Cuerpos globalizados

22 Ago

Que el patrón de belleza depende del modelo económico que marca cada época es algo del todo constatable. Si observamos las elegidas en los concursos de belleza que ya se celebraban a finales del siglo XIX las encontraremos más bien orondas, se diría que tirando a rollizas y muy blancas de piel. Gordura y blancura eran síntomas de la buena posición de la señorita, pues denotaba que comía bien y que no trabajaba a pleno sol, y que el único oficio que se le iba a exigir, el de paridora, lo iba a desempeñar con desahogo. La belleza, asociada a la riqueza, era privilegio de esos pudientes que constituían la raza superior. Por eso cuando Rubens ha de pintar a las tres diosas más bellas del Olimpo o a las tres Gracias, emblemas del encanto femenino, no duda en dotarlas de toneladas de carnalidad y marcadas celulitis en el poderío de sus cuerpos desnudos.

Algún crítico actual podría decir del pintor barroco que estaba afectado por un defecto de visión o de quién sabe qué patología mental, pero nada de eso, pues el alemán se limitaba a plasmar el ideal generalizado, o sea, lo que gustaba a todo el mundo por aquellos tiempos. La pobreza era un asunto poco estético, ya que no se trataba sólo de que la falta de nutrientes diese delgadez a sus víctimas, sino que también las despojaba pronto de piezas dentales y en las labores del campo les arrugaba la piel hasta parecer ancianas a los treinta años.

Tuvo que llover mucho para que los costumbristas en pinturas y narraciones elogiasen los encantos de la mujer popular, juncal y morena. El contexto se prestaba a idealizar todo lo relacionado con la existencia de los humildes, que, según esta edulcoración, pese a su escasez de recursos y la crudeza de sus labores eran felices a su manera con su sencillo hedonismo, sus pasiones primarias y su facilidad para el cante, el baile y el toreo. Resultó que el asunto de las clases era cuestión de genética y, como orden natural, incuestionable; tanto sus ocupaciones, como sus aficiones y hasta su peso.

Que el patrón cambiase se debió también a los nuevos movimientos de la industria; el Prêt à porter, la influencia de las divas de cine y la necesidad de hacer de las playas rentables destinos turísticos inspiró deseos incluso en las aristócratas de ser juncales y morenas. Esto atrajo el negocio de la dietética, la liposucción y se extendieron entre las féminas enfermedades como anorexia y bulimia.

Con ese modelo creíamos que nos íbamos a quedar para siempre, pero salta a la vista en un paseíto por el mundo exterior que la obesidad de estilo Rubens está a la orden del día en playas y piscinas, donde es frecuente y, cada vez más, contemplar bellezas juveniles con más de ochenta y noventa quilos en el cuerpo. Sin embargo esta nueva tendencia al sobrepeso ya no es como antaño síntoma de prosperidad, pues muy bien al contrario se presenta mayormente en las clases bajas ¿cuál sería la explicación a tal fenómeno?

Pues, en fin, ni más ni menos que la comida basura que ha impuesto nuestro imperio globalizado con capital en Nueva York.  Cuando en nuestros primeros viajes a la ciudad de los rascacielos nos sorprendía ver como otra atracción pintoresca la cantidad de extra obesos que circulaban por sus calles, no podíamos sospechar que este panorama se hiciese habitual en las nuestras, mas, le voilà, la comida rápida (fast food) se ha instalado en nuestros hábitos de vida y hace estragos, sobre todo, entre  los sectores de menor poder adquisitivo, pues es muy barata y sacia deprisa, ya que su base es pura grasa y sus aditamentos salsas hipercalóricas con gran cantidad de azúcar, que incluso se usan para aliñar las ensaladas “listas para llevar” de los supermercados.

Esta comida rápida, no por casualidad llamada “comida basura” se ha colado en los hábitos alimenticios por las condiciones en las que se desarrollan unas jornadas laborales que dan poco hueco para el almuerzo.

Si pensamos, además, las distancias que puede haber en las grandes ciudades entre el lugar de trabajo y el  domicilio del trabajador, se perfila imposible que regrese a casa a prepararse la comida y que, cuando pueda hacerlo después de cumplir un largo horario y viajar no corto trayecto entre el caos del tráfico a hora punta, le queden sino las energías justas como para comerse una bolsa de patatas con sabor a bacon frente al televisor; comida basura y telebasura son grandes aliadas en las veladas nocturnas de muchos ciudadanos.

Los jóvenes que se incorporan al mercado laboral ya se dan por satisfechos con “esa gran suerte” y ni se plantean que el horario que cumplen sea coherente y racional. Con respecto a la comida ya hay generaciones que no han conocido sino el fast food, lo que se explica por la desaparición de una figura imprescindible para la calidad de vida: el ama de casa, que era quien pasaba toda una mañana entre la compra y la cocina para hacer guisos saludables.

Cambiado el modelo familiar y las pautas de los mercados laborales, muchos chicos todavía en edad escolar al regresar a su casa, se han habituado a encontrarla vacía, lo que implica el acto recurrente de sacar la pizza del congelador y meterla en el microondas.

Los buenos modales como la cocina se aprenden en casa, de modo que si ésta está vacía y las calles inundadas de fast food mal augurio se pronostica. Pues el oficio de ama de casa o amo de casa es necesario, por lo argumentado, para la buena salud de la sociedad, habría que volverlo a crear con categoría de remuneración y ofertar cursos de formación para desocupados. Alumnos no iban a faltar.

 

 

 

 

El siervo del diablo

19 Ago

El ser humano, como todo ser vivo, busca el equilibrio emotivo en la rutina.  El hombre feliz es el  hombre ocupado, decía Billy Wilder y quien dice el hombre, dice también el insecto o el ave. Una abeja sabe en cada momento de la jornada qué debe hacer y, según la estación y su rango en la colmena,  si ha de proveerse del polen de las flores o fabricar los panales y sabe también el pájaro el rumbo que ha de tomar su vuelo según el humor del sol.

Buscamos nosotros al igual que ellos una realización metódica de actividades diarias que dan sentido pleno a nuestra existencia y nos liberan de ese angustioso vacío en el que cae la mente cuando se carece de objetivos que cumplir en un horario determinado.

Aún así la zozobra para el humano, como ser pensante, puede llegar cuando se plantea el sentido que tienen estas actividades que realiza, así como la identidad de la criatura que le ordena realizar estos trabajos. Esto es, precisamente, lo que le ocurre al protagonista de “El siervo del diablo”, la novela de Daniel Clavero Toledo, publicada por editorial Atlantis con fecha del  pasado junio, cuando un sirviente que trabaja en una remota granja de Yorkshire descubre dos hechos que van a desestabilizar su mecánica condición de sumiso. Estos son que desconoce quién es su amo, su único acompañante en la granja, del que sólo intuye una vaga presencia y el otro, el más desasosegante, que ni siquiera sabe quién es él mismo, pues ha llegado a tal grado de alienación que ni aun es dueño del control de sus movimientos.

