Camilo de Ory

29 Jul

El caso de Camilo ha vuelto a los titulares. Ahora la fiscalía en Madrid pide 18 meses de cárcel por aquellos Tweets que difundió durante el rescate del pequeño caído en un pozo. Como recuerdan, por desgracia, aquel accidente finalizó con la muerte del chico, hecho que concentró aún más el foco sobre los textos de Camilo. Mi madre lloró frente al televisor cada jornada. Esos medios, a quienes ninguna podredumbre humana es ajena, alzaron la carpa y manipularon el dolor como juegos malabares. Habilitaron incluso una doble pantalla para que durante cualquier programa se viera la excavadora, los paseos de los padres del niño o una mínima incidencia en el área de operaciones. Un suceso tan luctuoso curva un anzuelo para la audiencia que, una vez enganchada, multiplica los ingresos publicitarios presentes y futuros. Agotado el número principal de aquel espectáculo tocaba el momento de linchar al bufón y así fue. No uso Tweeter. Me parece un pitidito que corretea por los móviles y donde poco razonamiento cabe. Conozco todos los redactados por Camilo gracias a esos mismos medios que retransmitirían, sin ninguna duda, su ejecución sobre una silla eléctrica, patrocinada por alguna de las compañías del sector energético, situada delante de ese panel donde no faltarían marcas de excavadoras, la firma del bufete de abogados que rescata hipotecas y el logo de la ropa deportiva con la que Camilo asistiría a su paso hacia ese infierno al que personas piadosas y éticas lo están enviando cada vez que reaparece este asunto. Así es la vida. Cárcel para quien representó una bufonada que pusiera de relieve aquel repugnante espectáculo que, amparado en el derecho a la información, ni siquiera respetaba la intimidad y el suplicio, ya perpetuo, de unos padres. Una lluvia de millones de euros para los jefes de pista de esas cadenas con audiencias masivas que no permitieron que una tajada de basura tan suculenta se les fuera de las fauces. Podrían haber realizado una donación para esa familia que tantos beneficios les procuró con un infortunio tan cruel.

Soy amigo de Camilo. Ambos comenzamos en La Opinión de Málaga. Su primer director, Joaquín Marín, lo llamaba la gran esperanza blanca. El dardo de su ironía correteaba certero entre las líneas que conformaban su columna. Su estilo evolucionó hacia el lado punk de la vida. Un artículo sobre las minifaldas y el verano le granjeó protestas encendidas de ya no recuerdo qué organismo feminista. Respondió con otro titulado “A favor del burka”, de igual tono provocativo. El entonces director decidió prescindir de su firma. Sus nuevos textos no se adecuaban a nuestra línea editorial aunque habrían figurado en una página destacada en “El jueves”, “Charlie Hebdo”, “El Víbora” e, incluso, en aquella “La codorniz” de la transición. Una buena parte de su prosa, relatos incluidos, siempre buceó en la transgresión, en la cara agreste del devenir diario, como método para destacar los vicios de una sociedad tan noble en sus apariencias. Así hacían Plauto, Quevedo o François Villon, cuyos cánticos contra la iglesia y los señores lo condujeron a la horca. El rey y la aristocracia de sotana permanecieron corruptos e indemnes durante muchos siglos. Nadie lee a Quevedo, su obra estaría ya ante los tribunales denunciada por una ONG. Al igual que el maestro manchego, Camilo extrema el significado de los términos. La producción de un creador puede ser ignorada si disgusta. Aquí nos encontramos con un deseo de venganza tal como el que llevó a los terroristas a matar a los redactores del “Charlie Hebdo” cuando publicaron una caricatura de Mahoma. En esta función circense asistimos ahora al número de equilibrismo de un aparato judicial que tiene que considerar si una actitud artística, contracultural, transgresora, puede ser no sólo censurada sino, además, condenada. Definiremos, pues, arte como aquella producción socialmente aceptable y digna de ser retransmitida por alguna de esas cadenas de televisión que se lucran con la miseria. La única verdad es el dolor de los padres, el resto es hipocresía y espectáculo.

