El grillo maestro

21 May

grillo.jpg Augusto Monterroso publicó hace años en Alfaguara un librito muy sugerente e ingenioso titulado ‘La oveja negra y otras fábulas’. Quiero traer a colación una de ellas, titulada ‘El grillo maestro’. El lector sabrá pronto por qué y para qué.
Dice así: “Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto los Pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.
Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos”.
¿Cuándo se enterará el grillo maestro de que está asentando su enseñanza en un error? ¿Cuándo se dará cuenta el Director de que su escuela está fundando sus saberes en equivocaciones clamorosas? Si tienen como único criterio de buen funcionamiento la repetición de las rutinas, nunca. Esa institución está condenada al fracaso. Lo que pasa es que hay organizaciones que viven de espaldas a su éxito e, incluso, sin necesidad de definir qué se va a entender por tal.
Con esta fábula abrí hace años un pequeño libro titulado ‘La escuela que aprende’. Las instituciones que tienen que enseñar o que servir, o que orientar parece que nada tienen que aprender. Su tarea principal es otra. Y ahí está el error. Ahí está la trampa.
La rutina es el cáncer de las instituciones. Otro cáncer es la rigidez. ¿Cómo haremos este nuevo año las cosas? Como siempre, es la respuesta más segura. ¿Cómo plantearemos la solución a los nuevos problemas? Con los criterios que ya se afrontaron en otros tiempos.
¿Cómo aprenden las instituciones? No digo una persona o dos o tres que la integran sino la institución como unidad funcional de planificación, intervención, evaluación y mejora. En primer lugar practicando una autocrítica serena y exigente. Sin fustigarse, sin exigirse la perfección, sin atormentarse pero con el deseo sincero y valiente de descubrir las limitaciones para tratar de superarlas. Si una institución se cierra a la autocrítica está condenada a perpetuar sus errores y sus fallos. Sólo aprende quien tiene deseo de aprender.
El director de una escuela argentina de la Provincia de Mendoza, mi entrañable amigo Horacio Muros, ha pedido a sus profesores que escriban una carta a la institución en la que trabajan, una carta en la que expresen su forma de pensarla y de sentirla. Lo han hecho todos los docentes. De las contestaciones ha salido un estupendo informe que está lleno de sugerencias para la mejora.
De ese informe elijo algunos párrafos significativos. Uno de los informantes, dice: “Como has tenido tú el valor de someterte a la crítica por este medio, me gustaría que todos los que hoy formamos parte de ti tengamos la grandeza de autoevaluarnos y de aceptar nuestros errores”.
Una profesora, comenta: “Me gustaría que entre todos los espacios de definición institucional hubiera espacios de reflexión para que la orientación de la escuela sea un verdadero proyecto articulado en el tiempo”.
Hermosa iniciativa que abre a la institución a las reflexiones de los protagonistas. Sólo desde una actitud de apertura y de humildad es posible hacer un compromiso con la mejora. Quien se cree perfecto está condenado a no mejorar. A quien no le importan los fallos, seguirá cometiéndolos.
El segundo camino para que la institución pueda aprender es la apertura a la crítica. Hay instituciones que jamás solicitan la opinión de sus beneficiarios. Y cuando éstos la emiten sin que se les haya pedido, la rechazan con violencia o con desprecio. ¿Qué tienen que decirnos si ellos no son especialistas en lo que nosotros hacemos? Como si hiciera falta ser una gallina para saber que un huevo está podrido.
Hace unos años vino a verme un matrimonio a mi despacho de la Facultad. Me explicaron que tenían una niña en un Colegio y que estaban muy preocupados por su evolución. También decían que estaban seriamente preocupados por el curso completo en el que estaba su hija. Al parecer, no iban bien las cosas. La familia había escrito a la Dirección una carta que me enseñaron. Pude ver también la respuesta de la Dirección. En ella se decía que estaban dispuestos a celebrar la entrevista, pero que de antemano tenían que decir que la Dirección trabajaba con el mayor entusiasmo y dedicación por atender a todas las niñas y que los profesionales del Colegio eran extraordinarios y ponían todo el empeño en hacer bien su tarea. Me pidieron consejo. Les dije: Miren: digan a la dirección que estaban dispuestos a celebrar la entrevista para ayudar a que las cosas mejorasen pero que como han descubierto a través de la respuesta que son perfectos han desistido de acudir a la escuela.
