Carmen, la más fea de mi tierra

7 Jun

El tópico de la mujer fatal se pone de moda a finales del siglo XIX. En aquel tiempo, según se dice, era necesario demonizar al sexo femenino para provocar sobre él el rechazo, ya que, habiéndose incorporado las mujeres al mundo laboral, comenzaban a solicitar derechos, entre ellos , el del voto.

La mujer fatal, construida sobre premisas estéticas de Novalis y Gabriele D´Annunzio, y ejemplificada en personajes como la Carmen de Merimée o La Dama de las Camelias, era una fémina de carácter frío y calculador, que enamoraba a los hombres sin ser capaz de participar en ese amor, pues sólo la movía su pragmático interés por el poder y el dinero. De ahí que hiciese perder la razón a los varones hasta arrastrarlos a la ruina económica y la degradación moral.

La caracterización diabólica de la mujer, sin embargo, como sujeto de perdición de los hombres, no era nada nuevo, si se considera que en la tradición grecorromana es Pandora con su insana curiosidad quien abre la caja de los males y que es también Eva, en la Biblia, quien tentando a Adán con morder la manzana, desafía la cólera de Dios hasta propiciar la expulsión de ambos del Paraíso.

La literatura misógina continuó con su tradición, como es lógico, en los oscuros siglos medievales. Concretamente en 1253, don Fadrique, hermano de Alfonso X el Sabio, tradujo el Sendebar o Libro de los engannos e asayamientos de las mujeres, que en la línea oriental del Calila e Dimna, prevenía a los hombres contra la perversa condición del género femenino, si bien a promocionar tales escritos preventivos, pudo contribuir la mal llevada homosexualidad del noble, quien, según ciertas hipótesis, fue condenado a muerte por mantener relaciones “contra natura” con su yerno.

Secundando esta labor, El Arcipreste de Talavera, en su obra El Corbacho, escrita a finales del siglo XV, reprende a  las mujeres que arrastran a los hombres al” loco amor” y les reprocha sus múltiples  defectos: coquetería, vanidad, estupidez, parloteo inútil, avaricia….
Desde ahí hasta llegar al siglo XIX se podrían citar muchísimos más ejemplos de la presencia de la mujer fatal como motivo de la literatura y del arte, por más que en las últimas décadas decimonónicas este motivo se llegase a convertir en una obsesión ¿jugó en ello sólo la actitud defensiva del varón hacia la amenazante pujanza de las mujeres como seres competitivos y desafiantes o hubo también otros factores clave?

Si contemplamos cuáles eran las condiciones sociales en los albores del siglo XX, podríamos determinar que la atracción del artista por la mujer casquivana estaba muy condicionada por las circunstancias propias de su oficio. Sin duda, si el pintor buscaba mujeres que se desnudasen para hacerle de modelos, sólo las podía hallar entre las prostitutas, pues las normas del recato impedían este tipo de posados a las mujeres decentes.

De otra parte, su precaria situación económica- lo era, casi siempre- le impedía ofrecer una estabilidad económica- requisito indispensable entonces- a una futura esposa, por lo cual la fogosidad de su prolongada soltería sólo podía ser resuelta en los burdeles.

Con la llegada del Modernismo, lo que fue un imperativo económico, se estableció además como principio. El artista rechazaba a la mujer decente porque indefectiblemente lo arrastraba al matrimonio- convención burguesa, que como todo lo burgués, le  producía horror y repugnancia-.

Yo creo, en fin, por lo visto y leído, que en el siglo XIX la mujer fatal no producía tanto rechazo como fascinación, pues no eran sólo los precarios artistas, sino también los pudientes; aristócratas, empresarios, ministros, quienes frecuentaban las llamadas casas de tolerancia y galanteaban a bailarinas de varietés y cortesanas de hábitos libertinos. La razón puede ser, en cierto modo, comprensible, ya que la mujer legítima, aquel “ángel del hogar”, que había sido diseñado por clérigos y gobernantes, había sido lastrado de atractivos.  Su virtud, consistente en la plena ignorancia sexual, les aburría sobremanera y también su conversación, que irremediablemente era sosa y plana, pues les habían prohibido los estudios. Este orden de cosas propiciaba el adulterio, la profusión de queridas y de burdeles; la doble moral, en fin, pues por más que se indicase lo contrario, el hombre prefería la mujer libre a la clausurada y era por ella por quien perdía la razón y el capital.

El machismo no es consustancial en el hombre, sino una norma social contraria a la propia naturaleza masculina, la historia lo demuestra.

Los bares antes eran territorio exclusivo de los hombres, sin embargo, ahora ves en ellos matrimonios  y parejas que conversan, que comparten: que planean viajes y visitas a museos, de igual a igual. Es un avance o, más bien, es lo que tendría que haber sido desde siempre.

Visito la exposición “Perversidad. Mujeres fatales en el arte moderno” en el Museo Thyssen de Málaga y entre las magníficas obras de Modigliani, Romero de Torres, Picasso, Gustav Klimt, Suzanne Valadon, Dalí, Maruja Mallo, etc…  no encuentro ese nombrado rechazo a la mujer fatal, sino únicamente una expresión de fascinación amorosa, más aún teniendo en cuenta que algunas de esas modelos llegaron a casarse con sus propios pintores o a ser sus eternas parejas (lo cual es del todo equivalente).

Echo de menos, no obstante, una obra de Joaquín Martínez de la Vega, “Carmen, la más fea de mi tierra”, que expresa todo el amor posible por una mujer fatal. El título es, desde luego, irónico, tal vez el desventurado pintor de la Escuela Malagueña, tan apuesto y requerido por las mujeres, no encontró ninguna que le impresionase más, no sólo por su hermosura sino por su capacidad para ser libre, a pesar de ese oficio esclavo que es la prostitución.

