El gazpacho

15 Ago

El gazpacho es la sangre de Andalucía, la savia que ha levantado las tierras del sur en las tórridas jornadas estivales de la siega. El que los jornaleros hubiesen de afrontar trabajos tan esforzados con el solo alimento de receta tan ligera, mezcla de vegetales, agua, vinagre y aceite con sopas de pan duro, ha suscitado teorías tanto sociológicas como étnicas, de muy diversos tonos:

Para Ricardo León la frugalidad de los labradores andaluces era un concepto estético, heredado de la cultura griega:

“En el hombre del Norte vive aún el bárbaro carnicero y voraz, dado a la embriaguez y al placer físico, a las bebidas ásperas y fuertes. En cambio, al labrador andaluz le bastan un plato de legumbres, una fuente de gazpacho y unas hortalizas para nutrir su cuerpo enjuto y ligero”.

Sin embargo, Ortega y Gasset opinaba que el campesino de estas latitudes que tenía la suerte de vivir en una tierra ubérrima que, con poco esfuerzo, daba abundantes frutos, necesitaba como ella muy poco, aparte del benévolo clima, para mantenerse y con ello se conformaba, pues el comer más, le requeriría mayor esfuerzo. De modo que si comía poco era por pura pereza, como afirma en el párrafo siguiente:

“En cuanto a la alimentación, la sensiblería socialista nos ha hecho notar innumerables veces que el gañán del campo andaluz no come apenas y está atenido a una simple dieta de gazpacho. El hecho es cierto y, sin embargo, la observación falsa porque es incompleta. Sería más verídica si añadiese que en Andalucía come poco y mal todo el mundo, no sólo el pobre. La cocina andaluza es la más tosca, primitiva y escasa de toda la península. Un jornalero de Azpeitia come más y mejor que un ricacho de Córdoba o Jaén. Hasta en esto imita el andaluz al vegetal: se alimenta sin comer, vive de la pura inmersión en tierra y cielo”.

Y, pese a la seguridad con la que siempre se expresa el filósofo, sólo atina en un punto: es decir, cierto es que, en Andalucía, el gazpacho está presente tanto en el hogar del rico como en el del pobre, pero lo que para unos fue un entrante, ha sido durante muchos años para otros su plato principal.  Certificaba lo dicho, el padre Francisco Muñoz y Pabón, un escritor costumbrista de los muchos que dio Andalucía a principios del siglo XX, que describe un día de siega por esos campos sevillanos:

“El escaso vapor de aquella tierra, más que caliente, calcinada ya, si la refracción de los rayos solares contra las secas mieses, formaba como una zona de cristal líquido, movible y tembloroso sobre aquel mar de espigas quietas y estáticas (…)

Sin más cobijo que grasiento sombrero, que agobia más que alivia, y sin otro refrigerio que un trago de agua, a la temperatura de la ardiente boca, se encorvaban sudorosos y jadeantes, al sol la tostada espalda y la empapada frente hacia el caliente suelo , con la hoz en la diestra, y en la siniestra la empezada gavilla”.

La introducción de un personaje benefactor, la señorita Flor, sobrina del amo del cortijo, aliviará el tono del relato, pues se le ocurre refrescar el agua del gazpacho, pitanza única de los gañanes, poniéndola a la sombra en cántaros de Lebrija, que ellos reciben como ambrosía:

“¡Y con qué poca cosa, decíamos, se contentan los pobres! Dígolo porque ni las ostras del Lago Lucrino de que habla Horacio, ni el rodaballo de los mares de Oriente (…) ni la gallina cebada en África habrían de haber sabido a aquellos segadores, achicharrados por el sol de Junio como aquel bodrio infame de mendrugos de pan, pedazos de tomates y de pimientos, rodajas de pepino y lamparones de aceite, nadando en un mar de agua con sal y vinagre, con aroma de tomillos y estimulante picor de ajos, pero fresca ¡mu fresca!”.

Recreo, condumio y ceremonia era para el labrador andaluz el gazpacho de la siesta y, por supuesto, plato único, cuya preparación ritual y provecho es descrita de un modo  muy moroso y amoroso en la novela, “El gusano de luz”, de Salvador Rueda, autor nacido en Benaque y, por tanto, hijo del campo, que llevó los colores y sabores de la tierra a todos los géneros literarios.

Nos podemos imaginar a esos dos robustos hombres que portean el enorme lebrillo, lleno de agua hasta los topes, y lo colocan sobre una mesa en torno a la cual es prieto el corro de gente armada de cuchara, que a cada embate del cubierto en el líquido manjar, produce en la vasija bulliciosa marejada, que se aligera pronto de sopas de pan “y conduce las restantes entre chispas de pepino, pequeños trozos de pimiento y alguna tajada de tomate”. Y así hasta que en el fondo del lebrillo no queda más que líquido suficiente para echar la cola, aliño de las zurrapas del gazpacho con un poco de aceite, que con una sopa de pan pinchada en una navaja rebañará el campesino y, con el tiempo será la base de la porra archidonesa o antequerana y el salmorejo cordobés.

Y dicho lo dicho, sin quitar lo mucho que podríamos decir aún, yo reclamo alguna condecoración para el gazpacho, ahora que la paella tiene su día internacional y es, por excelencia, el plato español, según los visitantes extranjeros.

Bien es verdad que fue el malagueño Juan José Relosillas, quien en su libro “Platos fiambres” le dedicó en 1883 todo un capítulo en el que la llamaba “resumen de todas las ciencias comestibles” y describía como la única cordura común de la  gastronomía española, pues aporta al cerebro el fósforo del pescado, a los músculos la fibrina de sus carnes, hierro a la sangre, cal a los huesos y etc, etc…

Sin embargo, el criterio de Relosillas es subjetivo, si tenemos en cuenta que su mejor amigo era el pintor valenciano Bernardo Ferrándiz, quien en su majestuosa finca de Barcenillas preparaba de su propia mano paellas donde no faltaba un detalle de la tierra o del mar, pero esto, díganme si no, es la excepción y no la norma.

