Desmemoriada memoria histórica

30 Dic

Una asociación anti-memoria franquista intenta que el Ayuntamiento de Málaga explique por qué no ha retirado aún los azulejos y placas que permanecen sobre algunas fachadas. En esos elementos se recuerda que aquellas viviendas fueron construidas por la llamada obra social del Movimiento. Distinguía sus construcciones con un haz de flechas cruzado por una casita, en lugar del yugo que se reservaba para actos de mayor tronío y batalla. Dijo Antonio Banderas que Franco estaba ahora más vivo tras su muerte. Tenía razón. El régimen franquista, a imitación del de Mussolini, necesitaba rodearse de símbolos y parafernalias. El régimen de Sánchez parece que necesitaba poner en el punto de mira un enemigo que no existe desde hace mucho. Nadie en su sano juicio se opondría a la búsqueda, identificación y entrega de los cadáveres que todavía avergüenzan cunetas y cementerios de toda España. Lo de sacar a Franco de su tumba me pareció un gasto inútil y una devolución a la actualidad de un espacio y un personaje cuyos nombres ya sólo aparecían en los manuales de historia. Si Sánchez hubiera tenido las narices de haberse enfrentado, no ya al generalísimo que murió en su cama, sino a aquellos Guerrilleros de Cristo Rey, o a los de Fuerza Nueva que iban repartiendo cadenazos y navajazos por aquellas calles de mi adolescencia, recuerdo ahora a Pina López Gay y a los jóvenes guardias rojos de mi barrio, pues tal acto de desentierro habría adquirido algún tinte digno que ocultara lo que sólo ha quedado en una ópera bufa. Prefiero emplear la energía y el dinero en asuntos más prácticos que son los que limpian la memoria de una sociedad y forjan patria. La búsqueda de la memoria histórica (¿qué historia no lo es?) está provocando muertes de mosquitos mediante cañonazos. Grupos de acólitos descubren huellas elementales del franquismo en, por ejemplo, Barbate de Franco, o Villafranco del Guadalhorce. Era muy fácil. Lo de ir arrancando las placas de aquello que funcionó como Ministerio de la Vivienda, no creo que aporte nada, ni bueno ni malo, nada. Quien quiera entretenerse en ello, encontrará una pechá en los edificios de Málaga, una ciudad de VPO.

La ley de Memoria Histórica ha dado voz a denunciantes del franquismo, lo que no significa que haya otorgado memoria. La devolución de difuntos se tenía que haber convertido en un asunto prioritario de Estado, con presupuesto y calendario de actuaciones. Los cambios en los nombres de calles y plazas ya se llevó a cabo a finales de los setenta. Dos elementos, sin embargo, no han sido señalados por ningún grupo de cazafantasmas que yo sepa. Por un lado, el horario absurdo que acompasa la hora española, excepto Canarias, en las mismas manecillas del reloj que la de Roma y Berlín, a pesar de que el Meridiano de Greenwich pase por nuestro este peninsular. Los generales de Franco, a los que pocas insensateces quedaron por cometer, se sentían más seguros cuando sabían que tomaban galletas a la misma hora que el Duce y el Führer a pesar de que deberían de haberlo hecho en el mismo instante que Salazar o Churchill. Almorcé dos veces cuando crucé desde Portugal a Huelva. Por otra parte, y esto sí que sería enderezar la memoria, un buen número de fusilamientos y muertes del franquismo se produjo tras la victoria. El ambiente rural embrutece al humano. Una simple delación del vecino bastaba para que la guardia civil (cuerpo que hoy me parece ejemplar) acudiera a casa y se llevase detenido a un padre de familia que casi siempre moría en el camino hacia el cuartel o la cárcel. El mismo delator aparecía pronto para comprar, con todas las de la ley, unas tierras que la viuda tenía que malvender para poder sobrevivir junto con su prole. A ver si nuestra democracia tiene los suficientes arrestos para meter mano en ese avispero, restituir las posesiones a los descendientes, y dignificar de verdad a aquellas personas arrojadas a la basura social por simple codicia. El sol amanece en Londres al tiempo que en Albacete o Cercedilla pero no alumbra con iguales luces por todas partes.

