No debo asustarme

19 Jul

Me cuenta una madre que a su hijo le han castigado en el Colegio haciéndole copiar cien veces una frase. Creí que esos castigos se habían terminado porque, a lo largo de los años, han ido dejando una estela de fracaso, de rabia y de dolor. ¿Qué nos hace persistir en ellos cuando se ha comprobado hasta la saciedad su inutilidad y sus perjuicios?

El profesor les mandó copiar cien veces la siguiente frase: “Es costumbre en esta localidad tirar cohetes para anunciar la proximidad de las fiestas. Por tanto no debo asustarme ni armar follón”.

En una localidad y un colegio cuyos nombres silenciaré, los alumnos mostraron un día en la clase su alborozo ante el ruido de los cohetes que anunciaban las fiestas locales. El profesor les mandó copiar cien veces la siguiente frase: “Es costumbre en esta localidad tirar cohetes para anunciar la proximidad de las fiestas. Por tanto no debo asustarme ni armar follón”.

Así, como suena. Incluido el elegante y educativo término de “follón”. Una frase larga para que se necesite más tiempo y se experimente más dolor en escribirla. No una, cien veces. Como si por repetirla se hiciese más verdadera. Como si por repetirla tuviese más eficacia. ¿Cuántos han aprendido algo a través de estas repeticiones, más allá de la rabia y el dolor? Lo que les exige este buen señor es que renuncien a su condición humana: “no debo asustarme”. Oiga, profesor, ¿y si me asusto? Y, por otra parte, ¿qué pasa si me asusto? ¿Es malo? Si me asusto, ¿hago daño al profesor o a los compañeros?

Si tuviera poder y la misma actitud sádica que tienen quienes mandan copiar, les impondría a los profesores que lo hacen este castigo:

– Copie cien veces la siguiente frase: “Los profesores no deben imponer castigos absurdos a los alumnos consistentes en repetir decenas de veces la misma frase”.

Y si al día siguiente no han terminado la tarea, doscientas veces. Y si al siguiente no han terminando, no podrán percibir el sueldo. Digo lo del sueldo porque algunos profesores, cuando los alumnos no terminan esa odiosa y estúpida tarea, le añaden otra dosis de irracionalidad y de injusticia a la situación: Si alguno no termina de repetir la frase todas las veces que se ha mandado, no podrán presentarse al examen. Puro chantaje. Pura injusticia. Pura irracionalidad.

Nunca he sabido lo que realmente pretenden los profesores al imponer esta tarea. No sé si quieren hacer sufrir, hacer perder el tiempo o ejercitar la escritura o la contabilidad de sus alumnos (iba a decir de sus víctimas). Ochenta y una, ochenta y dos, ochenta y tres… A mí me parece un comportamiento sádico. Me imagino al profesor viendo por el túnel del espacio y del tiempo al alumno inclinado sobre el papel, sin poder estudiar, sin poder jugar, sin poder dormir… Ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis…

Las preguntas lógicas ante este tipo de sanciones son, a mi juicio, las siguientes: ¿qué se pretende conseguir?, ¿qué se espera que suceda en el futuro?, ¿qué efectos se desean obtener como fruto de la copia? ¿Cómo comprobar si se ha logrado lo pretendido? ¿Por qué no se ha logrado? ¿Qué efectos secundarios se han producido?… Se me dirá, probablemente, que se pretende evitar que el alumno repita los mismos comportamientos.

En el caso que nos ocupa, nos encontramos con el problema de que los comportamientos que se pretende evitar son lógicos y naturales, en absoluto negativos. Lo que resulta discutible, a mi juicio, es la reacción del docente. ¿Por qué le molesta que los alumnos se sorprendan?, ¿por qué le irrita que los alumnos tengan un momento de bullicio? Son niños y niñas. Son niños y niñas normales. Las mesas del aula se quedan inmóviles y silenciosas cuando suenan los cohetes. ¿Es eso lo que pretende conseguir el profesor? A mi me parece más sensato que durante unos segundos el profesor se una a la alegría de las cercanas fiestas y vuelva al trabajo sin la menor complicación. Pero no. Algunos gastan más tiempo en imponer el orden, en soltar recomendaciones y reprimendas, en repartir castigos… que en motivar y enseñar. Es como si se regodearan haciendo sentir al alumnos el dolor de la espuela del poder. Como si quisieran hacer ver que la escuela no tiene nada que ver con esas alegrías.

