Terminator, presidente

29 Sep

Como Sylvester Stallone, Arnold  Schwarzenneger , trajo a la gran pantalla la nueva moda de las películas de acción con protagonista muy musculado, tipo megacachas, que abrió para sus devotos muchos gimnasios, donde se trabajaba el culto al cuerpo con el apremio de lucir tórax mayúsculo en camiseta minúscula y triunfar en el escaparate veraniego de las playas.

Las sucesivas entregas de Rocky y Terminator propagaron la fiebre del culturismo y el consumo de bebidas proteínicas y la fibra vivió décadas de esplendor. Los tipos duros, de carnes marmóreas, sustituyeron en el imaginero colectivo a ese antihéroe inseguro y entrañable que despertaba en las chicas el instinto maternal y fue interpretado con gran acierto por Woody Allen y Dustin Hoffman, cuya versión española era José Sacristán en las películas de José Luis Garci.

En las postrimerías del siglo XX los culturistas ganaron la batalla a los culturetas y hubo deserción en las bibliotecas a favor de los gimnasios. El triunfo mundial del capitalismo, impulsado por el presidente republicano Ronald Reagan, que tuvo su apoteosis con el advenimiento de la Perestroika y la caída del muro de Berlín, precisaba de prototipos colosales que, encarnando en sus cuerpos el ideal de superioridad de la raza, dieran la imagen de fortaleza que convenía al sistema.

Éste fue el papel estético que asumió Schwarzenneger, el culturista de origen austriaco, haciendo perfecta simbiosis con ese personaje “Terminator” (“El exterminador”), al que todavía sigue interpretando.

Según tengo entendido, “Terminator” es un ciborg T-800, modelo Cyberdine 101; una máquina de matar que viene desde el futuro para combatir la resistencia humana. Lo de matar le sale bien, pues es su especialidad, el problema es que como su inteligencia artificial no da mucho de sí, falla más que una escopetilla de feria. Terminator;  musculadísimo,  letal y supuestamente infalible, pero robot al fin y al cabo, es muy cuadriculado y, sin mayores planteamientos, hace lo que le dicen y punto. Su misión es liquidar a una mujer embarazada de quien será el salvador de la humanidad y, como el nombre de la susodicha es de lo más vulgar, sin pedir siquiera que le enseñen una foto, va cargándose a todas cuantas el mismo nombre comparten, en tanto no da nunca  con la verdadera. Torpe es un rato, pero mata que da gloria; así las películas dan juego para mucho desangre, despelleje y efectos especiales con grandes dosis de pum, chimpún, zas y cataplás, que es lo que hay si de amenizar se trata.

No es que queramos encasillar a Schwarzenneger en el papel de Terminator, lo que ocurre es que cuando un actor lleva más de treinta años representando al mismo personaje, casi resulta inevitable relacionarlos un poquito.

Claro que ya sabemos que Arnold también sabe interpretar otros papeles, como, por ejemplo, gobernador de California; un personaje que igualmente representó Ronald Reagan, también actor y republicano.

Nos sorprende que los actores entren en el mundo de la política, pero tal vez esto sea lo más común. Hay veces que incluso pienso que todos los políticos no son más que actores que interpretan un guión como lo hacen los personajes de un reality-show o los que se gritan tanto en las tertulias.

Cuando falleció Bin Laden escribí que el terrorista no había muerto, sino que simplemente había sido despedido por la poca credibilidad de sus interpretaciones en los vídeos caseros que presuntamente difundía. Como actor no daba la talla.

Del mismo modo creo que habría que despedir a los guionistas de política internacional por lo repetitivo y cansino de los argumentos y a los directores de casting; está claro que Donald Trump pinta mejor en una película de Jim Carrey que en la Casa Blanca, igual que a Rajoy le vendría de perlas un papelito de replicante en Blade Runner. Se ve que las inteligencias artificiales que dominan nuestro planeta desde los espacios intergalácticos aún no han superado el nivel de Terminator.

Espero que el escritor, Javier Salvago, que es un maestro en urdir tramas sobre estos asuntos (“No sueñes conmigo”, Ed. “La isla de Siltolá”, 2017) nos regale una de sus magníficas narraciones, donde nos esclarezca qué situación se prevé que nos asignen esos mandamases de la ultra-dimensión, que juegan con nuestro planeta como los niños con sus vídeo juegos.

Mientras tanto, observemos cómo Schwarzenneger actúa como ecologista en el Festival de Cine de San Sebastián, presentando el documental “Wonders of the sea 3D”  sobre Cousteau. En esas lides, critica al actual presidente de EE.UU, Donald Trump,  por no preocuparse de proteger el medioambiente. No sé, no sé… a mí este guión me suena…

Tal vez Arnold quiera representar su próximo papel en la Casa Blanca.

Tiempos románticos

22 Sep

Vivimos tiempos románticos, no sólo porque se haya rescatado para la literatura el género de terror, porque hayan regresado las criaturas del inframundo, zombis y vampiros para cometer sus habituales tropelías, porque se hayan puesto de moda los paseos por los cementerios en las noches sin luna, porque el negro siga siendo el color de la rebeldía gótica en la ropa de los jóvenes y los camareros y el de los dependientes de las tiendas en las grandes superficies comerciales; ese luto riguroso en combate contra los tonos pastel que sirven de fondo a las frases motivadoras en las tazas de café y los cuadernos de la pijería chipi-guay, que es tendencia pero no tanto.

Vivimos tiempos románticos, porque las tramas sobre amores imposibles vuelven a ocupar las estanterías y los versos pasionales con tendencia al desgarro a sangre y fuego invaden las entradas en las redes sociales, porque la Razón ha perdido la batalla contra la emoción, la magia y las supersticiones y en las teles venden sus servicios adivinos y adivinas, como en los negocios de santería, pócimas, hechizos, conjuros y demás abracadabras.

