No hay cargo pa tanta gente

3 Dic

Esto de ser andaluz tiene su gracia. No porque seamos graciosos de por sí, que también. Yo sin modestia ninguna, allá por los años setenta, hacía reír a una familia de madrileños que nos acogían en casa para que pudiera acceder al milagro de las lentes de contacto que entonces sólo se producía en la capital. Me ponían delante de toda una concurrencia de aquellas de cuando en España era loable tener 15 hijos, y me hacían preguntas capciosas para que tuviera que responder “zí” con mi ceceo malagueño y niño de Miraflores de los Ángeles, con sus manitas estrechadas detrás como gesto de miedo, incertidumbre y sumisión a un mismo instante. Mis padres ni sabían qué decir. Ayer, Pilar Rahola se despachó en un artículo sobre lo canallesca que ha sido la campaña andaluza. Los líderes políticos de aquí se quejaban de la cosa del proceso catalán con el fin de sacar réditos electorales. La tal señora lanza escupitajos hacia arriba por ver sobre quiénes caen. Olvida aquel lema de España nos roba mediante índices delatores hacia Andalucía como Caín acusador. Este hermano colonializado y consumidor vive por lo visto de lujo a costa del vino que trajo a la mesa su otro hermano, el de la raza metropolitana y empresario por más señas. Total que a la vista de los demás, Andalucía ha votado como si esto fuera un sondeíto previo a las elecciones importantes que son las verdaderas. Como aquellas religiones que, de puerta en puerta, ofendían a nuestras madres con su prepotencia evangelical. Resulta que nuestra gracia y ceceo y rencores han liado más la cosa. Quizás por molestar. Al final, o en medio de estas líneas mejor dicho, voy a tener que dar la razón a la Rahola que es que sólo fastidiamos cuando no servimos para hacer reír. Pero los del norte tampoco se aclaran sobre si somos trágicos o cómicos. Aquí Chiquito y mi ceceo conviven con Bernarda Alba y el dolor del cante jondo.

No creo que los resultados sean extrapolables al resto del Estado ni siquiera a los próximos comicios. Un área tan grande como Portugal ha hablado en sus urnas para decir que los dos grandes partidos hegemónicos tienen fuelle, pero menos. Por una parte, Ciudadanos ha irrumpido con fuerza. Con mayor ímpetu ha entrado Vox en una regíón cuya pobreza y dependencia social del clientelismo la volvieron vulnerable, incluso antipática hacia el resto de sus vecinos hartos de regar su césped impoluto para la contemplación de unos subvencionados miserables. Según parece, los desfavorecidos y desahuciados no pretenden más intervención estatal sino menos, tal como se desprende de esa mayoría parlamentaria que cuando escribo estas líneas se consolida en el ala derecha del leve abanico gubernamental. Los discursos iniciales de la izquierda niegan la realidad de las sumas y restas. El Partido socialista se ha quedado sin flotadores y en rumbo de Titanic. Con los actuales papeles en la mano, a cosa de las 11 de la noche, no suman mayoría absoluta ni con Ciudadanos ni con Adelante Andalucía a quienes sobra esa sonrisa y la esperanza prepotente, pero a quienes después asustará el espejo de Dorian Gray. La clave última queda en las decisiones de Ciudadanos. Depende de la imagen que desee ofrecer. Si busca la ruptura con su posición de centro derecha moderada ahí tendrá la mano del PSOE que deberá sumar, además, la de la imprevisible izquierda podemista para que un gobierno sea viable aunque breve. Si Ciudadanos se quiere revelar como el paladín del cambio en Andalucía, imagino que el PP le estará haciendo ya ojitos para que la añeja guardia socialista suelte los palos del billar. Tendrá que pactar con la ultraderecha voluntarista e irrealizable de Vox. Ahí queda el toro para ver quién salta a la plaza con suficientes oropeles. Los partidos hegemónicos no convencen ni a su propio electorado. El fiel de la balanza depende de Ciudadanos y del juego que uno u otro extremo le quieran otorgar a una hipotética coalición. Pero no hay cargos pa tanta gente. Ojalá mi tierra tome su rumbo al margen de las decisiones que los grandes grupos tomen más allá de Despeñaperros.