La paella es a España lo que la pizza a Italia, ese guiso que en cada casa de vecino significa poner sobre una base barata (si ellos la harina, nosotros el arroz) las sobras que queden en la nevera. De ahí la popularidad y el fomento.

Para bien y más bien para mal, todo cambia y si nos referimos al cambio climático, el gazpacho acabará siendo el plato más internacional del mundo entero (con tanto calor, no podrá tomarse otra cosa). La buena noticia es que aquella belleza juncal con cinturillas de avispa que tanto comparecía por las calles y la literatura costumbrista volverá a estar de moda. Sin remisión, viva el gazpacho.

Directo al corazón

12 Abr

Muestra de la integración de los argentinos en España es que parece que no hay película o serie en el país en la que no aparezca un argentino, planteando sus reflexiones existenciales.

Los argentinos son muy de monólogo interior cuando escriben novelas y de monólogo exterior en sus relaciones sociales. Hasta en las situaciones más insólitas te encuentras con un argentino y se arranca en un monólogo improvisado y transcendente, que al español, no dado a tales expansiones, le deja un poco aturdido.

Recuerdo ver entrar hace unos años en una sauna a un señor con la toalla cruzada al hombro con aire de senador togado, que en cuanto se hubo sentado en uno de los bancos de madera, exclamó:

—¡Qué condición pelotuda la del género humano!

Alguno de los colindantes sudoríferos, que ya se hacía cargo de que aquello era sólo un proemio, puso los ojos en blanco y se abanicó con la mano, lo que no le recató  al orate de proseguir, ya en su pose de alegador tribunicio:

—¿Pero qué carajo hacemos aquí todos tan callados? ¿Va a ser que estamos en misa?

Los perros se huelen el culo y recién se hacen amigos. En cambio, nosotros, qué va a ser.

Yo me llamo Norberto y soy de Mendoza ¿Y vos te llamás? —preguntó primero al de los ojos en blanco y luego, uno a uno, a toda la concurrencia.

Conocido ya el nombre de la audiencia, nos hizo Norberto una sinopsis de las causas de la crisis de su país y de la política de allá y del mundo entero, toda ella muy entreverada de preguntas retóricas, tan incontestables como las de un Hamlet o un Segismundo o el propio Cayo Graco.

Odio encerrar en un tópico a todos los nativos de un país, pero, sin duda, este tipo de personajes contribuyen a fomentarlos. Y bien, la verdad es que me resultan simpáticos.

Llegan a España y aquí se mueven como Pedro por su casa, sin sentirse extranjeros, porque más que venir regresan a la tierra de los padres o los abuelos, que emigraron a Argentina en tiempos de carestía o de huida forzosa en la Guerra Civil. Son la descendencia de aquellos gallegos, que es apelativo común en los dominios del Martín Fierro para todo español, sea de la provincia que fuere.

En el caso del compositor y cantante argentino, Alberto Cortez, del que hablamos estos días, no hay duda; tanto su abuelo como su padre nacieron en el pueblo de Punxin (Ourense), aunque su recia corpulencia de leñador se la debiese tal vez más a una abuela, Julia Laburu, de origen vasco.

Todo en él era grande; su estatura, su torrente de voz y su sensibilidad, que llenaba los escenarios, con su sobrio conjunto de camisa y pantalón negros, que en su modestia usaba , como Edith Piaf, para confundirse con las sombras del escenario y no distraer al público de la interpretación musical, lo cual no lograba del todo.

En sus correrías por el mundo, propias del espíritu aventurero que revelaban sus canciones, pasó por Los Ángeles y allí le propusieron hacerlo un latin lover de Hollywood, pero eso requería cierto relajamiento de costumbres que no iba con su estilo.

Tenía su tendencia muy clara desde el principio; acudía a un conservatorio desde los seis años y a los doce compuso su primera canción, “Un cigarrillo, la lluvia y tú”.

A los diecisiete ya quería unirse al grupo musical “Los andariegos”, pero su padre se lo prohibió a causa de sus malas notas en el instituto. Superó ese bache y comenzó a estudiar Derecho y Ciencias Sociales en Buenos Aires y para pagarse los estudios trabajaba de músico para los clubes nocturnos.

Pues no era su destino asentarse en un despacho para ejercer la abogacía, dejó los estudios y tomó un barco rumbo a la tierra del conquistador de las Américas; el genovés, Cristóbal Colón.

Y de Génova viaja a Bélgica, donde conocerá el dulce sabor del amor y el amargo del  primer fracaso junto a su grupo Argentine international ballet and show.

Como todo principiante ha de debatirse entre sus propias inclinaciones, que lo llevan a París para seguir los pasos de la chanson française, o intentar abrirse camino, al fin, con una fórmula comercial, lo que consigue con una pachanga, llamada “Me lo dijo Pérez”, que presenta en los 60 del Festival de Mallorca y se hace muy popular en la voz de Mochi, Karina y Los Tres Sudamericanos por fomentar, a ritmo pop, el boom turístico en la isla balear .

Pronto, sin embargo, abandonará esta senda, arriesgando por su amor a la poesía, y en el teatro de La Zarzuela sorprenderá al público cantando temas de Atahualpa Yupanqui y poemas musicados de Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Neruda y Machado, que inspiran a Joan Manuel Serrat  para dedicarle todo un disco a los versos del poeta sevillano, en el que toma de Cortez la música para los temas “Retrato” y “Las moscas” .

Durante estos años de continuado contacto con los poetas, nace el estilo Cortez de sus mejores canciones; En un rincón del alma, Cuando un amigo se va y El abuelo, que dedica a la memoria de su propio abuelo; Eladio García, el emigrante gallego de Punxin.

