El feminismo es cosa de hombres

19 Oct

Asistimos, se dice, a un momento en el que las novelas de orientación femenina ganan terreno a las históricas y las inspiradas en la Guerra Civil. Se constata, si se tiene en cuenta que el premio Planeta ha sido ganado por el escritor Santiago Posteguillo, con la novela “Yo, Julia”, que relata las vicisitudes de una mujer de origen humilde que progresará de modo fulgurante en un mundo de hombres inmersos en la lucha por el poder político y que piensan que el liderazgo sólo les pertenece a ellos. Hasta ahí bien, aunque, según se sigue comentando lo hará usando sabiamente sus armas de mujer (esperemos a leer la novela para opinar sobre este segundo punto, pues la expresión armas de mujer, abarca un amplio espectro y, así de entrada, me resulta algo inquietante).

También la finalista de dicho premio, Ayanta Barilli, lo ha sido con una novela de tintes feministas “Un mar violeta oscuro”; una historia de tres generaciones de mujeres de una misma familia, a las que una figura masculina aboca a la locura y, según el jurado, “demuestra la evolución de la imagen social de la mujer”.

Es notorio que tras las huelgas y pronunciamientos del 8 de marzo de nuestro 2018 aún en curso, se ha reavivado el tema de la mujer, desde el plano reivindicativo, como argumento literario, si bien no es sólo abordado por escritoras, sino también por escritores, por lo que se puede interpretar, en lo mejor, una sensibilización del sexo masculino hacia la discriminación de las féminas o bien, en una lectura sesgada, su propósito de no perderse tampoco este tren, que lleva a destinos tan favorables. El caso es que, cada vez más autores, se apuntan a cincelar tramas con personajes femeninos para denunciar micromachismos, ensalzar feminismos y etc, etc…y, con ellas, se apuntan tantos sin perder compás en esta carrera de fondo.

No es cuestión de citar nombres, vayamos a incitar polémicas innecesarias, pero basta con echarle un vistazo a novelas de última hornada para comprobar la vigencia del fenómeno. Los escritores se han lanzado a cultivar este género exitoso sin perder oportunidad de ocupar un espacio, digamos, golosillo. Dice uno de ellos, “Ahora que el movimiento feminista está encendido, la voz masculina es todavía más importante para que el feminismo no sea unidireccional. No es una buena estrategia dejar la voz sólo a las mujeres, la igualdad es una cuestión de todos”. Pues claro que sí, hay que repartir el pastel, y no consentir que en la lucha por los derechos de las mujeres participen sólo las mujeres. “La voz masculina es todavía más importante ahora”, cómo no. En fin, sólo espero que, a fin de cuentas, nos quede un hueco en el fomento de esta lucha que, por más matices que se objeten, es nuestra. Si el feminismo va a terminar siendo también cosa de hombres, poco o nada nos va a quedar. Imaginemos que una generación de escritores varones se cubran de honores por defender la causa feminista y que las escritoras feministas o sólo femeninas queden en el olvido hasta ser reivindicadas, tras la muerte, dentro de cien años. Lo peor de la historia es que se repite más que pepino en gazpacho.

Ahora mismo se apuesta por visibilizar el papel de las escritoras de la II República. Hay que decir que la cosa llega con cierto retraso ¿pasará igual con las autoras de hoy mismo?

Cuando presenté mi primer libro de relatos, “Sola en el Mundo” en 2012, advertí de que la literatura femenina estaba siendo invadida por los hombres y el asunto ha ido in crescendo.

Por hacer algo diferente, pasé de los relatos con voz femenina a los relatos con voz masculina y escribí “Masculino Singular”. Y he de decir una cosa importante al respecto. Cuando un hombre se traviste con voz de mujer en la narrativa, merece todos los respetos, pero si es al revés, prolifera el rechazo. Por el anuncio de la publicación de este volumen, me llegaron bastantes descalificaciones, de masculinos que ni siquiera lo habían leído ¿A qué temían? me pregunto, ¿por qué, si es tan loable que los hombres se metan en el terreno femenino, no nos podemos meter nosotras en el masculino?

Por fortuna, han sido muchas las mujeres que han disfrutado con este libro y también los hombres que se dignaron a leerlo sin prejuicios. Esos sí que me parecen verdaderos feministas.

Conozco, lamentablemente, casos muy contrarios en gentes de doble moral, que públicamente se declaran feministas, pero apuñalan a la mujer por la espalda a la primera ocasión. De cara a la galería, son paladines que protegen a la fémina si sobre ella hay violencia física, sobre todo. Eso es muy bonito; es como ofrecer su tutela a un animal menor, indefenso, pero otra cosa es mirarla de igual a igual, ahí que no se atreva.

Ay, ay ¿vamos a decir que este país es feminista cuando ningún partido se atreve a nombrar como líder a una mujer? Y si hubo pretendida alguna ¿cuántas fueron las bromas pesadas a costa de su supuesta falta de inteligencia, a su funesta ambición o incluso a su aspecto físico y su modo de vestir?

Hay fachadas (nunca mejor dicho) que ocultan incluso un retroceso en la valoración de las mujeres. Por alguna deficiencia de ese catecismo de igualdad propagado, los jóvenes no perciben que la equidad sea un hecho respetable. En los centros educativos se celebra a bombo y platillo el día contra la Violencia de Género, pero sin tomar medidas se acepta que un menor (un menor puede tener 17 años y estar muy musculado) agreda de palabra y de obra a una profesora. Por lo visto, eso no está etiquetado como violencia de género ¿y qué es entonces? Escritores feministas, aquí tenéis un tema, ¿por qué no tratáis este argumento?

No vais ya a salvar a aquellas que fueron asesinadas irreversiblemente, sobre todo, si de eso hace 30, 40 o 100 años, pero en este asunto queda mucho que hacer. Si sois feministas, atreveos.

Evitar el suicidio infantil

28 Sep

No hay nada más trágico, inexplicable e incongruente que la muerte de un niño. Es muy difícil digerir que una criatura pierda la vida, cuando apenas la ha comenzado a vivir y, más, a estas alturas de la civilización, en la que la Medicina ha evolucionado lo bastante como para evitar esos males que antes podían acabar con la existencia de los más pequeños casi de la noche a la mañana. En aquellos tiempos no tan remotos, un niño podía morir de una diarrea o un simple resfriado y madres que habían parido diez hijos- algo entonces también normal- al pasar de los años contaban ya sólo con tres. De hijos fallidos se llenaban los cementerios, donde en sus pequeñas lápidas, figuraba la imagen de un angelito. Alguno de ellos, que fallecieron antes de poder recibir la bendición celestial, eran bautizados ya difuntos para que hicieran su precipitado viaje en olor de cristiandad.

