Sí es lo mismo

10 Feb

Sí es lo mismo; lo que ocurre ahora en Egipto y lo que ha ocurrido en Túnez y en Argelia. En Siria, en Marruecos, en Irán o lo que seguirá pasando en Turquía o lo que pueda ocurrir pronto en Jordania. Los países islámicos necesitan la democracia como el pan. Exactamente como el pan, pues la opresión de sus gobiernos totalitarios, en cualquiera de sus formas, monárquicas, dictatoriales o pseudo-aperturistas, ha supuesto, hasta este mismo momento, no sólo la privación de toda libertad, sino la relegación de la mayoría a la más absoluta de las miserias.
La descarada desigualdad del reparto de riquezas, siempre en manos exclusivas de unos pocos poderosos, es asunto del que los viajeros occidentales nos hemos podido percatar, en nuestras visitas por estos países, a poco que nos hayamos apartado de la consabida ruta turística, si bien, según cierta ignorancia impostada, se nos haya hecho interpretar que “estas gentes” habían elegido por propio gusto vivir en tamaño estado de miseria, dadas su consignas culturales y sus creencias religiosas. O incluso una presunta condición genética. Para nosotros, los civilizados occidentales, el pueblo islámico, sea del país que sea, no ha sido sino en bloque “el moro”. Criaturas, en suma, de hábitos primarios y bárbaras ideas, sospechosas en cualquiera de sus variedades y hasta día de hoy, prejuzgados de incapacidad para gestionar una transición democrática por sí solos.
Oigo opiniones sobre la polvareda que en Egipto está levantando el derrocamiento popular del tirano Mubarak que vuelven a caer en los acostumbrados tópicos, pues se pre-supone que, de mal en peor, la marcha del dictador favorecerá una caída del país en manos de los fundamentalistas, los “Hermanos musulmanes”, a los que, con el sólito desconocimiento de causa, se tacha de integristas, fanáticos o meramente terroristas de la mismísima piel de Bin Laden. Y ni una cosa ni la otra, ya que tal fuerza política rechaza la violencia como método, está por la aprobación de medidas reformistas que abran la vía a un sistema electoral y, en cualquier caso, no son la única opción que pueda ofertarse al poder, sino un partido que, como cualquier otro, convoque el voto a las urnas. No es sólo su voz la que se levanta en la plaza de Tahrir, hay otras muchas, plurales y diversas, aunque movidas por una misma esperanza; la libertad.
La revolución que se extiende por los países del Islam, no nos engañemos, no ha sido fomentada por unos cuantos fanáticos religiosos, sino, en su mayor parte, por una juventud laica desesperada en el intento necesario de un cambio que les permita alguna oportunidad de futuro en su propia tierra. Desesperados a tal punto de perder la vida en ello, quién quiere una vida así, como el propio Mohammed Bouazizi, el joven frutero tunecino quien con su inmolación, quemándose a lo bonzo, abrió esta brecha para una rebelión del todo imprescindible.
Cuando supe de su suicidio, corrí a comprobar que no se tratase de un muchacho tunecino, de nombre bastante similar, con el que hace tiempo mantuve correspondencia epistolar. Otro de los amigos que hice en universidades italianas y francesas donde se formaban para poder volver a su querido país y cambiarlo desde dentro. Chicos tunecinos, sirios, argelinos, turcos, igualmente desesperados por liberar a su tierra del estado de asfixia totalitaria y miseria en el que se hallaba inmersa y cuya amistad me desaconsejaron no pocos compatriotas; no fuera a ser que ocultasen la intención de enamorarme y llevarme a su país para someterme al yugo machista de un burka, un chador o similar; pero, si aquí, ni el más pintado ha conseguido cubrir la cabeza de servidora con el velo nupcial, está claro que esta cabeza es resistente a la danza de los siete velos.
Ni entiendo que aquellos amigos tuviesen la pretensión de someterme a yugo alguno, pues, precisamente no ha sido entre ellos, de trato siempre exquisito, donde he encontrado el menor síntoma de machismo, sino, más bien, entre ciertos especimenes patrios del paradójico giro de la izquierda y auto-tildados de feministas –o feministos-. Si bien, le siguen bastante de cerca los italianos quienes, salvo rosas excepciones, suelen observar tales comportamientos de masculinidad primaria que a nadie haya de extrañar que, con admiración renovada, sigan votando al pichabrava de Berlusconi.
Educados en zafios prejuicios y consignas de las potencias mandatarias, léase EE.UU. o la propia UE, quienes financian estos regímenes dictatoriales en los países islámicos por tenerlos bien sometidos y a salvo de su peligrosa integración en el primer mundo, hemos aprendido a identificarlos, en un mismo saco, con ese “moro” malo de diseño, Osama Bin Laden, que algún día saldrá de su recóndita cueva a volarnos la cabeza a todo quisque. Hasta que el mundo amplio y abierto te quita las orejeras.
Cada vez que anuncian el suicidio o el asesinato de alguno de estos jóvenes en los países islámicos, pienso que puede tratarse de alguno de mis amigos y rezo porque, según sus sueños, puedan salvarse y salvar a sus países; en nombre de nuestro Dios común; la libertad.

