Nuevos hábitos

23 Mar

Sé que no estoy loco a causa de este ya largo encierro porque aún ordeno los pares de calcetines de dos en dos y junto a su semejante. El pasado finde cité sobre el sofá del salón varios cuadros de mis antepasados, en primera convocatoria, y por falta de quorum, algunos esbozos de lo que podría haber sido un retrato de algún antepasado mío, en segunda. Entre todos hablamos muy seriamente conmigo. Como en cualquier familia siempre se ocultan agravios que se airearon al hilo de la tensión del momento. Fue una reunión bastante convulsa, pero al final me convencieron de que yo no era Robinson y, sobre todo, de que no encendiera más hogueras en la terraza para hacer señales a los barcos, razonaron, entre otros motivos, que mi fachada se orienta de espaldas al mar. Me he afeitado y he devuelto el chimpancé al zoo con una gran llantina por parte de ambos; además le restituí la decoración selvática de su jaula. Mis hábitos vitales se corresponden ahora con los que padecería durante esa jornada laboral tan beneficiosa para la salud según indican los jefes. No es lo mismo soportar un confinamiento en un pueblucho de Siberia, donde dicen que es imposible distinguir una persona de un oso pardo hasta que no estás desnudo en la cama, que soportar este desajuste de la existencia en Málaga la callejera. Si el malagueño está en casa es que se va a duchar para salir. Los anacoretas marchaban al desierto y se subían a una columna donde no tenía mucho mérito desplegar aquellas vidas contemplativas y castas que nos relatan sus hagiografías. Quien se agitaba un poco se despeñaba, lo que provocaba gran jolgorio entre sus hermanos en la fe. Uno menos en esa carrera por ver quién era el elegido de Dios y podría ir en moto a buscar pizzas y refrescos para complacer al Altísimo. En la soledad del desierto es fácil exhibir una conducta virtuosa. Aquí es muy complicado. No obstante me atrevo a decir que el verdadero, el genuino protagonista de este encierro, al menos en nuestra tierra, es el pueblo malagueño. Y eso no se atrevió a discutírmelo ni Jueves, mi chimpancé.

No sólo vamos a ganar la batalla al virus, sino también esa que nos queda para explicarnos lo sucedido con el papel higiénico. Esta epidemia va a modificar muchos conceptos vitales. Por lo pronto el alcalde de Baltimore ha rogado a sus conciudadanos que abandonen esa costumbre de dispararse para que se queden libres servicios hospitalarios esenciales con los que paliar esta moderna peste negra. La Asociación Nacional del Rifle ha respondido que cada ciudadano tiene derecho a saludar a su vecino como considere. En Madrid, un matrimonio ha sido detenido en un mercado porque la mujer se negaba a dejar que el marido comprara solo. La tarde anterior hizo acopio de 15 juegos de martillos y llaves inglesas como alimentos de primera necesidad. Después de hervirlos durante un par de horas comprendió que no combinaban bien con la salsa bearnesa. Este virus es pésimo para las personas mayores, en efecto. Estamos ante una pandemia y, además, un meteorito gira cerca de la Tierra. Tiempos apocalípticos en los que alguien me saludó en el supermercado vestido con una mascarilla amplia, unas gafas de sol negras como ruedas de coche y un sombrero. Me giré varias veces riendo a carcajadas descreídas en busca de la cámara que grabase la broma. Pensé que la había descubierto; le arrojé varios cocos que había en un cajón junto a mí, pero no. Me echaron por escándalo. Amenacé con volver. Pero descubrieron mi engaño, el bañador y chanclas desentonaban con la chaqueta de pana y esa escafandra de buzo que supuse me haría invisible ante los vigilantes. Quizás me delató mi intento de saltarme la cola de la entrada al grito de Banzai. El caso es que aún no he perdido mi raciocinio o no, en proporción a la media de la humanidad. Me calma mucho sentarme ante la lavadora y contar sus vueltas cuando centrifuga, imito su movimiento con la cabeza hasta que caigo aturdido. Eso sí, me lavo bastante las manos y el despertador suena a su hora.

