El reloj de la Nochevieja

31 Dic

reloj.jpg El título del artículo no hace referencia al reloj de la Puerta del Sol o a cualquier otro desde el que se cuenten y canten las doce campanadas de fin de año. Se refiere a ese reloj que nos inventamos en la cultura para separar una parcela de tiempo de otra, un año de otro. Ese reloj que nos permite tan artificialmente decir que una noche es vieja y que otra es nueva. Las dos son iguales, ciertamente. Dos noches, una tras otra, como las demás.
El tiempo pasa con una regularidad inexorable. El ser humano tiene unos relojes que le ayudan a conocer la cadencia de su paso, a dividir en partes ese impalpable continuum, que le ayudan a fraccionar el decurso indivisible del tiempo, que es el material del que estamos hechos.
Existe el reloj nictameral o circadiano (es decir, el reloj día-noche) que condiciona no sólo las costumbres sino el sistema neurovegetativo de las personas.
Utilizamos el reloj hebdomadario o semanal que marca el comienzo y el fin de la semana. Es lunes, decimos, Ya es viernes, llega el fin de semana. Qué semana tan horrible. Semana Santa. Semana blanca.
El reloj trimestral que marca las estaciones nos ayuda a orientarnos en el tiempo. La primavera altera la sangre, el otoño propicia depresiones, el verano nos propone actividades de ocio con las vacaciones, el invierno nos encierra en la casa por el frío.
El reloj anual está relacionado con la celebración del cumpleaños, con el curso académico, con la fiesta patronal y, sobre todo, con la tradicional fiesta del tiempo que es la Nochevieja… No sé en qué pueblo español celebran la Nochevieja en agosto porque hace unos años no hubo luz y decidieron posponer esa celebración y convertirla en un gancho turístico. Han colocado el mojón de la Nochevieja en pleno agosto. Para ellos, esa fecha separa un año de otro.
(Las mujeres tienen un reloj biológico peculiar que es la menstruación. Un reloj que marca fronteras que separan estados de ánimo y vivencias peculiares…).
Hay también artilugios de todo tipo que marcan artificialmente el paso del tiempo. Hoy no podemos vivir sin ellos. Los relojes. Hasta un reloj parado marca exactamente la hora dos veces al día. Dice Alphonse Allais que el tictac del reloj parece un ratón que roe el tiempo.
La Nochevieja nos invita a pensar en el paso del tiempo. Es una noche tan nueva y tan irrepetible como las demás, pero la cultura la llena de ritos y de jolgorio. Para recordarnos que el tiempo pasa fugazmente. O precisamente para olvidarlo. “Tempus irremediabile fugit”, dice Virgilio en las Geórgicas. Y esta noche lo dicen todos los relojes.
Carpe diem. Aprovecha el tiempo. Vive con intensidad el presente. Sólo hay ‘ahora’ en la vida. El tiempo es importante, pero lo es más la actitud con la que nos enfrentamos a él, a su paso ininterrumpido. Bergson habla del tiempo subjetivo. Nos recuerda que el tiempo no pasa con igual velocidad para todos. No se derrite a la misma velocidad el azucarillo en el agua para quien está sediento que para quien está saciado. No pasan a la misma velocidad los cinco últimos minutos de un partido para los seguidores del equipo que va perdiendo que para los del equipo que va ganando.
¿A qué dedicamos el tiempo? ¿ Cómo lo llenamos? ¿Cómo lo vivimos? “El tiempo es un gran maestro, lo que pasa es que mata a sus discípulos”, dice Berlioz. Una expresión española especialmente significativa es la que se refleja en el lacónico diálogo:
– ¿Qué haces?
– Aquí, matando el tiempo.
Se mata el tiempo cuando no se llena de contenidos vitales enriquecedores. Se vive el tiempo, se revive el pasado, se anticipa el futuro cuando hacemos que el tiempo sea enriquecedor. El tiempo de trabajo y el tiempo de ocio. El presente y el pasado. Alguien dijo que somos dueños de nuestro pasado. Porque podemos recordar de él, seleccionar de él aquello que nos hace mejores.
Alguien me ha recordado en estos días de Navidad, con los matices inevitables de los relatos anónimos, una historia que conocía desde hace tiempo.
Un maestro le pide al discípulo que llene un recipiente con piedras. Cuando cree haberlo conseguido, el discípulo dice:
– Ya está.
– ¿Seguro?, dice el maestro.
Le pide a continuación que eche en el recipiente pequeñas piedrecitas hasta rellenar los huecos que están vacíos.
– Ahora ya está lleno.
– No es así, dice el maestro. Echa dentro del recipiente unos puñados de arena hasta que se colme.
– Ya, ya está. Por fin.
– No, todavía no. Echa dos tazas de café y verás cómo todavía caben dentro del recipiente.
Así lo hace el discípulo. El maestro, entonces, le explica que las piedras son las grandes objetivos de la vida, las piedrecitas son los logros menores, la arena son las cosas intrascendentes. Y termina diciendo:
– Por muy llena que esté tu vida, siempre queda un tiempo para tomar una taza de café con un amigo. Las dos tazas de café.
Tiempos perdidos en el ajetreo de la vida. Tiempos ganados a la vida cuando lo llenamos de forma consciente y positiva. No hay tiempo para nada decimos, aunque lo cierto es que lo tenemos todo en nuestras manos. La Nochevieja, como fiesta del paso del tiempo, nos trae a la memoria la fugacidad de la vida. Nosotros somos el tiempo. ¿Qué hacemos con él? “El tiempo sólo se calcula por la felicidad o por el dolor”, dice Alejandro Dumas.
Afortunadamente somos seres temporales. Lean, para comprobarlo, la novela ‘Las intermitencias de la muerte’, de José Saramago, en la que se cuenta la historia de un país en el que a partir del uno de enero nadie moría. Estas son las primeras frases de la obra, referidas a la fecha de Nochevieja: “Al día siguiente, no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme…”. El reloj de Nochevieja marca la inquietante fugacidad del tiempo. Un año menos. Un año más. Feliz Nochevieja.

