El cumpleaños de Beyoncé

14 Jun

Tan verdadero como cierto, Pitita me está llamando ¿pero cómo es posible, si, al salir, he olvidado el móvil en casa? Oigo la voz de Pitita cerca, muy cerca, tan cerca como si estuviese a mi lado y es que resulta que Pitita me está llamando por la calle.

Estamos ya tan acostumbrados a hablar con los amigos por guasap o por el facebook que el hecho de que nos hablen por la calle y, más aún, sin cita previa, nos resulta una posibilidad remota a no ser que dicho amigo tenga geolocalizador y tú lleves el móvil.

Pero Pitita es ubicua, omnipresente y está por encima de las tecnologías. Tiene el poder sobrenatural de saber dónde está cada cual en todo momento y, más aún, el de saber dónde estoy yo.

—¿Pero dónde te has metido, chica? Te he llamado miles de veces al fijo y al móvil y me saltaba siempre el contestador. A estas alturas, ya creía que sólo te iba a encontrar en la página de sucesos, menos mal que he traído de paseo a mi Beyoncé, que tiene un olfato de Sherlock Holmes y, en cuanto te ha olisqueado el rastro, se ha puesto a ladrar. No te puedes imaginar lo que te quiere esta criaturita y el disgusto que se iba a llevar si no…

Beyoncé para demostrar lo expuesto por su dueña, salta con sus robustas patitas hacia mis pantorrillas mientras mueve enérgicamente el rabo. Es una perrilla de raza pura pug, con cara aplastada de bulldog, ojos saltones, enormes y graves y cuerpo diminuto pero rechoncho, que parece el vivo retrato de Charles Laughton o de uno de esos tories ingleses que con unción aristocrática lee volúmenes de Chesterton frente a la chimenea de su nutrida biblioteca, aspirando y expirando el humo de su pipa.

Fría y objetivamente y, sin mediar  ensoñaciones literarias , se podría decir que Beyoncé es horrorosa, pero hay que admitir que el pedigrí en los perros está muy asociado a la fealdad, y cuanto más feos resultan más valorados y caros en el mercado.

Beyoncé es como una señorita de posibles en época decimonónica, codiciada por la alcurnia, pero no tan grata a la vista. No obstante, es tan simpática y cariñosa que, en cuanto te brinda sus carantoñas, empiezas a encontrarle un tipo de belleza particular.

—Ay, nena, nena, esta vez no me puedes decir que no- asevera Pitita- vamos a celebrar el cumpleaños de Beyoncé y tú tienes que ser la primera en venir.

—¿Cómo? ¿El cumpleaños de Beyoncé?

—Pues claro, chica, ahora los cumpleaños de las mascotas se celebran. Todas mis amigas lo hacen, este tipo de eventos son lo más de lo más.

¿Cumpleaños de mascotas?- me quedo pensando sin saber qué contestarle- y sin poder evitarlo me vienen a la mente las imágenes de tantos niños anónimos que en los ambientes desfavorecidos de otros continentes no tan lejanos no conocen cumpleaños festejados ni aun lo que son las comidas diarias y sin tener que remitirme a ello, ni imaginar demasiado, me basta con el recuerdo de ayer: un inmigrante maduro y, sin duda, padre de familia, que rescata camisetas de un contenedor de basura. Están nuevas pero aquellos líderes de los equipos de fútbol deben estar caducados y el pecho de los alevines requiere otros.

Los niños del primer mundo están orientados hacia el éxito. Lo persiguen en los otros y en sí mismos a tal punto que no perdonan el mínimo desliz de sus ídolos del balón ni el descenso de sus likes en el Instagram. Los niños y adolescentes se desesperan también cuando comienzan a naufragar en el youtube y un porcentaje nada desdeñable opta por el suicidio. No por casualidad esta misma semana han tratado de este tema Carmen Posadas y Juan José Millás.

Hoy día se vive para una fama inmediata, insustancial y tan efímera  que cambia de un día a otro los rostros de los héroes de la palestra. El éxito rápido y fácil lleva a un fracaso rápido y fácil también.

En tanto las fiestas se multiplican y se magnifican. Se celebran comuniones tan costosas y aparatosas como las bodas y las despedidas de solteros y solteras pueden hasta incluir una semana de estancia en el Caribe en hotel de cinco estrellas. Los salarios bajan como sube la precariedad laboral y, sin embargo, crecen los motivos para celebrar lo que sea; graduaciones, regraduaciones e incluso divorcios, como si asistiéramos a la borrachera festiva de la Venecia en crisis de Carlo Goldoni.

Cumpleaños de mascotas; el último grito de las celebraciones, mamma mia!!!

Pitita me sacude las meditaciones con una palmadita en el brazo:

—Venga, anímate, nena, que ésta no te la puedes perder. Beyoncé cumple tres años, ya es toda una señorita. Será como su puesta de largo. Anda, Beyoncé, dile algo…

Gime Beyoncé y me observa con una expresión suplicante de sus derramados ojos.

—¿Y dónde es el cumpleaños?

—En un chiringuito de Benajarafe, a espacio abierto para que puedan venir los amiguitos de Beyoncé. Es un lugar popular como los que a ti te gustan y, además, tocarán “Los Junlay´s” ; un grupo muy guapo de flamenquito. Va a estar superbien.

Pues bien, voy al cumpleaños de Beyoncé como determina la fatalidad con la concurrencia de muchos perros de pedigrí y amigos de Pitita, de pedigrí también.

“Los Junlay´s” tocan y cantan fenomenal y sus niñas, de entre seis y ocho años, unas morenitas de pelo larguísimo bailan, entre plantas tropicales, las rumbitas con una gracia conmovedora. A unos metros, susurran las olas de un mar sereno y generoso.

Tras las gafas de sol, quiero esconder unas lágrimas que me brotan sin remedio, cuando oigo el tema “Las cosas más pequeñitas” de Nolasco, que es un himno epicúreo a la horaciana. Beyoncé me observa con sus ojos de Charles Laughton, teñidos de compasión, y me da toquecitos en las rodillas con sus patas regordetas.

Sin duda, sabe por qué lloro y quiere consolarme. Le sobran los sentimientos y le falta la hipocresía. Todavía necesitamos aprender mucho de los animales.

Carmen, la más fea de mi tierra

7 Jun

El tópico de la mujer fatal se pone de moda a finales del siglo XIX. En aquel tiempo, según se dice, era necesario demonizar al sexo femenino para provocar sobre él el rechazo, ya que, habiéndose incorporado las mujeres al mundo laboral, comenzaban a solicitar derechos, entre ellos , el del voto.

La mujer fatal, construida sobre premisas estéticas de Novalis y Gabriele D´Annunzio, y ejemplificada en personajes como la Carmen de Merimée o La Dama de las Camelias, era una fémina de carácter frío y calculador, que enamoraba a los hombres sin ser capaz de participar en ese amor, pues sólo la movía su pragmático interés por el poder y el dinero. De ahí que hiciese perder la razón a los varones hasta arrastrarlos a la ruina económica y la degradación moral.

La caracterización diabólica de la mujer, sin embargo, como sujeto de perdición de los hombres, no era nada nuevo, si se considera que en la tradición grecorromana es Pandora con su insana curiosidad quien abre la caja de los males y que es también Eva, en la Biblia, quien tentando a Adán con morder la manzana, desafía la cólera de Dios hasta propiciar la expulsión de ambos del Paraíso.

