El reloj robado

16 Nov

 

Las lecciones no están solo en los libros. Lo que tenemos que enseñar y aprender no es solo el cuerpo de conocimientos que ofrece el curriculum. Se pueden (deben) enseñar y aprender muchas otras cosas relacionadas con el saber sentir, con el saber estar y con el saber ser.

Recuerdo ahora el excelente libro de mi añorado Eduardo Galeano “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”. Nunca he sabido a ciencia cierta si el subtítulo hace referencia a la escuela del mundo al revéso a la escuela del mundo al revés.En cualquier caso se trata de un hermoso e impactante libro  con el siguiente programa de estudios (que, en realidad, es el índice temático de la obra): la escuela del mundo al revés, cátedras del miedo, seminario de ética, clases magistrales de impunidad, pedagogía de la soledad y la contraescuela. Viene a decir Galeano que la vida es una escuela con un perverso curriculum que aprendemos de forma subrepticia. A través de los nefastos ejemplos que se encuentran en las estructuras injustas y en los comportamientos corruptos aprendemos el miedo, la injusticia, el dolor, el racismo, el machismo y la impunidad.

Me sorprendió, la primera vez que me asomé a este libro, leer el siguiente relato en la página 155. Se titula Vidas ejemplares. “A finales de los años 80, todos los jóvenes españoles querían ser como él. Las encuestas coincidían: esta estrella del mundo financiero español, rey Midas de la Banca, había eclipsado al Cid Campeador y a Don Quijote y era el modelo de las nuevas generaciones. Acróbata del salto alto en la escala social, había llegado desde un pueblecito de Galicia hasta las cumbres del poder y del éxito. Las lectoras de las revistas del corazón lo elegían por unanimidad: el español más atractivo, el marido ideal. Siempre sonriente, el pelo engominado, parecía recién salido de la tintorería cuando leía balances o bailaba sevillanas o navegaba por el Mediterráneo. Quiero ser Mario Conde, se titulaba la canción de moda.

Diez años después, en 1997, el fiscal pidió cuarenta y cuatro años de cárcel para Mario Conde, lo que no era mucho para quien había cometido el mayor fraude financiero de la historia de España”.

Un día fue Mario Conde, en pleno esplendor, a pronunciar una conferencia en mi Universidad. No asistí. Veía a los jóvenes estudiantes correr apresurados a conseguir un lugar en el paraninfo. Me pareció un acto obsceno. Yo estaba indignado por aquella ceremonia y aquel boato. Por aquella efervescencia juvenil propiciada y bendecida por la autoridad académica. Tuve un fuerte conflicto con un guarda de seguridad que me impedía aparcar en un lugar del campus  para reservar espacio a la comitiva del prócer.  Iba a trabajar en mi despacho y no podía hacerlo porque todo se había dispuesto para la magnificencia y la seguridad del acto “académico”.

Me molestaba que la Universidad se incorporase a ese clamor social. Y me pregunté por los modelos de persona que la sociedad (y, en este caso, la Universidad) les ofrecía a los jóvenes y a las jóvenes estudiantes. ¿Como quién deberían ser? ¿A quién deberían parecerse? Pues muy  claro: tenían que parecerse a Mario Conde.

En la propuesta de modelos, la escuela y la familia desempeñan un papel preponderante. Deberían encontrar en nosotros actuaciones y actitudes que les condujesen a  construir modelos  de ciudadanía.  Y criterios para discernir cuándo hay propuestas ejemplares y cuándo prestidigitación engañosa.

Deberíamos conseguir, en primer lugar, ayudarles a descubrir las trampas de los modelos presentados por la vía de la seducción. Sin análisis, sin mostrar el imprescindible esfuerzo, sin reparar en el cumplimiento o quebrantamiento de los valores, sin pensar en quienes en las mismas circunstancias nunca llegan, sin hacer ver las zancadillas que reciben las mujeres para alcanzar el éxito…Y, en segundo lugar, deberíamos presentar modelos que puedan imitar y que estén basados en  valores.

Me ha llegado a través de la red una de esas historias que sueles considerar verídica por el simple hecho de que te gustaría que lo fuera. En este caso porque encierra ingenio, comprensión y bondad. Una historia en la que una forma de actuar se convierte en un modelo  con tanto gancho que lleva a un niño a imitar el modelo popuesto. Dice así:

Un joven se encuentra con un anciano a quien sin duda recuerda con emoción. Su antiguo maestro. Se dirige a él  y, después de saludarle afectuosamente,  le dice:

– ¿Se acuerda de mí?

El anciano contesta que no. Entonces el joven le dice que fue su alumno hace muchos años. El antiguo profesor le pregunta:

–  ¿Qué estás haciendo?

– Soy maestro, contesta con satisfacción y orgullo.