Tal coyuntura podría plantear muchas lecturas, entre ellas cuál es la posición real del individuo en estos principios del siglo XXI, donde se vive una paradójica esclavitud en un régimen de aparente libertad. Cada uno de nosotros es la pieza del engranaje de una máquina gigantesca que es manipulada por un Gran Hermano del que nada sabemos, pero que todo lo sabe de nosotros. Esto es lo que anunció George Orwell en su distopía “1984” y Woody Allen, sacándole su jugo humorístico,  en “El dormilón”, por tanto la novedad que presenta Clavero  no es nada menos que la actualización de la profecía; el futuro ya ha llegado toda vez que se ha perpetrado de un modo silencioso aquella tercera guerra mundial de la que tanto se habló. La victoria de los triunfadores se ha proclamado sin previo derramamiento de sangre, de manera del todo pacífica.

Las inteligencias artificiales se han colado en nuestras vidas de forma amistosa por medio de aparatos como ordenadores y teléfonos móviles a los que nos han ido desarrollando una adicción emotiva y, por tanto, irracional. Si a esto se une que realizamos, como es impositivo, todas nuestras operaciones administrativas y financieras por internet, resulta que filtramos al espacio virtual todo lo que somos, todo lo que tenemos e incluso todo lo que sentimos, pues de esta zona se encargan las redes sociales. Estamos dejando de tener secretos y, al hacernos completamente públicos, nos volvemos del todo vulnerables.

A día de hoy el imperio global es un gran mercado que hace de cada uno de sus súbditos no sólo un siervo, sino más que nada un cliente.  Esta gran industria, donde no faltan los equipos de psicólogos más cualificados, estudia los perfiles de cada usuario, sus búsquedas de navegación y con sus cookies les va brindando con anuncios invasivos los productos que más les pueden tentar, pero no sólo eso, ya que pueden ir modelando el gusto de estos usuarios hacia otras apetencias cada vez más prohibitivas, que habrán de parecer asequibles gracias a las financiaciones y préstamos bancarios, que son la definitiva cadena que terminará de hacer esclavo al ciudadano medio. Hay otros, por supuesto, que por falta de papeles, ya lo son desde el  principio.

¿Pero qué pasa cuando alguno de estos nuevos esclavos advierte su condición y comienza a rebelarse?

La misma industria global creará una campaña para calmar estos impulsos con sus folletos publicitarios. Estos consisten en manuales de autoayuda que adocenan con sus consignas a los posibles subversivos. Son catecismos de la felicidad que domestican a la comunidad para soterrar como una vergüenza el sufrimiento e impulsan a que el usuario muestre dicha en todo momento por considerar la tristeza como una lacra.

Aprendida la lección, el usuario, el cliente, lo que somos cada uno, muestra su mejor cara y se declara feliz, escribe frases motivadoras o las cita y hace propaganda del partido que le saca a su vida por jodido que esté.

El mercado mundial se felicita. Si el común de los mortales son tan felices es porque el mundo que han fabricado es el mejor de los mundos.

Pero resulta que, sin previsión, en una granja de Yorkshire, un hombre (¿es todavía un hombre?) se mira al espejo y no se reconoce y empieza a pensar y, por tanto, a dudar… ¿Qué ha pasado? ¿Habrá sido un fallo en el sistema?

Como toda buena novela “El Siervo del diablo” tiene muchas lecturas y cada una de estas lecturas presenta una nueva novela ¿cuál es la tuya?

El gazpacho

15 Ago

El gazpacho es la sangre de Andalucía, la savia que ha levantado las tierras del sur en las tórridas jornadas estivales de la siega. El que los jornaleros hubiesen de afrontar trabajos tan esforzados con el solo alimento de receta tan ligera, mezcla de vegetales, agua, vinagre y aceite con sopas de pan duro, ha suscitado teorías tanto sociológicas como étnicas, de muy diversos tonos:

Para Ricardo León la frugalidad de los labradores andaluces era un concepto estético, heredado de la cultura griega:

“En el hombre del Norte vive aún el bárbaro carnicero y voraz, dado a la embriaguez y al placer físico, a las bebidas ásperas y fuertes. En cambio, al labrador andaluz le bastan un plato de legumbres, una fuente de gazpacho y unas hortalizas para nutrir su cuerpo enjuto y ligero”.

Sin embargo, Ortega y Gasset opinaba que el campesino de estas latitudes que tenía la suerte de vivir en una tierra ubérrima que, con poco esfuerzo, daba abundantes frutos, necesitaba como ella muy poco, aparte del benévolo clima, para mantenerse y con ello se conformaba, pues el comer más, le requeriría mayor esfuerzo. De modo que si comía poco era por pura pereza, como afirma en el párrafo siguiente:

“En cuanto a la alimentación, la sensiblería socialista nos ha hecho notar innumerables veces que el gañán del campo andaluz no come apenas y está atenido a una simple dieta de gazpacho. El hecho es cierto y, sin embargo, la observación falsa porque es incompleta. Sería más verídica si añadiese que en Andalucía come poco y mal todo el mundo, no sólo el pobre. La cocina andaluza es la más tosca, primitiva y escasa de toda la península. Un jornalero de Azpeitia come más y mejor que un ricacho de Córdoba o Jaén. Hasta en esto imita el andaluz al vegetal: se alimenta sin comer, vive de la pura inmersión en tierra y cielo”.

Y, pese a la seguridad con la que siempre se expresa el filósofo, sólo atina en un punto: es decir, cierto es que, en Andalucía, el gazpacho está presente tanto en el hogar del rico como en el del pobre, pero lo que para unos fue un entrante, ha sido durante muchos años para otros su plato principal.  Certificaba lo dicho, el padre Francisco Muñoz y Pabón, un escritor costumbrista de los muchos que dio Andalucía a principios del siglo XX, que describe un día de siega por esos campos sevillanos:

“El escaso vapor de aquella tierra, más que caliente, calcinada ya, si la refracción de los rayos solares contra las secas mieses, formaba como una zona de cristal líquido, movible y tembloroso sobre aquel mar de espigas quietas y estáticas (…)

Sin más cobijo que grasiento sombrero, que agobia más que alivia, y sin otro refrigerio que un trago de agua, a la temperatura de la ardiente boca, se encorvaban sudorosos y jadeantes, al sol la tostada espalda y la empapada frente hacia el caliente suelo , con la hoz en la diestra, y en la siniestra la empezada gavilla”.

La introducción de un personaje benefactor, la señorita Flor, sobrina del amo del cortijo, aliviará el tono del relato, pues se le ocurre refrescar el agua del gazpacho, pitanza única de los gañanes, poniéndola a la sombra en cántaros de Lebrija, que ellos reciben como ambrosía:

“¡Y con qué poca cosa, decíamos, se contentan los pobres! Dígolo porque ni las ostras del Lago Lucrino de que habla Horacio, ni el rodaballo de los mares de Oriente (…) ni la gallina cebada en África habrían de haber sabido a aquellos segadores, achicharrados por el sol de Junio como aquel bodrio infame de mendrugos de pan, pedazos de tomates y de pimientos, rodajas de pepino y lamparones de aceite, nadando en un mar de agua con sal y vinagre, con aroma de tomillos y estimulante picor de ajos, pero fresca ¡mu fresca!”.

