A un enfermo de coronavirus

28 Mar

 

Hice referencia la semana pasada en este mismo espacio a la hermosa iniciativa que ha tenido la doctora Cristina Marín, adjunta de Cirugía General del Hospital Universitario La Princesa de Madrid.

Por si alguien no sabe en qué consiste, la expongo de forma sucinta. Con lógica y sensibilidad piensa que los enfermos de coronavirius pasan mucho tiempo solos, sin recibir visitas de familiares y amigos. Los médicos y las enfermeras no disponen de tiempo para servir de compañía a quienes permanecen día y noche angustiados en sus habitaciones hospitalarias. Propone la doctora que le escribamos una carta a esos enfermos desconocidos.  Una carta que habría que enviar a esta dirección de correo: cartas.venceremos.covid19@gmail.com. Piensa con cordura que esa presencia invisible de quien escribe será un consuelo en la enfermedad para quien está sufriendo. La dirección del correo lleva también en su enunciado la fe en la victoria. 

Reproduzco íntegramente la carta que, siguiendo la iniciativa, envié al correo indicado  con la esperanza de que llegue a buen destino.

Querido amigo (querida amiga): Solo sé de ti dos cosas, que estás enfermo y que estás solo. No sé si eres de izquierdas o de derechas, joven o mayor, creyente o agnóstico, inmigrante o autóctono, rico o pobre, blanco o negro, hombreo mujer… Sé que estás afectado por el coronavirus y sé que estás confinado en la cama de una habitación hospitalaria, esperando la evolución de tu enfermedad.  Más que suficiente para dedicarte  mi tiempo y para expresarte mi afecto. Quiero compartir contigo algunas ideas y algunos sentimientos.

No desesperes. La esperanza dela curación es la mitad de su logro. Tienes que mantener la convicción de que te vas a curar. La fuerza del optimismo te ayudará a mantener el ánimo. Tienes que ves la parte llena de la botella. Tengo un amigo que es muy bajito y que dice que él es optimista por naturaleza ya que, por su estatura, solo vela parte llena de la botella.

El médico y filósofo persa Ibn Sina (980-1037) , padre de la medicina moderna, decía: La imaginación es la mitad de la enfermedad. La tranquilidad es la mitad del remedio. Y la paciencia es el comienzo de la cura”.

Es cierto que los optimistas ven alguna vez una luz donde no existe pero, ¿por qué los pesimistas quieren ir a apagarla inmediatamente? No seas como los habitantes de la ciudad boliviana de Potosí que tienen fama de ser muy pesimistas, tanto, que se les ha acuñado el siguiente dicho: cuando un potosino se desmaya, no vuelve en sí, vuelve en no. Mie gustaría que, cuando despiertas coda día, vuelvas en sí, en el sí de la mejoría, en el sí de la completa curación.

No te  sientas solo. Tienes a tu lado (aunque no físicamente) a muchas personas. De tu familia, de tus amigos y de toda la ciudadanía de este país. Probablemente estés más acompañado que nunca.

No eres un número más de la estadística de personas contagiadas que nos brindan cada día. Eres una persona que nos importa a todos y a todas como ser único, irrepetible e irreemplazable que eres.

Tienes que estar animado no solo por ti sino por la alegría que nos vas a dar cuando veamos que pasas de la lista de contagiados a la lista de curados con carácter definitivo.

Déjate cuidar. El equipo médico que te asiste  vela por ti día y noche.  Tiene una competencia profesional extraordinaria y se desvive para recuperar tu salud. Sigue fielmente sus instrucciones y sus recomendaciones, aunque te incomoden.

Estás en buenas manos. Estoy seguro de que te ayudarán a salir de ese túnel oscuro en el que te encuentras. Camina hacia la luz. No te quedes sentado en la oscuridad y la falta de aire. El túnel, por definición, es limitado. Los profesionales que te cuidan te ayudarán  a salir.

Tengo un blog en el que escribo cada sábado. Espero que, cuando te recuperes, entres en él y me leas y me escribas. Yo te contestaré.  Se llama El Adarve. 

Saldrás fortalecido de esa habitación. Más optimista. Más  solidario. Más entusiasta. Porque valorarás mucho más la salud, la familia y la vida.

Cuando superamos una adversidad nos hacemos más fuertes. Nos hacemos mejores personas. Ten ánimo. Tu lucha es la mía. Es la de todos. Tu victoria será una parte más de la victoria final.

Me uniré entusiasmado al aplauso que te brindarán los profesionales de la salud que te han curado cuando abandones la  cama del hospital.

Te mando un enorme abrazo. Desde tan lejos como estamos, no corremos peligro. Te aseguro que está lleno de afecto, de estímulo y de fuerza”.