–  Ah, qué bueno, como yo durante tantos años.

– Sí, me convertí en maestro porque  me inspiró a ser como usted.

El profesor le pregunta cuándo le inspiró a ser maestro. Y el alumno le cuenta la historia.

– Un día, un amigo mío, también estudiante, llegó con un hermoso reloj nuevo, decidí que lo quería para mí y se lo robé. Lo saqué de su bolsillo y lo metí en el mío. Poco después mi amigo comprobó que se lo habían quitado y se quejó a usted, querido maestro. Entonces usted se dirigió a la clase.

– Alguien ha robado el reloj de un compañero. Quien haya sido que se lo devuelva o que me lo de a mí para que yo se lo entregue.

Yo no lo devolví porque no quería hacerlo. Sentía una horrible vergüenza al mostrarme como ladrón delante de usted, de mi amigo y de los compañeros. Todos se miraban con perplejidad. Nadie dijo nada. Luego cerró usted la puerta y nos dijo  a todos que nos pusiéramos de pie y que iría uno por uno para buscar el reloj en los bolsillos, en las mochilas, en los pupitres o donde fuera hasta encontrar el reloj. Pero nos dijo a todos que cerráramos los ojos, que realizaría la búsqueda exigiendo que todos tuviésemos los ojos cerrados. Todos cerramos los ojos y usted fue de bolsillo en bolsillo,  buscando el reloj. Cuando llegó al mío encontró el reloj y lo tomó. Continuó usted buscando  en todos y cuando terminó, dijo:

– Abran los ojos. Ya tenemos el reloj. Ya se lo he devuelto a su dueño.

–  No me dijo usted nada. Nunca mencionó el episodio. Nunca dijo quién había robado el reloj. Y ese día salvó usted mi dignidad para siempre. Evitó la vergüenza que me habría producido ser acusado  de ladrón delante de todos y, sobre todo, delante de mi amigo. Me sentí muy avergonzado ese día. El día en que mi dignidad se salvó gracias a usted. Porque me podían haber etiquetado  todos de ser un ladrón y una mala persona. Me dio una lección moral. Recibí el mensaje. Y entendí que esto es lo que debe hacer un verdadero maestro. ¿Se acuerda de este episodio?

El profesor responde:

– Recuerdo la situación, el reloj robado, la búsqueda, el hallazgo, la devolución… Pero no te recordaba a ti porque también cerré los ojos cuando buscaba.

Enseñar es el arte de ayudar al prójimo a ser mejor. Un arte que tiene estrategias, a veces, sutiles pero siempre llenas de  ingenio, de compasión, de misericordia y de amor. Enseñar es el arte de convertirse en un ejemplo  no tanto por lo que se dice cuanto por lo que se siente, se hace y se es.

 

 

 

La espadita de Sófocles

9 Nov

 

Decía el sábado pasado, en esta misma sección, que  era conveniente  ejercitarse en una actitud positiva ente la vida, ante la historia, ante las personas y ante nosotros mismos y que para ello no hay mejor receta que el sentido del humor.

Hoy es día de reflexión en España. Volvemos a las urnas mañana por haber resultado fallida la última legislatura. Unos por otros, la casa sin barrer. Y ya se acumula mucha suciedad dentro de la casa común. Los políticos tratan de sacudirse las responsabilidades y apuntan a los demás como principales culpables del fracaso.  Ahí está uno de los más importantes problemas de la acción política: el análisis riguroso de las causas.  Más que de forma rigurosa se manejan de forma interesada. Una cosa es describir lo que sucede y otra muy distinta explicar con rigor por qué sucede.

Hay muchas personas malhumoradas por  haber tenido que repetir las elecciones. Hay muchos ciudadanos que despotrican de los políticos y los descalifican de forma persistente, contundente y casi cruel. “Todos son lo mismo”. Lo cual quiere decir que todos son malos. No es cierto. No es sensato. No es justo. Porque ni todos son iguales ni todos son malos. Hace falta más sentido de la realidad.

Hace falta también más sentido del humor, a los políticos y sobre los políticos. ¿Quién pudo detectar ni una brizna de humor en el debate electoral? ¿Quién recoge algunos brotes de humor en el hemiciclo en las sesiones parlamentarias?  Ya sé que ni a  un lugar ni al otro se va a hacer bromas, pero el clima de crispación, de hostilidad y de agresividad no permite que nazca ni un gesto de amabilidad ni una sonrisa. Y las reacciones a los errores o a las equivocaciones son brusca, malhumoradas y humillantes.