Al imponer este tipo de castigos pueden suceder dos cosas. Que se extinga e comportamiento negativo o que no se extinga. Pero, en el primer caso, ¿habría que preguntarse?: cuando no exista el riesgo del castigo, ¿evitará también el comportamiento supuestamente negativo? Porque si lo que aprende es a evitar el comportamiento por temor al castigo, no se ha producido un hecho educativo. Cuando no haya castigo seguirá igual Ahora bien, si no se extingue el comportamiento, que es lo que habitualmente sucede, el castigo ha sido inútil o contraproducente.

Hay que preguntarse también por los efectos secundarios de estas sanciones. Frecuentemente generan rabia, despecho, odio y rechazo del educador y de la institución. Ese hecho irracional dinamita los puentes de contacto, hace perder autoridad. En su fuero interior l alumno se haría esta consideración: ¿por qué te voy a hacer caso si me tratas así?

¿Cuántas veces le pregunta al profesor al alumno castigado qué es lo que piensa sobre la situación? ¿Qué piensa de lo que ha hecho y de las consecuencias que ha tenido?

Téngase en cuenta que el castigo se impone desde una privilegiada situación de poder. El alumno se encuentra desarmado, impotente. No puede replicar, no puede decir lo que piensa, no puede negarse a hacer lo que le mandan, no puede decirle al profesor que haga otro tanto por su forma estúpida de reaccionar…

¿Qué decir de los castigos que privan de la escuela a quienes más la necesitan? Es como si pasásemos por un Hospital y dijésemos al ver a los enfermos más graves:

– Estos que están a punto de morir asfixiados que se vayan a sus casas quince días.

Oiga, habría que decir, no eche del Hospital justamente a quien tiene más necesidad de sus servicios. No les deje sin oxígeno precisamente a esos que no pueden respirar por sí mismos.

La reacción es muy fácil. Expulsión. Que se vayan. Pero, ¿para qué? Se suele decir: para que escarmiente el interesado y para que escarmienten los demás ¿Escarmientan? Nunca se sabe. Algunos pueden envidiar al infractor que se libra quince días del aburrimiento y la tortura. Lo que sucede es que carecen de agallas para hacer lo hizo el infractor.

No digo que no haya que imponer y exigir límites y buenos comportamientos a los alumnos. Es fundamental en educación. Pero primero los tenemos que tener nosotros. Y luego hay que imponer esos límites con racionalidad y amor. El amor consigue mucho más que la indiferencia y el odio.

Creo que si mejorase la participación de los alumnos en la vida del Centro, si aumentase su implicación en las decisiones y en la elaboración y aplicación de las normas, disminuirían los conflictos. No se consigue el orden aumentando la vigilancia, las amenazas y los castigos. Y, si se consiguiese, no sería de una forma verdaderamente educativa. Se trata de que aprendan a responsabilizarse, a respetarse y a convivir, no a evitar los castigos por puro temor.

¿No os da vergüenza?

21 Jun

Estoy convencido de que los profesores y las profesoras debemos ser exigentes. Y de que los alumnos y las alumnas tienen que esforzarse para aprender. La crítica a algunos comportamientos duros de los docentes se suele interpretar como una invitación a obedecer la ley del mínimo esfuerzo No es así. Al menos en mi caso. Hay que exigir, pero hay que saber cómo hacerlo de manera estimulante, respetuosa y eficaz.

O en caso contrario no os empeñéis en algo que os queda grande, si es que es esa la conclusión

Un alumno del master en el que hemos reflexionado sobre el complejo fenómeno de la evaluación, me envía la nota que una profesora de Física de una Universidad española les hace llegar a los alumnos con las calificaciones que han conseguido (o que les ha asignado) después de hacer los exámenes ordinarios. La transcribo íntegramente a continuación, respetando las mayúsculas e, incluso, las incorrecciones gramaticales.

“Como veis acabo de colgar las notas finales del ordinario de Física II.

No puedo por menos que haceros llegar mi más profundo descontento con lo que he tenido que leer en los últimos días. Ya no se trata de no hacer o de no saber, sino de las auténticas BURRADAS que muchos de vosotros habéis dejado por escrito, amén de faltas de ortografía que me hacían sangrar los ojos, así como auténticas cochinadas de examen llenos de tipex, tachones, frases sin acabar, bailes de ecuaciones sin sentido ni explicación, ausencia de hilo conductor de las exposiciones, pésimas redacciones y laberintos de letras ilegibles.

Se supone que sois universitarios, que dentro de algunos años llevaréis las riendas de la sociedad y tendréis que trabajar por ella. ¿Sabéis qué imagen dais algunos con vuestros exámenes?