Hasta aquí la carta. Y ahora algunas reflexiones sobre la iniciativa. de la doctora Cristina Marín. Una iniciativa que va más allá de la  dimensión técnica de la sanidad. La iniciativa se refiere a la dimensión humana. Recuerdo una entrañable anécdota que contaba Eduardo Galeano, no sé ahora en cuál de sus libros. Decía que una anciana le pedía varias veces al día al médico que la cuidaba que le tomara la tensión. Lo hacía de forma insistente, un tanto angustiosa. El médico no sabía explicarse el porqué de esa insistencia. Al final descubrió que lo que deseaba la paciente no era saber la medida exacta de su tensión. Lo que quería realmente era que el médico la tocase. La soledad tenía una profundidad más grande que la misma enfermedad que padecía.

La segunda reflexión que deseo hacer sobre la iniciativa de la doctora Marín tiene que ver con la capacidad infinita de creatividad que tiene el ser humano.  Esa capacidad de descubrir algo nuevo, de proponer algo que nunca antes se había hecho, algo que rompe las fronteras de lo cotidiano, de las rutinas, de lo conocido.

La tercera se refiere a la solidaridad, a la capacidad de salir de nosotros mismos para pensar en el otro,  en este caso, en ese ser doliente  que está solo mucho tiempo, angustiado por lo que puede pasar con la evolución de una enfermedad desconocida que le tiene atenazado en la cama de un Hospital y que incluso le amenaza con la muerte.

La cuarta es la sensibilidad hacia las iniciativas que otros han propuesto. Las iniciativas solidarias prenden en la ciudadanía de forma rápida y generosa.  Miles y miles de personas se han puesto manos a la obra para redactar esa carta que pretende suscitar una sonrisa en un rostro tenso por el dolor  y por el miedo. Una cata que el paciente puede tener sobre su mesita de noche y releer cuando lo desee. Una carta que puede guardar como testimonio y recuerdo de la solidaridad humana.

Esta crisis mundial nos puede hacer mejores. Más solidarios, más sensibles, más conscientes de lo que es   esencial y de lo que  es accesorio. Permitidme traer a colación  las conocidas ideas de Albert Einstein sobre la oportunidad que nos brindan las crisis: “Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla y callar en la crisis  es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

Estoy seguro de que, juntos, la vamos a superar. Y de que vamos a salir mejorados de ella. Es muy certero el lema que está empezando a circular con rapidez y fuerza por las redes: la vacuna eres tú.

 

 

 

 

 

Aplausos al anochecer

21 Mar

 

Me emocioné profundamente mientras aplaudía con Lourdes y Carla desde el balcón de nuestra casa a los profesionales de la sanidad. Se oían en la oscuridad  muchos aplausos desde las ventanas de las viviendas, iluminadas al anochecer. Lo haremos cada día. A las ocho de la tarde. No hay que cansarse dar las gracias. Dice Jean de la Bruyère que “solo un exceso es recomendable en el mundo: el exceso de la gratitud”.

Era emocionante escuchar a muchos ciudadanos y ciudadanas aplaudir al unísono agradeciendo a los sanitarios del país su trabajo, su esfuerzo y su riesgo. Personas de izquierdas y de derechas, creyentes y agnósticas, ricas y pobres, inmigrantes y autóctonas, hombres y mujeres, patronos y obreros… Todas y todos a una aplaudiendo. Porque al virus  solo le podemos vencer unidos. Porque el virus ataca de forma indiscriminada. Es muy democrático el coronavirus. Afecta por igual a ministros que a pordioseros,  a catedráticos que a analfabetos,  a personas progresistas y retrógadas…

He trabajado durante muchos años con profesionales de la salud. En lo poquito que sé, que es cómo formar mejores profesionales. Sé de su competencia científica y de su cercanía emocional a los pacientes. Ahora les toca estar en el frente  de la batalla sanitaria, allí donde llega la mayor necesidad de atención médica y de ayuda psicológica. Con escasez de medios, con el temor de que el sistema se colapse. Y, sobre todo, con el riesgo de contagio a pesar de todas las prevenciones.

Me imagino lo que será para cada uno de ellos acudir cada mañana al puesto de trabajo, inundados de noticias,  cargados de demandas,  como testigos de la angustia y del dolor y como responsables de las mejores respuestas.

Ese gesto de agradecimiento hacia quienes están en la primera línea de fuego sanitario es digno de encomio. Se trata de reconocer su profesionalidad, su valentía, su espíritu de sacrifico, sus conocimientos puestos al servicio de la ciudadanía.

Alguien tuvo que tener la idea. Una persona, probablemente anónima, o varias en distintos lugares. No se sabe casi nunca cómo, cuándo y dónde salta la chispa. Pero es magnífico que alguien haya pensado en ello, que alguien haya hecho la propuesta. Y que la haya hecho pública, que la haya compartido.

