Las condenadas víctimas

28 Jun

Le han caído quince años de prisión a los individuos de La Manada. Poca es la condena comparada con la que tendrá que sufrir la víctima, que es cadena perpetua,¿ pues acaso hay medicina que salve a la memoria de un agredido de no ser invadida por las angustias de un estrés post-traumático? Nadie que haya sufrido sobre sí una violencia extrema llega a superarlo del todo. Los rescoldos quedan ahí, en el subconsciente, para reavivarse en las pesadillas y provocar despertares bañados de sudores y ansiedad.

¿Pudo rehacer su vida tranquilamente un combatiente que sobrevivió a la guerra de Cuba o a la del Vietnam? ¿Lo hizo quizás un judío que escapó de los campos de concentración? ¿Ha sido pacífica la existencia de quien ha padecido malos tratos en su casa o en un correccional?

El agresor no malogra a su víctima por las horas o minutos que dure la agresión, sino que marca al agredido para siempre por el efecto de su maldad y así con la ingenuidad perdida, será presa del miedo y del recelo hasta perjudicar su relación con otros seres humanos. Ellos, los violentos, podrán ser absueltos, liberados de su condena con el tiempo, pero no así los violados. Su prisión, fuera de la cárcel, está en la mente que no olvida, que jamás descansa.

Los violados, digo, porque esta cuestión no se remite sólo a las mujeres; no es una causa “feminista” o “hembrista”, como apuntan algunos frívolamente. Los hombres también lo han sufrido, aunque muchos por temor al ridículo no lo hayan querido confesar ni mucho menos denunciar ¿qué iba a pensar la gente?

La víctima de La Manada, una de ellas, denunció la violación múltiple y en ello se interpretó un atrevimiento, un desafío. Hasta hace no tantos años, las mujeres callaban esa clase de salvajadas por no admitir la deshonra y, manchadas por la falta de otro u otros, se solían resignar a una soltería sombría como “La Goletera” de Arturo Reyes, si bien otras imprudentes confiaban en la virtud del silencio con funestas consecuencias, ya que el posible marido que les surgiese, apenas descubría la verdad, las devolvía al hogar paterno con cajas destempladas:

–Aquí le traigo a esta hija de usted. Yo no trabajo con material averiado.

Y la hija de aquel se sentía repudiada y culpable por la falta que sobre ella había cometido un familiar de “confianza” o un amigo borrachín de la familia, que se había metido por fuerza en su alcoba, sin que ella, como era de ley, saliese de su casa.

Si era culpable aquella pudorosa moza ante la sociedad ¿cómo no lo va a ser una de hoy en día que sale de fiesta, bebe y charla con los chicos de igual a igual?

Es alarmante que las cosas hayan cambiado tan poco a estas alturas del siglo XXI, pero así es. Una chica que va de Sanfermines como los demás chicos y, como ellos, bebe y acaso fuma, no merece la menor credibilidad. El paralelo juicio social, el más temible, va a juzgar cuán de provocativa era su ropa, si dio pie, si sonreía demasiado, si sabía a lo que iba y todo eso.

Dieciocho años y en plena fiesta de Sanfermines dan para saber muy poco. Sólo, en el último momento, se dispara la señal de alerta, cuando en un estrechísimo portal, se advierte el acorralamiento de cinco tipos muy fornidos contra los que es imposible ofrecer resistencia.

Ésa fue su audacia, consentir por salvar la vida, y esa también su vergüenza ¿dirían que quiso? ¿Que le gustó?

Pues sí, algunos lo dijeron y también que más les hubiese valido matarla, pues la condena por homicidio es menor a la de violación. Si añado que ello lo dijeron presuntos intelectuales de este tiempo, se me ponen los vellos como escarpias.

Con un mínimo de conocimientos de psiquiatría, lo cual se le presume a toda persona no ya culta, sino simplemente civilizada, se sabe que sobre estos tristísimos casos huelgan las bromas, pues de alguna manera los agresores ya matan a la víctima con sus crueldades, pues la hacen perder la autoestima, la capacidad para disfrutar de los placeres (anhedonia), las ganas de comer (anorexia) y la voluntad de vivir (depresión); dicho así a modo de resumen.

Muestra de ello es el caso de Noa Pothoven que ha salido a la luz el cinco de junio del presente. Esta holandesa de 17 años fue víctima de violaciones entre los 11 y 12 años por parte de compañeros de su edad y, a los catorce por dos hombres adultos, lo que no denunció sino mucho más tarde y, pues dicha denuncia requería la rememoración detallada de los hechos, provocó en la víctima una reacción de extrema ansiedad, que fue intensificándose día a día al punto de no poder soportarla. Como toda persona estragada por la violencia ajena se culpaba a sí misma de los hechos y comenzó a autolesionarse, por lo cual fue obligada a internarse en un centro, en el que se la inmovilizó para evitarle el suicidio y del que, por el horrendo trato recibido, salió con la fija idea de morir para descansar de su tormento.

De este modo pidió asistencia médica para proceder a la eutanasia, que siendo legal en Holanda, puede ser solicitada por los niños con enfermedades incurables y/o padecimientos insufribles, con autorización de los padres a partir de los doce años y sin necesidad de ella, de modo libre e independiente, a partir de los 16, pero no siendo aceptada su solicitud, dejó de comer y beber hasta perder la vida, lo que sucedió un domingo, 2 de junio.

La víctima de La Manada habrá de sobreponerse a la memoria de dos terribles agresiones; la física y la psíquica, derivada también por el juicio mediático en el que se puso en duda su dignidad humana y fue cubierta de vejaciones, cuando no de recelos. Uno de los estigmas más dolorosos para las víctimas es la de no ser creídas.

La condena para ella será siempre más dura y efectiva que para sus violadores y opinadores vejatorios, pues al fin y al cabo los crueles carecen de empatía, remordimientos y memoria. Ni sienten ni padecen.

