Canallas y mangurrinos

17 Jul

Se reconoce al humorista porque tiene una cualidad innata que no lo abandona ni en los momentos más trágicos. Muñoz Seca, clara muestra de ello, dijo ante el pelotón de fusilamiento; “Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, podéis quitarme- como vais a hacer- la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar y es el miedo que tengo”.

Enrique Gallud Jardiel, que es heredero natural de este humor muñozsequiano -igual que el del jardeliano por cuestión de sangre- hace también humor de las vicisitudes existenciales en este libro “Canallas y mangurrinos” y lo hace en una variedad admirable de registros y géneros; desde la pieza teatral en un acto (o actito) a la prosa neologista, el ensayo, el relato, el romance y las décimas de Marcial, lo cual es de veras prodigioso, si se tiene en cuenta que el poeta de Bílbilis no podía conocer este metro inventado por Vicente Espinel en el siglo XVI, pero los personajes de este libro, como el epigramista, quien en dichas decimas denuncia la desigualdad del reparto de riqueza a manos de políticos corruptos y banqueros con un tono bastante actual, viajan al futuro con soltura, como el propio Gallud lo hace al pasado para entrevistarlos, que tiene ya mérito, tratándose de Goya, quien, por su consabida tacañería, no le ofrece ni un vaso de agua del grifo, muy necesaria en todo caso porque el pintor está sordo como una tapia y la garganta se reseca al alzar la voz de continuo.

Los aragoneses, presentes en otros libros de Gallud; tercos, francos y espontáneos, ampliarán su nómina con nombres como el de Agustina de Aragón, azote de ejércitos franceses, el Rey Ramiro el Monje, asesino de diseño que hizo con los nobles rebeldes una bonita campana y el baturro de Calanda que nos cuenta con inefable eficacia el contenido de la película “El perro andaluz” de su paisano Buñuel, donde, según dice, salen muy bonicas las pesadillas que tuvo el cineasta por cenar una ensaladilla de pimientos, pero el perro no sale (advierte).

La historia de España, como no podía ser menos, tan llena de mangurrinos, sirve de gran inspiración a este libro, donde destacarán los validos de los Austrias menores; el Duque de Lerma, que se pulió los dineros de la Corona en fraudes inmobiliarios como la corte de Valladolid y el Conde-Duque de Olivares, mangante también, además de prepotente, y tocado con la fortuna de hallar un rey más bobalicón que manipular, “Felipe IV, el Rey Pasmado”, y el infortunio de tener como detractor a Quevedo, de tan gran ingenio como mala leche. A ellos se une Jacobo María del Pilar Fitz-James Stuart, Duque de Alba, que era grandísimo de España tanto por sus tropecientos títulos como por su alergia al trabajo, pues cuando se le propuso trabajar para la II República, sin pensárselo dos veces, tomó las de Villadiego.

Muy diferente fue el caso de Isabel La Católica, tan aficionada a la acción que no tenía tiempo nunca de cambiarse la camisa y por no perderse una aceptó también el proyecto de Colón, más que nada por demostrarle al mundo que montaba más que el plasta de su marido, Fernando.

Para hacer honor de sangre a tamaña bisabuela, su bisnieto, Felipe II le salió tan hiperactivo que no le faltó guerra donde mandar a los ejércitos españoles, que por entonces viajaron más que los chicos de las becas Erasmus.

Otros episodios históricos no menos inquietantes rondan estas páginas como el encuentro de Hitler con Franco en la estación de trenes de Hendaya. El Caudillo llegó con un retraso de siete minutos, puntualísimo para un español e impuntualísimo para un alemán y le pidió al Führer Gibraltar, Argelia, Camerún, petróleo, armas y ochocientas mil toneladas de trigo, pero, sobre todo, dormir la siesta, pues es lo que le pide el cuerpo a todo patriota a las tres de la tarde.

Se agradece conocer el desarrollo de tal entrevista y no menos desvelar el misterio de La sonrisa de la Gioconda y su aspecto un poquito viril, que se explica porque el gran Leonardo tomó como modelo a Piero, un aprendiz de rara boca, a falta de la susodicha quien en lugar de ir al estudio, aprovechaba ese tiempo para citarse con su amante. Su marido, el comerciante de telas que encargó el retrato, no notó la diferencia, pues, aunque celoso, era también muy miope y al resto de la humanidad, en cualquier caso, nos ha entretenido bastante el asunto.

Cosa probada también en otro episodio de esta obra es que Homero existió y llegó a estar presente en la Guerra de Troya como corresponsal, que vio a los héroes griegos y troyanos, pero no vio a Helena, pues habituada a abandonar maridos, ya se había fugado con un africano muy bien puesto, de modo que decidió no contar la verdad, más propia de vodevil que de epopeya y mintió decorosamente, como era su deber de rapsoda.

Mentir decorosa o incluso indecorosamente es lo que le queda a un escritor que pretenda la protección de la oficialidad y los laureles, por ello me temo que éste, como otros libros de Gallud, empeñado en decir verdades dolorosas, va a tener recibimiento hostil, sobre todo por parte de los fanáticos, que a pesar de no leer o precisamente por ello, se enfadan muchísimo.

Los budistas radicales -rara expresión, pero cierta, porque cuando se cabrean, la lían como todo el mundo o peor- no van a querer saber que su ídolo Buda renunció a sus riquezas y salió de su fastuoso palacio a peregrinar no por una revelación iluminadora, sino porque no soportaba a la harpía de su mujer; igual que han hecho otros vulgares seres humanos con la mala fortuna de ser hallados por Paco Lobatón.

Tampoco a Osho, el gurú hindú materialista, o a sus mangurrinos seguidores supervivientes les va a gustar que se descubran sus lucrativos trapicheos a cuenta de los esnobs espirituales.

Otra cosa es que los puritanos, tan de moda en el siglo XXI, monten en cólera por la lascivia descrita en pasajes relativos a féminas muy despendejadas como Friné, Madame du Barry y Lady Godiva.

Y que el colectivo L.G.T.B. se ofenda por digerir mal las parodias que se han hecho a su cuenta y que lo hagan también los adeptos al teólogo Hans Küng, detractores del L.G.T.B. , y por supuesto los asesores de imagen de Karlos Arguiñano, los editores de sus libros de cocina y el propio Falsarius, que va a tachar de plagio el que se recomienden conservas de tomate frito para la cocina rápida. Desde las estrellas michelín, los gastrobares y Masterchef e incluso desde Kant y Víctor Hugo (predecesores de los L.G.T.B ),  así como desde siempre, la comida es más religión que la religión misma. Cuando el hambre aprieta, el hombre es un lobo para el hombre, los mejores amigos se comen los unos a los otros y hasta Saturno devora a su hijo (por cierto, que con L.G.T.B. me refiero a la Liga de Glotones, Tragones y Bulímicos y esto aclaro porque a veces hay confusiones con siglas similares).

