Noluntad

28 Mar

Algunos  lectores o lectoras habrán repasado el título en busca de una errata consistente en sustituir equivocadamente la letra uve por la letra ene. Pues no. No hay errata. La palabra noluntad (así, con n) existe en castellano y es definida por el diccionario de la RAE como “el acto de no querer”.

La noluntad no es la falta de voluntad o la mala voluntad. Es un acto decidido de no querer. No querer emprender algo, no querer esforzarse, no querer estudiar, no querer hacer algo…

La noluntad no es la falta de voluntad o la mala voluntad. Es un acto decidido de no querer. No querer emprender algo, no querer esforzarse, no querer estudiar, no querer hacer algo… Dice Antonio García Trevijano con palabras certeras: “La noluntad no es falta de voluntad ni mala voluntad, sino la decidida voluntad de no querer algo que, sin embargo, es bueno y representa un bien para el que no lo quiere. Entre lo voluntario y lo involuntario se sitúa el campo negativo de lo noluntario. Es la noluntas de Tomás de Aquino, la nolitio de Wolff, la renuncia noluntaria de Schopenhauer, el poder noluntario de no querer de Renouvier”.

Tenemos hoy, a mi juicio, un problema individualizado y a la vez generalizado  de noluntad. Está instalada en muchas personas y en muchas colectividades la decisión de no querer. Creo que está fallando, en las familias y en la escuela, la educación de la voluntad. Y, como consecuencia de esa carencia lamentable, se está extendiendo y ahondando la vigencia de la noluntad. La fuerza de voluntad para hacer lo que se de debe no viene incorporada en la carga genética, hay que adquirirla con esfuerzo y decisión. Y se adquiere a través de la repetición de actos que acaban por convertirse en hábitos saludables.

Para educar la voluntad hacen falta tres requisitos. El primero consiste en que las personas tengan autonomía. Si no se dispone de libertad, no se podrá desarrollar responsablemente la capacidad de decidir. Si otros piensan, deciden y actúan por el interesado, éste no podrá ser autónomo para tomar decisiones..

La educación exige también capacidad de discernimiento.  Hay que saber lo que es bueno y lo que es malo, lo que es conveniente e inconveniente, lo que es deseable o rechazable. Porque el problema de la noluntad es que la persona quiere hacer lo que no debe, quiere no actuar respecto a lo que conviene hacer, decide no hacer lo debido.

En tercer lugar, la educación de la voluntad requiere un ejercicio perseverante de esfuerzo. Repetir las actuaciones que encierran sacrificio. Las personas tienen que saber que lo que  se debe hacer, hay que hacerlo. Y eso, a veces, requiere sacrificio.

Repitiendo los actos se consolidan los hábitos, que son necesarios para la forja de la voluntad. Lo señalaba Aristóteles en su Ética a Nicómaco: “los actos repetidos, de cualquier género que sean, imprimen a los hombres un carácter que corresponde a estos actos, lo cual puede verse evidentemente por el ejemplo de todos los que se dedican a cualquier ejercicio o trabajo, pues llegan a poder consagrarse a ello constantemente. No saber que en todas las materias los hábitos y las cualidades se adquieren mediante la continuidad de actos, es un error grosero propio de un hombre que no conoce ni siente absolutamente nada”.

Permitimos el éxito de la noluntad cuando nos entregamos a la ley del mínimo esfuerzo, cuando eludimos las responsabilidades, cuando no somos capaces de mantener el esfuerzo con la debida constancia, cuando la única guía de la acción es el capricho o la pereza.

Siempre que me encuentro, directamente en la  vida o en la televisión, a consumados virtuosos de cualquier práctica (deportiva, artística, intelectual…) pienso en todo el esfuerzo que hay detrás, en la disciplina que ha tenido que mantener esa persona para realizar con tanta perfección una actividad elaborada. Un pianista, una bailarina, un deportista, un mago… han tenido que repetir muchas veces las mismas acciones. Con perseverancia, con esfuerzo.  Han derrotado la noluntad,

El concepto de disciplina ha sido demonizado en nuestra cultura educativa, cuando es tan necesario. Entendida la disciplina, no como el sometimiento irracional a la voluntad ajena sino como un patrón exigente de comportamiento que tiene una finalidad asumida responsablemente. De ahí también la importancia de la autodisciplina.

