Felices Veinte

6 Ene

La humanidad occidental arrastra una existencia tan deforme que hace un siglo nombró aquella década como los Felices Veinte. Si pudiéramos preguntar a mi abuela Nati, ya una preciosa moza antequerana allá por esos apenas inicios del siglo, tampoco creo que situara tales días en el calendario de su dicha personal. Me contó que su salario apenas permitía llenar con suficiente comida el zurrón de una persona que, paradojas, marchaba hacia el campo para conseguir un jornal con el que ni siquiera podía sustentarse una persona. Que yo sepa nunca compró un gramófono, ni un vestido de soirée tocado por medias de cristal. Jamás bailó los danzables de época por las casonas del pueblo donde los ricos organizaran un sarao. Los occidentales sólo conocemos la Pax Augusta, un breve período durante el que el ejército romano permaneció en sus cuarteles, y los Felices Veinte, como episodios de calma y paz, definida durante 2000 años como ese intermedio entre una y otra guerra. El final de aquella euforia colectiva y americano-francesa, más que universal, fue otra crisis solucionada mediante nuevos episodios bélicos. Se pueden encontrar aspectos positivos en aquel final tan abrupto de lo que la publicidad nos quiere presentar con una época edulcorada en extremo. Por fortuna pasaron de moda aquellos vestidos largos que pretendían una mujer sin pecho, ni caderas como símbolo de la modernidad. Mi abuela Nati vino a Málaga como miembro del servicio de una señora. Cuando salieron a pasear ambas con sombrero, un grupo de tipos les arrojó piedras e insultos. Los años veinte fueron cosmopolitas y galantes en ciertos domicilios. La felicidad es multifacial y heterogénea. Dicen que el dinero nada tiene que ver en esto. Tal vez. Me encantaría que Hacienda tuviera que demandarme por varios millones de euros y, mientras, padecer la abulia de un pobre rico en batín y pijama, por los salones, junto a mis fieles dogos y mis no menos fieles chicas uniformadas con cofia, tacón de aguja y bandejas de Dry Martini en sus manos. Se me va mucho la pelota cuando me imagino con billetes.

No soy partidario de hacer previsiones. Apenas he sido capaz de prever mi propia vida de modo que me hubiese convertido en el tipo melancólico antes descrito. Deprecio a los visionarios que no rimen con millonario. Dentro de estos parámetros de prudencia que me impongo, considero que este año, que ya se pretende espejo de aquella lejana década, va a ser improductivo para el general iraní Soleimani a quien Trump le ha arrojado varias bombas sobre la cabeza. Los occidentales llevamos demasiado tiempo sin una buena guerra que echarnos entre pecho y espalda. Tenemos locos de sobra en el poder mundial. Cada uno de ellos bajo el mandato de sus intereses personales. Veremos si nos animamos a destruirnos. Esas pretendidas décadas almibaradas sólo lo son para quienes triunfan en la escritura de la historia. Para que en los palacios antequeranos hubiera fiestas de esas que, muy de lejos, imitaban la alegría expandida desde documentales americanos, un grupo de menesterosos, entre los que se encontraba mi abuela, tenía que fregar los suelos, pulir la plata y servir las copas. El proletariado jamás vistió según la moda de París. Este año se ha arruinado una posible Pax Augusta. Quizás el siguiente. La década arriba a nuestras orillas desde el oleaje de una profunda crisis que casi ha quebrado la sociedad. Cien años más tarde, imagino a mi abuela Nati. Sale del súper con un carro lleno de marcas blancas pero tampoco llega a fin de mes. Sus contratos siempre son precarios; apenas contrarrestan los muchos ceros de una hipoteca, o esos alquileres excesivos a causa de una inexistente oferta de vivienda pública que invalidará cualquier regulación que se pretenda desde el gobierno. Como otra previsión, de esas que me tengo vetadas, me atrevo a asegurar que esta década será feliz para unos sí y otros no, los de casi siempre en cada caso. Ah, y en lugar del charlestón, padeceremos el twerking.

