Una plaza para turistas

4 Nov

Las plazas son maternales. Acomodan un refugio. Quedar en una plaza con un amigo contiene una cierta gestualidad de regreso hacia el útero, que diríamos en plan freudiano. Cualquier plaza a la intemperie conlleva un sofá y manta, aunque frío esté el mármol del banco. Si, además, es espectacular, como la Plaza de España en Sevilla; si, encima, te acoge entre sus brazos como aquella del Vaticano, una plaza cuadricula una habitación para sentirse en casa bajo el tejado del cielo. Las avenidas trafican la metáfora de nuestro breve paso por este mundo. Una acera junto a cuatro carriles es para citarse porque va uno al notario para certificar su propia tumba, o al abogado para tratar sobre el divorcio, sobre esa herencia por la que tu hermana tanto te odia. Purulencias. Las calles sólo sirven de paso. Un tránsito ni siquiera místico. Las plazas conllevan ansias de perpetuidad. Los caminos fueron inventados por las cabras y el cochino montuno. Habito una ciudad sin plazas. Qué horror al vacío sufre nuestro alcalde. Tal vez, nuestros urbanizadores aprendieron muy bien que en las plazas se gesta la subversión contra los órdenes que los propios urbanizadores dictan. Los griegos, sin embargo, que iniciaban su ciudad por el ágora, saltaron desde el orden dórico al jónico y luego al corintio. Las plazas aunque no sea de noche constituyen un peligro para los gobernantes. Tanta apertura como de niño al final del parto promueve quimeras entre la ciudadanía. Un pueblo que fantasea y solicita imposibles, incluso mediante instancia, siempre es incómodo. En Málaga, por ejemplo, la política urbana de nuestro actual municipio complica que los malagueños podamos caminar en pareja. Imaginen lo difícil que será montarse un trío, y no digo ya una orgía de medio pelo. Pasee, su majestad, don Francisco, por esas aceras intestinales de calle la Victoria. Una coreografía autóctona de quedar atrás y delante se entabla por las casi aceras, entre los alcorques de los naranjos, las farolas y las fachadas. Un moderno paso para la malagueña salerosa.

Los malagueños estamos sin plazas por una cuestión semántica. El ayuntamiento confunde rotondas, plazuelas y hasta el monumento a la barbarie llamado coso. Nos encontramos con Plaza de Toros Vieja que otorga su nombre a dos aceras en paralelo. Llegamos con el coche a la pretenciosa Plaza Pintor Sandro Botticelli, donde podemos ir contando en cada vuelta cuántos palotes de colorines circunferencian una vulgar rotonda, tal como sucede en Plaza de la Solidaridad. Sí hay que reconocer que los malagueños sabemos nominar. Una ciudad sin río que versifica un poemario con los nombres de sus puentes. Igual costumbre aplica a sus no-plazas. Vayamos a estirar la piernas, por decir algo, a la de San Francisco, busquemos la del Siglo, o esa de Mendizábal, tan cerca de la de los Monos que no es de los Monos. Mi Málaga surrealista desde que dibujó ojos a sus jábegas. Como si se tratase de un cometa de esos de ciclo extra-largo, en estos días el paseante puede ver desde calle Alcazabilla las fachadas que cubican la Plaza de la Merced, una vez derribados aquellos cines donde tanto me reí con las pelis de Woody Allen allá cuando yo tenía 18 añitos y creía (perdonadme que fuera más tonto que ahora) en la buena voluntad de nuestros políticos. El caso es que ya han surgido voces autorizadas, es decir, de autoridad, por tanto autoritarias, que nos explican que esa plaza que, menos mal, cuadraron los bisabuelos, debe ser devuelta a su diseño original. El progreso conviene siempre y cuando se avenga a los intereses bursátiles, esto es, de la bursa, el bolsillo; de otro modo, conviene ser conservadores, lo que significa retenernos en conserva, o sea, en espacios comprimidos y asfixiantes. Hay que explicar a Don Francisco que la ampliación de esa plaza sería buena para que los cruceristas se quedaran o quedasen alucinados con los derroches de metros que este consistorio concede a la ciudadanía. Venga, Paco, si no es para los malagueños. Ahí, no construyas, porfa.

