El Ángel de la Guarda

19 Jul

El otro día me encontré con mi ángel de la guarda. Fue un encuentro fortuito de esos que consisten en que vas buscando una cosa y encuentras otra. La vida entera, en fin, consiste en eso más o menos.

Pues bien, yo iba al estanco a comprar un abrecartas con el resultado de que no sólo no lo había, sino que además ni el dependiente sabía qué era un abrecartas. Normal. Las cartas -desde la invención del email y los guasap- ya han dejado de ser objeto de recibo, excepto si las envía la entidad bancaria y éstas se abren sin tanta ceremonia o directamente no se abren.

El abrecartas es un utensilio obsoleto, que sólo compran en Toledo los críos en sus primeras excursiones con el instituto para llevarlo de regalo a sus padres, pero yo tenía entre manos un libro de hojas pegadas, de aquella época en que existían los abrecartas, y era preciso desvirgarlo con el artilugio punzante. Se trataba, más allá de su propio contenido, de una novela melancólica, pues era evidente que, por lo menos, aquel ejemplar, publicado hace un siglo, no lo había leído nadie.

Emprendía entonces una retirada también melancólica del estanco, cuando una mano posada en mi brazo me detuvo. Era una chica que vendía cigarrillos electrónicos, que dicen que ayudan a quitarse de fumar.

En aquel momento me había retirado del vicio una bronquitis, contraída no por causa del tabaco, sino muy al contrario por el intento de nadar en la piscina de un centro deportivo climatizado al estilo siberiano, lo que no quitaba que al recuperarme -que aún no- volviese a la nicotina. Tuve un pálpito, aquella muchacha no estaba allí porque sí, me la había enviado la providencia. Era mi ángel de la guarda. Un ángel fieramente humano- como diría Blas de Otero- de rubio teñido y dientes con alambres de ortodoncia. Un ángel caído, que se confesó exfumador, y con pinta de volverse a caer en cualquier momento. O sea, era sin duda un ángel a mi medida. Hablamos mucho de lo divino pero, sobre todo, de lo humano y el resultado fue que salí del estanco sin abrecartas pero con un flamante cigarrillo electrónico, mientras sonaban las campanas del redoble de conciencia. Comprar un abrecartas es un acto casual, pero dejar de fumar es una decisión trascendente ¿estaría preparada?

Pensaba en ese poema de Álvaro Salvador, mi profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad, fatalmente titulado “Canción del reincidente”:

Uno/ no se quita de amar/ ni de fumar/ uno descansa. Son/ como treguas que/ uno mismo inicia/  y donde uno/ firma la paz/ o acusa la derrota.

El poeta comparaba el hábito del tabaco con el del amor, dos rituales más dañinos todavía cuando se convierten en costumbre. La rutina es un tejido hipnótico de hábitos saludables e insalubres, dejar cualquiera de ellos nos descoloca y más aún si se trata de los vicios.

Como no tengo alma de tango al amor dañino no me acostumbro, pero al tabaco, esa muleta que te sostiene al escribir sobre el vacío de tantas horas de soledad, ay…

Si contemplas las fotos de muchos escritores de antaño, los verás apoyados en su colilla como sobre un bastón. No es una pose arrogante, es una postura de indefensión que revela en el autor la necesidad del humeante narcótico como medicina de su hiperestesia. La lista de los letraheridos fumadores es interminable:  desde Marlowe a Emilio Zola, Flaubert, Oscar Wilde, Pérez Galdós, Julio Verne, Pío Baroja, Chesterton, Albert Camus, Conan Doyle, Flaubert, Cortázar, etc y tan etcétera que acabaríamos antes haciendo una lista de escritores no fumadores.

No hay un estudio que demuestre que la nicotina favorezca la creatividad, pero Fernando Savater, gran fumador, afirmaba que muchas de las páginas de la mejor literatura universal se debían a un cigarrillo o a una pipa fumados a tiempo y, de hecho, no son pocos los literatos que han considerado que el acto de escribir es incluso secundario  al de fumar como André Gidé, “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar” o Thomas Mann que llegaba a asegurar que la vida no tenía ningún sentido sin fumar, que él “se despertaba con la alegría de fumar durante el día y si comía era sólo para poder fumar después” y, sin llegar a tales extremos, quedan aún quienes mantienen como Gustave Faverón Patriau que no pueden disociar las letras del  humo “Escribir es la única actividad en mi vida que no he podido desligar de un cigarrillo”, asegura el escritor peruano y Juan Bonilla, cuando iba a cumplir los 50 años prometió “regalarse” dejarlo; “no sé si el tabaco o escribir”.

Ante una disyuntiva tan extrema, yo prefiero esta solución intermedia del cigarrillo electrónico, que es la más plausible aparte de aquella de escribir por las mañanas, para mí ideal, pues no me convierto en fumadora hasta después del almuerzo. Tanto es así que me pregunto si aquellos que dicen no poder prescindir del tabaco mientras escriben, han probado a escribir de día antes de hacer la digestión…Pero, en fin, como no siempre es posible elegir horario, aquí tengo el cigarrillo electrónico para la escritura nocturna. Es un artilugio que, con los años, se ha ido perfeccionando. La boquilla se adapta mejor a los labios y al aspirar y encenderse el piloto azul del extremo, produce un chasquido tan parecido al que emite el de papel que hasta vas a coger el cenicero para depositar la imposible ceniza.

Espero saber qué es vivir y escribir sin ceniceros ni mecheros ni colillas, tampoco de noche y olvidarme hasta de nombrar el tabaco, que es la prueba de que se deja atrás un vicio o un amor. De tanto mencionar los cigarrillos en este artículo es la primera vez que me apetece fumar por la mañana. No habrá reincidencia, sin embargo, pues ya no compro de papel y el electrónico lo dejé olvidado anoche por ahí sin batería.

Mucho fantasma

12 Jul

La globalización no perdona. Ni siquiera a los soportales de sabor medieval de la plaza de España de Llerena (Badajoz), donde se encuentra una hospedería que fue vivienda y taller del propio maestro Zurbarán. De momento en tan histórico entorno te sientes habitante del pasado, conquistador de un lugar al que no han podido trastornar las modas, pero ojeas la carta y ¿qué te encuentras? Ensalada de presa ibérica con mermelada de sandía y de melón ¿Mermelada de sandía y de melón? ¿Qué es esto? ¿Cómo es que la cocina de autor conquista hasta la tierra de los conquistadores? ¿No habrá lugar remoto en este mundo donde no se cuele esta perversión culinaria, que consiste básicamente en ponerle mermelada a cualquier cosa? La respuesta es no, no rotundo. La cocina globalizada con sus mermeladas varias forman parte del turismo globalizado que tiene la virtud de convertir cualquier lugar único en más de lo mismo. No se trata de nada nuevo desde luego, en las “Memorias de Adriano” de Margarita Yourcenar, se quejaba el emperador de Roma de esa moda gastronómica, traída de Asia, por la que se mezclaba lo salado y lo agrio con lo dulce y que debilitaba la energía de los guerreros.

Como me niego a que el noble cerdo ibérico sea profanado por mermelada alguna pido torta del Serena, que a más de 35 grados del mediodía es un gesto heroico propio de Pizarro o Hernán Cortés. Se trata, empero, de una vana insurrección, pues nada podrá detener a las tendencias de homogeneización planetaria.

