El mejor hogar; la cárcel

18 Ene

Después de buscar por toda la casa el móvil que no para de sonar, lo rescato como un náufrago abatido  bajo una de las pilas de libros que se desperdigan entre el sofá y los sillones.

Por supuesto, la que llama es Pitita:

—¿Te pillo en mal momento?

—Últimamente, lo difícil es que me pilles en uno bueno…

—Ay, chica, pero qué exagerada eres, no es posible que estés peor de lo que sueles estar siempre.

—Un poco peor,  sí, me he roto el brazo izquierdo.

—¿El izquierdo? Pues ya ves tú, eso es nada de nada. Con la derecha se escribe mucho mejor.

—¿Lo dices con intención?

—Jajaja, qué va, figúrate que Cervantes y Valle-Inclán, cuando se accidentaron del brazo izquierdo, escribieron lo mejor de su obra.

—Me sorprendes, Pitita.

— ¿Y por qué? A mí me gustaba mucho la literatura cuando estábamos en el colegio ¿te acuerdas?

—¿Cómo no voy a acordarme, Pitita?

—Pues no lo parece, se diría que a veces te olvidas de tus orígenes…Y te digo una cosa, no es motivo ninguno para avergonzarse ser de buena familia e ir a un colegio de pago. La literatura no es sólo cosa de rojos. Mira, si no, lo que ha citado Juanma en su discurso de investidura a Antonio Machado, García Lorca y Rafael Alberti.

—Ah, por eso me has llamado ¿lo quieres celebrar?

—Pues no te creas, a mí lo de Juanma me preocupa, porque, chica, ha prometido muchas cosas bonitas y a ver cómo las va a cumplir ahora. Como yo lo veo, se está mejor en la oposición. Ahí puedes criticar, cómodamente, lo mal que lo hacen los otros, eso siempre queda bien, pero si gobiernas todos los palos se te vienen encima…Por el momento, tiene el boicot de las mujeres feministas y hasta de los hombres feministas, que se supone que son todos de izquierdas, porque se han inventado ellos llamarse así para conseguir, bueno, lo que quieran. En fin, una tontería muy grande, porque, de corazón, ¿tú de verdad dirías que el coletas es feminista? ¿Y eso de que como es feminista lo hace mejor? Ya me entiendes…

—Pues…

—Si hay hombres feministas, no van por ahí diciéndolo, nena;  eso consiste sólo en portarse bien con las mujeres, no es de izquierdas ni de derechas, y los que lo hacen no se ponen ninguna etiqueta, les sale de natural. Mira, por ejemplo, Iñaki.

—¿Iñaki?

—Iñaki ha elegido ir a la cárcel de mujeres. Así, sin prejuicios ni nada, eso sí que es ser feminista, pero no presume de ello y cómo funcionar, funciona fantástico,  ya ves la pila de hijos que tiene.

—Le va bien allí ¿no?

—Divino. Cristina, al principio, estaba preocupada, imagínate, han sido las peores Navidades de su vida, pero ahora que sabe lo bien que lo tratan, está más tranquila. Oye, que en Nochebuena le pusieron de cenar langostinos, entremeses, cordero y, de postre, turrón y desayunó al día siguiente chocolate con churros. Y yo le dije; Cristina, guapa, si tu marido es capaz de cenar eso y luego a la mañana desayunar chocolate con churros tiene que tener un estómago de acero o estar de muy buen humor.

Claro, claro, Pitita, el problema es que todo eso pone en entredicho la honestidad. Semejante cena y desayuno no se lo pudieron permitir mucha gente honrada en tan señaladas fechas; igual, como mucho, se le quedó el asunto en unos macarrones con tomate y eso da que pensar. Por este camino, el honesto empezará a envidiar la fortuna del delincuente, que tiene un techo caldeado bajo el que cobijarse y una comida fetén y llegará a la conclusión de que su honestidad no sirve sino para pasar necesidades y, en lo mismo, los delincuentes, si están tan a gusto en la cárcel, no quieren salir y cuando lo hacen, sólo piensan en cometer otro delito para volver a ella. Por lo que cuentan, el asesino de Laura Luelmo, antes de que lo pusieran en libertad y cometer el crimen, dijo que no estaba capacitado para llevar una vida normal y que si lo echaban, volvería a cometer un delito para regresar. Y lo hizo.

Hace unos años escribí un relato “El vecino tranquilo”, que se recoge en mi libro “Masculino Singular”, donde se hablaba de un albañil, que después de dos años de paro, enloqueció y mató a su mujer y a su hija, yendo a parar a la cárcel, donde vivió tan buena experiencia que no quería ya salir de allí. Luego comprobé que lo que relaté no era nada exagerado, pues en un cuento de Ignacio Aldecoa, el Chejov español, hallé personajes marginales que en anteriores tiempos de carestía  transgredían la ley por encontrar cobijo y comida en prisión.

No es probable que, según dice el determinismo biológico,  el crimen sea una actividad a la que se entregue por natura canalla la pobre gente, pues si ésta tuviese trabajo, casa , comida y estufa, lo más probable es que observase la ley. En cambio, en cuanto a que los ricos cometan actos delictivos, no se puede explicar sino por un vicio perverso.

La solución, sin embargo, parece sencilla. Si ese dinero que sin necesidad roban potentados y poderosos  se invirtiese en crear empresas para ocupar a los pobres, el delito casi desaparecería de la faz de la tierra.

Cuando el mejor destino para una persona es la cárcel, hay que plantearse que algo se está haciendo mal. Muy mal.

Rosa para el caballero

11 Ene

Hoy he visto a Anodino Borrego en la esquina de su bar habitual, tomándose una caña al sol del recién estrenado enero. Lucía un flamante jersey rosa que le había regalado su mujer por Reyes y le daba un aspecto azucarado, como uno de esos algodones que todavía se venden por feria.

Anodino es uno de esos hombres complacientes que, sin prejuicios, se deja vestir por su esposa sin hacerle ascos a los rosas, que si en la canastilla están reservados para las niñas, al llegar la edad adulta, las señoras gustan de adjudicarle a sus cónyuges en polos, camisas y pulóver con la insignia hidalga del pertinente caballito, pues nótese que el rosa caballero es más usual entre las clases acomodadas y que no falta en los fondos de armario de ningún bonito señorito de los que van al Rocío con carreta VIP o a las casetas privadas de la Feria.

El rosa y el pistacho con los pertinentes pantalones de colores en amalgamas siempre conjuntadísimas son una atrevida fantasía femenina a la que no se niegan los hombres de posibles. Otra cosa son los masculinos de extracción humilde y clase obrera, que le tienen terror a los tonos llamativos:

—Pero, Rocío, por tu madre, ¿tú quieres que vaya por ahí hecho un mamarracho? Ahora mismo vas y me descambias este jersey por otro azul marino.

—Pero si el rosa se lleva mucho…

—Que lo lleve quien lo lleve. A mí no me vistes tú de mariquita.

Si se tiene en cuenta la historia, que nos da por la medida de lo que fuimos lo que somos, comprenderemos que estos mismos que se niegan al rosa, fueron los que en el siglo XVIII jamás se hubiesen colocado una peluca de bucles blancos en la cabeza ni un cuello de chorreras en la camisa. En los aspectos indumentarios, el pueblo demócrata es mucho más conservador que la propia élite conservadora.

