La Rosalía y las ignorancias

22 Jul

Mientras escribo oigo música. Los temas elegidos cumplen varias condiciones. No son estridentes, sólo instrumentales o, si tienen letra, debe ser tan conocida por mí que no la escuche. Acabo de conectar algo de You Tube sobre éxitos de las divas del jazz. Se inicia con uno de esas melodías tarareadas por medio planeta, “My Baby Just Cares for Me” (Sólo yo importo a mi amor) de Nina Simone. En sus primeros versos su voz de diosa americana de ébano confiesa: “My baby don’t care for shops”, una patada para la gramática inglesa (He doesn’t care) que, por ejemplo, supondría un suspenso en cualquier escuela de idiomas si uno andase por un curso de nivel medio, no digo, avanzado. Nunca he oído un tema de Rosalía. Su tipo de arte no me interesa y me mantengo al margen de todos esos fenómenos culturales a los que note cordeles de titiriteros mediáticos. Soy un bicho raro, ni siquiera me gusta el fútbol. Sin embargo, al igual que con las hojas caídas en otoño, es casi imposible no cruzarse con ese tipo de engendros (sentido etimológico) entre las páginas virtuales o impresas de nuestro cíber-mundo. Ya he visto artículos y noticias, que incluso han arribado a las columnas de periódicos como The Guardian, sobre el hecho de que la cantante barcelonesa, que ha triunfado en castellano (el catalán es una de las lenguas oficiales de España), usara varios castellanismos en un tema escrito en catalán. Por lo visto, dirigentes políticos y articulistas regionales han mostrado su disgusto tal y como si hubieran contemplado un espermatozoide furtivo corretear por el útero de sus madres. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. The Guardian, por ejemplo, aludía a que sonó una palabra como “cumpleanys” en lugar de “aniversari”, forma normativa en catalán limpio, aunque no creo que exista un sólo payés o exiliado que no comprenda tal modismo, en caso de que lo sea, así como ningún admirador de la Simone se tapa los oídos ante aquella incorrección del negativo en inglés.

Dijo Humboldt en el siglo XIX que la lengua es el alma de los pueblos. A partir de este aserto se dedujo que una lengua conllevaba un pueblo y un estado. Sirvió para que los intereses políticos alzaran la lengua como hacha, tal como el Junqueras. Provocó independencias en los Balcanes o la reivindicación del checo. La misma deducción alentó a que Hitler reclamara los Sudetes porque hablaban alemán. El lazismo catalán, supremacista, no puede tolerar eso de que los espermatozoides o los vocablos anden por ahí descontrolados. Sueña con dos imposibles, el biológico y el lingüístico, donde el concepto de pureza no penetra ni con lubricante, salvo en estas lecciones de ignorancia que políticos y demás analfabetos (universitarios incluidos) ofrecen ante los focos, claro. El vasco pide “oilo” (gallina), del latín “pullus”, y supongo que en tiempos de Roma existía el pollo a la vizcaína. El castellano, humano con dos manos, prefirió la palabra “izquierda” del vasco “ezquerra” y marginó el término latino. Del mismo modo que la añoranza nos llega desde el catalán, el jamón (sorpréndanse) desde el francés, o el champú desde el inglés, al que el castellano cedió los mosquitos para fastidio de sus noches tropicales. La lengua no existe como ser, la norma es dictada por lo que unas gentes de un determinado tiempo y espacio utilizan y consideran suyo. He empleado “la” ante nombre propio porque la castellana lo permite por influencia catalana. Para entendernos unos a otros con las formas de escritura, de pronunciación o de uso, desde tiempos de Alfonso X, en castellano, existen ortografías o gramáticas como la de Nebrija. Contemplar una lengua en su pureza, verla tocada por velos blancos dibuja la ignorancia del pintor. Las lenguas visten de modo provocativo, se sientan en la barra del bar, fuman, beben alcoholes recios y aguardan todo tipo de contaminaciones. La lengua está viva y la vida ama esas promiscuidades, los malos olores, ahonda en esos recovecos prohibidos que tanto horrorizan a los inmaculados y que tantos buenos momentos procuran a los perros callejeros como yo.