La globalización se impone frente a la peculiaridad y, aparte de la ubicua cocina mermeladesca, se venden en el mismo pack a los viajeros iguales opciones: apartamentos turísticos con paredes de colores y muebles de Ikea, donde no faltan nunca los retratos de Marilyn Monroe y Audrey Hepburn, bares de smoothies y cereales, camareros vestidos de negro, mercadillos medievales por doquier y lo último de lo último, rutas del horror con fenómenos paranormales.

La pionera en estas lides fue la ciudad de Edimburgo, ciudad de oscuros cielos propensos a las tormentas apocalípticas con muchos rayos, relámpagos y centellas que dan más verismo a las leyendas del abracadabra en torno a los cementerios que conviven con los parques en el propio seno de la ciudad, que guarda además en sus lúgubres subterráneos pasadizos al célebre fantasma The Lone Piper que avisa de su presencia en el Castillo con el musical eco de su gaita y en igual inframundo cobija los tétricos callejones de los confinados apestados, donde la voz de la niña  Annie sigue pidiendo la muñeca que perdió en 1645.

Son creíbles en este marco, criminales espeluznantes como Burke y Hare que mataban para vender los cadáveres a la escuela de anatomía de Edimburgo y caníbales dementes, como el aristócrata James Douglas  que junto a su clan ejecutó y devoró a un millar de personas.

El delito, que siempre va de la mano de la miseria, alcanzó allí  proporciones delirantes. Fueron populares los bodynatcheres, profanadores de tumbas y matrimonios como Jessie King y Thomas Pearson que, por cierta cantidad, acogían en casa bebés de madres solteras -obreras y doncellas- que luego usaban como abono en su jardín y se hizo popular el caso de Deacon Brodie, hombre honesto que trabajaba de día de cerrajero y de noche usaba las llaves de sus clientes para robar sus domicilios y que inspiró a Robert Louis Stevenson para escribir Doctor Jeckyll y Mister Hyde.

Pues bien, con tales materiales es comprensible que Edimburgo se haya hecho experta en rutas del terror- no obstante por algo es la tierra del autor de Sherlock Holmes- y que, decidida a vender este potencial, se haya hecho de oro. Lo que ocurre que, dado el éxito, se ha despertado la codicia en cada destino viajero y por no perder comba, están por sacar hasta por debajo de las piedras crímenes truculentos, almas en pena y fenómenos paranormales para venderlos a tutiplén.

Mucho tiempo ha se apuntó Londres y el resto de Inglaterra, lo que se entiende pues sus truculencias históricas y páginas de sucesos en nada tienen que envidiarle a su prima hermana, y que en las novelas de Agatha Christie tienen ese puntillo amable con la deliciosa anciana Miss Marple que obra sus deducciones detectivescas mientras poda macizos de petunias y begonias o se sirve el té en su coqueto gabinete, acogedor como un cuarto de casita de muñecas de paredes empapeladas con delicados motivos en pastel.

Y de eso se trata aquí, del pastel que en el turismo globalizado hay que repartir y homogeneizar. Igual que los apartamentos turísticos, que el mercadillo medieval, que los camareros de negro y los menús con mucho thai y guarnición de mermelada, cada pack de oferta ha de llevar incluido ruta del terror y esto habrá de ser así tanto en países borrascosos como solares como el nuestro que también ha decidido currarse la paranormalidad. Puestos a vender fantasmas, este país prevé un negocio próspero, pues debe ser, con la excepción de Italia, el lugar donde más abundan.

No era mi intención referirme con esto a la política, pero es que los fantasmas de a pie son anónimos, y con este ejemplo nos entendemos mejor.

Digamos entonces que en política los fantasmas son esos elementos que surgen de repente, hinchan el pecho y aseguran que cambiarán el país como la vuelta de un calcetín y luego se van desinflando como un globo.

Si a día de hoy se repitieran las elecciones el resultado se dirigiría de nuevo al bipartidismo ¿qué pasa con los partidos emergentes?

Se los traga la globalización, no hay otra. Ya le ha pasado a Tsipras; αλίμονο…

Antes que pagar una fortuna por sentir terror turístico, basta con abrir el periódico. En lo que va de año han sido agredidos 28 médicos en la ciudad. Miedo que da.

Jubilar al heredero

5 Jul

Después de 50 años de heredero, parece que Carlos de Gales está suficientemente preparado para ocupar el trono del Reino Unido, la que no parece preparada para dejarlo es su madre, Isabel II de Inglaterra. En el espacio de tiempo que sigue durando su reinado, Juan Carlos I de España se ha jubilado a favor de su sucesor y hasta se ha jubilado un Papa, Benedicto XVI, pero ella no quiere ni oír hablar de tal posibilidad. Antes se jubila el heredero- que, a sus setenta años, está en la edad- que la soberana, quien no se halla sin la corona.

Que las mujeres iban a dominar Inglaterra no se lo podía sospechar el Barbazul, Enrique VIII, que se casó seis veces en busca del varón heredero sin auspiciarse que sería una de sus hijas, Isabel I,  la que lograría acabar hasta con La Armada Invencible.

Las Isabeles han dado mucho juego en los tronos, también en España. La Católica obró la Reconquista y se hizo dueña de las Américas e Isabel II la Borbona revolucionó el país, tanto a su favor como en su contra. Si le fallaron algunas estrategias no fue, desde luego, por falta de carácter.

Pero, a la larga, ha sido el Reino Unido, quien más se ha visto dominado por la voluntad de las mujeres recias, fuertes e incombustibles. Después de Isabel I, tan indómita de no querer casarse por no estar mínimamente sometida, la propia Reina Victoria, que se perpetuó 64 años en el trono, admitió contraer matrimonio con su primo Alberto de Sajonia, porque era muy agraciado físicamente, si bien su personalidad  le resultaba bastante simple– una ventaja, después de todo, para quien desea gobernar- y contemplada dicha perspectiva fue ella misma quien le escribió para proponerle la boda.

Al morir Alberto, que fue un buen asesor, la Reina repitió fórmula, decantándose por la compañía de consejeros que a su capacidad  para adaptarse al segundo plano -una habilidad difícil, después de todo- sumasen belleza y juventud como fue el caso de su guardabosques John Brown y Abdul Karim, el joven sirviente indio que la acompañó hasta el último día de su existencia.

Al fin y al cabo, S.M. Victoria no hacía sino emular el modo de obrar de su predecesora Isabel I en el plano afectivo y ejecutivo con un igual efecto de prosperidad económica y prestigio de primera potencia para su patria, que en el auge de su expansión colonial, asumió el imperio de la India.

A este respecto y por sacarse de una vez la antigua espina que por la derrota de La Armada Invencible tenía España con la pérfida Albión, tramó un plan un grupo de intelectuales españoles con la idea de casar al Maharajá de Karpurthala con la bailarina malagueña Anita Delgado a objeto de que ésta diese al trono un heredero dispuesto a vengar el honor de la patria de su madre y reclamar por la de su padre la independencia de la India.

La cuestión era añadir a esas gracias físicas de las que ya se había prendado el soberano indio una elocuencia lírica propia de Safo, de lo que se ocupó Valle-Inclán, que sustituyó la carta de la muchacha, plagada de simplezas y faltas de ortografía, por un libelo amoroso propio de la pluma del mismísimo Petrarca, por el que Cupido asaeteó la flecha de gracia en el corazón del exótico rey. Hubo boda, por tanto, y hubo heredero, Kumer Ajit Singh, pero éste como su propio padre se puso al servicio del ejército británico, donde obtuvo el grado de teniente coronel.