Anodino, ajeno a tales desajustes, sin ser exactamente ni rico ni pobre, obedece a su esposa y a la moda, y con su jersey rosa y la caña del mediodía es feliz. Y, como feliz y conforme, no comprende el revuelo que se ha montado en pro y en contra de la lucha contra la violencia de género ni las consecuentes manifestaciones feministas.

Si fuese por él, no habría violencia de género en absoluto ¿violentarse contra las mujeres, para qué? Lo que hay que hacer en todo caso es educarlas en las buenas costumbres, pues ese sexo bello que por naturaleza tiende a la humildad, la sumisión,  la generosidad y las gracias delicadas, si no hubiese sido malmetido con ambiciones impropias, seguiría siendo como siempre, inofensivo.

A él, particularmente, las mujeres no le dan ninguna lata. A su esposa, que trabaja de administrativa -pero a lo que se ve hace horas extra- no la ve casi por casa, su suegra lo considera tan aburrido que por no sacarle chispa ni se mete con él y su hija de doce años, en fin, su tierna hija le dice eres un capullo, pero, claro, hay que entender que esos son los modos de expresión de los jóvenes hoy día.

Quien realmente le trae problemas no son las mujeres de la familia, sino su niño José Antonio, que con poco más de dieciocho, ya es abierto militante de Vox:

—Pero vamos a ver, Joselito, ¿a ti que se te ha perdido en ese partido radical?

—Perdido, perdido, nada. Lo que he hecho es encontrar el espíritu patriótico, que tanta falta hace en este país, porque esta gentuza lo que quiere es destruir España con tanto independentismo y tanto inmigrante invasor, qué vergüenza. Si los dejamos hasta nos quitan las corridas de toros y por ahí sí que no paso; la patria o es con toros o ya no es.

—Vale, Joselín, a mí eso de los toros también me parece muy bonito, pero no es necesario que para defender la fiesta nacional te metas en un partido minoritario. Tanto yo, como tus ancestros, los Borregos legítimos, han ido siempre con la mayoría.

—Soy joven, papá, y tengo que ser rebelde ¿ Es que tú nunca has sido joven?

—¿Yo? ¿Pero de qué estás hablando? Yo siempre he sido Anodino y me ha ido muy bien así. Nuestra casta ha tenido el gran honor de defender siempre el pellejo a cualquier edad por encima de todas las cosas; sin dignidad, sin principios, pero vivos hasta que no haya más remedio. La verdad es que no pareces hijo mío…

—Bueno, eso se lo preguntas a mamá si algún día la pillas en casa, ahora estamos hablando de Vox

—¿Pero tú qué sabes de Vox?

—Lo que dice todo el mundo.

—Ay, menos mal, me estaba preocupando. Ya entiendo que eres un Borrego legítimo. Un Borrego de los pies a la cabeza.

—Gracias, papi, y ya que estamos de confidencias, también tengo que decirte que estoy enamorado y que esa mujer me da fuerzas para seguir en mi lucha.

—¿Pero no eres demasiado joven para enamorarte?

—Ella tiene madurez por los dos. Su edad me compensa de los años que me faltan. Es rubia, es guapa, es Pitit…

—No sigas, chico, no sigas, ¿Pitita Pijigualda? Tú me vas a dar el día…

—Pero si no es feminista, papá…

—Ya, ya, eso seguro, ¿pues sabes lo que te digo? Que cien feministas juntas no son tan peligrosas como Pitita.

—Y eso ¿por qué? Todos los chicos de mi clase son de Vox y están enamorados de Pitita.

—Me superas, Joselín, eres  más Borrego que yo mismo; un Borrego camino al matadero.

—Me gusta tu jersey, papá ¿Tienes por ahí cincuenta euros?

Cuernos de Año Nuevo

4 Ene

Hace unos días recibí por guasap una foto de Anodino Borrego con la leyenda Feliz 2019, no sé si incluso en inglés, Happy new year o así. Estaba él con una copa de champán en gesto de brindis,  un árbol de Navidad a sus espaldas y unos cuernos de reno sobre su cabeza. En fin, las modas globales mandan, aunque a quien escribe le choque esta facilidad con la que hoy día se ponen los cuernos los españoles, con lo mala relación que han tenido con ellos en tiempos no tan remotos. Digamos que han sido los cuernos (o la sombra de su sospecha ), los que han desatado tantos crímenes pasionales, ahora llamados violencia de género y han hecho posible gran parte del excelso teatro barroco. Sin cuernos es difícil entender la obra del gran Calderón de la Barca ni las corridas de toros, pero, aunque parece que soplan vientos favorables para recuperar las tradiciones más castizas del terruño; himno, rojigualda y salve romana, el tema del honor se ve que anda algo difuso, por lo menos, en el imaginero simbólico o estético. Un autorretrato de hombre astado (ay, si esto lo viesen nuestros venerables ancestros), es lo más de lo más ahora que también ellos apuestan por el violeta con mucho más de pose que de fondo.

Con la gran sutileza que requieren tales asuntos delicados le sugiero a Borrego que elimine esos cuernos de la foto, no vaya a dar pasto a las malas lenguas…

–¿Y por qué no me voy a poner  yo los cuernos si todo el mundo se los pone?- replica Anodino con uno de sus argumentos incontestables.

–Claro que sí, Borrego, tú a lo tuyo.

Por mi parte, me temo que con o sin cuernos no soy una entusiasta del Año Nuevo, como de ninguna fecha señalada. Creo que el tema  de los cómputos en años y meses es el intento inútil de atrapar la materia incontable del tiempo en una convención humana, que es por tanto muy dudosa. Los años son artificios burocráticos que sirven para organizar meriendas alegres con tartas en los tiempos despreocupados de la infancia, pero, a partir de cierta edad, sólo producen bajones y melancolía.

Por otra parte, tengo la idea de que están mal diseñados, sobre todo, desde la reforma de Numa Pompilio, ese antipático rey de Roma que los hizo comenzar en invierno, creando para ello el mes de enero, que es para mí un mes aborrecible por lo que trae de frío, sabañones y constipados con muchos mocos. Como todos los que somos de sangre malagueña, odio toda temperatura que baje de los veinte grados, por lo que creo que el año, si ha de ser, tendría que comenzar en primavera, como antes de Numa y sus reformas ¿No era acaso marzo un mes mejor para inaugurar el calendario?

¿Tal vez no necesitamos el ánimo del dios Marte guerrillero para afrontar una nueva temporada antes que la imagen de un Jano bifronte con dos caras, con lo que lleva eso de dual  y, por tanto, de poco fiable?

Enero es el mes de los saldos, de las sobras, en el que se comen los mantecados del fondo de la caja que nadie quiso y se compra la ropa que en ésta u otras temporadas no le gustó a nadie, también es el mes de la cuesta; el de la resaca desolada, después de la ebriedad del consumo navideño. Es el mes en que el ser humano, dolorosamente lúcido de nuevo, saca con mirada cabizbaja la olla exprés del fondo de armario de cocina y se prepara un cocido de legumbres. Eso es, me temo, enero; nada, en fin, como para tirar cohetes.

Al año nuevo no le pido nada, porque antes  creo en los Reyes Magos que en los años, sobre todo si empiezan en enero. Si enero se dejase hablar podría sugerirle en todo caso, que trajese menos humedad y ninguna helada y que me explicase, ya puestos, el resultado de las elecciones en Andalucía, que viene con dos caras como Jano.

