Tener motivos

21 Sep

En el último Encuentro Nacional organizado por la Asociación Pedagógica Apfrato, en Granada, una de las disertantes contó una historia que recuerdo a girones. Me hubiera gustado conocer la fuente para contarla ahora de forma más precisa. Pero lo que me importa es la idea que la historia pretende transmitir. Se la dedico con todo el afecto a mi hermana, que está pasando unos momentos difíciles tras la muerte de su marido.

Cuando apenas se han separado unos metros de la casa, la hija vuelve hacia la casa, se acerca al lecho donde yace su padre y deposita en sus brazos al bebé.

En una población que ha sido totalmente destruida por la guerra, de forma casi milagrosa, sobrevive una familia compuesta por un abuelo, su hija y un pequeño nieto, casi bebé. Las calles están sembradas de cadáveres y solo unas pocas casas han quedado en pie. Un destacamento de soldados recorre el lugar en busca de sobrevivientes. En una casa semiderruida encuentra a los tres miembros de la familia que, resignados, esperan la muerte.

Los soldados les piden que les acompañen. Les sacarán de allí. Es preciso caminar de prisa porque el enemigo puede volver en busca de botín. Después de comer algo que les ofrecen los soldados, los miembros de la familia se ponen en marcha guiados por los soldados.

La mamá lleva en sus brazos al bebé. El abuelo camina despacio, ralentizando la marcha. Nadie dice nada, pero él siente que está perjudicando a todo el grupo. Las fuerzas le fallan. No puede seguir el ritmo que imprime el pelotón. Llegada la noche, después de compartir algunos alimentos que lleva la expedición de soldados, descansan en unas tiendas que plantan con rapidez y eficiencia. Y, a la mañana siguiente, de madrugada, la hija llama a su padre para seguir el camino. El anciano dice que no quiere seguir adelante. Le persuaden los ruegos y las lágrimas de su hija.

La jornada transcurre con dificultades añadidas, ya que la inclemencia del tiempo complica la marcha. No pueden detenerse. El enemigo puede alcanzarlos. El anciano se queda retrasado algunas veces y dos soldados le ayudan a caminar. Encuentran unas casas completamente desiertas. Ocupan las camas para descansar. Y, a la mañana siguiente, cuando la hija trata de que su anciano padre se levante, ve que su decisión de no continuar es inamovible. No valen argumentos, ni súplicas ni lágrimas.

– No me levantaré. No puedo más.
– Pero, padre, si se queda aquí morirá de hambre. O, lo que es peor, torturado por el enemigo.
– No quiero seguir viviendo. No merece la pena este esfuerzo sobrehumano.

Los soldados dicen que no se puede esperar más. Que todos corren peligro si no se ponen de marcha de inmediato. No hay argumento que valga. El anciano no quiere levantarse.

– Váyanse. Todos corren peligro si esperan. No quiero ser el culpable de su muerte.

La hija, de rodillas, abraza a su padres y se despide de él. Se van, dejando al anciano en la cama. Emprenden el camino. La hija llora silenciosamente. Cuando apenas se han separado unos metros de la casa, la hija vuelve hacia la casa, se acerca al lecho donde yace su padre y deposita en sus brazos al bebé. Sin decirle ni una palabra se va. Corriendo se incorpora al grupo de soldados, ya sin su hijo. Después de caminar casi un kilómetro, la hija vuelve la vista hacia atrás y ve cómo su padre camina erguido con el bebé en los brazos.

Ella corre hacia atrás para abrazarlo y coger al pequeño. Tiene que amamantarlo. Los soldados esperan emocionados al feliz abuelo que tenía motivos para seguir caminando. Su vida no le importaba ya. Pero encontró un motivo para levantarse y ponerse se en marcha: salvar la vida de su nieto. Un motivo extrínseco, pero muy poderoso. Dentro de él no veía razones para seguir viviendo, pero la hija supo poner en marcha ese motor que se había parado en la cabeza y en el corazón de su padre.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Qué es lo que nos impulsa a la acción? ¿Qué motor pone en marcha la voluntad por encima de todos los obstáculos? Es muy importante tener motivos para hacer las cosas, saber cuáles son esos motivos y cómo se descubren, se buscan y se encuentran. Decía Spinoza que “somos conscientes de nuestros deseos e ignorantes de las causas que los determinan”. Según el diccionario, “los motivos son las causas o razones que justifican la existencia de una cosa o la manera de actuar de una persona”. Los motivos son, pues, los motores de la acción. Por eso resulta decisivo tener motivos para levantarse cada día, para caminar en la dirección deseada, para hacer las cosas que hacemos. Tener razones para vivir. Tener motivos para actuar.

