Ducado de Franco

9 Jul

Los tratamientos personales, como Don o Doña, fueron modificados en Hispanoamérica, apenas se independizó de España, por los de Licenciado, Arquitecto o Ingeniero, aunque no se dispusiera de tales dignidades académicas; efluvios de la Revolución Francesa. Aquellas jóvenes repúblicas querían exaltar el esfuerzo de las personas por encima de las sangres que amamantaran sus cunas. Con el tiempo, los tratamientos simbólicos se redujeron a símbolos sin referente real. Los indianos urdieron una aristocracia de facto, donde ciertos apellidos equivalían a títulos tan nobiliarios como los europeos y con peores conceptos de posesión, estamento y raza, como la historia ha mostrado. Para cualquier sociedad son mucho más importantes sus métodos de control del poder y de la distribución de la riqueza, junto con la permeabilidad social, que la forma política sobre la que se asiente o los protocolos de respeto. Japón y Suecia ejemplifican una eficacia monárquica e imperial superada por pocas repúblicas. Luxemburgo o Liechtenstein conservan aún el boato de los territorios con nombres de fantasía, paisajes verdes como los de aquella caja de lápices Alpino de mi niñez, y príncipes o duques a los que uno imagina en frac y vals permanente. Sus proletarios manejan una pasta del copón y sus auras medievales se diluyen entre los fajos de billetes que se mueven por aquellas tierras burguesas con poca determinación revolucionaria. En el otro polo político teórico, podríamos citar las repúblicas de Suiza, Alemania, Francia, Finlandia o Los Estados Unidos. Todos estos casos quedan lejos de ese otro montón de repúblicas y monarquías con niveles de pobreza, desigualdades e injusticia que difuminan cualquier tratamiento que figure en el pasaporte de esos conglomerados humanos donde es difícil hablar de sociedad.

La monarquía en España fue considerada por los políticos de la Transición como un mal menor que aportaba más ventajas y calma que inconvenientes. Fueron tiempos complejos que hoy más de un Lenin iletrado desprecia. Aquel contexto social no permitía un salto en el vacío hacia una república socialista como algunos sueñan. Juan Carlos I impulsó el régimen democrático en un país donde ya hubiera quedado ridícula e inviable una monarquía a lo Sha de Persia o Rey de Marruecos. No le quedaban más posibilidades. Sin embargo, al socaire de este régimen monárquico parlamentario se colaron privilegios de estirpe como el que arropa a este del ducado de Franco que ahora salta al ruedo ibérico, una venganza más del pasado que, como enseñó Ortega, guardaba su veneno para el futuro. Poco tiene que ver esta España de hoy con la de 1975, excepto en que aún tiene que arreglar asuntos consigo misma frente al espejo. Según informan jurisperitos, la supresión de tal título nobiliario significaría un fraude de ley. La Constitución ampara un régimen monárquico con corte incluida, un peso insoportable sobre las alas de una casa real desprestigiada por un rey que se fue a cazar elefantes pasándose por su noble arco del triunfo no sólo la sensibilidad del pueblo español ante tamaña crueldad, sino también las muchas tragedias en que la crisis económica había sumido a parte de nuestras gentes. Él solito guillotinó el referente moral de la jefatura del estado. Un esperpento como el de Nóos sólo es explicable en un país donde las puertas de las cajas de los bancos se abran mediante el uso de tarjetas de visita sobre las que se impriman escudos y blasones. La propia monarquía tiene que impulsar hoy una situación en la que se anulen esos aledaños del régimen monárquico, esa especie de cortesanía, periférica, pero cortesanía. El caso de los Franco es sólo un ejemplo más de las purulencias que se filtraron hasta las aguas del venero constitucional durante aquellos difíciles años setenta. Las leyes tienen que calificar a la ciudadanía como Don, Doña, Señor, Señora. Caminemos, y el monarca el primero, por la senda de una segunda transición, parafraseando a Fernando VII, rey de ingrata memoria.

