Violencia sutil contra la infancia (II)

2 Ago

Nuestra cultura ha estado marcada por planteamientos inmolatorios de la infancia. Los niños y las niñas han sido considerados como propiedad de los padres/madres para Dios, la patria, la producción, la sociedad, el cielo… El sacrificio de la prole al dios de turno (especialmente de los primogénitos) para aplacar su ira, evitar catástrofes o conseguir favores, ha sido una constante en la historia humana.

La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

La filosofía griega presenta frecuentes acontecimientos filicidas. Urano y Cronos mataban a sus hijos al nacer. Tántalo ofrecía a los dioses en banquete la carne de su hijo. Edipo, condenado a morir por sus padres, que lo han abandonado, descendía de una estirpe familiar que se caracterizaba por el asesinato de los hijos. En Roma, la “patria potestas” significaba el poder absoluto, legalmente reconocido, del padre en relación de la vida de los hijos. Hasta el año 318 no se consideraba un crimen la muerte del hijo ocasionada por el padre. Y hasta el año 374 no se consideró homicidio su muerte provocada.

La Historia Sagrada nos ofrece también ejemplos al respecto. Moisés abandonado en las aguas del Nilo, Abraham que entrega s su hijo al sacrificio, el abandono de Ismael en el desierto… La Historia de España llama Guzmán el Bueno a quien entregó la vida de su hijo por la patria…

Pero me ocupan en los cuatro artículos de esta serie las formas sutiles de violencia contra la infancia. En la semana pasada me centré en la familia, hoy lo haré en la escuela. La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

– La obligatoriedad cotidiana

La escuela es una institución de reclutamiento forzoso. No es igual acudir a una institución o a una actividad de forma voluntaria que de manera forzosa. He sido testigo del desgarro de muchos niños y niñas los primeros días de escolarización. Resulta casi traumático obligarles a despegarse del padre o la madre que los conducen a la escuela.

No digo que no deban ir a la escuela. Para muchos es el único medio de que disponen para poder tener una vida digna. Voy publicar en México dentro de unos meses un libro que se titulará “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. Sólo estoy diciendo que, si la forma de concebir la escuela no lo remedia, la asistencia obligada puede convertirse en un sufrimiento.

– La imposición indiscutida e indiscutible de normas, objetivos, metodología y evaluación

Poco es lo que deciden los alumnos y alumnas en la escuela. Por no decir que nada. Le oí decir en cierta ocasión a Francesco Tonucci que la escuela es una institución ilegal porque quebranta sistemáticamente la ley que exige que los niños y niñas sean consultados sobre aquellas cuestiones que les conciernen. Y la escuela les concierne. Pero no les consulta. Y concluía Tonucci con cierta contundencia: como son ilegales habría que cerrarlas. Yo no voy tan lejos porque creo que la escuela puede ser un camino hacia la libertad a través del conocimiento y de la convivencia.

Casi todo es impuesto en la escuela. Violenta o sutilmente impuesto. El alumno del que se dice que es “protagonista” del proceso educativo no interviene en ninguna de las decisiones esenciales de la institución.

– La comparación como eje del rendimiento

Las calificaciones se suelen establecer a través de unos baremos taxonomizados. El ”más que tú”, “menos que tú” se convertirán en referencias decisivas. Y no se considerará el punto de partida y las condiciones personales, familiares y sociales. Alguna vez he dicho que la gallina no es un águila defectuosa, pero la escuela sigue siendo una institución homogeneizadora y competitiva.

El fracaso escolar se convierte en una lacra del sistema educativo. El porcentaje de abandonos y de sujetos que siguen pagando tributos superiores a los logros es cada día mayor. Y hasta se puede pensar que es precisamente ese nivel de fracaso el éxito institucionalizado del sistema.

– La transmisión de mitos sociales

La escuela ha sido considerada durante mucho tiempo como la transmisora de los bienes culturales. El mito del progreso, el mito de la igualdad de oportunidades, el mito de la libertad, el mito del bien común…

No se trata de aprender por cuenta propia sino de ser enseñado. Los niños y niñas aprenden que lo que se enseña es lo que vale la pena y, paralelamente, que si hay algo que importa debe haber alguna escuela que lo enseñe.