Cuando las instituciones quieren mejorar, piden la opinión de sus beneficiarios. No hay hotel, comercio o restaurante que no esté deseoso de que los usuarios dejen su opinión sobre las deficiencias encontradas. Es la forma de mejorar. Todos habremos sido mil veces testigos de esta demanda de opinión a través de encuestas, entrevistas o sugerencias…(Un conocido humorista español metió en el buzón de sugerencias de un restaurante un filete perfectamente incomible).
Claro que para poder dar esa opinión de forma sincera es necesario que existan condiciones para expresarse en libertad. De lo contrario pasará lo que pasó en aquella empresa en la que el Jefe dijo a sus empleados: “A mí me gusta que mis trabajadores me digan la verdad, aunque eso les cueste el puesto”.
Si nadie puede decir absolutamente nada respecto a la clase del grillo maestro y si los protagonistas de la lección consideran que es excelente porque repite fielmente lo que siempre se dijo, no habrá manera de descubrir que la garganta es un excelente instrumento para emitir sonidos armoniosos. Pobre Grillo Director. Pobre Grillo Maestro. Y, sobre todo, pobres Grillitos si acaban creyendo lo que les dicen.

San Cervantes

23 Abr

fahrenheit451-3.jpg Me cuenta mi amiga Paz Sánchez que, al preguntar a uno de sus alumnos qué se celebraba el día 23 de abril, recibió una entusiasta, contundente y significativa respuesta:
–Hoy es San Cervantes.
Un santo laico. Un personaje admirable que merece conmemoración y alabanza. Una persona excelsa y esforzada que nos ha dejado una gran obra y que ha contribuido al bien de la humanidad. Un ejemplo que nos invita a leer y a escribir. El niño santifica lo profano por un curioso mecanismo de admiración. Identifica lo bueno con lo sagrado y canoniza con facilidad a quien se le propone como respetable, elevándole a los altares de su admiración. Se trata de alguien importante, admirable y merecedor de un culto que tiene lugar en el templo del mundo.
Celebramos hoy el Día Mundial del Libro de los Derechos de Autor por decisión de la Conferencia General de la ONU del año 1995 para conmemorar la muerte de Cervantes, la de Shakespeare y la del Inca Garcilaso de la Vega, acaecidas el día 23 de abril de 1616. Conmemoramos también este año el cuatrocientos aniversario de la publicación de El Quijote. Obra admirable que nos ha permitido disfrutar y aprender. No es muy precisa en este caso la insidiosa puntualización de Mark Twain: “Un clásico es algo que todo el mundo quisiera haber leído y que nadie quiere leer”. Tampoco es cierto que para ser un escritor de prestigio sea necesario haber muerto, aunque algunos así lo piensen… Siendo director de un colegio en Madrid invité a participar en algunas tareas docentes a un reconocido escritor. Cuando el eminente personaje atravesó la puerta del aula, uno de los niños exclamó poniéndose de pie y expresando su asombro: ¡Está vivo!
El día del libro que hoy se conmemora es un día grande. Porque leer es una forma mágica de vivir muchas vidas, de conocer muchos países, de encontrarse con increíbles personas, de experimentar grandes emociones, de hacer realidad sueños imposibles… Dice Manuel Alcántara que quien nos dice que nunca lee podría ahorrarse la confidencia.
Existe hoy una gran preocupación por las deficiencias en la escritura, por las faltas de ortografía de niños y jóvenes. Se busca la solución en muchas partes. Pues bien, una de las más importantes está en la lectura. Quien lee mucho y bien., escribe bien.
Quiero sumarme a la conmemoración del día del libro con estas líneas que pretenden ser una invitación a la lectura. Voy a plantear como objetivo siete saberes didácticos para el cultivo y disfrute del arte de la lectura.