Muchas personas, después, se han hecho eco de esa idea  y la han difundido a través de las redes y de los medios de comunicación. Y se ha propagado con más velocidad que el coronavirus.

A través de ventanas, balcones, azoteas y terrazas de las casas salen los aplausos como bandadas de palomas mensajeras que llevarán a estos y a estas profesionales la gratitud, la admiración y el afecto del pueblo. Son el ejército de salvación de la humanidad. Médicos y médicas, enfermeros y enfermeras, administrativos y administrativas, camilleros y camilleras, personal de limpieza… También los sanitarios que investigan y que luego difunden e informan.

He visto cómo, desde la puerta de algunos  Hospitales y Centros de Salud, pequeños grupos de personal sanitario devuelven a la ciudadanía los aplausos expresando su reconocimiento con las palmas de sus manos. Hermoso diálogo de reconocimiento mutuo.

(Ha circulado el simpático mensaje de un anónimo ciudadano que decía lo impresionado que estaba con sus vecinos ya que le habían aplaudido con fuerza cuando salió a echar la basura por la noche. “No sabía que era tan querido y admirado”, decía  asombrado).

No hay mal que por bien no venga. La crisis nos está haciendo descubrir que un celador es más importante que un futbolista, que una enfermera es más necesaria que un multimillonario y que un médico es más decisivo que un general de división.

Descubrimos también lo importante que es la ciencia y la investigación. Clamamos todos ahora por la vacuna, pero sabemos que no se puede comprar con millones una que no existe.

Caemos en la cuenta de lo importante que es la salud de cada un, no solo la nuestra y que acaso tengamos invertida la escala de valores.

El pasado 14 de marzo, escribió  al respecto Edna  Rueda Abrahams, escritora y psiquiatra colombiana,  en el Diario de San Andrés y Providencia un hermoso artículo titulado “Empatía viral”. Dice:

“Y así  un día se llenó el mundo con la nefasta promesa de un apocalipsis viral  y de pronto las fronteras que se defendieron con guerras se quebraron con motitas de saliva, hubo equidad en el contagio que se repartía igual para ricos y pobres, las potencias que se sentían infalibles vieron cómo se puede caer ante un beso, ante un abrazo.

Y nos dimos cuenta de lo que era y no importante, entonces una enfermera se volvió más indispensable que un futbolista, y un hospital se hizo más urgente que un misil. Se apagaron luces en estadios, se detuvieron los conciertos, los rodajes de las películas, las misas y los encuentros masivos y entonces en el mundo hubo tiempo para la  reflexión a solas y para esperar en casa que lleguen todos y para reunirse frente a fogatas, mesas, mecedoras, hamacas  y contar cuentos que estuvieron a punto de ser olvidados.

Tres gotitas de mocos en el aire, nos han puesto a cuidar ancianos, a valorar la ciencia por encima de la economía, nos ha dicho que no solo los indigentes traen pestes, que nuestra pirámide de valores estaba invertida, que la vida siempre fue primero y que las otras cosas eran accesorios.

No hay un lugar seguro, en la mente de todos nos caben todos y empezamos a desearle el bien al vecino, necesitamos que se mantenga seguro, necesitamos que no se enferme, que viva mucho, que sea feliz y junto a una paranoia hervida en desinfectante nos damos cuenta de que, si yo tengo agua y el de más allá no, mi vida está en riesgo.

Volvimos a ser la aldea, la solidaridad se tiñe de miedo y a riesgo de perdernos en el aislamiento, existe una sola alternativa: ser mejores juntos.

Si todo sale bien, todo cambiará para siempre. Las miradas serán nuestro saludo y reservaremos el beso solo para quien ya tenga nuestro corazón, cuando todos los mapas se tiñan de rojo con la presencia del que corona, las fronteras no serán necesarias y el tránsito de quienes vienen a dar  esperanzas será bien recibido bajo cualquier idioma y debajo de cualquier color de piel, dejará de importar si no entendía tu forma de vida, si tu fe no era la mía, bastará que te anime a extender tu mano cuando nadie más lo quiera hacer.

Puede ser, solo es una posibilidad, que este virus nos haga más humanos y de un diluvio atroz surja un pacto nuevo, con una rama de olivo desde donde empezará de cero”.

El camino que puede hacernos salir de la crisis es la solidaridad. Téngase en cuenta que la cuestión fundamental no pasa porque cada uno se libre del contagio sino de que cada uno no se coinvierta en un arma mortífera para otros ciudadanos y ciudadanas, más vulnerables. Lo que nos salvará a cada uno es la preocupación por la salud de los otros.