Cuenta Jaime de Casabuberta en su libro ¡Despega!, del que hablé el sábado pasado en este mismo espacio,  una  anécdota que tiene lugar en un memorable e intenso debate  político en el seno del Congreso Nacional de Chile (Por cierto, qué horror. ¡Cómo está Chile! Con decenas de muertos). Se discutía acaloradamente una importante ley de la República. Parlamentarios de la izquierda pedían a gritos  la aprobación, mientras que la derecha  proclamaba su abierto rechazo. En cierto momento intervino un distinguido y culto  legislador derechista. Sus elocuentes y lapidarias palabras terminaron por sacar de sus casillas a los apasionados legisladores izquierdistas. Los ánimos se enardecían, el ambiente estaba para cortarlo con cuchillo. En medio de este tenso clima pidió la palabra el señor Mario Palestro. El inconfundible personaje de grandes bigotes, habló apasionadamente, fustigando con dureza la posición de la derecha. Al finalizar su encendido discurso y a modo de elegante y contundente cierre, levantó su brazo (seguramente el izquierdo) y apuntando el índice hacia el lugar donde se encontraba  la bancada de la derecha, con voz mesiánica y en tono profético dijo, “y si no aprueban esta ley, ¡penderá sobre vuestras cabezas la espada de Sófocles!”.

Como es fácil imaginar, se produjo un silencio sepulcral. Luego de un momento, el culto parlamentario de derechas, pidió nuevamente la palabra al presidente de la sala y dijo: señor presidente… Solo quiero aclararle al señor Palestro que la espada no es de Sófocles sino de Damocles.

Después de unos breves instantes, el aludido Palestro tomó el micrófono y dijo: ¡Así que Sófocles  no podía tener su espadita también!

Al terminar el relato, Jaime apostilla con tino: Palestro respondió con humor a la situación.

Podía haberse hundido en la miseria de su error, podría haberse encolerizado con su adversario que le había sometido a una humillación. Podía haberse callado sumiéndose en la vergüenza de su ignorancia o de su despiste. Pero no. Hizo una broma y estoy seguro que fue celebrada por todos los miembros del hemiciclo, tanto adversarios como afines.

En su libro “Humor y política”, Alfred Sauvy habla de una recepción en una embajada en Moscú en la que el propio Khuschev (entonces presidente de la URSS) contó esta anécdota con indudable sentido del humor: Un hombre en plena Plaza Roja comienza a gritar: ¡Khuschev está loco! ¡Khuschev está loco! Al momento llega la policía secreta y es detenido. En el juicio le caen tres meses por insultos al Jefe del Estado… y diez años por revelar un secreto de Estado.

No sé dónde leí esta otra historia de humor negro. Si mal no recuerdo fue en el libro “El sentido del humor”, de Ziv y Diem. Dos políticos ya muy mayores acuden a un cementerio para rendir homenaje a excombatientes fallecidos. Uno de ellos le dice al otro al pie de las tumbas:

– Dada la edad que tienes, ¿crees que te trae cuenta ir a casa?

Tengo delante un libro de Thomas Cathcart y Daniel Klein, dos filósofos estadounidenses, que lleva por título “Aristóteles y un armadillo van a la capital” y como subtítulo: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”.

En una de las viñetas se puede ver a tres políticos preparando un mitin en la sede de la campaña electoral. Uno de ellos se dirige a los otros dos y les dice:

– Es un buen discurso… solo hay un par de puntos  que necesitan un poco más de confusión.

La dedicatoria del libro te hace saborear de antemano todo lo que viene después. Dice así: “A la memoria de ese fabuloso humorista político de otra época, Will  Rogers, que dio en el clavo cuando dijo: No hay ningún secreto en ser humorista cuando tienes a todo el gobierno trabajando para ti”.

El libro consta de seis partes en las que los autores reflexionan de forma ingeniosa sobre las siguientes  formas de provocar confusión: confundir con la ambigüedad, confundir centrándose en lo personal, confundir con falacias informales, confundir mediante la creación de un universo alternativo, confundir mediante retorcidas falacias formales, confundir mediante (nuestras) mentiras…

Describen mentiras piadosas y justificaciones peregrinas. Un ejemplo de cada:

El vicepresidente Al Gore dijo en cierta ocasión que su madre  lo solía dormir  cantando cuando era bebé “Look for the Union Label” , una canción compuesta cuando Al Gore tenía 27 años. Al se puso  a tiro de la acusación de que su madre le seguía cantando nanas más allá de la edad apropiada.

Vean ahora lo que dijo el expresidente Ronald Regan el 4 de marzo de 1987 cuando los periodistas que habían seguido el caso hubieran demostrado que, en realidad, había intercambiado armas por rehenes: “Hace unos meses le dije al pueblo estadounidense que no cambiaría armas por rehenes. Mi corazón y mis mejores intenciones  aun me dicen que eso es verdad, pero los hechos y las pruebas me dicen que no”.  El 13 de noviembre de 1986, había dicho: “Nunca –repito, nunca- intercambiamos armas o cualquier otra cosa por rehenes, ni lo haremos nunca”.