En definitiva, no hace falta ser un oráculo para adivinar que este libro será polémico, prohibido y malditísimo y que se retirará de todas las librerías del mundo para venderlo en el mercado negro por un pastón. En dicho probable caso, urge comprarlo ahora para que no nos timen después y también además para tener el privilegio de discutir sobre un libro maldito, después de haberlo leído, lo cual, aunque sea lo más honesto, no es, desde luego, lo más común.

¿Por qué está tan caro el pulpo?

13 Jul

Hace muchos años escribí un artículo sobre el pulpo. Eso marcó en mi vida un antes y después. Hasta aquel momento pensaba que nadie me leía, pues nadie me lo notificaba, así que, creyéndome ilegible, me relajé y me solté en los temas, sin esperar respuesta alguna, pero la hubo, vaya que si la hubo. Contra lo que se crea, uno no comprueba que es leído porque reciba cúmulos de elogios y parabienes, sino porque encuentra, sin preverlo, un montón de gente ofendida con serios propósitos de linchamiento. Eso pasó; el pulpo era una metáfora en mi artículo de un masculino que se dio por aludido de la peor forma y, junto a sus amigos, me la liaron parda. O sea, que descubrí que no eran pocos los que me leían en secreto, si bien no fue la mejor manera de enterarse.

Aquel artículo del pulpo marcó un segundo hito en mi carrera de columnista, el primero fue por un artículo sobre el culo de Antonio Banderas, que gustó mucho a su madre, quien lo celebró en un programa televisivo, lo cual fue una mención, sin duda, bastante honorífica.

A pesar de que aquel pulpo no fue acogido, en cambio, con benevolencia alguna, le tomé cariño al animal, pues más vale recibir respuestas airadas que no recibir ninguna y, a día de hoy, me sigue brindando satisfacciones.

Cada vez que escribo sobre pulpos, me acuerdo del primer pulpo, y se vuelve a liar; es un cefalópodo infalible en la prosa. Así que cuando leo sobre alguno, se me despierta un gran interés. Tal fue el caso del pulpo Paul que predijo las victorias de la Selección Española en la Eurocopa de 2008 y el Mundial de 2010 en Sudáfrica. Dicho cefalópodo que ya tiene página propia en Wikipedia, nació en el Sea Life de Weymouth al sur de Inglaterra, pero fue pronto trasladado a Oberhausen (Alemania) para entrenarlo en el vaticinio para el que resultó tan certero que despertó la admiración mundial, aunque también algunos enconos.

Por su querencia a los colores españoles, el periódico alemán Westfälische Rundschau acusó al pulpo de traición y el entonces presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, y la ministra de Medio Ambiente, Elena Espinosa, propusieron ponerle guardaespaldas para protegerlo de posibles represalias y se pidió su traslado al Zoo Aquarium de Madrid, cosa a la que se opusieron rotundamente en Oberhausen, pues era el animal más visitado del parque.

Contra el manifiesto del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, que denunciaba al cefalópodo de agente de la propiedad occidental y de la superstición, recibió muchas distinciones. Fue nombrado amigo predilecto del pueblo de Carballino en Orense por el alcalde, embajador internacional de la Copa Mundial de fútbol que quería organizar Inglaterra en 2018 y, a su muerte, se le erigió una estatua en el parque alemán, se le dedicó una calle en un pueblo de la Isla de Elba y un lugar en la web oficial de la Unión Europea de Asociaciones de fútbol por haberse ganado un espacio en el mundo del deporte. En la India, además, se puso de moda tener un pulpo como mascota y en China se estrenó un thriller, inspirado en la vida de Paul, que tuvo varias secuelas en el cine.

Teniendo en cuenta que Paul vivió menos de tres años, se puede decir que ningún humano ha podido superar su cuota de gloria. Y es que, cuando un pulpo se pone a ser estrella, deslumbra a todo el firmamento.

Un pulpo derrama mucha tinta, un pulpo toca la fibra como lo toca todo por todas partes, dirige el destino del mundo desde una urna de metacrilato y si dice de meterse en un texto lo llena de luz.

Elisabeth Mulder, escritora en torno a la Generación del 27, tiene cuantiosa prosa y poesía para merecer un bienaventurado lugar en las letras, aunque sólo le bastaría haber compuesto esos inolvidables versos al pulpo para ser objeto de mención: Una noche soñé que un pulpo me quería/ ¡Oh la indecible angustia de aquella aberración/ Nunca he sufrido tanto; cuando amaneció el día/ dijérase que había perdido la razón/.

¿Alguien ha visto a un pulpo acercársele quedo/ asqueroso y lascivo, monstruoso y feroz?/ Por primera vez supe qué es ser presa del miedo/ qué es hundirse en la sima de una demencia atroz/.

En versiones, como ésta, onírica e inquietante, o por el género de la loa, está claro que el pulpo nunca deja indiferente. Si no es porque se cruza en mis líneas un pulpo, habría creído que mi prosa era invisible, si no es porque Paul irrumpe en el fútbol mundial, no se montan tan apasionadas controversias.

Leo que el pulpo se está poniendo más caro que el caviar, que ya no se deja pescar como antes. El pulpo se cotiza, claro está; si puede ser hijo ilustre o embajador y tiene ya estatuas y calles a su nombre, normal es entonces que no se conforme con ser picadillo en pipirrana o cocido con papas a la gallega; ese pobre pulpo, que es el único animal que recibe una paliza después de muerto y al que yo, con todo cariño, dedico este panegírico. Paul, allá donde estés, recibe este homenaje; los que tanto gozamos con tus profecías, aliadas a los triunfos de La Roja, jamás te olvidaremos. Queremos un hijo tuyo.

Volver al papel

6 Jul

Queridos lectores, volved al papel; al pacífico, dócil y vegetal papel, que trae paz y descanso al alma. Volved, por vuestra salud, al periódico en papel y dejad de leer prensa en medios digitales, que, ya a primera hora del día, llenan de alarmas el espíritu y provocan estrés y zozobra, que no es la mejor disposición para empezar una jornada que luego, por fatalidad, acostumbra a complicarse progresivamente.

Pinchas el enlace de una de estas páginas de información y, sobre el temblor de los titulares borrosos, se impone un letrero que te pide que aceptes ciertas condiciones, que por la prisa y la letra pequeña no te apetece leer y dices que sí, que entendido, no sin cierta sensación de haberle empezado a vender el alma al diablo.

Otra cosa son las páginas pedigüeñas que, en uno u otros términos, solicitan contribución económica o suscripción, interponiéndose entre tu mirada y la información de interés, que se vuelve materia difusa .

Hay quien no baja al quiosco a comprar el periódico en papel por ahorrarse el euro, creyendo que va a leer gratis en digital, pero, como dijo aquel, lo barato sale caro.

Si empiezas a dar correos electrónicos, se te llena luego la bandeja de entrada de publicidades de esto y lo otro, y si das, más aún, tu número de cuenta corriente, ya empiezas a sentir el trote de los bandoleros que bajan desde el monte a asaltar tu diligencia. Ya no hace falta exponerse al peligro de los caminos, puedes ser asaltado sin salir de casa y en pijama.

