¡Despega!

2 Nov

Conocí en Pucón (Araucanía. Chile) a Jaime de Casacuberta hace ahora un año. Me hizo entonces un hermoso regalo: un libro suyo que tiene el título que le he dado al artículo de hoy: ¡Despega! Una propuesta, una petición, una orden. El subtítulo del libro te pone en la órbita: “7 pasos para el desarrollo personal y profesional”. El 24 de octubre pasado me he vuelto a encontrar con él y he podido corresponder a su regalo con otro libro, en este caso de mi autoría. Hermoso lenguaje el de los libros como regalos. Para mí no hay otro más elocuente.

Jaime es una persona deslumbrante. Te mira con atención mientras te escucha y te sonríe como si fueras único. Es un arte que dominan pocas personas. Habla con sabiduría y humor, sin la menor afectación. No en vano  estoy hablando de uno de los más importantes facilitadores de seminarios de crecimiento personal de Chile. Es un brillante abogado que se especializó en Derecho de Familia. Se formó como facilitador en la Universidad de Santa Mónica de los Estados Unidos e inició su nueva carrera dictando seminarios para la Organización Internacional Insight Seminars y, luego, para la Consultora Target DDI.

Más tarde alcanzó los grados de Practitioner y Master en la misma especialidad. Se especializó en técnicas de Firewalking (caminata en el fuego) con el doctor Alfred Herger, estudió las estrategias de trance hipnótico de Brian Weiss y Milton Erikson y se formó en el método Silva Ming Control (Institute of Psychorientology). Estudió Psicología de la Gestalt con el doctor Walter Contreras y se entrenó en Dianética en la Escuela de Cientología de San Francisco. En los últimos años se ha dedicado a la Neurociencia y su aplicación en la seguridad preventiva.

Le dije que tenía en mente dedicar un artículo a su interesante y eficaz propuesta y aquí estoy dando cumplimiento a una promesa que, más que a él, vendrá bien a mis lectores. Porque Jaime sabe para compartir y escribe no para lucirse sino para ayudar.

Los siete pasos que propone para el despegue están bien fundamentados y secuenciados: Excelencia, honestidad, apertura, responsabilidad, creencias positivas, aceptación y humor. Hay que leer el libro, pues, de principio a fin, no a saltos. El orden lógico, la estructura secuenciada, tiene su importancia      en este caso.

Se trata un libro de autoayuda, pero no de cualquier libro. Los capítulos están concebidos para el entrenamiento, por eso al final de cada uno de ellos hay una propuesta de ejercicios prácticos. De hecho, los diferentes capítulos se desarrollan bajo este tipo de epígrafes. Primer nivel de entrenamiento: Excelencia.

Utiliza la metáfora  del despegue de una nave espacial. He dicho en otras ocasiones en esta misma sección que la metáfora me parecen una excelente forma de expresión literaria, que ilumina con claridad  y alimenta la atención del lector. Y así, “la excelencia  es a una persona  lo que los motores son a una nave espacial: fuerza de arranque, sustentación y aceleración”.  “La honestidad es al ser humano lo que el fuselaje a una nave”, dice Jaime. Con la apertura al cambio “se estará en condiciones de  diseñar el plan de vuelo, de preparar el cuaderno de bitácora de la navegación”. La responsabilidad invita “a  ingresar  en la cabina de mando de tu espacial y especial nave de crecimiento personal”. Las creencias positivas  “permiten conocer el cerebro de nuestra nave, su sistema computacional”. La aceptación “es al ser humano lo que un radar a una nave espacial, permite reconocer y reconocernos”. Finalmente, “el humor es a la vida lo que el combustible a una nave espacial”.

Con un lenguaje sencillo, claro y sugerente fundamenta, propone y anima. Y, como buen narrador, utiliza historias que ilustran y motivan. También a mí me gusta contar historias  y, de hecho, alguna compartí con Jaime en los dos días del Congreso de Pucón, organizado extraordinariamente por Global Advisor.

Me quiero detener en el séptimo paso de su propuesta didáctica ante la imposibilidad de hacerlo en los siete que propone: el humor.  Jaime de Casacuberta trabaja desde hace años con el famoso humorista chileno Coco Legrand del que dice  en los agradecimientos: “Un particular reconocimiento quiero hacer al que considero el más importante maestro  del humor en Chile. Gracias por creer en el proyecto El Poder del humor. Tu nobleza, lucidez e  ilusión de vida no solo han sido un inestimable aporte a nuestros seminarios, también una fuente de inspiración personal y, por supuesto, de este libro”.