En otra de las interesantes viñetas se ve al jefe de un partido pidiendo a un subalterno: “Este es el meollo de lo que quiero decir. Ahora busque unas estadísticas para probarlo”.

Sonriamos. No descarguemos sobre los políticos toda la rabia y toda la crispación que acumulamos en la vida. Ellos son como nosotros. Personas de carne y hueso. Y, aunque  a veces se nos muestren como prestidigitadores de la verdad, los necesitamos para gestionar lo público. La alternativa es horrible.  ¿Alguien se apunta a una dictadura? Vayamos a votar. Elijamos a los más valiosos, a los más honestos. Y luego exijamos coherencia, justicia y verdad. No nos preguntemos solo qué pueden hacer por nosotros. Preguntémonos qué podemos hacer para que mejoren. Y lo primero que tenemos que hacer, como exige nuestra responsabilidad cívica, es ir a votar.  Con una sonrisa como bandera.

¡Despega!

2 Nov

Conocí en Pucón (Araucanía. Chile) a Jaime de Casacuberta hace ahora un año. Me hizo entonces un hermoso regalo: un libro suyo que tiene el título que le he dado al artículo de hoy: ¡Despega! Una propuesta, una petición, una orden. El subtítulo del libro te pone en la órbita: “7 pasos para el desarrollo personal y profesional”. El 24 de octubre pasado me he vuelto a encontrar con él y he podido corresponder a su regalo con otro libro, en este caso de mi autoría. Hermoso lenguaje el de los libros como regalos. Para mí no hay otro más elocuente.

Jaime es una persona deslumbrante. Te mira con atención mientras te escucha y te sonríe como si fueras único. Es un arte que dominan pocas personas. Habla con sabiduría y humor, sin la menor afectación. No en vano  estoy hablando de uno de los más importantes facilitadores de seminarios de crecimiento personal de Chile. Es un brillante abogado que se especializó en Derecho de Familia. Se formó como facilitador en la Universidad de Santa Mónica de los Estados Unidos e inició su nueva carrera dictando seminarios para la Organización Internacional Insight Seminars y, luego, para la Consultora Target DDI.

Más tarde alcanzó los grados de Practitioner y Master en la misma especialidad. Se especializó en técnicas de Firewalking (caminata en el fuego) con el doctor Alfred Herger, estudió las estrategias de trance hipnótico de Brian Weiss y Milton Erikson y se formó en el método Silva Ming Control (Institute of Psychorientology). Estudió Psicología de la Gestalt con el doctor Walter Contreras y se entrenó en Dianética en la Escuela de Cientología de San Francisco. En los últimos años se ha dedicado a la Neurociencia y su aplicación en la seguridad preventiva.

Le dije que tenía en mente dedicar un artículo a su interesante y eficaz propuesta y aquí estoy dando cumplimiento a una promesa que, más que a él, vendrá bien a mis lectores. Porque Jaime sabe para compartir y escribe no para lucirse sino para ayudar.

Los siete pasos que propone para el despegue están bien fundamentados y secuenciados: Excelencia, honestidad, apertura, responsabilidad, creencias positivas, aceptación y humor. Hay que leer el libro, pues, de principio a fin, no a saltos. El orden lógico, la estructura secuenciada, tiene su importancia      en este caso.

Se trata un libro de autoayuda, pero no de cualquier libro. Los capítulos están concebidos para el entrenamiento, por eso al final de cada uno de ellos hay una propuesta de ejercicios prácticos. De hecho, los diferentes capítulos se desarrollan bajo este tipo de epígrafes. Primer nivel de entrenamiento: Excelencia.

Utiliza la metáfora  del despegue de una nave espacial. He dicho en otras ocasiones en esta misma sección que la metáfora me parecen una excelente forma de expresión literaria, que ilumina con claridad  y alimenta la atención del lector. Y así, “la excelencia  es a una persona  lo que los motores son a una nave espacial: fuerza de arranque, sustentación y aceleración”.  “La honestidad es al ser humano lo que el fuselaje a una nave”, dice Jaime. Con la apertura al cambio “se estará en condiciones de  diseñar el plan de vuelo, de preparar el cuaderno de bitácora de la navegación”. La responsabilidad invita “a  ingresar  en la cabina de mando de tu espacial y especial nave de crecimiento personal”. Las creencias positivas  “permiten conocer el cerebro de nuestra nave, su sistema computacional”. La aceptación “es al ser humano lo que un radar a una nave espacial, permite reconocer y reconocernos”. Finalmente, “el humor es a la vida lo que el combustible a una nave espacial”.

