Malos de diseño

16 Jul
Osama Bin Laden

Osama Bin Laden

La política internacional se va pareciendo demasiado al montaje de una mala película americana –válgame la redundancia implícita-. Todo se basa en que hay un bueno y un malo y que cada uno, en el simplismo del planteamiento, lo es hasta la saciedad sin mayor posibilidad de la mínima doblez y fisura que haga pensar algo al espectador, actividad bastante en desuso desde hace tiempo. A este propósito, el bueno se llama Obama y el malo se llama Osama para que el público de la mala política, el mismo que de las malas películas, no tenga que esforzar más de lo preciso su abotargada memoria –esfuerzos intelectuales los mínimos, que no se llevan, caray-. Al malo no se le intuye, se le nota que es malo nada más con mirarlo. Todo malo de la peor filmografía americana, consabida y abundante, tiene algún rasgo que lo afee para que quede patente su maldad al ojo perezoso del respetable de la sala comercial. Un parche en el ojo, alguna verruga, la piel purulenta estilo cráter, dientes negros o ciertas ortopedias en alguna de sus extremidades. La maldad de Osama, por su parte- o la de quien tenga a bien o mal caracterizarle- reside en su luenga barba de chivo- expiatorio-. Sin la barba diabólica, Osama podría parecer un buen hombre, con sus ojos mansos de ciudadano común tirando a sumiso y obediente. Que puede hasta que lo sea, en tanto lo llaman para salir en la nueva grabación donde, armado de la barba insurrecta, despotrique a base de improperios en árabe – la fonética de este idioma suena más a amenaza aterradora por su abundancia de aspiraciones- contra la armonía del orden mundial, capitaneada por el bueno de Obama. Bueno ya, a simple vista, por la cara bien afeitada y la caída de ese traje impecable que le sienta de perlas –en este mundo de vanas apariencias la bondad, y capacidad de un político no se mide tanto por su discurso, a quién le interesa cualquier sesuda oratoria hoy en día, como su buena planta para lucir el traje-. El arte de colocar sobre una buena percha la americana o elegir bien el color de la corbata da mejor resultado en las urnas que todas las estrategias añejas del tal Demóstenes. De esto sabía un rato Francisco Camps antes de que su caso tan común, tridimensionado por las justicieras instituciones gubernamentales y los medios fautores, lo llamasen caso Gürtel y llenasen con él primeras planas de diarios y telediarios. El traje no hará al monje, pero al político hace bastante rato que sí. Un Obama contrahecho con camisa marrullera y jersey de pelotillas o luciendo taparrabos a lo Batusi nunca le habría ganado la partida a Hillary Clinton ni sería