Si lo pienso fría y objetivamente, por más que digan lo contrario, a mí me parece que quien ha ganado es la abstención, pero como la abstención no puede gobernar , ahora se monta este confuso guirigay, que, puestos al título del artículo, huele también un poquito a cuernos.

Por la nueva amenaza de la ultraderecha no habría que preocuparse tanto, es un fenómeno que aparece, como el independentismo, en tiempos de crisis como lo demuestra la historia. Si se resuelve la crisis, se esfumará; digamos la económica y la del sector educativo, porque, en fin, no hay mejor caldo de cultivo para los fanatismos que la ignorancia. La culpa de que los alevines no aprendan la historia no la tienen los profesores de historia, que, como sus colegas, son soldados rasos ante el pelotón de fusilamiento. El nuevo gobierno ya anticipa que dará a los profesores categoría de autoridad. Ojalá, porque hay algunos que ya sólo se conformarían con garantizar su integridad física.

Hay también una promesa de la que se habla mucho. Se trata de que el nuevo presidente de la Junta, al ser malagueño, va a descentralizar la cosa y a favorecer con más recursos a estos lares. Va a tener que cumplirla, porque por aquí se han quedado ya con la copla y está claro que, desde ya, se insistirá mucho en el tema.

A este futuro Parlamento le va a tocar ponerse las pilas e hilar muy fino, porque se han forjado muchas expectativas y va a estar vigiladísimo tanto por dentro como por fuera y está claro que, a estas alturas, nadie tiene garantizada la conclusión de la legislatura.

Esperamos por su bien y por el nuestro que se esmeren y nos ganen por los hechos; ésa es la verdadera victoria. Muy pocos van a querer que regrese el general Pavía, que tan chunga tuvo esta plaza.

Anodino Borrego

28 Dic

Hoy he recibido por email un mensaje de Anodino Borrego, deseándome Feliz Navidad y próspero Año Nuevo. No me ha caído por sorpresa ,la verdad, pues todos los años me manda el mismo mensaje; un christma virtual con llamas parpadeantes de cirios encendidos entre espumillones y muérdagos. Que lo haga en esta fecha no tiene segunda intención, no se trata de una inocentada, es que él desde siempre ha elegido este día como rutina para las felicitaciones y las rutinas forman parte de su personalidad previsible y metódica. Sus hábitos son su propia idiosincrasia, su falta de imaginación también. Si hay algo que le desasosiega a Anodino es llamar la atención, destacar, dar la nota, tiene vocación de masa y entre la masa se diluye cómodamente. Viste con ropa inocua de colores neutros y piensa de igual modo como menos pueda significarse. Anodino ha nacido para vivir en una mediocridad confortable desde la calidad de sus propios genes; no es ni muy rubio ni muy moreno, ni muy alto ni muy bajo y disfruta por ello de la capacidad de no ser nunca llamativo; de no despertar grandes admiraciones ni destructivas envidias, que es la manera más factible de sobrevivir. Anodino es un figurante con vocación, un relleno de cojín que se diría suave; que no tiene huesos ni tampoco sangre. Jamás se alborota por una pasión.Todo lo que sean sentimientos encendidos le espanta, pues ama en su ser el equilibrio de la compresa que ni se mueve ni traspasa. Por lo que pueda ocurrir se adhiere a la seguridad de dejarse arrastrar por la corriente. Su sino es integrarse en la mayoría y seguir lo que la mayoría indique. Borrego es un síntoma de estos tiempos, pero también de otros, de todos; de su estirpe está conformada la historia.

Quien logra el poder, al fin, encontrará a Anodino a sus pies y, mientras que ostente el mando, verá en él un incondicional sumiso por trapacerías e injusticias que perpetre. Ahora bien, que el mandarín oportuno no confíe nunca en su simpatía ni su infinita obediencia, pues si en ese juego de guiñol que es la política, una marioneta viene a darle con la cachiporra y lo sustituye en el trono, Borrego será el primer traidor que le dé la espalda y vaya a rendirle tributo al nuevo mandamás usurpador. Lo que le importa a Anodino no es el progreso ni la justicia, sino salvar su culo por encima de todas las cosas y en esta coyuntura, me temo, residen casi todos sus giros ideológicos, porque, en fin, Borrego jamás va a confesar una tendencia política -vayamos a líos- y si se ve entre la espada y la pared dirá que es de centro:

-Pero ¿de centro-izquierda o de centro-derecha?

-De centro-centro- responderá Borrego muy ufano.

Todos sabemos que tal simetría no existe en el ser humano, que hasta nuestros pies, manos y ojos no son los gemelos que parecen, por no hablar de los hemisferios del cerebro. Por decirlo de algún modo, nos inclinamos siempre de un lado irreversiblemente, pero Anodino se reserva el derecho de inclinación para poderle dar a pavo y a nabo y salvar su culo como es su preeminencia. En eso consiste su ideología.

Anodino Borrego tuvo un antepasado, Máximo Borrego, que es su principal referente. Aquel hombre fue fiel republicano mientras duró la Segunda República, pero en cuanto vino el ejército nacional triunfante a ocupar la ciudad, se lanzó a calle Larios para saludarlo con la salve y gritar ¡Viva Franco!. En su casa luego ponía el “Cara al sol”, pero como el aparato recordaba aún el himno de Riego, se rallaba vengativamente en la parte que decía “rojo ayer”(rojo ayeeeer, rojo ayeeeeer).

Pues así es Anodino, igual que sus ancestros, pendulante al sol que más calienta; su mayor gloria es no mojarse y conservar su mediano físico intacto. Si no es héroe, tampoco será nunca mártir para ponerle nombre a una calle.

Su opinión se reduce a sentencias que si no llevan a la honda reflexión, tampoco admiten la controversia: “Cuando las cosas son así, no pueden ser de otra manera”, “Si algo no es igual, será porque es diferente” “Lo que hay es lo que hay hasta que no haya otra cosa”. Con estas y otras máximas célebres de Anodino se podría publicar un libro de aforismos o proponerlo para presidente del Gobierno. No sería la primera vez.

Pero Anodino Borrego no desea tal protagonismo, qué va, para él, ser mandatario es cosa chunga, pues no está dispuesto a cometer errores de los que luego se le inculpe y soportar reproches públicos, revueltas callejeras y demás líos.  Lo suyo, como ya dijimos, es ser súbdito del gerifalte de ocasión, que sustituirá por el que venga luego. Que sea simple, tal vez, no quiere decir en absoluto que sea inocente. Él es cómplice, como muchos de sus congéneres de los gobiernos más nefastos que se hayan dado a nivel mundial; él, como sus antecesores, mirará para otro lado mientras a causa de la injusticia multitud de personas de ley son arrojadas a la hoguera, desaparecidas, torturadas y ejecutadas. Y, sin embargo, por tanto, él y sus hijos y los hijos de sus hijos serán los más longevos sin ser útiles a nadie para que nunca podamos progresar; para que nada cambie, Emilio, para que nada cambie…

Fiestas de invierno

21 Dic

Llega la Navidad. El capitalismo se pone las pilas y se encienden todas esas lucecitas multicolores en nombre de la paz y la solidaridad y demás palabras grandilocuentes, que ya han pasado a ser conceptos vacíos, porque nuestra sociedad, gracias a las manipulaciones subliminales del sistema global, hace tiempo que no es sociedad propiamente, sino un conjunto de individualidades muy mal avenidas, por cierto. Somos, en fin, por ley de ciertas consignas de ese catecismo laico de confitería en tonos pastel, un batiburrillo de egos maltrechos en patética pugna con sus semejantes a cuenta del hueso roído de una triste chuleta.