Con un lenguaje sencillo, claro y sugerente fundamenta, propone y anima. Y, como buen narrador, utiliza historias que ilustran y motivan. También a mí me gusta contar historias  y, de hecho, alguna compartí con Jaime en los dos días del Congreso de Pucón, organizado extraordinariamente por Global Advisor.

Me quiero detener en el séptimo paso de su propuesta didáctica ante la imposibilidad de hacerlo en los siete que propone: el humor.  Jaime de Casacuberta trabaja desde hace años con el famoso humorista chileno Coco Legrand del que dice  en los agradecimientos: “Un particular reconocimiento quiero hacer al que considero el más importante maestro  del humor en Chile. Gracias por creer en el proyecto El Poder del humor. Tu nobleza, lucidez e  ilusión de vida no solo han sido un inestimable aporte a nuestros seminarios, también una fuente de inspiración personal y, por supuesto, de este libro”.

Sobre el libro dice el gran humorista chileno: “Cuando conocí a Jaime de Casacuberta me impresionó la frescura, originalidad y trascendencia de su propuesta. Gracias a su aporte pude extender el significado del humor a una amplia variedad de ámbitos de nuestra convivencia que con tanta urgencia necesita. A pesar de llevar varios años trabajando juntos, me volvió a sorprender con su libro. Un texto que plantea un práctico y efectivo sistema para entrenarse continuamente en el arte del desarrollo personal y profesional”.

Pilar Sordo, querida amiga y afamada psicóloga clínica, dice  en la contraportada: “Creo que mucha gente que lo lea va a sentir que despegaen su vida”.

Yo creo que el humor es una forma de bondad. Hay que cultivarlo para nosotros mismos y para compartirlo con los demás.  Creo que el humor es un asunto muy serio. Eso dicen Ziv y Diem en su precioso libro “El sentido del humor”.

En ese importante y último capítulo, Jaime distingue el humor de la risa, del chiste, de la talla (en Chile viene a ser como la frase ingeniosa que hace reír) y de la broma…  Y sostiene que la seriedad  y el humor no son términos contrapuestos.  “El humor es una estupenda y efectiva  actitud para afrontar la vida”, dice Casacuberta. Y añade: “Si el humor es una actitud que genera distensión, lo opuesto a él son las actitudes que generan tensión, las actitudes dramáticas”.  Lo escribe en cursiva, dice, para dar cuenta de su especial connotación. “Obviamente no estamos hablando de las actitudes que cualquier mortal asumiría frente a un auténtico drama, nos referimos a las que son asumidas por aquellos que tienen la rara cualidad de ver drama donde no lo hay. Mientras el dramático se afana en dramatizarlo todo, el que vive en el humor se encarga de quitarle drama a la vida”.

El problema de las personas que generan tensión no es solo que están infelices sino que hacen la vida insoportable a quienes tienen cerca.  El autor hace referencia a una serie de personajes tóxicos. Por ejemplo:

Los quejumbrosos, que se están lamentando constantemente por todo lo que sucede o deja de suceder.

Los exagerados, que son dueños de una mentalidad extremista y amplifican la percepción y valoración de los aspectos dolorosos de la vida.

Los pesimistas,  que solo saben fijar su atención en los detalles negativos de la existencia.

Los hipocondríacos, que se inventan la enfermedad que no tienen o exageran la que realmente tienen.

Los posesivos, que tratan a las personas cercanas como objetos de su propiedad.

Los creadores de falsos dramas, que tienen la asombrosa cualidad de crear problemas inexistentes.

Los ritualistas, que viven obsesionados con las formas.

El árbol del humor produce frutos saludables: genera empatía en las relaciones personales, mejora la salud física y mental, ayuda a superar los obstáculos, genera ambientes agradables y creativos, otorga un aura carismática, produce ganas y energía, llega al corazón de la gente,  produce felicidad…

En el aeropuerto de Madrid, después de haber leído en pleno vuelo el libro de Jaime, me vi obligado a comprar “Todo el año de buen humor”, de Michel Lejoyeux. Me pareció una forma elocuente de decirle a mi amigo: Me has convencido. Voy a despegar con tu manual de instrucciones.

 

 

 

 

Las huellas del profesorado

26 Oct

 

Fui profesor de filosofía durante dos cursos en el Instituto San Pelayo de Tuy (ahora Tui), Pontevedra. Dos años inolvidables trabajando con cursos de adolescentes que se asomaban a la asignatura por primera vez. Y a la vida. Eran los últimos años del franquismo. Cursos 1972-1973 y 1973-1974. En el 75 murió el dictador.