Pero, en fin, pongamos que, a falta de males mayores, lees las noticias diáfanamente, aunque con unos márgenes parpadeantes de anuncios. Los obvias, pero ellos, tomando vida propia se acercan al ratón y, dándose por pinchados, ocupan toda la pantalla y te largan tal vez un spot con voces atronadoras, chistes malos y música horterísima, que en ese estado de laxitud, aún vecino del sueño reciente, te pone el alma en vilo, todavía más a los lectores natos, que somos amigos naturales del silencio.

Tras la estentórea interrupción, prosigues y tal vez te solazas en ese oasis de delicada estética que es una columna lúcida con su prosa rítmica y cuidadosa, pero los mercaderes insisten en poner a tiro toda su batería de tentaciones; hoteles lujosos y viajes a lugares paradisiacos donde el mar tiene ese turquesa cristalino- solo posible por el espejismo de fotoshop- y al panorama ideal añaden esa frase infalible, “te mereces unas vacaciones”.

No quieres verlo, no quieres leerlo, pero la frescura de la mañana es suplantada, al pasar las horas, por los calores feroces del mediodía y te empieza a apetecer tenderte a la sombra de ese virtual cocotero y mandar a freír gárgaras la celda monacal, donde has pasado el año, dándole a la tecla del ordenata, que ya respira incandescente a ritmo de terral.

Hechizado el dedo, sonámbulo, va en busca de las islas imposibles, de las aguas cristalinas y el cocotero. Con la pertinente carga de obnubilación, en nada se repara si el precio inicial ha crecido bastante al hacerlo efectivo, que suele ocurrir, porque antes de la atractiva cifra económica viene un “desde”, de tan pequeñito, apenas perceptible.

Te ofrece el sistema guardar el número de tu tarjeta para próximas operaciones. Empezaste la mañana, leyendo la prensa “gratis”, pero, a estas alturas, has dado tu dirección de correo electrónico, tu clave, tu número de cuenta corriente y el de la tarjeta de crédito.

Antes de que puedas percatarte, por ahorrarte un euro, te has embargado enterito hasta las cejas y, ya iniciado al comprar el primer producto, en cualquier lugar en el que intentes refugiarte por internet te seguirán ofertas de productos similares a la caza de ese momento frágil que te vuelva a hacer débil de voluntad.

Como estoy por no rendirme a la provocación consumista, se ponga como se ponga, incluso con rebajas “agresivas” de un nosémuchos por ciento, prueban a entrarme por el corazoncito, mostrándome solteros que hay en mi ciudad; todos con gesto afable, simpático, dispuestos a compartir mis aficiones y a mantener una relación estable. Si las caras me suenan familiares no es casualidad, pues ahora caigo que estos chicos son los mismos solteros que se me aparecieron en los anuncios hace cinco años. Y la verdad es que no se entiende, con lo monos que son todos, cómo no les ha salido novia aún y siguen todavía solos en la ciudad, porque además se conservan igual de jóvenes y pimpantes que hace un lustro, tan igual que hasta se diría que su foto es la misma de entonces. Debe ser verdad eso que dicen de que las mujeres se han vuelto la mar de exigentes; pobrecitos míos.

Hay cosas muy sencillas que uno no valora cuando las tiene y añora lo indecible cuando, por una impredecible razón, las pierde. Yo, ahora mismo, con esta lesión que me impide salir a la calle, echo mucho de menos ese gesto sencillo de llegarme al quiosco, comprarme un ejemplar de periódico en papel y hojearlo tranquilamente bajo la sombra de una palmera autóctona frente al mar; ese mar de todos los veranos, que no es turquesa transparente en la orilla, pero sí muy azul en el horizonte, donde he fiado todos mis sueños. Azul y azul, los pulsos de mi lengua/-hálito en mar azul-cantando sangran./

Qué indolente placer el de pasar las hojas con lectura pausada sin intrusión de avisos y advertencias, sin anuncios parpadeantes e invasores. Dichosa quietud la del papel vegetal que acoge pacífica la vista. Vosotros que podéis, disfrutadlo.

Isco, líder de La Roja

29 Jun

Le ha tocado a una vivir el Mundial en el banquillo por una lesión de pie y así no sabe si el surrealismo de los encuentros es efecto de esas raras fatalidades que se dan en estos casos o del colocón de los Nolotiles. México gana a Alemania, Senegal a Polonia y Uruguay golea a Rusia (3-0), y aunque no sea lo usual ni mucho menos, una se alegra un poco de que países poco agraciados por la fortuna se lleven alguna alegría por la magia de unas horas sobre el césped.

Como no soy madridista no tengo que hacerme cargo de esa confusión que debe ser lamentar un gol de Ronaldo, cuando tanto se celebran en temporada, porque en virtud de estas lides internacionales resulta que el favorito es contrincante y el aficionado un patriota dividido en sus sentimientos. Hay un Ronaldo fenómeno que hace ganar la Liga y otro que, en el último momento, con los colores de Portugal le mete un tanto a España y le afea el resultado con un empate. Qué se siente en estos casos, digo yo, ¿cómo se asumen estos desdoblamientos de personalidad de jugador y aficionado?

Una que fue muy feliz en los tiempos del Málaga C.F. con Pellegrini no sabe qué sensación tendría si Willy Caballero le parase un gol decisivo a España, pero, en honor a tan gratos momentos, le duele ver al guardameta derribado por tres goles de Croacia, como si le llegaran recuerdos aciagos de aquel 0-5 contra el Celta, de funesta memoria para los blanquiazules.

Menos mal que Isco, también procedente de aquella época dorada de Pellegrini, viene a ponerle una nota de esperanza al torneo. Ese chico que creció con el Málaga en los años de la crecida malagueña es ahora el líder de la Selección Española; una noticia que a los malaguistas nos alivia del reciente bochorno de bajar a segunda y nos devuelve el orgullo lastimado.

Acabo de leer un artículo de Pablo Pombo en su sección “Esplendor en la hierba”, que me ha animado bastante el día. El artículo se titula “Salvar al soldado Isco” y se prodiga en elogios hacia quien ha sido el jugador más valorado de La Roja, después del encuentro del pasado lunes contra Marruecos, que sacó el malagueño adelante no sólo por el primer gol del empate, sino porque, según vimos y dice Pombo, su juego fue un prodigio en la estética que no se veía en La Roja desde los tiempos del mejor Xavi y añade que ni Cristiano, ni Messi ni Neymar han jugado el Mundial como Isco. Cosa bastante cierta, habida cuenta de que, aparte del empate con Marruecos, fue un penalti fallado de Ronaldo lo que logró que España quedase primera de grupo y pudiera jugar contra Rusia el próximo domingo.