ese héroe del que se congracia y enorgullece la primera línea de la política occidental. Frente a él, Osama –Bin Laden- con su turbante, su chilaba raída y sus barbas desaseadas, no puede ser sino el malo de la política, de la película, que nos echan en la tele de vez en cuando para fomentarnos en las entretelas el odio anti-islamista. Precisamente, justo antes de que se decida un nuevo ataque de los EE.UU. contra algún país de raigambre musulmana; ya sea Irak, Afganistán o Irán. Entonces justo aparece el malo desde la remota e intangible dimensión de la maldad, como en los deplorables y abundantes engendros cinematográficos de ciencia ficción de cuño yanqui y nefasta dirección del tipo Ed Wood. Con sus barbas tan postizas como si lo fueran, enlatado en una grabación siempre “de dudosa autenticidad”, bien cutre y casera el, por lo general, invisible Osama -¿quién lo ha visto y quién lo ve?- vuelve ante el ojo público para encarnar el papel del hombre más malvado del planeta como un objetivo contra el que disparar todo el odio humano. Siempre tranquiliza y simplifica que el origen de todos los males mundiales se resuma en una sola persona; se la busca, se la halla, se la aniquila y santas pascuas, pero ¿dónde? ¿Dónde cuernos está esa persona tan temible capaz de burlar por tanto tiempo a los servicios de inteligencia americanos? O bien, dichos servicios carecen de la inteligencia de que presumen o el tal Bin Laden no es más que “un actor mediocre, en medio del ruido y la furia, que se agita y mueve las alas en el escenario y del que nunca vuelve a saberse nada” (Macbeth, Acto V, escena V.) Un pobre hombre que no sabe interpretar más que un personaje y al que cierta compañía cinematográfica llama de vez en cuando para que represente el mismo papel, con sus barbas postizas de carnaval y sus rugidos de monstruo de serie B. Mientras tanto, se le va manteniendo en plan pensión vitalicia en algún lugar subterráneo del mundo donde pueda vivir lo suficiente a objeto de cumplir su función cuando haga falta. Para que exista el bueno, ha de existir el malo. Cómo justificar, si no, el oportuno toque de corneta del Séptimo de Caballería y nuestra emoción cuando, en defensa propia –y nuestra-, de la libertad, de los valores democráticos, del ecuánime orden occidental, de la liberación de la oprimida mujer islámica, por querer la paz los buenos-los nuestros- preparan la guerra. Y, pues el fin justifica los medios, arrasan los países a liberar no dejando a su paso títere con cabeza; militares y civiles, hombres, mujeres y niños. “La vida es como el argumento de una mala película”. Y de eso saben un rato nuestros amigos americanos.

