Amor en tiempos de Casablanca

30 Mar

Desde que empezó este confinamiento que me va a transformar en un manatí trufado para la próxima cena de Navidad, decidí convertirme en vigilante de aquellos vecinos con poca conciencia cívica. El portón de entrada al bloque sonaba cada noche a esas horas en que el graznido solitario de una gaviota da relieve al silencio. Decidí encontrarme de cara con quien fuese. Salí a tirar la basura y, en efecto, coincidimos en la escalera. Ya tenía al sujeto. Varón, muy joven. Me miró con un cierto miedo. Sucede cuando, desde la oscuridad, aparece alguien que respira con fuerza y clava en la nuca una mirada de inquisidor, mientras uno desciende los escalones hacia el portal a la vez que ruega al cielo que la cerradura no continúe atascada. No conozco a casi ninguno de mis vecinos. La mayoría milita en la edad fúnebre de esta pandemia. Capturado el sujeto, me quedaba la busca del móvil. Se ocultó bajo un árbol. Una chica que paseaba con descuido un perro se dirigió hacia el mismo punto. Ambos miraron hacia un lado y otro mientras el animal olfateaba algo por el suelo. Se besaron con una pasión breve en infecciosa en estos tiempos de virus. Volvieron a mirar a su alrededor. La chica requirió al perro para que la siguiera, y él regresó a casa. Oí de nuevo sus pasos por la escalera. Pocos minutos después las luces de un vehículo policial pasaron firmes como una advertencia junto a ese árbol, ahora, de la ciencia del bien y del mal. Como reflexionó mi querido amigo José Antonio Mesa Toré, la vida es tan puta, tan diplomática, que en mitad del mayor dolor siempre reclamará su trono. Durante el entierro te sorprendes con la vista fija en el escote de aquella familiar tuya que te han presentado hace minutos. Recuerdo, aquellos resfriados, las gripes contraídas por débito a una cuota de besos diaria, la única que uno firma durante esos años en que el futuro se define como una nebulosa que aturde el ánimo, pero se nuestra incapaz de vencer al presente inmediato por muchos naipes derrotados que arroje sobre el tapete.

Los años calman y uno pretende ser un ciudadano ejemplar, de esos que obedecen las informaciones y consejos sanitarios. Me saludo ante el espejo pero a cierta distancia. Me conozco bien y no soy fiable. Imagino yo también escapo. Vestido con una malla negra, compuesta por varias mallas cosidas, corro de esquina a esquina evitando luces y miradas, invisible a policías y a prismáticos de vigilantes espontáneos como yo. Igual que aquel Fantomas en los cines de mi niñez, toco la puerta de alguna chica a quien querría besar con el fervor de la inconsciencia. Sin embargo, incluso en mis ensoñaciones, ella grita y pide socorro y me golpea con un escobón como si pretendiera matar una cucaracha de 200 kilos. Descubro la máscara con que oculto mi rostro, entonces, agarra una sartén pesada y me golpea con ímpetu, mientras chilla con mayor volumen y nivel de agudos. Regreso hasta mi imagen al fondo del espejo. Me he convertido en un villano de salón. Y eso según temporadas. Un Fantomas de entretiempo, aleccionado por el vigor de este chico quien, moderno Abelardo, atraviesa su particular estrecho en mitad de un oleaje infeccioso para acudir hasta la luz de su Eloísa con salvoconducto canino para trasegar las emociones desde la acera hasta su cuarto. En la intimidad de una video llamada volverán a decirse que se quieren y a darle contenido a todo un día próximo plegado entre cuatro paredes. La vida pulsa sus propios acordes sin necesidad de partituras. Y pasarán estas semanas de vendavales y ley de Naturaleza severa. Los parques volverán a dibujar nuestros paseos y nuestras manos juntas entre besos y abrazos. Ahora, como miembros de una clandestinidad militante, tampoco nos han derrotado. “El mundo entero se desmorona, y nosotros nos enamoramos”, susurra “Casablanca”. Regresaremos a los bares junto a las risas. Pasará desapercibida una pareja que se besa en un banco. Comprenderemos, entonces, que ya está aquí la vida de nuevo y que nunca negocia sus exigencias, y que nos obligará una y otra vez a recuperar París.