Mujeres

9 Mar

El colega de Carlos Marx, aquel detrás de un gran hombre como dicen que hacen las buenas mujeres, Federico Engels, explicó que la esclavitud femenina surgió cuando el hombre concibió la propiedad privada de la tierra y el ansia de perpetuarla como herencia de sus descendientes. A veces los delirios del futuro se revelan como monstruos. El ensayo del filántropo alemán no aclaraba, sin embargo, en qué momento aparecieron las notarías, los impuestos y toda esa cadena de penurias, sudor y lágrimas que los hombres padecían para legar los bienes a sus herederos, en muchos casos señoritos canallas que derrochaban ese capital en apuestas de carreras de cabras y estriptís de ovejas, aficiones durante el neolítico en el Creciente Fértil, donde todos iban medio desnudos y aún nadie había inventado las pamelas para acudir a los hipódromos según las reglas de la buena sociedad. Fueron épocas muy duras. Sólo había un sofá por el que todos los imperios de Persia guerrearon durante siglos y, además, la especie estuvo a punto de extinguirse a causa de las frecuentes fugas de varones con las ovejas estríper de aquellos lujuriosos espectáculos nocturnos. Alguien tenía que tener la culpa de todas esas desgracias, unidas a la escasez de cubitos de hielo y palomitas de maíz. Un escriba, del que no sabemos su nombre, pero muy aficionado a los hongos que proliferaban cerca de los ríos Tigris y Eúfrates, en plena subida psicodélica y obnubilado, no sólo por la poca gracia con que su mujer elaboraba la repostería, sino por la presencia constante en casa de su suegra, escribió aquello de Adán, Eva y su señora madre a quien, en primera versión, describió como una koala que le entregaba pésimos kiwis y recetas a su hija, hasta que un dios, harto de aquellos sinsabores, las convirtió en rulo de showarma. En una revisión, dado que Australia no había sido descubierta, el relato fue reescrito con serpiente y manzana. A partir de entonces, la mujer representó el mal y fue acusada de cualquier desdicha.

La Historia sólo recoge episodios de féminas que se dedicaron a actividades diferentes de las habituales en las señoras de la casa. Salomé la bailarina, por ejemplo, se empeñó en pedir la cabeza de Juan el Bautista a pesar de que le ofrecieron a cambio un doble de hamburguesa con patatas y refresco, o una manitas de cerdo a la riojana si le apetecía más algo de casquería. La chica ha quedado ante el imaginario colectivo como una mala mujer, expresión considerada redundante durante milenios, mientras que aquel Herodes, monarca babeante, con el cerebro colapsado por una subida de semen y testosterona, amparo de aquella injusticia, apenas es recordado sino como nota a pie de página. Lou Andreas Salomé, aunque ya en el siglo XIX no se estilara lo del intercambio de miembros amputados por bailes como intentó Jack el Destripador, desplegó una insólita libertad sexual que la llevó a ser amante de Rilke, Nietzsche, Rodin, el kaiser Guillermo II y el zar de Rusia. Los tres artistas quedaron convertidos en almas penantes a causa de esa recurrente peregrinación que Lou realizaba entre un poder y una inteligencia que la reveló como superior en poder e inteligencia a sus acólitos, aunque ellos sean los famosos en este teatro masculino del mundo. Lou Andreas y su actual trasunto, esto es, Corinna zu Sayn-Wittgenstein representan ese perfil hedonista que decide asentarse en una zona de confort real. No pueden ser malas mujeres cuando, incluso, reciben regalos en modo de millones de euros y ni siquiera saben por qué alguien se los entregó. Como caso contrario al de aquella pésima repostera que motivó el relato del escriba, quizás Corinna sea virtuosa en el uso de los huevos, la leche y el azúcar. Si no se aclara el origen de ese dinero, una historia de faldas puede revivir aquel episodio de la Salomé que consiguió la caída de un Juan, y hasta un Felipe si hubiera querido, por sólo dos meneos de cintura. Delirios de futuro y grandeza que, en efecto, generan monstruos y servidumbres.