Detrás de todas las canciones de Cortez hay una intensa vivencia personal, lo que se revela en la emoción que transmiten, sobre todo cuando son interpretadas por él; no sólo con la voz, sino con los gestos de las manos y las expresiones de la cara. Cortez tenía mucho de tenor en su apariencia y su manera de ser actor que canta sobre el escenario. Y así lo llegaron a comprender en Buenos Aires, que lo acogió en el Teatro Colón en 1992; lugar hasta entonces sólo  reservado para espectáculos de ópera.

Sin embargo, a pesar de los muchos honores, los grammys y discos de oro que fue acumulando a lo largo de su larga carrera musical, siempre seguía apareciendo ante el público como una presencia cercana que llegaba a todos por haber logrado dar con el lenguaje universal de los sentimientos con una sencillez inimitable, que iba directa al corazón; igual el de los unos que el de los otros. Podemos pensar diferente, pero sentimos lo mismo.

El corazón tiene un lenguaje sencillo, aunque muy pocos, como Cortez, encuentran sus palabras exactas.

Una bonita lección

6 Oct

Cuando muere alguien cercano, todo lo demás deja de tener importancia por muy grave que, en principio, nos haya parecido.  Yo estaba, como todos los españoles, pendiente del conflicto de Cataluña, al recibir la noticia de la muerte de mi tía. Era mi tía por norma del parentesco, aunque por edad le hubiese correspondido ser mi prima y, desde hacía bastante poco, se le había diagnosticado un cáncer de páncreas imposible de tratar, ya que al ser localizado tardíamente, tomó posiciones en su organismo de tal modo que no consentía intervención alguna.

Por la ineficacia de algunos médicos que desestimaron los primeros síntomas como un mal menor, el mal progresó hasta minar por completo su salud y el veredicto certero llegó demasiado tarde. Un caso que, por desgracia, se da demasiado a menudo.

Mi tía se llamaba María José y se apellidaba Toledo, que es el segundo de mis apellidos por el orden que no por la importancia, pues la sangre de mi familia materna, que alimentó mi ser hasta conformarlo no merece una categoría menor y ese Toledo lo llevo a gala en mi carácter. Somos gente luchadora, con tendencia al optimismo, y con unas ganas tremendas de disfrutar de la vida, sobre todo si esto lo podemos hacer juntos como predicaban los patriarcas, mi abuelo Pepe y mi tío abuelo Rafael, padre de María José, que propagó el lema; los Toledo, unidos como una piña.

De este principio que, entre otros ritos, incluye un almuerzo anual, participaba María José, que acudió esta primavera ya sentenciada por el cáncer, pálida y, sin duda, intentando disimular sus dolores, pero con esa sonrisa que siempre la acompañaba.

Ése que es el último recuerdo que tengo de ella se ha convertido para mí en una lección muy valiosa. Es lógico que una persona aquejada de una enfermedad terminal tenga mal humor, sin embargo, ella cuando se acercó a saludarme con su sonrisa imperturbable, me dijo una frase amabilísima que me levantó el ánimo de modo prodigioso. No creo que haya mayor prueba de grandeza para una persona que la de olvidarse de sus propios males para agradar a los demás. Eso demuestra una generosidad extraordinaria a la que, sin duda, en estos tiempos mezquinos y egoístas no estamos nada habituados.

Quiero aprender de esta actitud y difundirla,  porque la vida que se nos concede por puro azar y se les niega a otros con mayores méritos deberíamos aprovecharla con la mejor de las voluntades, según las reglas del “Carpe diem” y no las del “Memento mori”. Esto es, procuremos ser felices para que nuestra felicidad pueda llegarle a los demás, pues la amargura sólo transmite amargura, pero no olvidemos que nuestra satisfacción personal nunca es plena si no les alcanza a los otros.

Debemos querernos, claro, pero conociendo nuestras limitaciones, sin forzarnos a ser como son los que no somos. Como dijo Dickie Greenleaf, cada cual tiene un talento único, vamos entonces a desarrollarlo y dejemos de envidiar el ajeno, pues ignoramos cuántos esfuerzos y sinsabores le cuesta el éxito a quien lo tiene y los padecimientos que puede ocultar una sonrisa radiante.

Aprendamos a mirar a los demás sabiamente antes de prejuzgarlos, a escucharlos antes de condenarlos, a tratarlos tal y como nos gustaría que nos tratasen a nosotros. Nada estará perdido si aplicamos estas pautas, nada estaría perdido si las hubiésemos aplicado. Ni siquiera con Cataluña.

Responder a la violencia con la violencia es sólo un medio infalible para acabar con todo; con todos, con nosotros y con los demás. No queremos eso otra vez ¿verdad?

Si escuchamos, si tenemos la paciencia de escuchar, podremos comprender que cada uno tiene su parte de razón y sólo si nos unimos, podremos construir la Razón entera.

Es absurdo idear a esta altura batallitas entre buenos y malos, si en el interior de cada individuo también hay dosis de bondad y maldad, de luces y sombras que combaten entre sí.

Aquellos líderes internacionales; mesías que tenían la verdad en su mano y toda su corte de fanáticos nos han metido en muchos líos a lo largo de la historia, qué os voy a contar; Guerras Mundiales, genocidios, dictadura, persecución…

Somos los seres comunes y no los superhombres quienes tenemos la solución en nuestras manos, pero sólo si nos logramos entender podremos llegar a alcanzar un acuerdo necesario; por la Sanidad, por la Educación, por las pensiones; por todos esos asuntos que son decisivos y de nuestro interés general.

Una Sanidad eficiente podía haber evitado muchas muertes como la de mi tía, una Educación responsable habría dado a los ciudadanos el nivel necesario que los incitase al acuerdo y no a la confrontación, donde afloran los instintos más primarios.

No pongo en duda que hay profesionales en la Sanidad y en la Enseñanza muy validos y concienzudos, pero qué van a hacer si han de acomodarse a unas reglas que son ley; restricciones, recortes, pautas absurdas, etc…

Pero morir es también cruzarse de brazos. Aprovechemos la vida mientras se nos conceda y procuremos recobrar la dignidad y concedérsela a los otros. Uno por uno, no somos nadie, pero unidos lo somos todo.