En el antiguo colega, camarada o compañero -términos todos obsoletos- vemos sólo ya un rival en liza por un puesto de trabajo, no necesariamente digno. Recordemos, ante todo, que trabajo significa un salario con el que mantener -o intentarlo- a toda una familia. Eso que hoy día es un privilegio que toca a una de cada cuatro personas que lo codician y va pareciéndose un poquito a la lotería, el Euromillón o así. Lo que toca en estas circunstancias, las nuestras -recordemos- es odiar pues a dos semejantes, por lo menos, y hacerles bien la pascua en lugar de deseárselas felices con un beso bajo el muérdago.

Si en vez de mirarnos el uno al otro, mirásemos ambos en la misma dirección, descubriríamos al verdadero enemigo común y tal vez juntos lo podríamos combatir. “Es la economía, estúpido”, como dijo aquel y recordemos que, desde tiempos ancestrales, la economía consiste en que la mayoría ahorre para que unos pocos despilfarren, precisamente, los que manejan el tinglado (mira tú por dónde).

Bonito ejemplo de dicha práctica es que ahora el trabajo que corresponde a dos e incluso tres personas sea desempeñado por una sola, que además de cargar con una jornada laboral extenuante, carga con el odio de esas otras personas que se han quedado en el paro “por su culpa” ¿Por qué será que nos seguimos equivocando de culpable aún ahora que la saturación de la novela negra es uno de los muchos opios del pueblo?

“Es la economía, estúpido” ¿acaso no caemos después de tantos siglos a cuestas? Desde aquella pirámide social de la Edad Media de nuestros primeros años escolares, tuvimos que comprender que el pilar de una economía y, en consecuencia, de una sociedad consiste en que muchos vivan mal para que pocos vivan muy bien. Estos muchos sostienen con su precariedad a los gerifaltes y posibilitan, a base del pago de impuestos, la vida muelle de quienes los gobiernan en contra de sus propios intereses.

A cambio, los políticos nos entretienen, de vez en cuando, arrojándonos graciosamente desde su mesa bien provista, una pata de pollo para darle jaleillo a la jauría, que se morderá entre sí para distraerse del hambre, dividida en torno a debates que desgastan la energía y nada solucionan. Pero, en fin, tenemos entrada en la ópera bufa, podemos observar cómo se interpreta ese torpe sainete del Congreso, interpretado por actores mal zurcidos, que se insultan hasta tirarse de los pelos con desprecio absoluto de las reglas clásicas de la oratoria y la retórica y apostar por éste o por aquel como en una pelea de gallos para luego masacrarnos entre nosotros y concluir que el enemigo es el semejante y, en el colmo de la sandez, el inferior, ignorando que no hay peor enemigo que la ignorancia, esa trampa que nos han puesto a huevo. Por culpa de la ignorancia, creemos pensar y opinar cuando sólo repetimos consignas bien publicitadas, que nos despistan de los temas incómodos que tanto nos urge resolver por nuestro bien, o mejor dicho, nuestra salvación.

La economía, ese tipo de economía de la que hablábamos en líneas anteriores, perjudica seriamente a nuestra salud, pues entre los recortes en Sanidad se contempla que las enfermedades son un lujo que no nos podemos permitir la mayoría, a no ser que sean compatibles con el trabajo y parece que ahora todas sean compatibles, hasta un cáncer.

Al calor y la luz del alumbrado de las vísperas nocturnas de Navidad, voy en taxi hacia las urgencias del hospital privado que corresponde a mi obra social con un dolor inequívoco de rotura en mi hombro, que me impide mover el brazo izquierdo y allí, tras serme realizadas las radiografías pertinentes, el médico de guardia concluye en darme la buena noticia de que sólo ha sido una contusión, dicho lo cual, se ausenta de la consulta unos minutos, durante los cuales se persona un enfermero para ponerme el cabestrillo y, por fortuna, echa una ojeada a las radiografías.

-Tiene rotura ¿no se lo han dicho?

Se lo hace observar al médico cuando regresa y éste conviene en que el enfermero tiene razón, pero igual me manda a casa en un taxi. Esto no es nuevo para mí, en el primer día del verano me rompí tres huesos del pie derecho y otro médico de guardia del mismo hospital dictaminó que sólo era un esguince, lo cual desmintieron después dos traumatólogos de otros centros. Inicié entonces sesiones de fisioterapia que no pude concluir al ser reincorporada al trabajo y ahora se explica por eso esta última caída, ya que fue un paso en falso de ese pie debilitado lo que me hizo caer y romperme el hombro.

“Es la economía, estúpido”, ahora lo entendemos. Las hospitalizaciones son caras- incluyen menú diario- las operaciones son caras y es mucho más barato enviar al paciente a su casa y que se cure como pueda hasta que regrese al trabajo lisiado, pero hay que recordar, como nuestros mayores, que lo barato sale caro y el efecto placebo no sirve para los huesos.

La economía es incompatible muchas veces con la solidaridad y la piedad que promueve el espíritu navideño, aunque invite al gasto de la mayoría. Por mi parte, propongo llamar a estas fechas tan poco entrañables “Fiestas de invierno”. Nada más.

Cuando perdimos los cines

14 Dic

Cuando paso por los despojos de los edificios donde yacen el Cine Astoria, el Cine Victoria y el Cine Andalucía, me entran ganas de componerles un inspirado epitafio como hizo Rodrigo Caro en memoria de las ruinas de Itálica ¿qué ha sido de aquellos espacios hermosos donde el séptimo arte era dignificado como espectáculo social? ¿Qué ha sido de aquel primer rito de ocio democrático en el que las clases populares por un módico precio también accedían al derecho de disfrutar de butacas confortables, a veces, forradas de terciopelo, desde donde observar, codo a codo, con los gerifaltes, mundos lejanos, aventuras exóticas, salones de la alta sociedad, sueños, en fin, de otro modo inaccesibles?  ¿qué fue de nuestros cines de Málaga en particular y de España y todo el mundo en general? Esos cines con palcos, techos de frescos alegóricos y hasta lámparas de araña; ese lujo al alcance de cualquiera en las noches de los sábados, que sabía a golosinas y a saliva de besos furtivos en la permisiva oscuridad ¿quién nos ha robado aquella última ilusión, que eran las dos horas de alivio en la semana gris de tantas vidas inocuas y hasta miserables?

El cine como espectáculo y también como protocolo está ya difunto y enterrado en el mundo en general y en Málaga en particular, donde fue divulgado por la iniciativa del inquieto empresario, Emilio Pascual, quien a finales del siglo XIX lo llevó en sus barracones ambulantes (Cine Pascualini) a la plaza de la Merced. Concurrían a aquel rito masivamente todos los estamentos, mezclados en amasijo, desde matrimonios de alcurnia hasta obreros, doncellas, soldados y marineros. Todo aquel gentío que pugnando por ocupar las limitadas localidades destrozaba el mobiliario de la plaza para no perderse la magia de las primeras imágenes en movimiento que componían las películas mudas, amenizadas por la música de un pianista a pie de pantalla y que reivindicó “The Artist” en uno de los filmes más logrados de la reciente cinematografía.