Mucho tendría que llover para que llegase la independencia a la India y sólo fue cuando un indio (Mahatma Gandhi) comprendió que aquella lucha se ganaría más por las buenas que por las malas.

Isabel II es la encarnación de esa Inglaterra blindada que resiste contra todo y contra todos. También contra el tiempo, si se considera que la duración de su reinado (67 años, 4 meses y 25 días) ha sido aún superior al de su tatarabuela Victoria. Pues la longevidad y la fuerza reside básicamente en la alimentación, habrá que admitir que la cocina británica -la más deplorable del mundo, según mi opinión- tiene propiedades muy benefactoras. Por tanto, habrá que entrenar el paladar para el eneldo, el cordero en salsa de menta, el roast beef  y el sandwich de pepino embadurnado en agria Gloucester, que más que mantienen, eternizan.

Peor, mucho peor les ha ido a aquellos punkis que cardaron su cresta contra la corona británica con su dieta de drogas y alcohol. Los Sex Pistols, compositores del irreverente God save the Queen,  duraron como banda estable sólo tres años y un año después de disolverse  (1979) Sid Vicious murió por una sobredosis de heroína. En tanto los The Clash duraron sólo diez años más y hace ya diecisiete que falleció Joe Strummer  de un infarto a los cincuenta.

En cuanto a sus seguidores ¿qué decir?  Sus crestas caídas por los combates del tiempo han descubierto sus cabezas lirondas, han echado barriga y mientras se hacían abuelos, han visto llegar a la Reina a la edad de 93 años, aún impávida sobre el trono.

Incombustible la monarca ve languidecer a los viejos jóvenes rebeldes como a su heredero, que olvidado de su uniforme de gala, ya apolillado en el fondo del armario, saca sus zapatillas de cuadros escoceses, compañeras inevitables del jubilado.

Sólo puede haber una mujer más resistente que su madre, su propia esposa Camilla Parker Bowles ,que por algo lleva en sus venas la sangre de la Reina Victoria. Al fin y al cabo, todo queda en casa.

Las condenadas víctimas

28 Jun

Le han caído quince años de prisión a los individuos de La Manada. Poca es la condena comparada con la que tendrá que sufrir la víctima, que es cadena perpetua,¿ pues acaso hay medicina que salve a la memoria de un agredido de no ser invadida por las angustias de un estrés post-traumático? Nadie que haya sufrido sobre sí una violencia extrema llega a superarlo del todo. Los rescoldos quedan ahí, en el subconsciente, para reavivarse en las pesadillas y provocar despertares bañados de sudores y ansiedad.

¿Pudo rehacer su vida tranquilamente un combatiente que sobrevivió a la guerra de Cuba o a la del Vietnam? ¿Lo hizo quizás un judío que escapó de los campos de concentración? ¿Ha sido pacífica la existencia de quien ha padecido malos tratos en su casa o en un correccional?

El agresor no malogra a su víctima por las horas o minutos que dure la agresión, sino que marca al agredido para siempre por el efecto de su maldad y así con la ingenuidad perdida, será presa del miedo y del recelo hasta perjudicar su relación con otros seres humanos. Ellos, los violentos, podrán ser absueltos, liberados de su condena con el tiempo, pero no así los violados. Su prisión, fuera de la cárcel, está en la mente que no olvida, que jamás descansa.

Los violados, digo, porque esta cuestión no se remite sólo a las mujeres; no es una causa “feminista” o “hembrista”, como apuntan algunos frívolamente. Los hombres también lo han sufrido, aunque muchos por temor al ridículo no lo hayan querido confesar ni mucho menos denunciar ¿qué iba a pensar la gente?

La víctima de La Manada, una de ellas, denunció la violación múltiple y en ello se interpretó un atrevimiento, un desafío. Hasta hace no tantos años, las mujeres callaban esa clase de salvajadas por no admitir la deshonra y, manchadas por la falta de otro u otros, se solían resignar a una soltería sombría como “La Goletera” de Arturo Reyes, si bien otras imprudentes confiaban en la virtud del silencio con funestas consecuencias, ya que el posible marido que les surgiese, apenas descubría la verdad, las devolvía al hogar paterno con cajas destempladas:

–Aquí le traigo a esta hija de usted. Yo no trabajo con material averiado.

Y la hija de aquel se sentía repudiada y culpable por la falta que sobre ella había cometido un familiar de “confianza” o un amigo borrachín de la familia, que se había metido por fuerza en su alcoba, sin que ella, como era de ley, saliese de su casa.

Si era culpable aquella pudorosa moza ante la sociedad ¿cómo no lo va a ser una de hoy en día que sale de fiesta, bebe y charla con los chicos de igual a igual?

Es alarmante que las cosas hayan cambiado tan poco a estas alturas del siglo XXI, pero así es. Una chica que va de Sanfermines como los demás chicos y, como ellos, bebe y acaso fuma, no merece la menor credibilidad. El paralelo juicio social, el más temible, va a juzgar cuán de provocativa era su ropa, si dio pie, si sonreía demasiado, si sabía a lo que iba y todo eso.

Dieciocho años y en plena fiesta de Sanfermines dan para saber muy poco. Sólo, en el último momento, se dispara la señal de alerta, cuando en un estrechísimo portal, se advierte el acorralamiento de cinco tipos muy fornidos contra los que es imposible ofrecer resistencia.

Ésa fue su audacia, consentir por salvar la vida, y esa también su vergüenza ¿dirían que quiso? ¿Que le gustó?

Pues sí, algunos lo dijeron y también que más les hubiese valido matarla, pues la condena por homicidio es menor a la de violación. Si añado que ello lo dijeron presuntos intelectuales de este tiempo, se me ponen los vellos como escarpias.

Con un mínimo de conocimientos de psiquiatría, lo cual se le presume a toda persona no ya culta, sino simplemente civilizada, se sabe que sobre estos tristísimos casos huelgan las bromas, pues de alguna manera los agresores ya matan a la víctima con sus crueldades, pues la hacen perder la autoestima, la capacidad para disfrutar de los placeres (anhedonia), las ganas de comer (anorexia) y la voluntad de vivir (depresión); dicho así a modo de resumen.

Muestra de ello es el caso de Noa Pothoven que ha salido a la luz el cinco de junio del presente. Esta holandesa de 17 años fue víctima de violaciones entre los 11 y 12 años por parte de compañeros de su edad y, a los catorce por dos hombres adultos, lo que no denunció sino mucho más tarde y, pues dicha denuncia requería la rememoración detallada de los hechos, provocó en la víctima una reacción de extrema ansiedad, que fue intensificándose día a día al punto de no poder soportarla. Como toda persona estragada por la violencia ajena se culpaba a sí misma de los hechos y comenzó a autolesionarse, por lo cual fue obligada a internarse en un centro, en el que se la inmovilizó para evitarle el suicidio y del que, por el horrendo trato recibido, salió con la fija idea de morir para descansar de su tormento.

De este modo pidió asistencia médica para proceder a la eutanasia, que siendo legal en Holanda, puede ser solicitada por los niños con enfermedades incurables y/o padecimientos insufribles, con autorización de los padres a partir de los doce años y sin necesidad de ella, de modo libre e independiente, a partir de los 16, pero no siendo aceptada su solicitud, dejó de comer y beber hasta perder la vida, lo que sucedió un domingo, 2 de junio.

