Un té con magdalenas

6 Abr

Quizás sea que esta cuarentena ya corrompe mi siempre leve contacto con la realidad, quizás sea que estoy madurando ahora, cuando traspasé hace ya bastante tiempo la mitad de mi existencia. El caso es que me estoy reconciliando con una serie de apenas rituales que, sin que me hubiera percatado de ello, dignifican estos días y hasta sus noches. No es que hable con gnomos ni vea mini-alienígenas, aún no. Soy muy exigente con ese tipo de amistades. Charlo mucho con mi perro, siempre buen consejero y magnífico conversador. A mí me retiré la palabra después de la última falta de respeto que me tuve. Me refiero a fenómenos más vulgares, casi imperceptibles pero que inundan las horas como la paciencia de la yedra sobre el muro. Si mi amiga, la doctora Fina G. Naranjo, ni me rectifica ni me remite una invitación de fiesta con un par de yakuzas y sendas katanas, las tierras de Japón son pobres en recursos naturales; sin embargo, su cultura delimita un paraíso en cualquiera de esas nadas con las que se encuentra a su paso. Yo, perdonadme, soy antequerano y no tuvimos tiempo para sutilezas mientras cargábamos piedras con las que edificar dólmenes, o tallábamos El Torcal en ratos de ocio. Aquellas lejanas gentes, sin embargo, forjaron una disciplina artística de, por ejemplo, imaginar un orden a la disposición de las piedrecitas en un patio, o a la sucesión de movimientos para servir una taza de té sin que nadie se queme las manos. Mi genética no me acompaña para tales finuras. Me pongo nervioso con cualquier acto de más de tres minutos. Me hice ateo para aprovechar mejor esos opiáceos que gastaba durante las misas. Imaginen que llego a alguno de mis bares favoritos, esos donde me consienten y conocen mi ritmo de bebida y sus proporciones, y que, cuando ponga el vaso vacío sobre la barra a la espera del siguiente tintineo de los hielos, mi querida camarera, sin aviso previo, comenzara a hacer aspavientos y reverencias durante 15 minutos. No.

Durante este encierro, he comprendido que la casa habita en mí. Se cimienta en esa cantidad de gestos que se repiten a lo largo de las horas y le imprimen armonía a un elemento tan huraño y dañino como es el paso del tiempo. Así, la vuelta de un planeta que fatiga el vacío como una peonza, se transforma en una jornada irrepetible, tal como un montículo de guijarros llegan a ser, mediante su disposición ordenada sobre el suelo, una pista por la que los humanos despegan hacia ese cielo que les otorga paz. Disfruto el desayuno frente a las páginas de un libro sobre el que alguna vez se me vierten un par de gotas de té y hasta se me ha caído la tostada por ese lado tan previsible por el que siempre cae. Doy un nuevo valor a esta ducha que ahora no me conduce directa a la carrera hacia el metro que me lleva al trabajo, aunque acuda ante el ordenador con idéntica cantidad de tareas. Gozaré cada minuto de sol frente al mar nada más que podamos celebrar que los monos hemos derrotado a este virus y, una vez más, superamos un desafío al que la naturaleza nos somete. Saborearé cada sorbo de las noches con mis amigos. Ahora corresponde el encierro en esta casa que, en realidad, soy este yo que me alberga en cada una de esas escenas que, como serie intransferible, protagonizo a cada instante. No me hablo porque ya he explicado que me peleo conmigo aunque luego me reconcilie y, he de confesarlo, pase junto a mí episodios tórridos de desenfreno. Ya nos avisaron los padres de nuestra cultura, como Fray Luis, como Horacio, la vida se revela plácida, incluso sabia, cuando uno aprende a vivir consigo a través de ese sendero tan poco transitado que conduce hacia el domicilio íntimo de cada quien, sin correspondencia ni línea de teléfono. Habitarán nuestras estancias tantos universos como les permitamos que nos visiten. Su andadura exige, eso sí, equipaje ligero y mirada atenta. Un simple té con magdalenas que nos rescate obstinado hacia la felicidad, en rima tan perpetua con soledad.