Cuánta pobreza

28 Oct

Un vídeo que circula por las redes sociales exhibe el enfrentamiento que una madre y su hija mantienen contra los empleados de un supermercado que pretenden que devuelvan los objetos que ambas han escondido en el carrito del nieto, que aparenta unos tres años o así. La abuela, joven para tal condición, no se distancia más de 15 años con su hija, quien aparenta parecido intervalo temporal respecto de su pequeño. Como otras muchas familias, lo airean y llevan a la compra, o como quiera que se llame ese acto de coger productos en un recinto, subirlos a un transporte, sea el que sea, y llevarlos a la propia casa. Insultos, manotazos, amenazas, reproches y llantos marcan el ritmo de la escena. La abuela ladraba que había cogido los productos para dar de comer a su nieto. En efecto, arroja al suelo dos latas de leche en polvo, luego una caja de gambón congelado o similar y, a continuación, otros objetos entre los que se encontraba una botella de licor, que depositó cuidadosa sobre el pavimento, prueba inculpatoria para que moralistas poco piadosos puedan acusarlas de robo por vicio, como si fuera posible el robo por virtud. Se roba por necesidad, por venganza, por cleptomanía, por ganas de demostrar el dominio que un humano mantiene sobre sus víctimas durante ese momento, o por necesidad de percibir emociones como el frío de los grilletes, o el silbido peliculero de las balas durante el atraco.

Los ingleses deben de figurar entre los pueblos más ladrones, según la cantidad de vocabulario específico que usan para cada tipo de apropiación de lo ajeno. En el román de esquina, con el que cada quien charla con su vecina, esa cantidad de léxico será inmensa. Si unificamos todos los actos englobados alrededor de esa idea de robo, el cometido por esta familia es muy triste. No por las circunstancias, ni por esa mezcla conceptual de alcohol y leche infantil, ambos necesarios según el nivel de nervios o de hambre, sino por ese espíritu de pobreza que tanto afea al pobre y que, sin embargo, tan bien queda entre los ricos de verdad. Los ingleses roban trenes repletos de dinero, islas, peñones o subcontinentes. Viva el rumbo.

Entre los rascacielos de la zona de oficinas de Manhattan, desde donde se dictamina la miseria o la pobreza del planeta completo, hay pequeños jardines con fuentes, mesas y sillas en los que es agradable descansar en verano. Están habilitados para que los trabajadores puedan tomar allí un refrigerio o relajarse en un ambiente exterior. Me detuve en uno de ellos y por primera y única vez en mi vida contemplé un jefe de verdad. Ejecutivos de ambos sexos y de todas las categorías iban vestidos con trajes que desprendían olor a dinero. Aquel tipo, con camisa celeste, vaqueros y chanclas playeras, se permitía probar comida de todas las fiambreras, o echar la mano por el hombro a aquellas criaturas con traje que lo agasajaban con la mejor sonrisa. El amo, si no del mundo completo, sí de una amplia parcela. Comprendí que yo no sólo era pobre en valores bursátiles, sino también de espíritu. Nacido para esclavo. Si me hubiera tocado la lotería neoyorquina me habría comprado uno de aquellos trajes de tejidos sedosos y habría acudido a los mismos restaurantes donde contemplaba a través del escaparate a aquellos tipos y tipas vestidas de negro. Quizás el rico nazca. La familia había ido a robar a un supermercado de esos que alardean de sus precios reducidos y de la gran frescura de su marisco congelado. Y uno va contento hacia casa los sábados de cada mes con el carro lleno y un cava de 3 euros acompañado por una lata de mejillones y un papel con lonchas de jamón serrano. Y mientras se ahoga con el porte de las bolsas hacia el ascensor, sueña que le toca la lotería pero sueña una cantidad pobre. Los pobres no comprendemos los millones ni que soñar es tan gratis que uno puede soñar con ser el tipo aquel en vaqueros, lo mismo que podría robar en supermercados lujosos compuestos por productos que en nada se asemejan a los nuestros por más que nos digan. Pero la pobreza permanece en su propio descampado, en su misma caja, como los perros que atan en un portal, o los gusanos de seda que no van a ningún sitio durante ninguna de sus vidas.

