Un alumno muy distinguido

11 Ene

 

La relación de la familia con la escuela es fundamental para que se produzca un buen proceso de aprendizaje. No se trata solo del vínculo entre las dos instituciones, manifestado en la presencia, en la participación y en el diálogo directo, sino de la actitud y el compromiso que tienen las familias  hacia  la educación y  de las acciones que realizan en su seno respecto al aprendizaje. Por otra parte, la escuela tiene que abrir sus puertas para que los padres y las madres aporten su imprescindible su reflexión, su ayuda, su información  y su apoyo.

Uno de los ámbitos más sensibles de la comunicación escuela/familia es el de la evaluación de los aprendizajes y el de sus resultados tangibles plasmados en  los informes. Porque el éxito académico y social viene marcado por los resultados de las evaluaciones.

¿Qué hacen las familias cuando llegan los hijos e hijas a las casas con los informes de evaluación? Me temo que las principales  preguntas de los progenitores o tutores no son las siguientes: ¿lo que has aprendido te ha hecho mejor persona?, ¿has ayudado a los demás a aprender?, ¿has agradecido a los profesores lo que te han enseñado?, ¿te has esforzado de forma responsable?, ¿has respetado a todos mientras aprendías?, ¿has disfrutado aprendiendo? Me temo que la preocupación más importante se refiere, más bien, a los resultados obtenidos: ¿has tenido algún suspenso?, ¿cuántos sobresalientes has tenido? Es decir, que lo más importante es el resultado, no el proceso de aprendizaje.

Después de finalizar una experiencia de investigación sobre la práctica de la evaluación en el Colegio Reyes Católicos de Melilla, realizada por los propios profesores y profesoras sobre su quehacer evaluador en el aula, decidimos enviar a las familias, con cada informe de evaluación, un documento que se titulaba así: Cómo leer educativamente el informe de evaluación de su hijo (o hija).

Los profesores se habían dividido en grupos de investigación: uno estudió las tareas intelectuales que exigían los instrumentos de evaluación que se aplicaban, otro la participación de los alumnos en el proceso de evaluación, un tercero los procesos atributivos que establecían los profesores cuando no se había producido aprendizaje, el cuarto, sobre los sentimientos de evaluadores y evaluados. Y, eso es lo que me interesa comentar en el artículo, otro grupo exploró las reacciones de las familias ante los informes de la evaluaciones.

Algunas veces hacíamos hincapié, a la luz de los informes, en la importancia de dialogar con el tutor: si no entendían el informe, si no estaban de acuerdo en alguna de sus partes, si tenían curiosidad por saber más sobre la evolución que estaba teniendo su hijo o hija, debían acudir al tutor o a la tutora. Para celebrar esa entrevista, decíamos, no hace falta tener estudios, ni tener cultura, ni tener preparación alguna, bastaba tener dudas o interés por lo que sucedía con el proceso de enseñanza y aprendizaje.

En ocasiones, los chicos no cuentan lo que pasa y, muchas otras veces, lo tergiversan por diferentes motivos.  Por miedo, por interés, por despiste, por error… Recuerdo la historia de un alumno cuyo tutor convoca a los padres a una reunión en la escuela. Les explica que su evolución ha sido mala y que tiene que repetir curso. Los padres se muestran sorprendidos:

– ¿Repetir? ¿Cómo es posible, dicen, si todo el año ha tenido una notas excelentes, si siempre ha obtenido la calificación de MD?

– Pues por eso, dice el tutor. MD es Muy Deficiente.

– El padre, entre avergonzado, sorprendido e irritado  le dice al profesor:

– Lo siento, profesor. Él nos ha dicho después de cada evaluación que MD significaba Muy Distinguido.

En otra ocasión insistimos en la necesidad de  no hacer comparaciones entre hermanos, sobre todo cuando uno obtenía excelentes resultados y otro los tenía mediocres o malos. Y que no generasen expectativas extraordinarias sobre alguno de ellos, mientras sobre otro mostrasen predicciones desalentadoras.

Otras veces les hablábamos de la necesaria coherencia que tenían que mostrar en la casa.  Les poníamos ejemplos: si el niño va al campo con el padre y le pregunta el niño  qué tipo de árbol es ése que están viendo, el padre no debe decir que qué más da qué árbol sea. Porque después no tendrá autoridad para exigir que aprenda la flora de Oceanía. Si le pregunta por el nombre de un pájaro, no deberá responder que da igual qué nombre tenga. ¿Cómo le puede exigir saber luego  la fauna volátil de América del Sur?