Remedios contra el coronavirus

2 Mar

Hace ya tiempo que los estudios psicológicos demostraron que las personas oímos lo que queremos oír y depende de quien lo diga. Nunca daremos la razón al discurso de cualquier político que nos caiga mal por razonable que sea. La democracia es un sistema burgués que, por tanto, mantiene una enorme dependencia de los análisis de mercado y las leyes de la propaganda. Sin embargo, los regímenes comunista y nazi fueron pioneros en la investigación y puesta en práctica de estos entresijos de la miseria humana. La cartelería de Stalin o Hitler exhiben preciosos ejemplos del decir para conducir. Veía junto a mi madre, señora de 85 años, un programa de esos que no dudan en ahondar en cualquier estiércol si ello proporciona audiencia. Convocaron a un cargo solvente y destacado de la Organización Mundial de la Salud, una española que explicó ciertos aspectos muy tranquilizadores sobre la crisis que está provocando el coronavirus. Junto con un catedrático de medicina preventiva y otro profesional de estas ciencias galénicas señalaron que el uso de las mascarillas como obstáculo para el contagio de la enfermedad es inútil. Deben ser utilizadas por personas con patologías para que no escupan sus microbios a los demás, pero la eficiencia de estos trapos para torear el bicho del que hablamos es muy limitada. Importa el lavarse las manos con frecuencia y, sobre todo, antes de comer. Tras esas argumentaciones muy bien afianzadas sobre certidumbres científicas, la presentadora del programa, a quien todos los méritos de la profesión periodística le son ajenos, salvo esos que otorgan las adecuadas relaciones íntimas, concluyó que ella no creía nada de lo que habían dicho, porque los cirujanos y otros médicos usan las mascarillas. Oraculus dixit. A partir de ese momento, mi madre me avisó de que no saldría a la calle si no le compraba una.

Se han agotado las mascarillas en las farmacias de Málaga, hasta el punto de que un traumatólogo no ha dudado en sumergirse en la piscina del ridículo. Intentó robar 300 del hospital público en que trabaja, según él, para repartirlas en su pueblo, donde será conocido por el mote de El Robin Hood, o El Falla por acoger tanta máscara en su seno. Prefiero soluciones imaginativas y respetuosas hasta con los dineros públicos. Dios aprieta pero no ahoga con mascarilla. El inicio de esta alerta ha coincidido en nuestra Andalucía con los carnavales, de modo que, durante varios días, uno pudo abandonar el sentido del pudor y arrojarse a las calles vestido con una indumentaria que lo integrase en la fiesta y, a la vez, lo protegiera de esta nueva peste. Elegí el traje de buzo. Dadas mis dimensiones tan próximas a las de los mamíferos del mar, lo pinté de amarillo con el logo de Correos y ya iba de buzón. Ya sabemos que la gloria dura poco y menos en casa del pobre. Tras una prolongación personal, incomprensible para amigos y vecinos, que he hecho de las fiestas carnavaleras hasta ayer mismo, hoy toca enfrentarse con las jornadas laborales venideras y las sorpresas que pueda acarrear esta semana. He confeccionado una careta de goma con mi rostro, interpretado con esa cierta libertad artística que me permite aproximarlo al de Alain Delon, aunque su resultado final haya coincidido con la faz de cualquier figurante en el Planeta de los Simios. Tras este antifaz, respiro a través de una compresa de esas calculadas para pérdidas de orina masivas, sujeta a la boca mediante cinta americana. No he descuidado detalle, he introducido sendos tampones empapados en alcohol por los agujeros de la nariz. Causan una irritación extrema, aturdimiento y lágrimas durante unas seis horas. Para eudir preguntas o sugerencias, me he colgado un cartelito que indica que la faringitis me ha dejado sordo y mudo durante un tiempo. Con estas precauciones y tres pares de guantes insertos unos sobre otros, ya podré enfrentarme a estas pruebas que la propia naturaleza nos envía con el fin de que evolucionemos hacia nuevas cotas de superioridad intelectual y demostremos por qué somos la especie elegida. Ahí les dejo las ideas.