Me da vergüenza colgar esta lista, os aseguro de corazón que me da vergüenza y que todos los exámenes que no pasan de 4 están corregidos dos veces con lupa intentando buscar algún detalle que se me hubiera pasado para subir la nota. La gran pregunta es ¿no os da vergüenza a vosotros?

He encontrado hielo fundente a 100°C, a 6,66°C a -20°C, … ¿A QUÉ TEMPERATURA ESTÁ EL HIELO FUNDENTE, POR DIOS? ¿O es la palabra fundente lo que no entendéis? (cosa que ya me preocuparía en exceso). Primeros principios de la termodinámica que relacionan el trabajo con la carga, CON LA CARGA!!!!!!!! ¿QUÉ CARGA? Haces de luz con trayectorias en espiral ¿LO HABÉIS VISTO ALGUNA VEZ? Luz no luminosa. ¿QUÉ ES ESO? Y no sigo porque la lista de despropósitos es infinita. Y ninguna de estas “originalidades” las he encontrado una única vez sino varias, algunas hasta unas cuantas docenas de veces. ¿NO OS DA VERGÜENZA?

Espero y confío que esto os sirva de aprendizaje para el extraordinario, que hagáis los exámenes limpios, ordenados, bien redactados, sin faltas de ortografía ni burradas infantiles y sobre todo espero que estudiéis como lo que sois, estudiantes universitarios, ADULTOS. Como tales ocupáis un lugar privilegiado en estos tiempos tan difíciles que corren, y ello os obliga a estudiar 8 horas diarias, a trabajar como cualquier trabajador once meses al año, cosa que por más que me juréis que hacéis no puedo creer a la vista de la inmensa mayoría de lo que he leído.

No sería justo por mi parte hablar sólo de los desastres que he encontrado, aunque hayan sido la más aplastante mayoría, como veis en la lista. Ha habido exámenes que han sido una auténtica delicia de corregir (sic), de algunos de vosotros que traslucís con rotunda evidencia lo mucho que habéis estudiado y lo que os habéis esforzado durante toda la evaluación continua. Mi enhorabuena más sincera a todos vosotros. Y mi agradecimiento por vuestro esfuerzo.

Y si unos cuantos pueden ¿por qué los demás no? Pensadlo. Por favor. Haced autoanálisis, una autocrítica, tened el valor de ser sinceros con vosotros mismos y poned el remedio a tiempo. O en caso contrario no os empeñéis en algo que os queda grande, si es que es esa la conclusión.

Repito que sois unos privilegiados en estos tiempos tan duros que corren y que es inmoral la forma en la que muchos de vosotros despilfarráis recursos y vuestro potencial. Como consejo de abuela os digo algo que seguro que ya os han dicho antes: jamás volveréis a tener ni la edad, ni la fuerza, ni el potencial, ni las oportunidades que tenéis hoy, aprovechadlas antes de que os tengáis que arrepentir de no haberlas aprovechado.

Estoy muy muy disgustada, y en honor a la verdad, cabreada. Es por ello, y por otras ocupaciones que tengo, que prefiero enfriar y dejar la revisión de exámenes para el lunes 16. Si venís a ver vuestros exámenes haceros conscientes de lo que habéis escrito, leed el Tipler, y analizar (sic) vuestras respuestas. No estoy dispuesta a repetir cien veces lo mismo. A muchos os voy a poner a leer en voz alta lo que habéis escrito. Espero que en el extraordinario me deis más alegrías. Recibid todos un saludo”.

Hasta aquí la nota de la profesora.

Se interesa este alumno por mi parecer sobre ella.. Y le envío este correo de respuesta: “Es un texto muy significativo. Refleja muy bien algunas actitudes equivocadas de los profesores. Yo diría que inadmisibles. La pregunta que se le puede hacer a esta docente es: Pero, ¿qué y cómo les has enseñado que han aprendido tan poco? En el libro de Ken Bain titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios” se dice de ellos: Nunca atribuyen a sus alumnos las dificultades que encuentran con el aprendizaje. Yo no sé lo que aprenderán los alumnos de esta profesora al leer su nota recriminatoria. Lo que tengo claro es que ella, con esta actitud, no aprenderá nada. El texto me ha parecido ofensivo, agresivo, torpe y engreído. Desalentador. Como si nosotros, los profesores, no cometiéramos errores”.

No creo que muchos alumnos o alumnas se decidan a dialogar sobre su calificación y sobre su examen. Se arriesgan a recibir una reprimenda. Se exponen a vivir un cara a cara dominado por el reproche más que por el aliento. No se puede olvidar que la evaluación encierra poder. ¿Qué le dirían estos alumnos y alumnas a la profesora si pudieran expresarse con absoluta libertad? Nos olvidamos de ello muchas veces.