Inseguridades

1 Jul

Yo contemplo inseguridades donde se producen actos de intolerancia. Hace un par de días en Barcelona un tipo amenazó a otro con darle dos hostias para curar su homosexualidad. Coincidía con el desfile cercano por el día del orgullo. Hay que juzgar la situación con mesura para lograr un juicio proporcionado. Según se puede contemplar, en un video que circula por esos mentideros de las redes sociales, el agresivo aparenta ser joven y fuerte, equipado con ropa deportiva y un aspecto de esos que rezuman una inmensa cantidad de tiempo y dinero invertida en gimnasios y peluquerías de moda. Se hallaba en un restaurante de comida barata. Nada más cruzó sus puertas sabía que aquel desliz de su deseo le costaría una hora más de ejercicio salvaje al día siguiente. Sólo el sacrificio mantiene una apariencia tan varonil. De pronto accedió al mismo espacio otro chico vestido con pantalón corto vaquero y una camiseta de tirantes amarilla, de esas que muestran el ombligo. El tipo hercúleo siente náuseas. La hamburguesa ha dado un vuelco en su estómago junto a unas patatas que, sabe, se alojarán en cualquier recoveco de su tejido adiposo, al mismo tiempo que ha sentido un inusual gozo en la contemplación de alguien que lo atrajo aunque no debiera, según sus parámetros vitales. No se puede consentir dos trampas del deseo en un mismo día. La testosterona excita el pene a la vez que la agresividad. Podría haberlo visto, reflexionar sobre la tenue musculatura del otro, sobre lo mal que sienta el color amarillo a casi todo el mundo, y volver a preocuparse sobre cómo va a extraer de su cuerpo aquella grasa ingerida. Los sentimientos inseguros alientan respuestas desmesuradas. Otro habría devuelto la bandeja con restos al contenedor y calculado una ruta urbana que no tropezara con la cabalgata gay para que no interfiriese el horario de regreso. Consideraría otra vez el amarillo por si su novia le regalaba un chándal de ese color, y esbozaría la compra de comida hipo-calórica de mañana. Un decurso vulgar de ideas que consigue el giro en paz de la Tierra.

Si los inquisidores hubieran percibido certera la absoluta virginidad post-parto de la Virgen, habrían evitado ríos de sufrimiento. Si los yihadistas creyeran a su Dios tan grande dejarían de expandir muerte en su nombre. Quienes necesitaron tachar como fascista al autobús de C´s que iba a participar en el desfile del orgullo también en Valencia, exhiben esa inseguridad manifiesta de las y los que gritan consignas para evitar oír ideas diferentes, por si les contamina razonamiento. Los nazis tenían que matar judíos ante la terrible inseguridad de que hubieran sido más listos que ellos. Mediante su estructura familiar y comunitaria, sobrevivieron el período entre guerras con holgura económica y sin necesidad de tener que prostituir al abuelo Otto y a la tía Helga en la esquina para poder comer esas delicias arias compuestas por coles hervidas y salchichas. Considero lógico que cualquier tipo heterosexual perciba inseguridades homofílicas si yo me sitúo en camiseta de tirantes tras él en la cola del súper. Lo siento. Tengo este cuerpo que me permitiría trabajar como actriz principal en un acuario de morsas, si me viera en paro o alguien me ofreciera la suficiente cantidad de salmones. Esa misma inseguridad convenció a un grupo de machos para que colgaran en la terraza una bandera de España donde escribieron que son heterosexuales por si se les olvidara ante cualquier circunstancia. Cuesta mucho estudio y auto-estudio la construcción de sí mismo. La inseguridad es un magnífico método de aprendizaje si se pretende llegar a cualquier certeza. La duda revela pensamiento. A partir de ahí o, se eleva un muro de irracionalidad y se lía uno a hostias con cualquier elemento turbador, o se exploran las incoherencias. Al socaire de demencialismos como los de Vox, esos tipos inseguros están horneando sus inseguridades en el odio. Recordemos que Hitler carecía de un testículo, podía ser judío bastardo, fue pintor bohemio fallido y desprendió cierta fama sodomita por las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Cuántas inseguridades.

