo celebraría tan pimpante como lo hacen otros. Escribiría discursos muy chulis y enrollados que les leería con magnanimidad y ternura:
-Hombre, yo de corazón te apoyo, confía en mí. Un día de estos tendrás todos tus derechos, tu salario completo y nunca te levantarán más la mano, pero, por favor, ten un poco de paciencia, que sólo han pasado veinte siglos y pico.
Sería un día muy pintoresco, tanto como lo es, a estas alturas, el Día de la Mujer que hasta tiene sus movilizaciones. Insólitas, más aún, si todavía son necesarias.
Manifestarse para decir que la mujer es igual de persona que el hombre es como manifestarse para afirmar que la tierra se mueve.
Pero ahí están. Hay manifestaciones para defender la supervivencia del lince ibérico, prohibir las corridas de toros y también por la integridad de la mujer, compartiendo el mismo espacio contra el maltrato animal. Como tendría que decir en la novela de Orwell; todos somos animales, pero unos más que otros. Y no lo digo por el lince ni por el toro.
Cada vez hay más hombres en las manifestaciones feministas; intelectuales y políticos con mucha sensibilidad. No es que quieran nuestro voto, es que nos quieren de verdad, aunque no en primera línea de Moncloa. De todos estos hombres tan modernos y solidarios, me pregunto cuántos estarían dispuestos a hacer de primer damo de una presidenta y llenar las revistas del corazón con sus estilismos y tendencias de temporada, así como, “el primer damo sorprendió en la gala a todas (y a todos) con un nuevo look muy divertido y desenfadado”.
Aunque, por el momento, parece que cualquier cosa puede pasar en Moncloa, no se atisba que éste sea el resultado.
Mientras tanto, todos nos hacen carantoñas. Son feministas, no hay duda. El feminismo ya es cosa de hombres. También la literatura femenina. Hubo un tiempo en que les dio a todos por hablar en sus novelas por boca de una mujer y vendían como rosquillas. Que se metían en las entretelas de las féminas, decían.
Como me dio la picada, quise saber qué ocurría si me metía yo en las entretelas de un hombre y di voz a personajes masculinos. Parece que lo conseguí, pues aquellos relatos fueron mi mayor éxito. Me imagino la cara que pondría el jurado al abrir la plica.
He emulado a Cecilia Böhl de Faber que en el XIX firmaba como Fernán Caballero. Y ha funcionado en el siglo XXI, hasta completar un volumen de cuentos con personajes masculinos “Masculino Singular”. Lo más difícil fue encontrar a un varón que me quisiera escribir el prólogo. He tenido que escuchar muchas negativas para encontrar a un valiente. Ahora espero que no se arrepienta.

Ponte el chip

25 Dic

Buenas noticias. Ha dicho Juan Manuel de Prada que el hombre no está en evolución progresiva sino en regresión circular y, por tanto, volverá a ser animal a secas de aquí a un tiempo. Yo ya veo señas de esto por la experiencia empírica. O sea, si uno comprueba el nivel cultural de la población, por ejemplo, contrastando cuáles son los programas televisivos de máxima audiencia desde hace décadas, resulta que el homo sapiens bajó de nivel a homo erectus cuando Telecinco e incluso ya como homo erectus va degradándose más aún.

Dicho sin doble intención, el homo erectus ya ni siquiera es tan erectus, dada la inclinación que va adquiriendo su columna al estar siempre inclinado sobre su móvil. Dijo aquel, que no yo, que cuanto más inteligente es el móvil, más tonto es uno y me da que con tanto encorvarse a fuerza de smartphones, iphones o lo que sea, lo suyo será acabar andando a cuatro patas como el homo procónsul, nuestro tatarabuelo.

Para entonces nos pondrán un chip, pues más que monos, seremos mascotas caninas. Unos perritos muy cucos y la mar de domésticos, según las tendencias en dirección de empresas que van a primar en el futuro, que detalla el semanal.