Como, por fortuna, esto ya no es frecuente, toda la sociedad se conmueve más hondamente cuando un niño muere, porque las razones, más allá de la muerte natural, son un vil asesinato o un accidente. Todavía nos impresiona recordar cómo Miguel, el niño malagueño de seis años, fue atropellado por una carroza de los Reyes Magos o cómo los pequeños, Ruth y José, fueron asesinados con alevosía por su propio padre, José Bretón. Desde entonces se han dado otros casos, pero no es cuestión de detenerse ahora en el análisis de hechos tan espeluznantes, porque el motivo de este artículo es ahondar en otra causa de mortandad infantil, que crece en cifras, y que es de todas la más alarmante. Si es incongruente que un niño muera por una enfermedad leve o un absurdo accidente, si es deleznable que lo haga a causa del trastorno mental de sus progenitores ¿cómo se puede calificar el que un menor acabe con su vida por propia iniciativa?

La cuestión es determinar qué factores exógenos, porque son exógenos, los que lo llevan a ello y lograr neutralizarlos, porque, de veras, creo que está en nuestras manos. Sin necesidad de ser un lince, cuando se habla de aumento de suicidio infantil, adivinamos las causas antes de leerlas; el Bullying y el rechazo de su aspecto físico.

Con respecto al Bullying no es una realidad nueva, siempre ha existido, aunque no tuviese nombre en inglés. Este fenómeno responde a las normas de clan primario que se establecen en los grupos de menores, desde el principio de los tiempos, de un modo animal. Como en toda manada, en estos grupos se erige un líder; no será el más ejemplar, ni el más inteligente, sino el más fuerte y esa fortaleza, sin remedio, va unida al ejercicio de la crueldad.

Los adultos, calmados por la madurez y trabajados por la experiencia, no podemos comprender qué tipo de fascinación ejerce el repetidor con su gorra calzada con visera hacia atrás y su chulería desafiante sobre el resto del grupo, por qué casi todas las chicas beben los vientos por él y los chicos lo admiran, lo jalean y buscan su amistad, pero ésas son las reglas de las comunidades primarias y si volvemos la vista a nuestra infancia, podremos evocar situaciones similares.

El líder necesita afianzar su poder continuamente, dando pruebas de su fortaleza para procurarse un nivel superior. Para ello busca víctimas que someter y humillar; piezas de caza que adornarán su currículum de trofeos. A ese objetivo cargará contra los niños débiles: los tímidos, los pasivos, los acomplejados…Su grupo de adeptos lo apoyará, unos por simpatía, otros por miedo a perder su favor, y la vida del perjudicado se convertirá en un infierno, pues, en cualquier caso, son muchos contra uno solo hasta que se localice el próximo.

Los síntomas del niño que padece Bullying son inequívocos. Pierde la autoestima, se aísla, se vuelve huraño y, si antes fue un alumno ejemplar, empieza a traer malas notas. Es imposible que pueda concentrarse en los estudios, al pensar en las vejaciones y palizas que le esperan al día siguiente. Lo más probable es que no le diga nada de lo ocurrido a sus padres, ni tampoco a los profesores. Vive su acoso con vergüenza y sentimiento de culpabilidad, pues cree que si una mayoría lo maltrata, debe ser porque se lo merece.

Los adultos no entendemos esta actitud, porque nos es imposible retrotraernos a la infancia para evocar cuáles eran nuestras condiciones de clan; las mismas, ajenas al mundo de los mayores.

Una profesora o profesor detecta el Bullying, pero si lo denuncia, suele fracasar. Lo más normal es que el propio alumno lo niegue, porque lo lleva como una vergüenza y porque teme la represalia de los acosadores. En el fondo, lo que más le gustaría es ganarse la simpatía del líder, pues es su única salvación, y ser el protegido del profe no es el mejor salvoconducto en este caso. Es más, si logra la aceptación del grupo salvaje, será el más cruel saboteador de la próxima víctima. Pero si no lo logra o le vencen los escrúpulos puede que, fatalmente, propicie su propio fin ¿quién aguanta semejante pesadilla, un día tras otro?

Para colmo de los males, en la vida de los menores se ha colado Instagram. Esto es una batalla desaforada por lograr el galardón a la suprema belleza inexcusable. Un chico o una chica se deprimen porque suben una foto y no reciben los suficientes likes. Piensan pronto en la cirugía estética, en teñirse el pelo, en el blanqueamiento de dientes, en el aumento de pecho…

En fin, no vamos a decir que la competitividad por la belleza no haya sido siempre motivo de traumas para niños y adolescentes, pero este invento, que es de adultos, ha agudizado el problema ¿Y qué pueden aconsejar los adultos a sus hijos si andan en la misma tontería?

Si padecen de la llamada “dismorfia snapchat”, o sea, que se hacen selfies con fotoshop para mejorar su imagen con miles de aplicaciones y luego, al contemplarse en el espejo, les da bajón y acuden a un cirujano estético para que los opere al estilo del fotoshop ¿pero qué chaladura es ésta? Los adultos nunca podrán comprender el mundo de los niños, pero su deber es ser un referente. Éste es el tema.

 

Necesito un hombro

21 Sep

La niña que se sienta frente a mí en el tren, en principio me produce cierta repelencia.

Lleva ajustada en la cabeza una diadema rosa con orejitas de gato, una sudadera del mismo color, donde se recrea la cara de Lisa Simpsons, y el resto de su vestuario y complementos; pantalón, mochila y zapatillas, de tono aproximado, son todos de las marcas carísimas que puede costear una visa oro. La niña, en fin, es también de marca genética con sus cabellos ondulados y rubios y sus ojitos azules, enmarcados en gafitas de color violeta, que, por tradición, se asocian a una raza superior. Parece, en fin, que lo tiene todo; todo lo que puede tener una niña mimadísima de ocho años.

Su madre, que se instala a su lado, tal vez también fue rubia alguna vez, pero ahora lo sigue siendo sólo por efecto del tinte; un tinte de peluquería carísima, evidentemente.

Luce la señora ese tipo de ropa exageradamente juvenil que llevan las madres muy maduras para disimular su edad; camiseta de manga corta con divertido estampado y pantalón rojo, que resalta bien su cuerpo silueteado por horas de gimnasio y dietas milagrosas, aunque sus cincuenta años, tan bien llevados, se sabe a simple vista que son cincuenta, por lo menos. La edad propicia para que décadas atrás esa hija suya fuese su nieta.

Al acomodarse en los asientos, lo primero que le pregunta la madre a su hija es si tiene cargada la batería de su Nintendo y sus otros cacharritos de recreo. Supone que no y resopla con resignada angustia, pues ella ya está absorta en la contemplación de su móvil y le conviene que la niña se entretenga y no moleste.