El turista masoquista

9 Jul

 

Turistas en Abu Simbel

Turistas en Abu Simbel

Después de cumplir con tropecientos meses de duro y estresante trabajo, no hay nada más gratificante, llegadas las vacaciones, que aumentar dicho estrés preparando un relajante viaje. El placer incluye otras opciones como quedarse en esa casa confortable donde apenas uno ha podido poner el pie durante el año laboral para, simplemente, descansar; esto es, levantarse a las tantas de la tarde -si procede- hacerse con deleitosa calma algunos guisotes de muerte, reposando así el castigado estómago de tanta inmundicia de comida pre-cocinada y, acaso, sumergirse en un baño orgásmico de espuma en cierto jacuzzi que a algunas familias les falta tiempo para mostrar a las visitas, aunque también para disfrutarlo alguna vez. Pero no, ese puntillo subconsciente que albergan, sobre todo, las mentalidades judeo-cristianas aflora ante la voz imperativa que, desde el anuncio publicitario, insta a mover de inmediato el culo del dulcísimo nihilismo del mullido sofá bajo la benefactora brisa del aire acondicionado. “Prepare su viaje ya. No valen más excusas”, le espeta autoritaria la firma comercial de alguna agencia de viajes y, pues somos por cuna y educación de natural obediente, nos precipitamos a acatar la orden de abandonar de un salto la poltrona y suscribirse a esa oferta que “usted no puede desaprovechar bajo ningún concepto”. Con los nervios, de nuevo, de punta, ya que el día de partida del viaje chollesco resulta, como suele ocurrir, ser mañana o pasado, te enzarzas en la taquicárdica tarea de montar en unas horas tremendo maletón con todo lujo de detalles por aquello de que el tiempo es imprevisible o que en aquel remoto país o bien no venden nada o, si lo venden, es a precios astronómicos. Para pagar luego el sobrepeso a la compañía aérea de bajo coste –en principio- que te embarcará en esa clase turista donde comenzarás a disfrutar de los inestimables agasajos de tu viaje de placer, dándose el muy probable caso de que, puesto que hay que ofertar el mayor número de plazas por incrementar los beneficios, tengas que plegar, a no ser que seas un gnomo, esas piernas siempre excesivas para tan reducido espacio en la postura del loto. Durante las horas de vuelo, muchísimas si tu natural sumiso te ha llevado a escoger esa inestimable e improrrogable oferta de irte a la Cochinchina que te propone-impone- aquel comercial, llegarás a tocar el cielo con las manos o a quedarte en él, ya que, debido a la falta de espacio y oxígeno, podrás padecer de fatigas, mareos y/o asfixias que incluso desemboquen en una trombo-embolia o paro cardiaco. Por lo demás, si llevas el dinero contado, no se te ocurra tener diarrea, hemos sabido que ciertas compañías bandoleras cobran cada entrada al wáter. No obstante, todo hay que decirlo, se preparan otras modalidades económicas de viajar en avión por que no falten opciones de incomodidad al turista masoquista. Venimos de saber por este mismo diario que Ryanair estudia vender billetes para pasajeros que quieran viajar de pie. Magnífico y para cuándo, ya puestos en esta línea de vuelos de tortura, el super-ofertón para viajeros super-masocas; digamos un asiento de faquir con largos y afilados pinchos que agujereen y hagan sangrar las posaderas con opción a levantarse periódicamente a objeto de colocarse a cuatro patas en el pasillo ante la mirada vejatoria de los demás tripulantes mientras una vociferante y sádica azafata azota las nalgas del susodicho con un buen látigo de siete puntas. Apúntate que todo llega. Aún no llegas a tanto, pero vas por el camino. Lo noto en el tono de tu voz entusiasta cuando me cuentas al teléfono que dejas de inmediato tu grato domicilio para ir a visitar la tierra de los faraones; ofertón siempre en primera línea de agencia durante los tórridos meses de julio y agosto. Super- económico, ya lo creo, pero como método de auto-aniquilación existe otro todavía más efectivo y ahorrativo. Si mal no recuerdo; tirarse por un barranco sale gratis y te priva de la lenta agonía de ir deshidratándote bajo la flama de cincuenta grados en tu vagar por templos y pirámides. O practicar la comunión con el dios Horus bebiendo agua del Nilo para disfrutar, a la vuelta, de una larga y esplendida hepatitis. “No digas que fue un sueño” y abónate a la pesadilla, que es lo suyo en tiempos de asueto y solaz. Olvídate, pues, de los planos placeres de las largas siestas, las buenas pitanzas y el simple disfrutar del transcurrir de los días sin horarios. Renuncia al decadentismo del placer por el placer y practica los tan en boga viajes de riesgo y aventura. Goza, en fin, de buenos madrugones, caminatas que te destrocen los pies, climas inclementes de países bien exóticos donde desmayarse a gusto a base de lipotimias mientras gradúas a todo detalle tu sofisticada cámara fotográfica con el sol feroz mordiéndote la cocorota e insectos descomunales succionan tu dulce sangre hasta la última gota. Pero, advierte, aventurero y- masoquista- turista, que no hace falta ir muy lejos para ser feliz. Todavía puedes quedarte en los Sanfermines y esperar que te arrolle un toro. Bon Voyage.

 

 

