La condición humana

9 Sep

Puede que se haya cometido el primer delito espacial. Una de las astronautas de la Estación Espacial Internacional ha aprovechado los mayores avances tecnológicos del ser humano, tras cientos de miles de años de evolución, para espiar las cuentas bancarias de su novia en la Tierra, con quien mantiene un contencioso al que no diluyen las condiciones de gravedad cero. Allí uno podría estar dando vueltas y piruetas con lo divertido que debe ser eso de, no sé, arrojamos chupitos de vodka por la habitación y a ver quién captura más en vuelo con las manos atadas a la espalda. Pero no. Frente a esas indiscutibles ventajas que los científicos han arrancado a las fuerzas de la naturaleza que impedían tanto el despegue del suelo, como ese juego de los chupitos que van cruzando el aire, ha aparecido la condición humana sin máscaras, su característica de mamífero capaz de albergar un odio incrustado y de conservarlo, casi al vacío, más allá de la última atmósfera. Imaginen los ojos del empleado del banco haciendo órbitas cuando comprobó las conexiones desde donde se había accedido a las cuentas corrientes. Los astronautas, por lo visto, nunca usan los ordenadores de a bordo, que deben ser casi tan avanzados como el mío, para averiguar si pasaron el recibo de la luz, el de la peluquería de sus parejas, siempre a la última moda por si se tercia una entrevista aunque sea radiofónica, y lo que es más importante para todo cosmonauta, si fue cobrada la póliza del seguro de vida y decesos, asunto al que suelen estar muy atentos. Explicaba Hegel que el sujeto se convierte en esclavo del objeto de su odio. Nunca reflexionó aquel maestro de tesis y antítesis sobre los límites de esas cadenas que, ahora, sabemos con tendencia al infinito espacial y temporal. En este caso por un asunto de parejas que, al fondo, siempre se trata de los celos y sus consejos sanguinos; del mismo modo, ese odio transterreno podría haber arraigado por un asunto de lindes rurales hace un siglo y el piloto habría usado tal nave para estrellarla contra el cortijo de aquella familia que ofendió el honor de la suya. Somos así.

Dentro de nosotros habitan varios yoes y no todos son buenos, ya lo explicaron, mediante los conflictos entre sus personajes, Cervantes y William Shakespeare, a quienes los indepes catalanes quieren renacer como Sirvent y Gillem Gisper. Yo mismo, oigo voces del más allá dentro de mí que me aconsejan que perpetre diversos crímenes, que no siempre serán bien aceptados por la sociedad actual tan pacata para muchos asuntos. Pero parece que llevan poco tiempo en España, apenas hablan castellano y no comprendo lo que dicen. Por ahora, aparento una normalidad casi absoluta en sociedad. De la misma fuente que brota un Quijote, manan diez Sanchos, es decir, esas facetas que sólo atienden a los comportamientos primarios que gobiernan nuestra conducta, entre las que el odio se encuentra como motor principal con mayor potencia que el ansia de poder, de dinero o de sexo. Hay que reconocer que, según la cantidad, el dinero te puede convertir en un ser bello y sublime desde ciertas ópticas. Sobre todo, si usas gafas de lujo y sueles romperlas o perderlas en cada fiesta. Como para aquel Quijote, una necesidad de trascendencia nos mueve desde que descendimos de aquel árbol perdido en mitad de la sabana y decidimos andar erguidos, más que nada, para dejar de enseñar el trasero que no todo el mundo lo tiene bonito. Después de aquello y de abrocharnos los pantalones, nos hemos enseñoreado tanto del mundo que nos comportamos como tópicos pandilleros de botellón en un aparcamiento nocturno. Primero destrozamos todo, luego abandonamos ahí los desperdicios y vuelta a empezar. Simios cosmopolitas que no podemos esquivar una profunda naturaleza oscura allí donde lleguemos. Nuestra conquista del cosmos quedará empañada por episodios tan chuscos como este que nos ocupa y por varios grotescos, tipo parricidio en Próxima B, o matanza rural en Encélado. Mejor, nos quedamos en tierra.