Recreo, condumio y ceremonia era para el labrador andaluz el gazpacho de la siesta y, por supuesto, plato único, cuya preparación ritual y provecho es descrita de un modo  muy moroso y amoroso en la novela, “El gusano de luz”, de Salvador Rueda, autor nacido en Benaque y, por tanto, hijo del campo, que llevó los colores y sabores de la tierra a todos los géneros literarios.

Nos podemos imaginar a esos dos robustos hombres que portean el enorme lebrillo, lleno de agua hasta los topes, y lo colocan sobre una mesa en torno a la cual es prieto el corro de gente armada de cuchara, que a cada embate del cubierto en el líquido manjar, produce en la vasija bulliciosa marejada, que se aligera pronto de sopas de pan “y conduce las restantes entre chispas de pepino, pequeños trozos de pimiento y alguna tajada de tomate”. Y así hasta que en el fondo del lebrillo no queda más que líquido suficiente para echar la cola, aliño de las zurrapas del gazpacho con un poco de aceite, que con una sopa de pan pinchada en una navaja rebañará el campesino y, con el tiempo será la base de la porra archidonesa o antequerana y el salmorejo cordobés.

Y dicho lo dicho, sin quitar lo mucho que podríamos decir aún, yo reclamo alguna condecoración para el gazpacho, ahora que la paella tiene su día internacional y es, por excelencia, el plato español, según los visitantes extranjeros.

Bien es verdad que fue el malagueño Juan José Relosillas, quien en su libro “Platos fiambres” le dedicó en 1883 todo un capítulo en el que la llamaba “resumen de todas las ciencias comestibles” y describía como la única cordura común de la  gastronomía española, pues aporta al cerebro el fósforo del pescado, a los músculos la fibrina de sus carnes, hierro a la sangre, cal a los huesos y etc, etc…

Sin embargo, el criterio de Relosillas es subjetivo, si tenemos en cuenta que su mejor amigo era el pintor valenciano Bernardo Ferrándiz, quien en su majestuosa finca de Barcenillas preparaba de su propia mano paellas donde no faltaba un detalle de la tierra o del mar, pero esto, díganme si no, es la excepción y no la norma.

La paella es a España lo que la pizza a Italia, ese guiso que en cada casa de vecino significa poner sobre una base barata (si ellos la harina, nosotros el arroz) las sobras que queden en la nevera. De ahí la popularidad y el fomento.

Para bien y más bien para mal, todo cambia y si nos referimos al cambio climático, el gazpacho acabará siendo el plato más internacional del mundo entero (con tanto calor, no podrá tomarse otra cosa). La buena noticia es que aquella belleza juncal con cinturillas de avispa que tanto comparecía por las calles y la literatura costumbrista volverá a estar de moda. Sin remisión, viva el gazpacho.

Licencia de armas

8 Ago

El futuro no era un arma cargada de poesía, como dijo Gabriel Celaya, ni tampoco una espada láser de Star Wars. El arma del futuro resultó ser un patinete eléctrico o muchos patinetes eléctricos que atropellaban a los peatones por doquier ¿Cómo es esto? A ningún distópico con la cantidad de distópicos que ha habido y habrá, se le ha ocurrido este masivo ataque de los patinetes locos o, mejor dicho, de los locos que van en patinete, porque los patinetes, digámoslo pronto y claro, no tienen la culpa en sí mismos, la culpa es del majarón que lo conduzca a su manera y ya sabemos que en manos de un majarón todo se convierte en arma, también un patinete eléctrico. Si esto es así, porque así es, ¿qué sería si, además de patinetes, fueran accesibles las armas de fuego para estas mentes privilegiadas?

La respuesta está en las páginas de sucesos que nos llegan de EE.UU. Un majarón de 21 años llamado Patrick Wood Crusius, que vive huraño y cohibido con sus abuelos, decide romper su hucha para comprarse un rifle de asalto y hacer mucho ruido con alguna “hazaña” siniestra y, en estas, se le ocurre por ejemplo irse a El Paso a matar mexicanos, “cuantos más mexicanos mejor”. La coartada “ideológica” para sus crímenes serán las teorías mal digeridas de un pensador, que junto a las políticas anti-inmigración de Trump, le llevan a autoerigirse en garante de la supremacía de la raza blanca sobre la invasión de las etnias inferiores y tal y cual, pero en la motivación de sus delirios magnicidas juegan la baza principal otros sentimientos o, mejor dicho, resentimientos.

Crusius ha sido el niño rarito de la clase. Feíto y aislado por su falta de habilidades sociales nunca ha ligado con las chicas y los compañeros lo llamaban “tontolín”, así que se ha pasado su corta vida pegado al ordenador proyectando una venganza; contra sus propios genes, contra el mundo entero ¿hay algo más peligroso que un acomplejado? Los acomplejados han teñido de sangre las páginas de nuestra historia; Napoleón, Hitler, etc…

El complejo es algo que se traduce en agresividad si no se automedica con sentido del humor, el más alto de los sentidos. Cuando a Woody Allen le preguntaban si no se complacía de ser un genio, respondía con su clásico tartamudeo:” Pero qué va, yo lo que hubiese querido ser es alto, guapo y rubio y con los ojos azules.”

Pero si el humor se prohíbe y, en cambio, se permite la venta de armas, esto es lo que nos aguarda: 20 muertos y 26 heridos se cuentan en el tiroteo indiscriminado del supermercado Walmart de El Paso.

Se trata de una fórmula que ya tiene precedentes y provocará secuelas. Crusius no ha sido original ni lo serán los que sigan su ejemplo. El fin es llegar a los medios, andar en la boca de todo el mundo;  esa clase de enfermedad que está en alza ¿qué hacer ante ello? Se pueden impartir y difundir patrones de conductas morales, pero como no hay constancia de que ese tipo de catequesis den resultado, lo más efectivo es coartar la licencia de armas. Si Crusius o cualquier chalado semejante no puede comprar arma letal no hace lo que hace ¿me explico?

Dicen que los seres humanos están hoy día más violentos que nunca y, sin embargo, al menos en nuestro país los delitos sangrientos son mucho menores que en otras épocas pasadas. Ahora, por ejemplo, si escribes un artículo que levanta enconos en ciertos sectores, te pueden llegar insultos por las redes sociales, pero ahí se quedan. Ya no es como a finales del siglo XIX, cuando en las redacciones de los periódicos había un cuarto destinado a las clases de esgrima para que los articulistas pudiesen defenderse, llegado el momento, de los enconados lectores. No contentos con ello, algunos llevaban un arma en el interior de la chaqueta, lo que en circunstancias ocasionales les traía la desgracia como al periodista malagueño Peláez, que protagonizó un caso muy sonado y controvertido.

-La razón la tendría usted- decían hasta sus más afines- pero se le tuerce si llevaba ya el arma en su chaqueta.

Y quien dice un revólver, dice también una faca o una cachicuerna, que en momentos fogosos ponía la última palabra. Era uso de muchos y ya no lo es, en algo hemos adelantado. Así que no, que nada de retroceder y volver a las armas, por más que haya políticos que lo aconsejen.