El tren del fin del mundo

24 Dic

Lo recuerdo con una nitidez inusual. Un hecho concreto, minúsculo, pero muy significativo. Hace ya de esto muchos años. Tendría yo entonces cinco o seis. Viajaba en un tren expreso nocturno La Coruña-Madrid en compañía de mi padre. Era pleno invierno. Por lo que oía decir hacía muchísimo frío. Se había averiado la calefacción del tren. Recuerdo aquella sensación como algo maravilloso. Mi padre me tapó con una manta, me colocó tendido en el asiento de aquel compartimento, me arropó y con el traqueteo del tren como nana, me fui quedando dormido. Mientras lo hacía podía escuchar las expresiones relativas al intenso frío, al frío insoportable. Sentí, además del calor, la seguridad de estar protegido por alguien que evitaría cualquier peligro, cualquier amenaza. Podía dormir tranquilo. Alguien, para mí todopoderoso, velaba mi sueño en el asiento de enfrente. Qué paz, qué seguridad, qué calor privilegiado en medio de aquel ambiente gélido, en medio de tantos peligros nocturnos.
En la hermosa ciudad argentina de Ushuaia, la más austral de la tierra, circula un tren maravilloso que se llama ‘El tren del fin del mundo’. En la ciudad de Jujuy, también argentina, funciona otro tren que, por la altura a la que circula, se llama ‘El tren de las nubes’. Aquel correo La Coruña-Madrid era para mí el tren del fin del mundo, era también el tren de las nubes. En aquel tren podía ir hasta donde fuera. Yo me sentía a salvo, a gusto y feliz.
Los niños de hoy tienen muchas más cosas que los de nuestra generación. Lo podemos comprobar en estos días navideños. Muchos niños de hoy tienen de todo. Y sería terrible que les faltara lo esencial. Las muestras cercanas y constantes que conlleva la presencia amorosa de los seres queridos. Esa presencia que entraña protección, seguridad y afecto. La presión del trabajo del padre y de la madre, el ajetreo de las ocupaciones, la prisa y las exigencias de la vida social, las demandas prematuras y obsesivas de formación, dejan poco tiempo para compartir con los hijos y las hijas. Nos afanamos por su bien, decimos, pero les hacemos daño con la ausencia y la falta de contacto. Ellos y ellas no quieren muchos ceros en la cuenta corriente, quieren el círculo emocional de un abrazo sentido y prolongado. Ellas y ellos no necesitan muchos metros cuadrados de casa, lo que precisan es el refugio estrecho de la ternura.
He leído con detenimiento el libro de Ferrucci ‘La fuerza de la bondad’. La tesis que sostiene el autor en el libro es que “las personas bondadosas viven más tiempo, tienen más éxito en sus vidas y son más felices que el resto. En otras palabras –dice– están destinadas a vivir de una manera mucho más interesante y satisfactoria que quienes carecen de esta cualidad”. Las personas bondadosas, por pura lógica, hacen también más felices a los demás. Cuenta el autor, en uno de los capítulos del libro, titulado ‘Calor humano’ que una amiga suya llamada Dorotea oye llorar a la niña pequeña de sus vecinos. en la habitación contigua a la suya. Los padres la acuestan sola en la oscuridad. La niña llora durante largo rato, mientras los padres ven la televisión. El llanto desesperado de la niña expresa angustia y soledad. Dorotea piensa que si habla con los padres quizás contribuya a empeorar la situación. Decide cantar para que la niña se duerma. Al igual que ella oye a la niña llorar, ésta puede oírla a ella. Cada noche, cuando los padres acuestan a la niña, Dorotea le canta unas dulces nanas, le habla a través de los delgados tabiques, la tranquiliza y consuela. La pequeña escucha la voz invisible pero amiga, deja de llorar y se duerme plácidamente. El calor de la voz de la extraña la ha salvado de su gélida soledad.