El retrato de Carmen, por fortuna, podemos verlo, cuando queramos, en el MUPAM, en la taberna El Pimpi y en el Museo de Artes y Costumbres Populares.

No es una demonización, es un tributo; un tributo de amor. Él lo entendió así, ¿por qué nosotros tendríamos que entenderlo de otra manera?

Adivina, adivinanza

4 Ago

El otro día, paseando por el centro, me dieron un volante de publicidad del Maestro Gassama; el gran espritualista africano que soluciona todo tipo de problemas con rapidez, eficacia y garantía 100%. Yo del tal Maestro ya había tenido noticias por un artículo de aquellos antológicos que escribía Javier La Beira y que me animaron más de una mañana. Todavía recuerdo lo que me hizo reír “El Chiringuito” o esa otra columna en la que describía la procesión de vendedores y animadores musicales varios que amenizan los almuerzos dominicales a pie de restaurante en Pedregalejo.

Ahora bien, me pareció que el Maestro de aquellas mencionadas líneas no podía ser el mismo que ahora se publicitaba, pues, aunque los servicios ofertados eran, en sustancia, los mismos, la gramática del texto ya había empeorado bastante con tendencia al estilo elíptico e incongruente que predomina a día de hoy, gracias al desuso de la lectura. De modo que supuse que el Gassama de hoy debería ser un hijo o nieto del Gassama de ayer. Tal vez también en la empresa de la videncia los puestos son hereditarios como en Limasa. Si es así, al Maestro no han de faltarle sucesores, pues según contaban las malas lenguas tenía varias mujeres con las que hubo de engendrar inmensa prole, visto que una de sus especialidades era curar la impotencia sexual. Sobre esta relación con sus mujeres y otros asuntos, pesa una leyenda negra, valga la expresión que quizás no valga, porque si digo que un médium africano tiene una leyenda negra, lo mismo me acusan los abogados de lo correcto de intencionalidad racista y José María de Loma de practicar el chiste fácil y casposo. Pero no encuentro expresión análoga para “leyenda negra”, como tampoco un modo de justificar porque uno se levanta mal cuando se levanta con el pie izquierdo o qué razón hay para que el buen empleado sea la mano derecha del jefe y, pese a todo, nos recomienden “tener mano izquierda”. Desde que el lenguaje es analizado en la clave de la política y los valores transversales, uno calibra cada palabra que dice y resuelve finalmente publicar una foto en Instagram. Hasta el Twitter con sus 140 caracteres da ocasión para meter la pata (de Zapata).

Ciñéndome a los hechos y sin el deseo de hacer prensa amarilla (que ésa es otra) parece que el gurú tuvo problemas con la justicia por ampliar el negocio del espiritualismo hacia otras empresas más carnales y que a cuenta de sus clientes padeció amenazas muy furibundas, que lo acusaban de no haber cumplido con aquella promesa de remediarle los males; que ni encontraban pareja ni la recuperaban, y que lo de levantar era un bulo tanto en la impotencia como en los negocios. De modo que la clientela hizo el levantamiento por su cuenta, levantó la liebre y lo acusó de farsante. En eso no tuvo razón. El adivino que mire por su negocio no tiene más remedio que adivinarte lo que te apetece. Hay muchos familiares y amigos que te adivinan un futuro catastrófico con juicio más certero y son gratis, pero si pagas por saberlo a un espiritualista lo que esperas es que te diga maravillas. De otra forma, no se entiende.

Por lo general, es así, aunque yo he conocido a una adivina que se anunciaba como objetiva para ofrecer una novedad que la distinguiese de tan gran competencia. La mujer, consciente de que por lo general a todo individuo le acechan desgracias más que triunfos y parabienes, se dedicaba a pronosticar lo peor de lo peor, con un previo interrogatorio al cliente para informarse por dónde iba lo peor en cada caso. Se trataba de una nueva versión del tarot; el tarot realista y tocapelotas.

Si alguien le consultaba por su difícil relación de pareja, le diagnosticaba rauda los cuernos y si otro alguien le preguntaba por la salud, veía acercarse un cáncer galopante. Que la cuestión era de negocios; pues traspásalo, que te vas a arruinar…y así.

Una cliente, muy enganchada con sus servicios, puso también en sus manos mi destino. La vidente me preguntó todo lo que pudo, me miró largamente y puso sobre el tapete ya las cartas como un simple trámite burocrático, pues lo tenía muy claro. Mi destino era encontrar a un hombre divorciado con dos hijos a su cargo.

Ante tales expectativas, le pregunté si el divorciado, por lo menos, era guapo y respondió:

-La belleza no es lo más importante en una persona…

Helada me dejó y más helada aún cuando me pidió 30 euros por su vaticinio. Como es natural, le regateé, pues si el futuro que me dictaba era de saldo, bien valía una rebaja, así que le ofrecí 20 euros, aunque lo suyo hubiesen sido, como mucho, diez y gracias.

Entonces la pitonisa montó en cólera, pues dijo que mi futuro estaba de perlas, en comparación con los otros futuros que ella solía pronosticar y eso se debía a que yo iba recomendada por una amiga. Ahora por trato especial que me diese, tenía que comprender que ella era, ante todo, una adivina veraz y, a mis treinta años, con suerte, lo máximo a lo que podía aspirar era a un divorciado.

Aunque los pronósticos de esta pitonisa tampoco se cumplían, los clientes en lugar de protestarle decían, menos mal. Sin embargo, puestos a pronósticos fallidos, yo me quedo con los del africano. Si se trata de vender ilusiones, más vale que tiren por lo alto y vengan cargadas de esperanza.

