Miedo

30 Sep

Yo subía temeroso aquellas escaleras de la casa de mi abuela Natividad. Una señora vestida de luto lorquiano y perpetuo, y refugiada entre sus gatos y sus macetas de patio en Antequera. No he conocido ni peor cocinera, ni nadie a quien las flores brotasen con tanto vigor, ni a quien más adorasen los felinos. Monárquica de Alfonso XIII, guardó siempre un odio irreprimible por la República y un amor inexplicable por el Blanco y Negro, suplemento de ABC, del que escondía en las camaretas, vano bajo el tejado de la casa, una notable colección que yo asaltaba de niño cuando la hora de la siesta estival. Le asustaba que cualquier rojo robase aquellos tesoros fotográficos ordenados en una caja de cartón. Era tan buena con sus nietos que me permitió recortar página a página las estampas que quisiera. Así aprendí un collage de la extraña vida social de aquel Madrid, más que de aquella España, de los años 20. Un espacio turbio, trufado por sombreros imposibles sobre las damas y por bigotes engominados bajo las chistera de los caballeros, camino de fiestas galantes de las que, seguro, me habrían expulsado al primer eructo. En la página siguiente, el mantequero pagó para que le sirvieran fresca la sangre de un niño gordo como antídoto contra la tuberculosis. La hija del capitán de artilleros había asesinado a su novio, con quien cohabitaba (foto de detalle de un cuchillo como cualquier otro). Su padre, con quien también cohabitaba, había sido el brazo ejecutor de la última puñalada y a quien se ocurrió quemar en los fogones el cadáver. No se percató de que su hija conservaba la cabeza del finado por quien sentía loco amor en el pecho. Fueron ajusticiados con garrote vil. Como el asesino de su mujer no declaraba el claro crimen, aquel juez lo encerró en una celda rodeado de fotos de su esposa. El hombre narró los detalles del crimen entre llantos y súplicas de justicia a las que el jurisperito accedió sin mayores reparos. Garrote.

Un chico de 16 años alquila una habitación de hotel para que su novia dé a luz el embarazo que ambos ocultan desde hace exactamente nueve meses. La chica pare al niño y el novio lo introduce en una maleta y lo acaba arrojando, tras algún intento fallido, al río Besós. La película de estos hechos, si ustedes me permiten que use mi imaginación entrenada tanto en aquellas lecturas clandestinas, como en mis años de perro muy viejo que ya casi asusta a Satanás, transcurre siempre más o menos así. El padre se cruza con la niña una mañana y se da cuenta de que ya es una mujer. Por la tarde se le va la mano con las copas y cuando regresa a casa trinca a la madre por las solapas y con los ojos inyectados en sangre y una voz como de serrucho contra la madera, le avisa de que si la niña se queda embarazada es por su culpa, porque no la supo educar y es que voy y os mato. Un par de días después, la madre coge a la niña por el cuello en el retrete y casi reproduce la escena, incluso con una fantasmagórica declamación brotada a distancia desde las entrañas paternas. El hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo prende y sopla. Dos personas en una edad incapaz de gestionar cualquier dificultad ni sentimiento se encuentran con un embarazo pero, sobre todo, con una sociedad en la que no pueden dirigirse hacia ningún organismo que les solucione un error tan humano sin que la noticia llegue al teléfono de unos padres que, igual, tampoco saben afrontar una situación de este tipo. El chico fue muy valiente, cometió un crimen pero no huyó y abandonó a la amada. La chica ha padecido la injusticia de una característica biológica que la condena y señala. El bebé es un cadáver que vino a un mundo sacrílego donde la insolidaridad social surge al pie de la cama. La policía ha sido eficacísima, como en aquellas páginas en blanco y negro donde yo recortaba un mundo que ya intuía injusto. No actuó la maldad, actuó un miedo del que nuestro sistema es el culpable absoluto. Cada quién tendría que verse en esa situación. Bajo una adecuada dosis de pánico las personas borran sus principios y buscan la supervivencia. Puedo hacer un nuevo recorte de titulares e ilustrarlo con estampitas de hace un siglo. Cosas de nuestro progreso.