Yo también

16 Nov

El silencio. Es difícil discernir por qué hay mujeres que padecen la violencia de género y nunca llegan a denunciar su situación, cómo es que intentan normalizar una convivencia (¿convivencia?) que se basa en la continua agresión y siguen sonriendo a la cámara como si nada hasta que un día, de modo inexplicable, aparecen muertas, para sumar una nueva cifra en la gruesa lista de bajas que se cobra este modo brutal de genocidio. O ni siquiera eso, ya que algunas se quitarán la vida por propia mano, al no poder tolerar más la situación, y su fallecimiento será registrado como suicidio ¿Acaso nos hemos parado a pensar cuántos asesinatos encubren los suicidios? ¿No es tal vez una manera de matar privar a las personas de las ganas de vivir a base de torturas físicas o psíquicas, cuando a ello se aplican todas las maliciosas artes propias de una mente perversa? ¿Y cuántas mentes perversas no hay pululando bajo el envoltorio de ciudadanos, en apariencia, amables e incluso intachables? Muchas más de las que podamos imaginar, si contamos a toda esa gente que, disfrazada con pseudónimos, dedica su tiempo libre a atormentar con su odio a otros en las redes. El lado oscuro del ser humano ha encontrado una herramienta de primer orden para desinhibirse; el permitido anonimato en las redes.

Pero estas mujeres de las que hablamos sí conocen a su agresor, cohabitan con él y tienen la posibilidad de denunciarlo con nombre y apellidos en una comisaría ¿por qué no lo hacen? nos preguntamos a veces, culpándolas de cobardía, sin calibrar cuál es el alcance de su miedo y hasta qué punto está justificado, porque sólo cuando se comparte ese mismo terror se puede llegar a comprender su silencio.

Digo esto, después de dar muchas vueltas al asunto; de haberme pensado una y mil veces si escribiría este artículo y me atrevería a publicarlo. Muchas veces maquillamos de prudencia lo que es sólo miedo por temor añadido a que nuestras declaraciones puedan agravar más nuestra situación y sólo nos decidimos a romper el silencio cuando la sensación de peligro ha desbordado cualquier límite; éste es el caso.

Como muchas otras personas, me he acostumbrado a fingir: a convivir con el pánico en silencio como si se tratase de unas almorranas, a silenciar el sufrimiento como si fuese una lacra y comparecer como persona divertida y jovial. Todos queremos ser fuertes y no figurar como víctimas. Se nos figura que, en ello, está en juego nuestro honor, nuestra dignidad y nuestra imagen pública. Los fuertes son admirados, los débiles, no. Admitir la debilidad es hacerse aún más vulnerable; es la ley que hemos aprendido por educación y por observación del medio y se observa hasta que no se puede más, pero si uno es juicioso, al final, declina y admite que necesita ayuda.

Me resulta muy difícil hacerlo; soy una persona orgullosa y me he atrincherado en una postura de suficiencia, sin embargo, amo la vida por encima de todo y no tengo la menor intención de sacrificarla por una estúpida arrogancia.

Os pido ayuda y no sólo en mi nombre, sino en el de muchas mujeres que padecen mi misma situación; las profesoras. Según sondeos, un 84% de las profesoras andaluzas han sufrido agresiones verbales e incluso físicas, mayormente de alumnos varones, esto también es violencia machista.  La cuestión es que muchas estudiamos un temario completo para las oposiciones, pero no encontramos el tema en el que se explicaba cómo defenderse de un alumno que, de buenas a primeras, se encabrita y te levanta el puño, como posiblemente hacen también a su madre. Perdón, no soy madre, no sé lo que es vivir tal situación, como tampoco sé lo que es convivir con un marido maltratador. Si alguna vez tuve un novio que me levantó la voz, lo eché inmediatamente de casa y lo puse a dormir en las escaleras. Reconozco que nunca he tolerado el machismo ni me he sometido a su yugo, en eso me falta experiencia. Por eso, quizás he frivolizado con el tema, pues no he comprendido cómo se puede soportar la violencia masculina por obligación. Ahora sí, lamentablemente, sí, pues lo he sufrido por motivos laborales. En fin, desde que terminé la carrera, mi deseo más ferviente era encontrar un trabajo para ser independiente y no tener que someterme a la tiranía de un marido, ¿cómo podía yo imaginarme que esa violencia tendría que soportarla de un modo u otro? No es que me haya acobardado fácilmente, eso no, si un alumno me gritó, por musculado que estuviese, lo afronté sin perder la calma, así he mantenido mi dignidad durante muchos años, no obstante, es imposible merecer respeto, cuando contra un alumno que te grita y te insulta ante la presencia incluso de una directiva, se adoptan medidas tibias o ninguna.

Perdón, he soportado esos gritos sin denunciar, pues todo me hacía pensar que no se podía hacer nada. Los menores están protegidos por la ley, aunque te saquen dos cabezas y tengan el tórax de Rambo. He soportado también gritos de compañeros, que sí eran mayores de edad, pero tampoco eso era denunciable. Había que comprender que ése era su tono de voz, que sólo se comportaban de un modo espontáneo. En definitiva, he tolerado mucho más allá de lo tolerable y ahora estoy del todo saturada. Siempre pensé que tenía que callar, porque todavía me podía pasar algo peor, pero lo peor ya me ha pasado. Un alumno me amenazó de muerte hace ya un año, porque sí, porque tuvo un mal día y todo eso. Se observó un protocolo al respecto, pero en ese protocolo, no se contempló que me pidiese disculpas.

He pedido traslado de mi centro definitivo y, como no obtuve plaza, pedí después un desplazamiento provisional, sin resultado. Si no se remedía esta situación, volveré a trabajar en el mismo centro, donde ese alumno dijo que me mataría ¿Son estas las condiciones más favorables para trabajar? ¿De verdad? ¿Acaso me he vuelto timorata?

Pues sí, ahora temo, y no me causa rubor pedir ayuda. De ninguna manera, quiero que, si me pasa algo, como puede ocurrir, se contemple como un caso aislado y que se siga esta sinrazón con más incidentes de lo mismo. Por favor, basta ya.

Cenas de empresa

15 Dic

Si las cenas de empresa son peligrosas, los almuerzos de empresa mucho más porque, inevitablemente, acaban siendo también cenas. Si pones a un grupo de gente a beber junta al mediodía, lo lógico es que se les caliente el pico y pierdan el sentido de la realidad y del tiempo para prorrogar el festejo hasta horas intempestivas de la madrugada; o sea, hasta ese mágico momento en el que uno cae redondo. Con suerte, en su propia cama y, con menos suerte, en mitad de la calle o incluso en cama ajena, lo que trae dolores de cabeza añadidos a la ya tradicional resaca.