La moral verdadera

17 Feb

La obsesión por clasificar cosas constituye una característica de los humanos, desarrollada al ritmo de su grado de civilidad. Así, los arqueólogos de períodos prehistóricos necesitan mayores presupuestos que los medievalistas, por ejemplo. Durante aquellos lejanos estadios de nuestra especie, ancestros y antepasados enterraron sus utensilios en cualquier sitio para fastidiar la labor de los historiadores. Apenas el humano tomó conciencia de sí, no sólo pidió un güisqui doble, sino que encargó a los carpinteros de aquellas remotas épocas cajas y armarios para que los futuros investigadores realizaran reportajes por haber facilitado tanto su tarea. Los egipcios muestran buen ejemplo de ello. Milenios después, estas obsesiones no sólo se han trasladado a millones de clases de envoltorios y etiquetas con código de barras y todo, sino a campos de elementos tan abstractos como el del significado de las palabras y hasta el de los silencios, casi siempre con mayor valor que lo que uno suelta por la boca. A no ser que alguien suelte la dentadura de oro sobre el mantel, o la combinación ganadora de la lotería primitiva. En mi intransferible diccionario de los componentes que articulan mi existencia, yo incluyo la moral en el mismo capítulo donde alojo el mando a distancia de la tele, la receta para la paella y los órganos genitales. Agradan mientras son manipulados por ti, pero molestan si son tocados por los demás. Cada español tiene su modo erróneo de cocinar la paella. Nunca falta esa criatura que viene a preguntarte si le has puesto tal o cual ingrediente a tu más que insuperable modo de hacer tan, en exceso, popular plato. No veo la televisión en compañía para respetar mejor la vida de mis invitados. Sobre el onanismo, Woody Allen nos enseñó que es hacer el amor con alguien a quien uno quiere. Y sobre la moral, me despierto con la absoluta certeza de que la mía es la propia.

Las zonas de España donde la intransigencia con la moral ajena se ha mostrado más violenta y sanguinaria, desde las Guerras Carlistas, han sido País Vasco y Cataluña. La txapela y la barretina como símbolos irredentos. Las religiones mayoritarias, encargadas de custodiar las revelaciones incontestables, defendidas mediante hogueras y pedradas, también se distinguen por cubrir la cabeza de sus sacerdotes con distintivos, sobre todo, la de quien tenga que ponerse en contacto con la divinidad, ya sea por fijo o móvil. En ese sentido, avanzaron mucho sobre nuestras prácticas antiguas. Imaginen a cualquiera de los actuales intercesores entre la deidad y los creyentes disfrazado con una cabeza de ciervo o de toro, tal como nos revelan las pinturas rupestres. En el cajón de la intolerancia, junto al de la moral, tengo albergados los distintos gorros con los que los hombres se cubren para no tener que aceptar que otro se acaricie sus genitales como le venga en gana, mientas revisa la programación con click parsimonioso entre cada canal, y prepara una paella con atún en escabeche. Por este último motivo, yo enviaría un destacamento de ejecutores a su casa, eso sí, uniformado con penachos de plumas rosas insertados sobre una sartén invertida. Hay cierta clase de humano, entre el que me incluyo cuando me visto de carabinero italiano de gala, que no tolera que los demás actúen según su conciencia o sus condicionantes. Es muy peligroso cubrirse la cabeza. El cerebro se recalienta. Bajo su presión las ideas se hacen magmáticas y poco fluidas. Una vez en ese estado, el sujeto no duda de que su moral es la única que vale. Además, si fue dictada por algún dios, o asimilado, entonces ni sangre ni dolor alzarán obstáculos para su cumplimiento. No obstante, mi moral, la que sí es verdadera, además de críticas, acepta donaciones no importa lo generosas que estas sean, mientras que la explico a cuantos interesados quieran oírla y no importa dónde. En la última terapia con papiroflexia aprendí a confeccionar un rápido gorro con las hojas de un periódico que me concede un fanatismo tajante, pero moral por supuesto.