La víctima de La Manada habrá de sobreponerse a la memoria de dos terribles agresiones; la física y la psíquica, derivada también por el juicio mediático en el que se puso en duda su dignidad humana y fue cubierta de vejaciones, cuando no de recelos. Uno de los estigmas más dolorosos para las víctimas es la de no ser creídas.

La condena para ella será siempre más dura y efectiva que para sus violadores y opinadores vejatorios, pues al fin y al cabo los crueles carecen de empatía, remordimientos y memoria. Ni sienten ni padecen.

Después de Maíllo

21 Jun

Antonio Maíllo ha sido siempre una persona con predisposición para la utopía. En plena juventud, cuando el auge de las tecnologías comienza a planear sobre las ruinas de las humanidades, allá por los ochenta del pasado siglo, él estudia para ser profesor de Latín contra la preferencia de sus padres que lo querían abogado. No, sin verle aptitudes, desde luego, pues desde aquellos tiempos hasta ahora, Antonio Maíllo ha pasado gran parte de su vida subido a una tribuna dándole a la oratoria por defender causas normalmente utópicas como son la unidad de la izquierda o el resurgimiento  de las lenguas clásicas en el sistema educativo mediante estrategias pedagógicas innovadoras, que ha puesto por escrito como Jefe de  Servicio de Programas Educativos Internacionales y coordinador de la adaptación curricular de la asignatura de Latín a la Ley Orgánica de Educación para toda Andalucía.

Ni a la unidad de la izquierda ni a la enseñanza del Latín se le prevé mucho futuro en Andalucía (como en el resto de España), para qué nos vamos a engañar. Si la izquierda hubiese estado unida en este país alguna vez, habría ganado la Guerra Civil, por eso, de la historia, que es la mejor maestra, se deduce que las siglas IU (Izquierda Unida)  encierran una gran utopía y no menor paradoja, lo que no ha desmentido, precisamente, el paso de las últimas décadas, que ha cundido en disensiones de militantes en el seno del partido para no perder la tradición. Recordemos, pues, que IU nació de una disensión, siendo la escisión de otro partido, el PCE, de modo que más que de la unión nació de la separación y de la necesidad tal vez de minimizar la expresión “comunista”, que iba todavía asociada a ciertos prejuicios y obsolescencias vinculadas a la Guerra Civil.

Sin embargo, Maíllo, lejos de renegar del término se hace militante oficial del PCE en 1996, cinco años después de la culminación de la Perestroika y la demolición del Muro de Berlín. Y lo hace, además, a los treinta años, esa edad en la que dicen que se pierde corazón para el ideal y la cabeza ocupa su lugar para ponerse de parte del bolsillo.

No es raro que el político lucentino tomase como referente a Julio Anguita, que, docente y comunista, se hizo célebre como alcalde de Córdoba, donde estableció un califato que no le discutía ni la derecha. Las personas son, definitivamente, más complejas que las directrices ideológicas, la política municipal lo demuestra. La actuación de los diputados se puede diluir más o menos en el Congreso, pero nunca la de un alcalde, pues revierte en nuestro marco más inmediato; la ciudad que habitamos, que salta a la vista.  De ahí que en unas elecciones  municipales se vote a las personas, más allá de las siglas.

Desde la honestidad, que si le atrajo valoración también le acarreó conflictos, Anguita fue el principal referente para un partido (IU), que quería estar a la izquierda de la izquierda, y logró para él los mejores resultados electorales de la historia democrática, cuando llegó a la política nacional. Nunca supeditó sus principios a la conveniencia ni al lucro personal y por ello era creíble para sus votantes. Frente a la insustancial propaganda, su lema era “programa, programa, programa…”.

Retirado ya de la política por problemas cardiovasculares llevó su coherencia hasta el final, pues fue de los pocos políticos que tras estar más de ocho años como parlamentario renunció a la pensión de jubilación como ex diputado y recibió la de maestro de escuela.

Como Anguita, Antonio Maíllo deja la política y regresa a las aulas. A ello le llevan también problemas de salud tan graves como la superación de un cáncer de estómago.

Para mí, Maíllo merece el mayor de los respetos. Ha luchado muchísimo por su salud y también a costa de su salud por intentar la unidad de la izquierda en Andalucía con la adhesión a IU de Podemos, Equo, Primavera Andaluza e Izquierda Andalucista; una tarea siempre ardua, porque los electores andaluces, como han demostrado con su voto, son más partidarios de la disgregación que del conglomerado.

Ahora, después de dimitir como coordinador de IU en Andalucía y Diputado del Parlamento, Maíllo vuelve a las aulas, como profesor de Latín, lo que no es un reto sencillo, estando tan denigrado el prestigio de los docentes y el estudio de las lenguas clásicas. No sé yo si es más complicado unir a la izquierda que hacer que los alumnos de hoy día se aprendan las declinaciones…Pues es un luchador, como no hay duda, defenderá que la educación es la única herramienta para el progreso de los humildes, por los que siempre apostó y que la enseñanza  del Latín y el Griego les dará armas para pensar, que es la mayor de las capacidades con la que defenderse en la lucha por la subsistencia. Ésa es la más grande de las revoluciones.

Dicen que el relevo de Maíllo está decidido. Sin duda, quien lo sustituya habrá tomado lecciones de su valor y habrá de trabajar mucho para cubrir el vacío que deja.

Por el momento, quiero transmitirle ánimos a Maíllo en su nueva etapa, pues me produce una gran empatía. Yo también he sido profesora de Latín en Aracena y, aunque con menores méritos, nunca he dejado de combatir por la utopía.

La educación es la base del progreso y yo sé que Maíllo seguirá teniendo en ella una parte activa y sobresaliente. En las aulas está la clave para el futuro.

El cumpleaños de Beyoncé

14 Jun

Tan verdadero como cierto, Pitita me está llamando ¿pero cómo es posible, si, al salir, he olvidado el móvil en casa? Oigo la voz de Pitita cerca, muy cerca, tan cerca como si estuviese a mi lado y es que resulta que Pitita me está llamando por la calle.

Estamos ya tan acostumbrados a hablar con los amigos por guasap o por el facebook que el hecho de que nos hablen por la calle y, más aún, sin cita previa, nos resulta una posibilidad remota a no ser que dicho amigo tenga geolocalizador y tú lleves el móvil.

Pero Pitita es ubicua, omnipresente y está por encima de las tecnologías. Tiene el poder sobrenatural de saber dónde está cada cual en todo momento y, más aún, el de saber dónde estoy yo.

—¿Pero dónde te has metido, chica? Te he llamado miles de veces al fijo y al móvil y me saltaba siempre el contestador. A estas alturas, ya creía que sólo te iba a encontrar en la página de sucesos, menos mal que he traído de paseo a mi Beyoncé, que tiene un olfato de Sherlock Holmes y, en cuanto te ha olisqueado el rastro, se ha puesto a ladrar. No te puedes imaginar lo que te quiere esta criaturita y el disgusto que se iba a llevar si no…

Beyoncé para demostrar lo expuesto por su dueña, salta con sus robustas patitas hacia mis pantorrillas mientras mueve enérgicamente el rabo. Es una perrilla de raza pura pug, con cara aplastada de bulldog, ojos saltones, enormes y graves y cuerpo diminuto pero rechoncho, que parece el vivo retrato de Charles Laughton o de uno de esos tories ingleses que con unción aristocrática lee volúmenes de Chesterton frente a la chimenea de su nutrida biblioteca, aspirando y expirando el humo de su pipa.