El almuerzo de empresa da más espacio horario para cometer las barbaridades que se puedan obrar en una cena y multiplica las ocasiones, por tanto, de hacer, como poco, el ridículo, por lo cual se recomienda concertar la cita ya de noche. Así el margen de disparatar estará más limitado, por lo menos.

Desinhibirse es una costumbre muy bonita y hasta saludable, pero hay que apercibirse de que si ello se hace con compañeros de trabajo, la dignidad podrá quedar bastante resentida en el día a día y tal vez ya nunca se pueda recuperar. Tengamos en cuenta que los testigos de la farra son los mismos que nos acompañarán de vuelta al curro la mayor parte del año y hay que apechugar con su maldita buena memoria. Volver a ser el empleado anónimo y discreto de antaño se hace francamente difícil, cuando uno se ha despelotado de una u otra forma a no ser que todos los colegas lo hayan hecho de modo equitativo y, por lo tanto, se protejan unos a otros con un silencio colectivo y prudente.

Por si acaso, lo mejor es imitar la actitud de los voluntariosos. Comparecen a la hora del almuerzo, comen y beben sólo un poquito y, al terminar la pitanza, salen precipitados a cubrir una tarea urgente; recoger a los niños del colegio o acudir a una cita médica. Se divierten menos, claro, pero saben lo que se hacen. Cuando quieren hacer el ganso, se van de viaje a miles de kilómetros y, en las distancias cortas, no dejan pistas.

De ellos podemos decir que son sensatos, pero no nada peor. Los hay mucho más perjudiciales; los abstemios que se quedan y que se quedan hasta el final. En todo almuerzo o cena de empresa tendría que haber una ley; o beben todos o no bebe ninguno. Pero no la hay y, ay, el abstemio se cuela en esos jolgorios como Judas Iscariote en la última cena.

Como está bien fresco, se queda con la copla de lo que hacen todos a su alrededor y pone la oreja a cuanto se dice en los corrillos. Su mente diáfana toma nota y registra como una grabadora y luego esparce lo grabado del modo más inconveniente. Cuidado con él (o con ella).

En cada almuerzo o cena de empresa hay un gracioso. Éste sí es muy necesario y si no sale de natural en la plantilla, habría que contratarlo. El gracioso cuenta chistes picantes que distraen la atención general y que pueden llegar a ser bastante burros. Uno, a veces, no entiende a qué vienen estos chistes tan verdes en Navidad cuando lo que se celebra es un alumbramiento sin sexo; Jesucristo fue sin pecado concebido, ya lo sabemos. Sin embargo, cumplen una función.

Si ellos no actúan, la gente se pone a hablar de cosas más peligrosas; de política o del jefe. Y el abstemio pelota, el peor de los abstemios, luego va con el cuento al despacho.

-Mire usted, don Fermín, qué apuro, pero resulta que en la cena, Valderas y Rusillo dijeron que esto y lo otro. Y así se lo digo, mal que me pese, pero no está nada bien que hablen mal de usted. Ya me entiende.

Así, de aquella manera, resulta que, después de Navidad, se producen varios despidos sorprendentes.

En lo profesional hay quien no teme por su puesto de trabajo a cuenta de las cenas de empresa, pero, caray, metió la pata (dicho de modo fino) en el almuerzo o cena y ahora le viene la contrapartida. En un arrebato de pasión alcohólica el vicedirector (casado) se acostó con una secretaria, el conserje (soltero) con la presidenta (casada), la limpiadora (divorciada) con el vicepresidente…y, en fin, que, sea como sea, tienen que convivir en el mismo espacio  el resto del año o hasta el resto de su vida ¿cómo hacen?

Gutiérrez que se dejó seducir por los encantos de la señora del director recibe sobresaltado la misiva de éste:

Señor Gutiérrez:

He sabido por lo que me han dicho algunos fieles subordinados que en la fecha de la cena empresarial tuvo usted cierto escarceo amoroso con mi esposa.

He de decirle que lejos de estar cabizbajo por el affaire, como requiere la cornamenta en estos casos, me siento mucho más aliviado. Hasta hoy mismo, le creía un empleado mediocre, y, sin embargo, ha dado muestras de serme de mayor valía que ninguno.

Le prometo un ascenso y un pertinente aumento de sueldo si persiste en su empresa. Entretenga a mi mujer; hágale el amor y llévela al cine y al teatro. En todo caso, manténgala lejos de mí, yo no la aguanto.

Saludos cordiales de su Jefe.