La literatura misógina continuó con su tradición, como es lógico, en los oscuros siglos medievales. Concretamente en 1253, don Fadrique, hermano de Alfonso X el Sabio, tradujo el Sendebar o Libro de los engannos e asayamientos de las mujeres, que en la línea oriental del Calila e Dimna, prevenía a los hombres contra la perversa condición del género femenino, si bien a promocionar tales escritos preventivos, pudo contribuir la mal llevada homosexualidad del noble, quien, según ciertas hipótesis, fue condenado a muerte por mantener relaciones “contra natura” con su yerno.

Secundando esta labor, El Arcipreste de Talavera, en su obra El Corbacho, escrita a finales del siglo XV, reprende a  las mujeres que arrastran a los hombres al” loco amor” y les reprocha sus múltiples  defectos: coquetería, vanidad, estupidez, parloteo inútil, avaricia….
Desde ahí hasta llegar al siglo XIX se podrían citar muchísimos más ejemplos de la presencia de la mujer fatal como motivo de la literatura y del arte, por más que en las últimas décadas decimonónicas este motivo se llegase a convertir en una obsesión ¿jugó en ello sólo la actitud defensiva del varón hacia la amenazante pujanza de las mujeres como seres competitivos y desafiantes o hubo también otros factores clave?

Si contemplamos cuáles eran las condiciones sociales en los albores del siglo XX, podríamos determinar que la atracción del artista por la mujer casquivana estaba muy condicionada por las circunstancias propias de su oficio. Sin duda, si el pintor buscaba mujeres que se desnudasen para hacerle de modelos, sólo las podía hallar entre las prostitutas, pues las normas del recato impedían este tipo de posados a las mujeres decentes.

De otra parte, su precaria situación económica- lo era, casi siempre- le impedía ofrecer una estabilidad económica- requisito indispensable entonces- a una futura esposa, por lo cual la fogosidad de su prolongada soltería sólo podía ser resuelta en los burdeles.

Con la llegada del Modernismo, lo que fue un imperativo económico, se estableció además como principio. El artista rechazaba a la mujer decente porque indefectiblemente lo arrastraba al matrimonio- convención burguesa, que como todo lo burgués, le  producía horror y repugnancia-.

Yo creo, en fin, por lo visto y leído, que en el siglo XIX la mujer fatal no producía tanto rechazo como fascinación, pues no eran sólo los precarios artistas, sino también los pudientes; aristócratas, empresarios, ministros, quienes frecuentaban las llamadas casas de tolerancia y galanteaban a bailarinas de varietés y cortesanas de hábitos libertinos. La razón puede ser, en cierto modo, comprensible, ya que la mujer legítima, aquel “ángel del hogar”, que había sido diseñado por clérigos y gobernantes, había sido lastrado de atractivos.  Su virtud, consistente en la plena ignorancia sexual, les aburría sobremanera y también su conversación, que irremediablemente era sosa y plana, pues les habían prohibido los estudios. Este orden de cosas propiciaba el adulterio, la profusión de queridas y de burdeles; la doble moral, en fin, pues por más que se indicase lo contrario, el hombre prefería la mujer libre a la clausurada y era por ella por quien perdía la razón y el capital.

El machismo no es consustancial en el hombre, sino una norma social contraria a la propia naturaleza masculina, la historia lo demuestra.

Los bares antes eran territorio exclusivo de los hombres, sin embargo, ahora ves en ellos matrimonios  y parejas que conversan, que comparten: que planean viajes y visitas a museos, de igual a igual. Es un avance o, más bien, es lo que tendría que haber sido desde siempre.

Visito la exposición “Perversidad. Mujeres fatales en el arte moderno” en el Museo Thyssen de Málaga y entre las magníficas obras de Modigliani, Romero de Torres, Picasso, Gustav Klimt, Suzanne Valadon, Dalí, Maruja Mallo, etc…  no encuentro ese nombrado rechazo a la mujer fatal, sino únicamente una expresión de fascinación amorosa, más aún teniendo en cuenta que algunas de esas modelos llegaron a casarse con sus propios pintores o a ser sus eternas parejas (lo cual es del todo equivalente).

Echo de menos, no obstante, una obra de Joaquín Martínez de la Vega, “Carmen, la más fea de mi tierra”, que expresa todo el amor posible por una mujer fatal. El título es, desde luego, irónico, tal vez el desventurado pintor de la Escuela Malagueña, tan apuesto y requerido por las mujeres, no encontró ninguna que le impresionase más, no sólo por su hermosura sino por su capacidad para ser libre, a pesar de ese oficio esclavo que es la prostitución.

El retrato de Carmen, por fortuna, podemos verlo, cuando queramos, en el MUPAM, en la taberna El Pimpi y en el Museo de Artes y Costumbres Populares.

No es una demonización, es un tributo; un tributo de amor. Él lo entendió así, ¿por qué nosotros tendríamos que entenderlo de otra manera?

Llámame Walter

31 May

Escribir no siempre es una tarea solitaria, para eso están las antologías, que te devuelven un poco a los tiempos del colegio. La profesora de literatura nos ponía un tema; por ejemplo, “El mar” o “La primavera”, que son motivos muy recurrentes y nos daba una hora para desarrollar la redacción. Aquellas clases fueron como un anticipo de lo que serían los talleres de creación literaria, cuando ni se sospechaba que algún día podrían existir y servía no sólo para ejercitar la gramática y el vocabulario, sino para que la profe supiera cómo éramos cada una de nosotras ( mi clase era exclusivamente femenina) y para que también nos conociésemos las alumnas.

Hay que ver cuántas versiones pueden dar de sí los temas tópicos y cuántas podrán dar todavía. Si el mar era para algunas, la experiencia festiva del verano y la primavera, el renacer de la vida, para otras era la tentación suicida de un poeta romántico o el paradójico desconsuelo de una joven que, en plena flor de la vida, llora por una frustración de amores (sin duda, lo mío iba siempre más en la segunda línea melancólica).

Ya, de profesora, tomando este ejemplo, ponía a mis alumnos redacción los viernes en mis primeras clases de lengua, con la ventaja añadida de que me tocó un grupo muy aventajado y creativo. Era increíble el diverso partido que le podían sacar a un tema como “El aburrimiento” y lo que yo disfrutaba leyendo sus textos en aquel destino remoto de Ayamonte, tan próximo a Portugal, mientras chillaban las gaviotas y golpeaban con sus alas los ventanales de aquel caserón decimonónico.

Ahora con los hábitos del Twitter, es difícil hacer que un alumno escriba más de veinte líneas, pero yo espero que la hora de redacción y los escritos de un folio se recuperen, como también las horas de silencio en las bibliotecas. Hay que empeñarse y, como dijo Cela, el que resiste, gana.