Alma española

3 Jun

Voy a los rastros muy pocas veces. Los considero una fuente de tristeza más que de oportunidades. En cierta ocasión, encontré en Fuengirola un señor que sobre una mesa de playa exhibía un ejemplar gratuito de la constitución, un zapato y la revista de literatura Olvidos de Granada, un ejemplar raro que adquirí por un euro aunque aquel hombre me ofreciera el lote completo por sólo dos. No hallo en estas mercaderías al aire ningún motivo poético como los surrealistas quienes arrancaron su inspiración desde una camilla de operaciones sobre la que se encontraba un paraguas en el rastro parisino. No lo creo. En París siempre hace falta una mesa de operaciones y nadie puede olvidar su paraguas. El arte necesita esas mentiras para tirar hacia adelante con su pesada carga teórica. Estos comerciantes siempre me parecen aristócratas venidos a menos. Observo su mercancía y sus movimientos y los imagino bajo un zarpazo del destino o de la condición humana que los condujo a esa especie de moderna buhonería de la desesperación muchas veces. Los zapatos usados capturan mi atención. Nunca vi comprar ninguno ni imagino otro motivo para hacerlo que el de emular las grandes finanzas. Juan March amasó una gran fortuna mediante la adquisición de zapatos desparejados en las fábricas alicantinas por un precio simbólico. Los envolvió con elegancia y los exportó en barco a los Estados Unidos donde fueron distribuidos como zapatería para los muchos cojos que había provocado la Primera Guerra Mundial. Estos que se apilan sobre las esteras, vacíos de futuro, sólo exhiben pasado. No sé. Una fiesta en que la chica descubrió a su amante con otra y arrojó esos preciosos tacones diamantinos por la ventana y por eso uno está quebrado. Alguien que abandonó sus sandalias al llegar a la orilla de Europa porque soñó que aquí le aguardaban unas nuevas y desde entonces las busca por estos tenderetes. Ninguno refiere noches en que fuera usado como copa de champán.

Fue William von Humboldt quien, durante sus viajes como explorador de la lingüística tocado por su salacot y todo, escribió aquello de que la lengua era el alma de los pueblos, aserto que sirvió a varios pueblos para matar de inmediato a su vecino en quien no consideraban que habitase alma alguna. Juan March le debe su negocio a una elucubración lingüística. Los pueblos de esta casi isla ibérica estamos dispuestos a divorciarnos a causa de las diferentes evoluciones que sufrió el latín, o de una aparente ausencia de latín. Las cosas del alma como todos los intangibles, esto es, la idea de dios, la de honor o la de pureza son las que provocan un sufrimiento a la humanidad que se puede medir y contar en millones de muertos. Llegado ese momento uno se desprende del alma porque intuye que tampoco le hará falta en el otro mundo. Cuando paseo este laberinto delimitado por mercachiflería, recuerdo que en inglés si alguien quiere saber lo que la otra persona siente tiene que ponerse en sus zapatos. El español camina por territorios más trágicos y a la vez espirituales. Un alma diferente del inglés, en términos de Humboldt. Nosotros nos metemos en la piel. Cualquier británico, de estos que junto a mí pasean con descuido, rojizos bajo un sol ya intenso, podría escribir miles de relatos con sólo calzarse el número adecuado y el par. Cerraría sus ojos y quizás hasta entonaría la voz del anterior dueño a quien desnudaron en un tugurio de juego clandestino adonde acudió confiado en las certezas de éxito que le auguró una nigromante de esquina. La mayoría de las veces sólo expresaría lamentos por las rozaduras infligidas y abandono en el contenedor. Yo, hijo de mi idioma, me veo en la penosa obligación de optar por un buen juego de cuchillos si quiero conocer a alguien en su intimidad. Como alternativa, me pongo místico y aprovecho las ocasiones en que alguien se sitúa junto a mí en cualquier barra y charlo y le permito que me cuente todo aquello que me trae sin cuidado. Observo sus zapatos y calculo la tersura de su piel. Quizás el español sea menos pragmático, pero es mucho más intenso.

