El Ángel de la Guarda

19 Jul

El otro día me encontré con mi ángel de la guarda. Fue un encuentro fortuito de esos que consisten en que vas buscando una cosa y encuentras otra. La vida entera, en fin, consiste en eso más o menos.

Pues bien, yo iba al estanco a comprar un abrecartas con el resultado de que no sólo no lo había, sino que además ni el dependiente sabía qué era un abrecartas. Normal. Las cartas -desde la invención del email y los guasap- ya han dejado de ser objeto de recibo, excepto si las envía la entidad bancaria y éstas se abren sin tanta ceremonia o directamente no se abren.

El abrecartas es un utensilio obsoleto, que sólo compran en Toledo los críos en sus primeras excursiones con el instituto para llevarlo de regalo a sus padres, pero yo tenía entre manos un libro de hojas pegadas, de aquella época en que existían los abrecartas, y era preciso desvirgarlo con el artilugio punzante. Se trataba, más allá de su propio contenido, de una novela melancólica, pues era evidente que, por lo menos, aquel ejemplar, publicado hace un siglo, no lo había leído nadie.

Emprendía entonces una retirada también melancólica del estanco, cuando una mano posada en mi brazo me detuvo. Era una chica que vendía cigarrillos electrónicos, que dicen que ayudan a quitarse de fumar.

En aquel momento me había retirado del vicio una bronquitis, contraída no por causa del tabaco, sino muy al contrario por el intento de nadar en la piscina de un centro deportivo climatizado al estilo siberiano, lo que no quitaba que al recuperarme -que aún no- volviese a la nicotina. Tuve un pálpito, aquella muchacha no estaba allí porque sí, me la había enviado la providencia. Era mi ángel de la guarda. Un ángel fieramente humano- como diría Blas de Otero- de rubio teñido y dientes con alambres de ortodoncia. Un ángel caído, que se confesó exfumador, y con pinta de volverse a caer en cualquier momento. O sea, era sin duda un ángel a mi medida. Hablamos mucho de lo divino pero, sobre todo, de lo humano y el resultado fue que salí del estanco sin abrecartas pero con un flamante cigarrillo electrónico, mientras sonaban las campanas del redoble de conciencia. Comprar un abrecartas es un acto casual, pero dejar de fumar es una decisión trascendente ¿estaría preparada?

Pensaba en ese poema de Álvaro Salvador, mi profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad, fatalmente titulado “Canción del reincidente”:

Uno/ no se quita de amar/ ni de fumar/ uno descansa. Son/ como treguas que/ uno mismo inicia/  y donde uno/ firma la paz/ o acusa la derrota.

El poeta comparaba el hábito del tabaco con el del amor, dos rituales más dañinos todavía cuando se convierten en costumbre. La rutina es un tejido hipnótico de hábitos saludables e insalubres, dejar cualquiera de ellos nos descoloca y más aún si se trata de los vicios.

Como no tengo alma de tango al amor dañino no me acostumbro, pero al tabaco, esa muleta que te sostiene al escribir sobre el vacío de tantas horas de soledad, ay…

Si contemplas las fotos de muchos escritores de antaño, los verás apoyados en su colilla como sobre un bastón. No es una pose arrogante, es una postura de indefensión que revela en el autor la necesidad del humeante narcótico como medicina de su hiperestesia. La lista de los letraheridos fumadores es interminable:  desde Marlowe a Emilio Zola, Flaubert, Oscar Wilde, Pérez Galdós, Julio Verne, Pío Baroja, Chesterton, Albert Camus, Conan Doyle, Flaubert, Cortázar, etc y tan etcétera que acabaríamos antes haciendo una lista de escritores no fumadores.

No hay un estudio que demuestre que la nicotina favorezca la creatividad, pero Fernando Savater, gran fumador, afirmaba que muchas de las páginas de la mejor literatura universal se debían a un cigarrillo o a una pipa fumados a tiempo y, de hecho, no son pocos los literatos que han considerado que el acto de escribir es incluso secundario  al de fumar como André Gidé, “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar” o Thomas Mann que llegaba a asegurar que la vida no tenía ningún sentido sin fumar, que él “se despertaba con la alegría de fumar durante el día y si comía era sólo para poder fumar después” y, sin llegar a tales extremos, quedan aún quienes mantienen como Gustave Faverón Patriau que no pueden disociar las letras del  humo “Escribir es la única actividad en mi vida que no he podido desligar de un cigarrillo”, asegura el escritor peruano y Juan Bonilla, cuando iba a cumplir los 50 años prometió “regalarse” dejarlo; “no sé si el tabaco o escribir”.

Ante una disyuntiva tan extrema, yo prefiero esta solución intermedia del cigarrillo electrónico, que es la más plausible aparte de aquella de escribir por las mañanas, para mí ideal, pues no me convierto en fumadora hasta después del almuerzo. Tanto es así que me pregunto si aquellos que dicen no poder prescindir del tabaco mientras escriben, han probado a escribir de día antes de hacer la digestión…Pero, en fin, como no siempre es posible elegir horario, aquí tengo el cigarrillo electrónico para la escritura nocturna. Es un artilugio que, con los años, se ha ido perfeccionando. La boquilla se adapta mejor a los labios y al aspirar y encenderse el piloto azul del extremo, produce un chasquido tan parecido al que emite el de papel que hasta vas a coger el cenicero para depositar la imposible ceniza.

Espero saber qué es vivir y escribir sin ceniceros ni mecheros ni colillas, tampoco de noche y olvidarme hasta de nombrar el tabaco, que es la prueba de que se deja atrás un vicio o un amor. De tanto mencionar los cigarrillos en este artículo es la primera vez que me apetece fumar por la mañana. No habrá reincidencia, sin embargo, pues ya no compro de papel y el electrónico lo dejé olvidado anoche por ahí sin batería.

Se alquila habitación privada en choza sexy

31 Ago

Agosto. Es el mes de vacaciones por excelencia, principalmente porque muchos ciudadanos no pueden escoger otro mes para esparcirse. De modo que en él invierten sus aplazados deseos de desconexión, de diversión, de huida. Algunos porque, aunque tengan una casa agradable, necesitan cambiar de escenario para apreciar la diferencia de esos días, otros porque su hogar no es un lugar en el Edén y mucho menos si el clima se pone asfixiante y el único espacio acuático del que disponen es la bañera. El caso es que las circunstancias impelen al viaje; a encontrar un alojamiento ocasional cerca de la playa o con piscina. Otra opción es hallar un destino fresquito, pero, con el calentamiento global, hace calor ya casi en todas partes.