Hay un motivo básico que es el de mantenerse vivo. Lo decía lapidariamente Albert Camus: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Y hay muchos motivos para la acción concreta, a corto o largo plazo. Por eso se habla de motivación de inicio (poner en marcha la decisión de estudiar, de abandonar el tabaco, de contraer matrimonio) y de motivación para la tarea (que exige perseverancia en el mantenimiento de la decisión inicial).

José Antonio Marina publicó en el año 2011 un pequeño libro titulado “Los secretos de la motivación”. Según el autor el motivo nace de un deseo, se acrecienta con el incentivo y se estimula con los facilitadores. Para Marina hay tres deseos fundamentales: el primero es el deseo de bienestar personal. “Todos los seres humanos –dice- queremos sobrevivir agradablemente, lo que implica disfrutar de algunos placeres y evitar el dolor, la tensión y la ansiedad”. El segundo es el deseo de relacionarse socialmente, formar parte de un grupo o ser aceptado. “Somos seres sociales, dice Marina. Nuestra especie es egoísta y altruista. Solo en sociedad podemos desarrollarnos”. El tercer deseo básico es ampliar las posibilidades de acción. Dice J.A. Marina que “este es el deseo más específicamente humano, porque es el que nos lanza a metas lejanas, altas, ideales, ilimitadas”.

Aquí se puede plantear el apasionante y decisivo tema de la educación de los motivos, dentro del cual habría dos grandes dimensiones. Una, la de enseñar o ayudar a que el alumno sepa motivarse, sepa encontrar y cultivar deseos, valores e ideales. Y otro, no menos complejo, que sería el de motivarlos para el aprendizaje. Para ese y otros aprendizajes.

“Todo método que intenta hacer beber a un caballo sin sed, es rechazable. Todo método es bueno si abre el apetito de saber y aguza la necesidad poderosa de trabajar”, decía Célestin Freinet. Por eso es tan difícil la tarea de enseñar. No consiste en meter en la cabeza de los estudiantes los conocimientos deseados sino en despertar en él la pasión y el deseo de adquirirlos. Me contó un profesor hace años que un alumno le había dicho: “Mire, profesor, explíqueme lo que quiera, por el método que prefiera y hasta póngame la nota que se le antoje. Pero, por favor, no me motive”.

He aquí un difícil cuestión: ¿Cómo se puede motivar a quien no quiere ser motivado? Educar la motivación, cultivar la voluntad, hacer más acendrado el amor. Ese es el camino.

¡A clase!

7 Sep

Está a punto de comenzar un nuevo curso escolar. La vida no se detiene. Después de unas largas (aunque subjetivamente siempre resulten cortas) vacaciones, llega el momento de regresar al trabajo. La vida pone las manos en forma de amplificador de la voz y nos dice: ¡A clase! Los profesores a la enseñanza, los alumnos al aprendizaje. O, mejor, todos y todas al aprendizaje. Porque todos y todas somos durante toda la vida aprendices. Aprendices crónicos, como me gusta decir.

Se venderá todo lo imaginable y más aun. La razón fundamental es muy sencilla: aquí todo el mundo anda descalzo”.

Ante la realidad inexorable se puede reaccionar de muy diversas formas. Unos oyen la requisitoria (¡a clase!, vamos, ¡a clase!) y se ponen en camino, felices, a encontrarse con los colegas, a emprender un nuevo proyecto lleno de ideas y de ilusiones. Otros, por el contrario, comienzan a sentir dolor de cabeza, de estómago y, sobre todo, de corazón.

Me refiero, por igual, a profesores y alumnos. Ya sé que los padres, en general, están deseando que los niños y las niñas acudan a las aulas. Las vacaciones son el periodo en el que los padres y las madres valoran más decididamente al profesorado. “Dios mío, si yo no puedo con dos, ¿cómo se las arregla esta un profesor tantas horas con veinticinco o treinta…!”. (En algunos países con cuarenta o cuarenta y cinco, qué locura).

Hay quien vive el momento como una desdicha, como una tortura, como un sufrimiento insoportable. Hay quien piensa que es una suerte tener trabajo –ese trabajo- o la oportunidad de poder estudiar.