Pombo, en estas efusivas líneas, por las que, a partir de ahora, le profeso la mayor simpatía, asegura que Isco es hoy a España lo que Messi es al Barcelona, que es un elogio bastante exacto, pues el argentino es el jugador más grande dentro del equipo azulgrana, pero hasta el reciente martes, que se creció con Nigeria, suele estar completamente desubicado fuera de él, como puede verse en sus actuaciones anteriores con la Selección Argentina. En este caso, sí, claramente, se puede decir que hay dos Messis: el de la Liga, prácticamente imbatible, y el de los Mundiales; hasta el pasado martes,  absorto, perdido y estático como gato de yeso. En definitiva, Messi puede ser, en las circunstancias adecuadas, tan magnífico como Maradona, pero no es Maradona. No es el “Pelusa” del Mundial 86, que llega desde el otro extremo del campo, como una flecha, a la portería, por sí solo casi, después de regatear a seis jugadores. Messi necesita compañía; esa compañía propicia, que no halla en sus colegas de Selección y sí en el Barça. Él no es el mismo sin esta coyuntura, aunque algunos fans incondicionales no se resignen a aceptarlo.

Entre ellos, el joven indio, Dinu Alex, que, a los treinta años se ha suicidado después de la goleada de Croacia a Argentina con un Messi ausente. La elocuente nota que dejó ante lo que consideró una insufrible derrota personal decía así: “Ya no queda nada para mí, me voy. Mi Dios del fútbol me decepcionó”.

Fanatizarse con humanos y convertirlos en ídolos es siempre un asunto trágico. Cuando no dan la talla de divinidad, como es lógico, unos los matan como Chapman a Lennon y otros, como Alex, se dan muerte a sí mismos. Debía de haber esperado el chico para ver la actuación de La Pulga contra Nigeria. Aunque no encuentre su juego el argentino, tiene su orgullo y saca pecho en las malas.

Comprendo lo que es desesperarse, pero también, por experiencia, que en el colmo de la desesperación, se abre una ventana a la esperanza y pasa algo de veras bonito.

El malaguismo no se va al traste por la afición, que es sin duda la más conocida entusiasta, ni tampoco por la cantera que da figuras a los grandes equipos nacionales y buena imagen en el fútbol internacional. Isco es un jugador limpio, elegante y honesto que, sin personalismos, sabe lo que es la modestia y jugar en equipo. Tenemos el orgullo de saber que su oficio pulcro y sus maneras se curtieron en esta ciudad del sur, de la que no pocas veces se destaca el primitivismo merdellón. Y, sin embargo, está claro que en muchas ocasiones se equivocan. Creo que ningún himno más que el nuestro dice; “sin orgullo cuando ganan, cuando pierden sin rencor”, que es el verdadero espíritu de la deportividad.

Cuando voy a los colegios a presentar “NadaDora y Boquerón”, el primer cuento malaguista, me preguntan desde cuándo me gusta el fútbol. La respuesta es fácil; yo conocí el Málaga de Pellegrini y de Isco. Eso no es apostar por un ídolo, sino por toda una filosofía del fútbol; la mejor.

El humor

22 Jun

El humor es un don codiciado, sobre todo, porque sirve para ligar. El gracioso liga más que el guapo. En todo jolgorio que se precie, veremos al guapo petrificado en la barra, cubata en mano, mientras el gracioso se lo curra en la pista con las nenas, haciendo estragos a golpe de ocurrencias de su pico de oro. Obviamente, hay también guapos graciosos, aunque son raros, rarísimos ejemplares. La naturaleza es sabia y, en ocasiones, justa, y no está por concentrar todas las cualidades en una sola criatura, eso diría poco de su equidad y resultaría un auténtico oprobio para el resto.

Lo normal es que el guapo sea soso y el feo simpático. Esto último exige esfuerzo, pero, a la larga, se traduce en recompensa. La chica explosiva se va con él, si no se cree, remitiremos al ejemplo de la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit? Ante la sorpresa de todos, la curvilínea Jessica ama de veras al conejo bocazas, porque, como declara, le hace reír. Eso sí que es una fábula con moraleja.

Hay quien se anima a aprender este don por sus efectos, que es como aprender a ser guapo; imposible. Ni el humor ni la belleza se intentan; se tienen o no se tienen. En tal coyuntura, al guapo no le conviene contar chistes, pues perderá la dignidad y el atractivo y si es juicioso, se quedará pétreo en la barra observatoria para, con boca cerrada, parecer interesante.

No hay que envidiar al gracioso, sin embargo, pues la gracia en el carácter es una desgracia. Quien tiene una cara bonita la tiene siempre las 24 horas del día, pero es imposible ser gracioso las 24 horas de todos los días de la vida, sin caer en horas bajas.

Por eso se le recomienda al gracioso que no se vaya con la mujer que ame, si es que ésta lo ama por su humor, ya que, sin duda, va a decepcionarla o a morir de estrés si quiere siempre dar la talla. En su intimidad, el gracioso, el humorista, suele ser tristón y melancólico. Eso casi nunca falla.

El humor, por lo general, es un arma que da la naturaleza al pesimista para sobrellevar los bajones, por eso no es nada raro que aparezca muerto un humorista de cualquier forma en la precaria soledad de su domicilio. Juan José Relosillas, un humorista malagueño, que tuvo gran éxito en el XIX a nivel local, pues no salió de Málaga, ha sido el más certero, creo yo, al escribir sobre la amargura del gracioso.

Sus textos son los más leídos, pero los menos valorados, pues se supone que un texto con lenguaje diáfano es de menor mérito y que el farragoso es poseedor de mayor enjundia, aunque no haya por dónde cogerlo. Sin embargo, suele ocurrir que la sencillez es sólo una complejidad bien trabajada y que, se diga lo que se diga, el talento literario reside en llegar a todos; los doctos y los indoctos. Echarle la culpa al público por no ser sensible a lo escrito es admitir públicamente una incapacidad. Todo el mundo entiende a García Márquez, por ejemplo.

Otra cosa es también, según dice Relosillas, que a lo trágico o lo melancólico se le atribuya un mayor valor que a lo cómico, cuando requiere un mucho menor ingenio. Ser cenizo es mucho más fácil que ser divertido, porque la vida está más por dar sinsabores que alegrías y el que es, por oficio, humorista, ha de vérselas muy negras cuando tiene que sacar chispa a las cosas en esos momentos luctuosos de los que nadie se libra; ya sea por crisis personales o enfermedad.

Con anginas, con fiebre, con almorranas, el humorista ha de ser chispeante, un sobreesfuerzo que le valdrá la indiferencia a sus males. Quien hace reír a los demás, se supone que es ajeno al dolor, que siempre está pletórico y saludable. No produce la más mínima compasión, que es la clave de la simpatía al prójimo. Quien no da pena, da rabia.

En definitiva, al gracioso le va mal, igual si hace mal su trabajo que si lo hace bien. La capacidad para el humor es la mejor forma de crearse enemigos, declaraba Relosillas, y él era un entendido en el tema. Cuando la parodia por fina y atinada da en el blanco, los parodiados se ofenden más que si hubieran recibido un grueso insulto y los demás, aunque se rían, empiezan a odiar al parodiador en el temor de ser objeto de la próxima sátira.

Un autor satírico parodia tipos, o sea, caracteres que se repiten en el género humano, por lo cual multiplica las posibilidades de ofender a mucha gente, pues ninguno queremos admitir que somos parte de un genérico, que lo que somos ya lo fue alguien antes y lo será también alguien después.

