Aprendices de periodistas

7 Dic

 

Acudí a la ciudad de Burgos para impartir en  la Fundación Cajacírculo una conferencia en el Teaming Day, un proyecto educativo de esta Fundación y de ASIRE Educación. Un proyecto destinado a familias, profesorado y alumnado que desean formar parte de un equipo activo y diferente. Su objetivo es “crear un espacio de conocimiento, reflexión, debate e intercambio de experiencias en torno a las cuestiones más candentes de la educación. ASIRE es una Asociación de profesionales de la educación y  de padres que realiza proyectos de innovación educativa e investigaciones para un desarrollo global. Dicen que su apuesta “es una educación integral que permita a los alumnos crecer de forma adecuada y feliz potenciando cada una de sus cualidades”.

Da gusto encontrarse por la geografía del mundo con personas y grupos que quieren ir un poco más allá de donde habitualmente se llega. Con pocos medios, con mucho trabajo, con gran ilusión. Cada día compruebo que hay muchas personas que empujan el mundo hacia un futuro mejor.

No puedo centrarme en todas las experiencias que viví ese día: café con los docentes de la Facultad de Educación, encuentro con un grupo de futuras maestras de Infantil, contacto con grupos de alumnos y alumnas con alguna discapacidad que participan en proyectos de aprendizaje compartido… Voy a dedicar el artículo a la grabación de un programa de radio que siete esforzados adolescentes llevaron a cabo guiados por dos profesores del Colegio Saldaña.

En una sala de la Fundación Cajacírculo se montó el improvisado estudio de grabación de Radio Big Bang. Cables, micrófonos, auriculares, papeles con guiones para la entrevista y la tensión propia del momento… ¿Cómo saldrá todo?

Pruebas de sonido, revisión de los últimos detalles, leves carraspeos, miradas furtivas, sonrisas nerviosas, preguntas y respuestas de última comprobación… Y, adelante.

Los siete adolescentes de primero de Bachillerato, tres chicas (Ángela, Paula, Patricia) y cuatro chicos (Álvaro, Alejandro, Javier y Daniel),  comienzan la entrevista con una presentación que demuestra que han trabajado a conciencia. Ya quisiera yo que muchos adultos que me han presentado en cursos, seminarios, entrevistas y conferencias se lo hubieran currado como ellos.

Agradecí el tiempo que me dedicaban, les felicité por su actividad, por cómo la habían preparado  y les dije que en su papel de entrevistadores y de periodistas en ciernes tenían la misión de ser buscadores de la verdad. Y que luego tenían la responsabilidad de difundirla. A veces, les dije, contar lo que sucede literalmente puede ser una perfecta mentira. Les conté la historia de un obispo inglés que iba a realizar un viaje pastoral a Manhattan. Sus asesores le dijeron que tuviera cuidado con los periodistas, ya que había un clima muy sensacionalista hacia su viaje. A la tradicional prudencia eclesiástica añadió el obispo un poco más de prudencia. Al llegar al aeropuerto  le llevaron a la sala de autoridades. Empezó la entrevista. A la media hora uno de los periodistas le preguntó por la opinión que le merecía la red de burdeles del sur de Manhattan. El obispo, extremadamente cauto, dijo: Ah, ¿es que hay burdeles en el sur de Manhattan? Al día siguiente compraron la prensa y vieron en la primera página de un periódico una foto en primer plano del obispo, acompañada de este titular: “Primera pregunta del obispo al llegar al aeropuerto: ¿Hay burdeles en el sur de Manhattan?”. Era su primera pregunta. Estaba grabada. Cualquiera lo podía comprobar.

Luego vinieron las preguntas. El contenido de las cuestiones, la secuencia de las mismas, la formulación precisa, la entonación correcta pusieron de manifiesto, de forma indudable,  con cuánta seriedad y dedicación  habían preparado el programa.

Escuchaban con atención, casi con asombro. Allí estaba un señor mayor, al que no conocían, que contestaba a sus preguntas de forma improvisada y sincera. Se creó un clima  intenso y afectuoso.

Me hubiera gustado hablar con ellos y con ellas mucho tiempo, pasar de ser el entrevistado a ser el entrevistador. Me hubiera gustado saber cómo vivían en el Colegio, con qué  ilusiones iban cada día a las aulas. Me hubiera gustado explorar sus opiniones sobre la vida, el estudio, el futuro, las amistades, el ocio…

Esta experiencia no se puede entender sin los dos profesores (Juan y Vicky) que estaban allí con ellos, “perdiendo” la tarde, guiando el proyecto, haciendo realidad las ilusiones, dándoles protagonismo, acompañándoles en su aventura radiofónica, en una comunicación visiblemente cercana y afectuosa. Es decir, auténticamente educativa.

Qué hermosa experiencia Radio Big Bang (no creo equivocarme si digo que el nombre ha sido fruto de la iniciativa de los estudiantes). Qué magnífica forma de enseñar y aprender. De explorar, de hacer preguntas, de hablar, de escuchar,  de enfrentarse a pequeños retos..

