El príncipe azul destiñe

14 Ene

azul.JPG Las relaciones entre personas de diferente sexo constituyen el entramado más fuerte de la convivencia en una sociedad. Esas relaciones están adulteradas o mediatizadas por las costumbres, los mitos, los ritos, los intereses, las arbitrariedades y los prejuicios.
Aprender a ser hombre o mujer en una sociedad es una parte importante del proceso de socialización. El problema es que las identidades culturales no se construyen de forma inocente. La mujer ha sido durante siglos claramente perjudicada por las características identitarias que se le han atribuido (de forma perversa y cruel). Muchas mujeres han visto sus vidas cercenadas o destruidas por prejuicios terriblemente injustos. En una sociedad androcéntrica, la mujer lleva todas las de perder.
La elección de pareja, el enamoramiento, el matrimonio, el sexo, la separación, el aborto, la moral, el divorcio, el trabajo, el ocio, la procreación y la vida misma se viven de diferente manera por hombres y por mujeres. La obsesión por casarse ha llevado a la mujer a desastres casi absolutos. ¿Qué decir, por ejemplo, de las que han adorado a torturadores, a maltratadores, a verdaderos asesinos? Los motivos y la forma de desarrollar una relación han sido tantas veces superficiales y precipitadas que el desastre estaba asegurado. Y no llamo desastre a la separación (a veces es la solución más razonable y positiva: la salida de un infierno) sino a la destrucción de la felicidad. “Hacía tanto frío que por poco me caso”, dice la actriz Shelley Winters, ironizando sobre las motivaciones que llevan al matrimonio.
Si un hombre queda soltero y tiene una edad provecta, se dice de él que es un afortunado solterón. Si una mujer se queda soltera se convierte en una solterona a quien nadie ha querido por su fealdad o por su torpeza. Si una mujer es activa sexualmente es considerada una fresca, pero el hombre es valorado como potente sexualmente. Si una mujer comete un adulterio es considerada una fulana, si es hombre se dice con indulgencia y humor que ha echado una cana al aire.
Lucía Etxebarría acaba de escribir un libro titulado ‘Ya no sufro por amor’. Contiene interesantes reflexiones sobre las trampas que el amor tiende a las personas, especialmente a las mujeres.
La visión del hombre como el príncipe azul ha creado expectativas desmesuradas que luego se han estrellado contra realidades prosaicas y decepcionantes. Ese hombre maravilloso que, con un beso, iba a rescatar a la bella durmiente, acabó siendo un pobre hombre que ronca, que suda y que se duerme viendo una preciosa película en la televisión.
Ella ha tenido que seducir, que presentarse hermosa y atractiva, que cultivar obsesivamente la belleza. He aquí otro tabú: el cuidado de la imagen. Cuesta descubrir que se trata de un trampa. Dice Erika Jong: “No es que estés demasiado gorda. Es que estás en el país equivocado”. En el país o en la época, claro está.
Gabriela Acher nos acaba de sorprender con un título ingenioso y muy significativo: ‘El príncipe azul destiñe’. El subtítulo desvela el contenido y la intención de la autora, que no en vano es mujer: ‘¿Por qué los hombres y las mujeres nos empeñamos en entendernos?’.