Sumarse a la causa gay

14 Jul

Comoquiera que apretaba la solana del furioso mediodía, me fui a refugiar en un local emblemático del centro; un oasis de techos altos donde enjugar  los sudores con nuevos hallazgos como el vermú de la Axarquía que, a la vez, permite por su solera, resistente al paso de los años, recrear una atmósfera intemporal, cual burbuja vintage que se ha rebelado a franquear aún el nuevo milenio.

Las paredes, tomadas de arriba a abajo con portadas de discos de vinilo, reivindican en todo su esplendor los éxitos de Marisol, Raphael, Julio Iglesias y Camilo Sesto, alternando con el poderío de las efigies de las reinas de la copla. Nada de estridencias globalizadoras; ni rap ni reggaeaton ni ritmos latinos machacones ni cosas de esas; el pop español, tal como era, también en la banda sonora del equipo, y todo el pasado por delante. Un pasado que suena modernísimo, porque allí nunca ha dejado de sonar; que se diría que hasta los clientes treintañeros que ahora tararean las canciones son los mismos que venían aquí hace treinta años si no fuese porque la cronología y sus efectos nos impiden concebir tales ensoñaciones. (más…)

Viejóvenes y tebeillos

5 May

Que la edad es un valor cambiante que incluso transciende a los clásicos de la Literatura Universal se puede entender porque hoy día sería inconcebible que Alonso Quijano (luego conocido como Quijote) fuese considerado anciano a los 50 años, como su propio autor, Miguel de Cervantes del que tomaba la edad y hasta el aspecto físico, además de su inclinación por las aventuras disparatadas.

Que “El Quijote” es una obra autobiográfica como casi todas, ya lo he dicho en muchas ocasiones, así que no tema el personal que lo castigue con la misma tarandilla.

La materia en cuestión es ahora decir que los años de ayer no son como los de antes ni como los de antesdeayer. En los sesenta, por ejemplo, un hombre de treinta años era un señor casadísimo y con un par de retoños a su cargo, que vestía traje de chaqueta y corbata en horas de oficina y hasta algún domingo para ir a misa y se había comprado a plazos los tropecientos tomos de la Literatura Universal encuadernados en piel con letras de oro en el lomo para exhibirlos en el mueble biblioteca del salón, comprado también a plazos por supuesto como todo lo que compraba. Los plazos eran una constante de los años sesenta para la clase media a la que debía enfrentarse el padre de familia de treinta años; edad a la que ahora los hombres son todavía hijos que viven en casa de sus padres, practicando el rollo adolescente en esa habitación propia, donde se relacionan con el mundo, buscando novia por Instagram y haciéndose youtubers para ejercitar la visión crítica de las cosas con mirada fija en el skype ”Mira tío, te lo digo una y mil veces, lo tuyo es una cagada ¿te enteras? Una puta cagada” y así…

Para hacernos una idea de lo que las edades van y vienen, podríamos decir que el padre de familia de 30 años de los sesenta podría ser el abuelo del chaval de treinta años de hoy día y el padre del padre de familia de cincuenta años que es usual en estos tiempos.

Veo a muchos de estos cincuentañeros, ataviados con camiseta estampada con algún divertido monigote y chaquetilla vaquera, pasear con sus hijos adolescentes o de corta edad en plan coleguilla total como es notorio por el trato del criaturo, “joé, papá, tío”…

Curiosamente, el padre de cincuenta años de hoy día es más cercano al hijo que aquel otro de treinta de los años sesenta; un señor de corbata y chaqueta, cuyos ataques de cólera bíblica eran temidos como las propias cornetas del Apocalipsis a la hora de entregar las notas.

Que los niños y adolescentes de ayer suspendiesen mucho menos no responde tanto a la estrategia psicopedagógica como a la atávica destreza del lanzamiento de zapatilla en el hogar,  las competencias dramáticas de los padres para desatarse en ira y los castigos ejemplares, reflejados en el cuarto de los ratones al que confinaba el ilustre don Pantuflo a Zipi y Zape.

Actualmente como suspender no es ya un delito, se suspende más que nunca. Lo mismo ha pasado con robar, me parece; cuando las conductas se generalizan pasan de ser transgresión a simple moda.

Ser padre de familia a los cincuenta es ahora lo normal si se piensa que el primer trabajo llega a los cuarenta en el mejor de los casos. Y, bueno es verdad que, a veces, los niños no se toman en serio a estos padres, pero se lo pasan genial con ellos, pues comparten gustos y aficiones. A los dos les gustan las chuches y los tebeillos. Los tebeilllos de mayores se llaman cómic en inglés para dignificarlos como género de culto y así disimular que son tebeillos, pero lo son, dado que comparten la misma sustancia; tienen viñetas, bocadillos y, en fin, muchos dibujos y poquísimo texto. En este mismo género, se encuadra la novela gráfica, que es todavía una etiqueta más rimbombante para lo que es también un tebeillo, e incluso la biografía gráfica.

El otro día, estando en una caseta  de la Feria del Libro, me pareció ver en un estante una biografía de Lorca en este formato. Tal fue mi impresión que, al irla a coger, se me cayeron, además del citado volumen, otros tantos sobre la cabeza y pasé bastante bochorno porque aquello se parecía a la escena de “La fiera de mi niña” cuando Katharine Hepburn le desmontó el diplodocus al insigne científico.

Pero mayor fue mi impresión al ojear aquellas imágenes en las que Lorca y todos los otros personajes de la preguerra civil, se representaban con la misma cuadratura muscular que aquellos tipos duros del cómic americano.

Advirtiendo el cariz que van tomando los libros, me preguntaba si el esfuerzo de tantos años por extender los textos no habría sido baldío y debería haberlo invertido en hacerme dibujante. Alguien me comentó que hasta mis cuentos para niños tenían demasiadas letras y me dio un poco de bajón.