El precio de no tomarse un café

17 Jun

Un estudio elaborado por una compañía de empleo ha llegado a la conclusión de que las pausas en el trabajo cuestan más de 3000 millones de euros en España. Me parece una cuenta muy exagerada por unos cafés con alguna magdalena o así. Estos investigadores también deberían de haber reflexionado sobre lo que costaría no realizar esos descansos para echar, o no, un cigarrito al pecho, por despabilarse con un cafecito de media mañana o por no atender a un mensaje del móvil. No todos los trabajos pueden concederse esos pequeños privilegios proletarios. Imaginen un actor que en mitad de la función cambiase la voz e indicase al público que en unos pocos minutos se incorporaría de nuevo a la obra. Sin embargo, el piloto de aviones puede ponerse a tontear con las azafatas desde el momento en que activa a su colega el automático. Los conductores de grandes transportes tienen que realizar una parada para estirar las piernas y oxigenarse cada ciertos kilómetros; de otro modo, podrían sufrir una sanción. Sin embargo al que juzgarían si se detuviera sería, por ejemplo, a cualquier cirujano, no sé, que dejase una operación de aumento de senos sin concluir, esto es, con uno solo implantado y la paciente ya despierta como una moderna versión del cíclope o del unicornio. No todos los oficios muestran iguales característica pero todos provocarían unas terribles secuelas si eliminaran esas pequeñas interrupciones durante su jornada. Por lo pronto aumentaría el número de jefes muertos a manos de sus subordinados. El trabajador sale a la puerta, enciende nervioso el cigarro y aspira con profundidad. Quien allí se encuentre, intuirá que algo ha sucedido. Pregunta. Ambos insultan al jefe, se acuerdan del momento de su parto, intercambian anécdotas, de nuevo insultos, y tras una palmadita solidaria en el hombro se regresa al tajo con el ánimo más calmado y el veneno suelto. Podríamos encontrarnos ante una especie de revolución anarquista por ataque de nervios.

La palabra “trabajo” es de esas raras que en desde su origen ya tienen mala sombra, esto es, mal ángel, el mismo diablo, vamos. Procede de aquella hermosa costumbre romana de colgar a los esclavos ociosos con su propia horca de madera. Se clavaba el largo mango en el suelo, se disponía el cuello del desgraciado entre los dos cuernos en que finalizaba tal herramienta y se le cerraba con un tercer palo horizontal de modo que lo aprisionara hasta su asfixia. Este “tripalium” da un verbo del que el mismo Dios avisó a Adán de que se trataba de una maldición sobrevenida al hombre por una manzana; ahora quieren potenciar ese efecto de condena por un café, sin evaluar las consecuencias también familiares a las que conduciría esa especie de sado-masoquismo empresarial. Las pausas cumplen sus funciones. Que me interroguen en el servicio a media mañana. Pero no sólo son de orden fisiológico sino, incluso, casi espiritual. Si esos dos componentes antagónicos de cualquier matrimonio no pudieran tejer algún tipo de relación, por más imaginaria o platónica que fuese, con otras personas en su entorno inmediato, estallaría esa bomba retardada que suele confeccionar cualquier hogar medio por exceso de proximidad. La cantidad de divorcios sería inmensa, con el consiguiente incremento de los precios de la vivienda, de las tasas de los abogados y psicólogos y el ya vivido desastre financiero hipotecario. Esos leves recreos en una actividad considerada maldita desinfectan esta miseria social que hemos ido articulando desde que el humano construyó su primer chalé y más tarde se dio cuenta de que le venía bien una piscina con un dálmata sobre el césped, que eso viste mucho. Echo en falta algún estudio que rediseñe esta cárcel laboral en que nos vemos recluidas y recluidos, como un tiempo menos dañino de como transcurre ahora; por ejemplo, mediante horarios que permitieran criar hijos y equilibrar los muchos miles de millones de euros que aterran el déficit de la Seguridad Social y que nada tiene que ver con esos cafés y cigarritos que no tienen precio.