Dice Fernando Savater en su hermoso libro “El arte de educar”: “¿Es preciso recordar que no es posible ningún proceso educativo sin algo de disciplina? En este punto coinciden la experiencia de los primitivos o antiguos, la de los modernos y la de los contemporáneos, por mucho que puedan diferir en otros aspectos. La propia etimología de la palabra […] vincula directamente a la disciplina con la enseñanza: se trata de la exigencia que obliga al neófito a mantenerse atento al saber que se le propone y a cumplir los ejercicios que requiere el aprendizaje”.

Me preocupa la abulia de muchos chicos y chicas que se materializa en la pereza para levantarse, para estudiar, para acometer empresas ambiciosas, para cultivar con esfuerzo las relaciones, para rechazar invitaciones a la consumición de drogas y alcohol… Cuando no se ha educado la voluntad, cualquier tentación nos seduce, cualquier contratiempo nos desanima, cualquier dificultad nos abruma, cualquier reto nos acompleja, cualquier fallo nos deprime, cualquier esfuerzo nos parece desmesurado…

Hay quien no es capaz de madrugar, de estudiar durante horas, de cumplir con diligencia las obligaciones, de hacer un esfuerzo continuado, de renunciar a algo deseable. Hay quien no es capaz de emprender una proyecto que requiera esfuerzo, de cultivar fielmente la amistad, de mantener una relación con esfuerzo… Por eso se hace necesario, por parte de los padres  y de los educadores un planeamiento exigente respecto a sus hijos y alumnos. Un planteamiento en el que se tengan en cuenta los límites, las prohibiciones y las represiones.

Victoria Camps, en su libro Manual de civismo”, critica la tesis de que las prohibiciones y las represiones deben ser eliminadas, incluso en la infancia. Dice: “Es ésta una teoría un tanto ingenua, que debe mucho a un romanticismo un tanto trasnochado. Del pensamiento romántico, como reacción a un racionalismo excesivo, hemos heredado la idea de que la apariencia, lo artificial, lo convencional, las máscaras son malas, mientras lo espontáneo, lo instintivo, lo emotivo y natural siempre es bueno. El psicoanálisis ha contribuido a asentar los prejuicios que se esconden en esa dicotomía. También algunas modas psicopedagógicas, que colocan al niño en un pedestal intocable y consideran que enseñarle cualquier cosa que entrañe disciplina es crearle traumas irreparables”.

Si queremos un futuro digno para nuestros hijos, si queremos un futuro hermoso para nuestro país debemos acabar con la noluntad. Hace ahora cien años escribió Miguel de Unamuno un interesante artículo titulado “La noluntad nacional”. El autor se lamenta: “Dejas que ruede el mundo porque dices que no lo has de arreglar tú”. Es la consumación del acto de no querer. Qué triste. ¿Por qué no nos ponemos en el camino del querer esforzado y apasionado?

El eco de la montaña

14 Mar

Me preocupa mucho el desarrollo profesional de los profesores y de las profesoras. El comienzo, el desarrollo y la jubilación pueden ser motivo de alegría o de desesperación. Algunos disfrutan hasta la saciedad y otros sufren lo indecible. Es curioso y, a la vez, inquietante. Hay mucha diferencia entre vivir feliz y vivir amargado. La diferencia esencial.

La montaña es como la escuela. Ella devuelve a los profesores lo que los profesores le dan. A quien dice cada día cada día amargura le devuelve su amargura. A quien dice cada día felicidad le devuelve repetidamente felicidad.

¿De qué depende? Porque llama la atención que con las mismas o parecidas condiciones, el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, los mismos compañeros y parecidos alumnos, haya un profesor feliz que hace felices a quienes mira y otro desgraciado que contagia tristeza a quienes le conocen.

Hay quien comienza por motivos pedagógicamente pobres y quien empieza por motivos ¡pedagógicamente ricos.  Ese hecho condiciona el ejercicio profesional. Quien se hace docente solo porque es un modo de ganar dinero para sobrevivir, es difícil que pueda disfrutar con lo que hace. Quien decide ser profesor porque con su trabajo puede ganar la vida de los demás, es probable que  se sienta feliz con lo que hace. Claro que se puede empezar por motivos miserables y luego enriquecerlos y, a la inversa, se puede comenzar por motivos nobles y acabar degradándolos.

Y luego viene el ejercicio profesional, que puede tener dificultades, contratiempos y fracasos. Pero la actitud con la que se afronta es fundamental para la vivencia feliz o desgraciada. No es igual ir al lugar de trabajo como quien va a una fiesta que ir como aquel condenado a muerte iba un lunes camino del patíbulo diciendo: mal empiezo la semana.