Quien sabe ser generoso tiene una existencia larga, aunque muera joven, pues los demás nos encargamos de multiplicar su vida con el recuerdo y el ejemplo enseñado.

Dar es mayor placer que recibir, por eso María José se fue con la mejor de sus sonrisas. En paz con el mundo.

De rebajas con tu hombre

27 Ene

Los veo caminar tras su señora con paso apático y la mirada patibularia del cordero que llevan al matadero. Van de rebajas y no les gusta ni un pelo. Entre el bullicio entusiasta de las señoras que revuelven en los montones de ropa, asisten de pie al espectáculo con gesto mortificado y ánimo ceniciento, sirviendo de perchero al chaquetón de la esposa, que explora el efecto de las prendas escogidas en el probador para salir luego a desfilar ante su hombre en la falsa ilusión de que esta vez muestre algún entusiasmo:

-¿Me queda bien, Gerardo? ¿Qué te parece?- pregunta Mari Tere, envuelta en un abrigo de color imposible, que es la última barrabasada de la moda.

A lo que Gerardo responde con la misma empatía abúlica de una merluza congelada:

-Hombre, a mí no me parece ni más bien ni menos bien. Lo importante es lo que te parezca a ti.

Y Mari Tere vuelve mustia al probador con la autoestima hecha ciscos. Si lo importante es lo que a ella le parezca, para qué se habrá traído a Gerardo, para qué. Y lo mismo se pregunta Gerardo, qué hago yo aquí, qué hago.

La situación, pese a lo decepcionante se repite, por esa fatalidad humana que nos empuja a reiterar los errores.

Después de tantos años, Mari Tere, como todas las esposas del mundo debería comprender que es más difícil que un hombre sienta algún interés por una tienda de modas que un camello entre por el ojo de una aguja. Será un tópico, pero como todo tópico, tiene una gran base empírica. Normalmente, si un hombre va a una tienda de ropa es porque vive solo y necesita sustituir su camisa azul, su jersey marrón y sus pantalones beige por otros del todo iguales, cuando estos se deshacen de puro viejos y sabiéndose las tallas con antelación, pide lo que quiere, lo paga, y se va como alma que lleva el diablo. En caso de estar en pareja, delega esta tarea en su mujer con la condición de que no se deje llevar por la fantasía. Que algunas lo hacen y ahí va la reacción colérica de Gerardo y el disgusto de Mari Tere, que es un poner nombres a los estereotipos:

-Pero, vamos a ver, Mari Tere ¿tú es que me quieres vestir como un payaso? Ve a descambiarlo todo ahora mismo.

Y bien sí, es lo que hay; camisa azul, jersey marrón y pantalones beige, lo de siempre. Y gracias, porque cuando el hombre se pone estrambótico en el vestir, ya sea en la crisis de los 40, los 50 o  los 60, es porque está viviendo una aventura. El hombre fiel viste siempre igual. E igual sigue yendo de rebajas con su mujer sin ninguna pasión.

Pero Gerardo, si de todos modos, vas a cumplir ese rito que tanto te mortifica, ¿por qué no le echas algo de chispa a la cosa?

Por horrorosa que sea la ganga con la que tu esposa se envuelva, cuando te pregunte qué te parece, dile siempre que maravillosa y alégrale la tarde. ¿Qué trabajo te cuesta?

Y, por favor, no la llames “hombre”. Si luego se desmotiva, se le cortará la mayonesa y tendrá crisis existenciales ¿merece eso la pena?

Ponle un poco de talento a la felicidad de tu mujer, pues una mujer feliz en casa es igual que tocar el cielo. Así que, atención al dato, estas son las respuestas adecuadas al salir del probador:

-Gerardo ¿Esta camisa no me queda muy estrecha?

-Qué va, realza tu figura. Estás muy sexy.

-¿Y la falda? ¿No es muy corta?

-Para nada. Así se ven esas piernas tan bonitas que tienes. Ya quisieran las niñas de veinte años.

-¿Y este abrigo en verde cobalto, no será demasiado estrambótico?

-En absoluto. Te favorece muchísimo.

Pues bien, ésa es la actitud. Nada que yo me haya inventado, pues procede del tratado de Ovidio, el Ars Amandi, que le valió al autor por inmoral el destierro dictado por el emperador Octavio Augusto, quien alegaba malas influencias en los textos,  sin pararse a considerar lo benefactores que habrían de ser para las generaciones postreras, ya que no sólo enseñaban a escoger y seducir a la mujer, sino también a conservarla. Ciencia que ahorraría al mundo tantas discusiones conyugales y tantos divorcios.

Sin duda, hay que volver a los clásicos. Complacer no cuesta tanto y el placer que se derivará por ello será el más grande de los galardones. Comparte, Gerardo, con entusiasmo la tarde de tiendas con tu mujer y verás que ella también se entusiasma con ese partido de fútbol.

Es inevitable que la simple cuestión de género nos haga preferir unos u otros placeres, pero ceder y conceder es el mayor de los talentos y la más grande de las sabidurías.

José María; la luna que fue un sol

2 Oct

José María Luna

Después de viajar por tantos lugares, de lo que he hecho un placer y, en cierto modo, un oficio, he llegado a la conclusión de que mi verdadero paraíso se encuentra muy cerquita. Justamente en la extensión de playas que van desde Bolonia a Conil de la Frontera.

Cuando atravieso algún momento difícil en mi vida, siempre vuelvo a buscar un lugar para tender la toalla sobre la grata suavidad de sus arenas blanquísimas y perder mi mirada en el generoso océano de aguas transparentes que riza la espuma de las olas, que lánguidas o encrespadas, según sople el levante, traen a mis oídos el mensaje exacto y milenario de la naturaleza. Entiendo su lenguaje, que, a veces, se contagia bravío con el rugir del viento, colmándote de energía, y otras te llena de calma con sus dulces y rítmicos susurros.