Eutanasia

15 Abr

Incluso la muerte tiene que rimar con la suerte en esta vida. Durante esta Semana Santa, nuestra cultura, o su variante católica, conmemora la pasión y el fallecimiento de Jesús, alguien que nació con mala estrella. Condenado por los suyos a causa de su ideario religioso, fue entregado al gobierno de Roma para que llevase a cabo la ejecución. Los soldados querían dejar claro en cualquier parte de su imperio aquel dicho español de que por las buenas muy buenos, pero por las malas muy malos. Tenían miedo a mostrar cualquier debilidad que pudiera ser aprovechada por el enemigo. Ellos se sabían en tierra hostil. Con aquel hombre, junto con varios condenados, exhibieron su falta de humanidad y lo terrible que podría ser una tortura infligida bajo su custodia. La cruz, el método preferido. No causaba un fallecimiento inmediato, alargaba el sufrimiento durante días. Nuestro cuerpo está diseñado para permanecer vivo. No somos alacranes que podamos anestesiarnos con nuestro propio veneno. Aquel hombre, a pesar de las palizas y de los azotes, aguantó en la cruz, según ese destino suyo que, para los creyentes, lo ensalzó como hijo de Dios, Dios mismo. Cuenta el evangelio de San Juan que en el extremo del dolor un legionario romano le clavó su lanza en el costado, mientras otros dos le rompían las piernas con una maza. Hay quien alega que los militares querían saber si estaba muerto. Sin embargo, a partir de ese instante el velo del templo se rasgó, como símbolo del nuevo acceso de los hombres a Dios, y se desencadenó una breve pero intensa furia en los elementos de la naturaleza. Aquellos soldados habían realizado un acto de piedad y aceleraron el fin de una persona que ya sólo era encarnación del dolor. Ese personaje anónimo fue nombrado tiempo más tarde como Longinos y venerado desde la temprana Edad Media por un acto que fue entendido como una muestra de compasión. Incluso Hitler quería tener cerca aquella lanza a la que se le suponía, mediante la leyenda, iguales tintes de magia y santidad que a su primer dueño.

La ciencia actual difuminó todo aquel misterio. Ha documentado la falsa reliquia e, incluso, la época de la creación del mito de una figura fantasmagórica, la de aquel infante, que fue elevado a la categoría de santo. Para todo hay que tener fortuna en la vida, pero mucho más para la muerte. La semana pasada, un hombre lleno de piedad frente al dolor de su esposa, condenada por una mala estrella a contemplarse en una cama como un gusano sin musculatura, le ayudó a morir porque ella así lo suplicó. Nuestro sistema judicial ha conducido este caso hacia un juzgado de violencia de género. Quien evita la agonía de un dios se convierte en santo, quien impide la degeneración de un semejante es imputado por asesino en nuestro país, y humillado por vía administrativa y jurídica, como un maltratador. Le aplicarán los artículos y aparato forense escritos para el tipo que se emborracha y le pega una paliza a su mujer hasta matarla porque la cena estaba fría. Un Longinos que hubiera sufrido la misma consideración que los verdugos que clavaron la corona de espinas a su preso, Jesús, nazareno, rey de los judíos. INRI. La oposición a la eutanasia hunde sus raíces en el concepto católico del mundo como un valle de lágrimas y del dolor como un camino de santidad y pureza. Esta obligación de perseverancia en la indignidad durante la vida y muerte del enfermo, revela la victoria de esas ideologías que imponen su moral privada sobre la pública. Quienes encienden dos velas a Longinos por su bondad, defienden que se proporcionen latigazos y coronas de espinas a personas que ya no perciben su existencia dentro de los límites de esa autoestima a la que todos los humanos tenemos derecho durante nuestro paso por este valle de lágrimas en el que estas ideologías dictatoriales añaden más lágrimas. No todo el mundo tiene la suerte de que lo parta un rayo mientras lee el periódico, tranquilo en su jardín, o de que aparezca el piadoso Longinos.