Vivimos tiempos románticos según se adivina por estos síntomas y por otros como el retorno de los nacionalismos, el Brexit y el independentismo frente al concepto de aldea global que parece estar como yéndose a tomar por el saco.

Crece el caos y la confusión, cosa también muy propia del Romanticismo y ya no se sabe si el internacionalismo es espíritu propio de la izquierda como antaño o de la derecha, si el progreso lo hace el universalismo, como estaba en el ideal de la Ilustración o en el independentismo o, como es más lógico, en razones que transcienden a tales etiquetas, pues poner fronteras o cerrarlas a nivel mundial está siendo tendencia compartida por conservadores y neoprogresistas, por güelfos y gibelinos; por brexistas, independentistas y trumpistas.

La división cunde entre los países, entre los partidos y también dentro de los partidos.

No sólo por la cuestión del referéndum, aunque ésta agrave más la disensión, como es lógico, pues se trata de un asunto delicado ¿Qué pasa si se sofoca este referéndum por la fuerza? ¿Esta imposición no hará crecer el número de independentistas? Las simpatías hacia una causa, sea la causa que sea, aumentan cuando esta causa se ataja con cargas policiales.

Si, en todo caso, el referéndum es ilegal, ¿no convendría más invalidarlo a posteriori pacíficamente?  ¿O sería demasiado tarde? Sea cual fuese el resultado del escrutinio no podrá ser muy fiable con convocatoria tan poco clara.

Las páginas de panorama internacional echan chispas también. Donald Trump amenaza con la destrucción total a Corea del Norte en su estreno ante la ONU.

La razón es que el líder Kim Jong-un (llamado por él “el hombre cohete”) hace experimentos con sus armas nucleares que ponen en riesgo la integridad del mundo entero. Se trata de una premonitoria declaración de guerra con intenciones, por supuesto, humanitarias.

Como presidente de los EE.UU, Trump ha dicho otras veces que no quiere imponer su voluntad, que sólo quiere salvar la salud de la democracia “y la democracia debe ser instaurada contra los enemigos de Estados Unidos; Irán, Cuba, Venezuela y Corea del Norte, porque EE.UU está con las personas que viven bajo regímenes brutales y nuestro respeto a la soberanía es también una llamada a la acción” (¿a qué acción? ¿a la guerra?).

La raíz de todos los males está, según el mandatario, en el verdadero socialismo o comunismo, porque allí donde se ha adoptado ha producido devastación y fracaso.

Como remedio frente a los abusos de tales gobiernos desnaturalizados propone respuestas militares, lo cual es bastante tranquilizador. En buen tono con el discurso del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, que pidió a los líderes mundiales evitar la división, pues el sentimiento de comunidad en el mundo se está desintegrando y las sociedades están fragmentadas (¿Por qué lo dirá? ¿Por el Brexit? ¿Por los independentismos? ¿Por la exaltación del individualismo en las redes?)

Menos mal que a Trump se le ocurre cómo buscar la conciliación mundial con su llamada solidaria a las armas. Del cambio climático ni habló, porque, a su parecer, no existe.

Pues bien, así abordamos esta estación calma del sol templado por nuestros lares, romántica también por la desazón. A la amenaza del yihadismo, se suma la del independentismo y la de Corea del Norte, según Masashi Mizukami, embajador de Japón en España, quien dice que Pyongyang amenaza al mundo entero.

El diplomático japonés -quien habla de la vinculación del país nipón con España, destino turístico de predilección por sus compatriotas- espera que, pese a todo, nuestro país siga siendo un lugar de fiesta, cálido y de gente que lleva siempre una sonrisa en la cara; imagen muy romántica, por cierto (Gracias, Masashi, lo intentaremos).

La difamación

1 Sep

Creo yo que antes de marcharse de este mundo hay que hacer algo para dejarlo un poco mejor de como lo encontramos. Las opciones clásicas, según José Martí, son tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol. Quien tal hace, hace bien, aunque pienso que haría mejor sólo con especializarse en una de ellas para así no limitarse a un simple rito, sino llevar a cabo una gran obra.

Los hijos son imprescindibles porque suponen la perpetuación de la especie, que es una cuestión básica en la evolución, por eso quien los tiene, ha de procurar que su formación en valores sea la adecuada para asegurarse de que el mundo queda en buenas manos.

Los libros son necesarios porque harán de esas nuevas generaciones, seres pensantes y críticos, que sean capaces de construir una sociedad más justa y habitable. Quien los escribe ha de cuidar no sólo la sintaxis y el vocabulario, sobre la que se conforma la complejidad del pensamiento humano, sino también transmitir mensajes válidos para que eduquen a los humanos que hayan de venir hacia las mejores empresas, sea cual fuese el tono o género escogido.

Los árboles, y quien dice árboles, dice naturaleza, son el marco indispensable para que esas nuevas generaciones puedan respirar, porque es gratuito traer hijos a un mundo insalubre y pensar en ningún progreso.

La protección del medioambiente, del hábitat natural es el primer punto que hay que asumir, porque se trata de la vivienda de todos los seres humanos. Por eso, quien se ocupa de ella, quien la defiende, realiza la más importante de las labores.

Resulta impensable que quienes están mirando por los intereses de todos, pues todos vivimos en el planeta, tengan enemigos, pero eso ocurre cuando hay personas que por su egoísmo y codicia insaciable ven enemigos en quienes les impiden perpetrar sus tropelías. Se trata de gente que piensa a corto plazo- lo que vaya a durar su vida- y le importan  una higa los demás. Gente que alega encima intenciones altruistas cuando construye en reservas naturales, tala bosques y elimina playas:

-Damos puestos de trabajo ¿qué más queréis?- dicen con toda desfachatez.

Pero el dinero es un placebo momentáneo; una ilusión de papel que se evaporará cuando el sol furioso no nos deje la más mínima sombra donde cobijarnos. Se agotará el agua y de las tierras no prosperarán cosechas ¿Qué vamos a hacer entonces? ¿Nos alimentaremos de plástico o de cemento?