De momento, yo he vuelto a recuperar esa magia de las escrituras grupales del colegio gracias a las antologías. He compartido con otros autores temas como el mar, el sexo y el cine en los compilados de Azimut y ahora por la iniciativa de editorial Algorfa, en una edición coordinada por el escritor Ángel Domínguez (“Pasaje Begoña. Contaré lo que fui”.), comparto con once colegas la experiencia del Torremolinos de 1971 en el pasaje Begoña, cuando se hizo la gran redada por la que fueron detenidas más de 300 personas a causa de su condición homosexual. Interpretar un acontecimiento así, del que se tiene tan poca información ya por simples razones de cronología era todo un reto, pero nada es más apasionante que los retos, de modo que la tarea de documentación y de sugestión hasta poder meterse en la piel de un homosexual de los principios de los 70 en Torremolinos ha resultado fascinante. Escribir te permite viajar en el tiempo y en el espacio y vivir muchas vidas, de eso podría hablar largo y tendido Julio Verne, que viajó mucho más gracias a su pluma que a sus escasas posibilidades económicas. La paradoja del escritor es que es un aventurero, amarrado por fuerza a una silla.

Viajar a Torremolinos no parece complicado si se habita en Málaga, como es mi caso, pero allí ya no estaba lo que hubo en el pasaje Begoña, que, siendo en su esplendor, un punto de encuentro internacional para gays y también heteros con ganas de fiesta, se ha visto reducido a un callejón sombrío, aunque poco a poco van apareciendo con el nombre antiguo de los bares o sus propietarios una diversidad de comercios; por el momento la inmobiliaria “Pia Beck” y la agencia de viajes, “La Sirena”…

Viene un niño, de rasgos morunos, a darme un folleto de dicha agencia, “para que viaje donde yo quiera”, me dice. Yo le cuento que aquel pasaje fue muy importante en tiempos pretéritos y él con esa mirada insaciable y curiosa propia de la infancia, me guía por cada rincón:

—¿De verdad? ¿de verdad?- me pregunta.

-Por supuesto, y ahora este lugar volverá a tener tanta fama como en esa época y vendrá a visitarlo gente famosa desde todas las partes del mundo.

El niño ilusionado mira las puertas cerradas de los locales y el lúgubre portal de luz macilenta de su edificio de pisos.

—¿De verdad? ¿De verdad?- me vuelve a preguntar.

Asiento y él no puede disimular su alegría. En ese momento, bajan del edificio, unas hermanas  suyas con la cabeza velada, acompañadas de un amigo.

—Aquí va a haber una gran fiesta y lo mismo hasta viene el alcalde- les comunica.

Ellos escépticos se encogen de hombros:

—Vale, ¿te vienes a dar una vuelta por el paseo marítimo?

El niño no se va. Se queda conmigo y juntos imaginamos el antiguo esplendor del pasaje. Tenemos esa infancia compartida de imaginar. Su compañía y su entusiasmo me hacen cobrar fuerzas para escribir los relatos.

De vuelta a Málaga, voy experimentando esa metamorfosis que se apodera de los escritores en el proceso de creación y, días después, cada vez que abro el ordenador, soy Walter, un aristócrata escocés de inmensa fortuna que, al serle diagnosticado su próximo fallecimiento, decide viajar de incógnito al pueblo más moderno del mundo, donde, según le han dicho, cada día es sábado y cada noche fiesta.

A medida que tecleo se esfuma a mi alrededor el tiempo presente y regreso donde nunca estuve como un extranjero perdido que busca con ansiedad un pub donde tomarse un güisqui y se topa con el Tony´s, donde un pintoresco muchacho, lo atrapará con su personalidad efervescente y vitalista para sumergirlo en una vorágine de juergas encadenadas y locuras, que lo harán olvidarse de la familia que dejó en Escocia y hasta de su diagnosticada muerte.

Construyo, sin duda, una hipótesis que podría explicar el fatal desenlace de las redadas en la  noche del 24 de junio de 1971; algo que de tan ficticio podría llegar a ser real.

Con gran intriga, pues hasta el momento, no he leído los relatos de mis compañeros de aventura, me pregunto cuántos pasajes Begoñas habrá dentro del libro, tan hipotéticos y, a la vez, tan veraces y tan diversos y una vez más agradezco la posibilidad de participar, como escritora y, más aún como lectora, de esta magia llamada literatura.

La ciudad resucitada

24 May
  1. Un apartamento en Muro de Puerta Nueva. Allí comenzó todo, aunque ni yo misma sabía lo que comenzaba. Desde mi llegada a Málaga o , más bien, mi regreso, había vivido unos meses en un ático algo inhóspito de la calle Marín García y recurrí a una agencia de alquileres para mejorar mi domicilio. Visité y rechacé muchos pisos hasta dar con aquel que finalmente me hechizó. Se encontraba en un edificio de, al menos, cien años de antigüedad, donde, por supuesto, no había ascensor.

Con el calor de principios del verano, la maleta pesaba más para arrastrarla por los dos empinados tramos de escaleras, porque mi apartamento estaba en el último piso, o no, pues desde allí se podía subir a un tendedero cubierto que parecía un palomar.

Tal vez mi nuevo hogar no era el paraíso, pero a mí me lo parecía. Cada una de las habitaciones tenía balcón y en el amplio salón podían contarse tres, por los que entraba el sol a raudales.

Sobre una mesa, junto a uno de aquellos balcones, coloqué la máquina de escribir, donde tecleaba artículos de día y de noche con la esperanza de que alguna vez los publicasen en la prensa local y garrapateaba novelas que no pasaban nunca del segundo capítulo. Tenía, desde luego, mucho entusiasmo, pero pocas cosas que contar y, por hallarlas, me lanzaba a la calle.

La ciudad era muy diferente entonces. Calle Larios era todavía peatonal y la vida cultural estaba en el Ateneo; primero en la plaza del Obispo y luego en un piso diminuto de la calle Ramos Marín. Necesitaba más y me matriculé en los cursos de doctorado de literatura de la Universidad y en la Escuela de Idiomas. Estudié en las fotocopias la presencia de Francisco Flores y García, Juan José Relosillas, Emilio de la Cerda , José Moreno Villa y Jorge Guillén, entre otros, de la mano de Isabel Jiménez Morales,  Manuel Alberca, Rosa Romojaro, Enrique Baena, Amparo Quiles,  Salvador Montesa,  Antonio Gómez Yebra… y aprendí la lengua de Dante con las puestas en escena de un profesor carismático; Víctor Maña, que nos sorprendió después sacando del armario su faceta de escritor con sus novelas premiadas en prestigiosos certámenes literarios como el Café Gijón y el Vargas Llosa.

Dimos una fiesta para inaugurar el piso de Muro de Puerta Nueva y nos reunimos casi todos los que almorzamos aquel día en el molino de Alcaucín del pintor Plácido Romero; cada cual vinculado al arte de uno u otro modo.

Álvaro García trajo la cerveza y Sebastián Navas hizo de disc-jockey. Hubo que abrir los balcones de par en par, pues las noches de finales de junio venían cálidas, pero, gracias a la biznaga que trajo Enrique Queipo, no nos atacaron los mosquitos.

En la cocina, Marta, Fernando y yo intentábamos abrir unas latas difíciles para poner un picoteo. Fue, desde luego, una empresa heroica, pues todavía no estaba de moda el abrefácil.

De aquella fiesta podía haber escrito un episodio Rafael Cansinos-Asséns para “La novela de un literato”, en fin.

Así comenzaron los años en Puerta Nueva, sin que ninguno de nosotros supiese que con esa fiesta estábamos inaugurando una nueva etapa para nuestras vidas y la ciudad, que todavía, incluso en pleno centro, conservaba cierto aspecto provinciano.

