Nuestro papel

26 Abr

Ayer recibí cuatro cartas de amor. En papel como las de antaño. Fue una experiencia muy emotiva, porque el cielo gris de esta primavera, que vino pareciéndose tanto al otoño, le ponía a la escena un acento becqueriano o ceciliano como aquello del nueve de noviembre con el ramito de violetas.

Lo que pude leer al extraer las hojas de los sobres fue realmente conmovedor. En aquellas líneas se expresaba una ternura infinita. Quienes redactaron tales textos decían estar muy preocupados por mí y guiar todos sus esfuerzos hacia mi felicidad.

Aquello parecía amor, amor del verdadero, pues los remitentes me llamaban por mi nombre y me decían estimada. Igual lo que me decían, me lo podrían también haber dicho por internet y hubiera sido más ecológico, pero el marketing que es psicología aplicada al mercado está por buscar en el consumidor la fibra sensible y a ello va, cueste lo que cueste.

Si los afectos de los particulares ya nos llegan con postales virtuales por email o por las redes sociales, nunca nos faltarán en el buzón las declaraciones de amor de las entidades bancarias o las propagandas políticas. Esto invita a una reflexión; será que algún poder hay en el papel cuando los que mandan o pretenden mandar apuestan por él.

El papel. Este fin de semana el papel tendrá su máximo protagonismo. El resultado de las elecciones generales dependerá de lo que dictaminen unas papeletas. Éste es, sin duda, nuestro papel. Quienes pretendan nuestros favores han debido currarse el cortejo, aunque, tal vez, a estas alturas, ya no baste con las cartas amorosas o las fotos fotogénicas.

Tal vez, pues esos recursos han dejado de funcionar con los desengañados ciudadanos, lo que habrían de enviarles por correo son los programas. Apuesto a que un buen programa, sintetizado y en papel- con sus definidos apartados en negrita; educación, sanidad, empleo, cultura, pensiones… -mueve más las voluntades de los electores que unas cuantas frases de cumplido o la visualización de un debate que termina por convertirse en cuadrilátero.

La lectura es en papel y no en pantalla. Los expertos en competencias digitales aseguran que el límite de palabras que un usuario lee en su ordenador o su móvil es de 245. Se trata de un dato alarmante, pues si nuestra dosis de lectura está limitada, también, por ende, lo estará nuestra dosis de información, nuestro pensamiento y nuestro juicio crítico.

La cuestión no creo que esté en reducir los textos para adaptarse al público sino en crear textos seductores, independientemente de la longitud. El público lector no es perezoso. Cada tomo de las trilogías que se pusieron de moda; Millennium, Las sombras de Grey, etc,  tenían alrededor de 600 páginas y fueron devoradas por millones de personas. Por supuesto, en papel.

Si se pone en duda la calidad de estas novelas ha de ser por otras causas que por su longitud. Si la longitud es contraria al valor de una narración, bailarían en la cuerda las obras de Tolstoi y Dostoievski y Balzac y Proust, entre otros muchos.

Cierto es que, desde las redes sociales, se lee y se escribe más que nunca ¿pero en qué condiciones? La impaciencia digital- mal ya diagnosticado- impide que se lean más de cinco líneas y, por ende, la falta de lectura amplia y correcta da lugar a que los usuarios escriban textos plagados de fallos gramaticales y faltas de ortografía.

Decía nuestro Manuel Alcántara, autor de referencia en la actual Feria del Libro, que en nuestros tiempos ya no hay el alarmante índice de analfabetismo que hubo entre los años 20 y 30 del siglo pasado y, sin embargo, hay muchos analfabetos que saben leer y escribir.

Si el índice de lectura, digamos serias y completas, es bajo, no podemos culpar a «una mayoría ignorante» como si fuésemos una raza superior, encumbrada en una torre de marfil.

Hay que comprender que ciertas jornadas laborales de tropescientas horas dan de sí, al llegar exhaustos a la noche, sólo con un ratito de tele antes de caer rendidos en el sofá. Las condiciones de trabajo tienen que mejorar para que el ocio sea accesible a todos y puedan disfrutar de tantas posibilidades como ofrece la cultura, que no tiene que ser un coto para clases preferentes.

El tiempo libre, por otra parte, es un privilegio para los solventes, pero para los parados es una condena; es muy difícil que quien está a pique del desahucio e igual ya ni siquiera cobra el paro se haga acólito de las artes y piense en algo más que luchar por la supervivencia.

El escritor, que en muchas ocasiones es aliado de estas miserias, debe entender que antes de criticar la desidia de sus lectores posibles- o imposibles- ha de contribuir a crear las condiciones para que los lectores, por lo menos, puedan serlo.

Es mi postura, claro, yo creo más en la literatura del compromiso que en la del virtuosismo, que no quiere decir bajar la calidad, sino concluir una obra con la satisfacción de haber hecho algo útil. Igual nos dejamos la piel año tras año sin conseguirlo, pero el simple hecho de intentarlo vale la pena. Seré una ilusa y, sin embargo, es ésta la única ilusión que me anima a seguir escribiendo.

París, je t´aime

19 Abr

Víctor Hugo escribió su novela Notre Dame de París por amor al arte. Al arte gótico que, como buen romántico, defendía por encarnar la irracionalidad, el misterio y el espíritu nacional.

Creó una trama rocambolesca de amores desgarrados e imposibles en torno a la catedral con tal acierto que logró ponerla nuevamente de moda, cuando el gótico en los edificios parisienes era ya considerado como un estilo vulgar y monstruoso frente a la pujanza del estilo neo grecorromano, racional y diáfano, que poblaba la ciudad de ágoras, templos paganos, columnatas, panteones, arcos triunfales y espaciosas avenidas por donde pudiesen desfilar cortejos victoriosos.

Deteriorada Notre Dame a manos de la Revolución Francesa, que hizo balas del plomo de sus techos y cañones del bronce de sus campanas, además de destruir estatuas de la galería de los reyes y destrozar su aguja del siglo XIII, Víctor Hugo le inventó una leyenda que la llenó de atractivo a los ojos de autóctonos y extranjeros, que, sugestionados por tan magnética ficción, hurgaban en la catedral las huellas de la fatal gitana Esmeralda y su benefactor, el campanero jorobado, Quasimodo.

Aquella novela fue, entre otras cosas, una campaña publicitaria de primer orden que impulsó al gobierno francés a ordenar unas obras de restauración, que contemplaron añadidos tan singulares como sus características gárgolas.

Habría de nuevo atentados o tentativas contra la emblemática catedral parisina, durante los tiempos de la Comuna y la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler decidió que no devolvería la ciudad de sus sueños a los aliados, si no era convertida en un puñado de cenizas.

Sin embargo, desde que Víctor Hugo creó al protector Quasimodo, nadie creyó que las amenazas se pudiesen materializar. Notre Dame debía seguir ahí para ver pasar los siglos y ser el punto de referencia de los viajeros en su periplo por la capital de Francia. Allí debió estar el bohemio escritor Alejandro Sawa, antes de que coronase su frente el beso mentor de Víctor Hugo y dejara de ser escritor para convertirse en mero bulevardier o parisiene, como lo describió Julio Camba.

–¿Qué hace ahora Alejandro Sawa?

–Vive en París- respondían.

Vivir en París, vivir París es, sin duda, un oficio y casi todos lo hemos ejercido aunque sea una sola semana ¿recuerdas?