Hace dos semanas estuve allí y, contra todos los pronósticos metereológicos, que prometían clima apacible, el cielo amenazaba con una artillería de nubes negras y el levante tan furioso como nunca lo recuerdo envolvía, a cuchillazos, los cuerpos de los bañistas en una tenaz tormenta de arena, que nos cegaba los ojos. Si fuese supersticiosa, pensaría que aquella intempestiva cólera traía un mal presagio; que anunciaba una tragedia. Y creo ahora que, después de todo, así fue.

Mi móvil sin conexión ni batería no me pudo advertir de lo que ya me decía aquel crepúsculo fúnebre y violáceo. El sol sepultado en el mar, dio paso a una noche negrísima y ventosa que amenazaba con arrancar de cuajo las palmeras.

Conocí estos lugares, hace muchos años, gracias al viaje que hice con una amiga; mi mejor amiga. Yo estaba pasando por una fuerte ruptura sentimental, quizás la más traumática de toda mi vida, y ella pensó que me aliviaría acompañarla. En estos casos, nada hay como cambiar de aires. Otro de sus objetivos era presentarnos al hombre de su vida, José María Luna, que era natural de Barbate. Digo presentarnos porque, en la comitiva, iba también mi prima Loles como cupo del tribunal implacable que suelen ser las amigas frente a un nuevo candidato. Estábamos dispuestas a escrutarlo y, con ley severa, a suspenderlo al primer fallo. Más aún yo que, en ese momento, odiaba a todos los hombres.

Vino con un amigo a recogernos del autobús en la Barca de Vejer. Magdalena, la enamorada, lo recibió con los brazos abiertos y mi prima y yo con gesto hosco y miradas hostiles. No estábamos dispuestas a ceder ante el extraño y, en los sucesivos días, lo sometimos a toda clase de desaires que él, por su parte, afrontaba como un buen gaditano la mala uva del viento de levante. O sea, con una paciencia y un buen humor al que era imposible resistirse. Por otra parte, cuando veía cómo se abrazaban entre carcajadas a la orilla del mar, Magdalena y él, no podía admitir sino que eran la pareja más feliz que había visto en mi vida. Y qué se le puede desear a tu mejor amiga, sino la felicidad absoluta.

La aventura de Magdalena con su novio barbateño se transformó en una relación sólida de más de veinte años. Gracias a José María, ella conoció la estabilidad sentimental y que no sólo el amor; sino también la risa, la complicidad y el compañerismo pueden ser el pilar básico de una pareja. Yo que entonces estaba sola le suplicaba; búscame otro igualito, por favor.

Y es que la bondad y la generosidad de este hombre no se limitaba a su mujer. Se volcaba con sus amigas, sus amigos, incluso con su exmarido y con Antoñito al que, sin exclusividad, trataba como a su propio hijo. Y con la misma dedicación cuidó a su suegro hasta sus últimos días.

Cuando recuerdo a José María, sólo me viene a la cara, una sonrisa. Era gracioso, ocurrente, con ese talento para hacer reír que sólo tienen los mejores gaditanos. Con esa chispa crítica, sana, e ingeniosa para aplicarle un juicioso análisis a la realidad actual de la que estaba muy al tanto.

Era un atento lector de periódicos, semanales y publicaciones de cine que complementaba con su hacer como bibliotecario. Aunque nada que ver con un ratón de biblioteca.

Me parece muy raro ahora hablar de José María en pasado, aunque me mueve a ello una ya resignada certeza. Mientras estábamos en sus playas, él se desplomó por un infarto cardiaco en la calle de una urbanización de Granada. Así, de la noche a la mañana, con sólo cincuenta y tres años. Si hay Dios que nos lo explique, que nos diga por qué se tiene que llevar a los mejores.

Lord Byron dijo que los amados de los dioses mueren jóvenes, pero me cachis en Lord Byron ahora mismo.

Mi móvil modernísimo e ineficaz no me supo traer aquella tarde la noticia de la muerte de este gran amigo, pero la naturaleza de sabiduría milenaria se puso en pie y desordenó el paisaje con el rugir del levante sacudiendo las arenas y encrespando las olas, soliviantada por el cerco de las nubes negras. Ni siquiera la naturaleza, que es madre, comprende por qué ley le arrancan a uno de los suyos.

