Una institución permeable

30 Abr

Me preocupa que la escuela sea una institución cerrada, de espaldas a la realidad, ajena al entorno,  desvinculada  del contexto, ensimismada en su rutina… Me inquieta que se convierta en una campana  de cristal, aislada de la vida, de los problemas, de las ocupaciones y de las preocupaciones  de la gente.

La permeabilidad es la capacidad que tiene un material de permitir a un flujo que la atraviese sin alterar su estructura interna. Para que haya permeabilidad hacen falta tres requisitos: porosidad del material, densidad adecuada del fluido y presión a la que está sometido el líquido…

La permeabilidad es la capacidad que tiene un material  de permitir a un flujo que la atraviese sin  alterar su estructura interna. Para que haya permeabilidad hacen falta tres requisitos: porosidad del material, densidad adecuada del fluido y presión a la que está sometido el líquido…

Para ser permeable, el material debe ser poroso, debe contener espacios vacíos o poros que le permitan absorber el líquido. Es  decir, que si la institución es rígida, inflexible, dogmática y cerrada, no hay posibilidad de que entre nada en ella. Tampoco es posible que salga de ella nada de valor. A su vez tales espacios deben estar interconectados para que el fluido disponga de caminos para pasar a través del material. Esas interconexiones son las necesarias coordinaciones entre docentes, cursos, niveles… Cuando hablo de la densidad y de la presión del fluido  me refiero a la calidad pedagógica y ética de lo que entra y sale de la escuela a través del proceso de permeabilidad y también al ritmo de entrada y salida…

La permeabilidad de la escuela tiene un doble sentido. La escuela sale de su ensimismamiento al encuentro de la realidad, de la vida, de la sociedad, de otras experiencias. Y la sociedad entra en la escuela para llevar las preocupaciones, los problemas, las necesidades, las oportunidades de formación.

El curriculum de la escuela tiene que tratar de la vida, del mundo, de las cosas, de los problemas, de las realidades, de lo que pasa, de la actualidad, del entorno. No puede ser un conjunto de datos inertes que nada tienen que ver con lo que sucede.

Voy a referirme a dos experiencias de permeabilidad. Una que parte de la escuela hacia el exterior y otra que parte del exterior hacia la escuela.

Vayamos a la primera. Hace años fui Director de un Colegio en Madrid. Cuatro años invertidos en una experiencia inolvidable. Aun recuerdo al niño que cruzó la puerta y se convirtió en el primer escolar de la institución. Recuerdo su cara, su sonrisa, su peinado… y su emoción cuando le dije:

–           Adelante, vas a ser el primero en atravesar la puerta de este nuevo Colegio. No sabemos cuántos miles y miles entrarán después de ti.

Sobre mi primer año como director escribí un libro titulado “Yo te educo, tú me educas”. Un libro en el que cuento no solo lo que hacíamos sino los sentimientos y emociones  que suscitaban los  proyectos, las actividades y las relaciones.  Hay también muchas preguntas. Tantas, que el libro estuvo a punto de titularse así: “Preguntas y respuestas y preguntas…”.

Una de las preocupaciones del claustro era que el Colegio no fuese un gueto en el barrio de El Pilar, donde estaba enclavado. Queríamos que fuese parte del barrio y el barrio parte del Colegio. Pusimos en marcha una iniciativa consistente en invadir pedagógicamente el entorno del Colegio.

Eran otros tiempos. La seguridad no preocupaba en la forma que hoy. Y eso me lleva  a preguntarme por el sentido que está teniendo el progreso. ¿Mejoramos? Las ciudades se han vuelto lugares  inseguros, en los que no se puede fiar nadie de nadie. Hoy casi no es ni imaginable aquel despliegue de niños y niñas solos circulando por el barrio e invadiendo tiendas, farmacias  y bancos. Francesco Tonucci me dará la razón.

Previamente hablamos con los responsables de una farmacia, una pescadería, una droguería, una ferretería,  un banco, una Iglesia, una panadería, una frutería, un mercado,  un estanco… Les pedimos que aceptasen a tres niños o niñas que iban a pasar con ellos unas horas de la mañana para observar y hacer preguntas.

En las clases les pedimos que observasen lo que sucedía en  el lugar de destino y que llevasen preguntas escritas. Con lo visto y oído tenían que hacer un informe para comentarlo en la clase. De esa manera, se ejercitaban en la observación, en la entrevistan, en la escritura.

Formulaban las preguntas todos los alumnos y alumnas de la clase.