A quienes defienden estas causas arbitrarias, poco les importa. Tienen miras tan estrechas que sólo les alcanzan el ombligo.

Su enemigo es la naturaleza y quien la defiende y les estropea el negocio. Y, entre sus enemigos, está mi tío, Juan Clavero, activista de “Ecologistas en acción” desde 1983.

No digamos que es un idealista, porque es muy realista quien sabe que la agresión a la naturaleza, es una agresión a todo el género humano y que nadie se va a salvar si se destruyen los recursos del planeta. Él lucha desde hace décadas por una causa justa y coherente.

Ha logrado que la depuradora que depositaba los vertidos fecales en la desembocadura del río Guadalete, no infecte las aguas, envenene los peces y haga cerrar las ventanas de los vecinos, que no podían soportar el mal olor. Otras cosas, no. Puerto Sherry se construyó pese a su oposición y la de sus compañeros y el Puerto de Santa María perdió aquellas magníficas playas.

Sus actuaciones durante este tiempo tuvieron represalias; le quemaron el coche y también amenazaron con quemarle la casa, mediante unos pasquines anónimos que distribuyeron en el pueblo al modo usual de los cobardes.

Ha vivido en una casa, acordonada por la protección policial, y soportado un acoso que a cualquiera lo hubiese desmoralizado, pero le mantiene la seguridad de que su causa es justa y no desfallece.

Hace una semana Juan Clavero propuso una marcha en protesta por la construcción de grandes fincas en la Sierra de Cádiz, que interceptaban los caminos públicos.

Un desconocido, que se hizo pasar por un miembro ecologista de Jerez, dijo que quería sumarse a la causa y Juan aceptó que lo acompañase en su furgoneta. El resultado fue que, una vez que el desconocido abandonó el transporte para acudir a una cita, la Guardia Civil detuvo el vehículo y, registrándolo, halló una bolsa de cocaína. De modo que por la tenencia de drogas, Clavero acabó en la comisaría de Ubrique, donde pasó el fin de semana; un lugar inhóspito donde no pudo pegar ojo por el calor, la falta de ventilación y el foco fluorescente que le cegaba la vista.

No tengo reparo en contar estas cosas porque estoy segura de que se trata de una emboscada. Si los responsables de esta falsa inculpación hubiesen vivido en otros tiempos, hace años que le habrían dado el típico “paseíllo”, pero ahora se tienen que conformar con crear falsas pruebas, haciendo alarde de su imaginación, que no es mucha. Así se han inventado esta acusación tan torpe, que no se sostiene.

El problema es que la difamación causa daños irreparables. Cuando los rumores se extienden, para la lectura superficial son verdades absolutas; yo misma he creído en la culpabilidad de personas que luego comprendí que eran inocentes. Tan persuasivos pueden ser los difamadores.

A esas personas no las conocía, a mi tío sí y por eso sé que, aparte de ser inocente, es una víctima. Ahora comprendo, si no antes, el daño que hace una falsa acusación, lanzada a masas anónimas.

Como nadie está libre de que la calumnia caiga alguna vez sobre sí mismo, todos tendríamos que guardarnos muy bien de seguirle el juego a la difamación y permitir que este método se convierta en una práctica habitual.

Palabras para la paz

25 Ago

Seguro que detrás de este atentado de las Ramblas como de tantos otros, hay un tipo que se frota las manos limpias de sangre al comprobar cómo después de sembrar la cizaña, tiene a todo el mundo dividido en discusiones internas, que en muchas ocasiones se apartan de la verdadera enjundia del suceso.

Parece confirmado que el imán de Ripoll murió en la explosión de Alcanar,¿ pero fue él el verdadero responsable de la operación? Desaparecido él, la investigación se hace mucho más complicada.

Como la culpa tiene un rostro confuso cuando se produce un ataque a traición, se va repartiendo entre unos y otros a cuenta de lo que sea, como si nos hubiera sorprendido a todos la explosión del mismo artefacto por sorpresa y teniendo que huir en estampida nos pisoteásemos, arrollando al que primero nos pille por delante. Los tertulianos se arrojan sus distintas hipótesis a la cabeza con una convicción resbaladiza, porque, en estos casos nadie sabe si no hilar conjeturas a partir de cabos sueltos ¿cómo podemos tener la verdad de nuestra parte si la desconocemos? ¿Si tal vez estemos condenados a desconocerla siempre?

Y es así que el tema se desvía del camino y, en ausencia del cobarde, o sea, del culpable, se abre brecha contra el independentismo catalán o las simpatías internacionales de Podemos o la conveniencia de las fotos que registran la visita de los Reyes a los heridos o el descuido de Ada Colau por no haber puesto bolardos en las Ramblas, impidiendo así la irrupción de cualquier vehículo. Pero, si la culpa es de todos, al final la culpa no es de nadie.

Detrás de todo este asunto, hay un sembrador de cizaña que ha dividido a todo el país, ahora enzarzado en luchas intestinas, que diluyen la verdadera causa. Alguien con esa capacidad diabólica propia de un Yago o de un Tartufo que prendió la mecha, tiró la piedra y escondió la mano y tal vez no utilizó más que unas palabras taimadas y administradas con malicia.

Se da por seguro casi que lo que inflamó el pecho de los jóvenes terroristas hacia la violencia fue un discurso sanguinario y delirante con tintes islamistas.  No es la única hipótesis, aunque resulte creíble. Los discursos fanáticos de Hitler tuvieron el poder de enardecer a las masas para que aceptasen el Holocausto como una causa transcendente.

Los jóvenes son muy vulnerables cuando se les seduce con un ideal, tienen el ánimo predispuesto para la lucha heroica. Necesitan líderes; su Che Guevara, su Sartre, su Bob Dylan, su Sthéphane Hessel…y no están preparados aún para adaptarse al desengaño; un asunto más propio de la madurez.