Sobre el libro dice el gran humorista chileno: “Cuando conocí a Jaime de Casacuberta me impresionó la frescura, originalidad y trascendencia de su propuesta. Gracias a su aporte pude extender el significado del humor a una amplia variedad de ámbitos de nuestra convivencia que con tanta urgencia necesita. A pesar de llevar varios años trabajando juntos, me volvió a sorprender con su libro. Un texto que plantea un práctico y efectivo sistema para entrenarse continuamente en el arte del desarrollo personal y profesional”.

Pilar Sordo, querida amiga y afamada psicóloga clínica, dice  en la contraportada: “Creo que mucha gente que lo lea va a sentir que despegaen su vida”.

Yo creo que el humor es una forma de bondad. Hay que cultivarlo para nosotros mismos y para compartirlo con los demás.  Creo que el humor es un asunto muy serio. Eso dicen Ziv y Diem en su precioso libro “El sentido del humor”.

En ese importante y último capítulo, Jaime distingue el humor de la risa, del chiste, de la talla (en Chile viene a ser como la frase ingeniosa que hace reír) y de la broma…  Y sostiene que la seriedad  y el humor no son términos contrapuestos.  “El humor es una estupenda y efectiva  actitud para afrontar la vida”, dice Casacuberta. Y añade: “Si el humor es una actitud que genera distensión, lo opuesto a él son las actitudes que generan tensión, las actitudes dramáticas”.  Lo escribe en cursiva, dice, para dar cuenta de su especial connotación. “Obviamente no estamos hablando de las actitudes que cualquier mortal asumiría frente a un auténtico drama, nos referimos a las que son asumidas por aquellos que tienen la rara cualidad de ver drama donde no lo hay. Mientras el dramático se afana en dramatizarlo todo, el que vive en el humor se encarga de quitarle drama a la vida”.

El problema de las personas que generan tensión no es solo que están infelices sino que hacen la vida insoportable a quienes tienen cerca.  El autor hace referencia a una serie de personajes tóxicos. Por ejemplo:

Los quejumbrosos, que se están lamentando constantemente por todo lo que sucede o deja de suceder.

Los exagerados, que son dueños de una mentalidad extremista y amplifican la percepción y valoración de los aspectos dolorosos de la vida.

Los pesimistas,  que solo saben fijar su atención en los detalles negativos de la existencia.

Los hipocondríacos, que se inventan la enfermedad que no tienen o exageran la que realmente tienen.

Los posesivos, que tratan a las personas cercanas como objetos de su propiedad.

Los creadores de falsos dramas, que tienen la asombrosa cualidad de crear problemas inexistentes.

Los ritualistas, que viven obsesionados con las formas.

El árbol del humor produce frutos saludables: genera empatía en las relaciones personales, mejora la salud física y mental, ayuda a superar los obstáculos, genera ambientes agradables y creativos, otorga un aura carismática, produce ganas y energía, llega al corazón de la gente,  produce felicidad…

En el aeropuerto de Madrid, después de haber leído en pleno vuelo el libro de Jaime, me vi obligado a comprar “Todo el año de buen humor”, de Michel Lejoyeux. Me pareció una forma elocuente de decirle a mi amigo: Me has convencido. Voy a despegar con tu manual de instrucciones.

 

 

 

 

Las huellas del profesorado

26 Oct

 

Fui profesor de filosofía durante dos cursos en el Instituto San Pelayo de Tuy (ahora Tui), Pontevedra. Dos años inolvidables trabajando con cursos de adolescentes que se asomaban a la asignatura por primera vez. Y a la vida. Eran los últimos años del franquismo. Cursos 1972-1973 y 1973-1974. En el 75 murió el dictador.

La experiencia inglesa de Summerhil, creada por Alexander Neill, ejercía una influencia poderosa sobre algunos pedagogos jóvenes, como era mi caso. Se leían los libros de Neill con curiosidad y admiración y se visitaba la escuela de Summerhill, situada a unos 60 kilómetros de Londres como si de un santuario pedagógico se tratara. Yo estuve dos veces  en ella cuando ya era directora su mujer, una vez fallecido el creador. También había experiencias de ese tipo en España: “Fregenal de la Sierra, una experiencia de escuela en libertad”, de Josefa Martín Luengo, por ejemplo. La participación de los alumnos y de las alumnas era una clave esencial. Otra, la libertad. Y una tercera, la necesidad de buscar la felicidad a través de la consideración de los sentimientos. Recuérdese el título de una obra de Neill: “Corazones, no solo cabezas en la escuela”.

– No entiendo lo que me dice usted, yo soy el profesor.

– Por eso. Para hablar tiene que pedir la palabra, como todos los demás. Así lo hacemos en la clase de filosofía…

Un día Clara, una de mis alumnas llamó a la puerta de la sala de profesores. Abrió el director, Don Veremundo.