Nuevos hábitos

23 Mar

Sé que no estoy loco a causa de este ya largo encierro porque aún ordeno los pares de calcetines de dos en dos y junto a su semejante. El pasado finde cité sobre el sofá del salón varios cuadros de mis antepasados, en primera convocatoria, y por falta de quorum, algunos esbozos de lo que podría haber sido un retrato de algún antepasado mío, en segunda. Entre todos hablamos muy seriamente conmigo. Como en cualquier familia siempre se ocultan agravios que se airearon al hilo de la tensión del momento. Fue una reunión bastante convulsa, pero al final me convencieron de que yo no era Robinson y, sobre todo, de que no encendiera más hogueras en la terraza para hacer señales a los barcos, razonaron, entre otros motivos, que mi fachada se orienta de espaldas al mar. Me he afeitado y he devuelto el chimpancé al zoo con una gran llantina por parte de ambos; además le restituí la decoración selvática de su jaula. Mis hábitos vitales se corresponden ahora con los que padecería durante esa jornada laboral tan beneficiosa para la salud según indican los jefes. No es lo mismo soportar un confinamiento en un pueblucho de Siberia, donde dicen que es imposible distinguir una persona de un oso pardo hasta que no estás desnudo en la cama, que soportar este desajuste de la existencia en Málaga la callejera. Si el malagueño está en casa es que se va a duchar para salir. Los anacoretas marchaban al desierto y se subían a una columna donde no tenía mucho mérito desplegar aquellas vidas contemplativas y castas que nos relatan sus hagiografías. Quien se agitaba un poco se despeñaba, lo que provocaba gran jolgorio entre sus hermanos en la fe. Uno menos en esa carrera por ver quién era el elegido de Dios y podría ir en moto a buscar pizzas y refrescos para complacer al Altísimo. En la soledad del desierto es fácil exhibir una conducta virtuosa. Aquí es muy complicado. No obstante me atrevo a decir que el verdadero, el genuino protagonista de este encierro, al menos en nuestra tierra, es el pueblo malagueño. Y eso no se atrevió a discutírmelo ni Jueves, mi chimpancé.

No sólo vamos a ganar la batalla al virus, sino también esa que nos queda para explicarnos lo sucedido con el papel higiénico. Esta epidemia va a modificar muchos conceptos vitales. Por lo pronto el alcalde de Baltimore ha rogado a sus conciudadanos que abandonen esa costumbre de dispararse para que se queden libres servicios hospitalarios esenciales con los que paliar esta moderna peste negra. La Asociación Nacional del Rifle ha respondido que cada ciudadano tiene derecho a saludar a su vecino como considere. En Madrid, un matrimonio ha sido detenido en un mercado porque la mujer se negaba a dejar que el marido comprara solo. La tarde anterior hizo acopio de 15 juegos de martillos y llaves inglesas como alimentos de primera necesidad. Después de hervirlos durante un par de horas comprendió que no combinaban bien con la salsa bearnesa. Este virus es pésimo para las personas mayores, en efecto. Estamos ante una pandemia y, además, un meteorito gira cerca de la Tierra. Tiempos apocalípticos en los que alguien me saludó en el supermercado vestido con una mascarilla amplia, unas gafas de sol negras como ruedas de coche y un sombrero. Me giré varias veces riendo a carcajadas descreídas en busca de la cámara que grabase la broma. Pensé que la había descubierto; le arrojé varios cocos que había en un cajón junto a mí, pero no. Me echaron por escándalo. Amenacé con volver. Pero descubrieron mi engaño, el bañador y chanclas desentonaban con la chaqueta de pana y esa escafandra de buzo que supuse me haría invisible ante los vigilantes. Quizás me delató mi intento de saltarme la cola de la entrada al grito de Banzai. El caso es que aún no he perdido mi raciocinio o no, en proporción a la media de la humanidad. Me calma mucho sentarme ante la lavadora y contar sus vueltas cuando centrifuga, imito su movimiento con la cabeza hasta que caigo aturdido. Eso sí, me lavo bastante las manos y el despertador suena a su hora.