Esta misma autora, uruguaya de nacimiento y actriz cómica en Buenos Aires, había tenido un éxito considerable con una obra anterior publicada, como esta, por la Editorial La esfera. El título no puede ser más elocuente: ‘Si soy tan inteligente, ¿por qué me ena- moro como una imbécil?’
La mujer, durante mucho tiempo, ha buscado al príncipe azul y, muchas veces, ha comprobado que ese azul destiñe al primer lavado. Hoy mismo las mujeres buscan un hombre que sea seductor, pero fiel, generoso pero ahorrativo, misterioso pero confiable, poderoso pero obediente, divertido pero serio, romántico pero práctico, duro pero blando. Y ese hombre no existe.
La mujer ha sido sutilmente distinguida por la sociedad con una preferencia engañosa. ‘Las mujeres, primero’, ‘las damas tienen preferencia para sentarse en el autobús’, ‘se cede el paso a las señoras’… Pero esto es una broma. A la hora de la verdad las mujeres están en segundo lugar, no tienen en nada la preferencia.
Quienes gobiernan la casa con acierto, no acceden al gobierno del país. Quienes administran la economía doméstica con buen criterio, no pueden presidir el Ministerio de Economía. Quien se responsabiliza de tareas minuciosas y permanentes, no puede asumir responsabilidades de prestigio.
Cuentan que muere un hombre y, al llegar al cielo, ve que hay dos puertas de entrada. Sobre el frontis de una de ellas aparece el siguiente epitafio: Hombres que han obedecido a sus mujeres. Piensa que esa es su puerta. Desde que conoció a su mujer ha seguido sus dictados, ha hecho su voluntad, ha tratado de dar satisfacción a sus mínimos deseos. Avanza hacia el final de la cola interminable. Cuando se coloca en el último lugar, observa que, al lado de esa puerta hay otra en cuya parte superior aparece la siguiente inscripción: Hombres que no han obedecido a sus mujeres. Delante de ella hay un hombre solo. Se pregunta intrigado qué habrá hecho para estar allí, cómo se las habrá ingeniado. Le pregunta al que le precede en la cola si sabe quién es el afortunado. Nadie sabe nada de él, aunque todos le admiran en silencio. Picados en su curiosidad y en su orgullo deciden formar una comisión para interrogarle. La comisión abandona su fila y se acerca al solitario postulante.
– Mire usted, nosotros estamos en la cola de hombres que han obedecido a sus mujeres. Ya ve que somos legión. ¿Cómo se las ha arreglado usted para estar aquí?
El interpelado, con toda naturalidad, contesta:
– Pues miren ustedes, no lo sé muy bien. Mi mujer me dijo: tú te pones aquí y me esperas.
El problema está en que a pesar de que en muchos hogares manda la mujer (lo cual dice mucho de sus dotes organizadoras y de su capacidad comunicativa), en la esfera social está relegada a un papel secundario.
Es ésta una cuestión que provoca humor pero que, bien mirada, produce dolor, lágrimas, injusticia. Y muerte.
Nos interesa mucho a todos estudiar la naturaleza de esta relación tan peculiar entre hombre y mujer. Una relación que durante muchos siglos ha sido tan asimétrica e injusta.
Hay mucha tarea que hacer en las familias, en las escuelas y en la sociedad. No se aprende inocentemente el papel de ser hombres o mujeres. No se destruyen tan fácilmente los mitos insidiosos de la cultura patriarcal. Mitos tan atractivos y tramposos como el del príncipe azul. A lavar, a lavar con cuidado. Que destiñe.