Saber desear. El verbo leer como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Lo importante, pues, es despertar el amor a la lectura, el deseo imperioso de leer. Si se obliga es fácil que surja el rechazo, como sucedería si alguien nos obligase a amar a una persona.
Saber leer. Leer no es solo estar pasivamente delante de un libro. Hay quien lee sin enterarse de nada. Es importante saber leer. Lo cual, no sólo requiere técnica sino criterio. Hay quien no se entera de nada. Por leer sin comprensión o por leer tan de prisa que no puede rumiar el contenido. Decía Woody Allen: “He hecho un curso de lectura veloz y he leído Guerra y Paz en veinte minutos. Habla de Rusia”. El buen lector no solamente entiende y critica y aprende. El buen lector se hace con la lectura mejor persona. Dice Vicente Espinel: “Los libros hacen libre al que los quiere”.
Saber elegir. Dada la producción que hoy existe es casi más necesario saber lo que no hay que leer que lo que se debe elegir. Elegir la lectura es tan necesario como elegir los alimentos. Hay libros de todo tipo. Libros del momento y libros de todo momento. Dice Chamfort: “La mayor parte de los libros actuales tienen el aspecto de haberse escrito en un sólo día con libros leídos la víspera”.
Saber disfrutar. Dice François Fénelon: “Felices mil veces los que gustan de leer y no están privados de libros”. Quien convierte la lectura en un placer tiene salvado el tiempo de ocio. Porque se puede leer en todas las partes y a cualquier hora. Se puede leer sólo o acompañado, en casa, en el autobús, en el parque, en la playa, en la cama… La mujer de un entrañable amigo siempre dice: Menos mal que mi marido lee, porque si no, entre estate quieto y échate para allá, pasaría media noche.
Saber criticar. Es necesario que el libro nos aproveche. Como sucede con los alimentos. Los hacemos carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Quien lee sin digerir acaba por vomitar. Aprender a ser críticos no quiere decir aprender a ser cáusticos. Tienen mala fama los críticos. Decía François Mauriac: “Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón por la que un pésimo vino puede llegar a ser un buen vinagre”. Es proverbial la acidez de algunos críticos. Como la que manifestó aquel que le dijo a un autor: “Su libro es bueno y original, pero la parte que es buena no es original y la parte que es original no es buena”.
Saber compartir. Se lee para enriquecerse. Y para enriquecer a los demás. Quien lee es un puente entre el escritor y el interlocutor con quien comenta el contenido del libro. No me gusta la actitud egoísta de quien sólo lee para sí, para saber más que los otros. Por eso considero importante el aprender a compartir lo leído, evitando la ‘avaricia intelectual’.
Saber regalar… Existe una acentuada mala prensa sobre el préstamo de libros. Se dice que los libros tienen su orgullo porque cuando se les presta no regresan a sus dueños. Qué hermosa la costumbre catalana de este día: regalar libros y rosas es sembrar el mundo de belleza y de verdad.
Recuerdo con viveza la ya lejana primera lectura que hice de la novela de Ray Bradbury ‘Farenheit 451’. Sabe el lector que la novela nos describe un mundo en el que se persigue la lectura y se queman los libros. Farenheit 451 es precisamente la temperatura a la que arde el papel.
Borges expresó magistralmente la importancia de la lectura: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito: a mí me enorgullecen las que he leído”. Pensaba cerrar el artículo con estas palabras del gran escritor chileno, pero creo que he de ceder la clausura a quien hoy da pie y motivo a la conmemoración. Utilizaré, pues, palabras de Miguel de Cervantes: “El que lee mucho y anda mucho, va mucho y sabe mucho”. Así sea. Así es.