Censurar la censura

12 Ago

La censura, como la posesión del mando a distancia de la tele, fastidia a quien la sufre no a quien la maneja. Bertold Brecht escribió en 1939: “Yo sé bien que sólo al dichoso se quiere”, en “Malos tiempos para la lírica”. Estos nubarrones contra la creatividad revelan padecimientos crónicos del ser humano. Se enquistaron en nuestra naturaleza igual que los piojos o la sarna. Rebrotan apenas lleguen estaciones propicias. Y así estamos ahora. Tarados de diferentes índoles se postularon para tomar el poder, y el pueblo español se lo entregó para que sus ideologías fuesen eructadas en decisiones como esta de vetar artistas o escritores, de los que también conozco casos. Lo de censurar se parece al uso del mando a distancia en que, cuando uno le ha pillado el gusto a pasar canales hacia delante y hacia atrás, el resto de espectadores desaparece. Se diluyen en el aire las protestas de la niña junto con las de la abuela cuando aquello no se detiene en ningún programa. Hasta que alguien apague la tele y estampe el mando contra la pared, otra especie de censura que censure a la censura. La censura se camufla, incluso se vuelve escapista a lo Houdini y tiene mucho de circense. Sus magos lo mismo te dejan mudo con una ley sacada de la chistera, que te seccionan en dos mediante corte judicial. Por reconocerle una virtud, hay que decir que es ecuánime como la muerte, no distingue razas, ni credos, ni catecismos. Así, por ejemplo, han sido censuradas líricas tan distantes como la de Luis Pastor, Def Con Dos o C. Tangana, cada una por razones siempre bien justificadas para quien las esgrime. Sumemos a esta presión monetaria el toque de indignación que el supremacismo catalán dio a Rosalía por haber usado un hispanismo dentro de una letra cantada en el maravilloso idioma de mi adorado Joan Margarit. El ánimo de censura aparece como los picores en verano y uno se rasca. Stalin disfrutaba tanto como McCarthy cuando veía que sus creadores desafectos morían de hambre por las aceras de Los Ángeles o Moscú.

La censura gubernamental se puede ejercer en España, y en Europa, a causa de la excesiva dependencia que la cultura padece del sector público. En su nombre se perpetran acciones, con los euros comunes, tales como la subvención del maltrato animal en forma de corridas de toros, bous al carrer o defenestración de gansos al trote del caballo. Las concejalías de festejos, donde con frecuencia también es arrumbada la de cultura, tienen la misión de que un pueblo baile bajo la orquestina del gratis total. Quien paga manga, como ya hemos visto en casos, pero sobre todo, manda. Y ahora lo constatamos. Si los artistas hubieran sido contratados para salas privadas o casetas, donde la empresa arriesga, no habrían aparecido en titulares porque se hubiesen caído de un cartel de festejos que dependerá de la firma de una concejalía que se debe a sus votos, filias, fobias, compromisos, familia y amantes. Así, el heavy-metal debe tanto a la España rural como el jazz a la urbana. Entre ambos polos navega el resto de estilos y grupos musicales. Como las calores para los piojos o la miseria para la sarna, hemos articulado un sistema de gestión cultural propicio que encumbre a los elegidos de la fama y la gloria, tanto para figurar sobre un escenario, como para ser nominados en las listas de canapés y copa al final de ciertas veladas poéticas o inauguraciones museísticas. Esos que abominan de la iniciativa empresarial han descubierto el mismo botoncito para censurar que quienes predican las libertades de mercado. Una vez que el mando a distancia ha caído en tus manos cómo te vas a resistir a usarlo. Y esto no ha hecho más que empezar. Ya lo he escrito, gracias a las lecturas limitadas que nuestra población política, o para-política de ONG, realiza no se ha propuesto el exilio de Quevedo del sistema educativo. Junto a un grupo de indeseables organizaré lecturas clandestinas de sus más indecorosos poemas. Reviviremos aquellas sensaciones de los mártires en las catacumbas durante estos tan malos tiempos para la lírica.