¿De qué depende esa actitud positiva o negativa? Más que de la realidad que nos encontramos en las escuelas, de la actitud que nace del propio corazón. He leído, en el libro ”Historias que hacen bien”, de Daniel Colombo, esta interesante historia referida a Mahatma Ghandi.

Cierto día, en las horas del amanecer, Ghandi y su compañero atravesaron las puertas de una ciudad con el propósito de compartir sus enseñanzas con sus habitantes. Un seguidor del Mahatma que vivía en el lugar se acercó y le dijo apresuradamente:

– Maestro, vas a perder el tiempo y las energías. La gente acá es dura de corazón, se resiste al cambio y a escuchar las palabras de la verdad. Son estúpidos e ignorantes y no tienen el menor deseo de aprender nada. No desperdicies tu talento con ellos.

Ghandi sonrió y respondió:

– No me cabe la menor duda de que estás en lo cierto.

Unos minutos más tarde, otro seguidor suyo se acercó pacíficamente y lo saludó:

– Señor, todos los habitantes de esta afortunada ciudad te dan la más calurosa de las bienvenidas. La gente aguarda con expectativa las perlas de la sabiduría que se desprenderán de tus labios. Están ansiosos por aprender y ávidos de servirte. Sus corazones y sus almas están abiertos de par en par para escucharte.

Ghandi sonrió y respondió:

– No me cabe la menor duda de que estás en lo cierto.

Su compañero se volvió hacia él con asombro y le preguntó.

– Maestro, ¿cómo es posible que puedas estar de acuerdo con los dos hombres cuando sus afirmaciones son diametralmente opuestas? El sol y la luna nunca serán iguales…. Y el día no puede ser noche.

Ghandi, sonriendo, contestó:

– No me cabe la menor duda de que estás en lo cierto. Y considera, igualmente, que los dos hombres dijeron la verdad de acuerdo con sus propias convicciones. El primero, lamentablemente, espera ver lo malo…y es lo que ve. El segundo ve únicamente lo bueno…. Y eso es lo que ve. Ambos ven el mundo tal como esperan percibirlo.

Acabo de ver (de nuevo) la estupenda película de David Swift “Pollyanna”, por la que la entonces niña y actriz recibió un oscar a la mejor interpretación, y en ella he vuelto a escuchar aquel célebre pensamiento de Abrahan Lincoln: “Si buscas el mal en la humanidad esperando encontrarlo, seguro que lo encontrarás”. Y lo mismo podría decirse a la inversa: si esperas encontrar la bondad, la encontrarás.

En dicha película se habla de un juego que practica la pequeña huérfana. El juego del “yo me alegro”. Pone ella el ejemplo de una demanda que hizo para ella su padre: pidió una muñeca por la que la niña suspiraba. Hubo un lamentable error en el envío. Lo que llegó a casa fue un par de muletas. ¿De qué se podrían alegrar? Y la niña responde con ingenio: de no tener la necesidad de usarlas.

Con el mismo Ministro de Educación, el mismo Consejero o Consejera de Educación de la Comunidad, el mismo Delegado de Educación, el mismo Inspector, el mismo Director, los mismos compañeros, similares condiciones, el mismo salario y parecidos alumnos habrá profesores ilusionados y profesores asqueados de serlo.

Esta diferente actitud va a repercutir de manera indudable sobre la tarea que se realiza con los alumnos y alumnas. No es lo mismo aprender con un profesor ilusionado que un mercenario maldiciente. Pero, sobre todo, va a tener consecuencias en la vivencia de los profesionales, en cómo se siente cada uno en el trabajo.

Alguna vez he contado la historia de dos empresas japonesas de calzado. Ambas mandan a sendos representantes para realizar un estudio de mercado a la misma zona de África. Después de hacer las pesquisas pertinentes, uno de los delegados manda a su empresa un informe que concluye diciendo: “En definitiva, el futuro de la venta de calzado en esta zona es sumamente desalentador. No se vendrá ni un par de zapatos en muchos años. La razón fundamental es muy sencilla: aquí todo el mundo anda descalzo”.

El otro, desde el mismo lugar, manda a su empresa un informe que concluye de la siguiente manera: “En resumen, el futuro de la venta de calzado en esta zona no puede ser más prometedor. Se venderá todo lo imaginable y más aun. La razón fundamental es muy sencilla: aquí todo el mundo anda descalzo”.