El partido se juega en el campo de la sanidad. Por eso aplaudimos a los profesionales. Ellos y ellas nos guían y nos cuidan. Son ellos y ellas quienes están diciendo que nos quedemos en casa, que les ayudemos así a detener el contagio.

Cristina Marín, una de las adjuntas de Cirugía General del Hospital Universitario de la Princesa de Madrid ha pedido que escribamos cartas a los enfermos que están sumidos en una dolorosa soledad, ya que reciben una sola visita al día de un médico y no pueden ver a familiares y amigos.  Magnífica idea. Hay que dirigir la carta a esta dirección: cartas.venceremos.covid19@gmail.com. Ahora mismo  me pongo ala tarea, Un enfermo tendrá mi carta.

Los profesionales de la salud nos piden cosas tan importantes como sencillas: que nos quedemos en casa, que nos lavemos las manos, que dirijamos el estornudo al antebrazo, que mantengamos la distancia  de al menos un metro, que procuremos estar informados. Hagámoslo en bien de todos.

Ahora pedimos algo más sencillo. A los ocho de la tarde, abramos nuestras ventanas, balcones, azoteas y terrazas y unámonos al coro unánime de la sociedad que  da las gracias a quienes están salvándonos de la catástrofe. Son nuestros héroes cotidianos. Nuestras heroínas. Aplaudamos hasta que nos duelan las manos.

 

 

 

 

Lecciones del coronavirus

14 Mar

 

Eduardo Galeano escribió hace algunos años un interesante libro, como todos los suyos, que se  titula “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”. Viene a decir que el mundo es una escuela en la que se desarrolla un curriculum de lecciones muy diversas. Muchas de ellas conducen a terribles aprendizajes del mal. Otras, por el contrario, son hermosas lecciones que pretenden hacernos mejores.

El coronavirus imparte hoy lecciones gratuitas para todo aquel que quiera aprender. Voy a referirme a cinco, entre muchas otras posibles, que nos brinda a todos y a todas en la enciclopedia de la vida.

La primera lección la ha extraído el director de cine David Trueba y tiene que ver con la actitud que está manteniendo Europa sobre la llegada de inmigrantes africanos.

Dice Trueba: “Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la negra sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno. Las fuerzas del orden norteafricanas dispararían contra los occidentales sin piedad y les gritarían: vete a tu casa, déjanos en paz, no queremos tu enfermedad, tu  miseria, tu necesidad. Si los guionistas quisieran extremar la crueldad, permitirían que algunos europeos, guiados por las mafias extorsionadoras, alcanzaran destinos africanos, y allí los encerrarían en cuarentenas inhóspitas, donde serían despojados de sus pertenencias, de sus afectos, de su dignidad”.

A esto se le llama, dice Trueba, “la tragedia revertida”. Consiste, sencillamente, en tratar de meterse en la piel del otro, del que sufre, del que huye, del que no tiene nada.

La segunda lección tiene que ver con la privatización de la sanidad. He oído (o leído quizás) que hacerse las pruebas de coronavirus en Estados Unidos cuesta una fortuna. Unos tres mil euros, creo. Si tenemos en cuenta que su costo real es de 12 a 14 euros nos daremos cuenta del negocio que supone la sanidad privada.

La privatización de bienes y servicios que promueve la sociedad neoliberal favorece a quienes tienen mayor poder adquisitivo. Si usted tiene dinero, tendrá salud; si no lo tiene, enfermará, no se curará o se morirá. Como pasa en todos los órdenes de la vida con la privatización. Si tienes dinero, tendrás educación, seguridad, información o vivienda… Si no lo tienes, estarás perdido.

Pondré un ejemplo. Si privatizamos un medio de transporte desde Málaga a Santander, la primera parada del recorrido que desparecerá será aquella en la se suben cuatro desgraciados, precisamente la de aquellos que no tienen medios para tener un coche propio  o pagarse un taxi. El dueño del negocio lo justificará diciendo que no es rentable porque lo que le importa es la ganancia y ni un bledo aquellos que se quedan en tierra sin soluciones. “No es mi problema”, dirá. Por eso me importa tanto que tengamos un sistema de salud pública que atienda las necesidades de los más pobres, de los más necesitados.

La tercera lección me lleva a pensar en el miedo. Alguna de estas ideas me las brinda mi querida amiga Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional, escritora y directora de La Granja de Palautordera en el Montseny catalán. Dice Cristina que la invasión del Covid-19 no viene sola, la acompaña otra invasión, la del miedo. Como muestra esa imagen de los supermercados donde se aprecia que cuanto más lleno está el carro, más miedo hay en él.  El miedo es una emoción natural y primaria, es decir, la sentimos todos los humanos. Su función es la de alejarnos del peligro (real o imaginario) motivo por el cual es muy potente, es decir nos domina fácilmente y toma muchas decisiones por nosotros anulando incluso la razón.