–           ¿Qué queréis saber de una frutería?, preguntaba, por ejemplo,  el coordinador de un grupo.

Los compañeros iban desgranando su curiosidad: ¿cuánto vale un kilo de naranjas, de peras, de pepinos…?, ¿quiénes entran a comprar?, ¿cuánto gastan?, ¿cómo visten?, ¿de qué hablan?, ¿cómo se comportan?….

En general las personas a las que pedíamos colaboración se mostraban complacientes y facilitadoras. A todos ellos les entregamos los informes que habían realizado los alumnos y alumnas. El docente acudía a los lugares de prácticas para agradecer la ayuda y para preguntar por la actuación de los alumnos y alumnas.

Las fiestas del Colegio ocupaban una semana de actividades. Los bomberos llenaban el patio de espuma para que los niños y niñas se movieran felizmente en ella. Otra actividad que implicaba a las personas del barrio fue acordonar las calles para que los niños pintasen, por parejas, un metro cuadrado  señalado en el suelo.

Creo que es muy importante que el barrio considere suyo el centro educativo y que el centro considere que  el contexto en el que se enclava es importante para que se conozca la realidad.

Me referiré a continuación a la segunda experiencia de permeabilidad. Una experiencia que va desde fuera hacia dentro de la escuela. En un Colegio Público de Albolote, los padres (en su mayoría albañiles) construyeron una casita en el patio del colegio.

Los niños y las niñas ayudaron en las faenas de la construcción y luego utilizaron la casita para realizar en ella actividades relacionadas con las tareas domésticas. Publicaron dos libros: sobre la experiencia: “La casita” y “Juegos para la casita”.

Los padres albañiles construyeron también un magnífico Parque Infantil de tráfico, llamado “Albolut”. Con sus plazas, calles, pasos de peatones, semáforos… y con reproducciones de los edificios más emblemáticos de la ciudad: el mercado, el ayuntamiento, la iglesia, una casa típica… En él practicaban los niños y las niñas (de ese y de otros centros) actividades de educación vial. También sobre esta experiencia se publicó un interesante libro.

Visité estas instalaciones con mis alumnos de la Facultad y tuvieron ocasión de intercambiar ideas y preguntas con Mercedes e Isabel, inspiradoras de estas iniciativas.

La permeabilidad hace que la escuela reciba el fluido de las aportaciones que vienen desde el exterior y, a su vez, permite que la escuela busque en el entorno aquella riqueza educativa que la haga actualizarse y aprender. Para ello es necesaria una actitud cooperativa, un diálogo sincero y profundo y un espíritu crítico que permita valorar las experiencias desde un prisma auténticamente educativo. De esta forma tendríamos una escuela para una sociedad mejor y una sociedad para una escuela mejor.

Las cabras del rabino

2 Abr

Todas las personas, todos los grupos humanos, todos los países atraviesan etapas difíciles. A veces, muy difíciles. A veces, muy largas. En la vida y en la historia hay tiempos de bonanza y tiempos de conflicto.  Hay tiempos de tranquilidad y tiempos de crisis. Cuando tenemos etapas prolongadas de bienestar, pensamos que algo malo puede truncarlas.

- Qué tranquilos y felices somos hoy en casa al estar sin cabras. La vida es maravillosa ahora.

¿Cómo superar esas etapas complicadas en que la dificultad se adueña de la vida? ¿Cómo salir de ese túnel en que falta el aire y todo está oscuro? Es en la dificultad donde las personas muestras su fortaleza y su verdadera inteligencia.

Los docentes pueden atravesar etapas complicadas a lo largo de su trayectoria profesional. Se pueden encontrar con políticos incompetentes, directores e inspectores tóxicos, alumnos apáticos o ingobernables, colegas conflictivos, familias hostiles, fracaso en las pretensiones, sensación de incompetencia, desaliento ante las nuevas exigencias, agotamiento sin límites, incipiente o acrisolada depresión…

Me he imaginado muchas veces la sensación de frustración que tiene que sentir un docente que es incapaz de hacerse con la clase,  de mantener el orden y de conseguir una mínima atención de sus alumnos y alumnas… Me lo imagino yendo cada lunes al Colegio o al Instituto arrastrando el alma por el suelo… Como iba aquel condenado a muerte un lunes camino del cadalso diciéndose a sí mismo: “mal empiezo la semana”-¿Cómo sale del túnel si no tiene fuerzas para caminar?  ¿Quién lo ayuda?