P.D: Este artículo va dedicado a mis amigos de los países islámicos; a Mehdi, Mohammed, Joseph, Boudjemaa, Fatima, para que sus esfuerzos por cambiar sus países den al fin sus frutos y, por fin sus sueños, sean, a corto plazo, realidad. Porque tanto ellos como nosotros merecemos vivir en un mundo mejor, hagamos nuestra también su lucha y su esperanza.

Pobres saharauis

18 Nov

Sí los ricos también lloran, imagínense los pobres. El estado de pobreza es un estado de pena y, al extremo, de rebelión, de crispación, de cabreo sumo. Si este país nuestro está de los nervios por el paro y el recorte de salarios fijos, del 5 al 15%, imaginemos cómo podrá estar un pueblo al que se le niega del todo el pan y la sal; que pasa hambre en el sentido más literal y fisiológico de la palabra. Y por menor parangón que sea, valga el detalle, ¿de qué negro humor nos ponemos cuando por cualquier razón hemos de saltarnos una comida? Pues elévese eso al 100% de un día y otro y al siguiente. Desde las más primarias revueltas a la Revolución Francesa con mayúsculas, tienen su origen en la “h” de hambre. La “h” de hambre tiene “h” de historia y, mientras que tengamos algo de corazón –y una ortografía decente- no habríamos de hacerla invisible. Lo que reclamaban los pobres saharauis en el campamento del Aaiún era un plato de comida, una vivienda – más o menos digna- y un empleo; lo estrictamente necesario, en fin, para poder solventar esa extrema situación de miseria en la que ahora se ven sumidos. Reivindicaciones todas ellas muy legítimas, pero que incomodaban a Marruecos, por lo que suponía aflojar la mosca. El resto es bastante fácil de suponer -pese a la poca información que el Gobierno marroquí ha permitido que recaben los periodistas, cuya presencia suponía documentar una realidad que no iba, precisamente, a ponerse de su parte-. Pero la realidad es una y, en ella, no caben opiniones, sino sensibilidades.
El Gobierno de Marruecos desmanteló con toda violencia el campamento de Gdeim Izik porque las pretensiones de sus ocupantes les convertían en vecinos molestos, dada la posibilidad de que osaran meter la mano en su codiciado pecunio y, en estas, no estaban dispuestos a compartir ni el pan como hermanos ni el dinero como gitanos –valga la expresión que, sin intención alguna de xenofobia, utilizo porque va al pelo.