La cigarra postmoderna

3 Dic

cigarra.jpg Cuando, hace años, los padres trataban de persuadir a sus hijos de que era muy importante estudiar, les decían que, si estudiaban, el día de mañana iban a tener un buen trabajo y a ganar mucho dinero. Los niños entendían que aquel era un argumento sólido y eficaz. Hoy no es así. Los chicos saben que muchos alumnos que estudian, aunque sean brillantes, acabarán en el paro. Otros encontrarán un trabajo de baja cualificación para el que no hubieran necesitado tanto esfuerzo. Ambas situaciones se producirán después de una interminable espera. Saben también que muchos que buscan un trabajo abandonando los estudios o que se dedican a negocios prematuros, más o menos legales, se enriquecen con rapidez y eficacia. Mientras quienes estudian siguen tirando del presupuesto familiar y pidiendo a los padres dinero para tomar unas cañas y pagar el autobús, otros disponen de un dinero que les convierte en personas autónomas y autosuficientes.
Lo que los alumnos y alumnas aprenden hoy fácilmente es que hay formas de conseguir dinero fáciles y rápidas y que el estudio paciente y prolongado no siempre conduce a un trabajo satisfactorio y bien remunerado. Es decir, aprenden que hay que estudiar por el hecho mismo de saber y no es fácil descubrir el placer de aprender cuando lo que se estudia no tiene interés o se aprende en estructuras asfixiantes.
Muchas historias que se nos contaban, reales unas y otras en forma de cuentos y fábulas, trataban de explicarnos que el trabajo constante era una forma de asegurar el futuro y de no pasar calamidades en los tiempos de carestía. El fabulista La Fontaine hizo contribuciones reseñables al respecto. Una de ellas es la fábula de la Hormiga y la Cigarra. La Hormiga que trabajaba con esfuerzo durante los meses de verano y que, cuando llegaba el invierno, tenía provisiones que la permitían vivir felizmente. Mientras la perezosa Cigarra, que se dedicaba a cantar en los meses de labor, se encontraba en la miseria cuando llegaba la época de necesidad. Dichosa Hormiga. Pobre Cigarra. Hoy, probablemente, la fábula tendría una versión diferente. Más o menos, de este tipo: Había una vez una Hormiga y una Cigarra que eran muy amigas. Durante la primavera, el verano y el otoño la Hormiga trabajó sin parar, almacenando para el invierno. No aprovechó el sol ni la playa, no paseó plácidamente bajo la brisa de la tarde, ni disfrutó de la charla con amigos tomando una cerveza después del día de intensa labor.
Mientras, la Cigarra anduvo cantando con los amigos en los bares y discotecas de la ciudad sin desperdiciar ni un minuto siquiera de placer. Cantó y bailó durante toda la primavera, el verano y el otoño, durmió sin límite, tomó el sol, paseó con la brisa de la tarde y disfrutó muchísimo sin preocuparse por los malos tiempos que estaban por venir. Pasaron unos días, llegó el invierno, empezó el frío. La Hormiga, exhausta de tanto trabajar se metió en su casa, atormentada por la preocupación ya que una tormenta imprevista había destruido toda la cosecha. Alguien la llamó por su nombre desde afuera y, cuando abrió la puerta se llevó una gran sorpresa al ver a su amiga la Cigarra al volante de un flamante Ferrari, vistiendo un valioso abrigo de pieles y adornada con un collar de brillantes. La Cigarra le dijo con tono exultante:
–Hola, amiga. Voy a pasar el invierno a París. ¿Podrías cuidar de mi casita?
La Hormiga respondió:
–Claro, sin problemas. Pero, ¿qué ocurrió? ¿Dónde conseguiste el dinero para ir a París, para comprar un Ferrari, un abrigo tan caro y un collar tan precioso?
Y la Cigarra se apresuró a explicar con desparpajo:
–Yo estaba cantando en una sala de fiestas la semana pasada y a un productor americano le gustó mi voz. Se ha enamorado de mí. Me ha regalado el coche, el abrigo, el collar y un montón de cosas más. Firmé un contrato millonario para hacer galas en París. Y nos vamos los dos a esa ciudad maravillosa que todavía no conozco y con la que siempre había soñado. A propósito: ¿Necesitas algo de la capital francesa?
–Sí, dijo la Hormiga. Si te encuentras a La Fontaine dile que me acuerdo mucho de su madre.
Las cosas no son siempre así, claro está. La Cigarra que canta no siempre encuentra el productor que se enamora de ella. Pero tampoco son como las contaba La Fontaine. Cada uno tiene que ir elaborando su proyecto de vida, construyendo su escala de valores. Sin poner como única meta de la vida la consecuencia del éxito material. La principal conquista es alcanzar la felicidad. Con el trabajo y con la diversión, con la fidelidad a uno mismo y con el respeto a los otros.
La filosofía del éxito en la que descansa el mundo de la información, deja en la sombra a quienes se esfuerzan sin conseguir el triunfo. Sólo se entrevista a los ricos, a los poderosos y a los famosos. Sólo se conoce la vida de los ganadores. Pero no se nos muestra su esfuerzo, su constancia, su miedo y sus fracasos preliminares. Lo que importa es descubrir los engaños y saber desmontar las propuestas falsas que nos conducen al error y a la desgracia. Hay que saber descubrir los señuelos que se esconden detrás del oropel. La Cigarra postmoderna puede encontrarse con el desamor a los pocos días de llegar a París, puede descubrir que el contrato era un engaño y puede, incluso, tener un estrepitoso fracaso cuando comience a cantar en los sofisticados salones de la ciudad del Sena.
Hay que poner, pues, en entredicho a La Fontaine. Claro que leerlo tiene también ventajas. Recuerde el lector la fábula del Cuervo y de la Zorra. Estaba el Cuervo en lo más alto de un árbol comiendo un enorme y exquisito trozo de queso. La Zorra, que lo contempla desde el suelo, le dice con tono adulador, intentando hacerse con el trozo de queso:
–Cuervo, qué plumaje tan maravilloso tienes. Y qué voz tan hermosa. Canta un poco para que pueda disfrutar de tu hermosa voz.
El Cuervo coge el trozo de queso con las garras de su pata derecha y, cargado de ironía, le dice a la Zorra:
–He leído a La Fontaine.
Hay que aprender a pensar. A descubrir las trampas que se nos tienden. El fin de la educación es ayudar a que la mosca se libre del cazamoscas.