¿Y qué quiso saber ese grupo de jóvenes de ese profesor universitario que tenía delante y que, al parecer, según les habían dicho y habían leído, llevaba la mochila de la vida cargada de libros?

Tengo delante el guión que les he pedido para escribir este artículo. Entre paréntesis, después de la presentación, con cierta gracia, escriben: (Probablemente aquí él salude). Pues claro, así fue.

Pues bien, me preguntaron por mi vida de estudiante. Pocas veces se explora en esta faceta de los entrevistados, se suele ir a la parte más visible, más conocida, más relevante. Por eso dicen que van a hacer una pregunta poco ortodoxa. Ellos, que se consideran “expertos en ser alumnos”, después de 13 años de escolaridad (dicen que trece años en cualquier profesión supone una larga experiencia), preguntan: ¿Cómo era el Miguel Ángel alumno, más o menos a nuestra edad?

Se quejan de algo evidente y doloroso. Dicen: “todo nos viene impuesto y pautado (por el gobierno, las administraciones autonómicas, el profesorado…)”. Han dado con una de mis obsesiones. La del protagonismo del que aprende. Y con otra no menos importante: “Todos debemos saber lo mismo, en el mismo momento y de la misma manera”: la  importancia de atender la diversidad.

Me informan de que en este curso han comenzado a trabajar en un programa promovido por el Parlamento Europeo  llamado Escuelas Embajadoras. Su cometido es conocer y difundir el trabajo de las instituciones europeas en nuestro entorno. Me hablan de las medidas contra el abandono escolar y me preguntan por las estrategias que considero necesarias para evitarlo o, al menos, reducirlo.

Luego abordan uno de los temas que me ha ocupado más tiempo y que ha dado origen a 12 de mis 77 libros: la evaluación educativa. Lo expresan con una precisión y una elegancia reseñables: “Nosotros nos sentimos queridos por nuestros profesores pero, al terminar el trimestre, necesariamente tiene que haber una calificación numérica. Ni nosotros somos un número ni nuestros profesores  son metros que nos tienen que medir de forma exacta. ¿Qué tendría que cambiar en la escuela para evitar esa presión de la calificación?

Se interesan luego por los puntos fuertes de nuestro sistema educativo, denunciando al paso una peligrosa tendencia a la autocrítica destructiva. Saben bien que existe una tendencia que nos lleva a pensar que solo se ve el arco iris sobre el tejado del vecino. Y luego me interpelan sobre los retos a los que tendrá que enfrentarse la escuela en el futuro. Como puede comprobar el lector o la lectora, un buen guión para un pequeño grupo de aprendices de periodistas.

Terminan recordando que tengo que impartir  a renglón seguido una conferencia a muchos docentes en la misma sede de la Fundación. Y dicen que ellos necesitan que alguien les diga a sus profesores cómo pueden mejorar su tarea. Me hubiera gustado preguntarles: ¿Qué queréis que les diga? ¡Estoy seguro de que, con sus respuestas, hubiera elaborado un guión para la conferencia mejor que el que yo había preparado!

Discapacidad ética

30 Nov

 

El cielo azul de la celebración del Día Internacional contra la violencia de género en España ha tenido una fea nube negra. Esa nube que solo genera tristeza, rabia y  dolor ha sido la  postura cerril del partido ultraderechista Vox.

Resulta incomprensible que  un  partido (y sus votantes)  estén tan ciegos y se muestren tan insensibles ante realidades tan horrendas. ¿Cómo puede negarse la violencia de género a estas alturas del siglo XXI? Hay que ser estúpidos. Hay que  padecer una profunda discapacidad ética. Luchar contra la violencia de género, no supone dejar de hacerlo contra otros tipos de violencia. Esa miserable reacción que consiste, cuando alguien señala un desastre, en decir que en otro lugar también existe otro problema, es la forma perfecta de no atender ninguno. Porque estoy seguro de que quienes defienden la necesidad de combatir la violencia de género son más sensibles que los militantes de Vox para solucionar también esos otros problemas de  violencia que a ellos tanto dicen preocuparles. La de Vox es una estrategia perversa para ocultar un problema, o para desvirtuarlo y  aminorarlo.

He visto muchas veces ese perverso mecanismo. Por ejemplo, en los que dicen que, habiendo problemas tan grandes en el sexismo, no merece la pena preocuparse por los problemas del lenguaje sexista. Estoy seguro de que quienes se ocupan del sexismo en el lenguaje se preocupan también por las demás causas y efectos del mismo. Quien  desprecia un problema por considerarlo pequeño tampoco se ocupa de los grandes.