Entramos en Notre Dame antes de ir a cenar al Barrio Latino y después de visitar la librería Shakespeare and Company. Se celebraba misa y el sacerdote era un bellísimo joven africano, negro como el ébano ¿quién podría pensar que la catedral con sus rituales representaba a una cultura prepotente, occidental y caduca?

Pas du tout. A pesar de algunos, París nunca será eso, como nunca lo fue incluso con Napoleón coronándose a sí mismo en el altar de Notre Dame o con Hitler paseando sus ejércitos por los Campos Elíseos, porque siempre hasta en los momentos más difíciles ha tenido rendijas por las que termina colándose la libertad.

París es la ciudad de los exiliados, de los perseguidos, de los diferentes y los bohemios; el lugar de los que no encuentran su lugar en el mundo, el hogar de los que huyen del hogar, el nido de amor de los amores imposibles. Siempre nos quedará París ¿recuerdas? como Rick e Ilsa en Casablanca, como Verlaine y Rimbaud, como Modigliani y Jeanne Hébuterne.

Estuvimos allí ¿recuerdas? contemplando aquellas pinturas que ya no existen y admirando los techos ahora calcinados. Estuvimos, como tantos, en Notre Dame, sin que a nadie le importase si éramos católicos o de otra fe o ateos, sin que nadie nos pidiese un carné o preguntase nuestro nombre o nos pidiese pagar una entrada para disfrutar de toda aquella belleza.

Como todos, fuimos a cenar al Barrio Latino, bebimos mucho y cenamos poco, disfrutando de esa elegancia que es tener hambre en París. Nunca fuimos tan pobres, pero tampoco tan jóvenes y tan libres ¿recuerdas?

Al día siguiente llovía, como llovía en el corazón de Verlaine cuando llovía en la ciudad, pero igual nos encaminamos a Le Marais para visitar la casa de Víctor Hugo. En la plaza de Vosges encontramos una papelera donde alguien había depositado un grueso volumen; obras de teatro completas de Fernando Arrabal.

Bajo los soportales, en la terraza del Café Hugo pedimos una frasca de vino de la casa y un delicioso foie de oca con higos, a sabiendas de que la cena de aquella noche sería ya sólo el beso del escritor en la frente.

Como románticos empedernidos, bajo el cielo gris, fuimos a casi todos los cementerios a rezar nuestras oraciones paganas por los poetas malditos. Ni a Baudelaire le negó Montparnasse el camposanto.

Pasamos de nuevo por Notre Dame para imaginar el encuentro de Rubén Darío con Verlaine en el Café D´Harcourt del boulevard Saint-Michel, cuando el joven autor de Azul, guiado por Alejandro Sawa, encontró a su ídolo muy cargado de ajenjo y le transmitió elogios en su mal francés, de los que el beodo veterano solo oyó con gran indignación la palabra gloria:

–La gloire, la gloire! Merde, merde encore.

El mal humor de Verlaine, sus arrebatos y sus escándalos eran bien conocidos en la ciudad y, sin embargo, fue elegido Príncipe de los poetas y recibía por ello una pensión del estado. París es diferente, desde luego.

Todos huimos alguna vez a París, nos sentimos libres y rebeldes y nos enamoramos de una u otra manera, porque allí todas las maneras eran posibles ¿recuerdas?

Amamos la torre Eiffel y el Sacre Coeur y también Notre Dame y si fuésemos millonarios daríamos parte de nuestra fortuna por salvar esos lugares en los que vivieron tan bellos recuerdos. Quien puede lo hace y sabe muy bien por qué. París, je t´aime ¿recuerdas?

Directo al corazón

12 Abr

Muestra de la integración de los argentinos en España es que parece que no hay película o serie en el país en la que no aparezca un argentino, planteando sus reflexiones existenciales.

Los argentinos son muy de monólogo interior cuando escriben novelas y de monólogo exterior en sus relaciones sociales. Hasta en las situaciones más insólitas te encuentras con un argentino y se arranca en un monólogo improvisado y transcendente, que al español, no dado a tales expansiones, le deja un poco aturdido.

Recuerdo ver entrar hace unos años en una sauna a un señor con la toalla cruzada al hombro con aire de senador togado, que en cuanto se hubo sentado en uno de los bancos de madera, exclamó:

—¡Qué condición pelotuda la del género humano!

Alguno de los colindantes sudoríferos, que ya se hacía cargo de que aquello era sólo un proemio, puso los ojos en blanco y se abanicó con la mano, lo que no le recató  al orate de proseguir, ya en su pose de alegador tribunicio:

—¿Pero qué carajo hacemos aquí todos tan callados? ¿Va a ser que estamos en misa?

Los perros se huelen el culo y recién se hacen amigos. En cambio, nosotros, qué va a ser.

Yo me llamo Norberto y soy de Mendoza ¿Y vos te llamás? —preguntó primero al de los ojos en blanco y luego, uno a uno, a toda la concurrencia.

Conocido ya el nombre de la audiencia, nos hizo Norberto una sinopsis de las causas de la crisis de su país y de la política de allá y del mundo entero, toda ella muy entreverada de preguntas retóricas, tan incontestables como las de un Hamlet o un Segismundo o el propio Cayo Graco.

Odio encerrar en un tópico a todos los nativos de un país, pero, sin duda, este tipo de personajes contribuyen a fomentarlos. Y bien, la verdad es que me resultan simpáticos.

Llegan a España y aquí se mueven como Pedro por su casa, sin sentirse extranjeros, porque más que venir regresan a la tierra de los padres o los abuelos, que emigraron a Argentina en tiempos de carestía o de huida forzosa en la Guerra Civil. Son la descendencia de aquellos gallegos, que es apelativo común en los dominios del Martín Fierro para todo español, sea de la provincia que fuere.

En el caso del compositor y cantante argentino, Alberto Cortez, del que hablamos estos días, no hay duda; tanto su abuelo como su padre nacieron en el pueblo de Punxin (Ourense), aunque su recia corpulencia de leñador se la debiese tal vez más a una abuela, Julia Laburu, de origen vasco.

Todo en él era grande; su estatura, su torrente de voz y su sensibilidad, que llenaba los escenarios, con su sobrio conjunto de camisa y pantalón negros, que en su modestia usaba , como Edith Piaf, para confundirse con las sombras del escenario y no distraer al público de la interpretación musical, lo cual no lograba del todo.

En sus correrías por el mundo, propias del espíritu aventurero que revelaban sus canciones, pasó por Los Ángeles y allí le propusieron hacerlo un latin lover de Hollywood, pero eso requería cierto relajamiento de costumbres que no iba con su estilo.

Tenía su tendencia muy clara desde el principio; acudía a un conservatorio desde los seis años y a los doce compuso su primera canción, «Un cigarrillo, la lluvia y tú».

A los diecisiete ya quería unirse al grupo musical «Los andariegos», pero su padre se lo prohibió a causa de sus malas notas en el instituto. Superó ese bache y comenzó a estudiar Derecho y Ciencias Sociales en Buenos Aires y para pagarse los estudios trabajaba de músico para los clubes nocturnos.

Pues no era su destino asentarse en un despacho para ejercer la abogacía, dejó los estudios y tomó un barco rumbo a la tierra del conquistador de las Américas; el genovés, Cristóbal Colón.

Y de Génova viaja a Bélgica, donde conocerá el dulce sabor del amor y el amargo del  primer fracaso junto a su grupo Argentine international ballet and show.