En fin, irse, eso está claro ¿pero adónde, si la paga extra es cortita o si se es autónomo? Los hoteles son una opción maravillosa, pero sus precios en agosto se ponen imposibles ¿cuántos se pueden costear una habitación que cuesta una media de 200 a 280 euros la noche y pagar comidas aparte? Los apartamentos turísticos son, tal vez, una competencia desleal a los hoteles, pero permiten ahorrarse lo correspondiente a los restaurantes, al contar con cocina, y muchos los escogen por carecer de presupuesto. De acuerdo que los hoteles son más caros porque tienen que pagar más personal de limpieza, recepción, chef, camareros, etc…y de ello están más exentos los gestores de apartamentos, pero la cuestión es que la crisis sigue; los salarios se congelan o bajan y quien quiere costearse unas vacaciones ha de ajustarse a lo que tiene, que, en tantas ocasiones, es poco o poquísimo.

De esto no se van a hacer una idea quienes tienen una segunda residencia de verano en propiedad o quienes pueden elegir septiembre u octubre como mes vacacional, cuando los precios son más bajos y hay menos aglomeraciones, ni tampoco, claro está, los que, sin problemas, pagan 300 euros por noche en un hotel, pero los agosteños de bajo presupuesto son la mayoría y, por lo general, hacen encajes de bolillos para pasar su agosto según la oferta. A la vista de esta demanda low-cost se despierta otra oferta en quienes tampoco atan los perros con longaniza. O sea, que alquilan su propia vivienda en agosto y, mientras tanto, se van a vivir con sus padres o reservan una habitación en su propia casa para recibir turistas a pago. Dirán que es cuestión de codicia y, sin embargo, se trata en la mayor parte de cuestión de supervivencia.

Recuerdo cuando alquilé en Split (Croacia) una habitación en lo que yo creía que era un hostal y, a la postre, se trataba de una chabola. Cuando regresamos de noche, vimos a la anciana propietaria durmiendo en el sofá y al hijo en la terraza. Sus habitaciones las ocupábamos los turistas.

Pero hay casos todavía más alucinógenos. Mi amiga Lali, amante, como yo, de las playas gaditanas, ha buscado este agosto un alojamiento allí y se ha quedado de piedra.

Los hoteles pedían de 300 a 1.000 euros la noche y todo lo que fuera acercarse a los 100 o por debajo de 100, como eran sus posibilidades, era rayar en el disparate.

Me contaba que por 70 euros le ofrecían un alojamiento privado en una furgoneta aparcada a pie de playa. Claro, que de privado regular, pues los propietarios advertían de que ellos iban a dormir en la parte delantera. Otras opciones, por igual cuantía, eran “habitación privada en tienda de campaña” ¿qué es eso? o “Aventura africana en choza experience”. Entre este tipo de ofertas, encontró la de un tal Samarkanda, que parece que ha entendido bien cómo vender por alojamiento cualquier rincón en el suelo por una pasta. Es un alemán con trazas de hippy de los setenta con un marketing muy despabilado.

Samarkanda es su nombre actual, porque se lo puso un gurú ya fallecido (así que no hay caso de indagar) pero tuvo muchos otros, todos en plan budista. O sea, pongamos que si le tienes que poner una reclamación, está difícil la cosa, pues, además, añade en su perfil que no está muy seguro de si existe o no, de si es Dios o diablo o nada de nada, ya que hay muchos dioses con diferentes nombres y eso es un lío, como nos advierte, y que sus diversos profetas; Jesús, Mahoma, Buda y Moisés se hacían preguntas sin casi ninguna respuesta, ¿por qué?, porque la única respuesta es el AMOR, que asegura, que está en cosas de la naturaleza como las sonrisas, las brisas y las florecillas y que hay que practicarlo en el presente, ya que otro tiempo posiblemente es un espejismo.

Lejos de las manadas y las normas, Samarkanda te propone vivir el AMOR (así, en mayúsculas) entre caballos, vacas, burros, zorros y conejos que vagan en libertad por prados y colinas. De los mosquitos no dice nada, aunque sospechamos que también actúan a su aire, pues las chozas que ofrece en las fotos, por donde se le ve pulular, ligerillo de ropa, no tienen ninguna pinta de tener enchufes para conectar los repelentes.

A Lali le encanta la naturaleza y los animales, aunque en esa nómina no entran los mosquitos ni los piojos a los que empieza a temer, pues, por las imágenes vistas, le da que la higiene no es la prioridad del espacio y eso que Samarkanda asegura que su lugar es un espacio mágico, donde reside la paz y el refugio dentro del Tao.

Lo que también le preocupa es dejar el coche abierto y todas sus posesiones al descubierto, sin preocupaciones, como aconseja Samarkanda, pues, aunque no sea probable que le roben en una comunidad tan filantrópica, también es verdad que allí los bienes materiales importan una higa e igual existen como dejan de existir, lo mismo que Samarkanda y los efímeros guerreros de la paz que vienen a visitarlo, todos con nombres figurados y etéreos, y, por tanto, imposibles de formular ante una comisaría.

Otra cosa es el tema de las experiencias como los baños de luz y los masajes tántricos, pues a Lali se le figura que eso tiene fronteras difusas e igual Samarkanda o sus guerreros fugaces van por la noche a su choza o a la tienda de campaña y, entre unas cosas y otras, le meten mano.

­-¿Tú qué dices, chica?- me pregunta con zozobra.

Agosto acaba y empieza el mes de vacaciones para los ricos; septiembre. Lali y la mayoría lo vivirán en sus respectivos puestos de trabajo; unos con la pesadumbre de haberse quedado en números rojos con las vacaciones, otros con la melancolía de no haber podido siquiera salir de casa, mirando con envidia a aquellos que suben en coche o en taxi con sus maletas hacia los paraísos ya en calma.

Qué grata sorpresa

3 Ago

Querido amigo, Leoncio:

No te puedes imaginar la alegría que me he llevado esta mañana al recibir por paquetexpress tu última novela. Temí por un momento que se tratase de algún pedido no deseado, pues, dado el volumen del objeto, no podía figurarme que fuera un libro.

Tampoco el chico que vino a entregarlo, quien entre el peso de la carga y el terral que debió poner plomo sobre su cabeza, vino resoplando de muy malos modos (ya sabes cómo está hoy día la juventud, que no tiene respeto por nada…).