Esto es la guerra

21 Oct

Creo que hay que tomar decisiones y enfrentarse a la Historia sin excusas y cara a cara. Por ejemplo, ayer mismo arrojé al contenedor de papel los doce tomos de las memorias de Napoleón. Si algo nos ha enseñado el devenir de la humanidad, incluso desde antes de la invención de la escritura y su consecuente plaga de notarios e hipotecas, son dos lecciones fundamentales. La primera es que los humanos hemos padecido demasiado tiempo libre que ha sido dedicado a actividades tan exóticas como esa de mover piedras de un lado hacia otro y alzarlas allí donde no había. Un entretenimiento que si se explicase a alguien ajeno a nuestro planeta quizás decidiera no volver a visitarnos nunca más. De hecho ese abrumador silencio de la galaxia puede que se deba a que los extraterrestres ya nos conozcan desde hace miles de años. Era fácil deducir que por muy alto nivel tecnológico que alcanzara un grupo de simios que arrastraba piedras de un lado a otro como culmen de su sabiduría, no iba a llegar mucho más allá de destrozar todo lo que encontrara a su alrededor y a sus semejantes. La cantidad de ese exceso de ocio se puede calcular según el número de guerras y enfrentamientos que todas las civilizaciones han promovido. Entre arrastrar piedras para ponerlas de pie en otro sitio y pegarle una pedrada a alguien no hay demasiadas diferencias desde el punto de vista conceptual. El resto de actividades sociales discurre entre esos dos diques, la medicina nace como respuesta a una brecha abierta en la cabeza, mientras que el estudio de las matemáticas, leyes físicas e ingenierías proceden de esa necesidad imperiosa de poner en vertical una piedra de varias toneladas, hecho que evolucionó hasta situar una nave sobre la Luna o Marte donde, tal como mostró “2001. Una odisea en el espacio” alguien ya habían instalado allí un monolito con el ánimo de fastidiar esta pasión irrefrenable que los humanos sentimos por la geología en general y por los pedruscos voladores en particular. No sé si existirá otra especie en todo el Universo que pretenda agasajar a sus hembras ofreciéndole un mineral. El escarabajo pelotero es más práctico.

Asistimos en estos días, pues, a una serie de actos tan humanos en Cataluña como el lanzamiento sistemático de piedras y otros objetos a nuestros semejantes a la vez que se realiza un gran homenaje al fuego, amigo leal de nuestras andanzas como hombres y que, desde que un primer imbécil se atrevió a cogerlo en sus manos, nunca falta a ninguna de nuestras ceremonias sean religiosas, de venganza o de exterminio, actos que nos distinguen del resto del mundo animal, de un modo incontestable. Esto es la guerra. Otra guerra más que quizás, como la Primera Mundial, nadie sabrá explicar nunca de modo coherente. Una oportunidad para que los historiadores puedan comer, gracias a presentaciones de libros y conferencias donde se sirvan canapés y copa de vino del lugar. He aprendido muchas interesantes lecciones de mis acercamientos a la Historia. Por un lado, sus canapés tras los debates son peores y más escasos que los de las charlas de los arquitectos, aunque de mejor calidad que los ofrecidos en las lecturas poéticas, eso no admite discusión. Por otro, de los valientes, de los grandes héroes de nuestra épica, sólo se escriben epitafios, mientras que los cobardes nos legan extensas biografías. Por último, debemos agradecer esa gran obsesión de los historiadores por documentar de modo fehaciente todos los datos, pues nos permite repetir los acontecimientos una y otra vez con escasas variaciones, si acaso estéticas. No sé, resultaría tan llamativo que viéramos a alguno de los pirómanos de Barcelona desnudo y pintado de azul con un bote de gasolina en la mano, como a los policías vestidos de romanos con su penacho de plumas y todo. Ya lo decía el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol. Estos disturbios de Barcelona son humanos, muy humanos. Cuando todo finalice, alguien propondrá que se alce un monolito en memoria de alguien o de algo y, una vez más, habremos cerrado un círculo que sólo es parte de una espiral que nos conduce a mover piedras de una lado a otro como la especie enferma que somos. Un error de la naturaleza, incluso en catalán.