Alguna de las cartas se centró en la actitud que tenían que tener si los resultados eran inesperadamente malos. “No empiecen a dar palos de ciego”, decíamos. Tienen que saber lo que pasa. Lo primero que hay que hacer es un buen diagnóstico. ¿Qué está pasando?

En alguna ocasión insistimos en la necesidad de que los chicos tuviesen un adecuado lugar de estudio: silencioso, recogido, aislado, bien iluminado… Y en que adquiriese hábitos de estudio saludables, con descansos, con tiempos bien organizados.

Hablamos de las familias como si todas fueran iguales. Y no es así. También hay diversidad en este terreno, no solo entre el alumnado. Hay tantos tipos de familia como familias hay.  Lo mismo digo de los tutores y de las tutoras. Recuerdo una cuádruple representación que hicieron mis alumnos y alumnas  sobre la relación del tutor con la familia. Reprodujeron cuatro situaciones.

Tutor excelente-padres  despreocupados

Mal tutor, sin preocupación por la tarea-padres comprometidos.

Tutor desastroso-padres despistados

Tutor responsable/padres comprometidos con la educación de sus hijos

Se hicieron las representaciones, se analizó su contenido y las interpretaciones de los participantes  y luego se realizó un análisis de  las exigencias que requiere tener una situación como la que habíamos visto en el último supuesto.

Solamente en la cuarta alternativa (un buen educador/una familia responsable) encontramos las condiciones  que hacen posible un proceso de enseñanza y aprendizaje encaminado al éxito. Sin olvidar que el alumno tiene su responsabilidad y  que todo depende de su esfuerzo. A veces se olvida la cuestión fundamental: el protagonismo que tiene el que se forma. Solo aprende el que quiere.  Puedo llevar el caballo a la fuente, una fuente de agua fresca y saludable a la que se accede con facilidad, le puedo invitar a que beba, le puedo acariciar el lomo mientras tanto. Pero si el caballo no quiere beber, no bebe.

Se insiste mucho en los derechos de los alumnos y de las alumnas. Hay que insistir paralelamente en los deberes, en las obligaciones. Por eso no aconsejábamos a los padres que las buenas notas fuesen siempre recompensadas con premios extraordinarios. El deber del estudiante es estudiar.  Perogrullada que es necesario recordar en los días que vivimos. No es razonable que se premie cada día a los hijos y a las hijas por lo bien que respiran.

 

 

Fuego cruzado sobre la escuela

4 Ene

 

Fuego cruzado es el que se lanza contra un mismo blanco desde varios lados, generalmente opuestos. Y eso es lo que creo que se está produciendo respecto a la escuela: recibe un fuego de exigencias procedentes de la sociedad y un fuego de prescripciones múltiples que provienen de la administración educativa. Es difícil sobrevivir cuando se produce un fuego cruzado tan intenso como persistente.

Cada día que pasa existe más presión sobre la escuela con la exigencia de  tareas que ha de asumir. No hay programa de televisión o de radio en el que, cuando se trata de algún problema social, no se interpele a los profesores y a las profesoras sobre los cometidos a los que han de hacer frente.

– La solución a este problema, se dice, está en la educación. Es decir, en la escuela.

– Esto hay que trabajarlo en la infancia, cuando los niños y las niñas pueden aprender.

– Si eso no se trabaja desde pequeños, en la escuela y en la familia, no hay nada que hacer.

– No hay mejor remedio para este problema que la educación de los ciudadanos y las ciudadanas desde la infancia.

A bote pronto voy a dejar constancia de algunas exigencias que se le planten a la institución escolar. Todo, claro está,  sin que se haga la más mínima referencia a la preparación que habrían de tener los profesionales, a las metodologías que es preciso emplear y a las condiciones necesarias para llevarlas a cabo.

Y todo ese nuevo caudal de exigencias tiene que asumirlo la escuela sin abandonar ninguno de los cometidos tradicionales: enseñar matemáticas, geografía, historia, lengua, filosofía, química, física, arte, inglés, francés, educación física, educación musical… La relación  de las nuevas encomiendas se hace tediosa, pero es necesaria para percatarse de lo que estoy diciendo. Son veintidós, si no he contado mal.