Más le valió a Dostoievski nacer en el siglo XIX. Si no, no vende una escoba.

El trepa

21 Abr

La nostalgia es un deporte masoquista de la memoria, una disciplina inútil, estéril y engañosa. No tiene sentido ni cura dolerse por el pasado que nunca regresará y su idealización es sólo una ventaja del paso del tiempo, que nos trae en los recuerdos lo mejor y se olvida de las antiguas vicisitudes.

La nostalgia es, en todo caso, un sentimiento estético, de primer orden para los poetas, sobre todo si uno es Juan Ramón Jiménez y la puede escribir con jota. Pero los prosistas que nos movemos a ras de la tierra, sin las alas celestes del lirismo, tenemos que decir que lo que hay es lo que es y que siempre ha habido lo mismo. En lo básico, la realidad se repite, sólo que lo peor presente nos hace percibir un pasado mejor. Por eso sería una estupidez, por ejemplo, decir que el trepa es una lacra social del siglo XXI, como si Stendhal no hubiese descrito a Julien Sorel en “El Rojo y el Negro” o no hubiera existido el propio Napoleón y mucho antes Sejano y después Hitler. El trepa es un tipo de mente fría y ambición caliente, carente de cualquier tipo de escrúpulos que se vale de toda clase de intrigas y artimañas para coronar la cima deseada. Normalmente planea su ascenso buscando la proximidad de un poderoso para cautivarlo mediante la adulación hasta hacerlo frágil, como se hacen todos los envanecidos, y arrebatarle el poder a traición. Ya en la presunta fábula de Esopo se hablaba de una zorra que viendo a un cuervo con un queso en su pico, lo cubrió de piropos hasta pedirle que le dedicase uno de sus bellos cantos, siendo que el cuervo halagado abrió el pico y el queso fue a parar a las garras del taimado animal. Cualquier privilegiado que caiga en repentina desgracia, habrá de hallar la causa no tanto en el abierto enemigo como en el pelota traidor; en el trepa. Los mismos que cada día le reían las gracias al loco emperador Calígula planeaban su muerte cada noche.

Emily Dickinson decía que la admiración era sólo un modo de camuflar la envidia. Por eso, evitaba el contacto con sus admiradores y rechazaba sus visitas. Aunque quizás no sea el ejemplo más certero, ya que la fobia social de la poeta era, como toda fobia, patológica y, por tanto, exageradísima.

Hay que separar la paja del trigo. La admiración es un asunto loable, dentro de unos límites racionales, tanto para quien la tributa como para quien la desea., a todos nos gusta ser un poquito admirados y admirar a alguien por tener algún punto de referencia. El problema viene cuando el sediento de admiraciones quiere ser un dios o cuando el admirador ve un dios en el admirado. Digamos, cuando la cosa se fanatiza y se sale de madre. El divo histérico, como político o artista, es, un megalómano déspota, insolente e insufrible y el seguidor fanático igual acaba allanando la morada del ídolo, provocando una avalancha en un concierto o pegándole un tiro por despecho; asesinando a John Lennon o intentando asesinar a Reagan.

El trepa, como falso admirador, es menos pasional, y opta por la premeditación y el cálculo.

Yo recuerdo a aquella jovencita Eve Harrington de la célebre película “Eva al desnudo” que esperaba cada noche su momento en la parte trasera del teatro bajo la lluvia el final de la actuación de la actriz madura Margo Channing para expresarle con toda humildad su ferviente admiración y hacerse su sombra más servil y, poco a poco, ir suplantándola. Como también ese guiño a la película que escribió Maruja Torres en la novela “Mientras vivimos”, donde una chica de 20 años, Judit, logra introducirse en casa de la veterana y consagrada novelista, Regina Dalmau, a objeto de que la lance al mundillo literario y la libere de sus humildes orígenes proletarios. Y, cómo no, al muchacho sin escrúpulos de “La mala educación” de Pedro Almodóvar, que se hace pasar por un antiguo amor del prestigioso director de cine, Enrique Goded, con el que tiene relaciones homosexuales, pese a ser heterosexual, con tal de triunfar como actor de moda.

No quisiera dejarme llevar por la nostalgia para decir que los trepas de hoy no son como los de antes, pero ya lo he dicho. Creo que son muy torpes y carecen de habilidades sociales.

Ya no es sólo que ni siquiera finjan admiración, es que no dicen ni “buenos días, ¿cómo estás?”.

Sé de muchos de estos que se han dirigido a consolidados artistas para colocarles un enlace con su blog, su novela, sus grabaciones musicales y exigirles su apoyo inmediatamente, sin más. Todo a cambio de nada.

Tanta torpeza incluso me hace añorar a aquellos trepas taimados que, por lo menos, se lo curraban.

Incluso al egoísmo desaforado, incluso a la maldad le conviene la inteligencia, en el fondo y en las formas. Quienes han desprestigiado esta capacidad sabían lo que hacían y lo que nunca podrían hacer los demás. Nos queda mucha noche por delante; una noche muy larga y sin estrellas.

 

Lo Vintage

2 Mar

El otro día vi un vestido de la tía Charo en una tienda vintage.  Las tiendas vintage, me explico, son esa clase de comercios que venden foeles de segunda mano de los años setenta, muy similares a los que vestía Pili, la peluquera, en la serie “Cuéntame”. Ese tipo de modelitos horrorosos que, en la pretensión de ser modernísimos, envejecieron peor que los de las más discretas décadas anteriores. La elegancia que casa bien con la contención y la austeridad, se lleva en cambio fatal con el exceso. Y digamos que los setenta en su afán por lo excesivo, dieron de sí la moda más horripilante que concebirse pueda. Una locura imposible entre el pop y la psicodelia con tendencia al color chillón, que en este país se acogió a las mil maravillas, tras el hastío de tantas décadas de dictadura en blanco y negro. Los setenta fueron una sed efervescente de libertad que, en la moda, se tradujo en pura transgresión y desafío a la norma estética. Los estampados de los vestidos combinaban colores incombinables que se mordían entre sí, sin armonía ninguna entre cálidos y fríos, los largos cuellos de las camisas desafiaban a la ley de la gravedad y los pantalones bien ceñidos en la cadera, batían campanas en la pantorrilla. Todo un súmmum de despropósitos en formas y medidas que dejó testimonios indelebles en las cámaras Kodak del momento, tan subiditas de tono en el revelado.