Las que van a morir

26 Nov

maltrato1.jpg Ayer, día 25 de noviembre, se celebró el día internacional contra la violencia de género o, más propiamente, contra el terrorismo doméstico. Un día que debería repetirse cada 24 horas hasta que se alcanzase la era del respeto, de la dignidad y de la igualdad. En el presente año, que se sepa, han muerto en España 56 mujeres, víctimas de la brutalidad de sus parejas. Se dice en un segundo, pero hay siglos de dolor y de opresión debajo de cada historia, sustentando esa realidad terrible que se perpetúa y se perpetúa hasta el cansancio. Otras mujeres están muertas sin poder ser enterradas. Muertas en vida porque carecen de libertad, porque tienen el autoconcepto destruido, porque tienen el futuro hecho añicos, porque no quieren irse a dormir y tampoco despertarse, porque duermen con el asesino que huele a puños y a filos de cuchillo, porque están paralizadas por el miedo, porque no pueden huir, porque sus sueños están llenos de sangre, porque sus labios están sellados por besos que son como candados, porque sus ojos no tienen donde descansar.
Es un hecho aterrador. Casi insoportable para una sociedad democrática. Detrás de cada historia hay una vida destrozada y un sufrimiento infinito. Porque las ha matado quien dice que las ama, quien las tiene como esclavas, quien las considera un objeto sin valor. Cuánta tristeza en esos ojos que se han cerrado a golpes, cuánto dolor en un corazón que se ha destruido por el pretendido amor.
Hoy me pregunto no sólo por las mujeres que han muerto sino por las que van a morir. ¿Dónde están? ¿Qué hacen? ¿Qué piensan? ¿Qué sienten? Me las imagino diciendo sí ante el altar, cortados los caminos de la vuelta atrás, conscientes de que están subiendo a un cadalso lleno de flores. Me las imagino descubriendo con horror, acaso la misma noche de bodas, que se han casado con un maltratador, con un asesino. Me las imagino llorando en silencio, paralizadas por el terror, incapaces de dar un paso hacia la liberación. Me las imagino fingiendo ante los hijos, los amigos y los familiares una felicidad que no tienen. Me las imagino recibiendo caricias repugnantes, sin saber si es más grande el dolor o la rabia que suscitan. Me las imagino cubriendo de maquillaje los moratones que ha dejado sellado su cuerpo con la crueldad.
Me las imagino aceptando las flores, las joyas, las cenas, los viajes, las promesas, los regalos de quien, otra vez, dice que todo va a cambiar, que va a comenzar una vida nueva, que van a volver al paraíso en el que vivieron al inicio del engañoso amor. Me las imagino de pie, mientras el maltratador, de rodillas, implora perdón a “la persona que más quiere en la vida”, tratando de evitar las amenazas de suicidio de quien hace unos minutos golpeaba hasta la extenuación.
Me imagino, sobre todo, a las que se culpan por su sufrimiento, a las que se consideran indignas de amor, malas personas a las que nadie puede querer porque no se lo merecen. A las que piensan que cuando sus marido las pegan es porque se lo tienen bien merecido y que ellos las castigan por su bien, para enseñarlas a ser mujeres valiosas, fieles y coherentes. A las que olvidan que no hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.