Asomada al balcón, por las mañanas, con el primer café en la mano, observaba en la calle, aún transitada por el tráfico, un trajín evocador de sus orígenes, cuando era punto de destino de las carretas que traían de los pueblos su mercancía agrícola y ganadera o confluencia de bandoleros de intimidatoria fama que desde Andújar, Linares, Úbeda y Montilla venían a planear sus pillajes y secuestros. Todos ellos tenían como hogar ocasional, el Parador de San Rafael o de la Leona; aquel edificio en ruinas que era el principal panorama desde mi balcón y ya sólo era habitado por camadas de gatos vagabundos y en el que yo distraía la vista, después de interrumpir al cuarto folio, la penúltima novela fracasada por falta de argumento.

Sin verla, como tantas veces hacemos, miraba entonces la buhardilla donde pasó sus últimos años el desventurado pintor Joaquín Martínez de la Vega, en manos del alcohol y del delirio. Su vida entonces era un misterio como también su obra, que junto a la de los demás maestros pintores del siglo XIX, estaba oculta al público en los altos del Palacio de la Aduana.

Hicieron falta cuatro lustros para salir de aquel letargo en el que, junto a la ciudad, parecíamos todos estar sumidos, pero fueron dos décadas de cambios acelerados. El Ateneo, de aquel humilde pisito de Ramos Marín, pasó a asentar sus reales en el majestuoso edificio, que fue sede de la Escuela de Bellas Artes de San Telmo y hasta aquel parador de San Rafael, abocado a la demolición, renació de sus cenizas para ser flamante sucursal oficial de Turismo Andaluz.

Otros edificios históricos también fueron restaurados y redirigidos como la Casa de Misericordia de avenida de los Guindos, construida por el arquitecto Juan Nepomuceno Ávila, que sirvió de ubicación a La Térmica, y La Tacabalera, reconvertida en museo ruso de San Petersburgo, se sumó a una amplia oferta museística, donde figuraba ya el Centro Pompidou, el CAC, el Carmen Thyssen, y, por supuesto, el Museo Picasso, de donde salieron las obras de los maestros del XIX, que fueron las últimas en encontrar un hogar, después de haber sido las primeras en el único museo de pintura que tuvo Málaga durante tantos años.

¿Quién nos iba a decir aquella noche de fiesta en Muro de Puerta Nueva que ocurriría todo cuanto ocurrió después? ¿Y quién me podría pronosticar entonces que el argumento tantas veces buscado para mi novela se encontraba delante de mis ojos en aquel edificio en ruinas, sólo poblado por gatos vagabundos y el fantasma de un pintor, que, desde su infortunio de alma en pena, buscaba un lugar para que reposase su memoria?

Ahora ya en la ciudad resucitada, resucita también Joaquín Martínez de la Vega en las paredes del Museo de Málaga y las páginas de una novela. Hace falta muchas veces el paso de los años para comprender el sentido de una llamada.

El sexo prohibido

17 May

Todas tuvimos algún amigo así en aquellos años de adolescencia y primera juventud. Era, sin duda, el más divertido y, a veces, también el más guapo de la pandilla, si no acaso el más atractivo, que es una cualidad siempre superior a la belleza.

Cuando íbamos a una fiesta, el resto de los chicos se aferraban sombríos a la barra, por miedo al ridículo, y en pose de hombres duros del oeste americano, apuraban cubata tras cubata, los muy cobardes.

Sin embargo, aquel amigo bailaba con nosotras en la pista y solía hacerlo bien, muy bien, incluso cuando sonaban sevillanas. Todas lo adorábamos y no sólo por su capacidad para el baile, sino también porque nos hacía reír como ninguno. Compartía con nosotras el mismo sentido del humor, frívolo e irónico. Era único cuando se ponía gracioso, pues los demás al intentar su misma gracia resultaban sosos o burdos.

Lo adorábamos, claro que sí, era de todos el mejor piropeador; el primero en elogiar con las palabras justas nuestro cambio de peinado o nuestro vestido nuevo, que a veces pasaba desapercibido a los ojos de nuestros novios.

Si se daba el caso, nos podía acompañar incluso a las tiendas de ropa sin aburrirse y nos aconsejaba el corte más favorecedor y los complementos más adecuados. En él hallábamos esa anhelada alma gemela, que incluso se encandilaba con nuestras peripecias sentimentales, mientras los demás hablaban de fútbol.

No era nada difícil que aquel chico encontrase en el grupo su primera novia; la Doris Day idónea para el perfecto Rock Hudson; una muchacha que, en el fondo, sabía que aquello era temporal, pero en tanto le gustaba lucir al impecable caballero de pareja en las verbenas. Otras mucho más ingenuas o mucho más insensatas se enamoraban de él locamente y, con esa locura, intentaban lo imposible: enmendar su naturaleza y guiarlo hacia la heterosexualidad como Antonietta quiso hacerlo con Gabriele en Una giornata particolare:  aquella inolvidable película de Ettore Scola que describe el encuentro de una casada insatisfecha y un homosexual perseguido en un edificio que los demás vecinos han abandonado por acudir al desfile de las fuerzas armadas de Mussolini en homenaje a la visita de Hitler.

El conocimiento de Gabriele, magistralmente interpretado por Marcello Mastroianni, pondrá en duda los inculcados valores fascistas del ama de casa de clase media, que encarna a las mil maravillas Sophia Loren, dada la fascinación que despierta sobre ella el disidente.

Cualquier régimen totalitario de derechas o de izquierdas ha perseguido e incluso encarcelado a los homosexuales. Tal vez bajo la excusa de degradar moral y costumbres y no contribuir al crecimiento de la población, pero lo cierto es que lo que asustaba de su actitud era su aire de independencia y su naturaleza tan proclive a ejercer la libertad por encima de las normas. Nos referimos a esa clase de homosexuales, pues también los había dóciles, soterrados e integrados en las cúpulas de poder y hasta se podría especular bastante sobre la sexualidad del propio Hitler, a juzgar por su rarísima relación con Eva Braun y su deseo expreso de no reproducirse, lo que el Führer  justificaba alegando que no quería engendrar a un hijo, que, inevitablemente, sería inferior a sí mismo. Como megalómano, Hitler temía tanto a la sucesión como los dioses griegos que por impedirla acababan comiéndose a sus hijos. Éste podía ser un motivo ¿pero habría más?

Los años 30 de la Unión Soviética, bajo el mando de Stalin, no fueron menos agresivos con los homosexuales, que tenían dos opciones: tratar de curarse de sus inclinaciones (diagnosticadas oficialmente como enfermedad) o ir a la cárcel, lo que conllevaba las penalizaciones añadidas por parte de otros presos. Contaba el artista Yaroslav Mogutin el brutal asesinato de uno de estos detenidos por parte de diez presidiarios, quienes después de someterlo a múltiples violaciones, saltaron con los pies juntos sobre su cabeza hasta matarlo.

Que un homosexual coincidiese con un revolucionario en una celda era, sin embargo, lo mejor que le podía pasar si recordamos la novela de Manuel Puig, El beso de la mujer araña ,y su puesta en escena por Héctor Barbenco. Al fin y al cabo, la acusación de homosexualidad encubría la más grave de disidencia. Y la disidencia, del color que sea, une y mucho.