Mamá y mamá

23 Oct

madres.jpg Siempre me ha llamado la atención ver cómo una parte de la humanidad se ha empeñado en frenar los avances que otra parte de la misma impulsaba. Una y otra vez, y otra vez, y otra vez… Produce cansancio ese empeño de tirar hacia atrás. No se dan cuenta quienes lo hacen que se asemejan a los viajeros de un barco que, molestos con la dirección del mismo, se pasan el día avanzando de popa a proa, en un intento vano de frenar el sentido de la dirección. Cuando ya se impone la lógica, cuando la fuerza de los hechos se hace inexorable realidad, todo parece natural. Muchos de los logros se han conseguido con sangre. Sangre de héroes anónimos, de personas que han sufrido las consecuencias de su atrevimiento, de su valentía, de su inteligencia, de su rebeldía, de su bondad. Han pagado el tributo de vivir diez, cien años por delante del resto de los humanos. Los demás nos hemos beneficiado de la intuición y el empeño de estas víctimas, de estas personas pioneras. Todos hemos disfrutado, al fin, de los beneficios de la extensión de las libertades.
Se ha utilizado como freno a veces la moral, a veces las costumbres inveteradas, a veces la tradición, a veces la ciencia, a veces ‘el bien común’ o el ‘bien particular’, a veces la religión, a veces al mismo Dios… Se ha convertido en escándalo un cambio que ha puesto en cuestión las prácticas vigentes de la sociedad. Todos recordamos el escándalo de los bikinis en las playas, de las minifaldas por las calles, de la utilización de preservativos, de la aprobación del divorcio, del estudio de las mujeres en la Universidad, del voto femenino… ¿Dónde están los escandalizados censores? ¿Qué dicen ahora?
Podría poner muchos ejemplos de héroes anónimos. Los hay a miles en el impresionante libro (he elegido con precisión el adjetivo) de José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado ‘La lucha por la dignidad’. Una chica negra que osa subirse a un autobús de blancos y es expulsada a golpes y patadas, una madre soltera que decide no abandonar el pueblo y es objeto de burlas y desprecios, un trabajador que exige el necesario descanso remunerado en la empresa, un homosexual que se atreve a dar un beso a su pareja en plena calle…
Decía Juan José Millás hace unos días en El País, en un artículo cargado de ironía y de inteligencia titulado ‘Libertad’, que muchos no habían entendido que el divorcio o el matrimonio entre homosexuales o el uso del preservativo eran simples opciones, no mandatos. ¿Por qué obligar a todos a vivir bajo un mismo patrón? ¿Sería lógico y ético que condenásemos y tratásemos de impedir, por considerarla rara, absurda o antinatural, la opción del celibato?
Ahora se cuestiona el la adopción de niños y niñas por homosexuales. Se utilizan diversas razones. Todas ellas, a mi modo de ver, de escasa consistencia, ante el hecho fundamental de que algunos niños y niñas encuentren el amor, el cobijo, la atención, la ternura y el cuidado de unos adultos responsables. ¿Es mejor dejarlos en la calle? Dicen algunos que no se puede experimentar con los niños. ¿No les asusta el experimento de entregarlos a una pareja de heterosexuales viciada por el desamor o por las más perversas y egoístas relaciones? Dicen que una pareja heterosexual es ‘algo’ distinto a una pareja de dos hombres o de dos mujeres. Pues bien, ¿por qué habrían de ser idénticas? ¿Es que no hay diferencias entre unas parejas de heterosexuales y otras? La referencia al polo femenino que necesitan las personas la encontrarán los niños y las niñas en la escuela, en la sociedad, en la vida. La familia es la paidocenosis fundamental, pero no la única.
El terrible experimento con los niños lo hace una sociedad cruel que les deja morir de hambre cada día en instalada indiferencia, contemplando el horror de su abandono, entregándolos a la miseria más absoluta, haciéndolos víctimas del chantaje y de la violencia de la guerra… Esos sí que son experimentos crueles.
Invocar a los niños como la causa más importante para negarles el beneficio de un hogar, de unos padres o madres amantísimos, resulta especialmente cruel. Por ser homosexuales, ¿no los pueden querer?, ¿no los saben cuidar?, ¿no los pueden educar? Creo que estas mentes tan bien organizadas, esos corazones tan bien intencionados temen que se produzca un ‘contagio’. Piensan que los homosexuales, por el hecho de serlo, son seres de tendencias antinaturales (la relación entre homosexuales se calificaba por la Iglesia como ‘pecado nefando’) que nadie debería copiar. Qué pena. Qué horror.