Educación para el medio ambiente, Educación para las nuevas tecnologías, Educación para la paz, Educación contra la violencia de género, Educación vial, Educación para la imagen, Educación de los sentimientos, Educación de la sexualidad, Educación cívica, Educación  artística, Educación para la salud, Educación para la convivencia, Educación para la muerte, Educación contra las drogas, Educación contra el alcohol, Educación ética, Educación para la solidaridad, Educación para la lectura, Educación para la escritura, Educación para el ocio, Educación para el empleo, Educación para el consumo…

Y ahora viene Vox y nos dice que en las escuelas debe introducirse la formación cinegética. Qué barbaridad. No porque se trate de una demanda más sino porque ésta es  inapropiada y deseducativa.  Y vienen los obispos, ahora y siempre, y nos dicen que tiene que haber en las escuelas, públicas y privadas, educación religiosa… ¿Hay quien da más?

Digamos que esta presión proviene de los medios de comunicación, de las familias, de los teóricos de la escuela, de las religiones, de la sociedad en general…  No se transforma siempre en prescripciones legales, pero supone una presión psicológica innegable.

Si se le encomiendan todos estos deberes a la escuela, cuando la ciudadanía falle y demuestre carencias en estos ámbitos del desarrollo, se entenderá que la culpa reside en aquella institución que debía perseguir estos objetivos y no logró alcanzarlos.

Y, por supuesto, nadie dice cómo se hace todo eso en los mismos tiempos, con los mismos medios, con la misma formación y por el mismo sueldo. No me refiero a que sea mucho sino a que es difícil intervenir en campos tan complejos de la personalidad, teniendo en cuenta, además, la diversidad infinita de los aprendices.

Además de ese fuego granado, que tiene un sentido horizontal, existe otro de carácter jerárquico. Las prescripciones caen sobre la escuela de forma contundente y continua, a veces desconcertante. No hay otra institución con más prescripciones en el país que la escuela. De forma constante llegan a ella leyes, normas, indicaciones que dicen lo que hay que hacer…

Creo que ese hecho obedece a dos motivos igualmente inquietantes: Como no saben hacerlo, expliquémoselo en una ley. Como no quieren hacerlo, mandémoselo hacer por imperativo legal. Hace años estaba legislada hasta la proporción de colores en los que habían de estar impresos los boletines de evaluación que se enviaban a las familias. Son prácticas desprofesionalizadoras porque  dan por supuesto que el profesor o no sabe o no quiere.

Circula por la red un mensaje que hace referencia a este fenómeno.  Me viene como anillo al dedo para explicar lo que estoy tratando de decir.  Este es, sustancialmente, el mensaje que algunos lectores y lectoras conocerán:

– Papá, mamá, ¿me podéis ayudar a solucionar un problema de matemáticas?

– Claro, hijo, pero primero tenemos que saber lo siguiente:

Con qué criterios va a evaluarte el profesor.

Cuántas competencias asociadas al criterio desarrollará dicha tarea.

Si es una tarea inicial, de ampliación, de refuerzo o final.

Cuántos estándares asignados a los criterios va a tener en cuenta el profesor.

Si habéis trabajado por ABP (Aprendizaje Basado en Problemas), de forma colaborativa, en grupos heterogéneos, de forma individual o en gran grupo.

Si habéis desarrollado estrategias de gamificación.

En qué contexto de evaluación se engloba la tarea.

Si os ha entregado el profesor una rúbrica de evaluación.

Cuánto peso tiene la tarea en los criterios de calificación.

Si no la superas, si tendrás un plan personalizado para  recuperarla.

Si han tenido en cuenta que si tienes dudas quizás necesites una ACNS (Adaptación Curricular No Significativa).

El niño, asombrado y casi aturdido ante tantas observaciones, le dice al padre:

– No, papá,  si el problema que tengo es que me han suspendido porque no quiero hacer nada.

– Tranquilo, hijo, dice el padre, que como todo eso no lo tenga recogido el profesor en la programación… apruebas.