Viva la v

18 Abr

De todas las letras del abecedario, mi favorita es la v. Hace tiempo que perdió su sonido original que exigía apretar las paletas dentales contra el labio inferior y tan difícil era de pronunciar que terminó por adoptar el mismo sonido de la b, que es una letra tan bondadosa que se pronuncia uniendo los dos labios con el mismo gesto de un beso.
Existiendo la b que globaliza los sonidos de la v, podría parecer que la v es una letra innecesaria, que está de más y, sin embargo, conviene que siga vigente y sea visible, porque no resultaría válido, por ejemplo, que las palabras trabajo y esclavitud se escribiesen con la misma letra, aunque a la postre hayan acabado sonando igual.
De alguna manera, la ortografía tiene normas más éticas que el sistema económico con sus números despiadados.
Vale decir que la v, colonizada por otro fonema, resiste, pese a todo, como una letra cabezota y disidente que reivindica su existencia y provoca revueltas en la lengua escrita, donde confunde a los bastos que la ignoran y les coloca la b de burros, llenando de vergonzosas faltas sus dictados y sus textos virtuales en Internet. La veleidosa v es una zancadilla que a los vanos vanidosos les aviva el rubor, pues les hace escribir muchas barbaridades.
Es una letra exquisita que sirve para distinguir a los hombres de vasta cultura de los hombres de basta cultura y frecuenta los vocablos más privilegiados. Las palabras más importantes se escriben con v como es el caso de la palabra vida, que es, sin vacilación, la más valiosa. Defiendo la palabra vida sobre la palabra amor, que debe su prestigio a ser la más votada por los hispanohablantes. La vida no es siempre bella, pero es lo que hay y, si no la hay, ninguna otra cosa es posible. La vida está cargada de uves, pues, como dijo Kavafis en sus versos, es un viaje lleno de aventuras, que hay que afrontar con valentía y voluntad para con vuelo alto alcanzar el vértice de la victoria.
La v como la propia vida está cargada de contradicciones, pues nombra a una cosa y a su contraria; lo joven y lo viejo, el vicio y la virtud, el verano y el invierno, pues, ante todo, nombra a la verdad donde caben tantas versiones como las variopintas visiones de cada ser vivo.
Me gusta la v, diversa, divertida, disidente que, a veces, contra lo previsible, en el devenir de las vicisitudes, pone también nombre a la revolución que vuelve al universo del revés y hasta guardo con reverencia su fonema difícil y olvidado en el desván de mis más valiosos recuerdos. Me lo enseñó la madre Victoria, veterana maestra de lengua, que andaba obstinada en que pronunciásemos “vaca” y “vaso” apretando los dientes contra el labio inferior como hacían los castellanos “fiejos” antes de la influencia de los vascoparlantes, que nos impusieron la h muda y la b hasta para decir “basco”.
A feces reifindico el fonema perdido de la v como me enseñó la madre Fictoria, lo saco del desfán, lo desempolfo y le doy fida, pero me sale esta f sorda, que es lo más parecido a ese sonido que sólo he podido oír con verosimilitud originaria en los labios de aquella monja reivindicativa y nostálgica. Definitivamente, la v en la lengua hablada ya nunca será lo que era en el siglo XV y su última heredera se llevó el secreto de su pronunciación a la tumba.
Sin embargo, esta letra sin fonema propio, aun colonizada por la b, resiste en la lengua escrita para nombrar las cosas de valor; vida, verdad, valentía, voluntad y marca la elegancia en sus mayúsculas de ciudades idílicas como Venecia y Viena con sus valses y violines, inconcebibles de imaginar con b (Benecia, Biena, qué barbaridad…)
Siento simpatía por la v, que resiste en el alfabeto como un ave en pleno vuelo, y en la v me identifico. Bajo el signo de Venus nací, mi apellido es Clavero y mi nombre intencional, Victoria, que es el nombre que le corresponde a una hija de familia malagueña, desde que pueda remontarse la memoria. Iba yo a llamarme Victoria, pero murió mi abuela Dolores y recogí en el bautizo esa herencia de su nombre. A veces, creo que me hubiera ido mejor con mi nombre intencional de Victoria, porque, como Dolores, cada triunfo en esta vida me cuesta muchas lágrimas.
Sólo vivir basta y encontrar en la v, a veces, maravillosos alivios; digamos viernes y vino. Viva la v y buen fin de semana.

Carta del abuelo

1 Nov

Queridos hijos y nietos:
Me hago cargo de lo mucho que os debió sorprender, cuando fuiste a visitarme a casa, que os abriese la puerta Mamadou, que es un chico de lo más agradable, pero la verdad que impone por su piel tan oscura y su altura de casi dos metros. También él mismo se sorprendió de veros, lo que justifica que al pronto tuviese una reacción algo recelosa y huraña. No se lo toméis a mal, él tiene más motivos que vosotros para asustarse, tal y como están los controles sobre inmigrantes y el asunto de los desahucios.
Por lo demás, qué os puedo decir, hay muchas cosas que pueden cambiar en un año, incluso en la vida de un jubilado. Con esto, no quiero reprocharos la escasa frecuencia de vuestras visitas, ya sé que siempre estáis muy ocupados y ni siquiera encontráis un momento para hablar conmigo por teléfono. Era tan notoria vuestra impaciencia por colgarme cada vez que os llamaba, que, por no molestaros más, decidí dejar de hacerlo. Eso explica que no os haya contado qué hace en mi casa Mamadou y por qué yo ya no vivo más allí, cosa que supongo os alegrará saber por lo mucho que en un tiempo me aconsejasteis irme de aquel piso tan frío y húmedo para ingresar en una residencia, donde podría estar más atendido y acompañado.
Sabréis que, en aquel momento, como siempre, valoré vuestros consejos y vuestra gran preocupación por mí y que, si no os hice caso entonces, sólo fue porque soy muy mío y me gusta apañármelas por mi cuenta, si bien en alguna ocasión me hubiese gustado que me ofrecierais esa habitación que, según sé, os queda vacía en casa. Sobre todo, cuando se murió la abuela y me sentía algo solo y añorante de calor familiar. Por fortuna, fue una racha de morriña que se me pasó y, qué caray, empecé a tomarle el gusto a la independencia y a hacer lo que me viniese en gana; tanto que, al verme libre como un pájaro, cometí excesos propios de un chaval que terminaron pasándome factura. Porque, aunque mi espíritu era el de un veinteañero, mi cuerpo vino a recordarme las setentas castañas cumplidas y a salirme con las goteras propias de la edad. Primero el corazón, luego el hígado y, a la postre, las piernas que empezaron a fallarme.
Así fue como entablé amistad con Mamadou, un día que me di un trastazo por la calle y estuve a punto de romperme la cadera, de suerte que el moreno me recogió y me llevó a urgencias algo nervioso por si venía alguien a preguntarle por sus papeles.
A Mamadou yo lo conocía de vista porque era vendedor ambulante de relojes y estaba empeñado en colocarme uno. Sin éxito, pues yo siempre le respondía:
-¿Y para qué leches quiere un reloj un jubilado?
Desde aquella visita al hospital, Mamadou dejó de vender relojes y se vino a mi casa de interno para atenderme. Le hice un contrato de trabajo y así obtuvo los papeles, conviviendo ambos en perfecta armonía; yo perfectamente cuidado y él tranquilo y con la ilusión de traerse a su mujer y sus hijos de Senegal. Con mi ayuda, se los trajo, a ellos y a otros tres amigos que, desesperados por las miserias de su país, buscaban una oportunidad en Europa. De ahí, os podréis explicar el bullicio que encontrasteis en la casa. Lo he arreglado todo para que Mamadou se quede con mi piso. Sé que no os importará porque nunca os gustó, ya que os molestaba incluso pisarlo por ser tan húmedo, frío e incómodo. No obstante, para Mamadou y su gran familia se ha convertido en un hogar luminoso y feliz, como podéis apreciar.
Por mí no debéis preocuparos. Quien tiene una pensión, tiene un tesoro y, más aún, si la ha ido aliñando con otras inversiones que en otros tiempos prósperos dieron su fruto. No os conté nada de esto, porque soy muy mío y por miedo al corralito, en prevención, abrí mis cuentas en Suiza.
Por supuesto, no me he ido a vivir allí, que ya sabéis que soy muy friolero, sino a un país de clima caribeño donde he encontrado una residencia de lujo, en la que me tratan como a un marqués. A mi asistenta personal, Yanira, una chiquita muy exuberante y simpática, la tengo tan encandilada que hasta viene a visitarme su familia y ya su padre de cincuenta y tantos me llama “hijo mío”, lo cual a un señor de setenta y tantos, como yo, qué quieres, le rejuvenece.
No obstante, no os preocupéis; no os voy a dar una madrastra, le debo fidelidad al recuerdo de la abuela y, qué caray, de matrimonio he tenido ya bastante.
Por lo demás, ya sé que hay otros abuelos que vuelven al hogar para ayudar con sus pensiones a subsanar la economía de sus familias en estos tiempos difíciles que corren. Sin embargo, creo que es mi deber como padre y abuelo, daros la oportunidad de creceros en los obstáculos y así obtener la satisfacción de ganaros la vida por vuestros propios medios. Que las dificultades os den madurez, altura y espíritu de sacrificio. Que os den.