Negar que existe la violencia de género es hoy una estupidez. Llevamos en España, a estas alturas del año, 52 cadáveres de mujeres en sobre la mesa de las argumentaciones.  Un dato bruto y brutal. Sin nombres ni apellidos, sin rostros, sin edades. Una  aterradora estadística.  Detrás de cada uno de esos números hay una historia de dolor irreparable, ¿Cómo se ha producido su muerte? A manos de sus parejas. ¿Por qué han muerto? Por el hecho de ser mujeres. ¿Qué diría Vox si  el independentismo catalán o  la izquierda radical  (como llaman a la izquierda, sin tener en cuenta lo radicales que ellos son) hubiera causado una sola de esas muertes?

¿Qué decir de las mujeres que están enterradas en vida, sin valor para la denuncia, para la rebelión, para la liberación? ¿Qué decir de las mujeres violadas, objeto de abusos, de acoso indecente, de bromas soeces…? (No hay manadas de mujeres violando a los varones. ¿Por qué será?). ¿Qué decir de las mujeres discriminadas, ninguneadas, despreciadas, sojuzgadas, minusvaloradas?

Oponerse a las acciones del Día Internacional contra la violencia de género es una perversidad. Es incomprensible que, ante todo este cúmulo de dolor, de discriminación y de  maldad, a Vox lo que le importe sea mirar para otro lado. Si las matan, que las maten, vendrían a decir con un descaro inadmisible. Lo malo es que algún hombre, algún niño o algún anciano también muera por violencia, vendrían a decir.

Un hecho ha resultado paradigmático en ese día singular contra la violencia de género. Lo han protagonizado dos personas. Hablaré de ellas.

Francisco Javier Ortega Smith es un abogado y político hispanoargentino (tiene la doble nacionalidad, su padre es español y su madre argentina). Es secretario general de Vox, portavoz de su partido en el Ayuntamiento  de Madrid y diputado en la última legislatura. Es también presidente ejecutivo de la Fundación Francisco Franco.

Nadia Otmani es una mujer musulmana, migrante, que utiliza silla de ruedas como consecuencia del ataque machista sufrido por una hermana suya y del que resultó herida. La hirieron los disparos de su cuñado cuando trataba de defender a su hermana, que murió.

Pues bien, en un acto institucional celebrado en el Ayuntamiento de Madrid, el pasado 25 de noviembre, pronunció un discurso machista desplegando el ideario miserable que es propio de su partido sobre la violencia de género. Al terminar  su discurso, Nadia Otmani se le acercó  para exigirle respeto a las mujeres. El señor Ortega Smith no se dignó ni a mirarla. Luego ha dicho que  ella “le montó el numerito en una acción orquestada por la izquierda”. Cuando el dedo señala la luna, el necio mira la mano.

He escuchado las palabras vehementes, indignadas, casi desesperadas de esta mujer.  Y he visto la impasibilidad del señor Smith, que ni siquiera se digna mirarla. Se gira un par de veces hacia ella para indicarle que se calle y que preste atención al desarrollo del acto.

Le dice Nadia Otmani  con palabras entrecortadas y vibrantes: “Llevo 20 años luchando contra la violencia de género. Veinte años en una silla de ruedas. Soy inmigrante. Y yo de este país no he cobrado ni un duro. Le pido respeto para todas las muertas y respeto para todas las mujeres víctimas de la violencia. Respeto, por favor”

Ortega Smith y Nadia Otmani. Dos caras de la misma moneda. La moneda de la cruda realidad. La cara (el cara) y la cruz (el dolor). El verdugo y la víctima. El hombre y la mujer. El político y la ciudadana. El nativo y la inmigrante.  La ceguera y la lucidez. La dureza y la sensibilidad. El error y la verdad. El mal y el bien. La noche y el día. La nube negra y el cielo azul.

Las explicaciones que ha dado el señor Smith, a quien no le gusta hablar de violencia de género sino de violencia intrafamiliar, consisten en decir que la derecha cobarde  no se atreve a enfrentarse a la izquierda, que le pasa la mano por el hombro porque no tiene el valor necesario para decir lo que hay que decir sobre esta cuestión.  Todos están equivocados en el mundo menos Vox. El Día Internacional contra la violencia de género es una invención de los partidos de izquierda, al parecer. No, señor Ortega Smith, abra su mente a la razón, abra su corazón al dolor de tantas mujeres.

Hablamos del Día Internacional contra la violencia de género.  Es el mundo entero. Solo Vox está al margen o en contra. Vox es como aquel abuelo que fue a ver desfilar a su nieto al ejército y dijo: Todos marcan mal el paso menos mi nieto.