Como todo principiante ha de debatirse entre sus propias inclinaciones, que lo llevan a París para seguir los pasos de la chanson française, o intentar abrirse camino, al fin, con una fórmula comercial, lo que consigue con una pachanga, llamada «Me lo dijo Pérez», que presenta en los 60 del Festival de Mallorca y se hace muy popular en la voz de Mochi, Karina y Los Tres Sudamericanos por fomentar, a ritmo pop, el boom turístico en la isla balear .

Pronto, sin embargo, abandonará esta senda, arriesgando por su amor a la poesía, y en el teatro de La Zarzuela sorprenderá al público cantando temas de Atahualpa Yupanqui y poemas musicados de Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Neruda y Machado, que inspiran a Joan Manuel Serrat  para dedicarle todo un disco a los versos del poeta sevillano, en el que toma de Cortez la música para los temas «Retrato» y «Las moscas» .

Durante estos años de continuado contacto con los poetas, nace el estilo Cortez de sus mejores canciones; En un rincón del alma, Cuando un amigo se va y El abuelo, que dedica a la memoria de su propio abuelo; Eladio García, el emigrante gallego de Punxin.

Detrás de todas las canciones de Cortez hay una intensa vivencia personal, lo que se revela en la emoción que transmiten, sobre todo cuando son interpretadas por él; no sólo con la voz, sino con los gestos de las manos y las expresiones de la cara. Cortez tenía mucho de tenor en su apariencia y su manera de ser actor que canta sobre el escenario. Y así lo llegaron a comprender en Buenos Aires, que lo acogió en el Teatro Colón en 1992; lugar hasta entonces sólo  reservado para espectáculos de ópera.

Sin embargo, a pesar de los muchos honores, los grammys y discos de oro que fue acumulando a lo largo de su larga carrera musical, siempre seguía apareciendo ante el público como una presencia cercana que llegaba a todos por haber logrado dar con el lenguaje universal de los sentimientos con una sencillez inimitable, que iba directa al corazón; igual el de los unos que el de los otros. Podemos pensar diferente, pero sentimos lo mismo.

El corazón tiene un lenguaje sencillo, aunque muy pocos, como Cortez, encuentran sus palabras exactas.

La novela infinita

5 Abr

La prosa periodística es urgente, aunque no efímera. Este periódico de hoy, que se escribió ayer, mañana dejará de ser actualidad, pero, pasados los años, las décadas y los siglos, será historia; un material imprescindible de referencia que en hemerotecas físicas o virtuales servirá para que las próximas generaciones construyan la memoria del pasado y puedan entender su presente, en simples lecturas curiosas o sintetizando la información a objeto de redactar ensayos o novelas.

En el siglo XXII o XXIII, alguien visitará estas páginas con el interés de conocer los avatares de sus antepasados y recrear la atmósfera de su época; La Opinión de Málaga será para él, para ellos, lo que a mí La Unión Mercantil, El avisador malagueño y otras publicaciones del siglo XIX, que documentan, mejor que ningún medio con exactitud, la cotidianidad ciudadana, el pulso vivo y directo de los días.

Decía Antonio Muñoz Molina que un colaborador, artículo a artículo, va escribiendo una novela sigilosa, pero no son sólo los articulistas quienes la van componiendo, sino también los redactores, los cronistas, los fotógrafos, los maquetadores…Todo el equipo, en fin, de un periódico  hace posible que cada ejemplar sea la nueva entrega de una novela infinita, en la que está implicada el común de los seres humanos: una novela que cuenta, además, con el encanto, la ventaja y el atractivo de estar escrita por muchas manos, lo que implica diversos puntos de vista y posibilita, dada tal diversidad, crearse un criterio propio.

Un periódico que no admite la diversidad de opiniones no es periódico sino mera propaganda; La Opinión de Málaga, ya desde su propio nombre, que es una declaración de intenciones, nació con vocación de pluralidad, o sea, netamente periodística en 1999 y, muy significativamente, en la renovadora estación de la primavera; el señuelo de las letras blancas sobre el fondo verde apuntaba a un deseo de esperanza y renovación, como lo exigía la irrupción de un nuevo siglo. Eso, para algunos, fue una temeridad, pues tenían la idea de que el 2.000 traería el fin del mundo.

Y bien, no era la primera vez que los malagueños sobrevivían a un fin del mundo. Ese tipo de hecatombe ya se había pronosticado para 1885 por el falsario padre José en Tolox con el resultado de la detención por escándalo público de sus iluminados, que desnudos y embriagados bailaban alrededor de una hoguera; «los encuerichis».

En 1999, los agoreros tuvieron, sin embargo, mucho menor predicamento; el Málaga C.F. acababa de subir a Primera y no era cosa de perderse por ninguna fatalidad la próxima temporada.

Por aquellos días de finales de mayo, yo enfilaba la calle Larios, por donde aún transitaban los coches, con dirección a calle Granada, donde estaba la flamante sede de La Opinión de Málaga. Unos pasos antes de llegar a mi destino, dejaba a la derecha el edificio ruinoso del Cine Echegaray, donde las entradas salían más baratas, pues comentaban que la visita de alguna rata podía amenizarte durante la proyección.

Algo nerviosa franqueé la puerta del nuevo periódico y pregunté por el director, don Joaquín Marín, con quien tenía cita. Yo ya había escrito muchos artículos. Algunos, más bien, la mayoría, estaban ocultos en el altillo de mi armario (de donde espero que nunca salgan) y otros los publiqué en Sur como colaboraciones. Era una aficionada muy entusiasta, pero, sin duda, con más entusiasmo que pericia.

Joaquín Marín no me hizo esperar, era un hombre decidido que no gustaba de malgastar ni un minuto de su tiempo. Frente a frente, en su despacho, tras un breve saludo cordial, me dirigió una de sus miradas avasalladoras y fue al grano, como era su costumbre:

-He leído cosas tuyas y no están tan mal.

Eso, desde luego, no sonaba a piropo, ni tampoco lo pretendía. Joaquín sabía que lo mejor para estimular a un principiante no era la lisonja; que yo lucharía para poder mejorar ese juicio y llegar del «no tan mal» al «bien» o al «muy bien». Debo decir, a su favor y en mi beneficio, que eso llevó su tiempo. Mal maestro es el poco exigente.

Luego volvió a lanzarme otra de sus miradas penetrantes y me preguntó:

-¿Estarías dispuesta a escribir una columna cada semana?

Respondí que sí inmediatamente. La duda me ofendía. Entonces una columna semanal me parecía muy poco. Creía que tenía muchas cosas importantes que decir y que las podía decir a diario. Tenía, desde luego, la arrogancia ignorante de los inexpertos.

Después de veinte años, puedo decir que un compromiso semanal no es cosa baladí, que requiere un gran esfuerzo, si no se quiere bajar el nivel. Eso me hace admirar muchísimo y darle título de heroicos a los compañeros que escriben a diario; que hacen la doble tarea de estar al cabo de las últimas noticias y comentarlas, además, con talento. Si lo logran ¿qué le consagran a su vida personal? ¿de verdad se puede hacer algo más a lo largo del día?

El periodista es vocacional o no lo es. Sólo una vocación importante justifica esa esclavitud al compromiso, que es estar encadenado a la actualidad día y noche ¿merece eso la pena?

De un modo del todo egoísta tengo que decir que sí. Los periodistas no sólo son necesarios para los lectores actuales, sino también para los lectores futuros. Por eso me parece inexacto que se diga que crean prosa fugaz, cuando están construyendo historia; documentos, sin duda, imprescindibles.