Él se encarga de que hagamos la peor interpretación posible. Además nos paraliza. Es invasivo (se hace cada vez más grande dentro de nosotros) y es contagioso, lo traspasamos a los hijos o a las personas que nos rodean.

Solo hay una manera de superar un miedo, y es afrontándolo con la valentía que todos los humanos también tenemos (a veces escondida, pero está en nuestro interior si la buscamos). El miedo es consecuencia de la falta de información, así que es natural sentir miedo ante este virus, nos falta la información sobre su naturaleza y sobre la posibilidad de que nos afecte a nosotros y en qué medida.  Pero es precisamente en estos momentos de temor o incluso de pánico colectivo, cuando podemos dar un importante ejemplo a nuestros hijos e hijas; afrontar el miedo con serenidad para dejar espacio a la razón, y cambiar el yo-yo-yo por un “nosotros”, un nosotros como sociedad, como comunidad o como tribu, porque, juntos, los seres humanos podemos con todo.  Dicen que es en los peores momentos cuando se demuestra quiénes somos en realidad.

Los innumerables e ingeniosos mensajes que cruzan las  redes suscitan una inteligente sonrisa que puede contribuir a aliviar esa atenazadora sensación de miedo.

La cuarta lección se refiere a la responsabilidad y solidaridad con la que tenemos que afrontar esta crisis. No se trata de responder al lema de sálvese el que pueda sino de `pensar en cómo podemos salvarnos todos y todas. No es cuestión solo de cómo me puedo librar yo del problema sino de qué puedo hacer yo para que todos nos salvemos. Es la hora de la solidaridad, de la responsabilidad, de la búsqueda del bien común.

Este es un momento que puede medir el grado de desarrollo moral de la sociedad. El grado de nuestra responsabilidad en la solución de un problema que nos amenaza y nos afecta a todos.

El pico de contagiados, si es muy grande, satura los Hospitales y centros de salud, dificulta o impide la atención sanitaria no solo a los afectados por este virus sino a los que llegan a urgencias por un accidente, un infarto o un ictus.

Hay cinco medidas que se nos aconsejan, entre otras,  y que debemos cumplir a rajatabla, en bien de todos y, en especial, de los grupos más vulnerables.  A saber:

– Quedarse en casa. Es preciso evitar reuniones. No se cierran las escuelas y las universidades para reunirse después en un parque o en un bar. No se cierra un estadio de fútbol para aglomerarse luego en las puerta durante el partido.

– Lavarse las manos con frecuencia y no llevar la mano a la cara si no están limpias.

– Cuando se estornuda, no hacerlo en la mano sino en el codo, de modo que se libre a la mano de recibir la saliva.

– Mantenerse a un metro de distancia, no saludarse dándose la mano o con besos en la mejilla porque el contacto puede encerrar riesgos.

– Informarse bien y no dejarse llevar por falsas noticias o por bulos.

Es una responsabilidad ciudadana conocer y seguir las indicaciones sanitarias para que toda la sociedad pueda superar esta grave crisis.

La quinta y última lección que nos da el coronavirus tiene que ver con la valoración de las rutinas cotidianas que tantas veces provocan hastío. ¡Cómo valoramos ahora la normalidad de lo cotidiano! Poder viajar sin miedo, acudir a un concierto,  contemplar un partido de futbol en el estadio, acudir a un centro de ocio, impartir y recibir clases, asistir a jornadas, bailar en una discoteca… serían ahora actividades que nos gustaría realizar con total libertad. Dichosa normalidad. Dichosa rutina.

La crisis relativiza muchos otros problemas que, ahora, nos parecen nimios. Y la crisis puede también unirnos en una causa común que a todos y a todas nos interpela.

Una vez más, nos damos cuenta de lo que es la felicidad por el ruido que hace cuando se va de nuestro lado.

 

 

 

Educar para la felicidad

29 Feb

 

En muchos Proyectos Educativos de Centro  (PEC) he visto la formulación de objetivos diversos que la institución escolar pretende que alcancen los alumnos: que sean críticos, solidarios, participativos, honestos, creativos… En pocos he visto el objetivo de que sean felices.

Sí lo he visto en algunos proyectos ambiciosos  como en la pedagogía Montessori, en la escuela creada por Alexander Neill en Summerhill y en algunas escuelas innovadoras… No es que sea uno de los objetivos entre muchos otros, es que es el objetivo fundamental de esos proyectos, casi el único, el que los resume todos. Que los alumnos y las alumnas sean felices es la pretensión  fundamental.