Aburrimientos

1 Abr

Escribió Baudelaire en Las flores del mal que el tedio es el peor de los vicios humanos. Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa, sentenció. Una buena dosis de la crispación que exhibe parte de la sociedad europea, se debe a ese efecto de añorar las trincheras desde la comodidad de un sofá. No quedan mundos por descubrir ni princesas a las que librar de dragones. En todo caso hay que proteger a los dragones e impedir que la masa humana destroce esas partes del planeta que aún conservan algo de ese primor que sabemos más efímero que nunca debido a la mano aburrida del hombre. Somos primates curiosos. Uno de los motores de nuestra naturaleza arranca mediante ese inconformismo anclado en nuestro ADN. Los otros dos se ponen en marcha cuando uno tiene hambre y sed, o ganas de sexo que, en nuestra sociedad actual, concluyen con frecuencia en un bocadillo y una bebida carbónica que palien un poco esa frecuente negativa a complacernos que las demás personas suelen mostrar con nosotros. La abulia engorda. Pretendemos percibir un subidón de adrenalina a cada instante y eso es imposible. Pero lo anhelamos. Ante el deseo se abren diversas vías. Hay quien frente a tal demanda fisiológica localiza el parque de atracciones o feria más cercana a su localidad y se dirige hacia allí en busca de, por ejemplo, la montaña rusa. Yo sólo me subí una vez a tan retorcido ingenio y que tantas mentes ociosas atrae. Apenas arrancó se me cayeron las gafas que iba a guardar por precaución en el bolsillo. El suelo del vagón tenía una apertura e intenté atrapar mis lentes. Disfruté el viaje agachado y recibiendo golpes en la cabeza que bamboleaba de un lado a otro por culpa de esas absurdas fuerzas centrípeta, centrífuga y de inercia, a las que no dudo en juzgar como dañinas para cualquiera que pierda las gafas en una montaña rusa. Cuando al fin las alcancé, sonó la sirena de parada. Me bajé, soporté las risas de mis acompañantes ocasionales y comprendí que no era un hombre de acción. Desde entonces me entregué a la siesta.

Pero hay quien no puede sustraerse a esa llamada de la emoción. Ese canto de sirena que susurra fórmulas contra el hastío diferentes de las que rigen la física de una montaña rusa no apta para miopes. Por ejemplo, unos tipos están en un pueblo de esos donde el parto de una cabra es noticia comentada durante días con una oveja y un par de gallinas. Sábado tras sábado sienten cómo se les escapa la vida ante el televisor y frente a la oveja confidente. Otros, gracias al dinero familiar, padecen esa desgana de quien posee todo, que tanto me gustaría experimentar y que tanto me niega esa lotería esquiva. El caso es que durante una manifestación, pongamos, contra la discriminación zoológica del ornitorrinco, esos caracteres que necesitan su poquito de mariposas en el estómago, queman contenedores, cruzan barricadas y esperan el enfrentamiento policial igual que los niños a los Reyes Magos, o a la pareja que esa noche ha dicho que sí y ya se halla sobre su bidé. Los europeos llevamos más de setenta años sin una buena guerra. Los españoles, incluso más. Hicimos los deberes antes que los vecinos. Somos las primeras generaciones que ni han acudido al campo de batalla, ni han padecido una acción bélica. Y esto, en una civilización fundamentada sobre el poder militar, se nota mucho. Cuando la primera guerra mundial fue declarada por los diferentes gobiernos, las cámaras captaron masas enfervorecidas porque iban a destruirse como buenos hermanos. El diablo mata moscas con el rabo. Más piadoso con los hombres que el propio hombre. Claro que el Señor de las Tinieblas, además de no pagar la factura de la luz, tal como se desprende de su título, era un ángel de los que sabemos que no tienen sexo y, por tanto, necesitan enormes frigoríficos pero pobres aportaciones de testosterona, adrenalina y esas otras sustancias que nos convierten en seres superiores, como aquellos personajes de Asesinos natos que se apuntaban con rapidez a las filas del crimen, sin duda, por ausencia de líderes displicentes que los condujeran hacia unas tonificantes barricadas, sus cócteles Molotov y sus porras.