- Por una simple razón de lógica aplastante cuadra esta versión, que deja en total entredicho a la oficial, según la cual, los marroquíes se limitaron a “defenderse” de unos cuantos terroristas peligrosos que tenían secuestrados al resto. Por lo que sabemos, la pretendida “defensiva marroquí” fue de lleno ofensiva, abarcando en masa incluso a una población civil indefensa que hubo de defenderse con piedras y palos. Si el pueblo saharaui no tiene ni para comer, resulta difícil trasegar con la idea de que pueda disponer de armas para abatir a un país con fuerzas militares de sobra para exterminarlo en un periquete. No perdamos el norte ni las luces; aquí la víctima es el Sahara y el agresor, Marruecos, por más que se siga la cómoda línea de justificar el avasallamiento a otro país o etnia para tergiversarla en misión liberadora como se ha hecho con las respectivas guerras de Irak y Afganistán, donde se nos hizo creer que el móvil era combatir la dictadura sangrienta de Sadam Hussein o los procederes cruentos de los temibles talibanes. Si no fuera por la pena que da, daría risa creer en el peligro que representan estos –ahora según dicen- terroristas saharauis para…nadie. Bastante tiene el pueblo saharaui con lo que tiene para que, además de pobre, tenga que pasar por “diablo”.
No es cierto que el Gobierno español no tenga información suficiente sobre los sucesos acontecidos en el Aaiún para adoptar justas medidas. Lo que ocurre es que, en el juego político internacional, como todos sabemos, lo justo no es lo mismo que lo conveniente. A nivel de intereses –dejemos a otro lado los escrúpulos- conviene mantener mucho más las buenas relaciones con Marruecos, por su envergadura económica y diplomática, que romper la lanza a favor de una etnia misérrima que no tiene nada que ofrecer y sí mucho que pedir. Lo de sentar un pobre a la mesa por un día está bien como esa anécdota que ilustraba la genial película del recién fallecido Berlanga, “Plácido”, pero todos los días ya resulta un abuso.
Lo de siempre; para que exista un primer mundo tiene que haber un tercero y cada cual en su sitio. De ahí, el endurecimiento de los gobiernos europeos en políticas de inmigración y consecuentes deportaciones en masa. De ahí, ese “simpático” videojuego, según el cual, Alicia Croft Sánchez-Camacho, candidata al Parlamento Catalán por el PP, fulminaba con bombillas desde una gaviota a los inmigrantes ilegales. En el fondo, todos sabemos que esos inmigrantes, más que ilegales, lo que son es pobres de campeonato. Y los pobres no le interesan a ningún gobierno, tampoco los saharauis. Sólo a la oposición y como arma arrojadiza y contextual. A nadie se le escapa que, si el PP, que, en este caso habla de Derechos Humanos, mira tú por donde, hubiera estado ahora en el poder, habría hecho exactamente lo mismo; o sea, caso omiso. Otra cosa es que, en las mismas, este gobierno se siga llamando de izquierdas. Prueba de que, ante el poder y los mercados, quien quiere echar cabeza, ha de perder el corazón –y la ideología.- Y en esas estamos.