Me las imagino ocultando a los hijos las lágrimas, ocultando las heridas para que ellos no sufran, silenciando los golpes, explicando sin razones el desastre. Temiendo que los niños sepan quién es su padre. Sufriendo porque los niños sufren. Sabiendo que los niños aprenden. Esperando un milagro que nunca llega.
Saben que están condenadas a muerte, que están en el corredor maldito haciendo tiempo hasta que llegue la hora. Incapaces de gritar porque piensan que eso adelantará el fin. Incapaces de denunciar porque eso enfurecerá al agresor. Incapaces de abrir la boca para no sufrir la humillación de que todo el mundo sepa que no son queridas.
Estas mujeres a las que entre todos hemos condenado a muerte tienen que aprender a pronunciar, de forma convincente y convencida, estas cinco palabras:
YO: porque ellas son lo más importante para sí mismas, porque tienen que convencerse de que son dignas de amor, de que merecen respeto, de que tienen dignidad, de que pueden ser felices, de que nadie está condenado a ser desgraciado de por vida.
NO: porque tienen que negarse a la destrucción, al sometimiento, al sacrificio estéril por los hijos, al perdón que está asentado en la falsedad, al chantaje afectivo, a las promesas falaces, a los nuevos intentos.
BASTA: porque aunque haya sido un sólo bofetón es más que suficiente, porque ya está bien con lo que hubo, porque no se puede aceptar ni un segundo más la bota del opresor sobre la cabeza o las palabras insultantes sobre el corazón.
AHORA: porque dejarlo para luego es prolongar la agonía y exponerse a la destrucción total. Porque mañana quizá sea ya tarde.
AYUDA: porque a veces es necesario contar con el apoyo de amigos, de amigas, de especialistas, de asociaciones ya que el pozo es tan profundo que no se puede salir sola.
Con todo el sentimiento que provoca la rabia y el dolor que siento por ellas quiero contar a las mujeres maltratadas la siguiente historia: Un león fue capturado y encerrado en un zoo, donde se encontró con otros leones que llevaban allí muchos años. El león no tardó en familiarizarse con las actividades sociales de los restantes leones, los cuales estaban asociados en distintos grupos. Un grupo era el de los socializantes; otro, el del mundo del espectáculo; incluso había un grupo cultural, cuyo objetivo era preservar las costumbres, la tradición y la época en la que los leones eran libres; había también grupos religiosos, que solían reunirse para entonar canciones acerca de una futura selva en la que no habría vallas. Y había finalmente revolucionarios que se dedicaban a conspirar contra sus captores… Mientras lo observaba todo, el recién llegado reparó en la presencia de un león que parecía dormido, un solitario no perteneciente a ningún grupo que le dijo:
– Ten cuidado. Esos pobres locos se ocupan de todo menos de lo esencial: Estudiar la naturaleza de la cerca.
Ojalá consigan descubrir la naturaleza de la valla que las tiene encerradas, completamente engañadas, sin libertad para huir. Porque si saben de qué está hecha esa valla de opresión podrán destruirla o saltarla. Si lo hacen, se habrán librado del dolor, de la opresión y de la muerte. Las que iban a morir… se habrán salvado. No por la magnanimidad de los dioses ni por el arrepentimiento de sus verdugos sino por su lucidez y por su coraje.