Contemplar aquellas fotos de rabiosa juventud de nuestros antecesores, ha sido materia de diversión para generaciones postreras. Cuanto más moderno fuese el tito o la tita en cuestión, más risa daba; “anda, mira, qué pintas”. Porque no sólo eran las fantochadas indumentarias, sino las excrecencias capilares; los cardados, las pelucas, las patillas, los inmensos bigotes y las barbas tremendas y también los maquillajes; aquellas sombras de ojos en azul o verde eléctrico y los labios pintados en fucsia o naranja fluorescente como la Fanta de naranja.

De esa guisa, rabiosamente rompedora, irrumpió la democracia en España antes de que acabase la dictadura. Y las tías solteras, como tía Charo, abandonaron la clausura forzosa del hogar para frecuentar los bares, fumar y cruzar las piernas, pidiéndose un Bitter Kas. Benditos tiempos aquellos. De esa época quedó una incierta nostalgia y aquellos modelitos infames en el armario, que tal vez fueron a parar al ropero de los pobres y que los pobres no quisieron porque, pobres y todo, también tienen su dignidad.

A estas alturas, pensábamos que los habrían quemado en una fogata para combatir los fríos del invierno a la intemperie, pero no. Ahora, en lugar de ropa vieja, se llaman vintage y cuestan un Potosí. Para que las cosas adquieran un valor, sólo basta con cambiarles de nombre; “Vintage”, cómo mola.

Por lo demás, lo importante, como siempre, es el concepto que, como concepto, es asunto inmaterial y no tiene precio; o sea que vale un huevo de la cara, aunque no se entienda por qué. Es lo que tiene el concepto.

Uno va a una tienda vintage y se siente cool comprando ropa vieja. Es lo último y lo último es la última palabra. Si le regalaran esos vestidillos horrorosos, no los querría, pero los compra carísimos en una tienda vintage y eso cambia mucho las cosas.

Las tiendas vintage son muy cuquis, recogiditas y confortables como la casa de Pin y Pon y las dependientas de dichas tiendas amabilísimas. Hay que tener unos modales exquisitos para convencer a alguien de que se lleve un modelito espantoso de segunda mano, pagándolo a precio de oro.

Nos pueden decir que reciclar es más ecológico que fabricar y eso nos convence un poquito, pero si nos dicen que lo de comprar ropa de segunda mano es lo más en Nueva York nos convencen del todo. Al mono, que todos llevamos dentro, como bien decía Darwin, le priva del todo imitar. De ahí el éxito de las modas. Nadie sacaría del armario el vestido de su tía Charo para ponérselo gratis, pero sí está dispuesto a ir a una tienda vintage a gastarse una pasta para ponerse el vestido de la tía Charo de otra persona cualquiera.

Las modas son una cuestión espiritual, un asunto de fe; se siguen aunque no se comprendan.

Quién iba a decir que la moda payaso de “Crimen Ferpecto” que ideó la chica fea de la película sería una realidad. Que lo último sería teñirse el pelo de rosa y violeta y combinar vestidos con zapatones y gafas de enorme montura de colores.

En cualquier materia, no hay nada mejor que apostar por los clásicos para mantener a flote la dignidad. Me parece.

Diluirse

23 Oct

Hay mujeres con baja autoestima- si dicha expresión no es todavía una redundancia- que esperan la llegada de un gran hombre o de un niño pequeño para diluirse, tras ellos, cuanto antes. Si, después de un tiempo, se te ocurre buscarlas en el Facebook, encontrarás en su lugar la foto de la criatura que usan como biombo para desaparecer.

Estas mujeres disuelven su identidad en la del hijo, que se convierte en el único asunto de sus conversaciones, como si ingresando en el nuevo oficio de la maternidad, renunciasen a tener una personalidad propia y cifrasen sus éxitos en los logros del chiquillo desde sus primeros meses de edad que, en estos casos, se resume a la calidad y textura de sus caquitas. Para la madre diletante y entusiasta, las caquitas de su bebé son una obra artística que requiere de tan plástica, amplia y minuciosa descripción en formatos y colores que no hay desayuno en el cual no se hagan de un holgado espacio a propósito ni interlocutor tan hambriento que no pierda el apetito. Ante las semblanzas de la mamá a la caca de su niño, el churro que te ibas a comer se convierte en una metáfora sospechosa que, con desgana, acabas abandonando en el plato.

Por fortuna, cuando el niño de la pletórica mamá va creciendo, la caca pasa a ser tema secundario, para ser sustituido por el tema “colegios”, que, aunque también puede resultar denso y cansino, deja de ser asqueroso. Pero no menos arduo, en todo caso, pues se entiende que el colegio que elige la supermamá ha de ser un supercolegio a la medida de las descomunales expectativas que ha puesto en su criatura. Ya no sólo se trata de que el colegio sea de pago, de muchísimo pago, sino que además ha de ser superexclusivo, interactivo, naturista, cautrilingüe y ciberespacial. El espacio ideal para educar a un futuro geniecillo, que se ría en la cara de los infantes precoces de Juan y Medio. Que no es cuestión de invertir esfuerzos y hasta dinero en tratamientos de fertilización, si las criaturas no salen premio Nobel de lo que sea y saben tocar con virtuosismo cuatro instrumentos, a la vez, con sólo dos manos.

