Al final se ha puesto buena tarde

11 Nov

Pues vamos a la tercera convocatoria. Esta tampoco. Hace ya muchas eñecciones, esto es, elecciones nacionales, en que las encuestas no sirven para nada. Las de ayer, sobre las que ustedes leen hoy, menos que ninguna de las que recuerdo. Pedro Sánchez se ha librado del hundimiento de su yate particular gracias a la militancia de su voto. Rivera, si hubiera leído aquella Antología de los poetas suicidas, exhibiría ante las cámaras alguno de los actos ahí descritos y ofrecería su cuerpo y alma hacia el tendido, con artes toreras, para que ningún historiador lo apedree en un tiempo futuro ni perfecto ni imperfecto. Le pudo el ego y la guapura. Es fácil imaginarlo frente al espejo haciéndose el amor con hechuras de presidente. Se llevó un corte cuando comprobó que esa preciosa niña España no se subía en la trasera del asiento de su Vespa. Si no es mía, menos será de Sánchez. Perdió su partido gentes lúcidas, voces que le avisaban de que esos gestos son tan incomprensibles como los de cualquier hipotético rey que se marchara por ahí con alguna concubina a matar porque sí a un elefante. Actos incomprensibles. Actitudes de chulo de barrio que, cuando la pretendida mira con ojitos a otro, ejecuta un caballito con la moto por la plaza y suelta humo y hace ruido y molesta a muchas señoras que lo tachan de niñaco y sinvergüenza, y así queda para siempre por aquellas comisuras de los labios en la memoria colectiva. Hay cosas que ya rotas no tienen arreglo por mucho que uno quiera que exista una marcha atrás en la máquina del tiempo. Tampoco está uno seguro de que con estos golpes de urna que la ciudadanía ha dado al líder de Ciudadanos, el mancebo haya aprendido que hay que pactar hasta con el diablo o con los ángeles por el bien común. La política no es asunto de tabernas, si no queremos que las tabernas tomen las riendas de la política. Mal iríamos. Los licores alientan exhibición de navajas y machotes en celo. Ay, si hubiéramos pactado. Un par de ministerios, alguna subsecretaría disfrutaríamos ahora. Rivera, cuánta ruina has traído. Tú sigue ante el espejo.

Vamos a por la tercera. Hubo un tiempo, despreciado por los analfabetos que no lo vivieron, en que los políticos se sabían gentes de la polis. A ese vagón de trabajo se subieron jurisperitos de renombre, sindicalistas honrados, luchadoras y luchadores que habían entregado sus mejores años para dinamitar el francisquismo. Estar metido en política, más que eso de ser político, desplegaba el prestigio de las y los ciudadanos que servían a los demás. Hoy, nuestros dirigentes han hecho realidad aquel chiste en el que un amigo le rogaba a otro: “Oye, si me sucede algo dile a mi madre que me ganaba la vida tocando el piano en un burdel de mala nota por las noches. No le digas que era político”. La caída del personalista Rivera no es buena noticia. La clase media española se ha polarizado. Cuando uno se encuentra en el Polo Norte y el otro en el Polo Sur, la comunicación se hace imposible, igual que si el polo positivo pretende abrazar al negativo. Ni se puede segmentar el planeta Tierra por su ecuador, ni un imán por su punto intermedio. Las polarizaciones regresan pero ahora carecemos de aquellos políticos de los setenta que alcanzaron los Pactos de la Moncloa, en donde los polos se relegaron a las heladerías en verano. Se dio voz a las voluntades de un pueblo que había votado para que España fuera gobernada. Ahora que se nos viene encima una crisis de esas que si puede ir a peor irá a peor, cuando asistimos al espectáculo de un golpe de Estado de facto por parte del supremacismo en Cataluña, ahora que los neo-liberales, los neo-comunistas, los neo-fascistas pregonan sus recetas de insolidaridad, intolerancia, incoherencia e inoperancia y ahora que hemos arrojado los dados sobre el tapete y, al final, todo queda en lo mismo por segunda vez, se sube uno en el ascensor junto al vecino, mira al suelo, mira al techo y sólo puede aducir que, al final se ha puesto buena tarde. Ese final tan impreciso en el tiempo y en el espacio para mi España.