El primo Genito

12 Jun

Me contaba un profesor chileno, hablando de cuestiones sobre evaluación educativa que un buen día le había preguntado a un alumno quién había sido el sucesor de Felipe II. Y que se había quedado atónito al escuchar la respuesta del estudiante:
–Su primo Genito.
Me sigue contando el profesor que le había dicho que no era correcta su respuesta porque la línea dinástica real no se establecía a través de ese tipo de parentesco. El alumno, muy convencido, insistía en que esa era la respuesta que había leído en su libro. Cuando el profesor insiste en que lea con atención, descubre el alumno que había leído incorrectamente y que había separado conceptualmente las dos partes de la palabra que aparecían divididas en el final de una línea y en el comienzo de la otra.
–A Felipe II, leyó el alumno, le sucedió su primogénito.
Respondiendo a esta preocupación del profesor por el componente de repetición que tienen muchas evaluaciones, le conté una vieja historia de un examen en la que se preguntaba a un alumno por qué los judíos habían sido expulsados de la Península. Uno de ellos contestó:
–Porque no querían dejarse hacer fotos.
Ante la reconvención del evaluador, que le recordó al examinando que ni siquiera había cámaras en aquella época, el alumno leyó despacio y con sentido el texto: “Los judíos fueron expulsados de la Península porque no quisieron retractarse”.
Traigo a colación estas anécdotas (habitualmente se reproducen los errores de los alumnos, pocas veces los que también cometemos los profesores) para plantear algunas ideas sobre la evaluación que estos días se está llevando a cabo en los centros escolares. Una de las reflexiones tiene que ver precisamente con ese excesivo peso de memorización que suelen tener las evaluaciones. La pretensión primordial parece ser la de conseguir que el alumno repita con fidelidad la respuesta esperada, la respuesta correcta, la respuesta pedida. Frente a otras tareas intelectuales importantes (crear, pensar, comprender, analizar…) cobra una fuerza extraordinaria la tarea (también necesaria, por supuesto) de repetir. Y como la evaluación condiciona los procesos de aprendizaje, se pone un gran empeño en que el alumno tenga éxito a través de la repetición fiel de las respuestas. Hace poco le he oído decir a una profesora a sus alumnos: “Bueno, niños, esto es muy importante. Hay que aprenderlo de memoria. Y si alguno no es capaz de repetirlo literalmente, lo puede decir con sus propias palabras”.
Otro problema de gran importancia en la evaluación es su función selectiva, clasificadora, jerarquizadora. Se pone el énfasis en conseguir el éxito, en obtener el aprobado. No parece tan importante la función de motivación, la función de aprendizaje, la finalidad educativa del proceso evaluación. En esas actitudes influyen también las exigencias y las expectativas de los padres y de las madres. Pocas veces le preguntan al hijo o a la hija si han disfrutado aprendiendo, si son capaces de ayudar a los otros, si se han esforzado. Lo más importante es obtener buenos resultados.
Obsérvese que el conocimiento académico tiene valores de distinta naturaleza. Tiene valor de uso (motiva, tiene interés, tiene utilidad…), y tiene valor de cambio (si lo obtiene se lo cambian por una calificación). Lo más importante llega a ser el valor de cambio, no el valor de uso. Por eso se convierte en una obsesión el aprobar, no el aprender. Por eso, lo más importante es el resultado. Me pregunto muchos días cuántos alumnos tengo en clase que estén allí por el gusto de aprender, por el deseo apasionado de saber, por el valor de uso que tiene el conocimiento que trabajamos. Y cuántos están porque no les queda más remedio, porque tienen que obtener una nota y, a través de un conjunto de notas, el certificado correspondiente que les da acceso a un trabajo.
Desde esa perspectiva nos encontramos con el problema de que muchos que acaban teniendo éxito, paradójicamente, acaban también odiando el aprendizaje. No nos imaginamos que los alumnos estudien, que trabajen en plenas vacaciones si han obtenido el aprobado. ¿Cómo van a estudiar si es odioso y aburrido aprender? Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”.
La hora decisiva de la enseñanza es el aprobar. La hora de la verdad es el obtener éxito. Creo que este hecho constituye una perversión del proceso de aprendizaje. Me preocupa que de las instituciones que tienen que formar personas que amen el conocimiento salgan individuos que odian el aprendizaje.
Un señor tenía un perro. El veterinario le aconsejó que le diese una dosis de aceite de bacalao todas las mañanas. Después de varios días de recibir la dosis, el perro se escondía cuando oía los pasos del amo que se acercaba. Le agarraba violentamente por el collar, le arrastraba por el jardín, le llevaba violentamente hacia una sala y, allí, por la fuerza, le metía la cabeza entre las piernas y, con una cuchara, le metía la dosis de aceite de bacalao. Como al perro no le gustaba aquella historia, forcejeaba. Y un día, lo hizo con tal fuerza que tiró el tarro de aceite de bacalao que tenía el amo sobre las rodillas. El tarro fue rodando hasta el extremo de la habitación. El perro se desprendió del amo y fue presuroso a lamer el tarro. No es que no le gustase el aceite de bacalao. Lo que no le gustaba era la forma en que se lo daban. El ser humano está programado para aprender, pero hay formas de enseñar que convierten en ingrato el aprendizaje.
Tarea apasionante y difícil la de los profesores. Es imprescindible que los políticos, las familias, la sociedad entera ayuden a estos profesionales que, en un mundo que ha descubierto que la información es poder, se dedican por oficio a compartir la información que ellos tienen y a enseñar a otros dónde buscarla de forma inteligente y entusiasta. Lo decía Emilio Lledó con su sabiduría habitual: “Enseñar no es sólo una forma de ganarse la vida. Es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”.