Manadas y multitudes

25 Jun

Cualquier idea antaño vociferada con el codo sobre la barra del bar y el vaso en la mano, de tubo, por supuesto, hoy deja su huella por esas redes sociales de las que el diablo da fe. Ni me gustan las manadas, ni las multitudes. Ambos conglomerados cumplen un mismo fin, la disolución del individuo como sucede con mi ron entre el burbujeo de la soda. Cualquier asunto relacionado con La manada es grotesco, de la gruta, de los tiempos cavernarios y por eso repunga. Son gentes que hablan otros códigos. Nuestra sociedad ya no acepta la violencia contra una mujer, como el daño colateral e inevitable de la pasión. Nos exigimos sensatez y sensibilidad en el trato mutuo. En esto, a pesar de las manchas de irracionalidad que permanecen, hemos avanzado mucho en muy poco tiempo. Yo vi cómo un tipo golpeaba a su mujer en mitad de la calle, Camino de Suárez, allá por los inicios de los años 80. Cuando la joven hía del terror, aquel tipo, cigarrillo en la comisura de los labios, le ordenaba que volviera. Obedecía y él volvía a patearla o darle puñetazos frente a una multitud que no hacía nada. Hoy esa escena sería inimaginable. No somos tan mala gente; al contrario, los españoles hemos avanzado por muchos caminos de civilidad a un paso rápido, imposible de seguir por otras sociedades. A causa de la libertad provisional de los componentes de La manada, las redes sociales se llenaron de eructos contra España y contra la justicia, por parte de funambulistas de la ideología que saltan de un vacío a otro sin que ambos muestren relación entre sí. Una paloma caga en la chaqueta y la siguiente frase es “en este país”. Aún queda pendiente la lectura intensa de Larra en el sistema educativo. A causa de una medida judicial, entre las y los manifestantes había quienes, además de descalificar a una sociedad completa, pedían el regreso a la barbarie de los juicios medievales. Quieren que una acusación equivalga a una condena, además, sumarísima y ejemplarizante, en lugar de reinsertiva y educadora. A veces de tanta progresía, entra la marcha atrás.

Billy Holliday compuso Strange fruit, tras un viaje por Misuri. Contempló desde la carretera aquellas extrañas frutas que pendían de los árboles, personas negras a quienes la buena sociedad blanca ajusticiaba por acusaciones de robo o violación de alguna chica rubia anónima, en algún lugar impreciso. Queda un abundante material gráfico de tales eventos. Parejas que se fotografiaron risueñas junto a los cadáveres como si se trataran de magnolias recién florecidas. El individuo pierde su responsabilidad y conciencia entre la turba. Los fascistas y los comunistas conocen bien tal efecto y de ahí su pasión por las concentraciones. La indignación o la impotencia ante una medida judicial se debe canalizar por los medios que nos otorga la civilización que hemos construido, esto es, mediante el procedimiento. Si se trata de una decisión recurrible hay que dirigirse hacia los bufetes de abogados, en lugar de a las avenidas, donde por suerte no se legisla desde hace siglos, salvo en esos lugares del planeta en los que aún se azota, se cortan manos y se lapida a las mujeres en público porque así lo exige una masa vociferante que invoca justicia. La justicia en España es muy garantista, tanto para estos tipos como para los ladrones de guante blanco o los terroristas de ETA a quienes, a pesar de las decenas de muertos, se le han aplicado los beneficios penitenciarios a los que tenían derecho. El patriarcado nada tiene que ver con este asunto por más que se invoque igual que un mantra a ver si cala. Como humano es natural el sentimiento de venganza, como sociedad tenemos que aplicar el código vigente en este momento, con todas las pruebas y todas las garantías para los acusados y para la víctima. Dura lex, sed lex, la ley es dura pero es ley, una característica que nos diferencia de esas gentes sin piedad que aún viven entre nosotros. Considero más sana la condición de lobo solitario que reflexiona en silencio bajo la ducha. La lengua nos pierde.