Feliz infelicidad

10 Feb

El médico, además de darte una mala noticia, te pasa la factura. El sepulturero tiene la amabilidad de entregarla, casi siempre, a otras manos. No obstante por alguna razón que no he reflexionado a fondo, prefiero visitar a los doctores. Quizás por un ánimo vanguardista. Los cementerios son poco innovadores. La medicina actual ejecuta investigaciones de todo tipo sobre el ser humano. No digo que no sean realizadas por la disciplina en que se acoja la sepulturería. Siempre habrá que ensayar combustibles o palas, pero su campo, además de santo, será más reducido y sus encuestas a la población, esotéricas aunque con mínimo rango de reclamaciones. Los galenos han asumido aquella sentencia de Terencio en que consideraba cualquier asunto humano digno de su curiosidad. A veces, las alertas que se extienden a la ciudadanía como conclusión de un ensayo pueden ser discutibles. Revelan un acusado desconocimiento de las personas y la sociedad a la que pretenden sanar de sus propios errores. Recuerdo aquella, propagada por un equipo de sanitarios canadienses, que explicaba los perjuicios que ciertos modelos de pantalón vaquero podían causar en los aparatos reproductores masculinos y femeninos, aviso difundido cuando esos diseños habían pasado de moda. Algo parecido sucede cuando acudo a urgencias con mi madre y la o el médico, por regla general muy joven, me avisa de que este o ese medicamento, a pesar de su eficacia, puede dañar el hígado de una señora a punto de cumplir 85 añitos y que, estoy seguro, perdonadme el cotilleo, tiene grandes posibilidades de pagar mi última factura al señor sepulturero, al que, disculpadme de nuevo, imploro que le indiquen que se aparte cuando me acerque al crematorio dadas las cantidades de alcoholes varios ingeridas a lo largo de mi existencia.

Una investigación realizada en 134 países concluye que los humanos somos más felices a partir de los 50 años, más o menos. En la adolescencia se inaugura un período de infelicidad que se va atenuando durante la madurez. Los científicos señalan que ese mal-de-vivir de los adolescentes, en general, no se debe a esos episodios de acné, cambios hormonales, inseguridades y complejos, que supongo que también, sino a que esos años delimitan un tiempo con proyectos e ilusión del futuro. Pasados los 50, según indican, las personas abandonan esas quimeras que de modo quijotesco conducen a la insatisfacción cuando el sujeto comprueba una y otra vez que los molinos, en efecto, eran gigantes, y la derrota el único final posible para el relato. Una de esas pésimas noticias que, encima, traen una factura al dorso, al menos para varias naciones entre las que, desde luego, no se halla la nuestra tan de Ninis y su posterior evolución a Peterpanes sesenteros. La ortodoxia de los protocolos médicos y científicos ocasionan engendros con cierta frecuencia. Buscan tal uniformidad entre los seres vivos que hasta confundo mis píldoras con las de mi perro. El secreto para una feliz infelicidad consiste, por tanto, en una desaforada prolongación de una adolescencia que nos siga excitando con amores piratas, ambiciones imposibles y caprichos aguardentosos, ajenos a los propios de esas fronteras cronológicas donde el humano feliz se asemeja tanto al cliente último del sepulturero, que aturde. La lectura de este sondeo logrará, ya que me encuentro tan metido en la cincuentena, que cada mañana que amanezca con alguna presunta sensación de felicidad busque un motivo para agriar el día; por ejemplo, considero una injusticia del destino que no me toque ese cupón de lotería que jamás adquiero. Si ese milagro absoluto se produjera me proporcionaría una felicidad que invocaría, en breve, la infelicidad por ausencia de deseo. Modifiquemos aquella aseveración de Groucho Marx que concluía en que la felicidad se esconde en las pequeñas cosas de la vida: un pequeño yate, un pequeño castillo, una pequeña fortuna. Añadamos un pequeño entierro antes de que broten las insatisfacciones.