Cuca, la niña, resopla también, está harta de que su madre la tome por una inútil. Desde luego que ha cargado la batería, pero se aburre de los jueguitos enseguida, los deposita en la mesilla, y contempla melancólica como la velocidad del tren engulle polígonos industriales y pueblos y bosques. Mientras tanto, su madre se zambulle en las redes con su móvil; las fotos de instagram y las últimas noticias cruciales sobre la relación entre el Rey Felipe VI y la Reina Letizia; si hay zozobras en la pareja o, por el contrario, han cruzado miradas de tierna complicidad en tal o cual acto público. Otra cosa que le urge es saber cómo llevan la separación Kiko Matamoros y Makoke y qué nuevas vicisitudes asolan la vida de Teresa Campos, Terelu y la hija de Terelu.

Cuca, la niña de la sudadera rosa, se aburre mucho, le entra sueño y busca apoyo en el hombro de su madre. La cabeza de Cuca sobre su hombro le incomoda a la madre y protesta:

–Me haces daño. Mejor apóyate en la mochila.

Y, con desgana, coloca la mochila en su hombro para que descanse la hija.

–Ay, mamá, esta mochila está muy dura ¿tiene piedras?

Qué niña fastidiosa- piensa la madre- mientras saca de la mochila unas botellas de agua mineral. ¿Ahora está mejor?- le pregunta a Cuca.

No, a Cuca no le parece mejor. Lo tiene todo; ropa cara, cacharritos para jugar, pero ahora no necesita nada de eso: sólo el hombro de su madre y no lo tiene.

Con su padre hace tiempo que no puede contar. Hay otro hombre que duerme, despreocupado, en los asientos de la fila contigua; el nuevo novio de su madre, que es un tío rico y generoso, pero que está claro que Cuca le importa una higa.

–Tu hija es un coñazo, Cari, con todo lo que le regalo y nunca está contenta ¿pero qué querrá?

La madre le propone a la niña hacerse un selfie juntas y ella por un momento se ilusiona.

–Para que salgamos bien, mamá, tenemos que acercarnos más- dice Cuca.

-Quítate las gafas para salir guapa- responde la madre secamente.

–Pero, mamá, ¿estoy fea con las gafas? Si siempre las llevo, estoy siempre fea ¿verdad?

–No digas tonterías, Cuca- insiste la mujer- quítate las gafas ya.

A estas alturas, la llamo mujer, porque no sé si merece el apelativo de madre. Parir a un hijo no es suficiente para ser lo que no se es capaz de ser.

Por fin, la mujer hace el selfie y lo cuelga en las redes. Luego tecleará “Estoy de aventura en tren con mi hija queridísima. T.Q.M. (Te quiero mucho, Cuca)” y recibirá un montón de mensajes virtuales que la felicitarán por querer tanto a Cuca. Qué entrañable.

Luego vuelve la mujer a enfrascarse en el móvil, obviando del todo a Cuca.

–¿Queda mucho para llegar?- pregunta la niña cada cinco minutos.

–No, Cuca, ya estamos pasando por Córdoba- responde la mujer.

Cuca se impacienta. Saca de la mochila juguetitos de goma que aprieta con ansiedad; unos en forma de helado, otros de galleta. Es un tipo de tratamiento para niños hiperactivos que le han aconsejado los psicólogos carísimos que pagan su madre y el novio de su madre.

Mañana, lunes, Cuca irá al colegio y, en clase, procurará llamar esa atención que no recibe. Lo hará, tal vez, de modo insolente y descabellado, porque, cuando se requiere cariño en las situaciones desesperadas, se suele hacer del modo más torpe.

Habrá caos en el aula, pues no es sólo Cuca, sino también casi todo el resto de sus compañeros quienes viven el desapego de padres, que prolongan su vida de adolescentes más allá de los cuarenta, sin atender al papel que los hijos requieren. El profesor o profesora hará lo que pueda, poco, pues el requerimiento de atención es masivo y, si fallan, como es fatalidad, vendrán a quejarse los mismos padres desatentos.

Qué desazón y qué pena siento ahora por Cuca, que lo tiene todo; ropa de marca, juego electrónicos, psicólogos de pago y nada de eso necesita; sólo el hombro de su madre, un lugar donde sentirse apoyada y segura, y que, aún siendo gratis, se le niega.

Pobre niña rica, llena de soledad y de complejos. La peor manera de orfandad no es tener los padres muertos, sino tenerlos vivos pero ausentes.

Todos locos

27 Jul

Para ser normales, todos necesitamos estar un poco locos, según ese proverbio popular que asegura que a todo ser humano le conviene una pizca de vena poética y una miaja de locura, y los posteriores estudios psiquiátricos que lo verifican, pues, como ya sabemos, la sabiduría popular intuye mucho antes por la observación lo que la ciencia comprueba luego con sus sofisticados métodos y sus procesos arduos y minuciosos.

Pues bien, por lo hallado en estudios de prestigiosos investigadores como Gregorio Marañón y Vallejo Nájera, se confirma tal regla, “El desequilibrio psíquico, en límites moderados, es necesario al hombre que, en otro caso, sería un ente absurdo e improductivo”. O sea, que aquellos humores que conforman el carácter humano, enumerados por el médico Juan Huarte de San Juan; melancólico, colérico, flemático y sanguíneo, no han de estar dispuestos en medidas iguales, pues, al contrario de lo que hemos creído muchas veces, “el absoluto equilibrio psicofísico impide toda clase de reacciones sentimentales, intelectuales, volitivas e instintivas”.  Conclusión; un cuerdo absoluto es una especie de merluza congelada, que responde sólo a impulsos motrices muy básicos, cual una suerte de replicante soso, antipático e incluso peligroso y anormal en todo caso, porque la normalidad entre seres humanos parte de la premisa de la imperfección y la irregularidad, habida cuenta de que nuestras manos y pies no son simétricos y uno es siempre un poco mayor que otro, de ahí que, al comprar zapatos nuevos, uno nos apriete y otro no.

Pero si el grado de desequilibrio en el ser humano común es pequeño, en el artista se crece incluso hasta los más delirantes extremos, por lo que el psicoanalista vienés, Ernst Kris llegó a decir que” el estudioso del arte comparte  presumiblemente un tema común con el psiquiatra hasta el punto de que trabaja con materiales análogos”.

Antonio García Villarán ha dicho que el ensayo “Expresiones de la locura; el arte de los enfermos mentales” del alemán, Hans Prinzhorn, psiquiatra e historiador del arte, que recogía dibujos y pinturas de pacientes de manicomio, fue emulado por las vanguardias, hasta el punto de que autores como Max Ernst, Paul Klee, Kandinsky y Leonora Carrington copiaron sus técnicas ¿pero acaso no fue más bien que plagio un fenómeno de empatía?