Cuando llega la jubilación, unos se lamentan de que haya pasado el tiempo tan rápido y otros maldicen el interminable camino que han tenido que recorrer. Unos querrían seguir y otros piden a gritos la jubilación anticipada.

Ejemplificaré esta doble actitud con un cuento de Cristina Gutiérrez Lestón que he leído en su libro “Entrénalo para la vida”.  Ella dice que los cuentos se explican para que los niños se duerman y para que los adultos despierten. El cuento dice así, de forma resumida.

Una madre salió de excursión con su hija Emma (diez años) y con su hijo Pablo (doce). Fueron a Santa Fe de Montseny. Emma iba muy contenta. Las actividades familiares le encantaban y más aun en la naturaleza, donde podía dejar volar su imaginación y convertirse en una exploradora intrépida. Pablo, en cambio, estaba enfadado. Este era un estado cada vez más habitual en él. La mamá y la hermana oyeron sus quejas durante todo el trayecto en coche.

Empezaron a caminar por aquel paisaje con los árboles rebosantes de hojas verdes y todo lleno de flores. Llegaron a un lago que estaba rodeado por unas montañas imponentes. Pablo vio un movimiento extraño en el agua  y se acercó a mirar pero el agua estaba tan oscura que no pudo ver nada. En aquel instante buscó a su madre y la vio muy lejos, a punto de desparecer por un recodo del camino. Emma a su lado. Giró y empezó a correr hacia ellas, enfadado porque no le esperaban. Estaba tan ofuscado que no vio una piedra que le hizo caer y darse un buen trompazo. Gritó enfurecido:

– ¡Te odio, te odio!

Su ira fue en aumento al ver que estaba solo, que su madre y su hermana habían desaparecido y que, además, la montaña le decía con eco que le odiaba. Se levantó y con una fuerza que le salió del estómago bramó:

–       ¡Todo es una mierda!

Y al momento la montaña contestó impertérrita para desesperación de Pablo:

– ¡ Mierda, mierda!

Pablo empezó a llorar. Se sentía solo, como en muchos momentos.  Debido a la caída tenía rasguños en las manos y en las rodillas, así que se acercó al agua para limpiarse. En ese momento se oyó un ruido. Se asustó un poco, pero cuando vio que provenía de un pequeño pajarito de color rojizo se le acercó y le dijo:

– La montaña es como la vida, ella te devuelve lo que tú le das.

Pablo sabía que los pájaros no hablaban, así que no podía creerse lo que acababa de pasar. Pero el pájaro rojizo seguía allí, observándolo fijamente y el niño lo miraba  con la boca y los ojos abiertos como platos.

Entonces oyó de nuevo el eco de la montaña.  La montaña decía:

– ¡Te quiero, te quiero!

Pablo miró hacia la curva del camino. Su madre y su hermana estaban ahí gritando tan fuerte como `podían:

– ¡Te quiero, te quiero!

Y la montaña no se cansaba de repetir aquel mensaje. Se levantó y corrió como nunca había hecho antes, para ir a abrazar a su madre y a su hermana.

Hasta aquí la historia, reproducida con cierta libertad Y ahora la evidente moraleja. La montaña es como la escuela. Ella devuelve a los profesores lo que los profesores le dan. A quien dice cada día cada día amargura le devuelve su amargura. A quien dice cada día felicidad le devuelve repetidamente felicidad.

Por eso me parece tan importante preguntarnos por lo que llevamos cada día a la escuela. ¿Llevamos ilusión, optimismo, esfuerzo, esperanza, compromiso? Pues la escuela nos los devolverá multiplicados. ¿Llevamos desilusión, pesimismo, pereza, desesperanza y desinterés? Pues la escuela responderá como la montaña: multiplicando el eco de nuestras actitudes.

No depende tanto la felicidad de las circunstancias. Porque ya se ve que, con las mismas condiciones, las vivencias de los docentes son diametralmente opuestas. Diré más: las dificultades espolean a los buenos profesionales y hunden a los malos. Si en un país aparece una inesperada epidemia, los buenos médicos se sentirán invitados a trabajar más, a investigar, a esforzarse para superar la crisis. Los malos médicos dirán que ellos quieren trabajar solo con los sanos, que eso no lo estudiaron en la Facultad y que bastante hacen para lo que les pagan.

Se produce un fenómeno curioso: quienes más trabajan, quienes más concienzudamente se esfuerzan, quienes más se comprometen, suele piensan, dicen y hacen “pudiendo no hacer nada, ¿por qué vamos a hacer algo?”, suelen estar decepcionados y amargados.