Por eso un orador elocuente es para ellos un imán que se hace dueño de sus voluntades. La fuerza del orador se basa en tres simples principios que enseña la clásica retórica; movere (exaltar a la audiencia) suadere (convencerla y ponerla de su parte) y conmovere (llegarle al alma por el terreno irracional de las emociones). Pues bien, quien sepa cumplir estas reglas y, en especial, la tercera, tiene el mundo en la palma de su mano y, si es así, habida cuenta de que esta ciencia nació en Occidente, que fue cuna de Demóstenes y Cicerón, ¿por qué no la utiliza Occidente a su favor? ¿Por qué no es capaz de seducir a quienes nacen en su propio territorio con un discurso hechicero que los arrastre hacia su causa?

¿No es posible difundir un ideal laico y pacífico que conquiste la voluntad de los jóvenes desde los centros educativos? Creo que sí, sobre todo, porque el invento de las redes sociales ha sido también en Occidente y ha captado a millones de personas en todo el mundo; personas que desnudan su alma a cada momento, que dicen qué están pensando, qué comen, qué gozan y qué padecen, criaturas a las que se seduce (suadere) ,tocándole la fibra sensible (conmovere), en especial, para venderle luego productos de su interés.

Si Occidente ha logrado tener a familias enteras pendientes de la pantallita de su móvil ¿por qué no puede crear una campaña publicitaria convincente que mueva a esa aldea global hacia la paz y la reconciliación?

Hay que rellenar ese hueco que ha dejado el vació de la religión y el fracaso de las utopías, hay que construir nuevos ideales o restaurar los que tenemos, fabricar líderes persuasivos, oradores de la talla de los Graco que entusiasmen, más que el imán en la mezquita, a los muchachos en las aulas de “Ética” y “Educación para la Ciudadanía” para que salgan diciendo, Claro que sí, voy a dar la vida por los valores democráticos.

Creo que estas asignaturas, visto lo visto, deberían ser tomadas más en serio y no servir para rellenar huecos de horario ¿qué tal si los elegidos para impartirlas fuesen oradores con habilidades probadas en el ejercicio de la retórica?  Vencer sin convencer no sirve: por más que nos empeñemos en costear arsenales, el arma más poderosa sigue siendo la palabra.

Si estamos convencidos de todos los beneficios y libertades que hemos logrado, después de tantos siglos de lucha ¿por qué no vamos a poder convencer a los demás; a toda esa gente que nace y vive entre nosotros?

Detrás de cada conquista, de cada revolución, de cada cambio en la historia, ha habido más que armas, un pensamiento construido con palabras; movere, suadere, conmovere…¿De verdad que no lo podemos hacer?

Mensajes motivadores

31 Mar

El primer mensaje motivador nos llega de buena mañana con el azucarillo del café. Esos sobrecitos que llevan escrita alguna frase transcendente y estimulante de alguna celebridad  que nos invita, en definitiva, a vivir nuestra propia aventura y a alcanzar nuestros sueños. Cosa bastante paradójica, teniendo en cuenta que nos acabamos de tomar un café para despejarnos del sueño, precisamente.

En cualquier caso, a quien madruga Dios le ayuda, aunque sea por boca también de un ateo, como lo son muchos de los que suscriben estas frases, pero ¿qué son estos ateos sino sacerdotes de lo laico? El azucarillo filosófico, en fin, nos endulza el primer instante de la mañana, incluso a los que tomamos el café sin azúcar, pero coleccionamos los sobrecillos para luego meditarlos en casa y hacer fondo de armario existencial. Si no nos olvidamos de rescatarlos del bolso y acaban rotos, poniendo pegajosas las llaves y la cartera.

Sea como sea, conviene a la estimulación de la primera mañana el azucarillo motivador, se tome o no se tome, a ser posible sin cigarrito, porque quien se desayuna con cigarrito va a encontrar  el contrapunto al mensaje motivador de dicho azucarillo en esos mensajes tan desmotivadores que aparecen en las cajetilla de tabaco; fumar produce ceguera, fumar daña los pulmones, fumar daña los dientes y las encías, fumar es causa de múltiples cánceres y en plan más sinóptico y contundente; fumar mata, a ti, a tu hijo y a todo el que se te acerque. No es extraño, pues, que el fumador mañanero afronte ya la jornada laboral con una ración de pesimismo y sentimiento de culpa importante sobre su conciencia. Me hago cargo, por más que de mañana la única sustancia que tolero es la cafeína pura y dura sin compañía de nicotina ni glucosa.

Pero, pese a eso, tengo ya adicción al sobre de azucarillo y su sentencia iluminatoria como alimento espiritual en ayunas.

Hoy, para mi sorpresa, viene el azucarillo con una sentencia de Camilo José Cela:

“No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, porque no es lo mismo estar jodido que andar jodiendo”.

Esta frase ya celebre del Nobel español fue la respuesta que dio el autor cuando, siendo senador, se le vio dormitar en una de las sesiones de la Cámara Alta y fue reprendido por el Presidente:

-Señor Cela, está usted dormido.

-No, señor, no estoy dormido; sólo estoy durmiendo.

-¿Acaso no es lo mismo?- le replicó el presidente.

-¡Claro que no es lo mismo! Porque no es igual estar dormido que estar durmiendo, como tampoco es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.

De modo que en la transcripción de la frase ha debido haber una modificación, no sé si censuratoria, porque tampoco es lo mismo estar jodiendo que andar jodiendo. La segunda expresión elimina el matiz sexual, al que Cela era tan aficionado, y también el matiz argentino, pues en argentino “joder” es “bromear”.

Me contaban mis primos, que estudiaron en Argentina, que los habían invitado allí a una fiesta, comentándoles que sería muy divertida:

-Nos la vamos a pasar muy bien, viste, allá vamos a chupar, a joder…

Chupar es beber y joder, ya sabéis, pero, sin traducción previa, como que se asustaron.