He pensado muchas veces en los jóvenes docentes que han llegado a las aulas cargados de ilusiones y de buenas ideas y  que se han estrellado contra grupos que no solo no están dispuestos a aprender sino que tienen como propósito hacer la vida imposible a quien pretende enseñarles.

Imagino el caso de un exitoso opositor que acaba de aprobar las intrincadas pruebas y que, en su primer año, ve cómo el castillo de sus sueños es derribado por el viento huracanado de los desprecios recibidos en el aula, de la hostilidad de las familias y de la indiferencia del claustro. ¿A dónde puede ir si acaba de hacerse funcionario in  saecula saeculorum?

Una de las estrategias que ayudan a superar la dificultad es pensar que, por muy difícil que sea la situación, siempre podría ser peor. Hay que ser inteligentes para poder dinamitar la tristeza. Una buena dosis de ingenio y de sentido del humor pueden ayudar a salir de los momentos difíciles.

Leí hace tiempo un curioso relato en uno de los numerosos libros de Eduardo. Se titulaba “100 poderosos impulsos positivos par vivir mejor”. Reproduzco  la historia con los inevitables matices de in fidelidad que impone la memoria.

Un campesino judío con muchos hijos, tras sequías repetidas y sin medios económicos, dijo al rabino de su aldea que quería suicidarse parque la vida le resultaba insoportable.

–        ¿Quieres seguir un plan para cambiar de opinión y ser más valiente ante la vida?, le preguntó el rabino.

–         Sí, le prometo hacer cuanto me diga, dijo el campesino.

El rabino, entonces, le aconsejó:

–        Cómprate una cabra y llévala a vivir a tu casa.

–        ¿Cómo puedo convivir con un animal así y exponer a toda mi familia a sus molestias? Además, tengo que gastar un dinero del no dispongo para necesidades apremiantes.

–        Hazlo así y ven a verme la próxima semana.

Así lo hizo el labriego y a la semana siguiente acudió desesperado a ver al rabino.

–        No es posible vivir con un cabra. Todo ha empeorado.

–         No te inquietes, repuso el rabino. Esto es solo una parte del plan. Cómprate otra cabra y haces lo mismo esta semana.

Pidió dinero prestado a sus amigos, compró la segunda cabra y, muy angustiado, volvió una semana después, más resentido  y amargado que nunca.

–        Confía en mí y triunfarás. Haz una cosa. Llévate una tercera cabra a tu casa y la próxima semana ven a verme.

Nuestro hombre, en el límite de su desesperación, volvió dispuesto a decir que no seguiría más esos absurdos consejos. Y el rabino de dijo:

–         Ahora te queda la parte final. Vende una cabra, recupera el dinero  y ven a verme la próxima semana.

Pasado el plazo, informó de que se notaba más paz en su casa con una cabra menos, El rabino le sugirió que se deshiciera de la segunda cabra. Una semana después, el labriego consideró que era más tolerable vivir con una sola cabra y, cuando recibió el consejo de vender la tercera cabra, al volver confesó:

–        Qué tranquilos y felices somos hoy en casa al estar sin cabras. La vida es maravillosa ahora.

El rabino, entonces, dijo:

–        Ninguna contrariedad es tan grande como suponemos al principio. No hemos de desesperar nunca. ¡Siempre hay una situación peor!

Al cantar las excelencias de la profesión docente, no tenemos en cuenta muchas veces que hay profesionales que los pasan mal, que hay personas que sufren en el ejercicio de esa tarea, en sí excelsa pero también compleja.

No es fácil optar por el abandono, dado el alto costo que supone acceder a un puesto de trabajo y, más aún, si tiene esa persona es funcionaria. No es fácil tampoco  reconocer de manera definitiva el fracaso y arrojar la toalla.

Recuerdo la hermosa película de Bertrand Tavernier “Hoy empieza todo”. El título, según manifiestan los guionistas, se debe a la búsqueda de una expresión que fuese lo más alejada de la ficción, lo más opuesta al “Erase que se era…”. La película cuenta la historia de una escuela infantil, situada en los alrededores de París. El Director de la escuela, encarnado por el actor Phillipe Torreton, que pasó seis meses en una escuela infantil para conocer su estructura y su micropolítica, atraviesa una crisis que le lleva a la tentación del abandono.

–  “No puedo más”, es la expresión que utiliza, si mal no recuerdo.

En los brazos de su pareja encuentra las fuerzas y la idea de la superación: “organiza, le dice ella, una fiesta en la escuela que cambie todos sus grises por música y color”. Y así sucede. El Director resurge de las cenizas de su desaliento.