– ¿Está Miguel Ángel?, preguntó

-¿Quién? No sé quién es.

– El profesor de filosofía.

-¡Ah, Don Miguel Ángel! Don Miguel Ángel sí esta

Y ella, con firmeza y respeto:

–  Él no nos exige que utilicemos el Don, así que no lo haré.

En cierta ocasión vino la madre de un alumno a verme para preguntar si le había dicho a su hijo que cortase los botones de la bocamangas de los trajes.

–  No. No le he dicho nada de eso.

– Es que mi hijo los ha cortado todos y, cuando le he preguntado, me ha dicho que se lo dijo el profesor de filosofía.

Cuando hablé con él me explicó que en la clase yo había planteado la necesidad de formular porqués. Y que se había preguntado por qué estaban allí esos botones. Como no encontró ninguna razón convincente, los cortó.

Cada día tenía problemas con el comisario de policía de la ciudad. Me llamaba para manifestar su desaprobación por mis planteamientos en la asignatura:-

-Usted ha dicho en la clase que los sindicatos verticales son una calamidad democrática.

-Pues sí, es que lo son.

-¿Eso es lo que dice su libro de texto? Su deber es explicar a los alumnos lo que dice el libro

-No, señor comisario. Mi deber no es hacer que repitan lo que está escrito en ese libro sino ayudarles a pensar si lo que dice el libro es cierto o no lo es.

Los alumnos y alumnas se hacían preguntas y trataban de responderlas con rigor. Debatían en las clases, escribían en una revista que se llamaba “O faladoiro”, hacían trabajos de investigación sobre su entorno inmediato y formaban parte de un cine club juvenil en el que analizaban las películas que elegíamos y proyectábamos en el cine Yut de la ciudad los viernes por la tarde. El comisario también velaba allí por la ortodoxia y me llamaba para decirme:

– Oiga, le ha proyectado a los chicos una película titulada “Dulce pájaro de juventud”. Está calificada de 4R Gravemente peligrosa.

-Conozco esa calificación, pero no la comparto. Además, señor comisario, ¿usted prefiere que la vean solos o que puedan analizarla conmigo?

Así iban aprendiendo aquellos jóvenes a hacerse preguntas, a pensar, a debatir, a descubrir el mundo, a explorar la vida.

Después de    aquellos dos años me fui a la Universidad Complutense. Pasaron los años. Y, un buen día, fui a dar una conferencia a Vigo. Al terminar se me acercó una chica a la que recordé perfectamente de aquellas clases. Ella me dijo:

– Vi en el periódico que venías a dar una conferencia y pensé: voy a ir a escucharle y, si es el mismo que tengo en mi cabeza y en mi corazón, voy a saludarle pero, si no es el mismo, me iré sin verle. Ya ves que estoy aquí.

Hace tiempo que he pensado hablar de mi alumna Mercedes Oliveira Malvar (mi querida Chis), hija del famoso escultor de caballos Juan José de Oliveira Viéitez. Porque es una persona que ha marcado mi vida, más quizás que yo la suya. Ella me confesó en aquella conversación que, por la influencia de aquellas clases, era ahora no solo filósofa sino profesora de filosofía en un Instituto de Enseñanza Media.

Es un caso en el que se ve de forma palmaria  que la alumna acaba superando a su maestro. Lo tendríamos que tener en cuenta en nuestras clases. Es fácil que tengamos delante de nosotros a personas que acabarán sabiendo mucho más y siendo mucho mejores que nosotros.

Luego la ayudé a realizar la tesis doctoral y prologué su libro  “La educación sentimental”, cuyo contenido es parte de aquella investigación. Chis ha escrito mucho y bien. Sobre temas de filosofía y también sobre feminismo y educación sexual. Ha publicado recientemente un magnífico libro titulado “Amarte. Pensar el amor en el siglo XXI” (Editorial La Catarata), traducido del gallego después de alcanzar en un año cinco ediciones.

Acabo de leer en la prensa que le han concedido el premio de Viguesa Distinguida. Ningún premio más merecido que el suyo. Porque lleva toda la vida ayudando a las personas a ser más sabias y más felices.

La he llamado para hablarle de este artículo. Y me ha contado que coordina el “Comando Igualdade”, que es un grupo de  90 jóvenes a los que forma y con los que después va en grupos de 15 o 20 personas a otros institutos y centros sociales a hablar de relaciones sexuales, amor y desamor, violencia de género, diversidad… Me dice con toda la razón: “Al hablar entre iguales, la capacidad de conexión y persuasión es muchísimo mayor”. Y añade: “Es una iniciativa pionera y muy demandada. Ahora me han encargado la formación de comandos de igualdad en toda la comunidad foral Navarra para el programa Skolae”.