Despedidas de soltero

23 Sep

Sin duda, el matrimonio es la mayor fuente de divorcios que conozco. Apenas le presenten a alguna persona divorciada, pregunten y verán cómo estuvo casada con anterioridad a su último estado civil. Si algún gobierno quisiera erradicar el divorcio, sólo tendría que suprimir la institución marital, del mismo modo que para eliminar los botellones sólo hay que decretar el cierre de las factorías de hielo. Edgar Neville, nuestro malagueño de adopción, decía que el matrimonio es una carga tan pesada que necesita de tres para ser llevadera. Asoman su nariz los meses otoñales y, tal vez como metáfora del fin de días luminosos y divertidos, proliferan las bodas y sus consecuencias inevitables, esto es, que dos seres adorables estropeen una preciosa relación el uno contra el otro, sin que haya mediado provocación previa. Hay relaciones que terminan mal y finalizan en boda, del mismo modo que existen quienes se casan para odiarse mejor y cumplir así la amenaza proferida cuando se intercambiaron esos anillos provisionales que, en el día de autos, un juzgado sentenciará como perpetuos. Los científicos avisan una y otra vez sobre los efectos adversos de esta práctica tan extendida, como ese de la perpetuación de la especie, una pésima noticia para la vida en el planeta salvo para piojos, ladillas y otras especies amigas y cariñosas de verdad. Varios estudios serios financiados por los principales bufetes de abogados divorcistas junto con la confederación de hoteles de carretera, insisten en que somos simios promiscuos. Ese estado marital hacia el que nos conducimos, en ocasiones con demasiada parafernalia y absoluta falta de discreción, constituye un acto contra natura que cuando se intenta remediar más tarde acarrea consecuencias aún peores que el error cometido, en cierto modo, una especie de suicidio donde dos humanos, de común acuerdo, abandonan su individualidad para convertirse en un archiser como el ron cola o el café con leche tan complicados luego para devolver cada componente a su botella primigenia.

Siempre lloro en las bodas. No puedo soportar ver impávido lo que esas dos personas se están haciendo. Bajo el prisma de esta concepción positiva sobre el matrimonio, me resulta casi imposible comprender ese tipo de celebración que se llama despedida de soltero o soltera, ambas ininteligibles para mí. Según observo por las calles de mi Málaga convertida por mérito municipal en destino frecuente de tales festejos, el adiós se entona sobre todo a la dignidad de los contrayentes quienes se ven ridiculizados mediante penes de trapo en la cabeza o embutidos en minifaldas. La comparsa suele ir uniformada por aquello del espíritu de equipo. Una vez todos indignos, el número fuerte de la gala consiste en ir dando voces por la calle, incluso para llamarse a un metro de distancia. Lo de los novios es un pecado que de por sí ya arrastra su penitencia pero lo de la compañía se acerca a un peligro de salud mental en más de una ocasión. A mi pesar me estoy haciendo un experto en estas cuestiones tan inesquivables como el viento o las defecaciones de las palomas cuando paseo las calles de mi ciudad en la que con frecuencia me siento extraño. Por supuesto que yo también he participado en despedidas. Cuando uno es joven el campo de las idioteces se sitúa ante los ojos para ser arado una y otra vez con los mismos errores que los demás ya cometieron. Una de las características del humano es su incapacidad para escarmentar en cabeza ajena. Pero creo que fuimos mejores amigos del novio de lo que compruebo en estas gentes que con tan poca piedad agreden los ojos y oídos de quien se cruce con ellos, incluidos la y el estríper. Emborrachamos al novio y nos dirigimos a la estación de tren para enviarlo hacia Bilbao. Pero despertó y al día siguiente se sacrificó en el altar junto a una maravillosa amiga. Al menos lo intentamos y él siempre podrá aducir en su defensa que firmó aquellas nupcias narcotizado. Ya que sabemos que los divorcios conllevan sinsabores deberíamos de prohibir el matrimonio para que se extingan, de paso, esas ceremonias contra la honra humana, anuncio de martirios.