En el tren de la vida hace frío porque el sistema de calefacción que son las relaciones humanas no funciona, porque el contacto entre las personas (‘carnefacción’, me gusta decir) permanece averiado por el egoísmo, la intemperancia, la crueldad, los intereses, la envidia, el rencor o la indiferencia. Las ventanas del tren están abiertas haciendo posible que penetre en los compartimentos el frío de un ambiente dominado por el individualismo exacerbado, la competitivad cruel y la obsesión por la eficacia. Por la dureza y la crueldad. ¿Dónde se ha ido la ternura, el sosiego, el calor humano?
Los niños viajan, a veces solos, a veces mal acompañados por padres y madres que mantienen una entretenida tertulia con amigos tomando una cerveza en la cafetería del tren, que leen ensimismados, que duermen agotados por el extenuante trabajo o que contemplan distraídos el paisaje a través de la ventanilla.
Excelente oportunidad la de estos días de frío y de compras para pensar en lo que necesitan y en lo que les damos a nuestros niños. Aplastados por montañas de juguetes los niños y las niñas se sienten solos y oprimidos, cada vez más alejados de la caricia. Saturados de cosas, deslumbrados por las luces, entretenidos con la televisión pero ateridos por el frío de la soledad y del abandono. La ternura no es sólo un quehacer de estas fechas, sino de cada día, de siempre. ‘Toujours’, dicen los franceses, que es la forma más hermosa de decir siempre.
En una fábula de Esopo el viento y el sol hacen una apuesta para ver quién consigue que un viajero se desnude antes. El viento empieza a soplar, pero el viajero no se desnuda. El viento sopla más fuerte. El viajero no sólo no se despoja de sus ropas sino que se arrebuja en ellas. El viento se pone a soplar con todas sus fuerzas, como un huracán, como un tornado. En lugar de desnudarse el viajero se abriga más. Es el turno del sol, que aparece y comienza a brillar. El viento cesa. Hace calor. Cada vez más calor. El viajero comienza a sudar y se desnuda. Ha ganado el sol, no por medio de la fuerza sino del calor.
Creo que el termómetro moral de una sociedad es el trato que dispensa a los niños. Nunca podré explicarme casos como el de la niña del alféizar. Es una terrible metáfora de nuestra sociedad. Ocurrió en Santander hace unas semanas. Los bomberos rescataron de un ventana situada en el segundo piso de un edificio a una niña que estaba sentada en el alféizar con las persianas bajadas a sus espaldas. Cualquier movimiento hacia adelante hubiera ocasionado su muerte. ¿Por qué estaba allí sola, expuesta al frío, al borde del abismo? ¿Quién la había dejado allí? Una sociedad que tiene colocados a sus niños en el alféizar de las ventanas es una sociedad indigna y cruel.
El tren en el que viajan niños solos y abandonados es un tren que circula hacia la tristeza, la desesperanza y la destrucción. Maldita la hora en que llamamos a los niños para hacer este viaje. El tren de la felicidad infantil se construye con cuatro ‘tes’: t de ternura, t de tiempo, t de tranquilidad, y t de tutela. Bendito tren en el que viajan los niños acompañados hacia la madurez y la libertad. El tren de las nubes de la felicidad. El tren del fin del mundo. Hasta allí de lejos se puede viajar en él.