Eso que se llama genialidad del autor reside en un diagnóstico de anormalidad endógena crónica, susceptible de desarrollarse aún más con el consumo de drogas y alcohol, tal y como se dio en Van Gogh y otros exponentes de la bohemia parisina; Toulouse-Lautrec, Utrillo y Modigliani.

Por fortuna, Picasso no necesitaba de tantas sustancias; carecía de inhibiciones y, por tanto, daba rienda suelta a sus impulsos estrafalarios sin pudor alguno. Una de sus mujeres, Françoise Gilot decía que el malagueño era cualquier cosa, menos racional. Se entiende que Picasso era un majarón, acuñado en la majaronería endógena malacitana, con la feliz habilidad de los pinceles. Sólo un majarón genial puede pintar el cubismo de Picasso y por eso sólo hay un Picasso. Eso no da margen alguno a discutir sobre los orígenes de Picasso. Su locura necesaria para el arte era majarona, o sea, malagueña, porque cada clase de locura, según el territorio que la da, tiene su denominación de origen. La lengua de cada pueblo nombra realidades parecidas, pero siempre con un sello propio, pues las diferentes disposiciones fonéticas, morfologías y gramáticas reflejan un mecanismo diverso en el pensar. No se trata de un capricho, sino de un asunto de personalidad.

No es lo mismo un fou francés que un pazzo italiano o un crazy inglés, aunque tengan características comunes; imaginación, originalidad y creatividad, pero según distintos matices. Cada loco tiene su modo de vivir y expresar su delirio. Tienen en común la excentricidad que es consecuencia de esa descompensación del carácter. Ser artista es una manera de ser que, como vemos, determina la genética. Hay grandes artesanos que aprenden con eficacia en talleres y conservatorios; técnicas de pintura, escritura y métodos de composición e interpretación, y ejecutan piezas virtuosas, que, sin embargo, carecen de esa chispa, de ese magnetismo del que están dotadas las obras del verdadero artista, aun siendo más imperfectas. Curiosamente, ese brillo, ese duende, ese nosequé se debe a una imperfección de carácter, perfectamente explicable por la ciencia. En definitiva, ser artista es una manera desgraciada de ser, que hace difíciles las relaciones afectivas y sociales, aunque lleve a excepcionales logros estéticos. El artista, al ser diferente, ni comprende ni es comprendido, lo que le lleva a la soledad. Y hasta que empieza a ser valorado, por lo general, demasiado tarde, es también tachado de improductivo e inútil.

Y, sin embargo, son artistas los que hacen posible la industria del ocio; el cine, los museos, los conciertos, las Ferias del Libro; todas esas actividades lúdicas sin las que el tiempo libre de las personas integradas, cumplidoras y ordenadas de carácter sería un devenir insulso de horas muertas. Yo me pregunto qué pasaría si estos inútiles hicieran huelga, se cruzasen de brazos y dejaran de producir siete de los siete días de la semana, que son la jornada natural de un artista. ¿Qué atracciones entonces ofrecería el turismo de las ciudades; la industria del ocio que genera millones?

Por fortuna para muchos, esto no sucede, porque los creadores están lo bastante locos como para seguir produciendo incluso sin ganancia.

Ése es el sino genético y desgraciado de los artistas; esos improductivos inútiles que, raramente, participan de los pingües beneficios de ser para el mundo material de primera necesidad. Esperemos que nunca nos falten.

¿Por qué está tan caro el pulpo?

13 Jul

Hace muchos años escribí un artículo sobre el pulpo. Eso marcó en mi vida un antes y después. Hasta aquel momento pensaba que nadie me leía, pues nadie me lo notificaba, así que, creyéndome ilegible, me relajé y me solté en los temas, sin esperar respuesta alguna, pero la hubo, vaya que si la hubo. Contra lo que se crea, uno no comprueba que es leído porque reciba cúmulos de elogios y parabienes, sino porque encuentra, sin preverlo, un montón de gente ofendida con serios propósitos de linchamiento. Eso pasó; el pulpo era una metáfora en mi artículo de un masculino que se dio por aludido de la peor forma y, junto a sus amigos, me la liaron parda. O sea, que descubrí que no eran pocos los que me leían en secreto, si bien no fue la mejor manera de enterarse.

Aquel artículo del pulpo marcó un segundo hito en mi carrera de columnista, el primero fue por un artículo sobre el culo de Antonio Banderas, que gustó mucho a su madre, quien lo celebró en un programa televisivo, lo cual fue una mención, sin duda, bastante honorífica.

A pesar de que aquel pulpo no fue acogido, en cambio, con benevolencia alguna, le tomé cariño al animal, pues más vale recibir respuestas airadas que no recibir ninguna y, a día de hoy, me sigue brindando satisfacciones.

Cada vez que escribo sobre pulpos, me acuerdo del primer pulpo, y se vuelve a liar; es un cefalópodo infalible en la prosa. Así que cuando leo sobre alguno, se me despierta un gran interés. Tal fue el caso del pulpo Paul que predijo las victorias de la Selección Española en la Eurocopa de 2008 y el Mundial de 2010 en Sudáfrica. Dicho cefalópodo que ya tiene página propia en Wikipedia, nació en el Sea Life de Weymouth al sur de Inglaterra, pero fue pronto trasladado a Oberhausen (Alemania) para entrenarlo en el vaticinio para el que resultó tan certero que despertó la admiración mundial, aunque también algunos enconos.

Por su querencia a los colores españoles, el periódico alemán Westfälische Rundschau acusó al pulpo de traición y el entonces presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, y la ministra de Medio Ambiente, Elena Espinosa, propusieron ponerle guardaespaldas para protegerlo de posibles represalias y se pidió su traslado al Zoo Aquarium de Madrid, cosa a la que se opusieron rotundamente en Oberhausen, pues era el animal más visitado del parque.

Contra el manifiesto del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, que denunciaba al cefalópodo de agente de la propiedad occidental y de la superstición, recibió muchas distinciones. Fue nombrado amigo predilecto del pueblo de Carballino en Orense por el alcalde, embajador internacional de la Copa Mundial de fútbol que quería organizar Inglaterra en 2018 y, a su muerte, se le erigió una estatua en el parque alemán, se le dedicó una calle en un pueblo de la Isla de Elba y un lugar en la web oficial de la Unión Europea de Asociaciones de fútbol por haberse ganado un espacio en el mundo del deporte. En la India, además, se puso de moda tener un pulpo como mascota y en China se estrenó un thriller, inspirado en la vida de Paul, que tuvo varias secuelas en el cine.

