Viva la v

18 Abr

De todas las letras del abecedario, mi favorita es la v. Hace tiempo que perdió su sonido original que exigía apretar las paletas dentales contra el labio inferior y tan difícil era de pronunciar que terminó por adoptar el mismo sonido de la b, que es una letra tan bondadosa que se pronuncia uniendo los dos labios con el mismo gesto de un beso.
Existiendo la b que globaliza los sonidos de la v, podría parecer que la v es una letra innecesaria, que está de más y, sin embargo, conviene que siga vigente y sea visible, porque no resultaría válido, por ejemplo, que las palabras trabajo y esclavitud se escribiesen con la misma letra, aunque a la postre hayan acabado sonando igual.
De alguna manera, la ortografía tiene normas más éticas que el sistema económico con sus números despiadados.
Vale decir que la v, colonizada por otro fonema, resiste, pese a todo, como una letra cabezota y disidente que reivindica su existencia y provoca revueltas en la lengua escrita, donde confunde a los bastos que la ignoran y les coloca la b de burros, llenando de vergonzosas faltas sus dictados y sus textos virtuales en Internet. La veleidosa v es una zancadilla que a los vanos vanidosos les aviva el rubor, pues les hace escribir muchas barbaridades.
Es una letra exquisita que sirve para distinguir a los hombres de vasta cultura de los hombres de basta cultura y frecuenta los vocablos más privilegiados. Las palabras más importantes se escriben con v como es el caso de la palabra vida, que es, sin vacilación, la más valiosa. Defiendo la palabra vida sobre la palabra amor, que debe su prestigio a ser la más votada por los hispanohablantes. La vida no es siempre bella, pero es lo que hay y, si no la hay, ninguna otra cosa es posible. La vida está cargada de uves, pues, como dijo Kavafis en sus versos, es un viaje lleno de aventuras, que hay que afrontar con valentía y voluntad para con vuelo alto alcanzar el vértice de la victoria.
La v como la propia vida está cargada de contradicciones, pues nombra a una cosa y a su contraria; lo joven y lo viejo, el vicio y la virtud, el verano y el invierno, pues, ante todo, nombra a la verdad donde caben tantas versiones como las variopintas visiones de cada ser vivo.
Me gusta la v, diversa, divertida, disidente que, a veces, contra lo previsible, en el devenir de las vicisitudes, pone también nombre a la revolución que vuelve al universo del revés y hasta guardo con reverencia su fonema difícil y olvidado en el desván de mis más valiosos recuerdos. Me lo enseñó la madre Victoria, veterana maestra de lengua, que andaba obstinada en que pronunciásemos “vaca” y “vaso” apretando los dientes contra el labio inferior como hacían los castellanos “fiejos” antes de la influencia de los vascoparlantes, que nos impusieron la h muda y la b hasta para decir “basco”.
A feces reifindico el fonema perdido de la v como me enseñó la madre Fictoria, lo saco del desfán, lo desempolfo y le doy fida, pero me sale esta f sorda, que es lo más parecido a ese sonido que sólo he podido oír con verosimilitud originaria en los labios de aquella monja reivindicativa y nostálgica. Definitivamente, la v en la lengua hablada ya nunca será lo que era en el siglo XV y su última heredera se llevó el secreto de su pronunciación a la tumba.
Sin embargo, esta letra sin fonema propio, aun colonizada por la b, resiste en la lengua escrita para nombrar las cosas de valor; vida, verdad, valentía, voluntad y marca la elegancia en sus mayúsculas de ciudades idílicas como Venecia y Viena con sus valses y violines, inconcebibles de imaginar con b (Benecia, Biena, qué barbaridad…)
Siento simpatía por la v, que resiste en el alfabeto como un ave en pleno vuelo, y en la v me identifico. Bajo el signo de Venus nací, mi apellido es Clavero y mi nombre intencional, Victoria, que es el nombre que le corresponde a una hija de familia malagueña, desde que pueda remontarse la memoria. Iba yo a llamarme Victoria, pero murió mi abuela Dolores y recogí en el bautizo esa herencia de su nombre. A veces, creo que me hubiera ido mejor con mi nombre intencional de Victoria, porque, como Dolores, cada triunfo en esta vida me cuesta muchas lágrimas.
Sólo vivir basta y encontrar en la v, a veces, maravillosos alivios; digamos viernes y vino. Viva la v y buen fin de semana.

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