He publicado esta carta porque creo que su contenido y su estilo reflejan algunas actitudes equivocadas de quienes somos docentes. ¿Cuál sería, a mi juicio, la actitud positiva? Hacer explícitos los errores y las omisiones, por supuesto. Aprender del error. Tratar de diagnosticar y comprender de dónde proviene. Invitar a un diálogo sincero. Manifestar la decisión favorable a la mejora, tanto por lo que respecta a los alumnos como a los profesores o a la institución. Animar a la superación, no hundir. Ofrecer los medios para la superación de las dificultades a través de horas de tutoría. No es de recibo despreciar desde la posición privilegiada del que tiene el poder de la evaluación. Porque humillar no es educar.

Se habla mucho de la evaluación, pero menos de cómo trabajar los resultados, de cómo analizarlos, comprenderlos y sacarles partido. No es de recibo decir, ante los malos resultados, que si les queda grande la carrera que la dejen. A mí lo que me da vergüenza es la forma en que esta profesora se dirige a los alumnos.

Disparate descomunal

3 May

Propone el señor Presidente de la Comunidad de Madrid que los graduados y graduadas en cualquier tipo de titulación puedan acceder a la condición de maestros y maestras de Infantil y Primaria, una vez superadas las correspondientes oposiciones. Lo cual supone afirmar que los estudios de Grado de maestro son una completa inutilidad, por no decir una suprema estupidez. Yo pediría para el prócer que ha planteado esta brillante idea (y para sus secuaces) que sus hijos, en el caso infortunado de padecer una grave enfermedad, sean operados por un graduado de cualquier titulación. Por ejemplo, por uno de Geografía e Historia o de Bellas Artes o de Filosofía y Letras o de Matemáticas… El paciente entraría en el quirófano, el flamante profesional se enfundaría una bata blanca y el ayudante pondría en sus manos un buen bisturí. Y a trabajar. ¿Qué tal?

Yo pediría para el prócer que ha planteado esta brillante idea (y para sus secuaces) que sus hijos, en el caso infortunado de padecer una grave enfermedad, sean operados por un graduado de cualquier titulación.

Protestarían. Gritarían de horror. No aceptarían la propuesta. Al terminar la operación tendríamos, con toda seguridad, un cadáver sobre la mesa de operaciones. Pero los cadáveres que salen de las aulas no tienen importancia. Personas con el deseo de aprender aplastado, con el autoconcepto destruido, con la solidaridad desaparecida, con la competitividad exacerbada… Lo que pasa es que los cadáveres psicológicos se distinguen de los físicos por cuatro características: no huelen, se mueven, hablan y hasta se ríen. Y las resurrecciones en este campo son tan difíciles como en el otro.

Piensan quienes defienden esta tesis que la profesión docente es inespecífica, es decir que no requiere de saberes especializados, de habilidades concretas, de actitudes peculiares. Para ellos y ellas, es lo mismo una planta que un niño, un producto químico que un alumno con síndrome de Down, un ladrillo que una niña con síndrome de Asperger. No saben que, en cualquier actividad el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en la educación es el que más y mejor los libera.

Creen que lo que hace un maestro o una maestra lo puede hacer cualquiera. La señora Esperanza Aguirre, haciendo gala de una ignorancia supina y de una mala baba considerable, dice en un artículo titulado “Educar”, publicado en ABC el pasado lunes, día 28 de abril, que “antes de empezar a enseñar algo hay que haberlo aprendido. La primera regla pedagógica para enseñar algo es conocer lo que se quiere enseñar. Esto que parece tan obvio, no lo aceptan los dogmáticos pedagogos que inspiraron la nefasta Logse”. Esta señora, que probablemente no ha leído mucho y no ha investigado nada sobre estas cuestiones, se permite alegremente tachar de dogmáticos a los pedagogos que inspiraron la Logse, de calificar esta ley de nefasta, y de hablar de las reglas pedagógicas, como si fuera una experta consumada. Y se suma a la propuesta del Presidente de la Comunidad de Madrid.

Tiene que aprender muchas cosas la señora Aguirre, además de humildad. Tiene que estudiar un poquito más para hablar con un mínimo de fundamento. Entre todas esas cosas que no ha estudiado, está la asignatura de Educación para la ciudadanía. De haberla cursado (y aprobado) sus comportamientos ay convicciones serían otros.