En fin, en fin, 1.000 páginas; qué generosidad, chico. Creo yo que con esta novela tuya se me va a hacer cortísimo el verano. Por la amenidad que caracteriza a tus escritos, sé que será carga ligera cuando la lleve conmigo a la playa y asimismo será un placer liviano ojearla, sentado en la silla plegable frente al mar, mientras recibo el frescor tonificante de las brisas marinas. Tú ya sabes que esta silla es nueva y resistente, pues la del verano anterior, de modo inexplicable, se quebró y se hundió en la arena, mientras leía el segundo tomo de tu iluminado y lúdico ensayo, “Breve introducción sobre la aplicación de la maquinaria agrícola a la economía rural de la comunidad de Aragón en el último tercio del siglo XIX”, con el que, como puedes figurarte, disfruté muchísimo; vamos, vamos, que ni Jovellanos en sus mejores tiempos…

Ahora, como he leído en la sinopsis, el asunto de esta trama no se presenta nada menos interesante, ya que pese a que la estrategia narrativa gire en torno a un crimen de un individuo inidentificable en circunstancias misteriosísimas -argumento de inaudita originalidad, por cierto- no resulta más que una mera excusa para arrancando de ahí, exponer la historia de las locomotoras de vapor durante la Revolución Industrial; tema que, como sé, te apasiona sobremanera y del que eres un maestro al abordar hasta los detalles más minuciosos. Y es que cuando tú te pones a describir una locomotora, lo haces a conciencia, sin perderte un detalle de piezas y engranajes internos. Así que ya me puedo imaginar la clase de materia fascinante que encierran estas páginas, que sin poderme resistir más ya les di un primer vistazo y tan atrapado quedé que confundí realidad con ficción, ficción con sueño…y sólo desperté cuando mi esposa Matilde me dio una voz bien de cerca para llamarme a comer, que con el tonito que se gasta y la sugestión que tenía, creí que escuchaba silbar una locomotora a todo gas que se me venía encima.

Del estilo, qué te puedo decir, es soberbio como siempre, con todas esas sinuosidades: paráfrasis, perífrasis, retruécanos, hiperbatones y polisíndetones; que para hacer alusión a una palabra, dices cincuenta sin que llegue a averiguarse qué palabra es. Eso es estilo, caramba; las locomotoras claras y todo lo demás oscurísimo, pues, como tú siempre dices la novela es un deleite estético para las almas delicadas y no un burdo relato sin más, de modo que, a este objeto, no hay razón ni remota como para que la gente se entere absolutamente de nada. Lo elegante es sugerir, sin tener que sugerir nada en concreto, acumulando tropecientas imágenes oníricas, una detrás de la otra.

Claro que me haces un honor, al pedirme que revise con escrupuloso celo cada una de las mil páginas en busca de alguna posible errata si la hubiere, pero, caramba, cómo voy a meterme yo, pobre de mí, a enmendarle la plana a un maestro como tú, de tamaña categoría. De modo que te digo desde ya, que te des por corregido, pues no soy digno de encargarme de una tarea que es tan apasionante como imposible y que resulta desmedida en suma para mis capacidades.

Tu novela, querido Leoncio, está bien como está, con sus mil páginas y su final abierto, que es un final en sí mismo, allá vayan los simplones que se crean que con la lectura de los 140 capítulos se van a enterar de quién es el asesino, como si eso tuviera que importarles lo más mínimo. Lo importante son las locomotoras y al asesino que le vayan dando, me cachis.

Por eso, querido amigo mío, yo te aconsejo que no continúes con la saga y que, si lo hicieres, te tomes tu tiempo, porque superar este magnífico volumen con otro similar va a ser ardua tarea. Ahora que si te empeñas, como sé yo que tanto te empeñas en las cosas, te he de comunicar una pequeña, pequeñísima contrariedad, en el caso de que, como habitúas, me envíes el ejemplar el próximo verano. Verás, Leoncio, voy a cambiar de domicilio por cuestiones de salud, pues tú sabes de mis crónicas crisis de reuma y mi intolerancia a la humedad, así que igual me mudo, pero estoy entre irme a Pernambuco o a la Conchinchina y todavía no lo tengo muy claro.

Por tanto, no pudiéndote dar mis nuevas señas, es mejor que no te molestes en enviarme el nuevo ejemplar hasta próximo aviso. Esto me duele en el alma, porque ya sabes cómo me solazan tus escritos, pero, hijo, la salud es lo principal.

Sin más que decir, se despide de ti con un fuerte abrazo, tu amigo Paciencio.

 

El calor y los fuegos

11 Ago

De todos los eventos de la Feria, creo que es el de hoy el que siempre me ha gustado más. Precisamente porque los fuegos artificiales con los que se da paso a las fiestas se celebran de noche, cuando ya la ausencia del sol nos alivia un poquito de ese terral que, a mediados de agosto, suele andar desatado.

El terral, como pueda creer erróneamente el visitante o un malagueño que pierda la memoria de un año a otro no es consecuencia del cambio climático, sino un mal que nos acompaña desde siempre, aunque, por fortuna, sólo se manifieste de vez en cuando. A la altura de mediados de agosto, por la Feria, en especial.

De la antigüedad del fenómeno son muestra estas palabras del viajero Joseph Townsend, que, a finales del siglo XVIII, anotó sus impresiones de la ciudad:

Durante el verano, los habitantes de estas regiones bochornosas evitan el contacto de los rayos de sol en lo posible, quedándose en sus casas todo el día…

Costumbre que precisó mi colega del viernes, Juan Gaitán, que es un verdadero experto en el tema:

Cuando sobre la ciudad sopla el terral, el calor va por las calles dando trompadas como un animal herido.

El terral revienta los termómetros y nos obliga a encerrarnos en los búnkeres que tengamos más a mano. Ante el terral sólo sirve cerrar las ventanas o bajar a los sótanos donde no alcanza su respiración de ángel caído.

Por lo demás, ya que estamos en este artículo llamado “Terral”, extraeré otras frases que perfilan aún más a este viento del Hades, que es hermanastro del Levante o, como diría el poeta, su lado oscuro:

El terral tiene el aliento cálido de los volcanes, con vocación de ventisca del desierto y reminiscencias saharianas, aunque venga desde el interior, desde el valle del Guadalhorce (donde a veces se entretiene asfixiando a las gallinas).

Y bien, leído y comprobado sobre las carnes, podríamos decir que el terral es el único defecto de nuestro clima templado, por el que la ciudad es conocida y elogiada en todos los idiomas.

Como por fatalidad de las fechas, la Feria y el terral, suelen ir de la mano, agradezco al Ayuntamiento la colocación de esos toldos sobre las calles principales, porque la proyección de las ascuas solares sobre las cabezas, saca de cada individuo ese diablo enloquecido que lleva dentro en estas ocasiones y no se queda manco ni cojuelo como aquel de Vélez de Guevara.