Este juego de la vida

4 Jun

Una juez en Galicia ejerce como pitonisa durante sus ratos libres. Nada de echar las cartas a los amigos, no; una consulta bien publicitada y todo. Ninguna letra pequeña avisaba al usuario de las ocupaciones matutinas de la nigromante, previas a su entrega vespertina a esas labores como intérprete del inframundo, un espacio místico donde abunda el fracaso escolar, vista la dificultad con la que los espíritus expresan sus mensajes. Tan cifrados que la humanidad siempre necesitó traductores desde que establecieron sus contactos, esto es, desde que el humano quiso ver una intervención de las divinidades en sus desgracias. El principal defecto que el jurisperito rey Salomón le encontraría al poder judicial es precisamente su falta de experiencias vitales. Los cimientos de nuestra sociedad se encuentra en manos de gentes muy jóvenes, muy dóciles, de esas que han saltado con éxito todas las vallas del sistema educativo sin cuestionar ninguna y que, al final, también han sido capaces de sacrificar años de su vida con un cierro que culminará en la superación de unas oposiciones a jurisconsulto, sanitario o docente, con amplios conocimientos de la especialidad pero sin tener la más mínima idea de la vida, abstracción que engarza, entre otras cosas, las complejas relaciones que los humanos establecemos entre nosotros y nos diferencian de gregarios como las hormigas, las abejas y las ovejas, por esos métodos con que el verbo “existir” se venga de nosotros. De otro modo, jamás habríamos padecido ni sacerdotes, ni brujos, ni pitonisas, ni filósofos, ni psicólogas, ni jueces, ni tratantes, ni docentes, ni na de na. Tampoco habríamos historiado esa inmensa cantidad de lápidas que los conceptos de dios y honor le deben al hombre, y más la mujer, sustantivos tan cubiertos de sangre que deberían de tener su propio diccionario. Pero ya es muy tarde para meter la marcha atrás y regresar a ese árbol primigenio que, además de que nos lo habrán quitado, seguro que está lleno de bichos y echaríamos de menos cosas fundamentales para nuestro bienestar, como un sofá y el té con magdalenas, junto al periódico. La humanidad erige una contradicción en sí, menor que esta de ser juez y pitonisa.

Y no renunciaría yo a que esta señora juez dirimiera alguno de mis posibles casos; al contrario, creo que aumentará la demanda para que muchos asuntos se deriven hacia su sala. La imagino con su aplicación del tarot en el portátil mientras escudriña a cada una de las partes y les arroja naipes de modo discreto. Y al que tiene carita de bueno y voz aflautada le ha salido el diablo y el ahorcado, símbolos de maldad; al que lleva un tatuaje en la cara, voz rugida en miles de tabernas y mirada asesina, le aparece la sacerdotisa y la rueda de la fortuna, claros indicios de que es un tipo justo, doblegado por una mala estrella. El aparente culpable, inocente. Y así. Comparemos el aspecto demodé de la ciudadanía, contra esos abogados defensores de los bancos y sus cláusulas esclavistas, que llegaban hasta la audiencia vestidos con trajes de último diseño y cartapacios de cuero inapelable en su delicadeza. Pues nada, aquí dicen los astros que al infierno por mucha guapura que desplieguen. Y es que la vida es un juego, con muy mala leche, pero un juego por más que nos resistamos a tal aserto. Cada quién debe de elegir el suyo. Yo me enganché al Mah-jong, un divertimento chino. Por muy bien que se ejecuten los movimientos, existe un componente aleatorio que desde el inicio determina la partida. Los pasos certeros no garantizan el éxito, los errores invocan el fracaso. Nuestros días desde una esquina a otra. Lección sólo enseñada por el peso de los golpes. Forenses, sanitarios o docentes, dictan el futuro de personas, con permiso de la autoridad, y sin que la falta de experiencias vitales lo impida. Estos cargos se deberían de ejercer con un mínimo de años, después de haber paladeado la aspereza de la soledad, el miedo o la incomprensión. Pero esto es un juego donde casi nadie elige a quien reparte sus naipes ni a juez que los desvele, salvo en Galicia, tierra de conxuros y saudades.