Aquella adolescente ensimismada que, con su  jersey de cuello blanco de cisne, participaba en las clases de forma inteligente y responsable, es hoy una profesora jubilada. Y me pregunto cómo ha podido pasar todo esto  en un abrir y cerrar de ojos. Ya puedo decir que tengo una exalumna que han concluido no solo su período de formación sino su experiencia laboral. Increíble.

Estoy seguro de que algún alumno o alumna de Chis habrá seguido su estela y estará hoy estudiando o enseñando filosofía. Lo que me lleva a pensar en esa cadena de transmisiones salvadoras que es la docencia. En esas huellas inextinguibles.

Algún día me gustaría estudiar este fenómeno que podríamos llamar de arrastre profesional. Las huellas de la docencia. Un fenómeno del que, en algunos casos, no nos enteraremos nunca o lo haremos demasiado tarde. Otras veces nos lo dirán ellos y ellas reconociendo, y agradeciendo quizás, esa influencia. Pusieron sus pies sobre nuestras huellas y llegaron mucho más lejos que nosotros por el camino de la vida.

 

 

Y si luego no viene, ¿qué?

19 Oct

Escuché esta anécdota hace muchos años. Un niño, con poca afición al aseo, es urgido por su madre en estos términos:

Venga, dúchate ahora mismo, que va a venir tu tía a visitarnos.

El niño, reticente ante la demanda, contesta:

Sí, hombre… Y si luego no viene, ¿qué?

Es decir, que si no viene su tía se habrá duchado sin necesidad de hacerlo, tendrá que estar limpio y aseado sin un motivo urgente. Una lata, una pérdida de tiempo, un incordio innecesario.

Me he acordado de esta historia hoy porque, al acompañar a mi sobrino Javier al centro de Málaga, me ha dicho que tenía que asegurarse de que estaba en las listas de admitidos a unas pruebas para las que estaba estudiando intensamente.

– Si no voy a hacer el examen, ¿para qué voy a estudiar?, argumentaba con la misma lógica de aquel niño alérgico al agua.

Estos hechos me llevan a la ya conocida idea de que el conocimiento escolar tiene valor de uso y valor de cambio. El valor de uso es, a veces, más que discutible. ¿Se trata de un conocimiento que sirva para la vida, que se pueda aplicar a la resolución de los problemas y a la satisfacción de las necesidades que nos presenta la realidad? ¿O se trata, más bien, de un conocimiento estéril, que adquirimos porque es una obligación poseerlo para poder obtener una acreditación? Ese es el valor de cambio. Si demuestras que, al menos en un momento, tienes ese conocimiento, te lo canjean por una calificación, por un certificado. Valor de cambio.

Todo el mundo sabe muy bien que existe una diferencia muy grande entre aprender y aprobar. A mi querido y admirado amigo Enrique Bono Santos le prologué un libro titulado “Aprobar o aprender. Una propuesta para el estudio útil” (Editorial Aljibe, 2015). El título original tenía todavía más mordiente: ¿Aprobar sin aprender? La Editorial impuso la modificación, que captó resignado. “El objetivo final del libro, dice el autor en la introducción, es conseguir un buen estudiante que sepa realizar bien su trabajo para alcanzar un aprendizaje de calidad durante los tramos de la Educación Secundaria obligatoria y postobligatoria”. Doy fe de que lo consigue.

Me he preguntado muchas veces lo que sucedería si los profesores no tuviésemos la capacidad de conceder acreditaciones. Es decir, el poder de aprobar y suspender. ¿Cuántas personas estarían con nosotros atraídas por la importancia del conocimiento, por la necesidad de poseerlo y por la pasión que despierta su búsqueda?

Una cuestión importante cuando hablamos del valor de uso del conocimiento es reflexionar sobre la selección de contenidos del curriculum. ¿Qué es lo que merece la pena ser aprendido? Y otra, de no menor relevancia, es analizar las estrategias adecuadas para que el estudiante pueda adquirirlo. Porque hay conocimientos relevantes y significativos que se pretende enseñar de forma aburrida, tediosa y poco estimulante con el consiguiente fracaso y con el terrible efecto secundario de que aborrezca el aprendizaje.

Cuando solo importa (o cuando importa sobre todo) aprobar, lo único que se debe aprender es aquello que va a ser objeto de examen.

¿Eso entra en el examen?, se pregunta el estudiante. Si no, no merece la pena ser aprendido. Porque lo verdaderamente decisivo no es aprender sino aprobar.