El método Montessori es uno de los métodos más efectivos para la enseñanza respetuosa del libre desarrollo integral que genera felicidad en los niños y en las niñas. Su enfoque principal es desarrollar las potencialidades a través de la interacción con un ambiente adaptado a las necesidades del niño y de la niña, con materiales específicos que desarrollen en ellos y en ellas  independencia y autocuidado.

La pedagogía Montessori plantea cinco caminos para educar niños  y niñas felices:

  • Procurar que tengan una progresiva autonomía y que se valgan por sí mismos. Todo lo que puedan hacer por si mismos, no se lo tienen que hacer los adultos.
  • Crear un ambiente respetuoso en el que se sientan escuchados, comprendidos y atendidos, en el que sus ideas sean tenidas en cuenta, en el que siempre se les hable con respeto y con afecto.
  • Permitirles reparar los errores que cometan. No condenarles por ellos, aceptar que se equivoquen sin destruir su autoconcepto. Se puede analizar con ellos por qué se ha producido el error y cómo se puede reparar sin perder la mínima confianza en sí mismos.
  • Reconocer los esfuerzos que realicen. Eso ayuda a mejorar la confianza en sí mismos, la independencia y la autoestima. Felicitarles por las cosas que hacen bien, subrayar los aciertos y los logros que consigan.
  • Poner límites claros que puedan cumplir fácilmente. Establecer rutinas que les den seguridad en los comportamientos que tienen. Ese hecho les permitirá comprobar que hacen bien las cosas.

No hay señal más clara de inteligencia que desarrollar la capacidad de ser felices y de ser buenas personas. ¿De qué sirve ganar dinero, tener poder, adquirir conocimientos  o instalarse en la fama si somos desgraciados, si acabamos siendo infelices? La inteligencia fracasa cuando somos desdichados, dice José Antonio Marina en su libro “La inteligencia fracasada”.

No es fácil definir lo que es felicidad. Sí podemos decir que es un término que va asociado con el de bienestar, con el de alegría y con el de paz interior. La felicidad es un anhelo de todo ser humano. ¿Por qué no proponérnoslo en las escuelas?

Lo primero que debería conseguir una institución educativa es la desaparición del dolor injusto y cruel que produce el bullying. He visto hace unos días en la televisión la imagen desgarradora de un niño de cuatro o cinco años que  lloraba angustiosamente y decía que se quería morir por el sufrimiento que le causaban los golpes, las burlas y los desprecios que recibía en su escuela. ¿Quién no recuerda el suicidio de Diego? ¿Quién no recuerda el caso de la adolescente que se suicida en la novela “Por trece razones”?

En segundo lugar, habría que evitar el  dolor que causa el desprecio, la humillación y la descalificación que algunos profesores y profesoras causan a sus alumnos y alumnas por considerarlos incapaces de aprender, incapaces de hacer algo en la vida. Pronostican sobre ellos la inutilidad y el fracaso: “Tú no llegarás”, “tú no podrás”, “tú no serás”, ”tú no harás nada”…

En tercer lugar es preciso eliminar el aburrimiento, el tedio, la falta de estímulos para que se produzca un aprendizaje significativo y relevante. Aprender es apasionante. La escuela no debe convertir el trabajo en una tortura. Ya sé que hace falta esfuerzo, perseverancia y aplicación. Se hacen más fácilmente esfuerzos cuando aquello que se pretende conseguir merece la pena ser alcanzado, cuando la forma de buscarlo es agradable y estimulante.

En cuarto lugar es conveniente evitar las comparaciones frustrantes, las clasificaciones inhibidoras, las actitudes competitivas que abocan al fracaso. ¿Por qué no buscar que cada uno sea el mejor de sí mismo?

En quinto lugar, es necesario evitar el desamor, la frialdad, el trato de las personas como si fueran máquinas que aprenden, que nunca se averían y que ni sienten ni padecen. Cosificar a los alumnos y a las alumnas convirtiéndolos en un simple número genera infelicidad.

Buscar la felicidad de los alumnos no quiere decir que se les evite la exigencia, el esfuerzo, el buen comportamiento y el compromiso con un proyecto educativo. Los alumnos no solo tienen que exigirle a la escuela que les dé todo lo que tiene que darles sino que tienen que pensar en todo lo que ellos tienen que dar a su escuela para que sea mejor. Porque no solo tienen derechos, tienen también obligaciones.

La felicidad no consiste en la evitación de cualquier tipo de frustración y de sacrificio. Porque la vida los exige y hay que preparar para la vida. Lo que rompe la felicidad no es el esfuerzo sino el aburrimiento, la tristeza  y el desamor

Creo que se puede afirmar sin riesgo de equivocarse que las actitudes positivas favorecen el trabajo eficaz y permiten alcanzar mejores resultados. La felicidad conduce al éxito. Se han hecho numerosos estudios al respecto. Desde una actitud positiva se consiguen más fácilmente los objetivos pretendidos.