La revista Litoral ha sacado un número sobre el humor, tan presente en nuestra literatura. El humor acompaña nuestras letras actuales, aunque nunca ha dejado de hacerlo. El secreto de todo ello es que este país siempre ha estado muy jodido y que los jodidos o se suicidan o escriben sátiras. O sea, que si hoy día eclosiona el humor, anótese el porqué.

Por lo demás, si descartamos el humor en España, nos quedamos sin clásicos, desde El Libro de Buen Amor, La Celestina, El Lazarillo, y El Quijote, la poesía de Góngora y Quevedo hasta Delibes y Camilo José Cela, toda nuestra tradición está llena de humor, aunque sólo se declaren meramente humoristas unos pocos como Jardiel Poncela.

El humor no es un eco de la alegría, sino un antídoto del sufrimiento, así que nuestra tradición no corre peligro de ser interrumpida. Larga vida al humor.

Artista y animal

15 Jun

Cierto es que Picasso no hubiera sido posible sin la escuela de pintura malagueña. Aprendió de su padre, por ejemplo, la querencia a las palomas y de Carbonero la simpatía al mono.

Es de imaginar que Pablo debió ser muy niño cuando vio la mona que el pintor perchelero había traído de su viaje a Marruecos con el maestro Ferrándiz. Más niño aún que cuando aquel terremoto el día de Navidad de 1884 le causó la soñada conmoción por la que pintaría el Guernica. Tan niño era que tal vez ni siquiera hubiese nacido, pero ya la recordase, tales trampas misteriosas tiene la memoria.

La mona de Pepito Carbonero era muy asustadiza y solía esconderse en cuanto escuchaba un ruido intempestivo, como los petardos que prendían los niños en fin de año. Por eso, fue su terror descomunal cuando, en plena plaza de la Merced, bajo el estudio que ella habitaba, proclamó el cantón republicano el segundo batallón de cazadores de Torrijos con gran alarde de sables y de pólvora. El pobre animal amedrentado fue hallado después del estrepitoso acontecimiento, oculto tras una pila de lienzos, tapadas las orejas con sus manos.

Que ningún mono es igual a otro en el carácter, lo demuestra el valor del mono de Fortuny, que fue el primer pintor en ir al África para ilustrar la guerra y también en traerse de allí un simio por el que hacerse acompañar en su taller. El animal revoltoso y de tendencias pirómanas, se divertía quemando con fósforos las acuarelas con tal entusiasmo que un día se prendió fuego a sí mismo en el estudio romano de via Flaminia, como si fuera un exaltado Nerón.

Desde la campaña de Marruecos, los monos proliferaron en Málaga hasta dar nombre a la plaza de la Victoria y, de entre ellos, se hizo célebre el mono Perico, que, al quedarse viudo de su pareja de hecho, Pilita, se consolaba en la jaula sin pudor ante las tiernas miradas infantiles, que le arrojaban cacahuetes, para que así no le faltasen energías en aquellos enérgicos juegos malabares, de los que se sentían tan maravillados.

Por aquella tradición malagueña de los monos, Picasso se procuró algunos en sus domicilios itinerantes; un macaco africano lo acompañaba en Bateau-Lavoir y otro de su misma especie en Cannes. Pero no eran los únicos animales que le hacían compañía, pues como afirmaban sus amigos, cada taller suyo era como el arca completa de Noé; perros, gatos, palomas, peces, loros, lechuzas y cabras, que le servían de modelos, inspiración y solaz y le daban confianza. Diría una de sus compañeras, Françoise Gilot, que “los bichos estaban exentos de las sospechas con que miraba a sus amigos”.

Los animales para Picasso eran también simbología, como se aprende en esta magnífica exposición de la Fundación Picasso, comisariada por el experto picassiano, Rafael Inglada.

El bogavante que, en el surrealismo de Dalí, era un objeto sexual por comestible, muy del agrado del pintor costeño en Portlligat, para Picasso representa la amenaza, en cuyo contrapunto está el pez sosegado como homenaje al mediterráneo natal y los días azules de la infancia.

El caballo muy presente en tiempos de historia inquieta es la guerra y el toro, la fuerza, la cabezonería, la potencia masculina, asociada a la corrida, y al propio Picasso, quien, con estatura mitológica, fue bautizado como Minotauro y que tal vez sugestionó a Isabel Allende para que creara ese personaje tan viril de el malagueño en Inés del alma mía.

De la lechuza tiene, como Minerva, los ojos inmensos y penetrantes que trabajan de noche con luz propia. Y del perro, en fin, no tiene nada. Para Picasso, el perro es el carácter distinto y complementario; el testigo leal y sumiso que necesita en sus periodos de creación. Tuvo muchos, muchísimos, hasta sus últimos días.

Decía un amigo que el carácter de las personas podría definirse según sea su preferencia por los perros o por los gatos. Por lo general, los escritores se decantan por los gatos, misteriosos y altivos, elegantes y escépticos, amantes del silencio y de la noche; benefactor espacio para la creatividad literaria.

Hay una chispa de empatía que salta entre esas criaturas de natural huraño e independiente, el escritor y el gato, y llega a ser vínculo perfecto de dos soledades que se acompañan. Antipáticos oficiales como Bukowski, Edgar Allan Poe o Jean Paul Sartre cedieron a sus encantos y, a partir de ahí, la nómina es infinita; Emily Brönte, Baudelaire, Herman Hesse, Truman Capote, Ernest Hemingway, Julio Cortázar, María Zambrano, Pablo Neruda o Jorge Luis Borges, que le dedicaron prosas y poemas admirables; No son más silenciosos los espejos/ ni más furtiva el alba aventurera/ eres, bajo la luna, esa pantera/ que nos es dado divisar de lejos/. Por obra indescifrable de un decreto/ divino, te buscamos vagamente/ más remoto que el Ganges y el poniente/ tuya es la soledad, tuyo el secreto/.

A menudo es el gato el que busca al escritor y no viceversa. Contaba la poeta Rosa Romojaro, que había aparecido una gatita preciosa en su jardín con intención de quedarse. Es seguro que no fue casualidad, la felina fue llamada por su instinto al hogar adecuado, entre los versos. Ha elegido la mejor compañera.

Pero no es cuestión de simplificar, a veces el mejor amigo de una poeta es alado. Mertxe Manso me hablaba de pájaros libres que vuelan por su casa y de un loro, que, de aeropuerto en aeropuerto, lleva en sus viajes por el mundo. Poeta pirata fue también George Brassens con su loro en el hombro, y con sus gatos…

Robar con elegancia

8 Jun

Como, por motivos de salud, tengo el móvil apagado, Pitita se persona en mi casa, tocando al timbre.

–Abre, neni, que te tengo que contar una cosa.

Abro y entra ella triunfante en el salón con paso regio de conquistadora.

–Siéntate, Pitita- le digo casi hospitalaria.

Pitita duda al buscar un hueco, pues encuentra los sillones y el sofá ocupados de libros y periódicos.

–¿Te pillo en mal momento?

–Bueno…¿quieres tomar algo?