Big Data

5 Ago

De pequeño leía “Las aventuras del Capitán Trueno”. En sus paginas aprendí cómo atrapar un mono. Nunca se sabe. Introdujeron algo brillante en un jarrón de cuello estrecho y allí quedó el animal preso por esa codicia que le impedía abrir su mano para soltar la bagatela. Los simios seremos siempre capturados mediante baratijas y otras intrascendencias como el sexo o el poder. Me quedo con cualquiera de las dos. Sin embargo, para un buen número de mis semejantes, el conocimiento del futuro prevalece sobre todos los demás oropeles. Padecemos conciencia de tiempo, incluso su angustia. Constaten el agobio que provoca el lento paso de los segundos en la cola de un servicio cuando la necesidad ya se escapa por su esfínter. El éxito de las novelas o películas que abordan los asuntos ultraterrenos se basa en que responden sobre un más allá que, la verdad, visto lo visto, es un asco de sitio repleto de zombis y putrefacciones. En la última peli de Jim Jarmush -que recomiendo- incluso Iggy Pop sale de un sepulcro. A mí, al menos, se me quitaron las ganas de morirme. Decidiré en su momento lo que hago pero no soportaría, por ejemplo, comer sushi con las manos llenas de barro. En ese abismo de espíritus sólo queda gente fea. Excepto “Vampirella”, a la que también leía y despertó en mí una sexualidad desaforada y, en este caso sí, digna de una muerte sanguinolenta entre aquellos pechísimos. Ahora los nigromantes de los cíber-mundos han lanzado una aplicación que muestra el aspecto que uno tendrá de viejo. A quienes conocemos el Capitán Trueno o vimos a Fantomas en el cine de verano, ya sabemos cómo nos vemos cada mañana ante el espejo. Sin embargo, el invento ha sido una trampa con la que estos modernos demonios pretenden adueñarse del alma de todas esas y esos usuarios que atraídos por esa ventana hacia los días venideros no han podido esquivar su cántico de sirena.

Las demás compañías tecnológicas que ya disponen de nuestros secretos han dado la voz de alarma. Un exceso paquetes de información corre el riesgo de depreciación en el mercado donde comercien con tales mercancías. Ya digo, un viejo truco para trincar monos y demás parientes. En aquellos años del TBO, andaba por mi barrio un señor mayor que acudía al mercado provisto de un reloj falso al que sujetaba con un pañuelo para no restarle brillo. Andaba con un bastón y movía cada mañana la pretendida joya frente a los ojos de los viandantes. Los foráneos se quedaban hablando sobre el precio de aquella apariencia. El hombre cultivaba el feo vicio de almorzar cada día. Ahora, mediante semejantes añagazas, empresas multimillonarias acopian nuestros chismes para ir distribuyéndolos por ahí. Lo mismo que hacían ciertas vecinas mías, pero por vicio, de gratis. No creo que mis circunstancias interesen. Además de mi firme decisión de no morirme, puedo jurar con igual solvencia que ni me compraré un yate, ni un palacete en los próximos 1000 años, dadas las cantidades que ahorro cada mes. Ni adquiero vinos exclusivos por pudor, ni me he aficionado a los coches de alta gama, por suerte. Sin embargo, conozco a quien ha desactivado todos los localizadores del móvil y borra, cual fugitivo, su huella por Internet. No anda más de cien metros alrededor de su casa pero alberga la fantasía de que su existencia llama la atención de esa especie de ser supremo que después de contar, por ejemplo, todas las veces que los chinos hayan dicho la palabra “tomate”, desvía varios millones de latas de tal producto hacia aquellas tierras donde parece que estén deseosos de macarrones napolitana, mientras en la India han aumentado las menciones al cazón en adobo, lo que provocaría el inmediato aumento del precio del vinagre. Ni se mueran, ni se desvelen por un futuro al que jamás alcanzarán, ni por ese pomposo “Big Data” cuyos análisis funcionan tan mal que aún no se han percatado de mi anhelo por que me toque la lotería, imaginen lo de los chinos y el tomate.