Desmemoriada memoria histórica

30 Dic

Una asociación anti-memoria franquista intenta que el Ayuntamiento de Málaga explique por qué no ha retirado aún los azulejos y placas que permanecen sobre algunas fachadas. En esos elementos se recuerda que aquellas viviendas fueron construidas por la llamada obra social del Movimiento. Distinguía sus construcciones con un haz de flechas cruzado por una casita, en lugar del yugo que se reservaba para actos de mayor tronío y batalla. Dijo Antonio Banderas que Franco estaba ahora más vivo tras su muerte. Tenía razón. El régimen franquista, a imitación del de Mussolini, necesitaba rodearse de símbolos y parafernalias. El régimen de Sánchez parece que necesitaba poner en el punto de mira un enemigo que no existe desde hace mucho. Nadie en su sano juicio se opondría a la búsqueda, identificación y entrega de los cadáveres que todavía avergüenzan cunetas y cementerios de toda España. Lo de sacar a Franco de su tumba me pareció un gasto inútil y una devolución a la actualidad de un espacio y un personaje cuyos nombres ya sólo aparecían en los manuales de historia. Si Sánchez hubiera tenido las narices de haberse enfrentado, no ya al generalísimo que murió en su cama, sino a aquellos Guerrilleros de Cristo Rey, o a los de Fuerza Nueva que iban repartiendo cadenazos y navajazos por aquellas calles de mi adolescencia, recuerdo ahora a Pina López Gay y a los jóvenes guardias rojos de mi barrio, pues tal acto de desentierro habría adquirido algún tinte digno que ocultara lo que sólo ha quedado en una ópera bufa. Prefiero emplear la energía y el dinero en asuntos más prácticos que son los que limpian la memoria de una sociedad y forjan patria. La búsqueda de la memoria histórica (¿qué historia no lo es?) está provocando muertes de mosquitos mediante cañonazos. Grupos de acólitos descubren huellas elementales del franquismo en, por ejemplo, Barbate de Franco, o Villafranco del Guadalhorce. Era muy fácil. Lo de ir arrancando las placas de aquello que funcionó como Ministerio de la Vivienda, no creo que aporte nada, ni bueno ni malo, nada. Quien quiera entretenerse en ello, encontrará una pechá en los edificios de Málaga, una ciudad de VPO.

La ley de Memoria Histórica ha dado voz a denunciantes del franquismo, lo que no significa que haya otorgado memoria. La devolución de difuntos se tenía que haber convertido en un asunto prioritario de Estado, con presupuesto y calendario de actuaciones. Los cambios en los nombres de calles y plazas ya se llevó a cabo a finales de los setenta. Dos elementos, sin embargo, no han sido señalados por ningún grupo de cazafantasmas que yo sepa. Por un lado, el horario absurdo que acompasa la hora española, excepto Canarias, en las mismas manecillas del reloj que la de Roma y Berlín, a pesar de que el Meridiano de Greenwich pase por nuestro este peninsular. Los generales de Franco, a los que pocas insensateces quedaron por cometer, se sentían más seguros cuando sabían que tomaban galletas a la misma hora que el Duce y el Führer a pesar de que deberían de haberlo hecho en el mismo instante que Salazar o Churchill. Almorcé dos veces cuando crucé desde Portugal a Huelva. Por otra parte, y esto sí que sería enderezar la memoria, un buen número de fusilamientos y muertes del franquismo se produjo tras la victoria. El ambiente rural embrutece al humano. Una simple delación del vecino bastaba para que la guardia civil (cuerpo que hoy me parece ejemplar) acudiera a casa y se llevase detenido a un padre de familia que casi siempre moría en el camino hacia el cuartel o la cárcel. El mismo delator aparecía pronto para comprar, con todas las de la ley, unas tierras que la viuda tenía que malvender para poder sobrevivir junto con su prole. A ver si nuestra democracia tiene los suficientes arrestos para meter mano en ese avispero, restituir las posesiones a los descendientes, y dignificar de verdad a aquellas personas arrojadas a la basura social por simple codicia. El sol amanece en Londres al tiempo que en Albacete o Cercedilla pero no alumbra con iguales luces por todas partes.