Dios

24 Feb

Aquel chiste narraba que un escalador quedó sostenido por un ramajo durante la caída. Rogó socorro varias veces. Cuando su angustia se transformó en ahogo oyó una voz de esas emitidas sólo por Morgan Freeman cuando hay que salvar algún documental insoportable, que le dijo que allí estaba él, que le animaba a que se soltase. Sus ángeles lo recogerían y dejarían indemne sobre el suelo, porque él era creación suya y amada, y jamás permitiría que le sucediera nada malo. El malogrado deportista, tras aquel hermoso y seguro discurso, contesto: “Vale. Gracias. ¿Pero hay alguien más ahí?” Según entiendo, habría preferido oír el tono del jefe de bomberos, pero la realidad es la que es, o la ficción. Lo de dios es una cuestión de fe y lo escribo con todo respeto. Además, los occidentales blancos, altos y guapos como yo, hemos acercado tanto su apariencia a nuestra ascua que casi lo convertimos en sardina. Queda claro que si yo hablo de dios, la o el lector está pensando en un señor vestido de blanco, con lo mal que queda ese color cuando tienes sobrepeso, gesto adusto, edad indeterminada, melena albina, y un triángulo sobre la cabeza, ahí situado gracias al poder de la imaginería tradicional. Otra forma de representación puede ser prendido en la cruz, delgado, con melena negra, y agonizante. Brotan estas estampas como referecias porque, ya he dicho, soy europeo, blanco y guapo. Si pontificara sobre dios vestido con túnica y un yogur griego con miel en las manos, el ser superior que aparecería en nuestro delirio exhibiría melena castaña y mirada lasciva frente a todo mortal que disponga de algún orificio en su cuerpo. Zeus era así. Si me coronase con una tiara del alto o bajo Egipto (cuestión que que nunca aclaré), apenas cubierto con una minifaldita, sentado en una pirámide para charlar sobre la deidad, a la mente de mis interlocutores llegaría ese símbolo medio jipi que representa a ese sol que nos calienta y obliga a gastar una fortuna en protectores contra el melanoma.

El color de la piel de dios depende, por tanto, del contexto; si porto turbante, corona de laureles, casco vikingo o penacho con plumas. Sin embargo, en nuestra España aconfesional aún se celebran autos de fe, travestidos en juicios por atentado contra los sentimientos religiosos. Cuestiones que deberían de ser solventadas por ese dios a quien se ofenda, además, al estilo Antiguo Testamento. Cuando el Arca de la Alianza se volcaba hacia el suelo y un hombre bien intencionado intentó impedir su caída, el piadoso dios de aquellas gentes lo destruyó mediante una descarga eléctrica. Se produce una cierta incoherencia divina cuando el ser supremo afirma que él es quien es, y no es tan poderoso como para detener un vuelco de aquel símbolo frente a sus fieles. Demostró quién mandaba allí. De hecho el pueblo de Israel aún paga hoy la factura de aquel flujo eléctrico y por eso no tienen dinero para ir a la barbería. La ofensa hacia los sentimientos religiosos consiste en que los humanos legislemos y juzguemos esos actos sacrílegos que nuestros seres superiores podrían resolver con una buena lepra enviada al blasfemo maledicente, tan del gusto cristiano, o con un meteorito en la cara como sinónimo de lapidación, más concorde con los preceptos musulmanes y hebreos. Los procesos debidos a que nuestros códigos jurídicos amparen estas pretendidas ofensas a seres dignos de culto, pueden concluir con disputas de teólogos en mitad de la sala, esto es, de humanos que traducen a dios, ni más ni menos. Como devoto de la diosa Ceres que soy, Madre Tierra, generadora de todo ser vivo sobre el planeta, considero muy ofensivas hacia mis sentimientos esas defecaciones y micciones que los humanos realizan sobre la faz de mi diosa. Siempre bajo esa misma coreografía de pasitos rápidos y cortos hacia la roca más cercana tras la que se ocultan y agachan como si Ceres ignorase sus sacrilegios. Voy a poner denuncias a ver si no me discriminan cuando intente entrar en el juzgado vestido de sacerdotisa romana.