Una de las fuerzas que, tradicionalmente, ha tirado hacia atrás en muchas de estas cuestiones es la Iglesia católica. Al menos, su jerarquía. Porque hay teólogos y moralistas católicos que, afortunadamente, no están en la ortodoxia. Y así lo proclaman, con graves consecuencias a veces. Se dice que la Iglesia es una Institución temporal y, por consiguiente, sometida a las limitaciones y errores de la historia. De hecho, viene siendo una práctica habitual que reconozca los errores cuando las víctimas ya no pueden ser resarcidas por haberlos sufrido. ¿No sería un signo más auténtico del arrepentimiento no cometer nuevos errores? Obstinados en la separación de los géneros (pienso en los seminarios, en los colegios del Opus Dei, tan estrictos en que la convivencia sea entre personas del mismo sexo) es sorprendente que les parezca una aberración que un niño esté con dos hombres o con dos mujeres. No hay problema. Los niños saben acomodarse perfectamente. Quienes temían que padres separados influyesen negativamente en los hijos, han visto cómo los niños se han acostumbrado a estar con uno y con otro sin problemas. Y, si fuesen mayoritarios los hijos de padres separados, ¿habría que obligar a separarse a todos porque los niños no viesen en sus padres un ejemplo de excepcional rareza?
Si todos (me refiero a los espectadores y, especialmente, a los censores) viesen como una situación normal, natural, el que los niños o niñas fuesen adoptados por homosexuales, parte del problema que dicen que existe se habría solucionado. El problema no está en los homosexuales sino en quienes se resisten a tratarlos como iguales. Lo que durante mucho tiempo se ha considerado genético o natural se ha visto que era un producto de la cultura. Los antropólogos han ayudado mucho a relativizar la obsesión de la genética cuando han mostrado que en unos lugares resulta ‘natural’ lo que en otro lugar sería intolerable. “Viajar, decía Chesterton, es comprender que estabas equivocado”. La historia también nos enseña. Baste recordar el valor de la homosexualidad en la cultura griega.
Creo que la cuestión principal es conseguir que ese hogar que va a recibir a un niño o a una niña esté integrado por personas honestas, sensibles, generosas e inteligentes. Personas preocupadas por el bienestar, la seguridad y el crecimiento armonioso de los niños y de las niñas. Por lo que han sufrido, por lo que se les ha denostado y por su forma de vivirse y de vivir a los demás, no hay motivos para pensar que los homosexuales sean, de partida, peores padres o madres. Más bien habría que suponer lo contrario. Eso sí, habría que exigir esas condiciones a todas las familias que deseasen adoptar. Compadezco mucho más a un niño de una familia integrada por heterosexuales violentos, agresivos, insensibles y preocupados por su exclusivo bienestar. Dichosos los hijos adoptivos de homosexuales honestos y responsables.

Si no leo, me aburro

18 Sep

lector.jpg En un escaparate de una tienda de la ciudad mexicana de Oaxaca he visto una camiseta con esta sugerente inscripción: “Si no leo, me aburro”. A la explícita intencionalidad del texto hay que añadir una segunda connotación que venía sugerida por la imagen de un burro que aparecía al lado del texto. “Si no leo, me hago un burro”, venía a decir el autor de la idea. Manuel Alcántara lo dice con su habitual ingenio: “Cuando alguno nos dice que no lee, podría ahorrarse la confidencia”.
Se puede leer en El Quijote: “Ahora digo que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. A través de los libros puedes recorrer mundos nuevos e inexplorados, vivir aventuras jamás soñadas, conocer personas increíbles, descubrir o inventar misterios, vivir grandes emociones, aprender miles de cosas…
Pocos placeres más estimulantes y gratos que la lectura, ¡Qué triste que algunos se los pierdan! En efecto, hay quien considera que leer es aburrido, odioso, pesado. Recuerdo haber leído una columna de Eduardo Haro Tecglen en la que contaba que, estando haciendo una mudanza de casa, le dijo a un joven que transportaba una gran caja de libros:
–Siento que tengas que hacer tanto esfuerzo: esa caja es muy grande y pesada.