Todavía a finales del siglo XX las salas de cine fueron un ingrediente esencial en nuestras vidas. Entre mis más gratos recuerdos de la infancia está mi primera sesión de cine en el Cine Aliatar de Granada. Por asuntos de trabajo, mi padre fue trasladado a esa ciudad y, con el nuevo piso apenas montado en las fiestas de diciembre, nos fuimos toda la familia a ver “Muchas gracias, Mr. Scrooge”, basada en “Canción de Navidad” de Carlos Dickens. Yo tenía cuatro años, pero aquella película la recuerdo con la nitidez de antesdeayer. El avaro anciano Scrooge era visitado por los fantasmas del pasado, el presente y el futuro y, al comprender, que por su conducta egoísta y codiciosa moriría solo y aborrecido, se volvió bueno y generoso. Me creí aquella bonita transformación de personalidad- aunque hoy día me parezca imposible- y casi me fui contenta a mi nueva casa, si no es porque a mitad de camino nos encontramos con un solitario cuarentón que haciendo eses, tocaba una zambomba. La realidad, después del cine, es muy dolorosa y todavía me pregunto qué tipo de fantasma se le había aparecido a aquel patético transeúnte.

En el Aliatar, ahora discoteca, vi también “El gran dictador”, creo que dos años después, y nunca olvidaré aquella significativa escena en la que Charles Chaplin, caracterizado de Adolf Hitler, bailaba con el globo del Mundo en sus manos. También en ese mismo cine, a los catorce años, me enamoré de John Travolta, viendo Grease, y durante un par de años no quise ser otra cosa que Olivia Newton Jones.

Yo he sido, comprendedme, una de esas generaciones marcadas por el cine y cambiante, según el cine y sus espacios iban viniendo. Si a los catorce todavía estaba con Grease, a los dieciséis cambié el Aliatar por el cine “Don Bosco”, donde me llegó un fuerte impacto por la proyección de una película de Ingmar Bergman, “Gritos y susurros”. En realidad, no me enteré de nada, pero intuía, según lo visto, que la realidad era mucho más compleja de lo que me iba pareciendo hasta el momento. Aquellas sesiones de películas sesudas eran promocionadas por un cura cinéfilo que luego hacía cineforum, aunque la consigna era largarse antes de que empezase a hablar, pues decían que  era un rollo. Ahora me lamento de eso, como de otras cosas, pues tal vez, si me hubiera quedado allí, no habría tardado tanto tiempo en entender a Bergman, pero, a esa edad, nos lleva la corriente, cómo no.

Por fortuna, la corriente en la Universidad de Filosofía y Letras de Granada, donde estudié,  nos llevó a los maratones de cine, donde pululaban Pasolini, Fellini y Bertolucci y aquello formó caudal en mi sangre. Nada es igual después de ver a estos grandes. Nada.

La continuación natural de un estudiante de Letras en Granada era frecuentar el Cine Alhambra. Allí conocí a Woody Allen y, como era lógico, me enamoré de él mucho más que antes de John Travolta. Que un intelectual te hiciese reír era lo más de lo más y sucumbí a su hechizo, literalmente. Un buen humorista, con su pertinente digestión de clásicos y su espíritu crítico e iconoclasta es lo mejor que le puede pasar a un aprendiz ¿cómo no lo íbamos a adorar?

Pero el Alhambra no era sólo un cine para las películas de Allen, sino para todo el cine alternativo y aperturista. En él vi “La jaula de las locas” y “El baile de los vampiros” de Polánski y me pude permitir una visión más amplia de temas hasta el momento censurados. Vi, comprendí y aprendí.

Cuando regresé a Málaga, la ciudad de mi sangre, las salas de cine ya estaban agonizando por tendencia global. El cine Astoria estaba por cerrar y el Cine Victoria y el Cine Andalucía daban sesiones de cine independiente europeo; hermosas películas que no olvidaré nunca como “Un hombre de verdad” sobre el fantasma que es un chico producto de un aborto ¿qué pasaría si los abortados fuesen presencias que deambulan por nuestro mundo real? Tal vez eso nos preguntamos aún los dos espectadores únicos que estábamos en la inmensa sala ya cerrada.

En fin, por unas razones y por otras, el cine nos está siendo vetado, sobre todo, como espectáculo compartido. Los que lo vivimos así hemos publicado una antología de relatos para recoger aquella experiencia; “Siete Salas” (Ed. Azimut); que es un conseguido canto a lo que son las ruinas de un mundo que fue muy hermoso como espacio y experiencia. Toda ruina gloriosa merece un epitafio.

Peluches para adultos

7 Dic

Todo el mundo habla hoy día de lo mismo, de modo que para variar y, en cierto modo, abrir una ventana al aire fresco en un ambiente demasiado caldeado para estas fechas de diciembre, creemos necesario hablar de otra cosa. El tema elegido es, en cuestión, el peluche para adultos; un argumento, a simple vista, frívolo y vacuo que, sin embargo, a la larga, entraña su punto de complejidad y aún más de paradoja ¿pero qué no es paradoja en estos tiempos que vivimos? La extrema izquierda no era concebible como opción de voto hace una década, pero hace relativamente poco llegó a convocar a las urnas, incluso a gente indignada de derechas e igual ha pasado con la extrema derecha, que ha recabado votos también de ex-izquierdistas indignados, entre otros. Será cosa paradójica, donde las haya, si bien tampoco nada que no haya pasado antes. Valle-Inclán pasó del marxismo al carlismo en un giro de humor estrambótico y Azorín, Baroja, Maeztu y Unamuno, en su día, se dieron a su vez la vuelta del calcetín; los indignados son impredecibles, pues la cólera, como pasión violenta, es bastante dada a salir por los cerros de Úbeda, pero no hay que temerla demasiado. Por lo que vamos viendo, el canovismo se las arregla para desmontar los extremos y arbitra la sucesión de ambos dos como en aquella restauración decimonónica; lo hemos visto en Madrid y lo veremos quién sabe si en Andalucía; ¿qué es la vida?, un frenesí, ¿qué es la vida? una ilusión, lo que ayer era gobierno, mañana es oposición. O no. La cosa está igual de clara que cuando las municipales de Málaga. Todavía nos quedan por ver las múltiples combinaciones y jugadas que se aventurarán sobre el tablero de ajedrez. Cada día, el periódico, cada periódico nos traerá un episodio apasionante hasta llegar al desenlace y auguro que, dado el interés de las informaciones, el papel podrá con el digital, que tanto nos desborda la paciencia con sus publicidades intrusivas. Veamos, como en todo, lo que tiene esta confusión transitoria de positiva como campaña de animación a la lectura.

Desde luego que habrá pasotas que se encojan de hombros y digan, ¿a mí qué? Y serán esos mismos que pasaron el domingo al sol, ajenos al relativo bullicio de los colegios electorales. Su apatía, su ataraxia, su indolencia hasta cierto punto parece envidiable, ellos creen que la política nunca afectará a sus vidas, pero nosotros sabemos que sí y por eso sufrimos, pues un partido o una coalición de partidos cuando llegan al gobierno dictan leyes y no siempre nos favorecen, pero, de eso, se entera uno después, cuando ya no tiene remedio.