Si no es por las modas que han puesto, en las portadas de semanales, al hijo sobredotado como modelo y meta de aspiración, no se entiende esta obsesión por hacer del niño un genio, a toda costa. Que sepamos por la historia, los genios fueron niños bastante infelices y adultos de lo más atormentados que acabaron sus días de modo precoz, como Mozart, Proust, Kafka, Lord Byron y etcétera. Por no hablar de la célebre Aurora Rodríguez Carballeira, que, proyectando en su hija Hildegart, el modelo de la mujer del futuro, acabó matándola a tiros por temor a su propia y magnísima obra.

Si lo deseable para un hijo es que sea feliz, habría que aspirar a que fuese lo más normal posible, pues, al fin y al cabo, la felicidad tiene su secreto en tres o cuatro cosas muy sencillitas y bastante asequibles para personas normalísimas; dormir bien, comer sabiamente, encontrar amigos y una buena pareja, que al genio, en cuestión, solitario e insatisfecho por natura, se le resisten una barbaridad.

Por otra parte, tampoco se sabe de ningún genio que pasase su infancia entre algodones en colegios exclusivos y, recibiendo diplomas y menciones a troche y moche, como está ahora tan al uso por aquello de la motivación. La motivación que recibió Dostoievski de su padre fueron unas borracheras de lo más violento y Beethoven del suyo cada sopapo en la oreja que, dicen, lo dejó sordo. Se puede decir que los padres de los genios, por lo general, no han sido, precisamente, motivadores.

A la madre de Woody Allen le preguntaron para un documental, ¿qué siente usted al ser la madre de un genio, reconocido en todo el mundo? Y ella, cruda y espontánea, respondió:

-Qué genio, ni qué genio, con las malas notas que traía de chico…

Dado tal ejemplo, como otros, se podría entender que los judíos han sido únicos para traer genios al mundo y bajarles la autoestima a coscorrones. De esto, también podría hablar Kafka un buen rato. Los hijos no son como los trajes a medida. A veces caen demasiado pequeños o demasiado grandes.

En cualquier caso, no voy a defender el modelo educativo de los susodichos padres por más genios que diesen al mundo, aunque, en el otro extremo, tampoco el de aquellos que nada riñen y todo lo felicitan. Hay que educar a los hijos para que acepten el fracaso, pues de él se aprende más que del triunfo. “El fracaso estimula, el éxito paraliza”, dijo aquel.

Apostar por un hijo no es apostar por un caballo de carreras. Lo importante no es que llegue el primero, sino que llegue hasta donde puede llegar. Quien lo sepa será el mejor de los padres.

Cosas de chicas

15 May

Una pareja de Cromagnon

No tengo nada en contra de la novela romántica, sólo que me aburre tremendamente. Igual que las llamadas “revistas femeninas” o la prensa del corazón. Me importa un auténtico carajo cuáles son las diez mascarillas caseras más efectivas para conseguir una piel radiante en treinta días y los diez ejercicios más milagrosos para lograr un vientre liso e impecable en un plazo similar e incluso también los diez consejos de la presunta experta en no sé qué exótico gabinete de psicología para “hacer feliz a tu chico”. He sentido siempre un olímpico desprecio y una pereza no menor en lo tocante a la operación bikini y los secretos de belleza de las famosas, por más que la enjundia de dicho tema crucial se nos quiera revestir de tintes apasionantes. Las letras pequeñas de las revistas del colorín son un misterio para mí; me pregunto qué dato de interés pueden añadir cuando arrancan con el titular de “Gumersinda de Hohenlohe disfruta de una divertida tarde de compras en París” o “Pilarín Tomatillo impresiona a todos con su cambio de imagen en no sé qué gala benéfica” o “Maruja Vivalavirgen goza de su primer baño en la playa, con una figura espectacular a sus cuarenta años”. Vale que esto son lecturas de peluquería, pero y qué, ¿por qué me iban a interesar en la peluquería, estas cosas que no me interesan en ninguna otra parte?

En otros tiempos no tan remotos, por lo menos, en la sala de espera del dentista, podías encontrar como alternativa, las supuestas “revistas para hombres” que contenían reportajes de contenidos sociales o políticos que ya se anunciaban descartables para el ligero género femenino. Ahora no, ahora si pides una revista para hombres, te dan el Marca.

O sea, fútbol para chicos y últimas tendencias de moda para chicas ¿cómo hemos podido volver a un estado tan simplista y primitivo en la diferenciación de sexos? ¿Lo digo o no?

Me dicen, además, que la novela romántica es un género de consumo masivo para las mujeres y revolucionario hoy día, pues representa, en el fondo, un concepto profundamente feminista ¿de verdad?

Si me voy a la sinopsis de una de estas novelas, tan en boga – que a las páginas no llego-, hallo indefectiblemente la historia de una mujer que, a fin de cuentas, encuentra a su príncipe azul. La única diferencia entre estas novelas de rabiosa actualidad y aquellas gazmoñas de Corín Tellado es que las protagonistas de antaño tenían veinte años y ahora ya han cumplido los cincuenta. Se ve que el intríngulis de la cosa es que el primer príncipe azul les salió rana- póngase Luis Alfredo, un tipo mujeriego y caprichoso- pero el segundo –póngase Juan Pancracio, hombre apocado y, sin embargo, sensible y de gran corazón- vino a darles la felicidad y a llenar su vida de sentido.