Fría y objetivamente y, sin mediar  ensoñaciones literarias , se podría decir que Beyoncé es horrorosa, pero hay que admitir que el pedigrí en los perros está muy asociado a la fealdad, y cuanto más feos resultan más valorados y caros en el mercado.

Beyoncé es como una señorita de posibles en época decimonónica, codiciada por la alcurnia, pero no tan grata a la vista. No obstante, es tan simpática y cariñosa que, en cuanto te brinda sus carantoñas, empiezas a encontrarle un tipo de belleza particular.

—Ay, nena, nena, esta vez no me puedes decir que no- asevera Pitita- vamos a celebrar el cumpleaños de Beyoncé y tú tienes que ser la primera en venir.

—¿Cómo? ¿El cumpleaños de Beyoncé?

—Pues claro, chica, ahora los cumpleaños de las mascotas se celebran. Todas mis amigas lo hacen, este tipo de eventos son lo más de lo más.

¿Cumpleaños de mascotas?- me quedo pensando sin saber qué contestarle- y sin poder evitarlo me vienen a la mente las imágenes de tantos niños anónimos que en los ambientes desfavorecidos de otros continentes no tan lejanos no conocen cumpleaños festejados ni aun lo que son las comidas diarias y sin tener que remitirme a ello, ni imaginar demasiado, me basta con el recuerdo de ayer: un inmigrante maduro y, sin duda, padre de familia, que rescata camisetas de un contenedor de basura. Están nuevas pero aquellos líderes de los equipos de fútbol deben estar caducados y el pecho de los alevines requiere otros.

Los niños del primer mundo están orientados hacia el éxito. Lo persiguen en los otros y en sí mismos a tal punto que no perdonan el mínimo desliz de sus ídolos del balón ni el descenso de sus likes en el Instagram. Los niños y adolescentes se desesperan también cuando comienzan a naufragar en el youtube y un porcentaje nada desdeñable opta por el suicidio. No por casualidad esta misma semana han tratado de este tema Carmen Posadas y Juan José Millás.

Hoy día se vive para una fama inmediata, insustancial y tan efímera  que cambia de un día a otro los rostros de los héroes de la palestra. El éxito rápido y fácil lleva a un fracaso rápido y fácil también.

En tanto las fiestas se multiplican y se magnifican. Se celebran comuniones tan costosas y aparatosas como las bodas y las despedidas de solteros y solteras pueden hasta incluir una semana de estancia en el Caribe en hotel de cinco estrellas. Los salarios bajan como sube la precariedad laboral y, sin embargo, crecen los motivos para celebrar lo que sea; graduaciones, regraduaciones e incluso divorcios, como si asistiéramos a la borrachera festiva de la Venecia en crisis de Carlo Goldoni.

Cumpleaños de mascotas; el último grito de las celebraciones, mamma mia!!!

Pitita me sacude las meditaciones con una palmadita en el brazo:

—Venga, anímate, nena, que ésta no te la puedes perder. Beyoncé cumple tres años, ya es toda una señorita. Será como su puesta de largo. Anda, Beyoncé, dile algo…

Gime Beyoncé y me observa con una expresión suplicante de sus derramados ojos.

—¿Y dónde es el cumpleaños?

—En un chiringuito de Benajarafe, a espacio abierto para que puedan venir los amiguitos de Beyoncé. Es un lugar popular como los que a ti te gustan y, además, tocarán “Los Junlay´s” ; un grupo muy guapo de flamenquito. Va a estar superbien.

Pues bien, voy al cumpleaños de Beyoncé como determina la fatalidad con la concurrencia de muchos perros de pedigrí y amigos de Pitita, de pedigrí también.

“Los Junlay´s” tocan y cantan fenomenal y sus niñas, de entre seis y ocho años, unas morenitas de pelo larguísimo bailan, entre plantas tropicales, las rumbitas con una gracia conmovedora. A unos metros, susurran las olas de un mar sereno y generoso.

Tras las gafas de sol, quiero esconder unas lágrimas que me brotan sin remedio, cuando oigo el tema “Las cosas más pequeñitas” de Nolasco, que es un himno epicúreo a la horaciana. Beyoncé me observa con sus ojos de Charles Laughton, teñidos de compasión, y me da toquecitos en las rodillas con sus patas regordetas.

Sin duda, sabe por qué lloro y quiere consolarme. Le sobran los sentimientos y le falta la hipocresía. Todavía necesitamos aprender mucho de los animales.

Carmen, la más fea de mi tierra

7 Jun

El tópico de la mujer fatal se pone de moda a finales del siglo XIX. En aquel tiempo, según se dice, era necesario demonizar al sexo femenino para provocar sobre él el rechazo, ya que, habiéndose incorporado las mujeres al mundo laboral, comenzaban a solicitar derechos, entre ellos , el del voto.

La mujer fatal, construida sobre premisas estéticas de Novalis y Gabriele D´Annunzio, y ejemplificada en personajes como la Carmen de Merimée o La Dama de las Camelias, era una fémina de carácter frío y calculador, que enamoraba a los hombres sin ser capaz de participar en ese amor, pues sólo la movía su pragmático interés por el poder y el dinero. De ahí que hiciese perder la razón a los varones hasta arrastrarlos a la ruina económica y la degradación moral.

La caracterización diabólica de la mujer, sin embargo, como sujeto de perdición de los hombres, no era nada nuevo, si se considera que en la tradición grecorromana es Pandora con su insana curiosidad quien abre la caja de los males y que es también Eva, en la Biblia, quien tentando a Adán con morder la manzana, desafía la cólera de Dios hasta propiciar la expulsión de ambos del Paraíso.

La literatura misógina continuó con su tradición, como es lógico, en los oscuros siglos medievales. Concretamente en 1253, don Fadrique, hermano de Alfonso X el Sabio, tradujo el Sendebar o Libro de los engannos e asayamientos de las mujeres, que en la línea oriental del Calila e Dimna, prevenía a los hombres contra la perversa condición del género femenino, si bien a promocionar tales escritos preventivos, pudo contribuir la mal llevada homosexualidad del noble, quien, según ciertas hipótesis, fue condenado a muerte por mantener relaciones “contra natura” con su yerno.

Secundando esta labor, El Arcipreste de Talavera, en su obra El Corbacho, escrita a finales del siglo XV, reprende a  las mujeres que arrastran a los hombres al” loco amor” y les reprocha sus múltiples  defectos: coquetería, vanidad, estupidez, parloteo inútil, avaricia….
Desde ahí hasta llegar al siglo XIX se podrían citar muchísimos más ejemplos de la presencia de la mujer fatal como motivo de la literatura y del arte, por más que en las últimas décadas decimonónicas este motivo se llegase a convertir en una obsesión ¿jugó en ello sólo la actitud defensiva del varón hacia la amenazante pujanza de las mujeres como seres competitivos y desafiantes o hubo también otros factores clave?