He visto con mucha emoción en la edición extraordinaria del 31 de marzo las portadas de estos 20 años de La Opinión de Málaga. El periódico ha sido un fiel portavoz del siglo XXI a nivel nacional e internacional, y también ha participado en el indiscutible progreso de la ciudad.

No se apostaba mucho en 1999 por este periódico ni por el nuevo siglo ni tampoco por la ciudad en el nuevo siglo y menos por un alcalde que decían que sería de tránsito, y, sin embargo ha sido hasta hoy una pieza clave para Málaga en el florecer como destino turístico de preferencia. Los extranjeros ya no vienen de paso hacia la Costa del Sol; se quedan y, si el tiempo no contribuye, visitan los museos, pasean por un centro histórico atractivo y restaurado, se alojan en bonitos hoteles y comen en prestigiados restaurantes. También en el puerto, que ya no es coto cerrado.

Málaga 1999-Málaga 2019. Quedan muchas cosas por hacer, pero sería de necios decir que no hemos mejorado. Hemos visto nacer centros culturales, Centro Andaluz de las Letras, La Térmica, Casa Gerald Brenan  y pasar otros a mejor situación (el Ateneo de calle Ramos Marín a la Escuela de Bellas Artes de San Telmo en plaza de la Constitución).

Ya no hay vuelta atrás. Hay que mejorar más aún y contarlo en La Opinión de Málaga.

El enemigo

29 Mar

Si hay personas que presumen de tener amigos, incluso las hay también que se jactan de tener enemigos. Decía Ferrándiz, director de la Escuela de Bellas Artes de Málaga en el siglo XIX, que un hombre de valía había de tener enemigos, pues ellos te dan la medida de lo que vales.

Esta frase del polémico pintor valenciano fue todo un presagio, pues si su valor quedó demostrado, como docente, por dar al arte nombres de prestigio internacional como Simonet y Lombardo, Moreno Carbonero y José Nogales Sevilla, no lo será menos por la cantidad de fervientes enemigos que le fueron surgiendo, cuanto mayores iban siendo sus éxitos. Tantos y tan perseverantes, que, gracias a su persistente labor, consiguieron llevarlo primero a la cárcel y luego a la tumba y, de paso, acabar con el más granado florecimiento que tuvo el arte en Málaga.

Sin duda, la empresa de los enemigos es destructiva e inútil y, en nada, merece ni el esfuerzo ni la jactancia. Ni siquiera la venganza, en el caso de que las circunstancias lo propicien.

Dijo Hamlet, por boca de Shakespeare, que la venganza no sirve para nada y, como verdad shakesperiana, es del todo incuestionable. No obstante, cierto es que el argumento ha dado obras magnas como ésta y estremecedores guiones al cine.

Pensamos, por ejemplo, en «El secreto de sus ojos», esa trama en la que el viudo, Ricardo Morales, tiene encarcelado en su propia casa al violador y asesino de su esposa para verlo languidecer día a día, o en «La piel que habito», donde es el padre quien hace lo propio con el violador de su hija, con la estrambótica variante de que, siendo cirujano, lo hace transexual y le da la apariencia de su mujer fallecida. Ciertamente, yo me pregunto qué clase de placer puede haber en estas prácticas  que contemplan la posibilidad de convivir con el máximo responsable de tu dolor,  y soy más partidaria de la máxima, «A enemigo que huye, puente de plata», o sea, que desaparezca el hostil, aunque sea por propia iniciativa, por ello tampoco entiendo ese dicho «Si no puedes con tu enemigo, únete a él» ¿unirse al enemigo? ¿No es eso demasiado estresante?

No es factible esperar de la compañía de un enemigo, sino puñaladitas traperas y que un día, distraído, te ponga la zancadilla, pierdas el paso y te rompas la crisma; el enemigo es un asunto fastidioso y jodido, que no remite por años que le pasen por encima.

Si hay que tener un enemigo por fuerza, ya que de otro modo nada me apetece, prefiero que sea un enemigo común; así el enemigo se reparte y toco a menos. Un enemigo para mí sola me parece demasiado, de modo que de muchos ni hablar, por más que sean proporcionales al valor personal. Prefiero no valer nada que tener subidos a la chepa a un montón de enemigos, con lo cansinos que son, de uno a uno.

El enemigo común, ése es el concepto; busquémoslo y démosle caña entre todos, como en Fuenteovejuna. Tenemos pistas, pistas universales, pero me dicen que eso es demasiado abstracto, que debo ceñirme, por lo menos, a un ámbito local. Pues bien, ¿quién es nuestro enemigo ahora en el ámbito local? Para algunos, sin duda, el Granada C.F, pues hay que ganarles, sí o sí, el próximo 6 de abril para arrebatarles la segunda plaza. Eso me parece triste, con la de pactos implícitos que se han hecho entre los dos clubes en los últimos años…Pero hay que ganar ¿se puede ganar de una manera amistosa? El fútbol nos pone difícil la cuestión de la amistad, otra cosa era cuando el enemigo común era el Real Madrid o el Barça, pero entre vecinos, ay.

Salgamos de esta zona conflictiva y busquemos un enemigo común menos peliagudo.

La Semana del Mar, que se está celebrando ahora en Málaga, nos lo pone clarito; nuestro enemigo común es la medusa. Desde luego, ¿quién se puede poner a favor de la medusa?

La medusa nos arruina los veranos y les arruina los veranos a los turistas, que nos traen la principal fuente de ingresos a Málaga. Hay que hacer algo contra las medusas y eso es muy complicado, porque las medusas llegan a nuestras costas por el cambio climático. Las aguas de nuestro mar eran frías, pero por culpa de dicho cambio se caldean y ellas vienen a disfrutarlas, pues con ese calorcito se sienten la mar de a gusto. Hay que manifestarse contra el cambio climático para que los grandes mandatarios admitan, al menos, que existe. Ésta sí que es una empresa común, nos unen los intereses por el bienestar y abarca a todo el planeta; vamos.

Nuestro objetivo es, la verdad, a largo plazo, pero si todas nuestras energías en lugar de dividirse se concentran en iniciativas para el bien común, viviremos más, mejor y seremos más felices. La solidaridad, gran palabra, mejor concepto, con ella se puede todo; vamos.

Digo yo que nuestro peor enemigo común es la indolencia, el cruzarse de brazos y dejar siempre los proyectos inacabados. Hay que recuperar la memoria histórica, que se remonta mucho más que a la Guerra Civil. Ésta ha sido la ciudad de las revoluciones; la del general Torrijos, la temible en el año de la Gloriosa, la incombatible en la I República, la que no podía ocupar el General Pavía  ¿van a poder con nosotros las medusas?

He sabido de un remedio muy interesante para acabar con las medusas; comérselas. Dicen que su sabor se parece al de las ostras y los percebes y que en China, Tailandia, Corea y Japón hacen platos exquisitos con este celentéreo, en los que la sirven con wasabi, salsa de ciruelas, mostaza o aceite de sésamo.

Desde estas líneas, propongo a Dani García que confeccione recetas de medusa malagueña. Seguro que se lleva otra estrella Michelín, si es que es posible tener más.

Si no puedes contra tu enemigo, cómetelo, decían o hacían los dioses griegos.