Tengo yo para mí que el calor potencia la violencia, como es bien notorio si te quedas observando cómo se pisotean confundidas las hormigas las unas a las otras en la boca de su hormiguero, cómo chillan agresivas las chicharras y ese modo de picar con saña de avispas, mosquitos y tábanos. Que da miedo sacar una sandía al aire libre por el cortejo que le venga en ronda.

Pero no son sólo los insectos, quienes se trastornan si el calor promete abrasarlos vivos en su crudelísima hoguera, también a los humanos se les revuelven las bilis y de lo melancólico pasan a lo colérico, como según las teorías del médico, Juan Huarte San Juan, podía pasarle a El Quijote cuando cabalgaba en los veranos por las estepas de la Mancha.

Me preguntaba el artista, José María Córdoba, en la presentación de “La confesión nefanda del asesino improbable” si era posible, como yo había escrito en la novela, que un hombre matase a otro sólo porque hiciese calor y le remití a aquellas páginas de “La familia de Pascual Duarte” en los que Cela riza el rizo del rizo tremendista cuando describe cómo el desgraciado Pascual mata a su perrita Chispa de un escopetazo, después de concluir una jornada de caza, sólo porque se le ocurrió que el animal le dirigía una mirada escrutadora y fría, como si fuese a culparle de algo de un momento a otro.

Alucinación, que podría habérsele desarrollado, habida cuenta de que el mediodía del verano extremeño, tal y como lo describe Cela de modo gradual, puede hacer perder los nervios a cualquiera con el agravante de que el tal cualquiera tenga, en ese momento, una escopeta a mano. O un látigo, pues lo dicho le recordó a Córdoba como al pasar un arriero a lomos de su mula por un sendero en plena hora de calima, le dio dos latigazos a un tipo desconocido que pasaba por allí y quien se quedó perplejo mirando a su agresor que reemprendiendo con calma el camino, dijo por toda explicación:

-Eso es lo que hay.

Sirva todo este introito para agradecer los susodichos toldos en Feria, pedir más toldos aún al Ayuntamiento, más sombreros a la marca de vino Cartojal y más luces en general a los ciudadanos, porque si hay algo que, sumado al calor, saque un león del pecho del más prudente, ése es el vino y sus secuaces; que por algo las panteras están asociadas a Baco y sus Bacantes, y las Bacanales a crímenes horrendos.

Conclusión, que la hay. Disfrutemos de la Feria de Día con la cabeza cubierta y horaciana mediocridad en la bebida y, si no puede ser, gocemos mejor de noches como ésta, viernes de fuegos, que tiene el sello intacto de ilusión de todas las vísperas. Y, para mí, el recuerdo de aquellas otras noches de fuegos con los amigos en la terraza de Galerías Goya, donde el pintor Enrique Queipo tenía su estudio,  y el único acto violento memorable, si acaso, era que cayesen al suelo algunos vasos de sangría. Alegría, pues.

Volver a Cádiz sin haberse nunca ido

28 Jul

Si vas a un local pequeñito en el callejón del Duende a la entrada del barrio gaditano del Pópulo, la camarera te preguntará si quieres lo de siempre, aunque lo de siempre sólo me lo tomo allí y no es tan fácil de recordar como una cerveza y, más aún, cuando llevas tres años sin ir.

Y es que el tiempo en Cádiz es ese concepto relativo del que hablaba San Agustín. Si vas una vez, se quedan con tu cara y, aunque te vayas, ya sigues allí para siempre. Más o menos como expresó el poeta Rafael Alberti, también gaditano, en estos versos; Tú no te irás, mi amor, aunque lo quieras/ Tú no te irás, mi amor, y si te fueras/ Aun yéndote, mi amor, jamás te irías/

No voy a decir que en Cádiz te sientes como en casa, porque, a veces te sientes mucho mejor, dada la amabilidad del trato de sus gentes. Una amabilidad espontánea que no tiene nada que ver con las normas sociales de cortesía, pues en Cádiz la amabilidad no se finge, sale de natural como la gracia. Se diría que la sal, que, por tradición, ha sido el máximo caudal de aquella tierra marina, es ingrediente también que circula por don nato en la sangre de sus habitantes.

El gaditano no va contando chistes, con hablar a su modo ya te saca la sonrisa sin querer. Veo a un muchacho, que después de observar pensativo el fuerte oleaje en la playa de Cortadura, comenta: Te enrea una ola de estas y te jartas de conchas. Llega su novia, una belleza morenísima entradita en carnes con un helado en la mano, y dice a modo de disculpa, el helado no engorda, a lo que el novio responde sin inmutarse; no, si el helado no engorda, la que engorda eres tú. Y la chica ni se ofende ni se ríe ni tampoco renuncia a su helado, por supuesto, pues en Cádiz se come bien si se puede, que ésta es una de las causas de su buen humor.

La playa de la Cortadura, ya a la salida de la ciudad, es la más abierta y salvaje, pero la más popular es la Caleta en pleno centro urbano. Allí el ambiente es muy familiar y cada cual ocupa un sitio fijo. Si vas dos veces y te colocas al lado de una de esas familias, cuando faltas la tercera tarde, ya se están preocupando por si te ha pasado algo. Igual se preocupan por si te pierdes buscando una calle y no se quedan tranquilos hasta que te ven caminar en la dirección correcta. El visitante, en cuanto llega, es ya uno de los suyos.

Una mujer muy maqueada para su paseo nocturno se ofrece de guía a un grupo de jóvenes mochileros. Dice, sin que nadie lo pregunte, que tiene 86 años con mucho orgullo y camina ligera por delante del grupo, Si queréis, os llevo a la casa de José María Pemán, menudas juergas nos corríamos allí.

A primera mañana y ya de noche, da gusto pasear por las calles del casco histórico y cenar algo en las terrazas abarrotadas de las plazas, si no en el bar Flores de toda la vida, donde el pescaito fresquísimo y barato. Todas las plazas son acogedoras; la del Mentidero, La de Mina donde nació Manuel de Falla y la de Candelaria, que voy buscando ahora como punto de partida para encontrar la calle Rosario. Allí se encuentra el Café de Levante, emblemático por su sabor literario, donde me dirijo a presentar una novela de humor, qué valor el mío, precisamente en la tierra de la chirigota.