Infidelidad

5 Nov

Un estudio realizado por una firma de perfumes ha sondeado las causas de la infidelidad en la pareja. Aduce tal cantidad de motivos que, al final del informe, uno (al menos yo) se pregunta por qué nos obcecamos con mantener, así en convencional, el concepto de pareja si comprobamos que se trata de una de esas instituciones que se pasa el día a la busca de una llave con la que abrir la cárcel semántica donde fue adscrita en el diccionario. Cuánto magnífico sacerdote ha perdido la iglesia católica, por ejemplo, por su mantenimiento del celibato en el siglo XXI. Yo no soy católico, pero sí varón sexuado, lo que, según la investigación aludida, me convierte en posible víctima de mi propia condición humana. No sabré mantenerme lejano a las tentaciones y su abismo, que habría escrito desde una moral teísta. Considero, y piensen que esto es sólo una opinión en La Opinión antes de escoger las piedras, que el ser humano es promiscuo por su propia naturaleza de simio con insatisfacción crónica, por lo que la monogamia se incluiría dentro del terreno cultural, uno de los territorios más indeterminados y mudables que existen. Toda convención se establece casi para ser vulnerada por la condición inconformista que provocó que no permanezcamos subidos en un árbol, o junto al mismo río que nos quitó la sed como especie. Somos así, y como tal debemos reconocernos para poder juzgar nuestros actos. La pareja siempre compondrá una ecuación compleja cabalgada por dos incógnitas existenciales, y eso dificulta mucho más las soluciones que si estuviera trazada por su x y su y, como todos aquellos ejercicios que siempre me suspendieron mis profesores de matemáticas. Hoy conocemos incluso insensatos que quieren que se amplíe a más de dos, como si una o un semejante fuese poca condena. Nuestra sociedad, en general, no puede admitir una cucaracha en el plato o un revuelto de hormigas y saltamontes, del mismo modo que no soporta que un miembro de la pareja sienta deseo por otra persona.

Siempre que escribo sobre estos temas, aparece Edgar Neville para susurrarme aquella descripción suya del matrimonio: esa carga tan pesada que necesita 3 para llevarla. Yo creo que se necesitan entre cero e infinito, según los cómo, dónde y porqués. Trabajamos un montón de horas lejos de casa, viajamos, comemos fuera y los vínculos de grupo laboral enuncian un componente importante de ese sudor con el que nos ganamos el pan cada jornada. Entre el remolino de estos complementos circunstanciales es casi imposible no conocer a alguien por quien sentir atracción, y la más natural de las atracciones, la que nos negamos de entrada, la sexual. Ahí se abren varias ventanas a lo desconocido donde la relación íntima, también hija de la cultura y la convención, adquiere el colorido de las plumas de un pavo real en pleno celo. Platón habló de un mundo de las ideas inmutable, y otro cambiante de la materia. San Pablo, platonizó la escasa doctrina cristina fundada en el “ama al prójimo” y, a partir de ahí, condenó la sexualidad para occidente y sus colonias por ser propia de la putrefacción en que finaliza toda la carne. El espíritu, sea lo que fuera, carece de sexo. Una persona conoce a otra, no sé, una noche de copas y acaban en la cama por cualquiera de los muchos motivos que la compañía cosmética ya conoce. Lo que ha sido un acto en sí humano se transforma en tristeza. Aún, de modo inevitable, estamos presos por raíces ideológicas de hace dos mil años, expuestas para un mundo que ni se parecía al nuestro en sus lindes. No voy a erigirme en apóstol del poliamor, pero mirado con sosiego es tan natural, tan inevitable como que las feromonas compatibles de esa otra persona activen esos órganos que nos recuerdan que seguimos vivos. Las multinacionales lo saben y estudian estos asuntos del corazón para sacarnos dinero. Mucho menos hábiles que el capital, hemos construido una sociedad que nos aprisiona tanto con sus dictados que somos incapaces de mirarnos al espejo para confesarnos con una sonrisa sincera que fuimos felices durante esos instantes que nos concedió la vida.