Violaciones

22 Jul

Violaciones. El Ayuntamiento de Málaga lanza la primera campaña contra las agresiones sexuales en la Feria de Agosto para evitar que se repita la oleada de violaciones del pasado San Fermín.
Violaciones. Algo ha debido fallar en el sistema educativo para que ahora tengamos que contar, en pleno siglo XXI de un país democrático, con conductas tan brutalmente ancestrales, propias de las sociedades más primitivas.
Parece que, a la postre, las campañas de coeducación y las lecciones de educación sexual, ilustradas a menudo con visitas de la monitora a los centros educativos no han funcionado como debieran. No es que fallase el contenido, sino tal vez la estrategia.
Cuando los principios cívicos son inculcados como una especie de catecismo laico, tienden a ser considerados como materia de solemne tostón para los adolescentes, igual que las antiguas clases de religión. Tal vez, más bien lo suyo, sería que copiasen del natural; o sea que los modelos de conducta ejemplares, recreados en su familia y el resto de la sociedad, les saliesen al paso de modo espontáneo y así pudiesen verse reflejados en ese espejo. A ese objeto habría que mimar y propagar la cultura, pues la ignorancia es el terreno más propicio para que se desarrollen este tipo de comportamientos brutales y primarios.
Ciertamente, urge plantear soluciones a un problema real, cuando, según datos recientes, el sexismo se extiende como un cáncer entre las nuevas generaciones ¿a qué se deberá este retroceso? Los especialistas apuntan a que los adolescentes emulan los modelos que reproducen novelas y series juveniles, donde el chico presenta un perfil dominante y protector frente a una chica eclipsada y sometida. Por lo general, el argumento de estas historias de éxito plantea que la buena chica se quede prendada del “malote”; el típico gallo del corral que, sacando pecho, convoca a su alrededor al coro de gallinas cluecas. Y, dado que las modas moldean el comportamiento humano más que ninguna otra cosa por aquella tendencia a la imitación que hemos heredado de nuestro antepasado el mono, parece que este estereotipo se esté propagando de manera irremediable. La vuelta al machismo atávico que se llama y que viene acompañada de otros complementos, muy dignos de considerar. Por ejemplo, la chica que aspire a tener un mayor éxito en las redes, donde ahora se cuece el triunfo social, habrá de ser sexy, divertida y “ocultar su inteligencia”. Madre mía, no había leído algo semejante desde aquellos manuales de buenas formas para señoritas que investigó Carmen Martín Gaite en su ensayo “Usos amorosos de la posguerra española”. Según dichas reliquias reaccionarias, redactadas por supuestas condesas o marquesas, que igual eran un tío con toda la barba camuflado como la propia Elena Francis, la muchacha en estado de merecer debía hacerse la boba y no agraviar a los candidatos con razonamientos demasiados sesudos que los pusieran en evidencia e hiciesen peligrar su estatus de superioridad y su autoestima, pues, en ese caso, corría el riesgo probabilísimo de quedarse solterona; la peor de las desgracias según Elena Francis y su secuela de supuestas marquesonas gallipavas.
Pues bien, estas consignas que por descabelladas tanto me hicieron reír en su día, resulta que han vuelto a imponerse con fuerza nueva (nunca mejor dicho) y son tal vez las que impelen a nuestras chicas a hacerse selfies en retorcidas poses de contorsionismo porno, mostrando al móvil escote y morritos de mema y a no leer más novelas, si acaso, que aquellas sentimentales protagonizadas por el tipo machote que deja obnubilada a la tierna paloma con sus encantos viriles, por cierto muy en consonancia con aquellas del mismo género que, en tiempos del posfranquismo inmediato, escribían también las supuestas marquesas en salto de cama, aquejadas por un agudo ataque de Spleen.
Y es que, en fin, hay modas modernas que parecen de lo más antiguas. Aunque todavía, dada la celeridad con la que se está dando la involución, podemos remontarnos a tiempos más pretéritos, de cuando el australopithecus sacaba de la gruta a la hembra, arrastrándola por los pelos.
A mí me parece así, si después de tanta retórica que se ha desgastado improductivamente a favor de la igualdad de sexos y en contra de la violencia de género, hay que simplificar el mensaje a los violadores para que la planicie de sus mentes lo pueda asimilar con la oportuna claridad y concisión. “No es no”, ¿queda claro?

Cotillas electrónicos

25 Mar

Desde su propia invención, el teléfono ha tenido vocación de espía. Claro que en tiempos más remotos, dicho espía era más identificable.

En los pueblos, por ejemplo, solía haber una operadora muy cotilla que escuchaba las conversaciones ajenas con delectación para luego poner el chisme al cabo de la calle.

Conscientes de este tóxico tercer oído, había chicas que interrumpían las confidencias al novio en el punto más álgido para interpelar a la intrusa:

-Y tú, deja ya de escuchar, hija puta.

A lo que la interpelada ofendida contestaba:

-Oye niña, que esas cosas no se dicen.

Con lo cual la intrusión implícita, se hacía totalmente explícita.

Si bien hoy día, para gran alivio de la gente, ese personaje ha pasado ya a la historia y la telefonía parece más impersonal, no guarda secretos de confesión como el sacerdote ni atiende a principios del juramento hipocrático. El aparato, chivato por naturaleza, guarda con alta infidelidad toda palabra dicha o escrita para luego soltarla en el momento más inoportuno y no distingue de clases ni rangos en su correveidile.

Podríamos decir que es un cotilla muy democrático, cuando vemos cómo se las gasta con los poderosos, habida cuenta de que tanto conversaciones telefónicas como whatsapp forman parte de causas judiciales o materia de debate público desde los gruesos titulares de algunos periódicos impresos y digitales. O sea que para guardar la imagen, hay que medir las palabras o reservarlas para los espacios abiertos a la intemperie. Debemos recobrar la costumbre mediterránea del almuerzo con charla al aire libre y dejar que las palabras se las lleve el viento. La tecnología es más traidora que los asesinos de Viriato.

No es que las tontadas que digamos nos vayan a meter entre rejas como a los corruptos imprudentes y lenguaraces, pero tampoco es cuestión de darle tres cuartos al pregonero.

Hay que guardar el misterio y no darle tantas pistas, por ejemplo, al Google, que finalmente, a través de nuestras búsquedas, nos conoce mejor que si nos hubiese parido. Y así luego, como por arte de magia, nos llegan al correo propuestas más tentadoras que las que hizo el diablo a San Antonio.

Como yo suelo buscar ofertas de vuelos, me llegan a la bandeja unos paquetes vacacionales prodigiosos con imágenes de islas paradisíacas, donde las aguas turquesas y los cocoteros, acompañados de interrogantes muy sugerentes, “María Dolores ¿te vas a perder esta oportunidad?” o bien con un imperativo afectuoso “María Dolores, ya es hora de mimarse un poco”. Al pronto, una se emociona con tanto afecto electrónico, pero, pasado el primer arrebato emotivo, le da por pensar que el cariño del emisor es interesado, ya que por “María Dolores” sólo me conocen las tarjetas de crédito.

En cualquier caso, aunque el ojo de Google parezca como el divino, omnisciente, ubicuo e infalible, tiene también sus percepciones erróneas, debido a prejuicios obsoletos que no parecen nada dignos de su modernidad. Prueba de ello es que si en lugar de vuelos, busco contenidos de fútbol, me asaltan fotos de chicas solteras en mi ciudad, todas deseosas de recibir mi llamada de teléfono.

Sin embargo, a un amigo mío lo que le surgía cada dos por tres en la pantalla eran dietas milagrosas para perder peso, secretos de maquillaje de las famosas, lo más en la moda femenina de temporada y el método para hacerse mascarillas faciales a base de pepino y aceite de jojoba.