Todo sobre Almodóvar

22 Mar

Hoy mismo se estrena la nueva película de Almodóvar, » Dolor y  gloria», si bien no entra dentro del programa del Festival de Cine Español, que aún se celebra en Málaga. Es una pena porque la película tiene un sabor muy malagueño, ya que el actor protagonista de la misma es nuestro Antonio Banderas; nadie mejor que él para interpretar a Salvador Mallo, el alter ego del director manchego, a quien conoce de toda la vida, desde sus principios como cineasta, y con el que ha compartido, además de rodajes, noches de marcha en los inolvidables 80 de la Movida.

Se puede decir que muchos comenzamos a apreciar el cine de Almodóvar, en gran parte por la brillantez que Banderas daba a sus personajes («La ley del deseo», «Átame») y que, igualmente, gracias a la participación en aquellas películas, el actor pudo mostrar su gran potencial.

Antonio es a Pedro lo que Mastroianni a Fellini y lo que Johnny Depp a Tim Burton; el actor que se ajusta como un guante a sus papeles, porque más que interpretarlos, los vive.

La nueva película se nos presenta con el atractivo añadido de que se trata de una autoficción; ese género del  que se vale un artista para explicarse a sí mismo, llegado un momento grávido de experiencia: un ejercicio de psicoanálisis que en los escritores  pueden ser unas memorias o en los pintores un autorretrato, pero, cuidado, autoficción no es igual a autobiografía.

El género autobiográfico es propio del  principiante, que cuenta su vida cuando aún no tiene materia para concebir otras historias, la autoficción, en cambio, se compone de materiales más complejos; opciones descartadas, deseos irrealizados, mundos paralelos y latentes que no llegaron a materializarse. El subconsciente es ese cuarto de atrás, ese trastero, que, descuidado y caótico, nos reclama, a un cierto punto, la valentía de entrar y poner orden.

Hay ya muchas pinceladas de autoficción en otras películas de Almodóvar, que podemos reconocer en el argumento de esta nueva película; ese tipo de obsesiones que, a fin de cuentas, conforman el estilo de un autor. Tanto en «La ley del deseo» como en «La mala educación», que se consideran los antecedentes con los que » Dolor y gloria», cerraría una trilogía, se nos dibuja a un director de cine, ya algo renombrado, que fracasa en una relación amorosa con un joven, que, en el segundo film es, además, un actor trepa y oportunista.

Aparece en ambas igualmente la figura del sacerdote pederasta que turba la infancia de uno de los personajes y, concretamente, en «La ley del deseo», la relación incestuosa de este mismo con su padre; una situación que se repite en «Volver», aunque no en términos de aceptación, sino de abuso.

Sin que se den estas mismas circunstancias, es reconocible que Penélope Cruz en «Volver» tiene mucho del mismo Almodóvar en el regreso a su pueblo de la Mancha, pues el cineasta no sólo ha traspuesto su alter ego a hombres, sino también a mujeres. Si Eusebio Poncela era su trasunto en «La ley del deseo» y  Fele Martínez en «La mala educación», también Marisa Paredes en «La flor de mi secreto» es Pedro que anhela la llegada de un amado desatento y es Victoria Abril cuando llama desesperada a su madre en «Átame» y ésta le dice lo que tiene ese día para comer (no recuerdo bien si pisto o gazpacho). Desde luego, la madre sí que era la propia madre de Almodóvar, pues él la contrató como actriz para la película. Magnífica actriz, por cierto.

Que la figura de su madre, aparezca de nuevo con fuerza en esta película no es una casualidad, ya se anunciaba en «Volver» y «Todo sobre mi madre».

El director manchego tenía- digamos que nunca dejará de tener- una relación subyugante con su madre y una necesidad apremiante de ser aceptado por ella. Lo normal, sobre todo, si se vive en la diferencia; la doble diferencia de ser artista y ser homosexual (pensemos en Proust, Verlaine y muchos otros), pero la comprensión y el cariño no suelen ir de la mano, por más que el psicoanálisis se empeñe en racionalizar.

Mientras el mundo entero se rendía a la originalidad de las películas de Almodóvar, su madre se negaba a verlas. Sabía que le iban a disgustar y prefería no llevarse un mal rato. Si su hijo se había empeñado en hacer cine y tenía éxito, se alegraba y se sentía orgullosa con tal de que no sacase en las películas a las vecinas, porque con las vecinas tenía ella que convivir y si luego se enfadaban…

Nosotros que ya sabemos del triunfo posterior de Pedro Almodóvar, nos podemos escandalizar de la actitud de su madre, Francisca Caballero, sin ponernos en absoluto en su lugar ¿Acaso si hubiésemos nacido en un pueblo de la Mancha, a principios del siglo XX, nos gustaría que un hijo descuidase un puesto seguro como empleado de Telefónica para rodar películas como «Dos putas o historia de amor», «Sexo va, sexo viene» o»Folle, folle, fólleme, Tim»?

Sin duda, exigimos de las madres demasiado, más allá del amor, del grandísimo amor incondicional, que tendría que ser suficiente. Ninguna madre, ningún padre quiere que su hijo pase hambre, inquietud, que padezca el fracaso. Cuando Joaquín Sabina decidió irse a ser cantautor a Madrid, en lugar de aprovechar su inteligencia para sacarse plaza de funcionario, habría llanto en su casa de Úbeda, igual que en la de Antonio Muñoz Molina, cuando dejó su puesto seguro en la Diputación de Granada para dedicarse sólo a la novela.

Entendemos ahora a los hijos, porque han triunfado, y nos parece pacata la postura de los padres, sin pensar nunca en sus razones, que, después de todo, tienen un gran fundamento ¿es más habitual que un hijo artista triunfe o que muera de hambre? Pensemos.

Almodóvar resucita a su madre en esta nueva película para hablarle de su sexualidad, como nunca lo hicieron, y para escuchar su desaprobación a su nueva película de autoficción.

Podría conformarse con el aplauso internacional, como hasta ahora lo tuvo, pero necesita recuperar a su madre para que le riña. Así es el amor, ¿quién lo entiende?

Abrazos a Van Gogh

15 Mar

Ser artista es una condición, aunque muchas veces se haya tratado como una enfermedad, incluso por los propios artistas. A los diecinueve años, el poeta  Juan Ramón Jiménez, se intentaba tratar la melancolía en el sanatorio del Rosario de Madrid, después de haberlo hecho también en un centro similar, próximo a la ciudad de Burdeos.

Su mal, según él mismo decía, era una angustia, una inquietud, una tristeza abstracta, de la que, a pesar de todo, ni siquiera quería desprenderse. La  alegría le resultaba un sentimiento vulgar y chillón como la primavera y, entre las inmaculadas sábanas de su lecho de eterno convaleciente, componía versos a las sugestiones del otoño, cargados de soles tibios y hojas amarillas, que enviaba a la revista Blanco y Negro, cuyo director de entonces, Navarro Ledesma, cambiaba por «hojas secas», al considerar que el adjetivo «amarillas» era poco poético, con la consecuente respuesta airada del autor, quien consideraba que lo único prosaico no era ni más ni menos que el mismo Ledesma por no captar sus amarillos.

La hiperestesia y el amarillo han sido notas comunes en el carácter febril de los artistas, que son imposibles de interpretar con una evaluación objetiva ni de sanar con bromuro. No hay medicina para los amantes del amarillo, que abunda en la poesía y en los lienzos.