Momificados

28 Oct

Antes que confiar en los políticos, habrá que encomendarse a los santos. Más que reformas, necesitamos milagros, tal y como andan las cosas y, a ese objeto, no queda mayor remedio que sustituir las urnas por los altares, lo cual, sin duda, además de efectivo, resulta idóneo en tiempos de crisis, pues los prodigios del santo valen únicamente los céntimos de un cirio y la fe que sale gratis. En cambio, mantener la ineficacia de un político sale por un Potosí- a la vista pública, por ejemplo, de los ingresos anuales de Dolores de Cospedal, quien, por tranquilizar, asegura que, entre la clase política, hay salarios más altos que el suyo, aunque menos transparentes-.
Lo dicho entonces; para costear promesas incumplidas, mejor volver a la plegaría y el austero rosario. En el calendario se prevén santos de nueva creación que, dado su exotismo y probada diligencia, están molando lo suyo. Tal es el caso del pulpo Paul, el legendario adivino del Mundial, a quien, recién fallecido, piensan ya canonizar en Alemanía con la construcción de su correspondiente santuario, como sede de peregrinaje internacional, y, previo proyecto de momificación. Cuestión que, si bien, va bien aparejada a la condición de la santidad –el santo incorrupto siempre ha resultado más creíble- nos deja, valga la expresión, con la mosca detrás de la oreja. Ya que, según me informa un inestimable archivo en mi cuenta de correo electrónico, todo santo que se precie ha de ser incorrupto de motu propio, sin la intervención de otras artes embalsamatorias, como se puede apreciar por las ilustrativas imágenes adjuntas de un amplio catálogo de santidades exhumadas, cumplido el siglo, en óptimo estado de conservación. Da que pensar, sobre todo, cuando, al mismo tiempo, recibo una inquietante noticia sobre cierta hamburguesa que, comprada en un MacDonald´s de Manhattan, sigue intacta en apariencia, después de resistir seis meses a la putrefacción. O la cosa se trata de un montaje o es que, en Yanquilandia, no respetan ni lo más sagrado. Sea como fuere y volviendo a la canonización del cefalópodo, a mí la cuestión me indigna. Por virtuoso que haya sido el animal, no concibo que vaya a ser canonizado antes que el propio Fray Leopoldo de Alpandeire, quien lleva ejerciendo de santo interino la pila de años, sin que el Vaticano se decida a darle definitivamente su plaza en el concurso-oposición. Me da que en esto del proceso selectivo de santidades, como en todos, cuentan algo las recomendaciones y las influencias. De eso, habla un poco la rapidez con la que el propio José María Escrivá de Balaguer llegó a las hojas del calendario. La canonización como el Nobel, recorre caminos lentos, arbitrarios y tortuosos. Así me parecía que Vargas Llosa iba a ser el eterno candidato a Nobel como Fray Leopoldo el eterno candidato a santo. Por suerte –aunque la expresión “suerte” huelga bastante ante tamaña obra literaria- al peruano le dio la vida de sí para alcanzar el merecido reconocimiento antes de la ultratumba. Al bueno de Delibes, en cambio, en tanto la agónica espera, se le echó encima la caducidad de la biografía. Aunque, en cierto modo, ahora se haya convertido en el santo de su ciudad natal, Valladolid. Esa localidad en boca de las masas por las agrestes declaraciones de un alcalde-momia sobre los sugerentes “morritos” de Leire Pajín. En esta misma línea de actuación, otro alcalde-momia de un pueblo napolitano pone una multa de 500 euros a una mujer por llevar minifalda. Por evitar males mayores, no vaya a ser que haya que juzgar por violación al pobre homínido que se sienta provocado. Entre el machismo, la xenofobia y otros instintos primarios, los gobiernos europeos se nos van llenando de momias. Dígase Berlusconi, Sarkozy, Ángela Merkel…Momias y no, precisamente, santos.

P.D: Acabo de recibir el tercer premio en el concurso literario “Mujer trabajadora”, convocado por el sindicato CC.OO con mi relato, “Mi querido desamor”, que será publicado en la web de dicha entidad.
Gracias a CC.OO por tan gran honor y a mis lectores, por ese apoyo, cariño y confianza, que me hacen seguir escribiendo y me devuelven la fe en este oficio y en la posibilidad de un mundo mejor. Os quiero.
Por desgracia, llega, tras unas pocas horas de esta comunicación, la noticia de la muerte de Marcelino Camacho, líder histórico de CCOO; una triste coincidencia. Desde aquí, nuestro más sentido adiós a uno de los héroes de la Transición. Gracias por todo, camarada.