Zanahorias, huevos y café

17 Dic

piedad.jpg La terapia cognitiva insiste en que una cosa son los hechos (aquello que sucede o que nos sucede) y otra la forma de reaccionar ante ellos. Un mismo acontecimiento puede ser vivido por alguien como una catástrofe y por otro como una bendición. Uno puede ser destruido por la desgracia y otro se hace más fuerte al pasar por ella.
Una alumna mía me ha dicho que está destrozada. Ha fallecido una amiga (siempre llega la muerte de forma tan absurda como dramática) y el hecho la está superando. Le brindo la siguiente historia que muy bien puede generalizarse para cualquier situación adversa de la vida de una persona.
Una hija se quejaba ante su padre por los problemas que tenía en la vida y por todo aquello que le resultaba difícil. No sabía qué hacer para salir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Todo le salía mal. Parecía que la solución de un problema era el origen de otro nuevo más importante.
Su padre, que era jefe de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas de agua y las colocó sobre fuego fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una de las ollas colocó zanahorias, en otra echó media docena de huevos y en la tercera colocó unos puñados de granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra.
La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre. A los veinte minutos el padre apagó los tres fuegos. Sacó las zanahorias y las colocó en una fuente. Sacó los huevos y los depositó en un plato. Finalmente, coló el café y lo puso en un tercer recipiente.
Mirando a su hija, dijo:
– Querida, ¿qué ves?
– Zanahorias, huevos y café, contestó ella sorprendida..
La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara uno de los huevos y que lo rompiera. Después de quitarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su exquisito aroma.
Humildemente la hija preguntó:
– ¿Qué significa esto, padre?
Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma situación, agua hirviendo, pero habían reaccionado de forma diferente. La zanahoria llegó al agua fuerte y dura, pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto blanda, fácil de deshacer. Por el contrario, el huevo había llegado al agua frágil, su cáscara fina protegía su interior líquido, pero después de estar en el agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los gramos de café sin embargo eran únicos, después de estar en agua hirviendo, habían conseguido transformar el agua.
– ¿Cuál eres tú?, le preguntó el padre a su hija. Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo reaccionas? ¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes la fortaleza? ¿Eres un huevo que comienza con un corazón frágil? ¿Posees un espíritu débil, pero después de una muerte, de una separación o de un despido lo has vuelto fuerte y duro? Por fuera eres igual, pero ¿eres amargada y áspera, con espíritu y corazón endurecido por el dolor? ¿O eres como el café? El café cambia el agua hirviente, cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mayor sabor. Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor tú reaccionas mejor y haces que las cosas y las personas que están a tu alrededor mejoren.
La hija pensó en la lección Su respuesta ante la ingeniosa invitación del padre a superar la dificultad sólo provocó en ella el silencio reflexivo y la respuesta de un beso.