Entregarse a la derrota, capitular ante las adversidades, abandonar el empeño, nos deja instalados en la tristeza y el pesimismo. Creer que se puede superar la crisis,  luchar para salir de esa situación y encontrar el camino de la ilusión y de la alegría resulta fundamental no solo para la persona en crisis sino para los alumnos y las alumnas.

Los túneles, por definición, tienen entrada y salida. El problema es sentarse en el medio lamentando que todo esté tan oscuro y llorando porque no se respira fácilmente.  Creer que se puede salir es la mitad del camino de salida.

Déjame que te cuente

19 Mar

Los organizadores de las IX  Jornadas d´Educació Infantil de Menorca  tuvieron la gentileza de invitarnos a mi hija Carla y a mí a impartir, al alimón, la conferencia de Clausura de las mismas el pasado sábado día 12 de marzo, en la ciudad de Mahón.

Lo primero que hicimos fue plantear, de forma sucinta, los ejes de la narración: cinco tomos en los que se recogen las relatos que voy haciendo, a pie quebrado libre y a página por relato, desde su nacimiento hasta la fecha.

Las Jornadas tenían por título “Hi havia una vegada…”, algo así como “Había una vez…”, “Érase que se era…” y se centraban en el estudio de la narrativa. En el programa había enfoques teóricos y experiencias prácticas de diverso tipo, individuales y colectivas.

ºswMe presentaron. Carla se presentó e iniciamos la exposición. Lo primero que hicimos fue plantear, de forma sucinta,  los ejes de la narración: cinco tomos en los que se recogen las relatos que voy haciendo, a pie quebrado libre y a página por relato,  desde su nacimiento hasta la fecha.

Escribo en el libro sin borrador previo, a mano, sin tachadura alguna. No. todos los días, claro., aunque le llame diario. Y, por el contrario, algún día puedo escribir varios textos. Carla contó que, algunas veces, me sugiere que incorpore alguna anécdota que acaba de suceder:

– Papá, esto lo tienes que escribir en mi libro.

Se me preguntará por qué escribo el diario a pie quebrado libre, sin  utilizar ningún tipo de métrica. Ya lo hice así cuando escribí “Yo te educo, tú me educas”, libro traducido al portugués con el título “Uma pedagogia da libertaçao. Crónica sentimental de uma experiência”. Es la narración de mi primer año como Director de un Colegio en Madrid. La única respuesta que tengo a esta pregunta es decir que los sentimientos y el pensamiento me fluyen así, que me sale así, que es así como espontáneamente me expreso en esos casos.

Comentamos cuáles eran los ingredientes y las finalidades de esas narraciones: Pretenden ser una biografía sentimental para Carla en la que encuentre explicada y vivida toda su infancia: fechas especiales, caída de dientes, cumpleaños, fiestas, viajes, enfermedades, expresiones… Hay mucho humor y mucho ingenio en las páginas ya que son fruto de la espontaneidad de una niña que  crece felizmente…

En las páginas de estos libros (como objetos son preciosos y distintos) voy pegando fotos, billetes de avión, entradas a museos, invitaciones de cumpleaños, dibujos de Carla… Pero lo más importante es el texto.

Pensé en hacer una exposición aglutinada sobre ejes temáticos: lenguaje, escuela, viajes, fiestas, cumpleaños, familias, animales… Y luego me decidí por utilizar un orden cronológico que permitiera ver más claramente la  evolución psicológica…

Las historias sobre lenguaje son siempre sugerentes: Carla dice, por ejemplo,  que no endulza más el cola-cao porque se va a poner “azucaroso”; mientras muevo la mecedora, me dice que soy el mejor “mecerista” del mundo; expresa el deseo de yo me muera de “viejedad”;  le dice a su madre que prefiere que se ponga sentimental y no “argumental”; en una Primera Comunión habla de la “comunionera”…  Los relatos de animales son siempre entrañables: dice que su perrita Miluca es muy andaluza porque come pan con aceite, les habla en inglés a unos caballos irlandeses “porque no son españoles”…

De los 720 textos escritos elegimos  45, dos, tres o cuatro por año, de 2005 a 2016. Carla y yo fuimos alternando la lectura con pequeños comentarios y algunas proyecciones sobre pantalla.