Felices Veinte

6 Ene

La humanidad occidental arrastra una existencia tan deforme que hace un siglo nombró aquella década como los Felices Veinte. Si pudiéramos preguntar a mi abuela Nati, ya una preciosa moza antequerana allá por esos apenas inicios del siglo, tampoco creo que situara tales días en el calendario de su dicha personal. Me contó que su salario apenas permitía llenar con suficiente comida el zurrón de una persona que, paradojas, marchaba hacia el campo para conseguir un jornal con el que ni siquiera podía sustentarse una persona. Que yo sepa nunca compró un gramófono, ni un vestido de soirée tocado por medias de cristal. Jamás bailó los danzables de época por las casonas del pueblo donde los ricos organizaran un sarao. Los occidentales sólo conocemos la Pax Augusta, un breve período durante el que el ejército romano permaneció en sus cuarteles, y los Felices Veinte, como episodios de calma y paz, definida durante 2000 años como ese intermedio entre una y otra guerra. El final de aquella euforia colectiva y americano-francesa, más que universal, fue otra crisis solucionada mediante nuevos episodios bélicos. Se pueden encontrar aspectos positivos en aquel final tan abrupto de lo que la publicidad nos quiere presentar con una época edulcorada en extremo. Por fortuna pasaron de moda aquellos vestidos largos que pretendían una mujer sin pecho, ni caderas como símbolo de la modernidad. Mi abuela Nati vino a Málaga como miembro del servicio de una señora. Cuando salieron a pasear ambas con sombrero, un grupo de tipos les arrojó piedras e insultos. Los años veinte fueron cosmopolitas y galantes en ciertos domicilios. La felicidad es multifacial y heterogénea. Dicen que el dinero nada tiene que ver en esto. Tal vez. Me encantaría que Hacienda tuviera que demandarme por varios millones de euros y, mientras, padecer la abulia de un pobre rico en batín y pijama, por los salones, junto a mis fieles dogos y mis no menos fieles chicas uniformadas con cofia, tacón de aguja y bandejas de Dry Martini en sus manos. Se me va mucho la pelota cuando me imagino con billetes.

No soy partidario de hacer previsiones. Apenas he sido capaz de prever mi propia vida de modo que me hubiese convertido en el tipo melancólico antes descrito. Deprecio a los visionarios que no rimen con millonario. Dentro de estos parámetros de prudencia que me impongo, considero que este año, que ya se pretende espejo de aquella lejana década, va a ser improductivo para el general iraní Soleimani a quien Trump le ha arrojado varias bombas sobre la cabeza. Los occidentales llevamos demasiado tiempo sin una buena guerra que echarnos entre pecho y espalda. Tenemos locos de sobra en el poder mundial. Cada uno de ellos bajo el mandato de sus intereses personales. Veremos si nos animamos a destruirnos. Esas pretendidas décadas almibaradas sólo lo son para quienes triunfan en la escritura de la historia. Para que en los palacios antequeranos hubiera fiestas de esas que, muy de lejos, imitaban la alegría expandida desde documentales americanos, un grupo de menesterosos, entre los que se encontraba mi abuela, tenía que fregar los suelos, pulir la plata y servir las copas. El proletariado jamás vistió según la moda de París. Este año se ha arruinado una posible Pax Augusta. Quizás el siguiente. La década arriba a nuestras orillas desde el oleaje de una profunda crisis que casi ha quebrado la sociedad. Cien años más tarde, imagino a mi abuela Nati. Sale del súper con un carro lleno de marcas blancas pero tampoco llega a fin de mes. Sus contratos siempre son precarios; apenas contrarrestan los muchos ceros de una hipoteca, o esos alquileres excesivos a causa de una inexistente oferta de vivienda pública que invalidará cualquier regulación que se pretenda desde el gobierno. Como otra previsión, de esas que me tengo vetadas, me atrevo a asegurar que esta década será feliz para unos sí y otros no, los de casi siempre en cada caso. Ah, y en lugar del charlestón, padeceremos el twerking.