Mire usted, señor como se llame, armas no, pero leyes cuantas sean necesarias, leyes que se cumplan y que sin letra pequeña penalicen en lo proporcional a los agresores. Lo demás es favorecer a los matones, al estado de excepción y a la nueva gloria de Sierra Morena. Y a estas alturas de la historia ni estamos ni queremos estar para esos trotes; cuando calla el diálogo y se abre paso el lenguaje de las pistolas. Imagínese si las pistolas de cañones recortados se pudiesen alquilar con tanta facilidad como los patinetes eléctricos ¿dónde íbamos a parar los peatones pacíficos? Entre unas y otras cosas habríamos de inaugurar de nuevo el Valle de los Caídos: Los caídos por accidentadas aceras sin restaurar, los caídos por distracción de vista en las obras públicas y los caídos por atropello de patinete: muchos caídos son esos.

Si usted quiere sanear la raza hispana, no ponga armas en sus manos, sino pastillas de calcio, fósforo y magnesio. Esto les dará fuerza nueva.

Los negros

2 Ago

Los negros han tenido vidas oscuras. La Historia nunca ha escrito sus nombres en letras de oro, porque sus nombres están envueltos en sombras. No tienen épica los negros, sino sólo en todo caso leyendas negras que los hacen del todo intercambiables, hermanados en un consustancial anonimato.

Hay que admitir, sin embargo, que dentro del negro hay matices y, como diría George Orwell, hay negros más negros que otros. Un negro que no lo fue tanto podría ser Alejandro Sawa, pues era como personaje mucho menos oscuro que sus compañeros y  vox populi su “colaboración” con Rubén Darío.

Quedó el poeta nicaragüense en darle una cantidad en metálico al bohemio sevillano a cuenta del adelanto de la edición de su obra a cambio de presentarle en París a Verlaine -el  maestro liróforo celeste- y tal vez porque aquella” gloria” quedó para el fauno como una “merde” (sic), el autor de Sonatina  rebajó la oferta inicial al pago de unos articulitos que el futuro “Max se estrella” daría a Darío para que los firmase a su nombre en el periódico “La Nación” de Buenos Aires por una calderilla que, según puede deducirse, cobraría en negro del negrero Rubén aquel desdichado poeta, cuya biografía póstuma “Iluminaciones en la sombra” tuvo muchísimo más de sombras que de luz si se considera que murió “ciego, loco y furioso”.

De entre los negros conocidos, porque la mayoría no se conocen, mi favorito  es Pelayo del Castillo, quien a pesar de su nombre tan a propósito para la fama, quedó en el anonimato de aquellos finales del XIX.

Si Manuel Machado dijo de Alejandro Sawa, “Nadie tan nacido para el placer fue tan derecho al dolor”, de Pelayo del Castillo podría haber dicho “Nadie tan destinado a la fama fue a parar al anonimato”, porque el autor valenciano, además de nombre y apellido sonoros, tenía talento, ingenio y facilidad prolífica para escribir y, si no hubiese sido porque las contrariedades y pesares que le sobrevinieron en sus primeros años en Madrid lo hacen refugiarse en el alcohol, tal vez no habría sido explotado por colegas desaprensivos. Y digo sólo tal vez porque parece que hay personas muy valiosas, pero con debilidad de carácter, que están predestinadas a servir de felpudo a arribistas de tan altísima autoestima como bajísimas capacidades.

Un ricachón de esta clase y de aquel tiempo, Camprodón, le encargó a Pelayo la traducción de una comedia francesa que estrenó a su nombre, dedicándosela a una marquesa , que dio al ingenio del negro unos versitos, que circularon profusamente por los cafés de la Corte:  “Si la comedia es francesa/ y los versos míos son/ ¿qué dedica Camprodón/ a la señora marquesa?/.

Y, sin embargo, no fue Camprodón el tirano más temible para Pelayo, pues luego conoció a Pastorfido; uno de tantos escritores bohemios que se dedicaban a fantasear sobre lo que proyectaban escribir y nunca escribirían, alimentando sus quimeras ante dos vasos sobre la mesa de un café; uno pequeño con agua y otro muy grande con aguardiente.

Pues bien, Pastorfido, que conocía las necesidades perentorias de Del Castillo lo alojó en su casa para que le escribiese comedias a cambio del techo y la comida. Por supuesto, el día que no le escribía algunas escenas el raptor lo dejaba sin comer.

Estos hechos que son reales se convierten en ficción un siglo después en la novela de José Ángel Mañas, “Soy un escritor frustrado”, cuya trama plantea cómo un profesor de literatura con un gran deseo de escribir pero sin inspiración para ello tiene secuestrada en su casa a una alumna a objeto de apropiarse de la autoría de una novela que ella le ha dado para revisar.

No recuerdo si en el desenlace la alumna logra liberarse o no. En cuanto a Pelayo consiguió escapar de la casa de Pastorfido y triunfó con un título de comedia ya reconocido como suyo “El que nace para ochavo”. No obstante, ya que como buen bohemio era muy mal administrador, gastó todas las ganancias de la recaudación en excesos y enfermo terminal de tuberculosis fue por su propio pie a morir de caridad en el hospital civil. Al fin y al cabo, se consideraba afortunado pues si no hubiera estado tan perjudicado- decía- habría muerto en la calle de hambre y de frío, pero al encontrarse casi en la agonía iba a acabar sus días en una cama, bien cuidado y bien asistido. Una bicoca.

Éste fue el final de un negro épico que nunca perdió la creatividad ni el buen humor.

El oficio ha continuado pero, que sepamos, no ha dado tan grandes exponentes si pensamos, por ejemplo, en que el negro de Ana Rosa Quintana por pereza copió casi literalmente una novela de Ángeles Mastretta a la que sólo le cambió el título.

Si contemplamos además la posibilidad de que los negros de hoy día son los que escriben los diálogos de esos debates políticos televisivos que, según Juan José Millas, tanto se parecen a los reality-shows, habrá que convenir que la profesión está en franco declive. Las palabras de los presuntos actores aburren al espectador, pese a que el argumento da muchísimo de sí; el futuro de España nada menos, que en rigor y, con buena pluma, constituiría un drama suntuoso, hiperbólico, digno de dejar al público sin respiración y no este soso sainete que, sin ni siquiera divertir, termina aburriendo.

Por falta de vigor en la escena, el español medio no llega a creer que aquella acción sea determinante y sin esperar al entreacto encarga una pizza por teléfono, mientras busca una serie en Netflix.

A estos realitys les hace falta un guionista en condiciones, un negro conocedor de los clásicos como Lope o Calderón. Si estos se hallan secuestrados en algún sótano, habrá que ir a rescatarlos por el bien de la patria.

