Qué quieren decir cuando dicen

25 Nov

Ya sabemos lo que un chico quiere decir cuando pregunta si vamos al cine, si vamos a cenar, si vamos a tomar la última en casa e, incluso, cuando dice que nos vayamos a la cama. Son significados que trascienden la suma de palabras. Se supone que la situación en que se generan tales frases aclara la intención real que esas sentencias disimulan. Ambos saben que tendrán que soportar una película que, quizás, no guste a ninguno de los dos, hasta esperar que tras el cine aparezca la encrucijada propicia y todo finalice en su punto justo y cabal. Dos amigos míos se tragaron un, para mí, magnífico concierto de jazz. Semanas después, tras aquella primera noche que, menos mal, culminó entre sábanas, se atrevieron a ser sinceros y descubrieron que a ninguno de los dos les gustaba el jazz. La comunicación humana es muy compleja y en realidad depende de muchos factores que acompañan al texto desnudo, tanto como un espectáculo flamenco de sus palmeros. Hasta yo mismo he dicho que nos vayamos a la cama y la otra persona ha entendido que, en efecto, íbamos a dormir. Me ha visto la cara, la postura de cansancio y demás. En otros casos, cuando pronuncié esa misma oración, el dios Hipnos, señor del sueño para los romanos, sabía que no seríamos suyos hasta que no nos desatáramos de los lazos de Eros, amo ocasional de nuestros cuerpos. La comunicación humana alberga esos misterios. Se dice un no que, según las florituras que lo rodeen, quiere decir un sí, y lo contrario. La naturaleza de nuestras relaciones condiciona nuestro lenguaje, que alcanza su mayor grado de ocultación en la jerga que usan los políticos en general y los responsables de altas instancias muy en particular. A mayor escalafón, más se endiosa el mensaje, de modo que necesite sus sacerdotes, intérpretes de la palabra sagrada, monaguillos y hasta palanganeros para iluminar lo que el gran jefe quiso decir cuando dijo que, durante la última rueda de prensa, o frente a las cámaras de un informativo.

El lenguaje político acude a sus citas con la ciudadanía vestido con una máscara permanente mucho más difícil de descifrar a veces que la mirada de esa otra persona con quien no sabes si, al final, acabarás en la cama o te va a echar el café hirviendo por la entrepierna en ese mismo instante. El habla política se asemeja mucho a esas personas que incrustan en su perfil de las redes sociales de ligoteo una foto tan retocada, tan juvenil, que resulta irreconocible para quien llegue a un encuentro donde reprimirá un grito de horror ante la realidad. Igual, resulta del análisis de lo que dicen nuestros políticos cuando dijeron que. Ahora, por ejemplo, se coloca sobre el tapete de la negociación con los grupos nacionalistas, lo que Pablo Iglesias ha llamado la plurinacionalidad de España. Para mí, español, mi nacionalismo y bandera significan una sociedad, esto es, un grupo de personas que se organiza para disfrutar de una serie de ventajas derivadas de la solidaridad entre iguales. Ese reparto de riqueza cambia de volumen o de extensión según las opciones políticas elegidas como gobernantes. La cuestión es que en España no existe un equilibrio económico entre zonas y en ello abunda el nacionalismo regionalista. Las áreas ricas se quieren separar de las pobres por el simple hecho de que la pobreza exige reparto de fondos desde un tesoro común. Y los pobres son feos. Al sur del Ebro nos quieren como consumidores pero no como receptores de esa supuesta solidaridad. La paradoja se encuentra en que formaciones llamadas marxistas, que deberían de saber aquello de la lucha de clases, apoyan a los ricos en su sedición contra los pobres, enloquecidas por su querencia de yugoslavización de una España a la que conciben como un ente franquista o así. Dicen plurinacionalidad cuando quieren decir pluricarteridad. No es lo mismo ser el proletario en el cortijo de un señorito rico, que serlo en el de uno pobre. Siempre hubo clases, que es lo que Marx quiso decir, cuentan, cuando probó el champaña harto ya de cavas mediocres.