Decir que me acogen bien es poco. Si tenía algunos nervios se me disipan al calor de tan buena compañía; Blanca Flores, presidenta de la Asociación de amigos de Fernando Quiñones, que me ha conseguido fecha para el acto, Tere que organiza los eventos del Café y alegra con su disposición, su generosidad, y su simpatía chispeante hasta al más mustio, el presentador, Miguel Albandoz, autor también de libros de humor, que se mueve en Cádiz como pez en el agua y un público maravilloso del que me vienen nombres para el grato recuerdo; por ejemplo, Juanma y Antonia, una mujer que presume de 75 años en un cuerpo de 30 y me cuenta una historia familiar que no sirve para escribir una novela, sino una saga completa.

La presentación que me hace Albandoz es de ovación y oreja y mucho de agradecer el oficio de fotógrafa de su mujer, Lucía, como también su charla graciosísima. El matrimonio, originario del País Vasco, no desentona nada en una tierra donde el humor es santo y seña. Baste recordar que Albandoz ha sido guionista en programas como “El menú de Karlos Arguiñano”, “Caiga quien caiga” o “El informal”. Nada menos…

Por si no me llevase bastante ración de sonrisas, en la terraza del hostel donde me alojo, representan una pequeña obra de teatro “Pijama de Pino”, los actores, Morano y Jorge Luque, y una, que, pese a todo, es de risa difícil, pierde la compostura y se desgañita a carcajadas.

En fin, que, bendito sea este viento de Levante que me trae de nuevo para volver, sin irme nunca y volviendo a Alberti:  Es tuya mi canción, en ella estoy/ Y en ese viento que va y viene voy/ Y en ese viento siempre, me verías.

De nuevo, el mar

21 Jul

Si el verano marengo se inaugura en la emotiva noche de San Juan con sus hogueras que conjuran maleficios y el baño a la hora cero que invoca el deseo de la eterna juventud – festejo donde agua y fuego dejan de ser elementos rivales para complementarse en igual ceremonia de purificación-, el día del Carmen, en la mitad exacta de julio, es esa fecha en la que el estío alcanza su plenitud soberana, tomando el cetro definitivo.

La madurez del verano llega cuando la Virgen de los pescadores camina en jábega sobre las aguas que bendice, custodiada por sus cofrades marengos de pies descalzos y humildes.

Dicha procesión que, como imagen onírica no tiene precio, se contempla, de año en año, con el mismo embriagado asombro con el que decía Jorge Luis Borges que siempre se mira el mar, “quien lo mira, lo ve por vez primera”.

Y así, con igual estupefacción maravillada, lo hemos celebrado en una nueva presentación de “Cuentos Marengos” en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Allí Pablo Portillo, miembro de honor de la Asociación de Amigos de la barca de jábega, que publica los célebres “Cuadernos del Rebalaje”, nos dio una apasionada charla sobre la peculiar condición marina de Málaga, el origen complejo de las jábegas y el vocabulario autóctono de la marinería, que conforma una lengua propia y originalísima.

Otro cometido de la tarde fue hablar de la relación que hay entre mar y literatura desde el principio de los tiempos como un leitmotiv permanente. Cómo no, si el mar ya existía antes que el alfabeto, antes que todo “antes que el tiempo se acuñara en días/ el mar, el siempre mar, ya estaba y era/”.

Mucho se ha escrito sobre el mar desde La Odisea, epopeya por antonomasia, a la novela inglesa de aventuras o los versos de los poetas de todos los tiempos, pero todo lo que se escribe sobre el mar parece nuevo, porque el mar, ese “libro con páginas de espuma”,  que dijo García Montero, tiene una lectura diferente en cada lector suyo que lo escribe.

Como diferentes son los relatos de los quince autores, adscritos a Málaga, que componen este volumen de “Cuentos Marengos”. En ellos cabe el surrealismo, lo vivencial y también lo histórico e incluso lo distópico. Y es que el mar, pese a todo, siempre misterio indescifrable, es- aún en versos de Borges- “uno y muchos mares”. Inspira sin nunca expirar de su enigma que, en una ciudad marina como la nuestra, explica la profusión de poetas que lo intentan abarcar en sus palabras como quería el angelillo que vio San Agustín en  la playa introducir todo el agua del mar en un hoyo que había excavado en la arena. Pero cada mar que abarca una sola mirada ya es único y desbordante como puede leerse en el recién publicado poemario de Carlos Santiago “Olas y Rocas”. Para muestra, algunos versos, “Lecho de coral y algas ondulantes/ las almas dormidas mecen al pensamiento/ Olas de espuma/”.

Sobre todo, a los que vivimos junto al mar, el mar nos condiciona. Igual a la escritura o los pinceles. Emilio Prados desde su impaciente melancolía desafiaba al mar a descifrarse, “Como es el mar¡ tan lento ! no se apura/ ¿Desde qué origen viene?, ¿De qué sombra?/  ¿No se desteje el mar cada mañana?/ Como es el mar- porque es el mar- resiste/ Por sus olas contadas -por sus pasos- pisa dentro de mí, mar de mi sangre/ Azul y azul, los pulsos de mi lengua/ hálito en mar azul, cantando sangran/”

Yo comparo estos versos a las marinas, a veces, violentas de Emilio Ocón o a aquellas casi místicas de Gómez Gil, aunque tampoco faltan, en la actualidad, buceadores del mismo misterio, como Sebastián Navas quien dio al lienzo la noche de San Juan más enigmática e inquietante que pueda concebirse, rizando el rizo del mito sanjuanesco y su abracadabra. Qué violetas tan sangrantes, qué estatismo hermético el de sus bañistas. Sólo Magritte podría haber pintado lo mismo, si Magritte hubiese pasado la noche de San Juan en Pedregalejo o el Peñón del Cuervo.

Los marengos no podemos explicarnos la vida sin el mar, por más que el mar nunca sea explicable.  Tampoco el verano sin el mar llega a ser más que un soso concepto. La sal de nuestros mares condimenta nuestro estío en su punto, como el más delicioso de los platos, porque el verano, más allá de una estación, es un alimento anímico que se sirve con olas y espumas. Y también con la compañía de un libro en papel ¿Por qué no “Cuentos Marengos”, que es un picoteo entre tantos estilos, tonos y voces? Un compilado de cuentos del mar, frente al mar, ¿qué más se puede pedir?

No sé si, como otros veranos, buscaré otros mares a lo largo y ancho del mundo. Por el momento, soy feliz en mi ir y venir de Málaga a Cádiz y viceversa. Había pensado hablar de esa otra ciudad hermana, que es, a veces, mi segundo hogar, y otras, el primero, pero eso se merece un artículo entero. En este pequeño texto ya no cabe tanto mar.

Viajar en pareja

7 Jul

Parejas. Parejas que desayunan en la terraza de un bar a una hora tardía que casi linda la hora del aperitivo, como es costumbre en el verano de noches cortas pero intensas. El trasnoche es una necesidad del alma cuando trae la fresquita perfumada de jazmines y damas de noche.