Lo cual tiene que ver con la actitud desde la que se analiza la realidad más que con la realidad misma. Y tiene también que ver con la forma de verse a uno mismo. El primer informante considera poco menos que imposible persuadir a alguien que siempre ha caminado descalzo de que resultará muy cómodo y placentero calzarse unos zapatos. El otro considera que es sumamente fácil convencer a alguien que va descalzo de que es más rentable comprar unos zapatos que fabricar una alfombra de tamaño universal.

Eso es lo que sucede ante un grupo de nuevos alumnos. Un profesor piensa que será imposible que aprendan nada relevante y significativo dada su actitud de pereza y de desdén. Otro considera que es muy fácil conseguir que se entusiasmen ante la maravilla que supone hacerse con las herramientas que les permiten entender la vida y el mundo.

Esta actitud positiva no tiene que ver con la ingenuidad o la estupidez. No entraña la renuncia al realismo y al rigor en el análisis. Tampoco significa conformismo ante las limitaciones, los recortes, las carencias o los errores en el gobierno de la educación. Se trata de una actitud inteligente que nos permite ser felices y hacer felices a los demás. A eso debemos ir. A eso vamos. Feliz curso.

Cincuenta céntimos

6 Jul

El día 17 de julio de 2012 publiqué en este mismo espacio un artículo que se titulaba “Justos por pecadores”. A él, y a los comentarios recibidos, remito al lector. Resumo con la mayor brevedad aquel texto y enseguida comprenderá el lector por qué y para qué.

Era más fácil pagar los cincuenta céntimos. Era más fácil callarse. Muchas veces confundimos prudencia con cobardía.

En una clase de un instituto de Enseñanza Secundaria canario aparece rota la regla de dibujo. Como no se autoinculpa el autor del desperfecto (si es que existe) y nadie acusa a nadie (si es que alguien conoce al infractor), se aplica una norma de convivencia del centro que obliga a cada alumno de esa clase a pagar una pequeña cae céntimos. Una alumna se niega a pagar invocando un principio democrático que, según dice, le han explicado en la clase de Educación para la Ciudadanía. El principio de la presunción de inocencia (hago referencia en mi artículo a otro principio democrático: no se puede declarar a alguien culpable sin pruebas). La dirección del centro decide que los alumnos que no hayan pagado no podrán acudir al viaje de fin de curso.

Apoyé decididamente la postura de la alumna. Entendí aquella prohibición de ir al viaje como un chantaje. La familia apoyó a su hija y acudió al centro para pedir las explicaciones pertinentes y no recibió respuesta satisfactoria. Entonces los padres decidieron emprender un largo camino para reivindicar los derechos de su hija. Venciendo la sospecha de que no se va a conseguir nada, rechazando el conformismo y la pasividad, afrontando los riesgos de represalias, dedicando un tiempo que a nadie le sobra, los padres de la alumna denuncian los hechos ante la autoridad competente.

Probablemente algunos dijeron de ellos que estaban faltando al respeto al profesorado, otros los trataron de ilusos al dar curso a sus quejas, algunos pensaron que debían haber obligado a su hija a satisfacer la cantidad elegida y a acatar la norma impuesta. Muchos pensarían entonces que esa pequeña cantidad no merecía ni un solo momento de enojo y se dijeron: a pagar y a callar.

Desde la convicción de estar defendiendo la justicia, desde la valentía de hacer frente a la dirección del centro, desde la esperanza de ayudar a hacer más democráticas las instituciones escolares, se negaron a pagar y quisieron acabar con esos absurdos e injustos castigos colectivos que impulsan a la delación y que dejan en los alumnos la sensación de haber sido objeto de un atropello.

Algunos comentaristas dijeron entonces que cuando una familia matricula a un hijo en un centro escolar asume todas sus normas. Les contesté que el derecho y el deber de la participación exigía el compromiso de analizar las normas y de tratar de cambiarlas si eran injustas. Así lo entendieron los padres de la alumna. Emprendieron un camino difícil y tortuoso, pero han llegado a buen fin. Es para felicitarlos.

Pasado un año de aquellos hechos, la madre de esta alumna me escribe este correo:

“No sé si me recordará. Usted escribió a petición mía un artículo titulado “Justos por pecadores”, sobre lo ocurrido a mi hija por un asunto de una regla de dibujo que ella no rompió y por cuya rotura sancionaron a toda la clase. Esto fue hace un año aproximadamente.

Ahora le escribo para darle buenas noticias y para decirle que gracias a sus ánimos y a mi marido, de seguir luchando por lo que es justo y la presunción de inocencia, lo hemos conseguido.