Los empleados llevarán un brazalete (en resumen, un chip) que controlará todos sus movimientos a lo largo de la jornada laboral a objeto de que el empresario valore su rendimiento y seleccione personal. Es decir, quien detecte que pierda más tiempo va a la calle. Pongamos por caso aquel que va demasiado al baño y allí desperdicia los minutos que le debe a su empresa. A mear a tu casa, Rodríguez.

Y qué no será de ese otro que encima, además de hacer pipi, hace popo, que es empresa de mayor duración en minutos. Hay que ver qué abuso el de los estreñidos. Así va el país.

A como esta el asunto, será cosa de vigilar el desayuno. No sea que un exceso de zumo de naranja, cereales o aceite de oliva dé con tu contrato en el retrete. La cagaste, Burt Lancaster.

A mí todo esto me parece muy bien. Después de la reforma laboral, lo del chip es el mayor avance para la revolución del proletariado. Y qué caray, qué es eso de los derechos de los trabajadores, ya es hora de abandonar el populismo y cortarse la coleta. Sobre todo, si la coleta te sale meona.

Lo que pinta el panorama económico futuro es que los pocos afortunados que trabajen, lo van a hacer como chinos. Y no es simplemente una expresión, he leído la entrevista con Javier Reverte donde explica cómo ha remontado la potencia asiática y las posibilidades, muchas, de que hayamos de seguir su ejemplo. Por qué no, en masoquismo los chinos no nos superan, si veo que en las elecciones generales vuelven a ganar los populares. Aunque no me queda muy claro si los que les votan son población en activo. Los parados no creo, me parece. Entonces…

Pues, a ver, que yo por no seguir ahondando en la cosa política, tan complicada hoy día, me voy leyendo las publicaciones de psicología en el semanal, que me dan muy útiles pautas de conducta. Por ellos vengo aprendiendo que hay que conformarse con lo que uno tiene aunque no tenga nada y disfrutar de cosas sencillas como un rayo de sol con una sonrisa. Qué guay.

Si te desahucian, oye no pongas mala cara, sonríe y disfruta que el sol está cojonudo. ¿Que te despiden? Pues hala, no seas mustio, venga esa sonrisa, qué hay mejor que un lunes al sol. ¿Que te congelan el salario o te lo recortan? Hombre, a sonreír, no seas sieso, que hace un sol del carallo.

Estoy aprendiendo, aunque ya me lo sospechaba, que para sobrevivir hace falta un gran sentido del humor, si bien dentro de ciertas normas. “No hay que abusar de la ironía”, advierte el artículo.

Me temo que la ironía es la mejor arma que tengo o acaso la única que tengo para sobrevivir y escribir estos artículos. Y prescindir de ella sería negarme a mí misma como escritora, articulista y hasta como persona, pero qué caray lo bien que se está al solecito.

Yo también soy

20 Nov

Yo era esa persona que pasaba por allí. Un trabajador o un estudiante. Alguien cualquiera que llega a un viernes con tantas ganas que no lo disuade de salir la superstición de que caer en trece lo malogre. Felizmente aliviado, había dado fin a mi semana laboral o había pasado a limpio mis apuntes y buscaba, entre la oferta de ocio, alguna ocasión para distraerme; un concierto, un partido de fútbol, una copa o una cena en algún restaurante.

Yo era uno de los que estaban en la sala de fiestas Bataclan. Era un parisino de toda la vida de sangre francesa o un argelino o un marroquí que nació o vivió siempre en Francia o también un español que estaba de paso. Yo acogía mi fe o mi falta de fe sin dañar a nadie en la ciudad de las luces que siempre tuvo cabida para la tolerancia de ideas y confesiones y, sin fanatismos, era católico, ateo o musulmán. Un individuo de tantos que cree o descree en libertad, respetando lo que crean o descrean los otros.