Inmortales

16 Mar

En ocasionas me resulta complicado vivir en Málaga y no sentirme inmortal. De pronto llega un diagnóstico aciago y desmonta la ilusión completa, vale, pero hay tardes en que resulta complicado. El servicio meteorológico anunció lluvia para toda esta semana que hoy, lunes, se dibuja con ribetes de grises entre los nubarrones. Custodiados en la memoria quedan los días pasados bajo una luz como proyectada por la misericordia de algún dios, frente a una playa donde el mar acaricia, desde una punta del arco de la bahía, copa en la mano, vestido con mi camiseta merdellona de tirantes, y contemplando cómo el sol se oculta tras las montañas que trazan la cuerda de un semicírculo casi perfecto en el albergue que ofrecen. El mundo se derrumba y uno ante el cuadro que contempla no puede sino sentirse inmortal por malagueño, por habitante de Málaga, mejor dicho, como aquel gordo de la Victoria, elegante, fresco y sudoroso a un tiempo, que enumeraba una filosofía de vivir resumida en paisaje de etiqueta. Corre por esas redes un video que imita un juego en el que Chiquito, patadita a patadita, revienta los ataques de una panda de coronavirus. “Fuera, finstro diodenal” “Te van a llevar a la comisaridaaar”. Y es que uno ya, quizás cosas de la edad, se rebela contra tanto vocero de la desgracia. El único complemento inexcusable del verbo existir es ese mismo circunstancial de muerte que se me diluye entre cada hielo de mi combinado favorito, mientras contemplo las montañas perfiladas por ese sol que ya cae y tiñe de alegría la noche que anuncia. No sé, hoy quizás me haga un Pimpi Florida, estación de repuesto para ánimos decaídos. Quizás un simple paseo desde Los Baños del Carmen hasta la Farola o, tal vez, entre La Misericordia y Huelin. Puede que me ponga demasiado nostálgico y entonces atraviese Miraflores de los Ángeles, mi barrio de niñez, que desde sus ventanas susurra las historias de gentes que conocen el transcurso del día como una lucha de veinticuatro horas.

El caso es que me rebelo. Ante tardes como esa, me siento inmortal. Casi inmoral, por feliz, si atendemos a la amargura ambiente. En los tiempos del SIDA, cuando apurábamos las madrugadas en el Cantor de Jazz o en el Onda Passadena, jamás negué al deseo su exigencia de locura. Noches en hoteles de una sola noche junto a labios de una sola noche, Gil de Biedma dixit, y floristas y chulos que me saludaban porque de mi salud dependía su negocio. Cada mañana invocaba mi arrepentimiento por exceso de canalla, y su perdón de los pecados, hasta esa misma tarde en que, tras la ducha ritual, el infierno desplegaba todas las luces de neón con que sabe atraer a los sedientos de horas. Las gripes, los repuntes de los no sé qué, los priones, los papilomas. Demasiada tranquilidad desde la última guerra. Los humanos no estamos fabricados para digerir tanta calma en un planeta que no cesa su giro por maravilloso que sea el momento. Reír y llorar, como esta semana lluviosa que nace. En tanto que malagueño, me declaro inmortal. Tantas luces impresas en la retina la cegaron para el desánimo. Y mira que lo intentan y nos previenen, y va listo el virus si cree que no voy a dar besos, castos o tórridos, y abrazos. Brindaré en cada minuto por los segundos que pasaron pero también por los que llegan, como cada una de esas, apenas, olas que invitan a saber que el mar es infinito ante los ojos, mientras el miedo traza alambradas. Será por malagueño, pero no concibo el dolor frente a este azul tan primario como este ansia por ser sin ataduras. Ya digo, lo mismo hoy me hago un Pimpi Florida, puede que un Emily’s después de un paso por el Bruselas. Quizás ninguno y sólo me limite a pasear como buen ciudadano. Demasiadas opciones pero ninguna me llevará a mi cuarto y me colgará una mascarilla; ni me acostará vestido y en soledad. Esto es Málaga. La vida promulga leyes piadosas. Por ahí anda Chiquito apalizando a los virus. Nos cobija este sol y un aire salino que bendice cada beso en su eternidad.