¿A qué viene este artículo? En primer lugar, a pedir a quienes disparan, que reflexionen y que respeten a los profesionales de la enseñanza. En segundo lugar, a demandar a la comunidad educativa una  postura crítica y responsable ante las dos formas de presión que recibe de forma tan persistente. Y a  solicitar a todos y a todas que se genere una plataforma de debate para analizar con rigor el papel de la institución educativa. Y el compromiso necesario de cada persona para que sea posible desempeñarlo dignamente. Hay que ofrecer a la escuela desde arriba y desde los costados, comprensión, aplauso y ayuda. Y no disparar sobre ella con fuego cruzado de presiones desmedidas y prescripciones irracionales.

 

 

 

 

 

Los tontos inocentes

28 Dic

El día de los Santos Inocentes, que  hoy celebra la Iglesia Católica, es la conmemoración de un significativo hecho hagiográfico del cristianismo: la matanza de todos los niños menores de dos años en la ciudad de Belén. De esa manera esperaba el rey Herodes I el Grande acabar con el recién nacido Jesús de Nazaret, el anunciado Mesías, futuro Rey de los judíos.

No parece lógico que un hecho tan dramático sea la mejor ocasión para hacer bromas y gastar inocentadas, pero así ha ido evolucionando la tradición. La inocentada es una broma o engaño en que se cae por descuido o por falta de malicia; especialmente, es una broma del día de los Santos Inocentes. Etimológicamente, la palabra inocentada procede del latín (partícula negativa “in” y verbo “nocere”, que significa dañar). Porque la inocentada, en principio, no tiene la pretensión de causar daño. Si añadimos una dosis de sentido del humor, miel sobre hojuelas.

Lo cierto es que la fecha ha derivado desde hace muchos años en la ocasión propicia para gastar bromas y poner en la espalda de las personas crédulas el típico monigote: ¡Inocente!

Hay bromas clásicas de todo tipo: cambiar el azúcar por la sal, pegar una moneda al suelo para que quien la va a recoger se encuentre con una dificultad insospechada, pedir a alguien que levante una maleta extraordinariamente pesada, con los ojos cerraos meter el dedo en una fruta, cambiar las agujas del reloj para modificar la hora, mostrar un ataque repentino de caspa… Basta pasearse por los puestecillos navideños para encontrar cientos de artículos para gastar bromas el 28 de diciembre. También las inocentadas han devenido en comercio.

Aun recuerdo los años en los que tal día como hoy buscábamos en la portada de los periódicos o en los telediarios alguna noticia falsa. Tratábamos de descubrir la inocentada del día. Aguzábamos el sentido crítico en busca de alguna noticia que pudiese encerrar una broma. Una noticia falsa. A veces pensábamos que la inocentada era una de las noticias verdaderas. Por su inverosimilitud.

El 28 de diciembre de 1905 el periódico ABC anunciaba el hundimiento del Viaducto de Madrid. La imagen que acompañaba a la noticia (un montaje de mérito de la época) daba credibilidad a la noticia. Muchas personas, crédulas y curiosas, acudieron a la zona para ver in situ la tremenda catástrofe. Al día siguiente el periódico señalaba: “La broma fue bien acogida y celebrada y en honor a la verdad, deberíamos decir que el único culpable de la catástrofe fue nuestro compañero Sr. Medina Vera, que compuso la fotografía”.

Después del éxito de la broma, el año siguiente, ABC publicó el hallazgo de un “tesoro” en las obras de desmontaje de un obelisco en La Castellana, con “un montón de monedas de oro entre doblas y onzas, cuyo número no bajaría de trescientas, pudiendo calcularse su valor del día, habida cuenta del precio del oro, en unas treinta mil o cuarenta mil pesetas”. Al igual que sucedió con el Viaducto, numerosas personas acudieron al palacio de Bellas Artes ese día a contemplar las alhajas. Y algunos se vengaron haciendo correr un bulo: que el diario había sido apedreado por los obreros que efectuaban los trabajos en La Castellana, cosa que nunca sucedió.

En 1907, y tras hacerse todo unos “expertos” en las jugarretas del 28 de diciembre, los redactores de ABC volvieron a publicar en las páginas del diario una curiosa inocentada. En este caso contó con una gran instantánea a media página en la que se podía ver la fachada del Congreso ligeramente cambiada. “De madrugada nos da cuenta el teléfono de un suceso inaudito que prueba la audacia de los fieles devotos de Caco: uno de los leones de bronce que eran gala del Congreso y testimonio de nuestras glorias en África ha desaparecido.Recibimos la noticia y enviamos a un fotógrafo para que haga la información gráfica correspondiente”, rezaba la noticia.