Proyectarse a partir de buenas experiencias, como la gratitud, el disfrute de cada momento y la amabilidad o el buen corazón, nutre el crecimiento personal de los alumnos en cuanto a la capacidad para seleccionar lo bueno en sus vidas. Después aprenden que compartir esas historias los ayuda a encontrar emociones positivas.

Nada hay más eficaz para el aprendizaje de la felicidad que ser felices. Creo que los alumnos tienen que sentirse felices en la escuela. Porque aprenden, porque conviven, porque son respetados y queridos.

No es fácil conseguir ese estado de felicidad en el alumnado si los docentes se sienten frustrados, desencantados, entristecidos y amargados en el desempeño de su función educadora. Es imposible que profesores infelices puedan formar personas dichosas. Porque nadie da lo que no tiene.

Cuando se plantean estas cuestiones se suele pensar que solo son válidas y eficaces en la infancia. Pienso, por el contrario, que son necesarias y aplicables en todas las etapas del sistema educativo. Siempre me ha parecido perniciosa la erosión que sufre el sistema educativo a medida que se avanza en las diferentes etapas: se empobrece el clima afectivo, se rompe la diversificación y el colorido de los espacios, desaparece el juego y la diversión, se pierde la espontaneidad y se hace más rígida la norma.

¿Por qué no ir progresando en lugar de ir deteriorando el ambiente de aprendizaje? ¿Por qué no ir perfeccionando el clima, mejorando las actitudes, enriqueciendo los espacios y profundizando las relaciones para sentirnos felices haciendo algo tan importante como es transformar la sociedad a través de la formación de ciudadanos y ciudadanas inteligentes, críticos, solidarios y compasivos?

 

 

 

Aprender a ver cine

22 Feb

 

La reciente gala de los Oscar (y antes la de los Goya, celebrada en mi ciudad) nos ha metido de lleno en el mundo del cine.  Hay muchas personas a las que les gusta el cine y que, incluso, se sienten apasionadas cinéfilas. Pero una cosa es ver cine y otra cosa es hacer cine y saber de cine. Voy a hablar de lo segundo. De querer, saber y poder hacer cine. Desde hace mucho tiempo pienso que la mayoría de los mensajes nos llegan a través de las imágenes fijas y secuenciadas. Pero somos analfabetos  en ese lenguaje  en el que otros nos transmiten ideas y sentimientos con un pericia cuyos intríngulis desconocemos.

Del lado del emisor hay un pequeño grupo de expertos, publicistas y cineastas, que se las saben todas sobre el lenguaje visual. Saben lo que quieren y cómo pueden conseguirlo. Lo que quieren puede ser vender o conseguir transmitir determinados mensajes. Del lado del receptor estamos millones de personas que consumimos anuncios, series y películas casi sin cesar, pero que no manejamos los códigos de la comunicación lingüística visual. Hasta decimos: “es una película de Nicole Kidman o de  Brad Pitt”. Pero no tenemos ni idea de quién es el director.

Nos preocupa mucho que, a través del lenguaje verboicónico, se transmita a las personas contenidos indeseables. Pero no se debe censurar hasta el extremo de eliminar todo lo que pueda ser nocivo. La solución es que ante las pantallas estén personas inteligentes y bien formadas que sepan discernir cuándo llega un mensaje tramposo y cuándo un mensaje honesto. Cuándo hay calidad en el discurso visual y cuándo hay solo basura. Porque si el espectador valora cono deseable la basura seguirán ofreciéndonos más y más. “Es lo que pide el público”, dicen los productores de imágenes. Porque lo que quieren es audiencia.

Durante tres años cursé una Diplomatura en Cine que ofertaba (y creo que sigue ofertando) la Universidad de Valladolid. Me llevó a ella la inquietud por la educación cinematográfica. Después realicé mi tesis doctoral sobre connotación y denotación en  la lectura de mensajes verboicónicos estáticos. Fruto de aquella investigación publiqué el libro “Imagen y educación” (Editorial Anaya de Madrid y luego Editorial Magisterio del Río de la Plata de Buenos Aires).

En aquella diplomatura teníamos asignaturas   como teoría y técnica del cine, géneros cinematográficos,  dirección, guión, montaje, historia del cine… Estudiábamos planificación, angulación,  movimientos de cámara… Veíamos mucho cine y analizábamos muchas  películas.  Recibíamos la visita de directores, actores y actrices, iluminadores, montadores, críticos… Teníamos con ellos sesiones verdaderamente interesantes. Para cerrar la diplomatura teníamos que hacer una tesina que yo dediqué al estudio de “La Diligencia” de John Ford, que es para mí en el cine lo que el Partenón es para la arquitectura.