Lola Oporto

26 Jul

El género negro no es el fin, sino el medio para la creación de una nueva novela mediterránea que, rebelde a la insípida homogeneidad globalizadora, reivindica la diferencia no en conjunto de todos los países ubicados en la llamada cultura solar, sino en la particularidad de cada uno de ellos. Se trata, por tanto, del resurgimiento de un neo nacionalismo romántico, que bajo la coartada policiaca, pone el acento en la originalidad de una región o ciudad hasta hacerla familiar y deseable al lector. Quien haya visitado las páginas escritas por Petros Márkaris,  Jean Claude Izzo y Andrea Camilleri difícilmente se ha podido sustraer al impulso de viajar a la tierra donde los investigadores Kostas Jaritos, Fabio Montale y Salvo Montalbano viven sus peripecias, lo que ya han aprovechado como negocio las agencias turísticas, que en Sicilia siguen facturando ahora más que nunca las rutas de Il commissario a causa del reciente fallecimiento de su creador Andrea Camilleri, quien tal vez ha sido el hijo más brillante de Vázquez Montalbán y el que mejores frutos ha cosechado con la nueva novela mediterránea, si se tiene en cuenta la creciente venta de ejemplares y la consecuente mitificación de la imaginaria Vigata (materializada en Donnalucata)  y el barrio de Marinella (playa de Punta Secca), donde la supuesta casa de Montalbano es alquilada por noches a los viajeros.

Cuando entré de lleno en el mundo del commissario, gracias al seminario sobre Andrea Camilleri que Giovanni Caprara organizó en Málaga y la ponencia sobre mi novela “La confesión nefanda del asesino improbable” que ubicó en él, el catedrático Enrique Baena, yo también hubiese dado cualquier cosa por bañarme en ese sugestivo mar africano de las recónditas playas casi vírgenes que se vislumbran desde empinadas y áridas colinas salpicadas de matorral mediterráneo, cenar en la terraza de Salvo  arrullada por el rumor las olas la pasta ncasciata de Adelina, almorzar en la trattoria de Enzo un risotto con tinta de calamar, una merluza con salsa de anchoas o cualquier otro plato de pescado fresco y, tras la siesta, pasear en busca del misterio por las angostas calles empedradas de un pueblo aislado en la memoria de otra época remota. Un efecto, que, sin premeditación, yo también hubiese querido provocar en los lectores de “La confesión nefanda del asesino improbable” en la idea de que estos pueblos de la alta Axarquía, antiguo refugio de bandoleros, dan de sí la fascinación de la oscura leyenda, el paisaje recóndito y abrupto y una gastronomía muy particular.

La novela mediterránea es, más allá de la trama policial que presente, un deseo de dar a conocer la personalidad de la tierra en la que se desarrolla, pero, por otra parte, gracias a dicha trama, sirve de vehículo a la crítica social y hace así visible el lado oscuro de la ciudad que representa, porque cada ciudad si es particular en sus luces también lo es en sus sombras. El mal a grosso modo es igual en todas partes pero dependiendo del lugar tiene sus matices. Para dibujarlos de un modo exacto, sutileza nada sencilla, es preciso un profundo conocimiento del medio que se elige como pudridero de almas. Si este medio es Málaga en las primeras décadas del siglo XXI, la novela adecuada es Lola Oporto (Ediciones del Genal) pues describe vivamente esa clase de infierno al que puede ser arrojado un alma en la que las malas inclinaciones se fomentan en un determinado caldo de cultivo, cuyo hálito inspirador y punto de origen será el arribismo promovido por el espíritu del pelotazo que llega en vaharadas desde Marbella por las actuaciones de un alcalde corrupto que enarbola como armas de progreso la burbuja inmobiliaria y el fomento de las mafias. El Gilismo, fenómeno bien conocido por el autor José Antonio Sau, será el marco propiciatorio en el que los criminales de la novela maceren su ciega codicia y su falta de escrúpulos y una policía honesta, la propia Lola, pierda por maledicencias su reputación.  En un clima de corrupción impune es fatal que el honrado sea chivo expiatorio como le sucedió al mismo Mío Cid, héroe de nuestra epopeya nacional, quien como hará Lola Oporto, emplea todos sus esfuerzos en recuperar el honor perdido. Como en toda obra épica y novela policiaca se gestará una lucha entre el bien y el mal, pero también entre el mal y el mal, pues el personaje oscuro encuentra a su otro borgiano en una réplica de su yo aún más joven y despiadada y esa venganza de su doble traidor quedará explícita desde la primera frase de la obra; “Emilio Lupiáñez decidió asesinar a Jacinto Villa de Losa”, que es un recurso muy logrado desde el boom de la novela hispanoamericana. Del impacto que produzca la primera frase de una novela depende mucho el interés consecuente del lector.

Pero hay referentes de esta novela mucho más actuales como es la lucha de los dos egos beligerantes en unos grandes almacenes que remite al cine delirante de mi admirado Álex de la Iglesia o esos espacios oníricos que son los mismos almacenes ya abandonados donde el protagonista se mueve como un fantasma. Estos pasajes que son mis favoritos me llevan a pensar en una novela neta malagueña que se estudiará algún día en los libros de texto. Es la novela melancólica de la que fueron pioneros Antonio Soler y Garriga Vela que recrea “El cuarto de las estrellas” en la olvidada fábrica de cemento “La Araña”.

Hay ruinas no tan pretéritas, espacios fantasmales que inspiran al genio narrativo y motivan la imaginación de los lectores ¿serán los almacenes Sanlúcar de Sau trasunto de los almacenes Goya o de los almacenes Mérida? ¿Habrá algún fantasma que descubra Lola Oporto en el interior de los cines Astoria y Victoria?

Nuestra ciudad tiene muchas historias que contarnos y rapsodas capaces de darle voz. Lola Oporto es un gran ejemplo de lo que afirmo.

El Ángel de la Guarda

19 Jul

El otro día me encontré con mi ángel de la guarda. Fue un encuentro fortuito de esos que consisten en que vas buscando una cosa y encuentras otra. La vida entera, en fin, consiste en eso más o menos.

Pues bien, yo iba al estanco a comprar un abrecartas con el resultado de que no sólo no lo había, sino que además ni el dependiente sabía qué era un abrecartas. Normal. Las cartas -desde la invención del email y los guasap- ya han dejado de ser objeto de recibo, excepto si las envía la entidad bancaria y éstas se abren sin tanta ceremonia o directamente no se abren.

El abrecartas es un utensilio obsoleto, que sólo compran en Toledo los críos en sus primeras excursiones con el instituto para llevarlo de regalo a sus padres, pero yo tenía entre manos un libro de hojas pegadas, de aquella época en que existían los abrecartas, y era preciso desvirgarlo con el artilugio punzante. Se trataba, más allá de su propio contenido, de una novela melancólica, pues era evidente que, por lo menos, aquel ejemplar, publicado hace un siglo, no lo había leído nadie.

Emprendía entonces una retirada también melancólica del estanco, cuando una mano posada en mi brazo me detuvo. Era una chica que vendía cigarrillos electrónicos, que dicen que ayudan a quitarse de fumar.