Años después, en 1912, ABC dio un paso más y llevó su inocentada hasta la portada con una fotografía en la que se podía ver al Conde Romanones (entonces presidente del Consejo de Ministros) “cazado” mientras cenaba con Lerroux, Pablo Iglesias y Rodrigo Soriano, todos ellos, miembros del partido republicano y, por tanto, sus más fervientes adversarios. Al día siguiente, ABC pudo entrevistar al político para que diese su opinión sobre aquella falsa instantánea.

Dos años después, en 1914, los españoles se desayunaban otro 28 de diciembre, con la impresionante imagen de un zeppelínposado frente al Casino de San Sebastián. Una foto increíble en plena contienda mundial que ilustraba sin embargo una seria y amplia información sobre la Guerra, con informaciones de corresponsales en varios frentes.

Los Santos Inocentes también sirvieron al diario ABC para burlar la censuray reírse de algún mandatario. Fue el caso de su portada en 1971,donde aparecía el entonces alcalde de Madrid, Arias Navarro, siendo multado por un policía municipal. La curiosa imagen, un montaje de la sección de huecograbado del periódico, fue explicada al día siguiente:“Él ni conduce ni ha conducido nunca un automóvil”.

En el año 1989, en esta fecha de 28 de diciembre, un periódico anunciaba que el presidente del Barcelona había descubierto  petróleo en el subsuelo del Nou Camp y había decidido su explotación para incrementar los beneficios del club en el capítulo de  “ingresos atípicos”.

 

La Revista Cinemanía anunció que la actriz Ana Belén iba a interpretar el papel de Ana Botella, alcaldesa de Madrid y esposa del presidente del gobierno José María Aznar, interpretando a la primera dama en una película dirigida por Vicente Aranda.

 

Basten esos ejemplos, entre los miles posibles. En el programa de radio de Julia Otero (Julia en la Onda) hay una sección que se titula Maldito bulo. Se les cuenta a los oyentes tres noticias un tanto estrambóticas y  estos tienen que descubrir las dos verdaderas y la noticia falsa. Es curioso comprobar cómo, muchos días, los oyentes no dan con el bulo. Es decir, dan por cierta la noticia falsa y dan por falsa una de las dos noticias verdaderas.

Creo que todos los días podríamos celebrar el día de los Santos Inocentes. Todos los días podemos abrir los ojos y ponernos a buscar en los medios de comunicación y en la vida las noticias falsas que  se nos presentan con intención de engañar. Unas son fáciles de detectar, otras no tanto.

Pienso que los vendedores de la realidad consideran que somos tontos inocentes. Nos persuaden con facilidad, nos engañan sin  mucho esfuerzo. Ahora no hace falta un día especial para lanzar una fake news. Siempre tienes que estar ojo avizor para descubrir la falsedad en una historia que se presenta con los ropajes de la verdad.

Inocentes no son, en principio, quienes conciben y gastan las bromas sino quienes las reciben sin enterarse. Claro que puede haber bromas inofensivas, inocentes, simpáticas, que solo pretenden despertar una sonrisa. Bienvenidas sean. Pero también las hay perversas. Bromas pesadas,  dañinas. Y el problema es que la inocencia sea una trampa que nos convierta en personas crédulas, fáciles de engañar. Los Santos Inocentes son aquellos niños que fueron asesinados por Herodes. Nosotros somos, si no nos andamos con cuidado, los tontos inocentes.

Para no serlo, hay que educar los ojos para observar con atención y desarrollar la mente para analizar con inteligencia. Una cosa es saber lo que pasa y otra descifrar por qué pasa y descubrir a quién beneficia que pase eso precisamente.

 

 

 

 

El león que creía ser oveja

21 Dic

 

Cuando me preguntan lo que pienso sobre el peso que tiene en la vida la genética y la cultura (incluida la educación) suele decir que ambas tienen una enorme influencia. Y, cuando me fuerzan a dar porcentajes, digo que en un 100% tiene influencia la genética y en un 100% la cultura. Como es lógico, la respuesta no responde a la inquietud del que pregunta, pero refleja muy bien mi posición al respecto.

La carga genética que influye en el fenotipo de un organismo individual, o de una especie o población, puede ser modificada por las condiciones del medio ambiente y de la cultura.