El joven replicó con aplomo y convicción:
–No se preocupe, don Eduardo, lo mío no es nada. Lo malo es lo suyo que tiene que leerlos.
¿Lo malo?, ¿qué idea tiene de la lectura quien hace una afirmación semejante? Lo que me preocupa es que muchos escolares hubieran dicho lo mismo. Y eso me remite a la didáctica de la lectura, a la forma de enseñar, que es precisamente, la forma de despertar el deseo de saber. Me preocupa que, de una institución destinada a despertar el deseo de saber salgan personas que odian el aprendizaje. ¿Por qué en lugar de dos libros prefieren leer uno?, ¿por qué eligen el menos voluminoso?, ¿por qué prefieren ver un programa de televisión?
“Los libros guardan nuestros sueños para que no se mueran de frío”, he leído en un programa de iniciación a la lectura realizado en un Colegio de Las Palmas. Se puede leer en la playa, en la cama, en el autobús, en el metro, en la sala de espera del dentista, en el avión, en el tren… Se puede leer en casi todas las partes. Unos amigos tienen colgado en la puerta del baño de la casa un cartelito: ‘Sala de lectura’. Se puede leer a cualquier hora del día, cualquier día de la semana. Siempre se puede leer.
Qué hermoso regalo es un libro. Un libro que, quizás, nunca hubieras comprado, un libro que probablemente venga dedicado (dice García Márquez que un libro no se acaba de escribir del todo hasta que no se dedica), un libro que te recordará a esa persona que te ha invitado generosamente a disfrutar, un libro que te podrá acompañar siempre de casa en casa.
Hablo, claro está, de una lectura voluntaria, comprensiva, reposada y crítica. (Es conocida la irónica cita de Woody Allen: “He hecho un curso de lectura rápida y he leído ‘Guerra y paz’ en veinte minutos. Habla de Rusia”). Hace falta leer críticamente. Porque también se puede leer como un papanatas. No sólo con los ojos abiertos sino con la boca abierta. Lo decía aquel ciego mientras pasaba su mano sobre un trozo de lija: ¡La cantidad de tonterías que escribe la gente! Me sorprende la postura de quien aconseja cualquier lectura y cualquier modo de leer, mientras es reticente ante cualquier programa de televisión. Pues no. Hay programas magníficos y libros estúpidos. Por eso hace falta impulsar la crítica, no la censura. El censor es un personaje cínico y orgulloso. Nos dice: “Mire, yo puedo leer este libro o ver este programa porque soy inteligente y maduro, pero a usted le puede hacer daño, porque es tonto e inmaduro”. Lo que hace el censor es impedirte pensar por ti mismo. En definitiva, impedirte crecer. Abogo por un lector y por un espectador inteligente que sabe comprender y discernir. Decía Concepción Arenal: “Un libro, para una inteligencia que no tiene medios de juzgarlo, es una especie de tirano: sojuzga, y lo mismo puede dirigir que extraviar”.
El gusto por la lectura mata el aburrimiento, enriquece el pensamiento y ayuda a vivir. “Nunca tuve una tristeza que una hora de lectura no haya conseguido disipar”, decía Montesquieu. La lectura nos ayuda a pensar y, por consiguiente, a no caer tan fácilmente en las trampas de la política, de la economía y de la religión. “Más libros, más libres”.
Hay que despertar el amor a los libros. Como objetos hermosos, agradables a la vista, al tacto y al olfato. Hay que valorar sus títulos (‘Las venas abiertas de América latina’, ‘Donde el corazón te lleve’, ‘El que no lea este libro es un imbécil’…), sus dedicatorias (“a mi mujer, sin cuya ausencia, nunca hubiera podido escribir este libro”, “a Sara: mira, mi vida”…), su fe de erratas (“después de corregir rigurosamente este libro podemos dar fe de que no se encuentra en él ninguna errata”), su prólogo (Stanislaw Lem escribió un hermoso libro sobre los prólogos titulado ‘Un valor imaginario’), su contenido, su estilo, su textura, su olor…
El libro es un puente por el que el autor camina hacia el lector y éste hacia aquel. Un puente de tránsitos infinitos.