Me pregunto lo que piensan los varones de Vox sobre lo que les puede suceder a sus hijas si no se lucha contra esta lacra. No es cualquier violencia de lo que hablamos, hablamos de sexismo, hablamos machismo, de androcentrismo. Tienen que leer un poco más, señores y señoras de Vox.  Un mucho más. Porque ya hay mucha teoría sobre estas cuestiones. Tienen que leer los trabajos de mujeres feministas, los textos de Celia Amorós, Amelia Valcárcel, Amparo Tomé, Soledad Murillo, Nuria Varela, Lucía Asué Mbomio, Marta Sanz, Montserrat Boix, Lucía Etxebarría, Mercedes Oliveira…

Me pregunto también lo que piensan las mujeres de Vox de sus hijas. Porque no podemos olvidar que en Vox hay hombres y mujeres. A las mujeres de Vox que no reconocen la violencia de género  quiero les digo que no hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido (la oprimida en este caso) mete en su cabeza los esquemas del opresor.

Libertad de expresión no puede ser sinónimo de libertad de agresión.  Negar la violencia de género, además de torpeza, supone una agresión a las futuras víctimas y una falta de respeto a las que ya lo han sido o lo están siendo. No hay derecho a que, desde las instituciones, se frene esta causa que produce tanto dolor, tantas muertes, tanta discriminación, tanto odio.

Me preocupa sobremanera el auge que ha tenido Vox en España. En Andalucía, mi comunidad, apoya el gobierno de los partidos de derechas. Para aprobar los presupuestos exigió que se modificase la expresión violencia de género por violencia intrafamiliar. La misma trampa. La misma indecencia que han mostrado en este día. Me preocupa  que se extienda esa ideología xenófoba, homófoba, sexista, autoritaria y fascista. Me alarman estos salvapatrias que tienen un tufo franquista que apesta.

 

La peor parte

23 Nov

 

He de confesar, antes de seguir adelante, que estoy sobrecogido. He leído, casi de un tirón, el emocionante libro de Fernando Savater cuyo título he tomado prestado para encabezar estas líneas: La peor parte.

Mi admiración por el filósofo vasco, que ya dura muchos años, se ha visto acrecentada después de leer, conmocionado desde la primera página a la última, estas Memorias de amor (así se subtitula ésta última obra suya, publicada por Ariel). Cuando vi el título en una de las librerías del aeropuerto de Barajas, me extrañó que fuera la segunda edición ya que no tenía noticas de la primera. Pronto pude salir de mi sorpresa o, mejor dicho, acrecentarla. Primera edición: septiembre de 2019. Segunda edición: septiembre de 2019. Acabo de ver la tercera. No me sorprende el éxito.

Conocía la mayor parte de los libros de Fernando Savater y de sus artículos, centrados en cuestiones filosóficas, políticas, educativas, sociales, ecuestres… Conocía también su compromiso político ante los nacionalismos, el terrorismo  de ETA y el devenir político de nuestro país y del mundo. Conocía su vinculación primero a UPyD y luego a Ciudadanos. Pero nada, absolutamente nada, de su vida sentimental.

Conmueve recorrer, de la mano del autor, la vida de la pareja Fernando-Sara durante los 35 años que duró su relación. Y, sobre todo, los nueve meses de calvario que siguieron al diagnóstico de un tumor cerebral recibido por su amada, de forma tan cruel como inesperada, en un Hospital de Pontevedra.

El fatídico diagnóstico que un día puede llegar, tanto propio como de un ser querido, es una cuestión sobre la que he pensado muchas veces. Vas a una consulta médica rutinaria  y, cuando piensas que puedes salir con la sonrisa amplia de que todo está normal, te pueden echar a la espalda, un diagnóstico demoledor. Punto final a la tranquilidad. Punto y seguido hacia la tragedia. En un segundo.  “Reconocí a la alegría por el ruido que hizo al marcharse”, dijo Jacques Prévert (el poeta preferido de Pelo Cohete cuando la conocí), y podría hacer mía esa constatación”, reconoce Savater.

Sara Torres Marrero, por sobrenombre Pelo Cohete (por la forma de peinarse durante algunos años de juventud), una chica canaria, emigrada a Cataluña y a Francia en momentos diferentes y militante durante un año de la Organización ETA, es la amada de Fernando Savater que falleció hace cuatro años dejándole huérfano de amor, aterrado ante la pérdida y destrozado por la definitiva soledad. La muerte es algo excesivo. El libro habla de ella a través de la experiencia, de los sentimientos y de la pluma de Savater. Es un libro  sobre ella y para ella. Reconozco que me he emocionado muchas veces recorriendo sus hermosas e intensas páginas.

Me parece reseñable lo que supone un libro de esta naturaleza en una sociedad entregada por entero al pragmatismo del conocimiento, de la eficacia, del poder, del dinero, de la fama, de las cosas.

En primer lugar, es un hombre quien escribe. Escribe de amor, sin tapujos, sin complejos, poniendo sobre el tapete de la opinión ajena lo más íntimo de su historia. Abre su corazón sin reservas ni remilgos. Y dice que llora todos los días, todos los días, la ausencia de la amada. Y eso que a los hombres de nuestra generación se nos grabó sobre la piel la idea de que los hombres no lloran. Pero Fernando no solo llora, cuenta a todo el mundo que llora. Por ella. Por su pérdida.