Si contemplamos cuáles eran las condiciones sociales en los albores del siglo XX, podríamos determinar que la atracción del artista por la mujer casquivana estaba muy condicionada por las circunstancias propias de su oficio. Sin duda, si el pintor buscaba mujeres que se desnudasen para hacerle de modelos, sólo las podía hallar entre las prostitutas, pues las normas del recato impedían este tipo de posados a las mujeres decentes.

De otra parte, su precaria situación económica- lo era, casi siempre- le impedía ofrecer una estabilidad económica- requisito indispensable entonces- a una futura esposa, por lo cual la fogosidad de su prolongada soltería sólo podía ser resuelta en los burdeles.

Con la llegada del Modernismo, lo que fue un imperativo económico, se estableció además como principio. El artista rechazaba a la mujer decente porque indefectiblemente lo arrastraba al matrimonio- convención burguesa, que como todo lo burgués, le  producía horror y repugnancia-.

Yo creo, en fin, por lo visto y leído, que en el siglo XIX la mujer fatal no producía tanto rechazo como fascinación, pues no eran sólo los precarios artistas, sino también los pudientes; aristócratas, empresarios, ministros, quienes frecuentaban las llamadas casas de tolerancia y galanteaban a bailarinas de varietés y cortesanas de hábitos libertinos. La razón puede ser, en cierto modo, comprensible, ya que la mujer legítima, aquel “ángel del hogar”, que había sido diseñado por clérigos y gobernantes, había sido lastrado de atractivos.  Su virtud, consistente en la plena ignorancia sexual, les aburría sobremanera y también su conversación, que irremediablemente era sosa y plana, pues les habían prohibido los estudios. Este orden de cosas propiciaba el adulterio, la profusión de queridas y de burdeles; la doble moral, en fin, pues por más que se indicase lo contrario, el hombre prefería la mujer libre a la clausurada y era por ella por quien perdía la razón y el capital.

El machismo no es consustancial en el hombre, sino una norma social contraria a la propia naturaleza masculina, la historia lo demuestra.

Los bares antes eran territorio exclusivo de los hombres, sin embargo, ahora ves en ellos matrimonios  y parejas que conversan, que comparten: que planean viajes y visitas a museos, de igual a igual. Es un avance o, más bien, es lo que tendría que haber sido desde siempre.

Visito la exposición “Perversidad. Mujeres fatales en el arte moderno” en el Museo Thyssen de Málaga y entre las magníficas obras de Modigliani, Romero de Torres, Picasso, Gustav Klimt, Suzanne Valadon, Dalí, Maruja Mallo, etc…  no encuentro ese nombrado rechazo a la mujer fatal, sino únicamente una expresión de fascinación amorosa, más aún teniendo en cuenta que algunas de esas modelos llegaron a casarse con sus propios pintores o a ser sus eternas parejas (lo cual es del todo equivalente).

Echo de menos, no obstante, una obra de Joaquín Martínez de la Vega, “Carmen, la más fea de mi tierra”, que expresa todo el amor posible por una mujer fatal. El título es, desde luego, irónico, tal vez el desventurado pintor de la Escuela Malagueña, tan apuesto y requerido por las mujeres, no encontró ninguna que le impresionase más, no sólo por su hermosura sino por su capacidad para ser libre, a pesar de ese oficio esclavo que es la prostitución.

El retrato de Carmen, por fortuna, podemos verlo, cuando queramos, en el MUPAM, en la taberna El Pimpi y en el Museo de Artes y Costumbres Populares.

No es una demonización, es un tributo; un tributo de amor. Él lo entendió así, ¿por qué nosotros tendríamos que entenderlo de otra manera?

Llámame Walter

31 May

Escribir no siempre es una tarea solitaria, para eso están las antologías, que te devuelven un poco a los tiempos del colegio. La profesora de literatura nos ponía un tema; por ejemplo, “El mar” o “La primavera”, que son motivos muy recurrentes y nos daba una hora para desarrollar la redacción. Aquellas clases fueron como un anticipo de lo que serían los talleres de creación literaria, cuando ni se sospechaba que algún día podrían existir y servía no sólo para ejercitar la gramática y el vocabulario, sino para que la profe supiera cómo éramos cada una de nosotras ( mi clase era exclusivamente femenina) y para que también nos conociésemos las alumnas.

Hay que ver cuántas versiones pueden dar de sí los temas tópicos y cuántas podrán dar todavía. Si el mar era para algunas, la experiencia festiva del verano y la primavera, el renacer de la vida, para otras era la tentación suicida de un poeta romántico o el paradójico desconsuelo de una joven que, en plena flor de la vida, llora por una frustración de amores (sin duda, lo mío iba siempre más en la segunda línea melancólica).

Ya, de profesora, tomando este ejemplo, ponía a mis alumnos redacción los viernes en mis primeras clases de lengua, con la ventaja añadida de que me tocó un grupo muy aventajado y creativo. Era increíble el diverso partido que le podían sacar a un tema como “El aburrimiento” y lo que yo disfrutaba leyendo sus textos en aquel destino remoto de Ayamonte, tan próximo a Portugal, mientras chillaban las gaviotas y golpeaban con sus alas los ventanales de aquel caserón decimonónico.

Ahora con los hábitos del Twitter, es difícil hacer que un alumno escriba más de veinte líneas, pero yo espero que la hora de redacción y los escritos de un folio se recuperen, como también las horas de silencio en las bibliotecas. Hay que empeñarse y, como dijo Cela, el que resiste, gana.

De momento, yo he vuelto a recuperar esa magia de las escrituras grupales del colegio gracias a las antologías. He compartido con otros autores temas como el mar, el sexo y el cine en los compilados de Azimut y ahora por la iniciativa de editorial Algorfa, en una edición coordinada por el escritor Ángel Domínguez (“Pasaje Begoña. Contaré lo que fui”.), comparto con once colegas la experiencia del Torremolinos de 1971 en el pasaje Begoña, cuando se hizo la gran redada por la que fueron detenidas más de 300 personas a causa de su condición homosexual. Interpretar un acontecimiento así, del que se tiene tan poca información ya por simples razones de cronología era todo un reto, pero nada es más apasionante que los retos, de modo que la tarea de documentación y de sugestión hasta poder meterse en la piel de un homosexual de los principios de los 70 en Torremolinos ha resultado fascinante. Escribir te permite viajar en el tiempo y en el espacio y vivir muchas vidas, de eso podría hablar largo y tendido Julio Verne, que viajó mucho más gracias a su pluma que a sus escasas posibilidades económicas. La paradoja del escritor es que es un aventurero, amarrado por fuerza a una silla.

Viajar a Torremolinos no parece complicado si se habita en Málaga, como es mi caso, pero allí ya no estaba lo que hubo en el pasaje Begoña, que, siendo en su esplendor, un punto de encuentro internacional para gays y también heteros con ganas de fiesta, se ha visto reducido a un callejón sombrío, aunque poco a poco van apareciendo con el nombre antiguo de los bares o sus propietarios una diversidad de comercios; por el momento la inmobiliaria “Pia Beck” y la agencia de viajes, “La Sirena”…

Viene un niño, de rasgos morunos, a darme un folleto de dicha agencia, “para que viaje donde yo quiera”, me dice. Yo le cuento que aquel pasaje fue muy importante en tiempos pretéritos y él con esa mirada insaciable y curiosa propia de la infancia, me guía por cada rincón:

—¿De verdad? ¿de verdad?- me pregunta.