Es un hermosa y útil lección. Podemos comprobar cada día, en cualquier lugar de trabajo, en cualquier etapa de la vida, que con las mismas circunstancias hay personas amargadas y personas felices. Lo veo en las escuelas. Con la misma ministra de Educación, la misma consejera, el mismo inspector, el mismo director, los mismos compañeros, similares niños, parecido sueldo, idénticos medios, hay profesores felices y profesores atormentados.
En efecto, la piedra está ahí. El distraído tropieza con ella, el violento la utiliza como proyectil, el emprendedor construye con ella, el campesino la utiliza de asiento cuando está cansado. Para los niños es un juguete. Drumond la poetizó, David mató con ella a Goliat y Michelangelo hizo de ella la más hermosa escultura. En todos estos casos la diferencia no estuvo en la piedra sino en la persona.
No digo con esto que las circunstancias carezcan de importancia. Tampoco digo que no haya que luchar para conseguir que las situaciones con las que se encuentran las personas sean positivas. Lo que digo es que ante la inevitabilidad de un fracaso, de una muerte, de una enfermedad, de una catástrofe la forma de reaccionar sea positiva y no destructiva. ¿Resucitará la amiga por mediación de un dolor insoportable por su ausencia? ¿Se dará vuelta atrás al tiempo para evitar el accidente ocurrido si la desesperación es absoluta? ¿Alguien se beneficiará por el hundimiento, la depresión y el casos interior? No, nadie. ¿No será mejor tratar de encajar las derrotas, los fracasos, los errores, las adversidades y la muerte de un ser querido siendo inteligentemente positivos con nosotros mismos?
Decididamente es mejor comportarse como el café que sigue siendo café y hace que el agua hirviendo tenga ahora un sabor exquisito. Existe un arte hermoso y complejo en la vida de las personas que interesa mucho cultivar. me refiero al arte (y a la ciencia) de conseguir con dos signos menos un signo más. Hay que colocarlos de forma conveniente. Lo más triste es dominar el arte contrario: hacer de un hecho positivo dos motivos de desaliento.