Luego hicimos referencia a ocho textos especiales (no cronológicos), ocho relatos de  relevancia  singular por un motivo  u otro.  Haré mención a tres de ellos. El primero se refiere a la historia que inventamos para quitarle el chupete. El relato se titula El hada de los chupetes.  Anunciamos en días previos que iba a venir el Hada de los Chupetes a pedir que se lo entregara. Hinchamos varios globos con helio en el jardín, atamos al extremo del manojo sus chupetes y ella soltó el manojo que se perdió en el cielo. El Hada de los chupetes lo recogería allí.  Como recompensa a esa generosidad, el Hada dejó sobre su cama un hermoso patinete. No hubo más problema que su pregunta al acostarse:

-¿Mi chupete?

– Se lo has regalado al Hada, ¿recuerdas? ¿Quieres devolverle el patinete?

– No, eso no.

Una médica de familia, amiga nuestra, tiene en la puerta de su consulta el texto “El Hada de los chupetes”, que  fue publicado hace años en este mismo espacio. Ella lo ofrece como una estrategia para que los niños y las niñas abandonen sus chupetes con facilidad y con un poquito de magia.

El segundo relato se refiere a la carta que le escribe a Carla un grupo de profesores chilenos. Había iniciado el viaje (ella tenia siete años) con una severa admonición:

– Papá, tus viajes me van a arruinar la vida.

Se lo conté en una comida a mis colegas chilenos y alguien decidió escribir una carta a Carla en la que le pide que les deje compartir el corazón y la sabiduría de su papá ya que – dicen- va a repartirles el polvillo de hadas que se les ha perdido y que necesitan para dar las clases. Una hermosa carta que conservo con cariño.  Carla les contesta:

–        He visto que mi papá es importante para vosotros, pero es más importante para mí. Por eso la próxima vez irá dos días pero no ocho.

El tercer relato es una pequeña historia sobre la que el pedagogo y dibujante Francesco Tonucci (FRATO) ha hecho y publicado una simpática viñeta. Cuando Carla tenía cinco años, camino del cole, me dijo:

–           Papá, yo no quiero tener las tetas grandes.

.      ¿Por  qué,  Carla?

–           Porque se da peor la voltereta.

Terminó nuestra exposición entre aplausos, que agradecimos, emocionados.

Quiero cerrar el artículo con algunas breves reflexiones sobre la importancia de la narración.

–            En este tipo de relatos, tiene importancia plasmar los sentimientos y no quedarse solamente en la descripción aséptica de lo hechos.

– Es interesante que los hijos y alumnos nos vean escribir, porque los niños que ven a sus padres y maestros escribiendo, verán la escritura como algo importante y se sentirán invitados a imitarlos.

–        Hay que amar la escritura, hay que disfrutar escribiendo. Escribo para ella, pero también escribo para mí. Escribo dialogando con ella. Me la imagino muchas veces, ya de adulta, rememorando su infancia a través del tamiz de mis sentimientos.

– Finalmente, este tipo de historias puede escribirse respecto a los hijos, a la pareja, a los alumnos, a los amigos, a los compañeros… En definitiva, respecto a las vivencias que tenemos con otras personas. Hay que poner la vida por escrito. Hay que invitar a escribir. Porque a escribir se aprende escribiendo.

La gran aventura del pequeño Matteo

5 Mar

A nadie se le oculta que los niños y las niñas tienen una deslumbrante creatividad. Una de las parcelas en las que se manifiesta de manera más clara y sugerente esa creatividad es la lengua. Yo mismo tengo testimonios abundantes a través de las expresiones de mi hija Carla.

Me imagino la emoción del pequeño Matteo, de su maestra, de sus compañeros y amigos, de sus padres y familiares, cuando lean la palabra petaloso en textos escolares y en novelas de autores consagrados.

Un día que Carla estaba sentada en una mecedora y yo le movía suavemente hacia delante y hacia atrás mientras hablábamos, me dijo:

–       Papá, eres el mejor “mecerista” del mundo.

Otro día, antes de dormir,  me expresa este deseo:

– Papá, si  algún día te mueres que sea de “viejedad”.

Esos brotes de creatividad despiertan una sonrisa  llena de empatía y casi siempre se pierden en los pliegues del tiempo sin que merezcan el más mínimo registro. Por eso me gusta la idea de Pablo Motos, que  ha publicado cuatro libros con el título: “Frases célebres de niños”. Título poco preciso, por cierto. Porque no se trata de frases célebrss sino de frases ingeniosas. Célebre es una persona o una frase que tiene fama, que es muy conocida, No sucede eso con las frases de los niños y de las niñas. Se trata de genialidades, de chispazos de creatividad, de golpes de gracia. Pero no son frases célebres.