Qué quieren decir cuando dicen

25 Nov

Ya sabemos lo que un chico quiere decir cuando pregunta si vamos al cine, si vamos a cenar, si vamos a tomar la última en casa e, incluso, cuando dice que nos vayamos a la cama. Son significados que trascienden la suma de palabras. Se supone que la situación en que se generan tales frases aclara la intención real que esas sentencias disimulan. Ambos saben que tendrán que soportar una película que, quizás, no guste a ninguno de los dos, hasta esperar que tras el cine aparezca la encrucijada propicia y todo finalice en su punto justo y cabal. Dos amigos míos se tragaron un, para mí, magnífico concierto de jazz. Semanas después, tras aquella primera noche que, menos mal, culminó entre sábanas, se atrevieron a ser sinceros y descubrieron que a ninguno de los dos les gustaba el jazz. La comunicación humana es muy compleja y en realidad depende de muchos factores que acompañan al texto desnudo, tanto como un espectáculo flamenco de sus palmeros. Hasta yo mismo he dicho que nos vayamos a la cama y la otra persona ha entendido que, en efecto, íbamos a dormir. Me ha visto la cara, la postura de cansancio y demás. En otros casos, cuando pronuncié esa misma oración, el dios Hipnos, señor del sueño para los romanos, sabía que no seríamos suyos hasta que no nos desatáramos de los lazos de Eros, amo ocasional de nuestros cuerpos. La comunicación humana alberga esos misterios. Se dice un no que, según las florituras que lo rodeen, quiere decir un sí, y lo contrario. La naturaleza de nuestras relaciones condiciona nuestro lenguaje, que alcanza su mayor grado de ocultación en la jerga que usan los políticos en general y los responsables de altas instancias muy en particular. A mayor escalafón, más se endiosa el mensaje, de modo que necesite sus sacerdotes, intérpretes de la palabra sagrada, monaguillos y hasta palanganeros para iluminar lo que el gran jefe quiso decir cuando dijo que, durante la última rueda de prensa, o frente a las cámaras de un informativo.

El lenguaje político acude a sus citas con la ciudadanía vestido con una máscara permanente mucho más difícil de descifrar a veces que la mirada de esa otra persona con quien no sabes si, al final, acabarás en la cama o te va a echar el café hirviendo por la entrepierna en ese mismo instante. El habla política se asemeja mucho a esas personas que incrustan en su perfil de las redes sociales de ligoteo una foto tan retocada, tan juvenil, que resulta irreconocible para quien llegue a un encuentro donde reprimirá un grito de horror ante la realidad. Igual, resulta del análisis de lo que dicen nuestros políticos cuando dijeron que. Ahora, por ejemplo, se coloca sobre el tapete de la negociación con los grupos nacionalistas, lo que Pablo Iglesias ha llamado la plurinacionalidad de España. Para mí, español, mi nacionalismo y bandera significan una sociedad, esto es, un grupo de personas que se organiza para disfrutar de una serie de ventajas derivadas de la solidaridad entre iguales. Ese reparto de riqueza cambia de volumen o de extensión según las opciones políticas elegidas como gobernantes. La cuestión es que en España no existe un equilibrio económico entre zonas y en ello abunda el nacionalismo regionalista. Las áreas ricas se quieren separar de las pobres por el simple hecho de que la pobreza exige reparto de fondos desde un tesoro común. Y los pobres son feos. Al sur del Ebro nos quieren como consumidores pero no como receptores de esa supuesta solidaridad. La paradoja se encuentra en que formaciones llamadas marxistas, que deberían de saber aquello de la lucha de clases, apoyan a los ricos en su sedición contra los pobres, enloquecidas por su querencia de yugoslavización de una España a la que conciben como un ente franquista o así. Dicen plurinacionalidad cuando quieren decir pluricarteridad. No es lo mismo ser el proletario en el cortijo de un señorito rico, que serlo en el de uno pobre. Siempre hubo clases, que es lo que Marx quiso decir, cuentan, cuando probó el champaña harto ya de cavas mediocres.