Listeriosis y paraguas

16 Sep

Hay refranes que se deberían de quedar grabados en los despachos de los altos cargos políticos, de esos cuyas torpezas hunden transatlánticos como aquel capitán del Costa Concordia que quiso demostrar a una novieta lo majestuosa que se contemplaba su nave cuando pasa al lado, y la estrelló contra la escollera. Un semillero de chistes si no fuera por los cadáveres que cualquier imbécil deja por su camino. Hay refranes paridos por una desesperación aceptada, como esos que previenen sobre el poco compromiso que la alegría establece con la casa del pobre, o al contrario, sobre la querencia que los infortunios despliegan con quien no posee sino pulgas y flaqueza. Existe incluso un refranero apócrifo, ajeno al recopilado en antologías y textos que otorgan certificado de pureza a creaciones que por su propio origen escapan a esos cauces, tal como el agua por el colador. Estas sentencias pretenden la comprensión del mundo a la vez que el anclaje de un concepto en la memoria. Estos saberes extraescolares se aprenden muchas veces con la contundencia de un correazo en las espaldas. De ese estilo, silabeo uno que desde muy joven me protege contra ciertos tipos de humanos. Mi padre me aclaró que cualquiera es una buena persona mientras no asesine a nadie. A base de palos comprendí que igual te apuñala un tonto que un indeseable pero, al final, del primero no te llevaste ninguna lección porque lo hizo sin querer y no sabrás evitar la siguiente cuchillada. Ya digo que obligaría a que estas frases figurasen escritas sobre las paredes de todos los despachos públicos. En ellas se comprime la sabiduría de quienes perdieron incluso lo que no tenían por culpa de esas manos ineptas o llenas de maldad a las que el imaginario colectivo exculpa mediante un catálogo de complementos circunstanciales. No creo en las casualidades, ni en las determinaciones. Los pueblos pagan la torpeza de quienes asumen con prepotencia que toman el timón para comprobar si alcanzaron su más alto grado de inutilidad por fin.

La gestión de la Listeriosis ya ha mostrado su guadaña y puede que su inventario de ruinas para pueblos enteros. Recuerdo aquella crisis del pepino, cuando Alemania cerró sus mercados a los productos agrícolas de Andalucía. Nuestros políticos vestiditos de blanco aséptico comían pepinos ante las cámaras por si a los alemanes se les abrían las ganas o algo así. La listeria debe de ser una bacteria emparentada con los canguros. Ya ha saltado de Sevilla a Málaga donde los periódicos extranjeros nutren de información tergiversada a medios sensacionalistas que, en caso de que huelan la carroña, se comportarán como hienas que no sueltan una presa, tal como ya hicieron aquellos alemanes del pepino de cuya conducta, al final, no hemos aprendido nada. Estamos ante una alerta nacional. Los embutidos y chacinas andaluces me parecen de los mejores del mundo. Si amplío mi frontera a los españoles, en general, entonces son los mejores del mundo sin duda. No sólo existe competencia entre los diferentes productores de España sino entre todos los de Europa, y ya se sabe que a río revuelto ganancia de pescadores. La Consejería de Sanidad ha conducido fatal esta situación, incluso bajo titulares que parecen llegados en directo desde la barra del cuñadismo. En esta faena también tendría que haber intervenido la Consejería de Industria. Dime con quién andas y te diré quien eres. La Junta ha abordado este asunto igual que si se tratara de una diarrea después de un atracón de pasteles. El consejero de sanidad por poco aconseja sorbos de agüita con limón e ir a la cama sin cenar durante algunos días. A perro flaco todo son pulgas. A la vez que aparecen nuestras empresas cárnicas en los telediarios, la Junta ha avisado de que hará campaña por ellas. El buen paño ya no se vende en el arca, pero mejor prevenir que curar. El verano ya se va con todas sus ventajas para que la información quede oculta. Esta crisis arrecia como esas lluvias torrenciales que ocasionan que alguien te meta un paraguas por el ojo. Sin querer, por supuesto.