Con dos bolas, Paco

23 Dic

La muerte de éxito oculta una extinción por fracaso. Nadie muere de éxito. El padre, como el de aquel largo chiste de Paco Gandía, cuyo niño vomitó al sol de la plaza de toros toda aquella comida ingerida, cuando su progenitor conoció el éxito en forma de dos días de trabajo, sólo exhibía un fracaso intermitente. Los transbordadores hundidos entre islas se fueron a pique por la ambición de quien no calculó sino el aforo de sus bolsillos, casi siempre con tendencia a un infinito tan amplio como el de la imaginación del dueño. Teta y sopa no caben en la boca, avisa el refrán. La muerte por introducir ambos elementos en el mismo conducto, por más que la sopa sea nuestra favorita, yo qué sé un gazpachuelo malagueño, y el pecho, por ejemplo, el de mi admirada pianista Allegra Cole, aparece como el correlato lógico de un reducto de nuestra animalidad oculto en algún rincón del cerebro. Una ciudad, como mi Málaga, colapsada año tras año por unas luces navideñas o por una maratón que impide el normal movimiento de los vecinos y la atención de sus necesidades, fallecerá por el fracaso de un alcalde que, imitador del capitán del Costa Concordia, encallará su crucero en unas rocas junto a la costa, para ser aplaudido y vitoreado entre fotos y faralaes. Los vecinos, junto a sus circunstancias, siempre son desplazados al fondo del plano. Los malagueños no importan en la escena sino en el escenario. Espectáculo y trivialización de la vida cotidiana. Aguardaba yo para alquilar una plaza de aparcamiento público. Delante de mí, un señor habitante ocasional de un apartamento turístico pilló la penúltima, a igual precio que los demás. No sirve para nada el estar aquí empadronado. Paco, alcalde, actúa según términos de recaudación. Paco fustiga, por nuestro bien, vicios pequeñoburgueses como ese de dormir o el de caminar por las aceras en pareja. Importa el dueño del bar, no el camarero; las luces, no el vecindario.

Málaga se apagará por fracaso consistorial. Un alcalde grande, y una ciudad, según su ideario, libre. Existen personas discretas. El prestigio de su trabajo ilumina sus vidas. Hay criaturas que necesitan focos y lentejuelas para anunciar al mundo que están aquí. No sé, el Puigdemont, Ivonne de Carlo, Ditta von Teese. Con muchos menos aspavientos y sin desperdicios de ferias y vodeviles, que en el calendario malacitano comprenden, navidades, carnavales, semana santa, festival de cine, feria y vuelta a empezar, urbes como Zaragoza ya nos adelantan en habitantes y en solidez económica. Valencia, donde los comerciantes sufragan las leves luminarias de sus barrios, invierte en servicios sociales mucho más que una Málaga bastante más pobre y con menor solvencia frente a deudas y déficit. El modelo de Guggenheim para Bilbao, sirvió para rehabilitar y rehabitar su centro. Málaga ha superado en insensatez a Barcelona. Construye un parque de atracciones sin capacidad para la absorción de tanta entrada. Los malagueños, que aún quedan, habitamos un trampantojo colmado y en derrumbe. Alentamos la visión de un Paco iluminado con esas luces a las que faltan un par de inmensas bolas navideñas. Filas de automóviles que provocan el infarto circulatorio. Bares atestados que, en realidad, hunden negocios en esos extrarradio donde sólo pagan gravámenes. Paco, sumergido en su burbuja de ozono a lo Michael Jackson, ignora que los malagueños trabajan, tienen que ir al médico, al gimnasio o la charcutería. Contaminan por pobreza. Un día bajará a la tierra la gloria de nuestro alcalde a lo Zurbarán de confeti y espumillón. Qué poco vale ser malagueño, Paco. La especulación del alquiler turístico no percibe amenazas en el sector público. La miseria humilla cientos de familias. Una ciudad muerta de éxito, excepto para unos cuantos apellidos que triunfan donde hay que hacerlo, en los recovecos del consistorio. Echo en falta la metáfora de un par bolas inmensas a la entrada de Calle Larios. Así, con dos bolas, Paco, que hace más bonito.