Velada xenofobia

29 Abr

Con velo o sin él, la cabeza es un conflicto. Que nos corten la cabeza.
Nos quitamos el sombrero. Y la gorra y el birrete y la toca y el hiyab y nanai del peluquín. A la escuela hay que ir sin nada en la cabeza. También sin ideas, que las ideas las dan allí, qué caramba. Hablamos de interculturalidad, de integración de las civilizaciones, de tolerancia pacífica y otras yerbas de relleno y condimento democrático, pero, que no vengan a meternos otras especias en la salsa nacional. Bien está que más allá de las fronteras haya otras ideas, eso queda pintoresco en los documentales, allá cada cual cómo aliñe en patrias remotas los hábitos de su tribu, pero del lado de acá que no nos toquen la idiosincrasia. Hay otros modos de ver el mundo, de creer en lo humano y en lo divino; otros pareceres, aunque, al parecer, sin duda, los nuestros son los mejores. Que se conviertan o que se vayan, dice, a todo pulmón, la voz del pueblo, con el lema sospechoso del “yo no soy racista, vaya por delante” y la estrategia de la militancia liberadora. Haces un sondeo por los aledaños sobre la polémica del velo en las escuelas y la argumentación mayoritaria se suele repetir por las mismas fases. La primera es afirmar, con paternalismo condescendiente, que hay que liberar a la mujer islámica de la opresión machista a cabeza descubierta, la segunda se vuelve ruda, perdiendo ya los modales por el abierto y bronco desafío, “si no quieren aceptar nuestras costumbres, que se vayan a su país de… origen”, la tercera, fuera de todo disimulo, pone directo el dedo en la llaga, “y que no nos quiten el trabajo”, ahí duele. Para las afectadas, sin embargo, vivir sin velo no les libera demasiado de la carga, mientras, vivan, a su vez, sin papeles, por más que trabajo es precisamente lo que les sobra. Me cuentan de las limpiadoras fantasma, mujeres que, bajo la amenaza de ser denunciadas por su condición ilegal, cargan en domicilios particulares, democráticos y occidentales, con las tareas de limpieza, cuidado de niños y ancianos a jornada completa por el módico pago de cuatrocientos euros. La mayoría no llevan velo, pero no sé si, a la larga –o a la corta- cambiarían el peso de opresión tan esclavizante por la carga más liviana de un burka. Musulmanas, colombianas, ucranianas, polacas, cuántos de estos que reclaman su liberación del yugo opresor, no tienen alguna de ellas limpiando en casa, tal vez sin velo, pero de tapadillo, al pago de dinero negro y poco. Da gusto verlas calladas por no perder los papeles, afanadas en labores de tercera, limpiando la doble moral de esta sociedad liberadora, tolerante y democrática, pero ofenden cuando vienen a contaminar con sus hábitos bárbaros y ancestrales la identidad de nuestros lares. Ofenden sus ropas, su credo, sus dioses, sus mezquitas; ofende lo ajeno, sigue ofendiendo y, a esa altura de orgullo patrio, ya no se habla de interculturalidad sino de invasión de todos y contra todos. Nos invaden los chinos, los latinos y los rusos y cunde la aversión primaria hacia todo forastero. “No queremos rumanos”, decía la propaganda del PP en Badalona y así sucesivamente, de modo más o menos explícito. No nos gustan los otros porque nos quitan el trabajo o porque, cuando no trabajan, roban o porque, sencillamente, son otros y, a veces, se les nota demasiado. Por su parte, el astrofísico, Stephen Hawking, asegura que existen los extraterrestres y van a venir a visitarnos. Éramos pocos y parió la abuela. Por supuesto, el rumor popular ya habla de invasión y de que nos van a quitar el trabajo. Tranquilidad, amigos, si, como dice el experto tales seres vivos tienen una inteligencia superior, ya habrán encontrado el modo de vivir sin trabajar y, sin duda, de no hacerlo hasta los 67 años. Lo más seguro es que tengan unas pensiones vitalicias de órdago y vengan de turismo a disfrutar de los bajos precios de nuestra oferta hostelera y, de paso, a reírse un poco de nuestras cuchufletas. Lo malo de las inteligencias superiores es lo mucho que se aburren. A la larga, la cabeza, cuando no da dolores, da problemas. Tal vez tengan razón; a la escuela y a la vida, habría que ir sin nada en la cabeza. O sin cabeza. Marilyn se hizo célebre por decir en las películas que no tenía cabeza y, cuando descubrió que la tenía, se suicidó. Con velo o sin él, la cabeza es un conflicto. Que nos corten la cabeza.

P.D: En la entrada “Inventario de cine (español)” seguimos a la espera de tus recomendaciones; la mejor y peor película española que jamás viste. Por favor, sed pesados y entrad en detalles. Nos interesa mucho tu consejo. Lo estamos pasando de cine.

Trabajo de chinos

29 Ene

jarta-de-chinos3Cualquier trabajo es un trabajo de chinos. Los chinos hacen de todo y a todas horas. Todo está hecho en China, no hay más que mirar las etiquetas. Hasta los hijos, y más bien, las hijas ya no vienen de París sino de la propia China. Las adoptan las familias occidentales cuando los espermatozoides por el estrés y no sé qué decadencia de la raza o los hábitos, se ponen perezosos. (más…)