Claro que hace falta conocer lo que se va enseñar. Coma ella dice, es obvio. (Por cierto todo su artículo consiste en repetir esa idea hasta la saciedad, solo esa idea). Ningún pedagogo ha dicho que haga falta dominar al dedillo aquellos conocimientos que se dese enseñar. Ninguno. Acaso no sea tan obvio para ella decir que si el conocimiento que se adquiere sirviera para explotar, engañar y dominar mejor al prójimo, más nos valdría no tenerlo. Por eso hace falta algo más, mucho más que tener esos conocimientos. Hace falta saber trabajar otras parcelas, como las actitudes, las emociones, los valores. Hace falta saber enseñar y, lo que es más difícil, despertar el amor al conocimiento. ¿Qué sabe de todo eso un Graduado en Informática?

Además de tener conocimientos disciplinares y didácticos, hace falta saber quién es el que aprende. Cuál es su ritmo y su estilo de aprendizaje. Hace falta saber si está en condiciones de aprender. Porque, como he dicho muchas veces, para enseñar latín a John, más importante que conocer latín es conocer a John. Hacen falta, pues, conocimientos de psicología para poder enseñar.

No comprenden quienes atacan la pedagogía que la enseñanza es un actividad extraordinariamente compleja. Una actividad que no se puede desempeñar adecuadamente si no se conoce el mundo en que se vive. Saber que estamos inmersos en la era digital es absolutamente necesario. La enseñanza se produce en un contexto social que es preciso conocer. Porque sin conocer el contexto no se puede entender el texto. La enseñanza no tiene lugar en la estratosfera o en una campana de cristal sino en el mundo en que habitamos. Se enseña en el mundo y para mejorar el mundo.

No saben que la enseñanza se produce en una institución escolar que tiene disputa ideológica, presión social, prescripciones externas, red compleja de relaciones, componentes nomotéticos e idiográficos…. El profesional tiene que saber cómo es la institución en la que se enseña y se aprende. Esa institución, por otra parte, tiene un poderoso curriculum oculto que es necesario descifrar.

Mantener esas posiciones es un desprecio al trabajo que realizan los profesionales de la enseñanza. Una devaluación de la complejidad de la tarea y de la dignidad de quienes la desempeñan. Refleja una ignorancia y una osadía sin límites. Ninguna investigación que yo conozca demuestra que no es necesaria una formación específica de los profesores para realizar la tarea

Es un retroceso histórico. Ahora que en todos los países se clama por una mayor especialización, estos señores y señoras abogan por eliminarla, por una preparación genérica, alejada de las exigencias cada día más complejas que requiere la docencia.

No es verdad que el maestro nace y no se hace. No es verdad. El maestro necesita una formación específica. Para saber despertar el amor al conocimiento, la pasión por saber, el deseo de descubrir el mundo, la curiosidad por el pensamiento, el asombro ante lo desconocido. Se necesita, además, saber cómo adaptar el proceso de enseñanza a cada uno de los alumnos y alumnas que integran un grupo. Porque cada uno aprende con un estilo y a un ritmo diferente.

La enseñanza no causa automáticamente el aprendizaje. Ahí está un mito y un error de consecuencias irreparables. No es inequívoco saber si el aprendizaje se ha producido y por qué causas no se ha producido. Las competencias profesionales del maestro tienen, a mi juicio, tres ejes fundamentales: unas están relacionadas con el saber, otras con el saber hacer y otras con el saber ser. Ninguna de ellas es congénita. Es decir, que quien desea ser un buen profesional tiene que adquirirlas con esfuerzo y perseverancia. Algunas se adquieren a través del estudio, otras a través de la práctica y otras a través de la simbiosis de teoría y práctica.

Sé que algunos profesionales que han adquirido la formación pedagógica exigida acaban siendo, en la práctica, un desastre. Pero no será nunca a causa de esa formación sino por no haberla tenido en cuenta.

Pedagogía terciaria

5 Abr

Le preguntaron a un profesor, aquejado de problemas de disciplina y aprendizaje en el aula, cuál era su forma de afrontar la compleja situación a la que diariamente se encontraba. Sin mucha espera, sin la menor reflexión, contestó:
– Aplico la pedagogía terciaria.
– ¿En qué consiste la pedagogía terciaria?, inquirió el interlocutor.
– Muy sencillo. Consiste en que cuando tengo problemas hago lo que se tercie.

Quiero decir con estas líneas que hay que acabar en este país con la nefasta idea de que quien no sirve para otra cosa, vale para la enseñanza.