Morir a su hora

16 Dic

Una alcaldesa de Francia ha promulgado un edicto por el que prohíbe a los vecinos morir durante determinados días de la semana. Esta boutade, tan francesa, en realidad enarbola una protesta contra el sistema sanitario de la zona que, por falta de médicos que certifiquen la defunción, ya se han visto con el abuelo metido en el congelador del bar todo el fin de semana. Las venganzas y las boutades son platos que se deben servir fríos. Respiración, ducha y, con serenidad, se teje un armazón de verbos arrojadizos como dardos, o si la ocasión lo requiere, un haz de dardos que cumplan esa misión de los verbos pero con sangre a la vista. Cuando la lanza de don Quijote sea inalcanzable, siempre podremos emplear la pluma de Cervantes. La indignación obnubiló a la alcaldesa. Prohibió a sus vecinos que cometieran tal acto, tan ordinario y engorroso, durante ciertas fechas. Sentados a escribir bandos y edictos que atenten contra esa desagradable realidad con que las circunstancias emborronan la vida, pues que todos los alcaldes prohíban la muerte del vecindario dentro del término municipal, clausuren tanatorios y funerarias y dejen para más allá de sus fronteras esos asuntos luctuosos. La muerte, única cita a la que acudiremos puntuales. Uno de los pocos entes que conoce su final es cada año que transcurre, como el que está a punto de finar en semanas, de quien me atrevo a predecir que concluirá sus días, y hasta minutos, el 31 de diciembre a las 11.59 horas. Los cíclopes también fueron malditos por los dioses con tal saber pero sobre su propia vida. A las deidades pareció poco castigo el traer a este mundo criaturas con un solo ojo, con lo complejo que se hace el diseño de unas gafas que no parezcan de buzo. Al menos tenían orejas. No todo el mundo sirve para llevar un monóculo. Yo perdí el mío en la sopera de algún restaurante. Al modo francés, me prohibí ver ciertas cosas según qué días y, desde entonces, ni lo echo en falta ni apenas tropiezo contra las farolas.

Que no somos inmortales me lo recuerda cada mes mi seguro de defunciones. No lo somos pero podemos vivir como si lo fuéramos. Como si pudiéramos elegir un martes por la tarde a eso de las 7 para despedirnos de los seres queridos y emprender el viaje sin retorno. Le ayudaríamos incluso a los encargados de vestuario y maquillaje, podríamos brindar con familiares y amigos y, hala, ya os contaré cómo es aquello, si pudiera ser. Adiós. Como no vivimos en aquella villa francesa todo se realiza de modo más imprevisto y desordenado. Te puede pillar en pijama o sin haber pasado por la peluquería. En fin, no se hacen así las cosas. Francia siempre estuvo adelantada al resto de Europa para ciertos asuntos. No hay más que ver la performance tan innovadora que ejecutaron con Nôtre Dame. Aquí, de modo tácito, nos hemos prohibido la muerte durante cualquier momento, sin necesidad de tanta vanguardia ni de órdenes desde instancias superiores. Un pueblo necesita fijarse objetivos como hitos de su deambular por la historia. Quizás se trate de que comprendemos próximo el final del año y ello nos avive una conciencia de provisionalidad en el paso por este mundo. Nos consideramos eternos por contraste. Así se explica que existan quienes, este lunes mediado el mes, lleven ya en el cuerpo una comida de empresa y tres cenas con amigos de infancia, gimnasio y coro rociero; una caja XXXL de mantecados, de Antequera por supuesto, de esos mismos vetados por el médico, con independencia de la denominación de origen que fuesen. Todo ello acompasado por varios barriles de fermentados, destilados y carbónicos con hielo, de los también suprimidos en la dieta debido a dolencias e insuficiencias varias. Ya que nuestros alcaldes ignoran lo que tienen que prohibir, tomemos nuestro destino por las armas, en forma de copa de tinto, blanco o espumoso, y prometamos irnos de aquí sólo en el preciso instante en que tengamos que hacerlo. A su hora.