–Te diría que sí, chica, estoy seca, pero para qué, estoy segura de que tienes vacía la nevera como siempre. Mira, mejor nos vamos a Gibralfaro, nos pedimos lo que sea y allí te cuento…

–¿Vamos al parador?

–No, guapi, te voy a descubrir un chiringuito muy cuqui, que han puesto ahora allí.

Llegamos al tingladito que, de veras, es bonito y ofrece, desde lo alto, bellas vistas de la ciudad.

–Ay, suspira Pitita al contemplar el panorama, es la primera vez que estoy de acuerdo con un comunista. La verdad es que nuestro paisaje merece ser Patrimonio de la Humanidad.

–Entonces también estarás de acuerdo en que no se edifique el rascacielos en el puerto.

Pitita, fingiendo no haberme escuchado, cambia de tema:

–¿Nos pedimos dos benjamines de cava? Creo yo que, a cómo está la cosa, ya da igual lo de hacerle el boicot a los productos catalanes.

–¿Vamos a celebrar algo?

–Pues mira, sí, que he conseguido que salgas de casa, porque últimamente parece que lleves el pijama clavado al cuerpo con chinchetas.

–Es que…Anda, cuenta, cuéntame, que aquí no hemos venido para hablar de mí.

–Venga, te cuento, estoy apuradísima.

–¿Y?

–Pues resulta que ayer me pilló el terral al mediodía en plena calle y me metí en “El Corte Francés” a aliviarme con el aire acondicionado. Una vez allí, en la sección de perfumería, como ya sabes que me pasa lo que me pasa, me metí en el bolso unos frasquitos de perfume y otras chucherías. Poca cosa.¿ Cómo me iba a imaginar yo que se iba a disparar la alarma? Oyes, que toda la gente me miraba y de muy mala manera, así que grité:

–Será que no habéis visto robar a nadie a estas alturas.

Llegó la jefa de planta y me llevó al despacho del director delante de todo el mundo, como si fuese una delincuente. Qué bochorno, chica. Claro que allí estaba Juanluichi, que lo conozco de toda la vida, y no me trató de malas maneras. Faltaría más.

–Pero Juanluichi- le dije yo- ¿a qué viene esto? Tú eres como un hijo para mí y siempre, sin decir nada, me has dejado robar un poquito…

–Lo sé, lo sé, sólo lo haces como una travesura- respondió Juanli- pero es que ahora está la gente muy susceptible con eso de los robos.

–Okey. Te lo podría pagar, dinero no me falta, pero prefiero devolvértelo, Así no tiene gracia.

Y es eso, que a mí lo que me gusta de robar es la sensación, el cosquilleo, la cosa de lo prohibido, tú sabes, le pasa a muchas señoras elegantes.

–Ya, como a Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”.

–O, como a Tippi Hedren en “Marnie la Ladrona”, que era rubia como yo. Una cosa es robar por necesidad y otra muy diferente es robar por elegancia, no me digas…

–Ay, Pitita.

–Estoy pensando en irme una temporadita a Sanxenxo, ahora que vienen los calores, ¿sabes? Hoy he llamado a Mariano y estaba muy triste.

–Ya.

–Y yo le dije, a ver Marianete, no te pongas así. Ahora que te has ido, dicen de ti maravillas en el Congreso. Hasta Pablito Iglesias.

–Sí, claro, como le dicen a los muertos en los epitafios.

–Pero ¿qué dices, guapín? Si estás en lo mejor de la vida. Ahora vas a ser expresidente, ¿tú has visto que alguien viva mejor en España que los expresidentes?

–Aznar quiere volver a la política.

–Bueno, debe aburrirse mucho en Valladolid.

–A ti lo que te pasa es que te gusta más Pedro Sánchez, porque es más guapo que yo.

Eso dijo y luego se puso otra vez a llorar, pobrecito.

Pitita prende nerviosa un cigarrillo.

–¿Estás nerviosa, Pitita?

–¿Yo? ¿Por qué? Te voy a decir una cosa; la historia no tiene imaginación, siempre pasa más o menos lo mismo.

Luego se queda un momento mirando el paisaje y añade:

–Yo, igual que otras personas, somos como Gibralfaro, pase lo que pase y venga quien venga, siempre estaremos en lo alto.

 

El machisto

1 Jun

Si hay algo peor que un machista, de lo que no se duda hoy día, ése es el machisto.

El machisto abomina de la palabra machista, porque termina en a y se le puede aplicar tanto a hombres como a mujeres.

–Hay que reivindicar un palabro, que sea exclusivo para el hombre y debe terminar en o. Si no, esto va a ser el chichi de la Bernarda- proclama el machisto.

Pues el reporterismo es un oficio intrépido, nos hemos dirigido a casa del machisto para hacerle una entrevista, acompañándonos de una pinza que nos ponemos en la nariz, ya que la morada huele a calcetines sudados, restos de latas de conservas, sobaquina y sábanas sin ventilar, que es el olor, dice, que conviene a toda casa de macho machisto.

Tarda el hombre en comparecer en el salón, pues considera que no está lo suficientemente desaliñado, así que se toma un tiempo para desasearse y apercodirse, hasta que, por fin, aparece triunfal, con la cabellera revuelta y grasienta y sin camiseta a objeto de que veamos que es un hombre de pelo en pecho.

–El hombre y el oso, cuanto más feo, más hermoso- dice- y toma asiento en un sillón sobre un fardo de ejemplares del As y el Marca, mientras se afila los dientes con una lima.

–¿Qué quiere usted?

–Vengo a hacerle una entrevista.

–De eso nada, en todo caso quiero que me hagan un entrevisto y que me lo haga un periodisto. Usted es mujer y no pinta nada en esto. Como yo siempre digo, la mujer y la sardina a la cocina.

–¿Es usted sexista?

–Soy sexisto, pero la lengua no me deja. La lengua, por ser de género femenino, es discriminatoria porque termina casi todas las palabras en a. Es un trauma que tengo desde la infancia y con la edad no mejora, porque todas las edades terminan su nombre en a o llevan el artículo la; la adolescencia, la juventud, la madurez, la vejez…

–Me hago cargo. Eso es para usted un drama, una tragedia…

–Ay, no siga, no, que no me llega la camisa al cuerpo.

–Pero si usted no lleva camisa…

–Ni camisa, ni camiseta, ni pijama, ni nada que termine en a. Así somos los hombres de principios.

–Tampoco lleva colonia -observo, ajustándome más la pinza en la nariz – ¿pero no cree que la femineidad de la lengua es un accidente histórico? Piense que muchas palabras que terminan en a proceden de la lengua griega.

–Ya lo creo- dice consternado- es una vergüenza que Grecia sea la cuna de la civilización occidental, por lo qué sé, aquellos griegos clásicos no eran muy hombres; Sócrates, Platón, etc…

El origen de este pueblo, además, viene todo con a. Sus epopeyas, que se llaman “Ilíada” y “Odisea”, dan mal ejemplo a las generaciones. Figúrese que todas aquellas tropelías que narran, se deben a que un calzonazos, Menelao, dejó que le pusiera los cuernos su esposa Helena. No hay ni un héroe griego, que no estuviese dominado por una mujer. Aquiles por Briseida, Agamenón por Clitemnestra que lo mató al regresar de la guerra y Ulises por todas las pelandruscas que lo sedujeron sin dejarle llegar a Ítaca, que ésa es otra, todo lo hacía para volver con su esposa, Penélope.