Dándole vueltas al asunto, mi amigo concluyó:

-Creo que, en el espacio virtual, me están tomando por una chica.

Y pensando ambos en cuál sería el motivo de dicha percepción, caímos en la cuenta, de que P. buscaba a menudo páginas Web con recetas de cocina, lo cual al ente electrónico le hizo pensar que era, sin duda, una mujer.

Se ve que los ingenios internáuticos, anclados en roles sexistas, requieren de una actualización, pues desconocen esa realidad social, por la que cada vez hay más hombres que se encargan de las tareas del hogar, además de entender por el ama de casa; una mujer obsesionada por los secretos de belleza.

Pero, en cierto modo, aunque anticuado, consuela saber que el Google no es tan perspicaz y también se equivoca como los humanos. Si es el ojo del Gran Hermano, tendrá que ir a revisarse las dioptrías.

Niños inmolados

29 Ene

Los padres de Diego

Hace una semana leímos la carta de despedida de un niño de once años que se había suicidado por sufrir acoso en su centro escolar. Lo peor que puedo decir al respecto es que el suceso no me sorprendió. Entiendo aunque no comprendo por qué un niño de tan corta edad puede buscar la muerte, cuando no encuentra otra salida. Sobre todo, porque puedo visualizar en mis recuerdos situaciones tan paralelas como la siguiente.

Una profesora se dispone a entrar en el aula, donde va a impartir clases, y se encuentra a varios alumnos enzarzados en una pelea violenta.

Hay otros profesores que en ese momento pasan por allí, pero hacen como si no viesen nada. Luego se entenderá por qué.

Un chico, bastante desarrollado para su edad, alto y corpulento, que parece llevar la voz cantante en lo que después dirán que es sólo un juego, ha sacudido un fuerte manotazo a otro, menudo y bajito. Las desproporciones físicas, a esta edad, son comunes y establecen roles de poder. El manotazo del chico corpulento ha sido tan virulento sobre la cara de su compañero que le ha roto las gafas y ha empezado a sangrar de un ojo.

La profesora se acerca al niño herido con gran alarma y éste casi le ruega que no se asuste, pues los ojos le sangran con frecuencia, debido a una conjuntivitis crónica.

Suena el timbre y la profesora se queda a solas con el chico agresor. Los demás acuden al aula que les corresponde.

Como hoy había excursión y han acudido pocos alumnos a clase, la profesora tiene a su cargo casi únicamente a este chico y otros pocos más, que han desaparecido como por arte de magia. Se dispone la profesora a redactarle un parte disciplinario al alumno que intenta impedirlo con gritos amenazadores, imponiendo en la proximidad su envergadura física como arma intimidatoria contra la mujer:

-A mí no me pones un parte por la cara- grita imperativo.

Tal es el volumen en su chorro violento de voz, que haciendo eco en toda la planta, alerta a otra profesora que viene en socorro de la primera:

-¿Qué está pasando aquí?

La primera profesora le explica a la segunda lo que ha sucedido y se resuelve que el asunto sea remitido al despacho de dirección, donde van todos.

La versión de la profesora es que este chico ha golpeado a otro, pero se piden las versiones de los demás testigos para contrastar ¿por qué la profesora no tiene presunción de veracidad? ¿Qué interés iba a tener ella en acusar falsamente a un alumno?

Acuden los niños que vieron la escena, menos uno que se niega a abandonar el aula; el menos cobarde entre los cobardes:

-Yo no voy a bajar para mentir- comenta.

El chico agresor toma la iniciativa del interrogatorio y con el pecho erguido y un tono prepotente y admonitorio se aproxima a cada uno de sus compañeros por turnos:

-¿Yo le he pegado a X?

Todos dicen que no sin demasiada convicción.

Luego, irguiendo aún más el pecho, se acerca intimidatorio al niño agredido.

-¿Te he pegado yo a ti?

-No, estábamos jugando- dice el niño acobardado, mientras se seca el ojo con un kleenex.

Es un chico prudente. Sabe que si acusa a su compañero, le puede llegar lo peor a la salida del centro.

Después de tal interrogatorio, se empieza a poner en duda la agresión. Tal vez el manotazo fue casual. Tal vez la profesora no vio lo que vio. Ante tanta presión, incluso la profesora empieza a dudar, aunque el manotazo no le pareció una visión precisamente.

El chico bravucón sigue gritando para nada apocado por la presencia de la directiva y exige que el parte disciplinario se le ponga a la profesora y la expulsen, de inmediato, del instituto. Sus gritos crecen cada vez más en volumen y prepotencia sin que la comisión de convivencia, que asiste a la escena con interés analítico y casi científico, lo interrumpa.

Luego se llega a un veredicto. La agresión no se ha producido, pero el alumno ha faltado al respeto a la profesora y se le expulsará del centro por tres días.

Cuando la familia del chico pregunte cuál es la causa de su expulsión, relacionará la causa con la profesora; un asunto que puede volverse contra ella. Así la próxima vez que vea un acto de violencia, aprenderá a mirar para otro lado como dicen que hacen todos los profesores. O no.

Algunos toman estos golpes como algo suyo y seguirán corriendo ese riesgo excesivo.

Cuando no queda constancia de la violencia, impera la ley de la selva y los niños más débiles la asumen en silencio hasta que no soporten más las palizas y quieran incluso morir. Como ese niño de once años.

Como siempre, se culpará a toda la sociedad de lo ocurrido, pero ya dijo Concepción Arenal que cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie.

Este y otros casos se podían haber evitado, sencillamente, tomando unas medidas que no se toman. Los menores tienen derechos, pero ninguno más que otros. Consentir la desigualdad es favorecer el abuso y la tragedia.

Hombres desnudos

13 Nov

El verdadero pulso de la actualidad está en los anuncios por palabras. Eso dice, creo que Juan José Millás que es el que suele decir estas cosas.