Valga la anécdota, aunque yo creo que el escritor gallego usó el término en el sentido más castellano de la palabra y en ese sentido también se le entendió. De ahí, la transcendencia y las risas.

Pero, en fin, los mensajes motivadores suelen ir por otros derroteros con menos sal y más azúcar. Vienen en sobrecitos con el café y luego en Facebook con letras muy cucas y colorcitos llamativos. También decoran las cubiertas de los cuadernos en blanco que venden las papelerías para que reescribamos nuestra vida, que, dependiendo de nuestra actitud positiva, será un sueño, una aventura y todas esas cosas, porque, en el fondo, valemos todos mucho y somos la pera.

La microfilosofía de la autoayuda con sus mensajes motivadores conforma un catecismo pijo, que se sigue con fe ciega, como todos los catecismos.

Y ciegos dejamos que el mundo gire a nuestras espaldas, a su aire, sin darnos bola, mientras volamos hacia nuestra aventura personal con alas de cera, cada vez más cerca del sol

 

Siete vidas

17 Mar

No creo que pueda existir un dolor más grande que el causado por la muerte de un hijo.

Una tragedia para la que nunca se está preparado al parecer inversa a las leyes de la naturaleza, al tratarse del ser que has creado para que te suceda, para que continúe prorrogando la memoria de tus genes y te haga seguir en el mundo, multiplicándote en sus propios hijos y los hijos de estos.

Sobrevivir a un hijo es admitir que, perdido un eslabón, la cadena se ha roto y preguntarse por qué cada día que recibes como un don envenenado de la existencia, como un castigo inexplicable de la fatalidad, en el que a la incredulidad a veces se suma la culpa. Una culpa, en ocasiones, tan vaga e imprecisa como esa marca del pecado original. Cruel destino es el del que muere en plena juventud, aunque ya dijo Byron que son ellos los más amados por los dioses, pero mucho más cruel el de los padres que soportan su vacío. O no.

Cuentan que la madre de Miguel, el niño malagueño de seis años que murió atropellado por una carroza en la cabalgata de Reyes, fue hallada muerta, pocos meses después en su casa.. En principio, se habló de suicidio, pero luego se dictaminó que su corazón, ya debilitado por una patología, no pudo resistir este golpe.

Me hago cargo de lo puede ser el vínculo con un cuerpo que ha sido tu propio cuerpo; el propio poder incuestionable de la sangre y luego de la costumbre; acostumbrarse a su voz, oír con emoción las primeras palabras que salen de su boca, guiarlo en sus primeros pasos, marcar en la pared a lápiz los centímetros que va creciendo, hacerse ilusiones con su futuro, para que luego ese futuro, sin más, se cierre en cualquier momento de un portazo.

Me hago cargo, aunque, ciertamente no sé lo que eso. Pero sí sé lo que es acoger a una criatura viva en sus primeros meses de vida; darle hogar, darle nombre, hacerla tuya y hacerse suya, aunque no haya sido materia de tu propio cuerpo.

Dirán que es un gato, sólo un gato, que es inmoral sufrir de esta manera por un animal con las atrocidades que padecen tantos seres humanos en el mundo.

Vivo en un mundo grande, de cuyas catástrofes me alimento a través de los periódicos, pero dentro de ese mundo grande, tengo otro mundo pequeñito y cercano donde hemos vivido mi gato y yo. Él me ha acompañado en los más desesperados momentos de soledad, me ha consolado de la tristeza, ha soportado mis malos humores y ha sido también muy feliz cuando yo he sido feliz. Me ha animado a escribir, ronroneando en mis piernas, cuando yo me debatía con la página en blanco y ha sido mi inspiración para los primeros relatos. “Fidelius” se llamaba en uno de ellos, porque la fidelidad es el rasgo principal de su carácter. Quien diga que los gatos son ariscos y traidores por naturaleza, no conoce a éste, precisamente. O no sabe, en general, cómo tratarlos, porque un gato tratado con cariño no tiene nada que envidiarle a los perritos más leales.

He sido inconsciente a las reglas que rigen la extensión de la vida de los animales, sin pensar que sus años pesaban más que los míos, que se estaba haciendo mayor a la edad en que los niños todavía son muy niños. Ahora me dicen que los gatos duran lo que duran y el mío ya ha durado suficiente. Con suerte, le quedan dos años, afirman.

Traigo locos a los veterinarios de la ciudad, dos años, en el mejor de los casos, son muy pocos. Quiero que viva tanto como pueda vivir yo, que por algo dirán que los gatos tienen siete vidas.

Sé que, a lo mejor, resulta ridículo decir; es que Horacio no es cualquier gato, es mi gato ¿lo comprende? Y, en eso, tampoco estoy sola. Hay también muchas personas en la clínica veterinaria, que pagan y hacen lo que sea por devolverle la salud a sus mascotas, aún si su caso es más que irremediable; si el animal está muy viejo o intoxicado o con muchos huesos quebrados por un atropello. Algunos esperan con notable ansiedad el resultado de los últimos análisis o de una complicada operación y a otros los veo salir completamente destrozados, después de firmar la autorización para la eutanasia o la incineración. Y dirán que esto es frívolo, desmedido, pero quizás se interprete también como sintomático. En un mundo tan agresivo y egoísta, los animales, aún intactos en su nobleza y lealtad,  saben darnos el amor precioso y preciso que tanta falta nos hace. Y cada uno de ellos, a su manera, sabe hacerse único. El tuyo también.

Anticipos de la primavera

10 Mar

Aún es invierno y, sin embargo, el 8 de marzo ha venido envuelto en un sol de primavera. 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, valga la redundancia, y se ven algunos brotes verdes ¿querrá decir algo este síntoma? Espero que sí.

Nos han hecho rebajas en las tiendas de lencería y nos han felicitado muchos hombres, elogiando la labor abnegada de las mujeres y denunciando el machismo al que hemos sido sometidas. Es curioso que ese mismo mensaje en su voz reciba tantos parabienes y tan pocos cuando somos nosotras las emisoras. El feminismo es hoy por hoy cosa de hombres, pues vale.