¿Qué sucede cuando llega el momento de la jubilación. Algunos se vuelven hacia atrás y ven un reguero de dolor, una estela de frustraciones. Otros ven con nostalgia el recuerdo de muchos momentos felices.  Unos lamentan que llegue tan tarde la hora de abandonar el suplicio. Otros lamentan tener que dejar tan pronto una tarea llena de ilusión. Me emociona recibir, después de alguna conferencia o algún curso, la confidencia de algunos asistentes más que veteranos:

– Me jubilé hace dos años, pero mantengo la ilusión de  seguir aprendiendo.

En uno de los  libros titulados Vidas Maestras, que escribían los docentes en la anterior legislatura cántabra, a instancias de la Consejera socialista de Educación Rosa Eva Díaz Tezanos, una maestra que se jubilaba escribió: ¡Ojalá que los jóvenes maestros que empiezan lo hagan con la mitad de la ilusión con la que yo termino!”. Qué suerte ser así. Qué suerte para sus alumnos y alumnas tener una profesora así.

Si A, entonces B, quizás

13 Dic

Ya sé que la vida cotidiana en las aulas, sobre todo en Secundaria, tiene problemas que son difícilmente superables para algunos docentes. No es fdoo que esta chica, con su contuácil afrontar la tarea de enseñar cuando se tiene delante un grupo que no quiere aprender y otro que está empeñado en que nadie aprenda.

Nunca me han gustado las bromas, y menos las crueles, que algunos alumnos gastan a sus profesores.

Pienso con frecuencia en los profesores y profesoras que tienen dificultades para captar la atención de sus alumnos, que tienen un grupo ingobernable, que están al frente de una clase en la que no es posible conseguir unos minutos de silencio… Esas clases en las que se emplea más tiempo en establecer el orden que en trabajar.

Situación que se agrava cuando no se cuenta con los padres y madres como aliados. Cuando piensas que el comunicar a los padres la situación será de una gran ayuda y te encuentras con que los padres están en otras cosas o están para defender la conducta de un sinvergüenza.

Se tata de casos en los que nada surte efecto. Ni los elogios, ni las promesas, ni las amenazas, ni los castigos… Nada. Incluso la expulsión es celebrada por algunos alumnos como un triunfo, como un desafío, como un motivo de satisfacción.

Me imagino a esos colegas acudiendo al trabajo como si de un campo de torturas se tratara. En lugar de ir a disfrutar de la hermosa tarea de enseñar, van asustados a librar batallas en las que tienen que soportar los desaires, los insultos e, incluso, las amenazas de los alumnos. Arrastran la misma sensación de impotencia que experimenta un médico ante un enfermo desahuciado. Pobres docentes. Pienso mucho en ellos (y en ellas).

Hay quien piensa que el trabajo del docente es fácil. No lo considero así. Recuerdo aquel artículo de Manuel Rivas, titulado “Amor y odio en las aulas”. Dice el escritor gallego: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta. Pero si a mi me dan a escoger entre una excursión “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy al Everest por el lado más duro. Ser enseñante no solo requiere una formación académica. Un buen profesor o maestro tiene que tener el carisma del Presidente del Gobierno, lo que ciertamente está a su alcance; la autoridad de un conserje, lo que ya resulta más difícil y las habilidades combinadas de un psicólogo, un payaso, un disc jockey, un pinche de cocina, un puericultor, un maestro budista y un comandante de la Kfor. Conozco una profesora que solo desarmó a sus alumnos cuando demostró tener unos conocimientos futbolísticos inusuales, lo que le permitió abordar con éxito la evolución de las especies”.

Ante las dificultades que aparecen en el aula se puede reaccionar de diferente manera. Una de ellas es abandonar la causa, dejar el trabajo, aceptar la derrota y largarse con viento fresco. Resulta muy duro que aquellos por quienes el profesor se desvive, aquellos a quienes pretende enseñar, no solo no quieran  aprender  sino que dediquen su inteligencia y energía a hacerle la vida imposible. Nunca me han gustado las bromas, y menos las crueles, que algunos alumnos gastan a sus profesores.

Luis Landero escribió hace algunos años, una excelente novela titulada “Absolución”. El protagonista es una persona con espíritu  nómada que dura muy poco en los empleos que asume. Uno de ellos es el de profesor. No le va bien. Un buen día, mientras los alumnos dan muestras fehacientes de insensibilidad y desinterés, el profesor recoge sus papeles, los mete en la cartera, se dirige hacia la puerta del aula y, sin mediar palabra, se va para siempre. Cuando camina por el pasillo hacia la salida, vuelve sobre sus pasos, abre la puerta del aula y dice en voz alta y clara:

–       Que os jodan.