Un estudiante aprendió para el examen solamente el tema relacionado con los gusanos. Cuando llegó la hora de las preguntas, el examinador le dijo:

– Hábleme de los elefantes.

El estudiante, entre desconcertado y aturdido, contestó: El elefante es un animal muy grande, que tiene unas orejas enormes que casi llegan al suelo, tiene cuatro patas enormes, un gran rabo y una trompa en forma de gusano y los gusanos se dividen en…

Por eso no importa seguir aprendiendo, seguir ampliando, seguir descubriendo. Porque el objetivo básico es conseguir aprobar o, quizás, obtener un sobresaliente.

Algunos profesores se parecen a aquel comerciante que decía: Si yo vendo, lo que pasa es que no compran.

¿No compran? Habrá que preguntarse entonces si eso que vende el comerciante merece la pena ser adquirido. O si tiene un precio razonable. O si hay quien vende ese mismo producto a mitad de precio a dos metros de distancia. O si ese comerciante tiene un genio de mil demonios que hace que nadie pueda acercarse a él… También es cierto que puede haber alguien que no quiera comprar un artículo de primera necesidad porque dedica el dinero a bagatelas. O alguien que no quiera hacer el necesario esfuerzo para tener dinero y poder comprar lo que verdaderamente necesita.

He oído decir al profesor de matemáticas mexicano Ignacio Barradas Briesco en la conferencia que pronunció hace unos días en el Congreso “Escalando desafíos” (Pucón, Chile) que “aprendo cuando soy capaz de repetir algo y comprendo cuando no solo sé el por qué sino cuando quiero saber más”. Y añadió: “Cuando enseñar es un arte, aprender es un placer”. La conferencia tenía este hermoso y significativo título: “Cómo encantar para enseñar”. Cuando solo importa el valor de cambio del conocimiento, no importa saber más, no cuenta la curiosidad por seguir aprendiendo. Solo importa saber lo necesario para aprobar O, mejor dicho, para tener una buena nota.

Hace uno años comencé el curso pidiendo a mis alumnos que respondieran por escrito a esta pregunta: ¿Cómo me defraudaría mi profesor en este curso? Les dije que leería las respuestas y que dialogaría sobre su contendido con ellos. Porque bien pudiera ser que no quisiera aceptar algunas pretensiones. En ese caso argumentaría mi negativa. Les dije que yo también escribiría un texto respondiendo a esta cuestión: ¿Cómo me defraudarían mis alumnos y alumnas durante el cuso? Y les pediría que criticasen mis planteamientos. Así lo hicimos.

Cuando alguno me dijo que le defraudaría si no tuviese claro cómo obtener fácilmente una buena nota, le conté la historia de un profesor que invitó a un alumno a comer en el campus universitario. El alumno pidió, como postre, un melocotón. El profesor le preguntó si le dejaba pelarle el melocotón. Y luego le pidió que se lo pudiese partir en trocitos para que lo comiera mejor. A continuación le dijo si le parecería bien que se lo masticase y se lo diera en papilla. El alumno rechazó con asco la propuesta. El profesor dijo entonces que eso era lo que le había pedido horas antes cuando le dijo que le explicase detenidamente cómo obtener un sobresaliente de forma fácil.

Cuando leí mi documento y alguien oyó que yo les decía que me defraudarían si les viese obsesionados por las notas y poco por el aprendizaje, alguien dijo que cuando salía una plaza de profesor en mi Departamento se pedía el expediente pero que importaba poco qué tipo de persona se era. Sugerí entonces que una comisión mixta (profesor y alumnos) respondiese a esta tercera cuestión: ¿Cómo nos defrauda el sistema a ambos? Hicimos la comisión. Respondimos a la pregunta y publicamos las respuestas en la revista “5ª Convocatoria”. Porque es bueno escribir.

Termino. Hay que incrementar el valor de uso frente al valor de cambio. Hay que cultivar el deseo de ducharse aunque no venga de visita la tía y hay que despertar la pasión por el conocimiento aunque no tengamos un examen.

Amor y discapacidad

12 Oct

Una buena amiga (qué redundancia, por Dios), me ha enviado esta historia, sin explicitar la autoría de la misma. Después de leerla he comprobado en la red que existen diversas versiones de la misma, con pequeñas variantes, tanto en el contenido como en las moralejas que de ella desprenden los diferentes autores o autoras. Me ha parecido interesante  traerla a colación para hacer algunas reflexiones sobre dos cuestiones que considero importantes: los sentimientos y la discapacidad.  La historia dice así:

Había una chica que se odiaba por ser ciega. Odiaba a todos menos a su amoroso novio. Él siempre estaba a su lado, lleno de solicitud y afecto.