Sentimiento religioso

17 Sep

En el libro del Éxodo, no me pidan exactitud porque no me voy a poner a indagar ahora, se narra un episodio en el que los portadores del arca de la alianza tropezaron; uno de aquellos caminantes hebreos en busca de la tierra prometida por su dios apoyó el arca con sus manos para que no cayera al suelo. Jehová lo destruyó. Aquel hombre no confiaba en su poder. Nadie tiene que defender a dios porque ya se defiende solito como testimonian aquellos versículos. Palabra de dios. La humanidad debe una inmensa cantidad de sufrimiento a la idea de dios y a la del honor. Por uno y otro concepto, con frecuencia de la mano, los padres han lapidado y quemado hijas, el vecino crucificó a su hermano y millones de madres han entregado a su prole en los brazos de una muerte entre trincheras o junto a murallas. Peor que dios son quienes se erigen en sus voceros, suelen albergar poca piedad con las criaturas del creador. El caso es que ya no estamos en aquellos años de inquisiciones y hogueras, que en España duraron hasta principios del siglo XIX aunque ya sin sangre, pero aún contemplamos los sentimientos religiosos llevados a los tribunales, la religión dentro de las escuelas públicas y los militares en las procesiones lo que, y no se me ofendan, tiene tanto sentido como un nazareno en paracaídas junto a los legionarios. Las tradiciones tienen su sentido, pero no pueden ser convertidas en una ilusión de lo permanente, como dijo Woody Allen; deben ser revisadas a la luz que coloree cada época y esto es aplicable tanto a cristianos, a musulmanes, o a cualquier otra religión que ancle sus hábitos en el pasado. El gran avance de Europa se produjo cuando en el siglo XVIII los estados comenzaron a desligarse de la iglesia. Una de las grandes lacras de la sociedad española ha sido la iglesia católica, apostólica, romana que con algunos de sus múltiples brazos bendijo y promovió las guerras carlistas, el independentismo vasco a partir de la desamortización de Mendizábal, la guerra civil como cruzada y ahora vemos que parte de su clero defiende el supremacismo catalán y la quiebra de la sociedad española, que no es sino el deseo de los ricos de separarse de sus pobres, muy cristiano todo.

Guardo y profeso un absoluto respeto por las creencias de cada cual, pero como sociedad no podemos albergar aún códigos legales donde se aborden como un delito las posibles faltas de respeto a un dios que, como ser supremo, debería dirimir él desde sus alturas mediante un rayo a lo Zeus, o mediante un meteorito caído sobre la cabeza del hereje. El hacer una pública demostración de pobre inteligencia verbalizando la defecación sobre un dios o una diosa, constituye un acto más digno de lástima o de un vale para el psiquiatra, que de una vista judicial con su aparataje policíaco y todo. Si a mi casa viene un musulmán, un judío, un evangélico o un católico, aspecto privado que nunca pregunté a nadie, no se me ocurrirá menoscabar el respeto que le debo a toda persona por simple educación, lo que no está reñido con la crítica que pueda realizar a hábitos o creencias que vulneren los derechos de las personas. Pero las faltas de educación no pueden ser constitutivas de delito, ni la gilipollez, perdonen, motivo para ser ingresado en un calabozo, por muy desagradable que sea el personaje que profiera las blasfemias contra Yahvé, Cristo, Mahoma, Buda, Júpiter o Ra, que la lista es larga y todos son el dios verdadero para sus propios creyentes. Caminamos hacia una sociedad multirracial, multicultural y multilingüística en la que el Estado tiene que permanecer ajeno a toda religión y a toda creencia ultramundana; de otro modo, la convivencia se hará más compleja de lo que tendría que ser. Imaginemos una hipotética asociación de abogados judíos que denunciara al pobre Woody Allen por ofensas religiosas en España, los abogados musulmanes que pretendieran suprimir los jamones de la vista del público, o los abogados católicos que llevasen al juzgado a cada granadino que, tras pillarse el dedo con la puerta del coche, mencionase a la Virgen de modo poco decoroso. Un país pintado en una pandereta que no corta de una vez por todas las ataduras que lo esclavizan a la religión.