-Por supuesto, y ahora este lugar volverá a tener tanta fama como en esa época y vendrá a visitarlo gente famosa desde todas las partes del mundo.

El niño ilusionado mira las puertas cerradas de los locales y el lúgubre portal de luz macilenta de su edificio de pisos.

—¿De verdad? ¿De verdad?- me vuelve a preguntar.

Asiento y él no puede disimular su alegría. En ese momento, bajan del edificio, unas hermanas  suyas con la cabeza velada, acompañadas de un amigo.

—Aquí va a haber una gran fiesta y lo mismo hasta viene el alcalde- les comunica.

Ellos escépticos se encogen de hombros:

—Vale, ¿te vienes a dar una vuelta por el paseo marítimo?

El niño no se va. Se queda conmigo y juntos imaginamos el antiguo esplendor del pasaje. Tenemos esa infancia compartida de imaginar. Su compañía y su entusiasmo me hacen cobrar fuerzas para escribir los relatos.

De vuelta a Málaga, voy experimentando esa metamorfosis que se apodera de los escritores en el proceso de creación y, días después, cada vez que abro el ordenador, soy Walter, un aristócrata escocés de inmensa fortuna que, al serle diagnosticado su próximo fallecimiento, decide viajar de incógnito al pueblo más moderno del mundo, donde, según le han dicho, cada día es sábado y cada noche fiesta.

A medida que tecleo se esfuma a mi alrededor el tiempo presente y regreso donde nunca estuve como un extranjero perdido que busca con ansiedad un pub donde tomarse un güisqui y se topa con el Tony´s, donde un pintoresco muchacho, lo atrapará con su personalidad efervescente y vitalista para sumergirlo en una vorágine de juergas encadenadas y locuras, que lo harán olvidarse de la familia que dejó en Escocia y hasta de su diagnosticada muerte.

Construyo, sin duda, una hipótesis que podría explicar el fatal desenlace de las redadas en la  noche del 24 de junio de 1971; algo que de tan ficticio podría llegar a ser real.

Con gran intriga, pues hasta el momento, no he leído los relatos de mis compañeros de aventura, me pregunto cuántos pasajes Begoñas habrá dentro del libro, tan hipotéticos y, a la vez, tan veraces y tan diversos y una vez más agradezco la posibilidad de participar, como escritora y, más aún como lectora, de esta magia llamada literatura.

La ciudad resucitada

24 May
  1. Un apartamento en Muro de Puerta Nueva. Allí comenzó todo, aunque ni yo misma sabía lo que comenzaba. Desde mi llegada a Málaga o , más bien, mi regreso, había vivido unos meses en un ático algo inhóspito de la calle Marín García y recurrí a una agencia de alquileres para mejorar mi domicilio. Visité y rechacé muchos pisos hasta dar con aquel que finalmente me hechizó. Se encontraba en un edificio de, al menos, cien años de antigüedad, donde, por supuesto, no había ascensor.

Con el calor de principios del verano, la maleta pesaba más para arrastrarla por los dos empinados tramos de escaleras, porque mi apartamento estaba en el último piso, o no, pues desde allí se podía subir a un tendedero cubierto que parecía un palomar.

Tal vez mi nuevo hogar no era el paraíso, pero a mí me lo parecía. Cada una de las habitaciones tenía balcón y en el amplio salón podían contarse tres, por los que entraba el sol a raudales.

Sobre una mesa, junto a uno de aquellos balcones, coloqué la máquina de escribir, donde tecleaba artículos de día y de noche con la esperanza de que alguna vez los publicasen en la prensa local y garrapateaba novelas que no pasaban nunca del segundo capítulo. Tenía, desde luego, mucho entusiasmo, pero pocas cosas que contar y, por hallarlas, me lanzaba a la calle.

La ciudad era muy diferente entonces. Calle Larios era todavía peatonal y la vida cultural estaba en el Ateneo; primero en la plaza del Obispo y luego en un piso diminuto de la calle Ramos Marín. Necesitaba más y me matriculé en los cursos de doctorado de literatura de la Universidad y en la Escuela de Idiomas. Estudié en las fotocopias la presencia de Francisco Flores y García, Juan José Relosillas, Emilio de la Cerda , José Moreno Villa y Jorge Guillén, entre otros, de la mano de Isabel Jiménez Morales,  Manuel Alberca, Rosa Romojaro, Enrique Baena, Amparo Quiles,  Salvador Montesa,  Antonio Gómez Yebra… y aprendí la lengua de Dante con las puestas en escena de un profesor carismático; Víctor Maña, que nos sorprendió después sacando del armario su faceta de escritor con sus novelas premiadas en prestigiosos certámenes literarios como el Café Gijón y el Vargas Llosa.

Dimos una fiesta para inaugurar el piso de Muro de Puerta Nueva y nos reunimos casi todos los que almorzamos aquel día en el molino de Alcaucín del pintor Plácido Romero; cada cual vinculado al arte de uno u otro modo.

Álvaro García trajo la cerveza y Sebastián Navas hizo de disc-jockey. Hubo que abrir los balcones de par en par, pues las noches de finales de junio venían cálidas, pero, gracias a la biznaga que trajo Enrique Queipo, no nos atacaron los mosquitos.

En la cocina, Marta, Fernando y yo intentábamos abrir unas latas difíciles para poner un picoteo. Fue, desde luego, una empresa heroica, pues todavía no estaba de moda el abrefácil.

De aquella fiesta podía haber escrito un episodio Rafael Cansinos-Asséns para “La novela de un literato”, en fin.

Así comenzaron los años en Puerta Nueva, sin que ninguno de nosotros supiese que con esa fiesta estábamos inaugurando una nueva etapa para nuestras vidas y la ciudad, que todavía, incluso en pleno centro, conservaba cierto aspecto provinciano.

Asomada al balcón, por las mañanas, con el primer café en la mano, observaba en la calle, aún transitada por el tráfico, un trajín evocador de sus orígenes, cuando era punto de destino de las carretas que traían de los pueblos su mercancía agrícola y ganadera o confluencia de bandoleros de intimidatoria fama que desde Andújar, Linares, Úbeda y Montilla venían a planear sus pillajes y secuestros. Todos ellos tenían como hogar ocasional, el Parador de San Rafael o de la Leona; aquel edificio en ruinas que era el principal panorama desde mi balcón y ya sólo era habitado por camadas de gatos vagabundos y en el que yo distraía la vista, después de interrumpir al cuarto folio, la penúltima novela fracasada por falta de argumento.

Sin verla, como tantas veces hacemos, miraba entonces la buhardilla donde pasó sus últimos años el desventurado pintor Joaquín Martínez de la Vega, en manos del alcohol y del delirio. Su vida entonces era un misterio como también su obra, que junto a la de los demás maestros pintores del siglo XIX, estaba oculta al público en los altos del Palacio de la Aduana.

Hicieron falta cuatro lustros para salir de aquel letargo en el que, junto a la ciudad, parecíamos todos estar sumidos, pero fueron dos décadas de cambios acelerados. El Ateneo, de aquel humilde pisito de Ramos Marín, pasó a asentar sus reales en el majestuoso edificio, que fue sede de la Escuela de Bellas Artes de San Telmo y hasta aquel parador de San Rafael, abocado a la demolición, renació de sus cenizas para ser flamante sucursal oficial de Turismo Andaluz.