Filosofía malagueña

9 Dic

“Exceso de buen tiempo” es el título del último libro de mi querido amigo José Antonio Mesa Toré. Se abre con una cita extraída de una carta de Emilio Prados en la que se disculpaba por el retraso con el que conducía un número de aquella revista “Litoral”, hoy aún en las librerías. Los ejemplares no salieron de las prensas en su fecha porque en Málaga había ocurrido un exceso de buen tiempo que condujo a aquellos poetas impresores a disfrutar de la molicie de estos días malagueños en que ciertas conjunciones de viento, sol y oleaje, en efecto, demuestran que esta es una de las ciudades del paraíso. Las titulaciones académicas en Málaga deberían de valer el doble que en cualquier otro lugar de España y de Europa. Cualquiera comprende que no es lo mismo encerrarse en el cuarto con las completas de Kant cuando uno habita en León, por decir algo, o en Palencia, o en Oviedo si quieres, que hacerlo aquí, donde uno tiene que bajar la persiana, encender el flexo para construirse una cueva donde las sombras no lo llamen a salir corriendo a la calle para tomarse cuatro refrescos y un espeto junto a la arena en pleno invierno. Es casi aquel trueque que propuso Unamuno cuando dijo eso de que inventaran los europeos porque los españoles nos daríamos mientras tanto a la mística. El resto de España puede que sí. Esos páramos manchegos por donde al fondo casi se perfila la curvatura de la tierra, esas montañas agrestes y nevadas, ese Mediterráneo valenciano donde la humedad extorsiona hasta el ánimo. En Málaga primero se vive y luego se reflexiona sobre lo vivido, siempre que uno se acuerde al otro día de qué fue lo que pasó y con quién estuvo. A veces los excesos de buen tiempo, llaman a los excesos de alegrías que suelen aparejar un exceso de resaca a la que los malagueños sabremos dominar, otra jornada continua, entre esquina y esquina. Aquí derrochamos existencia y nos sobran existencialismos.

Por mucho que le demos vueltas, la vida es un asunto de dos días. Nuestro gran legado a la humanidad puede ser esa conclusión tan compleja de cuadrar. A partir de ahí varias disyuntivas se abren ante nosotros. Está, por ejemplo, la opción García Lorca tan llena de tragedia, de quieros que jamás alcanzan el puedo al trote por esas tierras de la Andalucía del jondo y la navaja en la liga y la pena perpetua anclada al alma. Los castellanos abundaron, sin embargo, en un más allá que olvidaba el más acá. Santos ascetas que se fustigaban las espaldas con el objetivo de alcanzar la comunicación con ese ser supremo que montó el mundo como una especie de laberinto al que hay que desentrañar durante toda la vida para que, tal vez, en el último instante nos demos cuenta de la verdad única, esto es, eso de que hemos desperdiciado la vida por no aceptar que tan sólo se trataba de vivir, de aceptar que una puesta de sol abrazado a alguien con quien quieres estar en ese instante, es un retazo de felicidad que no admite ningún desprecio. No regala el tiempo una segunda oportunidad. Será verdad que soy malagueño y he aprendido de mis gentes a tomarme con calma casi todo, gracias a este exceso de buen tiempo que dibuja sonrisas en la cara aunque las circunstancias te susurren una mueca de dolor. Me chivata Siri que este lunes hará bueno. Hasta 22º me avisa. Un paseo junto al mar si no quieren usar el coche, o uno lento por la carretera de la costa si tienen ganas de arrancarlo, significa un brindis al sol que nos alegra. Está uno tan liado que, al final, se olvidan las cosas importantes. No creo en el cielo pero sí en el infierno. Abre sus puertas durante esos últimos instantes en que el cerebro aún funciona. No imagino ninguna sensación más dañina que constatar consigo mismo que esta función se ha acabado y que tu interpretación del personaje arroja como balance un absoluto fracaso. Qué miedo. Hoy es lunes de sol. Quizás el exceso de buen tiempo se prolongue. Quién sabe. Disfruten el periódico al aire libre y, si puede ser, con la mejor compañía. A vivir. Esto es Málaga y el momento que pasa no regresa.