Mujeres

9 Mar

El colega de Carlos Marx, aquel detrás de un gran hombre como dicen que hacen las buenas mujeres, Federico Engels, explicó que la esclavitud femenina surgió cuando el hombre concibió la propiedad privada de la tierra y el ansia de perpetuarla como herencia de sus descendientes. A veces los delirios del futuro se revelan como monstruos. El ensayo del filántropo alemán no aclaraba, sin embargo, en qué momento aparecieron las notarías, los impuestos y toda esa cadena de penurias, sudor y lágrimas que los hombres padecían para legar los bienes a sus herederos, en muchos casos señoritos canallas que derrochaban ese capital en apuestas de carreras de cabras y estriptís de ovejas, aficiones durante el neolítico en el Creciente Fértil, donde todos iban medio desnudos y aún nadie había inventado las pamelas para acudir a los hipódromos según las reglas de la buena sociedad. Fueron épocas muy duras. Sólo había un sofá por el que todos los imperios de Persia guerrearon durante siglos y, además, la especie estuvo a punto de extinguirse a causa de las frecuentes fugas de varones con las ovejas estríper de aquellos lujuriosos espectáculos nocturnos. Alguien tenía que tener la culpa de todas esas desgracias, unidas a la escasez de cubitos de hielo y palomitas de maíz. Un escriba, del que no sabemos su nombre, pero muy aficionado a los hongos que proliferaban cerca de los ríos Tigris y Eúfrates, en plena subida psicodélica y obnubilado, no sólo por la poca gracia con que su mujer elaboraba la repostería, sino por la presencia constante en casa de su suegra, escribió aquello de Adán, Eva y su señora madre a quien, en primera versión, describió como una koala que le entregaba pésimos kiwis y recetas a su hija, hasta que un dios, harto de aquellos sinsabores, las convirtió en rulo de showarma. En una revisión, dado que Australia no había sido descubierta, el relato fue reescrito con serpiente y manzana. A partir de entonces, la mujer representó el mal y fue acusada de cualquier desdicha.

La Historia sólo recoge episodios de féminas que se dedicaron a actividades diferentes de las habituales en las señoras de la casa. Salomé la bailarina, por ejemplo, se empeñó en pedir la cabeza de Juan el Bautista a pesar de que le ofrecieron a cambio un doble de hamburguesa con patatas y refresco, o una manitas de cerdo a la riojana si le apetecía más algo de casquería. La chica ha quedado ante el imaginario colectivo como una mala mujer, expresión considerada redundante durante milenios, mientras que aquel Herodes, monarca babeante, con el cerebro colapsado por una subida de semen y testosterona, amparo de aquella injusticia, apenas es recordado sino como nota a pie de página. Lou Andreas Salomé, aunque ya en el siglo XIX no se estilara lo del intercambio de miembros amputados por bailes como intentó Jack el Destripador, desplegó una insólita libertad sexual que la llevó a ser amante de Rilke, Nietzsche, Rodin, el kaiser Guillermo II y el zar de Rusia. Los tres artistas quedaron convertidos en almas penantes a causa de esa recurrente peregrinación que Lou realizaba entre un poder y una inteligencia que la reveló como superior en poder e inteligencia a sus acólitos, aunque ellos sean los famosos en este teatro masculino del mundo. Lou Andreas y su actual trasunto, esto es, Corinna zu Sayn-Wittgenstein representan ese perfil hedonista que decide asentarse en una zona de confort real. No pueden ser malas mujeres cuando, incluso, reciben regalos en modo de millones de euros y ni siquiera saben por qué alguien se los entregó. Como caso contrario al de aquella pésima repostera que motivó el relato del escriba, quizás Corinna sea virtuosa en el uso de los huevos, la leche y el azúcar. Si no se aclara el origen de ese dinero, una historia de faldas puede revivir aquel episodio de la Salomé que consiguió la caída de un Juan, y hasta un Felipe si hubiera querido, por sólo dos meneos de cintura. Delirios de futuro y grandeza que, en efecto, generan monstruos y servidumbres.