La condición humana

9 Sep

Puede que se haya cometido el primer delito espacial. Una de las astronautas de la Estación Espacial Internacional ha aprovechado los mayores avances tecnológicos del ser humano, tras cientos de miles de años de evolución, para espiar las cuentas bancarias de su novia en la Tierra, con quien mantiene un contencioso al que no diluyen las condiciones de gravedad cero. Allí uno podría estar dando vueltas y piruetas con lo divertido que debe ser eso de, no sé, arrojamos chupitos de vodka por la habitación y a ver quién captura más en vuelo con las manos atadas a la espalda. Pero no. Frente a esas indiscutibles ventajas que los científicos han arrancado a las fuerzas de la naturaleza que impedían tanto el despegue del suelo, como ese juego de los chupitos que van cruzando el aire, ha aparecido la condición humana sin máscaras, su característica de mamífero capaz de albergar un odio incrustado y de conservarlo, casi al vacío, más allá de la última atmósfera. Imaginen los ojos del empleado del banco haciendo órbitas cuando comprobó las conexiones desde donde se había accedido a las cuentas corrientes. Los astronautas, por lo visto, nunca usan los ordenadores de a bordo, que deben ser casi tan avanzados como el mío, para averiguar si pasaron el recibo de la luz, el de la peluquería de sus parejas, siempre a la última moda por si se tercia una entrevista aunque sea radiofónica, y lo que es más importante para todo cosmonauta, si fue cobrada la póliza del seguro de vida y decesos, asunto al que suelen estar muy atentos. Explicaba Hegel que el sujeto se convierte en esclavo del objeto de su odio. Nunca reflexionó aquel maestro de tesis y antítesis sobre los límites de esas cadenas que, ahora, sabemos con tendencia al infinito espacial y temporal. En este caso por un asunto de parejas que, al fondo, siempre se trata de los celos y sus consejos sanguinos; del mismo modo, ese odio transterreno podría haber arraigado por un asunto de lindes rurales hace un siglo y el piloto habría usado tal nave para estrellarla contra el cortijo de aquella familia que ofendió el honor de la suya. Somos así.

Dentro de nosotros habitan varios yoes y no todos son buenos, ya lo explicaron, mediante los conflictos entre sus personajes, Cervantes y William Shakespeare, a quienes los indepes catalanes quieren renacer como Sirvent y Gillem Gisper. Yo mismo, oigo voces del más allá dentro de mí que me aconsejan que perpetre diversos crímenes, que no siempre serán bien aceptados por la sociedad actual tan pacata para muchos asuntos. Pero parece que llevan poco tiempo en España, apenas hablan castellano y no comprendo lo que dicen. Por ahora, aparento una normalidad casi absoluta en sociedad. De la misma fuente que brota un Quijote, manan diez Sanchos, es decir, esas facetas que sólo atienden a los comportamientos primarios que gobiernan nuestra conducta, entre las que el odio se encuentra como motor principal con mayor potencia que el ansia de poder, de dinero o de sexo. Hay que reconocer que, según la cantidad, el dinero te puede convertir en un ser bello y sublime desde ciertas ópticas. Sobre todo, si usas gafas de lujo y sueles romperlas o perderlas en cada fiesta. Como para aquel Quijote, una necesidad de trascendencia nos mueve desde que descendimos de aquel árbol perdido en mitad de la sabana y decidimos andar erguidos, más que nada, para dejar de enseñar el trasero que no todo el mundo lo tiene bonito. Después de aquello y de abrocharnos los pantalones, nos hemos enseñoreado tanto del mundo que nos comportamos como tópicos pandilleros de botellón en un aparcamiento nocturno. Primero destrozamos todo, luego abandonamos ahí los desperdicios y vuelta a empezar. Simios cosmopolitas que no podemos esquivar una profunda naturaleza oscura allí donde lleguemos. Nuestra conquista del cosmos quedará empañada por episodios tan chuscos como este que nos ocupa y por varios grotescos, tipo parricidio en Próxima B, o matanza rural en Encélado. Mejor, nos quedamos en tierra.