Actualizaciones

6 May

Los humanos compartimos ciertos aspectos con las polillas. No me refiero a que haya tipos que son unos capullos a primera vista y, además están incapacitados para abandonar tal condición, sino a que nuestra especie ha tejido en torno a sí un habitáculo donde muda sus características iniciales, como una crisálida culmina en mariposa. A pesar de esta apariencia semejante a la de nuestros antepasados ya somos otro ser; también, sin duda, distinto a nuestros descendientes. A veces se hace complejo creer que hemos evolucionado en algo; sobre todo, cuando uno se cruza en un callejón oscuro con un tipo de esos que protagonizaría un documental sobre neardentales sin necesidad de que pasara por el set de caracterización. Somos resultado de nuestros propios artificios. Durante miles de años fuimos víctimas de lanzas de piedra afilada, y hoy lo somos de las tarjetas de crédito a final de mes, un acelerador de infartos y otras dolencias tan eficaz como una flecha de sílex incrustada en un ojo. El hombre crea y su creación se hace pronto dueña de su cosmos, lo conduce por nuevos senderos orgánicos y psíquicos. Una vez controlado el fuego, por ejemplo, llegaron las discusiones sobre cuáles eran las salsas más adecuadas para el pollo asado, lo que ocasionó disensiones en varios clanes que concluyeron en un estilo de arte rupestre donde el significado de las figuras de las manos sobre las paredes de la caverna contabilizaban el número de guantazos que le habían dado a uno u otro cocinero. Podemos afirmar, pues, que el mundo místico se desarrolló a la vez que el culinario y junto con la liga de boxeo, la traumatología y la invención del diván, previo en muchos siglos a Freud. Todo ello gracias a un enorme empuje tecnológico ocasionado tras un cigarro mal apagado después de un glorioso acto sexual en algún bosque ignoto durante el verano. Dada esta condición servil hacia nuestros avances, quizás todos aquellos maravillosos dibujos rupestres con sus bisontes, caballos, ciervos e, incluso, peces, signifiquen una versión tosca de las comandas para el camarero.

Nunca sabremos cómo fueron aquellos albores de la humanidad. Nuestros antecesores no previeron paradas de autobús y no podemos ir a constatar casi ninguna hipótesis. Quizás, sin embargo, el espacio onírico revele esa fusión tan íntima entre este acuario en el que nos desarrollamos mientras lo construimos. Uno de mis sueños recurrentes, por ejemplo, es el de que me presento desnudo a un examen para el que no he estudiado, un hecho para mí tan perturbador como cuando el primer sapiens que intercambió con otro un cesto de frutas soñó con una reclamación de Hacienda. Ese sentimiento de angustia también brota cuando uno no puede huir ante un peligro. El hombre primitivo centraría su foco de pánico, no sé, en un bicho peludo y con enormes dientes, y yo lo sitúo en que una teleoperadora con ofertas de telefonía se ha colado en mi dormitorio. Las piernas no me responden y la chica con sonrisa perversa y un contrato se dirige hacia mí. Fatal. El último sueño me ha dejado meditabundo. Voy a cenar a casa de una amiga; su marido muy educado me recibe con una pistola alemana y me anuncia en la puerta que me va a matar. Yo le advierto de que he traído un buen vino y ostras. Como no se le pasa el furor asesino, le indico que hay un tipo en el ascensor que quiere hablar con él. Aprovecho y cierro la puerta blindada de casa mientras su mujer, sin darle importancia a la situación, me pregunta si me sirve un Dry Martini. Respondo que no tiene idea de cócteles mientras intento avisar a la policía mediante una tableta que no carga su página web. El marido golpeaba la puerta y aquel dispositivo moderno no cargaba, del mismo modo que mis piernas no respondían cuando aún no se había desarrollado este universo 2.0 en el que, si nos detenemos a pensar un poco, nos vamos actualizando igual que nuestros ordenadores quienes tal vez sueñen con un tipo que canta Lili Marleen mientras acciona un código para borrar todo el disco duro. Le pregunto a mi portátil pero me ha retirado la palabra. Yo, por fastidiar, lo dejo sin actualizaciones ni batería.