No me gusta esta opción. Supone una retirada, la aceptación de un fracaso. Sí, se acaba el problema para ese profesor, pero la huida es una derrota. Y más cuando se hace de esta manera despectiva. Además, abandonar el trabajo, tal como hoy está el empleo, resulta muy difícil. Así que, a sufrir.

Otra manera de afrontar el conflicto es acomodarse a él. Dar por bueno ese clima de falta de respeto, aceptar esas actitudes de abierto desprecio a los demás, de agresividad hacia la autoridad y de violencia institucionalizada. Desde la impotencia o la comodidad, el profesional decide callarse, aguantar y endurecer la capa de su indiferencia. Lo importante es cobrar al final del mes, no que los alumnos aprendan y convivan. Renuncia a pasarlo bien, a vivir felizmente su trabajo a cambio de un pequeño estipendio.

La tercera es la opción por la que apuesto. Se trata de afrontar la situación con valentía, inteligencia y amor. Lo primero que hay que hacer para ello es conocer bien lo que sucede. No se puede negar la evidencia. Hay un problema. Un problema difícil de resolver. Pero es preciso diagnosticar qué es lo que pasa. Se puede observar con atención, entrevistar a los alumnos, hacer un sociograma, preguntar a otros colegas, pedir ayuda a especialistas (orientadores, terapeutas… que tenga la escuela).

Lo segundo es reconocer que, si no hubiese problema alguno, si los alumnos supieran comportarse, si tuviesen interés por el conocimiento, si fuesen respetuosos, solidarios y trabajadores, no haría falta que existiesen ni los profesores ni las escuelas.

Es necesario, en tercer lugar, pensar que hay solución. La educabilidad se rompe en el momento que pensamos que el potro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo. Creer que hay solución es un parte de la solución.

Después hay que compartir las preocupaciones con los colegas. Sin miedo, sin vergüenza, sin agresividad. Tenemos tendencia a pensar que solo nosotros padecemos problemas, que solo a nosotros nos resulta difícil. Y no es así. Cuántos docentes han dañado su autoconcepto que solo ellos son incapaces  de afrontarlos y resolverlos…

Y luego hay que intervenir. Hay que tomar decisiones. Tratar de ganarse a los líderes del grupo, pedir colaboración a los padres, crear un “carnet de convivencia” por puntos que se pueden ir perdiendo y ganando, realizar algunas dinámicas de grupo en horas de tutoría… No hay soluciones mágicas. En educación no sucede que si A entonces B; lo que realmente pasa es que si A, entonces B, quizás.

Por eso hay que tener paciencia y saber esperar. No indefinidamente, pero hay que esperar. Y evaluar lo que sucede. Y analizar las causas de los fracasos para aprender de ellos. Hace unos años pronuncié la conferencia de apertura en un Congreso de Médicos celebrado en Marbella, un Congreso peculiar ya que tenía como objetivo estudiar “los errores médicos”. ¿Por qué no analizar nuestros errores y aprender de ellos?

Y hay que leer. Hay cientos de libros sobre estas cuestiones. Rosa Barocio, por ejemplo, ha escrito “Disciplina con amor”, “Disciplina con amor en el aula”, “Disciplina con amor para adolescentes”… También es bueno escribir. Porque el pensamiento caótico y errático que tenemos sobre la práctica educativa, cuando escribimos, acaba por quedar ordenado  y nos permite comprender lo que pasa.

El síndrome del “como si”

1 Nov

Muchas veces nos comportamos como si creyéramos algo, pero no lo creemos realmente. Como si quisiéramos hacer algo, pero no lo hacemos. Como si estuviéramos decididos a algo, pero realmente no lo estamos. Como si quisiéramos a alguien, pero no le queremos… Es lo que llamo el síndrome del “como si”.

Por la entrada del recinto avanza, reptando muy despacito, una serpiente venenosa, de metro y medio de longitud, colores llamativos y lengua bífida que saca rítmicamente.

Querer de verdad las cosas resulta fundamental junto al requisito de saber y de poder hacerlas.  Si no queremos hacer las cosas, jamás las haremos, aunque sepamos y podamos. Si no queremos, sucederá lo que pasaba en aquel pueblo del que dicen que no se tocaban las campanas de su iglesia por ocho motivos. El primero, porque no había campanas.  ¿Para qué queremos conocer los otros? Pero, en ocasiones,  no queremos de verdad. Es como si quisiéramos.