Libertad de agresión

10 Dic

Existen límites a la libertad de expresión? ¿Dónde se sitúan? ¿Quién los pone? Sucedió con la SER, sucede cada día con las informaciones políticas y las del mundo del corazón. Sucede ahora especialmente con algunos comentaristas de la COPE. Creo que lo que están pidiendo a gritos algunos periodistas de esta cadena no es libertad de expresión, que la tienen, sino libertad de agresión. Basta escuchar diez minutos de algunos programas de esta cadena y se podrá comprobar. Es que no pronuncian dos frases que no sean un ataque a sus, llamémosles así, “enemigos”. Ni una frase. Si son tan libres y tan independientes como dicen, ¿por qué tienen enemigos tan claros? Es tal el sectarismo de algunos comentaristas de la cadena que provocarían la risa, más que la irritación, si no estuviera impregnado todo su discurso de una animadversión (se podría hablar de odio) tan exacerbada..
Dice José Saramago, en su última y también excelente novela ‘Las intermitencias de la muerte’ que “con las palabras todo el cuidado es poco, mudan de opinión como las personas”. ¿Qué se entiende por libertad de expresión? ¿Es libertad de expresión decir lo que apetezca, contra quien sea, sin tener que dar cuenta de lo que se dice? Me creería su flamante eslogan ‘Somos libres’ si hicieran críticas igualmente severas a sus jefes o a sus correligionarios. ¿O es que todo lo que hacen sus jefes les parece bien? ¿O es que están tan identificados con sus correligionarios que no discrepan un ápice de sus posiciones morales, políticas, culturales, económicas y sociales?
Es un bochorno el espectáculo que están ofreciendo algunos comentaristas de la COPE. Decir que el Gobierno no acepta las críticas y que quiere tapar la boca a quien discrepa es un infundio. Tienen tal animosidad contra el Gobierno que resulta casi ridículo escuchar cada día, por el motivo que sea, unas descalificaciones y unos insultos tan reiterados y desmedidos. ¿A quién se le oculta que el Gobierno comete errores? ¿Demasiados errores, incluso? ¿Quién duda de que el presidente o sus ministros y ministras tienen algunas actuaciones torpes o equivocadas? Es necesario, es justo y es lógico hacer una crítica rigurosa y exigente. Pero, hombre, que todo–todo y siempre–siempre lo haga mal no resulta creíble. Deben pensar que existe el dogma de la falibilidad, como alguien disfruta en su organización del de la infalibilidad. Y en virtud de ese dogma que atribuyen al presidente del Gobierno se le hace imposible (así, im-po-si-ble) dar con la verdad.
Es tan machacona la insistencia en la descalificación que acaba dando frutos. No me extraña que suba la audiencia. La naturaleza moral de los medios que emplean para conseguirlo parece estar fuera de las preocupaciones de los gestores de la cadena. Lo cierto es que quienes son agredidos tienen escasos medios para defenderse. Porque, aunque tengan el derecho de réplica no van a estar todos los días, a todas las horas, replicando. O poniendo denuncias en los juzgados.
Me parece estupendo que exista la COPE, de igual manera que me parece conveniente que exista la SER (aún recuerdo los gritos contra la SER en los días posteriores al atentado del 11M; la libertad de expresión, en ese caso, le importaba menos a la COPE, aunque también habría que preguntarse por los límites de la libertad de expresión en la actuación de la cadena SER o de cualquier otro medio). Las protestas que ahora se alzan contra la COPE les parecen insoportables. Y no son contra la COPE como emisora que informa e, incluso, predica. Son contra los excesos sectarios de algunos de sus informadores y comentaristas.