Lo que quería decir este profesor es que, cuando existían dificultades en el aula, actuaba como Dios le daba a entender, como se le ocurría. Es decir, al tuntún, de cualquier manera. Sin mediar investigación alguna, sin el rigor de la lógica, sin la ayuda de lecturas o consultas y, claro está, sin la menor aplicación de competencias profesionales contrastadas.

No es solo este profesor. Hay muchos profesionales de la educación y muchas personas que piensan así. Que no es necesario un conocimiento especializado, que no hace falta más que la intuición o la buena voluntad.

Existe el mito muy arraigado en nuestra sociedad de que para ser profesor no hace falta mucha preparación especializada. De hecho, para ser profesor universitario nada se pide o se exige referido a las competencias específicas de la enseñanza. Basta acreditar que se poseen conocimientos suficientes y que se han hecho investigaciones y publicaciones en la materia que se va a enseñar.

Poco más se hace en la preparación de profesores y profesoras de Secundaria. Hasta no hace mucho bastaba seguir un Curso de Aptitud Pedagógica que se solía realizar de forma apresurada, masificada y escasamente exigente. Ahora es preciso realizar un Master que ha mejorado en algo la situación, pero que considero todavía insuficiente en duración, estructura y exigencia.

En la formación de maestros y maestras se han elevado a rango de Grado los estudios que antes eran solo Diplomaturas. Pero todavía queda mucho camino por recorrer, ya que la masificación es alarmante y la vertiente práctica insuficiente.

Un problema añadido es que llegan a las Facultades de Educación alumnos y alumnas que no han podido acceder a sus estudios preferidos, de modo que se encuentran realizando estudios de Magisterio personas que no solo no deseaban hacerlos sino que rechazan con fuerza su futura condición de docentes.

¿Qué decir de los procesos de selección? Acaba de terminar su tesis doctoral, bajo mi dirección, Marcos Antonio Ruiz Valle, un maestro de cuerpo y alma. Ha hecho un excelente trabajo analizando el proceso de adquisición de la condición de funcionarios de los maestros y maestras de Infantil y Primaria. Que yo recuerde, ni uno solo de los informantes (Inspectores, Directores, Profesores de Academias, Presidentes y miembros de tribunales, candidatos evaluados… considera adecuado y justo el sistema de acceso a la profesión docente.

El profesor Xavier Melgarejo ha escrito un libro titulado “Gracias, Finlandia”. Y, hablando del proceso de selección de profesores de este país dice algo tan obvio como esto: “El proceso de selección del profesorado parte de la base de que para realizar su función el profesor debe tener unas cualidades individuales que permitan el desarrollo de su función docente”. ¿Cuáles son esas cualidades? Fundamentalmente dos: capacidad educativa y sensibilidad social.

La selección se produce antes de entrar en los estudios de Formación de profesorado, no después, como hacemos nosotros. De esa manera se ofrecen las plazas que se necesitan y por eso el desempleo de profesorado es mínimo. Para acceder a los estudios de Magisterio se pide una media superior a 9 en el promedio de Bachillerato y reválida. Es decir, los mejores estudiantes tienen que dedicarse a esta tarea tan importante. Y el candidato debe demostrar su sensibilidad social por lo que se valora mucho el haber participado en actividades sociales. Concluye el profesor Melgarejo: “Los finlandeses consideran que si la persona en cuestión no muestra esos rasgos esenciales, se puede dedicar a cualquier cosa, pero no a la educación de sus hijos”.

Una vez superada esta fase, cada Facultad organiza una segunda selección de los candidatos consistente en una entrevista, el resumen de la lectura de un libro, una explicación de un tema ante una clase reducida y la demostración de habilidades artísticas. Desde la década de los 90 se añadieron dos pruebas más: una de matemáticas y otra de Tecnología de la Información.

La entrevista permite explorar aspectos que no pueden apreciarse a través de ejercicios escritos. Pienso en la capacidad de comunicación, en la actitud social y en la empatía, tan importantes en el ejercicio de la profesión docente. También permite detectar a personas con trastornos psicológicos (el margen de error, según algunos estudios es del 0.025%). El Estado se asegura así (téngase en cuenta que la enseñanza pública supera el 90% en Finlandia) que no entren en la enseñanza personas con problemas emocionales o mentales.

¿Qué decir de la selección de los formadores en las Facultades de Educación y en las Escuelas de Prácticas? “Si la nota de entrada a las Facultades debe ser superior a 9 y solo consiguen acceder estudiantes tremendamente motivados, nos podemos imaginar la calidad de los profesores de estas facultades que deben enseñar a una élite estudiantil”, dice Xavier Melgarejo.