Un cropán por Sandokan

1 Jul
Sandokan

Sandokan

Más que Kung-Fu, a mí me gustaba Sandokan; el tigre de Malasia. Kung-Fu sería más filosófico, más profundo, de acuerdo, pero me deprimía su cara de chino triste y su eterno vagar por los caminos esteparios con los zapatos al hombro. Y de aquellos retrospectivos, largos y estáticos diálogos de “El pequeño saltamontes” con su Maestro, el ciego y abstracto monje Shaolin, que ya anticipaban las corrientes de pensamiento hindúes tan de moda por los ochenta, francamente, no entendía ni papa, sino que daban un profundo sopor bastante adecuado a la hora de emisión de la serie televisiva. Sin embargo, Sandokan, era otra cosa; un ídolo mucho más tangible para una niña de nueve años, más o menos. Le acompañaban el aire arrogante y exótico, los extraordinarios ojos verdes, la poderosa y muscular complexión hercúlea y su condición transgresora de pirata. Lo más de lo más para ser venerado por una criatura femenina incluso de corta edad. Mi obsesión por el tigre de Malasia, habrá que admitirlo, no fue, digamos, flor de un día, sino de muchas tardes ahorrando para comprar el dichoso cropán. Por la compra de tropecientos de aquellos mencionados pastelillos, te regalaban -¿regalaban?- un póster de Sandokan de tamaño natural y así, bien motivada por mi pasión hacia el pirata hindú y mi proverbial constancia, llegué a lograr tan preciado tesoro a la altura del último duro de mi hucha y algunas semanas de meriendas pringosas. Ya tenía la imagen al natural del Tigre de Malasia que sacar bajo el fondo de mi cajoncito de los secretos para cubrirla de besos a hurtadillas y no dudaba que pronto tendría al original. Era del todo factible que Sandokan al fin comprendiese que su adoración por la bella Lady Mariana, de piel de porcelana y ojos felinos, no era más que un espejismo y volviese la vista hacia su verdadero amor; una niña gordita de nueve años harta de cropanes a su costa. Pero Sandokan se fue con el último capítulo de la serie y se convirtió en un actor medio desconocido, dando vueltas por los estudios cinematográficos del mundo entero, en busca de esa segunda oportunidad que nunca llegó. Aquel hombre no podía ser sino Sandokan y eso sólo daba para algunos capítulos, aunque de cierta huella indeleble en las biografías de las chicas soñadoras. Mi amor eterno por Sandokan duró lo que la serie y, sin embargo, de su memoria traicionada me recupero al saber de la muerte de otros ídolos del imaginero infantil como Kung-Fu, en el temor de que haya corrido la misma suerte funesta. Por fortuna, después de navegar unos momentos en las aguas procelosas de internet, descubro que mi pirata sigue vivo, así como el hombre encargado de darle vida que, lejos ya de aquella perentoria fama de los setenta, va tirando casi anónimo como puede. Lo de Kung-Fu ha sido, sin duda, mucho más dramático y lo siento por los fans que siempre sufren –sufrimos- con el ocaso de nuestros dioses. Al parecer, lo encontraron ahorcado en una habitación del hotel “Park Nai Lert” de Bangkok, donde vivía completamente aislado en el tiempo libre que le dejaban los descansos del rodaje de una película de esas que, suponemos, se dan como limosna de consolación a los veteranos para hacerles menos dura la jubilación y el olvido del público. Como siempre a la primera hipótesis sobre su fin, el suicidio, se le han sumado otras, algunas inquietantes y novelescas y otras bastante menos dignas y rayanas en lo bochornoso. Una de ellas supone que el actor fue asesinado a manos de una secta secreta que practica artes marciales, otra que el susodicho sufrió una muerte accidental, mientras buscaba en la masturbación mayor excitación con la práctica del estrangulamiento –asfixia autoerótica que se llama-, lo cual haría travestido, ya que, según apuntan las malísimas lenguas, en su habitación fueron hallados objetos como una peluca de mujer, un portaligas y lencería roja. Sea como fuere que murió David Carradine, lo más seguro que de veras suicidado a cuenta de la depresión, la soledad y la vejez, nuestro Kung-Fu nunca podría haber tenido un final bochornoso por más que se empeñe la sensacionalista prensa amarilla. Nadie por falta de escrúpulos y a cuenta de la tirada, tiene derecho a ponerle pies de barro a nuestros diosecillos de la infancia, a contaminar con la basura del burdo rumor los recuerdos que en las más felices horas de nuestra biografía aún brillan con la pureza del diamante.Corren tiempos de orfandad para una generación, día a día, se nos mueren los iconos del pasado, haciéndose pasado del todo. Primero fue Antonio Vega, luego Kung-Fu, recientemente Farrah Fawcett-Majors, la rubia de la melena exultante y la sonrisa perfecta de “Los Ángeles de Charlie”. Y Michael Jackson. No queremos saber que fueron malos, perversos, viciosos o simplemente débiles como todo ser humano. Sólo que fueron nuestros y los quisimos.