Si me preguntan, no voy a decir, como nunca lo he dicho, que mi vida ha sido condicionada por un sistema sexista. Una tiene su orgullo y le duele ser tenida como víctima, que es siempre condición humillante. Tampoco le entusiasma arremeter contra el hombre en general, si se para a pensar que el 90% de sus amigos son varones y que les debe el mayor apoyo en el peor de los momentos. A cambio, además, de nada. Sólo porque han querido creer en mí. Benditos amigos incondicionales a los que tanto les debo.

No digo que haya quedado exenta de sufrir el ataque de los típicos machos prepotentes, pero en ese ataque las mujeres machistas van también al 50%. El machismo, más allá de los sexos, es un desorden del mundo, difícil de desmontar, después de tantos siglos de tradición, y no atiende a cuestiones de género, desgraciadamente.

Podemos horrorizarnos con las barbaridades que padecen las mujeres del tercer mundo en regímenes abiertamente patriarcales; las violaciones, las ablaciones de clítoris, etc…, pero a las chicas del primer mundo, emancipadas, se supone, nos cuesta admitir un drama, tal vez más psíquico que físico, por no manifestar debilidad, que no se diga.

Yo recuerdo una de las últimas comparecencias públicas de la escritora, Ana María Matute.  Le pregunté si había sufrido machismo en su carrera literaria y lo negó categóricamente, aunque luego recordó aquel episodio por el que su primer marido le retiró la custodia de su hijo y rompió a llorar.

Matute hizo lo posible por disimular su talento ante su esposo, un escritor mediocre que sufría los éxitos de su mujer como una afrenta a su virilidad. Y no fue la única. También Elena Fortún padeció la misma pesadilla. Ambas se debatían por ocultar su propia brillantez por no ofender ni molestar.

En esa misma intervención mencionada de Matute, dijo la autora: “Los premios, ¿qué importancia tienen? Te los dan sólo porque no molestas”. Y aquel comentario me lo llevé a casa para rumiarlo a solas.

Con Matute, Elena Fortún y Gloria Fuertes formé un triumvirato. Resultaban simpáticas porque apostaron por el mundo infantil; un medio inocuo, inofensivo en el que podrían ser “perdonadas” por adscribirse a lo que se consideraba un género menor, sin pretensiones.

Sin embargo, tanto Matute como Fortún usaron ese género, no sólo para hacer una gran literatura, sino para burlar la censura, practicando una tremebunda crítica social.

En cuanto a Gloria Fuertes, no hay duda de que fue una de las más iluminadas poetas de la generación del medio siglo, dados precisamente esos versos que casi no se conocen de ella. Pero, como ella misma decía, hay que ser muy lista para hacerse la tonta. Y a ello se dedicó con una poesía chistosa para chiquillos, que sin duda tampoco carecía de mérito. Eso le valió para ganarse la vida, sin que se pusiera en tela de juicio sus actitudes transgresoras y sus tendencias sexuales, tan condenadas en la época que le tocó vivir. Fue rica sin apreciar el dinero que nunca gastó y querida por un mundo que, al primer despiste, hubiese estado dispuesto a condenarla. O sea, que lista como ella sola.

Pero no todas corrieron la misma suerte. Detrás de cada biografía de escritoras españolas que leo, y leo muchas, hallo un auténtico drama. Dramas novelados, a veces, como el de María de Zayas y Sotomayor, narradora del siglo XVII, llevado a las páginas por la maestría de Herminia Luque en un libro genial “Amar tanta belleza”, que nunca agradeceré lo suficiente.

Me toca y mucho la tragedia de las mujeres ocupadas sólo en el hogar, las que dan calidad de vida al marido y los hijos sin sueldo ni reconocimiento y también la de aquellas que concilian hogar y trabajo en la calle, pero, por razones personales, siento en mis carnes, esa inhóspita hostilidad hacia las mujeres de letras; las marisabidillas, las rebeldes, las ovejas negras de cada familia; esa clase a la que, por fatalidad genética, pertenezco.

El amor interesado

24 Feb

Aunque somos unos ilusos románticos, ya sospechábamos que los bancos nos querían por el interés, pero, por más que fuese el suyo un cariño fingido reconfortaba lo suyo, siendo que no nos pedían más a cambio que poner a su recaudo un dinerito.

Dirán que tener un dinerito es complicado, que cuesta el sudor de la frente, etc, pero siempre será más sencillo que conservar el misterio, alimentar la llama de la pasión, regalar al ser querido una sonrisa cada mañana, hacer de cada noche una experiencia inolvidable y todos esos malabarismos que exige el amor verdadero.

Digan lo que digan, el cariño cuando se basa en lo material es más estable e incondicional que el meramente espiritual. Para obtenerlo, antes bastaba sólo con domiciliar una nómina. Y siempre es más fácil tener una nómina que tener los ojos azules, unas medidas perfectas, una sonrisa hechicera y una personalidad arrolladora.

En teoría, más guapo o más feo, más magnético o menos, todo quisque puede tener una nómina y domiciliarla. Incluso recibir de cara el beso de la diosa Fortuna y ganar un premio de muchos ceros en alguno de esos sorteos millonarios de la ONCE o las variopintas Loterías. Con eso, sólo con eso, bastaba en otros tiempos para encontrar desplegada ante ti la alfombra roja de una sucursal bancaria, ovacionado por el mismo director o algún empleado que se ponía a tus pies como la propia alfombra. Igualito que ese José Luis López Vázquez que en aquella inolvidable escena de “Atraco a las tres” se presentaba a la clienta con besos en las manos y reverencias; “Fernando Galindo; un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”.

Pero, sabido es después de esta crisis, que, si bien, los bancos nos atracan más aún a fuerza de dudosos productos financieros, cuanto más suben sus intereses, más bajan en sus cuotas de cariño.