Con hielo, por favor

27 Ago

¿Recuerdan aquel viejo chiste? Tras la prohibición absoluta de practicar sexo, o consumir carne, marisco, sal, azúcar, café, tabaco y alcohol, el paciente pregunta: ¿Viviré más, doctor? Respuesta: No, pero se le va a hacer eterno. Después de un minucioso estudio científico, la revista “The Lancet” ha alertado de que no existe una dosis de consumo etílico que sea beneficiosa para la salud. No se trata de que yo trace aquí una apología del alcohol. Es un demonio, que paga sus tributos a Hacienda, pero al que he visto cómo raptaba familias hacia su infierno, y he contemplado, desde la impotencia, cómo conducía personas por los derroteros de la indignidad. En efecto, quien abre una botella desata la maldición de un genio ahí alojado al que hay que saber encerrar de nuevo en su cárcel a las pocas horas. Quien deja de beber es una heroína o un héroe que se venció a sí mismo. En España es tan difícil ponerse a régimen como abandonar ese hábito de un par de copas del que ahora sabemos, según métodos inapelables, que afectan a la salud. Sin embargo, pocos actos no pecaminosos en mi vida me sientan tan bien como ese de tomarme un par de copas, o varios pares, junto a amigos con los que paso un rato agradable, sintagma de definición compleja para el que no creo que el equipo de la revista “The Lancet” haya diseñado ningún experimento que muestre sus cualidades salutíferas o dañinas para este cuerpo donde la naturaleza te embute sin catálogo de repuestos, ni garantía de kilometraje. La existencia en este planeta está diseñada como para que llevemos a su responsable al juzgado de guardia, y que cada quien siente ahí al que considere. Cada día que amanece perjudica seriamente la salud. Los científicos ocultan a la población mundial que el oxígeno es uno de los peores venenos que flota en la atmósfera y que cada inspiración nos ha oxidado las tuercas como el mar a los barcos varados en su orilla.

Contra esa certeza de la imperfección de la vida, en la que nacemos para desaparecer tras unos giros del planeta sobre su eje, contra esa clarividencia del dolor, en España hemos inventado la dieta mediterránea, una serie de conceptos que arman al individuo para enfrentarse con el sol que le alumbre cada mañana y que pretende provocarle un cáncer, el muy hijo de. Esta dieta alberga una serie de aparentes contradicciones semánticas. Por un lado no es dieta; por otro tiene muy poco de mediterránea. Los tomates, las patatas fritas y el pan que mojo en el huevo, exhiben papeles de extranjería por arraigo social, pero todos, incluida la gallina, saltaron la valla. Sin embargo, la sabiduría española confabuló esos elementos, junto a otros, en una misma hermandad. Sobre un mantel, la ensaladita y el aceite de oliva como sacerdote supremo, hacen compaña al pan, legumbres, carnes, pescados, fruta y, si se está de celebración, su botella de vino del lugar que para eso los producimos con excelencia. Durante esta feria del comer humilde, el postre se convierte en telonero de la sobremesa. Recogidos los platos, desfila la colección de licores escoltada, cual autoridad, por su cohorte de dulces o frutos secos que propician la charla e incluso que los sentimientos se descascarillen sobre el tapete. Nuestros hábitos siguen esa teoría del capitalismo bursátil que indica que hay que saber perder para ganar. Según los estudios científicos aludidos perdemos algo de vida con cada ingesta alcohólica, según las estadísticas de longevidad mundial figuramos entre los primeros puestos, y creo con toda la firmeza del que ya no cree en nada, que obtendríamos la medalla de oro en rangos de felicidad, si pudiéramos expresar cómo estuvo esta fiesta en el preciso instante del punto y final. Con sus risas y sus penas pero con un sabor mediterráneo que no podemos permitir que nos agüen. Dentro de lo posible hay que beberse esto que llamamos vida con prudencia, sí, pero con dos hielos y en vaso ancho, vaya que se haga eterna y no somos una especie preparada para tales arrebatos místicos.