Suspenso en educación

23 Dic

Suspender nunca es un cometido agradable. En especial, cuando el objeto de ese suspenso es un alumno simpático, agradable y tal vez muy buena persona. Una tierna criaturita de ojos dulces que, a lo peor, se echa a llorar. A cualquiera se le parte el corazón, a cualquiera le entran ganas de regalarle un cinco en el último momento y desearle feliz navidad y próspero año nuevo. Pero eso no sería serio ni para el docente ni para el propio alumno, que debería de saber que el suspenso no es una descalificación a su persona, sino una simple advertencia de que tiene que prepararse más para lograr los objetivos que exige el aprendizaje, lo cual no lo exime de seguir siendo un muchacho excelente ni implica la enemistad del profesor. Un suspenso no atenta contra la integridad del individuo ni le resta méritos para ser querido.

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Bajo el signo de Venus

29 Sep

La concha de Venus

Viernes, día consagrado a Venus y a orillas de octubre, mes en el que nacen las criaturas Libra bajo el signo de Afrodita. Un viernes de otoño es una redundancia venusina o venérea, según se mire. Ya lo decían los versos de Alberti, dedicados a mi venerado y fallecido, Terenci Moix, “Roma en su luna de otoño/ te quiere enseñar el coño/. Precisamente, Roma, la gran puttana, que leída al revés, significa amor. Un viernes de otoño en Roma es la repanocha del erotismo ambiental; propicio, en sazón. Pero no estamos en Roma, sin embargo, encontramos un delicioso sucedáneo, ante el recién restaurado teatro romano a los pies de la Alcazaba malagueña, cuando cae la última hora de la tarde de templados suspiros marinos y luz de oro viejo. La eternidad de piedra donde hace poco volvieron a reverberar los diálogos de Aristófanes, la calma reestablecida después del bullicio veraniego; todo es un dejarse llevar serenamente por los sentidos. Viernes de otoño; Afrodita al cuadrado.
Posiblemente, no hay poemario tan sensual como el titulado “Junio” de Pablo García Baena, que desliza la pulpa de los frutos en los paladares con resabios exquisitos, si bien hubo, con el mismo afán, que dedicarle al menos una larga oda a este otoño nuestro que no desmerece en armas seductoras del arranque del verano y el falso prestigio de la primavera. Científicamente está demostrado que los cuerpos y los ánimos andan más proclives al abrazo carnal sobre el lecho de las hojas caídas de los árboles. Marzo, bajo el signo de Marte, arengaba a los guerreros a iniciar sus campañas militares, pero era, al final del verano, cuando recogían sus armas y volvían a casa a fecundar los vientres de sus pacientes esposas. No, por casualidad, octubre es el mes llamado ocho, que también tiene rima albertina y ordinaria, referida a Venus – a la “concha” de Venus, concretamente-.
Desmayadas de dulzura son las frutas del otoño; el racimo de uvas que se derrama en los labios del epicúreo recostado en el triclinio y que el emperador Diocleciano hacía pisar, en tiempos de vendimia, a una docena de doncellas vírgenes y sin ningún lunar en el cuerpo para elaborar un vino de uso exclusivo en sus más privados banquetes, según cuenta esa célebre leyenda que me acabo de inventar. Las uvas y ese tomate jugoso de almíbar que es el caqui, el merengue blanco de la chirimoya que se mastica, disparando las pepitas y provoca pícara batalla a la hora del postre, los boniatos que horneados lentamente enternecen su carne anaranjada con su punto de miel de caña, ofrecida a la cuchara, el membrillo hirviendo en su punto de azúcar, con el cual, la abuela solía darnos la lata; la lata de la carne membrillo, en aquellos tiempos en los que todavía existían estaciones. Y el otoño podía reconocerse claramente cuando las tardes frescas pedían chaqueta de paño y volvía a representarse Don Juan Tenorio. Eso fue antes de que la globalización nos empujase a disfrazarnos a todos de mamarrachos de Halloween y gozábamos aún de cierta idiosincrasia. Entonces eran las acerolas, los huesos de santo y nuestro Tenorio, emblemático burlador de mujeres; misógino y marica, según el ilustre ensayista, Gregorio Marañón. Ahora la misoginia nos viene también de importación con protagonistas más sórdidos. El asesino de Mijas, llegado de Alemania, encontró espacio para su matanza compulsiva de mujeres en la Costa del Sol como Tony Alexander King. Ambos tenían antecedentes criminales en sus respectivos países, por lo que ese necesario seguimiento que no se hizo, pudo haber evitado sus desmadres sangrientos. De violencia de género ya tenemos bastante con la autóctona como para tener que añadir la de psicópatas advenedizos. Marte contra Venus; el caso huele a la huella de Jack el Destripador que, a su vez, asesinaba prostitutas, se teoriza, que por liberarse de la sombra castradora de una madre en exceso posesiva. Como el americano, Ed Gein, quien coleccionaba cabezas femeninas en su sótano. O, a lo peor de la hipótesis, fue sólo por la mezquina codicia de dinero. No obstante, el criminal convivía con la complicidad complaciente de su madre y una novia que guardaba las tarjetas de crédito de sus víctimas, por amoralidad compartida o por ceguera de amor. Dicen que los psicópatas resultan fascinantes a los ojos de muchas mujeres como lo son los sinvergüenzas del cuño de Don Juan.
Si Venus se hubiera mantenido fiel al bueno de Vulcano, le hubiese ido mejor. Lo peor de su leyenda llegó cuando se enamoró de Marte.