La ordinaria

24 Jun

concha1A la ordinaria no le hacen falta compresas con alas ni manuales de autoestima para sentirse segura. Todo lo que dice, todo lo que hace y todo lo que es, le parece tan sumamente importante que necesita comunicárselo al mundo entero a un volumen de tantos decibelios que termina siendo grave objeto de contaminación acústica ambiental. En la ordinaria, como en el común de los mortales, se produce un serio desajuste entre lo que ella cree que es y lo que es en realidad. Sobre todo, cuando habla, lo que hace de modo incontinente a cualquier hora del día –y de la noche- sin dejar ocasión alguna al silencio. Sus afirmaciones categóricas son, sin duda, un continuo de tremendas majaderías, pero a ella le parecen tan esenciales para el bien de los oídos de toda la humanidad que ha de reiterarlas al tono preciso del grito pelado, no sea que algún pobre ser vivo se haya perdido un detalle a miles de kilómetros a la redonda. La baja autoestima de algunos es una desgracia a nivel individual, la excesiva autoestima de otros, sin embargo, una catástrofe de repercusiones colectivas. (más…)

El primer primate

22 Jun

ida5De pequeña soñaba a menudo que tenía un rabo. Era una pesadilla recurrente que nada tiene que ver con la envidia de pene como, seguramente, hubiera señalado algún psicoanalista. Mi rabo era un rabo de animal primitivo que salía del coxis, como la cola de un megalosaurus aún infante. Era un rabo erecto y rebelde –insisto en desechar burdos chistes o metáforas freudianas al respecto– que mi madre había de vendar cada mañana para poder ocultarlo a las miradas malévolas debajo de la falda tableada del uniforme. De este modo, tenía que sentarme incómoda en mi pupitre sobre el bulto de mi propia cola, con el temor de que las demás niñas la descubrieran y servir así de blanco de escándalos y burlas. Mi colegio era exclusivamente femenino y sé que la interpretación onírica de sospecharme varón entre las hembras queda a huevo, pero ya digo que no hay que enfocarlo de este modo tan ramplón. Ahora tengo datos.
Aquella pesadilla que creció al mismo tiempo que mis piernas –y mi rabo– me angustiaba progresivamente, ya que cabía el pavor a que no quedasen más dobladillos que sacar y, al fin, la falda cada vez más corta del uniforme dejase al descubierto la cola delatora que me catalogase de bicho raro. (más…)