Yo era, en fin, un francés de la Francia, natal o nacionalizado, o un inmigrante que había ido allí a buscarse la vida o, simplemente, un turista que pasaba un fin de semana con su pareja en la ciudad más romántica del mundo. Yo, como tantos otros, estaba cenando en una terraza o escuchando un concierto, cuando sobrevino el tiroteo y nos dijeron “os vamos a hacer lo que vosotros nos hacéis en Siria” y caí al suelo, abatido por las balas, sin entender nada, porque, como los demás, yo no había hecho nada en Siria. Y si acaso conocía Siria era porque había pasado allí algunos días de vacaciones, aprovechando la oferta de alguna agencia de viajes.

Yo, en realidad, no sabía muy bien qué pasaba en Siria, si no era por esos vagos reportajes que dan en los informativos; un eco de una realidad, inconcebible por lejana, que siempre se cree que jamás va a inmiscuirse en nuestras pequeñas vidas. Y, sin embargo, he muerto por Siria, por un presunto crimen que nunca cometí, sin querer morir ni por Dios ni por Alá, ni por los sacrosantos intereses de la macroeconomía. Yo soy, en nombre de todos, el reo que se condena sin causa; el Josef K. de “El proceso”, el hijo Isaac que ve alzarse sobre su cuello el cuchillo del padre y pregunta por qué.

Yo soy esa multitud que quiso la paz y se lanzó a la calle a gritar “OTAN no” y también esa otra (en sustancia, la misma) que dijo no a la guerra de Irak. Esa multitud perpleja a la que explicaron que las guerras eran necesarias por su bien. La que también habrá de morir en cualquier lugar del mundo si es “necesario” como lo hizo en las torres gemelas o en Libia o Afganistán o en la propia Siria. En cualquier país donde se decida que hay que batir las armas en nombre de una razón que nunca voy a entender.

Yo soy esa multitud que tanto suma y cuenta tan poco. Esa muchedumbre con la que jamás se cuenta para las grandes decisiones, aunque, a veces, se atreva inocentemente a querer decidir.

Yo fui el gentío que, en occidente, no quiso conflictos bélicos, pero también el joven que esperaba con ilusión la primavera árabe en la plaza de Tahrir. La pobre mayoría defraudada a la que no se hace caso.

Yo soy, en esa misma masa, el que espera y también el que huye cuando nada parece tener solución, cuando ya no queda otra salida. Soy el sirio que, sin querer morir ni matar, en nombre de una guerra que no comprende, busca refugio en otro país. Soy el refugiado al que, a partir de ahora, se mirará con sospecha. La patata caliente que querrán soltar cuanto antes los países civilizados. Un individuo marcado que no encontrará salida ni en su país ni en las cerradas fronteras del exterior.

Soy el francés que murió en la sala Bataclan, pero también el pasajero ruso de un avión que se estrelló en Egipto; un hombre, una mujer o tal vez un niño.

Yo soy, en fin, el bulto anónimo que aparece como fondo de foto, cuando los grandes hombres se estrechan las manos en momentos históricos. Soy el que pasaba por allí y no mató ni murió por nada ni por nadie; ni por Dios, ni por Alá, ni por las ideas o el becerro de oro, sino sólo por una puñetera casualidad. Porque su vida, como la de tantos otros, resulta prescindible para la historia.

Yo soy, en fin, la población civil, el daño colateral, la carne de cañón de cualquier guerra o atentado, cuyos motivos siempre me serán ajenos.

¿Es el dracma un drama?

3 Jul

Grecia es la cuna de todo género de inteligencias. Desde el principio de los tiempos, en Grecia, hubo políticos listos que robaban y sabios que filosofaban, lo cual demuestra agudeza mental, pero en nada activa la economía. Como sabemos por experiencia propia, el político ladrón no contribuye a la prosperidad social, sino a la suya propia, en contra de la polis; y los sabios, en todas sus variedades, vienen, a la postre, a defender la pobreza como axioma garante de su filosofía. Al sabio, que es pobre por inclinación del alma, siempre le han bastado una túnica raída y un par de sandalias para darle al paseo peripatético. Diógenes vivía en un tonel y se alimentaba de higos y naranjas. Los bienes materiales, por tradición de todas las escuelas del pensamiento, han sido considerados un estorbo para acceder a la verdad y la felicidad. Pero la verdad y la felicidad, por más que se empeñasen los sabios, han andado en la historia como términos reñidos. Quien se obstina en decir verdades acaba sus días, obligado a beber cicuta o carbonizado en la pira social por su atrevimiento. La verdad es sólo grata  para el iluminado, el resto prospera más a gusto en la mentira, que es inmoral, pero, en definitiva, también mucho más confortable. La mentira es enemiga de la justicia, pero justifica cualquier abuso; cualquier cosa.