Sobre noviembre habíamos mandado a la inspección un escrito con todo lo ocurrido y hasta la fecha no nos ha contestado. En enero se recurrió al defensor del estudiante y nos dijeron que ese cargo no había sido ocupado (con toda las personas que están en paro…) y eso que es obligatorio nombrarlo. Nos atiende la secretaría territorial que depende del director territorial, máxima autoridad aquí en educación y nos escuchan y dicen que nos llamarían en quince días para decirnos algo….pero hasta la fecha hemos estado sin respuesta.

Entonces ya en abril, presentamos un recurso de alzada ante el director territorial con todo lo acontecido y la mala actuación de tutora, jefa de estudios, director del instituto e inspectora, con todas las negligencias cometidas. Y aquí viene la buena noticia, con la ley en la mano nos dan la razón y ordenan que el instituto cambie sus normas de convivencia, ya que según el Ordenamiento Jurídico no se puede sancionar a persona o personas porque no aparezca el infractor que haya cometido la falta, ya que va totalmente en contra del mismo Ordenamiento Jurídico.

Todo un año entero de lucha, pero ha merecido la pena, ya que esperamos que a partir de ahora no vuelvan a hacer lo mismo. Y eso que desde el principio de la lucha nosotros aportamos el boletín donde venía recogida toda la normativa a ese respecto, pero en el instituto, ni caso. Todavía desde el mismo, no nos han comunicado nada, pero esperemos que para el próximo curso escolar ya tengan las normas cambiadas.

Gracias por todo el apoyo mostrado a ésta mi humilde familia y por haber confiado en mí. Cuanto me gustaría que ahora, a todos aquellos que comentaron en su artículo en contra del mismo y por supuesto de mi hija, lean la respuesta de la máxima autoridad educativa dándonos la razón y obligando al centro a cambiar esa norma de pagar justos por pecadores. No me extrañaría que todavía algunos sigan pensando igual y no cambien. Con gente como esa no se prospera ni en la educación ni en la sociedad”.

Soy yo quien da las gracias a esta familia por el ejemplo que me ha dado. Por su valentía, su coherencia y su compromiso con la educación. A la alumna por su capacidad de reflexión y por su valentía. A los padres porque se pusieron del lado de la racionalidad y de la justicia. También al lado de su hija. Estoy seguro de que en otras ocasiones le habrán dicho no. No había razones para hacerlo en este caso.

A nosotros, los profesores, esta historia nos debe hacer pensar. Las normas están para servir a las personas y no a la inversa. Las normas tienen que ser racionales y justas. Deben ser explicadas, no aplicadas de forma mecánica y autoritaria. No se pierde la autoridad cuando se cede, o cuando se reconoce un error, sino cuando se mantiene contra viento y marea.

He querido mostrar en este texto que no hay que entregarse al conformismo, a la resignación y al cómodo sometimiento. Si esta familia se hubiera plegado a la imposición del centro, si no se hubiese tomado la molestia de acudir al instituto, de estudiar la normativa, de emprender el tortuoso camino de la réplica, nada hubiera cambiado en el centro.

La principal consecuencia de esta historia es que la alumna ha aprendido en el libro de la vida una importante lección. La lección de la dignidad y del compromiso con la mejora de la sociedad.

Quienes entonces pagaron y se callaron, se beneficiarán ahora de este logro que han alcanzado otros con su esfuerzo… Era más fácil pagar los cincuenta céntimos. Era más fácil callarse. Muchas veces confundimos prudencia con cobardía.

Vuelva dentro de quince días

6 Abr

Estoy escandalizado por los casos de corrupción que nos estallan cada día en pleno rostro. Aunque no soy de los que piensan que estemos metidos en un lodazal y que la corrupción es generalizada, creo que no se pueden soportar tantos casos de mal ejemplo en la esfera del poder.

- Hace quince días yo comía azúcar.

En una democracia es doblemente repugnante la corrupción porque las personas que acceden al poder están puestas ahí por el pueblo. De modo que quienes son elegidos para gobrernar, quienes son depositarios de la confianza del electorado, quienes son designados por el pueblo para la administración de los bienes y servicios, se aprovechan de esa confianza para burlarse de él y llevarse de forma fraudulenta su dinero.

No digo que en una dictadura la corrupción esté más justificada. La dictadura es la corrupción. Pero, en una democracia estos casos reiterados de abuso de poder (aunque se hagan públicos, se denuncien y se juzguen) acaban por desacreditarla, amenzarla y destruirla.