Abrazos

18 Nov

Los abrazos exhiben en público la confianza depositada en quien te estrecha aunque podría apuñalarte mientras abres tus brazos acogedores. Yo abrazo a mis amigos y hasta reposo en sus hombros cuando se me echa encima cualquier circunstancia de esas que encajan certeras su puño contra mi vientre. Tal vez por influencia del cine o la literatura, junto con el innegable hecho de que voy dejando atrás mi adolescencia, cada vez que ciertas personas me abrazan siempre miro con disimulo si mi billetera sigue en el bolsillo. Luego, si mi interlocutor continúa ante mí, procuro frotar la espalda contra una pared por si me hubiera pegado algún monigote o el típico cartel que incita a los viandantes a que me den patadas. No lo puedo evitar, desconfío de los extraños y, sobre todo, cuando me aparecen con una sonrisa y un abrazo. Judas señaló a Jesús mediante un beso. Momentos antes se había retocado con un lápiz de labios para dejar marca. Los mafiosos de las películas andan todo el rato abrazándose antes de que alguien de un bando u otro le pegue al capo cuatro tiros o seis navajazos de esos que uno no puede rechazar. Mi perro me abraza, lo aseguro. Los osos también abrazan y no creo que sea el mismo abrazo que me da mi perro, una de las mejores personas que conozco. Los abrazos en sí no solucionan nada. Si buceamos en nuestra historia, el Abrazo de Vergara, también llamado la Traición de Vergara, unió en un estrujón a los generales Maroto y Espartero; cuentan que la tropa de ambos bandos marchó junta a beber y celebrar el fin de aquella primera Guerra Carlista que no fue sino el aperitivo para la Segunda y Tercera, donde ni hubo más abrazos ni fiestas. Aquella paz se quebró porque Espartero hizo una fea alusión al pequeño tamaño del aparato testicular del caballo de Maroto respecto del suyo, hoy inmortalizado en bronce. El caballo de Espartero completo, claro.

Existe quien cultiva la esperanza de que un abrazo nos exima de las terceras elecciones, igual que quien considera que una fastuosa noche de sexo previene un divorcio entre dos seres que se juntaron para odiarse mejor. Conozco personas en Izquierda Unida, Podemos o Más País muy sensatas y para mí muy admirables. Por varias de ellas pondría la mano en el fuego sin duda, siempre que pudiese retirarla antes de que lo encendieran, claro. Pero así en conjunto, me recuerdan a los protagonistas de aquellas reuniones de la Vida de Brian donde, por ejemplo, se reconocía el derecho que un hombre tiene a dar a luz. La sutura que unió a los militantes de esas formaciones, tal vez con la excepción de IU, fue el descontento social ante una crisis económica profunda, gestada en un gobierno del PSOE y gestionada por uno del Partido Popular. El presidente Zapatero cuando arreció aquel derrumbe económico que según su gobierno no existía, ofreció a los españoles abrazos de esos que se dan en los velatorios como consuelo cuando el difunto aún está de cuerpo presente. Rajoy con cada abrazo pillaba la cartera de quienes estamos obligados a llevarla para pagar todo lo que no abonan quienes ni siquiera tienen que usarla. Entre las disposiciones de ambos presidentes fue muy fácil organizar un conglomerado de odio indefinido hacia el todo, sin necesidad de especificar ninguna de las partes, ni de ofrecer soluciones. El abrazo entre Iglesias y Sánchez reconoce las ansias de poder de ambos. Imaginen las ruedas de prensa tras los hipotéticos Consejos de Ministros. Si Iglesias apoyara unas medidas, alguna corriente de sus propios antis le daría un calambrazo. Si Sánchez asumiera otras, podría verse cantando en el mismo karaoke que Albert Rivera, empujado por la fuga de notables de su partido. Los orientales odian los abrazos, no consideran educado ese contacto físico. En la actual política española sobra pasión y abrazos taberneros y faltan esos cálculos fríos y reposados mediante los que una sociedad avanza sin necesidad de achuchones, teatros o aspavientos.