Le estoy escribiendo a mi hija Carla un diario que se titula “Déjame que te cuente”. Empecé el día de su nacimiento. Voy por el Tomo V. Creo que es un acierto plasmar por escrito las emociones, las situaciones creativas, los momentos que desvelan brotes de ingenio. He recogido cientos de expresiones ingeniosas. Todos los niños y las niñas   son una fuente inagotable de inspiración.

Es probable que  el lector o la lectora conozcan esta hermosa historia acaecida en Italia. Transcribo el relato, porque la historia es muy hermosa y significativa. Y porque está bien escrito:

“Italia es una emoción contenida en las pequeñas cosas, el corazón que dibuja el camarero sobre el capuchino, los “isocarro” llenos de flores bajo la ropa tendida del Trastevere o ese idioma tan bello y exagerado que al traducirlo pierde la magia: “Sei bella da morire”. A esa categoría de las emociones pertenece también la aventura del pequeño Matteo y su palabra inventada: petaloso (flor llena de pétalos).

La historia comienza hace unas semanas en una clase de lengua de tercera elemental –chavales de ocho años, el equivalente a tercero de primaria en el sistema español—del colegio Marchesi de Copparo, un municipio de unos 16.000 habitantes en la provincia de Ferrara, en el norte de Italia. Ese día toca hablar de los adjetivos. Y el pequeño Matteo aplica a una flor –que en italiano es masculino, “ fiore”— el adjetivo “petaloso” para explicar que está llena de pétalos. La palabra no existe en italiano y por tanto la maestra, que por cierto se llama Margherita, señala la respuesta como fallida. Pero no se queda ahí. “Cuando corregí el examen”, explica Margherita Aurora al Corriere della Sera, “marqué ‘petaloso’ como un error, pero añadí un círculo rojo para señalar que se trataba de un bello error. La palabra me gustaba, y por eso se me ocurrió preguntar la opinión de la Crusca [la Accademia della Crusca, el instituto nacional para la salvaguarda del italiano]”.

La maestra Margherita Aurora no toma la iniciativa en solitario, sino que recuerda a sus alumnos para qué sirve la academia de la lengua y le pide a Matteo que sea él mismo quien se dirija a la Crusca para solicitar la entrada de su palabra inventada en el bello jardín del italiano. La historia, una pequeña historia de un pequeño pueblo del norte de Italia, se hubiese marchitado ahí si no fuese porque el martes el cartero deja una carta en el colegio Marchesi dirigida a Matteo. El membrete, nada más y nada menos, era de la “Accademia della Crusca, vía di Castello, 46. Firenze”.

Con una emoción y una algarabía fáciles de imaginar, la profesora abre la carta delante de sus alumnos y lee el texto firmado por Maria Cristina Torchia, consejera lingüista de la Crusca: “Querido Matteo. La palabra que has inventado es una palabra bien formada y podría ser usada en italiano, como son usadas otras palabras formadas de la misma manera. Tú has puesto juntas pétalo+oso=lleno de pétalos, con muchos pétalos”. La representante de la academia pone incluso algunos ejemplos, como “pelo+oso= peloso, lleno de pelos o con muchos pelos”. La carta concluye explicando al pequeño Matteo que, para que una palabra nueva pueda entrar en el vocabulario, “no es suficiente con que sea conocida y usada solo por quien la ha inventado, sino que la usen muchas personas y que muchas personas la entiendan”. Y, lo más curioso y tal vez lo más emocionante, la academia de la lengua italiana da un consejo a Matteo: “Si logras difundir tu palabra entre muchas personas y muchas personas en Italia comienzan a decir y a escribir ‘com’e petaloso questo fiore!’ o, como tu sugieres, ‘le margherite sono fiori petalosi’, entonces ‘petaloso’ se convertirá en una palabra más del italiano”.

Dicho y hecho. A través de su cuenta de Twitter, la profesora Margherita Aurora envía el martes un mensaje en el que cuenta la historia y su satisfacción por la imaginación de Matteo y por la respuesta de la academia: “Para mí vale como mil lecciones de italiano”. El resto lo hacen las redes sociales. Hasta el jefe del Gobierno, Matteo Renzi, se congratula en Twitter de la inventiva de su tocayo: “Gracias al pequeño Matteo, gracias a la Accademia Crusca. Una historia bella, una palabra nueva: petaloso”.