Un día ella le dijo a su novio:

– Si pudiera ver el mundo, aunque solo fuera un día, me casaría contigo.

Había solicitado una donación de ojos y, un buen día, cuando ya casi no albergaba esperanzas, le llegó la noticia de que habían llegado unos ojos para ella. No sabía de dónde ni de quién procedían.

La hicieron el trasplante con éxito y, cuando le retiraron por fin el vendaje de sus ojos, fue capaz de verlo todo, incluyendo a su novio. La impresionó ver su cara, en la que se dibujaba una enorme sonrisa.

Él le manifestó  su enorme alegría y le reiteró una vez más su amor incondicional.  Luego, le preguntó:

– Ahora que puedes ver el mundo, ¿estás dispuesta a casarte conmigo?

La chica miró detenidamente a su novio y vio que era ciego. La imagen de sus párpados cerrados la impresionó. Ella no se lo esperaba. Nunca le había dicho nada sobre ello. La idea de mirarlo así el resto de su vida la llevó a negarse a casarse con él.

Su novio la dejó con lágrimas y días más tarde le escribió:

  • Cuida bien de tus ojos, mi amor, porque antes de ser tuyos fueron míos.

La historia de la novia ciega me ha remitido a la novela de Anthony Doerr, que fue Premio Pulitzer de Ficción 2015 y que tiene este sugerente título: “La luz que no puedes ver”. Porque en ella se narra un emocionante enamoramiento entre una chica ciega francesa (Mari-Laure) y un joven nazi (Werner).

Marie-Laure, vive con su padre en París cerca del Museo de Historia Natural, donde él trabaja como responsable de sus mil cerraduras. Cuando, siendo niña, se quedó ciega, su padre le construyó una minuciosa maqueta del barrio para que, mediante el tacto, pudiera memorizarla y recorrerlo.

En  una ciudad minera de Alemania, el joven huérfano Werner crece junto a su hermana pequeña, cautivado por una radio rudimentaria. Se hace un experto en construir y reparar aparatos, cualidad que no pasa inadvertida a las Juventudes Hitlerianas. En la noche de la liberación de Saint-Malo, la joven ciega  y el joven alemán se encuentran y se enamoran, aunque su amor… (No sigo para no desvelar al futuro lector de la novela el posterior desenlace).

En uno y otro caso, inicialmente, la chica es ciega, aunque en el primero deje de serlo por la generosa donación del novio. El joven le entrega sus ojos y paradójicamente, esos ojos sirven para perderla.

Cara y cruz de la misma moneda. En la primera historia triunfa el desamor frente a la extrema generosidad. El amor no correspondido se llena de dolor y de angustia al comprobar que su gesto de extrema generosidad tiene como consecuencia el rechazo y la pérdida de la amada. En la segunda, reina el amor frente a cualquier adversidad.

Las dos historias me llevan de la mano a la esfera de los sentimientos, tan importantes como olvidados en el mundo de la educación. Las instituciones educativas, digo en mi libro “Arqueología de los sentimientos en la escuela”, han sido siempre el reino de lo cognitivo y pocas veces el reino de lo afectivo. Solo ha importado el desarrollo de la mente propiciando la esfera intelectual y el del cuerpo a través de la Educación Física. Pero no ha habido espacio para el desarrollo emocional. Lo mismo ha sucedido con la formación de los docentes. Se han cultivado competencias intelectuales y técnicas, pero no se ha atendido a las competencias emocionales.

Dice Isabelle Filliozat en su libro “El corazón tiene sus razones”: “En el colegio se aprende historia, geografía, matemáticas, lengua, dibujo, gimnasia… Pero, ¿qué se aprende con respecto a la afectividad? Nada. Absolutamente nada sobre cómo intervenir cuando se desencadena un conflicto. Absolutamente nada sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera”.

Sin embargo nos hacen felices o desgraciados nuestros sentimientos, no tanto nuestros  saberes y nuestras posesiones. Manejar con inteligencia el mundo de los sentimientos nos va a facilitar la aceptación de nosotros mismos y nos va a propiciar una comunicación saludable.

“Una persona que ama pero que carece de coraje, es dependiente. Una persona que lucha pero que carece de compasión, es justiciera, sin más. Una persona que tiene sentido del humor pero que carece de compasión, es cínica. Una persona que ama pero que carece de sentido del humor, es presa fácil de la desesperación”, dice Rosseta Forner en su libro “La reina que dio calabazas al caballero de la armadura oxidada”. Un libro que se subtitula así: Un curso práctico para recuperar la autoestima y descubrir el verdadero sentido del amor”

¿Cómo nos queremos, cómo nos relacionamos con los otros, cómo nos hacemos querer, cómo aceptamos el rechazo, cómo manejamos nuestros sentimientos?