Antes, qué tiempos aquellos, ibas a hacer una transferencia y te ofrecían una silla confortable y delicadamente tapizada para encomendarle tu gestión a un aplicado profesional con maneras amables y solícitas, que te despedía, tras la operación, con un delicado apretón de manos, pero ahora, ay ahora, te vas a la cola inmisericorde de una ventanilla, como quien espera un cuarto de legumbres con la cartilla de racionamiento, para, después de 30 minutos de pie, hallar el gesto agriado de una oficinista que te increpa por no haber hecho tú mismo la transferencia por Internet.

-Oiga usted, señorita, es que yo no tengo Internet. Soy un alma sublime que huye de las frías tecnologías y busca el calor de las presencias físicas.

-Vale, eso se lo dirá usted a todas. Si quiere hacer poesía, váyase al Ateneo o a las tertulias del Pimpi. Esto es una sucursal bancaria.

Ay qué dolor, qué agonía, qué crisis existencial, ¿qué fue de ese banco amoroso para el que fui tantos años su estimado cliente? Ya no me quiere como antes, es decir, ya no me quiere ni como antesdeayer.

-Es que estamos recortando personal. Hágase cargo.

-¿Y dónde han ido esas personas recortadas?  ¿Al paro? ¿A la desesperación? ¿Al consumo de psicotropos? ¿Ubi sunt? ¿Y qué será de mi nonagenaria tía Felisa si le exigen hacer una transferencia con sus nulos conocimientos de informática y la artrosis entumecedora de sus manos? O tempora, o mores…

Ahora, definitivamente, comprendo la recuperación de esa costumbre ancestral por la que se guardaban los ahorros bajo el colchón y la calderilla en los calcetines. Aquellos abuelos sabios se las sabían todas; “no te fíes de nadie”.

¿Pero qué hay que hacer para recuperar el inapreciable cariño interesado que tanto nos alimenta? ¿Y si nos lo niegan también en esas últimas reservas espirituales que son las peluquerías y los restaurantes caros? Nunca excesivamente caros, porque el amor, incluido en sus cuentas desorbitadas, no tiene precio.

Sin embargo, ay, sin embargo, voy a un restaurante japonés carísimo y el resultado es el mismo.

No es que el camarero, que, en realidad, es chino como todo el resto del personal, carezca de los más exquisitos modales asiáticos, es que es el único que atiende a todas las mesas. También se ve que están recortando personal y él no es una criatura mitológica como el hecatónquiros. Pese a ser chino y eficiente, sólo tiene dos manos.

Así que después de cuarenta minutos me trae la cuenta. Un espacio suficiente para ir al baño y leerse el periódico de pe a pa. Ya sabemos que la comida japonesa es muy digestiva.

Dato positivo: la cuenta se ha abaratado con el recorte de personal. Tanto que podría venir a comer aquí todos los días, pero yo preferiría venir sólo una vez al año, que me clavasen, pero ser tratada como una reina. Ya lo dije, soy una romántica ilusa.

La crueldad

3 Feb

Resulta que es una profesión de éxito entre los jóvenes y muy bien remunerada. Se trata de montar vídeos llamativos y colgarlos en el ciberespacio como reclamo de millones de visitantes, ávidos de novedad y emociones y también jóvenes en su mayoría.

La competencia es máxima, así que en la búsqueda del contenido impactante, se pierden de vista los límites y los inhibidores prejuicios morales. Cómo no, si el objetivo es el dinero y la fama a corto plazo; valores mucho más estimulantes que los aburridos valores éticos. Como diría Mae West las chicas buenas van al cielo, las malas a todas partes. Y lo mismo vale para los chicos. Pues eso; premio para el más malote, para el más gamberro. Porque esto es lo que pueden ser esos vídeos; gamberradas muy crueles, valga la redundancia.

Con una de estas gamberradas, ya hay un chico que ha saltado al estrellato. La hazaña o como diría él “el reto” ha sido darle a un mendigo 20 euros y un paquete de galletas Oreo, rellenas de pasta dentífrica. Todo por su bien, ya que comenta ante la cámara, así el indigente se lavará los dientes; cosa que, seguramente, no hace muy a menudo.

Toma ya con el agudo chistecito y toma ya con los millones de personas que, dicen, le han reído el chistecito. A que extremos de estúpida crueldad, valga también la redundancia, no estaremos llegando cuando un vídeo así se hace viral, trending topic o como se diga.

O sea, no es nada difícil de comprender que a un descerebrado se le ocurran, como no puede ser menos, estas bromitas pesadas de pésimo gusto, lo que choca es que tantos descerebrados se rían con él y que esta situación haya tenido lugar, pues me pregunto ¿cómo se ha podido permitir que un vídeo así sea de consumo público?  Como escribió Javier Marías en su artículo del domingo pasado, se censuran obras de la literatura universal porque presuntamente incurren en xenofobia, machismo y etc…, pero este otro tipo de cosas que incitan, ya no digo al clasismo, sino a la más abierta crueldad, campan a sus anchas ¿qué es esto, sino un terrible fracaso social?

La crueldad. Desde luego no es un tema nuevo. Por desgracia, siempre estuvo presente en la naturaleza humana desde la más tierna infancia y la adolescencia. En todas las épocas de la historia ha habido Bullying, aunque no se llamase así y, en extensión a la edad adulta, humillaciones infligidas por los prepotentes a los más débiles o sensibles o simplemente a los diferentes. De esas actitudes dan fe muchos fragmentos de cuentos y novelas de Camilo José Cela y Ana María Matute, pero estos instintos primarios se veían frenados por los principios de una educación judeocristiana, que si bien podía imprimir en el carácter estigmas como el sentimiento de culpa o la baja autoestima, enseñaba valores como la piedad o la solidaridad tan tenazmente de jamás ser olvidados. La experiencia me ha hecho comprobar que, en el fondo de cada persona que es capaz de pedir perdón, de decir gracias o hacer un favor sin pedir nada a cambio, hay un niño con una educación religiosa. Tal vez un niño, que ahora es un adulto del todo agnóstico o  incluso ateo, pero enseñado a discernir entre el bien y el mal.