Casinos mejor que burdeles

14 Oct

El Parlamento de Andalucía votó la semana pasada contra una propuesta de ley que pretendía situar las casas de juego a más de trescientos metros de los centros educativos. Quienes votaron contra esta resolución adujeron sus razones, como si poner encima de la mesa cualquier justificación ya salvara de cualquier pecado al emisor del discurso. Hasta los nazis tenían una explicación para lo que hicieron, toda muy lógica dentro de sus propias premisas, como hubieran hecho los griegos antiguos con ese catálogo que compusieron de figuras que describen, incluso hoy en día, los recovecos, meandros y purulencias del lenguaje. Ahora te hago una captatio benevolentiae, te despisto con una serie de anáforas, te cuelo dos catáforas, una parágoge por medio y finalizo con un quiasmo que te deja frío como meada sobre el Everest. Pues así son las artes de la elocuencia. Los romanos, bastante más rurales que los griegos aunque pareciera lo contrario, comprendieron la perversión que ocultaban esos manuales de retórica capaces de defender una cosa y su contraria, por ejemplo que había que destruir Cartago y ponerle un piso a Aníbal en Cartagena. De hecho, el pobre Cicerón, abrumado por esa perspectiva de contemplar a uno de sus grandes enemigos al sol de las piscinas de Torrevieja, bebiendo cubatas junto a todos los ganadores de concursos en la futura televisión española, definió al orador como un hombre bueno, experto en el habla. Una aseveración que condena a todos nuestros políticos locales, provinciales, regionales, estatales y bruseleños, a ser malos o analfabetos, méritos que, como evidencian pruebas incontestables, incuso pueden ir unidos, y de hecho suelen ir unidos, aunque esta afirmación ya se haya convertido en un trópico por tanto acudir a ese tópico cálido del político inútil, al que tanto me gustaría derruir antes de irme de este mundo. Pero tal vez ocurra que conozco demasiados políticos, y no logran que acuñe de casi ninguno, o ninguna, para no discriminar, una concepción como la que el bondadoso Cicerón pretendía del orador de hemiciclo.

Hubo en su día un consenso para que la prostitución no pudiera ser ofrecida a menos de una cierta distancia de centros de enseñanza. El sexo siempre es feo y mucho más si se trata de ese que pueden practicar los pobres, es decir, el que pueden pagar a criaturas más pobres que ellos y que sólo disponen de su cuerpo como una mercancía para poner en venta y así ganar el pan nuestro de cada día que, en ocasiones, tanto cuesta que el buen dios nos entregue. En efecto, una chica, con mucha frecuencia emigrante africana, esclavizada por múltiples cadenas, allí puesta en la acera y ofreciendo sus servicios sexuales a conductores y paseantes, no constituye una buena lección, o sí, dependiendo de cómo se enfoque el hecho. Las casas de juego suelen ser mucho más llevaderas por cualquier vecindario. Parecen casi un signo de distinción. Están iluminadas por esos mismos colores atractivos mediante los que ciertos insectos y arácnidos atrapan a sus víctimas que, desprevenidas, se dejan llevar por el tintineo de una promesa de alegría. Las pobres prostitutas pobres quedaron abocadas a esconder sus vergüenzas lejos de la sociedad, en lugares cada vez más apartados e inseguros. Los locales de juego de azar pueden continuar provocando ruinas e inoculando sus ponzoñas adictivas a cuanto joven salga de su centro educativo y quede enredado en las redes de musiquillas y luces de maquinarias aderezadas para esos fines. Los burdeles callejeros horrorizan la vista de una sociedad que se cimienta sobre unos férreos principios morales que siempre se pueden ablandar según la cantidad de dinero puesta sobre la mesa de negociación. Los casinos hacen bonito, sobre todo por navidad. Conozco jóvenes que falsificaban carnés para poder entrar en esas casas de juego situadas cerca de un instituto y que ya disponían de su ejército de zombis adictos. Las prostitutas callejeras ni generan impuestos, ni necesitan fábricas de dispositivos para su industria, ni pertenecen a un consorcios de franquicias como esta de los casinos que parece llegar hasta los adentros de gran parte del parlamento de Andalucía que ni rechista por no molestar.