Porca miseria

26 Dic

la-verdad-sobre-papa-noel3Ante todo, querido lector, gracias por leer estas líneas en tal día como hoy. Has de tener un espíritu magnánimo de la muerte para darte a tales esfuerzos tras ese escaso y mal sueño que quebranta a la mayoría de los adultos la digestión de la cena de Nochebuena. Liviana que se anunció por la crisis pero, en todo caso, excesiva sin duda en parangón a esas cenas saludables de mendigo que aconsejan los médicos o dietólogos por si alguna vez la criatura humana, si no es a pique de la muerte, se anima a hacerles caso. Tal vez faltaron las angulas sobre tu mesa y hasta el jamón o el cordero de otros años más prósperos, pero no hay duda de que, en su lugar, esa madre o suegra entrañable se las ingeniaron para poner en su lugar otras modestas aunque abundantes viandas con las que hacerte rebosar y burbujear el vientre de modo que hayáis pasado la susodicha velada de sofá y especial televisivo con los siempre inexcusables villancicos de Raphael, toda la familia aunada en el ejercicio de contorsionarse a la búsqueda de la postura exacta con la que impedir el libre tránsito de las acuciantes flatulencias. Luego de lo cual, cuando los dulces pequeños del clan se cansaron de berrear a grito pelado los deliciosos himnos al niño Dios hasta en la más remota versión anglosajona que tuvo la deferencia de enseñarle el profe, acompañándose de esa deliciosa artillería de zambombas, panderetas con ese exacto compás capaz de cabalgarte en las sienes y taladrarte los tímpanos para dejarlos lirondos, te metiste en el lecho bien anonadado por los vapores del alcohol que regaron la nocturna pitanza, de la cervecita al rioja hasta el brindis de cava y los chupitos espiritosos con los que complementar el ir y venir a la bandeja de turrones en el último estertor de la orgía gastronómica. Desordenado y abundante batiburrillo etílico que hace frágil, accidentado y discontinuo el primer sueño de Navidad –con sus correspondientes visitas al urinario, inhóspito y gélido de madrugada- y te pone la mañana de ese humor entre plomizo, mustio, gris y melancólico, propio del solemne resacón. El día de Navidad, sublimado de glamour por la falsedad comercial de los anuncios publicitarios con todo su repertorio de familias engalanadas en torno a la chimenea de la mansión solariega, suele ser, contrariamente, un día bastante cutre en el que las familias de a pie, las de verdad, comen en pijama-y acaso en la cocina- las sobras recalentadas de la noche anterior, con sabor a microondas y decadencia, mientras brindan con sales de frutas y Alkasezer y se disputan el baño, violentos por las apremiantes urgencias gástricas y la incómoda concurrencia que supone el haberse juntado los tantos y pico de familia. Si toca que regale Papa Noël, la casa se desperdiga de envoltorios purpúreos y te tocan en suerte dos o tres bufandas, esa prenda ideal para dejarse olvidada en los bares y los taxis y ofrecer de regalo cuando urge regalar y no se te ocurre otra cosa. Por ejemplo, en Navidad.
Sobre los regalos de Navidad habría que decir que son un engorro tanto para el que los hace, que ocupa gran parte de su estimado tiempo de ocio en esta actividad de compromiso, sólo placentera para el comprador compulsivo, como para el que los recibe quien, normalmente, no sabe dónde ponerlos.
Pocas veces se acierta si no es con un buen sobre de billetes como se va haciendo de rigor en las bodas por no verse abocado a la inútil colección de cursis juegos de café. No obstante, dada la proverbial falta de imaginación de Papa Noël y la crisis, intuyo que el saco habrá venido otra vez cargado de estuches de colonia y bufandas. Esto en materia de adultos, esperemos que en lo tocante a la infancia la oferta sea más generosa. Por patriotismo y mera observancia de nuestras más rancias tradiciones, como están hartos de saber mis pacientes lectores, nunca he sido muy partidaria del intruso yanqui, pero al final me gana su pragmatismo. Si Papa Noël, desde el primer día de Navidad, consigue entretener con sus regalos el aburrimiento temible de esos niños enclaustrados por el frío en apartamentos cada vez más diminutos, bienvenido sea. Pero, por favor, que no traiga tamborcillos u otra suerte de presuntos objetos musicales. O suprimamos esta adulta costumbre patria de celebrar toda fiesta con alcohol. O tirémonos todos por la ventana.
En todo caso, desconfío bastante de la solvencia de Papa Noël en estas fiestas. El otro día me encontré a tres de ellos a la altura del parque, bastante escuálidos y con pinta de gorrillas, y andaban pidiendo limosna. Va a ser que va en serio esto de la crisis. Porca miseria.