Al final se ha puesto buena tarde

11 Nov

Pues vamos a la tercera convocatoria. Esta tampoco. Hace ya muchas eñecciones, esto es, elecciones nacionales, en que las encuestas no sirven para nada. Las de ayer, sobre las que ustedes leen hoy, menos que ninguna de las que recuerdo. Pedro Sánchez se ha librado del hundimiento de su yate particular gracias a la militancia de su voto. Rivera, si hubiera leído aquella Antología de los poetas suicidas, exhibiría ante las cámaras alguno de los actos ahí descritos y ofrecería su cuerpo y alma hacia el tendido, con artes toreras, para que ningún historiador lo apedree en un tiempo futuro ni perfecto ni imperfecto. Le pudo el ego y la guapura. Es fácil imaginarlo frente al espejo haciéndose el amor con hechuras de presidente. Se llevó un corte cuando comprobó que esa preciosa niña España no se subía en la trasera del asiento de su Vespa. Si no es mía, menos será de Sánchez. Perdió su partido gentes lúcidas, voces que le avisaban de que esos gestos son tan incomprensibles como los de cualquier hipotético rey que se marchara por ahí con alguna concubina a matar porque sí a un elefante. Actos incomprensibles. Actitudes de chulo de barrio que, cuando la pretendida mira con ojitos a otro, ejecuta un caballito con la moto por la plaza y suelta humo y hace ruido y molesta a muchas señoras que lo tachan de niñaco y sinvergüenza, y así queda para siempre por aquellas comisuras de los labios en la memoria colectiva. Hay cosas que ya rotas no tienen arreglo por mucho que uno quiera que exista una marcha atrás en la máquina del tiempo. Tampoco está uno seguro de que con estos golpes de urna que la ciudadanía ha dado al líder de Ciudadanos, el mancebo haya aprendido que hay que pactar hasta con el diablo o con los ángeles por el bien común. La política no es asunto de tabernas, si no queremos que las tabernas tomen las riendas de la política. Mal iríamos. Los licores alientan exhibición de navajas y machotes en celo. Ay, si hubiéramos pactado. Un par de ministerios, alguna subsecretaría disfrutaríamos ahora. Rivera, cuánta ruina has traído. Tú sigue ante el espejo.

Vamos a por la tercera. Hubo un tiempo, despreciado por los analfabetos que no lo vivieron, en que los políticos se sabían gentes de la polis. A ese vagón de trabajo se subieron jurisperitos de renombre, sindicalistas honrados, luchadoras y luchadores que habían entregado sus mejores años para dinamitar el francisquismo. Estar metido en política, más que eso de ser político, desplegaba el prestigio de las y los ciudadanos que servían a los demás. Hoy, nuestros dirigentes han hecho realidad aquel chiste en el que un amigo le rogaba a otro: “Oye, si me sucede algo dile a mi madre que me ganaba la vida tocando el piano en un burdel de mala nota por las noches. No le digas que era político”. La caída del personalista Rivera no es buena noticia. La clase media española se ha polarizado. Cuando uno se encuentra en el Polo Norte y el otro en el Polo Sur, la comunicación se hace imposible, igual que si el polo positivo pretende abrazar al negativo. Ni se puede segmentar el planeta Tierra por su ecuador, ni un imán por su punto intermedio. Las polarizaciones regresan pero ahora carecemos de aquellos políticos de los setenta que alcanzaron los Pactos de la Moncloa, en donde los polos se relegaron a las heladerías en verano. Se dio voz a las voluntades de un pueblo que había votado para que España fuera gobernada. Ahora que se nos viene encima una crisis de esas que si puede ir a peor irá a peor, cuando asistimos al espectáculo de un golpe de Estado de facto por parte del supremacismo en Cataluña, ahora que los neo-liberales, los neo-comunistas, los neo-fascistas pregonan sus recetas de insolidaridad, intolerancia, incoherencia e inoperancia y ahora que hemos arrojado los dados sobre el tapete y, al final, todo queda en lo mismo por segunda vez, se sube uno en el ascensor junto al vecino, mira al suelo, mira al techo y sólo puede aducir que, al final se ha puesto buena tarde. Ese final tan impreciso en el tiempo y en el espacio para mi España.