Cuánta pobreza

28 Oct

Un vídeo que circula por las redes sociales exhibe el enfrentamiento que una madre y su hija mantienen contra los empleados de un supermercado que pretenden que devuelvan los objetos que ambas han escondido en el carrito del nieto, que aparenta unos tres años o así. La abuela, joven para tal condición, no se distancia más de 15 años con su hija, quien aparenta parecido intervalo temporal respecto de su pequeño. Como otras muchas familias, lo airean y llevan a la compra, o como quiera que se llame ese acto de coger productos en un recinto, subirlos a un transporte, sea el que sea, y llevarlos a la propia casa. Insultos, manotazos, amenazas, reproches y llantos marcan el ritmo de la escena. La abuela ladraba que había cogido los productos para dar de comer a su nieto. En efecto, arroja al suelo dos latas de leche en polvo, luego una caja de gambón congelado o similar y, a continuación, otros objetos entre los que se encontraba una botella de licor, que depositó cuidadosa sobre el pavimento, prueba inculpatoria para que moralistas poco piadosos puedan acusarlas de robo por vicio, como si fuera posible el robo por virtud. Se roba por necesidad, por venganza, por cleptomanía, por ganas de demostrar el dominio que un humano mantiene sobre sus víctimas durante ese momento, o por necesidad de percibir emociones como el frío de los grilletes, o el silbido peliculero de las balas durante el atraco.

Los ingleses deben de figurar entre los pueblos más ladrones, según la cantidad de vocabulario específico que usan para cada tipo de apropiación de lo ajeno. En el román de esquina, con el que cada quien charla con su vecina, esa cantidad de léxico será inmensa. Si unificamos todos los actos englobados alrededor de esa idea de robo, el cometido por esta familia es muy triste. No por las circunstancias, ni por esa mezcla conceptual de alcohol y leche infantil, ambos necesarios según el nivel de nervios o de hambre, sino por ese espíritu de pobreza que tanto afea al pobre y que, sin embargo, tan bien queda entre los ricos de verdad. Los ingleses roban trenes repletos de dinero, islas, peñones o subcontinentes. Viva el rumbo.

Entre los rascacielos de la zona de oficinas de Manhattan, desde donde se dictamina la miseria o la pobreza del planeta completo, hay pequeños jardines con fuentes, mesas y sillas en los que es agradable descansar en verano. Están habilitados para que los trabajadores puedan tomar allí un refrigerio o relajarse en un ambiente exterior. Me detuve en uno de ellos y por primera y única vez en mi vida contemplé un jefe de verdad. Ejecutivos de ambos sexos y de todas las categorías iban vestidos con trajes que desprendían olor a dinero. Aquel tipo, con camisa celeste, vaqueros y chanclas playeras, se permitía probar comida de todas las fiambreras, o echar la mano por el hombro a aquellas criaturas con traje que lo agasajaban con la mejor sonrisa. El amo, si no del mundo completo, sí de una amplia parcela. Comprendí que yo no sólo era pobre en valores bursátiles, sino también de espíritu. Nacido para esclavo. Si me hubiera tocado la lotería neoyorquina me habría comprado uno de aquellos trajes de tejidos sedosos y habría acudido a los mismos restaurantes donde contemplaba a través del escaparate a aquellos tipos y tipas vestidas de negro. Quizás el rico nazca. La familia había ido a robar a un supermercado de esos que alardean de sus precios reducidos y de la gran frescura de su marisco congelado. Y uno va contento hacia casa los sábados de cada mes con el carro lleno y un cava de 3 euros acompañado por una lata de mejillones y un papel con lonchas de jamón serrano. Y mientras se ahoga con el porte de las bolsas hacia el ascensor, sueña que le toca la lotería pero sueña una cantidad pobre. Los pobres no comprendemos los millones ni que soñar es tan gratis que uno puede soñar con ser el tipo aquel en vaqueros, lo mismo que podría robar en supermercados lujosos compuestos por productos que en nada se asemejan a los nuestros por más que nos digan. Pero la pobreza permanece en su propio descampado, en su misma caja, como los perros que atan en un portal, o los gusanos de seda que no van a ningún sitio durante ninguna de sus vidas.