También me llevan estas historias al mundo de la discapacidad. Al mundo emocional de esas personas que se viven a sí mismas y se relacionan con los demás desde unas limitaciones importantes. ¿Cómo han trabajado el desarrollo emocional? Y, sobre todo, ¿cómo se relacionan las personas “normales” con ellas?

Conozco muy bien a Pablo Pineda, primera persona de Europa que, con síndrome de Down, consiguió en mi Facultad de Educación el título de Licenciado. Le corregí algunos trabajos y hablé con él muchas veces. Es un hombre cargado de sensatez y de ilusión por vivir. Hace poco leí una entrevista suya (mejor dicho, la oí) en la que hablaba de sus enamoramientos y de la correspondencia que las chicas le habían manifestado. Era duro escuchar cómo todas las chicas que a él le habían interesado, habían sido inaccesibles. ¿Cómo vive Pablo el desamor?¿Cómo ven y sienten a Pablo las chicas que él ha considerado imposibles?

Cuando la novia ciega del primer relato  (un relato que “se non è vero è ben trovato”) rechaza a su novio, no lo hace porque haya descubierto que su personalidad no es la que pensaba, lo hace porque tiene una discapacidad que ella no preveía. En la segunda historia, el enamoramiento sobreviene a sabiendas de que la chica es ciega. Son actitudes ante parecidas realidades. Qué distinta sería la vida (la de cada uno y la de todos en conjunto) si tuviésemos en las familias y en las escuelas una verdadera educación emocional.

Algo estamos avanzando. Hay experiencias crecientes y hay publicaciones interesantes. Véase en mi blog la experiencia “La libreta de los sentimientos”. En cuanto a publicaciones pienso en el libro que prologué en 2017 titulado “Habilidades para la vida. Aprender a ser y a convivir en la escuela”,  de Andrea Giráldez y Emma-Sue Prince. Un libro para pensar, sentir y hacer. Estamos caminando, pero hay que ir más de prisa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El director de orquesta

5 Oct

 

El pasado sábado, 28 de septiembre, estuve en  el Balcón de Europa de Nerja (hermosa ciudad de la provincia de Málaga) escuchando un concierto interpretado por la Coral Alminares de Nerja, el Coro de la Facultad de Ciencias de la Educción de Granada, la Coral y Escolanía Alonso Cano de Priego de Córdoba y la Banda Sinfónica Municipal de la misma localidad cordobesa. Interpretaron Carmina Burana, una colección de cantos de los siglos XII y XIII, que aparecen escritos principalmente en latín medieval. En esos cantos se satiriza y se critica a todas las clases sociales en general, especialmente a las personas que ostentaban el poder de la corona y, sobre todo, del clero. Un espectáculo musical magnífico para celebrar el Día del turista, al lado del apacible mar Mediterráneo, bajo el firmamento estrellado y con una temperatura deliciosa. Beneficios de vivir en esta tierra del sur.

Mientras mi admirado y querido Rafael Jurado Ortiz, primo político, movía su batuta delante de los ciento cuarenta miembros de la coral, cuarenta instrumentistas y tres solistas pensaba yo en la excelente metáfora que es el director de orquesta para comprender la dirección escolar.

En 1990 apareció en España un excelente libro  de Garret Morgan titulado “Las imágenes de la organización”. Yo había utilizado profusamente la edición inglesa, de 1986,  titulada “Images of Organization”. El autor utiliza y explica metáforas diferentes al servicio de la comprensión de las organizaciones educativas.

Ya se sabe que las metáforas son un modo excelente de facilitar la comprensión de un fenómeno o un concepto porque arrojan ingeniosamente  luz sobre alguno de sus aspectos, aunque también es cierto que dejan en la sombra otras partes del mismo. Si yo digo que alguien es fiero como un león, nada digo de sus inteligencia o de sus  emociones.

Dice Morgan que “la premisa básica con la que se ha construido el libro es la de que nuestras teorías y explicaciones se basan en metáforas que nos llevan a ver y comprender las organizaciones en un modo distinto aunque parcial. Las metáforas se emplean normalmente como un recurso para embellecer el discurso, pero su importancia va mucho más allá. La metáfora implica un modo de pensar, un modo de ver que traspasa el cómo comprendemos nuestro mundo en general”.

Las metáforas que utiliza Morgan son nueve: la máquina, el organismo,  el cerebro, la cultura, la política, las prisiones psíquicas, el flujo de cambio y los instrumentos de dominación.