– La imposición de castigos irracionales e injustos

Se han impuesto desde el poder institucional muchos castigos arbitrarios. Porque se ha confundido autoridad con poder. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

El poder controla, silencia, castiga, humilla y aplasta. Quien tiene autoridad educativa, por el contra, ayuda a crecer. Pues bien, se ha ejercido, a veces, un poder indiscriminado que ha impuesto sin diálogo y sin posibilidad réplica, castigos absurdos como ponerse de rodillas, copiar cientos de veces frases ridículas, quedarse sin recreo o sin escuela…

– Un curriculum oculto potente y pernicioso

A través curriculum no explícito, que actúa de forma persistente, omnímoda y subrepticia la escuela enseña muchas cosas mientras enseña: que hay que repetir, que hay que estar sentados, que hay que callarse, que hay que obedecer, que no se puede decir lo que se piensa, que solo se estudia cuando hay examen, que solo se estudia lo que entra en el examen…

Muchos de estos aprendizajes son más importantes que los que adquieren en el curriculum reglado de la escuela. Ya lo decía Kant: lo principal que aprenden los niños en las escuelas es a estar sentados.

– Concepción jerárquica de la verdad

Se podría definir verdad como aquello que la autoridad sostiene, sobre todo si se trata de una autoridad evaluadora. Es verdad aquello que dicen los libros, aquello que hay que aprender para el examen.

– La experiencia de aburrimiento

Hay muchos niños que se aburren en la escuela. Sobre todo cuando las prácticas que desarrolla son el fruto de la rutina y de la torpeza. Tener que estar quieto, callado durante mucho tiempo, a edades tempranas, se puede convertir en una tortura.

Un proceso de aprendizaje asentado en la escucha y en la repetición de lo que se ha explicado produce casi inevitablemente aburrimiento y desgana.

– La homogeneización como falso criterio de justicia

No es cierto que haya que tratar a todos por igual cuando, de hecho, son todos y todas tan diferentes. No es bueno que todos tengan que hacer lo mismo, en los mismos tiempos y de la misma forma.

Defiendo la idea de que la escuela debería ser una institución en la que se pudiera trabajar felizmente y, además, que debería estar encaminada a conseguir que los alumnos y alumnas (junto a sus profesores primero y luego ya de forma autónoma) aprendieran a ser felices. Porque aprender a ser felices y a ser buenas personas es el principal logro de la inteligencia. Lo cual no significa que no tengan que haber esfuerzos, tener constancia y desarrollar el espíritu de superación. Pero con un sentido. Por una causa. La causa del bien y de la felicidad.

La cestita de caramelos

29 Mar

Tengo en mi mesa de despacho de la Facultad de Ciencias de la Educación una cestita de caramelos que no se ha vaciado en muchos años. No porque sigan en ella los mismos caramelos que deposité el primer día sino porque los he ido renovando a medida que iban desapareciendo en las manos (luego en la boca) de mis alumnos, compañeros y visitantes.

Tengo en mi mesa de despacho de la Facultad de Ciencias de la Educación una cestita de caramelos que no se ha vaciado en muchos años.

Un pequeño detalle que solo pretende poner un poquito de dulzura en las muchas veces desabrida cotidianidad universitaria. A veces, cuando la espera de los alumnos y alumnas ante algunos despachos de la planta se prolonga, salgo del mío con la cestita y ofrezco un caramelo a los pacientes alumnos.

– ¿Un caramelo?

No todos aceptan. Algunas veces van diciendo que no hasta que uno, más decidido, se anima:

– Voy a coger este de limón.

Y los que habían dicho que no, ahora se deciden y comienza la ronda. Lo que siempre vi, aunque no aceptasen la invitación es qu, ante el gesto de la cestita, se les venía a la cara una sonrisa.

– Muchas gracias.

Traigo aquí este minúsculo detalle porque quiero hacer algunas reflexiones sobre la cultura de los pequeños gestos, de las ingeniosas manifestaciones que hacen la vida más llevadera. Me gustaría elaborar un Manual de hermosos detalles docentes. Porque estoy seguro de que los hay. En todos los niveles del sistema educativo. En todos los centros. En todas las aulas. Unos que tienen que ver con el aprendizaje, otros con los afectos, otros con la creación de un buen clima en la escuela y en el aula.