Una plaza para turistas

4 Nov

Las plazas son maternales. Acomodan un refugio. Quedar en una plaza con un amigo contiene una cierta gestualidad de regreso hacia el útero, que diríamos en plan freudiano. Cualquier plaza a la intemperie conlleva un sofá y manta, aunque frío esté el mármol del banco. Si, además, es espectacular, como la Plaza de España en Sevilla; si, encima, te acoge entre sus brazos como aquella del Vaticano, una plaza cuadricula una habitación para sentirse en casa bajo el tejado del cielo. Las avenidas trafican la metáfora de nuestro breve paso por este mundo. Una acera junto a cuatro carriles es para citarse porque va uno al notario para certificar su propia tumba, o al abogado para tratar sobre el divorcio, sobre esa herencia por la que tu hermana tanto te odia. Purulencias. Las calles sólo sirven de paso. Un tránsito ni siquiera místico. Las plazas conllevan ansias de perpetuidad. Los caminos fueron inventados por las cabras y el cochino montuno. Habito una ciudad sin plazas. Qué horror al vacío sufre nuestro alcalde. Tal vez, nuestros urbanizadores aprendieron muy bien que en las plazas se gesta la subversión contra los órdenes que los propios urbanizadores dictan. Los griegos, sin embargo, que iniciaban su ciudad por el ágora, saltaron desde el orden dórico al jónico y luego al corintio. Las plazas aunque no sea de noche constituyen un peligro para los gobernantes. Tanta apertura como de niño al final del parto promueve quimeras entre la ciudadanía. Un pueblo que fantasea y solicita imposibles, incluso mediante instancia, siempre es incómodo. En Málaga, por ejemplo, la política urbana de nuestro actual municipio complica que los malagueños podamos caminar en pareja. Imaginen lo difícil que será montarse un trío, y no digo ya una orgía de medio pelo. Pasee, su majestad, don Francisco, por esas aceras intestinales de calle la Victoria. Una coreografía autóctona de quedar atrás y delante se entabla por las casi aceras, entre los alcorques de los naranjos, las farolas y las fachadas. Un moderno paso para la malagueña salerosa.

Los malagueños estamos sin plazas por una cuestión semántica. El ayuntamiento confunde rotondas, plazuelas y hasta el monumento a la barbarie llamado coso. Nos encontramos con Plaza de Toros Vieja que otorga su nombre a dos aceras en paralelo. Llegamos con el coche a la pretenciosa Plaza Pintor Sandro Botticelli, donde podemos ir contando en cada vuelta cuántos palotes de colorines circunferencian una vulgar rotonda, tal como sucede en Plaza de la Solidaridad. Sí hay que reconocer que los malagueños sabemos nominar. Una ciudad sin río que versifica un poemario con los nombres de sus puentes. Igual costumbre aplica a sus no-plazas. Vayamos a estirar la piernas, por decir algo, a la de San Francisco, busquemos la del Siglo, o esa de Mendizábal, tan cerca de la de los Monos que no es de los Monos. Mi Málaga surrealista desde que dibujó ojos a sus jábegas. Como si se tratase de un cometa de esos de ciclo extra-largo, en estos días el paseante puede ver desde calle Alcazabilla las fachadas que cubican la Plaza de la Merced, una vez derribados aquellos cines donde tanto me reí con las pelis de Woody Allen allá cuando yo tenía 18 añitos y creía (perdonadme que fuera más tonto que ahora) en la buena voluntad de nuestros políticos. El caso es que ya han surgido voces autorizadas, es decir, de autoridad, por tanto autoritarias, que nos explican que esa plaza que, menos mal, cuadraron los bisabuelos, debe ser devuelta a su diseño original. El progreso conviene siempre y cuando se avenga a los intereses bursátiles, esto es, de la bursa, el bolsillo; de otro modo, conviene ser conservadores, lo que significa retenernos en conserva, o sea, en espacios comprimidos y asfixiantes. Hay que explicar a Don Francisco que la ampliación de esa plaza sería buena para que los cruceristas se quedaran o quedasen alucinados con los derroches de metros que este consistorio concede a la ciudadanía. Venga, Paco, si no es para los malagueños. Ahí, no construyas, porfa.