Al final se ha puesto buena tarde

11 Nov

Pues vamos a la tercera convocatoria. Esta tampoco. Hace ya muchas eñecciones, esto es, elecciones nacionales, en que las encuestas no sirven para nada. Las de ayer, sobre las que ustedes leen hoy, menos que ninguna de las que recuerdo. Pedro Sánchez se ha librado del hundimiento de su yate particular gracias a la militancia de su voto. Rivera, si hubiera leído aquella Antología de los poetas suicidas, exhibiría ante las cámaras alguno de los actos ahí descritos y ofrecería su cuerpo y alma hacia el tendido, con artes toreras, para que ningún historiador lo apedree en un tiempo futuro ni perfecto ni imperfecto. Le pudo el ego y la guapura. Es fácil imaginarlo frente al espejo haciéndose el amor con hechuras de presidente. Se llevó un corte cuando comprobó que esa preciosa niña España no se subía en la trasera del asiento de su Vespa. Si no es mía, menos será de Sánchez. Perdió su partido gentes lúcidas, voces que le avisaban de que esos gestos son tan incomprensibles como los de cualquier hipotético rey que se marchara por ahí con alguna concubina a matar porque sí a un elefante. Actos incomprensibles. Actitudes de chulo de barrio que, cuando la pretendida mira con ojitos a otro, ejecuta un caballito con la moto por la plaza y suelta humo y hace ruido y molesta a muchas señoras que lo tachan de niñaco y sinvergüenza, y así queda para siempre por aquellas comisuras de los labios en la memoria colectiva. Hay cosas que ya rotas no tienen arreglo por mucho que uno quiera que exista una marcha atrás en la máquina del tiempo. Tampoco está uno seguro de que con estos golpes de urna que la ciudadanía ha dado al líder de Ciudadanos, el mancebo haya aprendido que hay que pactar hasta con el diablo o con los ángeles por el bien común. La política no es asunto de tabernas, si no queremos que las tabernas tomen las riendas de la política. Mal iríamos. Los licores alientan exhibición de navajas y machotes en celo. Ay, si hubiéramos pactado. Un par de ministerios, alguna subsecretaría disfrutaríamos ahora. Rivera, cuánta ruina has traído. Tú sigue ante el espejo.

Vamos a por la tercera. Hubo un tiempo, despreciado por los analfabetos que no lo vivieron, en que los políticos se sabían gentes de la polis. A ese vagón de trabajo se subieron jurisperitos de renombre, sindicalistas honrados, luchadoras y luchadores que habían entregado sus mejores años para dinamitar el francisquismo. Estar metido en política, más que eso de ser político, desplegaba el prestigio de las y los ciudadanos que servían a los demás. Hoy, nuestros dirigentes han hecho realidad aquel chiste en el que un amigo le rogaba a otro: “Oye, si me sucede algo dile a mi madre que me ganaba la vida tocando el piano en un burdel de mala nota por las noches. No le digas que era político”. La caída del personalista Rivera no es buena noticia. La clase media española se ha polarizado. Cuando uno se encuentra en el Polo Norte y el otro en el Polo Sur, la comunicación se hace imposible, igual que si el polo positivo pretende abrazar al negativo. Ni se puede segmentar el planeta Tierra por su ecuador, ni un imán por su punto intermedio. Las polarizaciones regresan pero ahora carecemos de aquellos políticos de los setenta que alcanzaron los Pactos de la Moncloa, en donde los polos se relegaron a las heladerías en verano. Se dio voz a las voluntades de un pueblo que había votado para que España fuera gobernada. Ahora que se nos viene encima una crisis de esas que si puede ir a peor irá a peor, cuando asistimos al espectáculo de un golpe de Estado de facto por parte del supremacismo en Cataluña, ahora que los neo-liberales, los neo-comunistas, los neo-fascistas pregonan sus recetas de insolidaridad, intolerancia, incoherencia e inoperancia y ahora que hemos arrojado los dados sobre el tapete y, al final, todo queda en lo mismo por segunda vez, se sube uno en el ascensor junto al vecino, mira al suelo, mira al techo y sólo puede aducir que, al final se ha puesto buena tarde. Ese final tan impreciso en el tiempo y en el espacio para mi España.