Vivimos “como si” fuéramos creyentes, pero en realidad no lo somos. “Como si” nos importase la profesión, pero no nos importa. “Como si” estuviésemos decididos a mejorar nuestro comportamiento, pero no lo estamos. “Como si” quisiéramos a nuestra pareja, pero no la queremos.

Para explicar este síndrome he realizado alguna vez el siguiente ejercicio en mis clases o conferencias. Les pido a los participantes en la sesión que cierren los ojos durante algunos segundos y que imaginen con la mayor precisión lo que voy describiendo:

Por la entrada del recinto avanza, reptando  muy despacito, una serpiente venenosa, de metro y medio de longitud, colores llamativos y lengua bífida que saca rítmicamente. La serpiente sigue avanzando hacia el interior de la sala por el pasillo central (si lo hay), se detiene a la altura de la fila en la que estás sentado y se va dirigiendo reptando hacia el  lugar donde te encuentras. Al llegar frente a ti se detiene y levanta despacio la cabeza. La tienes ahora delante de ti. Imagínatela vivamente.

Entonces les pido que abran los ojos y, suscitando algunas sonrisas, concluyo:

–        Nadie  se ha movido, luego nadie se ha creído que hubiera una serpiente. Es como si la hubiera, como si viniera, como si estuviera delante. Pero no está,

Se la pueden imaginar con todo el realismo. Pueden pensar que es muy venenosa, que es muy grande, que su lengua bífida podría causar la muerte. En una ocasión, alguien dijo:

–     Yo me he movido un poquito.

Sí, un poquito. Pero no tuvo la reacción que hubiera tenido de haber visto allí, delante de las narices, una serpiente real. El salto hubiera sido portentoso y, quizás, el grito. Permanecer sentado, sin inmutarse, es una prueba fehaciente de que la serpiente es solo imaginaria. Es como si existiese, pero no existe.

Lo que pasa con la serpiente imaginaria, pasa algunas veces en la vida. Pondré algunos ejemplos: El del político que dice servir al pueblo. Es como si lo sirviera, pero lo que sucede realmente es que se sirve de él. Sí, en los mítines, en los discursos, en los escritos muestra claramente, con verismo incluso, que tiene vocación de servicio. Pero resulta que en la práctica, nada de eso resulta cierto.  Es como si creyese que es verdad.

El profesor que dice que sus alumnos y alumnas son los protagonistas del aprendizaje. Pero lo que pasa en realidad es que él suelta su lección y luego, si los alumnos, no han aprendido, les cumpla de falta de aplicación o de capacidad para el aprendizaje. Allá ellos.

El  creyente que dice amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Piensa que cree. Piensa que ama. Pero, lo cierto es que hace su vida guiado por el egoísmo más grosero y por la falta de solidaridad más escandalosa.

El padre o la madre que creen que aman a sus hijos, pero el comportamiento real es de sobreprotección. Actúan “como si” los quisieran de verdad pero no los quieren. Porque no los dejan crecer, porque no los dejan ser ellos mismos.

El policía municipal que decir estar al servicio del puedo, pero a lo que se dedica de verdad es a poner multas con un celo desmedido, impulsado por la recompensa que obtiene por echar mano constantemente al talonario de denuncias. Dice o cree que es un servidor público, pero lo que es en realidad es una persona que extorsiona a quien puede. Es como si se dedicase al servicio de los demás.

El estudiante que, ante sus padres y profesores, aparenta que estudia pero, en realidad, no hace ningún esfuerzo por aprender.  Hace “como si” estudiara pero sabe que, en el fondo, no da golpe. Lo fía todo a la suerte. Si saca buenas notas, lo atribuirá a su esfuerzo y si no las saca, tratará de culpar a sus profesores.

Podrían multiplicarse los casos. El síndrome del “como si” parte, a veces, de una trampa que nos tendemos a nosotros mismos. Pensamos que es cierto eso que supuestamente pensamos o creemos. Si tuviéramos un poco más de rigor en el análisis caeríamos en la cuenta de que estamos basando esas creencias en simples suposiciones. Tiene ese fenómeno un segundo componente engañoso. Es el que consiste en hacer ver a los demás que  las cosas no son como son. Es la falta de autenticidad.

Pienso en esas personas que cometen un delito (asesinatos, violaciones, robos, extorsiones…) y de las que los vecinos y amigos dicen que  se comportaba como una persona buena, como un padre responsable, como un ciudadano ejemplar.  Está muy claro: actuaban “como si”. Como si fueran buenas personas, como si fueran buenos padres, como si fueran buenos ciudadanos. En el fondo, no lo eran.

