El grillo maestro

21 May

grillo.jpg Augusto Monterroso publicó hace años en Alfaguara un librito muy sugerente e ingenioso titulado ‘La oveja negra y otras fábulas’. Quiero traer a colación una de ellas, titulada ‘El grillo maestro’. El lector sabrá pronto por qué y para qué.
Dice así: “Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto los Pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.
Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos”.
¿Cuándo se enterará el grillo maestro de que está asentando su enseñanza en un error? ¿Cuándo se dará cuenta el Director de que su escuela está fundando sus saberes en equivocaciones clamorosas? Si tienen como único criterio de buen funcionamiento la repetición de las rutinas, nunca. Esa institución está condenada al fracaso. Lo que pasa es que hay organizaciones que viven de espaldas a su éxito e, incluso, sin necesidad de definir qué se va a entender por tal.
Con esta fábula abrí hace años un pequeño libro titulado ‘La escuela que aprende’. Las instituciones que tienen que enseñar o que servir, o que orientar parece que nada tienen que aprender. Su tarea principal es otra. Y ahí está el error. Ahí está la trampa.
La rutina es el cáncer de las instituciones. Otro cáncer es la rigidez. ¿Cómo haremos este nuevo año las cosas? Como siempre, es la respuesta más segura. ¿Cómo plantearemos la solución a los nuevos problemas? Con los criterios que ya se afrontaron en otros tiempos.
¿Cómo aprenden las instituciones? No digo una persona o dos o tres que la integran sino la institución como unidad funcional de planificación, intervención, evaluación y mejora. En primer lugar practicando una autocrítica serena y exigente. Sin fustigarse, sin exigirse la perfección, sin atormentarse pero con el deseo sincero y valiente de descubrir las limitaciones para tratar de superarlas. Si una institución se cierra a la autocrítica está condenada a perpetuar sus errores y sus fallos. Sólo aprende quien tiene deseo de aprender.
El director de una escuela argentina de la Provincia de Mendoza, mi entrañable amigo Horacio Muros, ha pedido a sus profesores que escriban una carta a la institución en la que trabajan, una carta en la que expresen su forma de pensarla y de sentirla. Lo han hecho todos los docentes. De las contestaciones ha salido un estupendo informe que está lleno de sugerencias para la mejora.
De ese informe elijo algunos párrafos significativos. Uno de los informantes, dice: “Como has tenido tú el valor de someterte a la crítica por este medio, me gustaría que todos los que hoy formamos parte de ti tengamos la grandeza de autoevaluarnos y de aceptar nuestros errores”.
Una profesora, comenta: “Me gustaría que entre todos los espacios de definición institucional hubiera espacios de reflexión para que la orientación de la escuela sea un verdadero proyecto articulado en el tiempo”.
Hermosa iniciativa que abre a la institución a las reflexiones de los protagonistas. Sólo desde una actitud de apertura y de humildad es posible hacer un compromiso con la mejora. Quien se cree perfecto está condenado a no mejorar. A quien no le importan los fallos, seguirá cometiéndolos.
El segundo camino para que la institución pueda aprender es la apertura a la crítica. Hay instituciones que jamás solicitan la opinión de sus beneficiarios. Y cuando éstos la emiten sin que se les haya pedido, la rechazan con violencia o con desprecio. ¿Qué tienen que decirnos si ellos no son especialistas en lo que nosotros hacemos? Como si hiciera falta ser una gallina para saber que un huevo está podrido.
Hace unos años vino a verme un matrimonio a mi despacho de la Facultad. Me explicaron que tenían una niña en un Colegio y que estaban muy preocupados por su evolución. También decían que estaban seriamente preocupados por el curso completo en el que estaba su hija. Al parecer, no iban bien las cosas. La familia había escrito a la Dirección una carta que me enseñaron. Pude ver también la respuesta de la Dirección. En ella se decía que estaban dispuestos a celebrar la entrevista, pero que de antemano tenían que decir que la Dirección trabajaba con el mayor entusiasmo y dedicación por atender a todas las niñas y que los profesionales del Colegio eran extraordinarios y ponían todo el empeño en hacer bien su tarea. Me pidieron consejo. Les dije: Miren: digan a la dirección que estaban dispuestos a celebrar la entrevista para ayudar a que las cosas mejorasen pero que como han descubierto a través de la respuesta que son perfectos han desistido de acudir a la escuela.
Cuando las instituciones quieren mejorar, piden la opinión de sus beneficiarios. No hay hotel, comercio o restaurante que no esté deseoso de que los usuarios dejen su opinión sobre las deficiencias encontradas. Es la forma de mejorar. Todos habremos sido mil veces testigos de esta demanda de opinión a través de encuestas, entrevistas o sugerencias…(Un conocido humorista español metió en el buzón de sugerencias de un restaurante un filete perfectamente incomible).
Claro que para poder dar esa opinión de forma sincera es necesario que existan condiciones para expresarse en libertad. De lo contrario pasará lo que pasó en aquella empresa en la que el Jefe dijo a sus empleados: “A mí me gusta que mis trabajadores me digan la verdad, aunque eso les cueste el puesto”.
Si nadie puede decir absolutamente nada respecto a la clase del grillo maestro y si los protagonistas de la lección consideran que es excelente porque repite fielmente lo que siempre se dijo, no habrá manera de descubrir que la garganta es un excelente instrumento para emitir sonidos armoniosos. Pobre Grillo Director. Pobre Grillo Maestro. Y, sobre todo, pobres Grillitos si acaban creyendo lo que les dicen.

9 respuestas a «El grillo maestro»

  1. hola:
    Todo trabajo que tiene por fin moldear la mente del ser humano debe renovarse y ajustarse a las necesidades de los tiempos en los que se desarrolla; la Educación debe seguir el avance tecnologico, las exigencias del mundo globalizador y rescatar los principios que le han dado forma y soten a la sociedad en que vivimos; es la educación la que le dara a este México joven la experiencia suficiente para dejar atras la pobreza y marginacion en la que la ignorancia nos ha sumido.Si dejamos que la verdad y la modernidad invadan las aulas formando parte de ellas, el maestro sera el guia ideal para este proceso.

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