Envenenada flecha de Cupido

22 Jun

Hay amores como armas cargadas por el diablo y Cupidos que sólo disparan flechas de plomo. Amores que nacen bajo el equivocado signo de Marte y que, olvidados de las naturales gracias de Venus, intentan imponer con su torpe brutalidad aquello en lo que no vale la fuerza sino la maña. Hay amores que sacan mucho pecho y poco corazón, que avasallan y exigen y nunca cuentan con la voluntad del otro que así, objeto de una pasión egoísta y violenta, se convierte en víctima en lugar de amado. Hay ciegas obstinaciones, destructivas locuras, obsesiones dañinas que traen a su paso vuelos de buitres y no de palomas. Hay amores que nacen bajo el presagio de la desgracia y van directos por sus propios pasos a matar y a morir sin mayor deleite en el camino. Hay grandes ciudades y soledades enormes, amparadas únicamente por el engañoso destello del televisor, que construye para ellos una aparente realidad sin mácula, a su medida, al otro lado del espejo; risas de fondo, cuerpos perfectos, lugares paradisíacos al mágico alcance del mando a distancia. Todo un mundo sabroso en el que internarse y huir de la desvalida orfandad que, en las calles, envuelve al anónimo tripulante de las masas. Un delicioso espejismo de compañía para el solitario ciudadano contemporáneo que va minando su percepción del crudo entorno a favor de una deseable fantasía en la que el desequilibrio comienza a madurar sus primeros huevos. Así esos individuos, aislados en su onanismo televisivo, estatuas de sal sobre su doméstico aislamiento de sofá y lata de cerveza, van fermentando, día a día, esa locura que termina estallando por sus fueros. Y salen a la calle, armados hasta los dientes como el último Clint Eastwood que, en las películas de acción, enardece el intrépido valor después de la cena o se enamoran de esa chica de rostro angelical que les apunta de inequívocas promesas de pasión con su sonrisa sugerente. No cabe duda de que aquella chica es su chica y de que su sonrisa lo ha elegido sólo a él, entre tantos millones de espectadores. A esas alturas de soledad, únicamente es factible la hipótesis de que esa muchacha del otro lado de la pantalla haya de corresponder a sus obsesivos sentimientos de náufrago ya sea a las buenas o a las malas. Colecciona sus fotos, lee todas sus entrevistas en la prensa y subraya aquellas frases que como mensajes cifrados van dirigidas sin duda únicamente al obcecado idólatra, quien ya completamente convencido-a del eco favorable de sus desvelos amatorios, vive sólo para alcanzar el objeto de su enfermiza adoración. Primero son tiernas cartas galantes, luego algún encuentro fugaz en el estreno de cierta película u obra teatral con la esperanza de que se produzca el maravilloso y fatal cruce de miradas y, al fin, desenmascarada y bien patente la intolerable indiferencia del divo-a, la venganza por despecho bien planeada sobre la aparatosa tramoya que despliegan las pasiones febriles. Más peligroso, antes de que te odien sin reservas, puede ser que te amen con locura. Hay amores que son como una plaga, como una pesadilla, que, sin aviso, sin previa llamada, sin comerlo ni beberlo, se enredan en tu biografía y la dejan hecha unos zorros. O le dan incluso punto y final como ocurrió en el caso de John Lennon.
Hay amores que matan o intentan matar, locuras que en el falso nombre del amor –nunca podrá serlo tal delirio– nacen sin razón y asesinan sin motivo. Injustamente prestigiada, la locura de amor no es más que un alarde de egoísmo destructivo, de sentimiento unívoco y equívoco que no admite el rechazo sino con una revancha cruenta; “si no me quieres, muérete”.
Hay una falsa educación sentimental que nos enseña que el odio es la otra cara del amor y reviste de tintes épicos el crimen pasional. Muy, al contrario, la venganza por despecho demuestra sólo la egolatría del amante rechazado dispuesto a destruir el objeto de su pasión por lavar su orgullo ofendido e incapaz de esa generosidad que, más allá de uno mismo, hace desear la felicidad del otro, incluso, si es necesario, en brazos de otra persona.
Corría una atípica y fría noche de junio en Madrid. Mientras los simpatizantes del PP celebraban la victoria de su partido en la calle Génova, un oscuro alemán esperaba a la salida del teatro “Reina Victoria” a su particular Alicia al otro lado del espejo; la imagen de la joven actriz, Sara Casasnovas, le había enamorado desde la pantalla de su televisor y, desde entonces, no dejaba de perseguirla fuese a través de misivas amorosas o viajes expresos a España para ver sus actuaciones. Pero, sin embargo, muy lejos de llevarle flores, la aguardaba con todo un arsenal asesino en su mochila; un bote de gasolina, sprays, sogas con nudos de horca y la ballesta con la cual le disparó, dispuesto a matarla por no responder a sus cartas de amor. Tanto el asesinato como el amor resultaron para el cruento idólatra dos intentos fallidos. Su Cupido sólo llevaba flechas de plomo.cupido