Dietas

22 Abr

Los artículos se repiten en sus temas porque el universo gira y gira. Todo da vueltas en una especie de ir hacia ningún sitio. Gira la Tierra, los planetas por la gravedad del Sol y éste alrededor de una galaxia móvil. Como criaturas montadas en este carrusel desde millones de años previos a aquel día en que nuestros padres cruzaron la primera sonrisa, lo que en caso de algunas parejas es inimaginable, no podemos evitar una cierta tendencia hacia la monotonía y a la abulia, quizás provocada por el mareo. Por momentos encarnamos a aquellos personajes de Borges que, por inmortales, confluían hastiados en un mismo punto del desierto tras un errabundo arrastrar de pies. Regresamos a la casilla de las dietas, ahora, bajo la obsesión de la salud y longevidad más que aquella estética que antes presidía todos los afanes alimenticios. Mi amigo el nutricionista, biólogo y persona sensata, doctor Javier Morallón, el otro día me fastidió mi querencia por las patatas fritas. Pretendió hacerlo, mejor dicho. Con este cuerpo que dios me ha dado no tengo que preocuparme por casi nada de lo que ingiero. Todo me engorda. Como defensa psicológica hace años que adopté la postura de Buda sobre el suelo; en el sofá ya se sienta mi perro que me muerde cada vez que le quito el sitio. Todas estas circunstancias me empujan hacia un escepticismo inapelable. Con muy buena voluntad, y mientras forcejeaba con él para que me devolviera el bote de mahonesa, me explicaba que esa adicción mía a las patatas fritas me conduciría a la tumba. Encontré un argumento demoledor y contradictorio para sus tesis. Igual que un espadachín le espeté que, en todo caso, me llevaría al hospital por quemaduras en la lengua. No supo qué decir y como buen científico me arrojó el ketchup sobre la camisa. Aderecé algunas patatas camino de mi boca.

Según épocas, y puede que determinado nuestro discurrir por la condición giróvaga de este acuario donde aleteamos, los humanos nos imbuimos de mayores o menores ansias de eternidad para seguir dando vueltas como peonza desnortada. Si hace pocas décadas, por ejemplo, la virilidad se cifraba en ciertas marcas de tabaco para domadores de caballos, mientras la esencia femenina se cuadraba en desodorantes basados en un bamboleo de limones del Caribe, hoy ambos géneros, y todos los demás, han hallado una confluencia en los adjetivos light y healthy, esto es, ligero y saludable, modernos Tigris y Eufrates fronteras del paraíso terrenal. Ya no queda bien en pantalla una chica pinchando un chorizo o una tortilla de patatas de aquellas que sacaron las familias españolas hacia adelante durante siglos y casi a diario. Ahora resulta grotesco cualquier modelo masculino ante un cerdito asado. Las dietas dibujan el mismo trampantojo que la cosmética anti-edad, esa que cada vez ahonda más en tecnicismos y ácidos nunca oídos y efectos ignotos para conseguir un prestigio de palabrería fina que luego cada amanecer le resta ante el espejo del usuario. Que me perdonen mi querido Javier y sus estadísticas, pero el diablo me susurra maldades al oído que si bien no nos hacen más longevos, logran una estancia más divertida sobre esta noria imperturbable y ajena a nuestros afanes. Ya estuve en velatorios de personas deportistas y sanas según parámetros socialmente aceptados. Las ratas sobreviven a los purasangre. La buena dieta, en su sentido etimológico griego, significa un estilo de vida. Yo la querría semejante a esa que decían que practicaba la reina madre de Inglaterra con sus ginebras y ocio. Una serie de elementos acortan la existencia más que la alimentación. Con ese desayuno a base de frutas y cereales, uno debería de revisar la agenda y mandar a hacer puñetas a cuanto ser tóxico halle pegado a las costuras, una carga negativa tan letal como el colesterol o la tensión alta. Con eso y un buen puñado de amigos con los que reír y abusar de todo aquello que nos prohíba el médico, incluso sin preservativo, creo que será suficiente hasta esa última vuelta en que nos expulsen de esta feria con o sin patatas.