En Neruda fueron los ojos del gato, en Mallarmé una jarra de cerveza y en Van Gogh; casi toda su pintura. Si le preguntaban qué pintaba, decía que la luz del sol, convencido de que transmitir esa luz era la misión que Dios le había encomendado. Su primera vocación fue la de sacerdote, pero comprendió a tiempo que su modo de predicar lo transcendente era a través de los pinceles. Desde luego era un loco, si se entiende por loco a la persona que quiere darlo todo; su tiempo, su vida, su pasión, a cambio de nada más que sinsabores, disgustos e incomprensión. Los críticos coetáneos despreciaron la obra de Van Gogh, la gente común lo tildaba de chiflado y los niños lo apedreaban cuando pintaba a la intemperie en Arles. Ni siquiera fue capaz de comprenderlo el único amigo artista que creyó tener; Gauguin, quien fue a acompañarlo al sur de Francia a cambio de una pensión que le transfería el hermano del pintor, Theo, que fue su único apoyo económico y afectivo.

Ha habido equívocas interpretaciones sobre la relación de Van Gogh y Gauguin, a partir del episodio de su ruptura. Se decía que Vincent, enamorado de Paul, no pudo soportar que éste se marchase y, en un acto de desesperación, se cercenó la oreja. No es lo que más importa, desde luego, aunque cabe pensar que la necesidad de cariño de Van Gogh estaba muy por encima del sexo. Le hubiese bastado con que Paul lo aceptase y no lo zahiriese con tan amargas críticas. Era todo él un alma ingenua e infantil, sedienta de dar y recibir amor y, por lo tanto, del todo vulnerable. La película de Julian Schnabel,» Van Gogh en la puerta de la eternidad» nos da muchas claves sobre el tema. No es la única que se ha rodado sobre su vida, pero, según me parece, es la que más empatiza con su verdadero drama. Era un artista; un artista hiperestésico y adelantado a su época ¿ no es todo ello caer en la redundancia?

Sólo un artista, un artista verdadero- expresión que debería ser innecesaria- puede decir, como se oye en la película, «que pinta porque no sabe hacer otra cosa y que lo hace para personas que todavía no han nacido». Sólo quienes están dispuestos a afirmar cosas semejantes y demostrarlas, pueden ser considerados sacerdotes del arte. Y lo son, porque el tiempo hace justicia.

Me disgusta contemplar la obra de un artista en términos objetivos y científicos ¿de verdad, se puede? Según esos términos, el Greco pintaba figuras alargadas por una deficiencia en la vista y Van Gogh elegía el amarillo, dado su largo consumo de absenta y los sedantes que le administraban los psiquiatras para combatir la esquizofrenia ¿es que acaso la originalidad sólo puede ser explicada por una anomalía orgánica? ¿Por qué no nos basta con sentir la emoción que nos transmite una obra de arte y tenemos que buscar explicaciones racionales?

Explicarnos la obra de un autor, a través de sus peripecias biográficas, es del todo descabellado. Lo ha escrito Amos Oz en «Una historia de amor y oscuridad».  No vamos a saber nunca lo que había en la mente de un autor cuando escribió una novela o un poema o pintó un cuadro, ni tampoco nos debe interesar demasiado, lo importante es lo que construyamos nosotros al interpretarlas desde nuestra propia experiencia.

El amarillo de Van Gogh, posiblemente, es sólo su búsqueda del sol, su deseo de alegría en el sur de Francia, ¿por qué hay que buscar en ello una patología? ¿Por qué nos ha de interesar si se cortó una oreja o si se suicidó o fue asesinado? Nosotros somos las personas para las que pintaba, «los que todavía no habían nacido». Disfrutemos de sus amarillos, que nos dirán lo que somos, antes de  que lo que él fue. Él nos señaló el cielo, ¿A qué viene mirar el dedo?

Leo que hay una exposición multimedia en el puerto de Málaga «Van Gogh Alive», que permite la interactuación con su obra. Sin duda, que voy a ir. Soy una admiradora del holandés y hace ya muchos años que me fui a Ámsterdam para disfrutarlo, ¿qué será si lo tengo aquí al lado?

No busco entender a Van Gogh de un modo científico o racional. Soy, por fortuna, de esa clase de personas del futuro para las que pintaba, cuando todavía era sólo considerado un visionario. Lo puedo comprender sólo como artista, de modo emotivo.

Murió como un mendigo, pero cuando yo nací ya era un genio. Muchos quisiéramos darle todos los abrazos que  le faltaron, pero si queremos evitar que la historia cometa iguales errores, sólo nos basta con no repetirlos. Sepamos distinguir entre nosotros a los verdaderos artistas aún vivos y no los posterguemos a la gloria póstuma.

El juicio de Paris

8 Mar

Hablo de tiempos pasados en los que hablaba de tiempos más pasados todavía.

En una diapositiva proyectada en la pared, tres mujeres desnudas eran examinadas con atención por un hombre. Dudo si ahora esa imagen sería interpretada como pornografía, entonces era  sólo una magnífica obra de arte de Rubens; El juicio de Paris.

Mis alumnos de Latín no se escandalizaban por la desnudez de las diosas, si bien les llamaba la atención lo gordas que estaban todas. Había que explicarles que hubo momentos en la historia en que la abundancia de carnes era un atributo estético en la mujer y que, además, ése no era el tema del que nos teníamos que ocupar, pues se trataba de ahondar en la verdadera causa de la Guerra de Troya; un concurso de belleza.

Las tres diosas; Atenea, Hera y Afrodita querían saber cuál de ellas era más bella según el troyano Paris y las tres sobornaron al jurado- como también es habitual en los concursos de belleza-. Hera, esposa del omnipotente Zeus, le ofreció a Paris el don del poder, Atenea la inteligencia y la victoria en las batallas y Afrodita, el amor de la mujer más hermosa de la tierra.

Mientras el príncipe troyano hacía cábalas, sopesando las ofertas, el astuto y burlón Hermes sostenía en sus manos la manzana de la Discordia, que sería arrojada a los pies de la elegida, que, por fin, fue Afrodita y así se ganó para la eternidad el odio de las otras dos diosas despechadas, que, en lo sucesivo, persiguieron al pastor y a su patria troyana hasta lograr dejarla reducida a cenizas.

Si el mito es símbolo de las pasiones humanas como hizo ver Eurípides en sus tragedias, inspirando a Freud a concebir el psicoanálisis, concluiríamos que la rivalidad es un gen que condiciona al género femenino, lo cual nos desarmaría la esperanza de creer en esa solidaridad tan necesaria para que cualquier triunfo sea el colofón de una lucha.

Pero, tal vez, haya que descartar que los mitos sean reflejo imperecedero de lo fatal y que un juicio como el de Paris sea inconcebible en estos días. Si, en el momento presente, se hubiera planteado un certamen semejante, Atenea, Hera y Afrodita lo hubiesen rechazado y, unidas como una piña, afearían al troyano la conducta. Le dirían que ningún hombre tiene la autoridad para decidir sobre la belleza de las mujeres y que evaluarlas como piezas de ganado era insultante y machista y, en comité amigable, cogidas del brazo, después de manifestarse ante Zeus, el prepotente, adúltero y libertino, se habrían ido a tomarse unas copitas de ambrosía. Así se hubiera evitado la guerra de Troya.

Paris, de esa manera, nunca hubiese conocido a Helena ni la hubiera raptado con la consecuente cólera de su esposo Menelao y si, por casualidad, se diese esta circunstancia, la troyana habría pedido el divorcio al atrida, que, encogido de hombros, diría, cést la vie.