–Tal vez debería fundar un partido político para difundir sus ideas.

–¿La política? Está mal como sustantivo y peor como adjetivo, pues ¿hay algo peor que tener una madre política o una hermana política? Suegras y cuñadas ¿no es eso la mayor desgracia que pueda depararte la vida? Ya lo dice el dicho, “Suegra, piso y aparcar; difícil de solucionar”.

–Recurre usted mucho a las sentencias.

–Llámelo aforismos, por favor, no me dé el día y, perdone, por lo de día, pero es que el sinónimo es jornada, también en a.

¿Me decía? Ah, sí, ¿La política? No, no me interesa, en la política hay muchas as. Eres de izquierdas o de derechas y todos los tipos de gobierno son en plan a; República, Democracia, Dictadura, Monarquía, Anarquía…

–Tendrá que estudiar el tema.

–Diga asunto, por favor, ¿qué le hecho yo?.

–De acuerdo, pongamos que tiene que estudiar el asunto.

–No, tampoco he podido estudiar. Las ciencias y las letras tienen nombres femeninos; Medicina, Arquitectura, Ingeniería, Filosofía y se estudian en la Universidad…O sea, me niego.

–¿Y cuál ha sido su oficio?

–Ah, eso está mejor.

–Ha dicho Ah.

–Se me habrá escapado.

–No se preocupe, pondré Oh.

–Soy un hombre hundido, ponga usted lo que ponga, después de toda una vida que no puedo llamar vido, figuro para la sociedad como pensionista y mi hijo me llama papá.

–¿Y los demás? ¿Cómo lo llaman?

–José María, figúrese usted.

–Me hago cargo. ¿Qué perfil prefiere para que le haga una foto?

–El que sea. No va a poder evitar que toda mi cara tenga nombre femenino; las orejas, las cejas, las pestañas, la nariz, la boca…

–¿Pero los ojos?

–Tengo gafas.

–¿Pero los cabellos?

–Tengo calva.

–Vaya, por Dios, qué contrariedad.

–Mejor, diga contratiempo.

–Lo siento en el alma.

–Diga mejor, corazón.

Le propongo al machisto ir a tomar una cerveza, a ver si se despeja un poco.

–Mejor un vino- dice.

–¿Prefiere el vino a la cerveza?

–No, me gusta más la cerveza, pero el vino acaba en o. Hay que ser consecuente;

“el vino en bota y la mujer en pelota”.

–Cuide usted lo que dice, machisto, puedo denunciarlo por acoso sexual.

–Eso me preocupa- admite abatido- si yo a usted la violo, no pasa nada- ya sabe cómo está la justicia- pero si me denuncia por acoso sexual…

–Denuncia termina en a.

–Ah, me lo temía.

La felicidad, ja, ja, ja

25 May

No tengo muy claro que los tontos sean felices. Para mí, la felicidad es un talento de sabios, como decía el libreto de “La flauta mágica” de Mozart.

Cuando pienso en un hombre feliz, pienso en Horacio, poeta romano y augusteo, que vivió siempre dichoso, dedicado a sus versos, en el bucólico apartamiento de su finca de la Sabina.

Sin inquietudes económicas residía en dicho lugar que le financió Mecenas, un rico protector que le dio nombre a todos aquellos que, a partir de entonces, se dedicaron a tales menesteres de amparar artistas y que hoy, por desgracia, están en extinción.

Horacio, como ya hemos dicho, vivía muy feliz. No pagaba alquiler ni hipoteca y Mecenas, a cambio de su prodigalidad, sólo le pedía al vate un panegírico de vez en cuando y que lo invitase por primavera a un banquete que, naturalmente, costeaba también él mismo.

Así Quintus Horatius Flaccus pasó a ponerse un poco “gordus” y, gozoso y sereno, cantaba con delicado metro a la fuente de Bandusia, a la cabritilla que triscaba en el monte y a la poda, la siega y la siembra de sus tierras, que eran muchas y trabajaban otros, mientras él los contemplaba, recostado en su triclinio, después del almuerzo. No los explotaba ni les daba órdenes. De eso se encargaba su capataz, Gaius Flagelius Sadicus, al que a veces le reprendía si se pasaba con el látigo:

-Por Talia, Sadicus, no seas tan bestia, hazme el favor.

La finca de Horacio era una delicia, compuesta por una magnífica villa y un montón de hectáreas y tan apartada de todo, que no le llegaban las críticas de nadie si se la criticaban. Por supuesto Horacio no tenía Twitter, ni Facebook ni nada de eso y, si lo hubiese tenido, jamás lo habría abierto, prueba de su sabiduría, aunque, de todos modos, prueba de su sabiduría también, es que la opinión de los demás le importaba una higa. Era de los que decían, “ande yo caliente, ríase la gente”, y, dicho esto, se coronaba la cabeza de pámpanos y escribía un épodo, una oda o una sátira.

En su fastuosa mansión, condenaba las pasiones; la ambición material y el ansia de poder, que llevan al sufrimiento y se decía sólo amante de los placeres sencillos. Tampoco tenía penas de amor, porque el hombre no estaba por padecer lo más mínimo y porque le daba que eso iba a disminuir su rendimiento creativo. Que el amor bloquea ya lo dirían después otros pensadores, como Ortega y Gasset, quien lo definió como “estado de imbecilidad transitoria” y muchos creadores convienen aún en ello, si se lee la novela gráfica “Memorias de un hombre en pijama” de Paco Roca, que trata de un dibujante, su alter ego, que pierde la inspiración cuando se enamora de una chica. Por estas cuestiones del rendimiento, algunas compañías de seguros congregaban a sus empleados los fines de semana en reuniones de adiestramiento para aconsejarles que no tuviesen relaciones sexuales a fin de que, con toda la testosterona inhibida, fueran más enérgicos con las ventas y no por otro asunto se concentran los futbolistas, apartados de sus mujeres, la noche anterior al partido.

Bajo estas feroces premisas, los seguidores de Isco, insultaron y amenazaron a su novia, la actriz, Sara Sálamo, culpándola del debilitamiento del jugador en el campo. Llegar a esta conclusión no les ha resultado difícil al ver la cantidad de fotos que la pareja cuelga en las redes, haciéndose toda clase de cucamonas y proclamando a los cuatro vientos lo felices que son, lo cual despierta una envidia inevitable, tanto entre los que son futboleros como entre los que no. No es la primera vez que pasa, claro está, cada vez que una pareja feliz salta a los medios, se desencadena el odio masivo como un huracán despendejado. Ahí están los casos de Penélope Cruz y Javier Bardem, Sara Carbonero e Iker Casillas y Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler, por ejemplo.