De parte de algunos escritores varones muy comprensivos e indulgentes con “el bello sexo”, encuentro una gran complacencia con este gracioso género literario que cultivan las mujeres. Recuerdo que uno de ellos decía hace poco “No entiendo por qué la novela romántica se considera un género menor. Muchas de mis amigas escriben novelas románticas y me merecen el máximo respeto”. Sin embargo, después de decir esto, publicó una opinión política con la que me permití discrepar y, sin el máximo ni el mínimo respeto, me respondió en estentóreas mayúsculas, que “se pasaba mi opinión por el forro de los huevos” (sic)

De dichas variopintas actuaciones, se deduce que el individuo respetaba a las mujeres que escribiesen novelas románticas, pero de ningún modo a las que de política escribían. Y lo peor es que no es el único. Conozco a bastantes criaturos que son un brazo de mar con las chicas, mientras se dediquen a comentar sus cositas de pareja, trapos y recetas de cocina, pero devienen en hirsutos energúmenos cuando les tocan sus serios asuntos genitales, o sea, masculinos; la política e incluso el fútbol. Hasta ahí podíamos llegar.

Me gustaría opinar, como otros, que las mujeres hemos adquirido grandes derechos en el siglo XXI, pero, en la realidad tangible, lo que observo es que contra una mujer que ejerce un cargo relevante; dígase ministra, juez, concejala, parlamentaria o presidenta, un varón se permite muchas mayores bravuconadas que si el cargo fuese ostentado por un semejante viril. Y lo más curioso del tema es que dichos homínidos, a la vez, se crezcan cual paladines defendiendo el no a la violencia de género ¿y acaso no es violencia de género acosar a voces a una concejala, a una juez, a una parlamentaria o a una presidenta?

Como colofón a este artículo, me queda esperar que algún Cromagnon me saque pecho y grite ¿eres feminista o qué? (¿O qué?)

Figúrense qué grandes derechos hemos adquirido las mujeres en el siglo XXI, cuando, a día de hoy, “feminista” se considera un insulto.

Los chochenta

27 Feb

La nostalgia es un ejercicio de masturbación colectiva. Supercolectiva cuando se trata de la nostalgia de la década de los 80 que afecta a la nutridísima generación del Baby Boom.

Las nacidas y nacidos en los 60, que son legión, ahora ya talluditos, veneran los 80 pues son sus tiempos de juventud, y explotar esa nostalgia es subir porcentajes de audiencia. A este objeto proliferan los programas revival que se complacen en un chocheo ya masivo. Tanto que los ochenta están por convertirse en los chochenta.

La cosa ya vino gestándose en los pubs de ligue para divorciados marchosos, donde se pinchan discos de Radio Futura, Gabinete Caligari, Tequila, Ducan Dhu y, a lo peor, Raffaella Carrá, con la consecuencia de que el chocheo llega al desmelene de un modo bastante indecente, pues con la euforia del vivido recuerdo se cae en el desenfreno bailongo y se pierde todo decoro.

Con más de treinta y cinco años es difícil salir al ruedo de la pista sin perder la dignidad, con más de cuarenta y cinco años es casi imposible. Hay ciertos divertimentos que, pasada una edad, atentan gravemente contra el sentido del ridículo, por más que digan que rejuvenecen. Quien tiene que rejuvenecer, no hace más que poner en evidencia su senectud, que es cosa venerable en el plan que la elogiaba Cicerón en su “De senectute”; o sea, en su verdadera esencia.

Más joven parece el viejo prematuro que el viejo juvenil. Cuando un maduro pretende pasar por joven no sólo no lo consigue, sino que además pone en entredicho su inteligencia, que es lo que podría compensarle. Ser un maduro inmaduro es un asunto patético. En la universidad, ponía bajo sospecha la sapiencia de los profesores cuarentones que venían a clase en vaqueros y, para explicar, se sentaban en la mesa y daba más credibilidad a la de los ancianos catedráticos con sus modales decimonónicos y sus trajes anticuados. Tal vez la sabiduría sería la misma, pero parecía mayor en traje apolillado que en vaqueros.

La juventud no es, por otra parte, ningún don, sino un mero accidente. Y lo mejor que se puede hacer con ella es dejarla atrás cuanto antes. Nadie se libra de haber sido de joven un poco o bastante gilipollas por querer enmascarar, a base de falsas prepotencias, lo que sólo eran inseguridades e incertidumbres. Y, de todas las juventudes, no hay juventud más tonta que la de los ochenta, que consistía en cardarse el pelo y decir banalidades, como el rey del pollo frito. El punkie era un nihilista de garrafón que aprendía a ser estúpido para ser moderno y a colocarse, porque lo decía Tierno Galván, pues el futuro ya estaba solucionado. Pensar ya no estaba de moda y bastaba con cantar desafinado por los antros underground para ser un héroe del pelotazo. Aquella tendencia ambiental a la oligofrenia, no fue el principio de tiempos más esperanzados sino el principio del fin. Al despegue de la degradación cultural, se le sumaba la progresiva muerte de las ideologías, que incluía la tendencia del gusto por el lujo y el diseño, sin menoscabo de ser de izquierdas.

Y, en el afán generalizado de ser rico sin sonrojo, comenzó a afanarse sin medida; que lo moderno era ser yuppie a toda costa como mandaban los cánones de esos grandes escaparates del glamour en los que se convirtieron las revistas dominicales.

De ponerse a la nostalgia de una década, mejor me parece rescatar los setenta en todo caso; donde, cosa impensable a día de hoy, lo revolucionario era leer y la moda era un asunto muy barato. Barbas descuidadas y pana para ellos y para ellas, faldas largas de la abuela, chirucas y cabelleras a ras del culo. Se trataba de tendencias muy cómodas y peludas, que incluso permitían dejar de afeitarse los sobacos. Los progres de entonces iban de pobres y gozaban de su juventud con el amor libre, las lecturas espesas y el vino peleón en tascas populares donde colgaban en las paredes, aperos de labranza y pósteres del Che Guevara y Miguel Hernández. Todo ello con mucho guitarreo. Había guitarreo parroquial a lo Mocedades y guitarreo reivindicativo a lo Joan Baez y hasta a María Ostiz le cantaba la cigarra.