Encontramos en las últimas páginas de anuncios a Andrius que se ofrece y, la verdad, que se ofrece muchísimo. Según leemos, el chico es quiromasajista, entrenador personal, visita a domicilio y hace limpieza de fachada y suelos. Discutimos sobre Andrius, Pablo y yo, y él insinúa que el anunciante puede ser además un prostituto porque eso de los masajes suele ir con segundas y, luego del masaje, viene el servicio completo. Calibro la audacia de la suposición y, rompiendo una lanza por el honor de Andrius, lo defiendo como una simple víctima del pluriempleo sin mayores matices carnales, pero insiste Pablo en que no hay nada de insultante en su suposición, sino todo lo más de puro elogio y define a Andrius como “el sueño erótico de toda mujer”, pues:

-Dime tú ¿a qué mujer no le gustaría que viniese un hombre a domicilio a darle gusto a su cuerpo y luego encima le limpie además el suelo y la fachada?

Concluyendo que, en cualquier caso, Andrius es un jarrillo de lata, me pongo a darle vueltas al tema de los prostitutos que ya es más común de lo que yo creo.

Precisamente, el último premio Planeta, trata de las relaciones mercenarias entre señoras mayores de alto standing y muchachos atractivos que las contentan con su compañía y sus bellos cuerpos. Será que nunca me voy a liberar de los prejuicios de colegio de monjas, pero el tema me da un poco de grima. La novela se titula “Hombres desnudos” y ya, desde la portada, me parece verlos a los pobres tiritando en su indefensa desnudez y a la espera de que una de estas señoras prepotentes les ponga una argolla alrededor del cuello y tire de ellos con un collar canino, como decían que hacía Gala, la mujer de Dalí, para sacarlos de paseo pornográfico por su alcoba.

Seguramente, me equivoco al sentir tanta lástima por los chicos de alterne y ellos disfrutan de veras con su trabajo a juzgar por la cantidad de varones que, en Málaga, picaron con la estafa de una falsa agencia que ofrecía trabajo a hombres de buena presencia para acompañar y complacer a potentadas damas a cambio de pagar, en principio, una sustanciosa fianza.

Pagaron los pardillos por acudir a citas en habitaciones vacías de hotel y, a juzgar por la gran afluencia de los estafados galanes, se entiende que el oficio de gigoló es una profesión deseable para muchos.

No obstante, una tiende a pensar que la prostitución es un trabajo humillante para hombres y mucho más para mujeres, aunque, desde siempre, haya referentes literarios que desmientan este supuesto. “La lozana andaluza” de Francisco Delicado, “La Romana” de Alberto Moravia y “Las mil noches de Hortensia Romero” de Fernando Quiñones, nos hablan de prostitutas amantes y orgullosas de su oficio, que ejercen con sumo gusto.

En este sentido, además, he leído un artículo de Rosa Montero, desprejuiciado y argumentadísimo, como los suele firmar, en defensa del colectivo de prostitutas “Hetaira”, que reivindica hacer con garantías y derechos, el trabajo que han elegido por propia voluntad. Al fin y al cabo, sostienen ellas, es mejor prostituirse a cara descubierta en la calle que hacerlo en una empresa privada bajo la apariencia de ejercer un trabajo más honroso. También la camarera, la secretaria, la operaria, la empleada de limpieza, se ve, en ocasiones, obligada a ceder ante el acoso sexual del jefe por no ser despedida y, encima, cobra un salario de miseria.

En cierto modo, el alarmante recorte de los derechos laborales, empieza a empujar a gran parte de los ciudadanos a la prostitución, sea física o moral, que ésa también duele un huevo. El trabajador por conservar su trabajo llega a lamer las botas de su contratante del modo más indecoroso y ya se habla, cada vez con más contundencia, de esclavitud.

Hay quien trabaja sin cobrar y hay quien trabaja más horas de las que cobra y se estimula una insana competición entre trabajadores para que se disputen menciones y galardones sin remunerar que han dado en destruir aquella hermosa virtud de la solidaridad que nos daba alegría y confianza.

Qué bonito era aquello de que el colega fuese un amigo y qué feo eso de que ahora sea un competidor, un rival. Y, en fin, qué tonto eso de caer en este juego idiota para satisfacer a unos pocos. Los pocos que caben en la cima piramidal de esta Edad Media a la que hemos vuelto.

Después del progresismo, hemos llegado al regresismo. Se difunden sin pudor, consignas vergonzantes como que el pobre es un invento de la izquierda; un holgazán sin ningún afán emprendedor.

Y, por cierto, ¿qué es esa propuesta de un líder de Ciudadanos por la que el trabajador despedido debería pagar a la empresa en razón de los años que lo tuvo contratado? Que alguien me la explique. Suplico.

Golpea a tu profesor

12 Jun

“Golpea a tu profesor”, así se llamaba el videojuego que, con gran éxito parece, proponía en su publicidad la siguiente oferta: “Usa elementos en el aula para matar a tu profesor/a. El objetivo es usar elementos comunes como armas mortales. ¡Puedes causar daño fatal con libros del aula, una grapadora, un paraguas y otros elementos comunes!”.

Como vemos, por la minuciosidad de ideas concretas que sugiere dicha publicidad, sus ideadores, magnas mentes del ingenio, no se limitan a sugerir el divertido ejercicio virtual que consiste en el exterminio del profesor en el aula, sino que además proveen al jugador de un inventario práctico y preciso con las herramientas disponibles que le harán lograr con éxito su objetivo. No sea que el jugador, posiblemente menor de edad, se ponga a matar al docente a tontas y a locas, sin caer en la cuenta de cuáles son los recursos más efectivos al respecto y fracase. Pues la propuesta es matar y no herir vagamente, no hay que andarse con chiquitas e ilustrar con detallismo pedagógico a quien desee iniciarse en tan lúdica actividad sin que las instrucciones por farragosas, sirvan de menoscabo a la diversión que el videojuego promete. “Delectare docendo”, que se llama.

Acumular puntos con este videojuego, era cuestión que se presumía la mar de sencilla, utilizando mañas de lo más traviesas y descacharrantes. A saber, por ejemplo; mientras el profesor está dando tranquilamente la clase, uno de sus alumnos le lanza un hacha directamente a la cabeza. Aquí me pierdo, ¿es el hacha un elemento de presencia común en el aula? Esperemos que sólo sea así en las aulas virtuales de este juego, donde, después del hachazo (¿cuántos puntos sumarían un hachazo?), corre la sangre del profesor con un logrado efectismo.