Casinos mejor que burdeles

14 Oct

El Parlamento de Andalucía votó la semana pasada contra una propuesta de ley que pretendía situar las casas de juego a más de trescientos metros de los centros educativos. Quienes votaron contra esta resolución adujeron sus razones, como si poner encima de la mesa cualquier justificación ya salvara de cualquier pecado al emisor del discurso. Hasta los nazis tenían una explicación para lo que hicieron, toda muy lógica dentro de sus propias premisas, como hubieran hecho los griegos antiguos con ese catálogo que compusieron de figuras que describen, incluso hoy en día, los recovecos, meandros y purulencias del lenguaje. Ahora te hago una captatio benevolentiae, te despisto con una serie de anáforas, te cuelo dos catáforas, una parágoge por medio y finalizo con un quiasmo que te deja frío como meada sobre el Everest. Pues así son las artes de la elocuencia. Los romanos, bastante más rurales que los griegos aunque pareciera lo contrario, comprendieron la perversión que ocultaban esos manuales de retórica capaces de defender una cosa y su contraria, por ejemplo que había que destruir Cartago y ponerle un piso a Aníbal en Cartagena. De hecho, el pobre Cicerón, abrumado por esa perspectiva de contemplar a uno de sus grandes enemigos al sol de las piscinas de Torrevieja, bebiendo cubatas junto a todos los ganadores de concursos en la futura televisión española, definió al orador como un hombre bueno, experto en el habla. Una aseveración que condena a todos nuestros políticos locales, provinciales, regionales, estatales y bruseleños, a ser malos o analfabetos, méritos que, como evidencian pruebas incontestables, incuso pueden ir unidos, y de hecho suelen ir unidos, aunque esta afirmación ya se haya convertido en un trópico por tanto acudir a ese tópico cálido del político inútil, al que tanto me gustaría derruir antes de irme de este mundo. Pero tal vez ocurra que conozco demasiados políticos, y no logran que acuñe de casi ninguno, o ninguna, para no discriminar, una concepción como la que el bondadoso Cicerón pretendía del orador de hemiciclo.

Hubo en su día un consenso para que la prostitución no pudiera ser ofrecida a menos de una cierta distancia de centros de enseñanza. El sexo siempre es feo y mucho más si se trata de ese que pueden practicar los pobres, es decir, el que pueden pagar a criaturas más pobres que ellos y que sólo disponen de su cuerpo como una mercancía para poner en venta y así ganar el pan nuestro de cada día que, en ocasiones, tanto cuesta que el buen dios nos entregue. En efecto, una chica, con mucha frecuencia emigrante africana, esclavizada por múltiples cadenas, allí puesta en la acera y ofreciendo sus servicios sexuales a conductores y paseantes, no constituye una buena lección, o sí, dependiendo de cómo se enfoque el hecho. Las casas de juego suelen ser mucho más llevaderas por cualquier vecindario. Parecen casi un signo de distinción. Están iluminadas por esos mismos colores atractivos mediante los que ciertos insectos y arácnidos atrapan a sus víctimas que, desprevenidas, se dejan llevar por el tintineo de una promesa de alegría. Las pobres prostitutas pobres quedaron abocadas a esconder sus vergüenzas lejos de la sociedad, en lugares cada vez más apartados e inseguros. Los locales de juego de azar pueden continuar provocando ruinas e inoculando sus ponzoñas adictivas a cuanto joven salga de su centro educativo y quede enredado en las redes de musiquillas y luces de maquinarias aderezadas para esos fines. Los burdeles callejeros horrorizan la vista de una sociedad que se cimienta sobre unos férreos principios morales que siempre se pueden ablandar según la cantidad de dinero puesta sobre la mesa de negociación. Los casinos hacen bonito, sobre todo por navidad. Conozco jóvenes que falsificaban carnés para poder entrar en esas casas de juego situadas cerca de un instituto y que ya disponían de su ejército de zombis adictos. Las prostitutas callejeras ni generan impuestos, ni necesitan fábricas de dispositivos para su industria, ni pertenecen a un consorcios de franquicias como esta de los casinos que parece llegar hasta los adentros de gran parte del parlamento de Andalucía que ni rechista por no molestar.