La experiencia inglesa de Summerhil, creada por Alexander Neill, ejercía una influencia poderosa sobre algunos pedagogos jóvenes, como era mi caso. Se leían los libros de Neill con curiosidad y admiración y se visitaba la escuela de Summerhill, situada a unos 60 kilómetros de Londres como si de un santuario pedagógico se tratara. Yo estuve dos veces  en ella cuando ya era directora su mujer, una vez fallecido el creador. También había experiencias de ese tipo en España: “Fregenal de la Sierra, una experiencia de escuela en libertad”, de Josefa Martín Luengo, por ejemplo. La participación de los alumnos y de las alumnas era una clave esencial. Otra, la libertad. Y una tercera, la necesidad de buscar la felicidad a través de la consideración de los sentimientos. Recuérdese el título de una obra de Neill: “Corazones, no solo cabezas en la escuela”.

– No entiendo lo que me dice usted, yo soy el profesor.

– Por eso. Para hablar tiene que pedir la palabra, como todos los demás. Así lo hacemos en la clase de filosofía…

Un día Clara, una de mis alumnas llamó a la puerta de la sala de profesores. Abrió el director, Don Veremundo.

– ¿Está Miguel Ángel?, preguntó

-¿Quién? No sé quién es.

– El profesor de filosofía.

-¡Ah, Don Miguel Ángel! Don Miguel Ángel sí esta

Y ella, con firmeza y respeto:

–  Él no nos exige que utilicemos el Don, así que no lo haré.

En cierta ocasión vino la madre de un alumno a verme para preguntar si le había dicho a su hijo que cortase los botones de la bocamangas de los trajes.

–  No. No le he dicho nada de eso.

– Es que mi hijo los ha cortado todos y, cuando le he preguntado, me ha dicho que se lo dijo el profesor de filosofía.

Cuando hablé con él me explicó que en la clase yo había planteado la necesidad de formular porqués. Y que se había preguntado por qué estaban allí esos botones. Como no encontró ninguna razón convincente, los cortó.

Cada día tenía problemas con el comisario de policía de la ciudad. Me llamaba para manifestar su desaprobación por mis planteamientos en la asignatura:-

-Usted ha dicho en la clase que los sindicatos verticales son una calamidad democrática.

-Pues sí, es que lo son.

-¿Eso es lo que dice su libro de texto? Su deber es explicar a los alumnos lo que dice el libro

-No, señor comisario. Mi deber no es hacer que repitan lo que está escrito en ese libro sino ayudarles a pensar si lo que dice el libro es cierto o no lo es.

Los alumnos y alumnas se hacían preguntas y trataban de responderlas con rigor. Debatían en las clases, escribían en una revista que se llamaba “O faladoiro”, hacían trabajos de investigación sobre su entorno inmediato y formaban parte de un cine club juvenil en el que analizaban las películas que elegíamos y proyectábamos en el cine Yut de la ciudad los viernes por la tarde. El comisario también velaba allí por la ortodoxia y me llamaba para decirme:

– Oiga, le ha proyectado a los chicos una película titulada “Dulce pájaro de juventud”. Está calificada de 4R Gravemente peligrosa.

-Conozco esa calificación, pero no la comparto. Además, señor comisario, ¿usted prefiere que la vean solos o que puedan analizarla conmigo?

Así iban aprendiendo aquellos jóvenes a hacerse preguntas, a pensar, a debatir, a descubrir el mundo, a explorar la vida.

Después de    aquellos dos años me fui a la Universidad Complutense. Pasaron los años. Y, un buen día, fui a dar una conferencia a Vigo. Al terminar se me acercó una chica a la que recordé perfectamente de aquellas clases. Ella me dijo:

– Vi en el periódico que venías a dar una conferencia y pensé: voy a ir a escucharle y, si es el mismo que tengo en mi cabeza y en mi corazón, voy a saludarle pero, si no es el mismo, me iré sin verle. Ya ves que estoy aquí.

Hace tiempo que he pensado hablar de mi alumna Mercedes Oliveira Malvar (mi querida Chis), hija del famoso escultor de caballos Juan José de Oliveira Viéitez. Porque es una persona que ha marcado mi vida, más quizás que yo la suya. Ella me confesó en aquella conversación que, por la influencia de aquellas clases, era ahora no solo filósofa sino profesora de filosofía en un Instituto de Enseñanza Media.

Es un caso en el que se ve de forma palmaria  que la alumna acaba superando a su maestro. Lo tendríamos que tener en cuenta en nuestras clases. Es fácil que tengamos delante de nosotros a personas que acabarán sabiendo mucho más y siendo mucho mejores que nosotros.

Luego la ayudé a realizar la tesis doctoral y prologué su libro  “La educación sentimental”, cuyo contenido es parte de aquella investigación. Chis ha escrito mucho y bien. Sobre temas de filosofía y también sobre feminismo y educación sexual. Ha publicado recientemente un magnífico libro titulado “Amarte. Pensar el amor en el siglo XXI” (Editorial La Catarata), traducido del gallego después de alcanzar en un año cinco ediciones.