También, para contentar a los mayores, había tipos elegantes que cantaban al amor en traje de chaqueta como los que triunfaban en el Festival de Benidorm o figuras más singulares, tipo Raphael o Camilo Sexto que ahora sacan en los programas de los 80, cuando se les acaba el material. Sin duda, el declive que vino después, los ha convertido en unos genios y hasta se han puesto de moda entre la juventud, mientras los chochenta se ponen viejunos. Qué cosas

La invasión de las tetudas

5 Dic

Hace tiempo que me persiguen por doquier unas mujeres muy tetudas. Si abro el correo electrónico, las encuentro en la solapa de la pantalla, mostrándome sus encantos mamarios de un modo bastante explícito. E igualmente, cuando merodeo por Facebook, me salen al encuentro sus mensajes en un inglés muy insinuante.

Mi reacción, en principio, fue la perplejidad. Sé que el ojo del Gran Hermano nos vigila los gustos virtuales para proponernos ofertas a propósito y, sin embargo, no acertaba a comprender por qué esos privilegiados vigilantes de Internet, deducían que me iba el rollo bollo.

Pero, puesta a la reflexión sobre mis actividades internáuticas, hallé la respuesta. Y la respuesta es que veo fútbol por Internet y esas mentes eméritas del ciberespacio han debido pensar que soy un tío bien machote. Sobre la afición al fútbol, hay ciertos prejuicios tan enquistados en la conciencia colectiva, que, raramente, plantean negociación.

Según los clichés actuales, el espécimen que disfruta de los partidos, es un futbolero varón con la testosterona repartida entre la hinchada a su equipo y las tetonas en minifalda. Se entiende todavía que la mujer tiene una incapacidad genética que la determina a no poder jamás dilucidar qué es una falta o un fuera de juego, como si esa compleja ciencia fuese incompatible con su frágil cerebro. Será que puede inventar las más milagrosas vacunas contra enfermedades raras, ejercer la judicatura con brillantez, gobernar Europa desde Bruselas, pero entender un córner, nunca. Hasta ahí podíamos llegar. La ciencia futbolística es sólo comprensible para los criaturos barbados y de pelo en pecho. Un privilegio dudoso porque eso presupone que el susodicho barbado es un brutísimo ejemplar de homínido; ignorante, violento y rupestre.

Hay todavía quien piensa que la intelectualidad y el fútbol son incompatibles, por más que, desde Javier Marías, algunos escritores hayan salido a reivindicar su gusto por el balompié, con la misma sinceridad valiente del que hubiese salido del armario. Curioso es que quienes, precisamente, ponen en duda el rigor cultural de los intelectuales futboleros, sean capaces de chuparse, de cabo a rabo, con fruición, una crónica sobre la apasionante biografía de la duquesa de Alba. O incluso de la Pantoja o de la misma Belén Esteban, lo que no es mayor garantía de una más sesuda inclinación cultural. Por lo general, ciertas mujeres que, con sus prejuicios, ponen también su granito de arena para que el machismo siga campando por sus fueros.

De otra parte, están los apocalípticos de ambos sexos, que dilucidan que el fútbol es un opio de las masas, cuya afición propagan los gobiernos para distraer a las gentes de los verdaderos problemas. Y no, esto no es Argentina, donde ponen todos los partidos gratis en los canales públicos. Aquí, si quieres ver un encuentro de tu amado equipo local, has de abonarte a un canal de pago o bajarte al bar o buscarte la vida en Internet. En ese caso, las páginas web, te asaltarán con las sólitas imágenes publicitarias en las jugadas más decisivas. En mi caso, unas tremendas tetudas que imponían sus atributos a la visión de los momentos más emocionantes en el pasado encuentro, Málaga CF.- Real Madrid. La insistencia de aquellas chicas, de oblicua mirada provocativa, labios entreabiertos y escote desbocado, en sobreponer sus encantos al meollo del partido, casi me roban de la vista el glorioso gol, en el último momento, de Roque Santa Cruz.

Con lo que creo que pueda entenderse un poco, las maldiciones que el trance me inspiró contra ellas y sus propias e inocentes madres.

Ya lo sé, que esto se evita yendo a La Rosaleda en directo, pero es que, tengo un síndrome post-traumático desde aquella tarde fatídica de los cinco goles del Celta. No es nada fácil recuperarse de ver en vivo a Willy Caballero, derribado por los suelos, mientras el resto de la afición duda entre linchar a Schuster o ahorcarse con la bufanda.

Y ésa es otra, ay, que nuestra afición, premiada por la LFP, factor decisivo en las victorias de nuestro club, tenga que ser vetada por pagar el pato del crimen del Calderón. Esa reyerta vergonzosa entre ultras que acabó con la vida de un hincha del Depor, hundida en el Manzanares. Ahora, los de siempre, dirán lo que acostumbran; que el fútbol es un deporte brutal que alimenta pasiones primarias, como si el salvajismo de unos pocos, determinase lo que, en la mayoría, sólo es el gusto sano por una de las mejores cosas que aún quedan en este país. El fútbol ha llegado a ser arte en manos de la Selección Española, nos ha dado una lección de lo que es trabajo en equipo, solidaridad ante un mismo objetivo y orgullo de ser nosotros mismos. A todos, hombres y mujeres, personas con suficientes luces como para comprender que la cultura y el deporte no son excluyentes sino complementarios, como lo entendió el sabio pueblo griego cuando ideó las olimpiadas. Y qué si nos gusta el fútbol.