“Pienso, quizá para justificarme, dice Savater, que llorar no tiene nada de malo, al contrario: Miguel Strogoff, el correo del zar (y de Julio Verne), salvó su vista gracias al velo de las lágrimas que impidió que le cauterizasen los ojos. Los que lloramos mucho vemos más claro que los demás. Por eso lloramos. El mundo, ya se ha dicho, es un valle de lágrimas, es decir,  un valle que solo se ve tal como es a través de las lágrimas”.

En segundo lugar, es un intelectual quien escribe. Parecería que el intelectual se debe solo a la razón y a la mente. Al mundo de las ideas y los análisis. Pero este es un libro escrito desde y para el corazón. Dice el autor que solo la idea de que estaba escribiendo este libro para ella le dio fuerzas para terminarlo.

En tercer lugar, es un adulto quien escribe. No es el relato de un amor adolescente lo que el lector o lectora se encontrará en las 237 vibrantes páginas del libro. Es la reflexión emocionada de una persona de 72 años que pierde a su amada. Es el relato apasionado de quien ha vivido (ahora perdido) un gran amor.

En cuarto lugar, es un hombre público quien escribe. Las personas públicas no son muy dadas a estas efusiones amorosas. Hablan de otras cosas, se preocupan por otros asuntos, se interesan por otros fenómenos de mayor sustancia. Parecen máquinas de pensar y de hacer, no seres transidos de emociones.

Por otra parte, el libro está muy bien escrito. Como corresponde a quien tanto ha leído y ha publicado. Yo creo que se ha esmerado en el estilo, que ha puesto un especial énfasis en cada frase. No en vano es un regalo para ella. Un regalo preparado con dolor y con mimo, con nostalgia y desesperación.

“Además, para quien de verdad ha amado y ha perdido la persona amada, el amortiguamiento del dolor es la perspectiva más cruel”, dice Fernando.

El libro está aderezado por interesantes citas de autores a los que Savater venera y se sabe de memoria. Como muestra la que añade a la frase que acabo de reproducir: “Como dijo un especialista en la cuestión, Fernando Pavese, “il dolore più atroce è sapere que il dolore passerà”.

En varias ocasiones hace referencia a la fuerza que Sara le transmitía: “Era la fuera exultante que ella me daba -repitamos el dictum de Goethe: ‘Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte’- lo que me permitía desbordar eróticamente en otras direcciones. Al perderla a ella, he perdido también a todas las demás”.

En definitiva, uno de esos libros en los que se produce en tu corazón una compleja tensión mientras estás leyendo, la de querer llegar al final y el temor a que llegue el final y no puedas seguir leyendo.

Me lleva la obra de Savater a la necesidad de educación emocional y sexual de nuestros niños y jóvenes. ¿Qué están aprendiendo sobre el reconocimiento de las emociones propias y ajenas, sobre su expresión sincera y profunda, sobre la recepción de las emociones de los demás, sobre el  amor y la pérdida del amor?

Mientras escribo estas líneas, con el corazón conmovido todavía por la historia de amor Sara-Fernando, estoy sumergido en la lectura de un hermoso libro titulado “Amarte. Pensar el amor en el siglo XXI”. Libro que tuvo cinco ediciones en lengua gallega y que acaba de editar Los Libros de la Catarata. Lo han escrito Chis Oliveira  (querida Chis, cuánto has aprendido después de lo poquito que yo te enseñé) y Amada Traba, dos expertas en educación emocional y sexualidad de la juventud. Me está maravillando la lucidez y la profundidad de sus análisis y propuestas. Las autoras insisten en la necesidad de entender el amor como una construcción patriarcal, como un hecho político y no como una experiencia exclusivamente íntima y personal. Es un libro sobre el aprendizaje del amor. Porque el amor se aprende.

Dicen las auroras: “Podemos construir relaciones de cuidado mutuo, basadas en la generosidad y en el compromiso, y hacernos responsables de la relación”.  Su libro nos muestra el camino.

Dos hermosos libros, éste último en el que se teoriza de forma rigurosa y didáctica sobre el aprendizaje del amor y el primero en el que se muestra de manera apasionante la historia de un gran amor al que la muerte puso unos  dolorosos puntos suspensivos.

 

 

 

 

El reloj robado

16 Nov

 

Las lecciones no están solo en los libros. Lo que tenemos que enseñar y aprender no es solo el cuerpo de conocimientos que ofrece el curriculum. Se pueden (deben) enseñar y aprender muchas otras cosas relacionadas con el saber sentir, con el saber estar y con el saber ser.