Somos lo que creemos que somos. Y en la configuración de esa creencia influyen la imagen que nos formamos de nosotros mismos y la que los demás proyectan sobre nosotros. Importa lo que esperamos de nuestras posibilidades y lo que esperan los demás de ellas.

En un libro que pronto publicará Francisco Menchén y que conozco porque ha tenido la amabilidad de pedirme que escriba el prólogo, he encontrado una fábula que ya conocía y que, por las extrañas leyes que rigen la memoria, había olvidado. Se titula “El león que creía ser oveja”. El libro, que puedo recomendar antes de que vea la luz, se titulará “Redescubrir la creatividad como experiencia de vida. El ADN del aprendizaje  creativo”.

Vamos a la historia.

Cuenta una antigua leyenda hindú que un leoncito cachorro abandonado por su madre fue acogido cariñosamente por un rebaño de ovejas y se crió entre ellas en las cercanías de un hermoso lago. Creciendo allí llegó a creer que él también era una oveja.

Cuando llegó a la edad adulta, y siendo un enorme león, se comportaba como cualquiera de las demás ovejas. Un día se acercó hasta allí otro león adulto y hambriento y se asombró mucho de observar que ese león, mucho más grande y fuerte que él, huyera como hacían las ovejas, brincando y balando con el resto de los miembros del rebaño.

Después de mucho esfuerzo logró arrinconarle. Inútilmente intentó explicarle que no debía huir porque era un poderoso león.Finalmente, con un gran esfuerzo le arrastró hasta el lago cercano. Allí le obligó a mirar su reflejo en la superficie del agua. Cuando el león observó su rostro, su cuerpo y su melena, reflejados nítidamente en la superficie del agua sintió un estremecimiento de pies a cabeza y desde lo profundo de sus entrañas se elevó la más intensa emoción interna y brotó el más fuerte y poderoso rugido que se había escuchado jamás haciendo eco a través de todas las montañas y valles del mundo

A partir de entonces el león juró defender a aquellas ovejas con su poder y su fuerza. Y así lo hizo hasta el fin de sus días.

Hasta aquí la leyenda. Y ahora las casi obvias y obligadas moralejas.

Es fácil deducir que el león acabó sintiéndose una oveja por la imagen que se forjó de quién era, de cómo era, de lo que tenía que hacer, de lo que debía temer, de lo que debía huir… En realidad era una oveja que las demás ovejas aceptaban como tal porque, aunque tuviera la imagen de un león, no se comportaba como era de esperar de su fiereza. El tiempo acabó consiguiendo que también las ovejas lo considerasen uno más del rebaño a pesar de las apariencias. Nada podían temer de aquella fantástica oveja. De modo que se produce un círculo vicioso que consiste en que las ovejas piensen que el león es un oveja más y en que el león responda a esas expectativas. Y a la inversa: en que el león considere que es una oveja como las demás  y en que éstas lo  acepten como tal.

La cultura, el ambiente, el medio reparten los papeles y los individuos los asumen como si fueran un imperativo. El león-oveja, cuando ve al león, huye despavorido con ellas. Ha aprendido el miedo que ellas sienten. Ha aprendido el comportamiento de las ovejas porque él se ha acabado sintiendo una oveja.

El león que se acerca al rebaño, ve con sorpresa que el individuo de su especie que está entre las ovejas huye despavorido con ellas. Y se da cuenta de que no tiene conciencia de lo que es. Y ahí está la tarea de la cultura, de la educación. Una tarea que pone al individuo ante su propia imagen, ante el reto de hacer efectivas sus potencialidades: “Finalmente, con un gran esfuerzo le arrastró hasta el lago cercano. Allí le obligó a mirar su reflejo en la superficie del agua. Cuando el león observó su rostro, su cuerpo y su melena, reflejados nítidamente en la superficie del agua, sintió un estremecimiento de pies a cabeza y desde lo profundo de sus entrañas se elevó la más intensa emoción interna y brotó el más fuerte y poderoso rugido que se había escuchado jamás haciendo eco a través de todas las montañas y valles del mundo”.  Esa es la clave de la historia. Por eso me he permitirlo repetir estas palabras. El león adquirió conciencia de lo que era.