Algo parecido sucede en Cuba. Visité el país durante un mes hace ya muchos años para estudiar su sistema educativo, que tiene luces y sombras. Pero en esta cuestión los criterios son muy razonables. Quienes, por ejemplo, desean estudiar Química y hacerse químicos, ingresan en la Facultad de Química y quienes quieren dar clase de Química van al Instituto Pedagógico de Química. Para ingresar en la Facultad de Química hacen falta, pongamos por caso, 92 puntos sobre 100. Para ingresar en el Instituto Pedagógico de Química hacen falta 98 sobre 100. Es decir, los mejores, a la enseñanza.

Quiero decir con estas líneas que hay que acabar en este país con la nefasta idea de que quien no sirve para otra cosa, vale para la enseñanza. Quiero decir también que si la tarea de la educación es importante hay que destinar a ella a los ciudadanos mejores y más capacitados del país. Y quiero decir que la sociedad tiene que manifestar a los docentes el aprecio y el respeto que merece la trascendental tarea que realizan.

Además de saber, además de tener la competencia, es preciso querer hacerlo bien. Y para eso están los sistemas de dirección y de evaluación que permiten acreditar que el profesor está desempeñado bien la tarea. Y luego hay que poder hacerlo bien. Es decir, que tiene que haber buenas condiciones para realizar el trabajo. En Finlandia, por ejemplo, cuando en una aula hay un alumno con necesidades educativas especiales, no puede haber más de 10 alumnos.

Desde mi punto de vista, la piedra angular de la mejora del sistema educativo, es el docente. Si no está bien seleccionado y bien formado, si no tiene unas buenas condiciones de trabajo y si no goza del prestigio social que se merece, estaremos abocados al desarrollo progresivo de la pedagogía terciaria.

El pozo

15 Feb

Si hacemos un repaso, aunque sea precipitado y superficial por la historia de la educación, veremos cómo los principios y estrategias que los adultos (familia, escuela y sociedad) hemos aplicado para conseguir lo que deseábamos de los niños y de los jóvenes, han sido variados y más que discutibles. Algunos no se podrían defender hoy desde los postulados más obvios de la racionalidad y de la justicia. Ha valido todo, desde las palizas y la crueldad hasta la sobreprotección o el abandono. Algunos, para educar, han golpeado sin piedad. Otros, en aras del mismo fin, no se han inmiscuido.

Ella situaba el pozo detrás de una puerta que se veía desde el aula. Detrás de ella, pensaba, está la boca del pozo.

Uno de los recursos que se ha utilizado de forma reiterada es el miedo. El miedo es la inquietud que la imaginación crea en relación con un peligro o un mal anunciado e inminente. Pero, el que tiene miedo, no puede ser libre. Decía Horacio: “al que vive temiendo, nunca le podré tener por libre”.

Meter miedo ha sido (y, en alguna medida, es) un recurso frecuente en la educación de los niños. O en lo que llamamos educación y que, a veces, no es más que domesticación y aplastamiento. Se emplea el miedo como una estrategia para asustar, inhibir y conseguir que los niños hagan lo que los adultos desean. Se trata de que el niño, al pensar en la consecuencia nefasta de una mala acción o de una cómoda omisión, evite una u otra, una y otra.

Muchos de los miedos inculcados en la infancia consisten en relatos imaginarios o en la intervención de seres ficticios. Es decir que el miedo se basa a veces en la amenazas reales como ponerse contra la pared, no salir al recreo, o copiar un texto y otras en el temor a hechos o personas de ficción que nunca podrán ser reales.

– Si no obedeces, volverán los Reyes Magos y se llevarán los juguetes que te trajeron
– Si te portas mal, vendrá el coco (o el hombre del saco) y te llevará
– Si te portas mal, irás al infierno
– Si te portas mal vendrá el sacamantecas y
– Si te portas mal vendrá la bruja malvada a buscarte
– Si no haces esto, aparecerá un fantasma y te llevará
– Como digas mentiras, te crecerá la nariz

Ya sé que la enumeración de estas amenazas no es de la misma naturaleza. Ya sé que algunas son cosas del pasado. En cualquier caso, se trata de asustar, de atemorizar, de intimidar. Se trata de conseguir que, ante el miedo a lo que puede suceder, el niño evite una mala acción o no caiga en una omisión indeseable para el adulto.

Los miedos funcionan y no funcionan. O, mejor dicho, pueden dar resultado a corto plazo pero, a largo plazo, son inútiles e, incluso, perjudiciales. Porque el niño acabará comprobando que aquellos miedos con los que les amenazaban eran burdos engaños e invenciones interesadas. Y, mientras tanto, sufrirá.