Miedo

30 Sep

Yo subía temeroso aquellas escaleras de la casa de mi abuela Natividad. Una señora vestida de luto lorquiano y perpetuo, y refugiada entre sus gatos y sus macetas de patio en Antequera. No he conocido ni peor cocinera, ni nadie a quien las flores brotasen con tanto vigor, ni a quien más adorasen los felinos. Monárquica de Alfonso XIII, guardó siempre un odio irreprimible por la República y un amor inexplicable por el Blanco y Negro, suplemento de ABC, del que escondía en las camaretas, vano bajo el tejado de la casa, una notable colección que yo asaltaba de niño cuando la hora de la siesta estival. Le asustaba que cualquier rojo robase aquellos tesoros fotográficos ordenados en una caja de cartón. Era tan buena con sus nietos que me permitió recortar página a página las estampas que quisiera. Así aprendí un collage de la extraña vida social de aquel Madrid, más que de aquella España, de los años 20. Un espacio turbio, trufado por sombreros imposibles sobre las damas y por bigotes engominados bajo las chistera de los caballeros, camino de fiestas galantes de las que, seguro, me habrían expulsado al primer eructo. En la página siguiente, el mantequero pagó para que le sirvieran fresca la sangre de un niño gordo como antídoto contra la tuberculosis. La hija del capitán de artilleros había asesinado a su novio, con quien cohabitaba (foto de detalle de un cuchillo como cualquier otro). Su padre, con quien también cohabitaba, había sido el brazo ejecutor de la última puñalada y a quien se ocurrió quemar en los fogones el cadáver. No se percató de que su hija conservaba la cabeza del finado por quien sentía loco amor en el pecho. Fueron ajusticiados con garrote vil. Como el asesino de su mujer no declaraba el claro crimen, aquel juez lo encerró en una celda rodeado de fotos de su esposa. El hombre narró los detalles del crimen entre llantos y súplicas de justicia a las que el jurisperito accedió sin mayores reparos. Garrote.

Un chico de 16 años alquila una habitación de hotel para que su novia dé a luz el embarazo que ambos ocultan desde hace exactamente nueve meses. La chica pare al niño y el novio lo introduce en una maleta y lo acaba arrojando, tras algún intento fallido, al río Besós. La película de estos hechos, si ustedes me permiten que use mi imaginación entrenada tanto en aquellas lecturas clandestinas, como en mis años de perro muy viejo que ya casi asusta a Satanás, transcurre siempre más o menos así. El padre se cruza con la niña una mañana y se da cuenta de que ya es una mujer. Por la tarde se le va la mano con las copas y cuando regresa a casa trinca a la madre por las solapas y con los ojos inyectados en sangre y una voz como de serrucho contra la madera, le avisa de que si la niña se queda embarazada es por su culpa, porque no la supo educar y es que voy y os mato. Un par de días después, la madre coge a la niña por el cuello en el retrete y casi reproduce la escena, incluso con una fantasmagórica declamación brotada a distancia desde las entrañas paternas. El hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo prende y sopla. Dos personas en una edad incapaz de gestionar cualquier dificultad ni sentimiento se encuentran con un embarazo pero, sobre todo, con una sociedad en la que no pueden dirigirse hacia ningún organismo que les solucione un error tan humano sin que la noticia llegue al teléfono de unos padres que, igual, tampoco saben afrontar una situación de este tipo. El chico fue muy valiente, cometió un crimen pero no huyó y abandonó a la amada. La chica ha padecido la injusticia de una característica biológica que la condena y señala. El bebé es un cadáver que vino a un mundo sacrílego donde la insolidaridad social surge al pie de la cama. La policía ha sido eficacísima, como en aquellas páginas en blanco y negro donde yo recortaba un mundo que ya intuía injusto. No actuó la maldad, actuó un miedo del que nuestro sistema es el culpable absoluto. Cada quién tendría que verse en esa situación. Bajo una adecuada dosis de pánico las personas borran sus principios y buscan la supervivencia. Puedo hacer un nuevo recorte de titulares e ilustrarlo con estampitas de hace un siglo. Cosas de nuestro progreso.