Otros edificios históricos también fueron restaurados y redirigidos como la Casa de Misericordia de avenida de los Guindos, construida por el arquitecto Juan Nepomuceno Ávila, que sirvió de ubicación a La Térmica, y La Tacabalera, reconvertida en museo ruso de San Petersburgo, se sumó a una amplia oferta museística, donde figuraba ya el Centro Pompidou, el CAC, el Carmen Thyssen, y, por supuesto, el Museo Picasso, de donde salieron las obras de los maestros del XIX, que fueron las últimas en encontrar un hogar, después de haber sido las primeras en el único museo de pintura que tuvo Málaga durante tantos años.

¿Quién nos iba a decir aquella noche de fiesta en Muro de Puerta Nueva que ocurriría todo cuanto ocurrió después? ¿Y quién me podría pronosticar entonces que el argumento tantas veces buscado para mi novela se encontraba delante de mis ojos en aquel edificio en ruinas, sólo poblado por gatos vagabundos y el fantasma de un pintor, que, desde su infortunio de alma en pena, buscaba un lugar para que reposase su memoria?

Ahora ya en la ciudad resucitada, resucita también Joaquín Martínez de la Vega en las paredes del Museo de Málaga y las páginas de una novela. Hace falta muchas veces el paso de los años para comprender el sentido de una llamada.

El sexo prohibido

17 May

Todas tuvimos algún amigo así en aquellos años de adolescencia y primera juventud. Era, sin duda, el más divertido y, a veces, también el más guapo de la pandilla, si no acaso el más atractivo, que es una cualidad siempre superior a la belleza.

Cuando íbamos a una fiesta, el resto de los chicos se aferraban sombríos a la barra, por miedo al ridículo, y en pose de hombres duros del oeste americano, apuraban cubata tras cubata, los muy cobardes.

Sin embargo, aquel amigo bailaba con nosotras en la pista y solía hacerlo bien, muy bien, incluso cuando sonaban sevillanas. Todas lo adorábamos y no sólo por su capacidad para el baile, sino también porque nos hacía reír como ninguno. Compartía con nosotras el mismo sentido del humor, frívolo e irónico. Era único cuando se ponía gracioso, pues los demás al intentar su misma gracia resultaban sosos o burdos.

Lo adorábamos, claro que sí, era de todos el mejor piropeador; el primero en elogiar con las palabras justas nuestro cambio de peinado o nuestro vestido nuevo, que a veces pasaba desapercibido a los ojos de nuestros novios.

Si se daba el caso, nos podía acompañar incluso a las tiendas de ropa sin aburrirse y nos aconsejaba el corte más favorecedor y los complementos más adecuados. En él hallábamos esa anhelada alma gemela, que incluso se encandilaba con nuestras peripecias sentimentales, mientras los demás hablaban de fútbol.

No era nada difícil que aquel chico encontrase en el grupo su primera novia; la Doris Day idónea para el perfecto Rock Hudson; una muchacha que, en el fondo, sabía que aquello era temporal, pero en tanto le gustaba lucir al impecable caballero de pareja en las verbenas. Otras mucho más ingenuas o mucho más insensatas se enamoraban de él locamente y, con esa locura, intentaban lo imposible: enmendar su naturaleza y guiarlo hacia la heterosexualidad como Antonietta quiso hacerlo con Gabriele en Una giornata particolare:  aquella inolvidable película de Ettore Scola que describe el encuentro de una casada insatisfecha y un homosexual perseguido en un edificio que los demás vecinos han abandonado por acudir al desfile de las fuerzas armadas de Mussolini en homenaje a la visita de Hitler.

El conocimiento de Gabriele, magistralmente interpretado por Marcello Mastroianni, pondrá en duda los inculcados valores fascistas del ama de casa de clase media, que encarna a las mil maravillas Sophia Loren, dada la fascinación que despierta sobre ella el disidente.

Cualquier régimen totalitario de derechas o de izquierdas ha perseguido e incluso encarcelado a los homosexuales. Tal vez bajo la excusa de degradar moral y costumbres y no contribuir al crecimiento de la población, pero lo cierto es que lo que asustaba de su actitud era su aire de independencia y su naturaleza tan proclive a ejercer la libertad por encima de las normas. Nos referimos a esa clase de homosexuales, pues también los había dóciles, soterrados e integrados en las cúpulas de poder y hasta se podría especular bastante sobre la sexualidad del propio Hitler, a juzgar por su rarísima relación con Eva Braun y su deseo expreso de no reproducirse, lo que el Führer  justificaba alegando que no quería engendrar a un hijo, que, inevitablemente, sería inferior a sí mismo. Como megalómano, Hitler temía tanto a la sucesión como los dioses griegos que por impedirla acababan comiéndose a sus hijos. Éste podía ser un motivo ¿pero habría más?

Los años 30 de la Unión Soviética, bajo el mando de Stalin, no fueron menos agresivos con los homosexuales, que tenían dos opciones: tratar de curarse de sus inclinaciones (diagnosticadas oficialmente como enfermedad) o ir a la cárcel, lo que conllevaba las penalizaciones añadidas por parte de otros presos. Contaba el artista Yaroslav Mogutin el brutal asesinato de uno de estos detenidos por parte de diez presidiarios, quienes después de someterlo a múltiples violaciones, saltaron con los pies juntos sobre su cabeza hasta matarlo.

Que un homosexual coincidiese con un revolucionario en una celda era, sin embargo, lo mejor que le podía pasar si recordamos la novela de Manuel Puig, El beso de la mujer araña ,y su puesta en escena por Héctor Barbenco. Al fin y al cabo, la acusación de homosexualidad encubría la más grave de disidencia. Y la disidencia, del color que sea, une y mucho.

Por estos caminos llegamos inevitablemente a otro film emblemático; Fresa y chocolate que, en la Cuba de finales de los 70, gira en torno al encuentro entre un joven comunista y un artista homosexual, vigilado por contrarrevolucionario ,que, pese a las primeras diferencias, confluirá en una estrecha amistad.

Mucho ha llovido después de esta película que tuvo su boom en España hacia 1994 y, sin embargo, parece que en la isla hay un rebrote de despotismo represor, lo que suena muy a añejo. El pasado sábado, la policía cubana interrumpió una marcha por los derechos del colectivo LGBT que de modo pacífico desfilaba por el paseo del Prado de La Habana bajo el lema Cuba diversa y detuvo a tres periodistas independientes.

La causa de la carga policial como apuntamos antes tal vez se deba más a motivos políticos que de género. No obstante, aquella manifestación, como precisó el cantautor Silvio Rodríguez, suscribiendo la denuncia de su colega, Vicente Feliú, estaba organizada por activistas independientes y sin la supervisión del estado.

Se trataba de una iniciativa alternativa al desfile anual de La Conga, que de modo oficial, se celebra año tras año para arrancar las jornadas contra la homofobia y que la directora del Cenesex, Mariela Castro, hija del expresidente y primera secretaria del jefe actual de Gobierno, Raúl Castro , decidió suspender por no considerarla apropiada, dadas las tensiones internacionales y regionales que se estaban experimentando.

Sin ser las explicaciones nada convincentes, concluimos que la represión contra la diferencia, sea del carácter que fuere, es un síntoma de regresión y ha de ser denunciada a diestra y siniestra si pretendemos construir un futuro de ciudadanos libres. No es el momento de rescatar lo peor del pasado bajo ningún concepto.