Camilo de Ory

29 Jul

El caso de Camilo ha vuelto a los titulares. Ahora la fiscalía en Madrid pide 18 meses de cárcel por aquellos Tweets que difundió durante el rescate del pequeño caído en un pozo. Como recuerdan, por desgracia, aquel accidente finalizó con la muerte del chico, hecho que concentró aún más el foco sobre los textos de Camilo. Mi madre lloró frente al televisor cada jornada. Esos medios, a quienes ninguna podredumbre humana es ajena, alzaron la carpa y manipularon el dolor como juegos malabares. Habilitaron incluso una doble pantalla para que durante cualquier programa se viera la excavadora, los paseos de los padres del niño o una mínima incidencia en el área de operaciones. Un suceso tan luctuoso curva un anzuelo para la audiencia que, una vez enganchada, multiplica los ingresos publicitarios presentes y futuros. Agotado el número principal de aquel espectáculo tocaba el momento de linchar al bufón y así fue. No uso Tweeter. Me parece un pitidito que corretea por los móviles y donde poco razonamiento cabe. Conozco todos los redactados por Camilo gracias a esos mismos medios que retransmitirían, sin ninguna duda, su ejecución sobre una silla eléctrica, patrocinada por alguna de las compañías del sector energético, situada delante de ese panel donde no faltarían marcas de excavadoras, la firma del bufete de abogados que rescata hipotecas y el logo de la ropa deportiva con la que Camilo asistiría a su paso hacia ese infierno al que personas piadosas y éticas lo están enviando cada vez que reaparece este asunto. Así es la vida. Cárcel para quien representó una bufonada que pusiera de relieve aquel repugnante espectáculo que, amparado en el derecho a la información, ni siquiera respetaba la intimidad y el suplicio, ya perpetuo, de unos padres. Una lluvia de millones de euros para los jefes de pista de esas cadenas con audiencias masivas que no permitieron que una tajada de basura tan suculenta se les fuera de las fauces. Podrían haber realizado una donación para esa familia que tantos beneficios les procuró con un infortunio tan cruel.

Soy amigo de Camilo. Ambos comenzamos en La Opinión de Málaga. Su primer director, Joaquín Marín, lo llamaba la gran esperanza blanca. El dardo de su ironía correteaba certero entre las líneas que conformaban su columna. Su estilo evolucionó hacia el lado punk de la vida. Un artículo sobre las minifaldas y el verano le granjeó protestas encendidas de ya no recuerdo qué organismo feminista. Respondió con otro titulado “A favor del burka”, de igual tono provocativo. El entonces director decidió prescindir de su firma. Sus nuevos textos no se adecuaban a nuestra línea editorial aunque habrían figurado en una página destacada en “El jueves”, “Charlie Hebdo”, “El Víbora” e, incluso, en aquella “La codorniz” de la transición. Una buena parte de su prosa, relatos incluidos, siempre buceó en la transgresión, en la cara agreste del devenir diario, como método para destacar los vicios de una sociedad tan noble en sus apariencias. Así hacían Plauto, Quevedo o François Villon, cuyos cánticos contra la iglesia y los señores lo condujeron a la horca. El rey y la aristocracia de sotana permanecieron corruptos e indemnes durante muchos siglos. Nadie lee a Quevedo, su obra estaría ya ante los tribunales denunciada por una ONG. Al igual que el maestro manchego, Camilo extrema el significado de los términos. La producción de un creador puede ser ignorada si disgusta. Aquí nos encontramos con un deseo de venganza tal como el que llevó a los terroristas a matar a los redactores del “Charlie Hebdo” cuando publicaron una caricatura de Mahoma. En esta función circense asistimos ahora al número de equilibrismo de un aparato judicial que tiene que considerar si una actitud artística, contracultural, transgresora, puede ser no sólo censurada sino, además, condenada. Definiremos, pues, arte como aquella producción socialmente aceptable y digna de ser retransmitida por alguna de esas cadenas de televisión que se lucran con la miseria. La única verdad es el dolor de los padres, el resto es hipocresía y espectáculo.