Para cabalgar diciembre

2 Dic

Diciembre amanece. Debemos de ir preparándonos. Las prisas e improvisaciones generan problemas que sólo criaturas experimentadas sabemos manejar. Cierto año me vi obligado a elaborar un jamón de escayola que pinté e introduje en un saco de firma muy apreciada, encontrado en la basura de un barrio rico. Aparentaba cumplir, así, el encargo para la cena con mis amigos. Dado el prestigio de la marca que lucía el envoltorio interpreté una apertura como sacerdotal. Yo solo con mi cuchillo en la cocina. Después aduje, entre lágrimas, que la pieza estaba en mal estado. Impedí comprobaciones. Hice algo que siempre aconsejo ante conyunturas complejas. Chillé una vocal aguda durante diez segundos, y maldije al teórico vendedor como si me hubiera robado las noches de mi existencia. Puse la cabeza entre las manos y lamenté a gritos desbocados mi suerte hasta que todos los allí contrariados comenzaron a consolarme y a restar importancia a la ausencia de aquel producto que me había comprometido a llevar. He madurado. Ahora busco con mucha antelación un saco como aquel. Compré durante el pasado Black Friday un jamón de origen y especie animal indefinidas. Y es que diciembre es un mes no sólo traicionero para el bolsillo sino también para las promesas. Está lleno de trampas que en su final se suceden hasta el tsunami de enero, cuando sólo queda el lamento por tanto disparate cometido. Las tarjetas de crédito avivarán la memoria de aquellos actos a principios de febrero, incluso de marzo. Este valle de lágrimas es hoy vertedero de recibos. El caso es que todo el mundo ya diseña sus cautelas y previsiones. Así, un grupo de comensales junto a mí sentado, vociferaba una tormenta de ideas sobre la química necesaria para culminar indemne cenas de amistad, almuerzos y copas de trabajo, tapeos familiares y otras efemérides que regresan como la gripe tocada con gorrito. Existe quien necesita tal recurrencia en el comportamiento, por ejemplo, esos fabricantes de lencería interior roja sólo superada en su poder deprimente de mi libido, tal vez, por la de color champaña.

De esa puesta en común realizada por aquellos comensales, deduje que el humano alberga la necesidad de creer en algún tipo de más allá, aunque sea disfrazado por un más acá con aires de ciencia infusa. A punto estuve de auto-invitarme a sus fiestas. Me tentaba la posibilidad de contemplar los resultados de aquellos suministros médicos. Según acordaron, la reina de cada festejo, o de su final, sería la vitamina B12, esa que se administra en vena cuando alguien llega al hospital con un coma etílico. Conocían diferentes presentaciones y alguien les había asegurado que si te tomas varias, pasas los controles de la Guardia Civil como si nada. Tras aquella sentencia continuaron con la elaboración de una mediocre carta de espiritosos. Luego concluyeron que, tras una larga jornada de trabajo con almuerzo de hermandad incluido, antes de iniciar la juerga era necesario ingerir una infusión, natural, eso sí, compuesta por té, guaraná, gengibre y ginseng rojo. Para las mañanas siguientes convinieron en una caja de paracetamol y café que cada quien disfrutaría en su casa. El diablo sabe por viejo. Una farra de esos calibres, con el estómago lleno y atiborrado de licores de sobremesa, previos a los combinados recios que se pretenden mezclar con tisanas y compuestos vitamínicos, terminará, primero en un auto-exilio en el cuarto de baño, después, en una detención por un agente de la Guardia Civil inmune a los engaños de la B12. Casi tengo llena la bodega y ya adquirí en junio la lencería roja y champaña que sale baratísima para regalos. No usaré ninguno de los consejos antes expuestos. Tampoco seré tan inteligente como para rechazar las llamadas e invitaciones del mes, algunas ya con reserva incluida. Esto ha empezado. Un motor que en nuestra cultura nos permite albergar la esperanza de que el tiempo pacta una tregua y nos concederá otra oportunidad en ese año próximo ya tan cercano. Por ahora, gestionaré las indigestiones e intoxicaciones que riman con los excesos de diciembre y sus polvorones.