Por estos caminos llegamos inevitablemente a otro film emblemático; Fresa y chocolate que, en la Cuba de finales de los 70, gira en torno al encuentro entre un joven comunista y un artista homosexual, vigilado por contrarrevolucionario ,que, pese a las primeras diferencias, confluirá en una estrecha amistad.

Mucho ha llovido después de esta película que tuvo su boom en España hacia 1994 y, sin embargo, parece que en la isla hay un rebrote de despotismo represor, lo que suena muy a añejo. El pasado sábado, la policía cubana interrumpió una marcha por los derechos del colectivo LGBT que de modo pacífico desfilaba por el paseo del Prado de La Habana bajo el lema Cuba diversa y detuvo a tres periodistas independientes.

La causa de la carga policial como apuntamos antes tal vez se deba más a motivos políticos que de género. No obstante, aquella manifestación, como precisó el cantautor Silvio Rodríguez, suscribiendo la denuncia de su colega, Vicente Feliú, estaba organizada por activistas independientes y sin la supervisión del estado.

Se trataba de una iniciativa alternativa al desfile anual de La Conga, que de modo oficial, se celebra año tras año para arrancar las jornadas contra la homofobia y que la directora del Cenesex, Mariela Castro, hija del expresidente y primera secretaria del jefe actual de Gobierno, Raúl Castro , decidió suspender por no considerarla apropiada, dadas las tensiones internacionales y regionales que se estaban experimentando.

Sin ser las explicaciones nada convincentes, concluimos que la represión contra la diferencia, sea del carácter que fuere, es un síntoma de regresión y ha de ser denunciada a diestra y siniestra si pretendemos construir un futuro de ciudadanos libres. No es el momento de rescatar lo peor del pasado bajo ningún concepto.

Flores para un pintor de flores

12 May

El amor al arte es, como todos los amores, desinteresado; una pasión tan absorbente que no deja lugar siquiera para el afán de lucro o el deseo de gloria y que admite jornadas de intensísimo trabajo sin horarios ni huecos de ocio y toma como placer lo que para otros sería sacrificio. Para el artista convencido- si este término no es ya redundante- la verdadera recompensa es la satisfacción de una obra bien hecha y el auténtico lujo el tiempo, todo, para llevarla a cabo y también la soledad y la calma precisas y preciosas.

Se trata de una pasión loca y ciega, como todas las pasiones, porque si el artista es perfeccionista (otra redundancia) nunca llegará a estar del todo satisfecho con ninguna de sus obras. Artista y feliz, no lo quiere Dios, decía Manuel Machado.

Me pueden venir a la memoria muchos nombres para ilustrar esta conducta, aunque ahora el que tengo en mente es José Nogales Sevilla. Nogales fue un pintor malagueño, alumno de la Escuela de Bellas Artes del siglo XIX, que, como otros, recibió enseñanzas de Bernardo Ferrándiz con gran provecho.

De aquel joven apocado y autodidacta, que copiaba en casa estampas iluminadas, hizo el valenciano una figura de primer orden, ilustrándolo con sus técnicas sobre la luz y el color y su insistencia en pintar siempre del natural y hacerlo también al aire libre. De este modo, el aventajado discípulo, logró obtener una medalla de oro en una Exposición Nacional con su magnífica obra, “El milagro de Santa Casilda”, que ya se puede admirar en el Museo de Málaga.

Después de esta consagración, Nogales podría haber buscado, como otros, el triunfo en Madrid; la Corte, pero se negó a hacer las maletas, por más que le insistió su también maestro, Muñoz Degrain, y tampoco quiso ir a Chile, donde podría haber hecho una fortuna, retratando a sus próceres.

El pintor, como el marinista Emilio Ocón o Denis Belgrano, se aferraba a su ciudad, en la que encontraba el tiempo y la paz para dedicarse de lleno a su pasión. No aspiraba a más, ni a menos, que a hallarle con el necesario detenimiento los matices al alma de las flores, que, por fin, se convirtieron en protagonistas de sus cuadros, si bien esa sensibilidad por lo floral ya se anunciaba en las rosas blancas del Milagro de Santa Casilda y en Floristas valencianas, también en el Museo de Málaga.

La tradición de la pintura de flores fue muy fructífera en Málaga. Ya la prodigaba el maestro Bracho Murillo, llamado “pintor de flores”, en su clase de señoritas- eran los motivos más indicados para el sexo femenino- y no fueron pocos sus seguidores, también masculinos, por razones también de lucro. En los recibidores de los hogares malagueños -al uso holandés- se puso de moda recibir a las visitas con un cuadro floral.

Luis Grarite, que ganó un segundo premio en el concurso, convocado por la visita de Alfonso XII, con su cenachero (actualmente en el MUPAM), intentó este motivo comercial para subsistir en su madurez, pero ante tanta competencia, cayó en la miseria y hasta perdió la razón, sorprendiéndole la muerte a los cuarenta años en un psiquiátrico.

Nogales fue mucho más longevo, aunque la última etapa de su vida le resultó muy penosa, pues debido a sus constantes ataques de hemiplejia, quedó relegado a una silla de ruedas.

Era ya entonces director de la Escuela de Bellas Artes, pero tuvo que dimitir, hastiado por las constantes peleas de los profesores en los claustros. A esas alturas, ya había perdido la capacidad para pintar -el peor de sus dramas- pero, sin embargo, le quedaba la recompensa de haber sido el artista que mejor había comprendido con sus pinceles el alma de las flores; labor de muchas renuncias y horas de dedicación, que no fueron en vano.

Habrá siempre espíritus sensibles que  admiren en museos y, entre sus colecciones particulares, esas flores que hablan de exquisitas delicadezas; sus flores no son flor de un día, son flores inmortales.

Hace unos días fui al Cementerio Histórico de San Miguel a buscar la tumba de Nogales Sevilla.

Pasé por el panteón de los malagueños ilustres donde descansan juntos, entre hileras de naranjos, los pintores irreconciliables; Bernardo Ferrándiz y Joaquín Martínez de la Vega, que ya deben haber hecho las paces.

La paz, sin duda, reinaba en aquel recinto, que permite al visitante viajar al pasado, y recorrer la historia más próspera de Málaga en ese bosque de piedra, que componen las líneas equilibradas de panteones neoclásicos y de aquellos neogóticos, cuyas agudas torres apuntan al cielo.

Las flores también participaban con su presencia de aquella límpida y diáfana mañana de primavera. Cerca de la tapia, estallaban de hermosura, rojas como la sangre, pacíficos, rosas de Sevilla, espinas de Cristo, aves del Paraíso…

Sólo un artista amante de las flores, puede sacarles tanta hermosura, y ése es Manolo, el jardinero del camposanto. Charla él de sus flores y de sus setos de mirto, como quien habla de una enamorada o de un hijo. Su vocación por lo vegetal le viene de lejos. Ha sido impresor para la Diputación de Málaga y conoce el papel, en todas sus texturas y calidades, como las niñas de sus ojos chispeantes y celestes.

Yo creo que a Nogales Sevilla le tiene que gustar mucho descansar entre tantas flores mimadas por ese otro artista, Manolo. Y no se me ocurre que haya algo más hermoso que dedicarle la vida y la pasión a las flores.