Toca entonces que los muchachos se duchen y acicalen para irse de parranda. y, en los barrios, las vecinas saquen a la puerta las sillas plegables, prolongando la charla hasta bien entrada la madrugada

Las doce del mediodía y los camareros sirven café con leche a muchos clientes que aún llevan pegadas a los lagrimales las legañas. El clientelado es variopinto; hay extranjeros, jubilados, trabajadores en pose de pausa y, entre ellos, una pareja que discute sobre un posible viaje. Los viajes son para el verano. Lo dicen las páginas publicitarias del periódico y esos tropecientos email que invaden el correo electrónico con ofertas cada vez más imperativas: “¡Haz las maletas ya!” “Este verano no te quedes en casa” “Nosécuantos miles de destinos te están esperando”. No sé vosotros, pero desde que los viajes se han vuelto urgentes, imprescindibles y, en suma, obligatorios, me apetecen menos. Tengo yo como principio que la obligación y el placer son difícilmente compaginables, y menos aún si en la cosa actúa la urgencia. Precisamente el mayor placer que ofrece el verano es el de abandonar las prisas.

Con el café en el cuerpo y el sol sobre las cabezas, la discusión de la pareja se acalora.

La mujer quiere viajar, el hombre busca miles de argumentos para no hacerlo. ¿A qué irse de viaje ahora que los precios se disparan? ¿A qué aguardar en largas colas la facturación con los aeropuertos colapsados de turistas? Ningún destino de interés puede ser muy interesante cuando andan todos masificados por estas fechas. Y, a fin de cuentas,  nena,  si nosotros ya tenemos el privilegio de vivir en esta ciudad a la que acudirán viajeros como moscas a la miel, si en ella tenemos casa propia ¿por qué no quedarse aquí y disfrutarla a coste mínimo?

Decía Prosper Mérimée que las mujeres son como los gatos, pero más bien habría que decir que el hombre es como el gato. Y como el gato marca su propio territorio, una zona de confort, de la que es difícil sacarlo, a no ser que se le imponga la escapadita de rigor, propia del celo. Resuelto el celo, se vuelven a replegar a su plaza ganada y segura.

La mujer, en cambio, que casi siempre lleva dentro a una pequeña Madame Bovary, sueña con la llegada del hombre aventurero como Bradamante se enamoraba de Agilulfo, “el caballero inexistente”.Y  ya se ve como Meryl Streep con Robert Redford en “Memorias de África” o como Linda Kozlowsky con Paul Hogan en “Cocodrilo Dundee” o como Kathleen Turner con Michael Douglas en “Tras el corazón verde”.

A ello ha contribuido la ilusión que recrea el cine, que no es más que eso; una ilusión. Pongamos que Robert Redford era Denis Finch-Hatton en “Memorias de África”, pero en su casa seguro que era otra cosa; un abonado a sumergirse en la superficie mullida del sofá, entre el ajetreo de rodaje y rodaje, que no verá  más leones e iguanas que los que salgan en el documental de la televisión.

La chica vuelve a insistir. Sueña con playas salvajes, con islas desiertas, como si algún rincón del planeta aún permaneciese virgen y pudiese pasar desapercibido al especulador turístico. O como si no hubiese escuchado las palabras del experto viajero, Javier Reverte. Según él, una pareja que convive una semana en una isla desierta, lo más seguro es que acabe matándose.

Nada que cuestionar a la capacidad del hombre para viajar. Pongamos que, desde el principio de los tiempos, ha habido grandes viajeros como Marco Polo o Juan Sebastián Elcano o Cristóbal Colón. Como Miguel de la Quadra- Salcedo o Félix Rodríguez de la Fuente o incluso José Antonio Labordeta que viajaba con un país en la mochila, pero es de notar que no lo hacían nunca con su señora.

Tampoco Ulises que es el viajero emblemático de todos los tiempos, quien, después de su errar por todos los mares contra la cólera del airado Poseidón, al terminar su Odisea y regresar junto a su amada esposa Penélope, imaginamos que se dio por fin a la vida calma y sedentaria en su casa, ya despejada de pretendientes gorrones.

Javier Rodríguez Barranco que ha publicado dos volúmenes “El mundo por sombrero” (Ed, Azimut) donde ofrece sus impresiones sobre su viaje alrededor del mundo, entiende también que el viaje debe hacerse en solitario.

Otra cosa es que haya encuentros por el camino. Aventuras paralelas que en el periplo de Ulises fueron la hechicera Circe o la ninfa Calipso; compañeras, en todo caso, ocasionales.

Pero no sólo el viaje en solitario es cosa de hombres. Lo demuestra Pilar Tejera que escribió “Viajeras de leyenda”( Ed, Casiopea); un libro donde se narran las experiencias de mujeres que, rompiendo con todos los estereotipos ya en el siglo XIX, salieron del hogar a explorar nuevos horizontes. A veces a lomos de una mula o en raquíticos barcos de vapor llegaron a conocer las arenas del desierto árabe, las junglas de África y la remota India.

El viaje en pareja puede ser una experiencia romántica, pero también un choque continuo de disensiones.

La chica deja, en fin, sobre la mesa dos euros para pagar su desayuno. se levanta decidida, se cuelga el bolso y dice:

-Pues me voy yo sola.

Y, a lo mejor, lo hace.

Veranos más agradables

30 Jun

Las cosas están así. Llega un tipo a una tienda de chinos, con la cara y la camiseta licuadas por el sudor, y dice:

Niño, porme un helao, aunque sea pa echámelo por lo alto.

Los clientes cunden en torno al frigorífico del establecimiento en busca de esa bebida fría que volverá a estar caliente al poco de salir de allí. En la calle el calor cae sobre las cabezas como cubos de fuego. Los sombreros protegen, pero llegan a estorbar como las gafas de sol, porque hasta su peso se hace pesadísimo a tropecientos grados de terral.

Todo cuerpo extraño sobra y hasta la propia piel se hace ajena.

En tales coyunturas, me llega a la memoria una coplilla de tiempos infantiles, que, en su momento, me parecía incomprensible y ahora, sin embargo, cobra toda su coherencia, “Juanito, el Esquimal, vive en una casita de hielo y no tiene frío, no le importa el dinero”. Ay, quién pillará esa casita de hielo de Juanito que, en estos momentos, es la perfecta utopía de la felicidad ¿Existirá todavía? Tal vez no si el iglú se hallaba en el Polo Norte donde, con el calentamiento global, sufren crisis de identidad hasta los pingüinos, que, en este momento, se creen gaviotas.