Teniendo en cuenta que Paul vivió menos de tres años, se puede decir que ningún humano ha podido superar su cuota de gloria. Y es que, cuando un pulpo se pone a ser estrella, deslumbra a todo el firmamento.

Un pulpo derrama mucha tinta, un pulpo toca la fibra como lo toca todo por todas partes, dirige el destino del mundo desde una urna de metacrilato y si dice de meterse en un texto lo llena de luz.

Elisabeth Mulder, escritora en torno a la Generación del 27, tiene cuantiosa prosa y poesía para merecer un bienaventurado lugar en las letras, aunque sólo le bastaría haber compuesto esos inolvidables versos al pulpo para ser objeto de mención: Una noche soñé que un pulpo me quería/ ¡Oh la indecible angustia de aquella aberración/ Nunca he sufrido tanto; cuando amaneció el día/ dijérase que había perdido la razón/.

¿Alguien ha visto a un pulpo acercársele quedo/ asqueroso y lascivo, monstruoso y feroz?/ Por primera vez supe qué es ser presa del miedo/ qué es hundirse en la sima de una demencia atroz/.

En versiones, como ésta, onírica e inquietante, o por el género de la loa, está claro que el pulpo nunca deja indiferente. Si no es porque se cruza en mis líneas un pulpo, habría creído que mi prosa era invisible, si no es porque Paul irrumpe en el fútbol mundial, no se montan tan apasionadas controversias.

Leo que el pulpo se está poniendo más caro que el caviar, que ya no se deja pescar como antes. El pulpo se cotiza, claro está; si puede ser hijo ilustre o embajador y tiene ya estatuas y calles a su nombre, normal es entonces que no se conforme con ser picadillo en pipirrana o cocido con papas a la gallega; ese pobre pulpo, que es el único animal que recibe una paliza después de muerto y al que yo, con todo cariño, dedico este panegírico. Paul, allá donde estés, recibe este homenaje; los que tanto gozamos con tus profecías, aliadas a los triunfos de La Roja, jamás te olvidaremos. Queremos un hijo tuyo.

Volver al papel

6 Jul

Queridos lectores, volved al papel; al pacífico, dócil y vegetal papel, que trae paz y descanso al alma. Volved, por vuestra salud, al periódico en papel y dejad de leer prensa en medios digitales, que, ya a primera hora del día, llenan de alarmas el espíritu y provocan estrés y zozobra, que no es la mejor disposición para empezar una jornada que luego, por fatalidad, acostumbra a complicarse progresivamente.

Pinchas el enlace de una de estas páginas de información y, sobre el temblor de los titulares borrosos, se impone un letrero que te pide que aceptes ciertas condiciones, que por la prisa y la letra pequeña no te apetece leer y dices que sí, que entendido, no sin cierta sensación de haberle empezado a vender el alma al diablo.

Otra cosa son las páginas pedigüeñas que, en uno u otros términos, solicitan contribución económica o suscripción, interponiéndose entre tu mirada y la información de interés, que se vuelve materia difusa .

Hay quien no baja al quiosco a comprar el periódico en papel por ahorrarse el euro, creyendo que va a leer gratis en digital, pero, como dijo aquel, lo barato sale caro.

Si empiezas a dar correos electrónicos, se te llena luego la bandeja de entrada de publicidades de esto y lo otro, y si das, más aún, tu número de cuenta corriente, ya empiezas a sentir el trote de los bandoleros que bajan desde el monte a asaltar tu diligencia. Ya no hace falta exponerse al peligro de los caminos, puedes ser asaltado sin salir de casa y en pijama.

Pero, en fin, pongamos que, a falta de males mayores, lees las noticias diáfanamente, aunque con unos márgenes parpadeantes de anuncios. Los obvias, pero ellos, tomando vida propia se acercan al ratón y, dándose por pinchados, ocupan toda la pantalla y te largan tal vez un spot con voces atronadoras, chistes malos y música horterísima, que en ese estado de laxitud, aún vecino del sueño reciente, te pone el alma en vilo, todavía más a los lectores natos, que somos amigos naturales del silencio.

Tras la estentórea interrupción, prosigues y tal vez te solazas en ese oasis de delicada estética que es una columna lúcida con su prosa rítmica y cuidadosa, pero los mercaderes insisten en poner a tiro toda su batería de tentaciones; hoteles lujosos y viajes a lugares paradisiacos donde el mar tiene ese turquesa cristalino- solo posible por el espejismo de fotoshop- y al panorama ideal añaden esa frase infalible, “te mereces unas vacaciones”.

No quieres verlo, no quieres leerlo, pero la frescura de la mañana es suplantada, al pasar las horas, por los calores feroces del mediodía y te empieza a apetecer tenderte a la sombra de ese virtual cocotero y mandar a freír gárgaras la celda monacal, donde has pasado el año, dándole a la tecla del ordenata, que ya respira incandescente a ritmo de terral.

Hechizado el dedo, sonámbulo, va en busca de las islas imposibles, de las aguas cristalinas y el cocotero. Con la pertinente carga de obnubilación, en nada se repara si el precio inicial ha crecido bastante al hacerlo efectivo, que suele ocurrir, porque antes de la atractiva cifra económica viene un “desde”, de tan pequeñito, apenas perceptible.

Te ofrece el sistema guardar el número de tu tarjeta para próximas operaciones. Empezaste la mañana, leyendo la prensa “gratis”, pero, a estas alturas, has dado tu dirección de correo electrónico, tu clave, tu número de cuenta corriente y el de la tarjeta de crédito.

Antes de que puedas percatarte, por ahorrarte un euro, te has embargado enterito hasta las cejas y, ya iniciado al comprar el primer producto, en cualquier lugar en el que intentes refugiarte por internet te seguirán ofertas de productos similares a la caza de ese momento frágil que te vuelva a hacer débil de voluntad.

Como estoy por no rendirme a la provocación consumista, se ponga como se ponga, incluso con rebajas “agresivas” de un nosémuchos por ciento, prueban a entrarme por el corazoncito, mostrándome solteros que hay en mi ciudad; todos con gesto afable, simpático, dispuestos a compartir mis aficiones y a mantener una relación estable. Si las caras me suenan familiares no es casualidad, pues ahora caigo que estos chicos son los mismos solteros que se me aparecieron en los anuncios hace cinco años. Y la verdad es que no se entiende, con lo monos que son todos, cómo no les ha salido novia aún y siguen todavía solos en la ciudad, porque además se conservan igual de jóvenes y pimpantes que hace un lustro, tan igual que hasta se diría que su foto es la misma de entonces. Debe ser verdad eso que dicen de que las mujeres se han vuelto la mar de exigentes; pobrecitos míos.