Recuerdo ahora el excelente libro de mi añorado Eduardo Galeano “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”. Nunca he sabido a ciencia cierta si el subtítulo hace referencia a la escuela del mundo al revéso a la escuela del mundo al revés.En cualquier caso se trata de un hermoso e impactante libro  con el siguiente programa de estudios (que, en realidad, es el índice temático de la obra): la escuela del mundo al revés, cátedras del miedo, seminario de ética, clases magistrales de impunidad, pedagogía de la soledad y la contraescuela. Viene a decir Galeano que la vida es una escuela con un perverso curriculum que aprendemos de forma subrepticia. A través de los nefastos ejemplos que se encuentran en las estructuras injustas y en los comportamientos corruptos aprendemos el miedo, la injusticia, el dolor, el racismo, el machismo y la impunidad.

Me sorprendió, la primera vez que me asomé a este libro, leer el siguiente relato en la página 155. Se titula Vidas ejemplares. “A finales de los años 80, todos los jóvenes españoles querían ser como él. Las encuestas coincidían: esta estrella del mundo financiero español, rey Midas de la Banca, había eclipsado al Cid Campeador y a Don Quijote y era el modelo de las nuevas generaciones. Acróbata del salto alto en la escala social, había llegado desde un pueblecito de Galicia hasta las cumbres del poder y del éxito. Las lectoras de las revistas del corazón lo elegían por unanimidad: el español más atractivo, el marido ideal. Siempre sonriente, el pelo engominado, parecía recién salido de la tintorería cuando leía balances o bailaba sevillanas o navegaba por el Mediterráneo. Quiero ser Mario Conde, se titulaba la canción de moda.

Diez años después, en 1997, el fiscal pidió cuarenta y cuatro años de cárcel para Mario Conde, lo que no era mucho para quien había cometido el mayor fraude financiero de la historia de España”.

Un día fue Mario Conde, en pleno esplendor, a pronunciar una conferencia en mi Universidad. No asistí. Veía a los jóvenes estudiantes correr apresurados a conseguir un lugar en el paraninfo. Me pareció un acto obsceno. Yo estaba indignado por aquella ceremonia y aquel boato. Por aquella efervescencia juvenil propiciada y bendecida por la autoridad académica. Tuve un fuerte conflicto con un guarda de seguridad que me impedía aparcar en un lugar del campus  para reservar espacio a la comitiva del prócer.  Iba a trabajar en mi despacho y no podía hacerlo porque todo se había dispuesto para la magnificencia y la seguridad del acto “académico”.

Me molestaba que la Universidad se incorporase a ese clamor social. Y me pregunté por los modelos de persona que la sociedad (y, en este caso, la Universidad) les ofrecía a los jóvenes y a las jóvenes estudiantes. ¿Como quién deberían ser? ¿A quién deberían parecerse? Pues muy  claro: tenían que parecerse a Mario Conde.

En la propuesta de modelos, la escuela y la familia desempeñan un papel preponderante. Deberían encontrar en nosotros actuaciones y actitudes que les condujesen a  construir modelos  de ciudadanía.  Y criterios para discernir cuándo hay propuestas ejemplares y cuándo prestidigitación engañosa.

Deberíamos conseguir, en primer lugar, ayudarles a descubrir las trampas de los modelos presentados por la vía de la seducción. Sin análisis, sin mostrar el imprescindible esfuerzo, sin reparar en el cumplimiento o quebrantamiento de los valores, sin pensar en quienes en las mismas circunstancias nunca llegan, sin hacer ver las zancadillas que reciben las mujeres para alcanzar el éxito…Y, en segundo lugar, deberíamos presentar modelos que puedan imitar y que estén basados en  valores.

Me ha llegado a través de la red una de esas historias que sueles considerar verídica por el simple hecho de que te gustaría que lo fuera. En este caso porque encierra ingenio, comprensión y bondad. Una historia en la que una forma de actuar se convierte en un modelo  con tanto gancho que lleva a un niño a imitar el modelo popuesto. Dice así:

Un joven se encuentra con un anciano a quien sin duda recuerda con emoción. Su antiguo maestro. Se dirige a él  y, después de saludarle afectuosamente,  le dice:

– ¿Se acuerda de mí?

El anciano contesta que no. Entonces el joven le dice que fue su alumno hace muchos años. El antiguo profesor le pregunta:

–  ¿Qué estás haciendo?

– Soy maestro, contesta con satisfacción y orgullo.

–  Ah, qué bueno, como yo durante tantos años.

– Sí, me convertí en maestro porque  me inspiró a ser como usted.

El profesor le pregunta cuándo le inspiró a ser maestro. Y el alumno le cuenta la historia.

– Un día, un amigo mío, también estudiante, llegó con un hermoso reloj nuevo, decidí que lo quería para mí y se lo robé. Lo saqué de su bolsillo y lo metí en el mío. Poco después mi amigo comprobó que se lo habían quitado y se quejó a usted, querido maestro. Entonces usted se dirigió a la clase.

– Alguien ha robado el reloj de un compañero. Quien haya sido que se lo devuelva o que me lo de a mí para que yo se lo entregue.

