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Cuánta pobreza

28 Oct

Un vídeo que circula por las redes sociales exhibe el enfrentamiento que una madre y su hija mantienen contra los empleados de un supermercado que pretenden que devuelvan los objetos que ambas han escondido en el carrito del nieto, que aparenta unos tres años o así. La abuela, joven para tal condición, no se distancia más de 15 años con su hija, quien aparenta parecido intervalo temporal respecto de su pequeño. Como otras muchas familias, lo airean y llevan a la compra, o como quiera que se llame ese acto de coger productos en un recinto, subirlos a un transporte, sea el que sea, y llevarlos a la propia casa. Insultos, manotazos, amenazas, reproches y llantos marcan el ritmo de la escena. La abuela ladraba que había cogido los productos para dar de comer a su nieto. En efecto, arroja al suelo dos latas de leche en polvo, luego una caja de gambón congelado o similar y, a continuación, otros objetos entre los que se encontraba una botella de licor, que depositó cuidadosa sobre el pavimento, prueba inculpatoria para que moralistas poco piadosos puedan acusarlas de robo por vicio, como si fuera posible el robo por virtud. Se roba por necesidad, por venganza, por cleptomanía, por ganas de demostrar el dominio que un humano mantiene sobre sus víctimas durante ese momento, o por necesidad de percibir emociones como el frío de los grilletes, o el silbido peliculero de las balas durante el atraco.

Los ingleses deben de figurar entre los pueblos más ladrones, según la cantidad de vocabulario específico que usan para cada tipo de apropiación de lo ajeno. En el román de esquina, con el que cada quien charla con su vecina, esa cantidad de léxico será inmensa. Si unificamos todos los actos englobados alrededor de esa idea de robo, el cometido por esta familia es muy triste. No por las circunstancias, ni por esa mezcla conceptual de alcohol y leche infantil, ambos necesarios según el nivel de nervios o de hambre, sino por ese espíritu de pobreza que tanto afea al pobre y que, sin embargo, tan bien queda entre los ricos de verdad. Los ingleses roban trenes repletos de dinero, islas, peñones o subcontinentes. Viva el rumbo.

Entre los rascacielos de la zona de oficinas de Manhattan, desde donde se dictamina la miseria o la pobreza del planeta completo, hay pequeños jardines con fuentes, mesas y sillas en los que es agradable descansar en verano. Están habilitados para que los trabajadores puedan tomar allí un refrigerio o relajarse en un ambiente exterior. Me detuve en uno de ellos y por primera y única vez en mi vida contemplé un jefe de verdad. Ejecutivos de ambos sexos y de todas las categorías iban vestidos con trajes que desprendían olor a dinero. Aquel tipo, con camisa celeste, vaqueros y chanclas playeras, se permitía probar comida de todas las fiambreras, o echar la mano por el hombro a aquellas criaturas con traje que lo agasajaban con la mejor sonrisa. El amo, si no del mundo completo, sí de una amplia parcela. Comprendí que yo no sólo era pobre en valores bursátiles, sino también de espíritu. Nacido para esclavo. Si me hubiera tocado la lotería neoyorquina me habría comprado uno de aquellos trajes de tejidos sedosos y habría acudido a los mismos restaurantes donde contemplaba a través del escaparate a aquellos tipos y tipas vestidas de negro. Quizás el rico nazca. La familia había ido a robar a un supermercado de esos que alardean de sus precios reducidos y de la gran frescura de su marisco congelado. Y uno va contento hacia casa los sábados de cada mes con el carro lleno y un cava de 3 euros acompañado por una lata de mejillones y un papel con lonchas de jamón serrano. Y mientras se ahoga con el porte de las bolsas hacia el ascensor, sueña que le toca la lotería pero sueña una cantidad pobre. Los pobres no comprendemos los millones ni que soñar es tan gratis que uno puede soñar con ser el tipo aquel en vaqueros, lo mismo que podría robar en supermercados lujosos compuestos por productos que en nada se asemejan a los nuestros por más que nos digan. Pero la pobreza permanece en su propio descampado, en su misma caja, como los perros que atan en un portal, o los gusanos de seda que no van a ningún sitio durante ninguna de sus vidas.

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