La historia es redonda, no tiene aristas. Está llena de interesantes sugerencias. Una maestra que propicia la libre expresión de los alumnos y de las alumnas y que corrige de forma rigurosa y positiva: “es una hermosa palabra, pero incorrecta”. Evalúa con tino y con ternura. Voy a publicar un libro en la Editorial Santillana de Chile con el título “Evluar con el corazón”. Un niño que crea, que inventa, que se expresa con riqueza, que tiene el coraje que escribir a la Academia. Una clase de lengua que permite disfrutar y aprender. Una iniciativa que canaliza la creatividad para que se pueda compartir con todos y con todas los hablantes del idioma italiano. Una escuela que pone en marcha los necesarios mecanismos de difusión de la palabra para que pueda ser aprobada. Una institución responsable del idioma sensible ante la propuesta y rápida en su decisión, aunque el solicitante sea un niño de ocho años.  Unas autoridades (hasta el Jefe de Gobierno) que  felicitan al niño, a la maestra y a la escuela por la iniciativa. Una difusión de la historia que la hecho presente en cada rincón del planeta. Una historia redonda.

Me imagino la emoción del pequeño Matteo, de su maestra, de sus compañeros y amigos , de sus padres y familiares, cuando lean la palabra petaloso en textos escolares y en novelas de autores consagrados. Qué satisfacción, qué alegría, qué orgullo. Y también qué satisfacción para la  maestra que ese día inspiró una clase inolvidable. Como ella dice: “Para mí vale como mil lecciones de italiano”.

Tengo que pediros perdón

27 Feb

No sé cuántos alumnos y alumnas míos leeréis este artículo, que tiene el formato literario de una carta, afortunadamente no póstuma. Va dirigido a todos y a todas quienes, en una etapa u otra de mi vida docente, estuvisteis en un aula conmigo. Lo escribo para pediros perdón. Ya jubilado definitivamente de mi vida laboral (la jubilación debería ser un derecho, pero no una obligación), voy a dirigirme a todos y a todas para disculparme por las omisiones,  los errores y las deficiencias.

Pues sí, lo confieso, pido perdón. No sé cuántos accederéis a estas palabras, a estos sentimientos. No sé cuántos y cuántas tendréis motivos para sentiros aludidos. Y, sobre todo, no sé cuántos accederéis a concederme lo que pido. Con que haya uno, me daría por satisfecho.

He pasado por el nivel de Primaria (años inolvidables en el Colegio Auseva de Oviedo), luego por Bachillerato (en el Instituto San Pelayo de Tui) y en el Colegio La Vega de Madrid donde, además de ser director, impartí clases de Filosofía. Y, posteriormente, por la Universidad en tres etapas diferentes: la Complutense de Madrid (también tutor de la UNED), Universidad CEU San Pablo de Madrid y la Universidad de Málaga. He participado también, dentro y fuera de España, en muchas experiencias docentes.

Es probable que algunas de esas experiencias hayan sido tan anodinas que ni siquiera me recordéis como profesor vuestro. Se habrá borrado de vuestra memoria no solo el contenido de las materias que pretendidamente enseñaba sino el nombre de la asignatura y también el mío como profesor. No me hago ilusiones. Sé que para algunas personas el paso por mis manos no habrá dejado el más mínimo recuerdo. Y bien que lo siento. Los docentes somos, a veces, presuntuosos. Creemos que nuestra huella no se borrará nunca, cuando acaso ni siquiera hayamos dejado huella alguna.  Somos el camino que se recorre y se olvida.

Peor es el caso de haber hecho daño. Daños irreparables que causa quien tiene poder. Bromas pesadas, trato discriminatorio, comparaciones hirientes, desprecios más o menos visibles…

No hay  posibilidad alguna de dar marcha atrás. No se le puede dar la vuelta al tiempo. Lo hecho, hecho está. Lo dicho, dicho está. Lo omitido, omitido está. Pero sí se puede hablar sobre lo dicho, lo hecho y lo omitido.  Y pedir perdón cuando sea el caso.

No cabe la menor duda de que cometí fallos. Muchos quizás. Algunos de carácter genérico que afectaban a todos los miembros del grupo. Otros particulares, que tuvieron como víctima a una sola persona.

Tengo que decir, antes de seguir,  que ninguno de esos fallos ha sido premeditado, planificado, realizado con intención de hacer daño. Al menos, que yo recuerde. Ya sé que la memoria es selectiva y tiende a recordar con más vigor lo que ha sido positivo en la vida.