Hay cosas muy sencillas que uno no valora cuando las tiene y añora lo indecible cuando, por una impredecible razón, las pierde. Yo, ahora mismo, con esta lesión que me impide salir a la calle, echo mucho de menos ese gesto sencillo de llegarme al quiosco, comprarme un ejemplar de periódico en papel y hojearlo tranquilamente bajo la sombra de una palmera autóctona frente al mar; ese mar de todos los veranos, que no es turquesa transparente en la orilla, pero sí muy azul en el horizonte, donde he fiado todos mis sueños. Azul y azul, los pulsos de mi lengua/-hálito en mar azul-cantando sangran./

Qué indolente placer el de pasar las hojas con lectura pausada sin intrusión de avisos y advertencias, sin anuncios parpadeantes e invasores. Dichosa quietud la del papel vegetal que acoge pacífica la vista. Vosotros que podéis, disfrutadlo.

El bautizo de Nelson

23 Feb

-¿Sabes que Lina ha adoptado un negrito?- anuncia Pitita.

-¿Y cómo se llama?

-Pues mira, chica, no lo sé, pero es monísimo, se llame como se llame, y después de todo, qué más da, el nombre pronto será otro, pues Lina ha pensado en bautizarlo por el rito católico.

Ya me ha enseñado el traje, que es una verdadera cucada. Es más bien como de comunión, pues el nene tiene ya ocho años y no es cuestión de ponerlo en faldones de cristianar, ahora eso sí, irá de color blanco ceremonia. Figúrate, va a estar el niño hecho un primor, tan morenito él con ese traje tan blanco.

Yo no te creas, también he pensado en adoptar ahora que Nachito está tan mayor. Eso de adoptar niños exóticos es muy como de las celebrities. Ya lo han hecho Nicole Kidman, Madonna y Angelina Jolie. Es que el glamour es cien por cien compatible con la filantropía, no me digas.

A mí cuando veía en las revistas las fotos de Lady Di en esas aldeas lejanas del mundo, tan rodeada de niños necesitados de todas las razas, se me movía algo por dentro, como que me daban ganas de ponerme el traje del coronel Tapioca y darme a la aventura de la beneficencia.

Y si no lo he hecho, sólo ha sido porque soy muy alérgica a las picaduras de los insectos y, por esas latitudes, más que picar, muerden. Claro que adoptar es otra cosa, muy bonita también, aunque menos arriesgada y me sigue tentando, si no es porque luego pienso en lo mal que le han salido las adopciones a Isabel Pantoja y José Ortega Cano y me echó para atrás.

Imagínate con lo difícil que es educar a un hijo de tu sangre, qué será hacerlo si viene ya con otros genes; que la genética condiciona y sale por donde tenga que salir. Por no hablar de las rebeldías propias de adolescencia, que en cuestión de padres postizos se ponen más crudas todavía y da para mucho psicólogo, mucho psicoanalista y en fin de los enfines.

Pero bueno, espero que a Lina le vaya bien, por cierto, ¿te ha invitado ya al bautizo?

-Pues no…

-Claro, como tú no eres mucho de ir a misa, pero ya me encargo yo, donde caben 200, caben 201.

Vamos Pitita y yo a la ceremonia en la capilla particular de la casa de campo de Lina, perfumada de modo angelical por los adornos florales en blanco. El niño Nelson que pronto pasará a llamarse Borja tiene aún en sus ojos cándidos y melosos una sombra de extrañeza frente a todo lo que le rodea y lo envuelve como ese trajecito presuntuoso de almirante, pero pronto se adaptará e incluso llevará con soltura cada mañana el pantaloncito de cuadros escoceses y el jersey azul marino con el escudo bordado de colegio de pago y, con esa etiqueta de clase, se integrará en el medio y aprenderá a ser pijo y altivo.

Almorzamos los adultos en plan bufé en los salones, mientras los niños disfrutan de una fiesta con magos y payasos en el jardín y, al llegar a las copas, Lina nos propone un rato privado de fiesta para chicas.

Nos vamos todas a un sótano muy bien acondicionado con su barra y sus lucecitas de discoteca a esperar la sorpresa que Lina nos tiene preparada y, a la par que suena una musiquilla de la de Kim Basinger en Nueve semanas y media, se vislumbra entre penumbras la presencia de un joven en gabardina, que procede a despojarse de ésta y otras prendas, la verdad que con poquísima maña.

Pese a la torpeza del stripper amateur, las mujeres aúllan y aúllan, lo que al joven intimidado le hace perder del todo el poquísimo dominio que ya tenía del protocolo erótico y casi cae al suelo, después de tropezar con un bafle.

-Parad, chicas, parad- grita Pitita al coro de bacantes descontroladas- que yo conozco a este chaval. Es Carlangas, el amigo de Nachito.

Y dicho esto, Pitita se acerca al chico y lo amonesta:

-¿Pero qué haces, Carlangas, un chico de tu clase? ¿Es que te has vuelto loco?

El muchacho, azorado hasta las lágrimas, replica:

-Estoy haciendo prácticas en una empresa, pero como no me pagan, me he metido en esto para sacarme un dinerillo.

-Pero ¿por qué no se lo pides a tus padres?

-A mis padres les han subido mucho el alquiler de la clínica dental y, para colmo, cada vez hay menos clientes. Están al borde de la ruina.

-Ay, por Dios, cuánta desgracia, pero ven, ven conmigo y tómate algo para relajarte.

Carlangas, después de darle unos tragos al gintonic, mira a Pitita extasiado:

-Siempre he pensado que era usted la mujer ideal, desde que era un niño e iba a su casa a hacer los deberes con Nachito. Yo entonces ya soñaba…

-Calla, calla, si podrías ser mi hijo.

-Pero no lo soy- observa el chaval.

-Claro- conviene Pitita- ni siquiera eres mi hijo adoptivo. Menos mal…

Las solteras

17 Nov

Como pronto se celebrará el Día de la Violencia de Género, o mejor dicho, contra la Violencia de Género ( pues la ausencia de la preposición mueve a peligrosas confusiones) conviene que el término delictivo quede, al menos, claro, que no la etiqueta, pues de lo contrario tendremos ese tipo de guirigays lingüísticos que, en estos terrenos, hacen furor, dando pie a largas sesiones donde, básicamente, se pierde el tiempo y se deja la casa sin barrer.

No se trata, me parece, de matizar qué denominación es la más conveniente, porque eso se ve que, pese a ser una cuestión clara, no es diáfana, sino de que como, en lo básico, entendemos que abarcan los mismos contenidos, sepamos en lo posible, cuáles son estos.