Un hombre solo

3 May

Durante la campaña electoral, Pedro Sánchez me ha recordado mucho al Julio Iglesias de finales de los ochenta. Al igual que Iglesias (Julio), daba la imagen de un hombre solo con un gesto de abatimiento en la postura y de melancolía en la mirada, incomprendido incluso en el propio seno de su partido, como el cantante tras la separación de su esposa.

El hombre (Julio), como recordamos por la canción, “iba de abrazo en abrazo, de beso en risa y le daban la mano cuando era precisa”, pero aquí viene lo más terrible de la letra, “pero cuando amanece, y me quedo solo, siento en el fondo un mar vacío, un seco río, que grita y grita que sólo soy un hombre solo, un hombre solo, un hombre solo”.

Pues bien, Iglesias (Julio) confesaba que “lo tenía todo, completamente todo” e incluso, más a o menos, que era millonario, pero que nada era eso si en la alborada sentía la falta del amor verdadero. Por supuesto, el disco se vendió como rosquillas. A las mujeres, principal sector de su público, no hay nada que les conmueva más que la soledad de un hombre joven, guapo y millonario. Por algo se entiende que “Las cincuentas sombras de Grey” fuese un best-seller. Pobrecito Grey, azotaba a las chicas de lo lindo, pero había que comprender que, en el fondo, era un solitario y sólo pedía a gritos cariño del de veras.

Me temo que si Grey hubiese sido feo y pobre, su fama se reduciría a la de un maltratador común sin sublimaciones y con pena de cárcel.

El otro día hubo un despliegue policial en mi calle. Pregunté qué había pasado a los agentes y me respondieron en tono seco “que un hombre se había caído”. Entre los vecinos, encontré a un amigo que me explicó que “el hombre vivía solo”. Eso da pie a pensar que igual el hombre no se cayó, sino que se arrojó por la ventana. Seguro que no era millonario ni joven ni guapo, por eso ni inspirará una novela ni será digno de grandes compasiones. Simplemente se trataba de un ser común, que no maltrató a nadie y que no provocó más ruido en su vida que el de la sirena del coche policial. Vivía solo; eso podría ser ya una razón, ¿pero habría otras? ¿un despido improcedente? ¿una amenaza de embargo?

Me temo que, con suerte, sabremos de su naufragio vital poco más que sus iniciales. Ya no vive Joaquín Dicenta para escribirle una obra de teatro ni Lauro Olmo para dedicarle una novela. Si hubiese sido una mujer, víctima de la violencia de género, ahora sería “otra víctima de la violencia machista”. Sumarse a una estadística tampoco es el más glorioso de los epitafios.

La hipocresía, gran tema. Casi todos los líderes durante la pasada campaña electoral se han llenado la boca para reivindicar el importantísimo papel de las mujeres en la sociedad, entonces ¿por qué ninguno de los partidos ha apostado por tener al frente de ellos a una lideresa? Posibilidades había en cada uno de ellos para hacerlo y sin embargo…Yo no voy a creer en el feminismo nacional hasta que un partido de los grandes postule a una mujer para la presidencia. Por cierto, que esa alternativa la recreó Ana Obregón en una serie televisiva y duró sólo dos capítulos por falta de audiencia. Se debió llevar la actriz una sorpresa, cuando su anterior serie, “Ana y los siete”, en la que hacía de chacha de un banquero batió records en la parrilla. Oye ¿y eso?

Se dice que los resultados de las elecciones generales pueden estar sujetos a múltiples interpretaciones, pero los números no son filosofía. 123 diputados significa que ha ganado Pedro Sánchez: el ganador que vende el mito de los perdedores como Joaquín Sabina con sus canciones. De que se ha votado por ese marketing no hay duda, éste es el país de Don Quijote, pero hay más. No se puede negar que el voto ha tenido un componente de miedo y que el miedo, más que el entusiasmo, mueve a los electores a las urnas. Eso explica la subida del índice de participación.

Una parte del voto a Sánchez se debe al miedo a VOX y una parte del voto a VOX se debe al miedo a los independentistas. Los que no quieren ni a VOX ni a los independentistas en el gobierno, se habrían decantado por Ciudadanos, pero han dejado de confiar en esta alternativa por la facilidad que demuestran estas siglas para casar a diestra y siniestra sin temor a los colores. La tendencia a la fractura ya no es sólo cosa de la izquierda, también cunde en la derecha y eso confunde.

La adhesión a VOX ha ganado tanto como el rechazo a VOX y gran parte de los que estaban dispuestos a abstenerse se encaminaron a las urnas para votar izquierda. De eso se ha beneficiado Sánchez, al igual que del temor a Unidas Podemos. Esta coalición ya por el nombre sonaba a feminismo y hasta entre los más izquierdistas, el feminismo suena a horror y pavor; a atentado. Necesitamos todos algunas lecciones de empatía social. Así ganaremos para todos y no contra nadie. Es lo que pienso.

Nuestro papel

26 Abr

Ayer recibí cuatro cartas de amor. En papel como las de antaño. Fue una experiencia muy emotiva, porque el cielo gris de esta primavera, que vino pareciéndose tanto al otoño, le ponía a la escena un acento becqueriano o ceciliano como aquello del nueve de noviembre con el ramito de violetas.

Lo que pude leer al extraer las hojas de los sobres fue realmente conmovedor. En aquellas líneas se expresaba una ternura infinita. Quienes redactaron tales textos decían estar muy preocupados por mí y guiar todos sus esfuerzos hacia mi felicidad.

Aquello parecía amor, amor del verdadero, pues los remitentes me llamaban por mi nombre y me decían estimada. Igual lo que me decían, me lo podrían también haber dicho por internet y hubiera sido más ecológico, pero el marketing que es psicología aplicada al mercado está por buscar en el consumidor la fibra sensible y a ello va, cueste lo que cueste.

Si los afectos de los particulares ya nos llegan con postales virtuales por email o por las redes sociales, nunca nos faltarán en el buzón las declaraciones de amor de las entidades bancarias o las propagandas políticas. Esto invita a una reflexión; será que algún poder hay en el papel cuando los que mandan o pretenden mandar apuestan por él.

El papel. Este fin de semana el papel tendrá su máximo protagonismo. El resultado de las elecciones generales dependerá de lo que dictaminen unas papeletas. Éste es, sin duda, nuestro papel. Quienes pretendan nuestros favores han debido currarse el cortejo, aunque, tal vez, a estas alturas, ya no baste con las cartas amorosas o las fotos fotogénicas.

Tal vez, pues esos recursos han dejado de funcionar con los desengañados ciudadanos, lo que habrían de enviarles por correo son los programas. Apuesto a que un buen programa, sintetizado y en papel- con sus definidos apartados en negrita; educación, sanidad, empleo, cultura, pensiones… -mueve más las voluntades de los electores que unas cuantas frases de cumplido o la visualización de un debate que termina por convertirse en cuadrilátero.

La lectura es en papel y no en pantalla. Los expertos en competencias digitales aseguran que el límite de palabras que un usuario lee en su ordenador o su móvil es de 245. Se trata de un dato alarmante, pues si nuestra dosis de lectura está limitada, también, por ende, lo estará nuestra dosis de información, nuestro pensamiento y nuestro juicio crítico.