Una de vampiros

22 Jun

vampiro_08Este año se llevan los vampiros. En plan versión y reciclaje –que a falta de originalidad es lo que impera en este siglo XXI– nuestros éxitos de libro y pantallas pugnan por enmendarle la plana al Drácula de Stoker. Primero fue “Crepúsculo” con su vampirín adolescente y guaperas haciendo furor entre las nenas, luego la poética vampiresa sueca de “Déjame entrar” y, en tanto que alguna lumbrera creativa vaya a sacar de la rentable chistera la siguiente alternativa en plan vampiro gay, Guillermo del Toro aprovecha el filón presentando sus vampiros undergrounds, necesarios, según el propio autor, para hacer frente al vampireo pijo de moda. El morbo popular, antes cebado en la figura del templario que desde el Código da Vinci aún coletea con el último engendro, “Ángeles y demonios”, ahora se afila los colmillos con esta nueva avalancha de vampiros en todos sus sexos y formatos que, dice Del Toro, tiene que ver con lo más primario de la naturaleza humana, ancestralmente caníbal. Véase si no como beber sangre forma parte de los rituales religiosos en su concepción primigenia; oferentes griegos y romanos bebían la sangre de los animales consagrados a los dioses y en las misas cristiano-católicas aún se conserva esa formula por la que los congregados comen el cuerpo y beben la sangre de Cristo. Aunque, claro está, que existen otros modos de chupópteros más profanos que, a su diabólica manera, optan por sacarle el jugo al rojo elemento de sus congéneres; es el caso de Madoff que dejó en blanco las cuentas de los crédulos inversores estafados o el de ciertos empresarios sin escrúpulos que explotan hasta la médula las descarnadas necesidades de los ´sin papeles´ –la noticia del obrero boliviano fuera de contrato y seguro con su brazo amputado en la basura ya es bastante elocuente–. Para el resto de los ciudadanos en regla de documentos es, por estas fechas, Hacienda quien se nos lanza a la yugular. Suben los impuestos y, mientras nos succionan los vampiros estatales de la cruda realidad, nos vamos entreteniendo con los chupópteros ficticios de todas las edades y tamaños. El misterio es otro opio del pueblo que distrae de las circundantes miserias. Nos conviene más darle vueltas a la cuestión del vampiro o del templario que atribularnos por el paro y la hipoteca. De modo que las televisiones que, a su vez, de consolar al ciudadano medio saben un rato, tiran de pseudo-documentales que nos engatusen con irresolubles enigmas para ir tirando. La cosa de las momias ha dado mucho de sí con especial mención de la maldición de Tutankamon que, como era de esperar, quedó en agua de borrajas así como la de los extraterrestres y el polémico viaje a la luna, que abre la sempiterna interrogante de si fue viaje o montaje y pone de nuevo en primera plana las declaraciones de los cada vez más remotos astronautas. De la misma cosecha procede la periódica e inquietante cuestión del probable asesinato de Marilyn emparentado con la tragedia de John. F. Kennedy combinada con el más reciente siniestro fin de Lady Dy, los marqueses de Urquijo o la niña Madeleine. La detectivesca de andar por casa nos da conversación y nos desvía de las ansiedades cotidianas que estimulan el recibo de la última carta del banco. En estas angustiosas coyunturas al parado y/o precario ya no le queda ni fumar, tal y como se están poniendo los precios. Lo suyo, pues, es o alucinar la mente con historias de vampiros o aficionarse al fútbol que es aún más opio del pueblo que aquello de los misterios irresolubles. De domingo a domingo, el fútbol da evasión, charla y esa emoción megalómana que a la masa, por lo general, aburrida y perdedora, la anima con la necesaria ilusión del triunfo. De la agilidad de las piernas de un futbolista depende el bienestar de muchos compatriotas y el ritmo de su semana. Y hasta sus señas de identidad; uno, en principio, parece que no es nadie, pero se hace merengue o culé y acaba del tirón con la marginalidad, el hastío y la miseria. Adscrito a un equipo al individuo lo ilusiona la pertenencia a un grupo, algunas veces ganador, y, olvidado de apuros económicos, habla de cifras millonarias con soltura, “Nosotros fichamos a Periquito por tantísimos euros”, “ganamos nosecuantas ligas” o así. Realmente, el fútbol, hace una labor social impagable, insuflando de autoestima a estos millones de españolitos que, de otro modo, caerían en el abatimiento, la depresión y el más absoluto mutismo. Escandaliza el fichaje de Ronaldo por cuenta de Florentino con sus tropecientos ceros de millones, pero, más allá de lo razonable, será que el trabajo de un futbolista no tiene precio, dado que de sus movimientos dependen los días felices de tantos humanos patrios. De este tamaño se ha puesto, hoy por hoy, la felicidad del país; no hay gran ocio sin gran negocio. La otra son los vampiros.