Si nos vamos a la definición estándar del delito se trata de la violencia que ejerce un hombre sobre una mujer por el mero hecho de serlo, pero en lo institucional está suscrita a la que recibe una hembra de un varón si éste es su pareja o expareja. Ello omite los casos en los que una mujer es afectada por la violencia machista de un sujeto que ni es ni ha sido pareja ni cónyuge y que se dan también sin duda.

Digamos que todavía queda por ahí mucho cabestro que no se recata de envalentonarse en el trato con la fémina- sea cual fuese su relación con ella- llegando al grito y al gesto intimidatorio, cuando es mucho más comedido con sus congéneres. La mujer que trabaja, de cara al público, tiene más riesgo de recibir agresiones verbales que el hombre y aquí podríamos remitirnos a porcentajes. Será cosa de las conductas aprendidas, que difícilmente se desaprenden, o de que una complexión de mayor envergadura acobarda a la hora de meterse en tales harinas.

Aunque en este sector de riesgo entran también los varones que no responden al canon masculino atávico; o sea, que por apocados -o educados- que estas características se suelen a menudo confundir, no van por ahí enseñando los dientes y avasallando; ejemplares estos últimos que, por si acaso, son tratados con mayor delicadeza. Que las malas maneras sean premiadas y castigadas las decorosas dice muy poco a favor de que estemos en una sociedad civilizada.

Pongamos que para el agresivo patológico, raza muy propagada por desgracia, no hay una mayor atracción que encontrar un blanco fácil. Ése puede ser su mujer, su pareja o expareja o cualquiera que se lo ponga a tiro; basta con que sea sensible, vulnerable y no comparta su pésima educación.

Pues hasta hoy mismo se ha estimado que la víctima de la violencia de género es una mujer con marido o pareja, se ha dejado fuera del sector a las solteras, quienes, desde el principio de los tiempos, han sufrido violencia machista de todos los colores. Por no tener un esposo al lado que las defienda, por no haber cumplido con su natural destino y porque para eso están.

Desde “Doña Rosita, la soltera” a “La señorita de Trevelez”, la soltera ha sido en el imaginero social un personaje patético y grotesco, que está sujeto a toda clase de chascarrillos y bromas mordaces. O bien es una desvergonzada que vive de sus encantos o bien una solterona rancia rechazada por todos, escribe Antonio Albuera Guirnaldos en su crónica de la Málaga del siglo XIX. Las cosas no han cambiado tanto a día de hoy. Se podría comprender, a estas alturas, que una soltera es la mujer que elige un tipo de vida libremente, incluso para realizarse, pero no es así. La soltera en nuestro entorno social, en las familias, sigue valorándose como un miembro de categoría inferior, que ha de entregarse a los demás sin esperar a cambio ninguna gratitud. Ése es su cometido, si no,  haberse casado, qué caray. En México ya tenían estipuladas sus leyes internas para ello como vimos en “Como agua para chocolate”. Estas leyes también rigen ahora, aunque no tan explícitas.

Otra ley familiar que ya no se conserva, por fortuna, es la de que la mujer maltratada que huyese de casa, regresara al hogar, ­­– vuelve con tu marido, a él te debes–  aconsejaba la madre.

Ahora se llama violencia de género o machista, entonces ley de vida; obediencia, obligación marital. Resulta muy fuerte pensarlo; obligar a una mujer a volver con su maltratador es como obligar a una acosada a convivir con su acosador ¿lo permitirán las leyes?

Las solteras sufren también la violencia machista, sin embargo parece que a fuerza de ser ninguneadas, se han vuelto invisibles para las leyes y las instituciones ¿De verdad que nadie ha pensado en eso?

 

Acoso laboral; un asesinato pausado

27 Oct

 

El acoso laboral. Hace unos años se escribían amplios reportajes sobre este tema. Ahora, sin embargo, se nombra poco ¿por qué? ¿Es que ese delito ya no existe?

La respuesta es que sí, que existe más que nunca, pero, ante males mayores, casi nadie se atreve a denunciarlo. Esto es; conseguir un trabajo se ha convertido en una fortuna tan grande que no importa ya las condiciones en las que se haga, dando de entrada igual que los horarios sean abusivos y el sueldo mínimo o en algunos casos, ninguno.

La esclavitud es una pauta aceptada en la sociedad actual. Oyes a gente que padece una explotación sobrehumana -o, más bien, infrahumana- y te comentan; “No me puedo quejar a cómo andan las cosas. Otros están peor que yo”. El conformismo se ha instalado entre las masas de una forma inaudita ¿cómo hemos llegado a eso?

Pues bien, mientras nos hemos ocupado de asuntos más ruidosos, se han ido recortando hasta la mínima expresión los derechos de los trabajadores de un modo sigiloso. Se han decretado leyes de las que no estuvimos al corriente y han obrado sobre nosotros con la política aplastante de los hechos consumados. Antes de que nos amenace la muerte, las reformas laborales nos demuestran que no somos nadie.

El trabajo que era antes un derecho es ahora un privilegio, de modo que un maltrato del superior es una completa minucia. Hay que aguantarlo, cómo no, si no te vas a la calle. En una empresa privada el tema se maneja así, el despido disuade de cualquier protesta, pero tampoco en otros sectores presuntamente más seguros es sencillo reivindicar un trato mejor.

El acoso laboral es un delito tipificado en el código penal, un crimen cuya condena oscila entre un año y nueve meses a tres años de cárcel, además de una indemnización material que se exige del causante a la víctima. Poca pena me parece cuando quien lo comete arruina la vida de una persona hasta hacerla enfermar y en no tan pocos casos arrastrarla al suicidio. Los acosados, sometidos a toda clase de periódicas humillaciones y vejaciones, pierden la autoestima y se autoagreden de una u otra forma. Como se tipifica en estos casos, suelen ser personas autocríticas y perfeccionistas que acusan los golpes con mayor vulnerabilidad y se sienten culpables de ineficiencia, aunque no comprendan el motivo.

El acosador, en cambio, no se plantea nada. No tiene empatía. Disfruta de su situación de poder que le permite el placer de hacer daño a sus víctimas y sabe que lo tiene todo a su favor. De cualquier forma, sus presas caerán. Sea si se quedan en su institución, siempre amenazadas por la apertura de confusos expedientes o sea porque pidan una baja laboral. La baja laboral de un acosado requiere intervención psicológica y psiquiátrica. O sea, supone una medicación que, con sus contraindicaciones, puede dañar a los órganos internos y desatarle reacciones psicóticas que, en principio, no tenían. De esa manera, cada vez más trastornado, experimenta el rechazo social.

La agresividad vivida lo torna irascible y desconfía de todos. Así comienza a aislarse de su familia y sus amigos, que sin entender su mal lo tachan de obsesivo y le restan importancia. Como el aislamiento social agrava la depresión, en un último estadio de su enfermedad, se quitará la vida, lo que será interpretado como causa de un trastorno mental, por lo cual se desviará el verdadero origen del conflicto, y la víctima morirá en el cénit de su propio desprestigio .