El tema del tiempo era un argumento intranscendente que antes se sacaba en el ascensor para no hablar, por ejemplo, de política. Sin embargo, dadas las circunstancias, ya ha cobrado también su gravedad hasta convertirse, como casi todo, en un tema político.

Admitir que no hace calor como siempre, sino como nunca es ir contra las tesis de Donald Trump, que niega el cambio climático.

-Un verano tan caluroso como éste no lo he pasado en mi vida.

-Ajá, con que tú eres demócrata…

En las librerías, que siempre han sido un poquito revolucionarias, regalan un ejemplar de “La balada del agua” de José Luis Sampedro; algo más que prologuista del ensayo de Stéphane Hessel “Indignaos”. “La balada del agua” recoge el diálogo de los cuatro elementos de la Naturaleza; agua, tierra, aire y fuego, personificados; tratándose de una larga diatriba contra los humanos que con su codicia saquean los recursos del planeta y destruyen así su propia vivienda.

Se trata de concienciar uno a uno a los ciudadanos del mundo para detener esta carrera suicida hacia el desarrollo insostenible, que es la ausencia de futuro. Cada cual puede hacer pequeños gestos que sumados son la salvación; abstenerse del consumo compulsivo, reciclar, restringir el uso del coche, llevar bolsas al supermercado y no pedir otras y, por supuesto, no arrojarlas en la playa junto a otros envases plásticos y demás basuras. Podríamos conseguir grandes cosas por las buenas, pero, como, por desgracia, la concienciación positiva suele dar pocos frutos y, en resumidas cuentas, si la culpa es de todos, no es de nadie, lo suyo sería penalizar las acciones incívicas con multas materiales. Esto, además de contribuir al equilibrio ecológico, aumentaría las cuentas de los erarios, a fin de que dichas cuentas sirviesen para afrontar gastos razonables a favor de todos; más limpieza y más zonas verdes.

Ando muy entusiasmada con un proyecto de peatonalización de la Alameda. Cuando el futuro se pone imposible, tal vez la única solución sea regresar al pasado y sería un auténtico logro recuperar para Málaga esa Alameda arbolada y sin polución del siglo XIX; lugar perfecto para recreo y encuentro de los ciudadanos, Por qué no, si hemos mantenido hasta hoy vicios de aquella época; desigualdades sociales, nepotismo, desidia y apatía, a qué viene privarse de las cosas agradables que tuvo aquella etapa decimonónica.

Me encanta la idea de la peatonalización de la Alameda como también la de la peatonalización de la calle Victoria. Siendo peatonalizada una amplia zona de la ciudad, la mayoría no tendría más remedio que usar el transporte público; un tranvía puntual y eficacísimo como el que hay en Montpellier, que liberaría también a la ciudad de malos humos, tanto materiales como anímicos.

Por lo demás, estimularía al tráfico de bicicletas. Nada que no se haga en ciudades del norte de Europa con muy buenos resultados para la salud humana y del ecosistema.

Conclusión; es muy bonito que las conciencias individuales actúen de una en una por sus propios buenos propósitos, pero como esto no pasa casi nunca, quizás haya que recurrir a la política de los hechos consumados y poner normas inesquivables y racionales. Todos actuaremos de la mejor manera porque no habrá más remedio. Y cuando la novedad sea ya costumbre, estaremos más felices. Y más fresquitos.

 

Asalto a palacio

26 Ago

Los palacios son también para el verano. Todo viaje, más aún si es organizado, incluye la visita a uno o varios palacios. Y así esas residencias exclusivas donde se gestaron las más nobles dinastías y rancios abolengos hormiguean de tropas de turistas, masificando en chanclas, pantalón corto y riñonera los salones de pulidos suelos de mármol, donde danzaban antaño petimetres con bombachos de gala, camisas de encajes, peluca empolvada y lunares postizos.
Revestida de interés intelectual, la visita a palacio es en lo más suave un acto democrático y en lo más crudo, una toma de la bastilla, un ajuste de cuentas a los privilegios seculares de los linajes. Cualquiera que tenga unas monedas para pagar la entrada puede profanar la intimidad del duque de Archindenbergo o el príncipe de Florindargen; meter las narices en sus aposentos, posar miradas inspectivas sobre los catres en los que se concibieron tantas generaciones de ilustre descendencia, hacer fotos incluso de su urinal o de su rascador para las pulgas.
En un ángulo del salón, una mujer de presencia recia e imperativa alza en su mano derecha un cartón con el logotipo de una agencia para convocar en torno a sí al grupo que tiene asignado como guía, mientras otras y otros en dispersos rincones con idéntica función pastorean a sus respectivos rebaños plurilingües. De tal modo, los usos y costumbres del duque de Archindenbergo y su ilustrísima esposa, Carlota de Lorobailer, andan pregonados en todos los idiomas de Babel, haciendo eco por gabinetes y aposentos, mientras el sudor intenso, código olfativo que hermana a cada una de las tribus por encima de las discrepancias idiomáticas, hace arrugar la nariz a los fantasmas de los duques desde la pose majestuosa de sus retratos. “El turismo es un acto de terrorismo estético y huele a pies y a sobaco”, diría Carlota si la dejaran, coreada por los lechuguinos de su corte.
El asalto a palacio, dentro del ritual del viaje, y el viaje mismo, se han democratizado gracias a los vuelos low cost y ya cualquier hijo de vecino es concebible en cualquier punto del planeta sin necesidad de apellidos compuestos.
A duras penas, los nostálgicos de las jerarquías, intentan defender su rango, contratando vagón de lujo en el tren, Business class en el avión y suite con terraza panorámica en el hotel “Excellence”. Pero finalmente acaban confundiéndose con los cualquieras por las mismas rutas, hermanando sus sudores en la visita de rigor a tal iglesia o castillo e indistintos en el batiburrillo de la masa.
En aquel salón de los Archindenbergo, en torno a la guía, unos cuantos del grupo siguen el hilo de sus explicaciones y hacen preguntas, como los pelotas de la clase, pero otros rezagados con expresión de somnoliento fastidio echan de menos la siesta de rigor tras el reciente almuerzo y lanzan miradas de codicioso rencor a esos divanes forrados de terciopelo en exposición sobre los que darían tan grata cabezadita.
Se mira, pero no se toca; estos son los límites de la democracia en la visita palaciega.
Otros inquilinos ocasionales de la residencia ducal van a su aire. Son turistas sin tour que se informan por los audífonos o los carteles ilustrativos de la utilidad de aquellas estancias por las que van pasando. Resulta que éste espacio, multiplicado por los espejos, era el vestidor donde la noble Carlota se cambiaba de ropa tres veces al día, que aquel era su comedor de invierno en el ala soleada y ese otro en el ala más sombría, el comedor de verano, y que unos pasos más allá, asomada al mar, está la biblioteca donde el duque de Archindenbergo pasaba sus ratos de ocio contemplativo, flanqueado en cada esquina por los bustos de quienes representan los pilares de la literatura universal; Homero, Shakespeare, Dante y Goethe.
De entre los visitantes, los hay que interiorizan la información con benevolencia y otros con cólera. El mismo pensamiento exclamativo “Qué bien vivía el duque de A.”, adquiere en unos tintes de admiración y en otros de resentimiento. Los primeros son aquellos que se complacen en el lujo ajeno, como si les bastase el roce con el espejismo. Igual también disfrutan en la sala de espera del dentista, hojeando en papel cuché las fastuosas villas y chalés de éste o el otro.
Los segundos son más críticos y ven un agravio en los lujos de Archindenbergo y la Carlota, pues a saber en qué condiciones viviría la numerosa servidumbre que atendía el palacio, mientras Archin perdía su mirada contemplativa en el mar, después de leer sus gruesos volúmenes forrados en piel y escribir unas notas con su pluma de ave sobre la suntuosa mesa de su biblioteca. Y lo que es peor, cómo morirían los otros habitantes fuera de palacio, víctimas de epidemias y miserias.
Archindenbergo y otros de su calaña pensaron que podrían siempre mantener los límites, pero ahora los descendientes de todos aquellos desarrapados le invaden el palacio sin pudor, se ríen en sus nobilísimas barbas de sus cuernos y hasta sacan fotos de su urinal. Hay que joderse.