Despistes

8 Abr

Un conductor francés acabó en Galicia cuando se dirigía hacia su domicilio en Limoges a unos mil kilómetros. Ya sabemos que los franceses, al menos este, ni leen los carteles de las autovías, ni charlan con los empleados de las gasolineras. Si hubieran dejado en pie aquellos toros de Osborne cuya visión tanto me emocionaban de niño, pues oye, igual este hombre se habría percatado de su llegada a la Península Ibérica que, entre ausencia de fronteras y esta globalización que nos uniforma el paisaje y el paisanaje, ya es idéntica a cuanta península arribemos. Este ciudadano ya ha hecho su camino de Santiago. Los despistes tienen mala prensa, aunque una literatura aceptable. Se equivocó la paloma, se equivocaba. Hay descuidos peligrosos, claro está. Recuerdo aquella encargada de una piscina en Madrid que jugó a maga con varios desinfectantes y por poco provocó una evacuación masiva que, al final, sólo se saldó con unas irritaciones pasajeras de ojos y garganta de varias decenas de personas. La chica no supo explicar qué había hecho, lo que condena a esa comunidad de vecinos a una casi segura repetición del episodio. El francés tampoco entendía por qué la policía le indicó que se detuviera. Si por esas leyes indómitas del azar ambos caminos se cruzarán y la socorrista hiciera autostop, por ejemplo, hacia Galapagar y el hombre de Limoges la recogiera, podrían juntos provocar una catástrofe en Oslo. La vida. Un gran amigo mío aún recuerda aquel día en que un coche se detuvo junto a su parada de autobús; pensó que venían a recogerlo. Cuando se acomodó en el asiento trasero, la conductora junto a sus tres acompañantes pensaron que un loco se les había colado y optaron por echarlo a chillidos. En un arrebato de lucidez, mi amigo consideró que lo mejor era huir sin dar mayores explicaciones y salir corriendo. Si por mano del diablo, que con estas cosas es un guasón, hubiera pasado por allí un coche policial, quizás hoy le estaría llevando una radio y una caja de bombones a la cárcel.

Los despistes son parte del proceso de innovación. Seguro que Adán argumentó uno cuando Dios le reprochó que lo había dejado sin manzanas, justo el día en que pensaba preparar un buen Strudel para zampárselo en su divina soledad junto con un helado de vainilla. La biblia no precisa cuántas manzanas comió el padre de los hombres, y nadie se enfada tanto por una sola pieza de fruta que falte en un árbol. Le echas las culpas a la jirafa, a la que ya había puesto nombre, y ya está. Gracias a aquella glotonería de Adán, combinada con la afición a la cocina de nuestro creador, estamos nosotros aquí, sufriendo, pero aquí. Eva fue inocente. Mi querido Lorenzo Saval, también dios en su propio paraíso de collages, me explicaba que los errores en arte pueden ocultar aciertos. No sólo del arte vive el hombre, también del pan, el café o las alcachofas, todos ellos productos que no se explican sobre la mesa si no es porque un día a uno se le olvidó hornear la masa y fermentó, porque a otro se le quemaron unos granos y porque a otro se le cayó la leche sobre ese líquido negro del desayuno. Lo de atreverse a darle un primer bocado a la alcachofa es, sin duda, uno de los grandes hitos misteriosos de la humanidad que no puede ser achacable más que a esos despistes que ocasionan un maravilloso fallo de esos que trastocan los conceptos y cambian el devenir de la historia incluso a nuestro pesar. Hay quien concibe la existencia como ese período durante el que naces, creces, te haces oficinista, te reproduces y mueres. De vez en cuando un viajito a lugares como Benidorm o Tenerife, donde cometer algún dispendio con la sangría y alguna presunta paella y ya está. El despiste. Entras por el lado contrario de la autopista y los faros de los coches hacia ti provocan un golpe de adrenalina tal que te das cuenta del desperdicio en que has convertido tu vida tan semejante a la de tus propios peces en el acuario del salón. El final de la historia depende de la confluencia entre fortuna y voluntad, conceptos tan despistados como un francés de Limoges, o una socorrista madrileña en Oslo.