En aquel momento me había retirado del vicio una bronquitis, contraída no por causa del tabaco, sino muy al contrario por el intento de nadar en la piscina de un centro deportivo climatizado al estilo siberiano, lo que no quitaba que al recuperarme -que aún no- volviese a la nicotina. Tuve un pálpito, aquella muchacha no estaba allí porque sí, me la había enviado la providencia. Era mi ángel de la guarda. Un ángel fieramente humano- como diría Blas de Otero- de rubio teñido y dientes con alambres de ortodoncia. Un ángel caído, que se confesó exfumador, y con pinta de volverse a caer en cualquier momento. O sea, era sin duda un ángel a mi medida. Hablamos mucho de lo divino pero, sobre todo, de lo humano y el resultado fue que salí del estanco sin abrecartas pero con un flamante cigarrillo electrónico, mientras sonaban las campanas del redoble de conciencia. Comprar un abrecartas es un acto casual, pero dejar de fumar es una decisión trascendente ¿estaría preparada?

Pensaba en ese poema de Álvaro Salvador, mi profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad, fatalmente titulado “Canción del reincidente”:

Uno/ no se quita de amar/ ni de fumar/ uno descansa. Son/ como treguas que/ uno mismo inicia/  y donde uno/ firma la paz/ o acusa la derrota.

El poeta comparaba el hábito del tabaco con el del amor, dos rituales más dañinos todavía cuando se convierten en costumbre. La rutina es un tejido hipnótico de hábitos saludables e insalubres, dejar cualquiera de ellos nos descoloca y más aún si se trata de los vicios.

Como no tengo alma de tango al amor dañino no me acostumbro, pero al tabaco, esa muleta que te sostiene al escribir sobre el vacío de tantas horas de soledad, ay…

Si contemplas las fotos de muchos escritores de antaño, los verás apoyados en su colilla como sobre un bastón. No es una pose arrogante, es una postura de indefensión que revela en el autor la necesidad del humeante narcótico como medicina de su hiperestesia. La lista de los letraheridos fumadores es interminable:  desde Marlowe a Emilio Zola, Flaubert, Oscar Wilde, Pérez Galdós, Julio Verne, Pío Baroja, Chesterton, Albert Camus, Conan Doyle, Flaubert, Cortázar, etc y tan etcétera que acabaríamos antes haciendo una lista de escritores no fumadores.

No hay un estudio que demuestre que la nicotina favorezca la creatividad, pero Fernando Savater, gran fumador, afirmaba que muchas de las páginas de la mejor literatura universal se debían a un cigarrillo o a una pipa fumados a tiempo y, de hecho, no son pocos los literatos que han considerado que el acto de escribir es incluso secundario  al de fumar como André Gidé, “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar” o Thomas Mann que llegaba a asegurar que la vida no tenía ningún sentido sin fumar, que él “se despertaba con la alegría de fumar durante el día y si comía era sólo para poder fumar después” y, sin llegar a tales extremos, quedan aún quienes mantienen como Gustave Faverón Patriau que no pueden disociar las letras del  humo “Escribir es la única actividad en mi vida que no he podido desligar de un cigarrillo”, asegura el escritor peruano y Juan Bonilla, cuando iba a cumplir los 50 años prometió “regalarse” dejarlo; “no sé si el tabaco o escribir”.

Ante una disyuntiva tan extrema, yo prefiero esta solución intermedia del cigarrillo electrónico, que es la más plausible aparte de aquella de escribir por las mañanas, para mí ideal, pues no me convierto en fumadora hasta después del almuerzo. Tanto es así que me pregunto si aquellos que dicen no poder prescindir del tabaco mientras escriben, han probado a escribir de día antes de hacer la digestión…Pero, en fin, como no siempre es posible elegir horario, aquí tengo el cigarrillo electrónico para la escritura nocturna. Es un artilugio que, con los años, se ha ido perfeccionando. La boquilla se adapta mejor a los labios y al aspirar y encenderse el piloto azul del extremo, produce un chasquido tan parecido al que emite el de papel que hasta vas a coger el cenicero para depositar la imposible ceniza.

Espero saber qué es vivir y escribir sin ceniceros ni mecheros ni colillas, tampoco de noche y olvidarme hasta de nombrar el tabaco, que es la prueba de que se deja atrás un vicio o un amor. De tanto mencionar los cigarrillos en este artículo es la primera vez que me apetece fumar por la mañana. No habrá reincidencia, sin embargo, pues ya no compro de papel y el electrónico lo dejé olvidado anoche por ahí sin batería.

Mucho fantasma

12 Jul

La globalización no perdona. Ni siquiera a los soportales de sabor medieval de la plaza de España de Llerena (Badajoz), donde se encuentra una hospedería que fue vivienda y taller del propio maestro Zurbarán. De momento en tan histórico entorno te sientes habitante del pasado, conquistador de un lugar al que no han podido trastornar las modas, pero ojeas la carta y ¿qué te encuentras? Ensalada de presa ibérica con mermelada de sandía y de melón ¿Mermelada de sandía y de melón? ¿Qué es esto? ¿Cómo es que la cocina de autor conquista hasta la tierra de los conquistadores? ¿No habrá lugar remoto en este mundo donde no se cuele esta perversión culinaria, que consiste básicamente en ponerle mermelada a cualquier cosa? La respuesta es no, no rotundo. La cocina globalizada con sus mermeladas varias forman parte del turismo globalizado que tiene la virtud de convertir cualquier lugar único en más de lo mismo. No se trata de nada nuevo desde luego, en las “Memorias de Adriano” de Margarita Yourcenar, se quejaba el emperador de Roma de esa moda gastronómica, traída de Asia, por la que se mezclaba lo salado y lo agrio con lo dulce y que debilitaba la energía de los guerreros.

Como me niego a que el noble cerdo ibérico sea profanado por mermelada alguna pido torta del Serena, que a más de 35 grados del mediodía es un gesto heroico propio de Pizarro o Hernán Cortés. Se trata, empero, de una vana insurrección, pues nada podrá detener a las tendencias de homogeneización planetaria.

La globalización se impone frente a la peculiaridad y, aparte de la ubicua cocina mermeladesca, se venden en el mismo pack a los viajeros iguales opciones: apartamentos turísticos con paredes de colores y muebles de Ikea, donde no faltan nunca los retratos de Marilyn Monroe y Audrey Hepburn, bares de smoothies y cereales, camareros vestidos de negro, mercadillos medievales por doquier y lo último de lo último, rutas del horror con fenómenos paranormales.

La pionera en estas lides fue la ciudad de Edimburgo, ciudad de oscuros cielos propensos a las tormentas apocalípticas con muchos rayos, relámpagos y centellas que dan más verismo a las leyendas del abracadabra en torno a los cementerios que conviven con los parques en el propio seno de la ciudad, que guarda además en sus lúgubres subterráneos pasadizos al célebre fantasma The Lone Piper que avisa de su presencia en el Castillo con el musical eco de su gaita y en igual inframundo cobija los tétricos callejones de los confinados apestados, donde la voz de la niña  Annie sigue pidiendo la muñeca que perdió en 1645.

Son creíbles en este marco, criminales espeluznantes como Burke y Hare que mataban para vender los cadáveres a la escuela de anatomía de Edimburgo y caníbales dementes, como el aristócrata James Douglas  que junto a su clan ejecutó y devoró a un millar de personas.