Pues bien, esa es la tarea de los educadores: poner ante el espejo de la realidad a la persona que es y que puede ser. Ayudar a que el aprendiz abra los ojos y reconozca su verdadera identidad y sus potencialidades. Ayudarle a saber quién es, a aceptarse como tal y a tratar de desarrollarse al máximo.  Obsérvese que la historia dice que esa tarea requiere un gran esfuerzo: “Con gran esfuerzo le arrastró hasta el lago cercano”.

Es esa decisión de poner al león ante su propia imagen lo que hace que el rey de la selva despierte de su falso sueño, que salga de su engaño. Es entonces cuando descubre que es un poderoso león y quiere ser fiel a su especie. Es la conciencia que adquiere de sí mismo lo que le provoca el estremecimiento y le permite liberar ese poderoso rugido que jamás había emitido. Si horas antes alguien le hubiese pedido que lanzase un rugido, se hubiese sentido incapaz. Creer que se puede hacer algo es el camino más eficaz para poder hacerlo.

Pienso en otra moraleja que tiene un sentido ético. ¿Cómo no acercarse al terreno moral si hablamos de “moralejas”? El león no quiere utilizar su poder para atacar a las ovejas y decide dedicarse a cuidarlas y a protegerlas, incluso de otros leones. Es decir, que pone la fuerza que ha descubierto que tiene al servicio de quienes, en otras ocasiones, como él, tuvieron la condición de víctimas. Utiliza el conocimiento que posee sobre las ovejas, no para atacarlas y destruirlas sino para protegerlas.

No solo es importante saber quién se es, aceptarse como tal. Desarrollar al máximo las potencialidades genéticas. La oveja no es un león  defectuoso. Una oveja es una oveja. Un león es un león. Es importante que esa identidad y esas cualidades se pongan al servicio de los demás y que no se utilicen para amedrentarlos, dominarlos y destruirlos.

 

 

 

 

 

 

Prestidigitadores de la verdad

14 Dic

 

Cuando la mentira se disfraza de verdad tenemos un doble problema para descubrirla. Porque, como se sabe, las apariencias engañan. Los prestidigitadores de la verdad manejan con soltura esos disfraces. El prestidigitador es una persona que hace juegos de manos, utiliza métodos de confusión, maneja artes evasivas y otros trucos de magia para producir ilusiones de los sentidos. El prestidigitador es un engañabobos.

¿Son nuestros políticos prestidigitadores de la verdad? ¿Creemos lo que nos dicen? ¿Sabemos cuándo nos mienten y cuándo nos dicen la verdad? ¿De qué detectores de mentiras disponemos? Y, cuando descubrimos que nos han engañado, ¿cómo reaccionamos?, ¿qué hacemos?

No me gusta, lo he dicho muchas veces, esa descalificación general de la clase política que los mete a todos en el mismo saco: todos mienten, todos mienten siempre. Como si su oficio fuera mentir. Como  si la mentira fuera uno de sus atributos esenciales. Como si se diese por bueno que la mentira es consustancial al oficio  de ser político. Y no.  Me preocupa esta perversa concepción. Me duele que la gente piense  que, a la hora de conseguir el voto o de persuadir al ciudadano de la bondad de sus planteamientos y acciones tergiverse siempre los datos y manipule la realidad en su beneficio. En definitiva, que la gente piense que el título del libro que acaba de publicar Elísabet Benavent podría ser de la autoría de cualquier político: “Toda la verdad de mis mentiras”.

Me gustaría que el político fuese una persona creíble, fiable. Porque para eso y por eso hemos depositado en él nuestra confianza a través del voto. No me gusta que se le identifique como un mentiroso compulsivo. Como una persona que engaña desde una posición privilegiada.

Hace mucho daño a la política el decir en cada momento aquello que conviene para negarlo plenamente cuando convenga decir lo contrario. Podemos cambiar, podemos decir en un momento algo y luego desmentirlo. Pero entonces se explica el por qué del cambio de posición.

Decía Balmes que a él no le molestaba el cambio de chaqueta salvo cuando éste se producía en el preciso momento en que empezaba a ser rentable.

Hay muchas formas en las que se puede hacer prestidigitación con la verdad:

Silenciar (o retrasar) información que debería ser conocida inmediatamente.

Ofrecer una parte de los datos que resulta beneficiosa  y ocultar otra que es desfavorable.

Decir hoy algo que el día anterior se negaba con rotundidad.

Ocultar una realidad que se conoce e, incluso negarla.

Prometer algo que, a ciencia cierta, se sabe que no se puede realizar.