Cuando fui Director de un Colegio en Madrid hace ya muchos años (experiencia a la que me he referido en otras ocasiones) organizamos un amplio programa de actividades. Más de cincuenta. Algunas relacionadas con el cine. Por ejemplo, un cine club por etapas (pequeños, medianos, mayores). Pero había una actividad especialmente significativa que era un taller de cine. Se hacían películas. Los chicos escribían un guión literario y el director de la película hacía el guión técnico. Había productores, secretarias de rodaje, directores de sonido y efectos especiales, montadores,  actores y actrices, etc. Daba gusto acercarse al taller y ver cómo planificaban y preparaban la filmación. Y cómo rodaban. Las películas se proyectaban para todos los alumnos y alumnas, una vez terminadas.

Recuerdo que me pasé una tarde por el taller y vi lo que estaban haciendo. Estaban terminando un guión. Y discutiendo el final. La historia era sencilla y divertida. Alguien tenia muchas ganas de orinar. Se le veía impaciente esperando que alguien saliera del water. Luego se iba a un descampado y aparecía una señora en una ventana. Cada vez estaba más angustiado y nervioso. Luego corría hacia un jardín y al levantar la cabeza veía una estatua de algún personaje que le intimidaba… ¿Cómo terminamos? Las respuestas eran múltiples. A cuál más creativa.  Después de enconadas discusiones del equipo prevaleció la idea del director de la película: el personaje va corriendo desesperado, ve una fuente, se mete vestido, se sienta en medio del agua y la cámara enfoca en primerísimo plano su cara aliviada y sonriente. El director pasaba luego el guión literario al guión técnico que servía de guía para la filmación. Pasaba la narración literaria a narración cinematográfica. Ahí radicaba la clave. Conocer el lenguaje cinematográfico.

En otra ocasión hicieron una película en la que  criticaban las interminables  esperas en los restaurantes. Se veía a un comensal sentado en la mesa y las sucesivas tomas iban reflejando cómo las flores aparecían primero frondosas, luego marchitas y al final muertas, mientras el rostro del personaje iba adquiriendo tonos de cansancio y de inanición.   Había gestos desesperados del actor mirando el reloj, pero poco a poco iba perdiendo las fuerzas. Se iba debilitando por el hambre y la espera. Y acababa muriendo de viejo en la silla delante del plato todavía vacío.

La pretensión era que supiesen narrar con imágenes, que superan plasmar las ideas en un lenguaje diferente al que habitualmente utilizaban. Después de contar la historia en imágenes, procedían a hacer el montaje. Obsérvese que, habitualmente, cuando queremos que los alumnos que nos cuenten algo les damos un bolígrafo o un ordenador, pero no una cámara.

Los miembros del taller recibían clases de cine. Sabían lo que era un primer plano, un plano en contrapicado o un travelling de retroceso. Sabían como mezclar palabra, sonido e imagen y sabían cómo se montaba la película. (En una ocasión les pidió que hiciesen el guión técnico de una pequeña historia.  Tenían que hacerla planificación y, al lado, colocar diálogo y sonido. Recuerdo que uno solo presentó la secuencia de imágenes. Cuando le pregunté por la banda sonora me dijo que se trataba de una película de cine mudo. Vivir para ver).

Hace años (de ello hablé en este mismo espacio) creé un Cine Club para los alumnos y alumnas del Instituto en el que impartía clases de Filosofía en la ciudad pontevedresa de Tuy (ahora Tui). Todos los alumnos y alumnas  se hicieron socios y disponían de su carnet (probablemente el primero de sus vidas). Sé que algunos lo conservan como un hermoso recuerdo. Cada viernes, al terminar las clases, nos dirigíamos al cine YUT, en el que presentaban la película y, después de la proyección, la comentaban y analizaban en debates apasionantes.

Tengo en casa los libros de la colección “Cine para leer” Editorial Mensajero), cuyo primer número es de 1972. He conseguido hasta la fecha que no me falte ninguno. Desde el  año 2000, la Editorial  publica 2 tomos cada año: “Cine para leer” (enero-junio) y “Cine para leer” (julio-diciembre).

Hace unos años  dirigí la tesis a Raúl Rojano.        El tema era sugerente: ¿Cómo se utiliza el cine en la Facultad de Ciencias de la Educación? El doctorando leyó mi libro “Imagen y educación” y me dijo que sus tesis seguían teniendo plena vigencia en nuestros días. Es que hemos avanzado muy poquito desde entonces.  De hecho, según descubrió en su exploración, en la Facultad se utiliza el cine como un auxiliar  didáctico, pero no se trabaja el cine  como un lenguaje que nos permite comunicarnos. Hago votos por una rigurosa y atractiva formación cinematográfica. Siempre estamos a tiempo.