Acabo de leer en la prensa que le han concedido el premio de Viguesa Distinguida. Ningún premio más merecido que el suyo. Porque lleva toda la vida ayudando a las personas a ser más sabias y más felices.

La he llamado para hablarle de este artículo. Y me ha contado que coordina el “Comando Igualdade”, que es un grupo de  90 jóvenes a los que forma y con los que después va en grupos de 15 o 20 personas a otros institutos y centros sociales a hablar de relaciones sexuales, amor y desamor, violencia de género, diversidad… Me dice con toda la razón: “Al hablar entre iguales, la capacidad de conexión y persuasión es muchísimo mayor”. Y añade: “Es una iniciativa pionera y muy demandada. Ahora me han encargado la formación de comandos de igualdad en toda la comunidad foral Navarra para el programa Skolae”.

Aquella adolescente ensimismada que, con su  jersey de cuello blanco de cisne, participaba en las clases de forma inteligente y responsable, es hoy una profesora jubilada. Y me pregunto cómo ha podido pasar todo esto  en un abrir y cerrar de ojos. Ya puedo decir que tengo una exalumna que han concluido no solo su período de formación sino su experiencia laboral. Increíble.

Estoy seguro de que algún alumno o alumna de Chis habrá seguido su estela y estará hoy estudiando o enseñando filosofía. Lo que me lleva a pensar en esa cadena de transmisiones salvadoras que es la docencia. En esas huellas inextinguibles.

Algún día me gustaría estudiar este fenómeno que podríamos llamar de arrastre profesional. Las huellas de la docencia. Un fenómeno del que, en algunos casos, no nos enteraremos nunca o lo haremos demasiado tarde. Otras veces nos lo dirán ellos y ellas reconociendo, y agradeciendo quizás, esa influencia. Pusieron sus pies sobre nuestras huellas y llegaron mucho más lejos que nosotros por el camino de la vida.

 

 

Y si luego no viene, ¿qué?

19 Oct

Escuché esta anécdota hace muchos años. Un niño, con poca afición al aseo, es urgido por su madre en estos términos:

Venga, dúchate ahora mismo, que va a venir tu tía a visitarnos.

El niño, reticente ante la demanda, contesta:

Sí, hombre… Y si luego no viene, ¿qué?

Es decir, que si no viene su tía se habrá duchado sin necesidad de hacerlo, tendrá que estar limpio y aseado sin un motivo urgente. Una lata, una pérdida de tiempo, un incordio innecesario.

Me he acordado de esta historia hoy porque, al acompañar a mi sobrino Javier al centro de Málaga, me ha dicho que tenía que asegurarse de que estaba en las listas de admitidos a unas pruebas para las que estaba estudiando intensamente.

– Si no voy a hacer el examen, ¿para qué voy a estudiar?, argumentaba con la misma lógica de aquel niño alérgico al agua.

Estos hechos me llevan a la ya conocida idea de que el conocimiento escolar tiene valor de uso y valor de cambio. El valor de uso es, a veces, más que discutible. ¿Se trata de un conocimiento que sirva para la vida, que se pueda aplicar a la resolución de los problemas y a la satisfacción de las necesidades que nos presenta la realidad? ¿O se trata, más bien, de un conocimiento estéril, que adquirimos porque es una obligación poseerlo para poder obtener una acreditación? Ese es el valor de cambio. Si demuestras que, al menos en un momento, tienes ese conocimiento, te lo canjean por una calificación, por un certificado. Valor de cambio.

Todo el mundo sabe muy bien que existe una diferencia muy grande entre aprender y aprobar. A mi querido y admirado amigo Enrique Bono Santos le prologué un libro titulado “Aprobar o aprender. Una propuesta para el estudio útil” (Editorial Aljibe, 2015). El título original tenía todavía más mordiente: ¿Aprobar sin aprender? La Editorial impuso la modificación, que captó resignado. “El objetivo final del libro, dice el autor en la introducción, es conseguir un buen estudiante que sepa realizar bien su trabajo para alcanzar un aprendizaje de calidad durante los tramos de la Educación Secundaria obligatoria y postobligatoria”. Doy fe de que lo consigue.

Me he preguntado muchas veces lo que sucedería si los profesores no tuviésemos la capacidad de conceder acreditaciones. Es decir, el poder de aprobar y suspender. ¿Cuántas personas estarían con nosotros atraídas por la importancia del conocimiento, por la necesidad de poseerlo y por la pasión que despierta su búsqueda?