El delito, que siempre va de la mano de la miseria, alcanzó allí  proporciones delirantes. Fueron populares los bodynatcheres, profanadores de tumbas y matrimonios como Jessie King y Thomas Pearson que, por cierta cantidad, acogían en casa bebés de madres solteras -obreras y doncellas- que luego usaban como abono en su jardín y se hizo popular el caso de Deacon Brodie, hombre honesto que trabajaba de día de cerrajero y de noche usaba las llaves de sus clientes para robar sus domicilios y que inspiró a Robert Louis Stevenson para escribir Doctor Jeckyll y Mister Hyde.

Pues bien, con tales materiales es comprensible que Edimburgo se haya hecho experta en rutas del terror- no obstante por algo es la tierra del autor de Sherlock Holmes- y que, decidida a vender este potencial, se haya hecho de oro. Lo que ocurre que, dado el éxito, se ha despertado la codicia en cada destino viajero y por no perder comba, están por sacar hasta por debajo de las piedras crímenes truculentos, almas en pena y fenómenos paranormales para venderlos a tutiplén.

Mucho tiempo ha se apuntó Londres y el resto de Inglaterra, lo que se entiende pues sus truculencias históricas y páginas de sucesos en nada tienen que envidiarle a su prima hermana, y que en las novelas de Agatha Christie tienen ese puntillo amable con la deliciosa anciana Miss Marple que obra sus deducciones detectivescas mientras poda macizos de petunias y begonias o se sirve el té en su coqueto gabinete, acogedor como un cuarto de casita de muñecas de paredes empapeladas con delicados motivos en pastel.

Y de eso se trata aquí, del pastel que en el turismo globalizado hay que repartir y homogeneizar. Igual que los apartamentos turísticos, que el mercadillo medieval, que los camareros de negro y los menús con mucho thai y guarnición de mermelada, cada pack de oferta ha de llevar incluido ruta del terror y esto habrá de ser así tanto en países borrascosos como solares como el nuestro que también ha decidido currarse la paranormalidad. Puestos a vender fantasmas, este país prevé un negocio próspero, pues debe ser, con la excepción de Italia, el lugar donde más abundan.

No era mi intención referirme con esto a la política, pero es que los fantasmas de a pie son anónimos, y con este ejemplo nos entendemos mejor.

Digamos entonces que en política los fantasmas son esos elementos que surgen de repente, hinchan el pecho y aseguran que cambiarán el país como la vuelta de un calcetín y luego se van desinflando como un globo.

Si a día de hoy se repitieran las elecciones el resultado se dirigiría de nuevo al bipartidismo ¿qué pasa con los partidos emergentes?

Se los traga la globalización, no hay otra. Ya le ha pasado a Tsipras; αλίμονο…

Antes que pagar una fortuna por sentir terror turístico, basta con abrir el periódico. En lo que va de año han sido agredidos 28 médicos en la ciudad. Miedo que da.

Jubilar al heredero

5 Jul

Después de 50 años de heredero, parece que Carlos de Gales está suficientemente preparado para ocupar el trono del Reino Unido, la que no parece preparada para dejarlo es su madre, Isabel II de Inglaterra. En el espacio de tiempo que sigue durando su reinado, Juan Carlos I de España se ha jubilado a favor de su sucesor y hasta se ha jubilado un Papa, Benedicto XVI, pero ella no quiere ni oír hablar de tal posibilidad. Antes se jubila el heredero- que, a sus setenta años, está en la edad- que la soberana, quien no se halla sin la corona.

Que las mujeres iban a dominar Inglaterra no se lo podía sospechar el Barbazul, Enrique VIII, que se casó seis veces en busca del varón heredero sin auspiciarse que sería una de sus hijas, Isabel I,  la que lograría acabar hasta con La Armada Invencible.

Las Isabeles han dado mucho juego en los tronos, también en España. La Católica obró la Reconquista y se hizo dueña de las Américas e Isabel II la Borbona revolucionó el país, tanto a su favor como en su contra. Si le fallaron algunas estrategias no fue, desde luego, por falta de carácter.

Pero, a la larga, ha sido el Reino Unido, quien más se ha visto dominado por la voluntad de las mujeres recias, fuertes e incombustibles. Después de Isabel I, tan indómita de no querer casarse por no estar mínimamente sometida, la propia Reina Victoria, que se perpetuó 64 años en el trono, admitió contraer matrimonio con su primo Alberto de Sajonia, porque era muy agraciado físicamente, si bien su personalidad  le resultaba bastante simple– una ventaja, después de todo, para quien desea gobernar- y contemplada dicha perspectiva fue ella misma quien le escribió para proponerle la boda.

Al morir Alberto, que fue un buen asesor, la Reina repitió fórmula, decantándose por la compañía de consejeros que a su capacidad  para adaptarse al segundo plano -una habilidad difícil, después de todo- sumasen belleza y juventud como fue el caso de su guardabosques John Brown y Abdul Karim, el joven sirviente indio que la acompañó hasta el último día de su existencia.

Al fin y al cabo, S.M. Victoria no hacía sino emular el modo de obrar de su predecesora Isabel I en el plano afectivo y ejecutivo con un igual efecto de prosperidad económica y prestigio de primera potencia para su patria, que en el auge de su expansión colonial, asumió el imperio de la India.

A este respecto y por sacarse de una vez la antigua espina que por la derrota de La Armada Invencible tenía España con la pérfida Albión, tramó un plan un grupo de intelectuales españoles con la idea de casar al Maharajá de Karpurthala con la bailarina malagueña Anita Delgado a objeto de que ésta diese al trono un heredero dispuesto a vengar el honor de la patria de su madre y reclamar por la de su padre la independencia de la India.

La cuestión era añadir a esas gracias físicas de las que ya se había prendado el soberano indio una elocuencia lírica propia de Safo, de lo que se ocupó Valle-Inclán, que sustituyó la carta de la muchacha, plagada de simplezas y faltas de ortografía, por un libelo amoroso propio de la pluma del mismísimo Petrarca, por el que Cupido asaeteó la flecha de gracia en el corazón del exótico rey. Hubo boda, por tanto, y hubo heredero, Kumer Ajit Singh, pero éste como su propio padre se puso al servicio del ejército británico, donde obtuvo el grado de teniente coronel.

Mucho tendría que llover para que llegase la independencia a la India y sólo fue cuando un indio (Mahatma Gandhi) comprendió que aquella lucha se ganaría más por las buenas que por las malas.

Isabel II es la encarnación de esa Inglaterra blindada que resiste contra todo y contra todos. También contra el tiempo, si se considera que la duración de su reinado (67 años, 4 meses y 25 días) ha sido aún superior al de su tatarabuela Victoria. Pues la longevidad y la fuerza reside básicamente en la alimentación, habrá que admitir que la cocina británica -la más deplorable del mundo, según mi opinión- tiene propiedades muy benefactoras. Por tanto, habrá que entrenar el paladar para el eneldo, el cordero en salsa de menta, el roast beef  y el sandwich de pepino embadurnado en agria Gloucester, que más que mantienen, eternizan.