A continuación voy a compartir con los lectores y lectoras algunas iniciativas que conozco y que, a bote pronto, se asoman a las teclas del ordenador

– Pienso en el profesor que hace un pequeño regalo todos los días a sus alumnos. El regalo de un pensamiento, de un poema, de una canción, de un cuento, de una anécdota… Los alumnos esperan con ilusión cada día el momento del regalo. Y se sienten respetados y queridos. Se sienten dignos de una atención especial.

– Conocí un profesor que les daba dos caramelos a cada uno de los niños de su aula. Siempre con la misma cantinela que ellos se sabían de memoria: “Toma, el de hoy y el de mañana. Y mañana otra vez”. Era una hermosa forma de decirles que nunca les faltaría ese detalle, ese minúsculo gesto de afecto.

– En una artículo de hace años comenté la historia de una profesora que les pidió a los alumnos que escribieran la idea más hermosa respecto a cada uno de los compañeros de la clase. Ella, en el fin de semana, confeccionó la lista de todas las frases hermosas que le habían escrito a cada uno todos los compañeros. Conté en aquel breve texto que uno de los alumnos de aquella clase conservó esa lista hasta la muerte.

– Mi amigo Horacio Muros, director de una escuela en la provincia de Mendoza (Argentina) confeccionó unas tiras con el texto: “Vale por una sonrisa”. Alumnos, padres y profesores de la escuela distribuyeron las pequeñas tiras intercambiándolas por sonrisas. La escuela se convirtió en un hermoso lugar en el que el lenguaje de la sonrisa se hizo presente en la comunicación de todas las personas de la comunidad.

– Este Director, que tuvo la amabilidad de proponerme como Padrino Pedagógico de su escuela, recibe todos los días con un saludo a la entrada a los alumnos y a los profesores y profesoras, dándoles los buenos días y deseándoles una feliz jornada. En otra ocasión, colocó en la sala de profesorado un Probador de Imagen, es decir un espejo que tenía dibujada en la parte alta una sonrisa. Cuando alguno se miraba en el espejo veía reflejada la sonrisa en su rostro.

– Mi querido amigo Manolo Alcalá, ya jubilado, cuando era Director del IES Puerta de la Axarquía, regalaba el primer día de curso a cada uno de los docentes, una ramita de romero o de otra planta (recogida del jardín mitológico-aromático que cuidaba en el Instituto) acompañada de un poema de bienvenida y de buenos deseos.

– El día de su cumpleaños un maestro invita a todos sus alumnos y compañeros a un aperitivo antes de la comida o a una sencilla merienda por la tarde. Una forma de compartir la experiencia de la vida.

– Una profesora celebra el cumpleaños de los alumnos, se sabe la fecha, les hace un regalo, canta en la clase el “Cumpleaños feliz” y comparte la alegría de una celebración que no solo ha de ser familiar. ¿Por qué no en la escuela? ¿Por qué no compartir la alegría de

– Un profesor escribe todos los años una carta de despedida a sus alumnos y alumnas. Repasa en ella lo que ha sido el curso, les desea felices vacaciones y le algunas sugerencias para el futuro.

– Una profesora universitaria, mi querida amiga Lourdes de la Rosa, ha dejado constancia en un escrito de las iniciativas que pone en marcha para crear un clima positivo en el aula. Dice textualmente: “Desde hace varios años, el primer contacto que tenemos el alumnado y yo es la presentación inicial de todos y cada uno de nosotros y nosotras. En esta presentación se propone que cada cual comente algo sobre la asignatura (por ejemplo sus expectativas, lo que el piensa que puede aportar a la misma, etc.) y, por otro lado, se anima a que cada cual exprese algo de sí mismo/a, alguna particularidad que constituya una marca de identidad, algo que lo caracterice. Para evitar la contaminación entre los propios compañeros se pide que esto se realice, en primer lugar, de manera sucinta por escrito y, posteriormente, se comunica en alta voz al resto de la clase. Por la misma razón, mi presentación pasa a ser la última de todos los y las presentes”.

No tengo más espacio. La relación sería casi infinita. La pedagogía de los detalles crea un clima afectivo en el que es fácil aprender y es maravilloso convivir. No se trata de actos heroicos, de gestos sublimes sino de pequeñas acciones que tienen cabida en cualquier momento de la vida de la escuela y del aula.