La envidia es, en fin, un defecto muy tonto, porque hace sufrir lo indecible al que la padece del modo más gratuito y le impide la felicidad, que, de otra parte, conviene lógicamente llevar en secreto, si uno quiere conservarla, pues tiene este arma la mar de ardides para amargar a cuantos la provocan y multiplica sus efectos cuanto mayor es el número de aguijones venenosos.

Lo que ocurre es que el amor es por naturaleza imprudente y altera un poquito el comportamiento, ya lo decía Horatius Flaccus; un hombre sabio, si se considera que nunca pagó la hipoteca de la suntuosa residencia que habitaba.

El enamorado, en cambio, preso de sus sentimientos y sin Mecenas, se encadena a una hipoteca de por vida, como si no hubiese un mañana, como si no hubiera paparazzi ni opinión pública, sobre todo, cuando uno es público.

El amor vuelve burgués al comunista y lo pone gastoso en plan Madame Bovary; el amor a una mujer o a la buena vida, que de ése no se libra casi nadie.

Hace falta ser Horacio para predicar la austeridad y los placeres sencillos, mientras se vive, a cuenta de otro, en una lujosa finca de tropecientas hectáreas. Ése sí que era sabio; sabía latín.

Vidas de gentuza

18 May

Se entiende que el escritor en precario (valga la redundancia) haya tenido que practicar la semblanza a ricos y poderosos para comer caliente, al igual que el pintor (otro que tal baila) debió dedicarse al retrato de los susodichos con gran apuro, en muchas ocasiones, por sacarlos favorecidos. Si el retratista ha tenido que disimular verrugas, dentaduras roídas y narizotas, mejorando las fisonomías al extremo, con tal de ser pagado, el biógrafo no menos ha ocultado defectos y crímenes e inventado virtudes y hazañas por el noble propósito de sobrevivir, lo cual explica que dichas semblanzas estén llenas de medias verdades e incluso grandísimas mentiras, desde los “De viris illustribus” de Nepote a los “Claros varones de Castilla” de Hernando del Pulgar hasta llegar a nuestros días, pues un biógrafo nunca fue remunerado por ser precisamente objetivo y sacar a relucir los trapos sucios (para eso ya están las madres y las suegras, de las que ningún grande se libra, ni siquiera Nerón que tan mal llevaba las críticas que después de darle a su preceptor Séneca la cicuta, acabó con los días de su progenitora al no aguantar sus reprimendas). Por cierto, que Nerón es uno de los “biografeados” por Enrique Gallud Jardiel en “Vidas de gentuza”, un volumen que cuenta la vida de los seres más repugnantes e ignominiosos de la historia (de algunos, porque, por desgracia, todos no caben ni siquiera en una enciclopedia). Como la “nivola” de Unamuno fue la contranovela, la “biografea” de Gallud es la contrabiografía o contrasemblanza, pues se ocupa de exaltar las maldades de los malvadísimos para ponerlos en el mismísimo altar de los infiernos.

Los partidarios del psicoanálisis y/o lectores de la novela “Al este del Edén”, creerán que el “biografeador” se ha pasado, pues bondad y maldad son relativas, ya que, como demuestra el desarrollo de la susodicha trama, el hijo bueno, de tan bueno, llegaba a ser malo, y el hijo malo era bueno después de todo y además más divertido, con lo cual se lleva al final a la chica (lo que es creíble, pues en la película era James Dean). Como personaje era un h.p, al igual que lógicamente lo era su hermano por ser su madre madame en un prostíbulo, de ahí la mala sangre, no obstante la cosa queda explicada, porque el padre bueno se dedicaba a leerle la Biblia todas las noches a su señora, que de vez en cuando está bien, pero llega a cansar a diario y no es siempre lo que espera una esposa por las noches (cuestión que explica lo de la huida al prostíbulo, donde hallaría lo que le faltaba).

Pues bien, nos gusta Freud, nos gusta Steinbeck y, sobre todo, nos gusta James Dean, pero hay malos que son malos del todo, no tienen ninguna gracia y encima son feísimos, por eso se merecen una “biografea” bien gorda. Podríamos decir que son unos pobres “diablos” y dejarlos descansar en paz, pero quía, diablos fueron pero de pobres nada, la mayoría nadó en la abundancia y se cargó a media humanidad, por ser mandamases fueron “matamases” y al infierno no se van de rositas; ni Vlad , inspirador del personaje Drácula, que injustamente fue llamado “El empalador” pues ésta era una de sus mínimas especialidades, ya que practicaba con gran esmero también la incineración en vivo, el estrangulamiento, la castración lenta y el desollamiento en vinagre, ni Mao Tse Tung, héroe nacional como el primero, que impuso en su país una dictadura muy igualitaria, pues igual se cargaba a unos chinos que a otros con tal de que le llevasen la contraria o no leyesen el Libro Rojo, que era un tostón de su autoría, que por este método disuasorio vendió más ejemplares que “Patria” de Aramburu.

Pero si el Libro Rojo fue un martirio chino para muchos chinos durante un tiempo, las ecuaciones de segundo grado, ideadas por Diofanto de Alejandría, otro malvadísimo, han ampliado el ámbito de la tortura a nivel universal, siendo azote desde siempre para muchos bachilleres, casi todos, y, en especial, los mal avenidos de por sí con las matemáticas, legiones si se considera que una parte importante de la población le debe la vida a un fallo en los cálculos numéricos.

No obstante, aparte de Diofanto, los malvados de la historia nunca han sido grandes matemáticos, pues en cuanto el genocidio les sobrepasaba el millón de víctimas solían perder la cuenta, así le ocurrió a Leopoldo II de Bélgica, que, junto a todos los recursos naturales del Congo, casi se lleva por delante a toda su sufrida población o a Idi Amín, que llegando a la presidencia de Uganda, tras falsificar su currículum (costumbre que viene de largo), se dio a la compra de armas, ampliando la cacería humana a Kenia y Tanzania por faltarle enemigos que liquidar en tierra propia.

Pero tampoco es que estos masacradores tuviesen una gran simpatía por las letras, si se tiene en cuenta que Torquemada hacía grandes fogatas con los libros peligrosos, que para él, como para otros déspotas son casi todos, y que Iván el Terrible exilió de Rusia a los escritores, al igual que Fernando VII y cuanto tirano se precie. No se trataba de algo personal, pues lo mismo hacían con el resto de los artistas, ya que la cultura les daba bastante grima y es que a las gentes, puestas a la cultura, les da por pensar y poner en duda el poder, denunciar abusos y corruptelas y llegan a ser molestos, en plan Voltaire.

No me cabe duda de que este libro de Enrique Gallud es muy peligroso, porque utiliza el humor, que es el arma más temida por los malvados, pues, en cuanto empezamos a reírnos de ellos, dejamos de temerlos y también de obedecerlos.

“Vidas de gentuza” demuestra que la maldad no es compleja ni atractiva, sino un asunto torpe, inane y ridículo. Se trata de un manual de ética que se lee de la mejor forma, a carcajadas, y nos invita sugerente a mancharnos los dedos de tinta…