Si los grandes triunfadores del sistema educativo que son quienes han llegado más alto, es decir, quienes gobiernan los pueblos, no solo no están preocupados porque exista justicia sino que ellos mismos se onvierten en la encarnación de quien la destruye, ¿por qué hablamos de éxito del sistema educativo?

Me repugna que aquellos banqueros en los que la gente deposita su confianza para que custodien su dinero, acaben robándoselo con artes que los clientes desconocen. Esta misma mañana he oído en la radio el caso de unos bancos de Mataró que han robado a sus clientes todos los ahorros de su vida mientras los responsables de esas entidades se han llevado el dinero a expuertas.

Me indigna que quienes más saben (quienes se han beneficiado más de la enseñanza pública, quienes más han recibido de la sociedad en su formación) utilicen ese conocimiento para robar, explotar y engañar mejor al prójimo.

Y eso es lo que sucede también con quienes, desde situaciones de responsabilidad educativa, hacen daño a quienes tienen el deber y la responsabilidad de cuidar, de guiar y de apoyar en su desarrollo. No es justo que quien tiene que cuidar, destruya; que quien tiene que guiar, desoriente y que quien tiene que apoyar, desmorone.

No sé qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando, quienes deben dar ejemplo, quienes están en la cima de la sociedad muestran esos comportamientos tan despreciables. ¿Qué autoridad nos asiste para decirle a los niños y jóvenes cómo deben comportarse?

No hay forma más hemosa y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Suelo decir que educamos como somos, no como decimos que los demás deben ser. De forma muy insistente sermoneamos a nuestros hijos y a nuestros alumnos tratándoles de aconsejar sobre el modo deseable de comportarse, olvidando muchas veces que nuestras acciones contradicen nuestras palabras.

No sé si el lector conocerá la anécdota que se cuenta de Mahatma Gandhi acerca de la importancia del ejemplo. De cualquier manera, es bueno recordarla y reflexionar sobre ella.

Una madre le llevó a su hijo de seis años y le dijo a Mahatma Ghandi:

– Se lo ruego, Mahatma, dígale a mi hijo que no coma más azúcar, es diabético y arriesga su vida haciéndolo. A mí no me hace caso y estoy sufriendo por él.

– Lo siento, señora, ahora no puedo hacerlo. Traiga a su hijo dentro de quince días.

Sorprendida, la mujer le dio las gracias y le prometió que haría lo que le había pedido. Quince días después, volvió con su hijo. Gandhi miró a los ojos al muchacho y le dijo:

– Chico, deja de comer azúcar.

– ¿Por qué me pidió que lo trajera dos semanas después?, preguntó, desconcertda, la madre. Podía haberle dicho lo mismo la primera vez.

Gandhi respondió:

– Hace quince días yo comía azúcar.

En del ámbito educativo es fundamental hablar con los hechos. Gandhi entendía que le faltaba autoridad para decir a alguien que no comiera azúcar mientras él la comía. La autenticidad consiste precisamente en eso, en no engañarse a uno mismo. Y en no engañar a los demás. Podía haberle dicho a la madre y a su hijo en la primera visita que no es bueno comer azúcar. Ellos no tenían por qué saber que él lo hacía, pero la coherencia y la autenticidad le impidieron decirlo.

¿Cuántas veces contradice nuestra forma de ser lo que expresamos con las palabras? Voy a poner algunos ejemplos de la familia, de la escuela y de la sociedad en los que los hechos contradicen los consejos.

Cuando loa padres y las madres les decimos a los hijos e hijas que no tienen que decir mentiras, deberíamos repasar nuestros comportamientos y pensar en las veces que, delante y detrás de ellos, engañamos.

Cuando les decimos que lean, que estudien, que los libros son importantes, y no nos ven nunca leer un libro, ni estudiar, ni preocuparnos por el saber, nuestro consejo pierde todo su valor.

La escuela tiene la pretensión de educar a los alumnos y alumnas, de enseñarles a vivir en una sociedad ejemplar. Para conseguirlo elabora reglamentos e imparte consignas de forma casi constante, olvidando, a veces, que los alumnos y las alumnas tienen más en cuenta lo que ven que lo que oyen.

Cuando les decimos que trabajen en equipo, que se ayuden, que cooperen, que sean solidarios, que escuchen y se respeten unos a otros y nos pueden decir que por qué no nos hablamos con quien entra antes en la misma clase, esa recomendación queda desvirtuada.