Un plato de callos

13 Ago

Yo creo que la feria de Málaga se instituyó para tener un motivo fehaciente que nos permitiera pedir un plato de callos en pleno mes de agosto. Eso sí, a nuestro modo. Madrid será la capital, pero ni playa, ni callos con sus garbanzos, morcilla, chorizo y surtido de especias. Un plato de callos sin garbanzos enuncia un vacío en la vida que ni nos permite mojar un poquito de pan como última compasión. Los callos son comida canalla, por más que me parezcan uno de mis pequeños paraísos temporales donde no hallo más serpiente que algún huesecillo por descuido de cocina. Una ración de callos exige su barra y su cerveza. En ocasiones ruega hasta esa íntima soledad sonora que perseguían los místicos. La posible mesa con mantelito de papel y copa de vino rompe la liturgia ortodoxa que tal plato reclama como metáfora de la existencia, pero no de su concepción abstracta, sino de esa que duele y te mira desde el espejo pocas horas después de haberte dado las buenas noches, según le pille el ánimo. El coche te ha dejado tirado en la nada, sin batería en el móvil, justo cuando te peleaste con tu pareja; nada más puedas, un plato de callos. Cuando uno llega al mundo, o mejor cuando uno se hace consciente de qué va esto más o menos, así con pronombre neutro, cree que la subsistencia se compone de piezas de carne completas. Nada ostentoso. Un trabajo que te permitirá realizarte y contraer deudas; alguien con quien te vayas a vivir porque la, o lo, consideras luminaria de tus deseos y aspiraciones; la reproducción de tu ADN en forma de hijos que perpetúen la ilusión por contemplar el paisaje que dibuje cada jornada tan cubierta de confetti y purpurina. No digo que no exista quien disfrute de tal vida; por supuesto que sí. Alguien aparecerá en sus mentes con esos dones, incluso con nurses, servicio doméstico y sábanas planchadas para hacer aún más llevadero su particular valle de Teletubbies.

Hay otos mundos, pero están en este, dijo Paul Éluard, rememorando a Leibniz. Entonces, si esto fuese cierto ¿por qué no me encuentro ya empadronado en ese donde me toca una pechá de millones a la lotería? Incluso surgen cuestiones más elementales con las que hay que lidiar a cada hora, tal y como uno pelea contra el final de mes armado con una nómina siempre corta y endeble para esos golpes. Cada quien encuentra sobre la almohada sus propias diatribas entre la realidad que lo mortifica y el deseo que lo reconcome. La voz de Jaime Gil de Biedma decía que soñaba irse entre aplausos, hasta que la verdad se impuso; envejecer, morir, son el único argumento de esta obra a la que llamamos vida, y que uno viene a llevarse por delante con hechuras toreras. Los callos necesitan valentía y condensan una sapiencia elemental en una sola olla. Lo que en apariencia se trata de desechos del cerdo o de la vaca, bien limpios, adobados, cocidos y acompañados por la humildad del garbanzo y el trampantojo de las especias, junto con esos viejos ayudantes llamados, morcilla y chorizo, no sólo te permiten que encares el momento con la satisfacción y las fuerzas que faltaron en medio de la farra o del tanatorio, sino que bien observados, mientras uno moja su pan se ahorra el gabinete de psicología. Los callos revelan un camino. Una señora mayor se lamentaba de que tenía que salir al “descenario” de la vida todos los días con el mismo cuerpo. Y no hay más. Si retorcemos el razonamiento igual hasta descubrimos la fórmula que nos permita nadar y guardar la ropa. Hay que saber disfrutar los trozos mientras se aguarda ese chuletón que quizás no llegue. Frente a príncipes azules o princesas etéreas, no están mal los revolcones por momentos, como lucha militante contra el destino y su desatino. Ya que para el llanto y la pena no se receta antídoto, un plato de callos del día, de esos minutos concedidos en que uno se sintió, si no el amo del mundo, tampoco el vasallo; cerveza, una barra y, quizás, quien esté al lado nos alegre la tarde-noche. Rogar otro menú denota falta de prudencia. Un plato de callos, a la malagueña, con garbanzos, que calienten estas tablas de comedieta o tragicomedia, que aún no sé muy bien de qué va esto.