No obstante, por si el hachazo no es del gusto del jugador, se propone que, el dicharachero chiquillo corte al docente la corbata y, cuando el suspicaz profesor le regañe por tan nimia tropelía, le rebane el cuello “tranquilamente”, que no es cosa de perder los nervios en tan fútil trapisonda. Aunque el juego es bastante explícito en su manual, le encuentro algunos defectos de forma. Vamos a ver, si el profesor acude al centro sin corbata, como suele ocurrir ¿es lícito rebanarle el cuello sin más preámbulos y florituras e idéntica tranquilidad? Imaginamos que sí, aunque la maña carecería de cierta gracia y lo mismo sumaría menos puntos.

Claro que también existen otras hilarantes opciones; el estudiante también puede fumigar al maestro con un insecticida, rociarle con gasolina y prenderle fuego, apuñalarle con un lápiz o ahorcarle con un cable. O golpearle indistintamente con una silla, con un termo o con un bote de cristal lleno de avispas, para después arrojarle por la ventana.

El descrito juego que hasta la noche del martes albergaba la web www.paisdelosjuegos.es pertenecía a la categoría de “juegos para desestresarse”, pero además en la categoría de “juego de aventura”, se podía encontrar también otra joya llamada “Diversión en el aula”, cuyo objetivo era hacer que los estudiantes golpeen a la profesora (aquí se añade el elemento estimulante de género para la saña) sin que la maestra los pille. Hay que arrojar frascos de tinta, libros y bolas de papel a su espalda. Por no dejar cabo suelto, se sugieren algunos trucos; cuando el profe no esté mirando, puedes instruir a los estudiantes desviados para causar estragos ¡Implica a toda la clase en el comportamiento travieso! (anima dicho juego desde su publicidad)

Que la violencia contra el profesor se haya convertido en un juego de niños, nos da la medida del desprestigio en que ha caído la clase docente, pues dadas las actuales circunstancias, no está nada claro si es la realidad la que se inspira en el vídeo o es el vídeo el que se inspira en la realidad.

Por fortuna, el Defensor del Profesor del sindicato ANPE ha denunciado ante la opinión pública la imagen vejatoria que se da del profesor en este vídeo y todo el sindicato con su presidente, a la cabeza, Nicolás Fernández Guisado, ha exigido que dicho videojuego se retire y los responsables “presenten las excusas correspondientes a todos los docentes que ejercen su tarea, de manera extraordinaria, en todos y cada uno de los centros educativos de este país”. No obstante, el mencionado sindicato es el que más causas ha ganado a favor de los profesores agredidos, según tengo constancia por la excelente gestión de Francisco Granados Romero, responsable de la asesoría jurídica de ANPE en Málaga, quien también ejerce como terapeuta, ya que suele atender a profesores, afectados en su salud por constantes tratos vejatorios.

Pero no todos los profesores aquejados por la violencia, acuden en busca de ayuda y la sufren, como las almorranas, en silencio, cual si fuesen aquellas mujeres que, antiguamente, ocultaban la violación con la disparatada conciencia de culpa de haberla provocado.

Por su parte, La Opinión de Málaga ha intentado contactar con la web que albergaba este videojuego sin obtener respuesta. La cobardía suele ser un ingrediente básico en la conducta de los culpables.

Cuando la tierra tiembla

1 May

Daniel Clavero Toledo, doctor en geología

El sábado pasado estaba, precisamente, asistiendo a una charla sobre terremotos, cuando nos llegaron las primeras noticias sobre el seísmo de magnitud 7.8 que se había producido en Nepal, convirtiendo al país, desde entonces, en una montaña de cascotes, entre los que aún los perros rastreadores continúan detectando nuevos cadáveres que multiplican progresivamente la cifra de muertos en la catástrofe. Según el primer ministro nepalí, Sushil Koirala, por el momento, el número de víctimas mortales por el terremoto podría alcanzar los 10.000, si bien Naciones Unidas ha elevado a ocho millones, el número de personas que se han visto afectadas por el terremoto.

Cuando la crónica negra internacional arroja a los gruesos titulares, como suele hacerlo periódicamente, cataclismos naturales, envueltos en nombres de países lejanos y exóticos, se habla de conmoción general, que es como hablar de un sentimiento que se diluye por pura abstracción, pues lo cierto es que, estos datos cuando se desorbitan en términos numéricos, a miles de kilómetros de distancia, no caben en mente humana, contándola de una en una. Terrible es esta verdad, pero, como toda verdad, muy cierta, que el individuo tienda a considerar irreal toda tragedia, por desmesurada que sea y casi más si lo es, mientras no le salpique el ámbito de sus pequeñas miserias cotidianas. Pasado el primer golpe de efecto, el terremoto en Nepal como el Tsunami en Japón, salvo en rosas excepciones, se convierten para el ciudadano de la otra orilla del mundo en las mismas imágenes de archivo. La conmoción general es sólo un modo falso y retórico de nombrar a lo que, a fin de cuentas, no es más que indiferencia. Un mero encogerse de hombros y pensar; a nosotros no nos pasa. Como si creyésemos, tocados de cierta ignorancia arrogante, que la tierra sólo tiembla bajo los pies de los países tan pobres como Nepal.

Nepal carecía de infraestructuras adecuadas para afrontar un terremoto, oigo y leo hasta la saciedad, pero ¿de verdad las nuestras sí lo están? ¿Estaríamos a salvo en nuestras viviendas si se produjese un terremoto con la cuarta parte menor de magnitud? ¿Sabemos que Málaga está entre las zonas con más riesgo de sufrir un terremoto devastador?

 Precisamente, la charla a la que asistí el sábado pasado, trataba sobre el riesgo sísmico que afecta a Málaga y provincia y las hipótesis sobre pérdidas, muertos y heridos en el caso nada descartable de que nos volviese a asolar una catástrofe como aquella que se dio ya en 1884, afectando a Vélez, Colmenar, Periana, Canillas y Estepona con el saldo de 4.400 edificios destruidos y 839 muertos.