La cuestión no creo que esté en reducir los textos para adaptarse al público sino en crear textos seductores, independientemente de la longitud. El público lector no es perezoso. Cada tomo de las trilogías que se pusieron de moda; Millennium, Las sombras de Grey, etc,  tenían alrededor de 600 páginas y fueron devoradas por millones de personas. Por supuesto, en papel.

Si se pone en duda la calidad de estas novelas ha de ser por otras causas que por su longitud. Si la longitud es contraria al valor de una narración, bailarían en la cuerda las obras de Tolstoi y Dostoievski y Balzac y Proust, entre otros muchos.

Cierto es que, desde las redes sociales, se lee y se escribe más que nunca ¿pero en qué condiciones? La impaciencia digital- mal ya diagnosticado- impide que se lean más de cinco líneas y, por ende, la falta de lectura amplia y correcta da lugar a que los usuarios escriban textos plagados de fallos gramaticales y faltas de ortografía.

Decía nuestro Manuel Alcántara, autor de referencia en la actual Feria del Libro, que en nuestros tiempos ya no hay el alarmante índice de analfabetismo que hubo entre los años 20 y 30 del siglo pasado y, sin embargo, hay muchos analfabetos que saben leer y escribir.

Si el índice de lectura, digamos serias y completas, es bajo, no podemos culpar a “una mayoría ignorante” como si fuésemos una raza superior, encumbrada en una torre de marfil.

Hay que comprender que ciertas jornadas laborales de tropescientas horas dan de sí, al llegar exhaustos a la noche, sólo con un ratito de tele antes de caer rendidos en el sofá. Las condiciones de trabajo tienen que mejorar para que el ocio sea accesible a todos y puedan disfrutar de tantas posibilidades como ofrece la cultura, que no tiene que ser un coto para clases preferentes.

El tiempo libre, por otra parte, es un privilegio para los solventes, pero para los parados es una condena; es muy difícil que quien está a pique del desahucio e igual ya ni siquiera cobra el paro se haga acólito de las artes y piense en algo más que luchar por la supervivencia.

El escritor, que en muchas ocasiones es aliado de estas miserias, debe entender que antes de criticar la desidia de sus lectores posibles- o imposibles- ha de contribuir a crear las condiciones para que los lectores, por lo menos, puedan serlo.

Es mi postura, claro, yo creo más en la literatura del compromiso que en la del virtuosismo, que no quiere decir bajar la calidad, sino concluir una obra con la satisfacción de haber hecho algo útil. Igual nos dejamos la piel año tras año sin conseguirlo, pero el simple hecho de intentarlo vale la pena. Seré una ilusa y, sin embargo, es ésta la única ilusión que me anima a seguir escribiendo.

París, je t´aime

19 Abr

Víctor Hugo escribió su novela Notre Dame de París por amor al arte. Al arte gótico que, como buen romántico, defendía por encarnar la irracionalidad, el misterio y el espíritu nacional.

Creó una trama rocambolesca de amores desgarrados e imposibles en torno a la catedral con tal acierto que logró ponerla nuevamente de moda, cuando el gótico en los edificios parisienes era ya considerado como un estilo vulgar y monstruoso frente a la pujanza del estilo neo grecorromano, racional y diáfano, que poblaba la ciudad de ágoras, templos paganos, columnatas, panteones, arcos triunfales y espaciosas avenidas por donde pudiesen desfilar cortejos victoriosos.

Deteriorada Notre Dame a manos de la Revolución Francesa, que hizo balas del plomo de sus techos y cañones del bronce de sus campanas, además de destruir estatuas de la galería de los reyes y destrozar su aguja del siglo XIII, Víctor Hugo le inventó una leyenda que la llenó de atractivo a los ojos de autóctonos y extranjeros, que, sugestionados por tan magnética ficción, hurgaban en la catedral las huellas de la fatal gitana Esmeralda y su benefactor, el campanero jorobado, Quasimodo.

Aquella novela fue, entre otras cosas, una campaña publicitaria de primer orden que impulsó al gobierno francés a ordenar unas obras de restauración, que contemplaron añadidos tan singulares como sus características gárgolas.

Habría de nuevo atentados o tentativas contra la emblemática catedral parisina, durante los tiempos de la Comuna y la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler decidió que no devolvería la ciudad de sus sueños a los aliados, si no era convertida en un puñado de cenizas.

Sin embargo, desde que Víctor Hugo creó al protector Quasimodo, nadie creyó que las amenazas se pudiesen materializar. Notre Dame debía seguir ahí para ver pasar los siglos y ser el punto de referencia de los viajeros en su periplo por la capital de Francia. Allí debió estar el bohemio escritor Alejandro Sawa, antes de que coronase su frente el beso mentor de Víctor Hugo y dejara de ser escritor para convertirse en mero bulevardier o parisiene, como lo describió Julio Camba.

–¿Qué hace ahora Alejandro Sawa?

–Vive en París- respondían.

Vivir en París, vivir París es, sin duda, un oficio y casi todos lo hemos ejercido aunque sea una sola semana ¿recuerdas?

Entramos en Notre Dame antes de ir a cenar al Barrio Latino y después de visitar la librería Shakespeare and Company. Se celebraba misa y el sacerdote era un bellísimo joven africano, negro como el ébano ¿quién podría pensar que la catedral con sus rituales representaba a una cultura prepotente, occidental y caduca?

Pas du tout. A pesar de algunos, París nunca será eso, como nunca lo fue incluso con Napoleón coronándose a sí mismo en el altar de Notre Dame o con Hitler paseando sus ejércitos por los Campos Elíseos, porque siempre hasta en los momentos más difíciles ha tenido rendijas por las que termina colándose la libertad.

París es la ciudad de los exiliados, de los perseguidos, de los diferentes y los bohemios; el lugar de los que no encuentran su lugar en el mundo, el hogar de los que huyen del hogar, el nido de amor de los amores imposibles. Siempre nos quedará París ¿recuerdas? como Rick e Ilsa en Casablanca, como Verlaine y Rimbaud, como Modigliani y Jeanne Hébuterne.

Estuvimos allí ¿recuerdas? contemplando aquellas pinturas que ya no existen y admirando los techos ahora calcinados. Estuvimos, como tantos, en Notre Dame, sin que a nadie le importase si éramos católicos o de otra fe o ateos, sin que nadie nos pidiese un carné o preguntase nuestro nombre o nos pidiese pagar una entrada para disfrutar de toda aquella belleza.

Como todos, fuimos a cenar al Barrio Latino, bebimos mucho y cenamos poco, disfrutando de esa elegancia que es tener hambre en París. Nunca fuimos tan pobres, pero tampoco tan jóvenes y tan libres ¿recuerdas?

Al día siguiente llovía, como llovía en el corazón de Verlaine cuando llovía en la ciudad, pero igual nos encaminamos a Le Marais para visitar la casa de Víctor Hugo. En la plaza de Vosges encontramos una papelera donde alguien había depositado un grueso volumen; obras de teatro completas de Fernando Arrabal.

Bajo los soportales, en la terraza del Café Hugo pedimos una frasca de vino de la casa y un delicioso foie de oca con higos, a sabiendas de que la cena de aquella noche sería ya sólo el beso del escritor en la frente.

Como románticos empedernidos, bajo el cielo gris, fuimos a casi todos los cementerios a rezar nuestras oraciones paganas por los poetas malditos. Ni a Baudelaire le negó Montparnasse el camposanto.