A mí me gusta utilizar metáforas. Muchos de mis libros están basados en metáforas. Por ejemplo, uno sobre organización que se titula “Entre bastidores, el lado oculto de la organización escolar”. Otro es “Las feromonas de la manzana. El valor educativo de la dirección”. Si metes en una bolsa frutas verdes y una manzana, las frutas verdes maduran por la influencia beneficiosa, humilde y persistente de la manzana. La palabra autoridad, digo allí, proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

No todas las metáforas son igualmente certeras. Cuando se utiliza la metáfora de la máquina aplicada a la dirección escolar y se dice que el director es como una máquina que arrastra a los vagones, ¿se entiende “vagones” como el aumentativo de vagos? Si  alguien piensa, decide y se responsabiliza por todos, los demás dejan de pensar, decidir  y responsabilizarse. No me parece una buena metáfora.

¿Por qué considero excelente la metáfora del director de orquesta? Porque todos los cantores y lo músicos tienen una única partitura que él ayuda a interpretar. La partitura no es solo del director, es de todos los actores. ¿Alguien se imagina que cada músico hubiese elegido una partitura sin contar con los demás y tratase de interpretarla de forma individualista? Podría hacerlo cada uno de forma maravillosa, pero el desastre de la audición estaría asegurado.  Para considerar un buen profesional a cada músico no hay que tener en cuenta solo cómo toca o cómo canta sino hasta qué punto es capaz de integrar su trabajo en el esfuerzo colectivo, hasta qué punto es capaz de desempeñar su papel en una obra que, por definición, es colegiada.

El director de orquesta no tiene que saber tocar todos y cada uno de los instrumentos y hasta puede estar afónico a la hora de dirigir, pero sabe cuándo tienen que entrar los trombones  o los violines, cuándo tienen que sonar los platillos o intervenir el solista. De igual manera, el director de la escuela no tiene por qué ser experto en todas y cada una de las asignaturas que imparten los docentes, pero tiene que conseguir que todos actúen de forma coordinada.

No es igual un director que otro, aunque la partitura sea la misma. Lo vemos claramente en las escuelas, Con la misma ley, con el mismo curriculum, hay tantos tipos de directores como directores hay. Cada uno tiene su estilo y cada uno tiene su forma de relacionarse con cada uno de los músicos y con toda la orquesta. Cada uno sabe animar de forma diferente y reacciona de manera distinta ante un error, un despiste o un retraso de alguno de los músicos.

El director de orquesta mira a todos y a cada uno de sus músicos. Él los ve a todos y todos le ven a  él. No se podría entender una forma de dirigir  dando la espalda a los que actúan.

Hace unos años escribí un libro titulado “El harén pedagógico. Perspectiva de género en la organización escolar”. La cuestión de género, a mi juicio, es importante. Hay pocas directoras de orquesta. Y no hay muchas directoras escolares. ¿Por qué? Pues porque, a mi entender, es una cuestión de poder. Y las mujeres, tradicionalmente, han estado alejadas de los núcleos de poder. Afortunadamente estamos en camino de superar esta situación.

La ejecución de una partitura exige ensayos, muchos ensayos. Aunque cada uno tenga una habilidad extraordinaria,  hay que coordinar los tiempos, los estilos y la vivacidad de la interpretación. No suele salir bien a la primera. Por eso es necesario aprender a corregir los errores y a limar los desajustes.¡

Está muy claro que el fallo de uno de los participantes arruina toda la obra. De ahí la responsabilidad de todos y de cada uno de los intérpretes. Cada uno de los músicos tiene que ser consciente de que su buena actuación es fundamental para que todo salga bien. Basta que uno falle para que todo se estropee.

Es importante elegir un repertorio que se acomode a la capacidad auditiva de los asistentes, adaptar el contenido musical a las posibilidades de entendimiento y de disfrute del auditorio. La obra no es solo para la orquesta, es para los oyentes.

Aplaudimos largamente y de pie la actuación. Algún que otro “bravo”, “bravo”, surgía de las gargantas de los asistentes. Y, trasladando mi reflexión a la escuela, pensaba yo en lo poco que se aplaude el quehacer de los maestros y el del director de la escuela. Rafael Jurado, mientras recibía los aplausos del público puesto en pie, insistía en extender las felicitaciones a sus músicos con elocuentes gestos de sus brazos. Venía a decir: son para ellos, son para ellos. Porque el director de orquesta  es un “primus inter pares”.  No alguien que ordena y manda sino alguien que coordina, inspira y dinamiza a todos y a cada uno de los protagonistas. Como el director de la escuela. Son de todos y para todos.