Hay que poner la creatividad al servicio de la convivencia. Tomar iniciativas que ayuden a mejorar la comunicación. Creo que cada uno debe preguntarse en qué medida su actuación hace mejor la vida en común de las instituciones.

No se trata solo de mejorar la convivencia y de mostrar respeto y afecto sino de generar una disposición abierta al aprendizaje. Esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y por el amor a quienes se enseña. Hay quien podría pensar que estas cuestiones no tienen que ver con el aprendizaje. No es así. Cuando el constructivismo plantea las exigencias necesarias para que se produzca aprendizaje significativo habla de la estructura lógica interna del conocimiento, de la estructura lógica externa (que case con lo que el aprendiz ya sabe) y habla también de la disposición emocional hacia el aprendizaje. La cultura de los detalles genera esa disposición emocional. No se pierde el tiempo cuando se dedica a crear un clima armonioso, cuando se procura despertar en quienes aprenden y en quienes enseñan un estado emocional equilibrado y satisfactorio.

Papá, baja del árbol

21 Dic

No hay fuerza más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Los adultos, padres y educadores, nos empeñamos en transmitir valores a nuestros hijos y alumnos. Lo hacemos a través de programas, proyectos, lecturas, consejos, advertencias, reproches, castigos… y un sinfín de estrategias “educativas”.

- Papá, baja del árbol. Aquí hay un hombre que quiere hablar contigo.

No caemos en la cuenta, muchas veces, de que hay una forma mucho más eficaz de aprendizaje de los valores. Es el aprendizaje vicario del que habla el psicólogo ucraniano-canadiense Albert Bandura. Es también conocido como aprendizaje observacional, de imitación, modelado o aprendizaje cognitivo social.

Este aprendizaje esta basado en una situación social en la que al menos participan dos personas: el modelo, que realiza una conducta determinada y el sujeto que realiza la observación de dicha conducta; esta observación determina el aprendizaje. A diferencia del aprendizaje por conocimiento, en el aprendizaje social el que aprende no recibe refuerzo, sino que este recae en todo caso en el modelo; aquí el que aprende lo hace por imitación de la conducta que recibe el refuerzo.

De los cientos estudios realizados por Bandura, un grupo se alza por encima de los demás: los estudios del Muñeco Bobo. Los llevó a cabo a partir de una película en la que una chica pegaba al muñeco, gritando: ¡estúpidooooo! Le pegaba, se sentaba encima de él, le daba con un martillo gritando frases agresivas. Bandura enseñó la película a un grupo de niños de guardería que como se podrá suponer saltaron de alegría al verla. Posteriormente se les dejó jugar. En el salón de juegos había varios observadores con bolígrafos y carpetas, un Muñeco Bobo nuevo y algunos pequeños martillos… Se observó al grupo de niños y se anotaron sus comportamiento con el Muñeco Bobo… Le pegaban gritando ¡estúpidooooo!, se sentaron sobre él, le polpeaban con martillos y demás, es decir, imitaron a la joven de la película. Esto podría parecer un experimento con poco de aportación en principio, pero consideremos un momento: los niños cambiaron su comportamiento sin que hubiese inicialmente un refuerzo dirigido a explotar dicho comportamiento.

En respuesta a la crítica de que el Muñeco Bobo estaba hecho para “ser pegado”, Bandura incluso rodó una película donde una chica pegaba a un payaso de verdad. Cuando los niños fueron conducidos al otro cuarto de juegos, encontraron lo que andaban buscando: “un payaso real. Entonces procedieron a darle patadas, golpearle, darle con un martillo, etc.

En el año 2001 publiqué en Buenos Aires un libro titulado “Una tarea contradictoria: educar para los valores y preparar para la vida”. En el prólogo dejo constancia de un certero pensamiento del biólogo chileno Humberto Maturana: “Tenemos que enseñar porque aquello que enseñamos no lo estamos viviendo. Yo creo que ese es el verdadero problema con los valores”.

El dueño de un huerto de árboles frutales sorprendió un buen día a un muchacho encaramado en lo alto de un árbol. Tenía en sus manos un saco en el que estaba metiendo las peras que afanosamente recogía con sorprendente habilidad.