Yo no lo devolví porque no quería hacerlo. Sentía una horrible vergüenza al mostrarme como ladrón delante de usted, de mi amigo y de los compañeros. Todos se miraban con perplejidad. Nadie dijo nada. Luego cerró usted la puerta y nos dijo  a todos que nos pusiéramos de pie y que iría uno por uno para buscar el reloj en los bolsillos, en las mochilas, en los pupitres o donde fuera hasta encontrar el reloj. Pero nos dijo a todos que cerráramos los ojos, que realizaría la búsqueda exigiendo que todos tuviésemos los ojos cerrados. Todos cerramos los ojos y usted fue de bolsillo en bolsillo,  buscando el reloj. Cuando llegó al mío encontró el reloj y lo tomó. Continuó usted buscando  en todos y cuando terminó, dijo:

– Abran los ojos. Ya tenemos el reloj. Ya se lo he devuelto a su dueño.

–  No me dijo usted nada. Nunca mencionó el episodio. Nunca dijo quién había robado el reloj. Y ese día salvó usted mi dignidad para siempre. Evitó la vergüenza que me habría producido ser acusado  de ladrón delante de todos y, sobre todo, delante de mi amigo. Me sentí muy avergonzado ese día. El día en que mi dignidad se salvó gracias a usted. Porque me podían haber etiquetado  todos de ser un ladrón y una mala persona. Me dio una lección moral. Recibí el mensaje. Y entendí que esto es lo que debe hacer un verdadero maestro. ¿Se acuerda de este episodio?

El profesor responde:

– Recuerdo la situación, el reloj robado, la búsqueda, el hallazgo, la devolución… Pero no te recordaba a ti porque también cerré los ojos cuando buscaba.

Enseñar es el arte de ayudar al prójimo a ser mejor. Un arte que tiene estrategias, a veces, sutiles pero siempre llenas de  ingenio, de compasión, de misericordia y de amor. Enseñar es el arte de convertirse en un ejemplo  no tanto por lo que se dice cuanto por lo que se siente, se hace y se es.

 

 

 

La espadita de Sófocles

9 Nov

 

Decía el sábado pasado, en esta misma sección, que  era conveniente  ejercitarse en una actitud positiva ente la vida, ante la historia, ante las personas y ante nosotros mismos y que para ello no hay mejor receta que el sentido del humor.

Hoy es día de reflexión en España. Volvemos a las urnas mañana por haber resultado fallida la última legislatura. Unos por otros, la casa sin barrer. Y ya se acumula mucha suciedad dentro de la casa común. Los políticos tratan de sacudirse las responsabilidades y apuntan a los demás como principales culpables del fracaso.  Ahí está uno de los más importantes problemas de la acción política: el análisis riguroso de las causas.  Más que de forma rigurosa se manejan de forma interesada. Una cosa es describir lo que sucede y otra muy distinta explicar con rigor por qué sucede.

Hay muchas personas malhumoradas por  haber tenido que repetir las elecciones. Hay muchos ciudadanos que despotrican de los políticos y los descalifican de forma persistente, contundente y casi cruel. “Todos son lo mismo”. Lo cual quiere decir que todos son malos. No es cierto. No es sensato. No es justo. Porque ni todos son iguales ni todos son malos. Hace falta más sentido de la realidad.

Hace falta también más sentido del humor, a los políticos y sobre los políticos. ¿Quién pudo detectar ni una brizna de humor en el debate electoral? ¿Quién recoge algunos brotes de humor en el hemiciclo en las sesiones parlamentarias?  Ya sé que ni a  un lugar ni al otro se va a hacer bromas, pero el clima de crispación, de hostilidad y de agresividad no permite que nazca ni un gesto de amabilidad ni una sonrisa. Y las reacciones a los errores o a las equivocaciones son brusca, malhumoradas y humillantes.

Cuenta Jaime de Casabuberta en su libro ¡Despega!, del que hablé el sábado pasado en este mismo espacio,  una  anécdota que tiene lugar en un memorable e intenso debate  político en el seno del Congreso Nacional de Chile (Por cierto, qué horror. ¡Cómo está Chile! Con decenas de muertos). Se discutía acaloradamente una importante ley de la República. Parlamentarios de la izquierda pedían a gritos  la aprobación, mientras que la derecha  proclamaba su abierto rechazo. En cierto momento intervino un distinguido y culto  legislador derechista. Sus elocuentes y lapidarias palabras terminaron por sacar de sus casillas a los apasionados legisladores izquierdistas. Los ánimos se enardecían, el ambiente estaba para cortarlo con cuchillo. En medio de este tenso clima pidió la palabra el señor Mario Palestro. El inconfundible personaje de grandes bigotes, habló apasionadamente, fustigando con dureza la posición de la derecha. Al finalizar su encendido discurso y a modo de elegante y contundente cierre, levantó su brazo (seguramente el izquierdo) y apuntando el índice hacia el lugar donde se encontraba  la bancada de la derecha, con voz mesiánica y en tono profético dijo, “y si no aprueban esta ley, ¡penderá sobre vuestras cabezas la espada de Sófocles!”.