Remedios contra el coronavirus

2 Mar

Hace ya tiempo que los estudios psicológicos demostraron que las personas oímos lo que queremos oír y depende de quien lo diga. Nunca daremos la razón al discurso de cualquier político que nos caiga mal por razonable que sea. La democracia es un sistema burgués que, por tanto, mantiene una enorme dependencia de los análisis de mercado y las leyes de la propaganda. Sin embargo, los regímenes comunista y nazi fueron pioneros en la investigación y puesta en práctica de estos entresijos de la miseria humana. La cartelería de Stalin o Hitler exhiben preciosos ejemplos del decir para conducir. Veía junto a mi madre, señora de 85 años, un programa de esos que no dudan en ahondar en cualquier estiércol si ello proporciona audiencia. Convocaron a un cargo solvente y destacado de la Organización Mundial de la Salud, una española que explicó ciertos aspectos muy tranquilizadores sobre la crisis que está provocando el coronavirus. Junto con un catedrático de medicina preventiva y otro profesional de estas ciencias galénicas señalaron que el uso de las mascarillas como obstáculo para el contagio de la enfermedad es inútil. Deben ser utilizadas por personas con patologías para que no escupan sus microbios a los demás, pero la eficiencia de estos trapos para torear el bicho del que hablamos es muy limitada. Importa el lavarse las manos con frecuencia y, sobre todo, antes de comer. Tras esas argumentaciones muy bien afianzadas sobre certidumbres científicas, la presentadora del programa, a quien todos los méritos de la profesión periodística le son ajenos, salvo esos que otorgan las adecuadas relaciones íntimas, concluyó que ella no creía nada de lo que habían dicho, porque los cirujanos y otros médicos usan las mascarillas. Oraculus dixit. A partir de ese momento, mi madre me avisó de que no saldría a la calle si no le compraba una.

Se han agotado las mascarillas en las farmacias de Málaga, hasta el punto de que un traumatólogo no ha dudado en sumergirse en la piscina del ridículo. Intentó robar 300 del hospital público en que trabaja, según él, para repartirlas en su pueblo, donde será conocido por el mote de El Robin Hood, o El Falla por acoger tanta máscara en su seno. Prefiero soluciones imaginativas y respetuosas hasta con los dineros públicos. Dios aprieta pero no ahoga con mascarilla. El inicio de esta alerta ha coincidido en nuestra Andalucía con los carnavales, de modo que, durante varios días, uno pudo abandonar el sentido del pudor y arrojarse a las calles vestido con una indumentaria que lo integrase en la fiesta y, a la vez, lo protegiera de esta nueva peste. Elegí el traje de buzo. Dadas mis dimensiones tan próximas a las de los mamíferos del mar, lo pinté de amarillo con el logo de Correos y ya iba de buzón. Ya sabemos que la gloria dura poco y menos en casa del pobre. Tras una prolongación personal, incomprensible para amigos y vecinos, que he hecho de las fiestas carnavaleras hasta ayer mismo, hoy toca enfrentarse con las jornadas laborales venideras y las sorpresas que pueda acarrear esta semana. He confeccionado una careta de goma con mi rostro, interpretado con esa cierta libertad artística que me permite aproximarlo al de Alain Delon, aunque su resultado final haya coincidido con la faz de cualquier figurante en el Planeta de los Simios. Tras este antifaz, respiro a través de una compresa de esas calculadas para pérdidas de orina masivas, sujeta a la boca mediante cinta americana. No he descuidado detalle, he introducido sendos tampones empapados en alcohol por los agujeros de la nariz. Causan una irritación extrema, aturdimiento y lágrimas durante unas seis horas. Para eudir preguntas o sugerencias, me he colgado un cartelito que indica que la faringitis me ha dejado sordo y mudo durante un tiempo. Con estas precauciones y tres pares de guantes insertos unos sobre otros, ya podré enfrentarme a estas pruebas que la propia naturaleza nos envía con el fin de que evolucionemos hacia nuevas cotas de superioridad intelectual y demostremos por qué somos la especie elegida. Ahí les dejo las ideas.