Con la mejor intención, los griegos, que lo inventaron todo, se inventaron esa mentira llamada “democracia”, que significa “el poder del pueblo”, ¿pero cuándo se ha visto que el pueblo tenga poder en Grecia o en parte alguna?  Nunca ha habido ni habrá un gobierno en el que mande la gente. A no ser que se entienda por gente, la gente con dinero, en el sentido romano de la palabra, o sea, el conjunto de familias influyentes, cuyo poder va asociado al capital, que hoy mismo sería Alemania y sus socios privilegiados. Creer otra cosa sería aferrarse a la utopía, otro concepto griego, por cierto.

Intentar la utopía es un esfuerzo muy humano. Los humanos somos los animales más tozudos a la hora de volver a intentar fórmulas que ya han fracasado; tropezar de nuevo con la misma piedra, que se llama, pero la historia siempre ha demostrado que cualquier revolución sólo es un modo de establecer nuevas clases dominantes y dominadas. La revolución francesa fue únicamente una estrategia para que el poder pasase de la nobleza a la burguesía, que acabó oprimiendo al pueblo del mismo modo que antes lo había hecho la aristocracia. De ahí que Marx y Engels ideasen teorías para que el proletariado oprimido pudiese ejercer un gobierno igualitario. No obstante, la igualdad entre humanos ha sido siempre un asunto imposible porque contradice la propia esencia de las criaturas bípedas. Así, hasta en los gobiernos comunistas, han surgido jerarquías; estableciéndose clases poderosas y sometidas. El hombre no es como lo pintaba Platón o Aristóteles, sino como lo veía Gracián. Dale poder y se convertirá en un tirano, ponlo cerca del dinero público y arrastrará los beneficios para sí. La ambición, por encima de cualquier ideología, es cosa implícita en la naturaleza humana y, fatalmente, genera desigualdad.

En un pulso entre Merkel y Tsipras, ya podemos imaginar que la balanza se va a inclinar del lado alemán; de la infalible ecuación del poder asociado al dinero. No porque sea lo justo, sino porque es lo inevitable. Nos quieren confundir con los papeles para que en esta tragedia griega todo cierre. Así Tsipras sería el villano gorrón que intenta de nuevo mamar de la gran teta alemana, pródiga y benefactora. Sin embargo, en nuestro subconsciente colectivo y emotivo, cuadra más la Merkel de villana y Tsipras de héroe, griego por supuesto.

Desde el punto de vista ético y estético, en el reparto, Tsipras se nos figura como Aquiles y la Merkel como una ogresa de cuento de los hermanos Grimm. La figura del prestamista implacable nos es antipática desde que Shakespeare, escribiera “El mercader de Venecia”, como apuntó Pedro de Silva.

Hay, por otra parte, una dimensión heroica en el gesto del referéndum que Tsipras convoca para  su pueblo, pues les da la opción de ejercer lo que literalmente significa “democracia”, cuando podía haber decidido sin contar con su opinión, a traición de sus votantes, como lo han hecho los líderes electos por estos lares.

Los griegos, todos, decidirán entre lo prudente y lo heroico. Decir “Si” a la todopoderosa UE o apartarse del rebaño y plantar cara. Sí ¿se puede? Y, en lo peor, si Grecia sale del euro y vuelve al dracma ¿sería esto un drama?

En dracmas, los griegos serían más ricos, como lo éramos nosotros antes en pesetas.

Desde el euro, desde la hegemonía alemana, nos dominan los recortes y la conciencia culpable. La diferencia es que a nosotros nadie nos preguntó si esto era lo que queríamos. Hubiese sido un detalle.