Cuánta pobreza

28 Oct

Un vídeo que circula por las redes sociales exhibe el enfrentamiento que una madre y su hija mantienen contra los empleados de un supermercado que pretenden que devuelvan los objetos que ambas han escondido en el carrito del nieto, que aparenta unos tres años o así. La abuela, joven para tal condición, no se distancia más de 15 años con su hija, quien aparenta parecido intervalo temporal respecto de su pequeño. Como otras muchas familias, lo airean y llevan a la compra, o como quiera que se llame ese acto de coger productos en un recinto, subirlos a un transporte, sea el que sea, y llevarlos a la propia casa. Insultos, manotazos, amenazas, reproches y llantos marcan el ritmo de la escena. La abuela ladraba que había cogido los productos para dar de comer a su nieto. En efecto, arroja al suelo dos latas de leche en polvo, luego una caja de gambón congelado o similar y, a continuación, otros objetos entre los que se encontraba una botella de licor, que depositó cuidadosa sobre el pavimento, prueba inculpatoria para que moralistas poco piadosos puedan acusarlas de robo por vicio, como si fuera posible el robo por virtud. Se roba por necesidad, por venganza, por cleptomanía, por ganas de demostrar el dominio que un humano mantiene sobre sus víctimas durante ese momento, o por necesidad de percibir emociones como el frío de los grilletes, o el silbido peliculero de las balas durante el atraco.

Los ingleses deben de figurar entre los pueblos más ladrones, según la cantidad de vocabulario específico que usan para cada tipo de apropiación de lo ajeno. En el román de esquina, con el que cada quien charla con su vecina, esa cantidad de léxico será inmensa. Si unificamos todos los actos englobados alrededor de esa idea de robo, el cometido por esta familia es muy triste. No por las circunstancias, ni por esa mezcla conceptual de alcohol y leche infantil, ambos necesarios según el nivel de nervios o de hambre, sino por ese espíritu de pobreza que tanto afea al pobre y que, sin embargo, tan bien queda entre los ricos de verdad. Los ingleses roban trenes repletos de dinero, islas, peñones o subcontinentes. Viva el rumbo.

Entre los rascacielos de la zona de oficinas de Manhattan, desde donde se dictamina la miseria o la pobreza del planeta completo, hay pequeños jardines con fuentes, mesas y sillas en los que es agradable descansar en verano. Están habilitados para que los trabajadores puedan tomar allí un refrigerio o relajarse en un ambiente exterior. Me detuve en uno de ellos y por primera y única vez en mi vida contemplé un jefe de verdad. Ejecutivos de ambos sexos y de todas las categorías iban vestidos con trajes que desprendían olor a dinero. Aquel tipo, con camisa celeste, vaqueros y chanclas playeras, se permitía probar comida de todas las fiambreras, o echar la mano por el hombro a aquellas criaturas con traje que lo agasajaban con la mejor sonrisa. El amo, si no del mundo completo, sí de una amplia parcela. Comprendí que yo no sólo era pobre en valores bursátiles, sino también de espíritu. Nacido para esclavo. Si me hubiera tocado la lotería neoyorquina me habría comprado uno de aquellos trajes de tejidos sedosos y habría acudido a los mismos restaurantes donde contemplaba a través del escaparate a aquellos tipos y tipas vestidas de negro. Quizás el rico nazca. La familia había ido a robar a un supermercado de esos que alardean de sus precios reducidos y de la gran frescura de su marisco congelado. Y uno va contento hacia casa los sábados de cada mes con el carro lleno y un cava de 3 euros acompañado por una lata de mejillones y un papel con lonchas de jamón serrano. Y mientras se ahoga con el porte de las bolsas hacia el ascensor, sueña que le toca la lotería pero sueña una cantidad pobre. Los pobres no comprendemos los millones ni que soñar es tan gratis que uno puede soñar con ser el tipo aquel en vaqueros, lo mismo que podría robar en supermercados lujosos compuestos por productos que en nada se asemejan a los nuestros por más que nos digan. Pero la pobreza permanece en su propio descampado, en su misma caja, como los perros que atan en un portal, o los gusanos de seda que no van a ningún sitio durante ninguna de sus vidas.