El primer motivo por el que pido perdón es por no haber sido más competente, más innovador, más entusiasta, más creativo, más esforzado…  A veces pienso en la diferencia que hay entre un profesor fuera de serie, uno del montón y uno catastrófico. Qué suerte o qué desgracia para un alumno caer con uno o con otro. No es igual ser alumno de Paulo Freire que de un profesor anodino. No es lo mismo estar en un aula con Freinet que con un profesor incompetente. No es ni parecido ser alumno de Emilio Lledó que  de un profesor universitario torpe y adocenado. A mí me hubiera gustado ser no un profesor del montón, sino de ese montón aparte que forman los profesores excepcionales.

Sin duda habrá quien no fue alcanzado por  las estrategias de motivación que puse en marcha. Cursos o asignaturas sin pena ni gloria. Clases aburridas que mataron el deseo de saber. Perdón, pues.

Pienso, sobre todo, en aquellos que se sintieron postergados, poco o mal atendidos, arrinconados en la parte más alejada del corazón. Hay alumnos y alumnas más audaces, más atrevidos, más visibles. Pido perdón a quienes estuvieron en la sombra y  para los que no hubo un rayo de luz que iluminase su silencio, su desánimo o su desinterés.

Tengo que pedir perdón por las contradicciones en las que he incurrido cuando he hablado de la motivación teniendo dormido al auditorio, o de la atención a la diversidad en un aula con más de cien alumnos, o de la creatividad al dictado o de la participación teniendo sojuzgados a quienes me escuchabais o de la evaluación cualitativa cuando yo acababa poniendo un 7. Y por las contradicciones vitales, que son más graves.

Por las promesas incumplidas, las ilusiones truncadas, las expectativas no satisfechas, las evaluaciones superficiales, las relaciones  frías, las miradas indiferentes… Y por no haber sido capaz de detectar un gran dolor o una gran desesperación.

Por las comparaciones que haya realizado en las que alguien se haya sentido herido o molesto. Por las bromas realizadas que hayan resultado hirientes y por las no entendidas si venían de vosotros.

Por las tutorías no atendidas o mal atendidas. Por las prisas cuando he tenido que atenderos y he mirado el reloj o me he mostrado cansado.

Por la escasa preparación de las clases que, de haber intensificado, hubiera dado mayor mordiente, interés, profundidad o riqueza a los procesos de enseñanza.

Por la evaluación excesivamente indulgente o excesivamente  rigurosa. Por los sobresalientes regalados y los suspensos injustos. Y por la falta de diálogo que haya habido sobre todas estas cuestiones.

Por no haberme coordinado con mis colegas y haber repetido ideas o experiencias ya sabidas y no haber abordado otros planteamientos necesarios.

Por la escasa sensibilidad a la crítica y el bajo ejercicio de la autocrítica. Habréis querido decir cosas y la lejanía emocional o el temor a una reacción dura o indiferente os habrá impedido formular críticas y demandas.

Por no haber facilitado la libertad de expresión cundo así lo hayáis sentido. Sé que existe poder en las instituciones, en las aulas, en las evaluaciones. Un poder que se ejerce a veces por inercia, a veces por comodidad.

Por no haberme aprendido todos los nombres de todos y de todas, unas veces por pereza, otras por torpeza, algunas por prisa, otras por despiste, otras por desaprensión…

Por no haberme sabido adaptar a cada  uno de vosotros, atender las demandas particulares, detectar los miedos, las preocupaciones, los temores, los deseos, las ilusiones… Sobre todo cuando he tenido grupos numerosos es fácil que me haya dirigido en las clases a un tipo de ”alumno medio” que es el único que no existía.

Por los sueños que no haya despertado y por los que he podido truncar al romper las  expectativas de quienes llegasteis a la clase con más ilusión de la que luego salisteis. En definitiva, si así fue, por haberos defraudado.

Mientras escribo, tengo a mi lado a mi hija Carla (11 años). Le he dicho:

–        Estoy escribiendo una carta a los alumnos y alumnas que he tenido a lo largo de mi vida para pedirles perdón por lo que haya hecho mal con ellos y con ellas. ¿Qué te parece?

Y ella me ha dicho:

–        Muy confesativo.

Pues sí, lo confieso, pido perdón. No sé cuántos accederéis a estas palabras, a estos sentimientos. No sé cuántos y cuántas tendréis  motivos para sentiros aludidos. Y, sobre todo, no sé cuántos accederéis a concederme lo que pido. Con que haya uno, me daría por satisfecho.