La condición humana

9 Sep

Puede que se haya cometido el primer delito espacial. Una de las astronautas de la Estación Espacial Internacional ha aprovechado los mayores avances tecnológicos del ser humano, tras cientos de miles de años de evolución, para espiar las cuentas bancarias de su novia en la Tierra, con quien mantiene un contencioso al que no diluyen las condiciones de gravedad cero. Allí uno podría estar dando vueltas y piruetas con lo divertido que debe ser eso de, no sé, arrojamos chupitos de vodka por la habitación y a ver quién captura más en vuelo con las manos atadas a la espalda. Pero no. Frente a esas indiscutibles ventajas que los científicos han arrancado a las fuerzas de la naturaleza que impedían tanto el despegue del suelo, como ese juego de los chupitos que van cruzando el aire, ha aparecido la condición humana sin máscaras, su característica de mamífero capaz de albergar un odio incrustado y de conservarlo, casi al vacío, más allá de la última atmósfera. Imaginen los ojos del empleado del banco haciendo órbitas cuando comprobó las conexiones desde donde se había accedido a las cuentas corrientes. Los astronautas, por lo visto, nunca usan los ordenadores de a bordo, que deben ser casi tan avanzados como el mío, para averiguar si pasaron el recibo de la luz, el de la peluquería de sus parejas, siempre a la última moda por si se tercia una entrevista aunque sea radiofónica, y lo que es más importante para todo cosmonauta, si fue cobrada la póliza del seguro de vida y decesos, asunto al que suelen estar muy atentos. Explicaba Hegel que el sujeto se convierte en esclavo del objeto de su odio. Nunca reflexionó aquel maestro de tesis y antítesis sobre los límites de esas cadenas que, ahora, sabemos con tendencia al infinito espacial y temporal. En este caso por un asunto de parejas que, al fondo, siempre se trata de los celos y sus consejos sanguinos; del mismo modo, ese odio transterreno podría haber arraigado por un asunto de lindes rurales hace un siglo y el piloto habría usado tal nave para estrellarla contra el cortijo de aquella familia que ofendió el honor de la suya. Somos así.

Dentro de nosotros habitan varios yoes y no todos son buenos, ya lo explicaron, mediante los conflictos entre sus personajes, Cervantes y William Shakespeare, a quienes los indepes catalanes quieren renacer como Sirvent y Gillem Gisper. Yo mismo, oigo voces del más allá dentro de mí que me aconsejan que perpetre diversos crímenes, que no siempre serán bien aceptados por la sociedad actual tan pacata para muchos asuntos. Pero parece que llevan poco tiempo en España, apenas hablan castellano y no comprendo lo que dicen. Por ahora, aparento una normalidad casi absoluta en sociedad. De la misma fuente que brota un Quijote, manan diez Sanchos, es decir, esas facetas que sólo atienden a los comportamientos primarios que gobiernan nuestra conducta, entre las que el odio se encuentra como motor principal con mayor potencia que el ansia de poder, de dinero o de sexo. Hay que reconocer que, según la cantidad, el dinero te puede convertir en un ser bello y sublime desde ciertas ópticas. Sobre todo, si usas gafas de lujo y sueles romperlas o perderlas en cada fiesta. Como para aquel Quijote, una necesidad de trascendencia nos mueve desde que descendimos de aquel árbol perdido en mitad de la sabana y decidimos andar erguidos, más que nada, para dejar de enseñar el trasero que no todo el mundo lo tiene bonito. Después de aquello y de abrocharnos los pantalones, nos hemos enseñoreado tanto del mundo que nos comportamos como tópicos pandilleros de botellón en un aparcamiento nocturno. Primero destrozamos todo, luego abandonamos ahí los desperdicios y vuelta a empezar. Simios cosmopolitas que no podemos esquivar una profunda naturaleza oscura allí donde lleguemos. Nuestra conquista del cosmos quedará empañada por episodios tan chuscos como este que nos ocupa y por varios grotescos, tipo parricidio en Próxima B, o matanza rural en Encélado. Mejor, nos quedamos en tierra.