Si en la escuela hay un programa muy bien estructurado de coeducación pero los docentes varones se permiten hacer bromas procaces respecto a sus compañeras, todas las pretensiones coeducativas quedan aniquiladas.

La sociedad no debe permanecer ajena al proceso de socialización de los niños y jóvenes. Es decir, debe ofrecer pautas para el aprendizaje de la ciudadanía. Pero, si los comportamientos de los adultos contradicen las propuestas de horadez, de nada servirán los discursos.

Cuando los polìticos nos dicen que cumplamos con nuestros deberes ciudadanos, que paguemos nuestros impuestos, que respetemos la propiedad ajena y nos enteramos de que algunos tienen el dinero robado en paraisos fiscales, esa demanda queda devaluada.

Cuando en el Congreso los parlamentarios se insultan con persistencia y poco ingenio, de nada servirán las peticiones de respeto a la dignidad que se lanzan oficialmente.

Cuando los sacerdotes predican la castidad a sus fieles y estos saben que ellos mismos abusan de menores, esa exigencia queda reducida a pavesas.

Cuando en la televisión se grita, se insulta y se discute sin escucharse, de poco servirán las consignas de respeto a la dignidad de todas las personas y al necesario respeto a quien habla.

Todos podemos encontrar ejemplos en los que la realidad contradice los discursos, en los que la práctica niega la teoría, en los que los hechos ensombrecen las palabras. Deberíamos callarnos hasta que pudiésemos decir con nuesrtra forma de vivir: así ha de ser la vida.

La máquina de empequeñecer

23 Feb

He recibido hace unos días un correo inquietante. Lo firma “una madre y maestra desesperada”. Me cuenta que no sabe qué hacer con su hijo o, mejor dicho, que no sabe qué hacer con la institución educativa a la que acude su hijo. El mensaje dice así:

“Los niños contemporáneos, en su mayoría, no fracasan en la escuela por el nivel de dificultad de una exigencia escolar dura, sino por aburrimiento, por ausencia de interés”.

“Soy una madre angustiada por el sistema educativo. También soy maestra de infantil. A mi hijo, que ahora cursa 1º de la ESO, nunca le ha interesado lo que le contaban en la escuela. Tampoco ahora le interesa lo que le cuentan en el instituto. No responde al sistema. En la reunión con el tutor se me dice que se distrae con facilidad, habla con los compañeros, a veces tiene una actitud desafiante, las notas fatal, parece que no le importe suspender, el profesor de dibujo técnico está harto…

En relación al dibujo le comenté que la profesora particular de dibujo me dijo que a mi hijo le interesaba saber para qué le servía dibujar triángulos según el teorema de Pitágoras y ella le explicó lo de la sombra etc. El tutor me respondió con desparpajo: – Ah bueno, eso.-dándome a entender que era una tontería. Por cierto, el profesor de dibujo le castigó a escribir doscientas veces: estoy escribiendo doscientas veces esto porque no me he callado en clase de dibujo. Su padre y yo nos negamos a que lo hiciera y le enviamos una nota al tutor en la que se decía que si el profesor consideraba que debía tener un castigo, éste no debía ser el propuesto. Así que además de ser padres de un pre-adolescente con notas bajas, somos unos irresponsables. Y según ellos, intuyo que precisamente por eso.

Me siento profundamente desamparada porque se está transformando a un niño feliz (es una persona muy positiva) en alguien que no confía en si mismo, que sufre defraudando a los adultos que le rodean, padres, profesores… Y dentro de esta catástrofe en la que siento que de alguna manera participo (“ya sé que no te gusta pero has de hacerlo”), persiste el dolor al ser consciente de que mi cariño no va a solucionar la situación, no va a remediar que se sienta fuera, que se sienta menos que.., que se convierta en un ser infeliz. ¿Cómo es posible que un sistema tan arcaico, con objetivos peligrosamente desfasados, pueda seguir infligiendo tanto daño a niños y jóvenes ? Y eso que todavía no se ha aprobado la ley Wert ¿Cómo pueden unos padres que quieren a su hijo sobrellevar esta tortura e intentar protegerle de esta máquina de empequeñecer y anular la creatividad de los seres humanos?”.

Hasta aquí el correo. Y, al terminar, esta postdata.

P.D. ¿Existe algún instituto o centro educativo donde se trabaje con personas? Vivo en la Comunidad Valenciana, pero estoy considerando irme a cualquier parte.