Recuerdo a un chico con los dieciocho años recién estrenados, que ante unas elecciones se declaró apolítico y me comentó que la política nunca podría cambiar su vida, pues su familia tenía un negocio muy saneado del que sería heredero.

-¿Y qué pasaría si el gobierno electo vuelve a poner la mili obligatoria?

-¿Pero eso puede ocurrir?- preguntó con el gesto demudado y el rostro pálido como hoja de papel.

No ha pasado esto, aunque también podría… y, sin embargo, sí han pasado otras cosas; ha habido recortes en educación y sanidad, reducción de poder adquisitivo para funcionarios, pérdidas de derechos para los trabajadores de cualquier sector, subida de precios de los alquileres de locales a los comerciantes al punto de tener que cerrar negocio, estrangulamiento de los autónomos, exilio de investigadores al extranjero, congelamiento de pensiones, en fin, asuntos que nos afectan directamente a todos, también a aquellos abstencionistas y a los que votaron con total frivolidad a quien les caía más o menos simpático o, en el colmo de la estupidez, les parecía más guapo o menos guapo. Demasiado tarde descubrirán que la política no es un juego y que se decide políticamente, lo mismo con la abstención que con el voto vacío de contenido.

Pero benditas sean las mentes de chorlito, que posibilitan los abusos, mientras la anestesia globalizada hace de niños y adolescentes, seres inconscientes y de los adultos niños. Niños adultos que se consuelan, inmersos en sus móviles, mandando emoticonos a los prójimos, conocidos o no, y se meten en esas tan extendidas tiendas de chorradas para comprarse un peluche bien esponjoso, un bolígrafo con forma de monigote, un cuaderno, cuya portada te dice que eres el mejor y una bolsa de gominolas. Ése será su efecto placebo, después de una jornada de tropecientas horas o de esperar en el paro esa oportunidad que nunca llega. Escribirán en la primera página de ese cuaderno color pastel en cuya portada asegura- normalmente en el inglés del imperio- que van a realizar su sueño o a vivir su aventura para luego estrellarse contra la realidad, porque nuestros sueños y nuestras aventuras dependen mucho de lo que decidan los que nos gobiernan, electos por la abstención o por el voto.

Te queda ignorarlo, claro que sí, irte con tu peluche a casa y, abrazado a él, ver una serie de muchisísimos capítulos que te atrape y te permita no pensar más que en la probabilidad o improbabilidad de un asesino. Te queda aferrarte a las máximas budistas, afrontar las penalidades con una sonrisa, por jodido que estés, y culparte de que si no te va bien es porque no atraes hacia ti la suficiente energía positiva. También te queda sopesar que hay otros que están peor que tú y encima alegrarte por ello. Creerás que eso es algo novedoso, pero se llama conformismo, y si en budismo se llama transcendencia, en catolicismo se llamaba “resignación cristiana”. Se trata de una cualidad que permite a los jodidos no rebelarse por jodidos que estén para que los jodedores sigan jodiendo. Nada nuevo bajo el sol.

Budista y todo, tu hijo va a hacer la Primera Comunión, porque le hace ilusión y tú no sabes negarle nada y porque los budistas todavía no se han inventado una ceremonia en la que los niños reciban regalos y si sí, aquí todavía no se conoce.

Enséñale luego a tus hijos a vivir en la indolora burbuja budista y diles que la política no interesa, que no voten ni decidan. Será un niño perfecto cuando cumpla treinta años con su peluche y su bolsa de gominolas, siempre a tu lado, en el sofá de casa para ver la serie de moda bien juntitos.

Terra levis

29 Nov

Siempre que leo un texto que me conmueve y compruebo que su autora o su autor sigue con vida, hago lo posible y casi lo imposible por conocerlo en persona. No puedo resistirme a la tentación de establecer un contacto con alguien que expresa pensamientos y sentimientos cercanos o idénticos a los míos; procurarme su amistad y tener la ocasión de entablar charlas con las que solazarme y enriquecerme. En muchas ocasiones, he tenido que sobreponerme a mi lacerante timidez para lograrlo y, aún así, no siempre lo he conseguido. Sin embargo, me doy por satisfecha de todas estas tentativas, por esas otras veces en las que sí obtuve respuesta, fuese positiva o negativa. Hay que comprender que el escritor es el alter ego valiente de un tímido que se vale del texto escrito para superar una carencia de habilidades sociales, por lo cual puede resultar hosco ante las presencias físicas y mostrarse a la defensiva con más púas que el erizo. Lo que se interpreta como antipatía, es en la mayoría de los casos, sólo miedo; miedo incluso a decepcionar al admirador, más susceptible de decepción cuanto más ferviente.

Hay que ser muy valiente para afrontar con éxito a quien te contempla más como ideal que como humano. Viéndolo así, se podría considerar que un escritor simpático en su trato con un desconocido es casi un milagro, por eso, cuando esto ocurre, te sientes beneficiado por la fortuna. Y ocurre. Tirando de osadía, yo he encontrado amigos entre los escritores, por lo que doy por muy bien invertido el esfuerzo, que ha sido mucho en mi caso.

Con Carmen Martínez Oroz, sin embargo, la relación se estableció de un modo más distendido desde el principio, porque no la había leído antes de conocerla, o sea, que primero conocí a la persona y luego a la escritora. Esto ayudó, sin duda. El encuentro fue en la cafetería-librería La Qarmita de Granada, donde presentó su primera novela, “Tu amor, mi enfermedad” y debo decir que lo conservo entre mis más gratas experiencias. En su manera de expresarse, delataba un carisma y un halo de humanidad, más allá de todo parangón. En realidad, fue Pablo quien me sugirió ir a conocerla, después de ver anunciada su presentación, y también él quien me animó a que le hablase, cuando acabó el acto. No hay que olvidar que un buen compañero para una escritora tímida- lo que suele ser una redundancia- es su mejor aliado. Valga esto también para Miguel, el compañero de Carmen, quien una vez que nos saludamos, propuso que nos intercambiásemos los libros, las direcciones y los teléfonos.

-Tenéis que apoyaros entre vosotras- dijo.

Fue un modo de expresar en voz alta, lo que nosotras en silencio ya habíamos pactado con un cruce de miradas. Nos habíamos caído bien desde el primer momento.

Al día siguiente, comencé a leer su novela y aquel primer sentimiento de empatía se confirmó y creció hasta llegar a la última página, lo que lamenté muchísimo, porque aquella trama, más que leerse, se vivía como se vive en un hogar confortable y acogedor. Algo que sólo se consigue cuando se escribe con el corazón y desde la más palpable honestidad. En Carmen no hay desdoblamiento entre persona y escritora. Nunca finge y eso lo pude comprobar después de varios encuentros en su casa apacible y apartada en pleno campo de las afueras de Vejer de la Frontera, donde cultivaba su amor a la naturaleza, a la lectura, la escritura y la docencia ¿cómo no íbamos a ser amigas?

Ya entonces planeaba su segunda novela, en la que invirtió la dedicación propia de su natural perfeccionista. Su afán es la calidad, por encima de la cantidad; mide, sopesa, valora, sin que la pasión con la que escribe pueda malograrle la exactitud y pureza en la expresión, que es la característica de una sencillez muy trabajada ¿habrá que decir que ser diáfano sin descuidar el lenguaje es mucho más difícil que ser críptico y oscuro?