He  leído en  el libro “El corazón humano”, de Anthony de Mello, un breve relato que titula “Estupidez” y que ejemplifica muy bien lo que pretendo explicar. Dice así:

Había una vez un árabe que viajaba en la noche, y sus esclavos, a la hora del descanso, se encontraron con que no tenían más que 19 estacas para atar a sus 20 camellos. Cuando consultaron al amo, este les dijo:

–            Simulad que claváis una estaca cuando lleguéis al camello número 20 pues, como el camello es un animal tan estúpido, creerá que está atado.

–            Efectivamente, así lo hicieron, y a la mañana siguiente todos los camellos estaban en su sitio, y el número 20 al lado de lo que se imaginaba una estaca, sin moverse de allí. Al desatarlos para marcharse, todos se pusieron en movimiento menos el número 20, que seguía quieto, sin moverse. Entonces el amo dijo:

–            Haced el gesto de desatar la estaca de la cuerda, pues el tonto aún se cree atado.

–            Así lo hicieron y el camello, entonces, se alzó y se puso a caminar con los demás.

El camello actuaba “como si” estuviera atado. Realmente no lo estaba, pero en la realidad él se comportaba como si lo estuviera. El camello se comporta estúpidamente. Permanece atado sin estarlo y no se  pone en marcha porque nadie le ha desatado de la estaca imaginaria que lo tiene sujeto. En el caso del camello es solo estupidez. En el caso de los humanos hay, más bien, hipocresía y engaño.

Las pepitas de las sandía

6 Sep

LAS PEPITAS DE LA SANDÍA

En una comida familiar del actual verano, a unos metros de la pedregosa playa de Castell, mi cuñado José Manuel, educador de profesión y de espíritu, plantea una cuestión de hondo calado pedagógico a través de una pequeña anécdota familiar. Pone en entredicho la práctica de la abuela que le quita las pepitas de la sandía a los nietos para que la coman con más facilidad y agrado.

Se trata de un minúsculo detalle, pero está cargado de significado. Es casi un símbolo. La actitud puede repetirse de forma casi constante en la vida cotidiana de la familia.

– De esa manera, argumenta mi cuñado, los niños acaban por no saber que la sandía tiene pepitas y que es necesario quitarlas, de una forma u otra, para poder comérsela. De esa forma aprenden que no tienen que esforzarse para comer el postre porque alguien que les quiere se lo hace todo fácil.

Nadie duda de la buena voluntad de la abuela y de su capacidad de sacrificio y de altruismo. De su amor a los nietos, en definitiva. Lo que se pone en cuestión es la conveniencia de ese modo de proceder para el desarrollo infantil. Mi cuñado dice que es necesario aprender que la vida tiene dificultades y que se debe hacer frente con entereza a esas dificultades. Pero eso solo se consigue afrontándolas, superándolas con esfuerzo. Las pequeñas y las grandes.

Se trata de un minúsculo detalle, pero está cargado de significado. Es casi un símbolo. La actitud puede repetirse de forma casi constante en la vida cotidiana de la familia. Atar los cordones de los zapatos, recoger la ropa, colocar las cosas, poner la mesa, fregar los platos, peinarse, mover las sillas, levantarse a por un vaso de agua… ¿Quién lo hace? ¿Quién lo hace para quién? ¿Quién lo hace en lugar de quién?

Hacer las cosas por los niños puede ser un signo de amor, pero puede convertirse en una invitación a la comodidad, a la blandenguería, a la falta de esfuerzo y sacrificio. Hacer las cosas por ellos, en lugar de ellos, para que no se molesten por nada es tenderles una trampa sibilina. Porque la vida no es fácil.

No soy partidario del sufrimiento estéril. Estoy contra el sadismo en la educación. Pero creo que es necesario educar en el esfuerzo. Como en todas las cosas de la educación es cuestión de tacto. No estoy de acuerdo en que la escuela tenga que ser difícil porque la vida es difícil, pero sostengo que nada valioso se alcanza sin esfuerzo.

Cuando veo a los acróbatas, a los magos, a los futbolistas, a los profesionales de cualquier oficio realizando con aparente facilidad actividades complejas, siempre pienso en todas las horas de esfuerzo que hay detrás.

“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, decía Gahandi. Mucho antes, nuestro Francisco Quevedo había sentenciado: “El que quiera en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos en su vida”.