Según estudios de especialistas, el acosador no se detendrá hasta lograr este objetivo e incluso podrá hacer un seguimiento de la víctima aun cuando cambie de lugar de trabajo y amplificar su espionaje al ámbito de su vida privada; se trata de conductas del todo irracionales, pero tengamos en cuenta que hablamos de perfiles psicóticos.

El acosador, pese a ser un profesional mediocre o precisamente por ello, es narcisista y megalómano y tiende a reafirmar su autoestima en la repetición de tal tipo de comportamientos. Siendo así, privará a su institución o empresa de trabajadores valiosos y multiplicará sus pérdidas materiales por las bajas laborales causadas y, a la postre, el pago de las multas.

El acoso laboral es un delito que nos perjudica a todos y, sin embargo, cuenta con muchos obstáculos para ser erradicado. Según las leyes vigentes, la prueba de mayor relevancia para “demostrar” un acoso laboral es la cantidad de años que lleve padeciéndolo la víctima y la gravedad de sus informes médicos. En tales circunstancias, pues en la duración del acoso se van prolongando males psicosomáticos como insomnio, desórdenes alimenticios, taquicardia, trastornos digestivos, toxicomanía, etc…, es probable que cuando el acosado reúna el tiempo de acoso requerido haya muerto ya. Hecha la ley, hecha la trampa.

Por nuestra parte, en cualquier caso, debemos desmontar el tabú en el que se envuelve este delito. No es posible que un acosado tenga que sentirse solo e incluso culpable como antiguamente las mujeres violadas o maltratadas por sus maridos. De modo que si detectamos algún caso, hemos de denunciarlo. Si no, estamos siendo cómplices de un delito, que algún día podremos sufrir también. Atención.

 

Fidelidad

20 Oct

Una escultura de José Vilches desaparece en Jerez de la Frontera, cuando iba a ser donada al Museo de Bellas Artes de Málaga. Se trata de otro de los misterios que envuelven a esta institución, en cuya historia, se han dado miles de intrigas y enigmas como si un sino la predispusiese a esta clase de oscuros accidentes.

Ya resulta digno de una trama fantasiosa el pensar que las obras que albergan ahora este museo, después de ser desalojadas del Palacio de los Condes de Buenavista,  permaneciesen embaladas y ocultas al público en un desván, durante casi dos décadas sin encontrar destino. Uno imagina que esas presencias, que hace vivas el talento de un artista, pasarían todos esos años dialogando como lo hicieron los personajes de los lienzos en la memorable obra teatral de Rafael Alberti, “Noche de guerra en el Museo del Prado”.

Esta última historia sobre el robo de “Fidelidad” de José Vilches es otro ingrediente que viene a ampliar la leyenda en torno al museo, como todos los robos de obras artísticas que crean en torno a sí una atmósfera cargada de tintes románticos.

Célebre fue el robo de la Gioconda en 1911, llevado a cabo por quien fue un simple vigilante del Museo del Louvre, un tal Vincenzo Peruggia, inmigrante italiano que, teniendo como principal encargo, proteger la obra de Leonardo, incluso instaló sobre el lienzo un cristal para protegerla del polvo.

Mucho debió divertirse este pobre empleado cuando la policía investigó como principales sospechosos al propio Pablo Picasso y a Guillaume Apollinaire a quien incluso hicieron pasar una semana en la cárcel.

Sobre las causas que llevaron al italiano a robar el cuadro, se hicieron muchas hipótesis como la patriótica, “quería devolver la obra a Italia”, la económica, “pretendía venderlo”, la pragmática, “era más sencillo robar ese cuadro que otro por sus pequeñas dimensiones” y la hedonista “disfrutar a solas de la obra maestra en su pequeño apartamento”; una locura que, sin embargo, puede ser factible, si se considera que el ladrón de arte tiene un perfil psicótico megalómano muy caprichoso. Pal Enger, el primero en robar “El grito” de Munch en 1994, era un bromista que se divirtió ocultando el cuadro entre los tableros del comedor de su casa, donde toda su familia merendaba, mientras la policía buscaba la obra por todo el país. Los segundos en hacerlo en 2004 eran simples delincuentes y, aunque su actuación a mano armada, contó con mayor organización, su actitud no fue menos delirante. Demuestra pocas luces quien cree que es fácil vender una obra tan famosa y de semejante valor.

¿Qué motivos serán esta vez los que han movido al robo de la escultura de Vilches? Un robo muy aparatoso, pues se trataba de un conjunto realizado en mármol y formado por una figura femenina con un perro, ambos a tamaño natural, que reposan sobre una urna funeraria, destinada al vinatero Julián Pemartín, que ahora se encontraba en el jardín de la casa familiar en las afueras de Jerez.

No hay duda de que el ladrón o es un sansón o ha contado con una camarilla de ayudantes forzudos y en extremo sigilosos. Ni tampoco del buen gusto de los delincuentes. La escultura funeraria realizada en 1844 por el imaginero malagueño, José Vilches, es de una gran belleza clasicista, que denota la larga estancia del artista en Roma, donde fue Director de la Academia Española de Bellas Artes.

La figura femenina, una alegoría de la “Fidelidad”, título de la obra, va acompañada de un perro de aguas que parece esperar aun el regreso de su dueño fallecido y en cierto modo, me recuerda al monumento a Liliana Crocciati que vi en el cementerio de La Recoleta de Buenos Aires. La chica también fue esculpida junto a su can, del que se cuenta una leyenda asombrosa. Por lo que se sabe, Liliana murió a los veintitantos años durante su luna de miel en Innsbruck  una noche en la que se le vino encima un alud de nieve que rompió la ventana de su dormitorio y, en el mismo instante, falleció su perro, Sabú, a 14.000 kilómetros en Buenos Aires, como si hubiera intuido la noticia y estuviese decidido a acompañar a su dueña también en el más allá.

No es que se trate de algo nuevo en la tradición. Los egipcios hacían momificar sus gatos para que reposasen junto a ellos por toda la eternidad y conocemos esa otra historia del perro Bobby de Edimburgo que, muerto su amo, lo acompañó en el cortejo fúnebre y vivió el resto de su vida, catorce años, en las inmediaciones del cementerio. También se sabe que sobre la tumba de María Zambrano hay camadas de gatos, descendientes de los que ella tanto quiso.

Si la traición es un comportamiento usual entre los humanos, sobre todo, en estos tiempos de enfrentamientos e individualismo, podremos comprender tristemente esta célebre frase de Diógenes, “Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro” (o a mi gato)