Español

21 May

Que la pujanza del español en el planeta goza de buena salud, se demuestra mediante sucesos como el que hace pocos días nos sorprendió cuando un tipo montó un pollo, así en vulgo, en un comercio de Nueva York porque los empleados usaban la preciosa lengua de Quevedo para comunicarse entre sí, en lugar del maravilloso idioma de mi adorado Charles Bukowski. Las lenguas son como los hijos; el propio, el más bonito. En España nos peleamos a causa de las diferentes evoluciones que modificaron el latín hasta los idiomas peninsulares de nuestros días. El castellano es el latín mal aprendido por los vascohablantes que le imprimieron ciertos rasgos propios. Algunos siglos más tarde, gracias a que, por ejemplo, Alfonso X confeccionó una ortografía para unificar bajo un criterio a todos los escribas, la lengua de los campesinos se pudo usar como lengua oficial de la corte. Las hijas del latín se consideraban degeneraciones de una madre en la que estaban escritos incluso los textos sagrados. El castellano, a causa de su estabilidad fonética y gramatical, su temprana y abundante producción literaria, junto con la extensión de Castilla, en efecto, absorbió y se impuso de forma natural como lengua de uso preferente sobre las múltiples variantes que generaron los muchos aislamientos del norte peninsular durante la alta Edad Media. Y en ese fenómeno, aunque algunos no lo crean, Franco no tuvo nada que ver. El castellano era una máquina que funcionaba muy bien, además pronto enriquecida por el contacto con las demás lenguas peninsulares, sobre todo con el árabe. En su mayoría de edad, allá por el siglo XV, a pesar de que aún le aguardaban cambios de madurez, ya teníamos un idioma con gramática, la primera de todas las lenguas de la latinidad, ya había sido escrita La Celestina, perfecta sustituta del Quijote como obra cumbre de la humanidad, y su uso ya era mayor que el de sus hermanas latinas y madre vasca; así compartió la suerte del reino de Castilla y del posterior imperio hispánico.

El español molesta en España. La situación se invierte en el resto del mundo. Yo podría haber comenzado este artículo con idéntica frase a la que abre “Manhattan” de Woody Allen ¿Recuerdan? “Él adoraba Nueva York…” La adoro. No sólo por esa espectacularidad que captura al viajero, sino por sus gentes. El neoyorquino, así en general, según mis impresiones tras varias estancias en aquellos inmensos condados, es curioso, muy abierto de mente, hospitalario, solidario, tolerante y emprendedor. Una delicia de gente ¿verdad? Pero es que el neoyorquino es blanco, amerindio, negro, asiático, hindú, cristiano, judío, musulmán, ateo, animista, budista, hetero, homo, trans, poli y bi. La ciudad, capital financiera del planeta, capital sentimental de nuestro mundo, halla su definición en su pluriculturalidad y su polimorfismo captado y emanado por aquellas aceras de trazo tan exacto. Este conglomerado murmulla cientos de lenguas; el inglés actúa como un aglutinante de la ciudadanía, que no se puede sustraer a la impresionante presencia del español, la segunda lengua de la ciudad y la primera de ciertas áreas. En Patterson, Nueva Jersey, no oí a nadie hablar en inglés; la cartelería estaba en español y desde una tienda se oía la voz rotunda de Camilo Sexto a todo volumen. Hace años, cuando mi primer Nueva York, tenía que rogar que me hablaran en castellano. Nadie quiere usar un idioma de pobres. El año pasado, quizás por un efecto de rechazo a Trump, también neoyorkino, noté que el español había adquirido la categoría de bandera contra la discriminación, contra el racismo y contra la represión. Una lengua, además, muy apoyada y promocionada por el ayuntamiento de aquella ciudad. Me resultó complicado practicar inglés. Apenas oían mi lengua materna, abandonaban la suya para agasajarme en castellano. Ya digo, el español está mal visto en España. En el mundo es símbolo de libertad y de fraternidad frente a supremacistas como el tipo que montó el pollo en Nueva York, y que bien podría haberlo hecho en Cataluña por idénticas razones.