Ruinas de septiembre

2 Sep

Ha regresado el cisne a la desembocadura del Guadalmedina. Como en un verso de Leopoldo María Panero, su soledad dibuja el silencio en la escena y le regala un fondo modernista y romántico junto a las ruinas del río y las del CAC. Activo en el ordenador los “Nocturnos” de Chopin interpretados por Brigitte Engerer. Málaga, tierra de surrealismo, decía Emilio Prados cuando fijaba su ojo en el de la proa de las jábegas. A un mismo tiempo, apenas se lo permiten, también revela querencias hacia el gótico con su profusión de muros caídos y huellas de memorias. Debió de ser espectacular la llegada del cisne a esa ilusión de ría. Un rebelde que lucha contra su condición de ave de escenario con la que los humanos la humillan. Regresó tras la feria cuando se sabía libre del vocerío de noche y madrugada, y de cualquier borracho desalmado que pagara su frustración vital sobre su plumaje blanco tan en contraste con la negrura de aquel charco. Quizás este año no hablemos ya de otoño, igual que el pasado casi no pudimos hacerlo del invierno. Tal vez las golondrinas permanezcan y las andanzas de los cisnes marquen el trasestío, nueva estación con iguales temperaturas que la precedente pero con noches más largas. El cisne ha venido, pero nadie sabe cómo ha sido, así en ripio cursi. Volverán y volverán las oscuras golondrinas, con aires de sentencia y casi amenaza. El trasestío conlleva estos fenómenos. Una enorme ruindad queda durante un año en el Cortijo de Torres, por donde Rodrigo Caro hubiera podido iniciar aquellos versos suyos sobre Itálica. Lo imagino como concejal del ramo junto al alcalde en lamento porque el jaramago ha invadido lo que fue campo de diversión, semillero de votos y templo donde inducir la amnesia a sus contribuyentes mediante vinos apócrifos. Y ahora queda un año por delante hasta un evento de masas que si por nuestros próceres municipales fuera, duraría todo un mes para que, junto con las resacas etílicas y las perspectivas de Halloween, luces de Navidad, carnavales y Semana Santa, se vuelvan invisibles, como modernas golondrinas, las grietas en esta gestión que hacen de una ciudad diseñada para gloria y honra, pero de unos pocos y no siempre bien señalados.

Las ruinas, por su propia condición evocadora, permanecen. No se regeneran por sí mismas si no contemplan un futuro. Pueden descansar en una paz perpetua aunque soporten un mayor deterioro. Así, junto al cisne, el CAC ya exhibe en sus costados las llagas de la desidia a la que fue condenado por la ineptitud administrativa de un ayuntamiento, con su alcalde al frente de toda romería y festejo, al que sobre cualquier otra cosa preocupan los fuegos de artificio. Traer un Centro como ese a Málaga infla la pechera alcaldicia a base de titulares. Que sus trabajadores hayan ido al desempleo y que el edificio ya se signifique como un casi basurero y que el CAC, en realidad, ya no exista por falta de previsión e interés, genera pocas críticas. Como metáfora del destino, la pasarela junto al CAC, esa que con aires de arco veneciano cruzaba el río repleta de escalones para que ninguna silla de ruedas pudiera por ella pasear, pues esa, esa tampoco está. Sus cimientos se han movido y nadie sabe cómo ha sido, ni dicho ni pío, así en tripio. La naturaleza ha delegado un cisne para que trace con su aleteo una firma decadente sobre la podredumbre de la marea. Por implorar misericordia divina, roguemos otro cisne, o mejor un cuervo, anidado sobre el edificio de aquellos cines Astoria, donde aprendí a adorar a Woody Allen. Desde mañana martes, risas y lágrimas frente a aquellas pantallas vertidas volarán entre el humo de otra ruina sin rumbo; por ser justos, a causa de todas aquellas voces que motivaron que Antonio Banderas dirigiera su proyecto de inversión en Málaga hacia otro espacio. Apareció septiembre con su cúmulo de escombros y silencio hasta la próxima fiesta que nos haga olvidar olvidos, imprudencias y torpezas consistoriales. Cierro el piano de Chopin. Mientras, el cisne dibuja su interrogante junto al mar.