Inseguridades

1 Jul

Yo contemplo inseguridades donde se producen actos de intolerancia. Hace un par de días en Barcelona un tipo amenazó a otro con darle dos hostias para curar su homosexualidad. Coincidía con el desfile cercano por el día del orgullo. Hay que juzgar la situación con mesura para lograr un juicio proporcionado. Según se puede contemplar, en un video que circula por esos mentideros de las redes sociales, el agresivo aparenta ser joven y fuerte, equipado con ropa deportiva y un aspecto de esos que rezuman una inmensa cantidad de tiempo y dinero invertida en gimnasios y peluquerías de moda. Se hallaba en un restaurante de comida barata. Nada más cruzó sus puertas sabía que aquel desliz de su deseo le costaría una hora más de ejercicio salvaje al día siguiente. Sólo el sacrificio mantiene una apariencia tan varonil. De pronto accedió al mismo espacio otro chico vestido con pantalón corto vaquero y una camiseta de tirantes amarilla, de esas que muestran el ombligo. El tipo hercúleo siente náuseas. La hamburguesa ha dado un vuelco en su estómago junto a unas patatas que, sabe, se alojarán en cualquier recoveco de su tejido adiposo, al mismo tiempo que ha sentido un inusual gozo en la contemplación de alguien que lo atrajo aunque no debiera, según sus parámetros vitales. No se puede consentir dos trampas del deseo en un mismo día. La testosterona excita el pene a la vez que la agresividad. Podría haberlo visto, reflexionar sobre la tenue musculatura del otro, sobre lo mal que sienta el color amarillo a casi todo el mundo, y volver a preocuparse sobre cómo va a extraer de su cuerpo aquella grasa ingerida. Los sentimientos inseguros alientan respuestas desmesuradas. Otro habría devuelto la bandeja con restos al contenedor y calculado una ruta urbana que no tropezara con la cabalgata gay para que no interfiriese el horario de regreso. Consideraría otra vez el amarillo por si su novia le regalaba un chándal de ese color, y esbozaría la compra de comida hipo-calórica de mañana. Un decurso vulgar de ideas que consigue el giro en paz de la Tierra.

Si los inquisidores hubieran percibido certera la absoluta virginidad post-parto de la Virgen, habrían evitado ríos de sufrimiento. Si los yihadistas creyeran a su Dios tan grande dejarían de expandir muerte en su nombre. Quienes necesitaron tachar como fascista al autobús de C´s que iba a participar en el desfile del orgullo también en Valencia, exhiben esa inseguridad manifiesta de las y los que gritan consignas para evitar oír ideas diferentes, por si les contamina razonamiento. Los nazis tenían que matar judíos ante la terrible inseguridad de que hubieran sido más listos que ellos. Mediante su estructura familiar y comunitaria, sobrevivieron el período entre guerras con holgura económica y sin necesidad de tener que prostituir al abuelo Otto y a la tía Helga en la esquina para poder comer esas delicias arias compuestas por coles hervidas y salchichas. Considero lógico que cualquier tipo heterosexual perciba inseguridades homofílicas si yo me sitúo en camiseta de tirantes tras él en la cola del súper. Lo siento. Tengo este cuerpo que me permitiría trabajar como actriz principal en un acuario de morsas, si me viera en paro o alguien me ofreciera la suficiente cantidad de salmones. Esa misma inseguridad convenció a un grupo de machos para que colgaran en la terraza una bandera de España donde escribieron que son heterosexuales por si se les olvidara ante cualquier circunstancia. Cuesta mucho estudio y auto-estudio la construcción de sí mismo. La inseguridad es un magnífico método de aprendizaje si se pretende llegar a cualquier certeza. La duda revela pensamiento. A partir de ahí o, se eleva un muro de irracionalidad y se lía uno a hostias con cualquier elemento turbador, o se exploran las incoherencias. Al socaire de demencialismos como los de Vox, esos tipos inseguros están horneando sus inseguridades en el odio. Recordemos que Hitler carecía de un testículo, podía ser judío bastardo, fue pintor bohemio fallido y desprendió cierta fama sodomita por las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Cuántas inseguridades.