Miedo en femenino

30 Abr

El miedo es un escombro moral que invade para siempre el patio trasero de cada persona. Una sensación tan privada e intransferible que no admite medidas o comparaciones y, sin embargo, determina la existencia del individuo en diversos grados. Quien tiene miedo a las alturas jamás probará si quiere ser piloto, por ejemplo, aunque sus sentidos corporales fueran los mejores nacidos en este planeta para tal menester. Por mi cúmulo de miedos no podría ser minero, azafato, submarinista, espeleólogo, vigilante nocturno, médico forense ni enterrador. Mi querido Gaby Beneroso nunca podría haber ejercitado el noble oficio de la apicultura, y bajo ningún concepto podría aficionarse a la entomología, o a la moderna cocina de insectos, una lástima. Y así, cada quien que conoce a cada cual sabe de unos u otros miedos que paralizan, repelen, hacen temblar las piernas y la mandíbula, provocan náuseas y doblegan la voluntad. Si el soldado más duro padeciera aracnofobia, bastaría con encerrarlo en un cuarto junto a varios de estos beneficiosos animalitos para que delatara todos esos secretos militares que nadie podría hacerle confesar a palos. El miedo se asienta con raíces tan finas y profundas que nos posee como un diablo; nos esclaviza cuando muestra su rostro. He conocido alumnas que se orinaban encima cuando oían los primeros clics de la llave de su padre en la cerradura de la entrada; aunque la familia se libró del monstruo hace años, una de esas chicas apenas sale a la calle porque sólo se siente segura entre las paredes de su cuarto. Una prostituta del este europeo ingresaba en ciertos bolsillos una cantidad mínima mensual para que no asesinaran a su hijo en su país; alegre y ligerísima de ropa intentaba captar el mayor número de clientes por noche para finalizar cuanto antes aquella condena provocada por su pesadilla. La condición de héroe, de heroínas en estos casos, y de rebelde, también tiene sus límites siempre trazados por el miedo.

Una mujer aprende a tener miedo desde pequeña. La familia (por miedo) la educa en tales grados de prudencia que la chica, cuando adolescente, ha contraído el miedo casi como una enfermedad genética. Sabe que no debe regresar sola a casa por la noche, que debe huir de los extraños y que tiene que cruzar de acera si ve un grupo de chicos que caminan hacia su dirección. Las mujeres son ciudadanas de segunda, desprovistas de los mismos derechos de un varón que podría pasear solitario si le diera por dedicarse a escribir poesía romántica a la luz de la luna. Si sucediera algún altercado sería para robarle la cartera, no para violar su cuerpo. En el caso de una mujer se producirán con mucha probabilidad ambos sucesos e, incluso, la muerte si se resistiera al segundo; el macho de la especie que se atreve a tal tipo de posesión usa su pene como arma y su arma como pene; cuando actúa ya va pertrechado de una inmensa dosis de violencia, en parte aprendida, en parte desarrollada. Como ha demostrado la reciente sentencia sobre los hechos acaecidos en Pamplona durante los Sanfermines entre una mujer y cinco hombres, nuestro código jurídico no contempla los imprevisibles efectos del miedo sobre una persona. Los judíos no se alzaban contra aquellos captores que habían sabido inyectarles la cultura del miedo y la miseria en cada una de sus horas. Cinco tipos se acercan a una chica que, de golpe, comprende lo que sucede como un pájaro que descubre ante sí los colmillos de la serpiente. Los miedos acumulados desde la niñez y las advertencias familiares afloran; como ella misma confesó, sólo quería que aquella situación finalizase pronto, se sometería a la voluntad de cinco tipos contra los que no cabe la mínima defensa, como estoy seguro de que hicieron miles de judías violadas por los nazis, de alemanas violadas por los rusos, de esposas violadas por sus maridos, o de hijas violadas por sus padres. Un código jurídico tan técnico y una retórica forense tan torticera que olvida el miedo al que condenamos a nuestras hijas.