El dueño gritó enfurecido:

– ¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo? Bájate ahora mismo del peral y dame ese saco con la fruta que me estás robando.

Y añadió en un tono severo y conminatorio:

– ¿Cómo se llama tu padre? Llámalo, dile que quiero hablar con él sobre lo que estabas haciendo.

El chico mira hacia arriba y dice:

– Papá, baja del árbol. Aquí hay un hombre que quiere hablar contigo.

Es fácil imaginar el desconcierto del afligido horticultor. ¿Qué le puede decir al padre del muchacho, salvo pedirle que le entregue el saco con la fruta que ha robado? ¿Qué le puede explicar ese padre a su hijo sobre la obligación de respetar los bienes ajenos? ¿Cómo le puede reprochar su comportamiento? ¿Con qué autoridad le puede reprender por lo que hace y exhortar para que se comporte de otra forma en el futuro? Si los adultos viviésemos los valores no habría necesidad de dar tantas lecciones sobre ellos. Decía Séneca: “Elige por maestro a aquel a quien admires, más por lo que vieres en él que por lo que escuchares de sus labios”.

Todos los lectores y lectoras recordarán el famoso cuento de los hermanos Grimm.

Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aun algunas veces escapar la baba. La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo y rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera le llenó de improperios a los que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Le compraron una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.

Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.

– ¿Qué haces?, preguntó su padre.

– Una tartera, contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.

No dijeron ni una palabra. Después se echaron a llorar. Volvieron a sentar al abuelo a la mesa y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.

¿Qué ejemplo le estamos dando los adultos a los niños y los jóvenes a quienes pretendemos educar?

Pienso ahora en tres ámbitos dentro de los cuales se hace imperiosa la necesidad del ejemplo:

Ámbito social: Algunos políticos están diciendo con sus vidas y con sus comportamientos que “todo vale” para hacerse con el poder o mantenerse en él. Lo mismo habrá que decir de los banqueros respecto al dinero o de los famosos respecto a la fama.

Ámbito docente: Lo que somos los profesores influye de manera determinante sobre los alumnos. Mucho más que aquello que decimos o recomendados. Lo decía Voltaire: “Los ejemplos corrigen mucho más que las reprimendas”.

Ámbito familiar: Los padres y madres actuamos, a veces, de manera inconveniente. El padre subido al árbol, poco puede decir a su hijo sobre la inconveniencia de robar al prójimo.

La falta de coherencia entre el discurso teórico y los hechos, no solo produce esterilidad en cuanto a la aparición de buenos hábitos en los niños y en los jóvenes. Lleva, además, a una reacción despectiva e incluso agresiva hacia quien dice una cosa con las palabra y otra con los hechos.

¿Cómo puede aconsejar decencia un político corrupto, amor al conocimiento un profesor perezoso, respeto a la dignidad de las mujeres un padre machista o castidad un sacerdote pederasta? Pueden hacerlo, claro. Pero solo cosecharán, como respuesta, irritación y desafecto. Una cosa es predicar y otra dar trigo. Decía Madame de Sablé: “Nada hay más peligroso que un buen consejo acompañado de un mal ejemplo”.

La muerte es algo excesivo

14 Sep

Quiero compartir con mis lectores y lectoras un gran dolor. Me refiero al fallecimiento de mi cuñado, marido de mi única hermana, acaecido el pasado día 10 de septiembre. A él dediqué un libro que publiqué recientemente en la Editorial Homo Sapiens de Rosario (Argentina) titulado “Las feromonas de la manzana. El valor educativo de la dirección escolar”. El texto literal dice: “Para Manuel Seisdedos López, un hermano que llegó a mi vida ya crecidito, con barba florida, sonrisa perenne y corazón sin fronteras”.

Dice Saint Just que a la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. Es verdad.

Su larga enfermedad y su difícil y prolongada agonía me han hecho reflexionar sobre lo que considero el tabú del siglo XXI: la muerte. No el sexo, no el poder, no la fama, no el dinero, sino la muerte. Obsérvese que no se habla casi nunca de ella, salvo cuando llega más o menos solapadamente a nuestro lado. Se esconde su existencia a los niños y se le camufla a los adultos.