Bolsonaro tenía razón

7 Oct

El alcalde de Madrid, Martínez-Almeida, asombró a unos chicos que le hacían una entrevista televisiva cuando se decantó por una hipotética donación para restaurar Nôtre Dame de Paris, que en su mundo interior alza un símbolo de Europa, antes que para la Amazonia que, como diría cualquiera, no le importa porque no es nada suyo, esto es, no posee allí terreno para recalificar. Si consideramos que un símbolo debería de transcribir un elemento icónico que estableciera una asociación con un concepto para una determinada comunidad, lo de Nôtre Dame y Europa, se queda pobre. Puede ser símbolo de la albañilería francesa, incluso de la asociación parisina de damnificados de la espalda, de la confederación gala de ateos, del Club Fumadores Oh Lalá, o de todo el egocentrismo francés, que es mucho, pero no veo que lo sea de Europa. Como ignoro los conocimientos geográficos del alcalde de Madrid que, vista la respuesta, yo no pondría a prueba en ningún cenáculo donde hubiera algún graduado escolar, imagino que se referiría a una Europa alrededor de Francia y dígale a uno de Berlín o de Siena la ocurrencia del alcalde, incluso a una empanadilla de Móstoles. Lo único común a Europa desde el Cabo San Vicente hasta Los Urales, han sido las múltiples matanzas cometidas desde el uso de la pólvora como arma. Generaciones de madres han llegado a llorar juntas en Nôtre Dame la muerte de sus hijos, lo mismo que en el resto de la Europa física y política. El gran símbolo europeo inequívoco, es la calavera a la que Macbeth pregunta si ser, o mejor dejarlo para otro día y pedir unas hamburguesas a domicilio. Más que un ente político, Europa se concibe como una idea plagada de premisas y desarrollos benéficos para la humanidad, pero también trufada por nociones letales como ese híper-terruñerismo calcado por el resto de estados hijos de nuestra concepción del mundo y de una existencia en rima con pertenencia. La Biblia instaba al hombre a enseñorearse de cuanto veía y por poco esclaviza al mismo dios.

Durante la última función circense de la ONU sobre el cambio climático, mientras una niña bulldog miraba a un Trump payaso red-neck, el presidente Bolsonaro de Brasil ladró en su discurso que no consideraba la Amazonia patrimonio de la humanidad. A veces, hasta el más inepto acierta con una frase, fíjense en este articulista sin ir más lejos. En efecto, un producto de la cultura europea, peor en su copia que en original, expresó una verdad como una Nôtre Dame. La naturaleza no le pertenece a nadie. Se pertenece sólo a sí misma y a sus propias leyes de evolución biológica, geológica y climática. La atmósfera no es propiedad de los europeos que quemamos carbón para producir electricidad y que así no se desestabilice nuestro sistema de bienestar en Asturias, por ejemplo. No son nuestros esos pájaros que migran y se detienen en campos cercados para que los asesinen previo pago. Tampoco son nuestra heredad los ciervos a los que permitimos su vida sólo como objeto de una sádica diversión que tanto acerca al matarife a la animalidad. Hemos usurpado los mares donde exterminamos especies por aburrimiento. Tampoco son nuestros los toros a los que criamos para conducirlos a la inmundicia moral de la sangre y el fuego. Ni la Amazonía ni los Pirineos son patrimonio de la humanidad. Vivimos en el neolítico, mediante parcelación de la tierra y mercadeo de cuanto elemento se encuentre bajo, en o sobre ella. Los europeos hemos destruido nuestro hábitat. Todo fue nuestro. Ahora nos sorprende que las demás sociedades nos imiten en el que ha sido este camino tan próspero que nos ha proporcionado un televisor por cada miembro de la unidad familiar, una nevera que rebosa sin que nos demos cuenta y un poder adquisitivo que nos permite viajar de buen rollo, con el móvil en el tirante del sujetador y la Visa bajo el sobaco, para decirle al mundo que conserve intacta esa misma biodiversidad que nosotros ya erradicamos, vaya que nos quedemos sin loros en casa o sin espacios para selfies, lo que sería peor.