Los supuestos que iba arrojando a la luz el conferenciante no eran nada alentadores, aunque, por desgracia del todo fiables, ya que el contenido de su charla era un resumen de las líneas básicas de su tesis “Microzonación sísmica de la ciudad de Málaga. Aproximación teórica y empírica”,

por la que acaba de ser nombrado doctor en geología con la calificación de “Sobresaliente cum laude”. Pues el flamante y laureado doctor es mi hermano, Daniel Clavero Toledo, véase que, en ocasiones, el orgullo es compatible con la inquietud.

Tengo información privilegiada y de primera mano, pero, según dicha información, no estamos a salvo de un terremoto ni nada seguros si se produce. Para colmo, mi hermano Pepe, que también es geólogo como el menor, suscribe todo lo expuesto punto por punto, como el mismo tribunal del Departamento de Física teórica y del cosmos de la Universidad de Granada.

O sea que, vulgarizando la prosa científica, si un “probable” terremoto de cierta intensidad asolase los terrenos de algunas zonas de Málaga, muchos edificios se irían a tomar por saco con todas sus criaturitas dentro, me temo.

Ante semejantes vaticinios que no los ha escrito un augur con pluma de ganso y, como están próximas las elecciones municipales, animo desde aquí a los candidatos a incluir, ante todo, medidas de prevención contra los riesgos sísmicos en su propuesto PGOU.

Que se estudien previamente y con minuciosidad los terrenos donde se construye y se revise la calidad de las construcciones habitadas. Por lo general, nos encanta esta ciudad. Queremos conservarla y conservarnos también nosotros mismos. Nos va la vida en ello.

El país del miedo

24 Abr

Abel Martínez Oliva

La violencia en los institutos. Dos de las películas que se han presentado a concurso en el Festival de Málaga de Cine Español tienen presente este tema. Sus títulos son ya bastante significativos; “Los héroes del mal” y “El país del miedo” ¿simple casualidad?

Si tenemos en cuenta que el cine, más aún últimamente, se inspira en realidades sociales, podremos concluir que la agresividad delictiva entre menores es una realidad muy presente en nuestra sociedad actual, más allá del caso aislado y excepcional, que es la etiqueta con la que se ha despachado la tragedia de Barcelona, protagonizada por un niño de trece años que, armado hasta los dientes, asesinó a un profesor e hirió a otros docentes y alumnos. Si bien, a tenor de sus intenciones, se quedó corto en sus objetivos, pues ya disponía de una lista previa en la que había incluido más bajas de las producidas.

Que un adolescente conciba tan megalómana matanza no es explicable sino como la culminación de una degradación progresiva que ya contaba con sus precedentes. Un suceso de tal magnitud no se produce sin más, de la noche a la mañana, a no ser que se hayan dado otros para crear atmósfera. La cuestión es que quien ya aprende de ejemplos anteriores, como este chico, quiere a toda costa rizar el rizo; superarlos, llegar todavía más lejos.

La cantinela del hecho aislado y excepcional es un tópico muy recurrente cuando se habla de agresiones de alumnos a profesores. De casos aislados y excepcionales está llena la historia de los institutos españoles durante los últimos veinte años y quien haya tenido la paciencia de seguir mis artículos, podrá sumar a puñados los que se han ido ocupando de ellos con la consecuencia de ganarme la antipatía de algunos y el silencio de muchos. Un silencio que, debido al miedo, se hace cómplice de una espiral de violencia que termina estallando por sus costuras. Porque el miedo no ayuda a prevenir nuevas catástrofes sino que las atrae, haciéndolas crecer en dimensiones, hasta permitir que se instale, entre nosotros, la dictadura del terror. Las más cruentas dictaduras han basado su prepotencia en el silencio y la cobardía de las masas. Y hay miedo, mucho miedo a la palabra “inimputable”. Si leemos la sinopsis de la película “Los héroes del mal” encontraremos como broche final esta frase “¿Qué se puede hacer contra un criminal menor de edad?” y, en las mismas, “El país del miedo”, hace planear esta palabra sobre su guión. El protagonista, un adulto pacífico, es dominado por la ansiedad, pues no puede combatir la violencia de una niña de trece años (precisamente) que acosa a su hijo y lo extorsiona a él, porque la menor es “inimputable”. Y bien, o es que la historia era premonitoria o, lo más lógico, se veía venir.

Personalmente, creo que el envalentonamiento del adolescente de Barcelona se debe más al concepto de “inimputabilidad” que a las presuntas voces interiores que le produce ese brote psicótico tan traído por los pelos, que encima lo hace digno de compasión, “hay que proteger al chico y no condenarlo por lo que ha hecho”, dice Eudoxia Gay, presidenta de la Asociación Española de Neurosiquiatría”.  Bien, ¿Y quién protegió al profesor sustituto fallecido y a las otras víctimas? ¿Quién protegerá a otros profesores en el futuro que se vean en circunstancias similares? Porque, si este caso queda archivado y el chico impune, no faltarán otros chicos que sigan su ejemplo. Precisamente, la falta de culpa y de remordimientos crean mentes psicópatas.

Y la suma de atrocidades en las que han incurrido los menores se deben a la despenalización de conductas disruptivas y violentas que ha ido tolerando un sistema sobreprotector y permisivo, que todavía se empecina en no admitir que sus métodos han fracasado del modo más estrepitoso.

El castigo es cosa fea, de acuerdo, pero aún no se ha encontrado la fórmula para que un mal comportamiento se corrija sin castigo.

Si un niño no se merece un castigo por asesinar ¿se merece, en cambio, la muerte un profesor sustituto que, por fin, ha tenido la oportunidad de cumplir con su trabajo? ¿En tan baja estima se tiene la vida de los profesores?

Imagino que sí, cuando ya he escuchado que sufrir la violencia de los menores son daños colaterales de la profesión docente; gajes del oficio. O sea, que, si te matan, mala suerte; esto es la guerra. Me pregunto cómo se ha llegado a esta situación y lo peor es que me lo respondo.

Sin embargo, lo ocurrido en Barcelona, es un hecho excepcional. En cierto modo, sí, porque esta vez no se ha silenciado como tantas otras y hemos podido saber el nombre del difunto y hasta ver su foto ¿Cuántos más tienen que morir para que se tomen medidas serias al respecto? Y a quien corresponda ¿De verdad no se les cae la cara de vergüenza?