Hay otros modos de enseñar lo mismo desde una educación laica, pero, visto lo visto, está claro que no han funcionado. Y que no funcionarán sino van aparejados a esos altos niveles culturales que impelen a la bondad per se.  Un ateo instruido puede ser Voltaire, pero un ateo analfabeto es Robespierre en el mejor de los casos; una criatura destructiva y primaria sin la menor empatía. Un monstruo.

Espero, sin embargo, que haya alguna exageración en esta noticia, porque si hay millones de personas que se han reído de la burla que se le hace un mendigo, es que hay por ahí millones de monstruos. La aporofobia (o repugnancia hacia el mendigo) no es un fenómeno sin tradición. Si volvemos la vista atrás, recordaremos casos de asesinatos o desapariciones de indigentes, que nunca llegaron a esclarecerse, pero ahí quedaron en el anonimato, sin que nadie se atreviese a asignarse tal “hazaña”.

El caso es que acabo de leer una novela sobre dicha aporofobia, que el fenómeno ya tiene nombre, y que se acusa como síntoma del siglo XXI. Luego saltó a los medios esta noticia. Da que pensar y mucho.

Tiene que haber un modo limpio y cristalino de decirle a los jóvenes que el mayor triunfo vale todo el oro del mundo, pero llega poco a poco, después de invertir mucho esfuerzo en hacer algo hermoso por el bien común. Y así poder dormir cada noche con la conciencia tranquila.

 

 

El buen queso huele a pies

13 Ene

Había estudiado yo en Biología que el olor y el sabor son la misma cosa por no sé qué conexión entre el olfato y las papilas gustativas, pero hete aquí que los franceses contradicen, como siempre, las leyes naturales produciendo un queso que, aunque sabe a gloria, huele a demonios; concretamente a pies de los que huelen cuando se ponen a ello. Los buenos quesos franceses no nos evocan la infancia como la magdalena de Proust sino el calcetín intemporal; ese calcetín sudado que, después de recorrer toda la ruta de Santiago, llega a  la última etapa, heroico y austero sin consentir el lavado hasta llegar a su objetivo como la camisa de Isabel La Católica antes de la conquista de Granada. Ese calcetín en la zapatilla del adolescente en plena ebullición hormonal sin orear en su reconcentrado dormitorio. Y esa zapatilla misma del polizón ilegal que emana los efluvios propios de una crisis de pánico al pasar por el estrecho.

En fin, hay sudores de pies que están justificados y otros que no. Según el estudio de un psiquiatra de la Universidad de Michigan hay guarros de pies a posta que responden a un perfil psicopático preciso. O sea, se trata de misántropos, con una fobia social tan acusada, que utilizan sus pies como herramienta disuasoria para lograr que no se les acerque bicho viviente ni aun provisto de mascarilla. Claro está que también hay otros caracteres psicopáticos que se valen de las mismas estrategias a objeto de procurarse el perfecto aislamiento; los guarros de boca, los de axila y los de partes pudendas que son de lo más persuasivo a la hora de ahuyentar la proximidad física del prójimo. Sin embargo, ninguno es tan letal como el aquejado por el síndrome de pies pestilentes, conocido como “Pedis zorrunanculus” o “Pederabilis putrefactus”, quien provoca la estampida general en torno a sí con eficiencia infalible e inexorable, de modo que es el único que logra habitación privada en los viajes organizados y asiento doble en el autobús.

Muy bien, siendo su vocación la soledad, podría retirarse al monte como el anacoreta, pero, como además de guarro de pies, es bastante flojo, prefiere convertir en páramo las calles a su paso en vez de irse al páramo directamente. Como todo psicópata es bastante egocéntrico y disfruta dando por el saco. Eso dejó dicho el célebre psiquiatra de la Universidad de Michigan estando en la agonía antes de morir por asfixia, “pies para qué os quiero”.

Se entiende que era de Michigan y no francés, pues los franceses, de olfato exquisito y peculiar, pueden combinar en su pituitaria el hallazgo de las más refinadas fragancias en los perfumes con el del queso más pestilente en su mesa.

La primera vez que me alojé en París fue en el piso de calle Mozart de Marie Bonheur, glamurosa decoradora de interiores. De noche era un lugar aún más elegante por el efecto de las luces indirectas, pero, debido a sus gustos culinarios a la hora de la cena, olía intensamente a coles de Bruselas y a pies putrefactos, como huelen los buenos quesos franceses. Por fortuna, Madame Bonheur además de interiores tenía un balcón, donde reposaba largamente mi olfato a la intemperie de los bajo cero característicos en los inviernos de París, con lo cual contraje un mayúsculo resfriado que me hizo insensible a los malhadados efluvios de su cocina. Menos mal.

Otras veces en París me he alojado por mi cuenta y he probado la Bohemia. Cómo no, uno le echa un vistazo a los precios en los restaurantes y acaba comprándose una buena botella de vino y un queso en la tienda de algún argelino. Qué románticas son esas cenas bohemias en una buhardilla de Montmartre, avistando a lo lejos la torre Eiffel. Pero, oh, là, là, qué crueles las mañanas cuando el queso se ha adueñado de la atmósfera de cada rincón de la buhardilla. En estas circunstancias, se comprende el existencialismo de los existencialistas y el malditismo de los malditos. El ánimo se va a los pies, maldita sea, y dan ganas de tirarse por la ventana.

Yo sé que es una frivolidad hablar de quesos, con el agravante o no de que huelan a pies, dadas las cosas gravísimas que están sucediendo en el mundo, pero hay quien recomienda que, de vez en cuando, se hable de cosas cercanas. Y nada ha sido tan cercano para mí en los últimos días como cierto queso francés. Él ha sustentado mis noches y ha atormentado mis mañanas. En cierto modo, le debía este artículo.