Contar hasta diez

18 Ago

Nunca he entendido por qué el diez es el número de la excelencia, si no tal vez porque es la máxima cifra que se puede contar con los dedos de las manos, pero está claro que, por uno u otro motivo, el diez es símbolo de perfección y garantía de máxima calidad.
Diez era la nota del empollón de la clase o del pelota, pues estas condiciones a veces iban unidas y otras no. Entre los niños de diez, siempre ha habido dos clases; aquellos que eran, en realidad, de ocho, pero redondeaban los dos puntos por su buena predisposición hacia el profesor y los del diez objetivo. Tanto a unos como a otros se los miraba con cierta aversión. Los primeros daban grima y los segundos, miedo.
Algunas veces, con el paso de los años, todos nos hemos preguntado dónde estarían estos chicos de diez en todo, que tanto avivaron nuestros complejos infantiles, y los hemos buscado en el Google sin ningún éxito. Tal vez porque, curiosamente, la brillantez académica no es tanto síntoma de inteligencia como de orden y constancia o porque la inteligencia misma, en todo caso, en nada es garantía de triunfo social. A fin de cuentas, vemos malgastarse por la vida muchas superinteligencias sin pena ni gloria, mientras los mediocres culminan las cimas de lo que sea, también del poder; me cachis.
Aunque valga decir que la definición de mediocre no sería la del niño que sacaba cinco en el colegio. Como los chicos de diez, también hay dos clases de chicos de cinco. Los que sacan cinco porque no dan más de sí, algo muy mal llevado por sus padres, y los que lo hacen porque su brillantez no es susceptible de encajar en los rigores académicos. Ejemplos de ello pudieron ser los poetas, Antonio Machado o García Lorca. Aunque está claro que no todo el que saca un cinco es Lorca ni Machado, como no es Einstein todo aquel que suspende las matemáticas. Si bien haya que precisar que, entre suspensos y casos imposibles, ha habido siempre mucho sobredotado sin detectar. Yo conocí, en concreto, a una chica llamada Loreto, cuyas habilidades daban, igual para pintar en un momento un retrato al carboncillo a lo Durero que para memorizar los contenidos de un examen en unos minutos y luego sacar un diez; claro que aquellas competencias sólo tenía oportunidad de exhibirlas las pocas veces que podía venir a clase, pues su madre, viuda y completamente desquiciada, la solía dejar sola, encerrada en casa, con la llave del agua cerrada. Finalmente, al acabar la EGB, puso una peluquería a la que nunca entraba nadie, por no predicar la propietaria con el ejemplo, ya que la habilidad de Loreto era más para usar la cabeza que para lavársela. La poca costumbre.
Como decía una buena amiga mía, nosotros creemos elegir nuestra vida, pero lo que ocurre es sólo que la vida juega con nosotros y nos arrastra a su capricho hacia donde menos esperábamos. Leo, por ejemplo, en una entrevista al célebre escritor malagueño, Antonio Soler, que, en el instituto sólo sacaba buena nota en educación física y su aspiración era ser atleta, pero un accidente de tráfico truncó tal determinación, de modo, que, en su convalecencia, se le definió su vocación por la literatura. Igual Julio Iglesias, después de jugar como portero en las categorías inferiores del Real Madrid, también tuvo un accidente de tráfico del que se recuperó con una guitarra en la mano, sin saber que esa circunstancia se convertiría en el principio de una carrera musical que lo llevaría a ser uno de los cantantes más reconocidos a nivel internacional. La vida no es destino, es accidente, y se abre paso como quiere y cuando le da la gana. Pobres de nosotros, que queremos preverla u ordenarla del uno al diez con los dedos de las manos y así elaborar listas obsesivas sobre cualquier materia; los diez mejores libros de la literatura universal, las diez canciones más inolvidables de la historia, los diez pintores más revolucionarios o los diez políticos más influyentes o las diez personas más ricas del mundo o las más guapas o hasta los diez consejos para lucir una figura envidiable o para encontrar pareja o conservarla. Conocí a una chica que se especializaba en escribir estas listas de diez para revistas femeninas y terminó tomándole manía al diez. Se hartó de ser una chica diez y prefirió ser una chica veinte o mejor veintitrés sin cifras redondas, como le fuese viniendo la cosa sin tener que redactar mandamientos, que ni ella misma acataba. Así que sus perfecciones e imperfecciones, a partir de ahí, fueron incomputables. Y casi encontró la felicidad.
A mí, en particular, me desesperan las listas de los diez libros más urgentes e imprescindibles, que nombrados así me dan estrés; todo lo contrario que busco en la lectura.
Sin duda, no son diez sino cien o doscientos los libros que son tan imprescindibles en nuestra vida, pero saben llegar sin prisas en el momento que los necesitamos. Y hacerse querer como esa decisiva aventura que se instala en nuestra existencia con el encanto de lo casual.