Cuánta pobreza

28 Oct

Un vídeo que circula por las redes sociales exhibe el enfrentamiento que una madre y su hija mantienen contra los empleados de un supermercado que pretenden que devuelvan los objetos que ambas han escondido en el carrito del nieto, que aparenta unos tres años o así. La abuela, joven para tal condición, no se distancia más de 15 años con su hija, quien aparenta parecido intervalo temporal respecto de su pequeño. Como otras muchas familias, lo airean y llevan a la compra, o como quiera que se llame ese acto de coger productos en un recinto, subirlos a un transporte, sea el que sea, y llevarlos a la propia casa. Insultos, manotazos, amenazas, reproches y llantos marcan el ritmo de la escena. La abuela ladraba que había cogido los productos para dar de comer a su nieto. En efecto, arroja al suelo dos latas de leche en polvo, luego una caja de gambón congelado o similar y, a continuación, otros objetos entre los que se encontraba una botella de licor, que depositó cuidadosa sobre el pavimento, prueba inculpatoria para que moralistas poco piadosos puedan acusarlas de robo por vicio, como si fuera posible el robo por virtud. Se roba por necesidad, por venganza, por cleptomanía, por ganas de demostrar el dominio que un humano mantiene sobre sus víctimas durante ese momento, o por necesidad de percibir emociones como el frío de los grilletes, o el silbido peliculero de las balas durante el atraco.

Los ingleses deben de figurar entre los pueblos más ladrones, según la cantidad de vocabulario específico que usan para cada tipo de apropiación de lo ajeno. En el román de esquina, con el que cada quien charla con su vecina, esa cantidad de léxico será inmensa. Si unificamos todos los actos englobados alrededor de esa idea de robo, el cometido por esta familia es muy triste. No por las circunstancias, ni por esa mezcla conceptual de alcohol y leche infantil, ambos necesarios según el nivel de nervios o de hambre, sino por ese espíritu de pobreza que tanto afea al pobre y que, sin embargo, tan bien queda entre los ricos de verdad. Los ingleses roban trenes repletos de dinero, islas, peñones o subcontinentes. Viva el rumbo.

Entre los rascacielos de la zona de oficinas de Manhattan, desde donde se dictamina la miseria o la pobreza del planeta completo, hay pequeños jardines con fuentes, mesas y sillas en los que es agradable descansar en verano. Están habilitados para que los trabajadores puedan tomar allí un refrigerio o relajarse en un ambiente exterior. Me detuve en uno de ellos y por primera y única vez en mi vida contemplé un jefe de verdad. Ejecutivos de ambos sexos y de todas las categorías iban vestidos con trajes que desprendían olor a dinero. Aquel tipo, con camisa celeste, vaqueros y chanclas playeras, se permitía probar comida de todas las fiambreras, o echar la mano por el hombro a aquellas criaturas con traje que lo agasajaban con la mejor sonrisa. El amo, si no del mundo completo, sí de una amplia parcela. Comprendí que yo no sólo era pobre en valores bursátiles, sino también de espíritu. Nacido para esclavo. Si me hubiera tocado la lotería neoyorquina me habría comprado uno de aquellos trajes de tejidos sedosos y habría acudido a los mismos restaurantes donde contemplaba a través del escaparate a aquellos tipos y tipas vestidas de negro. Quizás el rico nazca. La familia había ido a robar a un supermercado de esos que alardean de sus precios reducidos y de la gran frescura de su marisco congelado. Y uno va contento hacia casa los sábados de cada mes con el carro lleno y un cava de 3 euros acompañado por una lata de mejillones y un papel con lonchas de jamón serrano. Y mientras se ahoga con el porte de las bolsas hacia el ascensor, sueña que le toca la lotería pero sueña una cantidad pobre. Los pobres no comprendemos los millones ni que soñar es tan gratis que uno puede soñar con ser el tipo aquel en vaqueros, lo mismo que podría robar en supermercados lujosos compuestos por productos que en nada se asemejan a los nuestros por más que nos digan. Pero la pobreza permanece en su propio descampado, en su misma caja, como los perros que atan en un portal, o los gusanos de seda que no van a ningún sitio durante ninguna de sus vidas.