El que unos jóvenes de Esquerra Republicana y dos parlamentarios (¿por qué los tienen que insultar por ser pocos?) se manifiesten en la puerta de la COPE de Madrid ha constituido un hecho tan terrible que se han sentido perseguidos casi hasta el martirio. ¡Qué exageración! Una sencilla y pacífica protesta. Como la que ellos realizan a todas horas y por cualquier motivo. Ya sé que Esquerra es para la COPE algo así como la encarnación del demonio, pero hombre, no matan, no muerden, no hieren, no destruyen. Tienen derecho a expresar sus ideas. Vivir como una ofensa las quejas de Esquerra o del tripartito catalán o la protesta expresada ante el Vaticano, parece indicar que ellos pueden meterse con todo el mundo, pero que nadie puede meterse con ellos.
El aliento de las manifestaciones contra el Gobierno ha sido tal que sus mismos periodistas se han atribuido el éxito de las mismas. “Si no fuera por la COPE, ¿de qué?”, he oído decir a uno de sus corifeos más destacados. Alentó la manifestación contra el Gobierno por la ley de matrimonios homosexuales y por la LOE, pero no las manifestaciones contra el maltrato a la mujer. Porque no eran contra el Gobierno. ¿O no tenían éstas una causa justa?
Se puede decir una verdad con ánimo de agredir y de insultar. El ejemplo que voy a poner viene como anillo al dedo al hablar de esta cadena. Un obispo inglés tiene que hacer un viaje pastoral a Manhattan.. Sus asesores le advierten de que ha de tener cuidado porque los periodistas están en una actitud muy sensacionalista hacia su viaje. El obispo, a la tradicional prudencia eclesiástica, le añade una dosis suplementaria de precaución. Al llegar a la sala de autoridades del aeropuerto celebra una rueda de prensa en la que los periodistas le hacen una serie de preguntas más o menos comprometidas. El obispo camina con soltura esquivando los riesgos y los peligros. Los fotógrafos disparan sus flashes mientras se suceden las preguntas. Después de media hora de interrogatorio uno de los periodistas pregunta:
– Monseñor, ¿qué opinión le merece la red de burdeles del sur de Manhattan?
El obispo, extremadamente cauto, ni siquiera opina sobre la espinosa cuestión. Solamente hace este comentario:
– Ah, ¿es que hay burdeles en el sur de Manhattan?
Termina la rueda de prensa. El obispo se retira pensando que ha evitado cualquier situación arriesgada. Al día siguiente compran la prensa para ver qué eco ha tenido la multitudinaria entrevista. Y se lleva una sorpresa enorme. En primera página de uno de los diarios aparece una foto en primer plano del obispo y este escandaloso titular: “Primera pregunta del obispo al llegar al aeropuerto: ¿Hay burdeles en el sur de Manhattan?”. Era su primera pregunta y estaba convenientemente grabada. ¿Quién podría protestar?
Lo que me parece peor de algunos comentaristas de la COPE es el evidente ‘animus iniuriandi’ que aparece detrás de las noticias, de las informaciones, de los comentarios, de las entrevistas. Los apodos atribuidos a los personajes, los comentarios despectivos, las descalificaciones abusivas, las suposiciones malintencionados, están cargados de mordacidad y de desprecio. Todo ello revestido de servicio a la verdad, de derecho a la información, de inviolable garantía de la libertad de expresión…
Una cosa es la libertad de expresión, que es un derecho que no se debe cercenar y otra la libertad de agresión que conculca el derecho que toda persona tiene a su dignidad. Los ciudadanos tienen derecho a escuchar la COPE. Claro que sí. A una COPE que practique la libertad de expresión, no la libertad omnímoda de agresión.