Sexo

3 Feb

Son tantas y tan diversas las noticias que corretean por ahí acerca de ese dispositivo succionador que por primera vez en mi vida lamento no tener un clítoris, eso sí del tamaño de mi pene, que no sé si será adecuado para ese instrumento. Yo, como todos los niños nacidos en los sesenta, apenas fui destetado me compré una muñeca hinchable, a la vez que me declaraban inútil para el servicio militar. Disfruté de un año más de lujuria y práctica sexual que el resto de mis compañeros quienes marcharon hacia los cuarteles para disfrutar de esa vida adecuada para cualquiera que acepte convivir hacinado con un grupo de varios cientos de hombres sudorosos y sin ducha durante semanas. Es cierto que jamás se olvida el sabor de la sangre de aquellos primeros besos. España sufría un atraso tecnológico tal que las junturas de nuestras muñecas cortaban como cuchillos del neolítico. Un informe secreto publicado en varios periódicos clandestinos de Estonia atribuía la muerte del Generalísimo a una praxis inusual con aquellas mujeres de plástico. Teníamos que conformarnos con la industria de nuestra década que no albergaba ningún miedo al uso de productos tóxicos o dañinos en cualquier manufactura. Yo pretendía normalizar aquella relación juvenil mía mediante ese grado de racionalidad exclusivo de nuestra especie. Por ejemplo, nunca faltaba con mi muñeca a misa de domingo, o paseábamos juntos por el mercado de abastos donde contemplábamos la pesca y el marisco del día. No me cabe duda de que Freud habría dicho algo respecto a aquellas costumbres. Pero como decía tantas cosas respecto a tantas otras y todo finalizaba en la sublimación que yo hacía de la figura de mi madre y de mi padre, según él, representados en mi subconsciente como un calamar y un atún, pues jamás le hice caso a aquellas apariciones nocturnas del egregio sabio vienés con quien compartí traficante de sustancias psicotrópicas durante aquellas fechas en que mis amigos me abandonaron para hacer maniobras militares con pistolas de cartón pintado que, encima, se encasquillaban con frecuencia.

Éramos pobres. Carecíamos de clítoris, de redes sociales, de revistas eróticas, y hasta de un autobús que nos condujera a Francia para aburrirnos con aquel Último tango en París cuyo original debería de ser custodiado por el Banco de España, vista la recaudación alcanzada en Perpiñán gracias a los ciudadanos de nuestra tierra. Ya de paso, Perpiñán también tendría que estar en la caja fuerte de esa institución, junto con Lourdes, Fátima y alrededores. El ser humano no puede esquivar ese ansia de metas a priori imposibles. Me propuse participar en una orgía y encargué cuatro muñecas más. Un mal viaje hacia la pesadumbre. La suavidad alcanzada por la legítima mediante meses de roces continuos, me hizo olvidar las urticarias y heridas, a veces severas, que ocasionaban las recién llegadas aún de estreno. Lo peor fueron las charlas de después. Época aquella de la Transición plagada de desavenencias teológicas que nos condujeron a discusiones tales que incluso mis padres entraron una noche en el cuarto alertados por aquellos gritos. Jamás lo superaron. Su primogénito, de quien aguardaban un pronto anuncio de boda, entre muñecas, sangre y Biblias. Me denunciaron al Tribunal de la Rota del que pretendían que anulara el parto de mi madre para concebir otro vástago, pero por la iglesia. Mis abogados me advirtieron que me deshiciera de todos los testigos, ante mis lágrimas, comprendieron que tendrían que actuar ellos. Días más tarde, un anuncio insertado en el periódico a página completa me informó de que los peces nadaban en el agua. Jamás volvería a ver a mis muñecas si no me graduaba como buzo. No puede uno sustraerse al signo de los tiempos. Cada época desarrolla sus tendencias. Hacer el amor hoy es casi asunto de mayores con sus pastillas y lubricantes. Actos aburridos para alguien tan experimentado como yo. Cuando aparezca el succionador de pene podré, por ejemplo, ver el fútbol en casa junto a mi pareja mientras cada quien juega con su propio aparato y nos robamos palomitas de maíz entre gemidos.