Organizamos hace algunos años una cadena de lectores en nuestro Departamento universitario. Cada uno introducía un libro en la cadena y, al llegar el día 15 de cada mes, la cadena efectuaba un giro, de modo que el anterior en la lista te entregaba su libro y tú pasabas el tuyo al siguiente. Lo pasamos bien.
Todos los días deberían ser ‘el día del libro’. Deberíamos leer cada día, como recomendaba el aforismo latino: “Nulla die sine linea” (ningún día sin una línea). Qué hermosa y potente novela la de Ray Bradbury: ‘Farenhait 451’. Como se sabe, el título hace referencia a la temperatura a la que arde el papel. En una sociedad en la que se decreta la persecución y quema de libros, las personas acaban aprendiéndose un libro de memoria para perpetuarlos en el mundo. ¿Qué sucedería en un mundo sin libros?
Fernando Savater escribió en 1998 un libro titulado “Despierta y lee”. Creo que se podría invertir el título, de modo que podríamos decir a cada persona: “Lee y despierta”.

Mitras y coronas

22 May

Vaya por delante mi respeto a todos los creyentes. El mismo respeto que recabo para quienes no lo son. Hay practicantes que viven sin prestar la más mínima atención a la ética y agnósticos admirables por su vida moral. Y viceversa. Ni los ateos son, per se, malos ni los creyentes, por el mero hecho de serlo, buenos. Por mucho que se nos pretenda explicar (¡todavía!) lo contrario. No es la creencia la que nos hace respetables sino nuestra condición de personas.
Dicho esto, tengo que afirmar que es inadmisible que en un país cuya Constitución es laica exista en el curriculum una asignatura de religión católica (además, evaluable y computable para el paso de curso). Una asignatura que se suele (o se puede) convertir en una catequesis. Aquí nos encontramos con el primer error: confundir clase de religión con catequesis. Catequizar es, según el Diccionario de la RAE, “persuadir a alguien a que ejecute o consienta lo que antes era contrario a su voluntad”. No es eso precisamente lo que deben conseguir las asignaturas del curriculum. La escuela no es una parroquia.
El segundo error consiste en utilizar dinero público para difundir credos. Ahí están algunos Colegios concertados (subvencionada, por consiguiente, con fondos públicos) preparando Primeras Comuniones, Navidades, Cuaresma, Pascua de Resurrección, festividad de la Inmaculada o del Santo Fundador… Nadie debe estar obligado a pagar con sus impuestos a un profesorado que predica un credo y defiende una moral que no comparte. ¿Cómo puede obligárseme a pagar a quienes explican que la homosexualidad es una enfermedad, que los matrimonios entre lesbianas son antinaturales, que la masturbación es pecado, que los anticonceptivos son inmorales, que el aborto es un asesinato…?
El tercer error grave es que los profesores de esa clase religión sean designados por los obispos, sin someterse a los criterios de selección a los que se somete el resto del profesorado del sistema educativo. Resulta chocante defender la asignatura de religión como una más del curriculum y mantener la excepcionalidad en la selección de quienes la imparten. Qué decir del derecho a despedirlos por motivos tantas veces discutidos y discutibles.
Se dice que sin el conocimiento de la religión católica no entenderíamos nuestro mundo. Claro está. Y sin la cultura griega y la romana y la árabe. Me parece bien que, para que exista un buen proceso de socialización, se estudie en el curriculum el papel que han desempeñado y desempeñan las religiones en la cultura, que se estudie en la historia, en el arte, en la literatura, en la geografía, en la lengua, en la literatura… Y si se quiere en una Historia de las religiones. Otra cosa muy distinta es la educación en la fe y la moral católicas. Resulta sospechoso que los obispos tengan tanto interés en que los niños y las niñas adquieran cultura (religiosa). Nunca les he visto defender tan apasionadamente que se estudie en las escuelas Literatura, Historia. o Filosofía. Lo que quieren, en realidad (por eso instan a las familias a elegir esa asignatura en las escuelas) es que se formen en la fe y en la moral católicas. Una moral (la suya) que, como consideran que es la única válida, pretenden que sea la moral de todos. Pueden estar movidos por buenas intenciones, pero considero que esa imposición no es respetuosa para quienes piensan y creen de otra manera en una sociedad plural. Nadie más que los creyentes debería desear que la Iglesia estuviese separada del poder civil. Hoy mismo, quizás mientras usted lee este artículo, mitras y coronas se mezclan en la catedral de La Almudena de Madrid con el regocijo y la emoción de una parte de la ciudadanía.