Peor, mucho peor les ha ido a aquellos punkis que cardaron su cresta contra la corona británica con su dieta de drogas y alcohol. Los Sex Pistols, compositores del irreverente God save the Queen,  duraron como banda estable sólo tres años y un año después de disolverse  (1979) Sid Vicious murió por una sobredosis de heroína. En tanto los The Clash duraron sólo diez años más y hace ya diecisiete que falleció Joe Strummer  de un infarto a los cincuenta.

En cuanto a sus seguidores ¿qué decir?  Sus crestas caídas por los combates del tiempo han descubierto sus cabezas lirondas, han echado barriga y mientras se hacían abuelos, han visto llegar a la Reina a la edad de 93 años, aún impávida sobre el trono.

Incombustible la monarca ve languidecer a los viejos jóvenes rebeldes como a su heredero, que olvidado de su uniforme de gala, ya apolillado en el fondo del armario, saca sus zapatillas de cuadros escoceses, compañeras inevitables del jubilado.

Sólo puede haber una mujer más resistente que su madre, su propia esposa Camilla Parker Bowles ,que por algo lleva en sus venas la sangre de la Reina Victoria. Al fin y al cabo, todo queda en casa.

Las condenadas víctimas

28 Jun

Le han caído quince años de prisión a los individuos de La Manada. Poca es la condena comparada con la que tendrá que sufrir la víctima, que es cadena perpetua,¿ pues acaso hay medicina que salve a la memoria de un agredido de no ser invadida por las angustias de un estrés post-traumático? Nadie que haya sufrido sobre sí una violencia extrema llega a superarlo del todo. Los rescoldos quedan ahí, en el subconsciente, para reavivarse en las pesadillas y provocar despertares bañados de sudores y ansiedad.

¿Pudo rehacer su vida tranquilamente un combatiente que sobrevivió a la guerra de Cuba o a la del Vietnam? ¿Lo hizo quizás un judío que escapó de los campos de concentración? ¿Ha sido pacífica la existencia de quien ha padecido malos tratos en su casa o en un correccional?

El agresor no malogra a su víctima por las horas o minutos que dure la agresión, sino que marca al agredido para siempre por el efecto de su maldad y así con la ingenuidad perdida, será presa del miedo y del recelo hasta perjudicar su relación con otros seres humanos. Ellos, los violentos, podrán ser absueltos, liberados de su condena con el tiempo, pero no así los violados. Su prisión, fuera de la cárcel, está en la mente que no olvida, que jamás descansa.

Los violados, digo, porque esta cuestión no se remite sólo a las mujeres; no es una causa “feminista” o “hembrista”, como apuntan algunos frívolamente. Los hombres también lo han sufrido, aunque muchos por temor al ridículo no lo hayan querido confesar ni mucho menos denunciar ¿qué iba a pensar la gente?

La víctima de La Manada, una de ellas, denunció la violación múltiple y en ello se interpretó un atrevimiento, un desafío. Hasta hace no tantos años, las mujeres callaban esa clase de salvajadas por no admitir la deshonra y, manchadas por la falta de otro u otros, se solían resignar a una soltería sombría como “La Goletera” de Arturo Reyes, si bien otras imprudentes confiaban en la virtud del silencio con funestas consecuencias, ya que el posible marido que les surgiese, apenas descubría la verdad, las devolvía al hogar paterno con cajas destempladas:

–Aquí le traigo a esta hija de usted. Yo no trabajo con material averiado.

Y la hija de aquel se sentía repudiada y culpable por la falta que sobre ella había cometido un familiar de “confianza” o un amigo borrachín de la familia, que se había metido por fuerza en su alcoba, sin que ella, como era de ley, saliese de su casa.

Si era culpable aquella pudorosa moza ante la sociedad ¿cómo no lo va a ser una de hoy en día que sale de fiesta, bebe y charla con los chicos de igual a igual?

Es alarmante que las cosas hayan cambiado tan poco a estas alturas del siglo XXI, pero así es. Una chica que va de Sanfermines como los demás chicos y, como ellos, bebe y acaso fuma, no merece la menor credibilidad. El paralelo juicio social, el más temible, va a juzgar cuán de provocativa era su ropa, si dio pie, si sonreía demasiado, si sabía a lo que iba y todo eso.

Dieciocho años y en plena fiesta de Sanfermines dan para saber muy poco. Sólo, en el último momento, se dispara la señal de alerta, cuando en un estrechísimo portal, se advierte el acorralamiento de cinco tipos muy fornidos contra los que es imposible ofrecer resistencia.

Ésa fue su audacia, consentir por salvar la vida, y esa también su vergüenza ¿dirían que quiso? ¿Que le gustó?

Pues sí, algunos lo dijeron y también que más les hubiese valido matarla, pues la condena por homicidio es menor a la de violación. Si añado que ello lo dijeron presuntos intelectuales de este tiempo, se me ponen los vellos como escarpias.

Con un mínimo de conocimientos de psiquiatría, lo cual se le presume a toda persona no ya culta, sino simplemente civilizada, se sabe que sobre estos tristísimos casos huelgan las bromas, pues de alguna manera los agresores ya matan a la víctima con sus crueldades, pues la hacen perder la autoestima, la capacidad para disfrutar de los placeres (anhedonia), las ganas de comer (anorexia) y la voluntad de vivir (depresión); dicho así a modo de resumen.

Muestra de ello es el caso de Noa Pothoven que ha salido a la luz el cinco de junio del presente. Esta holandesa de 17 años fue víctima de violaciones entre los 11 y 12 años por parte de compañeros de su edad y, a los catorce por dos hombres adultos, lo que no denunció sino mucho más tarde y, pues dicha denuncia requería la rememoración detallada de los hechos, provocó en la víctima una reacción de extrema ansiedad, que fue intensificándose día a día al punto de no poder soportarla. Como toda persona estragada por la violencia ajena se culpaba a sí misma de los hechos y comenzó a autolesionarse, por lo cual fue obligada a internarse en un centro, en el que se la inmovilizó para evitarle el suicidio y del que, por el horrendo trato recibido, salió con la fija idea de morir para descansar de su tormento.

De este modo pidió asistencia médica para proceder a la eutanasia, que siendo legal en Holanda, puede ser solicitada por los niños con enfermedades incurables y/o padecimientos insufribles, con autorización de los padres a partir de los doce años y sin necesidad de ella, de modo libre e independiente, a partir de los 16, pero no siendo aceptada su solicitud, dejó de comer y beber hasta perder la vida, lo que sucedió un domingo, 2 de junio.

La víctima de La Manada habrá de sobreponerse a la memoria de dos terribles agresiones; la física y la psíquica, derivada también por el juicio mediático en el que se puso en duda su dignidad humana y fue cubierta de vejaciones, cuando no de recelos. Uno de los estigmas más dolorosos para las víctimas es la de no ser creídas.

La condena para ella será siempre más dura y efectiva que para sus violadores y opinadores vejatorios, pues al fin y al cabo los crueles carecen de empatía, remordimientos y memoria. Ni sienten ni padecen.