Desmemoriada memoria histórica

30 Dic

Una asociación anti-memoria franquista intenta que el Ayuntamiento de Málaga explique por qué no ha retirado aún los azulejos y placas que permanecen sobre algunas fachadas. En esos elementos se recuerda que aquellas viviendas fueron construidas por la llamada obra social del Movimiento. Distinguía sus construcciones con un haz de flechas cruzado por una casita, en lugar del yugo que se reservaba para actos de mayor tronío y batalla. Dijo Antonio Banderas que Franco estaba ahora más vivo tras su muerte. Tenía razón. El régimen franquista, a imitación del de Mussolini, necesitaba rodearse de símbolos y parafernalias. El régimen de Sánchez parece que necesitaba poner en el punto de mira un enemigo que no existe desde hace mucho. Nadie en su sano juicio se opondría a la búsqueda, identificación y entrega de los cadáveres que todavía avergüenzan cunetas y cementerios de toda España. Lo de sacar a Franco de su tumba me pareció un gasto inútil y una devolución a la actualidad de un espacio y un personaje cuyos nombres ya sólo aparecían en los manuales de historia. Si Sánchez hubiera tenido las narices de haberse enfrentado, no ya al generalísimo que murió en su cama, sino a aquellos Guerrilleros de Cristo Rey, o a los de Fuerza Nueva que iban repartiendo cadenazos y navajazos por aquellas calles de mi adolescencia, recuerdo ahora a Pina López Gay y a los jóvenes guardias rojos de mi barrio, pues tal acto de desentierro habría adquirido algún tinte digno que ocultara lo que sólo ha quedado en una ópera bufa. Prefiero emplear la energía y el dinero en asuntos más prácticos que son los que limpian la memoria de una sociedad y forjan patria. La búsqueda de la memoria histórica (¿qué historia no lo es?) está provocando muertes de mosquitos mediante cañonazos. Grupos de acólitos descubren huellas elementales del franquismo en, por ejemplo, Barbate de Franco, o Villafranco del Guadalhorce. Era muy fácil. Lo de ir arrancando las placas de aquello que funcionó como Ministerio de la Vivienda, no creo que aporte nada, ni bueno ni malo, nada. Quien quiera entretenerse en ello, encontrará una pechá en los edificios de Málaga, una ciudad de VPO.

La ley de Memoria Histórica ha dado voz a denunciantes del franquismo, lo que no significa que haya otorgado memoria. La devolución de difuntos se tenía que haber convertido en un asunto prioritario de Estado, con presupuesto y calendario de actuaciones. Los cambios en los nombres de calles y plazas ya se llevó a cabo a finales de los setenta. Dos elementos, sin embargo, no han sido señalados por ningún grupo de cazafantasmas que yo sepa. Por un lado, el horario absurdo que acompasa la hora española, excepto Canarias, en las mismas manecillas del reloj que la de Roma y Berlín, a pesar de que el Meridiano de Greenwich pase por nuestro este peninsular. Los generales de Franco, a los que pocas insensateces quedaron por cometer, se sentían más seguros cuando sabían que tomaban galletas a la misma hora que el Duce y el Führer a pesar de que deberían de haberlo hecho en el mismo instante que Salazar o Churchill. Almorcé dos veces cuando crucé desde Portugal a Huelva. Por otra parte, y esto sí que sería enderezar la memoria, un buen número de fusilamientos y muertes del franquismo se produjo tras la victoria. El ambiente rural embrutece al humano. Una simple delación del vecino bastaba para que la guardia civil (cuerpo que hoy me parece ejemplar) acudiera a casa y se llevase detenido a un padre de familia que casi siempre moría en el camino hacia el cuartel o la cárcel. El mismo delator aparecía pronto para comprar, con todas las de la ley, unas tierras que la viuda tenía que malvender para poder sobrevivir junto con su prole. A ver si nuestra democracia tiene los suficientes arrestos para meter mano en ese avispero, restituir las posesiones a los descendientes, y dignificar de verdad a aquellas personas arrojadas a la basura social por simple codicia. El sol amanece en Londres al tiempo que en Albacete o Cercedilla pero no alumbra con iguales luces por todas partes.