Pasamos de nuevo por Notre Dame para imaginar el encuentro de Rubén Darío con Verlaine en el Café D´Harcourt del boulevard Saint-Michel, cuando el joven autor de Azul, guiado por Alejandro Sawa, encontró a su ídolo muy cargado de ajenjo y le transmitió elogios en su mal francés, de los que el beodo veterano solo oyó con gran indignación la palabra gloria:

–La gloire, la gloire! Merde, merde encore.

El mal humor de Verlaine, sus arrebatos y sus escándalos eran bien conocidos en la ciudad y, sin embargo, fue elegido Príncipe de los poetas y recibía por ello una pensión del estado. París es diferente, desde luego.

Todos huimos alguna vez a París, nos sentimos libres y rebeldes y nos enamoramos de una u otra manera, porque allí todas las maneras eran posibles ¿recuerdas?

Amamos la torre Eiffel y el Sacre Coeur y también Notre Dame y si fuésemos millonarios daríamos parte de nuestra fortuna por salvar esos lugares en los que vivieron tan bellos recuerdos. Quien puede lo hace y sabe muy bien por qué. París, je t´aime ¿recuerdas?

Directo al corazón

12 Abr

Muestra de la integración de los argentinos en España es que parece que no hay película o serie en el país en la que no aparezca un argentino, planteando sus reflexiones existenciales.

Los argentinos son muy de monólogo interior cuando escriben novelas y de monólogo exterior en sus relaciones sociales. Hasta en las situaciones más insólitas te encuentras con un argentino y se arranca en un monólogo improvisado y transcendente, que al español, no dado a tales expansiones, le deja un poco aturdido.

Recuerdo ver entrar hace unos años en una sauna a un señor con la toalla cruzada al hombro con aire de senador togado, que en cuanto se hubo sentado en uno de los bancos de madera, exclamó:

—¡Qué condición pelotuda la del género humano!

Alguno de los colindantes sudoríferos, que ya se hacía cargo de que aquello era sólo un proemio, puso los ojos en blanco y se abanicó con la mano, lo que no le recató  al orate de proseguir, ya en su pose de alegador tribunicio:

—¿Pero qué carajo hacemos aquí todos tan callados? ¿Va a ser que estamos en misa?

Los perros se huelen el culo y recién se hacen amigos. En cambio, nosotros, qué va a ser.

Yo me llamo Norberto y soy de Mendoza ¿Y vos te llamás? —preguntó primero al de los ojos en blanco y luego, uno a uno, a toda la concurrencia.

Conocido ya el nombre de la audiencia, nos hizo Norberto una sinopsis de las causas de la crisis de su país y de la política de allá y del mundo entero, toda ella muy entreverada de preguntas retóricas, tan incontestables como las de un Hamlet o un Segismundo o el propio Cayo Graco.

Odio encerrar en un tópico a todos los nativos de un país, pero, sin duda, este tipo de personajes contribuyen a fomentarlos. Y bien, la verdad es que me resultan simpáticos.

Llegan a España y aquí se mueven como Pedro por su casa, sin sentirse extranjeros, porque más que venir regresan a la tierra de los padres o los abuelos, que emigraron a Argentina en tiempos de carestía o de huida forzosa en la Guerra Civil. Son la descendencia de aquellos gallegos, que es apelativo común en los dominios del Martín Fierro para todo español, sea de la provincia que fuere.

En el caso del compositor y cantante argentino, Alberto Cortez, del que hablamos estos días, no hay duda; tanto su abuelo como su padre nacieron en el pueblo de Punxin (Ourense), aunque su recia corpulencia de leñador se la debiese tal vez más a una abuela, Julia Laburu, de origen vasco.

Todo en él era grande; su estatura, su torrente de voz y su sensibilidad, que llenaba los escenarios, con su sobrio conjunto de camisa y pantalón negros, que en su modestia usaba , como Edith Piaf, para confundirse con las sombras del escenario y no distraer al público de la interpretación musical, lo cual no lograba del todo.

En sus correrías por el mundo, propias del espíritu aventurero que revelaban sus canciones, pasó por Los Ángeles y allí le propusieron hacerlo un latin lover de Hollywood, pero eso requería cierto relajamiento de costumbres que no iba con su estilo.

Tenía su tendencia muy clara desde el principio; acudía a un conservatorio desde los seis años y a los doce compuso su primera canción, “Un cigarrillo, la lluvia y tú”.

A los diecisiete ya quería unirse al grupo musical “Los andariegos”, pero su padre se lo prohibió a causa de sus malas notas en el instituto. Superó ese bache y comenzó a estudiar Derecho y Ciencias Sociales en Buenos Aires y para pagarse los estudios trabajaba de músico para los clubes nocturnos.

Pues no era su destino asentarse en un despacho para ejercer la abogacía, dejó los estudios y tomó un barco rumbo a la tierra del conquistador de las Américas; el genovés, Cristóbal Colón.

Y de Génova viaja a Bélgica, donde conocerá el dulce sabor del amor y el amargo del  primer fracaso junto a su grupo Argentine international ballet and show.

Como todo principiante ha de debatirse entre sus propias inclinaciones, que lo llevan a París para seguir los pasos de la chanson française, o intentar abrirse camino, al fin, con una fórmula comercial, lo que consigue con una pachanga, llamada “Me lo dijo Pérez”, que presenta en los 60 del Festival de Mallorca y se hace muy popular en la voz de Mochi, Karina y Los Tres Sudamericanos por fomentar, a ritmo pop, el boom turístico en la isla balear .

Pronto, sin embargo, abandonará esta senda, arriesgando por su amor a la poesía, y en el teatro de La Zarzuela sorprenderá al público cantando temas de Atahualpa Yupanqui y poemas musicados de Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Neruda y Machado, que inspiran a Joan Manuel Serrat  para dedicarle todo un disco a los versos del poeta sevillano, en el que toma de Cortez la música para los temas “Retrato” y “Las moscas” .

Durante estos años de continuado contacto con los poetas, nace el estilo Cortez de sus mejores canciones; En un rincón del alma, Cuando un amigo se va y El abuelo, que dedica a la memoria de su propio abuelo; Eladio García, el emigrante gallego de Punxin.

Detrás de todas las canciones de Cortez hay una intensa vivencia personal, lo que se revela en la emoción que transmiten, sobre todo cuando son interpretadas por él; no sólo con la voz, sino con los gestos de las manos y las expresiones de la cara. Cortez tenía mucho de tenor en su apariencia y su manera de ser actor que canta sobre el escenario. Y así lo llegaron a comprender en Buenos Aires, que lo acogió en el Teatro Colón en 1992; lugar hasta entonces sólo  reservado para espectáculos de ópera.

Sin embargo, a pesar de los muchos honores, los grammys y discos de oro que fue acumulando a lo largo de su larga carrera musical, siempre seguía apareciendo ante el público como una presencia cercana que llegaba a todos por haber logrado dar con el lenguaje universal de los sentimientos con una sencillez inimitable, que iba directa al corazón; igual el de los unos que el de los otros. Podemos pensar diferente, pero sentimos lo mismo.

El corazón tiene un lenguaje sencillo, aunque muy pocos, como Cortez, encuentran sus palabras exactas.