Pues ese equilibrio difícil logra “Terra levis”, la segunda obra de Martínez Oroz, que hoy presento en Málaga (Librería Proteo, 19.30h)  con la garantía y el orgullo de ofrecer una obra tan legible y válida para los iniciados como para los eruditos. La trama no carece de intriga, pues presenta un crimen y tiene logrados tintes de novela negra, si bien esto es para mí un pretexto para analizar la complejidad de la sociedad y las relaciones familiares en pleno siglo XXI y también su fragilidad, “Sit tibi terra levis” es un epitafio clásico que se dedica a un difunto, aunque no sólo eso, pues más allá de la literalidad nos advierte de lo resbaladizo que es el terreno que pisamos, tan asomado siempre al abismo.

A San Paulino, una remota aldea del Finis Terrae (adviértase también el topónimo apocalíptico) acuden los prófugos tras el fracaso de sus experiencias vitales para hallar la paz, ignorando que es en esos lugares pequeños y remotos donde más fácilmente se desencadenan las pasiones violentas. El mal puede aflorar en cualquier persona con un arma de fuego a la mano, dice Amparo, maestra rural y uno de los personajes de la novela, que acoge en su casa a Antonia, la protagonista, quien busca un lugar para la reflexión, después de dar por zanjado su matrimonio de más de tres décadas y procurar asumir que su hijo de treinta años, Iván, a causa de su educación sobreprotectora, se precipita a un futuro sin rumbo, alternando su precario trabajo de camarero con una incierta vocación artística que le lleva de participar en “payasos sin fronteras” al teatro de terapia.

Esta novela continúa el episodio protagonizado por las mujeres de “Tu amor, mi enfermedad”, que vivieron el activismo revolucionario en la universidad en plena agonía del dictador y les toca luego asistir al desencanto. Sus ideales se han hecho añicos como sus familias y sus amores de juventud, pero intentan salir del naufragio con cierta dignidad en un paraíso particular, amenazado por la codicia de los constructores y sobresaltado por los disparos de los cazadores furtivos, donde se sobrevive al paro con el tráfico de droga que llega navegando por el estrecho en concurso con las pateras de inmigrantes y se da la difícil convivencia entre autóctonos y hippies. San Paulino es, en fin, un microcosmos que da cabida a todas las lacras de la sociedad actual; un espacio ideal pero no para la paz, sino para la zozobra, que nos servirá para analizar las grietas alarmantes que presenta nuestro actual sistema.

“Terra levis” no es sólo una novela más, es la novela adecuada en el momento justo. Si la leéis, me daréis la razón.

Volver a lo nuestro

23 Nov

Parece que se acabaron las generaciones de las Yésicas y los Yonatanes. Hoy, estando en una zapatería, ha entrado una orgullosa madre con carrito doble de bebés, tripulado por dos esplendidos mellizos de mejillas rosadas y rollitos en las piernas. Son mi Pepe y mi Lola, declara pletórica y, como primeriza entusiasta, no pierde ocasión de cantarnos las excelencias de sus vástagos: Pepito es más rubito y claro de piel, sin embargo, Lolita es muy flamenca, morena y de pelo negro y rizado. Le hago a la niña una mueca y me responde con una sonrisa que no le cabe en la cara. Si digo que es bonita, me quedo corta.

En fin, Lola y Pepe. He abogado durante muchos años porque regresen nuestros nombres de siempre y, al final, mi deseo se ha cumplido, pero hay más. Cuando cruzo la calle Compás de la Victoria, encuentro un bar nuevo que suplanta a la antigua hamburguesería. En su pizarra recomienda a tiza; croquetas de puchero, cazón en adobo y magro con tomate. No hay duda; los niños ahora se llaman Lola y Pepe y el cazón en adobo destierra a la hamburguesa. Saturados de la globalización, hemos vuelto a lo nuestro. Cierran burguers y pizzerías y, en su lugar, abren marisquerías que se petan de clientes autóctonos y extranjeros, ávidos de boquerones en vinagre, conchas finas, cañaillas, búsanos y mejillones, que ya estaba bien de mozzarella fundida y carne picada…mejor así, muchísimo mejor. Nos estábamos hartando de viajar a lugares diferentes, donde todo era lo mismo y de que nuestro país se diluyera en igual homogeneidad. Viva la diferencia en todos los idiomas y vivan los idiomas diferentes, más allá del inglés americano. Hemos vuelto a ver la luz, la luz mediterránea y la hemos preferido a los sótanos eléctricos del centro comercial. Más valen los mercadillos al aire libre que las grandes superficies comerciales. Tal vez nos han abierto los ojos los turistas; esos que vienen aquí a disfrutar de lo que no tienen en su tierra, donde en invierno el sol se pone a las tres de la tarde. Así ha sido. Nos hemos dicho, si ellos gozan de lo nuestro, ¿por qué no lo gozamos nosotros? ¿A qué viene sumergirse en la oscuridad si afuera hay un sol radiante? ¿Para qué comer su comida basura cuando ellos vienen a solazarse con nuestras cosas ricas?

Hemos vivido en el engaño, creyendo por complejo que en sus países gozaban más, pero cuando los vemos venir a recrearse en nuestro medio, empezamos a valorarlo. Igual tendríamos que haber llegado por nosotros mismos a esta conclusión, pero nos falló la autoestima y sólo ahora que los encontramos en hordas invasoras por las calles o planeando jubilaciones en pueblos y ciudades de nuestro entorno, se nos ocurre que si prefieren lo nuestro a lo suyo, es porque tal vez lo nuestro es mejor.

Sin duda, hemos sido algo idiotas, pero nunca es tarde para recapacitar. Si quisimos su oscuridad, ahora nos sobra. Ya no. No queremos ser góticos, mientras ellos brindan en nuestras terrazas al calorcete del mediodía. Si alguna vez nos fascinaron los psicópatas que poblaban sus novelas policiacas, ahora nos epatan. Una revolución se ha creado frente a esas morbosas tramas nórdicas, donde el placer estaba proscrito, donde la voluptuosidad no llegaba más allá que a contar los detalles de una autopsia. Esa reacción ha sido la novela negra mediterránea. En ella la protagonista no es la psicopatía, sino la pasión y tanto los detectives o comisarios como los criminales son pasionales. El matar o investigar los crímenes en estas novelas es secundario, lo importante es su experiencia personal y cotidiana; amar, beber y disfrutar con la comida, como enseñó Pepe Carvalho en las novelas de Vázquez Montalbán, al que le salieron algunas secuelas: el Fabio Montale de Jean Claude Izzo, el Kostas Jaritos de Márkaris y el Salvo Montalbano de Andrea Camilleri. Precisamente, en esta semana, se está celebrando el VI Seminario sobre la obra de Camilleri en nuestra ciudad, patrocinado por la Universidad de Málaga, la Universidad de Cagliari y la embajada de Italia en Madrid y coordinado por Giovanni Caprara, donde se analiza esta novela negra mediterránea, que se sirve de las tramas propias del  género negro para denunciar lacras sociales; la corrupción política, las mafias, el crimen organizado, la inmigración, la prostitución, el tráfico de drogas, etc…O sea, sus autores han utilizado el engranaje de la novela policiaca para hacer novela social y por eso merecen mi admiración. Y no sólo por eso, sino también porque se han rebelado contra los intimidatorios movimientos de globalización. Cada cual de estos detectives o comisarios defiende las costumbres y usos de su tierra; Jaritos es Atenas, Montale, Marsella, Montalbano, Sicilia. Viajar en sus aventuras es interesarse por la idiosincrasia de sus escenarios, tan importantes o más que los casos delictivos que plantean. Ya hay rutas turísticas organizadas por los lugares donde viven y actúan los personajes. Sus lectores quieren dormir donde ellos duermen, comer donde ellos comen, nadar donde ellos nadan y contemplar las puestas de sol que ellos contemplan. Y, entre esos lectores, estoy yo, quien no veo la hora de culminar tales rutas.