El miedo actúa desde la mente del niño, sin necesidad de que esté presente el adulto. Su eficacia procede del hecho de que el interesado mete en su cabeza la amenaza y, por consiguiente, la lleva consigo a todas partes. El oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.

Es un recurso tan cómodo como discutible. Cómodo porque el niño hace lo que el adultos desea, obedece o se calla. Discutible porque el niño aprenderá a hacer las cosas por el temor y no por la convicción de lo que es el deber.

El miedo es una experiencia amarga y angustiosa, de mayor calado que el bien que se procura alcanzar a través de él.

Me cuenta una amiga y compañera de Instituto de mi mujer, que su abuelo era Guardia Civil en un pueblo de la provincia de Ciudad Real. En el cuartel había un pozo profundo y oscuro. La hija del Guardia Civil (y madre de mi amiga) iba a la escuela de aquel pueblo. Y la maestra tenía de forma persistente en su boca una curiosa amenaza:

– Al que se porte mal le voy a tirar al pozo…

En la mente de aquella niña anidó la amenaza en forma de terror. Tenía pesadillas, vivía angustiada, no quería ir a la escuela… El miedo a ser arrojada al pozo (en su mente adquiría una singular presencia el pozo del cuartel) la hacía vivir aterrorizada. No quería ir a la escuela y, cuando iba, el estado de ansiedad era casi insuperable.

El padre dejó la Guardia Civil, se trasladó a otro pueblo de la provincia y allí abrió una tienda. La niña cambió, como es lógico, de escuela. Pero en su cabeza estaba instalado el pozo tenebroso, el pozo alrededor del cual giró su infancia y su escolaridad.

La nueva maestra no amenazaba con arrojar a nadie al pozo, pero ella asoció su existencia al hecho de ir a la escuela y al hecho de portarse mal en ella: no estudiar, molestar a los compañeros, desobedecer a la maestra… tenían para ella el mismo aterrador riesgo: ser arrojada al pozo fatídico.

Ella situaba el pozo detrás de una puerta que se veía desde el aula. Detrás de ella, pensaba, está la boca del pozo. Un día, si me porto mal, se abrirá esa puerta y el pozo me engullirá. De modo que esa puerta era para ella la puerta de su particular infierno.

Hasta que un día la maestra la cogió de la mano para entregarle un libro, abrió aquella puerta y -¡milagro!- detrás de ella había unas estanterías con libros, de los cuales la maestra cogió uno y le entregó. Casi tuvo que restregarse los ojos. Exploró aquel pequeño habitáculo en búsqueda del horrible agujero que podía tragársela. Nada. No estaba por ninguna parte. Solo los libros que, desde ese momento, le parecían más hermosos.

Aquello fue una revelación. Había estado atemorizada por una ficción, por una mentira, por una patraña. Se le abrieron los ojos. En lo sucesivo miraba aquella puerta como la salida a la liberación. Detrás de la puerta había hermosos libros, no un pozo siniestro.

Cuando el pozo se desvanece en la conciencia se produce un enorme alivio y, al mismo tiempo, una inevitable decepción respecto a quien durante un tiempo más o menos largo te ha tenido sojuzgado y asustado con un engaño.

No vale todo en educación. Suscribo el clásico principio de que el fin no justifica los medios. No solo porque la naturaleza de los medios tenga componentes inmorales sino porque existen secuelas o efectos secundarios nocivos. Amenazar a una niña con la idea de ser arrojada a un pozo, no solo rompe el indiscutible respeto que merece. La niña no dispone del mecanismo intelectual para desmontar la mentira. Además genera, cuando ella descubra que el pozo no existe y que la amenaza no era más que una añagaza, una actitud de desconfianza y de rechazo hacia aquella persona que tiene el deber de educarla y, por consiguiente, de quererla y de decirle la verdad. Qué decir de la angustia, del sufrimiento, del miedo que la niña ha vivido y que la han hecho sentirse desgraciada.

El instrumento que utilizaba aquella maestra para persuadir a su alumna de que tenía que estudiar y comportarse bien, podría tener un efecto inhibitorio inmediato en el comportamiento pero, a la corta y a la larga, tuvo consecuencias nefastas. Aquella niña, que luego fue una estupenda maestra, pasó mucho tiempo sumida en una angustia gratuita y odiando una institución que la podría haber hecho feliz mientras le enseñaba a descubrir el mundo y le inculcaba el amor a la verdad y a la libertad.