La cigarra postmoderna

3 Dic

cigarra.jpg Cuando, hace años, los padres trataban de persuadir a sus hijos de que era muy importante estudiar, les decían que, si estudiaban, el día de mañana iban a tener un buen trabajo y a ganar mucho dinero. Los niños entendían que aquel era un argumento sólido y eficaz. Hoy no es así. Los chicos saben que muchos alumnos que estudian, aunque sean brillantes, acabarán en el paro. Otros encontrarán un trabajo de baja cualificación para el que no hubieran necesitado tanto esfuerzo. Ambas situaciones se producirán después de una interminable espera. Saben también que muchos que buscan un trabajo abandonando los estudios o que se dedican a negocios prematuros, más o menos legales, se enriquecen con rapidez y eficacia. Mientras quienes estudian siguen tirando del presupuesto familiar y pidiendo a los padres dinero para tomar unas cañas y pagar el autobús, otros disponen de un dinero que les convierte en personas autónomas y autosuficientes.
Lo que los alumnos y alumnas aprenden hoy fácilmente es que hay formas de conseguir dinero fáciles y rápidas y que el estudio paciente y prolongado no siempre conduce a un trabajo satisfactorio y bien remunerado. Es decir, aprenden que hay que estudiar por el hecho mismo de saber y no es fácil descubrir el placer de aprender cuando lo que se estudia no tiene interés o se aprende en estructuras asfixiantes.
Muchas historias que se nos contaban, reales unas y otras en forma de cuentos y fábulas, trataban de explicarnos que el trabajo constante era una forma de asegurar el futuro y de no pasar calamidades en los tiempos de carestía. El fabulista La Fontaine hizo contribuciones reseñables al respecto. Una de ellas es la fábula de la Hormiga y la Cigarra. La Hormiga que trabajaba con esfuerzo durante los meses de verano y que, cuando llegaba el invierno, tenía provisiones que la permitían vivir felizmente. Mientras la perezosa Cigarra, que se dedicaba a cantar en los meses de labor, se encontraba en la miseria cuando llegaba la época de necesidad. Dichosa Hormiga. Pobre Cigarra. Hoy, probablemente, la fábula tendría una versión diferente. Más o menos, de este tipo: Había una vez una Hormiga y una Cigarra que eran muy amigas. Durante la primavera, el verano y el otoño la Hormiga trabajó sin parar, almacenando para el invierno. No aprovechó el sol ni la playa, no paseó plácidamente bajo la brisa de la tarde, ni disfrutó de la charla con amigos tomando una cerveza después del día de intensa labor.
Mientras, la Cigarra anduvo cantando con los amigos en los bares y discotecas de la ciudad sin desperdiciar ni un minuto siquiera de placer. Cantó y bailó durante toda la primavera, el verano y el otoño, durmió sin límite, tomó el sol, paseó con la brisa de la tarde y disfrutó muchísimo sin preocuparse por los malos tiempos que estaban por venir. Pasaron unos días, llegó el invierno, empezó el frío. La Hormiga, exhausta de tanto trabajar se metió en su casa, atormentada por la preocupación ya que una tormenta imprevista había destruido toda la cosecha. Alguien la llamó por su nombre desde afuera y, cuando abrió la puerta se llevó una gran sorpresa al ver a su amiga la Cigarra al volante de un flamante Ferrari, vistiendo un valioso abrigo de pieles y adornada con un collar de brillantes. La Cigarra le dijo con tono exultante:
–Hola, amiga. Voy a pasar el invierno a París. ¿Podrías cuidar de mi casita?
La Hormiga respondió:
–Claro, sin problemas. Pero, ¿qué ocurrió? ¿Dónde conseguiste el dinero para ir a París, para comprar un Ferrari, un abrigo tan caro y un collar tan precioso?
Y la Cigarra se apresuró a explicar con desparpajo:
–Yo estaba cantando en una sala de fiestas la semana pasada y a un productor americano le gustó mi voz. Se ha enamorado de mí. Me ha regalado el coche, el abrigo, el collar y un montón de cosas más. Firmé un contrato millonario para hacer galas en París. Y nos vamos los dos a esa ciudad maravillosa que todavía no conozco y con la que siempre había soñado. A propósito: ¿Necesitas algo de la capital francesa?
–Sí, dijo la Hormiga. Si te encuentras a La Fontaine dile que me acuerdo mucho de su madre.
Las cosas no son siempre así, claro está. La Cigarra que canta no siempre encuentra el productor que se enamora de ella. Pero tampoco son como las contaba La Fontaine. Cada uno tiene que ir elaborando su proyecto de vida, construyendo su escala de valores. Sin poner como única meta de la vida la consecuencia del éxito material. La principal conquista es alcanzar la felicidad. Con el trabajo y con la diversión, con la fidelidad a uno mismo y con el respeto a los otros.
La filosofía del éxito en la que descansa el mundo de la información, deja en la sombra a quienes se esfuerzan sin conseguir el triunfo. Sólo se entrevista a los ricos, a los poderosos y a los famosos. Sólo se conoce la vida de los ganadores. Pero no se nos muestra su esfuerzo, su constancia, su miedo y sus fracasos preliminares. Lo que importa es descubrir los engaños y saber desmontar las propuestas falsas que nos conducen al error y a la desgracia. Hay que saber descubrir los señuelos que se esconden detrás del oropel. La Cigarra postmoderna puede encontrarse con el desamor a los pocos días de llegar a París, puede descubrir que el contrato era un engaño y puede, incluso, tener un estrepitoso fracaso cuando comience a cantar en los sofisticados salones de la ciudad del Sena.
Hay que poner, pues, en entredicho a La Fontaine. Claro que leerlo tiene también ventajas. Recuerde el lector la fábula del Cuervo y de la Zorra. Estaba el Cuervo en lo más alto de un árbol comiendo un enorme y exquisito trozo de queso. La Zorra, que lo contempla desde el suelo, le dice con tono adulador, intentando hacerse con el trozo de queso:
–Cuervo, qué plumaje tan maravilloso tienes. Y qué voz tan hermosa. Canta un poco para que pueda disfrutar de tu hermosa voz.
El Cuervo coge el trozo de queso con las garras de su pata derecha y, cargado de ironía, le dice a la Zorra:
–He leído a La Fontaine.
Hay que aprender a pensar. A descubrir las trampas que se nos tienden. El fin de la educación es ayudar a que la mosca se libre del cazamoscas.