Decir, para justificar la presencia de la asignatura de religión en el curriculum, que un porcentaje elevadísimo de familias (el setenta y cinco por ciento según el cardenal Rouco Varela) eligen esa asignatura es hacer demagogia. En primer lugar porque si no existiera esa posibilidad nadie la podría elegir. En segundo lugar porque eso quiere decir que la eligen, no que debieran tener esa oportunidad de hacerlo. Estoy seguro de que si se ofrece una importante cantidad de euros a quienes lo deseen, todos se apuntarían. Lo cual no quiere decir que haya que darlos (sobre todo si se sacan del erario público).
Resulta llamativo que se hable de acoso a la Religión si se defiende la supresión de la asignatura en la escuela. Ahora bien, si se lo que se defiende es la implantación de la asignatura nadie dice que se está acosando a los agnósticos o a quienes defienden otra postura. Lo que ha existido durante siglos es persecución de los herejes o de los ateos. Hubo tiempos en que se los quemaba. Eso sí era acoso. Grave, injusto e incongruente es también decir que se habla de esta cuestión porque no se sabe hablar de otra cosa.
El hecho de que sociológicamente la religión católica tenga una presencia mayoritaria en España no significa que tenga que tener privilegios. Por eso estoy contra la discriminación que supone para otras religiones que no son objeto del mismo trato. No es el número de creyentes lo que da más valor o más derechos a una religión. Ni los años que tiene de historia. Se invoca la libertad de los padres para elegir la educación que prefieran para sus hijos. ¿Y si las familias de ETA quieren abrir un Colegio para difundir sus tesis? ¿Debería subvencionar el Estado esos Colegios? Se dice también que quien no quiera puede apuntarse a la alternativa (Hecho religioso). Todo el mundo sabe que hay muchas formas de quebrantar la libertad. Entre otras formar una minoría mal vista y, algunas veces, mal tratada.
Hay quien piensa que sin religión se acabaría la moral. “Si Dios no existiera, esto sería el caos”, dicen algunos. ¿Por qué? Las guerras de religión, han sido la causa de muchas muertes, de mucho dolor, de muchos males. La ética ha de estar por encima de las religiones. Esa tesis defiende con lógica José Antonio Marina en su interesante libro “Dictamen sobre Dios”. Todavía están muy arraigadas tradiciones, costumbres, ritos, mitos del nacionalcatolicismo. La separación de la Iglesia y el Estado ha de hacerse más fuerte, más radical. En beneficio de ambos poderes. Es difícil separar (cómo no saberlo después de pasar un año más la Semana Santa en Andalucía) lo que hay de fe, de folclore, de costumbre, de superstición, de atavismo en muchas manifestaciones religiosas. Escuchar el himno nacional en plena procesión, ver desfilar a la Legión, contemplar en los desfiles a la Rectora de la Universidad, al obispo, al alcalde o a un Capitán General me produce una extraña sensación. Hoy mismo entrarán los novios en la Catedral madrileña a los sones del himno nacional. Lo que sucede es que la tradición está por encima de la razón. Un curioso libro, titulado La Biblia en España cuenta las peripecias de George Borrow, un evangelista inglés que recorrió la península vendiendo biblias protestantes y propagando su fe. Recorriendo los pueblos andaluces se encontró con un campesino. Se le acercó con su libro y le dijo que deseaba explicarle los rudimentos de su fe. El campesino lo interrumpió diciendo: Mire usted, no se moleste porque, si no creo en la religión católica que es la verdadera, ¿cómo voy a creer en la suya, que es falsa?