El empleado de la funeraria que llegó a la casa esa fatídica madrugada, me habló de un epitafio que hacía poco tiempo había querido esculpir en su lápida uno de sus últimos clientes: “Estuvimos jugando al escondite y, al final, me encontraste”. La muerte siempre acaba encontrándonos por mucho que nos escondamos. La muerte acaba ganando siempre.

Dice Saint Just que a la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. Es verdad. Su irremediabilidad, su irreversibilidad y su crudeza resultan tan contundentes que te dejan el corazón petrificado. Cuando se dice que todo tiene remedio menos la muerte, se está en lo cierto. No hay remedio. Siempre llega. Y, una vez acontecida, no hay marcha atrás. Dice Schopenhauer que la vida es un proceso constante de muerte.

En uno de los libros de José María Cabodevilla, (quizá sea en el titulado “32 de diciembre”, que dedica a reflexionar sobre la muerte), leí hace muchos años que en no sé qué país para afirmar que alguien había muerto, se utilizaba la expresión “no aparece por ninguna parte”. Qué certera definición. Esa persona no aparece y no aparecerá en ningún sitio. La muerte nos deja un vacío sin límites y un dolor insondable.

Nec nominetur in nobis, decían los latinos. Ni se mencione entre nosotros. Vivamos como si fuéramos inmortales, hasta que nos llegue la hora de no serlo. Vivamos como si no tuviéramos que morir. Relacionémonos con los demás como si la vida no tuviera nunca fin. Esa es la esencia del tabú.

Viví mi infancia en Grajal de Campos, un pueblecito de la provincia de León. Era monaguillo en la iglesia parroquial de San Miguel. Asistía, por obligación y devoción, a los funerales y a los entierros. Acompañaba al párroco a la casa del difunto, donde veía el cadáver que se mostraba a los vecinos. Y luego, en el cementerio, veía cómo el sacerdote rociaba con agua bendita el cadáver y cómo se introducía el féretro en la fosa.

Las campanas “tocaban a muerto”. Y el tipo de repique te hacía saber si el fallecido era un niño o un adulto. El pueblo entero acompañaba la comitiva fúnebre hasta el cementerio. La vida se paralizaba para acompañar a la familia. La muerte tenía presencia en la cultura. Se vivía familiarizado con ella.

Sin embargo en las modernos ciudades de hoy, no existe constancia de la muerte. Alguna vez atraviesa la calle un coche más largo que otros y tienes que esforzarte para saber que se trata de un coche fúnebre. Nada hace recordar que hay personas que mueren. No hay rastro de cadáveres salvo en los accidentes, las masacres, los terremotos… No aparece la muerte como algo natural. Mi esposa, por ejemplo, vio el primero cadáver cuando ya había rebasado la edad de cincuenta años. El cadáver de su padre.

Es difícil imaginar la existencia humana sin la muerte. Recordará el lector la estupenda novela de José Saramago titulada “Las intermitencias de la muerte”. Ambientada en un país anónimo y en una fecha desconocida, la novela narra cómo a partir de la medianoche del 1 de enero nadie muere. Inicialmente, la gente celebra su victoria sobre la muerte. Mientras tanto, las autoridades religiosas, los filósofos y los eruditos tratan de descubrir, sin éxito, por qué la gente dejó de morir. La Iglesia católica de hecho se siente amenazada por este suceso ya que pone en duda uno de los principales fundamentos de su dogma: la muerte y resurrección de Jesucristo. Sin embargo, los ciudadanos continúan disfrutando de su nueva inmortalidad.

Este gozo dura poco, ya que el fin de la muerte
trae consigo varios retos financieros y demográficos. Los encargados de la salud pública temen que el sistema colapse debido al creciente número de personas incapacitadas y agonizantes que llenarán los asilos y hospitales sin poder morir. Al contrario, los dueños de funerarias temen que no tendrán más trabajo y se ven obligados a organizar entierros para animales.

Ofreciendo una solución para deshacerse de las personas al borde de la muerte que no pueden morir, surge un grupo que lleva a los moribundos al otro lado de la frontera del país, en donde mueren instantáneamente ya que la muerte continúa trabajando en el resto del mundo.