Si las mujeres hubiesen sido siempre como las del consejo de Lisístrata, nunca habría habido guerras desde el año 411 a. C, y si hubiesen sido asimismo como las asamblearias o las amazonas de Aristófanes, tendrían no ya la igualdad, sino el poder. El mito, como el feminismo, lo creó un griego, pues, en definitiva, no hay nada que no haya inventado ya un griego hace una pila de siglos ¿pero qué es más representativo del carácter de la mujer;  el juicio de Paris o las comedias de Aristófanes? Quisiera creer que lo segundo.

Cuando avanzan los siglos, muchos siglos, nos encontramos con dramas que nos devuelven a lo de Paris; veamos, por ejemplo, «La casa de Bernarda Alba».  Aquellas hijas de Bernarda se sacaban los ojos entre sí por Pepe el Romano, el chulito del pueblo, y les fue de pena.

Hoy día no hubiera sido así. Todas las hermanas se hubiesen asomado a la reja y le habrían dicho a Pepe:

-Mira, Pepe, o nos traes ahora mismo otros amigos casaderos, uno por cabeza para cada una, o no te casas con nadie.

Solidaridad, ése es el concepto, y sin esa base, no hay triunfo. Yo no quiero pensar que el feminismo es una secta, donde unas mujeres caben y otras no, sino una simpatía al género completo. Es muy estrecho ese sendero en el que caben tan pocos pies y tan estereotipados principios. Ser mujer no es un sacerdocio en el que haya que cumplir una serie de votos, entre otras cosas, porque no hay mujer, sino mujeres y, más allá de todo, personas.

Hay todavía una espina que tengo clavada en el corazón. Se trata de un mensaje que recibí en mi blog hace unos cuantos años. No era el primero que recibía en términos insultantes. Por desgracia, el anónimo que posibilita internet, da para que muchos arrojen lo más vil de su lado oscuro sin pensar que tarde o temprano cae dolorosamente su máscara. Al cabo de los años, puedes ponerle cara a los anónimos, incluso cara conocida, y eso más que indignar, entristece.

Aquel mensaje me dolió especialmente, porque la anónima se definía como mujer y feminista, y me amenazaba en intimidatorias mayúsculas con manejar sus influencias para echarme del trabajo. El artículo, al que me respondía, lo había escrito yo en defensa de las mujeres, por eso me extrañó aún más y, cuando lo veo impreso, al revisar otros papeles, me siento muy abatida.

Ni un mal día, ni un mal momento, justifica poner en entredicho un movimiento a favor de la mujer, que se ensaña, precisamente, con una de ellas y la hace dudar.

Por fortuna, mi compañero de La Opinión de Málaga, Juan Gaitán, de modo espontáneo, me vino a defender en un artículo titulado «Clasificada S» ¿tendría que haber sido una mujer quien me defendiese? Pues no, hay que aclarar que el machismo y el fascismo abundan en cualquier género, como también la ignorancia.

Yo no voy a luchar contra todo el sexo masculino, pues es del todo absurdo, sino contra el machismo y la intolerancia que se da todavía entre hombres y mujeres. Algunos y algunas.

Distopía positiva

1 Mar

Tenía el móvil descargado desde hace un día, cuando sonó la llamada. De Pitita, como no podía ser menos.

–Pero Pitita, ¿cómo has podido?…

–Ay, chica, he descubierto un método infalible para cargarle la batería a tu móvil a distancia. La tecnología es maravillosa ¿no te parece?

–Bueno…

–Es que te tenía que contar algo super-importante. Imagínate; el otro día estuve de comida en el campo.

–Sí, claro, menuda experiencia.

–Yo no soy nada de campo, tú lo sabes, pero tuve que aceptar por culpa de un chantaje.

–¿Y eso?

–Pues ya ves, Rogelito, el niño de Anodino Borrego, me llamó al amanecer, casi a las ocho de la mañana. Figúrate, que yo sólo llevaba dos horas durmiendo y mi Quique y mi Nachito todavía no habían regresado a casa.

– Perdona, Pitita, pero tenía que comentarte algo muy grave.

–¿Y qué puede ser grave a estas horas? ¿Es que no sabes que estamos de puente? Anda, vete a desayunar y luego te acuestas como un buen chico. Ya me llamas a la tarde, si eso.

–No, esto no puede esperar. Me duele mucho decírtelo, pero tu marido te engaña. Hoy lo he visto en una Poetry Slam con Namya Beaver, y estaban, como te lo diría, a brazo partido.

–¿Y eso es todo? Dime, ¿es menor la chica? ¿Tiene papeles?

–Bueno, se llama Carmen, en realidad, Namya es su nombre artístico. La conozco bien porque es de mi clase.

–Ah, ya sé, es Carmencita Juárez, una niña estupenda, hija de una amiga mía. Todo en orden.

–¿Cómo todo en orden? Tu marido adultera, abusa del poder del patriarcado para serte infiel ¿acaso no eres feminista?

–¿Feminista, yo? ¿Para qué? Mi Quique es un amor y a mí me gusta que se divierta.

–Pero, por favor, Pitita, no me digas eso. Para toda una generación, Quique y tú habéis sido un matrimonio modélico; un referente. Digamos que, como los mismísimos Ana Belén y Víctor Manuel, pero con otro rollo.

–Con otro rollo, seguro, Rogelito, pero, digo yo, ¿qué derecho tenéis las nuevas generaciones a pedir, ejem, a las menos jóvenes comportamientos modélicos?

Si las familias fuesen modélicas no se hubiese rodado nunca El desencanto ni Familia, ni La gran familia española, ni  Retrato de familia, ni Secretos de familia, ni….¿me podrías decir qué sería del cine y de la literatura de ayer y hoy mismo si las familias no tuviesen sus cosillas? Para que una unión se mantenga toda la vida hay que hacer pactos implícitos, negociaciones subterráneas, en fin, ese tipo de acuerdos por los que se ha avenido Cataluña y el resto de España durante tantas décadas.

–¿Pero tú no te has planteado nunca el divorcio, Pitita?

–Para nada. El divorcio es como el Brexit; un asunto que todo lo pone patas arriba y no beneficia a nadie.

–Me sorprendes, Pitita, ¿qué te parece si nos hacemos una comida en el campo?

– ¿En el campo? Ay Dios, Roger, ¿Y me puedes decir qué gano yo con eso?

–Ganar, nada, pero perder sí que puedes. Tengo yo aquí apuntada una lista de personas, a las que le interesaría mucho saber de las correrías de Quique en las Poetry Slam.

–Entiendo, en fin, ¿a qué hora quieres que te recoja? ¿Por qué carné de conducir todavía no puedes tener a tu edad? ¿No?

–No te preocupes, Pitu, yo tengo siempre quien me lleve. Tú apunta la dirección y estate allí sobre las dos.

–Pero si esto está…(Ay, Quique, me debes una…o dos).

Total, chica, que me enfile con mi Cherokee a las alturas de las afueras de Frigiliana, que la carretera se puso a caracolear y hasta dejó de ser carretera para ser carril, qué sustito, madre mía…

Me bajé del coche mareadísima, pero enseguida me alegré de estar allí. El restaurante era una cucada, así diseñado en plan cuevita como la concha de un caracol y, desde la terraza, se veían unas impresionantes vistas panorámicas de las montañas y los valles. Con tanto verde alrededor, casi me creí que era Heidi a punto de abrazar a su abuelo.

Cinco minutos más tarde y cuatro selfies después, vi llegar un BMW del que bajó Roger y, en un visto y no visto, volvió a arrancar para desaparecer.

Dejé que el chico pidiese el menú, pues conocía el lugar y eligió de la carta, solomillo y presa ibérica.