Como es fácil imaginar, se produjo un silencio sepulcral. Luego de un momento, el culto parlamentario de derechas, pidió nuevamente la palabra al presidente de la sala y dijo: señor presidente… Solo quiero aclararle al señor Palestro que la espada no es de Sófocles sino de Damocles.

Después de unos breves instantes, el aludido Palestro tomó el micrófono y dijo: ¡Así que Sófocles  no podía tener su espadita también!

Al terminar el relato, Jaime apostilla con tino: Palestro respondió con humor a la situación.

Podía haberse hundido en la miseria de su error, podría haberse encolerizado con su adversario que le había sometido a una humillación. Podía haberse callado sumiéndose en la vergüenza de su ignorancia o de su despiste. Pero no. Hizo una broma y estoy seguro que fue celebrada por todos los miembros del hemiciclo, tanto adversarios como afines.

En su libro “Humor y política”, Alfred Sauvy habla de una recepción en una embajada en Moscú en la que el propio Khuschev (entonces presidente de la URSS) contó esta anécdota con indudable sentido del humor: Un hombre en plena Plaza Roja comienza a gritar: ¡Khuschev está loco! ¡Khuschev está loco! Al momento llega la policía secreta y es detenido. En el juicio le caen tres meses por insultos al Jefe del Estado… y diez años por revelar un secreto de Estado.

No sé dónde leí esta otra historia de humor negro. Si mal no recuerdo fue en el libro “El sentido del humor”, de Ziv y Diem. Dos políticos ya muy mayores acuden a un cementerio para rendir homenaje a excombatientes fallecidos. Uno de ellos le dice al otro al pie de las tumbas:

– Dada la edad que tienes, ¿crees que te trae cuenta ir a casa?

Tengo delante un libro de Thomas Cathcart y Daniel Klein, dos filósofos estadounidenses, que lleva por título “Aristóteles y un armadillo van a la capital” y como subtítulo: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”.

En una de las viñetas se puede ver a tres políticos preparando un mitin en la sede de la campaña electoral. Uno de ellos se dirige a los otros dos y les dice:

– Es un buen discurso… solo hay un par de puntos  que necesitan un poco más de confusión.

La dedicatoria del libro te hace saborear de antemano todo lo que viene después. Dice así: “A la memoria de ese fabuloso humorista político de otra época, Will  Rogers, que dio en el clavo cuando dijo: No hay ningún secreto en ser humorista cuando tienes a todo el gobierno trabajando para ti”.

El libro consta de seis partes en las que los autores reflexionan de forma ingeniosa sobre las siguientes  formas de provocar confusión: confundir con la ambigüedad, confundir centrándose en lo personal, confundir con falacias informales, confundir mediante la creación de un universo alternativo, confundir mediante retorcidas falacias formales, confundir mediante (nuestras) mentiras…

Describen mentiras piadosas y justificaciones peregrinas. Un ejemplo de cada:

El vicepresidente Al Gore dijo en cierta ocasión que su madre  lo solía dormir  cantando cuando era bebé “Look for the Union Label” , una canción compuesta cuando Al Gore tenía 27 años. Al se puso  a tiro de la acusación de que su madre le seguía cantando nanas más allá de la edad apropiada.

Vean ahora lo que dijo el expresidente Ronald Regan el 4 de marzo de 1987 cuando los periodistas que habían seguido el caso hubieran demostrado que, en realidad, había intercambiado armas por rehenes: “Hace unos meses le dije al pueblo estadounidense que no cambiaría armas por rehenes. Mi corazón y mis mejores intenciones  aun me dicen que eso es verdad, pero los hechos y las pruebas me dicen que no”.  El 13 de noviembre de 1986, había dicho: “Nunca –repito, nunca- intercambiamos armas o cualquier otra cosa por rehenes, ni lo haremos nunca”.

En otra de las interesantes viñetas se ve al jefe de un partido pidiendo a un subalterno: “Este es el meollo de lo que quiero decir. Ahora busque unas estadísticas para probarlo”.

Sonriamos. No descarguemos sobre los políticos toda la rabia y toda la crispación que acumulamos en la vida. Ellos son como nosotros. Personas de carne y hueso. Y, aunque  a veces se nos muestren como prestidigitadores de la verdad, los necesitamos para gestionar lo público. La alternativa es horrible.  ¿Alguien se apunta a una dictadura? Vayamos a votar. Elijamos a los más valiosos, a los más honestos. Y luego exijamos coherencia, justicia y verdad. No nos preguntemos solo qué pueden hacer por nosotros. Preguntémonos qué podemos hacer para que mejoren. Y lo primero que tenemos que hacer, como exige nuestra responsabilidad cívica, es ir a votar.  Con una sonrisa como bandera.