Atribuir a otros la causa del fracaso que nace de la propia actuación.

Comparar de forma interesada realidades incomparables.

Negar una evidencia cuya aceptación tendría consecuencias negativas.

Declarar que nunca se hará algo que se tiene intención de hacer.

Utilizar eufemismos que conducen al engaño, ya que esconden la verdadera realidad.

Atribuir las causas de los fenómenos a agentes que nada tienen que ver con ellos.

Considerar negativo en los otros lo que se considera positivo cuando lo realiza el interesado.

Manipular o, lo que es peor, inventar datos estadísticos en beneficio propio.

Negar que se dijo lo que se dijo, a pesar de las evidencias incontestables que lo demuestran.

Sacar frases fuera de su contexto, y manipularlas en función del propio interés.

Conozco desde hace muchos años una hermosa leyenda sobre la verdad y la mentira. El lector la conocerá, probablemente. En cualquier caso, siempre es bueno recordarla.

Cuenta la leyenda que un día la Mentira y la Verdad se encontraron en un río. Entonces, la Mentira le dijo a la Verdad:

– Buenos días, doña Verdad

Y la Verdad, que no se fiaba mucho de su nueva amiga, comprobó si realmente era un buen día. Miró al cielo azul sin nubes, escuchó cantar a los pájaros y llegó a la conclusión de que, efectivamente, era un buen día.

– Buenos días, doña Mentira.

– Hace mucho calor hoy, dijo la Mentira.

Y la verdad vio que tal y como decía la Mentira, era un día caluroso.

La Mentira entonces invitó a la Verdad a bañarse en el río. Se quitó la ropa, se metió al agua y dijo:

– Venga doña Verdad, que el agua está muy buena.

En aquel momento la Verdad ya sí se fiaba de la Mentira, así que se quitó la ropa y se metió al río. Pero entonces, la Mentira salió del agua y se vistió con la ropa de la Verdad mientras que la Verdad se negó a vestirse con la ropa de la Mentira, prefiriendo salir desnuda y caminar así por la calle. La gente no decía nada al ver a la Mentira vestida con la ropa de la Verdad, pero se horrorizaba al paso de la Verdad desnuda.

Preferir la mentira disfrazada de verdad es una trampa terrible porque a lo que tiende ese mecanismo es al engaño sistemático. Escandalizarnos y horrorizarnos ante la verdad desnuda, nos lleva al desprecio de la verdad.

Es más cómodo engañarnos a nosotros mismos. Instalarnos en la apariencia. No esforzarnos por descubrir las trampas.

La verdad es a veces dolorosa y preferimos ignorarla. Nos protegemos del dolor con mentiras de todo tipo.

Y sin embargo, una mentira por pequeña y piadosa que sea, no deja de ser un obstáculo para la confianza. Si sale a la luz, una mentira puede arrojar dudas sobre cien verdades anteriores haciendo que nos cuestionemos experiencias anteriores que creíamos verdaderas. Y la falta de confianza acaba repercutiendo en falta de rendimiento y de resultados en un entorno laboral.

Creo que la educación consiste en proveer a ls personas de potentes detectores de mentiras. Las más sutiles requieren de un grado mayor de exigencia en el análisis, de un mecanismo más preciso.

Ese detector está construido con una información abundante, con un nivel de exigencia lógico riguroso, con sólida capacidad de análisis y con una atención minuciosa a lo que sucede en la realidad.

Estar sobre aviso es muy importante. No sé quien fue el que dijo: si me engañan una vez no es culpa mía, si me engañan mucha veces, sí lo es. Hay que pasar, como decía Paulo Freire, de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica.

Es bueno también leer. Y saber a quién se lee. Es fácil comprobar en los medios desde qué diferentes perspectivas se puede analizar la realidad. Hay expertos analistas políticos que ayudan a detectar mentiras. Sus análisis son tan lúcidos y exigentes que pueden ayudarnos a descubrir los trucos del prestidigitador.

Ayudaremos a los políticos con la vigilancia y con la exigencia, no con la complacencia y la adulación. Ellos harán bien en ejercitar la autocrítica y en abrirse a la crítica honesta.

Nos ha de repugnar la falsedad de la mentira adornada con los ropajes de la verdad. Y no nos ha de escandalizar la verdad desnuda. Porque la verdad nos hará libres.

.