Una cuestión importante cuando hablamos del valor de uso del conocimiento es reflexionar sobre la selección de contenidos del curriculum. ¿Qué es lo que merece la pena ser aprendido? Y otra, de no menor relevancia, es analizar las estrategias adecuadas para que el estudiante pueda adquirirlo. Porque hay conocimientos relevantes y significativos que se pretende enseñar de forma aburrida, tediosa y poco estimulante con el consiguiente fracaso y con el terrible efecto secundario de que aborrezca el aprendizaje.

Cuando solo importa (o cuando importa sobre todo) aprobar, lo único que se debe aprender es aquello que va a ser objeto de examen.

¿Eso entra en el examen?, se pregunta el estudiante. Si no, no merece la pena ser aprendido. Porque lo verdaderamente decisivo no es aprender sino aprobar.

Un estudiante aprendió para el examen solamente el tema relacionado con los gusanos. Cuando llegó la hora de las preguntas, el examinador le dijo:

– Hábleme de los elefantes.

El estudiante, entre desconcertado y aturdido, contestó: El elefante es un animal muy grande, que tiene unas orejas enormes que casi llegan al suelo, tiene cuatro patas enormes, un gran rabo y una trompa en forma de gusano y los gusanos se dividen en…

Por eso no importa seguir aprendiendo, seguir ampliando, seguir descubriendo. Porque el objetivo básico es conseguir aprobar o, quizás, obtener un sobresaliente.

Algunos profesores se parecen a aquel comerciante que decía: Si yo vendo, lo que pasa es que no compran.

¿No compran? Habrá que preguntarse entonces si eso que vende el comerciante merece la pena ser adquirido. O si tiene un precio razonable. O si hay quien vende ese mismo producto a mitad de precio a dos metros de distancia. O si ese comerciante tiene un genio de mil demonios que hace que nadie pueda acercarse a él… También es cierto que puede haber alguien que no quiera comprar un artículo de primera necesidad porque dedica el dinero a bagatelas. O alguien que no quiera hacer el necesario esfuerzo para tener dinero y poder comprar lo que verdaderamente necesita.

He oído decir al profesor de matemáticas mexicano Ignacio Barradas Briesco en la conferencia que pronunció hace unos días en el Congreso “Escalando desafíos” (Pucón, Chile) que “aprendo cuando soy capaz de repetir algo y comprendo cuando no solo sé el por qué sino cuando quiero saber más”. Y añadió: “Cuando enseñar es un arte, aprender es un placer”. La conferencia tenía este hermoso y significativo título: “Cómo encantar para enseñar”. Cuando solo importa el valor de cambio del conocimiento, no importa saber más, no cuenta la curiosidad por seguir aprendiendo. Solo importa saber lo necesario para aprobar O, mejor dicho, para tener una buena nota.

Hace uno años comencé el curso pidiendo a mis alumnos que respondieran por escrito a esta pregunta: ¿Cómo me defraudaría mi profesor en este curso? Les dije que leería las respuestas y que dialogaría sobre su contendido con ellos. Porque bien pudiera ser que no quisiera aceptar algunas pretensiones. En ese caso argumentaría mi negativa. Les dije que yo también escribiría un texto respondiendo a esta cuestión: ¿Cómo me defraudarían mis alumnos y alumnas durante el cuso? Y les pediría que criticasen mis planteamientos. Así lo hicimos.

Cuando alguno me dijo que le defraudaría si no tuviese claro cómo obtener fácilmente una buena nota, le conté la historia de un profesor que invitó a un alumno a comer en el campus universitario. El alumno pidió, como postre, un melocotón. El profesor le preguntó si le dejaba pelarle el melocotón. Y luego le pidió que se lo pudiese partir en trocitos para que lo comiera mejor. A continuación le dijo si le parecería bien que se lo masticase y se lo diera en papilla. El alumno rechazó con asco la propuesta. El profesor dijo entonces que eso era lo que le había pedido horas antes cuando le dijo que le explicase detenidamente cómo obtener un sobresaliente de forma fácil.

Cuando leí mi documento y alguien oyó que yo les decía que me defraudarían si les viese obsesionados por las notas y poco por el aprendizaje, alguien dijo que cuando salía una plaza de profesor en mi Departamento se pedía el expediente pero que importaba poco qué tipo de persona se era. Sugerí entonces que una comisión mixta (profesor y alumnos) respondiese a esta tercera cuestión: ¿Cómo nos defrauda el sistema a ambos? Hicimos la comisión. Respondimos a la pregunta y publicamos las respuestas en la revista “5ª Convocatoria”. Porque es bueno escribir.

Termino. Hay que incrementar el valor de uso frente al valor de cambio. Hay que cultivar el deseo de ducharse aunque no venga de visita la tía y hay que despertar la pasión por el conocimiento aunque no tengamos un examen.