Los niños y las niñas tienen que saber que las sandías tienen pepitas, que los peces tienen raspas, que las rosas tienen espinas, que los caminos tienen cuestas, que las casas tienen goteras, que los coches tienen averías… Esa es la vida. Hay que saberlo y hay que saber afrontarlo.

Tenemos que revisar nuestros patrones de comportamiento. Hacer las cosas fáciles puede resultar contraproducente. Porque cuando se evita todo tipo de esfuerzo, el niño puede esperar (y desear) que todas las sandías vengan sin pepitas o que, si las tiene, alguien se las tendrá que quitar por él. Incluso sentirá en el derecho de exigir que así sea.

Quiero decir con estas líneas que es necesario educar en el esfuerzo. Un esfuerzo que tiene sentido y finalidad, que no es un esfuerzo gratuito y masoquista. Se llega a las metas después de caminar con esfuerzo, de superar dificultades, de perseverar en el intento.

Veo hoy en los jóvenes poca resistencia a la frustración, poca capacidad de sacrificio. No se soporta con elegancia el fracaso. No se practica el esfuerzo. No se afronta con entereza el dolor, la enfermedad, el trabajo.

– Se quiere conseguir lo que se pretende sin esfuerzo alguno. Fácilmente. Cómodamente.
– Se pretende llegar a la meta sin la espera necesaria. Rápidamente. Ahora. Ya.
– Se exige él éxito que no se ha conquistado con tiempo, esfuerzo y sacrificio. Egoístamente.

Para madurar, para crecer psicológicamente hay que esforzarse. El niño quiere comerse la tarta y no acepta que haya desparecido. El adolescente quiere que le pangan en una bandeja la tarta. El adulto sabe que para que haya una tarta en la bandeja tiene que trabajar, que no se la van a traer las hadas o los dioses como un regalo. Y sabe que, si se la come, ya no habrá tarta en la bandeja.

No sé dónde leí esta lapidaria sentencia del presidente norteamericano Franklin S. Roosvelt: “Suda y te salvarás”. No durmiendo la siesta, no tumbado en un sofá, no abanicándote plácidamente, no sesteando… Sudando, esforzándose. Y, lo importante de esta idea, no es solo conocerla sino practicarla. Querámoslo o no, la vida es difícil. Dárselo a los niños todo hecho, hacérselo todo fácil, no es la mejor forma de prepararse para tener éxito en la vida.

Los niños tiene que aprender que el dinero no cae del cielo, que cuesta conseguir lo que se pretende, que hay que esforzarse para alcanzar los objetivos, que hay que estudiar con intensidad y perseverancia para poder aprobar. Tienen que saber que no hay martillos que golpeen solos. En el libro de Eduardo Criado “Cien impulsos positivos” se cuenta esta historia que he elegido en honor a mi cuñado José Manuel, infatigable coleccionista de martillos, ya que él me sugirió esta reflexión sobre las pepitas de la sandía.

Hace años pasó por un viejo poblado un ropavejero vendiendo objetos curiosos. Entre otras cosas ofreció a un aprendiz de carpintero un “martillo maravilloso”.

– Si este martillo trabaja solo como usted dice, ¿por qué no me hace una demostración?

El muchacho dudaba. El precio era alto. Todos los ahorros de su vida.

– Bien, muchacho. Veo que no te decides., llevo el martillo a otro pueblo. Tú seguirás condenado a trabajar duro.

El aprendiz se decidió y le entregó el dinero.

– Recuerda que debes mirarlo fijamente durante una hora sin pensar en la palabra “martillo”. Si así lo haces, él obedecerá tus órdenes y empezará a trabajar haciendo todo el esfuerzo que tú tienes que hacer ahora.

Cuando el ropavejero se marchó intentó hacerlo funcionar pero no lo consiguió. Al principio creyó que se trataba de una falta de concentración: ¡no podía dejar de pensar en la palabra “martillo”! Pero después fue su propio amo, el carpintero, quien le hizo ver la verdad, diciéndole:

– El martillo maravilloso pertenece a aquella clase de ideas del tipo “me merezco todo a cambio de nada”. Todo lo que realmente merece la pena tenemos que conseguirlo con nuestro esfuerzo.

Hay quien se dedica a vender martillos maravillosos. Y hay quien se cree que existen. Lo cierto es que no los hay. Y tampoco puede otra persona golpear por nosotros. Hay que enseñarlo y hay que aprenderlo. Si no lo hacemos los padres y educadores, es probable que lo enseñe la vida de forma traumática.