La muerte emerge poco después como una mujer llamada muerte (el nombre en minúscula es para diferenciarla de la Muerte, la cual terminará con todo el universo). Ella anuncia a través de una carta a los medios de comunicación que su experimento ha terminado y que la gente volverá a morir. Sin embargo, en un intento de suavizar la muerte de las personas, promete enviar una carta a aquellos que van a morir, dándoles una semana para prepararse para su final. Estas cartas, enviadas en un sobre violeta, crean caos en el país en donde la gente tiene que enfrentar un destino inevitable…

La novela sigue. No desvelaré el final a quien no ha tenido todavía la suerte de leerla. Lo cierto es que, en la vida real, no recibimos esa carta de sobre morado que nos avisa de cuándo será nuestro final

Un equipo de profesores de la Universidad Autónoma de Madrid, coordinado por los profesores Agustín de la Herrán y Joaquín Paredes, está investigando desde hace casi 20 años sobre el decisivo tema de la pedagogía muerte. Uno de sus libros, titulado “La muerte y su Didáctica”, de Agustín de la Herrán y Mar Cortina, ofrece reflexiones y materiales destinados a la preparación para la muerte.

Estoy de acuerdo con su iniciativa y aplaudo con entusiasmo su esfuerzo. La educación dedica todo su empeño en preparar para la vida y para el trabajo. Pero no para la muerte, que es del todo inexorable.

Especial cuidado hay que tener en explicarle la muerte a los niños y a las niñas. Muchas veces se encuentran con la muerte de un abuelo, de uno de los progenitores, de un familiar o de algún amigo. En esas circunstancias hay que informarle pronto y claramente. No se le debe ocultar la realidad. Hay que permitirle que haga todas las preguntas que quiera. No se le debe mentir diciendo, por ejemplo, “el abuelo está dormido” porque puede tener miedo a quedarse dormido y no despertar.

Todos, adultos y niños, tenemos que aprender que la muerte llega. Si se trata de la muerte de un ser querido, es necesario vivir el duelo con fortaleza, hondura y serenidad.

El saltamontes no oye

29 Mar

Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Planteamos nexos de causalidad de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. “Esto va a suceder por esto”, anunciamos con sorprendente contundencia. Como si esas conexiones fuesen siempre palmarias e indiscutibles.

Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte”, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin tener en consideración que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. El partido del gobierno dice que todo el problema económico actual proviene de la herencia que le ha dejado el partido socialista. La causa del paro era para el PP el mal gobierno de Zapatero y el incremento de un millón de parados que se ha producido con el actual gobierno es también para el PP consecuencia de aquella forma de gobernar. En definitiva que utilizamos sin cesar la lógica de autoservicio. Un mecanismo intelectual que le hace hablar a la realidad para que nos de la razón.

La fe es una fuente de causalidades frecuentemente gratuitas. Los creyentes dicen sin ambages que ha sido el Espíritu Santo quien ha inspirado a los cardenales la elección del actual Pontìfice. ¿Cómo se puede demostrar esa causalidad? Dicho sea con todo mi respeto a los creyentes. Las oraciones son estrategias que pretenden establecer la causalidad entre lo bueno que nos pasa y el favor divino. Recuerdo que, en una lejana investigación que hicimos sobre la educación diabetológica, algunos padres/madres atribuían la enfermedad del hijo a un castigo que habían recibido por algo malo que habían hecho en el pasado.

Otra fuente de causalidad arbitraria es la supersptición. Esto me ha pasado porque he visto un gato negro (resulta curioso saber que en Irlanda el gato negro es símbolo de buena suerte). Como es martes, día 13, lo malo que suceda ese día tendrá su origen en la fecha. ¿Qué rigor tienen estas afirmaciones?

Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja.

Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha:

– ¡Saltamontes, salta!
Y salta.
Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano:
– ¡Saltamontes, salta!
Y salta.

Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir:
– ¡Saltamontes, salta!

Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también también que es completamente gratuita.

Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera.

Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”.

No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces hemos oído decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE?Sin duda, muchas, Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria.

También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacer mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable.

Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero, como planteaba más arriba, al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro de Luis Rojas Marcos que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.

Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. Eso es la educación: pasar, como decía Paulo Freire, de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Dejarse engañar es malo. Perro engañarse uno a sí mismo es peor. Seamos rigurosos. En honor a la verdad.