Le contesto a vuelta de correo haciendo algunos comentarios sobre sus preocupaciones y brindándole algunas sugerencias. Y me quedo pensando en esta institución que, ante estas situaciones, suele reaccionar pidiendo a los chicos que se acomoden a sus exigencias, sin preguntarse por la naturaleza de la tarea que realiza hoy, en un momento de la historia que tiene muy poco que ver con lo que pasaba hace solo veinte años. Fue emocionante para mí recibir al poco tiempo otro correo que, al lado del nombre, decía: “madre y maestra reconfortada”.

Tenemos que preguntarnos qué sentido tiene esta escuela, en tantos aspectos obsoleta. Les aconsejo que lean el hermoso libro que acaba de oublicar mi querido amigo y colega Angel Pérez Gómez, catdrático de la Universidad de Málaga. Se titula “Educarse en la era digital”. En una de sus primeras páginas dice: “La escuela que hemos heredado enfatiza la uniformidad, la repetición, el agrupamiento rígido por edades, la división y el encasillamiento disciplinar, la separación de la mente y el cuerpo, la razón y las emociones, los hechos de las interpretaciones, el trabajo intelectual y el trabajo corporal, la lógica de la imaginación, la racionalidad d ela creatividad y el trabajo del ocio”.

Y añade: “Los niños contemporáneos, en su mayoría, no fracasan en la escuela por el nivel de dificultad de una exigencia escolar dura, sino por aburrimiento, por ausencia de interés”.

Cuestiones peliagudas que nos exigen a todos y a todas una reflexión profunda. La rutina es el cáncer de las escuerlas. Hay que conocer cuál es el contexto en que vivimos, cuál la psicología de nuestros escolares y repensar la escuela, reinventarla desde lo más esencial.

Cuenta Francesco Tonucci que un profesor llegó al aula con un cucurucho de boquerones crudos. Repartió uno a cada niño con el fin de que lo observase y lo describiese detenidamente. Cuando uno de los niños tuvo delante su boquerón, lo miró con atención y un poco de repugnancia. Inmediatamente levantó la mano y le preguntó al profesor, temiendo que éste le diera una respuesta afirmativa:

– Profesor, ¿tengo que comerlo?

El profesor contestó, sorprendido por la pregunta:

– No, por favor, no tienes que comerlo, es para estudiarlo. ¿Cómo se te ha ocurrido esa pregunta? ¿Es que tú comes pescado crudo?

El niño, un tanto abrumado por la situación, contestó:

– Yo, no, ¡pero, como estamos en la escuela…!

Preocupante comentario del niño. Piensa que en la escuela pueden tener lugar las experiencia más peregrinas. Nada es de extrañar. Se hace costumbre oír en ella demandas chocantes:

– Silencio, niños, empieza la clase de lengua.

Tenemos que preguntarnos si aquello que hacemos, si la forma en que lo hacemos y el lugar y los tiempos en que lo hacemos es congruente con aquello que buscamos.

No es coherente, por ejemplo, pretender que los alumnos alcancen un alto nivel de participación ciudadana si no ejercitan la participación. Si no pueden opinar, decidir, intervenir como protagonistas y no como simples destinatarios de lo que otros han decidido y pensado que les conviene. No se aprende a montar en bicicleta leyendo un manual con indicaciones precisas. Y mucho menos escuchando las explicaciones sobre los contenidos del manual.

No es coherente pretender que tengan espíritu crítico si cada vez que lo ejercitan son reprendidos o llamados al orden. Si la evaluación consiste más en repetir que en opinar, investigar y crear.

No es lógico que se apasionen por el descubrimiento de la naturaleza, por la riqueza de la biodiversidad, por la importancia de la flora autóctona desde unas clases rutinarias, monótonas y aburridas, consistentes en repetir nombres y memorizar conceptos. Recuerdo una viñeta en la que se ve a un profesor pintando en el encerado una mariposa, mientras un niño “se distrae” mirando cómo vuela sobre el alféizar de la ventana de la clase una hermosa mariposa de llamativos colores.

Hay muchos niños que son considerados hiperactivos en la escuela. Lo que yo creo es que la escuela es hipoactiva. Creo que es necesario repensar la escuela, comprender su nuevas exigencias en la era digital y mejorar su organización, desarrollo y su funcionamiento. Sería terrible que la madre y maestra que me escribe tuviera razón y que la escuela fuese una máquina de empequeñecer, en lugar de un instrumento al servicio del desarrollo integral, del apasionamiento por el saber y del aprendizaje de la convivencia