–¿Pero, Rogelito, tú no eres vegano como todos los jóvenes de tu edad?

Entonces se quitó las gafas de sol y me miró muy fijo a los ojos:

–Yo soy distópico ¿acaso no sabes que en España hay más cerdos que humanos? Hay que comérselos a todos. Si no, igual nos quitan el poder, como predijo George Orwell en «Rebelión en la granja». Los cerdos son demasiado inteligentes y los humanos cada vez menos, porque han delegado su inteligencia a los móviles. Cuanto más inteligente es un móvil, más estúpido hace a quien lo usa.

–Y, según tú, ¿cuál es la solución?

–Enmendar la distopía; crear máquinas tontunas y robot serviles, que no se pasen de listos. Ni los replicantes sabihondos de Blade Runner, ni el desgraciado Frankenstein de Shelley. Hay que trasplantar a los robot los cerebros humanos adecuados, nada de inteligencia artificial.

–¿Y has pensado ya en el modelo adecuado?

–Pues claro, pon atención.

Entonces Roger tomó el móvil e hizo una llamada:

–Papá, ven a recogerme dentro de una hora al mismo restaurante donde me has traído.

–Claro que sí, Rogelito, y te llevo el plumón, que está refrescando- oí decir a Anodino Borrego.

–Tráeme también las pastillitas que tú sabes, que noto que me ha subido la fiebre.

–Mira, Roger, yo creo que mejor me voy ya. Mi Nachito salió de marcha ayer y seguro que también anda en cama pachucho.

–Pero si tiene ya 27 años, seguro que sabe cuidarse solo.

–Igual que tú dentro de diez años, distópico.

Arriesgar

22 Feb

No hay manera más efectiva de suicidio para un artista que la de intentar contentar al público, a costa de su propio estilo. También, porque el público no es un valor estable ni homogéneo y va cambiando de gusto y adoptando otras modas, como es ley de la condición humana.

La originalidad es un don incómodo, que lleva aparejada incomprensión y su rachita de hambruna hasta llegar a cuajar en el gusto colectivo. No podemos esperar que la masa se rinda sin condiciones ante algo jamás visto antes, pues la normal sensación frente a lo desconocido es la desconfianza e incluso el miedo. Pongamos, por ejemplo, la cantidad de años que tardó el sushi en dejar de ser «pescado crudo» para convertirse en un plato tan popular como la tortilla de patatas.

En otros ámbitos, aparte del culinario, es también justo decir que es el artista el que construye el gusto del público y no viceversa, pues es quien idea la novedad necesaria para ir renovando los ciclos en el arte.

La novedad es un riesgo imprescindible, que, si trae pérdida y fracaso a la corta, es la única garantía de éxito y, más aún, de permanencia a la larga.

Si Picasso se hubiese arredrado por las riñas de los primeros maestros y la fría acogida de sus incipientes obras vanguardistas, si no hubiese querido emprender un viaje incierto con destino a la bohemia parisina, donde hubo de pagar la cuota de frío y hambruna, que pocas o ningunas líneas ocupa en sus biografías, no habría sido nunca ese fenómeno ubicuo y ya legendario. Nos lo podemos imaginar, resignado, pintando flores y bodegones y marinas, para gustar y, por tanto, sobrevivir, con el pedestre, aunque comprensible por humano, propósito de comer todos los días. Ese Pablo Ruiz de andar por casa, atento a vender y complacer, se habría perdido entre oscuros nombres de artistas paisanos que por miedo a la aventura, cortaron sus alas en favor de lo mediocre y así hundieron sus nombres en esa fosa común donde habita el olvido.

Tal vez este argumento nos surge, como suele darse, sobre otro paralelo, que es el que plantea la comedia argentina de Gastón Duprat, «Mi obra maestra», que tanto nos hace reflexionar sobre los entresijos del mundo del arte. Renzo, uno de los dos personajes clave, representa al artista orgulloso que, displicente ante la comercialidad, se niega a abandonar su estilo y, por tanto, aislado en la misantropía altanera de su torre de marfil, a punto del embargo, vive en una caótica, aunque digna indigencia. El contrapunto a él viene de la mano de su viejo amigo, Arturo, acomodado galerista, que hace lo posible y hasta lo imposible por sacarlo del malditismo y la miseria, sin lograrlo si no es al precio de su propia vida.

Se entiende que así sólo podrá disparar las ventas de las obras del pintor y multiplicar su valor con muchísimos ceros, pues el mismo público que no compraba ni un solo cuadro del artista maldito, cuando aún está vivo, está, sin embargo, dispuesto de modo unánime a hacerlo ahora, después de muerto, a precios exorbitantes.

Demuestra este guión de Andrés Duprat, hermano mayor de Gastón, cómo el gusto del público depende en gran parte de las estrategias de mercado y de la empatía del vendedor, que nunca debe ser el propio artista, quien, por lo general, tiene, como Renzo, una nula empatía con la sociedad.

Sobre esta misma hipótesis y con igual director y guionista, se nos presentó en «El ciudadano ilustre» a un escritor que recibe el premio Nobel como un fracaso por lo que ello entraña de resultar cómodo oficialmente, cuando es su naturaleza la de ser básicamente incómodo.

Pero este supuesto escritor, Daniel Mantovani, no sólo será conflictivo en las altas instancias, sino también en su propio pueblo argentino, «Salas», del que ha tomado historias reales y, por tanto, poco favorecedoras,  para ilustrar sus novelas y que sus habitantes, al regresar después de cuarenta años para recibir un homenaje, le echarán a tal punto en cara que habrá de salir a escape de una localidad, en la que está a punto de caer asesinado.

Por cuanto se puede deducir de estas comedias, los Duprat no creen en absoluto en los artistas freelance, por más que el mercado actual los imponga, pues, según nos dan a pensar; artista, vendedor y empatía social, son todos antónimos.

Si esto es exageración o no, se puede juzgar viendo estas comedias u observando en otras el mal arriba anunciado, porque el gusto por gustar, la necesidad de público, en fin, que es perentoria en el mundo del cine, tan desprovisto hoy día de mecenas, han arruinado las últimas creaciones de directores españoles, de los que se dan en llamar consagrados o incluso canonizados. Podemos decir- aunque no nos gusta nada decirlo- que eso ha ocurrido con «Tiempo después» de José Luis Cuerda; que falla por estar quizás demasiado pendiente de agradar al patio de butacas con lo que ya supone que le hará cosquillas, lo que no suele funcionar, pues el riesgo que el artista asume no consiste sólo en crear estilo propio, sino también en renovarlo. Repetirse a sí mismo no tiene buen fin, si pensamos en películas muy malas del último Berlanga, «Moros y Cristianos», «Todos a la cárcel», que, en rigor, dan más paralelismo con este «Tiempo después» de Cuerda que con el mejor Buñuel, al que recordaba «Amanece que no es poco».

Bajar el nivel por infravalorar al público es otra tendencia que ha salpicado a directores tan serios como Gracia Querejeta quien ha intentado la comedia frenética(«Ola de crímenes»),y a Julio Medem, que ha rondado el idilio bucólico, («El árbol de la sangre»). Menos giro ha dado Fernando Colomo con «La tribu», si bien aquel saborcillo del «La vida alegre» es un eco muy lejano en el paladar.

La comedia está cayendo en desgracia, sepultada por los dramones en blanco y negro. Hay que buscar otra fórmula o nos suicidaremos en masa.