Algún día, espero que no muy remoto, me gustaría que esa ruta pudiera hacerse por los lugares reseñados en “La confesión nefanda del asesino improbable”, también presente en el mencionado Seminario, de la mano de Enrique Baena, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura comparada de la Universidad de Málaga.

Mi novela tiene todos los componentes de la novela negra mediterránea, sin embargo el mar está poco presente, pues la Alta Axarquía tiene vistas a la sierra. No, por ello, debe ser olvidada, pues la belleza de su entorno natural merece muchas visitas, igual que su gastronomía. Muchos extranjeros que han decidido vivir allí, después de su jubilación, podrían hablar sobre esto ¿Nos lo vamos a perder nosotros?

Yo también

16 Nov

El silencio. Es difícil discernir por qué hay mujeres que padecen la violencia de género y nunca llegan a denunciar su situación, cómo es que intentan normalizar una convivencia (¿convivencia?) que se basa en la continua agresión y siguen sonriendo a la cámara como si nada hasta que un día, de modo inexplicable, aparecen muertas, para sumar una nueva cifra en la gruesa lista de bajas que se cobra este modo brutal de genocidio. O ni siquiera eso, ya que algunas se quitarán la vida por propia mano, al no poder tolerar más la situación, y su fallecimiento será registrado como suicidio ¿Acaso nos hemos parado a pensar cuántos asesinatos encubren los suicidios? ¿No es tal vez una manera de matar privar a las personas de las ganas de vivir a base de torturas físicas o psíquicas, cuando a ello se aplican todas las maliciosas artes propias de una mente perversa? ¿Y cuántas mentes perversas no hay pululando bajo el envoltorio de ciudadanos, en apariencia, amables e incluso intachables? Muchas más de las que podamos imaginar, si contamos a toda esa gente que, disfrazada con pseudónimos, dedica su tiempo libre a atormentar con su odio a otros en las redes. El lado oscuro del ser humano ha encontrado una herramienta de primer orden para desinhibirse; el permitido anonimato en las redes.

Pero estas mujeres de las que hablamos sí conocen a su agresor, cohabitan con él y tienen la posibilidad de denunciarlo con nombre y apellidos en una comisaría ¿por qué no lo hacen? nos preguntamos a veces, culpándolas de cobardía, sin calibrar cuál es el alcance de su miedo y hasta qué punto está justificado, porque sólo cuando se comparte ese mismo terror se puede llegar a comprender su silencio.

Digo esto, después de dar muchas vueltas al asunto; de haberme pensado una y mil veces si escribiría este artículo y me atrevería a publicarlo. Muchas veces maquillamos de prudencia lo que es sólo miedo por temor añadido a que nuestras declaraciones puedan agravar más nuestra situación y sólo nos decidimos a romper el silencio cuando la sensación de peligro ha desbordado cualquier límite; éste es el caso.

Como muchas otras personas, me he acostumbrado a fingir: a convivir con el pánico en silencio como si se tratase de unas almorranas, a silenciar el sufrimiento como si fuese una lacra y comparecer como persona divertida y jovial. Todos queremos ser fuertes y no figurar como víctimas. Se nos figura que, en ello, está en juego nuestro honor, nuestra dignidad y nuestra imagen pública. Los fuertes son admirados, los débiles, no. Admitir la debilidad es hacerse aún más vulnerable; es la ley que hemos aprendido por educación y por observación del medio y se observa hasta que no se puede más, pero si uno es juicioso, al final, declina y admite que necesita ayuda.

Me resulta muy difícil hacerlo; soy una persona orgullosa y me he atrincherado en una postura de suficiencia, sin embargo, amo la vida por encima de todo y no tengo la menor intención de sacrificarla por una estúpida arrogancia.

Os pido ayuda y no sólo en mi nombre, sino en el de muchas mujeres que padecen mi misma situación; las profesoras. Según sondeos, un 84% de las profesoras andaluzas han sufrido agresiones verbales e incluso físicas, mayormente de alumnos varones, esto también es violencia machista.  La cuestión es que muchas estudiamos un temario completo para las oposiciones, pero no encontramos el tema en el que se explicaba cómo defenderse de un alumno que, de buenas a primeras, se encabrita y te levanta el puño, como posiblemente hacen también a su madre. Perdón, no soy madre, no sé lo que es vivir tal situación, como tampoco sé lo que es convivir con un marido maltratador. Si alguna vez tuve un novio que me levantó la voz, lo eché inmediatamente de casa y lo puse a dormir en las escaleras. Reconozco que nunca he tolerado el machismo ni me he sometido a su yugo, en eso me falta experiencia. Por eso, quizás he frivolizado con el tema, pues no he comprendido cómo se puede soportar la violencia masculina por obligación. Ahora sí, lamentablemente, sí, pues lo he sufrido por motivos laborales. En fin, desde que terminé la carrera, mi deseo más ferviente era encontrar un trabajo para ser independiente y no tener que someterme a la tiranía de un marido, ¿cómo podía yo imaginarme que esa violencia tendría que soportarla de un modo u otro? No es que me haya acobardado fácilmente, eso no, si un alumno me gritó, por musculado que estuviese, lo afronté sin perder la calma, así he mantenido mi dignidad durante muchos años, no obstante, es imposible merecer respeto, cuando contra un alumno que te grita y te insulta ante la presencia incluso de una directiva, se adoptan medidas tibias o ninguna.

Perdón, he soportado esos gritos sin denunciar, pues todo me hacía pensar que no se podía hacer nada. Los menores están protegidos por la ley, aunque te saquen dos cabezas y tengan el tórax de Rambo. He soportado también gritos de compañeros, que sí eran mayores de edad, pero tampoco eso era denunciable. Había que comprender que ése era su tono de voz, que sólo se comportaban de un modo espontáneo. En definitiva, he tolerado mucho más allá de lo tolerable y ahora estoy del todo saturada. Siempre pensé que tenía que callar, porque todavía me podía pasar algo peor, pero lo peor ya me ha pasado. Un alumno me amenazó de muerte hace ya un año, porque sí, porque tuvo un mal día y todo eso. Se observó un protocolo al respecto, pero en ese protocolo, no se contempló que me pidiese disculpas.

He pedido traslado de mi centro definitivo y, como no obtuve plaza, pedí después un desplazamiento provisional, sin resultado. Si no se remedía esta situación, volveré a trabajar en el mismo centro, donde ese alumno dijo que me mataría ¿Son estas las condiciones más favorables para trabajar? ¿De verdad? ¿Acaso me he vuelto timorata?

Pues sí, ahora temo, y no me causa rubor pedir ayuda. De ninguna manera, quiero que, si me pasa algo, como puede ocurrir, se contemple como un caso aislado y que se siga esta sinrazón con más incidentes de lo mismo. Por favor, basta ya.